La Vuelta de los Muertos

Vicente Riva Palacio


Novela


Prólogo. La expedición a las Hibueras
1. La expedición a las Hibueras
2. Rodrigo de Paz
3. Tetzahuitl
4. Viejo y joven
5. Salazar
6. La familia de Zapata
Libro primero. La tórtola, el buitre y el águila
1. En donde el lector conocerá a Juanilla, y la encontrará desempeñando el papel de apasionada
2. En el que se verá cómo Juanilla no sabía «que con una piedra se matan muchos pájaros»
3. De cómo nunca falta en las escenas del mundo uno que diga «yo lo vi», ni otros que agreguen «bueno es saberlo»
4. Pruébase la verdad del refrán que dice: «Cría cuervos, y sacarte han los ojos»
5. Continúase tratando del mismo asunto que en el anterior
6. Conoce el lector a un nuevo personaje, y con este motivo tiene noticia de algunos acontecimientos importantes
7. De cómo el Grillo era hombre de cumplir su palabra, y Tetzahuitl muy noble para faltar a sus promesas
8. Conclúyese el asunto del anterior capítulo
9. De cómo Gonzalo de Salazar y Pero Almindes Chirinos abandonaron a Cortés y regresaron a México
10. Donde el sagaz lector descubrirá que un nuevo personaje se mezcla en los asuntos de esta historia
11. Los amigos del señor Tesorero
12. Los misterios de Zárate
13. De lo que pasaba en la casa del señor Tesorero mientras éste se ocupaba en cuestiones políticas
14. Que por epígrafe llevará esta sentencia: «Quien tal hace, que tal pague»
15. La suerte del más pobre
16. El veedor y el factor
17. Don Pedro Negromonte
18. La seducción
19. Qué dirá, de qué manera, después de qué, y por qué persona recibió Zapata la orden de quedar libre
20. Don Gaspar de Mendoza
21. La voz de Chirinos y la voz del cielo
22. Donde el lector descubrirá en Zapata mas nobleza que en zancadilla, más valor que en Jorge Villadiego, y más astucia que en Negromonte
23. La casa de Beltrán
24. Una sorpresa
25. Zapata en busca de un garrote
26. Donde el lector seguirá viendo más y más embozados, y al fin descansará en el término de esta primera parte de la historia
Libro segundo. Rodrigo de Paz
1. Que dirá cómo logró don Pedro Negromonte poner una víbora en el seno de don Alonso Estrada
2. Seis horas de prisión
3. Que dirá de qué modo terminó el gobierno de Estrada, Zuazo y Albornoz
4. El despacho
5. Un secreto
6. Que dirá cosas medianamente divertidas y atroces
7. Que dirá qué mañas se daba Negromonte para salir de apuros
8. Un desengaño
9. La catástrofe
Libro tercero. Un gobierno en bonanza
1. Que a grandes saltos pasará por los acontecimientos de seis meses, para acercarse al último libro de esta historia
Libro cuarto. El castigo
1. La alianza
2. Donde el lector verá dos nuevas víctimas enfloradas para el sacrificio
3. Las burlas de la suerte
4. Que será un modelo para los autores que tengan precisión de terminar una historia
Epílogo

Prólogo. La expedición a las Hibueras

1. La expedición a las Hibueras

Era uno de los primeros días del mes de octubre de 1524, y un gentío inmenso se hallaba reunido delante del palacio del infortunado emperador Moctezuma, ocupado ya, en la época a que nos referimos, por el muy magnífico señor Fernando Cortés.

Aquella muchedumbre se divertía mirando las vistosas danzas que delante del palacio ejecutaban varias comparsas de indios fantásticamente vestidos de leones, de tigres y de aves.

Apenas hacía tres años que la extensa monarquía azteca había caído en poder de los vasallos de Carlos V; aún estaba en prisión Cuauhtémoc el último de los emperadores de México, y los trajes y las costumbres españolas, ni dominaban ni eran dominados aún por los trajes y las costumbres de los naturales del país.

Había ya entre los conquistados y los conquistadores algunos puntos de contacto; pero como dos líquidos de diferentes colores que se vierten en una sola vasija y que no se confunden, podía distinguirse sin dificultad, que aún eran dos pueblos distintos, dos razas diferentes, dos elementos heterogéneos.

Por eso cuando se celebraba una fiesta cualquiera, unos y otros, reunidos, se alegraban y se divertían cada uno a su manera, cada uno con sus trajes, con su música, con sus costumbres particulares.

En el día a que nos referimos, se trataba de celebrar una boda que había apadrinado el mismo Hernán Cortés.

Aquel día se había casado Martín Dorantes, paje favorito de Cortés, con doña Isabel de Paz, doncella mexicana hija de un cacique, grande amigo del conquistador, que había muerto hacía dos años, dejando a éste el cuidado de la joven.

Cortés hizo instruir a la huérfana en la religión cristiana, y el día mismo de la boda la joven fue bautizada, dándole por nombre Isabel, y tomando por apellido el mismo de su padrino, Rodrigo de Paz, pariente, y amigo de Hernán Cortés.

Terminada la ceremonia del bautismo, siguió la del matrimonio, y saliendo novios y padrinos de la iglesia, comenzaron las fiestas.

Cortés estaba aquel día alegre y expansivo, como hacía mucho tiempo que no le veían sus soldados.

Los novios estaban radiantes de alegría, y pasaban tan pronto al interior del palacio en donde se divertían los españoles, como a la calle donde bailaban los indígenas.

Martín Dorantes era un joven como de veintiocho años, esbelto, robusto, con el continente ya de un soldado veterano; su bigote negro y espeso levantaba sus guías con cierto aire fanfarrón, hasta cerca de los pómulos, moda muy del gusto de los soldados de aquella época, y sus ojos negros y chispeantes indicaban resolución y astucia.

Doña Isabel contaba dieciséis años; también era alta y garbosa como una reina ideal; su magnífico y elevado pecho y su bella cabeza un tanto echada hacia atrás, le daban un aspecto de nobleza y de gallardía tan natural como encantador.

Era una hermosa pareja: el galán, con el cutis blanco y sonrosado de los hijos del sol; la dama, con el color del trigo tostado por los ardores del estío.

Él vestía ropilla, gregüescos y capa corta de rica seda, y ella, conservando el poético traje de las mujeres de su raza, sobrepuestas túnicas de fino algodón bordadas de vistosas plumas de mil colores, mostraba sus desnudos brazos con pulseras y brazaletes de oro bruñido; sus negros cabellos se entretejían con cintas rojas, y sus pies, admirablemente modelados, descansaban sobre cacles de suavísimas pieles, sujetos con delgadas tiras de cuero bordadas de oro, que subían formando caprichosas figuras hasta cerca de la rodilla.

—Isabel —decía Martín a su esposa—, ¿qué tienes?, tú no estás hoy alegre como ayer; tus ojos tienen un reflejo de melancolía.

—No, Martín —contestó dulcemente la joven mirando con ternura a su esposo—, nada tengo, estoy contenta como tú.

—No, alma mía, no; tú tienes algún pensamiento que te hace sufrir; dímelo, somos ahora tan felices, y además, ¿no soy ya tu marido?, no debes tener secretos para mí; el padre nos lo ha dicho.

—Es verdad… pero lo que yo tengo…

—¿Qué?, habla.

—Te va a hacer reír, y eso me daría pena.

—¿Reírme yo de una cosa que te preocupa, bien mío? ¿Aún no conoces lo que te quiero? Cuéntame.

—Óyeme; pero antes prométeme no enojarte ni burlarte de mí.

—Te lo juro.

—Pues bien; anoche no podía dormir, pensando en la dicha que nos esperaba hoy; la noche me parecía eterna, el lecho me cansaba, la estancia me ahogaba: levantéme, y abriendo mi ventana me puse a esperar el día mirando las estrellas. Pasó así un rato, y de repente oí sobre mi cabeza, en los aires, un aleteo violento; alcé el rostro, y un gran tecolote negro vino a pararse sobre mi estancia; espantada, cerré la ventana y me volví a acostar, pero entonces, hasta ahí escuché el canto tristísimo de aquel mensajero de las desgracias.

—Isabel —contestó sonriéndose Dorantes—, Isabel, ¿será posible que aún conserves esas preocupaciones de tus mayores?, los tecolotes cantan como todas las aves, porque Dios les da voces para alabarle, pero no porque los haya hecho sus profetas; y te aseguro, amor mío, que no me inquietaría un momento el oír un concierto de esos feos pájaros durante toda una noche.

—Bien conocía yo que te habías de reír de mí, y te lo dije, Martín: qué quieres; desde niña me acostumbraron a mirar con horror a esos animales cuyo canto anuncia siempre la muerte de una persona querida para nosotros.

—¿Y tienes tú alguna por quien temer?

—¡Ingrato!, si temo algo sobre la tierra, es sólo por ti.

—¿Por mí?, pues no te inquietes, Isabel mía, porque esos presagios, estoy seguro de que sólo hablan con los indios, y no con nosotros.

Y Dorantes, como si hubiera dicho una cosa muy graciosa, soltó una alegre carcajada, que repitió Isabel, porque en aquellos momentos de felicidad, los dos jóvenes eran capaces de reír de cualquier cosa.

Entretanto, se escuchaba un violín mal raspado en las habitaciones de Cortés, a cuyo ingrato son bailaban los españoles, y en la calle los tigres y los leones y las aves, hacían mil variaciones y mudanzas, al compás de un teponaxtle y de las sonajas que todos ellos tenían en las manos.

La muchedumbre acogía con entusiasmo aquel baile monótono, y de cuando en cuando contestaba con gritos de alegría los salvajes alaridos que lanzaban los danzantes, porque aquellas danzas aztecas eran una especie de pantomimas que representaban alguna historia de guerra, de amores o de correrías, y si eran algunas veces mal desempeñadas, en cambio eran siempre perfectamente comprendidas por los espectadores, que les daban su verdadera significación.

Entre los hombres que había mirando estas danzas, se distinguía un español, que debía ser persona muy principal, a juzgar por la riqueza de su traje.

Era éste un hombre de cuarenta años, de ojos redondos y encorvada nariz, y frente estrecha, lo que le daba el aire de un buitre: hizo que disminuyera tal semejanza, su largo y rubio bigote que colgaba hasta tocar su gola.

Aquel hombre tenía fija su penetrante mirada en doña Isabel, y la joven, bien por ese inexplicable sentimiento que nos hace buscar con la vista una mirada que está fija en nosotros, o bien porque supiera que aquel hombre estaba allí y la observaba a cada momento, volvía también, el rostro para mirarle.

Dorantes, completamente entregado a su felicidad, nada notaba, y apoyado negligentemente en el hombro de su novia, contemplaba con la infantil atención de todas las personas felices, las danzas de los indígenas.

2. Rodrigo de Paz

—Mucho se goza —dijo una voz detrás de los desposados, y un hombre con sus dos brazos estrechó cariñosamente los cuellos de los dos jóvenes.

Doña Isabel, que miraba en aquel momento al hombre de la cara de buitre, se estremeció como si hubiera sido sorprendida en un delito, y volvió rápidamente el rostro hacia el recién venido.

—¡Ah! mi padrino Rodrigo de Paz —exclamó tranquilizándose.

—Sí, hija, yo soy; ha rato que os buscaba: el padrino grande desea ver a sus ahijados, y me encarga llevaros: es la hora de comer, y se os espera. Fray Bartolomé de Olmedo está dispuesto ya para bendecir los manjares, y todos los amigos para devorarlos.

—Vamos, pues —contestó Martín.

Y los tres penetraron en el interior de palacio, dirigiéndose al comedor.

A pesar del gran poder de Hernán Cortés, y de sus riquezas, el palacio tenía más bien el aspecto de tienda de campaña de un general en jefe, que el aire de aristocracia de la mansión de un muy magnífico y poderoso señor, como se llamaba ya entonces a Cortés.

La servidumbre era en gran número, y de ambos sexos; pero allí se miraban soldados españoles, aún con sus arneses de guerra y su aspecto belicoso; indios cubiertos de plumas y algunos negros africanos, porque ya en ese tiempo habían comenzado a traerse esclavos a la Nueva España.

En todos los patios, en todos los corredores, en todas las habitaciones había una extraordinaria animación: acompañaban en ese día a Cortés todos sus capitanes españoles, gran número de caciques aliados, y estaban allí también muchas jóvenes, hijas de nobles mexicanos que Cortés había hecho reunir en su casa para que fueran instruidas en la religión de Jesucristo y en las costumbres españolas, con el objeto de poderlas casar con algunos de los conquistadores.

Con tan extraña mezcla, no era raro que el palacio presentase un cuadro digno de magníficos pinceles, y era curioso observar que los que no se comprendían entre sí, procuraban conversar por señas, y así departían aztecas y españoles, gritando, gesticulando, como si con alzar la voz pudieran ser mejor comprendidos.

Cortés estaba en el centro de la sala principal, con todo el aspecto de un monarca, aunque cubierto con su armadura, y con su espada al cinto. Rodeábanle un gran número de caciques que hablaban con él, sirviendo como siempre de intérprete la célebre doña Marina, conocida por la Malinche, que estaba negligentemente recostada en unos grandes cojines de algodón, a la derecha de Cortés.

La llegada de los novios produjo una verdadera revolución en aquella estancia. Cortés, que sin duda los esperaba ya con impaciencia, se levantó al verlos, imitáronle doña Marina y los caciques que le rodeaban, y todos, observando aquello, callaron repentinamente.

—¡Loado sea Dios, que por fin os han encontrado! —dijo alegremente Cortés dirigiéndose a los novios—, ven, hija mía, tú eres hoy la señora de las fiestas, y debo hacerte todos los honores que te corresponden.

La joven se puso encendida como una amapola, porque cien miradas estaban clavadas en su rostro, y bajó los ojos. Cortés la tomó cariñosamente de una mano, como podría haberlo hecho con una niña, y con marcial desembarazo, poniéndose al frente de la comitiva, se dirigió al salón en donde estaba dispuesta la comida.

En un momento aquel salón se llenó de gente, agrupáronse a las puertas criados y curiosos, y cada uno de los convidados tomó el lugar que más le convino.

Pero antes de sentarse ninguno a la mesa, fray Bartolomé de Olmedo, que parado estaba cerca de la cabecera, levantó la voz, y rezando una corta oración en latín, que todos escuchaban con la cabeza inclinada y dando grandes muestras de devoción, bendijo la mesa y los manjares que en ella estaban.

Apenas terminó aquella ceremonia, volvió a reinar la más bulliciosa alegría; sentáronse los convidados, comenzaron a entrar y salir los sirvientes, sonaron los platos y los vasos chocando entre sí, exaltáronse las conversaciones, y como un complemento a tanto rumor, repentinamente se dejó oír la música, saludada a sus primeras notas por un nutrido palmoteo de los comensales que, repetido instintivamente por los que escuchaban desde la puerta, se comunicó así hasta los que se divertían en la calle, y que conocieron por esto que comenzaba el banquete de los señores.

Seguramente el jefe allí era Hernán Cortés; pero el alma de todo era Rodrigo de Paz.

Rodrigo era el que lo disponía todo, el que hacía los honores, el que cuidaba desde su asiento de la prontitud del servicio; en fin, era como si se dijera el general de aquella batalla.

Pendiente de las miradas de Hernán Cortés, se hubiera creído que Rodrigo leía en los penetrantes ojos del conquistador sus más ocultos pensamientos, y apenas éste hacía el menor movimiento, cuando Rodrigo de Paz, adelantándose a sus deseos, los dejaba ya satisfechos.

Rodrigo era pariente de Cortés y el hombre de su confianza; él sabía lo que meditaba el conquistador, él conocía sus recursos, con él hablaba de sus empresas y de sus proyectos, con él se quejaba de sus enemigos, de la ingratitud del emperador, de las intrigas que se ponían en juego en la corte para precipitarle; él era, en fin, el confidente y el amigo íntimo.

Quizá doña Marina misma, a pesar de la influencia tierna y decisiva que había ejercido siempre en el corazón de Cortés, y de los grandes servicios que le había prestado, veía algunas veces con celos la privanza de Rodrigo de Paz; pero aquella mujer de grande espíritu y de noble corazón, no se atrevió nunca a decir sobre esto una palabra a su amante.

Rodrigo de Paz, sin embargo, como era para Hernán Cortés un amigo leal, y era además un hombre de talento, nunca vio en doña Marina un enemigo; sabía que amaba al conquistador con toda la fuerza de su alma, y esto le bastaba.

Rodrigo amaba a los que amaban a Cortés, y aborrecía a los que eran sus enemigos: esta era en el mundo su única norma.

A la derecha de Cortés, en la mesa, estaba sentada doña Isabel, y a la izquierda Martín Dorantes; los tres ocupaban la cabecera; inmediatamente después de la novia seguía Rodrigo de Paz, y enfrente de él, el padre Olmedo.

Durante la comida, y en un momento en que las conversaciones parecían desmayar, Hernán Cortés, aprovechando la ocasión, levantó la voz como dirigiéndose a todos en general y procurando que todos fijasen la atención sobre lo que iba diciendo.

—Quizá en mucho tiempo —exclamó— no volveremos a comer juntos, ni con tanta alegría como hoy: pláceme ver aquí tan contentos a todos mis amigos, fieles vasallos de Su Majestad el emperador, que Dios guarde.

Todos se levantaron y saludaron, y Cortés dirigió una mirada de inteligencia, al soslayo, a Rodrigo de Paz, que pareció contestarla.

—Ruda y azarosa es la misión del soldado —continuó Cortés—, y no hay un día en el que pueda decir que dispone de sí para el día siguiente. Dígolo por mí que esperaba pasar tranquilamente, en la gran Tenochtitlan, algunos meses más para descansar de mis fatigas y atender a la reconstrucción de la ciudad, para bien de la tierra y gloria de Su Majestad; pero es imposible…

Cortés hizo una pausa, tomó lentamente un vaso de vino, le llevó a sus labios, vació con tranquilidad el contenido y se enjugó el bigote.

Los convidados le miraban con curiosidad, esperando con ansia adónde los llevaría aquel preámbulo.

—Es imposible —continuó Cortés anundando su discurso—; tengo noticias muy graves, que me obligarán a salir muy pronto a campaña… Cristóbal de Olid se ha sublevado.

—¡Sublevado! —exclamaron en coro los convidados.

—Sublevado —dijo con calma Hernán Cortés—; sublevado contra su rey y contra mí, sublevado con las armas y los soldados que se le confiaron, y con las tierras y los vasallos que había conquistado con esas armas… Tengo necesidad de ir en su busca para castigarle.

—¿Y cómo quedará este reino? —preguntó desde el otro extremo de la mesa una voz áspera y desagradable.

Doña Isabel, al escuchar aquella voz, se estremeció y alzó los ojos; el hombre que había pronunciado aquellas palabras, era el mismo que la había estado observando en la calle, y que ahora asomaba su cabeza de buitre, como esperando la respuesta de Cortés.

—Negocio es ese —contestó indolentemente el conquistador— más para tratado en el consejo o en el cabildo, que para conversado en un festín: nadie tema, que los intereses de Su Majestad quedarán en manos muy dignas.

El hombre de la cabeza de buitre se mordió los labios con despecho, sus ojos arrojaron un rayo de luz siniestra, y para disimular su cólera, tosió, se atusó su largo bigote, y sonrió con tanta falsedad y de una manera tan infernal, que aquella sonrisa, advertida por los que estaban a sus lados, les hubiera causado terror.

Doña Isabel, sin embargo, debió advertirlo, porque se puso ligeramente pálida.

Cortés y Rodrigo de Paz cruzaron entre sí una mirada de inteligencia.

Entonces la conversación, más animada que antes, volvió a hacerse general.

3. Tetzahuitl

Como si Cortés hubiera mandado pregonar en medio de la plaza pública su expedición en busca de Cristóbal de Olid, así se difundió rápidamente la noticia.

Natural era que esto causara en la población una verdadera alarma. Unos temían por la tranquilidad del reino si Cortés se alejaba; otros temblaban al pensar que podría llevarlos en su compañía; quién miraba en esto la pérdida de las conquistas de los españoles; quién, por el contrario, creía que se abría un horizonte más dilatado para las aventuras de aquellos genios emprendedores e inquietos.

Sin embargo, la noticia llegó como a tender un velo de tristeza sobre aquella escena poco antes tan alegre y tan animada, y disgustados unos por ella y ansiosos otros por llevarla a su casa, todos fueron poco a poco retirándose, hasta que llegaron a encontrarse solos los danzantes.

Entonces ellos comprendieron que a su vez les había llegado el momento de retirarse, y cargados con sus teponaxtles, sus sonajas, sus arcos de flores y sus animales disecados, se dispersaron, tomando cada uno el rumbo que le convenía.

Algunos de los danzantes debían vivir fuera y muy lejos de la ciudad, pues siguiendo la calzada de Iztapalapa, caminaba apresuradamente uno de ellos, que llevaba en la mano como apoyo y como defensa un nudoso bastón de encino.

La noche comenzaba ya a borrar los perfiles de las montañas, y un viento ligero levantaba apenas fugitivas nubecillas de polvo.

A medida que el hombre que caminaba por la calzada de Iztapalapa se alejaba de la ciudad, menudeaba el paso, como si esperase encontrarse enteramente solo para echar a correr.

Aquel hombre, que como todos los demás vestía un traje fantástico, pretendiendo imitar un animal; tenía todo el cuerpo cubierto de plumas blancas; llevaba sujetas a sus espaldas dos grandes alas, también formadas de plumas, y sobre su cabeza, como la cimera de un casco, se levantaba la cabeza de un águila.

El hombre caminaba ligero, sin hacer aprecio del viento que zumbaba de una manera siniestra entre las plumas de las alas, ni de la noche que se cerraba a cada momento más y más oscura, ni de los tristísimos aullidos de los coyotes, que levantaban un infernal concierto entre los bosques de los alrededores.

El del vestido de águila caminaba, y caminaba sin detenerse; pasó por Mexicaltzinco, y al salir de allí, en vez de seguir directamente la calzada que debía llevarle a Iztapalapa, tomó a la derecha, y llegó hasta la falda del cerro que está cerca de la población.

Allí se detuvo y se puso a examinar cuidadosamente todos los alrededores, caminando unas veces, agazapándose otras entre la yerba, permaneciendo inmóvil durante algún tiempo, y procurando siempre poner la planta en donde no se imprimiera la huella, aquel hombre permaneció por allí más de una hora.

Era seguro que su designio era cerciorarse de que nadie le observaba.

Por fin pareció quedar satisfecho, y entonces se decidió a seguir adelante, pero sin andar en línea recta, sino llevando un camino verdaderamente caprichoso.

El terreno que aquel hombre había recorrido en su marcha, estaba muy lejos de tener el aspecto que hoy presenta; en aquella época no existían esas anchas calzadas, ni esas llanuras extensas que miramos hoy por el sureste de la ciudad; los lagos cubrían con sus aguas casi todo aquel rumbo y penetraban hasta las calles de México, y sólo podía transitarse en algunos puntos por angostas veredas practicadas entre el lago sobre macizas estacadas.

La noche había ya cerrado completamente, cuando el indígena danzante se detuvo en el cerro de Iztapalapa delante de una gran peña rodeada de espesos matorrales.

Ninguno quizá habría encontrado allí nada que llamara la atención; pero aquel hombre conocía sin duda demasiado el terreno, porque apartando suavemente la maleza, penetró en el bosquecillo que ella formaba, cuidando de no dejar rastro de su paso por allí.

Detrás de la gran roca, y como apoyada en ella, había otra más pequeña; el hombre se acercó, y sin hacer en apariencia grande esfuerzo, la hizo volver sobre uno de sus costados.

Quedó entonces descubierta la entrada de una caverna, entrada bien estrecha, pero suficiente para dar cabida al cuerpo de un hombre.

El misterioso viajero recogió las alas de su fantástico traje y comenzó a descender, y cuando ya sólo tenía fuera los brazos y la cabeza, asió uno de los ángulos de la roca que servía de puerta, y tiró de ella.

El equilibrio de aquella roca estaba perfectamente calculado; el batiente de una ventana no hubiera cerrado con más facilidad ni con más precisión: al impulso del hombre, la roca vaciló, y después de un corto número de oscilaciones cayó pesadamente sobre la entrada, cubriéndola casi herméticamente.

Descendió el hombre algún tiempo valiéndose de los pies y las manos, por una especie de escalera labrada en la piedra, y llegó después a un plano en el que la bóveda del subterráneo, bastante elevada, le permitía caminar cómodamente.

Aunque reinaba allí la oscuridad más profunda, el hombre no vaciló en el camino que debía seguir; atravesó, palpando el muro, por dos o tres galerías que iban tan pronto en dirección del norte como del sur, y repentinamente, al doblar un ángulo, se encontró en una especie de salón iluminado por una gran hoguera, alrededor de la cual había algunos hombres conversando.

El primero de aquellos hombres que descubrió al recién llegado, exclamó levantándose:

—¡Tetzahuitl!

—¡Tetzahuitl! —repitieron los demás poniéndose en pie, con grandes muestras de respeto.

El recién venido, a quien todos saludaban con el nombre de Tetzahuitl, como si estuviera profundamente preocupado, comenzó a despojarse de sus atavíos, sin poner atención en nada de lo que pasaba a su lado.

Tetzahuitl debía ser un personaje de grande importancia, porque todos los que allí estaban fueron poco a poco perdiéndose entre las sombras de la caverna, y no quedó más que un hombre ya anciano, que contemplaba a Tetzahuitl sin hablarle, pero con muestras de tierno interés.

Entretanto, el traje de Tetzahuitl había caído, y el hombre apareció con su verdadera figura.

Era un azteca joven de veinticinco años; su estatura no era de las más elevadas, pero su desarrollada musculación demostraba que aquel joven tenía un vigor y una fuerza poco comunes; su frente ancha y despejada estaba sombreada por dos largos mechones de un pelo tan negro y tan brillante como el ala de un cuervo; sobre su labio superior se dibujaba un ligero bigote, y sus ojos chispeantes parecían algunas veces lanzar relámpagos: Tetzahuitl era el tipo de un hermoso azteca.

El viejo, sin moverse, le contemplaba en silencio, y así permaneció mientras el joven, dejando a un lado los arreos que le habían servido en el baile de la boda, se sentó tristemente cerca del fuego en una piedra, y apoyando su frente en sus tendidas manos, se entregó con libertad a sus meditaciones.

4. Viejo y joven

Transcurrió cerca de media hora de esta manera, sin que el silencio fuera interrumpido más que por el chisporroteo del fuego y por algún suspiro ahogado de Tetzahuitl.

Por fin, el joven levantó la cabeza y miró al anciano.

—¡Temachti! —dijo con dulzura.

—¡Hijo mío! —contestó el viejo—, ¿por qué te miro hoy más triste que otros días? Cuéntame tu pena: si el árbol viejo y seco no puede ya defenderte contra la tempestad y el rayo, tiene al menos una sombra para cubrirte de los ardores del sol: ¿qué tienes?

—Estuve allá… —contestó el joven moviendo tristemente la cabeza y mostrando con su mano extendida el rumbo de la ciudad.

—¿Y la viste, hijo mío? —preguntó con interés el anciano, como si en las palabras del joven hubiera comprendido una larga historia de amores.

—Sí, la vi, la vi —replicó Tetzahuitl exaltándose gradualmente—; la vi; pero los cristianos se la han entregado a otro, a otro, a uno de ellos, a Dorantes; ahora ya es cristiana, ya se llama Isabel, y otra va a ser su casa, y va a amar a otro; así lo manda, así lo dispone el señor, el capitán de los cristianos; y yo la pierdo…

El joven, como sintiendo una profunda desesperación, inclinó el rostro y se oprimió la cabeza con las manos.

—¡Tetzahuitl! ¡Tetzahuitl! —dijo con dulzura el viejo acercándose a él y procurando acariciarle—, no te entregues así a tu dolor; ninguna noche es eterna; después de las sombras viene la luz; desde los árboles corpulentos hasta las yerbas que flotan en el lago, todos los seres luchan con los huracanes y con las tormentas, y los débiles y los fuertes llegan siempre a salir victoriosos, con tal que no se dejen abatir. Óyeme, Tetzahuitl: ¿quieres mucho a esa mujer?

Al escuchar aquella pregunta Tetzahuitl alzó el rostro, como transfigurándose repentinamente, sacudió su negra y lacia melena, y con el fuego en la mirada, y con la voz trémula de sentimiento y de entusiasmo, exclamó:

—¿Que si la quiero?… ¿que si la quiero me preguntas, Temachti? Escúchame: cuando pienso en ella, mi sangre se enciende, mi corazón se azota con violencia, una nube de fuego cruza ante mis ojos, mis miembros todos se estremecen, y si estoy solo, si puedo entregarme libremente a mis ilusiones, entonces caigo de rodillas y tiendo mis brazos al aire como un insensato, y de mi pecho agitado se escapa, no una queja, no un suspiro, no un grito de dolor, sino un rugido que nada tiene de humano, y que conmovería, sin duda, a las rocas de nuestras montañas: desde que conozco a esa mujer, mi corazón es un santuario, mi alma es un templo en donde vive su imagen eternamente; cierro los ojos y busco la oscuridad, porque entonces veo mi espíritu, y en mi espíritu la veo a ella, y allí hay una claridad, una luz tan viva, tan pura, tan intensa, que los rayos del sol me parecen pálidos y tristes, mi alma se embriaga con sus mismas ilusiones, y el cielo y el mundo se encierran para mí en mi misma pasión, en mi mismo pecho: desde que la conocí, Temachti, me siento capaz de todo lo grande, de todo lo noble; desde ese día ningún pensamiento negro ha cruzado por mi alma, porque allí está ella, y no permitiré nunca que una sombra turbe, ni por un instante, la purísima luz de su santuario: algunas veces siento que el fuego de la desesperación me abrasa, y entonces la adoro como los dioses de las tinieblas deben de adorar a la luz; y otras, una ternura dulcísima y profunda se apodera de mí, mi ser, se desvanece como el contorno de las montañas entre las sombras de la tarde, y brota el llanto de mis ojos, y las lágrimas surcan mis tostadas mejillas…

Calló por un momento el joven, fijó sus negros ojos en las llamas inquietas que se levantaban de la hoguera, y luego repentinamente, como sintiéndose inspirado, asió con fuerza el brazo del anciano, y mirándole con fijeza le dijo:

—Óyeme, Temachti: ¿comprendes ese misterio terrible que debe pasar en las entrañas del Popocatepetl?, ¿comprendes cómo el fuego voraz hace estremecer hasta el fondo de nuestros lagos, cómo ruge allá en el centro de la tierra, cómo lanza hasta el cielo algunas veces columnas de humo, para darnos idea de su poder?, ¿te imaginas qué pasará en esas inmensas profundidades, en donde todo es fuego y confusión, y terror y amenazas? Pues bien; todo eso tan tremendo, tan espantoso, es nada… nada, Temachti, comparado con lo que siento yo dentro de mi alma: quisiera morir para encontrar descanso, y tiemblo ante la idea de separarme de ella para siempre; ansio su vista, y no tengo valor para mirarla; moriría de dolor si ella me despreciara, y el placer me mataría si llegara a amarme… besar la huella de su planta, es la única ambición de mi vida… por ella sería yo capaz de renegar hasta de la religión de nuestros padres… sería yo capaz de ser cristiano… por ella, Temachti, sacrificaría mi honor, serviría yo de esclavo a los mismos castellanos…

—Tetzahuitl —dijo solemnemente el anciano—, vuelve esas palabras a tu pecho: el nieto de un grande emperador, el caudillo que ha luchado tanto por la independencia de su patria, el árbol que da sombra a los vencidos, el águila joven que es la esperanza del porvenir, no debe decir eso, no lo debe pensar siquiera: Tetzahuitl, tú deliras, vuelve en ti…

—¡Oh, tienes razón, Temachti, tienes razón!, digo mal; ¿pero puedo yo acaso contenerme? ¿Soy por ventura dueño de mí mismo? No; mi alma no es mía, no me pertenece, yo no tengo ya ningún poder sobre mí; el huracán arrebata una barquilla en el lago, y la arrastra, y nadie puede entonces contenerla ni dirigirla… Tú comprendes lo que amo a esa mujer: hace ya dos años que los cristianos se apoderaron de ella, le enseñaron su religión, su idioma, la quieren hacer extraña para nosotros, y el día que lo manda el jefe, se la entregan a otro hombre para que sea su mujer, para que sea la madre de sus hijos… ¡Esto es horrible!

—¿Y después de eso, piensas en llegar a hacerte cristiano?, ¿piensas en servir a esos hombres? ¡Tetzahuitl! ¿No hierve el rencor en tu pecho?, ¿el soplo de la venganza, no mitiga el ardor de tu corazón? ¿Llorarás como una mujer, o te vengarás como un Dios?

—¿Y ella?

—Ella será tuya, tuya… te lo prometo.

—¡Mía! ¿Y cómo? Habla, habla…

—Aún no lo sé; he consultado a los astros, y he visto en sueños una tórtola acariciando a un águila…

—¿Y bien?

—La tórtola venía de una prisión, el águila se cernía sobre la montaña… los dioses lo disponen… ¡Tetzahuitl!, tú eres el águila de nuestras montañas; la tórtola que hoy canta prisionera, tendrá para ti sus caricias… ¿cuándo?, ¿cómo?, los dioses sólo lo saben, y ellos me harán saber sus altos designios, si así me fuere conveniente; entretanto, espera.

—¡Oh! esperaré, esperaré, Temachti; ¡bendita sea la voluntad de los dioses, bendita sea tu voz!

—Escucha un consejo, hijo mío, porque aún eres joven: jamás vuelvas a vestir los arreos fantásticos del danzante; el caudillo de un pueblo no debe nunca descender así de su altura…

—¡Fue por mirarla siquiera!

—Bien, Tetzahuitl, la miraste ya; pero en lo de adelante conquístala, y no desciendas de tu grandeza… ella te amará, te lo aseguro en nombre de los dioses.

5. Salazar

Cortés hizo publicar la expedición que intentaba llevar contra Cristóbal de Olid, por toda la ciudad, y comenzaron a hacerse los preparativos con toda diligencia.

Cristóbal de Olid, uno de los más famosos capitanes de Hernán Cortés, se había distinguido en las guerras con los mexicanos, por su arrojo y por su inteligencia, y logró ganar completamente el cariño del conquistador.

Sometido el imperio de Moctezuma, Cortés eligió a Olid para confiarle el mando de una escuadra de seis naves y de cuatrocientos infantes y treinta jinetes, encomendándole la conquista de las Hibueras, país distante cuatrocientas cincuenta leguas al sudeste de México, en cuya conquista tenía gran empeño el emperador Carlos V, porque deseaba que se encontrara el paso de uno a otro mar, y se tenía entonces como probable que por el golfo de Darién llegaría a encontrarse ese paso.

Olid aceptó gustoso el mando que le daba Cortés, y se puso en marcha y llegó con felicidad al término de su viaje. Los habitantes de aquel país, de carácter dócil y poco afectos a la guerra, se sometieron fácilmente, y Olid se vio muy pronto señor de un inmenso y rico territorio.

Entonces el demonio de la ambición sopló en su alma, y la gratitud no resistió el combate, y el hombre favorecido por Hernán Cortés, olvidó a su protector, desconoció su autoridad y cortó con él todo género de relaciones.

Acción semejante había hecho también Cortés con Diego Velázquez, que le encomendó el mando de la expedición que salió de la isla de Cuba en busca de nuevas tierras; y el conquistador de México, al saber la ingratitud de Olid, debió haber sentido el puñal de los remordimientos, recordando lo que él mismo había hecho con Velázquez.

Pero en el mundo casi nunca registra la historia dos acontecimientos idénticos en la ejecución y en los resultados; el isocronismo en la historia es la utopía de una escuela italiana, que tiene pocos partidarios entre los hombres de ciencias.

Hernán Cortés no podía quedarse burlado cómo Diego Velázquez; tenía más poder, más elementos, y sobre todo, un brío y un arrojo a toda prueba, y nada podía detenerle cuando había resuelto tomar venganza del agravio y castigar la ingratitud de Cristóbal de Olid.

La ciudad de México estaba alarmada con la noticia de aquella empresa; la salida de las pocas tropas españolas que había en la plaza, infundía serios temores a los nuevos colonos; los naturales del país andaban alborotados; sufrían el yugo de los conquistadores con disgusto, los tratamientos brutales de que habían sido víctimas durante los primeros años de la dominación española, engendraron entre ellos un odio terrible contra los que se consideraban sus señores, y de presumirse era que quisieran aprovechar los momentos y alzarse, procurando siempre su libertad y su venganza.

El ayuntamiento procuró disuadir a Cortés; los oficiales reales, el oidor, el factor, el tesorero y el contador le requirieron en nombre del emperador Carlos V para que desistiera de su empresa; pero todo fue en vano; Cortés despreció la súplica del ayuntamiento, y a los oficiales reales contestó que no era cierto que marchase a tan lejanas tierras, y que su único objeto era ir a Coatzacoalcos a otros negocios del servicio de Su Majestad.

Estaba ya en vísperas de salir la expedición, y a pesar de las protestas del conquistador, nadie ponía en duda que el fin de ella era la persecución de Cristóbal de Olid.

Una tarde, en una de las más suntuosas habitaciones que en aquellos tiempos habían comenzado ya a fabricar los españoles, y en una espaciosa estancia, se paseaba un hombre con aire meditabundo.

Aquel hombre parecía esperar algo, porque de cuando en cuando se detenía y se inclinaba, como escuchando algún rumor en la calle.

La fisonomía de aquel hombre nada tenía de notable, y su traje era una mezcla de armadura de soldado y de ropa de corte.

Mucho tiempo llevaba ya sin duda de aguardar, porque daba señales continuas de impaciencia; y aquella impaciencia subía por grados, pero rápidamente, y llegó por fin a su colmo, al parecer, porque como obedeciendo a una determinación violenta, tomó de encima de una mesa que allí había cargada de papeles, un ancho sombrero negro adornado con plumas blancas, se lo caló con un movimiento convulsivo casi, y se dirigió violentamente a la puerta.

Pero antes de llegar, la puerta se abrió, y otro hombre penetró en la estancia, y sin tocarse siquiera el sombrero, volvió a cerrar.

El recién venido era precisamente el hombre de fisonomía de buitre y de luengos bigotes, que tanto había turbado a doña Isabel en el día de su boda.

—¿Y bien, señor Gonzalo de Salazar? —preguntó el que esperaba.

—Señor Pero Almindes Chirinos —contestó el de la cara de buitre—, malas noticias.

—¿Malas?

—Sí, a fe: el muy magnífico señor Hernando de Cortés se empeña en que vuesa merced y yo hemos de acompañarle en esa descabellada expedición.

—¿Y el gobierno?

—En manos queda del licenciado Zuazo, de Alonso Estrada y de Rodrigo de Albornoz.

—¿También Albornoz?

—También; Cortés quería llevarle consigo, pero yo le aconsejé que le dejase.

—¿Tal hizo vuesa merced? ¿Y con qué objeto? Albornoz es enemigo nuestro, y no comprendo…

—Tardo es en verdad vuesa merced para comprender. El licenciado Zuazo, hombre de carácter dulce y de clara inteligencia, dominaría con facilidad a Estrada, y el gobierno estaría así en las manos de Cortés, porque Zuazo no haría sino lo que Cortés quisiera, y si a esto se agrega que nosotros tenemos que partir con Cortés, se infiere claramente que nuestro poder sería ilusorio, y no seríamos nosotros más que súbditos del mismo Cortés.

—En efecto…

—Ya verá vuesa merced, ya verá… permaneciendo Albornoz en México y tomando una parte activa en el gobierno de la tierra, y con la investidura también de gobernador, Estrada encontrará en él un apoyo o un enemigo, y Zuazo un aliado o un rival: en todo caso, la división, la discordia y la guerra son inevitables, y podemos aprovecharnos de eso.

—Pero ausentes y al lado de Cortés, no comprendo…

—Cortés recibirá, lejos ya de México, la nueva de los disturbios, y se encontrará en la situación más embarazosa de su vida; nosotros para esa época habremos ya ganado su confianza si vuesa merced sigue mis consejos, y entonces, Cortés mismo, para remediar el mal, para cortar el escándalo, echará mano de nosotros, y volveremos como pacificadores, como árbitros: ¿comprende ahora vuesa merced?

—Perfectamente; sólo temo que no salga todo como vuesa merced lo supone, y que Zuazo, Albornoz y Estrada se unan, y Cortés encuentre en ellos su más firme apoyo.

—Si tal sucediera, diría yo que la naturaleza había extraviado su curso, y no sucederá: además, contamos con otro elemento de discordia, del que aún no he querido hablaros.

—¿Y qué elemento es ese?

—Rodrigo de Paz, pariente, amigo y favorito de Cortés, a quien deja apoderado de sus negocios particulares, y a quien ha nombrado capitán de la artillería y de las ataranzas; Rodrigo de Paz tiene el genio más turbulento y más ambicioso que conozco; no consiente más superioridad que la de Cortés, ni rivalidad de ningún nacido; él nos ayudará más que los tres gobernadores, y él se encargará de destruir lo que fabrique la prudencia del licenciado Zuazo.

—A fe mía, señor don Gonzalo, que si cuanto piensa y calcula vuesa merced no sale cierto, culpa del destino será, que no de falta de previsión.

—El tiempo se encargará de probar que no me falta razón, y que si el hombre cuida de meditar bien en los acontecimientos del porvenir, no dejará algunas veces de ser profeta. En fin, retírome; que no cité a vuesa merced, ni le envié a decir que me esperase, más que con el objeto de darle las noticias que ha escuchado, y de advertirle que se prevenga para el cercano viaje, y para el evidente retorno.

—Dios lo permita.

—Tenedlo por permitido, que de ser tiene todo tal como yo lo digo. Dios quede con vuesa merced.

—Él acompañe a su señoría.

Los dos hombres se estrecharon cordialmente la mano, y sin más ceremonia, Salazar salió de la estancia cerrando tras sí la puerta, y Chirinos se sentó en un sitial, y con la frente apoyada en la mano, quedó en esa postura en que sólo el individuo sabe si duerme o si medita.

6. La familia de Zapata

—Por mi santiguada —decía un hombre que tenía toda la traza de soldado viejo y vicioso, a una mujer poco más o menos de la misma mala catadura—; que más fácil fuera volver estos reinos a Cuauhtémoc, que estar en paz con mujer como tú.

—Carguen los demonios contigo y con ese Cuauhtémoc, que tanto me dan a mí sus reinos como tú: buen par de bellacos seréis ambos, cuando te acuerdas de ese mal nacido.

—La mal nacida será ella —replicó atusándose su bigote gris y espeso el soldadón—; que yo, aunque soldado y pobre, noble soy como un infante de Aragón, y el indio no deja de haber sido emperador, y ya quisiera haberle servido esa mala yerba.

—¡Zapata! —dijo la anciana enarbolando una tortera que tenía en la mano—, Zapata, soldado descreído y mal averiguado, si no mirase a que la iglesia nos…

—A mala parte vas a parar, y de arrepentirte tienes, Mencia, como te atrevas a despacharme ese mueble —dijo Zapata poniéndose en guardia y levantando uno de los pesados taburetes que en la estancia había.

Sin duda la mujer debía tener experiencia de lo que sucedía en lances semejantes, y bien conocido el peso de la mano de su marido, porque se calmó repentinamente.

—Mira, Zapata —dijo, tomando la actitud del que se prepara a capitular, pero aún no deja las armas—; tengamos en paz la fiesta, que la paz es hija de Dios.

—Y eso no serás tú nunca —replicó Zapata enorgullecido por las ventajas obtenidas en la primera escaramuza—; muchos años llevo de vivir contigo, y no hemos pasado en paz otro tiempo, que el que hemos estado separados muchas leguas.

—Sin duda por eso pretendes ahora volverte a largar a esa malhadada expedición de las Sibueras o Libueras, o sepa el diablo cómo se llama, que en negra hora han inventado hombres como tú, que no tienen amor a su pellejo, ni respeto al santo matrimonio.

—Sí, pues; ¡bonito el matrimonio para contener a un soldado en su casa!, que los matrimonios, así como tú te los piensas, de golilla son, y no de hombres que tienen espada o cargan el arcabuz; de ir tengo a las Hibueras, como vine a las Indias; que tú bien sabes que si no fuera por eso, ahora estaríamos en el lugar, destripando terrones, y no serías tú ni propietaria ni cosa semejante.

—Y ahora que podíamos vivir en paz, te largas.

—Por eso, para vivir en paz me voy, y me fuera aunque tuviera que caminar por el filo de un cuchillo, y pasar el puente de Mantilbe.

—Pues vete, vete, y mala víbora te pique en esas tierras, y comido te veas de los indios, que mi hija y yo quedamos aquí en manos de Dios que no consentirá que nos suceda una desgracia por el abandono de un tornadizo.

Cuando Zapata se oyó llamar tornadizo perdió completamente su aplomo, y se levantó rojo de ira, con los ojos chispeantes, y apretando convulsivamente los puños; la vieja Mencia conoció que la cosa iba de veras, y se levantó pálida con intención de huir, pero ya Zapata le había afianzado uno de los brazos con una mano que parecía de acero.

Mal la hubiera pasado Mencia, si en este momento no hubieran resonado en la estancia tres golpes aplicados con fuerza a la puerta de la calle.

—¡Voy! —grito Mencia, comprendiendo que el que llamaba era su salvador, cualquiera que fuese.

Zapata se calmó repentinamente, y procuró dar a su fisonomía el aspecto de calma y de tranquilidad que tenía de ordinario, porque aquellos golpes indicaban que el que había llamado era alguna persona de importancia.

Mencia, que se había acercado a la puerta, preguntó desde adentro y sin abrir:

—¿Quién va?

—Soy yo; abre, Mencia: ¿no está ahí el viejo?

—Sí, señor —contestó la vieja abriendo, y agregó por lo bajo contestando a una señal de Zapata—; es el señor factor.

Zapata se atusó el bigote tomando un aire de importancia, y Gonzalo de Salazar penetró en el aposento.

—Dios mande aquí buenas noches —dijo Salazar.

—Para servir a vuesa merced, señor factor —contestó Zapata poniéndose en pie—, que tanto bueno por nuestra dichosa trae.

—Supongo —dijo Salazar— que también el bravo Zapata será de esa partida.

—¿De cuál partida habla vuesa merced, señor factor?

—De la de las Hibueras.

—Y vaya si voy; que de tristeza moriría si en casa me quedara, cuando otros, que tanto como yo son, andan a mandobles y tajos con los indios, conociendo tierras y conquistando reinos para Su Majestad.

—Holgárame de tener tanto gusto en el viaje —dijo Salazar—, que bien a mi pesar voy en la expedición.

—¿También marcha vuesa merced?

—También, y por eso he venido a veros, que deseo, pues que Mencia se queda en esta ciudad, dejarle algunos encargos secretos, por si a morir llego.

—Dios nos libre de tal desgracia —exclamó hipócritamente la vieja—; mande vuesa merced lo que guste a esta su servidora, que dispuesta estoy a obedecerle; pero no piense en que se ha de morir.

—Siempre es mejor estar preparado —dijo Salazar.

—Por lo tanto —interrumpió el soldado—, voyme por esos mundos de Dios a dar una vuelta, mientras que vuesa merced habla con esta mi mujer y le fía sus secretos; que en ello sabe lo que hace vuesa merced, aunque dice el refrán que no cabe secreto en pecho mujeril.

Y antes que Mencia contestase como debía, Zapata se hundió hasta los ojos su gorra, y echándose en el hombro una capa gris, salió marcialmente a la calle.

—Siéntate —dijo Salazar.

La vieja se sentó, clavando curiosamente la mirada en el factor, que se preparaba como para decirle una cosa muy interesante.

—Mencia —dijo el factor después de un momento de silencio—, ¿conoces tú a esa india que se ha casado con Martín Dorantes, el paje de Cortés?

—Sí que la conozco, aunque amistad ninguna llevo con ella.

—Bien lo comprendo, por la diferencia que hay de edad entre ella y tú: ¿cuántos años cuenta Juanilla tu hija?

—Dieciocho que van a diecinueve —contestó Mencia sin comprender adónde se dirigían aquellas preguntas.

—Pues se necesita que tu hija Juanilla haga estrecha amistad con doña Isabel de Paz.

—¿Con Isabel?, fácil será, porque tienen ya conocimiento: pero a la verdad no alcanzo…

—Se trata de prestar a Su Majestad un gran servicio, que sin duda sabrá premiar con la grandeza que acostumbra. Escúchame con atención.

—Toda yo soy oídos.

—Lo que voy a decirte es cosa de mucha reserva y de muy loado cumplimiento, porque en ello se interesa el real servicio.

—¡Ave María!

—No te asombres, y escucha. Sabes ya que pronto vamos a partir; pero esperando en Dios, yo daré inmediatamente la vuelta: aquí en esta misma ciudad se trama una gran conspiración para levantarse con el reino, y quitársele a Su Majestad, que es el legítimo dueño.

—¡Nuestra Señora de Covadonga nos ampare!

—Ni a tu mismo confesor digas lo que voy a referirte: el que tal pretende, es precisamente el hombre que más favores debe al rey nuestro señor.

—¡Ingrato! ¡Ingrato! ¿Y quién es él?

—Guarda el secreto; es Hernán Cortés.

—¡Jesús! —exclamó la vieja espantada.

—Silencio, y ayúdame a destruir sus maquinaciones: Cortés para todo esto está de acuerdo con los indios, y ellos serán sus más principales aliados.

—Ya, ya… pero necesito tener más pruebas, y sobre todo, impedir que hagan un tumulto: Martín Dorantes es el confidente de Hernán Cortés, y éste se entiende con los indios, por medio de doña Marina y de doña Isabel.

—¡Ah!

—Pero como la Marina se va con Cortés, seguramente aquí doña Isabel queda encargada de todo; a ella es a quien se necesita vigilar: he aquí pues, por qué quiero que Juanilla estreche con ella las amistades, hasta tal grado, que no pierda de vista ni el menor de sus movimientos, y que yo cuando vuelva lo sepa todo.

—¡Muy bien!, razón tiene vuesa merced, y la muchacha cumplirá, que aunque inocente, es de mucho pensar; descuide vuesa merced… ¡Ah!, ¡qué hombres!, ¡qué hombres!

—Sobre todo, secreto, y no tenga más que advertirte.

—Pierda cuidado por eso vuesa merced —contestó la vieja.

Salazar se embozó en su capa, calóse el sombrero y salió como había salido Zapata, sin más despedida.

* * *

Pocos días después de esta conversación, partía de México Hernán Cortés en busca del rebelde Cristóbal de Olid, llevando consigo a Gonzalo de Salazar y a Pero Almindes Chirinos, y en clase de prisioneros a Cuauhtémoc, último emperador de México, al rey de Texcoco, al de Tlacopan, al de Azcapotzalco y a un hermano del rey de Michoacán.

Dorantes, como inseparable de Cortés, era también de la partida.

El gobierno de México quedó a cargo del licenciado Zuazo, de Alonso de Estrada y de Rodrigo de Albornoz.

La casa y bienes del conquistador se encargaron desde ese día a su pariente Rodrigo de Paz.

Con estos antecedentes, basta de prólogo y entremos a tomar el hilo de nuestra historia.

Libro primero. La tórtola, el buitre y el águila

1. En donde el lector conocerá a Juanilla, y la encontrará desempeñando el papel de apasionada

Después de la conquista de México, Hernán Cortés, que meditaba cimentar sólidamente el dominio del rey de España en el país recientemente conquistado, procuró reunir en su palacio a las jóvenes hijas de los principales caciques y señores, con el objeto de educarlas y casarlas después con los jefes españoles.

Casi todas aquellas jóvenes recibieron el bautismo, aprendieron el idioma de los españoles, y mientras no se casaban permanecían en el palacio de Cortés.

Así estaban las cosas cuando se llevó a efecto la expedición de las Hibueras; y Rodrigo de Paz, encargado de todos los bienes del conquistador, continuó en sus mismas prácticas y costumbres, sin que en el palacio se notase variación alguna.

Era una tarde del mes de noviembre de 1525, y la expedición que de México había salido con Hernán Cortés, según las relaciones de los correos, debía estar ya en Coatzacoalcos.

En uno de los corredores del palacio conversaban dos jóvenes, hermosas ambas, pero de un tipo enteramente distinto.

La una era de raza indígena pura, la otra con su color blanco, con sus mejillas sonrosadas, con su gran cabellera castaña, sus ojos pardos y su nariz aguileña, demostraba claramente que era hija de algún conquistador y nacida en la península ibérica.

La india era doña Isabel de Paz, la esposa de Dorantes.

La española era Juanilla, la hija de Zapata.

Doña Isabel sentada en un sitial, con la cabeza inclinada, se entretenía en deshojar en su regazo un ramo de amapolas, y parecía, completamente absorta en sus pensamientos, que instintivamente contestaba las preguntas que le dirigía su compañera.

Juanilla, de pie al lado del sillón de doña Isabel, tenía uno de sus brazos pasado alrededor del cuello de la joven; y la miraba con interés y curiosidad, comprendiendo que más bien que de la conversación se ocupaba doña Isabel de seguir el hilo de sus meditaciones.

La esposa de Dorantes hablaba ya perfectamente el español, y al oírla nadie hubiera creído que tan poco tiempo llevase de estar entre los castellanos.

—Doña Isabel —dijo Juanilla—, dejad esos tristes pensamientos; el recuerdo de vuestro esposo, antes debe alegraros: si yo fuera casada, y con un mozo tan guapo como vuestro marido, cada vez que me acordase de él sonreiría de placer.

—Sí —contestó lánguidamente doña Isabel—, muy guapo es mi marido, pero está tan lejos…

—Así os amará más, y tendréis más gusto cuando él vuelva. ¡Ah! y cómo sois las muchachas casadas; todo lo queréis, marido, y que esté a vuestro lado; con sólo tener marido me contentara, yo, aunque estuviese hasta las Hibueras: no, pero os digo que peor que tenerle ausente es no tenerle, ni siquiera en esperanza.

Doña Isabel se sonrió, y levantando el rostro para mirar a Juanilla, le preguntó con mucha dulzura:

—¿Será posible que vos, tan bonita y tan graciosa, no tengáis un novio?, harto amigas somos ya, y mucha confianza nos tenemos, y sin embargo de ello, nunca me habéis confiado un solo secreto de amor.

—Es la verdad… pero…

—¿Qué, Juanilla? —dijo doña Isabel tomándola una mano.

—Es que tengo un secreto mío, y que no me atrevo a contárselo a nadie.

—¿Ni a mí?, ¿ni a vuestra amiga?, sería yo capaz de enojarme.

—¡Ah! no, yo os lo referiré.

—Bien, vamos, ahora nadie nos escucha ni nadie vendrá a interrumpirnos.

—Pues escuchadme, porque ya tenía yo ganas de desahogar mi corazón con alguien; escuchadme.

Y Juanilla, alegre y vivaracha, se sentó en el suelo delante de doña Isabel y le tomó las dos manos.

—Empezaré por contaros —dijo—, que yo estoy enamorada.

—¡Enamorada! —repitió doña Isabel sonriendo como hubiera podido hacerlo delante de una hija—. ¿Y de quién?

—La verdad es que no sé cómo se llama el hombre a quien amo.

—Es curioso: ¿será algún español amigo de vuestro padre?

—No, señora, es un indio.

—¡Un indio!

—Sí; ¿qué os admira?, ¿acaso vos no sois india, y Dorantes se enamoró de vos como un loco, según dicen?, ¿por qué, yo que soy española, no puedo verme enamorada de un indio? ¡Oh! y lo que es éste, es muy hermoso, y parece ser muy noble.

—¿Y él os ama?

—Yo creo que sí.

—¿Lo creéis no más, o acaso os ha dicho algo?

—Vais a saberlo todo. Ya recordaréis que a pocos días de haber salido de aquí vuestro marido, comencé a estrechar con vos mi amistad, y que os venía yo a visitar todos los días; y que algunas veces me estaba a vuestro lado hasta muy entrada la noche.

—Sí, lo recuerdo.

—Un día permanecí en palacio más tiempo del que acostumbraba, y al salir para regresar a mi casa, tuve miedo; la noche estaba negra y no había ni una sola persona en la calle; eché a caminar precipitadamente, y a poco oí tras de mí el ruido de unos pasos; volví el rostro, y con la escasa claridad de las estrellas distinguí un bulto; redoblé mis esfuerzos para llegar cuanto antes a mi casa, y escuché con terror que los pasos del que me seguía sonaban más cerca; casi estuve a punto de pedir socorro; pero vi que no me atacaban, y algo me calmé: en la puerta, y antes de entrar, volví a mirar, y el bulto que me había espantado se detuvo como con respeto a cierta distancia, y luego se retiró.

—¿Y contásteis esto a vuestra madre? —preguntó con cierta turbación doña Isabel.

—¡Imposible!, me hubiera impedido quizá volver a veros, o por lo menos hubiera estado con mucha zozobra durante mi ausencia.

—Bien, ¿y luego?

—A la noche siguiente volvió a pasar lo mismo, nomás que entonces ya yo no me espanté, y llegué después de algunos días a acostumbrarme a la compañía de aquel misterioso personaje, y lo que es más, a tener deseos de conocerle: porque ya tenía yo por seguro que era mi amante.

—Quizá —dijo con distracción doña Isabel.

—Una circunstancia me hizo arder más en deseos de conocerle: recordaréis que una noche se desató una tempestad horrible y no me permitisteis volver a mi casa; pues bien, esa noche, cuando ya la tempestad había pasado, abrí una de las ventanas de vuestro alojamiento, que dan a la calle; había luna y yo quería ver si el amante misterioso me esperaba; figuraos cuál sería mi sorpresa al ver, que apenas me asomé, se destacó, no sé de dónde, y me arrojó un ramo de amapolas rojas, exactamente igual a ese que acabáis de deshojar.

Al escuchar esto doña Isabel, se estremeció y se puso repentinamente pálida; Juanilla estaba tan distraída con la relación amorosa, que apenas pareció notarlo.

Aquella vez —continuó candorosamente Juanilla—, tuve miedo y me encerré luego; pero… recogí el ramo; yo no sabía quién le mandaba… ¿qué queréis?, es tan bonito recibir así unas flores… Poco tiempo después vine a vivir con vos algunos días, ¿recordáis?, y la primera noche abrí temblando mi ventana por curiosidad, y el hombre estaba allí, y todas las noches sucedía lo mismo…

—¿Y habéis llegado a conocerle?

—Para contaros cómo le conocí, necesito antes pediros perdón…

—¿Perdón a mí?, ¿y de qué?

—De mucho. Oídme: en esas noches, como ahora quizá, teníais la costumbre de abrir vuestra ventana, que estaba cerca de la mía, y de salir a contemplar el cielo y a recibir el aire de la noche; yo deseaba que el galán llegase a hablarme; ardía en deseos de conocerle; aún no sabía que era un indio: me sentía asomar, y esperaba él sin duda, y esperaba yo; quizá temía un desprecio: ¡cuántas veces estuve tentada de llamarle!, le miraba yo entre las sombras, creía oír que se acercaba, y en esos momentos el ruido de los batientes de vuestras ventanas me hacía huir hasta el centro de mi estancia y… me acostaba, sintiendo un ligero rencor contra vos: esta es mi falta; ¿me perdonáis?

—Os perdono de todo corazón; pero continuad —dijo inquieta doña Isabel.

—Una noche estabais indispuesta, no os podíais levantar, y yo dije para mí: «Esta noche es la mía, porque doña Isabel no saldrá». Impaciente llegué a mi aposento, abrí mi ventana; él estaba allí; como vos no salisteis en esa noche, pude esperar tranquilamente: él no llegaba a hablarme, pero tampoco se retiraba: inmóvil como una estatua, adivinaba yo su mirada fija en mí, y yo también permanecía ahí como encadenada. Así pasaron no sé cuántas horas, porque yo no las sentí pasar; por fin, la luz de la mañana se derramó por los campos, y pude ver al misterioso galán, que aún estaba clavado en su puesto: era un indio, doña Isabel, pero gallardo como un príncipe, con unos ojos que daban luz, con una cabellera negra que hubiera causado envidia a una duquesa. ¡Qué hermoso es el traje de los indios nobles!, porque éste debe serlo, no lo dudéis; ese manto recamado de plumas, ese peto de algodón, bordado de colores y adornado de láminas de oro, ese tonelete tan gallardo… la verdad que me pareció uno de esos arcángeles que hay pintados en la catedral de Toledo… Cuando la luz salió, él, echando a mi ventana una tristísima mirada, se retiró con un aire tan majestuoso, que no pude apartar de él mi vista, hasta que se perdió entre las nieblas de la mañana.

Juanilla lanzó un profundo suspiro, inclinó su cabeza y se puso a enrollar distraídamente una punta de su delantal.

—¿Y no habéis vuelto a verle? —preguntó doña Isabel.

Sí, algunas veces; pero como antes, entre las sombras; ganas tengo ya de llamarle el amante de la noche.

—Quizá tengáis razón.

—Lo que yo no quisiera tener, era amor, que bien desgraciada me hace.

—Quizá llegaréis a olvidarle.

—Difícil me parece, aunque bien se lo pido a Dios.

—Él sabe lo que hace.

—De todos modos, entretanto, yo ni como, ni duermo, ni pienso más que en él. En verdad os confieso que yo no sabía que fuese una cosa tan amarga estar una apasionada, cuando yo me creía que era lo más bello; bien dice el refrán: no se cultivan amores, sino con llanto y dolores.

2. En el que se verá cómo Juanilla no sabía «que con una piedra se matan muchos pájaros»

La noche tendió sobre México su negra y densa oscuridad; la ciudad fue apagando sus luces y sus ruidos; los paseantes se retiraron a sus hogares, y llegó un momento en que no se escuchaba ni se veía nada; los genios de las sombras podían decir: «He aquí una ciudad muerta».

Sin embargo, si alguno hubiera cruzado por la calle que pasaba a la espalda del palacio de Hernán Cortés, habría podido notar que se abría misteriosamente, en el piso bajo, una de las ventanas de la habitación que en aquel palacio ocupaba la mujer de Martín Dorantes, el paje favorito de Cortés.

Detrás de las rejas de madera de aquella ventana se podía distinguir un bulto, y luego se escuchó una voz dulcísima, que en el idioma de los mexicanos, dijo:

—Tetzahuitl, ¿estáis ahí?

Como una sombra evocada por la voz de una maga, apareció repentinamente un hombre que caminó hasta llegar a la reja, sin hacer el menor ruido.

Aquel hombre apareció tan repentina y misteriosamente como si no fuera en realidad más que la condensación de las sombras, y se deslizó tan silencioso como si no avanzara nada más que la oscuridad.

Al llegar a la reja, con un acento tan blando como un suspiro, contestó:

—Heme aquí, señora.

—Tetzahuitl —dijo la mujer, que no era otra que doña Isabel—, creí que aún no me esperaras, porque he llegado antes del tiempo acostumbrado.

—Señora mía; si el sol naciera en la mitad de la noche, encontraría ya a las flores esperándole. Sol de mi espíritu eres tú, señora, y siempre espero tu luz, porque mi vida es el reflejo de tu vida; porque si las aves cantan, sus trinos y sus canciones son los recuerdos que tú me envías; si pasa el viento sobre mi frente, si murmura con tristeza al agitar mi cabellera, en ese viento recibo tus suspiros y tus halagos. ¿Sabes cómo te amo, señora?, como se aman las aves entre las ramas, como se aman los ciervos en nuestros bosques, porque no hay allí ni engaño ni perfidia: paso las noches aquí, mirando tus ventanas, contemplando los muros que te guardan, adivinándote, adorándote.

—¿Me amas mucho, Tetzahuitl?, ¿es verdad eso que me dices?

—¡Sol de mi cielo!, ¡estrella de mi noche!, nunca sentí por nuestros dioses el amor y la veneración que tengo por ti. ¡Dudar de mi pasión!, ¿dudas acaso de la luz que baña en el día nuestras llanuras?, ¿dudan las llores del rocío que les manda la mañana? Te amo, señora mía, con todo el fuego que guarda en su seno la tempestad; te amo con toda la dulzura del perfume de los lirios; transparente está para ti mi corazón, como el agua de nuestros lagos; ¿por qué no le miras? El amor que se enciende en mi pecho, es luz que brota por mis ojos; ¿por qué no sientes su calor? Mis miradas te acarician tan dulcemente como las brisas de la noche a los cerrados botones de las rosas. Tú vives en mi alma como una tórtola que duerme tranquila en un nido de flores; te arrulla mi pensamiento y te mece cariñosamente mi corazón. Tú eres la amapola roja, regada con mi llanto; tú la azucena blanca que flota siempre bella, siempre pura, sobre las aguas amargas de mis infortunios. ¡Oh!, ¿por qué los dioses nos negaron la victoria?, ¿por qué nuestra raza tiene que ser esclava? Yo soy el águila prisionera; no tengo ya para llamarte, un grito de guerra, sino un canto de servidumbre; yo no soy ya nada, nada en mi patria; yo no soy, señora, digno de ti.

—¡Tetzahuitl! —exclamó Isabel—, qué feliz soy oyéndote hablar así: el canto de las aves que trinan en los bosques al nacer el día, es menos dulce que tus palabras; el rumor del arroyo entre la yerba, es menos placentero para mí que el eco de tu voz: ¡qué orgullosa me siento de haberte inspirado una pasión tan noble y tan ardiente!, porque si yo te pregunto, Tetzahuitl, que si me amas, no es porque lo dude, no; sino porque quiero que me lo repitas siempre, porque quiero oírlo siempre de tus labios… conozco tu amor, lo comprendo; tú no puedes engañar a una mujer tan desgraciada y que tanto te adora; tú eres generoso, y la mentira quemaría tus labios, si llegara a salir de tu corazón…

—¿Conoces, señora, lo inmenso de mi amor?

—Sí, lo conozco; porque cuando tú me hablas, tu voz es trémula, tu acento se apaga, tus ojos brillan como los relámpagos de la noche, se enciende tu rostro, tiemblan tus manos, tu cuerpo se estremece, y tu pecho se agita como el mar durante una tormenta. Tetzahuitl, ¿me amas como yo te amo a ti?

—¡Señora!, ¿por qué te conocí tan tarde?, ¿por qué no morí a manos de los enemigos de mi patria, antes de haberte visto en brazos de otro? ¡Óyeme, señora: nunca había amado tanto, ni nunca creí que fuera yo capaz de amar así! Te encuentro, luz de mi corazón, cuando ya no tengo vista para mirarte; te encuentro, tesoro de mi alma, cuando no puedo ya sino llorarte perdida: eres cristiana, y eres la mujer de otro, y estás unida a los vencedores de tus hermanos; y yo soy como el ave de las sombras, y los que son ya los tuyos, me buscan para matarme, y el rayo está ya sobre la cabeza del águila: ¿por qué me respetaron las armas de mis enemigos?

—Tetzahuitl, eres injusto conmigo, tu amor te ciega, y destrozas mi corazón, cuando este corazón es tuyo, tuyo, y nomás tuyo. Tú conoces mi historia; mi padre era un cacique, un señor que tenía poder, y riquezas, y vasallos, y entonces yo era libre; como el viento que nadie encadena ni aprisiona, mi alma caminaba por todas partes: ¡oh!, ¡quién te hubiera conocido entonces! Llegaron los españoles como un torrente irresistible, y todo cayó, todo se allanó para darles paso; nuestros dioses, sordos a nuestras súplicas y a nuestros sacrificios, huyeron ante el Dios de los extranjeros: entonces murió mi padre. ¡Pobre de mí! Como la flor que sube a favor de un muro, el día que se hundió el muro que me prestaba su amparo, el viento del infortunio me arrebató, y el jefe de nuestros enemigos me recogió en su casa; allí me enseñaron la religión que ellos saben, aprendí su idioma, y un día Dorantes me ofreció casarse conmigo; yo resistí, Tetzahuitl, mucho tiempo; si hubieras sido tú, me hubiera rendido con placer a tu primera palabra de amor, porque creo que nacimos para amarnos. Por fin, consentí en ser su esposa; yo no sabía entonces lo que era amor; de todos cuantos me rodeaban, Dorantes me parecía el más hermoso, y creí, porque así me lo decían, que yo le amaba, como creí también, porque ellos me lo contaron, que era yo cristiana; pero te he visto a ti, y he sentido dentro de mí una cosa horrible; conozco que no había amado, porque hasta ahora sé lo que es amor: y conozco que no tengo la religión de los españoles, porque esa religión me prohíbe adorarte, y yo quiero una religión como la religión de nuestros padres, que me permita, que me mande ser tuya, tuya, sí; a mí me han hecho cristiana porque han querido, y me han unido a otro hombre porque son fuertes y yo débil; y doña Marina me ha instruido de que yo no debo amar a otro hombre, porque tengo ya un esposo, y ella, sin embargo, ama a Cortés, que tiene también una esposa. No, Tetzahuitl, me han engañado, me han violentado; yo no puedo amar más que a ti, hombre o dios de mi raza; yo no puedo ser más que tuya, noble caudillo de mi nación; yo no quiero tener más religión que tu religión y la de nuestros padres; y si es falsa, y si voy después de mi muerte, por eso, a la región de las sombras y del tormento, yo no quiero la eternidad de luz y de dicha, si allí no te he de ver…

Isabel atrajo con un movimiento nervioso las manos de Tetzahuitl que tenía asidas, las pasó entre las rejas de su ventana, y apoyando en ellas su rostro, comenzó a llorar.

Tetzahuitl, sombríamente silencioso, clavó su frente en las rejas de la ventana, y permaneció inmóvil.

Durante algunos instantes no se escucharon allí más que los mal reprimidos sollozos de la joven y la agitada respiración de Tetzahuitl, y a lo lejos el rumor del viento que hacía ondular las graciosas copas de los sauces, y de cuando en cuando el perdido grito de alguna ave nocturna.

De repente doña Isabel levantó la cabeza; su rostro apareció entonces como iluminado por una repentina alegría, y brilló en sus ojos un relámpago de placer, al través de las lágrimas que aún temblaban en sus negras pestañas.

—¡Tetzahuitl! —exclamó—, ¿por qué me entristezco?, ¿por qué lloro, si tengo tu amor?; es un delirio pensar en la desgracia cuando estás a mi lado, cuando siento que oprimes mi mano, cuando nuestro aliento se confunde como se confunden nuestras almas: esa, esa es la verdadera felicidad: ¡qué me importa la muerte misma!, ¿es verdad, Tetzahuitl, que morirías contento a mi lado?

—Señora, por ver tus ojos un momento, perdería para siempre la luz del día; apáguense para mí todos los ruidos del mundo, con tal que oiga tu voz; muera mi corazón a todos los amores, y mi alma a todos los placeres; pero consérvese ardiente y pura mi pasión para ti, como si todo el calor del sol no fuera sino para una sola flor; como si todo el vigor de la naturaleza se reconcentrara en las raíces y en las hojas y en los tallos de una sola planta; así, mi espíritu no tiene pensamientos ni deseos más que por ti, ni mi vida un solo instante que no esté dedicado a ti.

—¿Y piensas que jamás llegaré a ser tuya?

—Pienso que la tórtola prisionera irá un día a buscar el nido del águila entre las rocas; nosotros lanzaremos un día, muy pronto quizá, nuestro grito de guerra; el extranjero tendrá que batirse otra vez con nosotros, y tal vez la suerte no sea contraria a nuestras armas; morirán ellos, o moriré yo…

Tetzahuitl pronunció estas últimas palabras con un acento tan lúgubre, que la joven se estremeció; en aquel momento, el guerrero olvidó que hablaba con él una mujer; un relámpago de patriotismo rojo y ardiente, brotó de aquel corazón entregado enteramente al amor, y era porque en aquella alma, México y doña Isabel tenían la misma forma; representaban sólo una idea, un amor, una esperanza.

El cielo comenzaba a teñirse con el pálido color de la aurora.

—Señora —dijo con tristeza el joven—; amanece.

—Amanece para el mundo —contestó doña Isabel—, pero llega la noche para mi corazón; aborrezco la luz, porque tú te vas cuando ella llega; amo la oscuridad, porque tú vienes entre sus sombras. ¡Oh, si no hubiera día!

—Si tú quisieras, vendría yo también con la luz.

—No, no, te verían y te harían morir, y yo moriría también; y es tan dulce, y es tan bello vivir para amar y ser amada así… Tetzahuitl, vete, vete, porque ya comienzo a sentir el rumor de la gente…

—Me voy…

—¡Oh!, no sé, Tetzahuitl, si es tan intenso el placer que siento cuando llegas, como es inmenso y profundo el dolor que siento cuando tú te separas de mí; tiemblo, porque me parece que es la última vez que te miro.

—No temas, y no olvides, alma mía, lo que te he dicho… la tórtola prisionera buscará un día su refugio en el nido del águila.

—No te olvidaré, y ese recuerdo será mi consuelo.

Tetzahuitl oprimió la mano de su amada.

—¡Ah! —dijo Isabel deteniendo a Tetzahuitl—, esa joven a quien yo te he recomendado que cuides por las noches cuando se retira a su casa, ha creído que estás enamorado de ella, y dice que una noche le arrojaste un ramo de amapolas como el que me traes todos los días.

—En efecto, una noche vi abrirse tu ventana, creí que eras tú, y arrojé las flores que traía para ti.

—Lo comprendo; pero ese es un nuevo peligro para nosotros.

—Nada temas, los dioses nos protegerán; yo sólo tiemblo ante la idea de que alguna vez puedas dejar de amarme.

—¡Nunca, nunca!, me queda aquí tu corazón.

Doña Isabel imprimió un beso en la mano del guerrero, y se retiró de la ventana, como haciendo un esfuerzo supremo.

Tetzahuitl permaneció allí por un momento inmóvil, y luego, con la frente inclinada, aunque con paso firme, tomó el rumbo de la calzada de Iztapalapa.

En estos momentos Juanilla soñaba que Tetzahuitl se hacía cristiano y la tomaba por esposa, y que doña Isabel de Paz era su madrina, y la pobre niña sonreía durmiendo.

3. De cómo nunca falta en las escenas del mundo uno que diga «yo lo vi», ni otros que agreguen «bueno es saberlo»

Mencia, por más que se mostrara indignada por la partida de Zapata, no tomó el negocio muy a pechos: la verdad era, que si se oponía a la salida de su marido, más era efecto del capricho y del deseo de dominar al viejo soldado, que resultado del cariño.

Mencia, a pesar de ser casada hacía ya muchos años, como había vivido tanto tiempo separada de su marido, adquirió las mañas de las viejas solteronas, y la curiosidad se desarrolló en su alma como una pasión, y se alimentaba de las noticias de ajenas vidas, y servía a las mil maravillas para esa clase de investigaciones, y ponía en juego, para conseguir su objeto, no sólo a todos sus conocidos, sino hasta al mismo Zapata y a Juanilla, nomás que el primero solía insurreccionarse contra el servicio que se le señalaba, y el proyecto terminaba en un combate conyugal; y la segunda, inocente y dócil instrumento, obedecía, sin saber quizá para qué hacía aquello que Mencia le mandaba.

En medio de todo esto la vieja tenía sus tendencias diplomáticas (en el sentido en que los hombres de buen criterio entienden esta palabra), y al enviar a Juanilla por primera vez a palacio con doña Isabel, siguiendo las instrucciones de Zapata, procuró ocultarle el objeto con que la mandaba cultivar aquella amistad.

Juanilla hizo cuanto Mencia dispuso, y en poco tiempo fue la amiga íntima de Isabel; al principio por obediencia, y luego por cariño.

Todas las noches, al volver a su casa Juanilla, sufría un examen escrupuloso; Mencia le preguntaba:

—¿Qué han hecho en el día?, ¿qué dice doña Isabel?, ¿de qué han hablado?, ¿qué se sabe de Cortés y de la expedición?, ¿quiénes visitan a doña Isabel de Paz?, y otras mil preguntas que le ocurrían a la vieja, para averiguar, sin que su hija lo conociera, cuanto pasaba en la casa de la mujer de Dorantes.

La muchacha, llena de candor, contestaba a todo, sin que en ese todo encontrase la vieja más que un vacío; ni el menor rastro de conspiración, ni el menor vestigio de maldad, ni la huella más insignificante de alzamiento ni de motín.

Mencia comenzaba ya a desesperarse, y algunas veces, clavando su penetrante mirada en los ojos tranquilos de su hija, decía en su interior:

«—Si estarán ya las dos de acuerdo; si me estarán engañando: bien hice en no confiarle el plan a Juanilla…».

Pero Juanilla resistía aquella mirada sin bajar siquiera la vista, y Mencia se tranquilizaba.

—¡Paciencia, paciencia! —exclamaba entonces cuando se encontraba sola—; aún no se ha perdido mucho tiempo; puede que Isabel no tenga aún demasiada amistad con mi hija… y luego estos indios son tan desconfiados y tan astutos… Ya veremos.

Una mañana, precisamente en la que tuvo lugar la escena que referimos en el capítulo anterior, Mencia se levantó antes de que la luz asomara en el oriente; se sintió inquieta, y sin explicarse ella misma el motivo, se vistió y se asomó a una ventana.

El viento le trajo entre sus ondas el sonido de una campana.

—Llaman a misa los reverendos padres de San Francisco —pensó la vieja—; levantada estoy, y sería cargo de conciencia no asistir a ella. Dios me llama a su casa. Juanilla duerme, y cuando vuelva de misa la despertaré.

Y como para no perder tiempo, entornó precipitadamente la ventana, se envolvió en un manto, y tomando la llave de la puerta que daba a la calle, abrió y salió, volviendo a cerrar por fuera, y guardándose la llave, echó a andar con dirección a la iglesia, que se construía en el nuevo monasterio de San Francisco.

El camino que tenía que llevar Mencia pasaba precisamente por uno de los costados del palacio de Hernán Cortés.

Cuando llegó allí, el edificio se destacaba sombrío en el fondo pardo del cielo, iluminado por los primeros reflejos de la aurora.

