La Horma de su Zapato

Vicente Riva Palacio


Cuento


Con sólo que hubiera tenido talento, instrucción, dinero, buenos padrinos y una poca de audacia, habría hecho un gran papel en la sociedad el amigo que me refirió lo que voy a contar. Pero aunque de escasa lectura, como es viejo y no ha salido de Madrid, tiene mucho mundo, y debe creer que es una verdad cuanto me dijo, y allá va ello.

Hay en el infierno jerarquías, lo mismo que en el cielo y en la tierra; y hay diablos que ocupan encumbrados puestos, mereciéndolos o no; al paso que hay otros que se llevan de cesantes, sin tener ni una mala alma de usurero a quien dar tormento, ni reciben siquiera la comisión de pervertir en el mundo, para llevar al reino de las tinieblas el espíritu de algún desesperado mortal.

Uno de éstos, de quien se decía que por pasarse de listo había sido dado de baja, andaba siempre en pretensiones sin poder alcanzar empleo; entre los diablos mejor informados y que estaban al corriente de las intrigas políticas, se aseguraba que este infeliz, que tenía por nombre Barac, que en hebreo tanto quiere decir como Relámpago, debía todos sus infortunios a la enemistad de otro diablo llamado Jeraní (engañador), que le tenía jurado odio mortal y que se había propuesto ponerle siempre en ridículo.

Pero a pesar de este odio y esa mala voluntad, Barac alcanzó al fin contar con buenos padrinos, seguro ya de burlar todas asechanzas de Jeraní, que con esto quedaba vencido.

Un día, Luzbel, aunque poniendo mal ceño, llamó a Barac y le dijo:

—Si usted quiere —porque también en el infierno hay urbanidad— que se le reponga en su destino de tostador de malcasadas, que yo sé que es bastante alegre y socorrido, va usted a salir al mundo, y dentro de quince días, a las doce en punto de la noche, del lugar en que usted estuviese, ha de traer usted un alma de mujer, joven y bonita.

—Está muy bien —contestó Barac—, supongo que se me darán los recursos y que podré salir en seguida.

—Saldrá usted en seguida y se le dará a usted lo que sea necesario; recurra usted al tesorero.

Cómo saldría Barac del encierro, aunque no lo dijo el narrador, bien se puede suponer. Hacía muchos siglos que no andaba por el mundo, y cuando él se creía encontrar a los hombres cubiertos de hierro con sus pesadas armaduras, y las ciudades amuralladas, y grandes carros por los caminos, avanzando penosamente, y castillos feudales, y navíos con remeros, creyó morirse de asombro al ver que el mundo que encontraba en nada se parecía al que había dejado; y tanta fue su turbación, que llegó a pensar que había equivocado el camino, y que no era la Tierra, sino alguno de los otros planetas, en donde se había detenido.

Pero casualmente se encontró en la Puerta del Sol, y por las conversaciones y por los gritos de los voceadores de periódicos pudo cerciorarse muy pronto de que andaba en la Tierra, en Europa y en la capital de España.

Apareció como un hombre de treinta y cinco años, moreno y elegante; pero como no tenía cédula de vecindad, determinó pasar por un americano rico que venía a gastar su dinero en España. Se instaló en el Hotel de Roma, se hizo presentar en el Veloz y comenzó a recorrer la ciudad en busca de su víctima.

¡Qué mujeres tan guapas encontraba a cada momento! Ya era una joven aristócrata envuelta en pieles, porque era invierno, cruzando en elegante carruaje al garboso trotar de una soberbia pareja de caballos. Ya una chula, arrebujada en su grueso mantón que ceñía su cuerpo, dibujando una cintura ideal, y que pasaba rápidamente a su lado. Ya una mujer esbelta, que debajo del sombrero lanzaba rayos luminosos de dos ojazos como dos soles.

Nuestro pobre diablo, que se hacía llamar el marqués de la Parrilla, título alusivo a su oficio, se encontraba, como diría un elegante novelista, «bogando en un agitado mar de confusiones» o «arrebatado por un torbellino de incertidumbres». Todas le parecían a propósito, a todas quería seguir, porque había adquirido caracteres humanos; le gustaban ya las mujeres guapas, y él quería cumplir su comisión, adunando la honra con el provecho.