—¡Ah! —exclamó la vieja mirando el palacio y lamiéndose los labios como un gato que ventea un ratón—; yo sabré, yo sabré lo que pasa allá adentro… bueno será don Rodrigo de Paz, pero a mí no me engaña; así podía estar unido a todos los indios de la cristiandad, que de saber tengo lo que ellos traman, así podían ocultarse en el fondo del mar… ¡si esta Juanilla no fuera tan torpe!… ¡pobrecilla!, no tiene la culpa… eso se le quitará con la edad…

Llegaba en estas meditaciones a una esquina, y se detuvo repentinamente; el eco de las voces de dos personas que conversaban llegó a sus oídos, merced al completo silencio que reinaba.

—¡Calle! —dijo Mencia ocultándose detrás de la esquina—, ¡calle!… hablan de una ventana de doña Isabel… si pudiera oír…

Y se inclinó, como si todo su ser se reconcentrara, para escuchar mejor.

Doña Isabel y Tetzahuitl hablaban en voz baja; pero algunas palabras llegaban sin embargo hasta Mencia.

—¡Maldita raza! —dijo la vieja—, están hablando en su lengua de perros herejes, y no conozco ni entiendo nada de lo que dicen… veré si puedo retener alguna palabra, y preguntaré…

La vieja volvió a escuchar.

¡Mo yolo! —exclamó de repente—, mo yolo, mo yolo… ¿qué querrá decir?, no lo olvidaré; por ahora nada gano con estarme aquí; el hombre se retira, y la mujer no puede ser otra que doña Isabel… mo yolo… Juanilla es muy tonta, o me engaña… mo yolo… ¡Ah, Juanilla!, en fin, ya tengo el hilo… lo demás es fácil… mo yolo… vuélvome a mi casa, ya no estoy capaz de oír la santa misa; me distraería yo con facilidad… mo yolo… ¿qué querrá decir?… además, estoy impaciente por ver qué cara pone Juanilla al hablarle de esto… mo yolo… estoy segura de conocer, en su semblante, si me engaña o es inocente… mo yolo… ¿a qué le dirán los indios mo yolo?

Y la vieja caminaba, de vuelta a su casa, tropezándose por las calles, y repitiendo entre dientes, y en medio de comentarios y de maldiciones, estas palabras:

—Mo yolo… mo yolo.

Llegó hasta la puerta de su casa, sacó la llave, abrió, y penetró en la habitación, volviendo a cerrar por dentro.

Juanilla dormía tranquilamente; Mencia se acercó a la cama, y la contempló.

—Será bueno no decirle nada hasta que se haya levantado; así conoceré mejor el efecto que le hace la noticia; por ahora, bueno será despertarla —y se acercó al lecho, y llamó a su hija moviéndola cariñosamente.

Al través de aquel mal fondo de alma, se descubría a la madre.

—¡Señora! —dijo la muchacha abriendo sus hermosos ojos.

—Levántate, hija, que tarde es ya, y Dios envía su luz temprano para enseñarnos que no debemos ser perezosos.

—Bendito sea —dijo como rezando la muchacha.

—Abriré la ventana, y que entre la gracia de Dios —continuó la anciana abriendo un poco uno de los batientes:

—Ave María Purísima.

Juanilla, rezando entre dientes, comenzó a vestirse apresuradamente, en tanto que Mencia salió a preparar el desayuno.

Un cuarto de hora después, la madre y la hija, sentadas delante de una mesa, tomaban alegremente un sencillo desayuno.

—Juanilla —dijo de repente Mencia—, tú me has dicho que nada de notable has observado en palacio ni en la conducta de doña Isabel.

—Es verdad, madre, y no tengo motivo para engañar a su merced.

—¿Pero estás segura de lo que dices?, ¿no te habrás engañado?

—No, madre; pero extraño esas preguntas de su merced; quizá algo pasará de nuevo; pero puedo asegurar…

—No hay necesidad de que jures, hija, que eso es jurar en vano, y es pecado… óyeme… ¿sabes tú algo de un indio que ronda por las mañanas la casa de doña Isabel?

Aquella pregunta, así tan intempestiva, sorprendió a Juanilla de una manera, que no fue dueña de reprimir su emoción.

No parecía sino que la vieja había adivinado su secreto, que había sorprendido su pensamiento, que le preguntaba lo que la doncella tenía en aquel momento en su alma.

Juanilla se puso encendida, roja, bajó los ojos, y con una voz insegura, contestó débilmente:

—Yo… señora… no…

La vieja era demasiado perspicaz, y estaba en acecho para dejar desapercibida la turbación de su hija; y creyó en el momento que Juanilla era culpable.

—Juanilla —gritó, levantándose furiosa—, Juanilla, tú me engañas, tú lo sabes todo.

—¡Madre! —repitió temblando la joven.

—Sí, lo sabes, lo sabes, mala hija; y ahora mismo vas a declararme todo, todo… ¿lo entiendes? Vamos, ¿qué hace ese indio?, ¿quién es?, ¿de qué trata?… dime, ¿qué quiere decir mo yolo?, responde qué quiere decir… mo yolo; tú debes saberlo, porque tú estás unida con ellos.

—¡Madre!, ¡perdón, perdón!

—No, no, perdón; habla, habla, hija mala, mala cristiana.

Juanilla, espantada y llorosa había caído de rodillas delante de Mencia que la sujetaba con una mano, mientras que con la otra la amenazaba.

—Responde: ¿quién es ese indio?, ¿qué hace allí?

—Señora —exclamó la doncella temblando y sin saber casi lo que decía—, señora, perdón, yo le amo, y él me ama a mí…

Aquella inesperada respuesta, aquel descubrimiento repentino, produjo en la madre el efecto contrario del que Juanilla se esperaba, y en vez de descargar el golpe, Mencia soltó a su hija, y retrocedió asombrada.

Había creído encontrar el hilo de una conspiración, y era un amante de su hija lo que hallaba.

Juanilla permaneció por un instante con la cabeza inclinada y esperando el golpe; pero como el golpe no llegaba, alzó el rostro y notó el cambio que se había operado en la vieja.

En medio del terror que le había causado aquella escena, un rayo de esperanza penetró en su corazón; ella no se sabía explicar la causa, pero la realidad era que su confesión franca y leal había surtido muy buen efecto.

Entonces creyó que para terminar mejor, era preciso confesarlo todo, ser más explícita; quizá Mencia aprobaba aquellos amores, quizá iba a pasar repentinamente de la desgracia a la felicidad.

Juanilla, como todas las mujeres apasionadas, tenía rasgos de audacia que un hombre no hubiera sido capaz de sentir, porque ni el valor del león ni la osadía del tigre, son más que sombra junto al arrojo de una mujer que siente en su alma una verdadera pasión.

Juanilla se levantó, se irguió, y con paso firme se dirigió adonde su madre la contemplaba aún en silencio.

—Madre —dijo con voz tranquila y acentuando con cierta solemnidad sus palabras—; nunca había querido confesar este amor a su merced, por no darle un disgusto y porque creía que no lo aprobaba; pero su merced lo ha descubierto, y es necesario confesárselo todo: yo amo a ese hombre con toda la fuerza de mi corazón, y él me ama también; este es el secreto y esta es la razón por la que ronda el palacio; espera verme allí, me cree en las habitaciones de doña Isabel.

—¡Juanilla!, ¡mira lo que dices! —exclamó Mencia volviendo en sí de su sorpresa—, ¿me estás engañando aún…?

—No, señora, es la verdad.

—¿La verdad?, ¿es decir que ese hombre te ama?

—Me ama.

—¿Y a ti te espera?

—Sí, señora.

—Mientes, mientes, porque yo le he sorprendido hoy a la madrugada hablando con doña Isabel de Paz.

—¡Con doña Isabel! —gritó como fuera de sí Juanilla, sintiendo que la mano de hierro de los celos oprimía su corazón—, ¡con doña Isabel!; madre, diga vuesa merced que se ha engañado, porque doña Isabel me ha dicho que no le conocía…

—Yo le he visto; es un indio noble, a lo que parece, por su rico traje, hermoso…

—Oh, sí; él es, él es… me han engañado, madre, me han engañado…

Y la doncella, sin pensar siquiera en el enojo de su madre, sin recordar el principio de la escena, ciega de amor, y loca con sus celos, se arrojó sollozando al cuello de Mencia y estrechó contra su corazón a la vieja, que no sabía verdaderamente qué papel debía representar en aquel momento.

Luchaba Mencia entre el amor de madre y la indignación; su hija la había engañado, pero su hija era también víctima en aquellos momentos, y lloraba.

Una madre puede ver sin conmoverse el llanto de su hija, cuando ese llanto es ella la que le hace derramar; pero si otra persona en el mundo tiene la culpa de que corran aquellas lágrimas, entonces la madre recuerda con ternura, que es madre, y es siempre el escudo y el consuelo de su hija.

—Cuéntame, Juanilla —dijo Mencia acariciándola—; cuéntame tu pena, puede ser que no te hayan engañado…

—¡Oh, sí, madre mía, me han engañado!, porque ahora recuerdo que doña Isabel tenía un ramo de amapolas igual al que ese hombre me tiró una noche a la ventana… me parece imposible: ¿los ha visto vuesa merced?

—Yo los he visto.

—¿Y nada oyó vuesa merced, nada de lo que decían?

—Hablaban en su lengua, y sólo una palabra o dos, que no sé si son dos o una, logré aprender y retener.

—¿Y qué palabras eran esas, madre?

Mo yolo, que no sé lo que significan, pero que ella las dijo casi en los momentos de separarse; ¿sabes tú, hija mía, lo que significan?

¡Mo yolo!, no sé, pero no las olvidaré, y hoy mismo tendremos su significado… ¡Ingrato!… ¡ingrato!…

—Cálmate, Juanilla, y dime: ¿no crees que más bien que asunto de amores, sea esto negocio de conspiración?

—¡Ojalá!

—¿Cómo, ojalá?

—Sí, porque si negocio fuera de conspiración, no sentiría yo en mi alma dolor tan profundo… pero no lo dude vuesa merced, ellos se aman…

—Puede ser.

—¿Pero los vio vuesa merced, madre?, ¿no se engañaría?

—¡Pobre niña!, yo los vi, y te diré más aún; me pareció escuchar el ruido de un beso.

Juanilla se puso densamente pálida al oír esta última noticia; pero entonces, severa y fría, se separó de los brazos de Mencia, diciendo con voz firme:

—Bueno es saberlo —y luego agregó—: ¡mo yolo!, yo sabré lo que esto quiere decir.

—Hija mía, estás ya calmada; cuéntame esos amores.

—Madre mía, todo ha pasado; ¿para qué referir lo que ya no es? Lo único que juro a vuesa merced, por la cruz de nuestro Salvador, es que soy tan pura como el día en que recibí las santas aguas del bautismo: por lo demás, estoy tranquila.

4. Pruébase la verdad del refrán que dice: «Cría cuervos, y sacarte han los ojos»

Hernán Cortés, ese gigante de valor y arrojo, que cayó en medio del poderoso imperio azteca como un aerolito de acero, venido de ignoradas regiones, y que no contento con que la inmensa y movediza superficie del océano que le separaba de su patria, hubiera guardado en el más profundo silencio el rumbo que había llevado, hasta tocar las arenosas playas del Nuevo Mundo, quemó las naves que le condujeron, como para borrar hasta la esperanza del retorno. Después de sus fabulosos triunfos, había llegado a ser un objeto de envidia para los grandes de España, y de desconfianza para el emperador.

El pobre y desconocido hidalgo de Medellín, era ya más que un duque, y casi tanto como un rey.

La envidia y la desconfianza se coligaron; y con pretexto del mejor servicio de la monarquía, el emperador, aconsejado por sus ministros y favoritos, mandó a la Nueva España tesorero y contador, y factor y veedor.

Se trataba con eso de vigilar la conducta del que había sido hasta desleal con Moctezuma, sólo por probar su lealtad a Carlos V; se iba a fiscalizar la inversión que daba a unos cuantos puñados de oro, el hombre que había conquistado para la monarquía española un mundo, que se sentaba sobre una base de plata, que se extendía hasta recibir en sus brazos los dos océanos, y con el cual la naturaleza se había mostrado locamente generosa.

Un día Cortés se encontró rodeado de Gonzalo de Salazar, de Pero Almindes Chirinos, de Alonso de Estrada y de Rodrigo de Albornoz, es decir, de un factor, un veedor, un tesorero y un contador.

Aquellos cuatro hombres, pendientes de los menores movimientos del conquistador, espiando la oportunidad para perderle, anhelando el momento de verle a sus pies, parecían cuatro perros hambrientos rodeando a un león, y esperando su sueño para acometerle, o su muerte para devorarle.

En esto no se hacía más, sino obedecer las órdenes del emperador y las instrucciones de la corte, en donde todos ellos tenían sus protectores, enemigos más o menos embozados de Cortés.

Así son en lo general todos los gobernantes; la gloria, las virtudes o el talento de los hombres de su pueblo, les hace daño; la envidia sube como un viento emponzoñado por las gradas del poder, y el que manda en una nación, llámese rey, emperador, o autócrata, o presidente, nunca quiere que una frente se adorne con más corona de triunfo, que la que él quiera darle; le parece que toda gloria daña su gloria, que todo triunfo opaca su esplendor: así son todos.

La historia, que ha querido hacer de algunos hombres semidioses, ha procurado ocultar cuidadosamente esa mancha en algunos de sus favoritos, porque la historia, a pesar de su imparcialidad, se pone muchas veces del lado de los fuertes y de los poderosos.

Los hombres son los que escriben la historia, y los hombres se enamoran y se apasionan de una reputación legendaria o de una figura mitológica, como se enamoran y apasionan de una mujer, con más vehemencia, mientras mayor es el abismo social que los separa de ella.

Preguntad a la historia por qué murió Colón en el abandono, por qué se tomaron esas ridículas cuentas a Gonzalo de Córdoba, por qué la tristeza y el desaliento minaron y amargaron los últimos días de Hernán Cortés.

Llegad a nuestros días, y preguntad también por qué ha vivido pobre Espartero en España.

¿Por qué?, porque sólo los pueblos libres son incapaces de envidia.

Por eso en la América misma, que se llama la tierra de la libertad, sólo Washington ha visto coronada su nevada cabellera, con la aureola que le presentaron la gratitud y el respeto de sus conciudadanos.

Después de la experiencia de tantos siglos, por fortuna de la humanidad, los hombres no han llegado a corromperse enteramente, y cada día la historia registra hechos grandes, nobles y desinteresados. No más que hoy el sacrificio tiene doble mérito, porque está ya sentado y probado el principio de que la felicidad sobre la tierra, el bienestar en el mundo, y la gratitud en los pueblos, están en razón inversa del mérito.

Dejemos que la sociedad marche como va; nada podemos hacer para evitarlo; y semejantes somos, en este empeño de reformar al mundo, al loco que cree encontrar la luna en el centro de la tierra, porque la mira retratada en las aguas de un pozo profundo.

Hernán Cortés comprendió la misión que traían cerca de él, y en la Nueva España, los oficiales reales, y sin embargo, nada hizo para contrariar sus maquinaciones.

Salazar y Chirinos, Estrada y Albornoz, contaminaron con sus malas pasiones a los partidarios y compañeros del conquistador. Poco tiempo después de la llegada de aquellos hombres, es decir, cuando partió a las Hibueras, Cortés se encontró aislado casi entre los españoles, y rodeado sólo de un pequeño círculo de amigos, como se había encontrado antes acompañado de unos cuantos soldados, aislado y combatido en la inmensa extensión del Anahuac.

El licenciado Zuazo, a quien el conquistador había hecho venir de Cuba, Rodrigo de Paz su sobrino, Martín Dorantes su paje favorito, y doña Marina, conocida en la historia por la Malintzin, ¡he aquí los únicos verdaderos amigos de Cortés!

Pero estos cuatro personajes valían por un ejército; y como van a representar en nuestra leyenda un papel importante, hablaremos un poco de ellos, a riesgo de fastidiar a los que nos escuchan.

El licenciado Zuazo había sido gran amigo de Cortés en Cuba, cuando Cortés no era más que un aventurero sin nombre y sin gloria, y cuando nadie hubiera leído sobre su frente, el brillante porvenir que le reservaba la Providencia.

Llegó el día en que Cortés fue una de las grandes figuras de su siglo, y quedó autorizado para gobernar, en nombre del emperador Carlos V, las extensas provincias que había conquistado con su espada; y ese día Zuazo se embarcó en Cuba para presentarse en México a su amigo. Pero la suerte le fue contraria, y naufragó en una isla desierta.

Cortés, como todos los hombres de corazón, no olvidaba a los amigos del tiempo de su desgracia; supo el naufragio del licenciado Zuazo, y envió en su busca, haciendo para ello salir buques de Veracruz.

Los enviados de Cortés encontraron a Zuazo, y le condujeron a las playas de la Nueva España.

Desde aquel día Zuazo fue el partidario fiel, Cortés el protector desinteresado.

Carlos V envió orden a Cortés, para que el licenciado Zuazo volviera a Cuba a rendir unas cuentas, y Cortés impidió este viaje. ¿Qué dijo el conquistador a Carlos V, para retener en México a su amigo? Nada se sabe de esto; pero ni el emperador insistió, ni Zuazo salió por entonces de la Nueva España.

Cortés consultaba con el licenciado Zuazo los negocios más graves del gobierno de la colonia y de sus intereses particulares, y la conducta leal del licenciado, y su acierto en el consejo, y el profundo conocimiento que tenía del corazón de su amigo, estrecharon más y más sólidamente aquellos vínculos.

Zuazo era, pues, el primer amigo del conquistador.

Rodrigo de Paz era un pariente cercano de Cortés; leal y animoso, se hubiera arrojado sin vacilar al fuego, por cumplir una orden o por evitar un mal a Cortés.

Si no con el consejo y la prudencia, sí con el valor y la espada, Rodrigo de Paz era un apoyo de su pariente. Su arrojo y su generosidad le habían dado un gran prestigio en la nueva colonia, y este prestigió lo usaba siempre en favorecer la causa de Cortés.

Martín Dorantes era como un perro, fiel, obediente, silencioso; muy joven, pero enérgico y prudente.

Doña Marina o la Malintzin, amaba a Cortés como saben amar nomás las mujeres; para ella no había amor de patria, ni de familia, ni de religión; para ella el mundo se había reconcentrado en aquel guerrero que la recibió como esclava, y la elevó hasta hacerla por mucho tiempo la señora de su alma. Marina amaba todo lo que amaba Cortés, aborrecía todo lo que aborrecía él; bajo el ardiente sol del medio día, en medio de las espesas sombras de la noche, cuando rugía furiosa la tormenta y cuando se alzaban al cielo las nubes de polvo del combate, en todas partes, a todas horas Cortés estaba seguro de que los negros y brillantes ojos de Marina le buscaban y le seguían, y que los rojos labios de la india murmuraban su nombre, envuelto quizá en una plegaria, que en el dulce idioma de los aztecas enviaba la joven al Dios de los cristianos.

Porque Marina adoraba al dios de los cristianos porque era el dios a quien adoraba Cortés.

Marina era con los naturales el intérprete más fiel que podía encontrar el jefe español, porque ella no sólo traducía las palabras, sino que leía, adivinaba, retrataba el alma y los sentimientos de su amante.

Para Marina no había palabra oscura ni desconocida en los labios de Cortés, como no hay palabra oscura ni desconocida en la carta que recibe una mujer amante, por más que los caracteres en que está escrita aparezcan a los ojos profanos, como indescifrables.

Cortés nunca llegó a poseer el idioma que hablaba Marina, y ella aprendió pronto y perfectamente el castellano; es porque en la mujer hay más penetración, más delicadeza en la inteligencia; es porque el hombre mira como pequeña ofrenda al amor aprender el idioma de la mujer que ama, y raras veces piensa en eso; y la mujer nada desprecia, nada olvida, nada le parece bastante para complacer.

Hay en todo esto mucho de orgullo en el hombre, y mucho de abnegación y de cariño en la mujer.

Cortés, por su parte, llegó a sentir por Marina una verdadera pasión. Expuesto siempre a los azares del combate; rodeado de peligros; desconfiando siempre de las acechanzas de sus contrarios; herido por la ingratitud a cada paso, Cortés bebió con avidez en aquella fuente inagotable de amor y de ternura, que brotaba del alma de Marina.

Los hombres que sostienen grandes luchas en su vida, que atraviesan por situaciones terribles o peligrosas, necesitan ese rocío consolador que cae de los labios de una mujer amada, y que calma, si no es que borra, el dolor de las heridas del alma. Porque la noche más negra tiene luceros más brillantes, que las alas de la tempestad suelen eclipsar por un instante, pero nunca borrar del firmamento.

Quizá sin la Malintzin, el espíritu de Cortés hubiera algunas veces cedido al frío soplo del desaliento o de la desesperación; sin la Malintzin, quizá Cortés hubiera caído en alguna de las celadas que le prepararon tantas veces sus astutos enemigos, y de los que ella le salvó; sin la Malintzin, quizá no hubiera contado el conquistador con ese numeroso ejército de aliados, que le seguían por todas partes y combatían con tanto denuedo a sus órdenes.

Ella era la constancia, el aliento, la vigilancia, el consuelo, la ternura, el alma del osado capitán.

Zuazo era la inteligencia; Marina el corazón; Rodrigo de Paz y Martín Dorantes los brazos.

Cortés era el espíritu de aquella entidad, y todos ellos pensaban y vivían por él, y él era la sombra del gigantesco roble que los cubría y los vivificaba.

Por eso cuando Cortés partió para las Hibueras a combatir la insurrección, llevó a Dorantes y a doña Marina, y dejó en México a Zuazo y a Rodrigo de Paz.

La mitad de su ser iba con él: la otra mitad quedaba guardando su honor y su porvenir en la capital de la Nueva España.

5. Continúase tratando del mismo asunto que en el anterior

Cortés sabía, a no dudarlo, que los oficiales reales eran todos sus enemigos; y sin embargo, Estrada y Albornoz, fueron nombrados por él gobernadores del reino.

Los hombres de gran corazón sueñan que los beneficios y la confianza tornan a los enemigos en amigos, y a los envidiosos en partidarios… santa ilusión, que por más que el mundo se empeña en desvanecer, el que la ha tenido una sola vez, no puede nunca dejar de sentirla.

Gonzalo de Salazar, con toda la mala fe propia de su carácter, aconsejó y comprometió a Hernán Cortés a dejar en México a Estrada y Albornoz, y su plan diabólico comenzó muy pronto a producir el efecto que él se esperaba.

Estrada y Albornoz se aborrecían; y aquel odio, oculto como el fuego de un volcán que trabaja sordamente, no tardó en hacer explosión.

El procurador mayor del cabildo, Sánchez Farfán, tenía en la ciudad una de las casas de nueva construcción, más elegantes y mejor amuebladas, y allí solían reunirse algunos españoles, colonos y soldados.

Sánchez Farfán, obedeciendo una orden de Cortés, había traído a México su familia, porque en esa orden se disponía, que todos los españoles residentes en la Nueva España, o que en lo sucesivo llegasen, cuidaran de traer al reino la familia que en la metrópoli tuviesen, con el doble objeto de aumentar la población europea, y de evitar el que hombres que eran casados en la metrópoli, volviesen a contraer matrimonio en un país en donde no eran conocidos, y en donde era casi imposible hacer una averiguación.

Sánchez Farfán era viudo, y tenía dos hijas rubias, como dos estrellas, con unos ojos azules ambas, como el cielo de México, con un garbo y una gracia, que eran la admiración y el encanto de los concurrentes a la casa.

Inés, la menor de las dos hermanas, contaba veinte años, y Sara, la mayor, no llegaba aún a los veinticuatro.

Durante el invierno, cuando las lluvias no impedían a los vecinos salir cómodamente a la calle, en la casa de Sánchez Farfán había veladas alegres, en las que las niñas cantaban al son de la guitarra o del salterio, y los amigos jugaban a los naipes o danzaban.

Rodrigo de Albornoz conoció en España a la familia de Sánchez Farfán: Sara le pareció hermosa, y naturalmente, al encontrarse con ella en México, frecuentó su amistad y fue uno de los más asiduos tertulianos.

Sánchez Farfán, por su parte, estaba orgulloso con las visitas de Albornoz, sobre todo, cuando le vio de gobernador: a él no se le ocultaban sus pretensiones amorosas; pero quiso aprovechar aquella pasión, fuera o no correspondida por su hija, haciendo del amante una palanca para detener siquiera por algún tiempo en su casa, el fugitivo carro de la fortuna.

Una noche, poco tiempo después de la salida de Cortés, departían agradablemente en la casa de Sánchez Farfán todos los comensales.

Albornoz era el objeto de las atenciones y de los cuidados de la familia, y ocupaba, por decirlo así, el centro de aquella reunión.

—¿Sábese algo de nuestros soldados? —preguntó Sánchez al gobernador.

—Poco, o nada —contestó Albornoz—; a esta hora, acampados estarán en alguno de los desiertos bosques que por allí abundan, y a buen componer, habrán tenido que pelear todo el día con los indios o con las fieras; que si a creerse van los informes de los correos, larga y penosa por demás es la travesía.

—¡Gracias a Dios! —exclamó Sara, que al lado de Albornoz estaba—, que vuesa merced no marchó en esa expedición; que nosotros estaríamos ahora sin sosiego y México sin amparo, y quién sabe qué habría pasado ya en la colonia.

Albornoz movió su cabeza con fatuidad, como diciendo en su interior: «En efecto, tan querido soy para esta familia, como necesario para la paz de estos reinos»; y contestó en voz alta, queriendo realzar su mérito con la modestia.

—Si alabanzas desvanecieran a los que conocen su poco valer, sin duda que la que de oír acabo, me haría vacilar completamente; pero conózcome, y fuera del aprecio que en esta casa he alcanzado, no encuentro cosa que recomiende en mí al buen gobernante.

—Vuesa merced perdone —dijo Inés— si a contradecirle me atrevo; que esa modestia de vuesa merced, prueba su relevante mérito; no, sino que habíamos de creer que las cosas del servicio de Su Majestad caminaban mejor con Hernán Cortés, tan entregado a la amistad de los indios, que más parece un compañero de Cuauhtémoc, que un hidalgo español. Vuesa merced entienda, para su satisfacción, que si los que aquí vivimos pudiéramos hablar a Su Majestad, o Su Majestad pudiera ver lo que aquí pasa, si no vuesa merced, nadie gobernaría estos reinos; que así lo dicen todos, y no se oye más que esto por las calles.

Albornoz, enorgullecido por aquella nueva adulación, iba ya a contestar, pero se lo impidió Francisco Orduña, escribano del cabildo, que era también de la reunión, diciendo alegremente:

—Vuesa merced, señor, lleva aquí el pleito perdido; que capaces serían las hijas de Sánchez Farfán de decir esas verdades en medio del cabildo, y doy fe de que en muchos años que llevo de conocerlas, no he sabido que digan mentira, ni que oculten la verdad, por más que de esto les viniera alguna ventaja.

—Es cierto —contestaron a un tiempo Sara e Inés.

—Y ya conocerá vuesa merced —agregó Sánchez Farfán—, porque eso no se oculta ni a su misma modestia, que cuanto mis hijas dicen, si por el amor que a vuesa merced tienen, se animan a manifestarlo, lo han aprendido en las conversaciones con personas de todas clases a quienes tratan, y ojalá que lo que ellas y todos deseamos, a realizarse llegara; que vuesa merced haría al rey muy grandes y distinguidos servicios.

—Al menos, por falta de voluntad no quedaría —dijo hipócritamente Albornoz—, que Dios sabe cuánto procuro hacer, hoy que casi tengo las manos atadas.

—Permítame vuesa merced —replicó Orduña, el escribano—, que le diga que se hace en esto muy poco favor, porque, en testimonio de verdad, doy fe de que vuesa merced ha llegado con su energía, su inteligencia y su acierto, a dominar al Ayuntamiento, al señor tesorero Estrada y al licenciado Zuazo.

—Mala sangre me hace a mí ese licenciado —exclamó Inés—, tan amigo y tan lisonjero de Cortés.

—Pues a mí —dijo Sara—, peor me la hace Estrada, que se ha opuesto al nombramiento de alguacil que se iba a hacer en Diego de Zamora, sólo porque corrían voces de que era pretendiente de mi hermana Inés, y porque el tal Estrada dio y tomó en hacerme los ojos tiernos, y yo en mirarle como si trajera un sambenito.

—Nada digo de él —replicó Sara—, porque se creería que mi particular resentimiento me obligaba a odiarle; pero tan malo es como el licenciado Zuazo, y no deseo más, sino que Dios se los lleve a su santo reino, para que dejen el gobierno, como estar debiera, en las manos del señor contador Albornoz.

—¡Silencio, niñas! —dijo fingiéndose grave Albornoz, pero dando a entender que todo aquello le lisonjeaba, y que deseaba que la conversación siguiera—; no me volváis malo ni ambicioso, que al oír eso de vuestras bocas, sería capaz un hombre de sentirse cambiado.

—Así sosegaría vuesa merced al mar, como callar a mis hijas, tratándose de esa materia —contestó Sánchez Farfán—; vuesa merced no sabe lo que le aprecian y lo sentidas que están, por el desaire que llevaron, no consiguiendo el nombramiento de alguacil para Diego de Zamora.

—¿Tanto empeño ponían en ello? —preguntó Albornoz entre alegre y grave.

—Tanto —replicó Sara—, que a no ser porque no queremos nunca molestar a vuesa merced, le hubiéramos presentado nuestro agravio y pedido protección; pero Inés dijo que quizá vuesa merced no podía hacer otra cosa en el asunto, que buscarse un disgusto grave…

—No, Sara —interrumpió Inés—, no fui yo quien tal dijo, sino tú, y bien se me alcanza, que por menos que quieran al señor contador Albornoz, y por más que se le opongan, cosa que él desea, se consigue sin falta en el cabildo.

—De que doy testimonio —agregó el escribano Orduña, haciendo una reverencia.

—¡Inés!, ¿tal dices? —exclamó Sara.

—Que verdad es, y será siempre —replicó Inés.

—¡Mira qué sostienes!

—¡Mira qué niegas!

—Vaya, dejemos eso, que no es para que tengáis disgustos, y tanto más, cuanto que a Dios gracias, todo tiene remedio en el mundo, y por fortuna en nuestras manos —dijo Albornoz—. ¿Aún os empeñáis por ese nombramiento?

—Sí, señor —contestaron las muchachas bajando los ojos.

—Bien, enviad mañana a llamar a ese joven, y decidle que después del cabildo se me presente, que él tendrá su nombramiento de alguacil, y vosotros satisfacción debida a vuestro agravio.

—¡Cuán generoso es vuesa merced! —exclamó Inés.

Y Sara, aprovechando el momento en que todos los concurrentes se miraban unos a los otros, como dándose mutuamente el parabién, buscó la mano de Albornoz, se la oprimió con fuerza, y dirigió una mirada al contador, capaz de trastornar a un santo.

Cuando Albornoz y los demás se retiraron, Sara que había quedado sola con Inés, le dijo radiante de gozo:

—Ahora sí, alguacil tendremos a Diego de Zamora, aunque rabie doña Gabriela de Aguilera, a quien Estrada sirve y protege, y que tanto empeño tenía en oponerse a lo que deseábamos.

—Gracias a tu viveza —contestó Inés—, y al dominio que has adquirido en el corazón de Albornoz.

Al siguiente día, México presenciaba un gran escándalo.

Tratóse en el cabildo del nombramiento de un alguacil, lo cual era por demás sencillo, y en ningún tiempo había dado motivo a alguna disensión.

Pero en aquel día, sin que los alcaldes ni los regidores, ni el mismo licenciado Zuazo supiesen la razón, Estrada y Albornoz se hicieron de razones y comenzaron a increparse rudamente.

Albornoz se empeñaba en que el dicho nombramiento recayese en Diego Zamora, y Estrada se oponía a ello con toda su energía.

—Decididamente —dijo el primero—, vuesa merced, señor tesorero, piensa que a su arbitrio se han de gobernar todos los asuntos del reino, y por mi fe que estoy yo poco dispuesto a consentir que persevere vuesa merced en tan torpe error.

—Pues vea vuesa merced cómo ha de ser —contestó Estrada pálido de ira—, porque tampoco yo toleraré se burle mi autoridad, por persona que osare a ello, y aunque se llame Rodrigo de Albornoz.

—Quizá vuesa merced ignora —dijo con aparente calma Rodrigo de Albornoz—, que mi autoridad, tan alta como la suya, sostenida está por un estoque que no en balde ciño…

—Amenazas son, propias para espantar villanos, y no para amedrentar a hombres como yo, que las desprecia.

—¡Paz, señores, paz! —exclamó el licenciado Zuazo.

—Veremos de probarlo —dijo Albornoz metiendo mano al estoque.

—Quedará muy pronto satisfecho vuesa merced —repitió Estrada desnudando su espada y dando un paso atrás, pero poniéndose en guardia.

—Señores, en nombre de Su Majestad, reportaos —dijo Zuazo.

—¡Paz!, ¡paz!, ¡y ténganse al rey! —gritaban los alcaldes.

—Apartaos —gritaba furioso Albornoz, procurando separarse de los que le contenían—, dejadme castigar a ese villano.

—Yo os haré tragar con mi espada esa frase —decía Estrada luchando por arrojarse sobre su contrario.

El rumor era espantoso: ¡Ténganse al rey! ¡Ténganse a la justicia! ¡Paz! ¡Favor! Estos gritos se escuchaban por todas partes; las gentes acudían en tropel, atraídas por el rumor del escándalo; los regidores, pálidos, se interponían entre los adversarios, y Estrada y Albornoz, rojos y jadeando de la cólera y la fatiga, se amenazaban de lejos con sus espadas y se injuriaban horriblemente.

Por fin consiguieron llevarse a cada uno por su lado, y se sosegó el alboroto. El nombramiento de alguacil no llegó a hacerse, y Estrada triunfó por entonces.

En la tarde del mismo día, salía un correo para Cortés, notificándole todos los acontecimientos.

El plan de Gonzalo de Salazar salía perfectamente bien.

Parece inútil advertir que Sara e Inés tuvieron, al saber la noticia del escándalo, un positivo disgusto, y que Albornoz procuró no asistir aquella noche a la tertulia.

Estrada salió orgulloso, porque Diego de Zamora no fue nombrado alguacil.

Pero sobre todo, la armonía no volvió a restablecerse, a pesar de los esfuerzos del licenciado Zuazo.

6. Conoce el lector a un nuevo personaje, y con este motivo tiene noticia de algunos acontecimientos importantes

Entre los colonos que atraídos por la fama de las riquezas fabulosas del imperio de Moctezuma, habían llegado a México, se encontraba un hombre que sin tener oficio ni profesión alguna, logró establecerse, merced a secretas industrias: llamábase el tal, Ginés de Saldaña, y era un morillo de Granada, tornadizo, que ya hombre había abrazado la religión de Jesucristo y sospechado por la Inquisición, llegó a buscar a México suerte más propicia.

Era Ginés un descreído, más audaz que un halcón, más astuto que un zorro, y más ladrón que una urraca; flaco de carnes, pequeño de cuerpo, y amarillo de color; tenía desde su nacimiento una pierna más larga que otra, por lo que andaba de una manera bien extraña; sus dientes incisivos eran tan desproporcionados, que inútilmente procuraban cubrirse con los labios, y un bigote poco poblado pero rígido como las cerdas de un jabalí, completaban aquel conjunto poco lisonjero.

Los mozos y las muchachas convinieron en llamar a Ginés «El Grillo», la gente toda aceptó el apodo, y el que en medio de sus defectos tenía un buen genio, admitió sin escrúpulo y agregó a su apellido el sobrenombre de Grillo.

La oculta y productiva industria de aquel hombre consistía, sobre todo, en su habilidad para poner de acuerdo las voluntades de los enamorados, y servir a los amantes de vía de comunicación, lo cual ejecutaba con mayor gracia, cuando mayores eran las dificultades; y a fe que éstas valían cada vez más, porque los padres y los hermanos que conocían a Ginés, cuidaban de incomunicar con él a sus familias; pero Ginés, en eso de amores, hubiera sido capaz de inventar el telégrafo eléctrico o el ferrocarril.

Así se habilitaba de fondos, llegó a tener su clientela, y como buen comerciante, andaba a caza de esta clase de negocios; no necesitaba que le llamasen, él se ofrecía, y apenas observaba que un mancebo o una doncella andaban tristes, cabizbajos y distraídos, llegaba en su auxilio, los consolaba y les abría el camino del porvenir.

El Grillo era hombre de talento: a poco de estar en la colonia comprendió que había muchos españoles que se enamoraban de las indias, y muchas indias que se apasionaban de los españoles, y que muchos de estos amores morían en su cuna, porque unos hablaban un idioma y otros otro, y no siempre encontraban un intérprete fiel.

Ginés, con el golpe de vista del genio, adivinó que en esto tenía una rica mina que explotar, y en poco tiempo aprendió el idioma de los mexicanos, con tanta perfección como si lo hubiera hablado desde niño.

Una noche el Grillo salió a pasear las calles, porque tenía esa costumbre, fundada en que de noche podía descubrir fácilmente a los galanes que rondaban y a las damas que esperaban; y ya muy cerca de la madrugada alcanzó a llegar cerca del palacio de Cortés.

La noche estaba serena, y a la incierta claridad de las estrellas, Ginés divisó un hombre parado frente al palacio, mirando al parecer a una de las ventanas.

El Grillo se detuvo a observar, y durante un largo rato se estuvo en acecho: ni las ventanas se abrieron, ni el hombre se movió.

Entonces emprendió su marcha, y pasó casi rozando al misterioso vigilante.

—¡Bueno! —dijo para sí el Grillo—, indio, al parecer rico, y enamorado; éstos deben pagar muy bien un servicio; pero ¿a quién espera, o a quién ronda?, quizá a alguna de esas gentiles que guarda Cortés en su palacio; si es así, me alegro; Cortés salió para las Hibueras, y el negocio me será más fácil: observemos.

Pero en aquella noche nada sacó en limpio, volvió dos o tres noches seguidas, y lo mismo, el hombre en espera, y las ventanas cerradas.

Entonces se fastidió, y quiso hablar al desconocido; avanzó hasta llegar cerca de él, una noche, y con el acento más dulce que pudo encontrar, le dijo en idioma mexicano:

—Dios te dé buena noche.

El indio le miró sin contestar, y entonces Ginés se detuvo.

—Te saludo, señor; contéstame.

El indio lanzó una especie de bufido, y quiso retirarse.

—Triste estás, señor —dijo Ginés deteniéndole—; largas son tus noches en la soledad: yo quisiera consolar tu pena, pero no la conozco.

—Los gavilanes —contestó el indio, mirándole con desconfianza— no se interesan nunca por la suerte de las palomas; el cristiano no puede querer el consuelo de los esclavos.

—Te engañas, señor; no soy de los malos, ni mi corazón está cerrado a la compasión: si tu labio no tiene para mí la palabra de la confianza, culpa mía no es, porque nunca mal hice a los tuyos.

—¿Cómo sabré que tu palabra es la verdad?

—Óyeme: si mal te quisiera, mucho tiempo hace que te hubiera dañado, porque muchas noches hace que te he visto aquí; tú estás enamorado de una mujer que vive en la casa de Cortés.

El indio se estremeció, como si hubiera visto un puñal cerca de su pecho.

—¡Calla! —exclamó, tomando furioso de las manos al Grillo.

—Yo te puedo ayudar —contestó el Grillo tranquilamente.

—Tú me traicionas.

—Yo te ayudaré.

—¿Y si me engañas?

—Págame bien, y no tendrás que temer.

—Comprendo —dijo el indio calmándose repentinamente y como cobrando confianza—; los hijos del sol buscan el oro, y con el oro se compra su corazón y se consigue su cariño; oro tendrás, si me ayudas; la muerte, si me engañas: sígueme.

Echóse a caminar el indio, y echóse a seguirle el Grillo, y se alejaron del palacio; y después de andar un largo trecho, llamaron a las puertas de una casa.

¿Quién vivirá aquí?, pensó Ginés.

La puerta se abrió en este momento, y apareció un viejo que mostraba en su rostro una ancha y larga cicatriz, que comenzando en su barba y atravesando casi todo su rostro, se perdía bajo su blanca y espesa cabellera.

Aquel hombre era un español de raza pura.

—No vienes solo, Tetzahuitl —dijo el anciano en el idioma mexicano.

—He comprado a este hombre —contestó Tetzahuitl con altivez, mostrando al Grillo.

Ginés entendía el idioma, y comprendió lo que el indio decía; pero acostumbrado a toda clase de humillaciones, no se contrajo uno solo de los músculos de su fisonomía.

El viejo frunció el entrecejo, y sus pardos ojos lanzaron un relámpago de desprecio al mirar al Grillo.

Cuando los recién venidos entraron, volvió a cerrarse la puerta.

—¿Te dejo con el hombre, Tetzahuitl, o necesitas de mí para que interprete tus palabras? —dijo el anciano.

—Entiende y habla nuestra lengua, Armenteros —contestó el indio.

El viejo Armenteros volvió a mirar curiosamente al Grillo, y se retiró después a una especie de alcoba que había en el fondo del aposento.

Ginés y Tetzahuitl quedaron solos en aquella estancia, en la que no se descubrían más muebles que una mala mesa rodeada de toscos taburetes, y por todo adorno un Cristo de madera sobre un baldoquín de damasco amarillo, en una de las paredes, y en otra, una armadura completa y perfectamente limpia y bruñida, sobre la cual se reflejaba la luz de la torcida que alumbraba la escena, proyectando en el muro una sombra fantástica.

—Siéntate —dijo el indio después de un rato de silencio.

El Grillo obedeció, no sin haber registrado el aposento con la vista, curiosamente.

—Óyeme bien —contestó Tetzahuitl sentándose a su vez.

—Te escucho, señor —contestó Ginés clavando en el indio sus ojos.

—Me has ofrecido tu ayuda en un negocio bien difícil; ¿lo oyes?

—Si la paga corresponde, no hay para mí dificultades.

—La mujer está muy alta.

—Aunque estuviera en el cielo.

—¿Conoces a las mujeres que viven en casa de Cortés?

—¿Indias?

—De mi raza.

—Sí.

—¿Recuerdas una a quien llaman los cristianos doña Isabel?

—¿La mujer de Martín Dorantes?

—La que los cristianos entregaron a ese hombre.

—Pero ésa es casada por la Iglesia.

—No sé lo que quieres decir; pero yo no veo en ella más que la esclava de un español, y para nuestros dioses no tiene nada de común con él.

Tetzahuitl miró al Grillo, que había inclinado el rostro, y que movía la cabeza, como diciendo:

—¡La cosa es grave!

—¿Qué dices? —preguntó Tetzahuitl.

—Que casi es imposible…

—Imposible, sería para ti ver tanto oro como el que yo te daré, si me ayudas bien en este negocio; imposible, sería para ti vivir muchos días, si no me ayudas después de haberte hecho dueño de mi secreto —contestó con acento ronco Tetzahuitl.

El Grillo, embriagado por la promesa del oro, o aterrorizado por la amenaza sombría de su interlocutor, alzó el rostro, y abriendo desmesuradamente los ojos y la boca, le miró como un hombre que recibe una gran sorpresa.

—¡Vamos! —dijo impaciente Tetzahuitl—; ¿qué piensas?

—¿Cumplirás lo que me dices, señor?

—Lo prometo por el espíritu de mi padre, que murió a manos de los tuyos.

—Entonces, te ayudaré. Habla, señor.

—Escúchame: yo soy un príncipe, un caudillo en mi nación, y entre los hombres de mi raza: tengo mucho oro y muchas piedras, de esas que vosotros estimáis en tanto preció; amo a una mujer que tiene la sangre de los míos; tú la conoces; háblale en mi nombre, o consigue que yo le hable.

—Y bien; ¿cuándo y cómo me pagarás, señor, y cuánto?

—Si logras alcanzar de esa mujer que me hable, que me escuche siquiera al través de las rejas de su ventana, te daré tanto polvo de oro cuanto pueda caber en el casco de uno de los guerreros de tu sangre.

El Grillo, sin contestar, se levantó de su asiento, tomó un taburete, le llevó cerca de la armadura que en la estancia había, paróse sobre él, y quitó de la armadura el casco que la coronaba.

Después se acercó con él a la luz, y le examinó detenidamente, como calculando la cantidad de polvo de oro que podía contener.

Tetzahuitl le dejaba hacer, mirándole de cuando en cuando con una completa indiferencia.

Por fin, después de un largo y detenido examen, Ginés bajó el casco, levantó el rostro, y mirando a Tetzahuitl, dijo con voz firme:

—Convenidos.

—¿Y qué plazo pides para cumplir?

El Grillo cerró los ojos, como para meditar mejor, reconcentrándose; el indio le contemplaba entonces con ansiedad.

—Tres días —dijo el Grillo.

—¡Tres días! —exclamó Tetzahuitl.

—Sí, tres días; pero es preciso que hagas cuanto yo te diga en esos tres días.

—Lo haré —contestó Tetzahuitl con resolución.

—Bien; entonces, no faltes ninguna noche delante de las ventanas de doña Isabel, desde que el sol se oculte hasta que vuelva la luz.

—Nunca hubiera faltado.

—Dentro del tercer día, allí te buscaré.

—Te esperaré allí.

—Ahora necesito una prenda tuya para llevar a doña Isabel, para probarle que voy en tu nombre. ¿Ella te conoce?

—Me conoce y ha oído hablar de mí.

—La prenda.

—Tómala —dijo Tetzahuitl dándole al Grillo un soberbio y rico brazalete de oro, que desprendió de uno de sus brazos.

—¿Conoce ella esta prenda? —dijo Ginés tomando el brazalete, y examinándole con curiosidad.

—Si la prenda no la conoce, conoce bien el emblema que en ella está labrado; mírale bien.

—Un águila —contestó Ginés mirando el brazalete—, un águila que vuela, y una flecha que cae sin tocarla.

—Mi emblema: tan alto vuela el águila, que no le alcanzan los tiros del cazador.

—Mucho orgullo.

—No te la entrego para que califiques mis pasiones.

Ginés calló, y comprendió que Tetzahuitl tenía razón.

Poco después, el Grillo salía solo; y si hubiera habido luz en la calle, se le hubiera podido ver reír de satisfacción. Se soñaba rico como un príncipe.

7. De cómo el Grillo era hombre de cumplir su palabra, y Tetzahuitl muy noble para faltar a sus promesas

Doña Isabel quedó viviendo en el palacio de Cortés, después de la salida de la expedición, y estaba triste, porque se encontró de repente aislada, con la ausencia del conquistador y de Martín Dorantes.

Rodrigo de Paz tenía gran cariño a la joven, y procuraba que nada le faltase, y la rodeaba de cuidados y de consideraciones; pero Rodrigo de Paz era un hombre que tenía en su cabeza un torbellino de ideas, y en su corazón una tempestad de pasiones, y apenas si lograba desprenderse de los negocios, podía hablar un momento con su ahijada.

Doña Isabel se pasaba, pues, el día y la noche en la soledad: en esos días, Juanilla, la hija de Zapata, comenzó a visitarla por encargo de Mencia.

La primera vez que entró a palacio, a ver a doña Isabel, le sirvió de pretexto ofrecerla en venta unos bordados que había hecho, y luego con eso se intimó la amistad, y Juanilla fue muy pronto la compañera de Isabel durante el día.

Pero durante la noche doña Isabel volvía a quedar sola, y por costumbre tenía, la de salir a uno de los espaciosos corredores a contemplar la luna, sentada tristemente en un ancho sitial.

Pasaban durante estas largas meditaciones, por delante de Isabel, muchas de las personas que tenían su habitación en palacio, o que iban a él de visita; unas la saludaban y otras no; pero ella contestaba con tal indiferencia, que nadie se atrevía a emprender conversación.

No faltaron soldados y caballeros que la miraran con afición y procuraran distraerla con sus músicas y con sus paseos; no faltaron algunas veces ramos de exquisitas flores, dejados como al descuido, intencionalmente, en el lugar en que ella acostumbraba sentarse.

Una mujer hermosa y aislada, es una tentación casi irresistible, y todos quieren probar fortuna; pero los galanes encontraban al día siguiente sus flores marchitas, en el mismo lugar en que las habían dejado, y las músicas disgustaban tanto a la joven, que muchas veces, al comenzar a sonar, se encerraba ella en su aposento.

Todos concluyeron por declarar que aquella era una hermosura insensible, que aquella era una plaza inexpugnable, y todos desertaron sucesivamente de su empresa, desalentados, y desalentando a los que pretendían emprender algo; y doña Isabel se vio libre de pretensiones.

Un hombre, sin embargo, apareció un día en acecho de la dama; pero con tanta precaución, con tanto cuidado, que nadie lo pudo comprender; y a fe que si le hubiera visto alguien, de seguro que le hubieran sospechado la misión que llevaba; porque aquel hombre, demasiado conocido, no era otro que Ginés de Saldaña, el Grillo.

Ginés intentaba, a no dudarlo, hablar a Isabel, y para ello y ante todo procuró conocer las costumbres de aquella dama, que muy pronto pudo saber; que durante el día, Juanilla no se separaba de su lado, y durante la noche siempre estaba sola.

Formó su plan: hablarle de día, era imposible; necesitaba aprovechar la noche, y además, acercarse a ella, de manera que ella nada maliciase de su misión, y se negase a contestarle.

El Grillo tomó sus precauciones, hizo sus preparativos, y a la segunda noche después de su conferencia con Tetzahuitl, se presentó a doña Isabel cubierto con una vieja capa de soldado, y arrastrando penosamente la pierna larga.

Doña Isabel, sin duda, creyó que era uno de tantos que pasaban por allí sin detenerse, y apenas se fijó en él.

—Señora —dijo Ginés poniéndose humildemente a presencia de la dama—, ¿me permitirá vuesa merced que le dé un recado que traigo para vuesa merced, de la parte de mi señor Martín Dorantes?

—¿De allá venís? —preguntó con interés doña Isabel.

—De allá vengo, y bien enfermo, por desgracia; y quizá no me viera aquí vuesa merced, si no fuera por un milagro patente que Dios quiso obrar conmigo, y del que hablaré a vuesa merced, si me lo permite, después de darle el recado.

—Os lo permito, y aún más; sentáos: ¿qué dice Dorantes?

—Nomás que besa a vuesa merced las manos, como a su señora y dueña —dijo sentándose en el suelo Ginés y fingiendo un gran cansancio—; encargóme que agregase que queda bueno, y con muchos deseos de volver, aunque difícil es, porque la expedición va larga.

—¡Qué hemos de hacer! —exclamó doña Isabel con más indiferencia que resignación.

«¡Bueno! —pensó el Grillo—, parece que no le interesa mucho la suerte de Dorantes; ya le veo la cimera al casco lleno de polvo de oro».

Y luego, en voz alta, dijo:

—Antes que se me pase, o que vuesa merced me despida, quiero contarle el milagro de que le hablé, y en el que vuesa merced toma parte.

—¡Yo!

—Sí; escúcheme vuesa merced con paciencia. Es el caso, que ya llegando cerca de México, en esas montañas tan sombrías y pavorosas, alcanzóme la tempestad, cerróseme la noche, perdí el camino, y extraviéme completamente y sin esperanza: estaba yo en un lugar desconocido y terrible; a mis plantas un abismo inmenso, en donde flotaba como un océano de nubes negras y densas, que despedían rayos, y truenos, y relámpagos; sobre mi cabeza otra tempestad; entre los gigantescos árboles que me rodeaban, el huracán, desarraigando los pinos y haciéndolos bailar una danza infernal, y por todas partes el rugido de mil torrentes que se despeñaban entre la oscuridad, produciendo un concierto aterrador en aquel desorden de la naturaleza.

Doña Isabel comenzaba ya a escuchar con curiosidad aquel relato, y Ginés, como fatigado por el recuerdo, limpió su frente, y tomó aliento para continuar con su historia.

—Yo estaba fatigado, no podía dar paso, mis pies sangraban, mis piernas se negaban a sostenerme, mis ojos, fatigados por el esfuerzo de buscar la senda en la oscuridad, se cerraban, y la lluvia que caía a torrentes, empapaba toda mi ropa y me hacía tiritar de frío; no pude continuar mi marcha; los rayos se sucedían sin intermisión, el terreno parecía huir bajo mis pies, y sentí un vértigo espantoso, perdí la cabeza y caí en tierra murmurando una oración.

Ginés volvió a callar, observando el efecto de su relación; tosió, suspiró, y mirando que doña Inés estaba atenta, continuó:

—Algún tiempo permanecí en aquella situación; pero cuando volví en mis sentidos, la tempestad había pasado, y se escuchaban apenas, a lo lejos, sus últimos rugidos, y se descubrían apenas los últimos relámpagos, y no llovía, y sólo de los árboles caían las gotas depositadas en las hojas, sobre la maleza, produciendo un sonido triste. Alcé el rostro, me incorporé, y dando gracias a Dios por haberme salvado de aquel peligro, probé a levantarme; la noche estaba aún muy oscura; pero quise caminar, sin embargo, apoyándome en un grueso bastón: di algunos pasos, cuando de repente descubrí un resplandor cerca de mí, y luego otro, y otro y otros muchos, y todos avanzaban hacia donde yo me encontraba.

—¿Y qué era? —preguntó doña Isabel.

—Ahora verá vuesa merced lo más terrible; al ver yo aquellas luces, comencé a temblar, y me santigüé devotamente, porque para mí eran brujas o almas en pena. Me oculté entre un matorral y comencé a rezar, porque se acercaban más a cada momento, y ya distinguía yo sus voces. Por fin, llegaron, y entonces con terror conocí que eran indios, y que me buscaban; porque sin duda alguno de ellos me descubrió en la tarde.

—¿Y cómo sabíais que os buscaban?

—Señora, porque iban hablando, y yo entiendo bien el idioma de ellos —dijo Ginés, orgulloso de haber encontrado una oportunidad de lucirse.

—¡Cuánto me alegro! —exclamó doña Isabel—. ¿Y qué decían?

—Que por allí debía yo de estar, y que era preciso apoderarse de mí, y matarme: ocultéme lo mejor que pude; hubiera huido, si hubiera tenido fuerzas; pero no podía ni andar, y me metí entre la maleza y cerré los ojos, creyendo que así me verían menos: oía yo el ruido de sus pasos muy cerca de mí; se alejaban, se acercaban, hasta que de repente me estremecí, como herido de un rayo; una mano robusta cayó sobre mi cuello: me habían hecho prisionero.

—¿Y cómo no os mataron?

—Ahí está el milagro de vuesa merced; en un instante me sentí atado de pies y manos, levantado en hombros, y conducido con extraordinaria velocidad. Caminaron conmigo como media legua, y llegaron por fin a la entrada de una gran cueva, en la que penetramos. Aquel antro era más negro que la misma noche, y a pesar de que mis conductores llevaban teas, apenas se iluminaba una pequeña parte del recinto, cubierto por todas partes de erizadas rocas. En el fondo de la cueva me dejaron sobre una gran piedra, que en el centro de un amplio salón subterráneo había, y comenzaron a hablar de mí. No cansaré a vuesa merced con lo que dijeron; el resultado fue, que se decretó mi muerte en el momento, por ser yo español; les hablé en su idioma, y se irritaron más: entonces me desnudaron completamente, me tendieron bien en la piedra, y uno de ellos, con un agudo pedernal en forma de cuchillo, se adelantó hacia mí: me estremecí, el terror de la muerte hizo crujir mis huesos y rechinar mis dientes; volví el rostro, y cerré obstinadamente los ojos.

Sentí en mi frente el aliento del hombre que iba a matarme…

8. Conclúyese el asunto del anterior capítulo

Ginés volvió a hacer una larga pausa, limpióse con el envés de la capa el trasudor de la congoja que no tenía; suspiró, lamióse los labios, como para dar a entender que tenía secas las fauces con sólo el recuerdo de su aventura; acomodó con las manos y lo mejor que pudo su pierna larga, y continuó:

—En aquel supremo trance, que como el postrimero de mi vida, juzgaba, encomendéme de todo corazón a Nuestra Señora y a su divino Hijo, y ofrecíles mi alma, en caso de que a salir llegase de esta vida mortal. Pero, ¡oh prodigio!, cuando esperaba sentir el bárbaro golpe, he aquí que una voz fuerte y enérgica grita al que me iba a sacrificar: «¡Detente!»; alzo entonces los ojos y descubro, a la rojiza claridad de las antorchas, un hombre, que no sé si porque salvado me había, o porque lo fuera en efecto, me pareció tan noble, tan garboso y tan bello como el arcángel San Gabriel, cubierto de riquísimas plumas de todos colores, y de oro y de piedras preciosas…

—¡Ah, sí! —exclamó doña Isabel con entusiasmo—; el traje de combate de nuestros príncipes.

—Hermosísimo y rico traje, sea dicho en honra de verdad; y aquel príncipe, porque príncipe era, con tanta gracia le llevaba, que ha haber sido yo mujer, quedo apasionado…

—¿Y quién era ese hombre? —preguntó con interés la dama.

—Llamábanle los suyos, Tetzahuitl.

—¡Tetzahuitl! Sí, uno de nuestros más nobles y valientes guerreros: en la casa de mi padre oí hablar siempre de él con entusiasmo; un día le vi, y en efecto, tal es como le pintáis vos.

—¡Soberbio! —exclamó Ginés— ¡soberbio!, el terreno parece bien dispuesto, y no puede estar mejor; ¡ya gané aquello!

Y maquinalmente movía los dedos de su mano derecha, como si sacara un puñado de pepitas de oro y las volviera a dejar caer, en el casco con que soñaba formando cascada.

—¿Y qué dijo Tetzahuitl? —preguntó con interés doña Isabel.

—Señora; preguntóme mi nombre y el objeto que me hacía caminar; díle mi nombre, y en cuanto al objeto, perdóneme vuesa merced; pero el terror, que a veces es un mal consejero, pero que a veces torna en sabio al hombre necio, me inspiró la bendita idea, recordando que traía yo recado para vuesa merced, de mi señor Martín Dorantes, de decir que a ver a vuesa merced venía; fiando en que esos hombres respetarían el nombre de vuesa merced.

—¡Bien!, ¿y qué hizo Tetzahuitl?

—Al principio me escuchó con marcado desdén; mas apenas el nombre de vuesa merced hube mentado, y cuando aún la última sílaba no moría en mis labios, Tetzahuitl cambió repentinamente; su rostro se encendió, brillaron sus ojos, la sonrisa de la compasión se dibujó en sus labios, y sin dar lugar a que nadie me tocase, desatóme él mismo, y quitóme de la piedra del sacrificio, diciendo: «—Quien nombre tan alto en sus labios tiene, no morirá nunca a manos de los míos».

—¿Tal dijo?

—Y tal hizo, y aún más, señora; púsome inmediatamente en libertad, haciéndome custodiar por algunos de sus guerreros, y mandóme dar a vuesa merced un recado; y como a él debo la vida, le daré a vuesa merced el tal recado, aunque sepa que la misma vida pueda costarme; que la gratitud es para mí la primera de las virtudes.

—Os permito que me digáis cuanto él os dijo.

—Señora —continuó Ginés poniéndose de hinojos delante de doña Isabel, y buscando entre los pliegues de su ropilla el brazalete de Tetzahuitl—, señora…

—¿Pero qué hacéis de rodillas? —preguntó confusa doña Isabel.

—Cumplir el mandato de mi salvador, de ese generoso príncipe, que me dijo: «—Arrodíllate, cristiano delante de ella, y dile en nuestro idioma: Tetzahuitl, que piensa en ti durante las luces del día y durante las sombras de la noche, y de quien eres vida, sol y aliento, me ha dado la existencia y la libertad, sólo porque tu nombre sonó en mis labios; Tetzahuitl, tu esclavo, te envía esta prenda como señal de tributo de tu dominio y de su servidumbre: si un día viera tus ojos fijarse en él, ese sería el día más feliz de su vida».

Ginés había dicho toda esta relación, no en castellano, sino en el idioma de los padres de doña Isabel.

La joven, entre asombrada y orgullosa, había escuchado aquello, y no sabía si reñir al que a tanto se atrevía, o premiar al que le traía tan dulce embajada.

El alma de aquella mujer se hallaba combatida por diversos y encontrados sentimientos: el recuerdo de Dorantes y la ilusión de aquel romancesco caudillo de su nación; las severas máximas de la religión que había adoptado, y las fantásticas y arrobadoras tradiciones de la casa de su padre, al través de las cuales veía a Tetzahuitl tan hermoso; su deber, y el orgullo de haber inspirado una pasión tan grande a un hombre tan noble y tan valiente.

En aquel corazón estalló repentinamente una tempestad, una lucha; pero que al nacer era gigante: su imaginación salvó la distancia, y entre los bosques desconocidos para ella, encontró al hombre que enviaba un tributo de servidumbre a su amor, y le vio rodeado de sus guerreros y dispuesto a morir por su patria, pero pensando en ella.

Doña Isabel volvió después a la realidad; delante de ella, y de rodillas, estaba Ginés ofreciéndola el brazalete de oro de Tetzahuitl. Entonces doña Isabel pensó en Dorantes, y dijo rechazando a Ginés:

—¿Pero Tetzahuitl ignora que estoy casada?

—Sábelo, señora, y yo se lo dije; pero me contestó que él no creía ni en ese dios que oyó vuestro juramento, ni en esas ceremonias, que no son las de su religión. «—Esa mujer —me dijo—, no es más que la esclava de un cristiano; nuestros dioses no ven ese vínculo, y ella no puede haber olvidado a nuestros dioses».

Aquellas palabras fueron como un rayo de luz para doña Isabel; tomó repentinamente un aspecto diverso, y arrebatando de manos de Ginés la alhaja que éste insistía en presentarla, se la llevó al pecho, y levantándose de su asiento, dijo con voz imperiosa al Grillo.

—Dejadme esta prenda, y volved mañana a la misma hora —y sin esperar más, se lanzó a su aposento, cerrando tras sí la puerta con violencia.

—¡Negocio arreglado —dijo para sí el Grillo, levantándose con un semblante en que se pintaba su alegría—; negocio arreglado!

Y diciendo esto, echóse a andar precipitadamente, como si fuera midiendo el terreno con una pierna detrás de otra.

Doña Isabel se acercó ansiosa a la bujía que alumbraba su estancia, para ver el brazalete de Tetzahuitl, diciendo en voz baja:

—Quizá tiene razón; para nuestros dioses soy libre, ¡libre!

Preciso es confesar que doña Isabel no era lo que puede llamarse una cristiana.

Educada en la religión de los aztecas, los españoles le enseñaron la de Jesucristo, y ella aprendió de memoria las explicaciones que le daban, y aprendió también a practicar las ceremonias, y supo cómo debía asistir a la misa, y qué oraciones debía rezar, y cuanto más quisieron enseñarla; pero estos conocimientos los adquirió como si se tratara sólo de una ciencia, la fe no tuvo parte en ello, y la joven entró, desde que comenzara su catequismo, en una vida de cristiana y de católica, sin ser en el fondo ni católica, ni cristiana: automáticamente hacía todo y aprendía todo, sin que hubiesen cuidado de encender en su corazón la llama del verdadero creyente… ¡la fe!

En una palabra, doña Isabel no tenía de la religión de los españoles, más que la práctica del culto externo, y las lecciones que la habían hecho aprender los religiosos y las mujeres que Cortés comisionó para enseñar a las nobles jóvenes mexicanas que había recogido en su palacio.

El país en donde se han deslizado nuestros primeros años, nos parece siempre hermoso, siempre encantador; cuando le recordamos después, al través de una época en la que nuestras lágrimas y nuestros dolores han nublado el cielo de la vida, entonces, todo aquello tiene tal poesía, que las personas, y los lugares, y todo lo que nos fue familiar, aparece en nuestra memoria con tan vivos colores, que quizá no hay uno que no exclame: ¡quién pudiera volver!

Por eso el amigo de la infancia siempre halla nuestros brazos abiertos, y nuestro corazón bueno para él; por eso el fratricidio es el crimen menos común en el mundo.

Cuando doña Isabel se encontró sola en su estancia; cuando los dulces recuerdos de su niñez llegaron en tropel, como evocados por la memoria de Tetzahuitl; cuando pensó en los suyos, vencidos y dispersos; cuando se contempló ella misma, entregada a un enemigo de su nación; cuando reflexionó que todo se lo habían arrebatado: patria, familia, libertad, riquezas, hasta su misma religión, y que no era ya señora ni aun de su mismo cuerpo; entonces se verificó en su alma una revolución, tan rápida como terrible: un relámpago de odio cruzó siniestramente hasta el fondo de aquel corazón adormecido por la soledad y el abandono, y el rostro de la joven tomó por un momento un aire sombrío, y su belleza apareció terrible, iluminada por la luz, que brotó como una amenaza, de sus negros ojos; pero después, su mirada se fijó en el brazalete de Tetzahuitl, y como los rayos de la aurora recogen el manto negro de la noche, el velo de tristeza que empañaba el hermoso rostro de la joven, desapareció, sus ojos adquirieron una dulzura infinita, su boca se entreabrió con una sonrisa, y un suspiro salió de su pecho.

Y sin hablar una palabra, alzó a los cielos su mirada, como buscando un testigo de sus acciones en el mundo de los espíritus, y llevando el brazalete a sus labios, imprimió en él un largo y apasionado beso.

Ginés se encaminó directamente, al salir del palacio, al mismo lugar en que había encontrado por la primera vez a Tetzahuitl.

El indio, como de costumbre, estaba allí.

—Tus dioses te protejan, señor —dijo el Grillo.

—¿Qué vienes a anunciarme? —preguntó Tetzahuitl, sin contestar al saludo.

El Grillo, fingiendo una sonrisa, contestó:

—Que mañana en la noche, el viento de la fortuna soplará en tu cabaña, y el aliento de la rosa embriagará tu alma; cuando el sol esté ya lejos de nosotros, la luz nacerá para ti.

—¿Es cierto lo que dices? —exclamó trémulo de placer Tetzahuitl.

—Tan cierto, como que antes que asome la aurora, tendré en mi casa el casco lleno de polvo de oro.

—Y cuida de buscar el mayor que haya entre los guerreros mis enemigos, que será placer para mí, pagar con oro lo que apenas sería un dios tan rico, que alcanzara a comprarlo.

—Bien, señor; por esta noche puedes retirarte, porque no la verás.

—No importa; velaré como siempre, adivinándola. ¿Piensa en mí?

—Estoy seguro que, si vela, piensa en ti; si duerme, tú estás en sus sueños.

—Yo te haré rico.

—Me voy; si por casualidad llegare a salir, no le hables, aunque ella te mire; perderíamos todo: no olvides, señor, que me has prometido obedecerme durante tres días.

—Y cumpliré.

Ginés se alejó, y Tetzahuitl quedó entre las sombras contemplando el palacio.

De repente le pareció oír ruido, y a poco una ventana se abrió y apareció en ella doña Isabel.

Aquella mujer sentía algo desconocido, y necesitaba el aire de la noche para refrescar el ardor de su sangre; aquella alma, presa de una emoción terrible, necesitaba ver el cielo; aquel corazón necesitaba palpitar delante de la inmensidad.

Tetzahuitl la miraba, y los ojos penetrantes del indio descubrieron entre las manos de su dama, el brazalete de oro.

Entonces no pudo resistir, y cayó de rodillas.

A la noche siguiente, Tetzahuitl, trémulo y casi agonizante de placer, hablaba por la primera vez a la dama.

El Grillo había cuidado de instruirle del supuesto milagro, para que doña Isabel no llegase a saber que la había engañado.

Tetzahuitl llenó de polvo de oro el casco más grande que pudo encontrar el Grillo.

Los dos habían cumplido su palabra.

Así comenzaron esos ardientes amores, de que ya el lector tuvo noticia en uno de los primeros capítulos de este libro.

9. De cómo Gonzalo de Salazar y Pero Almindes Chirinos abandonaron a Cortés y regresaron a México

La expedición que caminaba para las Hibueras había llegado ya a un país en el que la naturaleza desplegaba un lujo y una fecundidad asombrosa.

Era un extenso territorio sembrado de montañas y cruzado por profundísimos barrancos.

Inmensos bosques, donde jamás había dejado su huella la planta de un hombre, se extendían por todas partes; encinos seculares, robles y cedros elevadísimos, tendidas higueras, ceibas frondosas; todos los árboles de todos los climas se agrupaban allí, formando murallas inexpugnables; los bejucos, semejantes a fabulosas serpientes, se entretejían por todas partes; la grama crecía como los arbustos de nuestros prados, el musgo brotaba como un tapiz sobre las rocas y sobre los troncos, las plantas parásitas mecían sus encantadoras flores entre las lianas, y en medio de aquella tupida multitud de hojas y de troncos, el viento penetraba algunas veces; el sol, jamás.

Cruzaban en la sombra, y sobre alfombras de flores, arroyos cristalinos; rugían entre las peñas torrentes amenazadores y espumosos; formábanse en los prados lagos risueños y transparentes.

El mar rugía eternamente en la playa, y los ecos misteriosos de las montañas repetían sus roncos truenos con una precisión solemne y con una fidelidad aterradora y pavorosa.

De cuando en cuando, sobre aquel océano de verdura, levantaban sus enhiestos penachos algunos palmeros, que salían como a recibir los rayos de la luz, o a buscar el dulce vaivén de los vientos.

Y aquellos bosques estaban poblados de infinitas tribus de animales; las águilas describían con su tardo vuelo inmensos círculos, cuyo objeto sólo ellas podían saber; los guacamayos pintados de vivos colores, cruzaban en bandadas rozando la fronda de los árboles y dando destemplados gritos; los faisanes volaban tímidos entre el follaje, y mil aves canoras y desconocidas cantaban entre las ramas y entre la maleza.

Los tigres, los venados, los leopardos, los jabalíes, llegaban ansiosos a los ríos para apagar su sed, haciendo levantarse una nube de mariposas encantadoras, que revolaban a la orilla del agua y entre las flores.

Sobre aquel paisaje, verdaderamente fantástico, se tendía un cielo de un azul tan puro, tan transparente, tan profundo como soñamos en nuestra niñez que debe ser el cielo de los escogidos, dulce como una mirada de amor, apacible como el sentimiento de la caridad satisfecha.

Las nubes pasaban sobre aquel cielo, blancas durante el día, como limpios copos de nieve; sonrosadas en la tarde, como rubor de una virgen; pálidas con la luna, como la frente de un moribundo.

Un sol ardiente lanzando rayos de fuego, calcinando las rocas, inflamando la atmósfera, alumbra aquel cuadro mágico; pero sus luces, y sus rayos, y su fuego no marchitan las hojas de aquellos árboles que respiran las frescas emanaciones de la tierra regada por mil arroyos y fecundada por cien torrentes.

Las noches llegan blandas y tibias en aquel clima tropical.

Aduérmense los bosques, soplan apenas las brisas agitando el follaje, y las aguas también parecen descansar; sólo el mar sigue mugiendo, como el vigilante centinela de Dios, que marca los instantes de la vida del mundo.

En la noche se consuman los misterios de los bosques, encienden sus antorchas los insectos luminosos, cantan las aves de la oscuridad, y relámpagos que se forman en la tierra, y que se reflejan sobre un cielo sin nubes, se suceden a cada momento.

Porque en esos climas, en esas selvas, el viento centellea, el ambiente tiene su luz, la noche alumbra su fiesta con la electricidad.

Pero cuando ese aliento de la tempestad que se llama el huracán, se acerca, entonces la naturaleza entera lo presiente.

Huyen las fieras, ocúltanse las aves, buscan un asilo insectos y reptiles, cierran sus pétalos las flores, y los árboles recogen sus hojas, y las lianas se estrechan a los nudosos troncos, como buscando protección.

Es que llega el momento del combate, es que también el temor a la muerte siembra el espanto en los bosques, y aves y fieras, y reptiles y árboles, y plantas y flores, sienten eso impalpable que anuncia la llegada de la tormenta.

Oscura y pesada como una montaña, se levanta a lo lejos la tempestad, y avanza por el espacio con una rapidez vertiginosa; sus negras alas tienen un reflejo triste y rojizo; y como el eco de su potente voz, se oye desde lejos el rugido que nace de sus entrañas; y como anuncio de su cólera, el resplandor del rayo, que no se deja eclipsar por la luz del sol.

El huracán llega: se estremecen las selvas, se agitan y se retuercen los árboles, se azotan con furia los unos a los otros, como si emprendieran entre ellos un combate, crujen éstos, gimen aquéllos; arrebata el viento hojas y ramas, y flores y maleza, y los arrastra en su curso veloz, y se alza hasta el cielo un rumor inmenso, inexplicable, indescriptible, al que responden, el mar con sus rugidos en el mundo, y en el cielo el ronco bramar de la tempestad.

Piérdese la luz del sol, despréndese el agua de los cielos formando un torrente, el rayo centellea por todas partes, y la naturaleza toda parece haber perdido su eterna armonía, y la oscuridad, y el caos, y el ruido en toda su acepción, se apoderan de aquellos países maravillosos.

Después de aquella tempestad, se espera sin duda el cataclismo, la destrucción, la nada.

El esfuerzo de la tempestad hace allí cosas increíbles y fabulosas; los peñascos se arrancan de su base y ruedan con estrépito, abriendo gigantescos surcos entre los bosques; los árboles ceden a su impulso, y se doblan y estallan; los arbustos y las yerbas desaparecen, y si en aquella caída, la roca encuentra con la roca, una de ellas se despedaza, como si fuera de cristal, y sus mil fragmentos vuelan como los cascos de una granada que revienta.

Algunas veces, una tromba descarga su furor sobre una montaña y la divide; y donde antes había eminencia, sólo se mira después un abismo insondable; y donde existía un lago, queda luego un confuso hacinamiento de rocas y de troncos desarraigados, y de maleza; y en medio de aquello se suele descubrir el cadáver de un tigre, de un venado, de un jabalí, arrastrados hasta allí por las corrientes.

Algunas veces, la naturaleza esplendorosa del paraíso, su luz, su encanto, sus brisas perfumadas, sus aves que trinan, sus flores que admiran, sus árboles que convidan al descanso.

Otras, la tempestad, el rayo, el huracán, el ruido, el desorden, el pavor, la oscuridad, el caos.

Todo lo grande en la hermosura, todo lo sublime en el horror; todo lo desconocido en la naturaleza, todo lo primitivo, todo lo virgen, todo lo maravilloso en lo posible.

Y por aquellos desiertos atravesaba Cortés con su expedición.

Cortés, como refiere el sencillo y franco historiador Bernal Díaz del Castillo, no era ya en lo físico el mismo hombre de los tiempos de la conquista de México.

A pesar de que aparentemente conservaba todo su vigor, su salud estaba débil y quebrantada, necesitaba dormir un rato después de comer, se sentía débil algunas ocasiones, y padecía frecuentes enfermedades.

¡Había tenido tanto que luchar! Otro hombre habría quizá sucumbido; aquel espíritu terrible y aquel cuerpo de acero, apenas el primero comprendía el fastidio, y apenas el segundo comenzaba a sentir la enfermedad.

Los soldados españoles eran el verdadero reflejo de su espíritu, sufridos y llenos de abnegación como él; pero Chirinos y Salazar no podían soportar las fatigas de la campaña, y se sentían desfallecer a la sola idea de continuar por mucho tiempo en aquella vida.

Esperaban la oportunidad de regresar a México, y esa oportunidad presentóselas el mismo Cortés.

Una mañana el conquistador los hizo llamar a su tienda de campaña, que colocada estaba a la sombra de una ceiba gigantesca.

—Señores —dijo Cortés—, llamado he a vuesas mercedes, porque asuntos muy graves me comunica desde México el licenciado Zuazo, y quiero departir con vuesas mercedes y tomar su parecer, acerca de lo que en el reino ha ocurrido después de mi salida de allí.

—Puede vuesa merced, señor —contestó Salazar—, decirnos lo que tanto le inquieta, que si a encontrar remedio no alcanzare nuestra inteligencia, al menos ayudarle podemos con nuestras pobres luces, y con nuestra muy rica voluntad para servir al rey.

—Y tanto más —agregó Chirinos—, cuanto que casi casi adivinado hemos la causa y motivo de lo que pasa en la ciudad, caso de que sea, como nos suponemos, una desavenencia entre los gobernadores que vuesa merced dejó nombrados.

—Acertado anda en sus conjeturas vuesa merced —dijo Cortés—, que desavenencias, y grandes, entre los gobernadores, turban el reino y dañan el buen servicio de Su Majestad.

—¿A tanto han llegado las cosas? —preguntó Salazar, disimulando apenas la alegría que tal noticia le causaba.

—A tanto —contestó Cortés, fingiendo que no comprendía lo que en el alma de Salazar pasaba—, que en cabildo han llegado a tirar de los estoques Estrada y Albornoz; y si mal de su grado no los hubieran contenido los regidores, quizá a esta hora uno de ellos, o los dos, hubieran ya dado cuenta en el cielo de sus acciones.

—¡Dios nos ampare! —exclamó Chirinos hipócritamente—. ¿Y qué ha pensado del suceso vuesa merced?, ¿qué remedio piensa poner?

—Perplejo por demás me encuentro buscando el remedio —dijo Cortés—, y por eso llamé a vuesas mercedes, esperando que me den con franqueza su parecer.

—Sí que haremos —replicó Salazar—, aunque en ello, de tropezar tengamos con nuestra modestia y con el temor de ofender a vuesa merced.

—Temor vano —dijo Cortés—; que tratándose del real servicio, ni la modestia debe ser parte a conteneros, ni en mí el enojo, obstáculo para seguir vuestros consejos, siendo buenos: habladme con franqueza.

—Pues es el caso —dijo Salazar, poniéndose un tanto pálido—, que como tal desavenencia ya esperábamos, ha tiempo que hemos departido sobre ella y su remedio, en caso de que a estallar llegase, y para entonces dispuesto teníamos ofrecer a vuesa merced nuestras personas y servicios, comprometiéndonos ambos a marchar a la ciudad, y en nombre del rey y de vuesa merced, poner paz y arreglo en los negocios de la colonia; volviendo después a su lado, para si en algo (que no creo) pudiéremos ser de alguna utilidad.

Cortés escuchó a Salazar; cambió con la rapidez de un relámpago una mirada con doña Marina, que en la misma tienda y escuchando la conversación estaba; y luego, inclinando la cabeza, apoyó su frente en ambas sus manos, y quedó meditando largo rato.

Chirinos y Salazar se miraban entre sí con inquietud, sin atreverse a interrumpir el silencio.

—Bien está —dijo Cortés de repente—; mañana partirán vuesas mercedes para México; en esta noche escribiré las órdenes y las instrucciones, y espero ver mañana temprano a vuesas mercedes.

—Cumpliremos lealmente con los encargos de vuesa merced —dijo Salazar levantándose—; por ahora, nos permitirá retirarnos para hacer nuestros preparativos.

—Perfectamente; pueden retirarse vuesas mercedes, y Dios os guarde.

—Lo mismo decimos —contestaron los dos, y salieron de la tienda.

10. Donde el sagaz lector descubrirá que un nuevo personaje se mezcla en los asuntos de esta historia

Daban las once de la noche —¿adónde?—, alguna vez tendremos que aclarar este punto. Baste saber que era muy entrada la noche del 3 de enero de 1525. Un silencio casi pavoroso envolvía con las sombras la ciudad de México, y el viento (ese tesoro de los narradores de cosas lúgubres) lanzaba dilatados mugidos, haciendo estremecer las puertas y crujir los techos.

Dos nuevos ruidos vinieron a mezclarse a los de la noche. Unas pisadas que resonaron a lo lejos, y casi al mismo tiempo el rechinar de una ventana que se abría sobre la calle. A poco las pisadas se hicieron más sonoras; una lámpara tenida por un brazo asomó por la ventana, y apagada inmediatamente por el aire, su pabilo se deshojó como una flor, dejando volar algunas chispas que se perdieron en las tinieblas.

—¡Por el rabo de Lucifer!… —dijo una voz de hombre—; la noche está de perros…

—¡Vive Cristo! —repuso otra voz, también de hombre, como tratando de no ser oído sino por el otro—; ¿queréis perderos y perdernos a todos?

—¿Tenéis lumbre?…

—¡Callad, por vida vuestra!… aquí vienen.

—¿Verían la luz?

—¡Bah! No conocéis a los enamorados…

—¿Será él?

—¿Y quién otro podía ser?… o acaso tenéis poca seguridad acerca del recado…

—¡Oh! No. Yo mismo lo escuché y estoy cierto…

—¡Chist!… aquí le tenemos… estad prevenido… ¿Estáis ahí, Sara?… Vamos.

A estas palabras un medio cuerpo de mujer apareció en la ventana. Al pie de ésta llegaba un embozado.

—¡Dios mío! —dijo éste alzando el rostro—, ¿es tanta mi ventura, señora, que accedáis a escucharme?

—Bajad más la voz, caballero —replicó la dama—, si tenéis en algo mi honor y vuestra vida. ¿Qué me queréis? ¿Deseábais hablarme?

—¡Y mucho, señora!… Pero todo se reduce a dos palabras: ¡os amo!

—Ya me lo habían dicho.

Hubo un momento de silencio, tal vez de confusión para el desconocido. Éste pareció tartamudear algunas palabras, y después añadió:

—Muy bien, señora… os lo he dicho… ¿Pero qué decís vos?

—¿Yo?… que rompería las trabas que me impone mi deber de esposa, y arrostraría la vergüenza y la muerte, si me dieseis la seguridad… ¡Ah!, sois un caballero, pero nadie tiene la resolución de comprar un sacrificio con un sacrificio…

—¿Que no?… hablad… hablad, y vereisme realizar vuestra voluntad, aun cuando fuera en ello mi fortuna, mi existencia y mi nombre…

—Jurádmelo.

—Os lo juro por Dios y por mi fe de caballero —replicó el desconocido, echando atrás el embozo y poniendo un acento firme y entusiasta en estas palabras—: ¿Queréis más?

—Pues bien —dijo la dama—; existe un hombre que me ha importunado siempre con sus declaraciones de amor. Ese hombre me horrorizaba, no sé por qué; y viendo su esperanza desvanecida, juró enlutar mi corazón y hacerme llorar lágrimas de sangre…

—¿Sí?… ¿y quién?…

—Y es vuestro amigo…

—¡Aun cuando sea mi padre!… ¿Su nombre?

—Daríais escándalo…

—Perded cuidado, vida mía; saldremos a un lugar desierto, y le atravieso con mi espada.

—¡Oh! No… ¡Dios mío!, ¿qué decís?, ¡matarle!

—¿Qué queréis entonces? ¿Deseáis que os vigile simplemente?, pero…

—Podéis arrebatarle… podéis dejarle en la impotencia de dañarme.

—¿Cómo? Decidme quién es, os lo ruego, para entendernos.

—¿Me amáis?

—¡Por Santiago, señora!… vais a verlo muy pronto.

—¿Me preferís a Salazar?

—¡Demonio!… ¿Salazar habéis dicho?…

—¡Sí! Salazar… Ese hombre temible que no retrocede ante los crímenes más espantosos, cuando son un medio para realizar sus proyectos. Ese que cumplirá con su promesa de perderme si no rindo mi juventud al capricho de sus deseos impuros, y que a vos mismo, sabiendo que os amo, tenderá un lazo de muerte, si vos que tenéis bastante autoridad, bastante fuerza y amigos consagrados a vuestra causa, no le quitáis ese poder, que es en sus manos un puñal para nuestra ilusión, y un instrumento de ruina para los pueblos.

—¡Demonio!… —murmuraba el otro—; el negocio es más serio de lo que parece…

—¿Decíais?…

—Que no me ocurre de qué modo… pudiera… ¿no habréis equivocado el nombre, por ventura?

—¡Bah!, ¿lo creéis posible?

—No… pero… ¡voto a tantos!… yo…

—¿Tenéis miedo?

—¡Señora!…

—Digo… ¿no encontraréis un medio de salvarme?

—Un medio…

El galán meditó profundamente e inclinó su cabeza, clavando la mirada en un seto de rosales que allí próximo había. Las flores inclinadas sobre su tallo parecían rendirse al peso de las horas nocturnas. Pero de cuando en cuando llegaba como airada la ráfaga, y sacudía violentamente a aquellas hijas de la aurora que salían de su sueño murmurando bajo el azote. Alzábase entonces del ramaje un grato perfume, apenas percibido por el caballero, y acaso ni sospechado por la dama: ésta dijo:

—¿Queréis que os ayude a buscarlo?

—Mirad, señora; aún no es tiempo de dar un golpe… poned a prueba mi valor en el lance que juzguéis conveniente, y veréis que no es miedo lo que me impide serviros… Vuestra es mi vida… mezquina es la ofrenda, pero no la arriesguemos en una tentativa inservible… Esperad… esperad un poco. Yo también tengo cuentas que ajustar con ese hombre; pero, entretanto, nada temáis. Mi amor os cobijará con sus alas, y mi espada caminará invisible delante de vuestros pasos. ¡Ay del que os toque!

—Gracias.

—¡Qué!… ¿queréis más?…

—Sí.

—Hablad.

—Yo os ofrezco un medio menos violento… Prefiero los peligros que me rodean, y acepto el destino que me prepare Salazar, antes de poner en compromiso vuestra existencia; pero no se trata de estocadas. Existe un hombre que odia a Salazar, y que es odiado por éste como su rival en el poder. Ambos son poderosos, ambos son irritables y amigos de los partidos extremos. Uno cuenta con su genio intrigante, el otro dispone de la fuerza, y ambos aspiran, con derechos iguales, al gobierno. Basta que esos dos hombres se encuentren otra vez en el solio estrecho de la autoridad, para que uno de ellos ruede al abismo. Y vos podéis hacer que se encuentren.

—Bien; ¿pero si Salazar es el que queda?

—¿Y vos?, ¿seréis neutral en esa lucha?, ¿no sois su amigo?, ¿no poseéis sus secretos?, ¿no tenéis su prestigio?… además, ya conocéis mi amistad con don Hernando. Su espada invencible caminará también delante de vuestros pasos, y mi amor os cobijará con sus alas.

—¡Oh!… señora… ¡acepto!, servios de mí como os plazca… soy vuestro esclavo… pero no me neguéis nunca ese cariño que imploro de vos, como el honor y la gloria de mi vida.

—Id con Dios, Chirinos; os quiero bien, y confío en la promesa que acabáis de hacerme.

—Sabéis…

—Os encargo… ¡ya se ve!…

—¿Mandábais algo?

—No hay necesidad de encargaros el disimulo más perfecto: aquí, en el silencio y el misterio, mi corazón es vuestro, y os buscarán mis ojos: allá… ¡cuidado!

—¡Oh, señora mía!, ya veréis si procuro hacerme digno de vuestro aprecio.

—¡Ay!, quién pudiera mandaros un…

—Id con Dios, amigo mío; yo os avisaré cuando podáis verme…

Dichas estas palabras con la cantidad de dulzura que requiere una despedida, la dama se retiró cerrando su ventana; y el caballero, después de ahogar ese suspiro clásico, inseparable de estos casos, volvió a embozarse y se alejó, confundiéndose en las tinieblas.

Dos bultos que se desprendieron del vano de una puerta, barriéronse cautelosamente por el muro y echaron a andar en la misma dirección del que se alejaba.

Detrás de la ventana volvió a encenderse luz. Entonces quedó visible una habitación de paredes blancas y techo sombrío. En uno de los ángulos había dos arneses cubiertos de herrumbre y varios cabos de lanza. En medio de la pieza cuatro bancos de roble, y una tosca mesa donde ardía la lámpara. Ésta enviaba sus reflejos a tres personas. A dos de ellas las conoce el lector: a Sara, la hija de Farfán, y al contador Albornoz. La tercera… dejaba ver en el fondo de su capucha de franciscano, un rostro delgado, pálido y cubierto de vello. Su nariz tosca, dilatándose a cada inspiración, como la de un enfermo de hipertrofia; sus cejas apiñadas siempre como dos negras nubes sobre el rayo escondido de la mirada, ponían en la fisonomía de aquel hombre el sello de una cólera feroz y de un rencor insaciable.

—¡Bien!, ¡bien!, muchacha —decía con entusiasmo el contador acariciando una mano trémula de Sara—; podéis contar desde hoy con la fortuna… ¡Por vida mía!, ¿qué os ha parecido el negocio, fray Roque?… ¿No creéis que nuestro asunto comienza a pedir de boca?…

El fraile estiró un brazo, con ese movimiento maquinal del que está fijo en una idea; compuso con los dedos la mecha, y después de contemplar algunos momentos la flama que se levantaba despidiendo un resplandor más intenso, dijo secamente, sin mirar siquiera al contador:

—Sois un animal.

—¡Fray Roque!… no importa… ya veréis y diréis.

—Ya lo veo y ya dije —replicó el fraile con el mismo aplomo.

Sara clavó en él su mirada, procurando descubrir sobre aquel rostro imperturbable, algo que descifrara el enigma de sus palabras…

11. Los amigos del señor Tesorero

Poco antes de las dos de la mañana un hombre tocaba con el pomo de su puñal el portón de la casa de Estrada. A los primeros golpes se abrió el postiguillo, y una voz aguardentosa dijo al recién llegado:

—¿Sois vos?

—Sí; abrid.

Dejóse oír una batahola de trancas, la pesada puerta giró sin hacer el menor ruido, y volvió a cerrarse tras el caballero que adelantó con rapidez en dirección de la escalera. Subió, atravesó casi a tientas un dilatado corredor en cuyo fondo había una puerta, que cedió al solo peso de la mano.

Apareció una pieza de paredes azules brillantes, y amueblada con un lujo muy superior al que era de esperarse en aquellos tiempos. Con la mano en la frente y abismado sobre un libro manuscrito, estaba un anciano, que al sentir por la espalda la bocanada de aire frío que se coló por la mampara abierta, volvió el rostro y exclamó con cólera:

—¡Y dale!, ¡con cien mil legiones de diablos!…

—¡Con mil truenos! —murmuró el otro—; ¡tenemos compañía!, ¡maldito viejo!… tampoco esta noche la veré. ¡Vive Cristo!…

Y después añadió en voz alta y serena:

—Sosegaos, amigo mío, es la primera vez que os molesto…

—¡Hola, capitán!, ¿sois vos?, entrad en buena hora. ¡Perdonad!… como no bajan de doscientas las veces que este bergante ha pasado esta noche… ¿Qué tenemos de nuevo?… ¡ea!, sentáos. Aquí tenéis un canapé más blando que las nubes, donde podéis esperar dos siglos sin que os pese…

El capitán se descubrió y fue a tomar el puesto que el anciano le designaba.

La luz de los velones de cera que ardían en palmatorias de oro sobre la mesa, dio de lleno sobre aquel personaje.

Era un gentil mancebo soberanamente simpático. Su frente algo pálida, elevada y luminosa, contrastaba con la negra cabellera que caía en anchos rizos cubriendo la oreja y derramándose por los hombros. En el fondo de sus ojos brillaba un no sé qué de dulce y sombrío a la vez, abierto y profundo, fascinador y terrible. La nariz era perfecta, y debajo del bigote que sombreaba los labios, se veía cierta sonrisa triste como la de Harold; y amable, y al mismo tiempo varonil y audaz como la de Tenorio.

Las calzas rojas, los borceguíes de ante, ajustados con cordones de plata, el gambaj de finas y relucientes mallas, ceñido por un talabarte de medallones de acero, de donde pendía la espada con puño de piedras preciosas, y, en fin, un ferreruelo de color oscuro, que echado sobre la espalda recogía la luz sobre aquel conjunto, daba realce a la figura del capitán Francisco de Medina.

El anciano empuñó los dos brazos de su sitial, y se deslizó sentado hasta poner sus rodillas casi unidas con las del capitán.

—Y bien, caballero —dijo entonces—; no será malo que empleemos estos momentos en cosas que nos atañen personalmente. Os necesito yo también.

Medina miró al anciano con cierta extrañeza.

—Os necesito, sí… necesito un hombre de cabeza firme, de puños de hierro, valiente y hermoso como vos, como vos casi desconocido en el país, cubierto de gloria, y extrañó a los manejos de esta canalla. ¿Queréis servirme?…

—Hablad —replicó Medina tomando hasta entonces interés en las palabras que le dirigían.

—¿Podré fiarme de vos con entera confianza?

—¡Caballero!… Haced lo que os plazca: pero no comencéis ofendiéndome… ¿os obligo acaso a que me confiéis vuestros secretos?…

—¡Perdonad!… pero es tan grave lo que voy a deciros… estoy tan acostumbrado a no ver más que traiciones en todo lo que me rodea, y he visto tantas veces asomar la perfidia bajo rostros casi tan nobles como el vuestro, que…

—¡Diablo!, ¿pretendéis desesperarme?, ¿quién me conoce mejor que vos, Zárate?, ¿a quién, como a nosotros, une un lazo más estrecho, y qué amistad está garantizada con los secretos que mutuamente nos guardamos, y los favores que he recibido por vuestra influencia?

—Esperad —dijo Zárate abandonando su asiento—; dejadme explorar las avenidas, y os diré cómo andan los negocios.

Acercóse entonces a una puerta que había sobre el costado del aposento, la abrió un poco, y sin soltar la perilla del marco, metió la cabeza y registró con la mirada y el oído la sombra de la pieza inmediata. Algún murmullo; el tronar de un mueble; un eco producido por la misma puerta al moverla; el roce de los cabellos en el marco; tal vez las palpitaciones de su corazón, parecieron a Zárate los pasos de una persona, y no seguro de que aquel ruido fuera imaginario, quiso registrar y penetró en el aposento. La mampara se cerró de golpe.

Medina se volvió con ademán irritado hacia el punto por donde Zárate había desaparecido, y dando en el suelo un fuerte golpe con el pie, lanzó varias y tremendas imprecaciones. Después prosiguió:

—¡Menguados quedamos!, ¡perder estos momentos tan preciosos por este viejo testarudo que no dejaría de revolver papeles, aunque estuviera en los infiernos!… ¡Diablo de bestia!… andar en vela espiando cuatro noches la ausencia de ese otro caribe, y venir y exponerse a un mandoble… ¡vive Cristo!, ¡y exponerse a no volver a topar una ocasión como esta!… y luego… ¿qué será este misterio?, ¿ni qué me importan a mí todos los negocios del universo, mientras no se arreglen los míos? ¡Vaya!, ¡vaya!…

A este tiempo apareció en la puerta del corredor un hombre de bigotes canos, con rostro socarrón, y con un vestido viejo a la flamenca. Era Zapata.

—¡Señor!… —dijo con voz tímida.

El capitán volvió la vista, y una cólera indecible crispó sus facciones.

—¡Solemne bergante! —gritó, si es que puede gritarse en voz baja. Y adelantando con paso rápido hacia el pobre diablo, que sentía le temblaban las piernas, le asió por una oreja, retorciéndola como una clavija. Zapata, parado sobre la punta de los pies, y más derecho que una pica, cerraba los ojos al dolor, y torcía su boca hasta querer morder la mano que le torturaba.

—Señor —decía el infeliz—, reparad en que me vais a desnudar el casco… ¡Por Santiago!… si me escucha vuesa merced, verá que me asisten mil razones… ¡Esperad!… ¡esperad!… voto a… oídme siquiera.

—Y cómo no te estrangulo, bribón, fementido… ¿Por qué no me dijiste que doña Luz no estaba sola?…

—Pero suelte vuesa merced… señor…

—¿No hablas?

—Os lo diré todo, señor… pero…

—Vamos, canalla —dijo Medina soltando al fin la oreja, que conservó, como si fuese de goma, las horribles inflexiones que le imprimieran sus acerados dedos—. Habla.

—Pues, señor… pero, ¡ay! —exclamó Zapata interrumpiéndose con un suspiro—; ¡sois malo, a fe mía, con vuestros servidores!, recibirme como no lo hubierais hecho con el último de vuestros lebreles; ¿y todo, por qué?… por un olvido, por una de esas equivocaciones que todo hijo de cristiano está expuesto a cometer sin… ¡Up!… ¡up!… ¡por el rabo de mi suegra!… ¡señor!

Medina, sin pronunciar una palabra se había vuelto a apoderar de la infeliz y maltratada oreja de Zapata.

—¿Hablarás por fin?

—Con toda el alma, señor… ¡pero soltad, o por la Virgen, tomáos de la otra…!

Medina soltó.

—Pues señor, como iba yo diciendo, mi señora doña Luz me dijo que esta noche… ¡Dios mío!, siento que se me escapan las tripas por el oído…

—¡Adelante!

—Mi señor Estrada, su esposo…

—¡Adelante!

—Tuvo que salir…

—¡¡Adelante!!

—Y yo…

—¡¡¡Adelante!!!

Zapata miró al capitán Francisco de Medina, como se mira a un animal raro, y exclamó con naturalidad:

—¡Por vida mía, señor!, ¿pues cómo queréis que hable?

Medina conoció su imprudencia y animó a Zapata con una mirada menos fiera que las que había despedido hasta entonces.

—Vamos, despáchate —le dijo.

—Decía yo —continuó Zapata medianamente restablecido—, que mi señor Zárate fue el que me encargó que viniéseis, y no mi señora doña Luz. Os dije: «Os esperan esta noche»; pero, ¡qué diablo!, sois tan violento, que sin oír más explicaciones os marchásteis, dejándome con la palabra en la boca…

—¿Y hoy, al entrar, por qué no me observaste?…

—Porque era natural…

—¡Chitón!

Aquí fueron interrumpidos por la vuelta de Zárate, que apareció, más pálido que los difuntos.

—¿Habéis concluido ya? —le preguntó Medina.

—Sí —repitió profundamente Zárate—; ¿y vos?

—También —repuso el capitán dirigiéndose al estrado, y despidiendo con un ademán a Zapata.

—El diablo me protege —dijo éste—, y dando un salto de alegría, se alejó por el corredor, descendió las escaleras en dos trancos, y llegó al zaguán, donde un caballero le esperaba.

—¿Qué hubo? —preguntó éste con marcada impaciencia.

—Por hoy, nada —replicó Zapata.

—¡Cuerno!… llevamos quince días de lo mismo.

—Tened paciencia; os he prometido que la veréis, y la veréis aunque se opongan todas las lanzas de Castilla. Tal vez mañana…

—¡Mañana!… ¡mañana y siempre mañana! Ímpetus me dan de emprender un asalto.

—¡Cuidado!

—Mataría yo a Estrada de una vez… ¡Ah!… pero es un amigo… y…

—Tanto, que queréis partir el tálamo…

—¿Qué quieres?, ¿a quién no trastorna doña Luz?… ¿quién la resiste? ¡Ah!, ¡y me aborrece tal vez!… ingrata…

—¡Quiá!, yo la conozco a fondo, y me atrevo a aseguraros que seréis feliz con un poco de constancia.

—Dios lo quiera —murmuró el caballero dirigiéndose al portón—; yo trocaría mi fortuna y mi juventud, y aun daría mi sangre por una sola de sus caricias… ¡Ah!, y de que pienso en ese maldito capitán… ¡canario!… ¡ya lo veremos!… ¡ya lo veremos!… no quiero hablar de esto… que pases feliz noche.

—Dios os guíe, don Andrés… ¡Ah, dispensad!… ¿no se os ofrece nada?…

—¡Voto va!, me olvidaba —dijo el caballero sacando un brazo de la muceta, y alargando a Zapata un puño de ducados—; ahí tienes mientras… ¡adiós!

—Él os bendiga, señor Tapia.

Cuando el llamado Tapia se hubo retirado. Zapata, sin cerrar el portón, corrió a una pieza, que era sin duda la portería. Encendió luz, y levantando la cortina de una puertecilla que había en el fondo:

—Podéis salir, señor —dijo.

Y un nuevo caballero, perfectamente arrebujado en su capa, y oculto el rostro por las anchas alas del sombrero, se destacó de aquella puerta, cruzó con rapidez delante de Zapata, y salió por el zaguán con la mayor cautela.

—Id con Dios, señor Chirinos —dijo Zapata cuando se vio solo—; puso después su farolillo en el umbral de la puerta, y fue a tenderse en su camastro murmurando palabras ininteligibles.

12. Los misterios de Zárate

Medina y Zárate volvieron a sus asientos. Éste clavó en el capitán una mirada sostenida y profunda, semejante a la que el caballo, espoleado por el jinete, clava en el fondo tenebroso antes de salvar el abismo.

—Creo —dijo cuando se hubo satisfecho de su examen— que si alguna circunstancia nos impide arreglarnos, podré confiar en vuestra caballerosidad, sin temor de que divulguéis lo que me veo precisado a deciros.

Medina respondió con un ademán que pudiera traducirse con estas palabras:

—Estamos convenidos —y fijó a su vez una mirada penetrante en el rostro de Zárate.

—Pues bien —añadió éste—; tiempo ha, como lo veis, que las personas a quienes el rey confía la autoridad, se agitan en innobles rivalidades, que aunque secretas hasta el día, se harán públicas mañana con gran escándalo del reino, y lo que es peor, con peligro de todos los que estamos entre un pueblo que aún tiene fuerza, y tendrá la habilidad de aprovecharse de estas discordias que nos debilitan. Esto es seguro. Viven aún formidables caudillos aztecas; existen todavía millones de indios resueltos, avezados a la lucha, y que llevan en su seno esa llama que hemos alimentado con los escombros de su patria y con los cadáveres de sus hermanos. Nos odian a muerte: humillados por cien derrotas, pero no vencidos, se agitan bajo nuestras plantas; y nosotros, puñado miserable de extranjeros colocados sobre ese mar sin fondo, necesitamos la pericia del piloto y la severa disciplina de la tripulación, para que el pobre esquife no se hunda en las olas con el depósito de la conquista; pero hay quienes despreciando las terribles consecuencias que traerá consigo la desunión, y no teniendo más objeto que su rápido engrandecimiento personal, se oponen a las medidas salvadoras, pues ven en ellas un obstáculo a sus proyectos ambiciosos; y a trueque de verlos realizados, romperán los valladares de la ley, y el lazo débil todavía que sostiene nuestras cabezas.

Esos hombres están colocados en el poder por sus intrigas en la corte. Todo se pierde si no arrebatamos de sus manos el instrumento fatal de nuestra perdición. Cortés, el único que puede contener las pasiones que se desbordan, está ausente, y lo estará tal vez por mucho tiempo. Quedan, no obstante, hombres que más de una vez han dado pruebas de valor, de firmeza y de sabiduría, bastante desinteresados, y que poseen la confianza del rey, y son temibles a los salvajes del Anahuac. Confiémonos en ellos, Medina, porque os repito que el peligro es de muerte.

—¿Y podréis decirme quiénes son los traidores?

—Sin duda: ¿pero no lo adivináis?

—No acierto…

—Vais a saberlo.

Zárate metió la mano en el bolsillo y sacó un papel que entregó a Medina.

—Leed —le dijo—; no temáis hacerlo en voz alta, estamos solos.

Medina leyó con algún trabajo lo siguiente:


Fray Roque:

Venid al instante, porque aún pienso utilizar esa rara habilidad política de que acabáis de darme tan perentorias pruebas. Ya va por esos mundos nuestro famoso capitán, a ser comido de caribes, o a perecer con todos sus guerreros en las infernales comarcas del vómito, de los zancudos, de las cuartanas y de otras cositas que ha puesto allí el diablo para librarnos de ese aventurero y de su gente…
 

—¿Don Fernando?… —dijo el capitán.

—Sí, don Fernando.

—¿Pero es posible que…?

—Seguid, seguid… luego hablaremos.

Medina continuó:

… ¡Ya escampa, fray Roque! Permitidme que os felicite y que os pida perdón por haber osado sospechar un instante de vuestra merecida fama. Nunca pude figurarme que lográseis infundir el veneno de la ambición en el ánima de ese mentecato de Olid; pero hele ahí rebelado contra su señor, y he ahí al señor atravesando cosa de quinientas leguas para… Sois Satanás, amigo mío; pero sois amable y vivaracho como el príncipe del Averno, y merecéis sentaros en el trono de Carlos V. ¡Haber mandado a nuestro Aquiles a los límites, digamos así, del universo! ¡Habernos sacado del vientre al culebrón que nos tenía inmóviles e histéricos! ¡Esto es sublime!… ¡Sois el fraile más encantador que conozco! La fuerza de gigantes que era necesaria para aventar lejos de aquí a esa chusma de veteranos cubiertos de hierro, sólo podía encontrarse detrás de esa frente… Pero tiempo tendré para deciros más piropos. Lo que importa, padre, es que vengáis al instante. Salazar y el buen hombre de Pero Almindes han aparecido por acá, lanza en ristre y con la visera calada, para disputarnos la dama. Venid, fraile mío, venid volando, porque el negocio va que vuela. Y recibid el entrañable amor de vuestro, etc., etc., etc.—Alonso Estrada.

Medina se quedé pensativo.

—¿Sabéis ya quiénes son los traidores? —dijo Zárate.

—Sí, a fe… comprendo la treta perfectamente. ¿Y qué pensáis hacer?

—Pensamos… pero no tenéis derecho al secreto de nuestros planes. ¿Olvidáis que espero vuestra resolución?

—¡Ah!… tenéis razón. Os prometí guardaría el secreto, y cumpliré mi palabra… ahora os digo que no puedo ser, ni tengo voluntad de ser uno de los vuestros.

—¿Dudáis del éxito?

—No. Sé que donde estáis vos ha estado siempre, si no la justicia de la causa, por lo menos la seguridad del triunfo.

—Ambas, caballero…

—Sea; pero ya sabéis que todo lo tengo presente para marcharme a la América del Sur, en busca de la fortuna que en México me niega la suerte. Allí ganaré honra y ducados, pero sin mancharme con sangre de hermanos…

—¡Voto va!, estáis soñando, señor Medina, o como os llamáis: ¿qué tiene que ver con todo esto la sangre de vuestros hermanos?, ¿habéis creído que se trata de lanzadas, señor bravo?, ¿y qué diablos habláis ahí de vuestra fortuna?, ¿creéis que el bolsillo de Salazar se negará a vaciar tesoros en el vuestro, si consentís en servirnos? Lucido quedaríais con ir a la América del Sur, de donde no sacaríais sino pedradas, cuando aquí os esperan marcos de oro, sin más trabajo que el dejar que os ame una mujer…

—¿Qué?… ¿qué decís? —replicó Medina con viveza—; sed más explícito.

—¿Queréis?

—¡Por Cristo!, si el asunto es tan fácil como decís, nomás estoy pendiente de las condiciones.

—¿Os humanizáis?

—Mirad; no dudo que esa carta que acabamos de leer está escrita por Estrada, y que Cortés será la víctima de esos enredos. Aquí no hay traidores, o en caso de haberlos, Estrada y vosotros sois todos traidores…

—¡Capitán!

—Entendámonos: aquí no existen los peligros que me pintábais, hace rato, con tan negros colores. En el fondo de vuestro pensamiento os reís, como yo, del campanudo y frío discurso que habéis improvisado, sin acordaros de que somos conocidos viejos…

—¿Tan campanudo como vuestra heroica respuesta, viejo amigo?

—Acaso más…

—Me lisonjeáis… Proseguid.

—¿Por qué cubrís con antifaz vuestros fines? Estoy cierto que la ausencia de don Hernando no es menos agradable al tesorero Estrada que a vosotros.

—¡Malévolo!

—Claro; queréis excluir del gobierno del país a mis buenos amigos y señores Estrada, Zuazo y Albornoz. Sabéis que el tesorero no tiene más apoyo que mi espada, y puesto que no podéis deshaceros del pobre capitán Medina, queréis sobornarle…

—¿Y qué queréis que hagamos, hijo mío?

—¿Qué? Saber el precio de Medina.

Sum caique. Pedid lo que gustéis.

—En primer lugar, dinero.

—Le tendréis.

—En segundo lugar…

—¿Más dinero? Le tendréis igualmente.

—No. A eso vamos; pero necesito adquirirle por mis manos.

—Pedid, os he dicho.

—Quiero ser encomendero.

—Arreglados.

—En tercer lugar…

—¿A dónde vais, joven?

—A mi provecho, como vosotros.

—¿Bien?…

—En tercer lugar… tenéis agentes en la corte, ¿no es cierto?

—¿Agentes?…

—Vamos, no os hagáis el tonto; nosotros los tenemos también, y conozco a fondo el negocio.

—¡Por vida mía!, joven. Sabéis tanto… que pudiera seros peligroso…

—¡Bah!, ¡tratáis de intimidarme!…

—¡Dios me libre! ¿Decíais?

—Veréis si yo regateo cuando me toque la ocasión: sed menos avaro, y haced que mientras catequizo a mis indios, me consigáis por allá por la corte…

—Os comprendo.

—Me alegro.

—Igualmente. Vamos a tener sendas penalidades para conseguiros el título; pero nada omitiremos, porque…

—Porque no me entendéis, o no queréis entenderme.

—No me precio de lince… acaso me apresuré…

—Quiero asociarme con Salazar y Chirinos.

—¡Qué escucho!… pretendéis el gobierno…

—¡Vaya!, ¿me creéis con poca garra para esquilmar al país, o con menos valor que esos señores, para descuartizar al pobre diablo que se resista a mis decretos?

—Hablemos seriamente, señor Medina.

—¡Qué!, ¿vos habláis de chanza, señor Zárate?

—Quise decir que vuestro precio es tan exagerado…

—¿Y no me habláis de mis servicios?

—Es cierto; pero serán tan insignificantes los que se os pidan… que no merecen en verdad.

—¿Insignificantes? ¡Y no tenéis en cuenta mi silencio!… con una palabra…

—¡Cómo! ¿Seríais capaz de publicar lo que he tenido la debilidad de confiaros?

—¡Bah!, punto menos.

—¡Picarillo!, ¿y si yo denunciare a vuestro futuro suegro, que sois afecto a lo ajeno más de lo que conviene a un jefe de milicias? Y si yo dijese en voz alta, para que me oyera Cortés, quién dio el veneno a doña…

—¡Callad, por Dios! Pueden oíros…

—Creo que estamos arreglados.

—Estamos arreglados.

—Lo celebro, y voy a daros una prueba de mi contento. Tendréis dinero, tendréis la encomienda para que exprimáis a los indios hasta que suden oro; y además, cueste lo que cueste, gestionaremos en la corte para vuestro nombramiento.

—¡Oh!, no sabéis lo que os debo, Zárate. Mandad ahora que me arroje al infierno.

—Precisamente, amigo mío; pero no os echaréis de golpe, no; podríais estrellaros antes de tiempo esa gentil cabeza que es tan importante. Os iréis al infierno, pero con calma, paso a paso, y arrastrando suavemente con cadenas de flores.

—Al grano.

—Al grano. En primer lugar vais a enamorar a una dama…

—Si admite…

—La haréis admitir, o perderéis vuestros emolumentos…

—Adelante —dijo Medina con impaciencia.

—¿Y seríais capaz?… No repararíais en pelillos…

—Aunque fuera la Virgen.

—¿Aunque fuera la mujer de Estrada?

—¡Doña Luz!

—Sí.

—Lo creo difícil… pero en fin…

—En segundo lugar… debió ser el primero… romperéis con Estrada, le quitaréis el apoyo de vuestras lanzas.

—Adelante.

—En tercer lugar… debió ser el segundo… os insultará Tapia, y vos que no consentís caricias en el lomo…

Zárate completó la frase con uno de esos ademanes que, según cuentan, usaban los jueces jacobinos; y el capitán Medina contestó con otro que, también cuentan, usaban los verdugos para indicar que habían comprendido.

—Corrientes —dijo Zárate—; pero es necesario daros ligeras instrucciones acerca de lo que debéis hacer con vuestro amor.

—¡Quiá!

—Picarillo… no es eso… se trata simplemente de que sea por dulzura, sea por otros medios que tú sabes, hagas te confíe los secretos de su marido, y me elijas por confidente.

—Bien.

—Pues hijo mío, te deseo buena noche —añadió Zárate presentando una mano al capitán Medina, que éste estrechó con las dos suyas—. Mañana tendrás oro, pasado tendrás tu encomienda, y pasado escribo para Europa, con el objeto que sabemos. En cuanto a doña Luz, puedes comenzar cuando te parezca; pero que no pase de mañana. ¡Ea!, capitán, feliz noche.

Medina bajó las escaleras diciendo para sí:

—Enamorarla, eso no importa, puesto que ya la tengo enamorada; pero romper con su marido cuando esa amistad era el pretexto para acercarme a doña Luz… ¡cuerno!… ya… me colaré a la casa por la rendija de una puerta: además ya tengo andado casi la mitad del camino… Y este Tapia… el diablo me lo pone delante, y puedo maniobrar ya impunemente… ¡Ah!… ¡y mi oro!… ¡y mi gobierno, es decir, más oro!… ¡Ea!, imbécil, ¿no me oyes?… ¡te alzaré de una oreja!

Estas últimas palabras eran dirigidas a Zapata que roncaba cerca de su puerta, y que al oír la voz del capitán, dio un salto prodigioso y dijo temblando:

—¡Señor!, no he tenido la culpa… cuando entrabais…

—¡No se trata de eso, animal!, abre, y espérame mañana en Tlaltelolco, en la casa de Obregón, porque tengo que hablarte. ¡Adiós!

Zapata tomó su farolillo y acompañó a Medina hasta la puerta.

Poco después la casa estaba hundida en el silencio.

13. De lo que pasaba en la casa del señor Tesorero mientras éste se ocupaba en cuestiones políticas

Chirinos, fiel a su promesa, y consecuente sobre todo a sus planes de dominación, negoció con su compañero Salazar la asociación de Albornoz en el gobierno de la Nueva España. Albornoz estaba ligado con Estrada, y éste con Zuazo, no por amistad, pues habían dado grandes pruebas de su mutuo aborrecimiento, pero sí por la comunidad de miras, y por la guerra sin cuartel que habían jurado todos a Salazar y Pero Almindes. En consecuencia, Estrada fue el poder llevando como de la mano a sus dos antiguos compañeros. No tardó en producir sus resultados esta colisión de personas igualmente ambiciosas. Suscitóse una ruidosa disputa acerca de la legitimidad de los poderes. Hubo juntas donde las declamaciones y los gritos apagaban la voz de la ley, y donde graves personajes, desesperando de los recursos oratorios, se valieron de los denuestos más soeces, trayendo la cuestión hasta el extremo de echar mano a las espadas. Iba a correr sangre, cuando Rodrigo de Paz, pariente de Cortés, depositario de sus bienes, temido y respetado por todos, tomó parte en el asunto, amenazando a los furiosos litigantes; y como era grande su influencia, logró poner sosiego en medio de estas discusiones tumultuosas. Propuso que se nombrase un juez imparcial a cuyo fallo debía someterse la validez de los poderes. Era acaso lo mejor; pero el hombre de conciencia, designado para sentenciar en el pleito, sacado precisamente de donde no podía esperarse más que parcialidad y aleves intenciones, decidió que todos aspiraban con iguales derechos a la felicidad de la nación, y que todos cinco, Estrada, Salazar, Chirinos, Albornoz y el mismo Zuazo, debían armonizarse para gobernar juntos los negocios del reino. Ni un murmullo se levantó contra esta sentencia. Los gobernadores, obligados de antemano por un juramento, quedaron conformes en la apariencia, y cada cual se retiró con la sonrisa en los labios; mas prometiendo en sus adentros romper de cualquier modo aquel pacto tan opuesto a sus esperanzas… pero ninguno adivinó que Rodrigo y Zuazo, por encargo de Cortés, los unían a todos para que todos se perdieran.

Expiraba el mes de marzo de 1525.

Hallábanse reunidos Zuazo, Albornoz y Estrada, en la casa de este último, en una sala extensa, cubierta por ricos tapices y alumbrada apenas por una lámpara de plata. Fraguaban seguramente ciertos planes relativos a la perdición de Salazar y Chirinos; pero nos vemos precisados a desatender su conversación, para escuchar otra más animada, que dos personas sostenían en la puerta que daba sobre la escalera:

—¿No ha venido el capitán? —decía la conocida voz de Andrés Tapia.

—Quedó en verse a las once con mi señor… —replicaba Zapata.

—¿A las once?… ya dieron… seguramente no vendrá.

—Creo lo mismo; pero si una casualidad…

—No importa, yo tomaré mis precauciones. ¿Adónde está doña Luz?

—Está en su alcoba… pero…

—¿Pero qué?

—Si os encuentran a estas horas, soy hombre perdido. Estrada sospecha que no andáis en buenos pasos para con la señora…

—Lo sé… ¿mas no dices que está con Albornoz?

—Sí…

—¡Ea!, pues anúnciame.

—¡Señor!, ¡vais a perderme!

—¡Bribón!, ¿pretendes estafarme todavía?

—No es eso, señor… bastante recibo por mis malos oficios: si me ofreciérais…

—¿Qué?…

—Tomar, como decíais hace poco, algunas precauciones… digo… es decir… ¡qué diablo!… quien… un marido es cosa respetable… y sobre todo, nadie se avergüenza de…

—Basta; sé lo que quieres decirme, y en este asunto no reconozco superiores… anúnciame.

Un momento después de estas palabras, Andrés de Tapia tomaba asiento en una especie de antesala perfectamente iluminada. Nos importa conocer esta pieza: tenía tres puertas: una, la entrada por el comedor; otra en el fondo, cubierta por una vasta colgadura, y que daba a un gabinete, alcancía tal vez del señor tesorero, cerrada casi siempre con llave. La tercera puerta, colocada en el costado izquierdo, daba sobre una extensa galería que comunicaba con las habitaciones interiores. Por esta puerta apareció doña Luz con la mirada ansiosa y el seno palpitante.

Piel tersa, blanca y ligeramente sonrosada, garganta divina, cintura leve, cuerpo elegantísimo, boca seductora, ojos indescriptibles, manos de niña, etc., etc.; tales son los pormenores más notables de la mujer del tesorero. Su asombro al ver al capitán difundió nuevo encanto en la expresión de su fisonomía.

—¿Sois vos? —preguntó, dejando conocer el timbre de una voz angelical, y murmurando poco después—: ¡Dios mío!, si llega Medina…

Tapia se puso en pie, y sin poder disimular su turbación, adelantó algunos pasos, con la mirada fija en el pavimento.

—Yo soy, señora —dijo—; sé que os es molesta mi presencia… que pongo en peligro el justo aprecio con que os mira vuestro esposo, si me sorprende en este sitio… o más bien… sé que mi vida… pero mirad… la vida… en fin, yo estoy aquí.

—¡Por Dios, Tapia!, si me tenéis en algo, si algo valen las súplicas de una mujer que os aprecia… idos; no esperéis a que salga Estrada… Por mí… por lo que más améis sobre la tierra.

Los ojos suplicantes de doña Luz despedían tan dulce brillo, y por sus labios entreabiertos vagaba tal sonrisa irresistible y doliente, que Tapia, tomando su sombrero y lanzando a la dama una mirada melancólica, respondió conmovido:

—Me iré, señora… sí… me iré, porque vos lo ordenáis; pero escuchad mis últimas palabras: os amo, os idolatro con locura. Si no me dais una esperanza, sea cual fuere, aunque la aplacéis hasta el fin de los siglos, me estrello el cráneo a vuestras plantas.

—¡Deliráis… Tapia…!

—Sí, por vos que sois el fanal de mi ventura; por vos, que, ingrata a mi cariño, inmóvil en presencia de mis lágrimas… ¡Canario!

Se oyeron pasos precipitados en dirección de la escalera. Doña Luz se hundió en la galería, y Tapia arañaba las colgaduras, cuando apareció Zapata despavorido y exclamando:

—¡Vienen!, ¡vienen!, ¡ocultáos!…

—¿Pero quién?… ¿por dónde?…

—Medina… Estrada… por allí… pronto… acordáos de lo prometido…

—Pero, ¡con mil diablos!, ¿adónde me oculto?

—Ahí, mirad —replicó Zapata empujando al capitán hacia el cortinaje de la puerta—. Aquí estáis perfectamente cuidado.

Tapia se ocultó sin pronunciar una palabra, porque el valor abandona a los hombres cuando conocen la justicia. El otro volvió a descender por la escalera. En el pasillo dio de bruces contra el capitán Medina.

—¡Eh, zopenco!

—Podéis entrar, señor…

—¿Estrada?…

—Está en este momento con el señor contador…

—¡Zape!… ¿y hace mucho tiempo?

—Hará dos horas.

—No importa. Vigila, y avísame cuando se despidan.

Medina acabó de subir y entró a la misma pieza donde hemos visto a Tapia. Un rostro que no era el de la mujer del tesorero, asomó cautelosamente por la puerta de la izquierda y contempló algunos instantes al capitán Medina, que en pie y en medio de la habitación, revelaba en su actitud una impaciencia mezclada de temor.

Luz volvió a aparecer tendiendo al capitán su mano agitada por un temblor imperceptible, y recorriendo el aposento con miradas inquietas.

—¡Os habéis atrevido! —exclamó al entrar.

—Sí; me precisa hablaros; no puedo esperar por más tiempo, y he aprovechado esta ocasión…

—Esperad un momento… —respondió Luz señalando un sitial a Medina; y dirigiéndose a la puerta gritó:

—¡Zapata!

—¿Mandáis algo, señora?

—¿Salió Tapia?

—Sí, señora.

—¿Por dónde?

—Por la escalera del jardín.

—¿Le vio Medina?

—No, señora.

—¿Se fue ya el contador?

—No, señora…

—¡Basta!, no os alejéis de este lugar, y avisadme…

Cuando Zapata vio que doña Luz entraba cerrando tras de sí la puerta, exclamó:

—¡El cielo me valga!, no hay duda que tendremos una de tirios y troyanos… y ¿qué será de mí si se encuentran esos caballeros feroces?… y como ambos me pagan, y ambos me han amenazado… ¡Jesús!… ni pensarlo… pero no, ambos se temen… ¡pero Tapia!, ¡ese Tapia!… que sin duda presenciará… ¡Ea!, si escucho el principio de la danza, tiempo tengo para escaparme.

—No, Medina —decía entretanto doña Luz al capitán de este nombre—; lo que exigís de mí es una cosa horrible; os he dicho ya que no puedo complaceros, porque aparecería odiosa a vuestros ojos. Os he sacrificado mi dulce tranquilidad de esposa; ¿queréis que os sacrifique mi alma?… ¿queréis hacerla descender de las regiones puras donde se ha remontado con vuestro amor, para hundirse en el cieno de negras traiciones? No, Francisco… no puedo aceptar el vil oficio que tenéis la crueldad de proponerme.

—Tomáis las cosas al repelo…

—¿Pues cómo queréis que traduzca vuestras palabras?, ¿no es una perfidia sin igual acariciar a un hombre, seducirle, hacer que deposite en mi seno sus más íntimos secretos, de los que pende su fortuna y tal vez su existencia, y después venderlos a sus enemigos?… ¡Ah!… y vos queréis eso, y queréis que yo sea… ¡Dios mío!… nunca… me lleno de horror sólo al pensarlo…

—¿Me amáis?

—¿Y tú me lo preguntas, Medina?

—¿Me amáis?

—¿Lo dudas?

—¿Me amáis?

—¡Cielos!, ¿por qué me miras de ese modo?

—Necesito una respuesta…

—¡Te adoro!…

—Necesito una prueba.

—¡Ah!… presiento lo que vais a pedirme… pero esa no sería prueba de amor, sino remate de mi infamia…

—¡Por el rabo de!… ¿persistís en creer que os propongo una infamia?… aunque lo fuera; pedidme a mí una cosa semejante, peor; crímenes, negruras satánicas, pero que puedan aprovecharos de cualquier modo, y veréis si no vendo el honor, y la vida, y la salvación eterna por serviros… Y es que os amo, Luz, de una manera inexplicable, inmensa, inaudita. En mí, llenáis con vuestra imagen pura los ámbitos de un vacío inmenso que, sin vos, ¡ay de mí!, se llenaría de horror y de sombras…

El rostro hermosamente horrible de Medina se ciñó con resplandor siniestro al pronunciar estas palabras. Algo afilado, traidor, feroz, amenazó desde sus pupilas a la joven, que retrocedió amedrentada.

—Sí, o no —añadió Medina después de un rato de silencio.

Luz, movida bruscamente por aquella severa intimación, se sorprendió primero; después, dulcificando su semblante, y colocando sobre el corazón la mano de Medina, dijo:

—¿Te empeñas en atormentarme? ¿Quieres que también se llene con sombras la parte no profanada de mi alma, donde guardo, como la vida, tu cariño?

—¡Alerta! —gritó a este tiempo, casi en sus oídos, la voz vigilante de Zapata.

Medina dio un salto; doña Luz oprimió con fuerza la mano que tenía entre las suyas, y quedó como el mármol.

—¡Vienen hacia aquí! —volvió a decir Zapata con el trabajo de un agonizante.

En efecto, varias voces y muchas pisadas resonaban por el extremo del corredorcillo.

—Ocultáos aquí —dijo doña Luz a Medina señalando la puerta del gabinete, y rozando con la extremidad de su mano, el fleco de las colgaduras.

Medina permaneció inmóvil.

—¿Qué hacéis? —añadió doña Luz.

—Ya lo veis, quedarme sentado.

—Medina… ¡por el cielo!, aventuráis un lance…

—A nadie temo.

—Daremos un escándalo… habéis roto con Estrada, y no hay pretexto que baste a disculparos…

—Nada importa.

Los pasos eran más cercanos.

—¡Dios mío, qué hago! —decía doña Luz casi a los pies del capitán—; ¡por compasión!, no queráis hacer pública mi deshonra.

—¿Os empeñáis?

—¡Por las cenizas de vuestra madre!…

—Entonces, responded a la pregunta que os he hecho.

—Yo…

La puerta de la entrada se abrió entonces ligeramente, y asomó el brazo de Zapata, que no pudiendo hablar ya, ponía en las contorsiones de su mano, la horrible impaciencia que se agitaba en su pecho.

Luz, verdaderamente mortal, cayó de rodillas implorando la compasión de Medina.

—¡Sí, o no! —volvió a decir éste con una calma superior al peligro que les amenazaba.

—¡Sí!, ¡sí!, todo lo que gustéis —gritó Luz—; pero venid… venid pronto…

—¿No me engañáis por el temor?

—¡No!… ¡os lo juro!

—Bien —dijo Medina levantando una punta del cortinaje—, temedlo todo si os burláis de…

—¡Entrad!…

Medina se ocultó, doña Luz huyó por la galería con el vuelo silencioso de las aves nocturnas.

Ya era tiempo. La puerta se abrió de par en par, y apareció el señor tesorero, seguido de Albornoz y de Zuazo.

—¡Ja, ja, ja!, ¡vaya un lance gracioso! —exclamaba este último, cual si el espíritu maligno que presidió sin duda las escenas anteriores, acomodase estas palabras a la angustiada situación de nuestros personajes.

—¿Os da risa, señor licenciado?

—¡Cómo no!, con razón está el hombre que le sale fuego por los ojos… ¡ja, ja, já!, ¡pobre señor Chirinos!, la llevó como una corona de amapolas… ¡pobre señor Chirinos!… pero queréis explicarme… ¿finge tan bien esa diablo de mocozuela, o Chirinos ignora por ventura que la voz de Isabel es más armoniosa que la de Sara?

—¡Bah! —replicó Albornoz—; ¿y quién pone cuidado en ligeras diferencias musicales, cuando el vapor de Baco se le ha subido a las narices?

—Y el del amor —añadió Estrada—; ¿qué más queréis?, con eso basta…

—¡Hola! —dijo Zuazo—, conque el señor veedor iba con la cabeza al aire… pues cómo pudo…

—¿Cómo? —repitió Estrada—, ¿cómo?, perfectamente: la chispa no quita los recuerdos, y si es ligera, no desvanece los juramentos.

—¡Oh, oh!, este fray Roque es un portento, camaradas. En fin, debe ser media noche, y será prudente que nos retiremos. Dadme los legajos…

—Bien… ¡Zapata!

—¡Señor!

—Pedid a doña Luz las llaves de mi escritorio.

—La señora se ha recogido.

—Ved si las ha dejado en el armario.

Zapata se dirigió a las piezas interiores, mientras Estrada, tomando una luz del candelabro, se colocó a dos pasos de las cortinas. Iba a levantarlas seguramente, cuando apareció de nuevo Zapata, diciendo:

—No están, señor.

—¡Ea! —dijo Zuazo—; dejémoslo para mañana. Os enviaré temprano a Gil Rodezno.

—Sea.

Dicho esto, los señores se despidieron, y bajaron, guiados por Zapata que tomó la luz de manos de Estrada. Éste siguió paso a paso por el corredor, hasta perderse por su fondo.

14. Que por epígrafe llevará esta sentencia: «Quien tal hace, que tal pague»

Volvamos ahora adonde quedan Medina y Andrés Tapia. Cuando éste, después de haber presenciado la lucha que sostuvo doña Luz, vio que Medina, por una casualidad inesperada, vino a ocultarse al mismo sitio donde él se hallaba tan seguro, quiso meterse por la puerta que tenía a la espalda, pero fue imposible, y hallóse frente a frente con don Francisco de Medina.

Al vago reflejo que atravesaba las cortinas, se vieron y creyeron comprenderse. Guardaron profundo silencio hasta que el eco de los lentos pasos de Estrada se hubo extinguido completamente. Entonces una mano de Tapia rozó por acaso la de Medina, y las dos manos se estrecharon en la oscuridad, enroscándose con la fuerza de una cólera contenida.

—¡Esperad! —murmuró Tapia—; todavía no.

Y cada uno, con los ojos horriblemente fijos en los del contrario, y abiertos los oídos para recoger el más mínimo ruido, atisbaban, conteniendo la respiración, el instante en que fuera absoluto el silencio.

Nada se oía.

De súbito, Andrés Tapia se movió para levantar la colgadura; pero Medina, que esperaba un golpe, se lanzó sobre Tapia con la velocidad del relámpago, ciñéndole con sus robustos brazos. Tapia quedó con los suyos inmóviles. Medina temía soltarle, pues le suponía con el arma en la mano.

—¡Ah! —dijo Tapia sordamente—: así es como atacan los felones como vos, ¡infame! Salgamos.

—No —decía Medina conteniéndole—; vos sois el felón y el infame… vais a ver cómo castigo a los traidores.

—¡Soltadme, vive Dios!

—Soltáos si podéis…

Trabóse una lucha formidable. Tapia, que no puede hacer uso de los brazos, enreda una de sus piernas en otra de Medina, que se atiranta con la rigidez del hierro, mientras con los dedos, que apenas logran moverse, toca ya el pomo de la daga suspendida al talabarte de su adversario. Medina lo siente y quiere impedirlo asegurando aquella mano; pero tiene que aflojar un instante, y Andrés Tapia lo aprovecha zafándose violentamente y logrando pasar un brazo por tras el cuello de Medina. Éste se siente estrechado contra un pecho que a través del justillo manifiesta los toscos bodoques de una robusta musculatura. Su nariz se dobla, siente en los dientes el frío de los botones de acero, y escucha de cerca el corazón de Tapia, que resuena como el paso precipitado de un corcel en medio de la noche.

Así permanecieron algunos segundos; parecía que atesoraban fuerzas. Meditaban sin duda el golpe maestro que debía decidir el triunfo. No se veía nada; pero había espuma en los labios, mortal palidez en los rostros, y miradas que a la luz del día hubieran hecho espeluznarse a un habitante del infierno.

—¡Salgamos! —dijo a su vez Francisco de Medina.

Tapia no respondió; atrajo más y estrechó con más fuerza la cabeza que tenía asida. Retrocedió hasta donde pudo permitirlo el sitio estrecho en que se hallaba, y volviéndose repentinamente, dio tal impulso al cuerpo de Medina, que ambos rodaron por el suelo envueltos entre los pliegues de la colgadura. Las cortinas crujieron, se desgarraron y cayeron, cubriendo completamente aquel grupo siniestro. La flama de las velas se acható barriéndose por sus contornos, y la persiana quedó medio desvencijada al desprenderse, ostentando algunos temblorosos pingajos.

Oyéronse en este momento algunos pasos por la galería; poco después un golpe. Todo pasó desapercibido.

La lucha continuó debajo de las cortinas, sin ser posible adivinar quién de aquellos hombres tenía la ventaja. Un bulto informe, que hubiera parecido algún monstruo con piernas de hombre rebulléndose en sus pañales, adelantaba lentamente lanzando rugidos de furor y estremeciendo el aposento con sus pisadas.

Después se paró, como atacado por convulsiones epilépticas. A poco rodó sobre lo que parecía la espalda, y cambió de forma.

En el extremo delantero apareció un rasgón por donde asomaron, como lengua, los rizos enmarañados de una cabellera. Palabras que no tienen significado, apostrofes violentos, dichos con voz ahogada, y blasfemias sin nombre, salieron entonces por los labios de aquella boca tremenda, que iba ensanchándose por grados.

Siguieron los cambios de forma. Por la parte superior del bulto se levantó un cuerno, creció, traspasando lo que llamaremos la piel, y dejando ver una extremidad aguda y relumbrante. Aquella punta se deslizó con un silbido; su huella creció a lo ancho, dando paso al cuerpo del capitán Francisco de Medina.

Su semblante, oculto completamente por el cabello en desorden, se inclinaba descubriendo la oreja manchada de sangre. Debía ser el efecto de una mordida. Estaba montado sobre Tapia; una de sus manos aferraba la que éste tenía con un puñal, y la otra, en la que él llevaba un arma semejante, yacía casi estrangulada por la mano izquierda de Andrés Tapia.

—¿Os peso mucho, señor valiente? —dijo Medina, que apenas podía hablar de fatiga.

La respuesta fue un bote dado con un impulso sobrehumano. Los dos quedaron sobre el costado; pero ninguno soltó la canilla de su adversario.

—Ya lo veis —dijo Tapia—; si todos los bandidos pesaran tan poco, andarían por el aire.

—Me admira esa palabra en boca de un espía miserable…

—Sois un ladrón…

—¡Ah!, ya veréis si no me robo vuestra piel…

—¿Vos?… ¡ja!

—¡Yo!

Los esfuerzos se renovaron. Aquello era un delirio de muerte. La hoja de los puñales describía penosamente rasgos sesgados en el aire, buscando en vano el corazón, sostenidos por un puño negro casi bajo la presión de otro puño indomable. Medina, queriendo herir a toda costa y de cualquier modo, levantó la cabeza y dio con ella en el rostro de Tapia. Éste no pudo contener un gemido arrancado por el dolor; pero la ira le dio fuerza, y por una rápida maniobra quedó montado sobre el otro. Su nariz comenzaba a hincharse; dos hilos de sangre bajaban por sus barbas, huían por los pliegues del justillo y caían gota a gota sobre el pecho de Medina. El diálogo, sofocado, trémulo, jadeante, sombrío, volvió a reanudarse.

—¿Os fatigo mucho, señor ladrón?… —dijo Tapia, imitando el tono con que hacía poco le habían hecho la misma pregunta.

Medina quiso a su turno parodiar el bote de Tapia; pero no pudo hacerlo.

—¡Erre! —exclamó Tapia sin descomponerse.

—¡Miserable! —dijo Medina—; dad tregua a esta lucha de canalla, y combatid en orden… os permito que toméis vuestra espada.

—¡Hola! Sois generoso… dais el permiso… gracias… Pues mirad, yo no permito que me deis el permiso…

—¡Ah! ¡Tenéis razón!… ¡Os falta la costumbre de batiros como caballero!… ¡Tenéis miedo!

—¿Miedo?… Me alegro.

—¡Soltad!, os digo… ¡asesino!… si no queréis que os estrangule como a un perro; si no queréis que rasgue el vientre de esa prostituta que a los dos nos engaña.

Medina seguía revolcándose con verdadero frenesí bajo los muslos poderosos de Tapia, que le estrechaban como en una prensa.

—Os conozco —decía Tapia—; soltad vuestro puñal, y entonces nos arreglaremos.

—Soltad el vuestro…

—Soltadle vos.

Era tal la rabia de Medina, que considerando como imposible la victoria, y acaso no sintiendo sino la humillación y la impotencia, soltó el puñal y dijo:

—¡Matadme!

—¡Oh! ¿Os declaráis vencido?…

—¡Tomad la espada, o heridme!…

—No; tomaréis vuestra espada —replicó Tapia. Entonces soltó la mano de Medina, recogió el puñal de éste, y libre también por parte de la suya, se puso en pie, mientras el otro se levantaba lentamente. Había guardado su puñal, y aún tenía en la mano el de Medina, cuando éste, desenvainando con indecible rapidez su larga espada, cerró sobre él, dispuesto a exterminarle.

Tapia paró con el puñal la primera estocada; la segunda le atravesó la mano, y soltó el arma, que era su escudo. Sintió que la tercera le había dado por el vientre; pero tuvo tiempo y sangre fría para afianzar con las dos manos la hoja de la espada.

—¡Ah! —exclamó, mientras aferrado al arma de Medina, se esforzaba por contenerla—. ¡Miserable asesino! ¿Me negaréis ahora quién merece este nombre?

—Os he dicho —repuso Medina— que toméis vuestra espada; tomadla.

No sabemos la respuesta que iba a dar Tapia a este sarcasmo de su enemigo, porque fue interrumpido por la presencia de doña Luz, que apareció en la entrada oscura de la galería. Estaba, si se nos permite decirlo, muerta. Era, aunque animado, un ángel de mármol descendido de la cubierta de un féretro. También volvía de la muerte. Atraída por el fracaso, había llegado hasta muy cerca del sitio de la lucha; pero vio a su amante en la actitud feroz de un asesino: creyó ver el arma levantada, y bajo el golpe a su esposo inocente, arrastrado ahí por ella y maldiciéndola en su agonía: quiso correr en su defensa, pero cayó desvanecida.

Después de algunos momentos volvió en sí, volvieron sus recuerdos, escuchó de nuevo, y se arrastró como pudo hasta la entrada del funesto aposento.

No bien la vio Medina, sus ojos se inyectaron de sangre; arrebató la espada que Tapia, ya desfallecido, no podía disputarle, y se adelantó hacia doña Luz, diciéndole:

—¡Maldita seas, mujer abominable!… ¡tú que sabes revestir la infamia con las caricias del amor, y ocultas la perfidia tras impíos juramentos!… tú, vil meretriz de ese bandido, que te ayuda y te aconseja para perderme, ruega al demonio que te liberte de mi cólera, porque vas a pagar, muriendo, el horrible espionaje de que me has hecho víctima.

Doña Luz, sin fuerzas para hablar, sin lágrimas, sin aliento, se dejó caer de rodillas a los pies de Medina. Éste, no escuchando sino la voz de una ciega venganza, retrocedió blandiendo la espada sobre la cabeza de doña Luz, que ésta se cubrió con las manos… Sonó un golpe…

Era la espada de Andrés Tapia, que rápida y fulgurante como el rayo, cayó haciéndose trizas en la cabeza del asesino. Éste, sin vacilar siquiera, se desplomó hundiendo la frente en los pliegues del vestido de doña Luz. La joven lanzó un grito desgarrante, rodeó con los brazos aquel rostro letal que tenía sobre sus rodillas, y dobló la cabeza, cubriendo con su cabellera perfumada las sienes sangrientas de Medina.

Tapia se dirigió a la puerta, y lanzó, al partir, estas frías palabras:

—Amigo mío, quedamos a mano.

15. La suerte del más pobre

Pocas horas antes de los sucesos referidos, se detenían algunos hombres frente a la ventana donde hemos visto hablar a Tetzahuitl con Isabel Dorantes. Eran todos ellos de mala catadura, si se juzga por los remiendos de las capas, las botas viejas de vaqueta, los sombreros gachos tocándose con el embozo, y las precauciones que tomaban para amortiguar el eco de sus pasos.

—¿Habremos llegado tarde? —preguntó uno de aquellos.

—No —dijo otro—; Rebelo se ha estado aquí desde la queda, y no ha visto a nadie.

—¡Rebelo!…

—¡Señor!…

—¿Estás bien seguro de que nadie ha venido?

—Sí, señor.

—¿Están colocados los exploradores donde te dije?

—Sí, señor; menos el Grillo.

—¿Por qué?…

—No ha cesado de beber desde las oraciones… le encontré borracho.

—¡Bribón!… ¿y Peralta?

—Está en su puesto; pero creo que viene lo mismo.

—¡También borracho!… maldito viejo… ya me las pagará todas. Bien dije yo: si adelantamos las propinas, estos bribones se las tragan de pulque y nos echan a perder el negocio.

—¿Y esos, no han tomado?

—No, señor —respondieron en coro los circunstantes.

—Pues estad prevenidos, porque no dilatan… ¡cuidado!, ya saben que mi señor Chirinos es inflexible: nos descuartiza a todos si no le llevamos lo que pide.

—Perdonad, señor Garduña —dijo alguno que tenía el acento de un joven—, decidme: ¿podremos atacar si ese caballero nos aprieta mucho?… es decir…

—¡Ni un araño!… ahora, si viene acompañado, como es muy factible, podéis arreglaros con su gente de la manera que Dios diga; pero al caballero, nada… procurad… ¡Eh!… Zapotejo, ¿no se te han olvidado las cuerdas?

—No, señor —replicó el hombre más pequeño de aquéllos.

—¿La mordaza?

—Tampoco.

—Bien. Mantenéos a la capa detrás de aquellos matorrales. Oiréis un silbido cuando sea tiempo. Tú, Barreda, vente conmigo.

Garduña se alejó algunos pasos con el llamado Barreda, y le dijo:

—¿Conoces tú a nuestro pollo?

—No; pero barrunto con quién tenemos que habérnoslas.

—¿Quién?…

—Andrés Tapia.

—¡No!…

—¡Bah! ¿Por quién otro se harían estos preparativos?… además, yo he visto… he creído sorprender ciertas miradas significativas entre el capitán y la mujer de Dorantes.

—No sabes nada.

—¿Cómo?…

—Tapia está por otras regiones más elevadas…

—Lo sé; pero la indita no es un bocado despreciable; bien pudiera competir con doña Luz… Creo que es más hermosa, con mucho, que la mujer del tesorero.

—Es cierto; pero estás equivocado: nuestro amigo es nuevo en el país, según creo.

—¿Medina?… ¿Ocampo?… ¿Arróyave?…

—Tampoco.

—Pues no acierto.

—Lo mismo digo. Las señas que me dio Chirinos son tan vagas… es decir, no me dijo sino esto: «Es una persona disfrazada con los arreos de soldado… llegará a la ventana de Isabel, y allí le tomarás por bien o por fuerza, y le entregarás al jefe de guardia en las atarazanas».

—¿Oyes?…

—Sí…

—Debe ser él.

—Ocultémonos.

Garduña y Barreda se colocaron tras uno de los ángulos del edificio, mientras una perdida ondulación del aire nocturno traía el rumor de varios pasos lejanos. Callaron después. Barreda se aventuró a sacar un ojo. Allá en el fondo de la avenida se columbraba una luz que se acercaba visiblemente.

—Mira… —dijo a Garduña el que espiaba.

—Una linterna…

—No; parece más bien una torcida de resina… ¿ves la flama?

—Sí…

—¿Distingues?

—¡Zape!, ya se apagó.

—Aquí viene… ¡alerta!

—Metámonos.

Volvieron a ocultarse. Oyóse una carrera, y apareció un hombre envuelto en las sombras: traía en la mano, y servía para notar sus movimientos, la mecha enrojecida todavía, ya próxima a extinguirse.

Después de haber permanecido algunos segundos como buscando el camino por donde debía dirigirse, torció por la izquierda, y adelantando hasta las ventanas de Isabel, dio tres golpes.

—Ahora es tiempo —dijo Garduña en el oído de su compañero.

—¿Ya? ¿No esperamos a que hablen alguna cosa?

—No; la orden dice que nadie debe presenciar el ataque: ¿no ves que la Dorantes… los gritos?…

El desconocido volvió a dar otros golpes con una fuerza desesperada, y gritó:

—¡Juana! ¡Juana!

—¡Cuerno! —exclamó Barreda—; ese amante no entiende de burlas… mirad qué recio llama…

—¡Silencio!

Garduña se acercó a los labios alguna cosa, y produjo un silbido.

Aquel hombre que llamaba a la ventana, se sintió cogido repentinamente por dos brazos hercúleos que le comprimieron, dejándole inmóvil.

—¡Perdón, señor; perdón! —gritó el infeliz, próximo a sofocarse.

Otros dos brazos le tomaron por las pantorrillas y le levantaron en peso: abrió los ojos, y viéndose rodeado por diez o doce figuras siniestras, volvió a clamar:

—¡Perdón, señor!… ¡señores!, por las madres… ¡por la madre que os ha parido!… ¡caballeros! ¡Señor Tapia… señor Medina!, mirad que yo no…

Nuestros lectores habrán reconocido en estas palabras a nuestro amigo Zapata. Cuando vio que Medina se abismaba en el escondite de Tapia, no le cupo ya duda acerca de los resultados fatales de esa casualidad; guió hasta la puerta de la calle a los señores Albornoz y Zuazo; y dando el último adiós a aquella casa, donde no dilataría en hallar el castigo terrible de sus dobles manejos, corrió a la casa de Dorantes a buscar un asilo por medio de su hija; corrió sin acordarse de dejar la vela, y trastornado por el miedo, llegó al punto en que le vemos preso por los agentes de Chirinos.

Le intimaron silencio y comenzaron a atarle; mas él, que ya se figuraba estar en garras de la muerte, pedía misericordia y procuraba escapar, moviendo pies y brazos. La masa de hombres oscilaba sin soltar su presa.

—¡Señores! —volvió a decir—; vais a cometer un asesinato; mirad que yo no tengo…

¿Qué iba a decir Zapata?… una tosca mano ahogó sus palabras. Sintió después que le introducían en la boca un objeto voluminoso, que se le dilató de una manera horrible haciendo crujir sus mandíbulas. Un vapor de cólera envolvió su cabeza; pudo levantar un brazo tan alto como lo permitían las ligaduras, no estrechas todavía, y en la cabeza de uno cuyo sombrero había caído con los movimientos, descargó la vela de cera con tan solemne garrotazo, que hizo retroceder a todos los que procuraban sujetarle por las piernas. El infeliz aquel abandonó súbitamente los cordeles para tenerse la cabeza, y cayó sentado, lanzando una tremenda maldición a Zapata.

—¡Ea, imbéciles! —dijo Garduña—; sujetadle, u os hundo mi espada.

A estas palabras volvieron a apoderarse todos de Zapata, le estrujaron ya sin miramiento, le ataron como un cohete y le pusieron de cara sobre el suelo.

—Punto final —dijo Garduña envainando—: ahora, tomad a ese caballero, y seguidme.

Dicho esto, Zapata fue colocado sobre una capa; cuatro hombres tomaron por las puntas, y echaron a andar en seguimiento de Garduña. Los demás, acompañados de Barreda, tomaron un rumbo diverso, conversando acerca de la aventura.

—¡Maldito seas tú y todos los diablos que te parieron!… ¡alevoso!… —exclamó un hombre que se levantaba a duras penas del empedrado—; ¡ya veremos si no me la pagas, aunque tenga que buscarte en el purgatorio!… A mí no me pagan… pero ¿adónde he puesto mi sombrero?…

Comenzaba a tantear el suelo, e iban ya lejos los subordinados de Garduña, cuando en la esquina próxima se dibujó el bulto de un hombre: aquel hombre era Tetzahuitl.

—¡Por Belcebú! —decía el otro—; a mi sombrero se le ha tragado la tierra… ¡y no haber una luz!…

Tetzahuitl se acercaba silenciosamente, con la insidiosa lentitud de una araña.

Aquél siguió buscando; pasados algunos momentos, se enderezó rascándose las barbas, y dijo:

—¡Tú me la pagarás, maldito!…

—¿Yo? —le replicó una voz que él no supo adivinar de dónde salía.

—¿Quién va?… —exclamó.

—¿Eres tú, Grillo?…

—Y tú, ¿quién eres?

—Soy —replicó Tetzahuitl—, aquel que no quisieras haber visto nunca en tu vida… ¡espera!, si das un paso más, eres muerto…

—Yo no soy nada… devolvedme el sombrero, y santas pascuas.

—Di, ¿qué buscas? —preguntó el amante de Isabel tomando al otro por un brazo.

—¡Eh!, ¿a mí con esas?, ¿quién sois? ¡Ah, un indio!… ¡atrás!

—¡Calla!

Tetzahuitl puso la punta de un puñal en el pecho de su interlocutor; éste sintió perfectamente, y se convirtió en una estatua.

—¿Quién eres? —le preguntó Tetzahuitl.

—Soy Jorge Villadiego y Valencia, natural de la sierra de Almonaster, en Huelva, hidalgo.

—¿A quién buscas?…

—A mi sombrero…

—¿A quién buscas?… ¿quién te ha mandado aquí?…

—¿A mí?…

—¡Habla!, o eres muerto.

—¿Yo?… he venido a prender a un hombre… a mí me lo mandó Garduña.

—¿Garduña?…

—Sí, tal.

—¿Quién es ese?…

—¡Ah! ¿Garduña?… Garduña es un soldado del gobernador que… ¡vive Dios!… si sabe…

—¿Y quién de los gobernadores?

—¡Friolera! Don Pero Almindes Chirinos.

—¡Ah!… —exclamó Tetzahuitl—; y volviéndose hacia los matorrales donde estuvieron apostados los de Garduña, gritó sin esfuerzo.

—¡Itzcoatl!… ¡nican ic!… (por aquí).

Aparece momentáneamente otro indio que entabla una rápida conversación con Tetzahuitl, hablando en el idioma náhuatl. Concluida ya, el recién llegado toma del brazo a Jorge Villadiego, y le dice en mal castellano, mientras Tetzahuitl desaparece:

—Vente conmigo.

—¡Cómo!, ¿voy preso?

—Anda.

—Pero ¿qué es esto?… —gritó Villadiego retrocediendo algunos pasos y abriendo los ojos desmesuradamente.

Una turba de hombres semejantes a su interlocutor, salió de las sombras. A poco sintió que le envolvieron la cabeza en su misma capa; después, que le levantaron en peso; y luego, por el movimiento y por el sordo redoble de los pies descalzos, conoció que le llevaban a toda prisa, sin saber adónde.

Jorge Villadiego y Valencia, natural de la sierra de Almonaster en Huelva, hidalgo, caminaba en dirección de la ciudad de Iztapalapa, encomendándose de todo corazón a la Madre de Dios y a Santiago de Compostela.

16. El veedor y el factor

Medina volvió en sí a pocos momentos; Luz, con esa elocuencia que sólo inspira la verdad, y esas lágrimas aún más elocuentes del amor ultrajado, refirió su entrevista con Tapia; la sorpresa que ambos recibieron al oír los pasos que ella creía fuesen de Medina, y Tapia los de Estrada: refirió de igual modo las respuestas engañosas que la dio Zapata; y hasta las palabras con que Tapia, ya desesperado con las repulsas, expresaba su amor y la triste resolución de acabar con sus días. Por otra parte, la conocida sencillez de doña Luz, su virtud, esa virtud a que Medina, con toda la fuerza de la audacia, del tiempo, de la seducción, y hasta de la amenaza, no había podido vencer nunca, sino en el terreno puro del alma, concluyeron por desvanecer hasta la más leve sospecha de culpabilidad, y arrastraron a sus pies a ese hombre salvaje, que postrado de hinojos y fija en el suelo la mirada soberbia, pidió perdón por su extravío y prometió borrar, a costa de un grande sacrificio, el recuerdo de los ultrajes, y pagar, aunque fuera con sangre de su corazón, cada gota de llanto vertida por su causa.

Los términos que había usado Medina pedían una reparación. La vergüenza de hallar inocente a doña Luz después de haberla desgarrado con los insultos más violentos, no podía borrarse con el perdón. El arrepentimiento, que hace vagar por la faz de Dios una sonrisa de misericordia, no pone sino un gesto de desprecio en los labios del que ha sido calumniado sin justicia. El corazón humano arroja entonces el perdón; pero se reviste de altivez y pone una mirada de lástima en el miserable que, sin más prueba que vanas apariencias, juzga y condena a su víctima al tormento de la calumnia.

Medina fue acometido por el orgullo, y quiso aparecer más noble, más generoso que doña Luz. y le mostró los secretos de Zárate; sintióse embargado por una compasión sin límites, y quiso presentar a Luz, como una ofrenda de cariño, la cabeza de los enemigos de Estrada.

El plan de éstos vino por tierra. Medina desde aquel instante juró perderlos, no sólo por Luz; también porque consideraba más segura su fortuna con hombres menos hipócritas que los partidarios de Salazar y de Chirinos, de quienes esperaba toda especie de traiciones. Debemos señalar también otra causa que obró para este cambio de partido, porque ella es poderosa, aunque no sea sino por un momento. Medina tenía cerca de veintiocho años, es decir, la edad en que el amor impera con dulce, pero irresistible tiranía sobre todas nuestras potencias. Él, en esa edad es la esperanza, es el sueño, es el recuerdo, es la alegría, es el aire, es el horizonte, es el deseo, es la vida: en esa edad, las cadenas que nos sujetan a los compromisos de un necio orgullo, se pulverizan con el estampido de un beso; el vacío que no llenan mil ensueños de gloria, rebosa con una lágrima; el carácter inflexible de hierro, se doblega al peso de una blanca mano de niña; y los castillos colosales que la ambición construye, oscilan y caen al leve soplo de un suspiro de amor.

¿De qué otro modo pudieran explicarse aquellas variaciones inesperadas, que los historiadores atribuyen al carácter simplemente caprichoso de Medina? Lo que se llama capricho no existe, ni esa palabra vaga sirvió nunca para explicar las determinaciones de los hombres. El capricho es la simple apariencia; bajo las acciones sin objeto, hay siempre un móvil que estamos acostumbrados a descuidar en la historia; y ese móvil, cuando no se han cumplido treinta años, no es otro que el amor, alma, como dicen, del universo; y más bien, universo del alma; el amor, grata y a veces amarga delicia de la existencia…

Pero sea cual fuere la causa de la defección de Medina, procuraremos fijarnos en sus resultados.

Éstos eran fatales para Salazar y Chirinos. Fuera de Medina, que tenía gran influencia entre las tropas, no contaban sino con Gonzalo de Ocampo y algunos aventureros que valían sólo por sus servicios puramente personales. Zárate había desaparecido, sin que las crónicas refieran pormenores del caso. Andrés Tapia, discípulo y protegido de Cortés, partidario de Estrada y enemigo a muerte del factor, comandaba cien lanzas; Jorge Mendieta se paseaba con cuarenta caballos por las inmediaciones de Texcoco, pronto a dar una carga a la primera indicación de los gobernadores Estrada y Albornoz, los únicos que él consideraba como legítimos. Y allá de cuando en cuando llegaban a los oídos de Salazar y de Chirinos rumores siniestros que les hablaban de destitución, de calabozos, de destierro, y hasta de muerte.

Una noche los dos hallábanse reunidos en una gran casa que Cortés había confiscado, con otros bienes, a Cuauhtémoc, y que un regidor dueño de ella vendió por unos cuantos marcos de oro a Pero Almindes. Aquel caserón vacío, aislado, medio ruinoso, parecía llorar la ausencia del señor, y se cubría de ásperas malezas, como la viuda con su ropaje de duelo. Allí se veían anchos patios, galerías inmensas, jardines incultos, mostrando aquí y allá fragmentos de columnas y cabezas de ídolos despostilladas, búcaros de flores marchitas, y pedestales abandonados, pórticos derruidos, escalinatas perdidas entre la yerba, arroyos desviados corriendo entre escombros, cauces y fuentes de alabastro, secas y manchadas con inmundicias. Cerca de la entrada estaba una estatua con la cara vuelta contra el suelo, y debajo de aquella cara hundida en el fango, se movía un hervidero de gusanos. En el fondo de uno de los patios, el más estrecho, había otra estatua colosal de Tlaloc, el dios del agua, sentado sobre una piedra cúbica, y puestas las manos sobre las rodillas. El aire de la noche apartaba el ramaje, y a la luz del relámpago, la hórrida faz de aquel dios olvidado se animaba, lanzando entre las ruinas miradas siniestras.

Las piezas interiores eran bastísimas y también estaban desiertas. Allí se respiraba una penosa melancolía. Algo como lágrimas trasporaba por aquellos muros en otro tiempo tan alegres y resplandecientes: un olor de humedad casi sepulcral había sustituido al aura de la mirra y de las yerbas aromáticas; el canto de las aves nocturnas se escuchaba en vez de la alegre sinfonía de los pífanos; y en vez del eco del festín y de los suspiros de amor, se oía tan sólo el fatídico silbido del aire que, lloroso coma los manes de Cuauhtémoc, vaga sin consuelo por las tristes soledades de aquel recinto.