Así pasaron tres o cuatro días; y una tarde, por la calle del Caballero de Gracia, al salir del hotel vio pasar una chica de buten —porque ya él sabía decir de buten—. Era una morena de ojos negros, un ligero bozo sobre el labio superior, unos dientes blancos y perfectos, ancha de espaldas, alta de pecho, delgada de cintura, pie pequeño y andar majestuoso. Ésta me conviene —dijo— y se puso a seguirla.

Caminó algún tiempo detrás de la desconocida; en la esquina de la calle de Alcalá la vio detenerse y hablar con un caballero, que afortunadamente para el marqués era un su conocido de confianza. La conversación fue rápida; el caballero se despidió de la chica, y a pocos pasos se encontró con el marqués.

—¡Hombre! —dijo éste sin saludar—. ¿Quién es esa mujer tan guapa con quien ha hablado usted?

—¡Marqués! Parece increíble que no la conozca usted. Ésta es la Menegilda.

—¿Pero así se llama?

—No; pero es una corista de quien cuentan que cuando se dio La gran vía en Barcelona representaba ese papel, y en los palcos del Veloz la llamamos la Menegilda; yo creo que su nombre es Irene.

—Y esa señora que la acompaña, ¿es su mamá?

—Sí, su mamá postiza, porque estas muchachas suelen cambiar de madres.

—Pero ¡qué guapa es! —dijo el marqués.

—Es muy guapa; pero no se meta usted con ella, porque sabe más que Lepe, y es capaz de darle un timo al diablo. Conque, ¡adiós!

No se sabe si por lo de Dios, o por lo del timo, el marqués sintió una sacudida nerviosa. Pero estaba resuelto, tenía ya los datos suficientes, y siguió a la Menegilda hasta verla entrar en el teatro Apolo por la puerta de la calle del Barquillo.

Desde aquel día no faltó el marqués una sola noche al teatro de Apolo, instalándose desde la primera función en uno de los palcos del Veloz, y siguiendo con los gemelos, a la graciosa corista cada vez que pisaba la escena. Comenzó por enviarle flores, dulces y, por último, una carta pidiéndole una entrevista. La chica aceptaba las flores, que lucía en el pecho al salir a cantar; se comía los dulces, y a la carta contestó con otra en muy buena letra y una buena ortografía accediendo a la entrevista, pero delante de su mamá.

El marqués recibió aquella respuesta con la mayor alegría, primero porque se figuró que era negocio arreglado, y después porque realmente se había llegado a enamorar de la Irene. Habían transcurrido ocho días en todo esto, y era tiempo más que suficiente para que un personaje tan fosfórico se inflamara, sin contar que todos los compañeros de palco y todas las muchachas del coro se habían enterado de aquellos platónicos amores.

A la hora citada llegó el marqués en uno de los coches del Veloz a la casa de Irene, que vivía en un tercero interior de la calle del Tribulete.

Cuidaba de la portería una tribu: dos viejas y una muchacha que cosía, tres chicos que jugaban y un perrillo que dormía a los pies de las mujeres; y como el portal era angosto, tuvieron que levantarse todos para dejar pasar al marqués.

Más por curiosidad que por vigilancia, le preguntaron adónde iba; contestó que al tercero, y le advirtieron que había principal y entresuelo.

Fatigado y jadeante, tropezando con los obscuros tramos de la escalera, llegó el marqués a la puerta del cuarto. Tiró del sucio cordón de la campanilla, sonó por dentro una especie de cencerro, inmediatamente la madre de Irene hizo jugar el disco de metal que cubría el ventanillo circular de la puerta para mirar quién llamaba y, corriendo en seguida el cerrojo, abrió ceremoniosamente al marqués.

En una salita en la que apenas cabían cuatro personas, sentada en un viejo diván, esperaba Irene, peinada y vestida con más cuidado que de costumbre, ostentando un ramito de violetas, último obsequio del marqués, prendido graciosamente sobre el pecho.

Saludó el marqués tímidamente porque estaba enamorado de veras; la mamá acercó la silla y dio principio la conversación por la, en esos casos, inevitable revista meteorológica:

—El tiempo está muy frío. En el escenario hace mucho frío. Pero son más fríos los cuartos en que se visten las artistas, y los palcos no dejan de ser fríos, y en la calle se siente un frío que hiela.

Y el resultado era una conversación capaz de convertir en un helado a los tres interlocutores, y que el marqués no sabía por dónde comenzar, y la chica y la vieja procuraban halagarle, ya tomándole el sombrero para ponerlo en una silla, ya apartando algo que pudiera molestarle en el asiento que ocupaba, y siempre hablándole de las penas que tenía la Irene para pasar honradamente la vida, y de las muchas y grandes tentaciones que había resistido victoriosamente, sin excusar, por supuesto, nombres de condes, duques, marqueses y banqueros que se habían estrellado ante la rigidez de las virtudes de aquella beldad.

Nada menos que en esos momentos en que se encontraba en tan grandes aflicciones, un comerciante muy rico de la calle de la Montera había mandado a Irenita una carta con un billete de mil pesetas, que la chica no quiso aceptar porque, como decía la mamá, Irene dice que cuando haga alguna cosa no será por interés, sino por cariño, y sólo de un hombre que de veras sea capaz de recibir algo; porque ese señor será muy rico, pero a Irene no le sale del corazón quererle, ¿verdad hija? Y de usted me ha dicho que le simpatiza mucho, ¿es verdad?

—¡Qué cosas tiene mi mamá! ¡No le haga usted caso, marqués!

El marqués creyó que era llegada la oportunidad; iba a soltar ya una declaración en forma, cuando sonó la campanilla; pero no fue la madre que se levantó, sino Irene. Pasó un rato; volvió en seguida, pero la oportunidad había pasado, y el marqués tuvo que despedirse, no sin promesa de volver.

Aquella noche escribió a Irene, y dentro de la carta puso dos billetes de banco de mil pesetas, pidiéndola perdón por aquel atrevimiento.

Cuando el marqués salió de la casa de Irene, la mamá le había dicho a la chica:

—Es simpático, y te conviene; lo único que me disgusta es que tiene un olorcito como de yodoformo —y la misma observación habían hecho los del Veloz.

Naturalmente, como que del infierno algo le había quedado a Barac.

Desde aquel día las entrevistas fueron más frecuentes; el marqués llegó a apasionarse profundamente de Irene, porque no era Irene como se la habían pintado y como él la creyó en la primera entrevista: una mujer interesable y vulgar; por el contrario, dotada de una imaginación ardiente y de una gran inteligencia, a sus naturales gracias, reunía una instrucción poco común entre las muchachas de su clase, y mostraba una gran elevación de sentimientos. Las horas volaban para el marqués; se acercaba el momento de regresar al infierno, y ya sentía tener que abandonar la Tierra, aun cuando estaba seguro de llevar consigo el alma de aquella muchacha. Y después de todo, lo que más le apenaba era que aquella alma iba a tener que sufrir los tormentos eternos; influyó esto de tal manera en su carácter, que comenzó a ponerse triste.

Irene, por su parte, era una mujer verdaderamente romántica, y una noche, nada menos que en la que iba a cumplirse el plazo, los dos amantes se encontraron en la casa de Irene, que no había querido ir al teatro.

El marqués miró la esfera de un reloj pendiente en el muro; faltaban diez minutos para las doce: diez minutos no más de felicidad. Irene adivinó, como adivinan las mujeres que aman de veras, lo que pasaba en el corazón del marqués, y poniéndose de pie repentinamente, le dijo con aire solemne.

—Nosotros no podemos ser felices sobre la Tierra. ¿Quieres que muramos juntos? ¿Quieres que se funda nuestro amor con nuestra vida en el último abrazo?

El marqués la miró con asombro; aquello tenía que acabar a las doce, pero nunca se supuso él que Irene le facilitaría el camino con tanta sencillez; por eso contestó sin vacilar:

—Irene, si tú me amas hasta morir conmigo y por mí, muramos con los brazos enlazados.

—Así te amo —exclamó Irene.

Y nerviosa y anhelante, sacó de un bolsillo un pomo de cristal, vertiendo su contenido en dos copas.

—Toma —dijo al marqués—; una para ti, para mí la otra: es cianuro de potasio; bebe, no tiembles.

El marqués enlazó con el brazo izquierdo el talle de Irene, y los dos apuraron las copas hasta la última gota.

En ese momento sonaban las doce en el reloj de la Puerta del Sol. El marqués volvía a ser Barac, y llevaba entre sus brazos el alma de Irene, cuando oyó una estrepitosa carcajada. Volvió a mirar, y lo que llevaba entre sus brazos era Jeraní, su rival, su enemigo irreconciliable, que le había burlado y puesto en ridículo una vez más a los ojos de toda la sociedad aristocrática del infierno: él había sido Irene.


Publicado el 28 de octubre de 2020 por Edu Robsy.
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