En una de las piezas que daban sobre el primer patio, a la luz de un velón de sebo colocado sobre la repisa, y sentados sobre una especie de chapiteles de pórfido, se hallaban Salazar y Chirinos conversando acerca de su precaria situación.

—Es preciso —decía Chirinos—, que tomemos con tiempo el camino de España, porque aquí nos esperan grandes desastres. ¿Con qué contamos, queréis decirme, para permanecer impávidos entre tantos enemigos como han hecho surgir bajo nuestro paso las maquinaciones de Albornoz y de Estrada? Las fuerzas son suyas; el ayuntamiento los acata como señores; los frailes son sus defensores, aunque no sea sino por oponerse a nuestra elevación; tienen casi el voto de la ciudad entera; tienen agentes en la corte, más poderosos que los nuestros; se han ganado, como por encanto, al capitán Medina, que debe haberles revelado todo lo que a Zárate se le puso en las mientes confiarle… ¿qué nos queda?… ¿qué esperamos?… que un día vos y yo, y los pocos amigos que nos restan, seamos sorprendidos en nuestro lecho, y arrojados donde ese malaventurado Zárate debe estar a estas horas siendo pasto de los gusanos.

—No es eso todo —replicó Salazar, en cuyo semblante se veían marcadas las huellas del insomnio y del miedo—; vuesa merced, señor Chirinos, ha omitido la parte que más me desazona…

—¿Aún hay más?…

—Sí tal… ¿por do queda el camino de la salvación?, ¿por do nos marchamos a Europa?

—¡Ah!, queréis hablar de los apostaderos…

—Quiero hablar de que ya no es tiempo para nada… vos tenéis, no lo niego, el valor y la habilidad de un regular soldado, para abrirnos paso entre las lanzas de Mendoza; pero ¿adónde están las vuestras? Y ante todo, ¡cómo partir sin un escudo!, ¡cómo salir del rico suelo de la América sin un maravedí, mientras esos villanos se volverán repletos de tesoros!… ¡esto me mata!… ¡ah!… ¡y si recuerdo que vos, vos os empeñásteis en abogar por Albornoz cuando yo le tenía entre mis manos!…

—¡Oh!, vuesa merced padece una equivocación.

—¡Cómo!, cuando llegamos aquí con el prestigio de la novedad; cuando Estrada y Albornoz habían perdido la reputación por sus rivalidades; cuando infames traidores aún no habían calumniado la nuestra, os dije: Caigamos sobre estos miserables, demos con ellos en un calabozo de la fortaleza, y sin fórmulas de juicio ni ninguna especie de miramientos, démosles garrote… Y ¿quién me dijo entonces?… ¡Ah, vos, que contábais entonces con la adhesión de Jorge de Alvarado, es decir, con la fuerza de Tapia, me negásteis que teníamos ese apoyo, y me vi forzado a contemporizar con Albornoz! ¿Quién os infundió, queréis decirme, aquella locura que tan caro nos cuesta?

—¡Ah!, yo fui engañado —replicó Chirinos suspirando.

Aquello hasta cierto punto era verdad. Chirinos creyó, como hemos visto, que hablaba con Isabel aquella noche que juró abogar por Albornoz; pero mentía, si acaso trataba de hacer entender a Salazar, que se engañó en los medios y no en las intenciones. La pureza de las intenciones de Chirinos puede juzgarse por aquella conversación que tuvo al pie de una ventana con Sara, la hija de Farfán. Se engañó y le engañaron, nada más cierto; y si ahora suspiraba, era sin duda porque veía en los riesgos presentes el justo castigo de su perfidia.

—¡Y luego —repitió Salazar dándose una palmada en la frente—, partir cuando era nuestra la esperanza!, ¡partir con las manos vacías, cuando el triunfo nos mostraba, sonriendo, los fabulosos tesoros de Cuauhtémoc!, ¡partir a hundirnos en España bajo el vulgo de los vasallos, sin nombre, cuando aquí ricos y extensos señoríos, y acaso todo el reino, se presentaban, como las flores de los setos, al alcance de nuestra mano!…

—¡Ay! —dijo Chirinos—, vos, señor, podéis dar al olvido vuestras doradas esperanzas… pero yo… ¡yo estoy maldito!

—Pero las vuestras pueden realizarse; y sobre todo, señor, son el efecto de una demencia pasajera; el amor se puede hallar en todas partes y con poco trabajo; no así lo que yo busco…

—¡Ah!… sí… se halla el amor, pero el amor de quien no quiero. ¿Y qué se me da a mí el amor de todas las mujeres, mientras la imagen de esa Isabel a quien aborrezco está grabada en mi corazón como un sello de martirio?… ¡Oh!, he dicho que estoy maldito. El diablo, porque no puede ser otro el que ha vertido lumbre en mis venas, ha puesto en Isabel, no sólo desprecio y frialdad, sino aversión, horror, odio irreconciliable, odio denegrido para henchir el colmo de mis tormentos. Y yo la amo… ¡por vida mía!, ¡y yo he tenido el horrible antojo de quererla! ¿Conocéis por ventura un hombre más imbécil, que aqueste que tenéis enfrente?… ¡Ah!, ¡y tener que marcharme!… ¡y tener que marchar sin ella!

—¡Ay!, ¡y tener que marchar sin ella! —repetía Salazar, que en aquel momento no pensaba sino en la fortuna.

Chirinos se paseaba entretanto a lo largo de la habitación, seguido por su sombra, que se dibujaba sobre el muro.

—¡No! —decía completamente abstraído—, no partiré sin tomar el desquite. Hace tres días que guardo entre cadenas la prenda más segura de mi venganza: Tetzahuitl… Ya veremos si esa que hoy se desdeña de mirarme, no se arrastra como un reptil a mis plantas…

—Creo —dijo Salazar hablando consigo mismo—, debemos triunfar o perecer en la demanda. Nos quedan aún algunos elementos que, manejados con habilidad, pueden hacernos dueños exclusivos del mando. Sí —añadió dirigiéndose a Chirinos—; Tapia será nuestro, con tal que sepamos ganarte.

—¿Y de qué modo?… —preguntó el otro.

—¿De qué modo? Sacrifiquemos el corto caudal de nuestros ahorros; démosle oro hasta que pierda la cabeza; pues al fin…

—¿Cuánto tenéis?

—Treinta mil ducados. ¿Y vos?

—Yo, nada.

—¿Teméis exponeros?… Vos teníais…

—Tenía.

—¡Cómo! Queréis decirme, si lo tenéis a bien, ¿en qué habéis invertido un capital de ochenta mil ducados?

—En nada; pero un error, una fatalidad, un no sé qué feroz y hostil que me persigue, me llevó a depositarle en manos de un hombre que hoy, prevalido de la situación, se niega a restituírmele.

—¿Y no le habéis estrangulado?

—Sería inútil.

—¿Y quién es ese hombre?

—El regidor Álvaro Manrique.

—¡Qué… qué decís! —exclamó Salazar incorporándose maquinalmente y clavando en Chirinos una mirada indescriptible de terror—. ¡Álvaro Manrique!… ¡Álvaro!… ¡es decir, Álvaro Manrique! ¡No!… estáis equivocado… pretendéis acaso… pero a ver, a ver… contadme… necesito saber lo que ha respondido ese villano… vamos…

—¿Y qué queréis que os cuente? Viendo ese infame que Medina nos abandonaba, y que a pesar de nuestros nombramientos, quedábamos a la merced del que quisiera destituirnos, me puso esta respuesta, ayer que le pedía mis ducados para embarcarme: «¡Oh!, no me habléis más de ese dinero; por vuestro honor y propia conservación debéis callar, pues una palabra bastará para perderos». Bien, le dije; pero a ver mis ducados. «Vuestros ducados, replicó lleno de hipocresía, no los tengo». ¿Y qué habéis hecho de ellos? «¡Oh!, no me culpéis; pero el señor Mendoza supo que eran vuestros… están en sus manos, y os ruego que huyáis, porque se trata de averiguar el origen de esa fortuna; se trata de instruir un proceso, de buscar un pretexto cualquiera para dar principio a las hostilidades», etc., etc.

—¡Miserable! —gritó Salazar—, ¡a mí también me ha asesinado!… yo también le fié mi caudal… ¡yo he sido también un imbécil!… y luego, en manos de Mendoza, ¡en manos del más terrible de nuestros enemigos! Y ¡como no bebisteis la sangre a ese traidor de Álvaro Manrique!… ¡Ah!, ¡diera yo el alma a Satanás, si Satanás quisiera vengarme!…

Tres golpes dados en la puerta, hicieron que Salazar y Chirinos se miraran con un terror supersticioso. La luz era triste, el silencio solemne, y las altas horas de la noche traían a la imaginación los formidables seres de las leyendas, cubiertos con el horror de los infiernos o empapados en el negro velo de la tumba.

—¿Lo veis?… —dijo Chirinos palideciendo— habéis blasfemado…

Salazar se santiguó por tres veces, y volvió a fijar en el veedor sus ojos inmovilizados por el espanto. Volvieron a llamar.

Después de un intervalo de vacilación se dirigió Chirinos a la puerta, casi avergonzado de haberse dejado sorprender por sus preocupaciones.

—¿Qué vais a hacer? —dijo Salazar.

—¡Ea! —replicó Chirinos—; el diablo no llama nunca. Sería el exceso de la cortesía que Pingo esperara a que le abriésemos, cuando puede colarse por las paredes.

Entonces descorrió el cerrojo.

17. Don Pedro Negromonte

Se abrió la puerta y apareció bajo el dintel un hombre con la cabeza descubierta y puesta la mano sobre la empuñadura de la espada.

Chirinos, al verle, experimentó cierta sensación de frío por toda la superficie de su cuerpo. La vela chisporroteó dando una luz más resplandeciente, y Salazar se puso en pie, murmurando una oración de San Bonifacio contra el príncipe de las tinieblas.

Aquel hombre presentaba a primera vista el aspecto de una fealdad imponente. Era de estatura mediana, grueso y erguido; vestía un coleto negro de velludo con broches de acero, calzas también negras, y borceguíes encarnados; su rostro, tostado como por el sol, circundado por una enmarañada cabellera de un castaño rojizo, tenía el sello de una recóndita malicia y la risueña ferocidad de la fuerza salvaje. Era aguileña la nariz, los labios algo toscos y eternamente separados por una dentadura medio saliente de riquísimo esmalte. La frente era ancha, pero sombría. Los ojos profundos, de una expresión inexplicable, parecían brillantes como chispas, fríos como el hielo, tenebrosos como el crimen, altaneros como el águila, terríficos como el sepulcro, y seductores como la hermosura.

—¿A qué venís? —le preguntó Chirinos, con la misma cavernosa voz con que se dice en los cuentos: De parte de Dios te digo…, etc.

—Yo —replicó el desconocido—, creo poder ser útil en alguna cosa, y vengo a ofrecer mis servicios.

—Decid antes, ¿quién sois? —añadió Salazar—, ¿por dónde entrásteis?, ¿quién os ha llamado?

—Nadie.

—¿Pues qué queréis?

—Estoy seguro de que os halláis en grande aprieto, y vengo a salvaros. Vengo simplemente a proponeros un cambio…

—¡Un cambio! —exclamó Chirinos.

—¡Bah!, ¿os admira?… en el caso en que estáis, yo daría el alma…

—¡Dios! —murmuró Salazar—, ¡el alma! ¡No, Dios mío, aleja de aquí al maldito tentador de los hombres!…

—¿El alma? —preguntó Chirinos.

—No tanto —dijo sonriéndose el desconocido—, pero podemos convenirnos por menos. Señores —añadió penetrando familiarmente y cerrando la puerta, permitid que me siente, porque he corrido muchas leguas.

Dicho esto, se sentó en la piedra que antes ocupaba Chirinos, puso el sombrero sobre el suelo, y quedóse mirando a Salazar de un modo que a éste se le congelaba la sangre. Chirinos, que era el más animoso, pasados los primeros momentos de la sorpresa, fue el primero que quiso saber a qué atenerse respecto de aquel personaje, y se sentó junto a él, resuelto a establecer la conversación.

—Y bien —le dijo—, ¿podéis decirme con ingenuidad, quién sois?… decidlo; seáis quien fuereis, podemos arreglarnos.

—¡Oh!, ¿quién soy yo?, no es del caso… soy un hombre cualquiera; soy un noble a quien tristes aventuras arrojaron del solar de sus padres; un pájaro errante que atraviesa los mares para buscar la libertad que llena como el aire los espacios del Nuevo Mundo. Soy un mendigo que pide a la América un sustento; un desterrado que le pide un asilo, y un corazón dilacerado que le pide venganza…

El señor Salazar, ya repuesto, volvió a sentarse y prestó atención a las palabras de aquel desconocido.

—¡Bah! —añadió éste—; un día tendré la satisfacción de distraeros un poco, refiriéndoos algunos pormenores de mi larga historia. Hoy, trataremos exclusivamente de los negocios. Sé, porque ningún trabajo cuesta adivinarlo, que estáis en un trance desesperado que os traerá la ruina, y si no andáis con tiento, la deportación, y tal vez la horca.

—¿La horca decís?…

—La horca.

—¿Sabéis con quién estáis hablando? —dijo Salazar.

—Sí, tal. Vos sois, si no me engaño, Salazar; y vos —añadió el desconocido señalando al veedor—, sois Pero Almindes Chirinos, y puedo referiros un cuento que os probará si tengo el honor de conoceros.

—Era un indio que tenía dos hijas; vivía no sé yo dónde… creo que Cuauhtémoc le aposentaba en esta misma casa, pues grandes servicios en la guerra, y los recuerdos de una larga amistad que databa desde la niñez, los ligaban con lazos verdaderamente fraternales. Aquel indio, que en el sitio de la ciudad se hizo notable por su actividad y valentía, tuvo, como tantos vencidos, que acogerse como las fieras en los recónditos breñales de las montañas, para escapar a la cólera sangrienta de los españoles. Las dos hijas, no felices, pero seguras ya de que su padre se hallaba fuera del peligro, vivían tranquilas alimentando la esperanza de comprar el perdón a costa de la mitad de sus tesoros. Pero vino la confiscación, es decir, el pillaje, y las dejó apenas con lo preciso para sustentarse, y una pieza de este palacio para guarecerse contra el frío. Una tarde las dos jóvenes se encaminaban al mercado. Ambas eran bellísimas; sus senos, casi descubiertos, velados apenas por una camisa de gámbalo transparente; sus pies pequeños, perfectamente modelados; su cintura delicada y flexible; sus negros ojos y sus labios de niña, despertaron la lujuria de dos hombres que por acaso las hallaron sobre el camino. Desde aquel momento las jóvenes no tuvieron reposo, y agobiadas por respetuosas solicitaciones y por juramentos de una pasión que ellas, extrañas a los manejos pérfidos, juzgaron verdadera, dieron cabida primero a un sentimiento compasivo, y un día concluyeron por franquear a esos hombres el umbral de sus almas vírgenes.

Cierta vez, la más joven de las niñas confió a su amante la historia de todas sus desgracias. Hablóle de su padre, y por una imprudencia, muy disimulable en su edad y en su amor, nombró el sitio donde la misericordia de los dioses conservaba incólume al autor de sus días. Aquello fue un rayo de luz para los dos amantes, que prometieron gestionar con Cortés la libertad del perseguido, a trueque de una concesión que no era sino el impuro sacrificio de esas jóvenes. Pero ellas se negaron. Hicieron ver que el cariño de Matlalcihuatzin, su padre, llegaba a tal extremo, que perdería la vida si sospechase que la rescataba con la vergüenza de sus hijas. A los ruegos se siguieron las amenazas; pero nada obtuvieron. Entonces uno de aquellos miserables, acaso el más amado, quiso barrer con el obstáculo invencible que surgía delante de sus planes, y denunció al cacique. Esa misma noche, veinte perros de presa olfateaban las huellas de Matlalcihuatzin, y penetraban rabiosos en su escondite. La lucha duró más de dos horas. De veinte perros salieron sólo siete; pero lamiéndose, ya satisfechos, las narices ensangrentadas. Un rayo cayó sobre las hijas del cacique. Mucho tiempo vertieron amargas lágrimas sobre el seno mismo de aquellos que eran causa de su infortunio… ¡y ellos también lloraron! En fin, pasaron los días, y con ellos comenzó a renacer, si no el consuelo, al menos la resignación. El amor ocupaba un ancho espacio en el corazón, con mengua del que ocupaban los pesares, y desbordando de ilusión y agitado con frenesí casi divino, se entregaban como al consuelo, en los brazos fatales de su primer amor. Yo ignoro si la fuerza, o las promesas, o la inocencia, o la debilidad, o lo que fuere, pusieron en las manos de aquellos hombres la realización de todos sus deseos… pero sé bien que a los delirios del amor siguió el hastío; que al hastío siguió el aborrecimiento; que a éste siguió el trato brutal… y después… ¡el crimen!

—¡Ah!… ¡sí!… ¡pero!… —dijo Chirinos sin encontrar la frase, mientras Salazar permanecía asombrado.

—No, no, no —replicó el otro—, vais a ver, señores, cómo conozco todo el cuento.

Aquellos amantes necesitaban de oro para adquirir allá en la corte la influencia que su escaso mérito les negaba, y sometían casi a la tortura el alma y el cuerpo de sus mancebas. Éstas, después de haber dado lo que reservaban como el rescate de su padre; después de haberse desprendido hasta de los lacillos de oro de sus sandalias, entregaron las imágenes de sus dioses, y las preseas de una lejana herencia, que en dos maravedís de plata, no tenía más valor que el de los recuerdos.

Un día los hombres que os digo recibieron, firmados por el César, unos pergaminos que les conferían el título de autoridades o no sé qué friolera de esas que esperaban con impaciencia. Entonces las jóvenes, que ya eran inservibles, comenzaron a ser molestas a la vanidad de esos señores, y fueron abandonadas. Ellas soportaron en silencio el desprecio; pero llegó la miseria, llegó el hambre, llegó la desesperación, y pensaron en pedir justicia a don Hernando, contra aquellos ladrones que después de haber jugado con su corazón las abandonaban al abismo de la pobreza. Supiéronlo ellos; ¿y sabéis lo que hicieron para conjurar el peligro?…

Mandaron llamar a un tal Lázaro el negro, bribón a quien conocían por simples noticias.

—¿Cuánto quieres —dijéronle—, por desollar a esas dos indias?

—Dadme cien ducados —replicó Lázaro.

—Tendrás doscientos —le dijeron—, pero las despachas lo más pronto que puedas.

Lázaro se presentó a la noche siguiente llevando como prueba una bonita mano, fría como el mármol, y todavía flexible y lánguida como la de una mujer dormida… no la traigo aquí, pero…

—¡Pero qué!… —exclamaron con horror Salazar y Chirinos.

—Pero traigo aquí la bolsa todavía repleta que le dieron a Lázaro; mirad… es la misma.

Aquel que hablaba sacó de su escarcela una bolsa de cuero con adornos de cordón amarillo, y le dio un golpe con la palma de la mano haciendo crujir las monedas.

—¡Bah! —continuó, guardándola—; dicen, aunque lo dudo, que todo se paga sobre la tierra… los señores aquellos tenían un confidente, o si se quiere un amigo que conocía no sé cómo toda esta historia; y a él le dieron, para que le guardara, ese dinero que habían robado a sus mancebas… ¡Oh!, y aquel amigo quiso poner precio a su silencio, ¡y qué precio!… ¡y qué amigo!… ¡voto va!, ¡no hay dos como ese diablo de Álvaro Manrique!…

—Y bien —dijo Chirinos cuando el desconocido puso fin a su historia—; ¿venís también a poner precio a vuestro silencio?

—Sí.

—¿Y si en vez de comprarle os obligáramos de otro modo a respetar ese secreto? —añadió Chirinos fijando en el desconocido una mirada oblicua.

—¿De qué modo? —repitió aquél con perfecta tranquilidad.

—Es muy sencillo comprenderlo.

—Pues no acierto… no concibo…

—¡Bah!, si yo me hallase aislado en el fondo de una pieza como esta, a tales horas y enfrente y casi a la merced de dos hombres resueltos…

—¡Hola!… pues nunca se me hubiera ocurrido, podía jurarlo…

—¡Blasonáis?…

—No; pero me creo seguro estando entre caballeros como vosotros.

Aquella respuesta, que podía tener dos significaciones, una temeraria y otra insultante, fue interpretada por Chirinos bajo el segundo punto de vista, y añadió con cólera:

—¿Cómo debo entender eso, caballero?

—Del modo que gustéis, caballero; me es indiferente…

—Bueno. Entonces debéis tener mucha confianza en vuestra espada…

—¡Por vida mía, señores!, que seréis capaces de impacientarme… ¿no sabéis explicaros en otro lenguaje que el de las estocadas? Escuchadme…

—¡Silencio! —dijo Chirinos desnudando hasta la mitad una brillante hoja de Toledo—. Tenéis la desgracia de saber lo que nadie sabe; y esa historia se sepultará con vos debajo de la tierra. ¡Salazar!, cuidad esa puerta.

El hombre de la cabellera enmarañada no se movió de su asiento.

Salazar echó fuera su espada, y de un salto se colocó enfrente de la única salida.

—¿Os empeñáis en no escucharme? —dijo el caballero.

Aquella calma, mucho más amenazante que la actitud del combate, detuvo el brazo de Chirinos. Aquel desconocido velaba sin duda un gran poder que le daba seguridad en los peligros, y acaso una virtud que le hacía inviolable.

—Os he dicho que puedo seros útil —añadió—, y os conjuro por última vez para que me digáis vuestra resolución. Yo nada temo: os lo advierto para que abandonéis las pretensiones de intimidarme. Sois dos; pero al eco de una palabra mía, veréisme acompañado por cien mejores que vosotros. Conque, sentado este punto, despachémonos: ¿queréis utilizar mis servicios?…

Chirinos pareció meditar.

—¿Qué decís vos? —dijo Salazar.

—Yo… —murmuró éste sin apartar la vista del desconocido—; acercáos… venid por aquí…

Salazar se retiró con su compañero a un ángulo del aposento, y comenzaron a hablar en voz baja.

—¿Qué decís de este hombre? —preguntó el factor.

—¿De este hombre?

—Sí.

—Me inspira un temor involuntario.

—¿Creéis lo que ha dicho?

—¿Por qué no?… bien puede haber dejado afuera los hombres que dice…

—Es lo de menos… pudiéramos darle una sorpresa; ¿pero opináis que nos confiemos?

—No, confiarnos, no; pero, ¡qué diablo!, debemos escucharle siquiera.

—Y esa historia…

—Ya veis que la conoce como si hubiera sido nuestro cómplice; eso es irremediable… La calma que muestra, os probará que en algo debe fiar su seguridad. Así, vale más ver cómo hacemos para tenerle grato, al menos mientras encontramos la oportunidad de darle un golpe.

—¿Será un espía?

—¡Ah!, sospecho que algo peor…

—¿Un sicario de Estrada?

—¿Por qué no?

—No, no es tiempo todavía… más tarde tal vez; pero hoy sería impolítico deshacerse de nosotros por medio de un expediente tan escandaloso. Más bien creo sea un pícaro que, como sospeché al principio, quiera vender caro el silencio acerca de nuestra aventura.

—Sea lo que fuere, probemos.

—Probemos.

Los dos guardaron sus espadas y volvieron a ocupar sus asientos. Salazar, que no era el más animoso, reanudó la conversación con este prólogo:

—Caballero: a nuestra vez os advertimos que ningún temor nos imponen las cien legiones de demonios que, según decís, acudirían en vuestro auxilio; evocaríamos otros tantos, y veríamos entonces… Ahora, vamos al asunto. ¿Decíais?…

La soberbia fanfarronada del veedor no produjo sobre el desconocido más efecto que una imperceptible sonrisa. Tras de aquella sonrisa siguieron estas palabras:

—Señores, voy a proponeros… mas decidme antes: ¿contáis verdaderamente con algunos hombres?…

—¡Oh!, en cuanto a eso, descuidad —repuso Salazar, empeñado siempre en causar miedo.

—¿Cuántos?…

—Así… cosa de… doscientos…

—No es cierto.

—¡Vive Dios!…

—No es cierto. Creí que habíais depuesto vuestra desconfianza… pero veo que continuáis creyéndome un bandido que viene por dinero, un espía de los gobernadores, o como Salazar decía, un sicario de Estrada…

—¡Yo!…

—Sí; ¿os admiráis de la fineza de mi oído?…

—Yo…

—También dijisteis una cosa que me lisonjea en alto grado, y os lo agradezco, porque acabáis de descubrir en mí la cualidad que puede seros más provechosa.

—Habláis de…

—Del terror involuntario que decís os causo. Y era fácil adivinarlo, aunque no fuera sino por el empeño que teníais en acuchillarme… ¡Ah!… y tenéis razón… soy algo feo; y vosotros, como todo el mundo, no perderéis nunca las preocupaciones de los primeros años. Con todo, no creáis que me doy por ofendido. Estoy acostumbrado a producir un efecto de repulsión a todo el que me mira; pero en cambio, suele borrarse la impresión cuando descubro en el fondo de mi alma los tesoros de mi amistad o los abismos de mi resentimiento. Yo vengo a ofreceros una alianza. Conozco vuestras miras, y os haré conocer el interés que me anima para serviros. Vuelvo a repetir que mi amistad puede ser útil. Así, podéis decirme con ingenuidad si os conviene mi alianza, y os prometo a fe de caballero, que, sea cual fuere vuestra determinación, aquel asunto de la hija del cacique permanecerá tan secreto como hasta ahora… acaso más, porque otras dos personas que pudieran hablar, Lázaro el negro y Álvaro Manrique, guardarán eterno silencio.

—Si sois un traidor —dijo Chirinos—, aquí estamos. Arruinados por ese que acabáis de nombrar; abandonados por Medina; colocados entre enemigos, y ya cerrados para nosotros los caminos del puerto, nada nos resta; estamos decididos a luchar hasta el último trance, y combatiremos con vos y con los vuestros, para que no saquéis de aquí sino nuestros cadáveres; pero si sois lo que apenas me atrevo a sospechar… un amigo…

—¡Ah!, nada tendréis por el momento —añadió Salazar—; pero una vez fortalecidos contra los manejos de Estrada; una vez que hayamos realizado lo que una traición arrebató a las más seguras esperanzas que brillaban para nosotros, seréis rico, riquísimo, hasta donde nunca se atrevieron los ensueños de la codicia.

El desconocido se puso en pie, hizo relampaguear una mirada de satisfacción, tendió sus manos a Salazar y Chirinos, que las estrecharon, y dijo con solemnidad:

—Me llamo Pedro Negromonte. Soy enemigo personal de don Hernando, y he jurado hacerle perder sus conquistas de América y su reputación en Europa. Vosotros me ayudaréis, y en cambio ocuparéis su puesto.

Salazar y Chirinos pudieron apenas disimular su asombro.

—¿Sois tan poderoso? —preguntaron.

—Pudiera serlo —replicó Negromonte—, y lo seremos poco a poco.

—¿De qué modo?

—Con el valor y la inteligencia.

—¿Y estáis seguro?…

—Vais a verlo, si gustáis escucharme.

18. La seducción

Negromonte abandonó su asiento, y acercóse más a Salazar y a Chirinos; los tres formaron un grupo enfrente de la vela, y sus sombras, creciendo hasta ser gigantescas, se encontraron también allá sobre las paredes del fondo, como tres fantasmas de la noche.

—En primer lugar —dijo Negromonte—, necesitamos el valor para pensar, y valor para ejecutar; valor para el combate, sea éste del carácter que fuere. Una vez que las gentes conozcan nuestras aspiraciones, ningún obstáculo debe detener nuestra marcha, porque nos esperan los silbidos del mal éxito y la venganza de nuestros enemigos. ¿Y qué peor pudiera acontecemos, en pago de lo que se llama un crimen?, los imbéciles, por frioleras suelen columpiarse en el palo con igual número de oscilaciones que los grandes hombres por maldades que estremecen al mundo. Nomás que los primeros provocan a risa, y los segundos son mirados con silenciosa veneración, aun en el lecho del sepulcro. ¿Por qué no llegan a sus fines tantos hombres que aspiran a gobernar las naciones? Observad bien y veréis que algún escrúpulo, algún afecto, alguna ruin consideración de lo que llaman leyes del honor o de la conciencia, es precisamente lo que causa la eterna perdición de esos seres mezquinos. Veréis, además, que pierden no sólo la fortuna, el puesto y la vida, sino el honor, porque pasan por inhábiles; el afecto, porque están arruinados; y su decantada conciencia, pues el que cae en la horca mofado y ultrajado por los mismos a quienes compadecía, se desespera, se arrepiente de haber sido humano, y muere maldiciendo esa moral que ni consuela al débil ni sirve a los fuertes sino para aniquilar el enérgico impulso que la fortuna les concede para conservarse. ¿Y qué os sucede a vosotros?, ¿y qué os detiene?… ¿y qué fin tendréis cuando Albornoz y Estrada, no bien seguros todavía, rompan con vuestros títulos esa amistad que os aparentan?

Gracias a Dios, tenéis en la sombra de vuestro pasado el asunto aquel, que me dice no debo esperar de vosotros los pequeños escrúpulos que asaltan al vulgo en negocios de importancia… Sabéis ya que por la senda que conduce al poder se atraviesan algunos arroyuelos de sangre: nada importa. Vayamos descalzándonos para pasarlos; podrá ser que alguno pierda el vado, se hunda, trague y quiera ahogarse; pero es peor volverse para tropezar con una fosa y caer en ella cubiertos por las piedras y los ultrajes del populacho. Necesitamos, para comenzar, cuatro víctimas…

—¡Adelante! —dijo Chirinos.

—Nombradlas —añadió el veedor.

—Son tres hombres y una mujer…

—¿Los hombres?…

—Uno, Álvaro Manrique: ése os toca a vosotros; yo diré el modo. El otro, Rodrigo de Paz…

—¡Oh!, es imposible… —murmuró Salazar.

—¿Y el otro? —preguntó Chirinos.

—Tetzahuitl…

—¡Ah!, ¡yo le tengo en mi poder!

—¿Sí?

—Le tengo en un calabozo de la fortaleza… está seguro.

—Pues vais a soltarle.

—¡A soltarle!

—Sí.

—Bien; y la mujer, ¿quién es?

—Isabel Dorantes.

—¡Ah!…

Un golpe eléctrico fue lo que el factor sintió al escuchar este nombre, y el resplandor pálido y frío de una lámpara sepulcral parece que alumbró su semblante.

—Ésa me toca a mí —añadió Negromonte.

—Y esa joven… ¿es tan temible? —preguntó Salazar mientras Chirinos volvía de la sorpresa.

—Esa joven… no, no es temible… pero necesitamos que su amante se manche con el crimen, y perezca a manos de la justicia. La muerte de Tetzahuitl nos servirá de mucho, y su crimen también.

—¿Quisiérais explicaros?…

—¿Conocéis a ese indio?

—Sí…

—¿Sabéis que después de Cuauhtémoc no hay otro que tenga más prestigio entre los indios?

—Sí…

—¿Sabéis que esos indios, con la ausencia de don Hernando, preparan silenciosamente el golpe que los hará dueños de su patria?

—Lo sé… pero de una manera vaga.

—Pues vais a saberlo. Estrada y Albornoz meditan, como vosotros, deshacerse de don Hernando y levantarse con el reino; pero más hábiles o más osados que vosotros, echarán mano de un medio que pocos se atreverían a sospechar, y que, bien manejado, puede llevarlos al colmo de la ventura. Ese medio es muy simple: aliarse con los indios, armar a los menos terribles, hacerles creer que se combate por ellos, no en cambio del imperio, sino del dinero, para que den mucho y se levanten a combatir con el ardor de tan grata esperanza, como es el exterminio de los conquistadores y la posesión libre del Anahuac. Después, cuando los indios ya triunfantes den a sus aliados el abrazo de paz…

—Comprendo.

—Bien…

—¿Y esa alianza… es ya efectiva?

—No, pero está próxima… Ha cuatro días fui conducido al centro de un palacio del que el rey Netzahualcóyotl hizo construir debajo de tierra. Yo soy el único español que conoce la entrada, y pude presenciar escondido lo que voy a contaros. Era una asamblea numerosa de guerreros desconocidos. Allí se trataba de saber si sería conveniente mancomunarse con Estrada para combatir a don Hernando. Tratábase de comprar esta alianza con un valor proporcionado a la grandeza del servicio, y las propuestas eran deslumbrantes. Millares de barras de oro y plata para cada uno de los soldados; las jóvenes más encantadoras para que les sirviesen de mancebas; para esclavos, la raza entera de los tlaxcaltecas; y para hogares, los sitios más saludables, más fértiles y más pintorescos de la América.

Hubo algunos que se opusieron, pretextando la conocida perfidia de los españoles; pero quedaron convencidos por la elocuencia de Temachti, que en un lacónico discurso mostró la vanidad de semejantes sospechas, y los medios que tenía dispuestos para contrarrestar una traición, en caso de que aventuraran realizarla.

Siguióse una disputa sobre los personajes más idóneos para ser instrumentos de la rebelión. Zuazo por una parte, y vos y Chirinos por la otra, oscilaron en la balanza, y el primero fue desechado como amigo de Cortés y hombre de genio mezquino para la política. Después volvisteis vosotros a ser pesados con Albornoz y Estrada. Temachti puso su palabra sobre un platillo, y entonces fuisteis desechados por el voto unánime de los caciques.

Se ha escogido al hombre que debe atreverse a proponer a Estrada las condiciones y el contrato. La vuelta de Tlahuac, que marchó como aliado entre las filas de Cortés para salvar a Cuauhtémoc, es lo que los detiene. Porque la muerte o la vida de ese príncipe decidirá la cuestión sobre el nombramiento de Tetzahuitl para sucederle en el trono.

—¿Queréis concluir?… os lo ruego —dijo Chirinos con ademán suplicante.

—Voy a obedeceros; pero decidme antes, ¿qué haremos para que Temachti prefiera nuestra alianza?…

Largo rato meditaron Salazar y Chirinos ante la sonrisa desdeñosa de Negromonte, hasta que el veedor, reconociendo su propia ignorancia, se resolvió a decir:

—No atino; apenas conjeturo sobre lo que tratáis de proponernos.

Chirinos añadió esto, que no era del caso:

—Bien; supuesto que todo lo sabemos, podríamos perder a los gobernadores… denunciándolos.

—Probadlo —replicó Negromonte.

—A ver, hablad, porque todo eso no pasa de quimeras —dijo Salazar.

—Hablad, pero pronto —exclamó Chirinos.

—Hemos llegado al término —dijo Negromonte—. No hay más que un medio: hacer que esos hombres infieran una grave ofensa a los caciques.

—Comienzo a sospechar… pero seguid, seguid…

—Es preciso que den garrote al príncipe azteca.

—Ya lo habíais dicho… falta…

—Existe un hombre, Mendoza, a quien Estrada mira con el afecto de un padre a su hijo. (Hay aquí otra larga historia que referiré cuando sea tiempo). Mendoza es galán antiguo de Isabel la joven; se mantiene inexorable a los ruegos, pero no por eso rehusa la amistad del joven, y ambos suelen pasar algunas horas conversando sobre cosas indiferentes, no sin que Mendoza se aproveche de la oportunidad para recordar a la Dorantes lo que sufre por ella.

Nadie ignora ya que la negra melancolía, que la lividez y demacración del rostro de Mendoza, son el efecto de un amor constantemente despreciado; tampoco nadie ignora que el joven protegido de Estrada debe su puesto de capitán, sus indios y sus doblones, a un carácter de esos que, os dije, son un tesoro para los hombres públicos.

—Es cierto —dijo Salazar mientras Chirinos parecía beber con los ojos cada palabra de Negromonte.

—Oíd la conclusión —añadió éste—: Mendoza verá un día a la Dorantes, le hablará de su amor; la joven, como siempre, responderá excusándose. Mendoza, como acostumbra, se retirará amostazado. A otro día la joven perecerá bajo el puñal de un asesino… ¿Qué tenéis?

—Nada… proseguid —respondió Chirinos, a quien era dirigida esa última pregunta.

—El asesino —continuó Negromonte—, pronunciará ciertas palabras que serán oídas por alguno y bastarán para arrojar las sospechas sobre Mendoza… ¿Vais comprendiendo, Salazar?

—Sí.

—Después Tetzahuitl sabrá lo que hace con Mendoza; Estrada sabe lo que debe hacer con Tetzahuitl; los indios saben lo que harán con Estrada, y nosotros sabemos lo que debemos hacer con los indios, y negocio concluido.

—¡Diablo! —dijo Chirinos—; no carecéis de astucia… pero, a todo tirar, sois un pícaro.

—Acepto. ¿Y qué decís vos, Salazar?

—Yo…

—¿Os pone miedo la aventura?

—No tal. Está tomada mi resolución; pero… quisiera conocer la del señor Chirinos.

—¡Ah!, yo también —dijo éste—; pero falta deciros… sabedlo de una vez: amo a esa joven…

—¿Y no queréis que muera? —preguntó Negromonte, cuyo rostro se hizo sombrío.

—¡Oh!… me preguntáis…

—¿Queréis que viva?…

—Esperad… ¿es preciso que muera?…

—O morís vos…

—¿Decís la verdad?… —exclamó Pero Almindes—. ¡Ah!… pues bien —añadió casi lloroso—, quiero morir… pero ella… ¡salvadla!… ¡os lo ruego!…

El factor tendió la mano a Negromonte; pero éste retiró la suya con violencia, irguió su cabeza espantosa, y haciendo un gesto de repugnancia, dijo a Chirinos:

—¡Sois un miserable!

Después, tomando su sombrero, se disponía a salir; pero Chirinos le detuvo.

—¡Apartáos! —dijo Negromonte—; no sois el hombre que yo busco.

—¡Vive Cristo!, ¡escuchadme!… os probaré que…

—Decidios pronto.

—Estoy arreglado… pero os pido un favor…

—Hablad.

—Dadme un plazo.

—¿Cuántos días?

—¡Seis… tres… dos!… los que queráis darme.

—Tendréis los que os concedan las circunstancias… pero ¡ay de vos! si la dejáis que sospeche.

—Os respondo con mi cabeza.

—Os tomo la palabra.

El factor se separó del grupo y tornó a su paseo, sin atender más que a su pensamiento. El cabo de vela se había consumido casi por completo. La flama, todavía serena, flotaba sobre una fuente de sebo derretido que se desbordaba inundando la palmatoria. Uno de esos insectos, comparados por los antiguos moralistas, a la juventud incauta que se deja seducir por el brillo de las falsas promesas, se agitaba en aquel charco hirviente, con las últimas convulsiones de la agonía. Si Salazar, en vez de contemplar la flama hubiese mirado al insecto, creyera sin duda descubrir entre el temblor de aquellas alas doradas, alguna de esas cifras tremendas, reveladoras del destino.

—¡Chirinos! —gritó Negromonte—, acercáos.

El factor obedeció.

—Vais a recobrar vuestros ducados —le dijo—, y vos también —añadió tocando con la extremidad de su dedo el pecho del veedor.

—Voy creyendo en vos —dijo Salazar, en cuya faz se retrató el contento de la avaricia satisfecha—: ¿y cuándo lograremos?…

—Hoy mismo, si tenéis prisa.

—¡Hoy mismo!…

—No es necesario para que recobréis vuestro dinero que ese hombre muera. En este instante lo tendréis, aquí mismo, sin que os falte un solo maravedí. Ahora, necesito unas firmas.

Negromonte sacó de su escarcela dos pergaminos, que entregó a Salazar.

—Son —dijo— dos nombramientos para Villaroel y Vázquez de Tapia. Quiero que marchen para la península, cuando hayamos revocado los poderes de Montejo y de Ocampo. Traigo aquí lo necesario —añadió, sacando un tintero de cuerno y una pluma.

Salazar firmó sin titubear. Chirinos, antes de trazar su nombre, preguntó a Negromonte:

—¿Y de qué medios disponéis para obrar con semejante confianza? Nos habéis hablado de víctimas; ahora, explicadnos, ¿de qué diablos pueden servirnos esas muertes, si mientras no tengamos lanzas nada somos para los indios?

—Las tendremos cuando muera Mendoza —replicó Negromonte—. El verdadero dueño de esa fuerza, el que tuvo la paciencia de organizaría, el que pagó los gastos de viaje y de armamento, el que las ha aguerrido en continuas escaramuzas con los bárbaros, el que les ha permitido el asesinato, el incendio y el pillaje, y les ha dado nombre y fortuna, está ligado con Mendoza por los lazos de una vieja amistad, que una vez rotos por la muerte, le quitarán el único inconveniente que le detenía para abandonar las filas de Albornoz y de Estrada. Cuento, además, con hombres fieles y resueltos mezclados con las gentes de Tapia, de Mendieta y de Francisco de Medina. ¿Queréis saber más? Yo mismo cuento con un centenar de hombres, cada uno de los cuales, como os dije, vale por veinte de los vuestros, aunque no fuera sino por el aspecto de sus rostros y el terror de sus nombres. Veo que Chirinos, y vos mismo, Salazar, dejáis transparentar un pensamiento de duda…

—Nos habéis sorprendido —dijo Chirinos—. La hora, el ánimo en que nos tiene nuestra situación, vuestra tal cual facilidad para hablar, el ser dueño de un secreto que harto nos tiene horrorizados, y, en fin, el falso brillo de vuestros planes y vuestra audacia, hicieron en nuestro espíritu un efecto momentáneo. Ha pasado; estamos serenos, y comienzo a dudar de todo. Os he ofrecido sacrificar hasta lo que miro como el lazo sagrado que me une a la existencia: Isabel. Ahí está; después de eso puedo firmar, si lo exigís, el pacto de mi condenación… pero necesito pruebas; y pruebas claras como la luz, para no tomar vuestras palabras como las de un delirante o las de un charlatán cualquiera. Llevadnos mañana a ver a esos hombres, los veremos obedeceros, y entonces…

—¿Seréis míos?…

—Vuestros —dijo Chirinos.

—Vuestros… seáis quien fuereis —dijo Salazar encogiendo los hombros, y viendo con desconfianza a Negromonte.

Éste sonrió de una manera diabólica, sacó de su escarcela un silbato, y dijo presentándoselo a Chirinos:

—Tendréis, en primer lugar, una prueba de lo que vale mi canalla; tocad eso…

Chirinos, después de titubear algunos momentos, le acercó a sus labios.

—¿Qué esperáis? —preguntó Negromonte.

Entonces Chirinos sopló con fuerza en el silbato.

Casi al mismo instante resonaron unas pisadas sordas en el fondo del aposento. Salazar y Chirinos se estremecieron, interrogando con las miradas aquel punto donde creían ver de par en par las puertas de una lobreguez fría y pavorosa.

De repente apareció una figura corpulenta, de rostro negro como la noche.

—Acércate —le dijo Negromonte.

Salazar y Chirinos, que hasta entonces habían permanecido mudos por el espanto, exclamaron retrocediendo:

—¡Jesús!… ¡Lázaro el negro!

—Que traigan aquí el cofre —dijo Negromonte al hombre que acababa de llegar.

Éste salió. El factor y el veedor le siguieron hasta la puerta con las miradas, y cuando hubo desaparecido, preguntó el primero:

—¿De dónde salió ese hombre?… ¿queréis decirme?

—Ya lo estáis viendo.

—Mirad que nuestra fe cristiana y una larga experiencia nos impiden dar crédito a las cosas que aquí estáis representando. Ese hombre ha entrado por la puerta.

—¡Bah!, no me parece que se necesita un don sobrenatural para saberlo. Ha entrado por la puerta; y bien, le visteis cuando entró.

—No… pero…

—Lo celebro. Eso indica lo que he tenido el gusto de deciros acerca de la habilidad de esa gente. Detrás de Lázaro se hubiera colado una legión entera, con la misma facilidad, sin que ni yo mismo los hubiera sentido; que os baste el ejemplo de uno solo. Ahora, os voy a dar pruebas de la seguridad de mis promesas.

Se abrió la puerta y apareció el llamado Lázaro guiando a un grupo de otros seis hombres también negros y hercúleos que traían en peso una arca de encino con cinchos de hierro. La colocaron a los pies de Negromonte, y se volvieron, desapareciendo por la puerta como esas figuras de la magia que se pierden por la garganta de un dragón abierta para recibirlos.

—Abrid eso —dijo Negromonte.

Salazar se inclinó sobre el arca, levantó la tapa, y dio un grito de alegría. El arca estaba repleta de pesos de oro que brillaban como si despidiesen flamas. También las pupilas de Chirinos despidieron rayos desconocidos, que cruzándose con los reflejos del arca, se estrecharon con el abrazo impuro de la codicia.

—¿Podéis firmar? —preguntó Negromonte.

Chirinos tomó la pluma, y con pulso trémulo describió las letras de su nombre.

—Soy vuestro —dijo tendiendo su mano a Negromonte.

—Y yo —repitió Salazar, imitando al factor.

—Y yo de vosotros —dijo Negromonte estrechando contra su corazón aquellas manos que estaban heladas—. Tened confianza; la hora suprema del destino acaba de sonar para nosotros. Puesto ya el pie sobre la entrada, aún tenéis tiempo de volver sobre vuestros pasos y tomar la senda que os parezca menos tenebrosa; la nuestra, os lo confieso, está rodeada con las frías sombras de la eternidad y del silencio. Allí pisaréis sangre que hace resbalar al viajero y le desvanece con sus acres emanaciones. Aspiraréis un aire viciado por los despojos de la muerte; veréis vibrar como el relámpago el puñal que busca vuestros corazones; y sólo escucharéis el trueno de una maldición o los postreros gemidos de una víctima. Y ¡ay del que tiemble!, pero tenemos ese espíritu que se cierne triunfante sobre las preocupaciones humanas, y relega al desprecio las vanas quimeras de esa vida que dicen se abre tras las paredes del sepulcro…

Sabemos que los castigos y las recompensas eternales no han sido inventadas sino para servir de escudo a los dichosos de la tierra, contra los atentados de la codicia de los pobres. Sí; fueron inventados para que el hambriento y el desnudo, y el doliente y la doncella pobre, y la viuda sin hogar y el huérfano y todos los desheredados, contemplasen el despilfarro de los festines, los trajes sembrados de perlas, el insultante regocijo de los poderosos, los vastos aposentos vacíos del alcázar, la pompa de los templos y las brillantes dilapidaciones de las prostitutas, y lo viesen todo sin odio, sin indignación, sin deseos siquiera, puesto que el deseo mismo es una especie de atentado. Nosotros no nos dejaremos sorprender por ese miedo que han infundido en las almas vulgares los sacerdotes impostores, cómplices eternos de los fuertes. No hay más espacio para la esperanza, ni más bien, que el que abarcan los estrechos límites del globo. Aquí está todo. Aquí nace uno, y aquí se desvanece, y nada sube al cielo sino el vapor hediondo que los rayos del sol arrancan de la sepultura. Hay hombres que por haber dado crédito a los consejos de inexperimentados moralistas, pasaron los hermosos días de la juventud sin osar mezclarse en los placeres con que los convidaba el mundo. Y estos hombres, cuando llegan a la edad de la sabiduría, lloran con lágrimas de rabia los desperdicios de esos años que huyen para no volver nunca. Así es la vida respecto de la muerte. Si hay un lugar adonde vuele el alma cuando la carne se aniquila, debe ser uno sombrío, donde penen las de los hombres ruines lamentando cada momento que robaron a la dicha en obsequio de una mentida gloria.

No hay más gloria que lo presente. Una vez muertos, cae sobre nosotros el sello eterno de la nada. Los himnos o las maldiciones de la posteridad no penetran en los oídos, repletos de tierra y de gusanos; las coronas o las inmundicias son iguales para la frente insensible y extraña al pensamiento, y los túmulos donde el pincel graba nuestro nombre, y las flores con que la vanidad de un dolor pasajero adorna nuestra losa, nada son para los ojos vaciados por las sabandijas de la tumba.

En fin, el tiempo vuela, démonos prisa; rompamos atrevidamente por en medio de esta multitud que se agita enfrente de nosotros, y devoremos para que nos devoren. Nada temamos; pongamos en juego todos los recursos de la fuerza y de la inteligencia, para conquistar la parte de botín que nos toca en el pillaje de la vida.

Y ¡ay del que tiemble!…

En este momento se escuchó el chirrido del sebo; la pavesa cayó, y la luz, después de elevarse y fluctuar un instante sobre un trémulo cordoncillo de humo, se extinguió, dejando el aposento envuelto en densas tinieblas.

Salazar y Chirinos, que habían dejado escapar la mano que oprimía las suyas, volvieron a buscarla, y nada encontraron. Llamaron varias veces a Negromonte, y no obtuvieron respuesta; ni la puerta se abrió, ni se oyeron los pasos, ni se notó nada que indicase la salida de una persona. Pasados unos cuantos minutos, dejóse oír por el fondo de la pieza la lejana voz de Negromonte, que repitió con ronca voz estas palabras:

—¡Ay del que tiemble!

—¡Ay de nosotros! —exclamó Salazar cayendo de rodillas.

—¡Ay de mi amor! —exclamó Chirinos arrojando suspiros que parecían sollozos.

19. Qué dirá, de qué manera, después de qué, y por qué persona recibió Zapata la orden de quedar libre

Después de atravesar por un patio de elevadas paredes, y por varios oscuros callejones donde apenas pueden salir dos personas de frente, se llega a una especie de hortaliza, también rodeada por muros denegridos, que dan al viento cenicientas guirnaldas de plantas silvestres.

En un ángulo de aquel recinto hay una puerta resguardada con planchas de hierro; detrás de aquella puerta se desciende por una rampa donde el aire es pesado y húmedo, y se llega a una reja cubierta de telarañas y de orín, que intercepta el paso de un aposento lóbrego parecido a una letrina.

Allí duerme, o parece dormir un hombre; ese desdichado es Zapata.

—¡Ea! —le dice un carcelero moviéndole bruscamente con el pie—, ¿no tenéis ganas de comer, buen hombre?

El que así hablaba no tenía la facha conocida de los carceleros; vestía como cualquier hidalgo, y en su rostro, sin hipocresía, se notaba el tinte que da la pobreza a las personas que tuvieron mejores tiempos.

Zapata se incorpora con trabajosa lentitud, se pasa las manos por los ojos, y responde entre bostezos algunas palabras que no entiende su interlocutor.

—¡Eh!, que os hablo —repitió éste—, ¿coméis?, porque necesito la cazuela.

—¡Ah!, ¿traéis el almodrote?

—Sí… tomad.

—Bien; y ahora, decidme…

—¡Diantre!, ¿ya volvéis?…

—¿Y cómo no?… ¡con mil truenos! Ha quién sabe cuántos días que me tenéis aquí enterrado, y no logro que me digan siquiera por qué se me condena con rigor semejante.

—¿Y por eso me habéis hecho pagar el mal que os hace otra persona?… todavía siento los repizcos; pero os aviso que hoy vengo prevenido; mirad este garrote… a la primera señal de acometimiento, os le descargo en la cabeza.

—Bueno; dispensad que os haya puesto la mano; pero pregunto: ¿no basta para castigarme, la horrenda noche que aquí paso muerto de frío, de hambre y de sofocación?

—No basta.

—¿Os parece poco, señor?

—Muy poco.

—¿Habláis como aporreado?…

—Hablo como juez.

—¿Y cuál es mi culpa?

—Sépalo el diablo… yo…

—¡Cómo!

—La ignoro.

—Pues entonces, ¿por qué os parece poco verme en este sitio sin luz y comido de ratones?…

—¡Bah!, ¿conocéis a Fernández?

—Si tal…

—Pues ése estuvo en un presidio de Granada más de veintisiete años y pico.

—Y piquen veinte mil diablos; ¿qué tengo yo que ver con ese Fernández?… ¿o creéis que yo soy algún ladrón facineroso?

—Así lo parece.

—¡Señor carcelero!… ¿y en qué os fundáis?

—No se necesita fundarse.

—No entiendo…

—Ni yo tampoco.

—Dios os bendiga, maese. Voy a explicarme. Habéis dicho que no me tiene aquí ni el capitán Andrés Tapia, ni el capitán Francisco de Medina… ¿Vais entendiendo?

—Sí…

—Que no estoy aquí por causa del señor Estrada, ni Albornoz, ni Zuazo, ni doña Luz, ni Zárate…

—Sí, sí, sí.

—Ahora, decidme: ¿quién diablos es el que se empeña en perderme?, decidme: ¿quién es esa persona sumida en el misterio?

—Pues yo soy…

—¿Sí?… ¡qué!… ¿quién?…

—Soy de opinión…

—¡Ah!…

—Soy de opinión, que no debemos mezclarnos en lo que nada nos importa.

—¿Que no me importa habéis dicho?…

—Si tal.

—¡Cómo!…

—¡Sí señor! ¿A mí qué me interesa que se os pudran hasta las entrañas? ¡Ea!, despacháos, que no estoy para perder el tiempo.

—¿Sabéis una cosa, maese?…

—¿Qué?…

—Que sois un animal.

—¿Y qué animal?

—Un pollino.

—¡Gran cosa!… si me hubiérais llamado perro…

—¡Qué! ¿Sois tan bravo?

—Haced la prueba…

—Si mal no me acuerdo, ayer la llevásteis colgada en las orejas.

—¿Os corre prisa la respuesta?

—No… ¡pero con un diantre!, ¿qué empeño habéis tomado en darme tormento?, ¿qué hago yo aquí?… ¿qué hace entretanto mi familia? ¿Sabéis de lo que es capaz un hombre, llevado a la desesperación?

—¡Silencio!, si os movéis siquiera… no respondo.

El carcelero enarboló su garrote. Zapata extendió el brazo hasta tocar el borde de la cazuela, y encarándose con su guardián, le dijo, ya montado en cólera:

—¡Mirad, maese verdugo, que ni con esa tranca, ni con todos los arcabuces y las picas del reino, seréis capaz de intimidarme!

—¡Silencio!, digo…

—¡Sois un bodoque!

—¡Chist!

—¡Por el diablo! —exclamó Zapata levantándose como por un resorte—. ¡Atreveos!

El carcelero levantó más el brazo; pero antes que pudiera descargar el golpe, Zapata le asió por el gaznate, y le puso de espalda contra la reja.

—¡Vamos!, haya paz… —dijo el carcelero sin hacer resistencia—, hablemos como buenos cristianos.

—Pues dadme ese garrote.

—Tomadle.

Zapata recibió el arma y soltó al carcelero. Este último se compuso el cuello, recogió su sombrero y volvió a ocupar su sitio, dispuesto a continuar la conversación.

—¡Por mi abuela! —dijo llevándose una mano a la garganta—; dad gracias a mi buen carácter, pues no pagáis con vuestra vida el insulto que me habéis hecho.

—¿Os parece poco?…

—¡Demasiado!

—Echáos la culpa.

—¡Bah!, no quiero desperdiciar palabras. Sois mi prisionero y estáis desarmado…

—Sin embargo, si queréis, que siga la danza…

—De buena gana, pero le temo… por mí solo.

—Bien dicho. Ahora, sigamos hablando.

—¡Qué!, ¿habéis creído?… temo por mí… es decir… estáis bajo mi responsabilidad, y si alguno de los dos queda en el campo…

—¡Zape!

—Seré castigado severamente. De otro modo, saldríamos como dos caballeros, y todo se arreglaría con las espadas…

—¡Bah!, ¿gustáis de merendar? —dijo Zapata sentándose en el suelo, y aproximándose la cazuela—. Mirad, aquí hay un zancarrón con que podéis dar principio…

—Gracias, buen hombre; que os haga provecho.

—¡Diantre! —dijo Zapata—, ¿os parece un buen hombre el que os ha dado una zurra?

Estas palabras manifiestan qué hasta los hombres como Zapata participaban de ese orgullo proverbial entre los españoles. La frase que pronunciara el carcelero, sería recibida con satisfacción de los labios de Cortés o del rey; pero en los de un cualquiera como el que acababa de decirla, se hacía insoportable y hasta insultante.

—¿Zurra llamáis a eso? —dijo el carcelero.

—O zurribanda —repitió el otro—, no disputo los términos.

—¡Ah!, ¿zurrarme a mí?, bien se ve que no me conocéis…

—¡Canario!, ¿estaré hablando con Solimán? —preguntó Zapata, retirando el bocado que iba a introducirse en la boca.

—¡No tal!, pero si mi linaje no es de reyes, como debe serlo el vuestro, desciendo de nobles caballeros que nunca soportaron ultrajes…

—¡Hola! —dijo Zapata, que a pesar de su encierro no perdía cierto buen humor que le caracterizaba—, ¡descendéis de nobles caballeros!… ¡por vida de mi madre!, pues sois más que yo, porque yo no desciendo más que de un solo caballero.

Los ojos del guardián despidieron tal mirada de cólera, que a ser vistos en el crepúsculo del calabozo, hubieran causado miedo al mismo Zapata; pero su mirada no fue tan rápida como su mano para apoderarse del garrote y levantarlo sobre el cráneo del prisionero.

—¡Ea! —dijo Zapata, que comprendió su situación—, ¿no me habéis entendido?, sed menos violento.

—¡Cuidado conmigo!…

—Bajad el palo…

—¡Silencio, con mil truenos!

—Perdón…

—Bien está… Alzáos; pero os advierto que otra vez no se os ocurra echarla de gracioso, porque la pasaréis mal. ¡Por vida mía —añadió volviendo a levantar el garrote—, que si se me sube a la cabeza todo lo Zancadilla!…

Aquel apellido fue una inspiración para Zapata que acechaba la ocasión de sorprender al carcelero. Le abarcó por las piernas, tiró violentamente, y el otro vino al suelo, con gran mengua de la fama y lustre de los Zancadillas.

—Desarmarle y volver a sujetarle por la garganta, fue obra de un momento.

—Ahora quiero veros, señor Zancadilla —dijo Zapata.

—¡Esperad! —dijo el otro haciendo algunos esfuerzos para incorporarse—; me estáis lastimando.

Zapata no hizo caso de estas palabras. Comenzó a desatarse con una mano el ancho ceñidor conque sujetaba sus calzas, y cuando hubo concluido trató de asegurar los brazos del carcelero.

—¿Qué vais a hacer? —dijo éste dejándose atar sin resistencia.

—Vais a darme todas las llaves que tengáis en vuestro poder.

—¿Con qué objeto?

—Con el objeto de las llaves; despachad.

—¿Tratáis de saliros?

—Sí; a ver las llaves.

—¿Nomás eso?

—Nomás.

—¿Y quién os detiene? Podéis iros hasta el quinto infierno sin que nadie os estorbe.

—¡Ah!, ¿me tendéis una trampa? Veremos.

—¡Trampa!, ¡con mil de a caballo!, os digo que podéis marcharos.

—¿Será verdad?

—Os juro que a eso vine; traía la orden de abriros las puertas. Están francas.

—Si es un engaño…

—Sois más porfiado que un vizcaíno: a ver… asomaos por ahí si gustáis, y gritadle a Marquina.

—Sería muy bueno para vos, pero no me conviene —dijo Zapata metiendo la mano en el bolsillo del carcelero, y apoderándose de un haz de llaves.

Después se dirigió resueltamente hacia la reja, la abrió, subió por la pequeña rampa que hemos mencionado, y abrió sin dificultad las hojas de la segunda puerta. Un torrente de luz inundó sus pupilas, que se cerraron con dolor; y un aire fresco y perfumado dilató sus pulmones casi marchitos por la atmósfera del calabozo.

—Buen viaje, amigo mío —dijo una voz muy próxima a sus oídos.

Zapata se descubrió los ojos y procuró mirar al que le dirigió la palabra. Era un soldado que limpiaba con un cuero las abolladas piezas de su arnés, y manifestaba la mayor indiferencia.

—Queréis decirme —dijo Zapata—, ¿es verdad que soy libre?

—Más que mi madre —dijo el otro—, ¿lo dudáis?

—Es decir… ¿puedo irme?

—¿Pues qué diablos esperáis, compadre?

—¡Ah!, pues entonces, ¡adiós!, ¡adiós!, no quiero permanecer más en este infierno.

—¡Él vaya con vos, amigo mío!… ¡Ah, oíd!

—¡Qué!, ¿no es cierto?

—Os hablan por allá adentro…

—Por… ¡ah!… ¡por Santiago! —exclamó Zapata, recordando la posición en que dejaba al carcelero—, ¡voy allá!

Entonces volvió a entrar al calabozo.

—¿Estáis convencido? —le preguntó Zancadilla, que estaba tendido largo a largo, y fajado como un niño de pecho.

—Perdonad —le dijo Zapata comenzando a desatar los nudos—; vos tenéis la culpa de estas violencias, ¿por qué no me lo habíais dicho? Estuvo en un tris que nos rompiésemos las testas, por no pronunciar una palabra.

—¡Ah! —replicó el otro—, esperaba yo a que comierais. Una noticia de esas con el estómago vacío… pero sobre todo, a mí se me dijo que a la tarde, y yo no puedo violentar una orden… ¿ya estoy?

—Sí, y os pido mil perdones… Si vuestra nobleza, que no pongo en duda, tiene a bien inclinarse hasta la amistad de un labriego como yo soy, me encontrará siempre dispuesto a quererle y servirle en todo lo que pueda.

—No, señor… ¿cómo?…

—Zapata, criado de vuesa merced.

—Bien, señor Zapata; algún día tendré la honra de hablaros largamente de mi persona para que sepáis que este lugar que ocupo es inferior a mi nacimiento, y que…

—Bueno; yo vendré por vos ese día para que hablemos, y echaremos un trago a la salud de vuestros nobles abuelos: dadme un abrazo y quedad con Dios, señor Zancajo.

—¿Os vais tan pronto?

—Sí; ansio ver a mi familia… no sé de ella… conque… ¡adiós!, y no conservéis memoria de nuestras desavenencias.

—¡Ay, amigo Chancleta!

—Zapata.

—¡Ay!, amigo Zapata… difícilmente sanaré del gaznate.

—¡Quiá!, id por allá, y mi mujer os cura como por encanto. Figuraos que busca más yerbas que un jumento, y las conoce más que un boticario… ¡Ea!, ¡quedad con Dios!

Zapata se alejó a todo escape sin oír los últimos adioses que le mandaba Zancadilla.

20. Don Gaspar de Mendoza

Volvió Zapata a ampararse de aquella misma casa en cuya puerta fue sorprendido por los esbirros de Garduña. Grande fue la sorpresa que recibió Juana cuando la relación de la aventura de su padre le dio a conocer el gran peligro que amenazaba a Tetzahuitl; pero no fue menor su regocijo cuando pudo adivinar que un hombre, sin duda poderoso, amaba a la Dorantes con ese amor que se convierte en frenesí con los desdenes. ¿Y quién sería el nuevo amante? Juana lo ignoraba; pero se prometía encontrarle. Pensaba ponerse en observación desde aquel mismo instante, pues tenía grande curiosidad de conocer a ese hombre, de hablarle, de ayudarle, de unirse a él con toda el alma, para quitar a Tetzahuitl esa mujer que le hacía tan desapacible y tan ingrato. Una vez allanado el principal obstáculo, Juana pensaba que todo lo demás sería fácil, si se atiende al poder destructor que tiene la ausencia sobre el objeto del cariño. Además, contaba con su ternura, con su constancia, con su belleza, y en caso necesario, con los artificios ya vulgares en la coquetería del Viejo Mundo; pero no conocidos por los sencillos habitantes del Nuevo.

Juana continuaba al lado de Isabel. La primera disimulaba su aborrecimiento. La segunda, segura del afecto de Tetzahuitl, miraba a Juana con benignidad, y allá en el fondo la compadecía, meditando en ese abismo de dolor que deja en el alma de una joven la huella del primer desengaño.

Un día se hallaba Juana en el jardín, en pie junto a un pequeño estanque, viendo a varios ánades que se perseguían a picotazos barriendo con sus pechos atornasolados la límpida superficie de las aguas. Juana entreabría de cuando en cuando su pequeña boca para aspirar el aire fresco del jardín; y le exhalaba tan ardiente, como si el suspiro, viniendo de las profundidades de su amor, saliese impregnado con partículas de fuego.

Acaso pensaba en Tetzahuitl; tal vez miraba reproducirse en el estanque la inmensidad del mar, y en uno de los ánades la nave que se aleja dejando tras de sí la patria, para marchar en pos de un incierto destino.

Quién sabe lo que hubiera durado la inmovilidad de Juana, si una mano que le tiró suavemente de los pliegues del sayo no hubiera venido a interrumpir el curso de sus pensamientos.

—¡Ah!, ¿sois vos, señor?

Era Mendoza, don Gaspar de Mendoza, joven según contaban, enlazado con la primera nobleza de España, encomendero, alférez de la ciudad, comandante de quinientas lanzas, rico, hermoso, valiente, soberbio con sus dotes, malo por naturaleza, generoso por afectación, amador de las damas, amado siempre, y considerado por todos como la espada más temible del reino. Tapia, Mendieta, Francisco de Medina y otros varios espadachines le temían y le respetaban. Su segundo, que era un aventurero, dueño de la fuerza, y cuya fama de valor y de habilidad era tan crecida como tan justa, le temía también, y llevaba sobre el cuerpo varias señales, que en tal hombre daban la prueba más segura de lo que valía la espada de Mendoza. Era éste considerado por Estrada como el más firme apoyo de su gobierno; le amaba con exceso, hasta el grado de que malas lenguas aseguraban que don Gaspar era un hijo adulterino del señor tesorero. Lo que más caracterizaba a Mendoza su galantería, era un amor libidinoso, primero tierno y solapado, pero feroz, amenazante y tremendo cuando encontraba resistencia.

Isabel fue conocida por Mendoza el día que celebró su casamiento con Dorantes. Mendoza, confundido entre la turba de los convidados, no separó un instante su vista de la joven, cuya hermosura le pareció asombrosa. Vio al novio, le juzgó vulgar, y le vio cara de uno de tantos animales destinados por su mala suerte a ser con sus mujeres el juguete de los holgazanes. Además, una mirada que por acaso le dirigió Isabel, le pareció más expresiva de lo natural. Creyó entonces haber hecho la impresión que estaba acostumbrado a producir en corazones menos puros que el de la desposada.

Dorantes, a quien Cortés quería dejar gozando aquellos primeros días felices (que siempre son los últimos), marchó en la expedición, por el influjo de Mendoza, que mostró a don Hernando la grande utilidad que sacaría llevando consigo a un joven cuyo afecto era inmenso y cuya bravura le había sacado varias veces de terribles aprietos. Mendoza, libre ya para dar principio al asedio, se hizo llevar a la casa de Isabel por Rodrigo de Paz. Su nombre, su posición, su amistad con Cortés, su parentesco real o aparente con Estrada, su exquisita finura, su charla graciosa y amena, y el aire de protector de los indios, que supo darse salvando de los impuestos o del palo a algunos pobres que nada le importaban, hicieron que la joven le tomase un distinguido afecto, llamándole a la faz del mundo el primero de sus amigos. Pero Gaspar de Mendoza, que hubiera querido ser más bien el último de los amantes, despreció el noble título de amigo, e instaba con el mayor empeño a la Dorantes para que le consolase con alguna esperanza. La joven sabía tenerle a raya, sin usar ni una sílaba que pudiera ofenderle. Esto ponía furioso a Gaspar de Mendoza. Su amor se convirtió en pasión, y la pasión en locura; vino después un frenesí, que rompió, no se sabe en qué términos, que dieron mucho qué pensar a Isabel. Sin embargo, después de algunas oscilaciones, la amistad continuó como siempre, aunque Mendoza no pensaba sino en su capricho.

Hoy que lo ven nuestros lectores con la hija de Zapata, viene de hacer una de sus acostumbradas tentativas para vencer el alma de Isabel; y como siempre, llega pálido y humillado por la derrota.

—Te necesito mucho —le dijo a Juana.

—Soy vuestra criada, señor Mendoza.

—¿Tienes querido?…

—¡Señor!… —exclamó Juanita, cuyo rostro se tiñó de amapola.

—¡Vamos!, responde.

—¿Querido?

—O novio; da lo mismo.

—Yo…

—Sí, o no.

—No, señor…

—A otro con esas. Pero vamos; si me haces un servicio que voy a pedirte, casarás con tu novio y tendrás un dote de veinte mil pesos.

—Señor… ya os dije…

—¡Quita allá, picaruela! Tú, que tienes esa boca tan linda… y esos ojos… A ver, ¡qué diablo!, si no los levantas, te los levanto con un…

—¡Ea, quieto, señor Mendoza!

—Bien… me había distraído… ¿quieres servirme?

—Si no os explicáis…

—Voy a hacerlo; pero antes quiero saber algunas cosas. ¿Duermes tú con la señora?

—Duermo en su pieza.

—¿Y la demás gente?

—En los aposentos de abajo.

—¿Y ese viejo?

—¿Qué viejo?

—Ese que cuida la huerta.

—¿Mi padre?…

—¡Cómo!… Pues bien, tu padre.

—Duerme en la pieza de la huerta.

—¿Él tiene las llaves?

—Sí, señor.

—Pues si me entregas esas llaves o dejas que se quede abierto y…

—¿Qué pretendéis, señor?

—Y procuras dormirte como un difunto la noche que yo te señale, té hago rica… me llevo a Isabel, te vas adonde quieras, y a esto se reduce todo.

Juanita, de roja que estaba, se tornó pálida; no es difícil adivinar la causa. Cuando Arquímedes encontró su palanca y cuando Colón divisó tierra, deben haber palidecido. La hija de Zapata procuró disimular su alegría y determinó dejarse seducir por las promesas de Mendoza. Pero era preciso comenzar por mostrarse asombrada. En efecto, puso en su semblante la cantidad de azoramiento que requerían la circunstancias, y exclamó juntando las manos:

—¡Dios mío!… ¡Jesús!… ¡Nunca, nunca seré instrumento de tamaña infamia!

—¿Qué pierdes?

—Mi conciencia.

—Te la compro…

—No; apartáos señor Mendoza; nunca venderé mi alma por el precio que me proponéis. Buscad otra persona que por vuestro dinero traicione la amistad y sea cómplice de la deshonra de un hombre inocente.

Mendoza creyó que el interés no era el lado vulnerable de Juana, y pensó tentar su compasión antes de valerse de las amenazas. Entretanto, Juana, que veía meditabundo a Mendoza, creyó haber ido más allá de la delicadeza y se propuso ser menos inhumana.

—¡Oh! —dijo Mendoza—, ¡bien se ve, Juana, que no ha entrado en tu pecho, virgen todavía, el veneno de un amor imposible!

—Señor —replicó Juana—, hay hartas damas tan hermosas como Isabel, que pudieran distraeros de esto que no es más que un capricho.

—¡Capricho! Niña, ¡si fueras capaz de comprenderme!

—¿Amáis de veras?

—¡Con el alma!, y de ti pende mi destino.

—Pero es un crimen lo que exigís de mí, señor Mendoza.

—No digas tal, Juana; es sólo una gracia, una gracia que ni mancha el lustre de tu honestidad ni turba el reposo de tu conciencia. Tuyo sería el crimen, si me ayudases a corromper el corazón de esa joven, o si me abrieses las puertas de su estancia para arrancarle por la fuerza lo que su virtud negaba a mis ruegos. Pero Isabel me ama…

—¡Dios mío!

—Sí, me ama; y si es un delito su pasión, ella sola es culpable. ¿Qué remedio encuentras para evitar un crimen que está consumado? ¿Crees que no protegiendo nuestra huida, salvarás el bien y la reputación de Dorantes? No, Juana; tu afán serviría sólo para perderle. Vendrá Dorantes, y en vez de hallar en su mujer el júbilo con que saludan todas al esposo que vuelve de una dilatada ausencia, verá la taciturnidad, el desprecio, el tedio que causa la aparición de un importuno en el secreto paraíso de los dichosos. No dilatará en comprender su desgracia. Las mujeres tienen bastante vanidad para ocultar su amor a sus amantes; pero no la suficiente práctica en el disimulo, ni la calma para ocultar su crimen a la vista recelosa de sus maridos. Una mirada de cariño pedida mil veces en la soledad, y que se ha negado a nuestras súplicas, no espera sino la presencia del esposo, la expectación de las gentes, el peligro de ser vista y notada y censurada, para romper los velos de la prudencia y partir impregnada de indiscreta pasión, para alumbrar, como un relámpago, el secreto escondido tras la serena faz de un amante. Isabel se denunciará como todas. El amor se escapa de los corazones, como el humo de la mirra por la cúpula calada del incensario. Isabel será desgraciada, y yo… me veré en el caso de salvarla cruzando mi acero con Dorantes.

—¡Oh!, ¡no lo permita el cielo, señor! —exclamó Juana—; me causáis miedo con lo que acabáis de decirme. Sería capaz de dar la vida por evitar ese conflicto; pero…

—¿Prefieres que Dorantes ahogue en sangre el amor de su esposa, y que yo lave en la de él la sangre que enrojezca sus manos; y que después yo arroje la mía sobre…?

—¡Callad, por Dios!, no presentéis a mi imaginación tan lúgubres fantasmas. Acabaríais por arrastrarme adonde me he propuesto no llegar nunca. Creo que sois bastante caballero para que os atreváis a cometer una fealdad que arrojará sobre vuestro nombre una mancha indeleble.

—¡Pues mira, Juana, que estoy resuelto a hundirme en el fango! Nada me importa el nombre, nada me interesa la vida, nada temo ahora ni después de muerto; y sea por los medios que fuere, poseeré a Isabel, pese a quien pese. Recuerda que yo he querido evitar hasta la más leve sombra de violencia, por temor del escándalo y por aversión a la sangre. Recuerda, Juana, que ha estado en tu mano salvar de la publicidad la deshonra de una mujer, y de mi espada la existencia de un hombre. ¡Recuerda tu indiferencia a los ruegos que te hago; para que no digas «soy inocente» cuando veas a tres personas abismadas en el infortunio; y tiembla, Juana, cuando algún terrible amigo de los míos te designe como la causa de mi perdición y mi afrenta!

Juanita, no obstante sus propósitos, sintió un vago terror al ver y al escuchar a Mendoza. Aprovechó el momento en que sus manos se pusieron frías para tomar en ellas las del joven, y exclamó con trémulo acento:

—¡Oh!, señor, si me dijéseis la verdad… si fuera cierto que evitaríamos tantos males facilitándoos la huida…

—¡Qué!, ¿consentirías?…

—¡Tal vez!…

—¡Ah, Juana!, no esperaba yo menos de tu bondad; tú espera de mi afecto la mezquina dicha con que sea dado a mi fortuna rodear tus años juveniles. Dispon de mí, soy tu esclavo desde este instante; mi dinero y mi pobre espada están a tus órdenes.

—Y supuesto que es fuerza salvar a la señora, sin hacer un escándalo, ¿no sería mucho mejor prolongar la ausencia de Dorantes?

—¿Y quién pudiera prolongarla, sino la muerte?

—¡Ah!, ¡no, no!, eso es lo que no quiero. Decidme qué se necesita hacer para que conjuremos el peligro, que no sean los medios criminales, que siempre pierden a los mismos que se sirven de ellos…

—¡Oh!, son muy sencillos. Basta que con un pretexto cualquiera te alejes de Isabel…

—Sería muy significativo…

—Pues entonces, dejarte sorprender por los míos…

—Tampoco… temo cualquiera ultraje…

—Pues…

—Mirad, señor Mendoza, yo sé que Isabel baja a este sitio pocas horas antes de recogerse. Viene a tomar el aire de la noche por las avenidas del jardín, o asomada en aquella ventana que veis ahí junto a los álamos. Pudiérais entonces…

—¡Muy bien pensado!, ¿y cómo te parece que la sorprendamos?… ¿por la calle?

—¡No!, encontraríais seguramente a personas que lo vieran todo, y que aun pudieran ofenderos…

—¿Por la espalda?

—Tampoco… no seríais tan violentos que un grito de Isabel no tuviera tiempo de sonar en la calle.

Mendoza, como recordarán nuestros lectores, había dicho a Juanita que Isabel le amaba, dándole a entender que estaba de acuerdo para el lance. Así, las palabras de «sorpresa» y de «gritos» anunciaban claramente que Juanita se olvidaba de su papel, y Mendoza de sus mentiras. No obstante, siguieron discutiendo los planes de ataque, sin que ninguno reparase en su falta.

—¿No fuera mejor —preguntó Juanita—, que la tomáseis cuando vaya por las avenidas esperando la hora de asomarse a la ventana?

—¿Crees tú que así puede verificarse con todo el sigilo?…

—Sí, señor…

—Es decir, ¿tendré que ocultarme con mi gente en el sitio que tú me designes?…

—Sí, mirad: tras esa alcantarilla cubierta casi por, las ramas de aquella higuera, pueden caber hasta doce hombres… quedarán precisamente en un costado de la senda por donde Isabel acostumbra sentarse o dar paseos.

—¿Y en aquel cuarto, me dices que habita tu anciano padre?

—Sí…

—Podrá oír…

—No; tiene buen sueño, y sobre todo, para que no me dé un pesar le dejaremos encerrado; ¿no os parece?

—Bien. Resta que me digas la hora, para decirte el día.

—Venid a la mitad de la noche; dos horas después saldrá Isabel, y podréis llevárosla.

—Vengo mañana: ¿cómo hacemos para avisarte?

—Estad por la poterna; daréis un silbido, y yo misma bajaré a abriros; si algún obstáculo me detiene, descuidad. Antón, un criado en quien tengo puesta toda mi confianza, os franqueará el postigo.

—Corriente… conque…

—¡Ay, señor Mendoza!, ¡tengo un miedo!…

—¡Eh!… vas a ver cómo se hace todo sin la menor dificultad…

—No es eso, señor… sino que temo…

—¿Qué?

—Si faltáseis…

—¡Quiá!, ¡faltar yo!, no me conoces, Juana. He jurado por mi cabeza llevarme a la Dorantes, y lo hubiera cumplido, aunque fuese necesario arrancarla de un claustro y acuchillarme con todos los maridos del mundo. Jura tú que a la media noche oirás un silbido.

—¡Dios mío!, me siento como arrepentida de lo que os he dicho…

—¡Juanita!

—Si hubiéseis abusado del cariño que profeso a Isabel… y engañáseis mi credulidad…

—¡Niña!, ¿no sientes tú misma la verdad de mi amor, y conoces que Isabel está dispuesta a todo?… ¿me juzgas tan ruin caballero, que osara tomar por escudo la mentira?

—No, señor… pero…

—¡Mírame! —dijo Mendoza cayendo de rodillas y tendiendo su sombrero en el aire—. Te pido por piedad que arrojes esa duda… esa duda que puede dar al traste con tu felicidad, con la de Isabel y con la mía.

—¡Alzad, señor!… alzad; no os vea mi padre y diga… ¡Por Dios!

—¿Me crees ahora?

—Sí, sí… quién se atrevería a dudar de un caballero como vos lo sois —dijo Juanilla tomando a Mendoza por las manos, e invitándole a que se pusiese en pie—; si me engañáis, señor, Dios os lo demande. Yo no habré hecho una maldad, sino arrastrada por mis buenos deseos.

—Eres divina, Juana —replicó Mendoza estrechando una de las manos de la joven—. ¿Quedamos?

—Os espero, señor Mendoza.

—¡Gracias mil! Juanita… me permites que…

—¡Cuidado!, besarme la mano…

—Juanita…

—Idos, señor… hemos hablado mucho, y pueden notarlo.

Mendoza estampó un beso en la mano de Juana, se puso el sombrero y salió murmurando:

—¡Canario!, he ganado a esa pazguata palmo a palmo. La pobre se ha dejado coger como un gorrión, y me ha creído como a los apóstoles. ¡Pobres mujeres! ¡Qué poco trabajo cuesta fascinarlas!…

Entretanto, Juana, viendo alejarse a don Gaspar, decía para su sayo:

—¡Qué necio es este señorón! ¡Pobres hombres, tan vanidosos, y más que vanidosos, imbéciles! Cree haber hecho una conquista, cuando él es el que se marcha conquistado… ¡ja, já!…

Autores graves aseguran que todos los casos de seducción son de este género.

21. La voz de Chirinos y la voz del cielo

Acercábase el término fijado por Negromonte a la existencia de Isabel. Chirinos, resuelto a dejar libre el paso a los destinos de la joven, si ésta permanecía inflexible, quiso por última vez probar si con sus ruegos lograba obtener algo que consolara su esperanza. Una larga entrevista donde agotó los recursos todos de la elocuencia, sin perdonar las lágrimas, le mostraron que el amor no se obtiene, como la limosna, a fuerza de súplicas. Que el ruego sirve muchas veces para hacer, no ya molesto, sino aborrecible, a un desdichado de esos que aman por una fatalidad a quien los desprecia. Chirinos adoptaba con Isabel esa táctica llamada por muchos con el nombre de romanticismo; es decir, un conjunto de prácticas dirigidas todas a mostrar que nos consume la más negra melancolía. Esto será siempre una locura, y una locura siempre inútil. Nada más interesante que esa dulce tristeza prendida como un velo sobre la frente de la juventud que sueña con las ilusiones de su primer cariño; pero nada más horroroso que la adusta palidez de un semblante que muestra en las miradas, no la amargura de los que aman sin esperanza, sino el profundo padecer, la sombría resignación y los tormentos de un condenado. El tipo del amante lloroso, demacrado, lívido, que persigue a las hermosas con ayes dolientes, mostrándoles su cabellera encanecida por el insomnio, y su corazón hipertrofiado ceñido por coronas de espinas, se reproduce en todos los tiempos, agobiado por los desdenes y aun correspondido con los ultrajes. La mujer detesta la vanidosa confianza de un fatuo y se complace en despreciarle; pero le da miedo cuando uno de esos hombres de largas melenas, de ojos hundidos y empañados como los de un cadáver, cae a sus pies hablándola de penas devoradoras, de desesperaciones infernales, de gemidos horribles, de amor que devora como el incendio, de noches que se alargan como la eternidad, de dolores que se extinguen con el suicidio y de almas que se abisman en el infierno.

Isabel huyó azorada con el aspecto y las palabras de Chirinos; y éste, convencido ya de que nada bastaría para humanizarla, y queriendo, como todos los amantes, ver primero muerta que en brazos de otro a la mujer que era su ensueño, salió, dejándola abandonada de una vez a la política de Negromonte.

—Pero no —decía retirándose por la huerta—, yo necesito hacer apurar a esa mujer la copa de una lenta venganza. El puñal mata como el rayo. La muerte no es la causa, sino el remedio, de los tormentos. Es fuerza que sufra un dolor parecido al mío, como sería, si no el desprecio, la eterna ausencia del que ella ama. Yo haré que don Gaspar de Mendoza perezca a manos de Tetzahuitl, sin echar mano de esa torpe medida de Negromonte; porque necesito que esa mujer viva. Será mi amante por su voluntad, cuando yo le muestre que con su resistencia perderá a Tetzahuitl, colocado ya sobre la rueda del tormento. Y cederá por el engaño; y con todo, Tetzahuitl perecerá como asesino de Mendoza, y ella se hundirá en el abismo de su inútil deshonra, y llorará al perdido amante, y yo me gozaré en su martirio.

—Perdonad, señor… no se sale por esa puerta —le dijo a este tiempo una voz que venía como de los árboles. Chirinos levantó los ojos y vio a Zapata, que sentado en el brazo de un álamo, pasaba el tiempo metiendo la tijera en las ramas marchitas.

—¡Hola!, ¿sois de casa? —le preguntó Chirinos.

—Sí, señor… mande vuesa merced.

—¿Qué sois aquí?

—Lo mismo que en todas partes, señor… un criado de vuesa merced.

—Bajad, si lo tenéis a bien…

Zapata se dejó deslizar por el tronco, y adelantó, sombrero en mano, hasta colocarse a algunos pasos de Chirinos.

—¿Sois jardinero? —preguntó éste.

—Sí, señor.

—¿Cuánto tenéis por salario?

—Nada, señor… aquí duermo y como solamente; y sirvo por pagar esta deuda de gratitud.

—¿Queréis servirme a mí?…

—¿Yo?…

—Vamos… tendréis un poco más de lo que os dan en esta casa, y os molestaréis mucho menos.

—Pero es, señor… que…

—Decid vuestros inconvenientes; yo prometo allanarlos todos.

—¡Oh!, si os dijera a vuesa merced cuál es mi apuro…

—Hablad…

—Poco después de aquella noche que os oculté en mi cuarto para que viéseis las personas que entraban…

—Adelante.

—Riñeron don Andrés Tapia y don Francisco de Medina. Lo único que puedo deciros es que por mal de mis pecados tuve yo la culpa… y los dos me persiguen…

—¿Riñeron?… ¿y por qué causa?

—¿Ignoráis por qué se muerden dos perros, cuando la casualidad arroja entre los dos un mendrugo? ¡Oh!, ¡y el más codiciado!

—¿El mando?

—La mujer.

—¿Doña Luz?…

—Lo habéis dicho.

—¡Magnífico! —dijo para sí Chirinos—; ya veremos qué partido saca de este amor Negromonte. ¿Conque —añadió— la enfermedad que tiene postrados a esos dos valientes, no es otra que las cuchilladas?…

—Sí, señor.

—¿Y cómo es que os halláis complicado en el asunto?

—¡Ah!, mi mala memoria, señor… no avisé a don Francisco, es decir, me olvidé completamente de que estaba en la casa el capitán Tapia; se encontraron, los dos se tenían odio de rivales, y…

—Se afianzaron. Bien hecho; ¿y decís que os persiguen?

—A muerte. Me han tenido preso…

—Descuidad. Desde hoy quedáis bajo mi amparo; pero necesito de vuestra ayuda.

—Nada valgo; pero estoy pronto a las órdenes de vuesa merced.

—¿Tenéis donde podamos hablar con entera confianza?

—¡Oh!, sí, señor; tomáos la molestia de seguirme.

Los dos se pusieron en marcha y llegaron al reducido aposento que Juana había destinado a su padre. Zapata dobló su ferreruelo, y le puso en el asiento de un banco para que Chirinos se sentase; él se mantuvo en pie, dispuesto a escuchar las palabras del señor factor.

—Sentáos —dijo éste.

—¡Señor!

—Sentáos.

Zapata aproximó otro banco y obedeció a Chirinos.

—Podéis hablar, señor —dijo.

—Bien; yo amo a tu señora, y pienso robármela. Deseo que tú me des algunos informes necesarios para preparar el golpe.

—Señor…

—Toma —dijo Chirinos sacando de su limosnera un puñado de oro, y soltándole sobre las rodillas de Zapata.

—¿Qué hacéis, señor?

—Nada; responde si puedes servirme.

—¡Oh!, yo aseguro a vuesa merced que si mi hija no estuviera de por medio, yo no vacilaría en sacrificarme. Ella recibe grandes mercedes de la señora…

—¿Tenéis hija?

—Sí…

—Queda también a mi cargo. No temáis por su suerte.

—Siendo así, podéis disponer de mi persona.

—¿Qué hora juzgas tú que sea conveniente para el negocio?

—Señor… como este debe ser un negocio muy reservado, creo que debe ejecutarse entre las sombras de la noche.

—Es cierto.

—Ahora, no hay más que dos inconvenientes: mi hija, que se aparta rara vez de la señora, y un criado maldito que no se separa de mi lado. Pero es fácil mandar a Juana fuera de la casa; y si tenéis a bien dejarme otro pequeño número de ducados, os aseguro que el otro no nos hará mala obra.

—Tomad esto —replicó Chirinos, vaciando completamente su limosnera en las manos de Zapata—. ¿Creéis que será suficiente?

—¡Oh!, sí… —replicó el otro viendo cómo rodaban los ducados, y estrechando los que querían escapársele—. Resta saber el proyecto que tenía dispuesto vuesa merced.

—El más natural: que una persona se encargase de alejar del lado de Isabel a la pequeña servidumbre que la rodea; que la misma persona me facilitase la entrada a ciertas horas, hasta el interior de la casa, y yo me encargaría de todos los otros pormenores.

—¿Pensáis sorprenderla en su lecho?

—Es lo mejor; cuando despierte ya no tendrá tiempo de usar el arma favorita de las mujeres…

—¿Qué decís, señor?… ¿Luego esa joven debe ser arrebatada por la fuerza?

—¡Por mi abuela!, pues si así no fuera, ¿de qué me servirían tantas precauciones? Yo la tomaría por la mano y nos marcharíamos a casa por entre dos filas de espectadores, a la luz del sol, y llevando por delante banderas, heraldos y música de atabales y trompetas. Me la robo… ¿entendéis?, la saco, a pesar suyo, y habrá danza de gritos, y rasgadura de ropas, y dedos señalados en la garganta, y brazos desollados por el mecate, y maldiciones y golpes, y mordidas e infiernos; y por eso busco la noche, y la soledad, y el desamparo, y el valor, y el secreto. ¿Habéis comprendido?

—Confieso que no me figuraba…

—¡Bah!, sois un pobre hombre bien extraño… ¿y queréis decirme qué os importa que esa joven sea arrebatada por su voluntad o por la fuerza?

—¡Ah!, señor… yo he cometido muchas maldades en los años que me ha dado Nuestro Señor para purgar mi pobre ánima, y estoy fatigado de ser malo…

—¡Hola!… ¿y desde cuándo os confesásteis rendido?

—Ha muchos años… yo…

—¡Cómo!, ¿tanto tiempo llevan en la cama Tapia y Medina?, ¿ha tanto tiempo que doña Luz ahoga en llanto una pasión que no hubiera nacido sin vuestros buenos oficios?, hace años que introdujisteis a esos pícaros hasta el tálamo del caballero Estrada… que si lo supiera…

—¡Oh!, ¿pero quién pudiera decírselo?

—¿No sospecháis quién?

—No creo que ninguno de los que saben…

—¡Pobre hombre!, ¿creéis acaso que yo correría peligro si lo dijese?

—¡Vos!, señor…

—Yo, amigo mío.

—¿Luego vuesa merced quiere que se le sirva a todo trance?

—Os lo repito.

—Pero supuesto que me perderéis si rehuso, ¿no me ofrecéis nada en cambio de mis servicios?

—Sí, a fe; dije ya que la suerte de vuestra hija quedará asegurada: ¿qué queréis para vos?

—Para mí, señor… os hablaré claro: dadme dinero, y yo me proporcionaré lo que sea de mi gusto.

—Tendréis doscientos pesos de oro…

—¡Señor!…

—Trescientos.

—Yo…

—Cuatrocientos.

—Permitid…

—Quinientos.

Zapata sintió el vértigo de la codicia, y casi dobló las rodillas ante aquella promesa, que le parecía un sueño.

—Podéis mandar —dijo a Chirinos.

—Disponed todo para esta noche —dijo el factor.

—¿Tan pronto?…

—Sí, dadme la llave de este postigo.

—¡Ah!… la tiene Juana… pero no tengáis la menor inquietud… Llamad a la hora que lleguéis, y os abriré sin dilatar un momento.

—Bueno. Quedad con Dios, y os encargo que prevengáis todo lo necesario, como si en ello os fuera la cabeza —dijo Chirinos, poniendo en estas palabras un tono cuya profundidad no se escapaba a la penetración de Zapata.

—Soy un servidor de vuesa merced —dijo éste inclinándose al pasar el factor, que no dilató en alejarse por una de las avenidas de la huerta.

Cuando Zapata se halló solo, fijó su vista en los ducados esparcidos por el suelo; estrechó contra su corazón los que tenía en las manos, y permaneció algunos instantes como arrobado en un abrazo de felicidad suprema.

Pero a poco, su rostro comenzó a adquirir una expresión extraña; parecía que la sombra de una nube pasaba por su frente con majestuosa lentitud, nublando los primeros rayos de la alegría. Su cabeza se doblegó, sin duda bajo el peso de anticipados remordimientos. Los brazos, acometidos de desmayo, dejaron de oprimir el seno; las monedas cayeron de golpe y huyeron en todas direcciones, produciendo un ruido sordo y brillando al rodar sobre el pavimento.

Zapata acabó de abrir los brazos, arrojando lejos de sí los últimos ducados que le quedaban; irguióse, y dio un fuerte talonazo en el suelo, exclamando como el poeta español: ¡Maldita sed del oro!

—¡Tú eres la causa de mis miserias!, ¡tú fuiste a sorprenderme a la cabaña de mis padres!, tú me arrancaste de los brazos de mis hermanos. ¡Por ti crucé el mar! ¡Por ti dejé el nido feliz que Dios me dio, como a las aves sobre los peñascos del Guadarrama! Por ti rasgué el pellico del pastor y bajé del jumento, y me ajusté las piezas del arnés y monté sobre el caballo de guerra, y me metí en el humo y el trueno. Mis manos rústicas, acostumbradas a segar la yerba del prado, segaron cabezas; y mis labios, frescos todavía con los cristales de la montaña, se inclinaron para apagar la sed sobre charcos de sangre… Maldita codicia, no seguirás perdiéndome. Juro por Cristo que ese infame tendrá que pasar sobre mi cuerpo, antes de tocar a esa dama.

22. Donde el lector descubrirá en Zapata mas nobleza que en zancadilla, más valor que en Jorge Villadiego, y más astucia que en Negromonte

Pensó primero Zapata en decírselo todo a Rodrigo de Paz; pero halló mejor decírselo a la misma Isabel, para que ella le indicara lo que debía hacerse.

Cerró su cuarto, cruzó rápidamente la huerta, y fue a llamar a la habitación de la joven.

Ésta se hallaba con Juanita, bordando uno de esos preciosos lienzos, cuyas flores, formadas con plumas de colibrí, causaban tanta admiración en Europa.

Juana, entregada a la inquietud secreta del que espera los grandes sucesos que él mismo ha preparado, no miraba sobre las labores del lienzo sino la negrura de la media noche, la soledad del jardín, y el rostro feroz de don Gaspar, asomando como la víbora entre el ramaje.

Isabel tenía en la frente otra imagen: Tetzahuitl. Tetzahuitl meciéndose en el espacio azul sobre nubes de oro. Pero tras de aquella ilusión miraba un horizonte donde aparecían encabritándose los corceles y las banderas tremolando, y brillando con el sol los cascos y las picas de un grupo de guerreros que avanzaba dando alaridos de triunfo, y lanzando el nombre de Cortés en el eco de los clarines. Allí, entre los remolinos de polvo, aparecía Dorantes… Entonces los rumores callaban, los guerreros se hundían; el sol rodaba tras del monte; un espeso cortinaje de bruma caía de los cielos, extendiéndose por toda la inmensidad, se estremecía, ondulaba, remedaba los tumbos del rayo y los gritos del pueblo, y oprimía entre sus arrugas y arrebataba en su corriente, un bergantín, donde Isabel se contemplaba con Dorantes huyendo para siempre a las remotas playas del Viejo Mundo.

De aquí el tinte melancólico que se extendía por su semblante; por sus largas pestañas, inclinadas sobre el dechado, parecía temblar una lágrima y desbordarse la mirada triste que al partir hubiera clavado sobre las cumbres azuladas de América, hundidas para siempre tras de las ondas.

Cada día era para Isabel un paso al desenlace que la amedrentaba. La venida de Dorantes era una idea que procuraba disipar para no adelantarse al sufrimiento.

—El día que torne —se había dicho—, me traerá la noticia de la partida, y será fuerza renunciar a este amor que es un sueño… y yo moriré entonces. Soñemos mientras llega el momento.

De aquí también la calma de Isabel, semejante a la de esos enfermos que, devorados por un mal irremediable, se tienden tranquilos en su lecho para esperar la muerte. Abandonó como inútiles ciertas lecturas donde aprendía el idioma de Dorantes, y se entregó al trabajo de enseñar a Juanita el bordado, con ánimo, decía, de dejar a la joven un recurso para sustentarse cuando perdiese el apoyo de sus padres. Isabel le daba su lección, como le hubiera dado un rizo de sus cabellos, humedecido con el lloro de una separación eterna.

Aquella lección era generalmente silenciosa. Reducíase al ejemplo, y sólo de cuando en cuando se establecía un diálogo corto, para pedir y dar ligeras explicaciones.

Dos golpecillos dados en la puerta hicieron levantar del dechado la cabeza de las dos jóvenes.

—¡Adelante! —dijo Isabel.

Zapata apareció trayendo entre sus cejas el pliegue de la indignación, y respirando con la doble fatiga de la emoción y de la carrera. Volvió a cerrar, adelantó unos pasos, y viendo alternativamente a su hija y a Isabel, dijo a la última:

—No estáis sola…

—¿Qué me queréis?

—Deseo hablaros de un asunto… —replicó Zapata: después volviéndose a Juana, añadió—: Vete.

Una rara sospecha pasó por la mente de Juana. ¿Su padre había sabido alguna cosa? Enderezóse lentamente y salió paso a paso, no sin volverse varias veces para buscar en los ademanes de Zapata un signo que pudiera indicar si eran fundadas sus sospechas. Nada le fue posible descubrir, y se alejó disimulando su inquietud y dispuesta a ponerse en acecho para recoger aunque fuese una sola palabra. Cuando Isabel vio que Juanita había desaparecido, hizo a Zapata una señal para que se acercase.

—Decíais… —murmuró.

—Digo, señora, que os pongáis en salvo; porque un hombre poderoso, un hombre sin escrúpulos, un hombre capaz de todas las maldades, y que abriga por vos un impuro deseo, trata de arrebataros de vuestro hogar… y esta noche… y… lo hará, señora, lo hará si no ponemos coto a sus perversas maquinaciones.

Isabel, demudada, se puso en pie; se acercó a Zapata, y tomándole por una mano, le preguntó palpitante de susto:

¿Y quién es ese hombre?

—¡Chirinos!

—¿Chirinos?…

—Sí, señora; el mismo…

—¡Dios mío!, si ese hombre me ha inspirado siempre un terror mortal… y qué… qué sabéis… quién os ha dicho…

—Él mismo, señora; él mismo me ha hablado esta mañana… mirad, todavía traigo aquí algunos ducados… me dio muchos, me prometió más… y, perdonadme; yo, deslumbrado con el brillo de sus promesas, y creyendo que amábais a ese hombre, había consentido en ser uno de sus cómplices…

—¿Vos?… —preguntó Isabel con cierta amargura.

—Sí… pero os debo mercedes, recibo el pan de vuestra mano, sois mi amparo, sois la madre de mi hija… y mi gratitud, señora, me habla más alto que todos los tesoros de América; pero sé que el factor, si no obra por astucia, obrará por violencia y trastornará la tierra por llevar al cabo sus proyectos. Yo soy impotente para luchar con él… pero os ofrezco caer a vuestros pies, antes de permitir que se os toque un cabello.

—¡Oh, Zapata! —exclamó Isabel—; no quiera el cielo que os expongáis a perecer inútilmente. Os prohibo echar mano de la espada.

—Pero, señora, mientras os mire abandonada… vos no tenéis sino amigos viles, cobardes, que os venderían por ganarse el afecto de Chirinos, y que os miran con el desprecio que a toda vuestra desdichada raza…

—Es cierto…

—¡Ah!… me olvidaba… tenéis un padrino…

—No, la presencia continua de don Gaspar de Mendoza en la casa de Rodrigo de Paz, me impide acogerme en ese asilo.

—¿Y qué tiene?…

—¡Ah! Gaspar de Mendoza… si supiérais…

—¡Qué!, también…

Isabel bajó los ojos ruborizándose, y exclamó estrechando la mano de Zapata:

—Sí, también abriga el mismo fuego que Pero Almindes, y me dice las mismas palabras, y tiene en los ojos el mismo rayo impuro y amenazante.

—¡Por mi madre!, ¡conque también Mendoza!

—Me veo sola entre esos dos hombres, lejos de don Hernando y abandonada entre esta turba de los españoles, que verán mi desgracia con la indiferencia que la de tantas como han sido víctimas de sus brutales instintos… Ha mucho tiempo que temía lo que acabáis de decirme… y lo esperaba. Puedo disponer de un recurso supremo… pero no tengo la fuerza, el alma insensible que se necesita para ponerle en práctica…

—Hablad, señora… yo sí me siento con toda la energía que puede haber en el espíritu de un cualquiera. Yo haré lo que os impide hacer vuestra debilidad de niña.

—Sabed —continuó Isabel más animada—, que entre esa multitud que huellan los corceles y dan sangre a las lanzas de los conquistadores, tengo hermanos que reservan su brazo para protegerme, y que a mi voz se levantarían poniendo un muro de macanas entre la débil hija Axayacatl y las legiones de Pero Almindes o de Mendoza. Pero es imposible… yo Volaría libre por ignoradas regiones, mas llevando sobre el corazón la flor negra de la muerte y la amargura de una eterna tristeza. Mis hermanos caerían, y me perseguirían siempre sus lamentos y el silbido horrendo con que el bronce atravesara sus senos desnudos. Yo llegaría, es cierto, adonde se abre llena de luz la mansión de mi soñada libertad; pero tendría que volar sobre cadáveres, y en vez de presentarme contenta y pura, llegaría cabizbaja, y arrastrando empapadas en sangre las puntas de mi clámide…

Zapata se quedó pensativo, A fin de cuentas venía a ser el único paladión de la joven. Rodrigo de Paz no servía. Estrada y los suyos eran conocidos por su aversión a todo lo que era de don Hernando, y principalmente por el alto desprecio con que miraban a los indios. Salazar… ni pensarlo. ¿Había un asilo que no pudiera descubrir y violar Pero Almindes? Sin embargo, era posible valerse de un medio que por el pronto aplazaría la ejecución del plan de Chirinos.

—¿Decís —preguntó Zapata— que os ama también don Gaspar de Mendoza?

—Sí…

—¿Y habéis dicho que su amor tiene el mismo carácter que el de Chirinos?

—Sí…

—Tendríais el valor… decidlo, os lo suplico, de mostrar un poco menos de severidad con Mendoza, y yo prometo salvaros.

—¡Zapata!…

—Mirad que se trata solamente de una sonrisa… cualquier cosa… un ligero engaño que nos puede servir de mucho.

—¿Bien?…

—Pues bien, señora; si el factor es un animal salvaje, don Gaspar es el mismo Satanás en persona. Pongámosle al corriente de todo; y él, animado con lo que os digo, será el guardián más cumplido de vuestra honra y de vuestro reposo.

—Zapata, me pedís un engaño…

—Un engaño que no afrenta, un engaño que en estos momentos es la vida.

—Mirad… no es eso… pero evitaríamos un escollo para caer en otro. Mendoza iría más allá de lo que os figuráis, si yo animase sus pretensiones. Un conflicto con Pero Almindes llevaría el escándalo por todo el reino. Mendoza se gloriaría en público de ser el preferido; y sabéis que una palabra de esas puede acarrearme mil desdichas. Mendoza cobraría siempre, y aun exigiría la deuda que yo contrajera con él, enviándole, como decís vos, una de mis sonrisas.

—Permitidme que os hable en un lenguaje completamente extraño a la tierna virginidad de vuestro espíritu. La mujer tiene dos especies de fuerza, igualmente poderosas: su enojo y su cariño. La primera nos rechaza, y la segunda nos atrae; una nos pone miedo, y la otra nos alienta; pero ninguna de esas fuerzas produce su efecto cuando se manifiesta aislada. Mostrad a un hombre todo el tesoro de vuestro afecto, y apenas os hará el favor de dejarse acariciar, y estará indiferente y frío mostradle exclusivamente vuestro enojo, y no lograréis sino aumentar su empeño en quereros y en perseguiros con sus importunas solicitaciones, y a veces con su odio. Pero reunid ambas fuerzas, y tendréis una sola, que como la brida, sujetará al corcel por los hocicos y le llevará por donde os diere la gana. La combinación lo hace todo. Que sientan, si son atrevidos, la severidad tras la dulzura; que sientan, si son dóciles, la esperanza tras un fugaz desconsuelo; que sepan que si os disgustan lo más mínimo, seréis inflexible; y que si se resignan al sufrimiento, obtendrán el perdón y la gloria; y veréis cómo sin desdenes que los maten a ellos, ni favores que os arruinen a vosotras, lográis tenerlos siempre amantes y con sombrero en mano, a una distancia respetuosa.

Ahora, deseáis alejarlos un poco más, porque tenéis recelo, que aparezca una ligera arruga entre vuestras cejas: queréis acercarlos un poco más porque os causan lástima, que la extremidad de vuestros labios se levante un poco y asome la sonrisa hechicera que imploro de vos para Mendoza.

Isabel escuchaba con cierta admiración las teorías del arte desarrolladas por Zapata con la circunspección de un catedrático de teología.

—Así —continuó Zapata—, no os pido nada que pueda comprometeros. Bastará crear una vaga esperanza que, sin alentar a Mendoza hasta el punto de cometer una falta, le hará más apacible con vos, señora; y más vigilante y más terrible con Pero Almindes.

—¡Oh!, me da miedo pensarlo… si Mendoza llegase a adivinar que le engaño…

—¡Quiá!, los hombres en estas circunstancias, cuando ven lo imposible, no creen que los engañan, sino que ellos se han engañado. Cuando una mujer más hábil que ellos les dice después de haberlos animado: «Caballero, ¿por quién me tomáis?, ¿sois, por ventura, tan satisfecho de vos mismo, y me creéis tan liviana, que tomáis por amor las muestras de una amistad franca y sencilla?…». Entonces piden perdón o se desesperan; pero salen corridos y se esconden quién sabe adónde.

—No me atrevo…

—Pero urge el tiempo, señora.

—¿No os dije que una riña entre Mendoza y Chirinos provocaría un alboroto cuya causa todos la adivinarían?

—Sea; mas no por eso lograréis evitar que se alce un alboroto; las cosas han llegado al extremo. Chirinos se vale ya de su poder, y está decidido a recurrir a la violencia; su amor se hará público y dejará de ser un secreto para don Gaspar de Mendoza. Helos aquí en las circunstancias que ni vos ni ningún poder humano podrá evitar que se realicen. Que se batan hoy o mañana, ¿qué importa? ¿Creéis que algo nos valga la diferencia de algunas horas?

—¿Y decís que esta noche?…

—Sí…

—¿Y qué tiempo tenemos entonces para engañar a Mendoza?

—¡Oh!, por hoy nada necesitamos sino revelarle el plan de Chirinos, y hará lo que deseamos. ¿Pero quién responde de vos mañana, cuando desairado y lleno de despecho deje al factor en libertad, para que se encargue de su venganza?

—¡Ah!, Zapata… en vos confío… pero…

—Me afligís, señora… las horas vuelan, y se compromete vuestro destino.

—Pero si don Gaspar no acude…

—Acudirá, señora, os lo juro; conozco la impetuosidad de su carácter, y sé que con el odio que profesa a Chirinos, y con la impunidad que goza como protegido de Estrada, bastará la chispa que yo ponga en su cólera, para que estalle de un modo violento sobre la cabeza del factor.

—Zapata… no me fascinéis con ilusorias esperanzas…

—Señora… os amo y os respeto, y juro por Dios que os digo la verdad pura… Mirad: si noto en los ademanes de Mendoza el menor signo contrario a lo que espero, me tendréis de vuelta en el mismo instante, y os llevaré al primer sitio que me ofrezca seguridad por esta noche, mientras dispongo un asilo inviolable. En caso necesario, os defenderé con mi cuerpo, y grato me será exhalar por vos el resto ya inútil de mi existencia.

Los ojos de Isabel se nublaron con una lágrima, y sus manos oprimieron las del soldado.

—Ahora —continuó éste—, si sucede, como es lo natural, que Mendoza se irrite, porque yo procuraré picarle su orgullo de galán y su vanidad de valiente, no me esperéis; llevo mi espada, y vendré con gusto entre los fieles de Mendoza para cruzar unos mandobles con los esbirros del factor, en honra y salud y eterna dicha de mi señora.

—El cielo vaya con vos, Zapata, como va mi gratitud y mi afecto —dijo Isabel oprimiendo de nuevo y con suprema ternura la mano de Zapata. Éste se dispuso a salir.

—¡Adiós, señora!… —dijo tomando la dirección de la puerta—; esperad en Dios Nuestro Señor, y orad por vuestros servidores.

—¡Adiós!…

23. La casa de Beltrán

Todavía por los tiempos en que era virrey don Sebastián de Toledo, por el año de 1664, existía una gran casa que ocupaba lo que es hoy la esquina formada por la calle de Vanegas y el Puente de Jesús María. Aquella casa fue edificada en 1524, por uno de los alarifes que trajeron de España los padres de San Francisco, y fue pagada por don Beltrán de Ojeda (regidor que era entonces), con un valor de tres mil setecientos doblones en barras de plata.

La casa abarcaba una extensión muy considerable, pues tenía grandes patios, jardines, corrales, hortalizas y revolcaderos. Por el lado de Jesús María, sus paredes se levantaban de la línea que hoy dividiría la calle longitudinalmente en dos partes iguales, y formaba con las tapias del lado opuesto una callejuela sombría, cuyo piso era el agua negra y corrupta que rebosaba de las acequias y se estancaba entre los muros.

El frente de la casa presentaba ese lujo escultural de que gustaban tanto los conquistadores, y del que nos quedan como testimonios los elegantes pórticos y frontispicios de algunos templos.

Sin embargo, el conjunto no presentaba ni majestad, ni gracia, ni armonía. Una ancha puerta con columnas toscanas se abría en un lado de la fachada; había ventanas circundadas por un laberinto de relieves afiligranados, pero puestas en una altura adonde no llegaba la vista para admirar sus primores; balcones sostenidos por cariátides, y cuyas toscas cornisas podían tocarse con la mano; puertas de diferentes tamaños, colocadas en el orden que pidió la necesidad y no el gusto; altas ventanas de todas formas y tamaños, abriéndose también sin orden ninguno, como los mechinales. Y para colmo del desprecio a lo bello, y como una muestra del refinado egoísmo del propietario, apareció un tejado sobre el más hermoso de los balcones.

El interior no presentaba de notable sino el patio y los corredores, donde se reproducían con más orden los adornos de la fachada; una fuente colosal, que representaba a un grupo de amorcillos con la estatura de gigantes.

Las habitaciones interiores eran vastas y bien iluminadas, pero con los techos demasiado bajos. En una especie de capilla situada en el centro del edificio, había un magnífico altar de piedra, que en tiempo del marqués de Croix fue transformado en brasero por un inquilino.

Ojeda vendió aquel edificio por la mitad de su valor al tesorero don Alonso Estrada, y éste le regaló a su ahijado don Gaspar de Mendoza. Don Gaspar le habitó algunos meses. Después, teniendo que salir de la ciudad para vigilar de cerca su encomienda, le abandonó al cuidado de una familia pobre, que se estableció en los aposentos que daban sobre el segundo patio.

Pasó más de un año; pero la mala construcción, su sitio fangoso, las lluvias, el descuido, y un rayo que desquebrajó la esquina suroeste y parte del muro que formaba la callejuela, pusieron la casa cual si hubiesen pasado por ella dos o tres siglos. Hundida considerablemente por un costado, parecía volcada por el rayo.

Por el lado de Vanegas, la casa presentaba el aspecto de un navío levantado por la proa. Por el norte, los muros inclinados hacia atrás, parecían mirar el cielo con sus ventanas. Oscuras capas de humedad se levantaban, invadiendo hasta los chapiteles de las columnas, los paramentos y los frisos. Cojines de musgo habían sustituido la argamasa en las junturas de las piedras. Por entre las almenas asomaban flecos de yerba, y las golondrinas entraban y salían por las ventanas abiertas.

Las ventanas del Puente de Jesús María bajaron hasta donde antes llegaban los cimientos, y el agua pasaba por sus arcos y formaba dentro de las piezas lóbregos estanques, cuya superficie eternamente inmóvil parecía ocultar insondables profundidades.

Lo interior quedó casi inhabitable. Las paredes negras, como empapadas en aceite, se descascaraban, dejando al descubierto anchas placas salitrosas. Los pisos eran intransitables. Los cedros de los techos formaban panza, y en cierta época del año dejaban escurrir heladas gotas de agua, formando charcos que a su vez goteaban, produciendo una lúgubre campanada en el vacío de las habitaciones inferiores. Aplicando el oído en las cerraduras de algunas puertas, se escuchaba de cuando en cuando no sé qué trasiego espantoso, como si alguien encerrado allí vagase tropezando entre las tinieblas.

Los patios daban miedo. Al entrar en ellos sentíase la presencia de los trasgos que el vulgo suponía escondidos tras de cada mata, y esperábase ver salir de la penumbra de los arcos algún fantasma, o levantarse de los matorrales alguna sierpe gigantesca, vibrando encendidas miradas amenazantes.

Al caer el sol salían de cada piedra nubes de murciélagos, que revoloteaban llevando sus agudos chillidos por todas las habitaciones vacías.

Poco después todos los ecos se abismaban, y la casa parecía dormitar bajo la luz de las estrellas.

Poco duraron en aquel edificio los pobres que dejó allí don Gaspar de Mendoza. Cuenta la tradición que eran dos viejos, mujer y hombre; una sobrina de veinte años y un indio que les servía de mandadero. El viejo se llamaba Gutierre, su mujer Ángela, y el indio (que había recibido el bautismo), Santiago. No mienta la crónica el nombre de la sobrina; pero esto no importa. La llamaremos Juana, Petra o Francisca, nombres hechos ex profeso para sacar a cualquiera de un apuro como el presente.

Una noche roncaban todos como buenos cristianos, sumergidos en las blanduras inefables de un sueño profundo. La pieza oscura, con su puerta bien atrancada, retumbaba con los ronquidos que se alternaban, como si los cuatro durmientes apostasen en presencia del dios Morfeo quién los haría más voluptuosos y sonoros. Ángela roncaba con la garganta; Gutierre parecía roncar con todo el pecho; José Santiago lo hacía con estruendo por todas partes, y Paquita con una lentitud, con un sosiego, que pudiéramos decir virginal, roncaba suavemente por las narices.

De súbito se escucha un estruendo como si algún techo se hubiese desplomado. Ángela despierta sobresaltada, se incorpora y pone atención, como esperando el resultado de aquel fracaso. Apoco se deja oír una carrera. Los pasos se aproximan. Después se detienen delante de la puerta, y la puerta, impulsada por la mano de alguno, comienza a rechinar de un modo siniestro.

—¡Gutierre!… ¡Gutierre! —dice Ángela con una voz cavernosa, moviendo rudamente al anciano.

Gutierre se desperezó pronunciando palabras confusas, cambió de postura y volvió a quedarse dormido.

Ángela tiritaba como en un ventisquero. Su boca entreabierta dejaba apenas pasar su respiración agitada; y con una mano sobre la espalda de Gutierre y otra en el corazón, seguía escuchando con medrosa curiosidad aquellos estremecimientos, que le parecían infernales.

Sosegáronse unos momentos; pero sintióse después otro, dado con más fuerza. La tranca se arrastró algunas pulgadas sobre los ladrillos, produciendo un ruido semejante al del perro que gruñe, y una línea indecisa de claridad apareció en la juntura de las puertas.

—¡Gutierre… levántate! —volvió a exclamar Ángela.

Gutierre no se movía. Paquita fue la que levantó la cabeza, y preguntó entre sueños:

—¿Qué queréis, tía?

—¡Despierta, por Dios!… ¿no escuchas?

—¿Qué?…

—¡Oye!

Paquita se sentó sobre el lecho, y poco más o menos tomó la actitud de su tía. No dilató en conocer la causa por que la habían despertado.

Un nuevo impulso volvió a mover la puerta de tal modo, que ésta parecía doblarse y próxima a saltar en pedazos. Paquita se puso de un salto hasta donde Ángela se hallaba, se arrebujó en las sábanas, y esperó allí a que viniese lo que Dios quisiera, mientras Ángela seguía moviendo a su marido con estrujones cada vez más furiosos. Por fin, se despertó Gutierre.

—¿Qué hay?… —preguntó.

Los hechos se encargaron de responderle. Por fin saltó la tranca, y las hojas de la puerta dieron un azote, abriéndose con violencia.

—¡Quién va! —gritó Gutierre, echando mano al arcabuz que tenía siempre en la cabecera.

Si hubiera entrado alguno, cualquiera que fuese, un animal feroz, un malhechor blandiendo la daga, Satanás mismo, no les infundiera el pavor que sintieron al ver que nadie aparecía. Aquella expectativa era mucho más terrorosa. Todo lo sorprendente, y más cuando debe ser horrible, primero se anuncia; y cuando ha pasado un intervalo en que todos palidecen y caen de rodillas, entonces aparece, y hiela y petrifica, y mata de espanto.

—¡Quién va! —volvió a decir Gutierre saltando de la cama.

El mismo silencio. Paquita se metía como tornillo por el vientre de Ángela, y ésta afianzaba a su marido por una de las mangas de la camisa.

—¡Por San Víctor!… —exclamó Gutierre— a ver… suéltame.

—¡Por Dios! —murmuró Ángela—, no salgas.

—Suelta…

Ángela obedeció; Gutierre preparó la mecha del arcabuz, y adelantó hasta el umbral de la puerta. No vio nada; entonces se aventuró a salir y torció por la izquierda. No había dado seis pasos, cuando lanzó un grito y el arma se escapó de sus manos. En pie, tieso, alargado, frío, inmóvil, fatídico, miró un hombre amortajado, que a la luz débil de las estrellas, mostraba un semblante triste, cubierto con la lividez del sepulcro.

Los ojos de Gutierre, asidos al fantasma por una fuerza sobrenatural, vieron que aquellas mandíbulas se abrían y dejaban escapar algunas palabras. Oyó que decían éstas:

—Gutierre… ¿qué haces aquí a estas horas?… ¡responde!

La respuesta de Gutierre fue dar de cara contra el suelo. Se había desmayado.

—¡Canario! —dijo el espectro mudando completamente el carácter de su voz—; ¿si habré matado al buen Gutierre?

Después se rascó la cabeza sobre la capucha del sudario, y volviéndose hacia el fondo de los corredores, llamó, procurando amortiguar el grito.

—¡Morquecho!

Apareció entonces una especie de diablo, con larga cola, cuernos torcidos, un gran bigote, y trayendo en una mano una linterna y en otra una larguísima partesana.

—¿Qué hubo? —preguntó al llegar.

—Mira —dijo el espectro—; se ha caído…

—¡Alabado sea Dios!, ¿qué habrás hecho?

—Muévele…

El diablo aquel movió a Gutierre con la partesana, y dijo:

—¿Vámonos?

—Vámonos —dijo el otro; y echó a correr seguido por el diablo, que le gritaba:

—¡Eh, Mejía!, no vayas tan de prisa… ¡espera!… ¡no me dejes solo!…

Al día siguiente, Gutierre, su mujer, Paquita y José Santiago, abandonaron la casa de Jesús María.

Los infelices huyeron dejando las llaves al primer vecino que les deparó la suerte, y fueron publicando por toda la ciudad no se sabe qué de escenas terribles que en las altas horas de la noche representaban duendes y demonios, por aquellos malditos patios.

Muchos vecinos afirmaban haber visto salir por la callejuela al mismo Belcebú corriendo sobre el agua tras un fraile franciscano.

Desde entonces la casa fue un objeto de horror para todo el mundo; pasar por enfrente de la callejuela era una hazaña que ni a la mitad del día se aventuraban a emprender los más animosos del barrio. No obstante, en una hoja conservada como por milagro entre papeles viejos que hace poco tiempo vendió un empleado del Ayuntamiento, encontramos una nota que un amigo nuestro ha tenido la bondad de descifrarnos. Allí dice que la casa quedó a cargo de un pobre hidalgo llamado Pedro Negromonte, puesto allí por la caridad del muy ilustre caballero don Gaspar de Mendoza.

Dadas estas noticias, que no serán extrañas a lo que va a seguirse, haremos conocer al lector lo que pasaba en esa casa al caer la tarde el 9 de marzo de 1525.

24. Una sorpresa

En la misma pieza que habitó la familia de Gutierre, se paseaba con ademán de profunda meditación un hombre, cuyo rostro perfilado apenas en el crepúsculo, dejaba conocer las severas facciones de Negromonte.

Vestía todo de negro. Su cabellera, siempre desordenada, estaba descubierta. Su mano se apoyaba naturalmente sobre el pomo de una daga que traía enganchada en el talabarte.

Sus pasos eran lentos y acompasados. De cuando en cuando se acercaba al balcón, y parecía inquirir con la mirada por todos los puntos de la calle. Volvía después a sus paseos.

Habían transcurrido más de tres cuartos de hora, cuando giró la puerta de los corredores y apareció un hombre. Negromonte se detuvo interrogando con el ademán al recién venido.

—Ya están aquí… —dijo éste.

—¿Viste a Mendoza?

—Sí, señor…

—¿Viene ahí?

—Sí, señor… tras de mí viene.

—Retírate.

El otro obedeció.

Oyóse entonces por la parte de afuera un rumor confuso de pisadas, después algunas voces, y todo volvió a quedar en silencio. A poco la puerta volvió a abrirse y apareció don Gaspar de Mendoza.

—¿Tenéis todo dispuesto? —preguntó a Negromonte.

Éste revistió su fisonomía y toda su actitud con un aire de servilismo que sentaba muy mal a su aspecto feroz y noble, y replicó:

—Todo está dispuesto, señor.

—Pudiérais enseñarme…

—Al momento; permitidme nomás que encienda la linterna…

Dicho esto, Negromonte fue a un viejo armario colocado cerca del balcón. Sacó los avíos de encender, hizo luz y preparó una linterna. Tomó además una tosca llave que estaba suspendida de un clavo, y dijo a Mendoza:

—Ya os guío, señor.

Los dos tomaron por la mano derecha y comenzaron a internarse por los corredores. El rastro de una luz opaca se dilataba enfrente de sus pasos. Detrás no se veía sino el vago resplandor del foco, tiñendo débilmente el muro y temblando sobre las columnas lejanas.

En el fondo de aquella claridad se veían, como detrás de una cortina, las sombras de don Gaspar y de Negromonte, que iban disminuyendo con el eco de las pisadas.

Entretanto, a poca distancia de la habitación que habían dejado a sus espaldas, quedaba un grupo de embozados. De aquel grupo siniestro se desprendía cierto cuchicheo, que parecían más bien el roce de templados puñales. Cuando se hubo perdido completamente el reflejo de la linterna, las voces se hicieron más claras y pudo percibirse que uno de los embozados decía:

—Pues yo juro que no quisiera verme solo y en este sitio con el tal Negromonte.

—¡Bah! —replicaba otro—, tú no eres capaz ni de dormir solo en tu cama.

—Sin embargo, tú has entrado temblando.

—¡Ah! ¿Y quién no tiembla cuando se trata de habérselas con los difuntos?… Prefiero acuchillarme con un centenar de Negromontes.

—¡Qué! —dijo alguno—, ¿tú eres de los que dieron fe a los chismes de Gutierre?

Ojo videte, camarada. Yo he visto salir al mismo Belcebú por los arcos anegados de la calleja; yo mismo.

—¡Y yo! —dijo otro.

—¡Y yo! —repitieron varias voces.

—¿Os acordáis? —dijo el primer testigo—. ¡Qué siento que ese Negromonte haya mandado a las Hibueras a Mejía y a Morquecho!, esos muchachos os hubieran referido cosas que aquí pasan, que son para poner miedo al mismo diablo. Por ejemplo: dicen que una noche se hallaban esperando a su señor en este mismo sitio en que nos encontramos. ¿Veis aquel punto más oscuro que los otros, allá en aquel rincón, detrás del follaje?…

Los otros se acercaron tumultuosamente al pretil y clavaron los ojos en el punto designado por el que hablaba.

—Pues bien; por aquel punto comenzaron a ver que se abrían las ramas…

—¡Que se abren! —exclamó un embozado.

—¡Se abren! —dijeron otros.

—¡Mirad! —exclamaron algunos.

Todos se quedaron inmóviles. En efecto, la yerba que casi ocultaba una ventana convertida en puerta por el hundimiento, habíase apartado y daba paso a una figura humana. El grito español se escapó de algunas gargantas, y el «¡Quién va!» fue repetido por los ecos.

—¡Zapata!, un criado de vuesas mercedes —gritó el aparecido.

Aquello volvió la sangre al cuerpo de los embozados, y se convencieron de que no hablaban con una alma del otro mundo. Pero pasado el susto viene la reacción de cólera. El que había tenido que interrumpir su cuento, gritó con una voz preñada de violencia:

—¡Ea, tunante!… decid quién sois para colaros hasta aquí sin pedir permiso…

—Perdonad, señor… busco a don Gaspar de Mendoza.

—¿Ignoráis que no es esta su casa?

—¡Oh!, no… pero sé que aquí debo hallarle.

—¿Y por eso venís metiéndoos por las paredes?…

—No tal, señor… yo vi una puerta…

—¿Y qué le queréis al señor Mendoza?

—Tened la bondad, por vida vuestra, de indicarme por dónde he de subir; o bajad vos, si queréis que os responda. No puedo decíroslo a gritos.

—Subid vos.

—¿Por dónde?…

—Tomad a la izquierda, y hallaréis la escalera.

Zapata siguió la dirección que le indicaban, y después de emplear cerca de media hora en trepar por aquellos peldaños casi derruidos y cubiertos de ortiga, llegó a los corredores donde le esperaba su brusco interlocutor.

—Venid —le dijo, alejándose con él a cierta distancia de los otros—; ¿sois escudero de don Gaspar de Mendoza?

—Sí.

—Tened la bondad de llamarle. No podéis tener una idea de lo que interesa a vuestro señor una noticia que le traigo. ¿Podré hablarle?

—Amigo, lo creo muy difícil… si os importa mucho, ¿por qué no volvéis, por ejemplo, mañana?…

—¡Ay, caballero!… ¿qué decís?… ¡mañana!… si el asunto es de esta misma noche, tal vez de este momento.

—Pues ya os dije; volved otro día.

—Es imposible, amigo mío…

—Pues no hay remedio.

—Pero…

—¡Eh, canalla! Basta… Aquí no hay señor Mendoza ni señor, Calabaza. Marcháos en hora mala, si no queréis que os desquebraje las costillas.

—Mirad.

—¡Fuera de aquí, bergante!

Zapata retrocedió para escaparse de un puntapié con que le amenazó el desconocido. Ardía de coraje; pero hubiera sido una imprudencia mostrarse digno en unas circunstancias como aquellas en que él se encontraba. Era preciso hablar a Mendoza; urgía el tiempo; aplazar la entrevista, equivalía, en su concepto, a la perdición de su señora; salirse sin lograr nada, era la muerte. Pero aquel escudero salvaje se mostraba inflexible y bárbaro; no obstante, era preciso a toda costa ablandarle. Zapata se dio una palmada en la frente, como hacen todos cuando en su memoria brilla la luz de un súbito recuerdo. Después metió la mano en sus bolsillos y lanzó un pequeño grito al encontrarse con una buena cantidad de monedas de oro. El dinero, cuando se sabe manejar, infunde a su dueño más valor que si llevara una pistola.

Zapata se aproximó al desconocido. Éste dio un paso atrás, como si ya sintiese la superioridad, que, según cuentan, se desprende como el aura magnética, de los que poseen un poder secreto, cualquiera que sea.

—Perdonad, señor caballero —dijo Zapata con ademán rendido—; me iré, si lo ordenáis vos… pero os suplico me escuchéis dos palabras. Tuve la desgracia de hallaros en un momento de mal humor; tenéis justicia de haberos violentado… ¡qué diablo!, antes sois demasiado noble para no haberme abofeteado como merecía. Cuando uno no está para fiestas, es capaz de…

—¿Acabaréis?

—¡Ah!, perdonad… ¿me escucháis?… bien… pero como no trato de perjudicar a las personas ocupadas, como lo seréis vos…

—¡Mucho!, y qué…

—Nada —replicó Zapata haciendo sonar los ducados—; que me haréis favor de que os pague, aunque miserablemente, los momentos que robo a vuestras ocupaciones; pero temo ofenderos, si…

—Amigo —dijo el otro con mucha menos aspereza—; yo, aunque pierdo realmente, como habéis dicho, desatendiendo mis ocupaciones, no trato de hacerme pagar lo que me defraudáis con vuestra visita; pero os entrasteis hablando con un señorío, digamos mejor, con una violencia, que no dais tiempo a que uno se maneje con el respeto que merece vuestra persona.

Zapata contuvo una sonrisa de satisfacción, y replicó, poniendo un ducado en la mano de su interlocutor:

—¡Amigo mío!… ya os dije que perdonárais… soy un jumento…

—Estáis convencido de que yo no…

—¡Oh!, ¡y mucho!… pero tomad, tomad… y no miréis la cortedad de la ofrenda, sino…

—¡Qué!… ¿qué me dais? —dijo el otro rechazando la mano que alargaba Zapata.

—Nada… un ducado…

—¡Bah!… le tomo solamente…

—Porque sois mi amigo, ¿no es cierto?

—Amigo y servidor vuestro; Fanega.

—Gracias: ahora, si lo tenéis a bien, señor Fanega, llamadme a don Gaspar.

—Bien; ¿y si no viene?…

—¡Ea! —dijo Zapata poniendo otro ducado en las manos de su nuevo amigo, e impulsándole familiarmente—; vos haréis porque venga; id, que os espero con impaciencia.

Fanega se retiró con la velocidad de un mandadero. Al pasar junto a sus camaradas, éstos le detuvieron por el capote, agobiándole con toda clase de preguntas. Luchaban en esto, cuando a pocos pasos aparecieron Negromonte y Mendoza. Fanega salió al encuentro de este último, y descubriéndose, le dijo:

—Señor… aquí espera a vuesa merced una persona qué desea hablarle acerca de un asunto, que, según dice, tiene tanta importancia para él como para vuesa merced.

Mendoza, después de hablar unos momentos más con Negromonte, se volvió a Fanega.

—¿Adónde está ese hombre? —le dijo.

—Ahí… si vuesa merced desea que le llamemos.

—Llamadle.

Poco después llegaba Zapata, descubierto también, y se inclinaba respetuosamente delante de Mendoza.

—¿Qué queréis? —dijo éste con un tono desabrido y violento.

—Señor —replicó Zapata mirando a Negromonte y a todos los que ahí estaban—; si vuesa merced tuviera disponible un sitio menos concurrido…

—Despejad —dijo Mendoza a los embozados: todos se retiraron. Entonces Zapata comenzó de este modo:

—Señor: sé que os causarán extrañeza mis palabras; pero una involuntaria simpatía que me arrastra hacia vos, como a todo lo grande, lo generoso y lo noble, me ha puesto en relación con algunas cosas que vos guardáis como un secreto; pero nada temáis…

—No acostumbro temer a nadie —replicó Mendoza—; continuad.

—Todos los días, señor, pasáis cerca de mí, y distraído en vuestros profundos pensamientos, pasáis sin verme. Pero yo os veo. Yo he creído notar en vuestro semblante las huellas de una inconsolable tristeza, y a fuerza de observaros siempre, he llegado casi a vislumbrar que en el fondo de vuestro corazón se anida una cosa terrible como el desengaño, y lentamente abrasadora como la imagen de una mujer amada.

Don Gaspar se aproximó más a Zapata, procurando distinguir entre la oscuridad las facciones del veterano. Sentía que una vaga inquietud iba tomando en su ánimo las proporciones de la sospecha; pero desconfiando de sus movimientos instintivos, quiso escuchar hasta el fin, no fuera a ser aquel hombre un aviso de la Providencia, o un nuevo instrumento que le ofreciese la fortuna.

—¿Y bien?… —dijo.

—¡Ah!, señor… sé bien que juego una traición a esa mujer a quien amáis… pero yo os digo que ha llegado el momento de poner término a esa fatal tristeza que os aniquila.

—¿Sí?… —exclamó don Gaspar de Mendoza—, a ver… a ver en qué os fundáis… cómo sabéis semejante cosa…

—Tengo sesenta y tres años, señor; a esa edad, basta la luz fugaz de un relámpago, para ver lo que la juventud no acierta a distinguir con los rayos del sol, aunque fueran perennes.

—¡Eh!, fuera retórica… aunque fuerais más viejo que las pirámides de Egipto, podríais haberos equivocado. Vamos, decidme llanamente lo que habéis visto, y yo sabré qué interpretación debo darle.

—¿Qué más, señor? He sorprendido el llanto…

—Las mujeres lloran por bagatelas. Adelante.

—Mi hija, señor, que posee la amistad de esa joven, que duerme a su lado, ha oído pronunciar en sueños vuestro nombre.

—¿Y eso es todo?…

—Aún hay más…

—Decidlo.

—Juana oyó pronunciar vuestro nombre con esa agitación, con esa ternura, con ese no sé qué, señor, que, aun en sueños, descubre lo que hay en el alma. Así, yo creo que, aunque velado por la honestidad y contenido por la doble vigilancia del deber y del miedo, existe en Isabel un amor infinito, que sólo se alimenta con lágrimas.

—¡Voto va! Mirad que me resisto a creer semejante fortuna. Yo no daría fe sino a lo que Juana hubiese sorprendido.

—Pues ¿qué os ha dicho?, señor… Ha más de veinte días que Juana me asegura…

—¡Mentís! —gritó Mendoza arrojando un golpe con su aliento sobre la frente descubierta de Zapata.

Éste dio un salto y se quedó atónito.

—¡Señor!… —exclamó.

—¡Fuera de aquí, villano! —dijo Mendoza, dándole un grosero empellón—. ¿Quién te ha dicho que estoy triste, ni que mi tristeza venga de ese amor que tú has inventado? ¿Quién eres tú, que así te atreves a juzgar mis acciones, y a interpretar de un modo tan infame las de una dama?

—¡Señor!…

Don Gaspar echó atrás el embozo y levantó el puño sobre la cabeza de Zapata.

—Sabes —continuó—, que si no callas, puedo mandar que se te arranque esa lengua vil con que te atreves a lanzar la calumnia. ¡Vamos, fuera de aquí!, si es que tienes en algo los pocos años que te restan de vida.

Aquello fue un golpe inesperado, que conmovió hasta las entrañas de Zapata. El sombrero cayó de sus manos. Un sudor copioso brotó de su frente; y trémulo, más que de temor, de coraje, retrocedía delante de don Gaspar, sin atreverse a dejar comenzada la obra, ni a proseguirla.

Comenzó a descender lentamente por la escalera, y se detuvo en los primeros peldaños. ¿Qué haría? Después de meditar largo rato, y ya cuando Mendoza daba los primeros pasos para alejarse, volvió a subir.

—Perdonad, señor —dijo con voz suplicante.

—¿Aún no te has marchado? —exclamó don Gaspar, deteniéndose para lanzar una mirada, más bien sentida que vista por Zapata.

—Señor —dijo éste—, no seréis un amante, pero sois un amigo y un caballero. Yo invoco, a nombre de esa joven, una gracia que no le negaríais ni a vuestros enemigos, señor; vuestro amparo. Yo sé que Isabel debe ser hoy mismo víctima de un atentado infame… Señor; sé que esta noche va a ser arrebatada de su hogar: si vos, que sois bravo y generoso, no os acordáis de que ella es débil y está sola, y es inocente…

—¡Hola!… ¡hola!…

—¿Tendréis compasión?

—¡Oh!, y mucha, vais a verlo —replicó don Gaspar; después se volvió hacia el punto donde se habían retirado los embozados, y gritó con voz firme:

—¡Fanega!…

Éste se desprendió del grupo de sus compañeros, y llegó en dos trancos junto a Mendoza.

—Señor —murmuró—, ¿mandáis algo?

—Aprehended a ese hombre —dijo, designando a Zapata.

Fanega echó al aire su espada.

Zapata quiso escapar y se lanzó por la escalera como un rayo; mas tropezando en aquellas piedras desordenadas, y cubiertas de yerba, rodó envuelto en la capa, hasta ir a dar con la cabeza en las paredes del pasillo. Antes de poder levantarse, tenía ya sobre los ojos la punta de una espada, y escuchaba a Fanega, que le decía:

—Rendios, o sois muerto.

Media hora después Zapata se mesaba las barbas, arrojado en un aposento tan oscuro, tan frío y tan húmedo como el calabozo de la fortaleza.

25. Zapata en busca de un garrote

Era ya muy tarde. La noche iba adquiriendo esa lobreguez precursora de la tormenta. Las montañas del valle parecían inmensas calderas en ebullición, cuyos negros vapores se extendían por la atmósfera robando la claridad del cielo y el fulgor de los astros. El noreste se iluminaba de cuando en cuando, y oíase rodar el trueno lejano todavía tras las soledades del horizonte.

La ciudad parecía estar en brazos del sueño, arrebujada en sombras y arrullada por todos los ecos de la noche.

Nadie hubiera visto que de la casa de Beltrán salía el mismo grupo de embozados que hemos visto en los corredores; entraba en un chalupón atracado en la poterna de la callejuela, y comenzaba a bogar silenciosamente hacia el canal, doblando la esquina del palacio.

Mientras ellos se dirigen a su destino, volvamos a la antigua habitación de Gutierre.

Negromonte había quedado solo. Cuando hubo calculado que se hallaban distantes los de Mendoza, tomó su linterna, bajó las escaleras, y dirigiéndose a una pequeña puerta de tantas como había en el patio, dio en ella algunos golpes y puso el oído en la cerradura.

Nadie respondió.

Entonces, en vez del oído, aproximó su boca y gritó por dos veces:

—¡Itzcoatl!… ¡Itzcoatl!

El mismo silencio.

Don Pedro debía tener mucha necesidad del que había nombrado, pues comenzó a dar con el pie tales golpes sobre la puerta, que retumbaban por todo aquel recinto y resonaban seguramente hasta la calle. Viendo que esto no bastaba, puso su linterna en el suelo, retrocedió algunos pasos y se disparó con todo el peso de su cuerpo sobre las hojas. Éstas crujieron, astillándose por el marco, al mismo tiempo que una lluvia de tierra cayó sobre la cabeza y las espaldas de Negromonte. Un esfuerzo más, y todo estaba concluido.

Se disponía sin duda Negromonte a dar el golpe decisivo, cuando oyó por el extremo de la arcada varios pasos descalzos, y una voz que gritaba:

—¡Eh, señor!, ¡aquí voy!…

Volvióse, y pronto se halló enfrente del que había respondido. Era un azteca, medio desnudo, corpulento, y casi ennegrecido por la intemperie.

—¿Adónde estabas? —le preguntó Negromonte algo alterado por la cólera; y antes que el otro replicase, añadió—: Corre, vuela, y di a Tetzahuitl, que aunque deba pasar sobre el cadáver de Temachti, tome sus armas y venga aquí sin perder un instante.

Itzcoatl desapareció.

Negromonte se internó por los patios, murmurando algunas palabras y dejando conocer en sus ademanes una grande impaciencia. Pronto se detuvo enfrente de una puertecilla gótica, reforzada por toscos travesaños de hierro; sin soltar la luz, descorrió con una mano los cerrojos, abrió y hallóse con un hombre que al verle aparecer lanzó un grito indescriptible de espanto. Era Zapata.

—¡Qué!, ¿os asusto?… —dijo don Pedro.

—¿Qué queréis de mí? —preguntó Zapata estremeciéndose de pies a cabeza.

—Sosegáos, buen hombre. Vengo solamente a molestaros con algunas preguntas. He visto la violencia de que habéis sido víctima, y quisiera conocer el motivo que originó vuestra desgracia.

Zapata, serenándose un poco al oír el acento casi paternal que Negromonte dio a sus palabras, dijo:

—Señor, lo ignoro tanto como vos; sólo puedo deciros que yo vine a buscar el amparo de Mendoza, y en vez de un consuelo para nuestras cuitas, hallo la desconfianza, la cólera, la prisión y el ultraje. No sé más.

—¿Y cuáles eran vuestras cuitas?

—¡Ah, caballero! Debéis saber que soy criado de una dama, doña Isabel Dorantes, por quien tengo el cariño y la veneración que tuviera por mi misma madre. Su casa es la dicha de mi familia y el refugio de mi indigencia. Una locura imperdonable a la vejez, pero muy natural en un pobre diablo aguijoneado por las deudas y la miseria, me hizo perder en una noche mis ahorros, que dejé abandonados por escapar de la cólera de un amo a quien ofendí miserablemente. Pobre, perseguido y hambriento, llamé en vano a las puertas de los antiguos camaradas. Tocaba al extremo mi desesperación, cuando Isabel sorprendió las lágrimas de mi hija; la reprendió por haber callado tanto tiempo acerca de la existencia y los trabajos de su padre, y no contenta con la caridad furtiva que se deslizaba por las manos de Juana hasta el fondo de mi pobreza, me hizo llamar y me aposentó en la casa; y desde entonces tuve hogar, y pan, y abrigo, y más que todo, el afecto maternal con que esa dama cubre a mi hija, salvándola de los peligros que la hubieran acarreado mis circunstancias. Ahora, señor, doña Isabel está amenazada. Todos los que pudieran defenderla están en las Hibueras con don Hernando. ¿Qué soy yo, pobre viejo sin fuerzas, sin nombre, sin respetabilidad, para oponerme al paso de los señores poderosos que avanzan contra el honor y acaso contra la existencia de mi señora?; hubieran mutilado mi brazo y hecho trizas mi espada; hubieran desoído mis súplicas, y hubieran llegado hasta Isabel hollando mi cabellera encanecida. Por eso he venido a invocar la generosa valentía del único amigo de Isabel: don Gaspar de Mendoza…

En el sentir de Negromonte, sólo había dos personas que tuviesen preparado aquella noche un golpe contra la Dorantes: él y Mendoza. Era evidente que si Zapata se amparaba de este último, era porque sabía los planes de Negromonte. Pero ¿quién hubiera podido revelárselos? Una sospecha vehementísima recaía sobre Pero Almindes Chirinos. Don Pedro quiso confirmar, con el testimonio de Zapata, lo que él ya consideraba como cierto, y dijo:

—Pero ¿quién os ha dicho que vuestra señora esté amenazada?

—¡Oh, señor!, el mismo forjador del crimen, que a estas horas… ¡Dios mío!…

Zapata se torció las manos y mostró en la agitación de todo su cuerpo la aflicción horrible que le atormentaba.

—¿Quién os lo ha dicho? —insistió Negromonte.

—¡Oh!… ¿quién?… ¿quién?… ¡el señor factor!… y luego yo… ¡qué imprudente!… figuraos que dejé dicho, que si no volvía, nada temiesen… y me habrán esperado… y… ¡dejadme salir por compasión, señor!… mirad que si no llego a tiempo, arde la casa y a todos nos llevan los diablos…

—Basta —replicó Negromonte disponiéndose a dejar a Zapata—, podéis permanecer tranquilo. Don Gaspar de Mendoza debe estar al lado de Isabel en estos momentos.

—¿Os vais? —dijo Zapata en el colmo de la angustia.

—Ya os dije que doña Isabel está segura.

—¡Señor!, me engañáis… ¡señor!… ¡señor!

La puerta se cerró de golpe; Negromonte volvió a echar los cerrojos, y echóse a andar apresuradamente en dirección del primer patio.

Zapata lanzó una maldición y azotó con la frente los tablones de aquella puerta.

—¡Soy un menguado! —exclamó haciendo vanos esfuerzos por conmover la cerradura—, ¿quién me ha dicho que me sirviera de malas artes cuando todo estaba concluido practicando un escondite en la misma casa? ¿Quién si no yo y Juana lo hubiera conocido?… ¡Zoquete!, ¡y más que zoquete, presumido y ligero!, ¡pensar que tocaba al colmo de la astucia; engreírme con la mentida apariencia del éxito; gloriarme de la fuerza de mi inteligencia; soñar con los laureles del triunfo!, y después, ¡zurra!, ¡y viene la balumba de pescozones y garrotazos, y todo por bestia, por jumento!…

Estas palabras eran acompañadas de tirones de pelo, y de gestos de verdadera rabia. Después sosegábase un poco, y dando un apacible curso a la reflexión, se entregaba a investigar las causas de la conducta de Mendoza, que le parecía cada vez más inexplicable. Luego se interrumpía para exclamar:

—¡Oh!, ¡y el tiempo vuela, y el crimen se consuma!, ¡y yo no puedo estar allí para impedirlo!

Después volvió a quedar pensativo. Así pasó más de una hora.

De súbito le vino la conciencia del tiempo, y exclamó, enderezándose de un salto:

—¡Por vida mía que yo reviento esta noche!, pero juro que no nos perderemos por falta de esfuerzos. ¡Ah!, si encuentro una palanca…

Entonces comenzó a tantear las paredes, y avanzó por la oscuridad en busca de los rincones.

Según él, un rincón, y más cuando es de un cuarto bajo y abandonado, está lleno de trebejos entre los cuales nunca falta un palo cualquiera.

A poco andar topó con un obstáculo: era un grueso machón que servía de estribo a la bóveda. Al principio creyó que aquello fuese la pared, y cambió de rumbo, siguiendo la dirección que le indicaba el costado de aquel saliente. No dilató en tocar un bordo, reconoció el estribo, lo pasó y continuó adelantando. A cosa de seis metros volvió a hallar otro estribo. Su mano pasó casi rozando una barra de hierro que se encontraba en aquel ángulo, y que dos años después, cuando la casa fue comprada por el alguacil mayor Bocanegra, se halló en el mismo sitio convertido casi en herrumbre, y deleznable cual si fuera de polvo.

Zapata prosiguió su camino: su mano izquierda tendida hacia adelante, mientras la derecha reconocía el muro, tocó de repente los límites de la pieza por aquel lado.

Zapata registró el rincón, sus dedos encontraron sólo algunas telarañas que crujieron ligeramente al desgarrarse.

Dio media vuelta y comenzó a seguir a lo largo de la pared del fondo. A poco trecho sintió que la pared hacía esquina y torcía.

—¿Será una puerta? —dijo—; probemos.

Pero no era una puerta, sino la boca de un pasadizo estrecho, de un antro que se prolongaba quién sabe hasta dónde. Allí se bajaba por dos o tres peldaños, que Zapata bajó creyendo descender a un abismo; después notó que el piso, conforme se adelantaba, ofrecía un declive más y más rápido y comenzaba a cubrirse de un fango que hacía difícil y poco segura la marcha. Zapata, casi olvidado de buscar la palanca, guiado por esa curiosidad que en estos casos nace del instinto de salvación, quiso saber hasta dónde sería el término de aquel subterráneo. El suelo empapado, la frialdad del aire, el olor sulfhídrico, le indicaban la proximidad de una reguera o de un caño que debía salir hasta la calle, y podía ser un recurso para la fuga. El descenso iba siendo alarmante. Zapata sentía que al dar el paso levantaba sus pies envueltos en una pesada capa de fango. Pronto sintió el agua en los tobillos, pero al tender su brazo para buscar un apoyo, topó con las tablas de una puerta. Ésta no era tan pesada como la del patio; podíase conocer, palpándola, que era delgada, esponjosa, débil, casi trémula y presentando en toda su longitud tres o cuatro rendijas donde podían caber los dedos.

Detrás de las tablas escuchábase un rumor parecido al eco lejano de una corriente. Era el viento.

Zapata probó la resistencia de aquella puerta imprimiéndole algunos sacudimientos. Las hojas obedecían haciendo rechinar los goznes, y a cada empujón se oía por el resquicio un chasquido sonoro, que indicaba claramente la presencia del agua.

—Aquí está el canal —murmuró Zapata.

Quiso ver si lograba distinguir algo pegando un ojo en la más ancha de las hendeduras, y parecióle vislumbrar cierta difusión blanquecina, vaga, y ligeramente movible, que él creyó fuese el reflejo del cielo sobre la superficie del canal. Pero vio hacia la parte superior, y no vio sino tinieblas. El fondo y los costados presentaban el mismo aspecto. Escuchábase de cuando en cuando el azote con que las aguas removidas se estrellaban contra el recinto.

Zapata se resolvió a derribar la puerta. Sin embargo, supuso, como era natural, que si cargaba todo el cuerpo, la puerta se abriría sin duda; pero él quedaba expuesto a rodar en aquella oscuridad, y caer quién sabe en qué ignoradas honduras. En consecuencia, metió sus dos manos por la rajadura de las tablas, asió el filo de una de ellas, apoyó su pie izquierdo sobre el umbral, y tiró fuertemente la tabla que dio un traquido semejante a un pistoletazo, y giró como en goznes, sobre algunos clavos torcidos. Zapata sintió entonces que el viento arremolinaba sus cabellos y se le colaba por la abertura de su justillo.

—Que me entierren —dijo—, si este aire no viene de la calle.

Al decir esto, acabó de desprender la tabla. Tenía, pues, el instrumento más útil en aquellas difíciles circunstancias: la sonda. Así midió la profundidad del agua, colocada inmediatamente después del umbral, y halló que podía meterse en ella como en un charco.

Eran tan espesas las paredes donde se abría la puerta, que Zapata anduvo un callejón de seis cuartas para poder encontrar la otra salida. Al llegar aquí se detuvo; a la izquierda, sus pupilas dilatadas en la oscuridad vieron distintamente el cuadro vacío de una ventana. Dio un grito de alegría, y exclamó volviendo a calar la sonda:

—¡Cáspita!, parece que estas son las piezas anegadas de la callejuela… quiere decir que el agua no me tocará las rodillas… sí, claro… aquí está el fondo… ¡Adelante!

Zapata se metió de plano en el estanque, y adelantó paso a paso en dirección de la ventana. Cuando llegó al pretil asomó la cabeza. Vio entonces un aposento lleno también de agua, con sus paredes surcadas por espantosas cuarteaduras, y allá en la extremidad tres puertas góticas, enfrente de las cuales se levantaba, como edificada por la noche, la tapia de la callejuela.

Un paso más, y Zapata estaba salvado.

26. Donde el lector seguirá viendo más y más embozados, y al fin descansará en el término de esta primera parte de la historia

Ya era la media noche. Juana, cavilando aún con aquella misteriosa entrevista de su padre con Isabel, dejó su lecho y se encaminó por el jardín, presintiendo las emociones que debía experimentar dentro de unos cuantos instantes. Acercóse maquinalmente al mismo sitio donde había hablado con Mendoza; allí estaba un fuste de columna tendido cerca del estanque, forrado casi por el musgo: Juana se sentó en él, y esperó.

Sólo ella que tan bien conocía las avenidas y glorietas del jardín, pudiera haber llegado hasta aquel lugar sin extraviarse entre el ramaje; porque era tal la sombra, que no se veía ni el cielo ni la tierra.

La tempestad impregnaba ya todo el aire; las hojas no se movían, los susurros callaban. Un silencio terrífico gravitaba sobre la noche.

Oyóse un rumor por el lado de la poterna.

—Ya están aquí —dijo Juana. Se levantó, puesta la mano sobre el corazón, y dio algunos pasos, deteniéndose en seguida para ver si aquel ruido se repetía.

Sonaron tres golpes en el postigo. Entonces sintió Juana que la ahogaban las palpitaciones; pero corrió hacia la poterna, sacó una llave de su seno y la introdujo en la cerradura. Antes de abrir, hizo esta pregunta casi inútil:

—¿Sois vos, señor? —viendo que no le respondían, se aventuró a decir:

—¿Sois vos, don Gaspar?

—Sí —respondieron cautelosamente por afuera—; abre.

Juanita dio vuelta a la llave, franqueó el paso, y vio que entraba un hombre, detrás del cual quedaban otros muchos hablando en voz muy baja.

La joven recomendó silencio al hombre que acababa de entrar.

—Don Gaspar —le dijo—, nomás os ruego que hagan el menor ruido posible. Isabel y su servidumbre no se recogen todavía.

—Bien… quiere decir…

—Haced entrar a vuestra gente… porque si alguno pasa por la calle, somos perdidos. Que vuelvan a cerrar, y ocultáos con ellos tras de la higuera… Isabel no dilata.

—¿Adónde está la higuera?, ¿quieres guiarme?, porque no veo ni tu cuerpo.

—Seguidme —dijo Juana, buscando la mano de su interlocutor.

—Esperad un poco —replicó éste, y volviéndose a los que le acompañaban, dijo con el mismo recato que había usado hablando con Juana:

—¡Eh!, seguidme vosotros, y emparejad la puerta.

Entonces, dejándose guiar por la mano fría, húmeda y temblorosa de Juanita, comenzó a andar por entre dos vallados de rosales. Detrás marchaba una negra fila de embozados, con el mismo silencio y la misma siniestra lentitud con que las nubes de la tempestad caminaban por el espacio.

Después de dos minutos de marcha, Juanita se detuvo enfrente de una alcantarilla cobijada completamente por las anchas ramas de una higuera gigantesca. Debajo de esa bóveda de verdura se aspiraba un aire perfumado con emanaciones desconocidas, y se escuchaba el eco lleno de dulzura, de un hilo de agua que al caer sobre los charcos resonaba como la marimba cuando el botón de sauco hiere sus cristales.

—Aquí —dijo la joven.

—¿Y ahora?… —preguntó el otro.

—Ahora no tenéis más que esperar un poco. Mirad: por aquel lado llegará Isabel; dejad que pase; cuando vuelva, podéis sorprenderla… yo me retiro, porque si llega a verme aquí, no lograríamos nada… quedad con Dios… señor Mendoza.

Juanita, sin decir más, soltó la mano que aún se enlazaba con la suya, y voló como un pájaro.

Cuando hubo desaparecido, se levantó de todos aquellos embozados un extraño rumor, que era de sorpresa y admiración.

—¡Silencio!… —dijo el que había hablado con Juanita, que no era otro que el señor factor don Pero Almindes de Chirinos—. ¿Qué te parece esto, Garduña?

Esta persona, ya conocida por nuestros lectores, replicó, siempre en voz baja:

—El cielo cuida de vuesa merced, señor.

—No es eso… pregunto si has notado el equívoco.

—¿Cuál equívoco, señor?

—¿No has oído?

—No…

—¡Voto va!, pues ignoras lo más gracioso. ¡La muchacha me ha llamado Mendoza!…

—¡Hola!…

—Me ha tomado por don Gaspar, y bajo ese concepto me ha franqueado la entrada.

—¡Por la Virgen!, ¿luego estuvo en un tris que os soplaran la dama?…

—¡Silencio!…

—No es nadie…

—Bien; pero estamos en un riesgo inminente. Supuesto que Mendoza tenía tan bien dispuestos sus asuntos y que esta Juana le esperaba cuando llegamos, no tardará en venir, y nos veremos en una danza de los demonios. ¿Qué hacemos?

Hubo un intervalo en que Chirinos y Garduña enmudecieron para meditar sobre un medio que los sacara del apuro. Garduña fue el primero que rompió el silencio. Tenía sus puntas de leído, y exclamó:

—¡Eureka, señor! ¡Eureka!

—¿Quién es esa? —preguntó Pero Almindes.

—Ninguna, señor… digo que acabo de hallar un artificio que nos librará de don Gaspar de Mendoza.

—¿Sí?… veamos.

—¿Habéisme dicho que el jardinero es un viejo?

—Sí.

—¿Le conoce Mendoza?

—Le ha visto.

—Pues entonces, vuesa merced puede estar seguro de un contratiempo; déjeme obrar a mí vuesa merced, y yo respondo del éxito.

—¿Qué intentas?

—Mirad: Botello, que viene con nosotros, es viejo como pudiera serlo el jardinero, y nadie como él es tan sagaz, ni tiene la serenidad que se requiere para representar un entremés, aun en lances como el presente. Que él reciba a don Gaspar de Mendoza, que le haga creer que tiene otro lugar más a propósito para la emboscada, y que le esconda por el sitio más enmarañado y más distante de la huerta. Entretanto, nosotros…

—Ya.

—¿Conviene vuesa merced?

—Quisiera…

—O nos iremos… todavía es tiempo.

—No… espera… ¡Ea! Que Dios te ayude; pero si cometes un desacierto, te estrangulo.

Garduña dejó a Pero Almindes y fue a mezclarse al grupo de sus compañeros.

Ahora, si el lector se toma la molestia de acompañarnos a la calle, seguiremos todo lo largo de la cerca, y llegaremos a la ribera del canal que por aquella parte se tocaba con los costados de la casa. Allí, de una canoa que acaba de atracar, verá que salen hasta diez hombres y se encaminan silenciosamente hacia el postigo del jardín. Era la gente de Gaspar de Mendoza.

Éste va por delante. Fanega le acompaña.

—Repito, señor —decía éste—, que vuestros temores son infundados; ¿quién os había de seguir a semejantes horas?, ¿quién puede haber adivinado que intentábais sacar a esa dama?

—Sin embargo —replicó Mendoza—, el viejo debe habérselo dicho todo a la Dorantes. Mucho temo que no la encontremos…

—¡Bah!, señor… ¿no he dicho ya a vuesa merced que no he visto salir a nadie de la casa?

—Vamos a verlo.

Siguieron adelantando, y pronto llegaron a la poterna.

Don Gaspar, según lo que había concertado con Juanita, dio un silbido; pero como los pastores de Meléndez, no obtuvo por respuesta sino los ecos.

Entonces, volviéndose a Fanega le dijo:

—Lo dicho. Juro que Isabel se halla a estas horas más lejos que mi suegra.

—¿Por qué no volvéis a llamar, señor?, no habrán oído.

Don Gaspar silbó por segunda vez. Fanega hizo lo mismo; y esperaron largo tiempo sin que nada anunciase que los hubieran escuchado.

—La Juana se ha dormido seguramente —dijo Mendoza ya colérico—. Veremos si mañana no duerme esa infame hasta que la despierte la trompeta del juicio. ¡Ea!, marchémonos…

—Señor… abandonáis…

—Vámonos.

Mendoza había dado la vuelta para ponerse en marcha, cuando oyó crujir la llave en la cerradura, y volvióse de un salto, dando con el cuerpo a Fanega que rodó como embestido por el encuentro de un caballo, y estuvo a punto de hacer rodar por otro lado al mismo Mendoza.

—¡Eh! —dijo éste, mientras Fanega se levantaba—. ¿Qué hacíais, Juanita?

Se abrió la puerta, y apareció un hombre, que tomando familiarmente a Mendoza por un pliegue de la capa, le atrajo hacia adentro, diciéndole con una voz contenida por el sigilo:

—Entrad, entrad, señor Mendoza; pero por Dios que no se oigan vuestros pasos.

—¡Eh!, ¿quién sois vos? —dijo don Gaspar afianzando el brazo de aquel desconocido. Era Botello.

—¡Silencio, señor!… —dijo éste—, ¿no habíais quedado en que os abriese Juana?… pues bien; ella no puede, porque se halla en este instante detenida por la señora… pero me encarga a mí…

—¿Sois Antón?…

—Soy… un criado de vuesa merced —replicó el otro estremeciéndose ligeramente con aquella pregunta.

—Guiad.

—¿Venís con gente?

—Sí.

—¿Cuántos?

—Diez.

—¡Oh!, no es posible que todos entren… ¿pudiérais darles orden de regresar?, porque tampoco es conveniente que los vean en la calle…

Mendoza se volvió hacia Fanega, y le dijo algunas palabras al oído. Fanega transmitió a los suyos estas palabras, que eran indudablemente la orden de que se retirasen unos cuantos, pues cosa de seis hombres de aquellos se apartaron del grupo y tomaron la senda por donde habían venido.

—¿Pueden entrar cuatro? —preguntó Mendoza.

—Lo dudo —replicó Botello—, pero, en fin… —murmuró de un modo imperceptible—: nosotros somos dieciséis, tenemos cuatro por uno… Pasad, señores.

Pasaron los cinco. Nadie notó que otras dos personas entraron después, y se escurrieron como dos víboras por el lado opuesto.

Botello se apoderó de un brazo de Mendoza, y mientras adelantaban seguidos por Fanega y los otros, fue explicando los motivos que Juana había tenido para cambiar el sitio de la emboscada.

Cuando hubieron recorrido toda la longitud de la huerta, llegaron cerca de la tapia donde los breñales se enlazaban formando una maraña verdaderamente inextricable. Botello señaló aquel punto como el más idóneo que pudiera encontrarse.

—Pero… —dijo Mendoza— necesitamos que nos digáis la entrada.

Botello la ignoraba como don Gaspar, pero era necesario no descomponerse, y ante todas cosas importaba dejar bien escondidas a aquellas gentes.

—Venid —les dijo, sin saber por dónde los llevaba.

Dieron vuelta por la primera senda que fue posible distinguir, y en tanto que Botello se adelantaba con Mendoza, uno de los embozados, mudo hasta entonces, acercóse a Fanega y le dijo:

—¿Conocéis a ese hombre?

—Sí… yo sé que es un tal Antón.

—¿Antón? —preguntó el otro con extrañeza.

—Sí, es un hombre a quien su merced tiene comprado.

—¡Por vida mía!

—¡Silencio!

—Tenéis mala memoria —dijo más bajo el otro—; ¿no conocéis la voz?

—¿Cómo?…

—¡Bah!, ¿no habéis oído hablar a Botello?

—¡Qué!… ¡a ver!… ¿qué habéis dicho?… ¿Botello?… ¿el compañero de Garduña?

—El mismo.

—¡El cielo nos valga!… —exclamó Fanega apresurando el paso hasta llegar a Mendoza.

—¿Qué hay?… —preguntó éste, deteniéndose.

Fanega, en vez de responder tomó a Botello por las barbas, y procurando distinguir entre la oscuridad las facciones de aquel rostro impasible, dijo a Mendoza:

—Esperad, señor; aquí vamos sobre la pólvora.

—Después se dirigió al desconocido con quien venía hablando, y le dijo:

—Gaviño, acércate.

El otro obedeció. Botello sentía que el corazón tronaba contra la pared de su pecho, como el badajo en la campana que da el toque de alarma o de incendio.

—Él es… —dijo Gaviño con firmeza.

—¿Quién? —preguntó Mendoza.

—¡Un traidor! —exclamó Fanega sacudiendo a Botello.

—Yo… —dijo éste sin poder disimular su agitación.

—Sí, tú eres Botello…

—¡Hola! —exclamó don Gaspar desnudando el consabido puñal de misericordia—; paréceme que este gusarapo es de Chirinos…

Botello, que adivinó la terrible suerte que le esperaba, quiso, como suele decirse, jugar el todo por el todo. Ágil como el mejor pugilista, descargó su puño sobre la boca de Fanega; tronó el puñetazo. Fanega ejecutó en el aire una horrible pirueta, rodó al suelo, y Botello se escurrió por los matorrales, dejando a todos azorados.

Al mismo tiempo, en dirección de las higueras, se dejó oír un grito supremo de espanto. Después un barullo de pisadas y voces, y otros gritos como de mujer medio sofocados.

—¡Oh!, ¡ya lo adivino todo! —exclamó don Gaspar de Mendoza arrojando el puñal y desenvainando su espada—. ¡Gaviño!… ¡todos!… ¡por aquí!… —añadió corriendo hacia el punto donde se escuchaban los gritos.

Después de haber vagado por algunas sendas sin atinar con la salida, llegó muy cerca de la poterna, y comenzó a seguir la calzada del centro.

—¡Por aquí! —volvió a gritar a los que le seguían; pero oyó el silbido con que rasga el viento la hoja de una buena espada, y una voz que le gritó en los ojos:

—¡Atrás!, o sois muerto.

Mendoza se detuvo y pudo distinguir un bulto más negro que la sombra. Lanzó un terrible juramento y cerró con toda la furia de un toro sobre aquel que era osado de oponérsele al paso.

Pero aquel desconocido paró los golpes con tan admirable maestría, que don Gaspar, el hábil don Gaspar, el sin igual espadachín, el héroe terrible de las cuchilladas nocturnas, quedó completamente desconcertado.

Si la tempestad, que iba siendo cada vez más cercana, hubiera alumbrado aquella escena con un relámpago, Mendoza hubiera visto que el esgrimidor de puño de hierro que inventaba tan maravillosos quites, no era sino el mismo hidalgo, desarrapado y humilde, a quien dejó cuidando la casa de Beltrán.

Era don Pedro Negromonte. ¿Qué hacía en aquel lugar?

Don Pedro, como habrán comprendido nuestros lectores, ocupaba en la casa de Beltrán el oficio que Gutierre había abandonado.

Mendoza le había mandado preparar el sitio más escondido de la casa para ocultar a una mujer que debía ser traída por la fuerza. Pronto supo don Pedro quién era la mujer, y cambió sus planes. La ocasión le pareció brillante. Hacer que Tetzahuitl presenciase los ultrajes o las cuchilladas que debía recibir la joven por mano de unos cuantos bribones mezclados hábilmente con los de Mendoza; dejar a éste abandonado a su suerte cuando Tetzahuitl se lanzase sobre él, frenético de dolor y de coraje; y por último, hacer aprehender a Tetzahuitl por los fingidos defensores de don Gaspar, y abandonarle a la venganza de Estrada. Tal fue el proyecto que debía realizarse en aquellas horas de la noche. Los bultos que hemos visto penetrar al jardín cuando Botello, don Gaspar, Fanega y los suyos dejaban tras de sí la puerta, eran Tetzahuitl y don Pedro.

Como lo había dicho Juanita, no dilató mucho Isabel en bajar por el extremo de una de las calzadas. No bien segura con las palabras de Zapata, acaso resuelta a buscar un apoyo más firme en el brazo de Tetzahuitl, se dirigía llena de inquietud a la ventana donde la hemos visto alguna vez departir con su amante.

Pasaba por la higuera cuando escucha a sus espaldas algunos pasos. Vuelve el rostro, y da un grito de terror. Garduña se abalanza sobre ella. Poco después aparece Chirinos, y mientras manda que la sujeten, la llena de reproches y de ultrajantes denuestos.

Tetzahuitl, al escuchar los gritos, se lanza hacia aquel sitió, salvando los troncos y rompiendo el ramaje. Cuando llega, rasga con una puñalada el primer cuerpo que lo separa de Isabel, y Garduña rueda envuelto en su capa, y dando botes va a caer de cabeza junto a los charcos de la alcantarilla.

—¡A mí! —exclama Chirinos desenvainando.

—¡Ah!, ¡eres tú!… —le dice Tetzahuitl, y volviendo a levantar el brazo, arrójase blandiendo el puñal sobre Pero Almindes.

Don Pedro llega entonces; cree ya empeñada la lucha entre Tetzahuitl y Mendoza, y grita a los agentes de Garduña, que él toma por sus bravos:

—¡Ahora!, ¡ahora es tiempo!

Cuando escucha que alguien se acerca por el fondo de la avenida; seguramente nuevos defensores del que cree sea Mendoza. Entonces sale a contenerlos, y se encuentra frente a frente de don Gaspar.

Éste comenzaba a retroceder: su ira no tenía límites. Sin embargo, ofuscado como estaba con aquello que le parecía la más atroz de las humillaciones, defendíase sin desmentir el nombre que le diera la fama. También Negromonte sentía herido su orgullo. Nunca aconteció a don Pedro prolongar un combate más de lo que éste se prolongaba. Entonces creyó conveniente echar mano de un golpe decisivo; de uno de esos que reservan los maestros para el último extremo. Era una especie de retirada falsa, combinada con no sé qué estocada-relámpago, que tendida por debajo de la espada contraria, se deslizaba hasta hundirse por un costado.

Parece que dos espadas que se encuentran se transmiten en sus vibraciones algo del pensamiento de los que las manejan. Hubo un instante en que los dos quedaron casi inmóviles. Se comprendían como dos manos enlazadas en la oscuridad. Se reclinaban una en otra, y de cuando en cuando se movían ligeramente, con un débil chasquido, que parecía un beso pérfido. Entretanto, el fuego del corazón parecía subir, caminar por aquellas aceradas hojas y asomar por las puntas con el resplandor de una mirada aviesa y traidora.

De repente sonaron varios aletazos. Don Pedro asestó el golpe; no hubo quite posible; su espada se escondió por el ropaje de Mendoza, y la punta crujió como si hubiese atravesado el hueso; pero fue que dio en la malla de una cota que don Gaspar traía oculta bajo el justillo.

Después de aquel golpe, que tenía la seguridad de la muerte, no quedaba más que retirarse un paso y envainar la espada. El adversario permanecía en pie algunos momentos, pero a poco se desplomaba sin exhalar un solo gemido. Negromonte bajó su espada; casi al mismo tiempo sintió que la de don Gaspar cayó de plano sobre su rostro.

—¡Hola! —exclamó casi ensordecido por el bochorno que envolvió su cabeza—; parece que sois algo retobado, señor caballero. Veamos.

Entonces la hoja que brillaba en su mano pareció multiplicarse. La de Mendoza comenzó a resonar con los choques de una verdadera granizada. Las chispas casi alumbraban a los combatientes.

Los hombres que venían detrás de don Gaspar, quietos hasta entonces por respeto a la habilidad de su señor, arrojaron sus capas, echaron fuera sus espadas y tres de ellos cayeron sobre Negromonte. Sobraba uno. Éste arremetió contra Fanega.

A don Pedro le guardaban los flancos los altos y tupidos arbustos que formaban la avenida central del huerto. Detrás sabía que estaba Tetzahuitl y cuatro hombres suyos. Enfrente, ya tenía un compañero y tenía su brazo.

La lucha tomó el carácter de una danza diabólica.

Veíanse aquellas figuras, como en medio de una claridad eléctrica, encogerse, levantarse, abrir los brazos, arrastrarse, torcerse y dar saltos enormes, y todo en medio de ruidosas respiraciones, de insolentes apostrofes y al son del fatídico repique de los aceros.

Abandonemos esta escena por un momento, y veamos lo que pasaba en la otra parte donde hemos dejado a Tetzahuitl.

Éste sostenía un combate semejante al que don Pedro había trabado con los de Mendoza. Muchos, al ver caer a Garduña, se escurrieron cobardemente. Otros oyeron que alguno se acercaba, y acudieron creyendo habérselas con nuevos enemigos.

El que llegaba era Botello que venía jadeante en busca de los suyos. Pero éstos, cegados por la noche y por el susto, cerraron con él, y Botello, demasiado cerca de los que le atacaban, no halló más recurso que aceptar el combate.

En consecuencia, Tetzahuitl quedó con cinco adversarios, si puede contarse como tal a Chirinos que se ocupaba de arrastrar a Isabel mientras los de Garduña le sostenían la retirada.

Tetzahuitl, sin más arte que su agilidad y su fuerza de tigre, y ayudado por la noche, puso pronto a dos hombres en estado de no poder perjudicarle.

De los restantes, uno, herido de la pierna, trataba simplemente de defenderse. El otro, que era Barreda, ya también conocido por nuestros lectores, viéndose casi abandonado, soltó la espada, requirió el puñal, y se abrazó con Tetzahuitl, desesperado y rugiente como las fieras.

Tetzahuitl dio un gemido. El puñal de Barreda se había quebrado sobre su cabeza; pero oyóse al mismo tiempo un golpe seco; un nuevo gemido desgarrante resonó por los aires, y Barreda cayó dando un azote con la frente y agitándose con las contorsiones de un epiléptico.

Chirinos abandonó a Isabel y se escabulló por la maleza. El herido permaneció en la sombra conteniendo su respiración.

Entretanto, ¡cosa siniestra!, Mendoza y Negromonte habían vuelto a quedar solos. El primero, siempre retrocediendo, se encaminaba hacia la poterna para buscar una salida. Negromonte, con dos estocadas en el brazo, empuñaba el acero con la mano izquierda, y seguía cargando cada vez más terrible sobre Mendoza.

—¡Por vida mía! —dijo éste sintiéndose desfallecer de cansancio—, si no sois Benavides, juro que sois el mismo Satanás en persona.

—¡Qué!, ¿qué decís?… —exclamó Negromonte con un asombro que no es posible describir.

—Digo, caballero, que nos batiremos si gustáis hasta echar los bofes; pero mucho sentiría mataros o morir, antes de conocer a un caballero tan admirable.

—¡Basta! —gritó Negromonte.

Mendoza bajó la punta de su espada.

Negromonte quedó atónito al reconocerle.

¿Quién era entonces el que había combatido con Tetzahuitl? ¿A quién se dirigieron aquellas palabras que éste dijo cuando creyó reconocer a alguno en medio de las tinieblas?

—Caballero —dijo Mendoza—, conozco poco más o menos la causa que nos ha puesto el uno enfrente del otro. Yo no tengo la honra de conoceros; pero sois, a no dudarlo, el amante por quien esa joven me mira con tan obstinado desprecio. Desde hoy dejaréis de tener en mí un rival. Menos gano con poseer a Isabel haciendo su desgracia y mi infamia, que con estrechar la mano de un valiente, cuya amistad será un timbre de gloria para el que alcance a merecerla.

—Señor —respondió con distracción Negromonte—, aunque no fuera por la maestría singular y el portentoso vigor de vuestro brazo, bastara vuestra benevolencia y cortesía para reconocer al primer caballero del reino. Señor Mendoza, he aquí la mano de vuestro humilde criado.

—¡Oh!, ¡me conocéis!…

—¡Mucho!… pero tened la bondad de esperarme… necesito saber qué ha sido de esa joven… Si lo tenéis a bien, volved a sacar vuestra espada, y estáos en esa puerta… no hemos concluido.

Mendoza obedeció, y don Pedro se dirigió corriendo a la espesura donde había estado oculto con Tetzahuitl; sacó su linterna, la descubrió y acudió al sitio de la catástrofe.

Sólo encontró cadáveres. Garduña y Barreda yacían sobre negros y espumosos charcos de sangre. Isabel y Tetzahuitl habían desaparecido.

Siguió buscando. Al pasar junto al estanque le pareció escuchar un gemido. Abrió la maleza y vio a un hombre que le tendía los brazos, agitándose con las postreras convulsiones.

Aquel hombre era Botello. Don Pedro le acercó la luz, reconoció sus vestidos, y pasó adelante. La linterna temblaba en su mano; su rostro, pálido y casi desfigurado, mostraba que en su corazón hervía ya un furor sin límites.

—No hay duda —exclamó sordamente—, aquí están aterrados por Tetzahuitl todos los hombres de Mendoza… y acaso los míos. Tetzahuitl hubiera vencido a un millar de estos miserables. Los mató a todos y ha escapado con Isabel… ¡Ea!, bien visto el plan, no era más que una complicada majadería. Una vez que yo sea dueño de la fuerza, me son inútiles todos estos enredos. Pero esa fuerza… esa fuerza… Mientras Mendoza exista, Benavides será el apoyo de Estrada… y mientras Benavides no sea de los míos, valgo menos que el último y el más ruin de los aventureros. ¡Bah!, concluyamos…

Negromonte, que no había soltado su espada, la oprimió con más fuerza, y fuese por donde había dejado a don Gaspar de Mendoza.

Al llegar puso la linterna sobre un guardacantón que era el primero de una serie que se prolongaba por aquel costado del huerto.

La luz alumbró su semblante, y Mendoza prorrumpió en una exclamación de sorpresa.

—¿Os extraña verme aquí, don Gaspar? —le dijo Negromonte.

—¿Qué hacéis aquí?… ¿adónde está el caballero que ha poco se ha batido conmigo?

Negromonte se puso en guardia, y dando a sus palabras un aplomo siniestro, replicó:

—Yo soy… defendéos.

—¡Cómo!… ¡tú!… ¡Negromonte!…

—Un servidor vuestro.

—¡Tú!, estás loco… —dijo Mendoza desconociendo la voz de don Pedro—; a ver, toma esa luz y acompáñame a buscar a ese caballero.

—Os digo que no me da la gana: defendéos.

Mendoza tembló, a pesar suyo, al escuchar aquella voz cuya profundidad era fatídica. Empezó a comprender que una resolución tremenda se ocultaba tras la glacial firmeza de Negromonte. Entonces dio algunos pasos hacia atrás, y preguntó, ya dispuesto para defenderse, pero visiblemente horrorizado:

—Y dime, ¿qué es lo que te impele contra tu señor?, ¿crees que no he sido bastante generoso contigo porque aún no llega la hora de socorrerte, y buscas en el crimen lo que hubieras hallado con la paciencia? Tú sabes que nunca ha gemido mi escarcela cuando he tenido que agotarla para aliviar la miseria de cualquier pobre hidalgo. Sé que te debo alguna paga. Tú has cuidado mi casa, y más de una vez me han sacado de apuros tus inteligentes servicios. ¿Necesitas algo?… pídelo… ¿me atacas porque me aborreces?, dime antes, ¿qué agravio, que yo sepa, recibiste alguna vez de mí o de los míos?

—Ninguno.

—Pues ¿qué es lo que pretendes de mí, Negromonte?

—Una cosa: que no me obliguéis a daros muerte sin que hagáis algo en vuestra defensa.

—¡Desdichado!… —replicó don Gaspar, cuyos labios se dilataron con amarga sonrisa.

—Se va el tiempo —dijo Negromonte.

—Quiere decir —replicó Mendoza—, que te empeñas en obligarme.

—Sí.

—¿Ignoras que la muerte puede ser el castigo de tu voluntaria demencia?

—Mirad, señor Mendoza; estamos completamente solos, y voy a explicaros en dos palabras el motivo de mi conducta. El infeliz hidalgo que os ha buscado para que le diéseis un asilo en los subterráneos de vuestra casa de Beltrán, ese pobre a quien alargáis una limosna, oculta bajo sus harapos más grandeza y más títulos que toda la generación de los Mendozas. Soy don Pedro Negromonte; ni os amo, ni tengo razón para aborreceros; pero ya veis que aún no ha pasado para mí la edad en que domina la ambición. Pienso apoderarme del reino… para esto necesito la alianza de las tribus aztecas, y antes el mando, y ante la elevación de Salazar y Chirinos, y antes vuestras magníficas caballerías…

La mirada, la actitud, el acento de Negromonte, no dejaron duda a don Gaspar acerca del verdadero carácter de aquel hombre. Existe bajo la voz cierta inexplicable resonancia donde el instinto reconoce por ligeras modulaciones el acento de la verdad o de la mentira. Mendoza creyó entonces que había vuelto a encontrarse con su adversario. Se estremeció, no de temor, pues no le conocía, sino con esa emoción que precede al combate.

—Y bien —dijo—, ¿creéis que si muero podréis disponer de esas caballerías?

—Sí —replicó Negromonte.

—Estáis engañado, caballero. Tendríais que matar a Benavides, luego a Mendieta, después a Rubio, a Bocanegra, a Olmos, a Medina, a Quintanar y a todos mis amigos, y después, si la fortuna os había libertado de tan buenas espadas, tendríais en cada soldado un enemigo irreconciliable.

—¡Oh!, yo siento decíroslo; pero podéis estar seguro, señor Mendoza, de que todos esos caballeros que habéis nombrado, no esperan para ser míos sino que Antonio Benavides rompa con vos el compromiso que le liga fatalmente a vuestros intereses. Que os marchéis a España, o que muráis, es lo mismo. Benavides quedará libre para descargar el odio que alimenta por vuestro señor don Alonso Estrada.

—¡Hola!, ¿tenéis pues, la intención de deshaceros de Mendoza?…

—Os lo aseguro.

—¿Tenéis tanta confianza en vuestro brazo?

—Veamos.

—Veamos.

Los brazos volvieron a extenderse y los aceros se cruzaron.

Mendoza, jadeante todavía con la lucha anterior, se confiaba más bien en la cota de malla, que en su brazo ya lánguido con la fatiga. Negromonte mostraba en su serenidad, que era incansable; pero había combatido con seis hombres, no pudo evitar que le hiriesen en diferentes puntos, y sus heridas no cesaban de manar sangre, debilitándole gradualmente.

Sin embargo, el combate se renovó con una verdadera furia; Mendoza, con la confianza de ser casi invulnerable, cargó de un modo tan violento; que Negromonte tuvo que ganar el lado del postigo, para buscar un punto de apoyo. Arrinconado allí entre las jambas de la poterna, dispuso y asestó varias veces su estocada maestra, hasta que pudo convencerse de que la punta de su espada se embotaba en anillos de acero. Era necesario desde entonces no buscar sino los ojos o la garganta, o rasgar un muslo por la parte interna, para que la pérdida de sangre hiciese vacilar a Mendoza. Esto era de una dificultad inmensa: el arte de la esgrima, que saca tan brillante partido amenazando un punto diferente del que debe tocarse, era completamente inútil, puesto que los puntos más nobles podían ser descubiertos sin ningún peligro. Negromonte comenzó a buscar el rostro y los muslos de Mendoza. Era capaz de hallarlos, pero había otra dificultad más seria: el arrojo de Mendoza. Era tal, que Negromonte, no hallando terreno para retroceder, estaba respaldado en la puerta, y a duras penas lograba contener a Mendoza.

Éste, como todos los espadachines de su época, tenía la costumbre de conversar en medio de las estocadas.

—Seguramente —dijo—, vuestro reino se acerca; me parece que empezáis a desconcertaros.

Negromonte no respondió; necesitaba toda su atención para defenderse. Entonces Mendoza añadió, sin dejar de apretarle:

—¿Qué diréis de mi cota, señor don Pedro?

—Nada.

—Sin embargo, ella puede mataros.

—No importa…

De súbito, Mendoza dejó escapar un sordo grito de coraje. La espada había desaparecido de sus manos. Mendoza no cruzó los brazos, como hacían los caballeros en tales circunstancias. Dio un salto hacia atrás, derribó la linterna y se escabulló entre el ramaje. Entonces una mano salió de la sombra y le afianzó por la garganta. Otro grito, pero grito de indefinible terror, se escapó de sus labios, y no tuvo ya fuerza para defenderse.

Negromonte recogió la linterna, que seguía ardiendo, y se encaminó adonde estaba Mendoza.

—Aquí le tenéis —dijo una voz ya conocida por Negromonte.

Éste levantó la luz, y vio que el que así hablaba era Chirinos.

—¡Bah! —dijo—, esto me reconcilia con vos, señor factor: hacéos a un lado…

Chirinos obedeció. Mendoza, horriblemente pálido y tembloroso, desnudó su puñal, y dijo mirando alternativamente a Negromonte y a Chirinos:

—¿Tratáis de asesinarme?…

—¿Qué queréis?… —replicó Negromonte encogiendo ligeramente los hombros—; el destino lo quiere.

Después, volviéndose a Chirinos, le dijo esta simple palabra, que al factor mismo le produjo un sacudimiento eléctrico:

—Alumbradme.

Chirinos tomó la linterna; pero Mendoza, que se vio acorralado, se lanzó contra Negromonte con la feroz agilidad de la pantera. Negromonte extendió un brazo, asió por la muñeca el de don Gaspar, y le imprimió tal movimiento de torsión, que los huesos crujieron, el puñal cayó, y don Gaspar, vuelto de espaldas, hincó en el suelo una rodilla.

—¡Heridme!… —exclamó desesperado.

—No —dijo don Pedro—, un caballero como vos no debe morir a manos de un cobarde asesino. Ya he dicho que no abrigo por vos ningún resentimiento; si las circunstancias os han convertido en un obstáculo de mis proyectos, no menguarán en nada la alta consideración que os profeso. Vais a defenderos, pero os pido el favor de que os batáis conmigo sin más ventaja que la que os dan vuestro valor y vuestro esfuerzo. Tomáos la molestia de desnudaros de esa cota, y tendréis vuestra espada.

Don Gaspar se enderezó lentamente. Su rostro blanco, frío, inmóvil, ponía miedo. Su lividez parecía presagiar la hora postrera de la vida.

Se quitó el coleto, y comenzó a zafarse las mangas de la cota.

Cuando quedó nomás con el gambaj, extendió el brazo, y dijo con una sorda voz que parecía salir del fondo de la eternidad:

—¡Mi espada!…

—Dadme vuestra espada, Chirinos —dijo Negromonte al factor, que estaba como los difuntos.

Chirinos dio su espada a don Pedro; éste cedió la suya a don Gaspar, y se puso en guardia.

A pocos instantes Mendoza recibía en un costado el acero de Negromonte, y se desplomaba sobre el césped sin dar un gemido, y sin la más ligera convulsión, como si hubiese sido fulminado por un rayo. Sus ojos abiertos, donde la muerte había extinguido el resplandor del combate, clavaban en el cielo una mirada de través, ya inofensiva, casi lagrimosa y doliente.

* * *

Media hora después, el jardín y toda la casa estaban desiertos. Por la poterna entraba un hombre con el vestido hecho pedazos, y cubierto completamente de lodo. Se acercó a tomar la linterna que había quedado puesta sobre el pedestal vacío de una estatua, y al tocarla retrocedió y quedó paralizado con el estupor. A sus pies, y como derribado de aquel pedestal, vio tendido a Mendoza. Aún tenía la espada en la mano. Parecía que el último suspiro vagaba todavía sobre sus labios entreabiertos.

El hombre del vestido enlodado contempló largo rato el cadáver de don Gaspar. Después, como volviendo en sí de una manera repentina, tomó la luz y echó a correr en dirección de las habitaciones. A poco andar tropezó con un cuerpo, y vino a tierra; la mano en que llevaba la luz azotó sobre un charco de sangre, y la otra mano rozó los helados contornos de un rostro humedecido por las primeras gotas de la lluvia.

—¡Con mil rayos! —exclamó—; ¿qué es lo que sucede en esta casa maldita?… ¡Oh!… ¡y esa mujer!… ¡y Juana!… y este silencio… ¡ay!… aquí ha pasado algo terrible…

Diciendo esto, volvió a ponerse en pie y siguió adelantando. Llegó a un pórtico, entró, cruzó por varios corredores, vagó por todos los aposentos, gritando en vano el nombre de Isabel, de Juana, y el de algunos de la servidumbre. Tampoco había luz. Los ecos remedaban su voz en el fondo de las tinieblas…

Libro segundo. Rodrigo de Paz

1. Que dirá cómo logró don Pedro Negromonte poner una víbora en el seno de don Alonso Estrada

La casa de don Alonso Estrada, ese segundo padre de Gaspar de Mendoza, permanecía cerrada, en señal de duelo. Los que pasaban por aquella triste casa, los pobres dispuestos siempre a simpatizar con el dolor, suspiraban considerando a don Alonso, y rogaban a Dios pusiese una gota de consuelo en aquel corazón que debía estar nadando en amargura, y un poco de sueño en esos párpados enrojecidos y fatigados por el llanto. Muchos vecinos aseguraban haber oído los lamentos que el señor Estrada lanzaba en medio de la noche. Pero los pobres vecinos no podían entrar y ver a don Alonso, como van a verle nuestros lectores. Zuazo, fray Roque y Albornoz, hallábanse con él alrededor de una pequeña mesa cubierta de blancos manteles, donde resplandecían, entre ramos de flores, las jarras de cristal, y los vasos, las salseras y las escudillas de oro y de plata.

Don Alonso tenía el semblante melancólico; estaba silencioso; de cuando en cuando hacía estremecer las flores con un suspiro. Mas no era la pérdida de don Gaspar el motivo de su tenaz tristeza. Era que Benavides, el teniente de Mendoza, habiendo atribuido la muerte de éste a los manejos de Zuazo y Albornoz, rehusaba obedecer a los gobernadores; y que Andrés Tapia, enviado con doscientas lanzas para someterle, había sufrido un fuerte descalabro en las inmediaciones de Tollocan. Sabíase, además, y esto era lo peor, que Benavides proclamaba a Salazar y a Chirinos, con exclusión de todos los otros.

Sin embargo, estas graves noticias no menguaban el apetito de los gobernadores. La más viva satisfacción se retrató en todos los semblantes cuando se abrió la puerta y apareció un criado trayendo un gran platón cuyos vapores casi le ofuscaban el rostro. Aquello que tan grato olor difundía por el aposento, fue puesto en medio de la mesa. Eran ocho pollos colocados en fila y asomando sus peladas cabezas por encima de una colcha en cuyo fondo de color de púrpura se ostentaban ricos florones de huevo, de perejil y mejorana. Las princesas vestidas con el traje de ceremonia, no hubieran parecido más seductoras a los ojos del reverendo padre fray Roque. Aquel manto de jitomate, orlado por un laberinto de trozos de jamón, aceitunas, chorizos, zanahorias, alcaparras y almendras, le pareció más rico y más apetecible que el mismo manto sembrado de pedrería que arrastraban los Césares.

—Señores —dijo señalando el platón—, he aquí lo que yo escogería por mi escudo de armas. Campo color de jitomate, orla de chorizones, y por timbre uno de esos animalillos Coronado con una alcachofa.

Sonrieron todos con estas palabras, y Estrada se acercó el platón para hacer el repartimiento.

—Vamos, fraile mío —dijo, poniendo dos pollos enfrente de fray Roque—; cantadles un responso y sepultadlos con todos los honores que se merecen.

—Amén —dijo fray Roque—; tened la bondad de aproximarme esa botella, señor licenciado.

Zuazo puso vino en la copa de fray Roque y llenó después todas las otras. Bebieron todos, y la conversación comenzó a ser más animada.

Allí se discutieron multitud de proyectos para crear recursos, aunque fuera extorsionando a los indios. Se habló de armar a todos los colonos para oponerse a las pretensiones de Benavides. Convinieron en cohechar a los hombres más peligrosos, o en echar mano de un medio, cualquiera que fuese, para deshacerse de todos los parciales de Salazar y Chirinos. Y se consolaron mutuamente haciendo cuenta de sus bravos capitanes, y de sus lanzas, que aún eran bastantes a desmenuzar ese puñado de rebeldes.

—Señores —dijo Zuazo—, yo me suscribo, como siempre, al nuevo plan del señor fray Roque.

—Yo haría lo mismo —replicó Estrada—, si su reverencia se dignase asegurar nuestras cabezas.

¿Satin sanus es? —exclamó fray Roque—; ¡estáis soñando, hermano!, ¿conque no tengo probado hasta la evidencia que el éxito coronará nuestros esfuerzos?

—No obstante, hace más de diez días que os estoy haciendo una pregunta, y parece que eludís la dificultad guardando silencio.

—¡Ah!, sí…

—Haced que Salazar y Pero Almindes firmen la orden de prisión, y veréis cómo no me detengo un solo instante para mandar ejecutarla.

—No lo creo tan preciso.

—¡Bah!, si así no fuera, padre mío, tiempo ha que sin esperar vuestros consejos, Rodrigo de Paz lloraría su libertad en la mazmorra más profunda de las atarazanas.

—En efecto —añadió Albornoz—, una vez que lográsemos deshacernos de ese importuno amigo de don Hernando, veríamos desarrollarse la serie magnífica de consecuencias que nos ha pintado fray Roque. Es cierto que una orden de prisión firmada por nosotros y por Salazar y Chirinos, nada dejaría que replicar a nuestro Ayuntamiento; pero esa orden, tal como se necesita, es imposible. Con todo, señores, ¿no existe más que un medio para ejecutar el sabio proyecto de fray Roque? ¿Debemos renunciar a todas sus ventajas, porque nos presenta un solo inconveniente? Yo aborrezco lo tenebroso; pero Benavides se acerca, y no debemos omitir ningún esfuerzo, cualquiera que sea, para dar al traste con Rodrigo de Paz y apoderarnos de sus lanzas.

—Pues yo —dijo fray Roque—, acabo de creer que mi plan es una quimera. Estoy más bien porque aumentemos las fuerzas de Andrés Tapia con las de Medina, y combatamos hasta triunfar o perecer en la demanda.

—¿Sí?… —dijo Estrada—, pero ¿qué hacer, teniendo en la ciudad un hombre que puede aprovecharse de nuestra ausencia?

En esto estaban, cuando el criado, que no cesaba de traer los manjares, anunció a don Alonso la llegada de un caballero que deseaba hablarle.

—¡Eh! —dijo fray Roque—, decidle a ese hermano que perdone, que hoy no damos audiencia.

El criado consultó con la vista a don Alonso. Éste hizo lo mismo con Zuazo, y preguntóle:

—¿No será nuestro caballero?…

—Bien puede ser —replicó el licenciado—, ¿por qué no hacéis que pase?

—No, camarada —dijo fray Roque—; nuestro amigo debe llegar más tarde. Vais a daros un chasco. Será algún importuno…

Después se dirigió al criado:

—¿Qué señas tiene ese caballero? —añadió.

—Es gordo, señor.

—¿Viejo?

—Sí, señor…

—¿Calvo?

—No le he visto.

—¿Borracho?

—Voy a…

—¡Ea!, dejáos de bromas, señor fraile —dijo don Alonso—. Estoy seguro que ese caballero es don Juan Lagartosa. Permitidme un instante…

Estrada sorbió de un solo trago el vino que quedaba en su copa, y salió, dejando a sus amigos rodeados de una excelente angaripola que el marmitón acababa de servirles.

Si recuerdan nuestros lectores aquella habitación donde hemos visto compartir a Zárate con don Francisco de Medina, será inútil describir el sitio que ocuparan el recién venido y don Alonso.

Aquél era un hombre que frisaba en los cincuenta años, grueso y mal perjeñado. Su fisonomía era parecida pero superior a la de los veteranos que abundaban entonces en la Nueva España. El lector le conoce.

Al verle don Alonso palideció ligeramente, y afectando una sonrisa de benevolencia, le tendió su mano y le dijo con un acento llenó de respeto:

—¡Oh, señor Salazar!, bienvenido sea vuesa merced a la casa de sus servidores.

—Dios guarde a vuesa merced, señor Estrada —replicó el colega de Chirinos inclinándose hasta la mano de don Alonso.

Después de varios cumplimientos, que eran la ley de esa época de exquisita galantería, sentáronse, y el veedor comenzó a exponer el asunto de su visita.

—Señor —dijo—, estábais en la mesa gozando el único momento que os dejan libre los altos intereses del reino; pero estos mismos intereses, y también los vuestros, y los míos, me traen a perturbar vuestros instantes de reposo. Pero me esforzaré por abreviar…

—¡Ah!, aunque no fuera por asuntos políticos, señor veedor, sabéis que recibo tanta honra como placer en escucharos.

—Gracias, señor… —replicó Salazar incorporándose; después continuó—: Pues bien… he venido simplemente a proponeros un arreglo… Yo quiero que olvidéis, como yo, nuestras antiguas desavenencias.

—¡Bah!… señor… ¿os acordáis aún?… ¿no convenimos en respetar el fallo que nos pone a todos en posesión de los poderes?, ¿no llevamos todos en armonía las riendas del Estado?, ¿quién se acuerda de esas cuestiones que fueron nada más las simples dificultades suscitadas en la revisión de nuestros nombramientos?

—Sin embargo, no vos, pero vuestros amigos, maquinan sin cesar mi perdición y la de Pero Almindes…

—¡Señor!

—Yo… os confieso que grandes disgustos me ha causado contener a los míos. Pero si es fuerza, para dominarlos, llegar al extremo de sacrificar algunas cabezas, no dudéis que arrostraré todos los odios por evitar este conflicto que se hace más inminente cada día. Ya veis; los nobles capitanes que pudieran emplearse en conquistar tierras para el César y prosélitos para la fe cristiana, consumen sus esfuerzos en despedazarse mutuamente, dando un ejemplo peligroso y una ocasión fácil para desórdenes y revueltas. Ahora, ¿quién nos asegura la fidelidad de esos hombres, a la vez que uno de ellos quede triunfante? Si ellos juegan la vida, ¿qué les importa aventurarla en nuestra elevación, más bien que la de sus personas?

Estrada tenía más confianza en Andrés Tapia, que Salazar en Benavides y Negromonte; pero acababa de saber que Tapia había sido hecho pedazos; conocía que las fuerzas que le restaban, aunque bien equipadas y numerosas, eran en su mayor parte fieles a don Hernando, y obedientes sólo a las órdenes de Rodrigo de Paz, que aborrecía de todo corazón las discordias civiles. Todos los planes de fray Roque y de sus compañeros parecíanle excelentes, con tal que hubiera tiempo para realizarlos. Pero esta condición faltaba. Las huestes de Benavides se presentarían muy pronto a las puertas de la ciudad. ¿Paz las combatiría? Salazar y Chirinos, en vez de afrontar las peripecias del combate, ¿no se unirían a Paz, y presentándose como los protectores de un pueblo tiranizado por los impuestos, no serían aclamados con perjuicio de Estrada? Sea lo que fuere, don Alonso tuvo a gran fortuna que Salazar le propusiese un arreglo. Esto por lo menos aplazaría la cuestión, y daba tiempo a organizar nuevas combinaciones. Estrada procuró disimular su satisfacción, y dijo, respondiendo a la última interrogación de Salazar:

—Es cierto.

—¿Queréis, pues —continuó Salazar—, que nos unamos para devolver la tranquilidad al Estado? Ya os dije que interpondré todo mi influjo, y aun usaré de la violencia para sosegar a los míos. Haced vos lo mismo.

—Por mi parte, señor veedor, no hago más que defenderme; Benavides ha pedido nuestras cabezas, y avanza contra nosotros. Rodrigo de Paz no mueve un soldado para contenerle. ¿Qué haríais en mi lugar? Así, que dejen de atacarnos, y veréis cómo torna el sosiego.

—¿Lo creéis así, señor Estrada?

—Os hablo a fe de caballero.

—Yo también voy a hablaros bajo el mismo concepto. No extrañéis mi franqueza. Voy a ponerme en vuestras manos, con la seguridad completa de que sois, como decís y como todos saben, un caballero incapaz de cometer una villanía. Estoy resuelto a todo, pero no espero que abuséis de la situación en que voy a ponerme.

Don Alonso notó cierto temblor sobre los labios de Salazar; creyó vislumbrar no sé qué de aflicción en la actitud de aquel semblante, y respondió con no fingida cortesía:

—Dueño sois aún, señor veedor, de omitir lo que juzguéis peligroso confiarme; pero estad cierto que yo inmolaré al honor mi autoridad y cualquier ventaja que ofrezca vuestra posición a mis miras políticas.

—¡Ah!, entonces os diré que no puedo permanecer por más tiempo siendo el amigo de Chirinos.

—¿Qué decís?…

—Ansio ardientemente renovar, o más bien, afirmar vuestra antigua amistad, perturbada un momento por los errores fatales a que me ha conducido la ambición y la poca experiencia. ¿Queréis mi amistad?

—¡Ah! —dijo Estrada—; tengo el honor de repetiros que mi afecto es el mismo, no obstante la aparente rivalidad que nos separa en los negocios públicos. Habéis sido siempre amigo mío, y me complazco en confesaros mi satisfacción al ver que salís al encuentro de mis deseos.

—Bien, señor; ¿queréis ahora que os explique por qué me separo de Chirinos y me refugio con vosotros? La razón es esta: primero, porque deseo la paz; y la deseo, porque estas discordias, como os he dicho, producirán, en vez de nuestra elevación, la de uno de esos capitanes; segundo, porque soy viejo; no puedo confiar la nave de mis esperanzas a esta perezosa corriente de los negocios, y necesito, hablemos claro, vender la fuerza y el influjo que poseo, para aumentar de un golpe mi reducido patrimonio. Ahora, en caso de poner un precio a mis servicios, quiero más bien recibirle de la mano de un antiguo amigo mío a quien amo y venero, que de la de un cualquiera por quien no abrigo sino desconfianza, y de quien no recibo sino falso afecto y comisiones deshonrosas.

Don Alonso tuvo miedo de que Salazar ocultase alguna perfidia, y quiso sujetarle a la prueba.

—Mirad —replicó—, si yo fuese la única persona interesada en este asunto, no vacilaría en agotar mis arcas por tener a mi lado un hombre de vuestros quilates. Pero Zuazo, Albornoz y todos aquellos a quienes necesito consultar hasta para moverme, y que no conocen como yo la alta nobleza de vuestras intenciones, querrían exigiros, no obstante mis protestas, un testimonio…

—¡Es claro!… podéis decir a esos señores que estoy pronto a dar todas las seguridades que gusten exigirme.

—Siendo así…

—¿Otorgáis?…

—Sí, tal; pero me temo…

—¿Os inspiro desconfianza?…

—¡Oh!, no… pero decía yo, que la prenda de seguridad que os exijan… su nombre solo… pudiera cambiar vuestra resolución.

—Señor don Alonso, si esa prenda fuese una cosa indigna del honor, desde ahora os digo que prefiero la lucha…

—No, no… por el contrario… Es una acción que algún día brillará sobre vuestro nombre; pero requiere un gran valor…

—No importa.

—Tendrá por resultado la pérdida de algunos partidarios vuestros…

—Adelante; ya hablamos de esto.

—Chirinos… como debéis suponer, será el primero.

—Tanto mejor.

—Pero en cambio, la situación será completamente nuestra, y vos, señor, disfrutaréis a nuestro lado las ventajas de un gobierno perfectamente libre de enemigos poderosos, y tendréis tiempo y brillantes oportunidades para aumentar vuestro caudal… Ahora existe, como lo sabéis, un hombre colocado por Cortés, en medio de nosotros. ¿Y quién no adivina el juego de este personaje? ¡Bah!, no hay cosa más antigua ni más fácil. Conservar una estricta neutralidad en la cuestión que nos divide; abandonarnos a la odiosidad que reportan necesariamente los que turban la tranquilidad pública, sin disputarse más que un cetro de tiranía; dejarnos consumir en el fuego de la discordia; dejar que alguno de nosotros quede aniquilado, y cuando una de las facciones, casi agotada por la lucha, llegue a quedar triunfante, venir él, y caer sobre ella con el huracán de sus vigorosos jinetes, y postrarla y hacerla pedazos en medio de las bendiciones y del júbilo de los pueblos. Así, Rodrigo de Paz será siempre un enemigo para nosotros.

»Y sea que nos unamos como lo espero; sea que os decidáis a permanecer con Pero Almindes, os hallaréis siempre amenazado por su espada.

—¡Ah!… es muy cierto… pero pretendéis…

—Una cosa, señor veedor: quitar a ese hombre de nuestro paso…

—¡Dios!, ¿y de qué modo?…

—Encerrándole…

—¡Ah!, me quitáis un peso que me sofocaba; creí…

—No —replicó sonriendo don Alonso—; la muerte de Paz sería más funesta para nosotros; sería un error imperdonable.

—¿Y bien?…

—¿Estáis conforme?…

—Sí…

—Pues ahora comprenderéis, señor, que la prenda de seguridad consiste simplemente en que firméis la orden de prisión.

—¡Yo!… digo… ¿yo solo?…

—No: también haréis que la firme Pero Almindes…

Salazar quedó en silencio por largo rato. Parecía vacilar entre dos resoluciones opuestas. Don Alonso le observaba con marcado interés, y procuraba cómo leer el pensamiento sobre aquella frente meditabunda.

Al cabo de unos cuantos momentos, Salazar preguntó:

—¿Y vosotros?…

—Firmaremos también —replicó Estrada.

Salazar volvió a quedar pensativo: a poco, dándose una palmada sobre la rodilla, exclamó:

—Pero señor… ¡ese hombre es muy fuerte!

—He aquí la razón —dijo Estrada— por qué necesitamos inutilizarle.

—Mas…

—Os lo dije: se necesita un gran valor para esta empresa.

—¡Ah!, no valor… no… me parece una temeridad. Ese hombre posee la fuerza de las armas, y la fuerza que da el cariño de una ciudad entera…

—Es verdad; y lo sería, mientras permaneciésemos aislados; ¿pero qué vale, señor, el cariño de nadie, ni sus armas, si logramos fundir las legiones de Tapia con las de Benavides? ¡Qué digo!, si cualquiera de éstos se atreve a darle un golpe, antes de ser diezmado por los combates, os juro que Rodrigo de Paz no le resiste. ¿Por qué no hemos dado ese golpe? Vos, señor, tenéis las mismas razones que nosotros: si no le he dado yo, es porque vos os uniríais con Rodrigo de Paz para exterminarnos… ¡Ah!, mas ahora, que a Dios le place armonizar nuestros intereses, podemos… ¿no es cierto?

Por tercera vez volvió Salazar a quedarse abstraído, y dejó pasar un largo intervalo de silencio; después exclamó repentinamente:

—¡A ver!… dadme esa orden…

—¿Queréis que vaya de mi letra?… —preguntó don Alonso—; creo que es indiferente.

—Sí, sí… entonces…

—¿Queréis que os espere esta noche, o preferís que yo vaya a vuestra casa?…

—¡Oh!, no… yo vendré, y os traeré las dos firmas que necesitáis… Ahora, me resta conjuraros en nombre de nuestra vieja amistad y del honor, a que me digáis si debo confiar en vuestros prometimientos.

—¡Señor! —exclamó Estrada—; os juro por Dios y por mi nombre que hoy se renueva en mí el afecto que nunca he dejado de teneros; y juro que podéis confiar en mí como en vuestro hermano.

Salazar por toda respuesta abrió los brazos. Don Alonso se precipitó en medio de ellos, y con un tiernísimo abrazo quedó sellado el juramento…

* * *

Cuando don Alonso volvió a reunirse con sus compañeros, y refirió quién era la visita, qué asuntos le trajeron, y lo que habían pactado, fue saludado por una salva de aplausos y de gustosas carcajadas. La comida se convirtió en festín, y el duelo en francachela.

Llegó la noche, y aún estaban en torno de la mesa, cuando Estrada volvió a ser llamado; y poco después volvía a aparecer, llevando la orden de prisión firmada por Salazar y Chirinos.

* * *

Dos horas después de estas escenas, un hombre llegaba a la casa de Beltrán, se inclinaba ante don Pedro Negromonte, y le decía con voz respetuosa:

—Señor… estáis servido.

—Bien está —replicó Negromonte—, os doy las gracias.

—¿Mandáis otra cosa?

—Nada; podéis iros.

El hombre aquel volvió a inclinarse, y desapareció.

Aquel hombre era fray Roque.

2. Seis horas de prisión

Al día siguiente reinaba en la ciudad una agitación espantosa. Todas las casas se cerraban; los puestos del mercado se levantaban a toda prisa; los vecinos corrían a refugiarse con la misma premura que si les amenazase un chubasco; no se oían por las calles, sino carreras, gritos de alarma, lloros de niños y mujeres, y toquidos desesperados en las puertas. A la voz de: ¿quién?, pronunciada tras de los zaguanes con un acento trémulo de pavor, replicaba otra voz desde afuera: ¡abre!, que parecía salir de una fosa del cementerio. Entonces por un extremo de la calle se escuchaba rumor de caballerías. Un nuevo grupo de vecinos aparecía, buscando un punto por donde escaparse; ondulaba un momento, y se desparramaba; pero en el otro extremo se dejaban oír otros rumores siniestros, y entonces el grupo se apiñaba contra las paredes, dando alaridos de terror que penetraban en las casas, haciendo temblar a los de adentro.

Corría la voz de que Rodrigo de Paz estaba preso, y que sus tropas, capitaneadas por Arróyave, se disponían a dar una batalla a las de Estrada y Albornoz, mandadas por Francisco de Medina.

En efecto, en la mañana, poco antes de que despuntara el día, Rodrigo de Paz había sido sorprendido en su lecho y conducido con cadenas en las manos a la casa de Salazar, donde quedaba custodiado por más de cien arcabuceros de las fuerzas de Estrada.

Arróyave, selecto capitán, en quien Rodrigo de Paz tenía depositada su confianza; enemigo acérrimo de los gobernadores; deseoso siempre de un pretexto cualquiera para combatirlos, y más deseoso todavía de colocar en el poder a Paz, que era la esperanza de sus ambiciones, había repartido a sus arcabuceros en los principales edificios de la ciudad, y preparaba sus jinetes para dar una carga a los que custodiaban a Rodrigo.

Al mismo tiempo los gobernadores pasaban revista en los patios de la fortaleza a más de 350 lanzas. Y Gonzalo de Ocampo, fuerte con 200 alabarderos y 6 piezas de grueso calibre, se encaminaba a reforzar la guardia de Medina.

Ya los botafuegos humeaban. Esperábase ver aparecer el primer reflejo de los arneses de los caballeros de Arróyave, para poner fuego a la mecha y saludarlos con la metralla.

Entretanto, el amigo de Paz, emboscado en la calle que hace esquina con la que ocupaban los de Ocampo, se detenía un momento arengando a sus tropas, ya impacientes por el combate. En esto se oye a lo lejos el galope de un caballo; todas las cabezas se vuelven hacia el punto donde suena el redoble de las herraduras, y ven llegar a un hombre que, levantando el brazo, muestra algo que parece un pliego, y grita con toda la fuerza de sus pulmones:

—¡Detenéos, señores!, ¡detenéos!, vengo de parte de mi señor don Rodrigo de Paz; traigo órdenes suyas.

Arróyave desdobló el pergamino, leyó, y su semblante se puso como mármol. Luego envainó su acero, cuya punta no halló por largo rato la entrada de la vaina, y volviéndose al portador de la orden, le dijo disimulando mal su cólera:

—Decidle a mi señor que será obedecido.

El otro partió con la respuesta, y Arróyave se levantó sobre los estribos, y dijo a las tropas:

—Camaradas, felicito a todos aquellos de vosotros que debían ser muertos en la refriega. Mi señor don Rodrigo de Paz nos manda que nos retiremos. Él sabe lo que hace… ¡vámonos!

—Los jinetes comenzaron a desfilar. Al caer la tarde la ciudad volvía a entrar en calma.

Veamos lo que había sucedido.

Rodrigo de Paz, no vuelto aún en la sorpresa de verse repentinamente encadenado, se hallaba sentado en un sitial, oyendo las pisadas de un alabardero que se paseaba lentamente por la pieza, cumpliendo con las leyes de la más estricta y respetuosa vigilancia.

Aquel alabardero tenía orden de matar a Rodrigo de Paz, al oír los primeros disparos.

De súbito se abre una mampara, y da paso a Salazar y a Pero Almindes Chirinos. Rodrigo de Paz los saluda con una mirada de coraje; les lanza algunos improperios, y procura en vano quebrantar sus cadenas y arrojarse sobre los dos azorados gobernadores. Éstos permanecen en pie a cierta distancia, mostrando en su ademán la conmiseración y el respeto.

—¿Qué tal?… —les grita Rodrigo—; ¡sois cobardes y malos caballeros, y astutos felones! Habéisme cubierto de ultraje… pero ignoráis que voy a hacer un raro escarmiento. ¡Si un segundo más dilatáis en libertarme de estas prisiones, juro a Dios que Arróyave y Francisco de Medina inundarán en sangre vuestra mis cadenas!…

—¡Señor!… —dijo Salazar.

—¡Ea!, ya os digo que la pasaréis mal si Estrada y Albornoz saben que me sujetáis a esta afrenta.

—Señor… ¿queréis serenaros y escucharme? —dijo Salazar—. Errado vais, señor, si acaso creéis que somos causa de este ultraje, que a nosotros también nos lastima y afrenta… Ahí pronunciáis dos o tres nombres… que…

—Que os harán temblar, caballeros.

—Que debíais no pronunciar ya más; porque esas gentes son las que os han traicionado…

—¿Vais a engañarme?

—No tal —replicó Salazar—, venimos a exponer la vida para libertaros.

—¡Vosotros!

—Nosotros.

Rodrigo de Paz clavó una mirada de incredulidad y de sorpresa en los ojos de Salazar. Éste permaneció impasible; poco después continuó:

—Sí, nosotros; ha tiempo que nos dan aviso sobre aviso, acerca de la infame conspiración que urden contra vos esos que tenéis por amigos. Ha tiempo que Estrada, Zuazo y Albornoz, prevaliéndose de esa penosa situación en que nos vemos colocados, nos constriñen con sus amenazas a firmar esta orden que debía privaros de la libertad, y más tarde causar vuestra ruina. Hemos sufrido nuestra indignación en silencio. Si uno de nosotros se hubiera atrevido a daros la voz de alarma, estad cierto de que hoy no tendríais aquí dos hombres que arrostrasen los peligros de la denuncia por venir a desatar vuestros lazos. Hemos firmado, porque así era el mejor medio de quedar libres para sacrificar nuestra libertad, y si fuese preciso nuestra vida, por defenderos… ¡Ah, señor!, aun suponiendo que nosotros tuviéramos un interés cualquiera en vuestra perdición, ¿con qué medios contábamos para aventurarnos en tamaña empresa?, ¿quién mejor que vos conocen aqueste nuestro miserable estado?, ¿quién nos hubiera obedecido?, ¿y a quién se ocultaría que Arróyave y los numerosos amigos que os rodean arrasarían nuestras casas y segarían nuestras cabezas?, ¿quién nos defendería?, ¿dónde está nuestra fuerza? En todo caso, la prudencia dictaba que esperásemos a Benavides, si es que algo valen las desarrapadas turbas de ese hombre, en presencia de vuestros soberbios caballeros…

Rodrigo de Paz, casi rendido a la evidencia de estas últimas razones de Salazar, comenzó a calmarse visiblemente.

—Pero no creo —repuso—, que Estrada y Albornoz sean cómplices de esta villanía.

—Señor Pero Almindes —dijo Salazar volviéndose a Chirinos—; dadme la orden.

Chirinos sacó el pliego, y Salazar le presentó a Rodrigo de Paz, que se quedó asombrado al ver las firmas del contador y el tesorero.

—Ahora —dijo Salazar, mientras Paz no cesaba de contemplar las firmas—, estad cierto, señor Paz, de que vamos a reportar todas las consecuencias de nuestra acción; pero permitid que os desate… sois libre…

—Bien —dijo Rodrigo de Paz con acento sombrío—; no me admiro… casi había previsto una cosa de estas… ya lo veremos. Ahora, señores, perdonad el indigno lenguaje con que os he ofendido en un momento de locura. No había reparado en que vosotros, por más que fuera vuestra audacia, no tenéis los elementos necesarios para apoyar un golpe de esta clase. Os doy las gracias.

—Señor —dijo Chirinos—, yo desearía que no atribuyéseis a mis odios de partido una súplica que voy a haceros…

—Hablad —replicó Paz.

—Es… que ansiamos seguir siendo útiles a vuestra causa…

—Bien; lo seréis, y esa será la prueba que yo pensaba exigiros para convencerme de vuestra inocencia…

—Por ahora, señor —dijo Salazar—, os pedimos que evitéis el conflicto ya inútil con vuestra libertad…

—¡Ah!, sí… dadme un pedazo de papiro y una pluma.

Salazar presentó a Rodrigo de Paz lo que había pedido, y el alguacil mayor escribió la orden que hemos visto leer al capitán Arróyave.

3. Que dirá de qué modo terminó el gobierno de Estrada, Zuazo y Albornoz

Conocida por nuestros lectores la intriga que dio origen a la prisión de Rodrigo de Paz, y no siéndonos posible pormenorizar todos los hechos que siguieron a este atentado, pues nos quedan por referir otros muchos, dejaremos que un historiador nos cuente, con su estilo rápido y curioso, lo que necesitamos conocer antes de continuar nuestro relato.

El historiador dice así:

«El conocimiento de Salazar y Chirinos no fue tan secreto que entretanto no lo barruntaran los tres gobernadores: por eso al siguiente día, habiendo concurrido (al cabildo), les dieron en cara con su traición, en estos términos: “Con capa de amistad nos habéis engañado: a nuestras expensas habéis comprado la de Paz: gran premio, a fe de caballero, obtendréis de esta maldad”. Luego que Salazar y Chirinos oyeron esta reprensión tan agria, enmudecieron algún tanto; pero Salazar, haciendo del ingenuo, trajo a Dios y a los hombres por testigos de su sinceridad, y protestó que él no se cuidaba de la amistad de Paz, sino de la de sus compañeros, y para prueba de lo que decía les añadió, que si querían dividirían la historia. Pocos días después de sucedido esto, Salazar, Chirinos y Rodrigo de Paz, con algunos regidores que se habían ganado, en las casas de cabildo tuvieron una junta, y en ella acordaron que se hiciera notorio a la ciudad que los tres gobernadores eran privados de su empleo. Efectivamente, este decreto se pregonó; pero de él se ocasionó un tumulto, y todos se armaron, quién para defender el uno, quién el otro partido. El tumulto no pasó adelante, y Estrada, Albornoz y Zuazo siguieron despachando. Visto por Salazar y sus amigos que aquella tentativa se había frustrado, se resolvieron de una vez a prender a Estrada y a Albornoz; pero de ahí se suscitó otro tumulto, que procuró sosegar el alcalde Francisco Dávila, que prohibió que nadie acudiese con armas. El factor, veedor y Paz, que se mezclaban en la refriega, dieron tras el alcalde, le quitaron la vara, y maltratado le pusieron en la cárcel, y por no querer pasarse lo condenaron a muerte sobre la marcha; pero él se dio maña de ponerse a salvo. El tumulto entretanto seguía, y seguramente iría a parar en una guerra civil, si los padres franciscanos, que en aquel tiempo gozaban en México de gran autoridad, no hubieran mediado, y aunque por algún tiempo ninguna de las partes quería aflojar, al fin se hubo de ceder a la mayor fuerza, y el licenciado Zuazo prendió a Estrada y Albornoz, quedando asentado que desde aquel día no se metieran en el gobierno. La prisión de éstos fue de poca duración a lo que entiendo, pues hallo que al día siguiente Albornoz concurrió en San Francisco a misa con Pedro de Paz, hermano de Rodrigo, quien allí mismo lo zahirió públicamente del atentado que había cometido en mandar prender a su hermano: sobre esto se trabaron de palabras, y de ellas pasaron a sacar las espadas. Corrió la gente a separarlos, y algunos salieron de la refriega heridos. Estrada al fin los sosegó, y Rodrigo de Paz puso a su hermano en la cárcel, bien que aquella noche lo mandaron soltar. A la siguiente, Rodrigo de Paz fue al cuarto del licenciado Zuazo (ambos vivían en el palacio de Cortés), y habiéndole quitado la vara de gobernador, le envió preso a Medellín, y poco después le hizo embarcar para Cuba. Este procedimiento de Paz con Zuazo alteró en tal manera a los vecinos de México, que quisieron salirse de la ciudad, y lo hubieran puesto por obra, a no haberles mostrado el decreto del emperador, que, como dijimos, mandaba a Cortés que le enviara a Cuba a dar su residencia. Zuazo, a la verdad, era el más bien quisto de los cinco gobernadores, no sólo por sus personales prendas, sino también porque en aquellos primeros años no había otro que fuese tan versado como él en los derechos; pero por su desgracia tuvo la debilidad de firmar el decreto de prisión de Paz.

»Poco tiempo después de la prisión de Paz, Estrada y Albornoz salieron de México a acompañar cierta cantidad de oro que se le despachaba al emperador; y aunque esto se había hecho con parecer, a lo que creo, de los gobernadores, no obstante, Chirinos, que supo que en aquellos días llegaba a México Gil González y Francisco de las Casas, aquel de quien dijimos se valió Cortés para matar a Olid, creyó que Estrada y Albornoz, con el pretexto de conducir el oro, se iban a unir con esos famosos capitanes para tomar de él y de su compañero venganza: así que, preciándose de guapo, a toda furia partió con cincuenta caballos y buen número de escopeteros y ballesteros en pos de ellos: a ocho leguas de México los alcanzó, y como Estrada y Albornoz vieron que Chirinos venía a ellos, se pusieron en son de quien se defiende. Los padres franciscanos, que acaso acompañaban al uno o a los otros, se interpusieron, y Chirinos se contentó con que volvieran presos a la ciudad. A la noche siguiente, Salazar y Chirinos, siempre temerosos de sus compañeros que conservaban alguna autoridad, con gente armada cercaron la casa de Estrada, y le abocaron la artillería para derrocarla, lo que impidieron Francisco de las Casas y Gil González. Sólo las puertas se echaron abajo, prendieron cuatro o cinco que mandaron azotar al día siguiente, que fueron hidalgos, por la razón que daban de querer matar a los gobernadores. Entretanto, Estrada quedó bien asegurado; y Albornoz, cargado de cadenas, fue llevado al arsenal.

»Todas estas violencias hacían en México Salazar y Chirinos por la sombra de Rodrigo de Paz, que siendo tan poderoso, tenía la mayor autoridad…».

4. El despacho

Pasó algún tiempo.

Negromonte, reconocido como secretario de los gobernadores, tuvo en el palacio de Cortés una lujosa habitación, con su sala de recibimiento. Salazar y Chirinos le habían dado amplísimos poderes, y ocupados únicamente en los negocios, digamos mejor, en las trapazas que pudieran dejarles grandes sumas de dinero, abandonaban todo el peso del Estado en los hombros de Negromonte.

Veremos cuáles eran las ocupaciones de éste, mientras los gobernadores, creyéndose asegurados en su silla, se daban a la vulgar ocupación de estafar a los pueblos.

Es de noche.

Fray Roque y Negromonte se hallan en la pieza del despacho. Hace dos horas que conversan; pero si nos acercamos a escuchar las últimas palabras, aún es tiempo de saber lo preciso para comprender los hechos que deben realizarse más tarde.

—Tal vez —decía fray Roque— no alcanzo a penetrar el objeto de vuestras miras; pero tengo por cierto que las exacciones de que han comenzado a ser víctimas algunos de los amigos de Cortés, deben traer funestísimos resultados.

—¿A quién? —preguntó Negromonte.

—En primer lugar, a Salazar y Chirinos… después a nosotros…

—Omitid lo segundo.

—Pero el pueblo no distinguirá las personas. La ira popular arrasará con todo lo que toque a esos hombres…

—Cierto; ¿pero si a los pueblos se les hace justicia?…

—¡Oh!… pensáis…

—Pienso hacerla; pero será del modo y en el tiempo más oportuno.

—Ya… —exclamó el fraile—; ahora se me viene a las mientes un recuerdo hermosísimo. ¿Queréis hacer algo semejante a lo que hacía Su Majestad el prudentazo yerno de Augusto? ¿Queréis tener esponjas como Claudio Tiberio? Él dejaba que sus procónsules se enriqueciesen, y una vez empapados en oro, los exprimía con gran satisfacción suya y de los pueblos.

—Sí; pero con esta ligera diferencia: que no es oro en lo que quiero que se empapen…

—¡Ah!, queréis sanguijuelas… bien… no me parecen malos instrumentos para despachar a nuestro amigo…

—Ya hablaremos de eso —dijo don Pedro levantándose de su sitial—; retiráos a la pieza inmediata, porque ha llegado la hora de la audiencia.

—¿Vienen hoy?

—Sí.

—Pues me retiro.

Fray Roque desapareció tras de un espeso cortinaje. Negromonte se desciñó su espada, la colocó sobre la mesa; tomó después una pequeña campana que servía de cúpula al tintero, e hizo sonar dos o tres campanadas.

Al mismo tiempo se abrió de par en par una puerta del fondo, y penetraron en la estancia dos personajes. Uno, Mendieta, bravo y arrogante capitán, compañero de Arróyave. El otro, militar también, era Barrientos, gran aventurero, comandante de cien lanzas en la fuerza de Rodrigo de Paz.

Diremos dos palabras acerca de este personaje. Era alto y fornido; le faltaba un ojo; el otro, emboscado en una ceja peluda y erizada, como un azotador, parecía tener una chispa, en vez de pupila; varias verrugas, y el pliegue de la cicatriz que bajaba de la ceja izquierda cruzando el rostro, habían hecho perder su regularidad a la nariz, dándole una forma sin ejemplo en la naturaleza; la barba descendía hasta el pecho, sin dejar libre en el rostro, sino dos círculos para los ojos y otro para los dos tubérculos de papa que constituían la nariz: en la frente, demasiado pequeña, formaba la piel dos gruesas arrugas horizontales: la cabeza era un espantoso erizamiento, dejando ver aquí y allá ciertas peladuras blanquizcas que anunciaban las cicatrices de horrendas pedradas o machetazos. Se contaba que en el rostro de aquel cíclope nunca se había visto una sonrisa. Aquello podía compararse a un cielo tempestuoso, donde no había sino un relámpago, la mirada; y un trueno, la voz, ronca y retumbante, que rompía por entre aquellas barbas como el rayo en la espesura de los matorrales. Las manos grandes, y peludas también, eran tan duras como el guantelete. Las espaldas, el cuello, las piernas, harían adivinar lo que sería Barrientos; aunque mil anécdotas que corrían en boca de todos los soldados, no probasen que era el prodigio de la pujanza humana. La tradición refiere que este comandante se halló en la sangrienta batalla de Otumba, y él solo mató a 150 hombres; cosa no extraña cuando los conquistadores combatían forrados de acero y provistos de armas de fuego: mas lo notable fue, que Barrientos no echó mano de lanza, ni de arcabuz, ni de espada. Combatió a pescozones. Varios paisanos suyos probaron también el peso de sus manos. Diremos, por último, que es falso que este capitán no se sonriera nunca. Una vez lo hizo; fue un día que a un criado suyo le acható el rostro de una bofetada. Tal era el nuevo capitán que tenemos el honor de presentar a nuestros lectores.

Negromonte se adelantó a recibirle. Barrientos y Mendieta, después de algunas cortesías, ocuparon los asientos que don Pedro les designó en el estrado.

—Espero que me traeréis buenas noticias —dijo Negromonte.

—¡Oh!, señor mío —repuso Barrientos, bajando el párpado que le quedaba—; siento deciros que no son tan selectas como lo esperábamos.

—¿Qué ha pasado?…

—¿Qué?… ¡friolera!… ímpetus me han dado de estrellar a esos miserables. ¿Creeréis que se resisten a las deslumbrantes promesas que les hacemos? Su afecto por Rodrigo de Paz, no tiene límites. Ved aquí a Mendieta que ha tenido que huir, pues dos o tres de esos villanos le han amenazado con acusarle de traición y soborno.

—Pero en fin… ¿no contamos con nadie?…

—Sí, tal… con los míos…

—¿Cuántos son ellos?

—Cincuenta… pero yo respondo de su fidelidad a vuestra causa.

—Bien; esto no importa más que un ligero cambio en las combinaciones. Vos, Mendieta, partiréis hoy mismo al campo de Benavides, y le diréis que hoy marcharán 150 hombres de Rodrigo de Paz, a reforzar la gente de Andrés Tapia; que aunque se halle casi desorganizado con su costoso triunfo, arrastre al enemigo al sitio que le parezca conveniente, y acepte el combate. Vos, Barrientos, marcharéis con la gente de Arróyave; le daréis a este individuo algunos consejos que le extravíen; por ejemplo, habilitaréis de desertor de Benavides, al hombre más sagaz de los vuestros, para que cuente lo que dejo al cargo de vuestra conocida prudencia, y dé lugar a provechosas aplicaciones. En todo caso, podéis poneros en acuerdo con Benavides, e inventaréis un golpe que os dé por resultado una completa victoria.

Barrientos y Mendieta se inclinaron en señal de obediencia. El primero dijo:

—Descuidad; respondo también de la victoria.

—Y yo —dijo don Pedro—, respondo del gran premio que obtendréis, si cumplís esas órdenes.

—¡Bah! —dijo Mendieta—, no dudéis que serán cumplidas, caballero, y el éxito es seguro. Menos temor me ponen dos mil lanzas combatiendo lealmente, que un solo traidor encapotado en nuestras filas.

—Cierto —dijo Barrientos—. Ahora, don Pedro, resta sólo que nos habilitéis para la marcha.

—Pedid lo que necesitéis, caballeros.

—Por el pronto —dijo Barrientos con la tranquilidad de un comerciante, creo bastarán veintiocho mil ducados.

—Yo —dijo Mendieta—, lo dejo a vuestra consideración…

Negromonte fue a la mesa a escribir rápidamente algunas líneas; selló dos pliegos, y entregó uno a Barrientos y otro a Mendieta.

—Aquí tenéis, caballeros —les dijo.

Los dos capitanes dieron las gracias, saludaron a Negromonte, y salieron haciendo nuevas protestas de fidelidad, y asegurando el triunfo.

La puerta que les dio paso quedaba en un costado del aposento. Sonó de nuevo la campana, y otro personaje apareció por la puerta del fondo.

Era un simple soldado; tendría sesenta años, pero mostraba todavía el vigor y la soltura de los treinta. Era ante-calvo; la cabeza, la barba y las cejas, estaban completamente encanecidas; los ojos eran pardos, y la nariz tenía el perfil severo de los bustos de Gonzalo de Córdoba.

—¡Ah!, te esperaba —dijo don Pedro—; disponte, porque hoy mismo parte el capitán Barrientos.

—¿Qué debo hacer? —preguntó el soldado.

—No perderle de vista: si no da el golpe, le matas; si le da, ten prevenidos a tus hombres, y cuando vuelva (yo haré que vuelva con una corta compañía), le darás la sorpresa.

—¿Cuánto lleva?

—Veintiocho mil ducados.

—¿Mandáis otra cosa?

—No; vete.

Den Pedro volvió a quedar solo. Pasados diez minutos la puerta del fondo volvió a abrirse y apareció un ujier anunciando al muy famoso caballero don Rodrigo de Paz. Negromonte salió a recibirle hasta los corredores, y volvió con él trayéndole del brazo. Don Rodrigo de Paz ocupó el centro de un diván, reclinándose con majestad en los almohadones, y don Pedro se colocó enfrente, sentado en el sitial que acaba de abandonar Barrientos.

—Vengo, nomás —dijo Rodrigo—, a vez si es posible que evitemos el próximo conflicto entre las fuerzas de Benavides y las de Arróyave. Sabiendo aquél que Estrada, Zuazo y Albornoz, han cedido el puesto a Salazar y Chirinos, creo no habrá ningún inconveniente para sosegarle, y aun para hacer que venga a la ciudad, y sea con los míos el sostén de los nuevos gobernadores.

—Mirad —replicó don Pedro—, nada más fácil que lo que intentáis; y si tenéis empeño, no vacilo en ponerlo en práctica. Pero ¿sabéis qué especie de canalla es la que sigue los pendones de Quintanar y Benavides? Los prófugos de la guerra de Italia, manchados con inauditos crímenes, odiados por todos los colonos, y temibles a los pueblos inermes, que aún tiemblan al solo recuerdo de Mendoza. Gentes sin ley, sin fe, sin corazón, prontas a todas las traiciones, aparejadas al pillaje, capaces de incendiar el reino, si ven que pueden sacar un grano de oro de entre sus cenizas. Probemos a traerlos. Veréis si esa morralla no introduce la inquietud y el desorden en la ciudad, y la relajación completa en nuestro ejército. Además, veréis si el gobierno que se apoya en tal falange de bandidos, no arroja sobre sí la mala voluntad de las gentes honradas, y provoca una reacción general en pro de los caídos gobernadores.

—¿Pero creéis —repuso don Rodrigo— que mis gentes no basten a tenerlos a raya?…

—No bastarán, porque muchas de vuestras gentes no son punto menos que las de Benavides. Serán entrañadas en la corriente del desorden; serán seducidas por sus antiguos compañeros de latrocinio y de guerra; verán en la asonada un fácil medio de recuperar las sumas enormes que, ganadas con tantos peligros, se les abisman en la vorágine del fuego. Y en fin… si la parte fiel de vuestra gente se emplease en contener las revueltas, no tendríamos en la ciudad sino lo que yo quiero suceda antes en las montañas. Allí, al menos, se puede combatir sin perjuicio de los colonos.

—Bien: a mí, como os será fácil comprender, no me movía más interés que el de esos guerreros a quienes mando. Quisiera que se ahorrase la sangre española…

—Es mi deber, señor, y trabajo en cumplirlo; mas para no dejar que corra esa sangre, me he propuesto aniquilar a los hombres de Benavides.

—Yo tengo para mí que os costará la empresa grandes sumas de dinero, y todavía mayores sumas de soldados.

—Con todo, señor, pienso luchar hasta la muerte; prefiero agotar los caudales públicos, echar mano al quinto de Su Majestad, y sacrificar lo más preciado de nuestras legiones, a dejar que un escaso puñado de miserables siegue el fruto que han dado a don Hernando cuatro años de inaudito heroísmo y de terribles penalidades.

He aquí la palabra mágica para Rodrigo de Paz: don Hernando. No necesitaba más para persuadirle a obrar contra Benavides. Por otra parte, las fuerzas de éste le inspiraban tanto menosprecio, como seguridad la disciplina y el valor de los tercios de Arróyave. Tenía razón; ignoraba que iba a combatir contra Negromonte. Así, llevado por ese carácter que mostró siempre, abierto, franco, incapaz de sospechar como de cometer una perfidia, pues ni daba motivo a merecerla, ni era tan poco fuerte que necesitase usarla, dio entero crédito al fingido interés de Negromonte, y replicó en estos términos:

—¡Ea!, no lucharéis sin que se diga que Rodrigo de Paz ha hecho lo posible por salvar el honor y las conquistas de don Hernando. Poco me interesa a mí Benavides; ahí tenéis mis lanzas, podéis emplearlas en lo que más útil juzguéis para la seguridad del Estado.

—¡Ah!, si es así, descuidad…

—Siento haber disuelto la mayor parte de las fuerzas de Estrada; pero vos lo quisisteis…

—Eran peligrosas… mas no importa… me basta con vuestros valientes. Ahora, os hablaré de un recurso que me preparo en caso de que la fortuna se nos muestre desfavorable.

—¿Sí?…

—Es este: los mismos hombres que, según sabéis, tenemos colocados en las filas de Benavides con el objeto de extraviarle, pueden, si llega la necesidad, hacer que ese hombre vuelva a ser nuestro amigo.

—¿Cómo?…

—Con sus consejos.

—Pero eso requiere autoridad, y ante todo, confianza.

—Gozan de ambas cosas…

—¿Tan pronto?

—Sí, tal… ¿qué mayor prueba de fidelidad podían dar a Benavides, que cerrar lanza en ristre contra nuestros defensores?, ¿qué más que aconsejarles el mismo plan de la batalla, que debía darle un éxito tan brillante?, ¿qué más que ejecutar ellos por su mano a varios de los más temibles de los nuestros? Yo les he dicho: obrad sin piedad contra nosotros, como si fuéseis nuestros verdaderos enemigos. El día que yo caiga en vuestras manos, ahorcadme; no importa. Se trata de ganar la confianza del enemigo; después veremos.

Paz se ruborizó visiblemente; como los caballeros de su siglo, era tan leal, que casi miraba con horror estas preciosidades de la táctica.

—Bien —continuó don Pedro—; una vez que tengamos quien nos aligere el otro platillo de la balanza, bastará que yo cargue en éste el peso de mis propios recursos. Puedo hacer creer a Benavides que se le ha combatido sin mi permiso…

—¡Bah! —exclamó don Rodrigo en un acceso de incredulidad—, ¿y lo creerá él?

—¿Por qué no… si castigamos al que le haya atacado?…

—Y bien; ¿no conocerá que ese castigo no pasa de las apariencias?

—No.

—¿Por qué?…

—Porque irá más allá de las apariencias.

—¡Cómo!

—Lo haremos efectivo: este juego es de números; ahorcamos a un soldado fiel, y ganamos trescientos.

La buena fe de Rodrigo de Paz comenzaba a querer sublevársele. Aquello le pareció una grande infamia. Negromonte leyó en el semblante de Rodrigo de Paz la sorpresa que le causaban los secretos de Estado, y dijo para sí:

«—Está visto que este honrado caballero no pasa de ser un mentecato. Bien puede suceder que empiece a dar cabida a la desconfianza».

—¡Oh! —dijo Paz—, no sabéis lo que me contraría todo lo que se parece a la traición. Consiento que se juegue esta pieza tratándose del enemigo; mas…

—Tenéis justicia… pero al deciros lo que oísteis, lo hice refiriéndome a los casos en que la salud del reino, el bienestar y la existencia de las familias y de los individuos, nos hacen aceptar el doloroso sacrificio de nuestros propios intereses y nuestros afectos. Y os juro que lo haré de ese modo, cuando agotadas nuestras fuerzas no exista ya otro medio para conjurar el peligro.

—Os he dicho —replicó don Rodrigo— que no temáis que os falten, existiendo yo, las fuerzas que necesitéis, para no echar mano de esos medios terribles. Comprendo que son a veces necesarios; mas espero que nos sacarán de apuro nuestras lanzas.

—Dios lo quiera.

—Él nos mira y nos protege.

—¿Queréis, señor, que decidamos el negocio enviando de una vez el mayor número posible de fuerzas?… Evitemos las pequeñas escaramuzas, y no hagamos con una prudencia mal entendida, que esos rebeldes nos devoren por fragmentos.

—Pero la ciudad…

—Respondo de ella… nos queda mi guardia…

Rodrigo de Paz, sea por reflexión o por instinto, replicó:

—Bien está; queden también cincuenta arcabuceros de los míos, y carguemos lo demás al canallaje de Benavides.

—Queden los que tengáis a bien, señor —dijo Negromonte—. Y como temo que esta ausencia aliente y favorezca un levantamiento de los enemigos interiores, yo desearía que aquí se pusiera a la cabeza de los nuestros el mismo Arróyave…

—¡Oh, no!, allá es de urgencia este valeroso y hábil caballero. ¿A quién otro podemos confiar el cargo de una empresa cuyos riesgos pregona el descalabro de Tapia? Barrientos tiene poco ingenio; pero su vigor es el brazo y la espada de Arróyave. Así, no dudéis que si le dejamos con nosotros, se tornaría en duda la esperanza de acabar con los enemigos.

—¿A quién destináis, pues, para custodio?…

—¡Qué diablo!, quedaos vos… será un cambio de nombre, no de ingenio.

—Señor… tenéis fama de cortés, y casi me humilláis con vuestras bondades.

—¡Eh!… quedáos…

—Bien, señor; acepto, y cumpliré con gusto el cargo que me hacéis el honor de confiarme. Ahora decidme: ¿todos vuestros jinetes salen a la vez, o pensáis despacharlos por tercios?…

—No, todos juntos; deseo hacer un alarde que aterrorice al enemigo, y quiero asegurar la victoria.

—¿Y para cuándo habéis dispuesto la marcha?

—Pienso que sea mañana.

—¿Mañana?…

—¡Qué!… ¿os parece muy tarde?

—¡Oh!, ¡mucho!… acordáos de que Tapia ha quedado casi deshecho; que no ignora que organizamos nuevos y terribles preparativos. Benavides avanza; hoy mismo se me ha dado esta noticia. El pequeño número de gente que nos resta, endeble y llena de temor, no bastará para impedir un solo paso a esas legiones insolentadas con el triunfo.

—Da lo mismo… Entonces yo me marcho a disponer en este instante la partida.

—¿Es esta noche?

—No es posible —replicó Rodrigo de Paz tomando su sombrero y poniéndose en pie—; mas lo que falta de la noche lo emplearemos en aparejar, y todo estará listo a las cuatro de la madrugada.

Dicho esto, don Rodrigo saludó a Negromonte.

El alto y poderoso caballero don Rodrigo de Paz, no fue desde entonces sino el bueno del alguacil mayor, solo y completamente desarmado.

5. Un secreto

Tres días después, un caballero completamente cubierto de polvo, llegaba a todo escape al palacio de los gobernadores, anunciándoles que Arróyave y Andrés Tapia habían sido hechos trizas por Benavides. El primero había muerto; el segundo, gravemente herido, quedaba abandonado a su suerte en una cabaña del monte. Los demás eran, o muertos también, o moribundos, o idos, nadie sabe a qué remotos confines: se hablaba de una terrible sorpresa nocturna, en que agresores y agredidos se confundieron de tal suerte, que Barrientos fue atacado por los de Arróyave, y él hizo en los de éste una matanza tan tremenda, que no dejó a los otros más trabajo que el de rematar a los vencidos. El enemigo se acerca. La ciudad vuelve a alborotarse; mírase ya por el suroeste crecer y avanzar un inmenso remolino de polvo que se levanta sobre las copas de los cedros, y sube y se pierde en las alturas como el alarido salvaje de las hordas guerreras. Las casas vuelven a cerrarse. Todos ven con desconsuelo profundo que la ciudad, casi desguarnecida, no cuenta con más defensores que los que componen la escasa guardia del palacio. Cincuenta arcabuceros de Rodrigo de Paz, ya formados para preparar la resistencia, saben o se les hace saber con torcida intención, cuál es el número y el vigor de los enemigos, y se niegan a combatir, y arrojan las armas, y corren a buscar el refugio de sus familias, contribuyendo a difundir la alarma y el pánico.

Rodrigo de Paz corre desalado en busca de Negromonte. Le halla conferenciando con Salazar y el padre Roque, y le suplica en nombre de los ciudadanos todos, que corra y liberte a la ciudad, amenazada por la turba feroz que llegaba a sus puertas. Entonces un nuevo correo sale con pliegos para Benavides. Negromonte manda disponer su caballo, y sale tras el mensajero, acompañado por veinte hombres escogidos, mientras Paz, Salazar y Chirinos quedan para organizar algunos medios de defensa que puedan influir con su aparato en el arreglo de las negociaciones.

No necesitamos advertir que todo esto no pasaba de una simple apariencia. El pueblo lo hubiera adivinado al ver la calma insólita que mostraban los gobernadores.

El día entero se pasó viendo venir correos al palacio y salir de aquí a la casa de Rodrigo de Paz, y luego marchar a todo escape al teatro de la guerra.

Dejemos por un momento a los colonos esperar llenos de ansiedad el resultado de la conferencia, y sigamos a un hombre que marcha en dirección de las Atarazanas, deteniendo a todos los transeúntes para dirigirles no sé qué pregunta; el caso era que todos replicaban con un movimiento negativo, y seguían su camino, sin dejar de volverse varias veces al preguntante para dirigirle una mirada de extrañeza.

El hombre aquel llegaba, en fin, a un caserón situado cerca de los arsenales, cuando una voz robusta que venía de la azotea, le detuvo con esta palabra:

—¡Eh!, ¡buen hombre!… por aquí nadie pasa; buscad otro camino.

Él otro levantó la vista y vio que el edificio estaba coronado de arcabuceros. Uno de éstos asomaba entre dos almenas el grueso cañón de su arcabuz, por cuya negra boca parecían haber salido las palabras que se escucharon.

—¿Qué decís? —preguntó el otro, fijando una mirada temerosa en el punto donde brillaban las armas.

—¡Buscad otro camino! —gritó el centinela.

—No hay otro, camarada.

—Pues volvéos por donde habéis venido.

—Bien… me volveré, si os dignáis antes avisar a una persona, que vine a buscarle…

—¿Qué persona?

—Garduña…

—¿Necesitáis respuesta?

—Sí.

—Pues esperad a que me maten.

—¡Qué!, ¿para qué?…

—Necesito llevar vuestro recado hasta el purgatorio.

—¡Cómo!, ¡por vida mía!, ¿le han muerto?…

—¡Ea, compadre!… retiráos ya, o tendremos que consideraros como sospechoso.

—¿Pues qué pasa?…

—¡Marcháos, o hago fuego!

No hubo réplica. El desconocido se agazapó debajo de una ala de su capa, y torció por la primera esquina que le deparaban aquellos sitios. Siguió a lo largo de la orilla de un canal que se prolongaba por la calle; pero a poco andar, la vereda comenzó a estrecharse hasta no ser más que una faja de yerbas; más adelante las aguas lamían el muro de los edificios. Tuvo que volverse. Ya estaba próximo a llegar a uno de los ángulos de la encrucijada, cuando la voz de un nuevo centinela, que salió de un bosquecillo de cañaverales, gritóle con fuerza en los oídos:

—¡Eh!, ¡que no se pasa, o sois muerto!

La angustia del desconocido no tuvo límites. Quiso retroceder, pero acordóse del invencible obstáculo que le oponían las profundas aguas del canal. Delante de sí tenía los ojos feroces y la afilada partesana del centinela. Entonces vio que el único recurso para no permanecer en aquella situación, que duraría quién sabe cuánto tiempo, era llamar en una puerta, pedir por caridad un refugio y ver si hallaba una salida por los corrales de la casa. Al primer toquido se abrió la puerta, y una joven ligeramente pálida y bastante hermosa interrogó al desconocido con la mirada.

—Señora —dijo el hombre descubriéndose y dejando ver en su semblante la consternación y el respeto—; dignaos franquearme el último rincón de vuestro hogar, mientras pasan estas cosas que no comprendo. Por todas partes me encuentro un atalaya que me impide el paso… Mirad, ahí está uno, más allá está otro… por aquí no hay paso… la noche llega, se me puede creer sospechoso, y yo no encuentro adónde ocultarme… tened a bien…

—Entrad, entrad —repuso vivamente la joven, como si tuviese precisión de cerrar la puerta.

El hombre obedeció. Hallóse desde luego en un angosto pasadizo, en cuya extremidad se abría la entrada de una especie de huerto. Una tibia luz iluminaba el ramaje; percibíase un aroma de flores. Un pájaro desconocido gorjeaba oculto en la verdura.

—Gracias, señora —dijo el huésped con un suspiro.

Ahora que estos personajes quedan a cubierto de las miradas indiscretas, podemos darlos a conocer a nuestros benévolos lectores.

La joven es Juana, la hija de Zapata. Ella, y después su padre, habían vuelto a la casa de Mencia, aquella noche de las estocadas en la huerta. Poco después, cuando comenzaron las pesquisas para descubrir el rastro de los criminales, Zapata fue aprehendido y llevado al arsenal, dejando a su familia presa de las más horrendas inquietudes. Estrada había caído; ya Zapata no sería perseguido por el asunto de Mendoza, mas quedaba Rodrigo de Paz, el poderoso protector de Isabel, que aun echaría mano del tormento para investigar el paradero de su ahijada. Juana vivía oculta; Mencia, que había ocurrido a Salazar, invocando su gratitud con el recuerdo de antiguos e importantes servicios, volvió un día trayendo no se sabe qué lisonjeras esperanzas; el preso recibió noticias consoladoras, y desde entonces, Juana, ya más tranquila respecto de la suerte de su padre, no pensaba sino en Tetzahuitl y en la Dorantes. Ya su amor no era sino ese desconsuelo con que se recuerda un sueño de dicha.

El hombre que hablaba con Juana era el hidalgo a quien conocimos una noche arrebatado por los indios: era Jorge Villadiego y Valencia.

Frisaba en los cuarenta y cinco; era de corta estatura y demasiado gordo. Su nariz voluminosa, encorvada sobre un bigote gris, casi tocaba dos dientes que, siempre descubiertos, daban a toda su fisonomía un no sé qué de fisgón y eternamente malicioso. Los ojos, reducidos a dos curvas donde se movían dos brillantes puntos de color azul, parecían siempre plegados para distinguir lo diminuto y lo ridículo. Si la frente, en vez de ser estrecha, carnosa y llena de hondos pliegues, se hubiese dilatado con la limpia curva de la de Quevedo, hubiera causado mortificación, hubiera sido un verdadero suplicio dejarse ver por aquel satírico semblante.

Sin embargo, el bueno de Jorge Villadiego y Valencia nada tenía de escéptico ni de burlón. Era un buen cristiano de aquellos tiempos, era una alma circunspecta y sensible, traicionada por aquel rostro cuya expresión era invariable, tanto en la alegría como en los más negros pesares. Había cierta ambigüedad en aquellas arrugas que bien pudieran prestarse a la sonrisa, o servir de realce a la aflicción, y de surco a las lágrimas.

El llanto de Jorge Villadiego debía ser conmovedor; nada más amargo y doliente que un rostro donde ríen los labios mientras los ojos lloran.

Por último, Jorge Villadiego se confortaba diariamente con dos kilogramos de pulque.

Juana, llena de confianza en la fisonomía y en las palabras de su compatriota, le condujo a su misma habitación, señalándole un banco de pino para que descansase. Después quiso informarse de lo que pasaba en la ciudad, y comenzó a interrogar, con tono afable, al buen hidalgo.

—Señora —replicó éste, sentándose en la orilla del asiento—, podéis jurar que no sé nada.

—¿Llegáis de fuera…?

—No, señora, llego de adentro… Dios nuestro Señor acaba de sacarme de un lugar de donde creía no salir nunca.

—¿Venís de las Atarazanas?

—¡Quiá! Señora… si supiérais… si yo os contara…

Juana, picada de la curiosidad, replicó:

—Veamos… si es cosa que vuestra discreción no tenga empeño en manteneros secreta… gustaría del placer de oíros.

—Figuráos qué salgo de… de… si queréis que os hable con ingenuidad… de no sé dónde…

—¡Vaya!, ¿no os acordáis por dónde entrásteis?

Villadiego, después de meditar largo rato, respondió:

—¡Por vida mía!, bien visto, entré por mi capote…

—¿Sí?

—Claro… habéis de saber, hermosa niña, que una noche, por castigo de mis grandes culpas, fuime acompañado y sonsacado por mis camaradas, a la temeraria empresa de robarnos a un hombre. Se me ofrecieron cien maravedís… y se me dijo que la persona que debíamos aprehender no era sino un soberbio pollo escapado a las garras de la justicia. Ambas cosas me decidieron por la empresa, puesto que aunque soy hidalgo, soy pobre; y aunque soy pecador, soy enemigo de los malos. Yo iba a prestar un servicio a la sociedad y al gobierno, y ¡zaz!, sin decir agua va, ni sálvese quien pueda, se me viene encima un garrotazo como no le ha recibido jamás una cabeza humana. Yo no supe si el sombrero se me sumió a mí, o si fui yo el que me sumí en el sombrero. Fue grande mi dolor, y quedé solo como suspendido en las tinieblas.

* * *

Al poco, un trueno retumbó en la habitación.

—¡Dios mío! —exclamó Juanita, juntando las manos—; seguramente es Benavides…

—¿Qué hacemos? —repitió Villadiego, imitando el ademán de la joven… ¿tenéis armas?…

Un segundo trueno volvió a conmover la habitación. Juana cayó de rodillas. Villadiego se apresuró a cerrar la puerta, poniendo sus desvencijadas hojas como un escudo contra la furia de la tempestad.

—¿Qué hacéis? —le gritó Juana.

—Cerremos, niña —dijo el otro—; puede tocaros un trozo de metralla, y…

Nueva interrupción; los truenos continuaban. Sendos aldabonazos parecen querer despedazar la puerta de la calle.

—¡Tocan! —exclamó la joven—; dignaos ver quién es, por vida vuestra; debe ser mi madre.

—Os juro por la mía —replicó el hidalgo—, que no saldré de aquí si me descuartizan… ¡Por Santiago de Compostela!, salir y dejar abandonada en tal aprieto a una dama, no en mis días.

—Os lo suplico…

—No me vencerán vuestras lágrimas; aquí moriremos ambos, como caballeros.

—Maldito seais vos y todos vuestros caballeros —exclamó Juana dirigiéndose a la puerta—, dejadme salir; yo no temo las balas.

—¡Eh!, ¿adónde vais?… ¡Todavía no es tiempo!…

—¡Apartáos!…

Juanita hizo a un lado a Villadiego, y salió a todo escape. Abrió el zaguán; era Mencia.

—¿Qué hay, madre?… ¿qué pasa? —preguntó Juana—: ¿es Benavides?…

—El mismo, hija mía, el mismo —replicó Mencia—. ¿Por qué estás trémula?

—Cómo queréis…

—¡Voto va!, alégrate, paloma mía, es Benavides; pero entra de paz con los gobernadores. ¿No escuchas el saludo de la fortaleza? Ya concluyó todo… ¡ven, asómate!… verás pasar un mar de picas, cascos y banderas, y oirás las trompetas y los atabales, y las aclamaciones.

Mencia arrastró a su hija hasta la encrucijada. Allí se apiñaban centenares de gentes viendo pasar a los jinetes de Benavides y Barrientos. Era atronador el eco de los gritos, de la música, de las salvas. Oíase por intervalos el crujido de las armas y el rumor inmenso de las pisadas de mil cascos resonantes. Ondeaban las banderas como estremecidas de placer, cobijando los acentos victoriosos que les enviaban los clarines; el polvo y el humo envolvían a los caballeros como en la bruma de un campo de batalla. Barrientos no venía en las columnas; Benavides, que descollaba por lo feo, se había vestido con inaudita pompa. Iba delante del primer tercio, con la espada al hombro, haciendo relumbrar los diamantes, zafiros y topacios de la empuñadura. Su corcel, negro y majestuoso potro de Andalucía, levantaba la nariz henchida con aliento de fuego, enderezaba sus orejas, y torciendo una mirada feroz sobre los muslos que aprisionaban sus costados, sacudía las crines, hería el aire con sus herraduras de oro, y sostenido por la brida, se arrastraba sobre la seda y los bordados de la gualdrapa.

Como sucede en estos casos, el voto unánime de los curiosos decidió que valía más el caballo que su caballero. Barrientos pasó contoneándose, y tras él seguía un enjambre de capitanes y tenientes formando una deslumbrante cabalgada. Seguía después lo que Negromonte llamaba el canallaje de Benavides.

Por los balcones se desbordaban las cabezas; multitud de mujeres de mala fama que abundaban en la colonia, y algunas pobres jóvenes medio pazguatas se embobaban en la contemplación de aquellos hombres relumbrosos, como Jacob cuando soñando veía descender ángeles del cielo.

La fiesta duró más de dos horas. Cuando Juanita volvió a buscar a Jorge Villadiego, halló la habitación desierta.

En la noche, Mencia, a quien Juanita había descubierto el paradero de Isabel, se dirigió al palacio y dio a Chirinos el secreto en cambio de la apetecida libertad de Zapata.

6. Que dirá cosas medianamente divertidas y atroces

El gobierno quedaba, al parecer, definitivamente establecido. Estrada y Albornoz quedaban presos. Arróyave, muerto. Andrés Tapia, fugitivo. Paz, el más temible, no tenía sino cincuenta arcabuceros al mando de un hombre de quien desconfiaba: Francisco de Medina.

Negromonte acechaba continuamente la oportunidad para dar el golpe a Salazar y a Chirinos; pero esto requería tiempo, actividad y cautela. Ya Villarreal y Vázquez de Tapia, provistos de sus nombramientos, habían marchado para España con el fin de negociar los poderes de Negromonte. Éste dejaba en la corte varios poderosos amigos, que con el móvil de fabulosas promesas, debían ayudar a los comisionados y unirse por lo pronto con todos los enemigos de Cortés para disponer contra el conquistador el ánimo del César, y crear de este modo la oportunidad para que se entregase a nuevos hombres el gobierno de la Nueva España. Villarreal y Vázquez de Tapia se llevaron inmensas cantidades, pues tenían orden no sólo para sobornar a los consejeros, sino a mujeres insaciables que debían poner en juego todo el poder de su hermosura para ganar por el amor los corazones que resistieran a la codicia. Esto agotó los depósitos del fisco. Por otra parte, Barrientos, Benavides, Quintanar y otros que conocían bien la gran necesidad que se tenía de sus espadas, pedían con insolente autoridad el precio de sus servicios vergonzosos, y era fuerza pagarles mientras se encontraba un medio para deshacerse de ellos o crear la división para atemorizar al uno con el otro.

Entretanto los impuestos llovían. Los indios para dar el oro pasaban como las piedras de mina, gimiendo triturados bajo la rastra. Era de temerse un levantamiento.

Pronto llegó el día en que no bastaba y aun era peligroso el impuesto.

Era necesario despojar a cualquier colono poderoso. No había medio. Negromonte aconsejó que una vez que era fuerza echar mano de la injusticia, se cometiese con el colono más odiado por el pueblo.

—No será el colono —replicó fray Roque—, sino el dinero más odiado.

—¿Cuál?

—El de Cortés. Paz le tiene.

—¿Adónde?

—No lo sé; pero hay modo de saberlo. Entretanto, sería necesario apoderarse de la parte visible.

—¿Pero olvidáis —dijo Salazar— que si a Rodrigo no le quedan ya lanzas, cuenta con el amor de todos los habitantes de la villa?

Negromonte reconoció que Salazar decía lo muy cierto; pero eran grandes sus apuros, y era necesario despojar a Paz a toda costa.

—Queda un recurso —dijo encogiendo las espaldas y sonriendo como el que va a decir un chiste.

—¿Cuál? —preguntaron todos.

—Divulgar la noticia de que Cortés ha muerto. De este modo podíamos inventariar sus bienes.

¡Óptima! —exclamó fray Roque frotándose las manos—; yo me encargo de los funerales. Esperad… yo conozco la madriguera de dos o tres bellacos a quienes confieso… ¡Por San Jorge! ¡Parecen hechos ex profeso para nuestro asunto!… Son rezagados; más bien prófugos de la expedición a las Hibueras. Haremos que lleguen a la ciudad cubiertos con el terror y el polvo de la derrota.

Dos días después de la anterior conversación, la ciudad estaba consternada. Se había sabido que Cortés y todos sus soldados habían sido víctimas de los caribes.

«¡Don Hernando ha muerto!», decían con voz trémula los amigos del conquistador. «¡Ha muerto nuestro padre!», repetían las vírgenes aztecas y los niños huérfanos que Cortés aposentaba en su palacio. «¡Don Hernando no existe!», clamaban los aventureros todos soltando el arma para llorar al generoso, al bueno, al temerario compañero de sus proezas. «¡Ya es difunto!», cantaba con fúnebres tañidos la llorosa campana del monasterio.

Entretanto, las madres, las esposas, los hijos, los hermanos, los amigos de todos los que habían marchado con Cortés, formaban, llorando, inmensos grupos en torno de tres hombres que se decían escapados, como por milagro, de la horrenda matanza.

Aquellos hombres, en efecto, eran reconocidos por todo el mundo como soldados de la expedición.

Venían despergeñados y cubiertos de andrajos. Enseñaban sus piernas maltratadas y contaban no se sabe qué horrorosas penalidades pasadas en caminos fragosos y en solitarios llanos, para escapar a la persecución de los caribes.

Los espectadores, oyendo tan portentosas aventuras, callaban un instante, como el niño que interrumpe el llanto cuando encuentra un objeto de pasajera distracción; pero a poco volvía el dolor con nueva furia, y se renovaban los lamentos y los gritos desesperados, hasta que de nuevo la voz de uno de los actores se levantaba para referir los trágicos pormenores de la muerte, y el bullicio quedaba entonces reducido a un ahogado coro de sollozos.

Todos los ojos tenían un velo de lágrimas; todas las bocas estaban entreabiertas. Dos de los aventureros estaban sentados en el suelo con la frente en la mano, y otro de ellos en pie, cubierta la cabeza con un casco lleno de abolladuras, y las barbas como encanecidas por el polvo, alzaba la mirada al cielo, y hablaba extendiendo sus brazos con el ademán de los profetas, dominando con su plañidero acento a la multitud conmovida.

—¡Calle! —dijo una mujer que con otros muchos de los simples curiosos acababa de descubrir al orador por sobre todas las cabezas—. ¿Estaré soñando?… mira, Glorianda —añadió tomando por el brazo a otra joven—, ¿no es Pedro el que está ahí predicando?

—¡Toma!, ¿pues no le conocéis, Juana? —replicó la joven—. El mismísimo como su madre le parió: Pedro Valiente.

—¡Diantre de chistoso!… pues buen susto les ha dado a estas infelices personas… ¡Bah!… qué hombre… a ver, adónde está mi comadre… ¡qué ocurrencias tiene este Pedro!…

La llamada Juana asió a Glorianda por un pliegue del vestido, y la llevó hasta donde estaban tres mujeres que lloraban con agudos gritos la pérdida de sus esposos.

—¡Eh! —les dijo riendo—; se acabó… no hagáis caso de nada; ¡todo es mentira!…

Entonces una de las viudas cesó repentinamente de gemir, descubrió su rostro, donde quedaban señaladas las arrugas de la basquiña, y con la boca abierta, las narices apretadas y los ojos medio deslumbrados, preguntó con una voz interrumpida por los sorbos:

—¡Cómo!, ¿decís que todo esto es mentira?

—¡Vaya!, y mucho que sí, que es falso todo. Venid, venid… todo es una broma de Pedro.

La viuda fue llevada a tirones hasta un sitio desde donde pudo contemplar al portador de las noticias. Le conoció, sin duda, porque dio un grito de sorpresa.

—¿Qué os decía yo? —dijo Juana más y más alegre—. ¡Ah!… esperadme aquí… vuelvo muy pronto, voy a consolar a mis pobres vecinas.

Juana se perdió entre la multitud. La viuda se volvió adonde había dejado a sus dos compañeras.

—¿Qué hay? —le preguntaron éstas.

La viuda tronó al aire un beso de rabia, y exclamó:

—¡Todo es mentira!

—¿Mentira? —exclamaron las otras dos.

—¡Mentira! —repitió la primera con más fuerza.

—¡Bah! —dijo la más joven golpeando el suelo con el pie—; ya me lo figuraba… si esta clase de cosas nunca salen ciertas. ¿En qué parte se ha visto que perezca todo un ejército?

—¡Vaya!… —exclamó otra de las viudas arrebujándose en su manto—; pues yo me alegro… Dios los conserve muchos años.

El diálogo frío y desconsolador se prolongaba todavía después de media hora, cuando las tres mujeres fueron bruscamente atropelladas por una oleada del gentío.

—¡Jesús nos valga! —exclamaron haciendo esfuerzos para no rodar por la tierra—, ¿qué es esto?…

Era un turbión feroz que adelantaba dando aullidos de cólera. Eran casi todos los hijos, parientes y amigos, heridos por las engañosas nuevas de los aventureros. La noticia de que habían sido burlados, oída por dos o tres mujeres, corrió como en regueros de pólvora y se extendió por todas partes. La reacción fue terrible. A los gritos de: ¡abajo el charlatán!, ¡muera el pícaro!, ¡caigan los truhanes!, la multitud se aproximaba, haciendo remolinos en torno de los tres noticiosos, que aún seguían perorando.

—¡Alto! —gritó una vieja que parecía dirigir el ejército de los ofendidos.

La corriente onduló algunos instantes, y se contuvo.

La vieja adelantó hasta colocarse a algunos pasos de Pedro Valiente, y le dijo levantando la voz tan alto como le fue posible:

—¡Conque todos han muerto!… a ver, buen hombre, pobre guerrero deshilachado, lastimoso fugitivo de la matanza; contadnos cómo estuvo el caso, ¡repetid lo que habéis dicho, para romper en nuevo lloro sobre la memoria de los difuntos!

—¡Ay! —exclamó Pedro Valiente, y se sumió el casco hasta la mitad de las narices.

Aquello tenía un significado. La vieja era dueña de una taberna, donde el orador había ido hacía pocas noches a menudear algunos tragos, y sabía que el buen Pedro Valiente se había quedado en la ciudad, como otros muchos que temieron los peligros de la expedición. La anciana tenía un hijo en las Hibueras, y fue horrible su pesar cuando le dieron la funesta noticia.

—¿Qué tenéis? —preguntó a su parroquiano—; ¿lloráis, buen hombre?

—Sí… —murmuró el otro.

—¡Redomado hablador! —exclamó de repente la tabernera—; ¡ya os conozco!… ¡Sois Pedro Valiente, prófugo de las filas de Cortés, petardista de fama, ocioso, decidor y trompeta!…

El pobre hombre se sintió desfallecer, y quedó inmóvil y silencioso por algunos momentos; pero no se dio por vencido, y replicó señalando a sus dos compañeros:

—¡Bah!… si creéis que yo miento, aquí tenéis a dos arcabuceros de Gil Melodrete… que hablen ellos… yo no engaño a nadie…

—Más Melodrete serás tú y el hi de perro que te enseñó tales mentiras —exclamó la tabernera—, ¡vas a verlo!…

Entonces metió sus manos descarnadas al cuello de Pedro Valiente; pero éste le descargó tal empujón, que la infeliz anciana voló como un harapo sobre el océano de cabezas.

—¡A él! —gritaron todos.

Al mismo tiempo sintió Pedro en medio de sus labios un soberbio moquete; otros mil llovieron sobre su cabeza; mil dedos coléricos se engancharon en su vestido, y le atrajeron, y desapareció como tragado por la turba.

Por otro lado acontecía lo mismo con los dos arcabuceros.

Hirvió el gentío; los gritos se multiplicaron; como sucede en estos casos, perdióse la conciencia de lo que acontecía, y vino la confusión y el pánico, y los golpes desatentados. Por todas partes se buscaba una salida, y el paso se estrechaba y había que abrirle por la fuerza; y entonces, por todas partes comenzaron a tronar pueñetazos, pedradas, palos y mandobles. El mitote subía de punto, cuando se abren las puertas del palacio; resuenan las trompetas, y aparece Benavides a la cabeza de setenta jinetes, lanza en mano, y revolviéndose con la feroz impaciencia de la batalla. El tumulto se aquieta como por encanto; sólo en un ángulo del atrio arruinado del templo se observaba todavía cierta convulsión y se escuchaban algunos gritos. Benavides seguido por seis o siete caballeros, llega hasta aquel sitio derribando a diestra y siniestra gentes que ruedan por las patas de los caballos tragando polvo y vomitando imprecaciones.

—¡Ea!… ¡villanos!… ¡despejad! —grita el capitán sacudiendo sobre las cabezas con el cabo de la lanza.

Todos se apartan; la multitud retrocede formando un vasto semicírculo, y dejando enfrente, aislado y ante la vista del capitán, un grupo verdaderamente extraño.

Eran dos mujeres, una de ellas anciana, y ambas con los vestidos desgarrados, la cabellera desgreñada, los labios fruncidos con el gesto de hienas, y los ojos salientes moviéndose con miradas de exterminio.

Las dos mujeres, medio inclinadas sobre el suelo, descargaban sus puños y se levantaban como sacudidas por los reparos de una mula.

Estaban montadas en algo que se removía, cubierto bajo el hilachero de las faldas.

A una señal de Benavides adelantáronse dos hombres del pueblo, y a fuerza de golpes y estrujones lograron apear y separar a las dos mujeres.

Entonces pudo descubrirse a la infeliz víctima de aquella refriega.

Era Pedro Valiente. ¡Desdichado!, estaba inconocible; nadie, aun sin el velo de la sangre, hubiera acertado a distinguir sus facciones en el grupo de los bodoques amoratados que los golpes habían sembrado sobre su rostro. Las barbas, entresacadas a jalones, formaban espantosas marañas, prendidas unas de otras y temblando como el heno que cuelga de las ramas de un cedro.

A veces la cólera del bello sexo es terrible.

Sobre aquella boca ensangrentada, sobre aquella nariz achatada, y sobre aquellos párpados cargados con el peso de anchas equimosis, había galopado más de una hora la vergonzosa desnudez de las dos mujeres.

Pedro Valiente se puso en pie sonriendo de una manera estúpida.

—Esas dos arpías, a la fortaleza —dijo Benavides señalando a las aporreantes. Entonces una de ellas, que era la tabernera, se encaró con el capitán, y haciendo por cubrirse los hombros con la camisa que colgaba hecha tiras por la cintura, le dijo:

—Yo no voy… aunque me hagan trizas…

—¡Ni yo! —dijo la otra procurando abrirse paso entre la multitud.

—¿Cómo es eso?… ¡perras brujas del diablo! —replicó Benavides; y aventando el caballo sobre la tabernera, la afianzó por un brazo y la lanzó por sobre el grupo de sus jinetes. Dejóse oír un inmenso murmullo.

La otra mujer, sobrecogida con aquel acto de brutalidad, cayó de rodillas.

Un nuevo caballero atravesó al galope toda la anchura de la plaza, llegó hasta donde estaba Benavides, y le dijo al oído algunas palabras.

—¿Sí? —dijo el capitán—, ¿y esa es la causa del tumulto?

—Sí, señor… pero en este momento se disponen a salir los heraldos para publicar la noticia. Prepáranse ya los funerales de don Hernando, y los mismos gobernadores se vestirán de luto, para no dejar el menor margen a la duda. Salazar y Chirinos quieren que se busque a los promotores del escándalo, y que aquí, a la faz del pueblo, se les castigue por sus embustes.

—Ciertamente; pero ¿quién se encarga de hallarlos? Yo lo más que puedo hacer es cargar sobre esta gente y hacerla picadillo a lanzadas…

—¡Oh!, no os apuréis por eso. Allí tengo entre filas media docena de villanos… no precisamente los culpables.

—¡Hola!…

—Pero sus mercedes los gobernadores quieren que se haga un ejemplar; me ordenaron aprehendiese a los primeros que se me vinieran a las manos.

—¿Y hoy mismo debo ejecutarlos?

—Sí.

—¡Ea!, pues despachadme a esos pobres diablos, y decid a los gobernadores que quedarán servidos.

El caballero se inclinó, picó los ijares de su corcel y partió, desapareciendo entre el gentío.

Pasado algún tiempo, cinco hombres y una mujer comparecían ante Benavides, bien asegurados con lazos, y custodiados por veinte alabarderos. Los hombres iban pálidos: la justicia protestaba desde el fondo de aquellas miradas inocentes, inundadas de asombro. La mujer iba mortal: gemía levantando al cielo sus ojos llenos de angustia, y sus torneadas manos ya denegridas entre los nudos del mecate.

El pueblo se agitaba presintiendo ya una catástrofe. Oyóse el toque de la trompa, y un poco después un heraldo anunció al público la tremenda justicia que se iba a ejecutar en las personas siguientes:

Lain Rodríguez, Francisco Matamoros, Francisco Güicochea, Juan Torrilla, Jorge Villadiego y Valencia, y Clara de Grijalva. Todos por haber desmentido la noticia de la muerte de Cortés, causando de este modo los desafueros cometidos con los portadores del anuncio.

—¡Mienten! —gritó Villadiego—; yo no he desmentido a nadie, ni sé lo que pasa, ni cometí desafuero con ningún hijo de cristianos. Vine a ver la zambra, y me cogieron, y esta es la historia.

—Señor —dijo Güicochea; vos me conocéis a mí y a estos hidalgos que me acompañan; todos hemos sido siempre fieles a vuestra señoría; juramos que todos somos inocentes… imploramos vuestra generosidad…

Benavides creyó reconocer al que de tal modo se expresaba; paseó luego su mirada sobre los otros, y no pudo contener un movimiento de sorpresa al descubrir que todos ellos, menos uno, eran antiguos y fieles servidores de su persona.

—¡Basta! —exclamó dirigiéndose a los alabarderos—; poned en libertad a esos cuatro.

Los soldados obedecieron. Los cuatro hidalgos se desbandaron dando gritos de júbilo, y sólo quedaron Jorge Villadiego y Clara de Grijalva, mirándose con la atónita fijeza del espanto.

—Éstos, al poste —dijo Benavides.

—¡Señor!… —gritó la mujer, viendo que la arrastraban hacia la columnilla donde se azotaba a los indios— ¡señor!… ¡tened piedad de mí!… ¡señores, compasión, por Dios!… ¡no para mí, sino para el hijo que llevo en mis entrañas!…

En efecto, aquella mujer, joven todavía, mostraba en su vientre las señales inequívocas de su fecunda maternidad.

—¡Por el diablo! —exclamó un hombre saliendo de entre los espectadores—. ¡Os habéis engañado, no es esa la culpable!…

Oíanse al mismo tiempo unos gemidos. El hombre aquel traía bien afianzado un blanco brazo, que asomaba retorciéndose con angustia.

Todas las miradas convergen hacia aquel punto. Los curiosos se apartan, y el hombre arrastra a los pies del caballo de Benavides a una joven hermosa, que ya sin fuerzas para mantenerse en pie, camina barriendo el polvo con sus rodillas.

—Ésta —dice el hombre—, ésta es, señor, la sola causa de todo el escándalo; ella ha jurado a todos los vecinos que la noticia es falsa, y dice que su mismo marido es el inventor de la muerte de don Hernando.

—¡Sí!, ¡sí! —exclaman dos viejas—, ¡esa es Juana Mancilla, sí!… a nosotras mismas nos ha dicho que no pasa todo de una broma…

—¡Cierto! —dicen otras—, ella es, Juana Mancilla.

—¡Mienten, por vida mía, todos estos bellacos! —grita a la sazón Pedro Valiente barriendo a todos con una mirada de coraje; desnuda su espada, y lánzase contra el hombre que tiene aferrado el brazo de la joven.

Trábase entonces en medio de los gritos una lucha, en que Juana Mancilla es pisoteada, Jorge Villadiego y la Grijalva ruedan bajo los caballos azorados, y Benavides, conteniendo el suyo que se encabrita sobre la cabeza de los combatientes, contempla el cuadro, mostrando con sus risotadas que halla gran fruición y divertimiento en aquella terrible revoltura de golpes.

En fin, Pedro Valiente, ya fatigado con las anteriores sacudidas, queda casi exánime bajo los puñetazos de su adversario. Villadiego se escurre entre la multitud, como una víbora por el sembrado. La Grijalva, desmayada, sale de la escena transportada sobre un tapextle, con los ojos bajos y amoratados, la boca entreabierta, y una mano sobre el seno y la otra lánguida y empolvada, colgando.

Quedaba la mujer de Valiente. A una señal de Benavides, un hombre la sujetó por los codos, y otros dos le quitaron la saya, y comenzaron a desceñirla sus ropas interiores. El pudor ultrajado, que pone en la mujer la ira, la fuerza y la bravura de los tigres, dio a los brazos de Juana Mancilla tal vigor, que los nudos no bien asegurados del cordel, se deshicieron, y el puño ya libre se disparó sobre los ojos de uno de los ejecutores, que quedó bañado en un raudal de sangre. Juana quiso evadirse; algunos curiosos compasivos le abrieron paso; pero aquel hombre, humillado con la risa de Benavides y embravecido con el dolor del golpe, asió a la joven por la cabellera, y de un lirón la hizo azotarse contra el suelo. Un grito de horror se escapó de todas las bocas. Las mujeres huyeron. Los hombres rechinaron los dientes y crisparon sus puños. No obstante, viendo brillar las lanzas, devoraron su indignación y quedaron inmóviles.

Juana Mancilla se incorporó apoyándose con una mano en la tierra; con la otra recogió tras de la oreja su pelo lleno de basura. Su semblante estaba cárdeno, su mirada hermosa tenía la divagación del aturdimiento, su nariz se dilataba jadeante, y la sonrisa de sus labios, tan blancos como los dientes, era, si es posible, dulce y feroz, despreciativa y doliente. Los otros dos ejecutores casi la contemplaban con lástima.

—¿Qué esperáis? —les gritó Benavides.

Entonces volvieron a apoderarse de la joven, y se renovaron las violencias. Aquello fue una baraúnda infernal, siniestra, vergonzosa, en que obscenos juramentos se mezclaban con gritos desgarradores, y pujidos de carnicero con invocaciones supremas a la Madre de Dios, pronunciadas por una voz femenil trémula.

Era el retozo de la muerte. Rebullíanse todos. Una basquiña convertida en harapos iba y venía, azotando la tierra y levantando espesas nubes de polvo. Entre la bruma podía distinguirse la promiscuidad espantosa de alpargatas, de manos, de brazos hercúleos, y unos muslos blancos desnudos.

Esto no podía prolongarse. Juana Mancilla quedó cubierta solamente por la camisa, y casi muerta, más bien por la vergüenza que por los estrujones y los golpes, fue llevada en peso al sitio fatal y atada al poste de la picota.

Entonces Benavides hizo la señal; vibró el azote y comenzaron los gritos. Nadie tuvo valor de escucharlos. La plaza, como escombrada por un soplo, quedó desierta.

7. Que dirá qué mañas se daba Negromonte para salir de apuros

Al día siguiente se celebraron con solemne pompa los funerales de don Hernando. Fray Roque pronunció un sermón donde las hazañas del conquistador quedaban reducidas al nivel de las aventuras más vulgares.

Con el hábil pretexto de purificar la memoria de Cortés y de aterrar y confundir a los calumniadores, enumeró todos los crímenes cometidos en la conquista, dando a la narración tales colores y tal acento de verdad, y acumulando tantas pruebas, que los oyentes se olvidaron por un momento de que fray Roque hablaba en nombre de los enemigos, y creyeron escuchar en la posteridad el fallo severo de la historia.

Algunos soldados de Cortés que asistían a la ceremonia quedaron corridos. Se agolpaba en sus frentes la sangre derramada en Cholula, crujían en sus oídos las cadenas de Cuauhtémoc y resonaban los lamentos de pueblos enteros pasados a cuchillo y presa de las llamas. Cada palabra de fray Roque parecía caer sobre los circunstantes como el cuerpo ensangrentado de una víctima: su voz tronaba como los templos idolátricos al derrumbarse bajo la espada de Cortés sepultando a las vírgenes en los escombros.

Después de haber narrado la historia del conquistador como Tácito la de Tiberio, fray Roque puso lo exclusa a su elocuencia, y cambiando de tono pronunció la frase aquella portentosa de fray Gerundio: esto es lo que dicen los impíos.

El inmenso pulmón del público no se dilató con un suspiro de satisfacción, como el de los sencillos moradores de Campazas. Fray Roque había dicho tales cosas y de tal modo, que aun tomadas de los impíos, tenían el sello de la verdad, y eran, como ésta, incontrovertibles.

Siguióse la refutación. Nadie creyó que esto fuese posible: algunos esperaban no se sabe qué prodigio del arte, por el que la memoria del difunto quedase tan reluciente como la hoja de una espada.

«Aquí está la fineza de mi negocio», pudo decir fray Roque, imitando la frase del ingenioso hidalgo de la Mancha.

La refutación estuvo, si se nos permite decirlo, diestramente inhábil. Se componía de esas disculpas que dejan traslucir el delito del acusado; y más que todo, la insolente desfachatez y la impotencia de los oradores vendidos a la injusticia.

Cuando acabó el sermón, los enemigos de Cortés se retiraron satisfechos, y sus partidarios cabizbajos y avergonzados.

Zancadilla, que era de estos últimos, decía tomando el camino de los arrabales:

—Dios perdone a este reverendo padre, que con su defensa nos ha metido una lanza entre las costillas… ¡Qué desatino!, dar tan delicada comisión a un animal de estos para que lo eche a volar todo por la ventana… Me alegro; esto les servirá de escarmiento.

Concluido el sermón, el padre Roque se dirigió al palacio.

Al llegar cerca de la puerta de la habitación donde hemos visto a Negromonte, llegó a sus oídos un rumor de voces que, al parecer, disputaban acaloradamente. Acercóse más y conoció que uno de los que altercaban con más violencia era el alguacil mayor, que casi ronco de gritar, exclamaba:

—¡He aquí la recompensa de mi amistad, el pago de mis sacrificios! ¡Sí!, me habéis traicionado miserablemente: ya que no halláis la fuerza en vuestros brazos, ni el valor en vuestros corazones, acudís al pretexto de la religión para perderme.

—Os engañáis, señor —decía otra voz que era la de Salazar—; fray Martín de Valencia… es…

—Fray Martín de Valencia —replicaba Paz—, es más honrado que todos vosotros. Él me lo ha dicho todo. Habéis ido a proponerle que me aprehenda, recordándole cierta acusación que se me hacía por no asistir al sacrificio de la misa. ¿No es cierto?

—Y bien…

—¿Y bien?… Y bien, tendréis que hacerme trizas a mí y a mis jinetes, antes de tocarme un cabello.

—¡Don Rodrigo!…

—Ya lo veredes.

—Os empeñáis en no comprendernos. Vuestra dignidad, que creéis ofendida, os lleva hasta los límites de la injusticia. Tened la bondad de oírnos…

—No tenéis disculpa…

—Aquí no se trata de cometer un desafuero con vuestra persona, don Rodrigo. Se trata solamente de poner en práctica los usos legales.

—¡Por Santiago!, ¿bautizáis con ese nombre la estafa?, ¿llamáis usos legales romper las puertas del hogar abandonado a nuestra vigilancia, y pillar a los ausentes hasta el último maravedí que ganaron con el sudor de su rostro?… Os digo también que pasaréis sobre mi sangre para tocar los bienes de don Hernando.

—¿Luego vos queréis utilizarlos a toda costa?…

—Responderé cuando reconozca en vos el derecho de pedirme cuenta de mis acciones.

—Pudiera ser que le reconociéseis hoy mismo…

—¡Cáspita!, si no conociera cuán frágil es el pedestal de vuestra autoridad, me harían temblar esas palabras.

—Esos que decís, pueden comprometeros…

—¡A mí!…

—¡Sí… a vos!

—¡Rayo de Dios!, ¿osáis amenazarme?…

Fray Roque dejó de escuchar por atender a unos precipitados pasos que resonaban a sus espaldas. Pronto vio aparecer a Negromonte.

—¿Qué hacéis aquí? —preguntó éste.

—¡Favete linguœ!…

—¿Qué pasa?

—¡Ausculta!…

Iba a escuchar don Pedro, cuando se abrió la puerta y salió Rodrigo de Paz como llevado en alas de la cólera, y les lanzó al pasar una mirada llena de indignación y de desprecio.

Negromonte le siguió con otra de lástima. Después penetró en el aposento, seguido por el padre Roque.

Salazar se adelantó a su encuentro, refiriéndole todos los pormenores de la disputa habida con Rodrigo de Paz. El alguacil mayor se había mostrado bravo, como de costumbre, y negábase a permitir que se tocasen los bienes del difunto.

—Hoy mismo —replicó Negromonte, dirigiéndose a Salazar— iréis a visitar a don Alonso Estrada. Le ganaréis con la promesa de la libertad, como logre aquietar a Paz y persuadirle a obrar en el sentido que nos proponemos.

—¡Bah!, ¿y qué necesidad tenemos ahora de la astucia?

—¿Olvidáis, señor, que ese hombre tiene ocultos con los bienes de Cortés algunos centenares de armas de fuego, y que no le es difícil con esto y con su dinero improvisar una legión muy superior a la nuestra? Por otra parte, todos esos hombres que son la salvaguarda de nuestras personas, no se moverán, así podían vernos en el mayor aprieto, en tanto que no queden satisfechas las enormes promesas con que tuve que comprar su fidelidad. Partid, señor, y yo os avisaré cuando sea tiempo.

Salazar, que como hemos dicho adolecía de una cautela exagerada, que nunca oponía la más leve objeción a todo lo que fuera rodearse de seguridades, salió inmediatamente, mandó disponer un caballo y partió al galope tomando el rumbo de la fortaleza.

—Creo que se camina —dijo fray Roque.

—Temo —replicó don Pedro— que Alonso Estrada no se fíe de Salazar, ni Paz de don Alonso. No importa; en todo caso buscaremos otro expediente, aunque tengamos que aventurar una batalla… Pero necesitamos aún que este hombre viva mientras no seamos dueños del secreto que nos debe dar la posesión de los bienes de don Hernando.

—¡Oh, sí!, ante todo es preciso henchir la codicia de vuestros capitanes. Ahora yo os aconsejaría que desde hoy mismo aumentáseis el número de vuestras gentes. Los amigos de Paz son numerosos, conocen o sospechan adónde tienden nuestras miras, y se agitan con una actividad amenazante.

—Lo sé, y todo está ya preparado para un conflicto. Sin embargo, me siento débil mientras no destruyamos el último y acaso el más formidable apoyo de Rodrigo de Paz.

—¿Habláis de sus arcabuceros?… me parecen pocos, y oprimidos entre las filas de Benavides y Barrientos son impotentes.

—Pero notad que los castellanos de Barrientos no merecen nuestra entera confianza. Todos ellos, atraídos un instante por el oro que hemos puesto en sus manos, se volverán contra nosotros cuando Rodrigo de Paz haga brillar ante sus miradas codiciosas un premio que no nos es dado aventajar en las presentes circunstancias. Con todo, mis temores no son causados por esa gente, sino por un hombre que goza de tan gran prestigio en la colonia, que puede, si se le pone en la cabeza, provocar un cataclismo que nos confunda. Este hombre es Francisco de Medina. Arróyave era terrible en la batalla, y Paz le envió para que destruyese a las legiones de Mendoza. Pero aquí en la ciudad Paz necesitaba un hombre, no sólo audaz, bravo, temerario, sino amado, respetado por los vecinos más influyentes, amigo de todos los espadachines y compinche de todos los aventureros.

He aquí por qué me opuse a vos y a Salazar cuando queríais enviarle contra Benavides. Fue gran fortuna que Rodrigo de Paz necesitase aquí a Medina; si este capitán se hubiera presentado en el combate, podéis asegurar que la mayor parte de los nuestros, o quiebran sus espadas, o las vuelven en defensa del enemigo.

Ahora no se me ocultan las maquinaciones de los descontentos: los amigos de Rodrigo de Paz se creen fuertes, lo son realmente con el influjo de Medina, y se cuidan poco de que conozcamos sus aprestos, y aun se atreven a levantar la voz para amenazarnos. Pero no es la fuerza lo que se requiere en este caso. Medina…

—¡Con mil de a caballo! —exclamó a la sazón una voz de trueno, por fuera de la puerta—; ¡si no franqueáis la entrada, os acogoto, villano, miserable!…

Casi al mismo tiempo se abrió la mampara y apareció Barrientos con la faz lívida, la barba temblorosa, y con el ojo que parecía despedir un chorro de chispas. Hizo un vano esfuerzo por aparecer tranquilo, saludó al franciscano y tendió la mano a Negromonte.

Éste hizo a fray Roque una imperceptible señal de inteligencia, e hizo sentar junto a sí al capitán Barrientos.

—Os esperaba —le dijo—, para felicitaros por vuestro valor, y haceros presente la alegría que experimento al veros sano y salvo después del combate.

—¡Por vida mía, señor! —exclamó Barrientos escarmenándose las barbas con una mano convulsiva.

—¿Qué tenéis?…

—¿Qué?… que soy un cobarde, o más bien, un imprudente y un bestia… debíais felicitarme con una zurribanda de mecatazos.

—¿Pero qué os pasa, capitán?…

—¡Canario!… que me han robado, que me han despellejado, que se han hurtado hasta el último doblón, y heme aquí más miserable que el último de los mendigos.

Fray Roque y Negromonte se vieron con una fingida admiración, y manifestaron grande interés por las palabras de Barrientos.

—Venía yo —continuó el capitán siempre agitado—, venía yo de cumplir vuestra comisión… y os diré de paso que quedáis servido…

—Sí… continuad…

—Pues bien; no me fue posible reunirme al grueso de las fuerzas. El asunto era muy dilatado. Ese maldito encomendero me entretuvo hasta que se me vino encima la noche. No había remedio, a esas horas quise marcharme. Pero… ¡qué demonio!… ¿para qué os he de fatigar con el relato de mi vergüenza?… Nos internamos en el monte; caen sobre nosotros una docena de bandidos, matan a dos criados, me hieren el caballo; caigo al suelo, unos me sujetan y otros arrean con todo lo que llevo… Ahora, yo no vengo aquí para que me paguéis lo que he perdido por mi falta de valor o de previsión… quiero solamente que os entendáis con mis soldados, que reclaman con sobrada justicia el cumplimiento del contrato…

—¿Pero quién se aventura —dijo fray Roque—, a tales horas y por semejantes vericuetos, y cargado con tan enorme cantidad de doblones?… ¡Ah!, ¡Dios perdone a vuesa merced, señor capitán!…

—¿Y no sospecháis quién será el salteador? —preguntó Negromonte. Harto le importaba saberlo.

—¡Bah! —dijo Barrientos—, si yo os lo dijera con franqueza…

—Hablad, capitán, nombrad a quien os parezca sospechoso, y sea quien fuere, se le perseguirá hasta el fondo de la tierra. En todo caso, aún me quedan algunas sumas para reparar en lo que fuere posible vuestras pérdidas…

—Gracias, señor… —un fogonazo de arcabuz alumbró el rostro del bandido—, y creo que…

Negromonte se agitó en su asiento, fray Roque se inmutó y apenas pudo contener un grito de sorpresa; se había abierto la mampara y había aparecido en el umbral un hombre ante-calvo, de barba cana, el mismo que hemos visto alguna vez en el despacho de Negromonte. Era Zuleta, un bravo, temible por su valor y su astucia.

Barrientos, que daba la espalda hacia la puerta, no había visto al recién llegado, y siguió conversando. Nadie le escuchaba.

Los ojos de fray Roque parecían querer saltar de sus órbitas para hablar a Zuleta.

—Capitán Barrientos —dijo Negromonte pronunciando estas palabras con voz sonora—, nada habréis perdido mientras quede un doblón en las arcas del reino…

Zuleta permanecía impasible.

Fray Roque dejó caer su breviario con el ánimo de distraer un instante la atención de Barrientos, mientras Negromonte podía hacer una seña a Zuleta.

—Perdonad —murmuró éste—; creí que sus mercedes estarían menos ocupados.

Barrientos volvióse para ver al que hablaba.

—¡Por el rabo de Lucifer! —exclamó saltando del asiento—, ¡ahí tenéis el bandido!

Zuleta, por una imprudencia sin ejemplo, hizo un movimiento para escaparse; pero el terrible capitán saltó sobre él como una pantera, y le asió con las dos manos por la garganta.

—Todo se ha perdido —murmuró convulso fray Roque.

—¡Por vida mía! —dijo Barrientos arrastrando a Zuleta hasta el centro de la habitación.

Y luego añadió recalcando siniestramente sus palabras, y viendo con malicia a fray Roque:

—Mucho me temo que este miserable haya venido aquí al palacio a dar cuenta de su comisión a los gobernadores.

Zuleta, que era vigoroso, trató de quebrantar el círculo con que le sofocaban los acerados dedos de aquel gigante; la cólera del capitán subió de punto, empeñóse la lucha y comenzaron a rodar los sitiales y a tronar como de costumbre los juramentos.

—Estamos perdidos —repitió fray Roque, buscando la puerta.

—Estáos aquí —replicó Negromonte con una calma imperturbable.

Después se encaminó hacia los dos combatientes, tomó las manos del capitán que aún permanecían estrechadas sobre el cuello de Zuleta, y las separó con tan extraordinaria facilidad, que Zuleta, fray Roque, y más que todos Barrientos, se quedaron asombrados con aquel prodigio de fuerza.

—Perdonad, capitán —dijo Negromonte—; ya que habéis tenido la rara fortuna de descubrir al criminal, abandonadle en manos de la justicia. No me quitéis esta ocasión de hacer un terrible ejemplar, para escarmiento de todos los aventureros que comienzan a infestar el reino con sus maldades. Fray Roque… tened la bondad de llamar al jefe de la guardia.

El fraile obedeció. Zuleta cambió con Negromonte una rápida mirada de inteligencia, y esperó con aparente sumisión que se cumpliesen las órdenes del secretario.

No dilató en aparecer el jefe a la cabeza de cuatro arcabuceros.

—Aprehended a ese hombre —dijo Negromonte, designando a Zuleta.

Éste quiso excusarse; después oponía una ligera resistencia, y por último fue sujetado, y salió maldiciendo a todos con gran satisfacción y aparente enojo de Negromonte.

Barrientos le vio salir, y luego que hubo desaparecido, volvióse a don Pedro, se cuadró enfrente de él, y dijo, dando a su fisonomía la expresión de una sarcástica sonrisa.

—Os doy las gracias, señor Negromonte; pero hoy mismo recojo la palabra que os tengo dada.

Negromonte no pudo ocultar su sorpresa. Barrientos lo había sospechado todo. Barrientos conocía que la prisión de Zuleta era una vana fórmula para salvar un compromiso del momento. ¿Y qué hacer si el capitán le abandonaba precisamente cuando Paz, acaso armado, y el pueblo próximo a una rebelión en pro del favorito de Cortés, hacían tan críticas las circunstancias?

—¿Dudáis de nosotros, caballero?… —preguntó Negromonte con el tono de la delicadeza ultrajada.

—¿Qué queréis?…

—¡Caballero!…

—Mirad… estoy cierto… yo hablo con franqueza; ¡qué diablo!, estoy cierto que ese hombre con quien habéis aparentado todo el rigor de la justicia… ese hombre saldrá mañana de su calabozo… tal vez ni entrará en él… es un amigo…

—¡Basta, capitán! Habéis sido hace poco la víctima de ese miserable, y la cólera os ofusca hasta el grado de proferir un ultraje… Si ignorárais que no acostumbro a soportarlos de nadie, yo os pediría cuenta aquí mismo del que acabáis de hacerme; pero me conocéis, y no tomaréis a cobardía que os dé las pruebas todas que gustéis exigirme para convenceros.

—¡Oh!, sí… os conozco… pero me habéis quitado a ese hombre de las manos…

—¿Y creéis que esto no sea más que una farsa para salvarle?…

—Se ven tantas cosas…

—¡Basta!…

Negromonte se dirigió a la puerta donde fray Roque presenciaba la escena, y dijo al fraile:

—Haced que suba al instante Moncada.

Después fue a la mesa, tomó la pluma y trazó rápidamente en un pliego algunas líneas.

El jefe de la guardia volvió a aparecer y se adelantó con sombrero en mano hasta la mitad del aposento.

—Estoy a vuestras órdenes —murmuró.

—Ensillad el mejor de vuestros caballos —le dijo Negromonte—, y llevad esta firma al alcalde de la fortaleza.

Moncada recibió el pliego, le guardó en su escarcela, hizo un saludo respetuoso, y desapareció.

—Ahora —continuó el secretario dirigiendo la palabra a Barrientos—, tened la bondad, señor caballero, de pasar dentro de una hora por la explanada de la fortaleza, y volved a verme para que hablemos.

—Bien está —replicó el capitán, tendiendo la mano a Negromonte.

Poco después éste y fray Roque se encontraban solos.

—¿Y cómo pensáis satisfacer a ese hombre? —preguntó el fraile.

—Castigando a Zuleta.

—¿Cómo?…

—Ahorcándole.

8. Un desengaño

Estrada había logrado convencer a Rodrigo de Paz, conviniendo con éste en soportar con hábil disimulo todos los abusos del gobierno, mientras podían organizar medios más sabios para derribar de un golpe la tiranía que les amenazaba. El alguacil mayor, a cuyos ojos Estrada hizo brillar un porvenir de lisonjeras esperanzas, convino en ceder a los gobernadores parte del tesoro, poniendo por sola condición la seguridad de su persona. La ciudad, que por tercera vez había vuelto a ser presa del terror y la alarma, vio con gran gusto que se disolvían los grupos sospechosos, que los arcabuceros apagaban las mechas, y los cañones rodaban a los depósitos del arsenal, sin llevar ya en sus fauces oprimido el bote de metralla.

Pasaron dos días. Eran las once de la noche; las calles envueltas en la oscuridad y empapadas por una menuda lluvia, estaban desiertas. Sólo un hombre bien arrebujado en su capa y caídas las alas del sombrero, se encaminaba a grandes trancos por las calles que conducían a una gran casa llamada también Palacio de Cortés. Allí tenía aposentadas el conquistador a muchas nobles damas, hijas, madres, mujeres o hermanas de los caciques que habían sido muertos o prisioneros en las luchas de la conquista. Pronto se detuvo el caballero enfrente de una ancha puerta, y llamó, dando tres golpes con la palma de la mano. Según la costumbre creada por el temor en aquellos tiempos, abrióse una ventana, y una voz como caída de las nubes sujetó al recién llegado a un escrupuloso interrogatorio. Pero éste se prolongaba demasiado, y el caballero no debía ser un modelo de paciencia; porque al fin, retirándose algunos pasos de la puerta, y procurando ver al que le interrogaba, exclamó con el acento con que rompe la cólera mucho tiempo reprimida:

—¡Con mil truenos!, si no queréis abrirme, decid al señor Diego de Ordaz que necesito hablarle.

—Seréis obedecido —replicó la voz de la ventana.

—Decidle —añadió el caballero— que me manda aquí su merced el alguacil mayor, y que el asunto es de mucha urgencia.

—¡Por vida mía!… —exclamó una nueva voz juvenil y robusta—; ¡sois vos, capitán!… dispensad… no os había conocido…

A poco rechinó la llave en la cerradura; se abrió el postigo, y apareció un hombre trayendo una linterna cuyo foco alumbró en el semblante del desconocido las facciones del capitán Francisco de Medina.

—¡Perdonad! —replicó el otro, haciendo pasar al capitán y volviendo a cerrar la puerta—; ¿qué novedad ocurre? Ha días que vuestra presencia en este sitio es un augurio de fatalidades…

—¡Ea!, detengámonos aquí…

—¿No pasáis?…

—No: es muy corto lo que vengo a deciros, y aquí estamos completamente solos…

—Estáis agitado…

—Lo que pasa es horrible… —dijo Medina deteniéndose—. Ayer he sido sorprendido por don Alonso…

—¡Demonio!… os lo anunciaba yo todos los días. ¿Y qué ha pasado?…

—El infierno… ya os lo diré todo… para salvar a doña Luz necesito marcharme, y parto hoy mismo, antes que llegue la mañana, con el pretexto de adquirir noticias de don Hernando… tenéis permiso de don Rodrigo para acompañarme, y seré dichoso si tenéis a bien emprender conmigo la jornada.

—Iré con vos hasta el fin del mundo, capitán, e iré gustoso por serviros y salir de esta inacción que me consume; pero traeréis órdenes, supongo, relativas a esa dama que el alguacil mayor ha confiado a mi cargo.

—Sí, tal; la llevaréis al monasterio de San Francisco, donde quedará encomendada en las manos del padre Valencia. Sabéis que Chirinos la persigue frenético: éste ha sabido que Isabel se encuentra aquí con las demás indias nobles, y hoy mismo, con el pretexto de registrar los bienes de Cortés, vendrá aquí para buscarla.

—Es decir que hoy mismo…

—No hay tiempo que perder… entregad este pliego a esa joven, y ella os seguirá al instante. Os espero.

El hombre que tenía la luz la colocó en el suelo, y corrió, perdiéndose bien pronto en la negrura que llenaba el fondo de aquella entrada.

Medina, fijo en un pensamiento, se quedó inmóvil contemplando la flama a través de los nublados vidrios de la linterna; el agua con que la lluvia había empapado su sombrero, formaba en el borde del ala varias trémulas gotas que se desprendían de cuando en cuando midiendo los instantes con la lenta regularidad de un péndulo. Aquella cabeza pensativa se irguió de repente; sonaban pasos en la calle.

Medina tocó un muelle de la linterna, y una lámina de hierro se interpuso en el foco, y la luz pareció extinguirse. Los pasos resonaron más cerca; Medina entreabrió el postigo y se puso en acecho. Vio entonces que se aproximaba una sombra que llegaba a la puerta, y allí se detenía como buscando una guarida para escaparse de la lluvia.

—¿Quién será el majadero?… —pensó Medina—; ¿si tendremos que quitar de aquí a este impertinente dándole una estocada?, mucho temo que el señor Pero Almindes no ande por aquí metido en el cuerpo de uno de estos animales nocturnos…

Aquel desconocido sacó el brazo por debajo del ferreruelo, al mismo tiempo que una cosa que llevaba en la mano topó casualmente en los tablones de la puerta y despidió un sonido armonioso, fugaz, trémulo, que no dejó duda a Medina de que aquello era un instrumento de cuerda.

En efecto, el hombre aquel no dilató en hacer oír un hábil preludio; poco después comenzó a ejecutar, acompañada con la voz, una especie de serenata, puesta en el tono que llaman menor los inteligentes. El tono menor es ciertamente el idioma del dolor y de la tristeza. Cada una de sus notas parece escaparse del pecho alabastrino de una virgen llorosa; enajena la mente, hiela la sangre y retumba sobre el corazón con la terrífica dulzura de un ¡adiós! que se hunde para siempre tras de los horizontes de la vida. El aliento muere en los labios, los ojos se nublan, la frente cae sobre las manos, el pensamiento se transporta a una región de melancólicos recuerdos. Medina escuchaba no sin conmoción aquel cantar impregnado de ternura. La voz era robusta, varonil; temblaba lo suficiente para remedar la expresión de un llanto apenas contenido. El laúd resonaba a lo lejos con la celeste suavidad de las arpas eolias.

El tono menor producía todo su encanto.

Medina soñaba, a pesar suyo. Cada una de aquellas vibraciones evocaba en su mente vagas imágenes como esbozadas en la bruma de un sueño.

Ya era un claustro solitario recorrido por el eco fatídico de una campana; ya las negras bóvedas de un templo resonando con las melodías del órgano, y los himnos de un coro de vírgenes; ya el susurro de la noche entre la espesura que ondea sobre los sepulcros. A veces, asociaba a la voz un rayo de luna atravesando por los almenares de un castillo, y derramando su claridad sobre la frente melancólica del trovador, e inspiración en su mirada fija en el azul del cielo.

Ciertos recuerdos de la infancia parecían llegar, pasar y desvanecerse, huyendo sobre el círculo arrebatado por el aire, a las cuerdas de aquella cítara nocturna. Parece que aquel exceso de ternura que la música pone en el alma, busca para desahogarse todo lo que se ama en la vida. Hubo un instante en que Medina, sin saber por qué, pensó en su patria. Parecíale oír con la armonía el dulce murmullo con que las ondas del Genil se despiden de las cumbres de Sierra Nevada, al despeñarse entre las márgenes del Betis, para perderse en el océano.

La trova duraría diez minutos. Calló después, y Medina volvió de su éxtasis, para seguir observando los movimientos de aquel desconocido.

Éste guardó su laúd y esperó algunos instantes esa otra divina armonía con que responde al trovador el rechinar de un gozne cuando la vidriera gira a los impulsos de una blanca mano. Pero pasó el tiempo, y nada se oía; entonces el galán se adelantó hasta la mitad de la calle, inclinóse como tratando de buscar un objeto, y anduvo así hasta que seguramente logró encontrarle. Después se enderezó, hizo un movimiento brusco, y al mismo tiempo se oyó retumbar sobre las puertas de un balcón una pedrada fuerte como el estallido de una bomba. Medina se estremeció involuntariamente. Aquel trueno lúgubre, repetido por los ecos, se propagó como un ¡alerta! en las profundidades de la noche.

La dama, insensible a los cantares, no debía serlo con aquel nuevo género de serenatas, porque muy pronto se oyó abrir el balcón, y una voz que debía salir de una boca hermosa exclamó dirigiéndose al desconocido:

—¿Qué me queréis?…

Lo que prueba que la susodicha dama estaba bien acostumbrada al enérgico lenguaje de su caballero.

—¡Loado sea Dios! —replicó éste—; os creía muerta, señora.

—Ya se conoce…

—Tenéis un sueño que lo envidiarían los siete durmientes.

—Soy joven.

—¿De cuántos años a la fecha?

—¡Os estáis empapando!…

—¿Y qué?…

—Podéis tomar un romadizo.

—¿Lo creéis contagioso?

—Tal vez; mas yo lo sentiría por esa joven, que os tiene tan inmenso cariño…

—¿Vos, señora?…

—Juanita.

—¡Cáspita!, ¿insistís en dármela por novia?

—Yo, no…

—¿Queréis enojaros?… ¿por qué no buscáis un pretexto menos miserable que esos celos sin fundamento?

—¡Hipócrita!…

—¡Ángel mío!…

—En fin, ya os tengo dicho que no quiero hablaros; bien podéis apedrear mi puerta con guijarros o con canciones, os repito que esta es la vez postrera que nos vemos. ¡Quedad con Dios!…

—¡Cómo! Señora, tenéis tal amor a vuestra cama; ¿por no dejar un instante las cobijas, rompéis, bajo el pretexto de los celos, vuestro amor y vuestra palabra?…

—Vos los habéis roto con vuestra perfidia.

—¡Demonio!… ¿seguís pensando en Juana?

—Dios os dé buena noche…

—¡Oíd, señora!…

—Me voy…

—Os juro por Cristo que no me ligan a esa joven sino los lazos de una amistad pura…

—¡Toma!… ¿y adónde van a tener las amistades puras entre dos pícaros de diferente sexo?… dispensadme…

—La respuesta es fácil, señora; van a tener adonde yo estoy estorbando que lleguéis vos y el capitán Francisco de Medina.

—¡Zamora!… sois un infame…

—Soy un pobre diablo…

—¡A ver!… decidme… explicáos… ¿por qué abrigáis esa indigna sospecha que os llena de baldón a vos mismos?… ¿qué razón tenéis para calumniarme?…

—Quedad con Dios, señora.

—¡No!, infame… nos os iréis de aquí hasta haberos justificado.

—Dios os dé feliz noche.

—¡Zamora!…

Aquel grito no obtuvo más respuesta que el rumor de unos pasos que se alejaban. La dama permaneció en vano asomada al balcón. Zamora no volvía.

—Aquí me tenéis —dijo una voz a las espaldas de Medina.

El capitán descubrió la lámpara y vio a Diego de Ordaz, en cuyo brazo se apoyaba una dama.

—¿Estáis ya dispuesta, señora?… —preguntó.

—A vuestras órdenes, señor —repuso la argentina voz de Isabel Dorantes.

Medina dio el brazo a Isabel. Ordaz se envolvió perfectamente en su ferreruelo, tomó la linterna y salió por delante, alumbrando el paso a los dos jóvenes.

La dama del balcón siguió con la vista el rastro de la luz hasta perderla tras la próxima esquina.

Después murmuró algunas palabras, y se retiraba para cerrar, cuando nuevas pisadas resonaron en la dirección por donde Zamora acababa de ahuyentarse.

—¡Zamora!… —volvió a gritar la dama.

—¡Silencio! —replicó el galán, que no había hecho más que ocultarse en una puerta.

—¿Qué pasa?…

—Viene gente.

La dama enmudeció; Zamora volvió a su escondite.

En efecto, por el extremo de la calle desembocó un turbión de voces y pasos, que hacían suponer una veintena de personas. De repente todos callaron; parecía que alguna voz de mando encargaba el silencio al penetrar en aquellos sitios.

Un grupo de sombras llegó hasta la puerta del palacio, y se detuvo.

—¿Barrientos?… —dijo alguno.

—Aquí me tenéis —dijo una ronca voz, que era sin duda la del capitán de ese nombre.

—Aquí tenéis la casa —dijo el otro, designando entre las tinieblas el balcón donde permanecía medio asomada la novia de Zamora—; tomad seis hombres, y ponéos a la obra, mientras yo registro el palacio.

—¿Insistís? —dijo un tercero dirigiéndose evidentemente al que había pronunciado las anteriores palabras.

—¡Bah! —dijo éste—; caro ha de pagar esa mujerzuela su complicidad con Albornoz en el petardo de estudiante que sufrí aquella noche. Con todo; si sospecháis que la persona que buscamos se encuentra oculta en esa casa, dejad para otro día el negocio, y no os ocupéis de esa persona.

Dicho esto, el que hablaba se acercó a la puerta, y llamó con dos golpes imperiosos, casi groseros. La ventanilla que se había abierto para Francisco de Medina, se abrió de nuevo, y la misma voz de entonces gritó al desconocido:

—¡Ea!, ¿qué se os ofrece a tales horas?

—¡Abrid!…

—¿Quién sois?

—¡Que abráis os digo!…

—Avisaré.

—¡Ay de ti, si pronuncias una sola palabra!… calla y ábrenos, o mando que te descuarticen.

El infeliz atalaya del palacio desapareció de la ventana, y a los dos minutos abrió de par en par las puertas, y apareció alumbrando con una sucia palmatoria su azorado semblante.

—¡Ah! —exclamó—, sois su merced… ¡el señor gobernador!…

—¡Guía!… —dijo Chirinos, que en efecto era el que había llamado.

El hombre de la palmatoria comenzó a andar seguido por el gobernador y otros ocho o diez caballeros. Todos estaban embozados; todas las capas formaban por detrás un ancho pliegue levantado por la contera de una espada.

Se internaron por un dilatado corredor en cuya balaustrada se entrelazaban la madreselva y los rosales. Llegados a la extremidad del corredor, torcieron por otro semejante, donde se abría, lleno de esculturas, un elevado frontispicio. Por allí se recibía en el rostro un hálito de frescas brisas perfumadas. Oíanse caer las gotas de la lluvia sobre las hojas: un farolillo suspendido a la bóveda, enviaba sus reflejos sobre la vaga espesura de los árboles que se movían con un susurro halagador tras los barrotes que cerraban un arco del fondo. Aquella reja estaba en el extremo de otro pequeño corredor cuya entrada era el pórtico. En sus costados se veían varias puertas.

—¿Y esto? —preguntó Chirinos señalándolas.

—Son —replicó el guía— las habitaciones de las damas.

—¿Son las únicas?

—No, señor… siguiendo este segundo patio, se hallan otras.

—Bien —replicó Chirinos. Después, dirigiéndose a uno de los embozados, le dijo—: Seguid a este hombre a las habitaciones de esas damas.

El hombre aquel se separó de allí con otros cuatro, y precedidos por el de la palmatoria, abrieron la reja y se perdieron por el huerto.

Chirinos llamó entonces a la puerta; una voz de mujer preguntó desde adentro:

—¿Eres tú, Florinda?

—Sí —dijo Chirinos—; abrid a la justicia.

Este nombre causaba espanto.

Oyóse en el interior la sorda agitación producida por ese grito, que era una amenaza. Voces confusas, batahola de muebles y carreras de pies descalzos, dejaban adivinar que el rostro formidable del terror había asomado en aquel nido de mujeres.

—¿Abriréis?… —volvió a decir Chirinos haciendo resonar un puñetazo sobre la puerta.

Las voces de adentro se hicieron más angustiadas. Las carreras fueron más rápidas, y vino el silencio. Poco después se oyeron sobre la chapa los desacertados topes de una llave que no atinaba con la cerradura.

—¡Vamos! —gritó con voz de trueno uno de aquellos hombres.

La llave cayó al suelo.

Aquel hombre, que era Salazar, gozoso con el susto que había inspirado, se sonrió de una manera horrible.

Chirinos pudo oír entonces el roce de una mano que recorría el umbral, buscando la llave. De repente la mano ciega y temblorosa tocó la llave; y ésta, girando como la manecilla de un reloj, pasó por debajo de la puerta y fue a tocar el pie de Chirinos. Éste se inclinó para recogerla.

Un momento después, el feroz gobernador entraba con sus gentes a una habitación magnífica, relativamente a aquellos tiempos. Una joven india, estrechando entre su seno casi desnudo los pliegues de una ancha túnica de lino, estaba en pie interrogando a aquellos hombres con sus miradas. Más allá, tras los blancos cortinajes de un lecho se acurrucaban dos o tres mujeres. Veíanse también sus hombros desnudos, como saliendo del vaporoso contorno de una nube; rostros encendidos, vueltos para ocultar el rubor, dejaban ver entre las ondas de una negra cabellera la graciosa curva de una pequeña oreja sonrosada, o la mejilla, por donde brillaba con el trémulo fulgor de un estrella la gota diamantina de los pendientes.

Un deseo impuro asomó por las pupilas de Pero Almindes y de sus esbirros, devorando la voluptuosa redondez de aquellas formas: entretanto, un deseo más poderoso, más terrible, una largura odiosa, que podría llamarse la mano del gobierno, parecía salir por debajo del embozo de Salazar, y dilatarse y palpar la calidad y el peso de los diamantes.

—¡A ver… —dijo Chirinos con el tono de un contramaestre—; registrad el aposento, abrid esos cofres; que nadie salga; dos hombres abajo para cuidar la puerta!…

La joven india que aún estaba enfrente de Chirinos, viendo que los embozados aquellos se repartían por las habitaciones y comenzaban a trasegar los muebles, puso su mano sobre la del gobernador, y pronunció en claro español estas palabras:

—Habla… di qué quieres… ¿qué buscas?

—¿Y tú, quién eres? —preguntó Chirinos haciendo un gesto de repugnancia.

—Yo —dijo la joven reprimiendo apenas un movimiento de altivez—, soy Cozcatl, hija de Tomahuac, muerto en defensa de sus dioses y de su patria…

—¿Y esas?… —preguntó Salazar señalando a las jóvenes medio ocultas en el cortinaje.

—Espera —replicó Cozcatl—; no las toques… yo te daré lo que buscas…

Entonces fue hacia el lecho y dijo ciertas palabras que, pronunciadas en el idioma azteca, parecieron una jerigonza a Pero Almindes. En un momento las jóvenes aquellas se despojaron silenciosamente de sus joyas. La hija de Tomahuac recibió en la palma de sus manos varios pendientes, algunos hilos de perlas, y un sinnúmero de sortijas. Después los presentó a Chirinos, diciéndole:

—Aquí tenéis lo postrero que nos resta de la herencia de nuestros padres.

—¡Por acá!… —dijo Salazar extendiendo una mano.

Cozcatl puso allí las alhajas, y volvió a colocarse enfrente de las jóvenes, como si quisiera protegerlas con su cuerpo.

—Vamos —le dijo Chirinos—, haced que se descubran esas mujeres… quiero verlas.

—¡Ah, señor!… —exclamó Cozcatl cayendo de rodillas—; os juro que todo lo que poseíamos os lo hemos dado…

—¡Eh!… ¿me tomarás por un ladrón?, canalla… —exclamó el factor enrojeciéndose.

—¿No sois español? —preguntó Cozcatl dejando ver entre el espanto una mirada candorosa.

Aquella natural pregunta fue para todos el colmo de la insolencia, y el más sangriento de los ultrajes. Chirinos levantó los puños; Salazar se apresuró a contenerlo; pero uno de aquellos miserables que nunca faltan entre la comitiva de un tirano; uno de aquellos que nunca desprecian la ocasión de mostrar su vergonzosa fidelidad y su cobarde infamia, cuando el caso no les ofrece el más mínimo peligro, desnudó la espada y dio de plano sobre el rostro de la joven india, que lanzó un gemido tan horrendo como debió ser el dolor, y cayó sin sentido.

Tres gritos más resonaron entre las cortinas.

—¡Ea! —dijo Pero Almindes dirigiéndose a los esbirros—; tomad la luz y mostradme el semblante de esas mujeres; a fuerza, si resisten…

Entre todos los instintos de perversidad que la naturaleza ha colocado en el corazón de algunos hombres, existe uno, difícil de clasificar, pues participa indudablemente de todas las pasiones ruines aunque fecundas en atrocidades. Denegrido, solapado, feroz, cruel como la envidia, se ensaña contra todo lo justo, lo verdadero, lo bello. Frío e inexorable como la crueldad, se complace en las convulsiones de la víctima, se ríe del dolor, y hace escarnio de la muerte. Es un tesoro de rencor acumulado gota a gota en el fondo de una alma oscura cerrada a la virtud, al amor o la esperanza. Es una especie de locura infernal, nacida como los gusanos, de entre lo corrupto, lo abandonado, lo asqueroso, lo miserable. Es odio sin envidia, envidia sin tristeza, deseo de aborrecer, anhelo de vengarse en algo, de una vaga impotencia, de un sentimiento de inferioridad humillado por el espectáculo de la belleza, de la dicha, del contento y aun de la gloria.

No es la indignada contemplación del pobre que ve desfilar ante sus ojos las espléndidas carrozas donde marchan hollando al pueblo, la rapaz autoridad, el vicio afortunado, la felicidad egoísta. No era, pues, lo que se llama el odio de los pobres contra los ricos; porque el instinto de que hablamos se halla también en algunos hombres protegidos por la fortuna. Es un odio a todo, se liga a una especie de voluptuosidad en el mal, a un deseo satánico de irritar una herida, de empeorar una situación, de desenganchar unos deseos asidos como a la salvación en la rama que cuelga sobre el abismo. Los hombres de Pero Almindes tenían ese instinto.

Acercáronse: uno de ellos, cuyo nombre ha conservado la crónica, Ruiz Cobos, el mismo que había herido a la hija de Tomahuac, asió por una punta la estera que estaba sobre el lecho, tiró con sus fuerzas de toro, y arrastró de un golpe al grupo de las doncellas. Una rodó al suelo, dos quedaron en una posición inhonesta, asidas a los pliegues del cortinaje.

Aquello provocó la risa de los gobernadores. Pero una de las jóvenes se arrastró por la estera, arrebató una especie de escabel que tenía al alcance de su mano, y le lanzó con fuerza sobre la frente de Chirinos. Éste pudo escaparse, y el objeto se estrelló contra el muro.

Tan inaudito atrevimiento en una mujer que, siendo hija de indios, era considerada como inferior a las bestias, merecía un castigo peor que la muerte. Ruiz Cobos sujetó a la joven por la cintura.

Chirinos, ya convencido de que no se hallaba en aquella habitación Isabel Dorantes, que era el único objeto de sus pesquisas, se salió de allí con Salazar, en busca de nuevos aposentos, pronunciando al salir algunas cínicas palabras, que eran la orden de un tremendo castigo.

Ruiz Cobos y los demás secuaces del factor se estremecieron de gozo.

Aquellas jovenes, completamente solas, abandonadas a la siniestra ferocidad de los esbirros, fueron acometidas… ¡Qué horrible es la maldad cuando tiene la conciencia de quedar impune! ¡Qué honda desesperación maldita la de un débil, cuando arrastrado fuera de la sociedad y de la ley, combate sin tener por testigos más que la mirada impasible de Dios y la impura y sangrienta de sus verdugos!…

El robo y las escenas sacrilegas se repetían con otras damas en otras habitaciones del palacio. La tea que pone el colmo a las maldades, pretendiendo ahogarlas bajo el incendio, humeaba ya en las manos de algunos soldados españoles, cuando un estruendo de cascos de caballos y de armas y gritos salvajes, retumbó en los ámbitos del patio.

Un hombre entró corriendo adonde estaban los gobernadores, y con voz ahogada les dijo:

—¡Silencio, señores!… ¡acaba de llegar don Rodrigo de Paz!… Viene amenazante…

—¿Trae gente? —preguntó Chirinos.

—Sí —replicó el hombre—, viene con sus guardias.

—Bueno… salid a todo escape; Barrientos debe hallarse en la casa de Farfán; decidle que abandone todo y venga al instante.

Barrientos había quedado en la calle previniendo a su gente para cumplir las órdenes de Pero Almindes. Zamora, el trovador a quien dejamos oculto en el vano de una puerta, lo había escuchado todo. La joven del balcón tampoco había perdido ni una de las lúgubres palabras de aquella orden dada por Chirinos.

Cuando Barrientos se acercó a llamar en la puerta, la joven (que era aquella Sara a quien conocen nuestros lectores) fue a despertar a toda su familia, y todos pudieron escaparse con tiempo, aunque con gran dificultad, por las azoteas. Entretanto, Zamora había corrido a la casa del alguacil mayor. Rodrigo de Paz era jefe, protector y amigo de Zamora. Conocía sus amores. Debía ser el padrino de la boda, y era entonces el único que pudiera poner coto a los abusos que se preparaban.

Barrientos se mesó las barbas y arrojó tremendas maldiciones al hallar vacía la casa de Farfán. Hizo se registrasen hasta los muebles. Ya llevaban algún tiempo de estar en tal operación, cuando llegó el enviado de Chirinos. Barrientos reunió a toda su gente y marchó al palacio. En uno de los corredores se detuvo ante un grupo de caballeros que altercaban a grandes voces.

—¡Basta ya! —decía Rodrigo de Paz, dirigiéndose a Salazar y Chirinos—. Abusáis por tercera vez del poder que arrebatamos a Estrada y Albornoz para ponerle en vuestras manos. ¡O bien moderáis ese carácter tiránico y atroz que os arrastra al precipicio con la felicidad del reino, o fuerte como soy todavía para domeñar una asonada y hacer temblar a los rebeldes, haré que descendáis del puesto de esa autoridad que pretendéis trocar en instrumento de pillaje y de oscuras venganzas!

—¡Caballero! —exclamó Chirinos, cuya frente se enrojeció de cólera.

—¡Silencio! —replicó Rodrigo de Paz—; vos sois aquí el único móvil de lo que acontece. El amor, el odio que abrigáis por una dama que rechaza vuestro amor disoluto, es quien os trae a estos lugares en pos del desquite o de un impuro deleite. ¡Pero yo, Rodrigo de Paz, os juro que entre vos y esa joven hallaréis siempre la punta de mi espada!

—Lo que hallo siempre —dijo Pero Almindes enfurecido— es la punta de vuestra lengua. ¡Mostrad la del acero, y ya veremos si el espíritu que alienta vuestra vanidosa charla, da a vuestro brazo lo que le sobra al mío para aterrar a un miserable!

—¡Por Santiago! —exclamó Paz, desnudando la espada—. ¡Hartas ganas tenía de llegar a este lance; aquí me tenéis!

—¿Qué hacéis? —dijo a este tiempo Salazar, metiéndose entre las espadas—. ¡Rodrigo, en nombre de nuestra amistad, conteneos! ¡Chirinos!… ¡en nombre del honor, en nombre del reino, evitad un conflicto!…

A imitación de Salazar, otros diez o doce individuos se pusieron entre Paz y Chirinos. Cada uno de los combatientes fue aislado casi a fuerza, y conducido a gran distancia de su adversario. Por encima de los grupos de pacificadores se levantaban dos cabezas, la de Paz y la de Chirinos, arrojándose miradas impregnadas de cólera, y cambiándose horribles denuestos.

Salazar pugnaba por persuadir a Chirinos a que callase, recordándole cuán dudosa era todavía la situación, y temeraria una disputa con el alguacil mayor, rodeado aún de servidores fieles y de prestigio. Todo fue en vano: Chirinos, a quien todo le era indiferente mientras Isabel no cayese en sus manos, continuó descargando sobre el alguacil una tempestad de improperios.

—¡Aprehended a ese hombre!… —gritó Rodrigo de Paz.

Los esbirros que acompañaban al gobernador huyeron al escuchar estas palabras. Cinco hombres de los diez que traía don Rodrigo se acercaron a Chirinos y le ciñeron con un resplandor de picas.

—Vuestra espada, señor… —le dijo uno de los guardias.

—¡Obedeced!… —le dijo Salazar—, no seáis indiscreto…

—¡Mi espada —dijo Chirinos apartando con ella las picas que amenazaban su pecho—, mi espada me la arrancaréis con la vida!… atrás… ¡villanos!

Paz, viendo que los suyos retrocedían ante aquel amago, se volvió a Barrientos y le dijo:

—Capitán, sujetad a ese hombre…

En este momento, un caballero cubierto con una capa roja y un sombrero con pluma negra, apareció en medio de todos como una sombra evocada por los conjuros de la magia.

Era Negromonte; sus ojos terribles clavaron como dos puñales en el pecho de don Rodrigo. El alguacil mayor experimentó cierto involuntario terror ante aquella mirada, que tenía la inmovilidad y el brillo siniestro de la de una esfinge.

—¿A qué venís aquí? —dijo Rodrigo de Paz oprimiendo convulsivamente la empuñadura de su espada—. Marcháos si no queréis que vuestra suerte se confunda con la de vuestro cómplice.

—¡Barrientos! —dijo Negromonte.

—¡Señor!…

—Aprehended a ese caballero.

—¡A mí! —dijo Rodrigo de Paz.

—¿Qué esperáis? —dijo Negromonte a Barrientos.

Éste se adelantó a don Rodrigo y le pidió la espada.

—¡Cómo! —exclamó el alguacil mayor en el colmo de la sorpresa—, ¡vos!… ¡Barrientos!… mi soldado… ¡mi amigo!, ¿venís a aprehenderme?…

—Vuestra espada, señor.

Paz, fulminado por aquella traición que conoció hasta entonces, permaneció mudo y atónito por algunos momentos. Vínole después una reacción de cólera; la indignación envolvió su frente como en un velo de sangre; y ciego, desatentado, frenético, levantó la espada y arremetió con Negromonte.

Éste dio un salto hacia atrás y requirió el acero. Ninguno de los que presenciaron aquel lance supo explicar cómo, ni por dónde, ni en cuántos pedazos voló al primer golpe la espada de Rodrigo de Paz. Un silbido, un chorro de chispas azuladas, un grito de coraje, fue todo lo que vieron y oyeron los circunstantes.

—Sujetadle —dijo Negromonte envainando.

Rodrigo de Paz fue derribado; y la mordaza, que era forzoso aplicar siempre a los presos, llenó su boca; y los cordeles comenzaron a imprimir dolorosos círculos en todos sus miembros.

A una señal de Negromonte, Paz fue levantado como en cierta noche lo fue Jorge Villadiego, y llevado en peso por cuatro hombres, salió de palacio lanzando ahogados gritos de rabiosa impotencia.

Barrientos y sus milicianos le siguieron.

Cuando los dos gobernadores quedaron solos con don Pedro, Salazar, cobarde por naturaleza, y azorado con la temeridad del golpe que acababa de darse, interrogó al autor de aquello que él tenía por un desacierto:

—¿Y no teméis —le dijo— las consecuencias de esta acción? Rodrigo de Paz es poderoso todavía. Hoy, por la postrera vez, debíamos habernos presentado respetuosos y humildes…

—¡Humildes! —dijo Negromonte—; ya lo hemos sido mucho tiempo… sobre todo, si Dios guarda para los humildes el reino de los cielos, el diablo reserva el de la tierra para los audaces.

9. La catástrofe

Concluyamos.

Los pálidos resplandores de la madrugada comenzaron a penetrar por una reja colocada en la bóveda del calabozo, donde Paz, arrojado sobre las baldosas, y aún ceñido por las ataduras, había pasado en el insomnio las horas de una noche de angustia. Con la luz del crepúsculo parecía extenderse un velo de nieve por los muros de aquel recinto. El piso era negro, fangoso, frío también, por la trasudación continua de las aguas. Los miembros de Rodrigo de Paz se habían entumecido. Su rica vestidura y su brillante cabellera tenían costras de un barro infecto. La ira, la posición, los lazos que impedían la libre circulación de la sangre, los esfuerzos continuos para romperlos o aflojarlos habían puesto inyectados, casi apopléjicos, los ojos del alguacil mayor. Los cordeles que cruzaban sus manos corrían por hondos surcos de una piel hinchada y lívida.

De repente oyóse que se descorrían los cerrojos. Una pesada puerta giró sin hacer el menor ruido, y Salazar apareció llevando en su semblante hipócrita la misma respetuosa compasión con que otras veces había revestido su perfidia.

—¡Ira de Dios! —exclamó al entrar—. ¡Hola! ¡Montealto! —gritó asomándose ala puerta—. ¡Vilchis!… ¡Pero Afán!… ¡canalla!…

Pronto acudieron tres hombres, sofocados por la carrera.

—Quién os ha dicho —añadió el gobernador haciendo el ademán de embestirlos—; quién os ha dicho que debéis tratar a un caballero como el último de los miserables.

—Señor… —balbució apenas uno de los carceleros—: no hemos recibido órdenes…

—¿Quién es aquí el alcalde?

—Moncada… señor…

—Decidle que venga.

—Señor… Moncada no se encuentra en este momento en la…

—Bien, ya veremos… desatad a ese caballero…

Todos se pusieron a la obra. Tres puñales relucientes, y ligeros como la tijera, trozaron al instante los círculos de los cordeles.

Don Rodrigo, ayudado por los carceleros, se puso en pie, dando a Salazar las gracias con la expresión de una mirada.

—¡Afuera!… —dijo Salazar a los carceleros.

Éstos salieron cabizbajos; diríase que sus espadas se recogían hacia atrás, con el mísero temblor de la cola de un perro.

—Don Rodrigo —dijo Salazar cuando quedaron solos—, aquí me tenéis a vuestro lado, pronto a sacrificar por vuestra salvación mi puesto y mi existencia.

—Gracias… —murmuró Rodrigo de Paz.

—Sin embargo —continuó Salazar—; todo será inútil mientras vos, fiel, con justicia, a la memoria de don Hernando, no arrojéis sus tesoros en manos de Chirinos, quien exige este precio en cambio de vuestra vida.

—¡Tesoros!… —exclamó don Rodrigo—; decidle a Pero Almindes que todo lo que yo poseía de don Hernando ha pasado ya por sus manos a las arcas del fisco. El oro quintado en España. Sesenta mil pesos de oro que dijeron debía Cortés a las cajas reales. Doscientos arcabuces, cuatro piezas de artillería, seiscientas lanzas, y gran número de fardos que contenían los presentes de Moctezuma; y por último, cien vasos de oro que Cortés depositó en la casa de Gonzalo de Sandoval, han sido inventariados, y fueron recibidos por Negromonte. Ya nada queda sino la ruin fortuna que yo labré con mi trabajo; si la queréis, tomadla.

—Mirad que os perdéis, don Rodrigo.

—¿Y cómo evitarlo?…

—Mirad que Pero Almindes os tiene bajo su poder, y es un hombre inflexible.

—¿Y bien?… yo no podré dar ese tesoro que habéis soñado.

—¡Rodrigo!

—Así pudiérais aplicarme el tormento.

—¡Cuidado!, habéis pronunciado la palabra que el terror y la compasión detenían en mis labios.

Rodrigo de Paz palideció y tuvo que reclinarse en la pared para buscar apoyo a su cuerpo desfallecido. Vio que estaba decretada su perdición. La luz de una siniestra certidumbre iluminó hasta el fondo toda la hondura del abismo.

—¿Qué tenéis? —preguntó Salazar.

Rodrigo, después de haber tomado algunos instantes para serenarse, repuso con firmeza:

—Nada. Veo que vos, el único en quien yo confiaba para libertarme de las acechanzas de mis enemigos, no sois más que un nuevo traidor, enviado aquí para obtener por la amistad lo que nunca lograréis por las amenazas.

—Tanto peor para vos. La avaricia, pues no puede llamarse de otro modo el terco empeño que mostráis por ocultar esos tesoros, entorpece vuestro espíritu, y os hará el juguete de un mal cálculo. Seréis puesto al tormento y tendréis que confesar a gritos y entre las torturas, la palabra que, dicha hoy en mi oído, os volverá la libertad, los bienes, el poder mismo. Pensáis guardar ese dinero, y seréis tal vez despedazado, y al fin vuestro secreto saldrá saludado por el júbilo de Pero Almindes, mientras vos, sacrificado inútilmente, os sepultaréis en el olvido bajo la tumba. Cortés ha muerto: ¿quién os tomará cuenta de sus bienes? Si pensáis guardarlos para vos, don Rodrigo, mirad que nada valen los tesoros todos de la tierra, cuando despiden, como los de don Hernando, una aura venenosa, que si la respiráis, os hiere de muerte. Pronunciad una sola palabra…

—¡Basta! —exclamó Rodrigo de Paz, mostrando en su cabeza erguida la noble resolución que desafía el martirio; mi última palabra ya la habéis escuchado: ahora, haced lo que gustéis. Dios me mira, y aquí espero la muerte.

—¡Y dale! Os digo que os perdéis y me perdéis a mi, don Rodrigo.

—Id, y repetid mis palabras a vuestros cómplices… añadid: que si aquí muero abandonado por la justicia humana, queda en el cielo un tribunal que envolverá en un fallo de perdición eterna a los culpables.

—¿Os empeñáis?… —repitió Salazar, haciendo un ademán para retirarse.

Rodrigo de Paz le volvió la espalda.

—Bien —dijo Salazar con siniestra calma—. Pronto veréis la consecuencia de este capricho.

En seguida salió.

Pasaron dos horas. Paz, casi rendido por el cúmulo de reflexiones y recuerdos que vienen a agitarse en torno de un hombre próximo a la hora postrera, iba cayendo en ese sueño que duerme un sentenciado bajo la sombra fría de una ala de la muerte.

Los cerrojos volvieron a descorrerse. Rodrigo de Paz levantó el rostro y se encontró con Chirinos.

—¿Qué buscáis aquí? —le dijo.

—¿No lo adivináis? —repuso Chirinos.

—¡Ah! —exclamó don Rodrigo con amargura—; si fuérais verdaderamente noble, buscaríais mi espada.

—Mirad —dijo Chirinos—, yo que no he temido la vuestra cuando rodeado por vuestros esbirros érais dueño de mi vida, tampoco os temería solo y aherrojado en el fondo de esta mazmorra. Fácil me sería mandar que os devolviesen vuestra espada, y un momento de libertad para que cumplieseis vuestro antojo; pero yo no lograría lo que quiero… Abreviemos… En este instante se previenen para vos los aparatos del tormento. Salazar, vuestro amigo, mandará que os dilaceren las carnes y os pulvericen los huesos, mientras no digáis adónde están ocultos los tesoros de don Hernando. Pues bien, yo puedo salvaros a vos junto con los tesoros, como queráis decirme… adónde se oculta esa mujer que os empeñáis en…

—¡Miserable! —exclamó Rodrigo de Paz poniéndose en pie y levantando el puño sobre Chirinos—. Aunque ignorara que venís a engañarme con mentidas promesas; aunque no supiera que después de arrojar a esa mujer en vuestros brazos, vos me dejaríais en los de los verdugos, nunca os permitiera tocar, ¡infame!, ¡al débil que busca mi amparo en mi nobleza y protección bajo mi espada!

A este tiempo resonó por fuera de la puerta el golpe dado por las culatas de los arcabuces en las losas de la pieza inmediata. Moncada, el alcalde, asomó la cabeza y llamó por su nombre a Rodrigo de Paz.

—Esperad un momento —le dijo Chirinos; después se dirigió al alguacil mayor, y le dijo:

—Decidíos pronto.

—¡Atrás! —exclamó don Rodrigo, haciendo a un lado a Pero Almindes. Después se encaminó hacia la puerta, se colocó entre los soldados, y dijo al alcalde:

—Guiad, señor Moncada.

Rodrigo de Paz siguió por una inmensa galería, cruzó por varios pasadizos y llegó a un patio sin arcos, inculto, medio ruinoso, el mismo en uno de cuyos ángulos se abría la entrada de ese calabozo adonde poco antes resonaron las maldiciones de Zapata. Paz fue introducido en aquel antro.

Allí estaban ahora tres hombres; la mitad inferior de sus cuerpos estaba iluminada por turbios rayos de una linterna puesta sobre el suelo: las cabezas, de una inmovilidad fatídica, dejaban ver apenas el blanco de unos ojos siniestros. En un rincón veíase quién sabe qué bostezo iluminado por brasas. Era la boca de una hornilla. Encima, sobre las tinieblas, parecían flotar velos más negros que la noche, y escuchábase ese sordo habladero que sale del fondo de una olla hirviente. Se aspiraba un nauseabundo hedor de cochambre. La atmósfera, insensible a las ardientes emanaciones del brasero, conservaba toda la frialdad acumulada allí por el aliento de las profundidades.

Paz volvió a sentir que su cuerpo desfallecía. Aquellas brasas parecían mirarle desde el fondo de la eternidad, con una mirada de exterminio.

—Por vez postrera —dijo una voz que era la de Salazar—, os conjuro a que me digáis a do se ocultan los tesoros.

Paz buscó entre las sombras al gobernador, y fijándose en el bulto de uno de los carceleros, que le pareció Salazar, exclamó:

—¡Miserable!… ¿conque tenéis valor para convertir en realidad vuestras amenazas? ¿Conque yo me engañaba creyendo que conservaríais un resto de humanidad y de nobleza?…

—¿Qué queréis? —repuso Salazar—; echad la culpa a vuestra necia obstinación en guardar silencio…

—Pero esto es imposible —dijo Rodrigo de Paz enjugándose el sudor frío que corría por su frente—; lo que vais a cometer es un crimen…

—Llamadle como os plazca.

—¿Pero qué… pensáis asesinarme aquí en la oscuridad… sin testigos? Yo no pido la vida; pero sacadme afuera, juzgadme a la luz, y si tenéis justicia, ahorcadme ante la faz del pueblo…

—Eso lo veremos después… ahora no saldréis de aquí, mientras yo no sepa adónde tenéis esos tesoros.

—¡Ira de Dios!, ya os dije que Cortés se había llevado sus caudales. La parte que me dejó encomendada la tenéis ya toda, mi mismo patrimonio…

—¡Lázaro!… —dijo Salazar.

Uno de los tres hombres que allí estaban se acercó al gobernador, y después, a una señal de éste, se dirigió a Rodrigo de Paz y quiso tomarle por un brazo.

—¡Infame! —exclamó don Rodrigo amenazando a Salazar con el puño—; venís aquí para gozar con mi agonía… ¡pues bien!… —añadió buscando el puñal en su cintura—: ¡no mutilaréis más que un cadáver, si antes no logro abrirme paso por el vuestro! ¡Atrás!

Don Rodrigo levantó el brazo; pero una mano tosca, hercúlea, poderosa, le afianzó por el puño, mientras otras manos semejantes le sujetaban por el cuello, y unos brazos vigorosos le ceñían por las corvas.

—¡A la cama! —dijo Salazar.

En otro rincón del calabozo estaba una tarima, en cuyos bordes colgaba una hilera de argollas. Allí fue colocado de espaldas Rodrigo de Paz.

Un fuerte lazo pasó por su garganta y fue a anudarse en las argollas; otro lazo pasó por su pecho; después un tercero se enroscó por su vientre, y del mismo modo siguieron otros por las piernas, hasta dejarle en la inmovilidad completa. Rodrigo de Paz gemía sordamente; sus pies habían quedado fuera de la tabla. Un hombre se acercó a descalzarlos; otro tomó la linterna, se dirigió al brasero, y asomó la luz sobre una especie de caldera donde borbotaba un líquido. Era aceite.

—¡Erre!… —dijo el hombre sacudiendo una mano—; esto salta como demonio.

—Llena el jarro… —dijo otro de los hombres—, y acerca por aquí la candela.

—Vais a atormentarme inútilmente —dijo Paz poniendo en Salazar una mirada horrible a fuerza de ser angustiada—; pensad en Dios que nos mira en este momento. Él os pedirá cuenta de esta injusticia…

Salazar no replicó. De repente se oyó escurrir el líquido; Paz lanzó un grito agudo; una especie de aullido siniestro, desgarrador, espantoso; su cuerpo fue agitado por estremecimientos que hacían rechinar las ataduras; sus pies se atirantaron, y quedaron como tiritando bajo la impresión de un dolor supremo.

—¿Hablaréis? —dijo Salazar.

—¡Nunca! —exclamó don Rodrigo.

Siguió el segundo jarro. La piel, esfacelada en un instante por aquel cáustico, se abrió por varias partes dejando ver la carne viva de los músculos. Paz no habló, y el tercer chorro hirviente comenzó a caer sobre aquella carne.

—¡Matadme!… ¡por Dios!… —exclamó don Rodrigo cuyo rostro se había puesto inconocible; tal era la lividez, la demacración que habían impreso en él algunos instantes de aquel tormento.

—Al otro —dijo Salazar sin perder su calma.

Paz no se movió; se había desmayado.

—Vamos —dijo Salazar—; será necesario aplicarle un pediluvio para que recobre el sentido: acercad la caldera.

Dos de los verdugos ejecutaron la orden.

—¿También el anafre? —preguntó uno de ellos.

—También.

La caldera, puesta sobre los carbones, fue llevada hasta tocar con una extremidad de la tarima. Uno de los ejecutores aflojó ligeramente las ligaduras, tomó a Rodrigo de Paz por una pierna, y le atrajo hasta que las corvas se doblaron sobre el filo de la tabla. Los pies, sostenidos por el verdugo, fueron bajando poco a poco hasta quedar sumergidos en la caldera.

Paz abrió los ojos, enderezó la cabeza lo más que pudo, y recorrió los ángulos del calabozo con una mirada. Volvió después a su postura, y se quedó viendo tranquilamente a los verdugos.

Aquella tranquilidad causaba miedo; aquella mirada era triste, contemplativa, y, ¡cosa horrible!, era amorosa.

Entretanto, los pies hervían en el aceite. Un observador que se inclinara en ese instante sobre el rostro marmóreo de don Rodrigo para examinar aquellos ojos, se hubiera espantado. Tras de aquella dulzura se adivinaba una fijeza, un no sé qué letal, sombrío, imponente como la oscuridad de la tumba.

Las pupilas estaban tan dilatadas, que los ojos, de azules que eran, se habían vuelto enteramente negros.

De súbito, las facciones de Rodrigo de Paz se contrajeron, dio un nuevo grito más agudo y más dilatado que el primero, y desbordóse por sus párpados un torrente de lágrimas.

—¡Piedad!… —exclamó, agitado ya por las convulsiones.

—Está en vuestra mano… —dijo la voz impasible de Salazar.

Don Rodrigo no pudo contestar a estas palabras. Su garganta parecía estrangularse con repetidas contracciones de vómito. Esto convirtió los gritos en horribles pujidos. Parecía que los verdugos ayudaban un parto.

A poco, Rodrigo de Paz volvió a desmayarse.

—Basta —dijo Salazar—; transportad a ese hombre a la galería de las ventanas. Allí esta un lecho…

Después salió.

Lázaro retiró el anafre con la caldera, y dijo a los otros dos carceleros:

—¡Eh!, compadres, sacad eso al patio, hiede a demonio.

La caldera fue transportada al lugar designado por aquel hombre. Cuando estuvo en la luz, uno de los verdugos creyó ver que algo informe se movía bajo la superficie del aceite. Fue entonces a un rincón del patio, y volvió trayendo un pedazo de pala. Metió aquello en la caldera, y comenzó a remover el líquido.

—¡Cáspita! —exclamó por fin, examinando cierto objeto que se mantenía equilibrado sobre la extremidad de la pala—. ¡Jeofre!… ¡Canario!… ¿qué animal es este?… ¡Jeofre!…

El otro carcelero, que se entretenía en rociar con agua los carbones del anafre, abandonó su ocupación y vino a examinar el objeto que su compañero le mostraba.

—¡Diablo!… —exclamó haciendo un gesto.

Lo que acababa de presentarse ante su vista era un pie horrorosamente hinchado, pálido, recocho en el aceite, y medio envuelto por unos cuantos pingajos humeantes, que goteaban sobre la caldera.

—Buen puchero… —murmuró Jeofre pellizcando el talón de aquel pie difunto. Después soltó una risotada. Aquella escena era repugnante.

Algunos soldados que se habían ido acercando lentamente atraídos por la curiosidad, huyeron horrorizados…

En la noche, Rodrigo de Paz yacía sobre un colchón puesto sobre las baldosas de un extenso y solitario aposento, débilmente alumbrado por una lámpara. El alguacil mayor, presa de una fiebre devoradora, se agitaba sacando fuera de las sábanas sus troncos horriblemente mutilados.

Después caía en el estupor; a poco se animaba y estremecía las bóvedas con sus lamentos. Luego se apoderaba de él un vago delirio, y comenzaba a musitar palabras que parecían respuestas de no se sabe qué preguntas oídas por él solo, enviadas acaso de la eternidad sobre las alas de un susurro de la noche.

El centinela colocado en la puerta… ¿temerían que don Rodrigo se les escapase?… El centinela colocado allí para estorbar la fuga del moribundo, era por una casualidad que nada tenía de extraño, un personaje que ya tenemos conocido, Zancadilla. El pobre hidalgo estaba como en un suplicio. Los gemidos de Rodrigo de Paz le enternecían, y sus palabras delirantes le daban miedo.

Haría media hora que el enfermo se había calmado, y a la sazón parecía dormir un sueño tranquilo.

De repente se incorporó, giró sobre su asiento, y quedó sentado en el colchón con las piernas extendidas sobre las baldosas.

—¡Pedro!… —dijo, recordando seguramente a su hermano.

—¿Mandáis algo, señor? —preguntó Zancadilla.

—Sí… acércate.

Zancadilla, que ignoraba fuese aquello un delirio, se acercó lentamente hasta el lecho de don Rodrigo.

—Mira —dijo el alguacil mayor buscando algo por debajo de la almohada—; ve, y dale esta llave a don Francisco de Medina; que abra, y le entregue todo a Sandoval, y que venga al instante… acerca ese caballo… A Barrientos, que tenga cien lanzas listas para las cuatro de la tarde… a ver, dame más agua porque hoy hemos corrido como demonios… ¡agua!…

Zancadilla tomó un cántaro que los carceleros habían dejado allá para el preso, y le acercó a los áridos labios de Rodrigo de Paz. Éste comenzó a beber; pudieran enumerarse los tragos, por el extraño ruido que producía el agua al pasar por aquella garganta insaciable.

Calmada la sed por un momento, don Rodrigo se recostó en la almohada. Zancadilla arrimó el cántaro a un rincón, y se volvió a su puesto.

Pasaron las horas.

Zancadilla, reclinado en su pica, empezaba a dormirse; el viento se oía resonar por las calles como los aullidos de una jauría satánica. Manos invisibles hacían rechinar las vidrieras de las ventanas, perdidos soplos cruzaban por el aposento, la lámpara oscilaba, y por el fondo de la bóveda se veían revolotear fatídicas sombras.

Las campanas del monasterio de San Francisco dieron las dos de la mañana.

Oyéronse pasos…

Pero antes de pasar adelante, necesitamos transportarnos al rastrillo de la fortaleza. Una dama y un caballero acababan de llegar allí, rogando al centinela que llamase al alcalde.

—No puedo abandonar mi puesto —dijo el soldado.

—Bueno —repuso el caballero pasando un brazo por las rejas de la empalizada—; ¿no habrá por ahí alguno que por estos tres ducados quiera llamarnos a Moncada?

—A ver —dijo el otro—; veremos.

Pronto se abrió el rastrillo, y dama y caballero se encontraron con el alcalde.

—Venís tarde —díjoles éste.

—¡Qué!… ¿qué decís?… —preguntó la dama.

—Que puesto que es imposible dar cumplimiento a lo pactado, os dignaréis volver a tomar vuestro dinero.

—Pero… a ver… ¿qué ha pasado?… explicáos, por el cielo.

—Rodrigo de Paz habrá dejado de existir dentro de algunas horas.

—¿Sí?… pero vamos… ¿por qué?…

—Se le aplicó el tormento…

La dama dejó escapar un sofocado grito, y estrechó llena de horror el brazo de su compañero.

—¡No importa! —dijo éste—; así nos llevaremos a don Rodrigo.

—¿Moribundo? —preguntó el alcalde.

—¡Muerto!… —dijo el otro—; llevadnos adonde está su cadáver.

Moncada vaciló por un momento, después se alejó algunos pasos, llamó al centinela y le dijo:

—Llevad a estos señores a la galería de las ventanas; dadme acá el arcabuz.

El alcalde quedó haciendo la guardia en el rastrillo, mientras las otras dos personas, guiadas por el centinela, se perdieron en el sombrío de la explanada. Los pasos se alejaron. Moncada, ya solo, sintió miedo ante la presencia pavorosa de la noche. El cielo estaba lívido, negras masas informes se cernían en los aires. El ventarrón seguía azotando con sus ráfagas los almenares de la fortaleza, y arrancando del seno de los horizontes el eco de lúgubres y dilatados gemidos. Los árboles se levantaban, mezclando con los nubarrones sus cabelleras susurrantes. Crujía la empalizada, llovían hojas. De cuando en cuando las alas del viento se enredaban en los cañizares del foso, y metían un ruido verdaderamente siniestro. A veces era peor; diríase que aquellas cañas se acometían a garrotazos.

Moncada se envolvió la cabeza con el capote.

De repente sintió que una mano se apoyaba en su espalda. Aquella mano parecía tener propiedades galvánicas. La cabeza del pobre alcalde se erizó como la cola de un gato. Sus mandíbulas se trabaron, su cuerpo todo fue acometido por un calambre.

Entonces la mano le tomó por el cuello y le sacudió con violencia.

—¡Con mil diablos! —dijo una voz colérica—; ¿tendré que levantaros a puntapiés, señor Moncada?…

El alcalde reconoció la voz de Chirinos, y se puso en pie de un salto.

—¿Qué hacéis aquí? —le preguntó Chirinos.

—Señor… —tartamudeó Moncada.

—¿Qué hacéis aquí?…

—Señor… yo… yo…

—Vamos, todo lo he visto y lo he escuchado… pero nada temáis; por el contrario, merecéis mi gratitud, y seguiréis ayudándome.

—Soy un criado de vuesa merced, señor…

—¿Conocéis a esa dama?…

—¿No es la esposa de Dorantes?

—Bien… ¿y al caballero?

—¡Oh!, sí… es soldado antiguo de Cortés. Zapata.

—Me alegro… yo me figuraba… pero ¿es él quien preparaba la fuga de Rodrigo de Paz?, ¿no habéis podido descubrir si es agente de otra persona?

—¿Yo?… no… pero creo sospechar quién es el móvil de la empresa.

—¿Quién?

—El padre Valencia…

—¡Valencia!…

—Sí, señor; la dama le fue entregada ayer por don Francisco de Medina. ¿Cómo ha podido salir esta dama?…

—Tal vez acertáis… este fraile se cree poderoso con el arma de la excomunión, y no teme provocar nuestra cólera. El monasterio ha comenzado a convertirse en guarida, y Valencia en paladión de los rebeldes… pero juro a Dios que haré un ejemplar que los pasme de espanto… En fin, por ahora necesito apoderarme de esa mujer… el diablo me la trae precisamente a las mazmorras donde pensaba sepultarla… colocad aquí algunos hombres bien armados, y seguidme.

Dicho esto, el alcalde y el gobernador se pusieron en marcha.

Moncada dio sus órdenes al jefe de la guardia, y siguió a Chirinos a la galería donde se hallaba don Rodrigo.

Isabel acababa de arrojarse llorando sobre el lecho del alguacil mayor, y Zapata, en pie y cabizbajo, contemplaba aquella escena con ademán de indignación, y al mismo tiempo de ternura.

Chirinos apareció en la puerta.

Zapata quedó inmóvil; el miedo heló el grito que iba a escaparse de su garganta.

Chirinos se volvió al alcalde, que venía acompañado por cuatro hombres, y le dijo designando al noble escudero de Isabel:

—Sujetad a ese hombre.

Entonces fue cuando Isabel volvió el rostro, y saltó como impulsada por un resorte.

—¡Hola! —dijo Chirinos—; parece que os desagrada mi presencia… tenéis razón, señora; aquí no encontraréis ningún galán nocturno que os defienda de la justicia.

—Caballero… —exclamó Isabel temblando de pies a cabeza—; yo nunca os he ofendido… y venís a ultrajarme…

—Moncada —dijo Chirinos volviéndose al alcalde—, sujetad también a esa mujer.

—¡Oh, señor! —exclamó la joven—, ¿qué vais a hacer?… ¿en qué puedo ofenderos?… ¿es un crimen haberme negado a la deshonra?… ¿por qué me pedís un imposible?…

—¡Ira de Dios! —gritó Chirinos dando un empellón al alcalde—, ¿os moveréis, testarudo?, que sujetéis a esa mujer os he dicho; ponedla una mordaza para que calle.

Moncada y otros dos hombres se lanzaron contra Isabel, que dio un gemido y se abrazó con fuerza del cuello de Rodrigo de Paz.

Al mismo tiempo Zapata disparó dos tremebundos puñetazos, y dos hombres que le custodiaban rodaron al suelo. Veloz como un relámpago desnudó la espada y se lanzó sobre el alcalde.

Chirinos, rápido también, paró el golpe. Zapata se volvió y acometió a Chirinos. Entretanto, los dos carceleros derribados se pusieron en pie y atacaron a Zapata por las espaldas. El bravo soldado de Cortés pudo afortunadamente ganar con tiempo un ángulo de la galería, y puso a cubierto su retaguardia.

Como toda lucha desigual, esta tomó el innoble aspecto de una matanza. Con todo, el puño de Zapata, desplegando un vigor y una destreza increíbles en su edad y en su clase, dominaba aquellas tres espadas que retrocedían y que parecían temblar al restallido de su acero.

Para Zapata debía ser siempre el mismo el resultado de la lucha, de cualquier modo que ésta terminase. La muerte le esperaba, vencedor o vencido. En aquel rincón, si no mataba, le hacían trizas; si mataba rodaría hasta el fondo de una mazmorra, o su cuerpo se columpiaría colgado de un dogal sobre los fosos de la fortaleza. La esperanza hace a los mártires; pero la desesperación hace a los héroes. Zapata redobló sus golpes. Poco después uno de sus adversarios dio un rugido y se apartó de la escena, vertiendo chorros de sangre por una de sus órbitas.

No era menos atroz la escena que tenía lugar con Isabel y los hombres de Moncada. Éstos eran Lázaro y Jeofre, los dos verdugos, prontos siempre para la violencia.

Lázaro clavó sus garras en el vestido de Isabel, y la atrajo. Las faldas crujieron, la joven se asió con más fuerza a Rodrigo de Paz, y ambos y el colchón fueron arrastrados hasta el centro de la galería.

Jeofre y Moncada se precipitaron sobre Isabel y la afianzaron, cada uno por un brazo. Los labios de la infeliz se abrían para lanzar terrorosos gemidos de angustia. Paz, atacado por el desvarío, pretendía ponerse en pie y arañaba el suelo con los muñones. Zancadilla, mudo espectador de aquella infame bacanal de asesinos, mezclaba a la algazara gritos ahogados de ¡socorro!

—¿Qué es esto?… —dijo de repente una voz que dominó el tumulto.

Las espadas cayeron, los gritos cesaron, y un silencio de sorpresa y de confusión reinó en el aposento.

En la puerta estaba una figura sombría. Era Negromonte.

—Amparadnos… señor… —exclamó Isabel arrastrándose hasta los pies del secretario—. Quien quiera que seáis, caballero, impedid ¡por Dios! que se cometa aquí una infamia…

—Alzad, señora —replicó Negromonte inclinándose para ayudar a la joven—; nada temáis estando yo aquí para ampararos.

Isabel, sintiéndose aliviada con aquella aparición, y más con aquellas consoladoras palabras, sonrió con dulzura, se abrazó a las rodillas de Negromonte y rompió en llanto.

—Señora… —dijo don Pedro, desciñéndose con suavidad aquellos brazos y poniendo en su voz una expresión insólita de cariño—. Conozco la amargura que este ultraje debe haber derramado en vuestra alma, y quisiera vengaros. Pero si no alcanza a tanto mi poder, en cambio podré devolveros parte de la felicidad que habéis perdido. Alzaos, señora, y partid, os lo suplico, de este lugar funesto.

Isabel se había puesto en pie, y sollozaba casi sobre el pecho de Negromonte.

—Y vos —añadió éste dirigiéndose a Zapata, que aún permanecía contemplándole bajo la impresión de un fatal recuerdo—, acompañad a esta dama al sitio de donde la habéis traído. Llevadla en la litera que destinábais a Rodrigo de Paz.

Zapata envainó el acero y cruzó por entre sus adversarios, que le vieron pasar atónitos. Cuando llegó junto a don Pedro, le dijo descubriendo su cabeza humedecida por el sudor de la lucha.

—¡Señor!… yo no tengo el alto honor de conoceros; no sé quién sois, y tal vez cometa yo una falta… mas dignáos permitir que un pobre admirador de vuestra noble generosidad, estreche contra su corazón esa mano que defiende al débil, que ampara a la inocencia, y aterroriza a los infames…

—Tomadla, caballero —dijo Negromonte presentando su mano—; ella es inútil para vos que sois un valiente…

Zapata, conmovido también con aquella lisonja, estrechó con efusión y bañó con algunas lágrimas la mano de don Pedro.

—Vamos —dijo éste—, lleváos a esta joven; y vos, señora, me veréis pronto para hablaros de vuestras esperanzas; id con Dios, y estad tranquila respecto de vuestra suerte.

Isabel fue a depositar un beso en la frente de Rodrigo de Paz.

El desdichado murmuró algunas palabras inconexas en que se mezclaban los nombres de su hermano, de Arróyave y de Francisco de Medina. Después reclinó su sien calenturienta sobre el seno de la joven, y prorrumpió en sollozos.

Isabel le envolvió en un abrazo de inmensa aflicción, y se desahogó en nuevo lloro.

Al fin tuvo que desprenderse de Rodrigo de Paz, y salió seguida por Zapata.

A una señal de Negromonte salió también Moncada, seguido por sus carceleros. Zancadilla estaba petrificado.

—¡Lázaro! —gritó Negromonte—; tú, quédate —luego dijo a Chirinos:

—Señor Pero Almindes, habéis olvidado, según creo, que respondíais de vuestro juramento con la cabeza…

Chirinos dio un salto y retrocedió hasta la pared, fijando miradas de indescriptible asombro, ya en Lázaro, ya en Negromonte.

—¡Venís a asesinarme! —exclamó.

—No tal; solamente vengo a recordaros vuestra palabra. Serenáos…

—¡Pero ese hombre! —murmuró Chirinos viendo profundamente a Lázaro.

—Nada temáis —dijo don Pedro—; vuestras locuras de estudiante no comprometen todavía los negocios hasta el grado de que tengáis que temblar ante la cuchilla de ese hombre.

Chirinos, procurando disimular el estremecimiento que le causaban estas palabras, repuso:

—Bien; yo os juro de nuevo, que sacrificaré mi amor a la esperanza de mi grandeza. Pero decidme, ¿qué influencia puede tener ya esa mujer en la marcha de nuestros destinos?

—Ya lo sabréis todo; salgamos.

Chirinos arregló su desordenada cabellera, levantó su sombrero que había caído con la agitación del combate, y se dispuso a abandonar aquel sitio que le parecía sepulcral. Antes de salir Negromonte se detuvo en la puerta, y designando a Rodrigo de Paz, dijo a Lázaro que permanecía con los brazos cruzados, siniestro bajo el débil resplandor de la lámpara:

—Lázaro… haz tu oficio.

El verdugo se acercó a Rodrigo de Paz…

La aurora del siguiente día, 9 de agosto, descubrió a las miradas del pueblo un cadáver suspendido por una cadena a la garrucha de la horca.

El muerto aquel parecía haber sido arrastrado por los charcos de la explanada; tan empapado así estaba su desordenado traje. La cabellera caída sobre el rostro dejaba ver apenas una azulada línea que era la nariz, y una boca denegrida teniendo afianzado entre los dientes un lívido colgajo, que era la lengua. El cuerpo, atirantado como la cadena, giraba lentamente haciendo relumbrar la botonadura del justillo, y descubría el perfil de aquella fúnebre cabeza dormida, cuya noble expresión no había podido ser desfigurada ni por las contracciones del dolor ni por el gesto de la muerte.

Los vecinos se acercaban a verle, y huían espantados al reconocer las facciones de Rodrigo de Paz en las de aquel horrendo ajusticiado.

Paz había cesado de existir.

Sobre aquel monumento de la crueldad y la ambición de los gobernadores, quedaban escritas con sangre y fuego estas palabras: es más terrible y más seguro el castigo de los débiles que el de los perversos.

Libro tercero. Un gobierno en bonanza


Perchè fumin più laute ed odorose
le vostre mense, é vi corchiate ol fianco
in più morbido letto…
……………
Far che pianga l’onesto cittadino

l’utile artista…
 

MONTI.—Galeot.—Manfred.

1. Que a grandes saltos pasará por los acontecimientos de seis meses, para acercarse al último libro de esta historia

Muerto Rodrigo de Paz, Medina muerto en Xicalanco, la tiranía rasgó el velo del temor; y henchida de insolente audacia se lanzó ya libre en los horrores de la persecución y del pillaje. La codicia de Salazar y Chirinos subió de punto. Los criados de Rodrigo de Paz fueron sometidos a la misma prueba que su señor, para arrancarles el fatal secreto de los tesoros.

«Después —continúa el verídico historiador que hemos citado en otras páginas—, los gobernadores, para no omitir diligencia en las pesquisas de estos tesoros, taladraron los cimientos del palacio de Cortés; y Salazar, que quería conciliarse la amistad de Albornoz, puso preso a Pedro de Paz, su enemigo; pero éste escapó de la cárcel, al retraimiento de San Francisco. Muerto Rodrigo de Paz, se creyeron Salazar y Chirinos que ninguno de los vecinos de México era capaz de disputarles el puesto que habían usurpado; no obstante, para todo lance se ganaron amigos; éstos eran sus semejantes, porque los hombres de bien detestaban su perfidia. De aquella suerte de gente les pareció hacer caudal, creyendo que sacarían por ellos la cara, caso que la fortuna se mudara, sin acordarse de lo que ellos mismos habían hecho con Paz. En efecto, a éstos dieron los repartimientos que Cortés había distribuido entre sus soldados. En esto entendían, cuando advirtiendo que se hallaban fuera de México Francisco de las Casas, Gil González y Diego Hurtado de Mendoza, capitanes de nombre, temieron que siendo éstos amigos de Cortés, juntarían gente y vendrían sobre ellos; así que, para prevenirlos los hicieron prender, y con el pretexto de la muerte de Olid, los condenaron a pena capital. No les hubiera valido la apelación al emperador, de que entonces no se hacía caso, si los vecinos de México, unidos, no hubieran mediado. Pero Salazar y Chirinos se libraron de éstos enviándolos presos a Veracruz, y de allí haciéndoles embarcar para Castilla, en compañía de Juan de Peña, su criado, a quien dio Salazar doce mil pesos en oro, con muchas joyas y ricos presentes para sus amigos, bien que todo se perdió cerca de la isla de Tayal. Al tiempo que éstos navegan, los gobernadores, ansiosos de asegurar a los que se les habían escapado y refugiado en San Francisco, cercaron aquel convento, y sacados de él, los pusieron en la cárcel. Esta insolencia no la sufrió fray Martín de Valencia, que era el juez eclesiástico en México, e inmediatamente requirió por tres veces a los gobernadores, amenazándoles con las censuras eclesiásticas, si no reponían en el mismo lugar a los retraídos; pero Salazar y Chirinos, sordos a estos requerimientos, no cesaron. Visto esto por el custodio, fulminó entredicho en la ciudad, y con sus frailes y vasos sagrados, salió en procesión de México, y se fue a Tlaxcala. Esta demostración desconcertó los proyectos de los gobernadores, que se veían sin fuerzas bastantes para hacer frente a un pueblo que, tocado del poco respeto que mostraban a las penas eclesiásticas, iba a hacer en ellos un ejemplar; y así, poseídos de este temor, hicieron volver a los religiosos, y repusieron los retraídos en el convento. Fray Martín de Valencia, luego que volvió de Tlaxcala, los absolvió públicamente, bien que en este acto de religión se portaron con irreverencia, vomitando muchos dicterios contra los frailes, con grande escándalo de los buenos cristianos.

»Salazar y Chirinos con estas violencias no habían conseguido otra cosa que exasperar los ánimos de los vecinos de la ciudad, cuyo temor y disgustos les salía a la cara. No se les ocultó esto, y por lo mismo procuraron prevenir las consecuencias que de ahí y de la venida de Cortés podían nacer. Para esto, hicieron que se juntaran los ayuntamientos de las ciudades y villas del reino, y que nombraran procuradores que fueran a México a una junta general que reunieron; pero como toda ella estuvo a su devoción, anuló los nombramientos que Salazar y Chirinos tenían de gobernadores por Cortés, y se los libró en su nombre. Se quitaron los gobernadores y demás justicias que él mismo había dejado, y se sustituyeron otros. En otra junta general se anularon los poderes que tenían Francisco de Montejo y Diego de Ocampo, para tratar los negocios de aquel reino en la corte, y se destinaron a sucederles Bernardino Vázquez de Tapia y Antonio Villarroel, grandes enemigos de Cortés, señalándoles grandes salarios y ayudas de costa. Villarroel, antes de partir, se presentó ante los gobernadores citando al difunto Rodrigo de Paz a que le pagase cierta cantidad de dinero que decía haberle ganado en el juego, y sin más pruebas embargaron los bienes de Paz, y le hicieron pago de doce mil pesos. Conseguido esto, se embarcaron a Castilla con orden de contar a su modo lo que en México pasaba, y Salazar y Chirinos, asegurados en la gobernación, manifestaron toda la perversidad de su ánimo, declarando sangrienta guerra a todos los amigos protegidos de Cortés, a quienes despojaron de sus repartimientos y bienes: hubieran querido asegurarlos a todos; pero no tuvieron esa satisfacción, porque muchos se les escaparon de entre las manos, otros con tiempo se retiraron a sitios fragosos, y finalmente, algunos se ocultaron de tal manera, que no se supo de ellos hasta que Salazar y Chirinos fueron presos.

»No contentos con lo ejecutado, vejaron a los mexicanos, despachando por aquellas provincias hombres sin misericordia que los despojaron de las joyas, oro y plata, y de cuanto poseían de precioso, lo que los alborotó de tal manera, que los unos se huían a los montes, y otros más animosos empuñaban las armas. En un solo pueblo mataron los mexicanos quince españoles, y propagada por aquellas provincias la nueva del saco que daban los ministros de los gobernadores, buena parte de las costas del norte se sublevó, y el mal hubiera sido general, si la esperanza de que volviera Cortés no hubiera contenido a los demás.

»Entretanto, la noticia de los alborotos llegó a los gobernadores, que temerosos de que no se trasfundiesen a la capital, hicieron venir a ella cuantos españoles andaban empleados por todo el reino en la saca de los metales: con esto se descuidaron los quintos, y este ramo de la real hacienda se deterioró, y con todo que andaba una sublevación general, no dejaron éstos sus antiguas mañas: quitaron a Albornoz lo que había juntado de los quintos, y esta cantidad, con las alhajas, oro y plata que habían robado a los mexicanos, las pusieron en manos de dos criados suyos que enviaron a la corte para entregar a sus protectores y amigos. Decían públicamente que no convenía enviar al emperador del reino de México gran cantidad de oro y plata, bastándole anualmente veinte mil pesos, que era lo que rentaba el reino de Nápoles.

»Gobernándose de esta manera el reino de Nueva España, de cuando en cuando Salazar y Chirinos divulgaban por la ciudad varias cartas supuestas, en que les daban cuenta menudamente del modo como Cortés había sido preso por los mexicanos, y sacrificado a sus dioses con toda la comitiva que llevaba a las Hibueras, y para que todos entendieran que lo que las cartas aseguraban era la pura verdad, autorizaron a las mujeres de los que fueron a aquella jornada para que pudieran volverse a casar; providencia que dictaron los gobernadores por complacer a dos mancebas que tenían, cuyos maridos, después de haber logrado ricos repartimientos de los conquistadores, continuamente los tenían empleados en comisiones. A más de esto, para dar pesadumbre a los amigos de Cortés, unas veces decían que tenían orden del emperador, de prenderlo; otras que si llegaba por allí le ahorcarían: ellos no sabían lo que decían, ni guardaban consecuencia en vejar a los vecinos y a los mexicanos. Llegó a tanto su insolencia, que a Francisco Bonal, justicia de Veracruz, mandaron que obligara a volver a Castilla a cualesquiera juez pesquisador que de allá arribara. Por este tiempo, en un viejo torrejón se halló gran cantidad de oro que el tesorero Albornoz pidió para el emperador, conforme a las leyes publicadas sobre los tesoros de los mexicanos; pero Salazar se negó a consignarla, por la razón de que aquel edificio lindaba con su casa.

»El exceso tocaba a lo sumo, y así al mismo tiempo Dios iba disponiendo las cosas de manera que en parte se castigaran aquellos tiranos, y renaciera el orden en la porción más noble del Nuevo Mundo. Fue el caso, que llegaron a los gobernadores en aquellos días diversos correos despachados a toda furia, con la noticia de que los pueblos de Huayaccic o Oaxaca, se habían sublevado contra los españoles y dado la muerte a ocho o diez de ellos, y a unos ocho o diez mil mexicanos que éstos tenían empleados en la saca de metales; nueva que les fue tan sensible, que inmediatamente Chirinos, con doscientos infantes y cien caballos, salió a aquella expedición en pos de los rebelados, que cargados de oro, de un peñol en otro se defendieron bravamente, hasta que se hicieron fuertes en uno que no pudieron tomar los españoles en cuarenta días de sitio, de donde una noche sin ser sentidos alzaron su real, burlando de este modo la pericia militar del jefe español. La jornada de Chirinos, así como fue de sumo gusto para Salazar, que tiempo había aspiraba al gobierno sin dependencia de otro, también aceleró la ruina de ambos. Chirinos, a la verdad, como se puede colegir de lo dicho hasta aquí, no era tan insolente como Salazar, ni menos tan cruel, y por lo mismo, luego que se publicó en la ciudad y fuera, que sólo Salazar quedaba de gobernador, se alborotaron los vecinos, temerosos de lo que les podía suceder, y también porque se persuadieron que el viaje de Chirinos era un pretexto, y que la verdadera causa no era la sublevación de los oaxaqueños, sino el ganar los puertos casi inaccesibles por donde Cortés debía volver a México; así que, echando el pecho al agua le despacharon por diversas partes correos, avisándole todo lo sucedido, y previniéndole de la trampa que sus enemigos le ponían. Fue en vano esta diligencia, por el cuidado que tuvieron los gobernadores de cerrar los caminos; ni Cortés hubiera sabido parte de lo que pasaba en México, si a la audiencia de la Española no hubiera llegado la nueva de su muerte y de sus compañeros, como lo habían publicado los gobernadores. Este cuerpo, que en las Indias representaba la persona del emperador, se creyó obligado a la averiguación de un hecho que tanto interesaba a la monarquía; para esto hizo aprestar una embarcación, que al mando de un sujeto de confianza, se hiciera a la vela para el reino de México. A pocos días de salido aquel buque del puerto, surgió en Cuba, en donde a la sazón se hallaba el licenciado Zuazo; éste dio noticia al capitán, que Cortés se hallaba en Honduras, y que todo lo que se decía de su muerte había sido un embuste de los usurpadores de aquella gobernación. El capitán dirigió allá su camino, llevando pliegos de Zuazo en que daba cuenta a Cortés de que Salazar y Chirinos, fiados en la protección del comendador Cobos, se habían apropiado el gobierno, y de todo lo que había pasado hasta su embarco. Ésta fue la primera noticia que Cortés tuvo de los sucesos de México, noticia que le consternó tanto, cuanto no es fácil de explicar. Dudoso del partido que debía abrazar, como español religioso, levanta el corazón a Dios pidiéndole que lo ilumine, manda que se hagan procesiones, y oída la misa del Espíritu Santo, da orden a Gonzalo de Sandoval que marche con la tropa por el camino de Guatemala a México: deja en Trujillo a Saavedra, y en la misma vela que le trajo la fatal noticia se embarca para Veracruz. Estando ya sobre una ancla, muda el viento, y vuelve a tierra a apaciguar ciertas diferencias de aquellos vecinos. Hízose después a la vela, y navegaba con buen viento, cuando a dos leguas se quebró la antena mayor, y le fue preciso volver al puerto. Se detuvieron tres días en empalmarla, y por tercera vez Cortés se embarcó, y habiendo corrido en un día y dos noches con viento a popa a cincuenta leguas de Trujillo, sobrevino un furioso norte, temible en aquellos mares, y rompió el mástil del trinquete por los tamboretes: con esta desgracia y un mar grueso, apenas pudo la embarcación entrar al surgidero. Vuelto Cortés a la ciudad, hizo celebrar misas y otras públicas oraciones, y pareciéndole que la voluntad de Dios era que en aquellas circunstancias no fuera a México, en la misma embarcación despachó a Martín Dorantes, su lacayo, con pliegos en que revocados los nombramientos de gobernadores en Salazar y Chirinos, sustituía en su lugar a Francisco de las Casas. Le entregó al mismo otras muchas cartas para sus amigos, y para autorizar al mensajero, se embarcaron con él muchos caballeros y caciques, personas de cuenta».

Libro cuarto. El castigo

1. La alianza

Es el 25 de enero de 1526.

La tarde va a extinguirse. La luz del sol no es ya más que una azulada claridad que flota sobre las montañas. Ligeras nubecillas de nácar, perseguidas por una ráfaga del cierzo, vuelan como buscando el ala maternal, y se posan tiritando sobre las cumbres.

El lago de Texcoco parece que comienza a entrar en la quietud precursora del sueño. Por su anchurosa superficie se dilatan las primeras nieblas de la noche. Todo calla. Sólo queda, como perdido en la llanura, el canto desapacible que la rana, medio oculta entre los carrizales, levanta saludando a la primera estrella que fulgura tras de los velos del crepúsculo.

Una barca silenciosa corta el espejo de las aguas y dirige el rumbo hacia un cerrillo que por el lado del sureste se alza cobijado por la sombra de la cordillera, y hunde en el lago su falda orlada de verdura.

Aquel cerro es el Huixaahtecatl. Allí era Iztapalapa, delicioso vergel donde se celebraban las fiestas de la expiración del siglo. Hoy no es más que un desierto donde algunas casas blanquean como los huesos de un cementerio. Las aguas le han abandonado; los huertos, el palacio y los templos se convirtieron en cenizas, y las cenizas se desperdigaron…

La barca había llegado al Huixaahtecatl; pero en vez de internarse por el canal formado entre los jardines flotantes, pasó de largo y fue a atracar en un punto lejano, donde la ribera se cubría de bosques impenetrables de carrizo. Tres hombres saltaron de la barca, y metiéndose hasta las rodillas, comenzaron a andar uno tras otro, siguiendo una vereda escondido entre los troncos del cañaveral. Al cabo de unos cuantos minutos de marcha llegaron a tierra, atravesaron una extensa llanura, y ya de noche llegaron a la puerta de una cabaña, la única en aquellas soledades. Dos o tres lucecillas en el horizonte, indicaban el sitio de la ciudad lejana.

—Aquí es —dijo alguno.

—Sí —dijo otro de los caminantes impulsando suavemente la puerta.

Ésta se abrió, dejando ver el fondo de la cabaña, iluminado apenas por un sucio farolillo: de un rincón se levantó un hombre, y acercóse a los viajeros con ademán de temor y desconfianza.

—¿Qué queréis? —preguntó, diciendo estas palabras en el idioma de los indios.

—Acércate —replicó el otro. Después, cuando el azteca se hubo aproximado, le dijo algunas palabras al oído.

Esto produjo un cambio en la fisonomía y el ademán del azteca.

—¡Espera!… —dijo; y salió apresuradamente de la cabaña, y dio a correr, sin que ninguno de los circunstantes pudiese adivinar por qué rumbo extraviaba sus pasos aquel hijo del silencio.

Pasó media hora.

—¡Por el diablo! —dijo una voz—; está escarchando, y este maldito indio se olvida de nosotros.

—Paciencia, señor Salazar —repuso una voz grave y gangosa—; paciencia, que a mí también me llevan todos los diablos, y no digo ni esta boca es mía.

—¡Canario!… vos, padre, tenéis hecho un voto de paciencia…

—Bien… desesperáos.

—¡Silencio!… —dijo el otro personaje que había permanecido indiferente al diálogo—; alguien viene…

Los tres fijaron el oído en la extensión, tratando de percibir algún rumor traído en las ondulaciones del viento.

—¿Será ese bestia? —preguntó Salazar.

—No —dijo el desconocido—; las voces que he creído oír, suenan por rumbo opuesto. Veamos…

—¿Oís algo, fray Roque? —dijo el gobernador.

—Sí… —repuso el fraile—; creo que no se engaña don Pedro… yo escucho cierto ruido de pasos… ¿oís, señor Negromonte?

De repente se escuchó una carrera, y apareció el habitante de la cabaña.

—¡Bah! —dijo Salazar—, he aquí los pasos y las voces que habéis oído…

—Marchemos —dijo Negromonte a sus compañeros.

El azteca tomó el farol de su cabaña, cerró la puerta, y seguido por Salazar, fray Roque y Negromonte, se entró por la espesura de los matorrales.

* * *

—¡Valor, qué demonio!, ya casi estamos al fin de la jornada… sin embargo, os juro que me voy fastidiando. Mucho hemos andado, y yo me siento tan rendido como debéis estarlo vos; no hay duda… pero no hay remedio; ya que estamos aquí, sería imprudencia detenerse… ¡adelante!… vamos a Dios y a la ventura.

Tal decía Jorge Villadiego a Juana, la hija de Zapata, mientras ambos, asidos de la mano, atravesaban por el mismo sitio que poco antes cruzaban los compañeros de Negromonte para llegar a la cabaña.

—¿Decís que ya debemos estar cerca? —preguntó Juanita.

—Mucho, señora —replicó Villadiego—; pero comienzo a creer…

—¿Qué cosa?

—Tal vez nos hemos extraviado.

—¡Cómo!, ¿ahora salís con eso?…

—Señora… la empresa… nada tiene de difícil… pero os confieso que es muy superior a mis fuerzas… esto requería informes y tiempo, tiempo antes que todo.

—¿Pero no teníais tanta seguridad?

—Nunca la he tenido, señora.

—¡Bah!, os chanceáis, caballero… ¿no decíais que todas las señas que hemos hallado en el camino coincidían con vuestros recuerdos?

—Sí… mas…

—Veamos —añadió Juanita deteniéndose—; habéis dicho que los indios os metieron a una cueva… ¿por qué creísteis que era en el lago y no en los canales de la ciudad?…

—¡Toma!, primero por el aire, que era completamente libre; luego por la falta de ese olor de diablo que sale del fondo del canal removido por el remo; después, por el silencio que parece crecer con la extensión y la profundidad de las aguas; después por las conversaciones de los indios, callados mientras yo vagaba en las acequias, como lo indicaba el ladrido de los perros de la ciudad, y el eco de algunas campanadas; y el ¡alerta! del palacio y de la fortaleza… después…

:—Adelante…

—En cuanto al rumbo…

—Es claro; sólo por el lado de Iztapalapa se arrastran y dan topes las canoas. ¿No os acordáis que las embarcaciones de Cortés no pudieron acercarse a este punto?

—Sí, tal… allá el piloto de nuestro bergantín nos dijo que las aguas se habrán retirado del Huixaahtecatl en el espacio de dos años…

—Bien…

—Ahora no me cabe duda… el tiempo que duró la navegación y el grato olor que se percibe al aproximarse a las chinampas, y otra vez el ladrido de algunos perros y el rumor de cascada que se levanta de los carrizales, eran una prueba que, añadida a las otras, me daba entera certidumbre de que tocábamos al pueblo… yo he recorrido ese camino cinco veces… a ser otro por el que anduvimos aquella noche, yo hubiera desconocido hasta los ecos. Ahora yo he pisado el sitio en que nos encontramos en este instante; he sentido resonar este pedregal bajo mis plantas; en estos varejones se prendían los pliegues de mis calzas, y en estas espinas se arañaban mis manos.

—Entonces —dijo Juana—, ¿por qué creéis haberos extraviado?

—¿Cómo por qué?… señora… porque aquí concluyen mis observaciones; no sé más, sino que nos detuvimos un momento y comencé a bajar por una rampa…

—¿No habíais salido del zarzal?

—No…

—Luego la entrada de esa cueva debe ocultarse aquí, no lo pongáis en duda…

—¿Y qué se adelanta con saberlo?…

—Venid; el paso continuo de los indios debe haber formado una vereda… busquémosla…

—¡Calle! —exclamó Villadiego estrechando la mano de la joven—; ¡mirad!…

—¿Qué?… ¿adónde?…

—Ahí… ¿no distinguís nada?…

—No…

—¡Por mi madre!… creo que Dios nos ayuda… ¡mirad esa luz!… ¡canario!… que me despellejen si no son esos caribes que vienen a visitar su cueva…

—¡Ah!… sí… ya veo —murmuró Juana.

En efecto, a media milla de nuestros personajes se alcanzaba a ver una luz que, perdiéndose y reapareciendo alternativamente, indicaba su marcha tras de los arbustos lejanos.

—¡Ellos son! —repitió Villadiego.

—¡Callad… por Dios! —exclamó Juana cubriendo con su linda mano la boca de su imprudente compañero—; recatad vuestros pasos, y adelantemos todo lo que nos sea posible para seguir esa linterna… venid…

Juana asió a Jorge por una punta del ferreruelo, y comenzó a caminar silenciosamente por los claros que ofrecía el laberinto de los breñales. La luz se había detenido.

Conforme se acercaban a ella, Juana y Villadiego hacían más lenta y cautelosa su marcha. Pronto llegaron a un lugar donde era peligroso no detenerse. Oíase ya el rumor de una conversación, se distinguían dos o tres sombras, y la luz aparecía distintamente tras los vidrios del farolillo.

No era posible entender lo que decían aquellos bultos; mientras dos de ellos hablaban en voz muy baja, el que tenía la luz la había colocado sobre una piedra y se inclinaba metiendo medio cuerpo entre un grupo espeso de follaje.

La luz desapareció repentinamente; oyóse en seguida un ruido sordo, y todo volvió a quedar en silencio.

Juana se mantuvo quieta algunos instantes. Cuando estuvo cierta de que nadie podía verla ni escuchar sus pasos, dirigióse resueltamente al punto donde se habían perdido aquellos hombres.

—¿Qué vais a hacer? —exclamó Villadiego deteniéndola.

—¡Silencio!… —replicó Juana—; seguidme…

Al fin de unos cincuenta pasos, Juana se detuvo junto a la misma piedra donde había brillado el farolillo.

—Haced luz —dijo a Villadiego.

—¿Qué?… ¡señora! —exclamo éste—; vais a perderos…

—No importa.

—Mirad que…

—Dadme acá los avíos, y volvéos a la ciudad, si es que teméis un contratiempo.

—Pero… ¿no sería más prudente que nos volviésemos los dos, señora?…

—Bien; pero antes es preciso que descubramos la entrada de este escondite; veremos dónde queda, señalaremos su sitio y el sendero para volver mañana. Haced luz…

Villadiego sacó de un talegón que traía colgado al talabarte los numerosos instrumentos que eran necesarios en aquellas épocas para encender una linterna. Villadiego tardó quince minutos en encender la suya. Cuando estuvo en corriente la tomó Juana, y describió con el rayo de la luz un extenso semicírculo por aquel sitio, donde el llano comenzaba a erizarse con el saliente de las rocas; después se volvió a Jorge, y designando un punto del matorral, dijo:

—Por aquí se han perdido; la entrada debe estar oculta en esta espesura. Guiad, señor Villadiego.

Éste se terció la capa, y seguido por la joven comenzó a penetrar, apartando a dos manos las ramas que se entrelazaban ante su paso.

A poco andar lanzó un ligero grito y se contuvo.

—¿Qué hay? —preguntó Juana.

—Acercáos —replicó Villadiego haciendo su voz casi imperceptible.

Juana se acercó. A sus pies, y medio oculta por un peñasco, se abría la entrada de una cueva.

—Señora —murmuró Villadiego al oído de Juana—, creo que ya estaréis satisfecha, y que podremos retirarnos.

—Esperad… yo quisiera ver si lográbamos descubrir algo de lo que vienen a hacer aquí esos hombres… ¿tendréis valor para bajar?…

Villadiego dio un salto y clavó en la joven una mirada indescriptible de sorpresa.

—¡Cómo! —exclamó—, ¿queréis a toda costa que nos descuarticen? Yo he prometido acompañaros a buscar este sitio, no a meternos en él para buscar un desastroso término a nuestra vida; yo sé lo que os digo, señora… creedme, esto no es más que una madriguera de caribes…

—Tened aquí —repuso Juana dando la linterna a Villadiego—; yo bajaré si tenéis miedo…

—¡Miedo!, señora…

—O desconfianza …

—Acaso… pero sólo por vos… ¿qué me interesarían a mí la libertad, y aun la vida, mientras la fatalidad no atara, como en esta noche, vuestro destino con el mío? Retiráos, señora, ponéos en un lugar seguro, y yo bajaré, si lo ordenáis, al mismo seno de la tierra…

—¡Ah!… yo os doy las gracias por vuestra generosidad; pero nada temáis por mí, señor Villadiego… cubrid esa luz… yo voy a descender… os dejo en libertad para quedaros o seguirme…

—¿Y no adivináis qué será de nosotros si nos descubren?

Juana, sin atender a las últimas palabras de su compañero, comenzó a descender, sumergiéndose como en un baño, en las tinieblas de la rampa.

—¡Con mil rayos! —murmuró Villadiego viendo desaparecer a la joven—; esto es horriblemente injusto… ¡exponerse a ser comido en cuerpo y alma, nomás por el capricho de la curiosidad ajena!… ¡Ea!… que se la lleve Cristo… yo no estoy reñido con mi existencia… ¡Oh!, ¡y ahora que va a brillar para mí el más dichoso de los días!… ahora que el amor, y la hacienda, y el matrimonio… ¡cuerno!… hoy vale mi vida más que la del César… guardémonos.

Diciendo esto, Jorge Villadiego desapareció de aquel sitio, abandonando a Juana en brazos de su suerte.

Entretanto, la joven adelantaba en silencio por un estrecho callejón repleto de tinieblas. El piso declinaba en una rápida pendiente; Juana, al seguir adelante, comenzó a distinguir cierto resplandor que era sin duda la entrada de un nuevo subterráneo. Cuando llegó allí, se detuvo y escuchó: nada se oía; entonces se atrevió a mirar. Detrás de aquella entrada, la cueva tomaba las proporciones de una gruta, y la gruta, la majestad de un templo. Dos o tres torcidas de resina, clavadas en las grietas de los peñascos, alumbraban entre nubes de humo la vaga extensión de aquel recinto. No era posible distinguir allí los pormenores. Veíase el arranque de algunas toscas columnas erizadas de picos; la parte bañada por el resplandor de las hachas, presentaba sobre la roca inmensos pliegues que parecían moverse con las ondulaciones de la flama. La luz parecía tragada por las profundidades de la bóveda.

Juana dio un paso más; a su derecha, sobre una de las paredes de la gruta, vio una nueva entrada. Acercóse allí, barriéndose por las sinuosidades del muro. Aquella entrada, que era una inmensa grieta oblicua, ensanchada considerablemente en su parte inferior, hacía comunicar la gruta con otro dilatado cóncavo, también sostenido por columnas e iluminado por la luz rojiza de algunas hachas.

Allí resonaba el eco de algunas voces, y podía verse un grupo de hombres sentados sobre asientos de piedra. Juanita no pudo conocer más que a Salazar, a Tetzahuitl y a Barrientos. Había otros cuyos trajes eran españoles: Mendieta, fray Roque, Benavides, Negromonte y el Grillo. Los demás eran indios, señores indudablemente nobles, a juzgar por la rica hermosura de sus vestidos y la expresión solemne de sus semblantes.

A ninguno de ellos era completamente extraña la lengua de Castilla; sin embargo, por lujo o por seguridad tenían dos intérpretes: el Grillo y Temachti. Este último era además un representante de los caciques. No repetía literalmente las palabras, pero recogía las opiniones, las pesaba, y así componía su discurso para entenderse con el representante de los españoles, que era don Pedro Negromonte. Ninguno de éstos daba a sus palabras la pretensiosa entonación de una arenga. El asunto podía prestarse a los arranques de elocuencia, pues se trataba nada menos que del destino del Anahuac; pero el discurso era conciso y reducido a lo muy necesario para establecer o para confirmar las condiciones de un contrato. Esto hacía que aquel diálogo fuese solemne.

—En fin —decía Temachti—; el reino de Michoacán os ofrece ventajas de todo género. Tendréis allí lo que llamáis en vuestro idioma el paraíso. Los montes, los ríos y las praderas os brindarán con el sustento, el clima con la salud, y el seno de la tierra con piedras y metales preciosos. Además, hacia el norte encontraréis inmenso campo donde apagar vuestra sed de conquistas, e indomables guerreros con quienes ejercitar el vigoroso esfuerzo de vuestro brazo.

—¿Os decidís?… —preguntó Negromonte a Benavides y a sus compañeros.

—Sí —dijeron todos.

—Ahora —continuó Temachti—, ¿qué más queréis?… hablad… no temáis aventurar el más brillante de vuestros sueños.

—¡Ea! —dijo Benavides—; ¿tenéis oro?

—¿Cuánto quieres? —le preguntó el cacique.

—¡Canario! —dijo el capitán—, ¡si a eso vamos, no me daría por satisfecho ni teniendo por mes lo que el reino de Nápoles rinde por año a Carlos V!…

Todos los españoles que escucharon estas palabras se sonrieron.

—¿Cuánto es lo que rinde esa nación… o qué cantidad es esa que dices? —preguntó el cacique.

—Veinte mil pesos.

—Bueno, los tendrás.

—¿Por mes?

—No, diarios mientras dure la guerra, y te doy un año para que la lleves al término.

Benavides y todos sus compañeros quedaron atónitos de asombro.

—¿Y vosotros, qué deseáis? —dijo Temachti recorriendo con una mirada poderosa el círculo de los conquistadores.

—Yo —dijo Mendieta—, me basta sólo con la comisión que me habéis hecho el honor de confiarme. Tengo ya el bergantín, mañana mismo salgo para la Inglaterra, y compraré las armas y la pólvora: me contento con que me paguéis un quinto más por cada una de las armas que logre poner en vuestras manos.

—Será más… tendrás cinco veces el quinto.

—Bien; pagáis como señor, y como tal seréis servido.

—Tú, señor —dijo dirigiéndose a Barrientos—, vas a recibir en este instante el precio de los caballos, pólvora, lanzas y arcabuces que has entregado a Cempoatl; resta saber si el precio lo quieres en piedras, en metales, en esclavos o en tierras.

—Vengan las piedras.

—¡Cempoatl! —gritó el cacique.

Un azteca se adelantó silencioso y dobló la rodilla delante de Temachti.

—Trae las cajas —le dijo éste.

Cempoatl desapareció por una de tantas grietas de la cueva, y volvió a poco trayendo dos urnas de caoba. Temachti las presentó a Barrientos, diciéndole:

—Son dos gargantillas, una de diamantes y otra de esmeraldas; puedes tomar la que te agrade.

Barrientos abrió una de las urnas, y quedó deslumbrado. Nunca, ni en el cuello de su reina, sólo en el cielo había visto tremolar sobre los astros un brillo tan resplandeciente. Después sacó las esmeraldas, y a la primera mirada, por una comparación rápida, sin la menor vacilación dijo allá en su lenguaje señalando gargantilla verde:

—Por esta me corro, y Pax Christi.

En efecto, cada una de las esmeraldas de aquel collar, era un milagro de la naturaleza y un prodigio del arte. Aquello pasó de mano en mano, saludado por miradas y eclamaciones de sorpresa.

—Tú —dijo el cacique al padre Roque—, dices que tienes y puedes transmitir a los jóvenes de nuestro pueblo la ciencia de las combinaciones de la guerra, y hacerlos tan temibles como los mismos guerreros de tu patria.

Fray Roque levantó la frente con orgullo, hizo chispear una mirada que hubieran envidiado César o Mitridates, y repuso con aplomo:

—Con los tesoros que prometes, y con el vigor y la inteligencia de los de tu raza, presentaré en el término de cien días, ochenta mil hombres perfectamente semejantes a los guerreros españoles. Tú designarás el sitio oculto donde podamos entregarnos a las tareas del arte…

—¡Oh! —dijo Tetzahuitl—, yo te llevaré adonde nunca han impreso su huella las plantas del hombre, ni han resonado sino mi voz y el graznido de las águilas.

—Tú, padre —dijo Temachti—, tendrás, si realizas esa obra, un premio inmenso como tus favores, y grandioso como tu rara inteligencia; pero mientras llega ese día de nuestra gloria, quisiéramos rodear de dicha cada momento de tu vida; por eso, di, ¿qué quieres?, ¿a qué bien aspiras, que pueda alcanzarse con el poder y las riquezas de los hombres?

—A nada.

—¿A nada?… ¿quieres la nada más sublime?… ¿quieres jugar con el delirio?, ¿ansias el vano, el fugaz, pero portentoso ensueño que Dios envía sobre los hombres para el colmo de la felicidad y el consuelo del infortunio?

—¿Quieres una mujer?…

—No.

—¿Quieres veinte?

—Tampoco.

—Di, ¿qué pretendes?

—Nada.

—Bien… lo tendrás todo.

—¡Diantre! —exclamó Salazar—, ¿y adónde diablos ocultáis tan inmensos caudales? Dudo…

Una mirada horriblemente expresiva que le envió Negromonte, le hizo callar de súbito.

—¿Adónde? —dijo Temachti—; he aquí el secreto que me sirve de escudo contra vosotros. Esos caudales existen aquí bajo estas rocas, y aquí mismo se sepultarán para siempre con nuestros cadáveres el día que la simple sospecha de un engaño asome tras el brillo de vuestras promesas.

—Tenéis justicia —dijo Salazar lleno de turbación.

—Vosotros —dijo Temachti—, perderéis esos tesoros que ya tenéis como vuestros… nosotros —añadió con un tono de melancólica resignación—, encontraremos en la tumba el único refugio que puede hallar un miserable que ha perdido su patria, que ve hollados sus dioses y desvanecida su esperanza…

—Bien —dijo Negromonte—; ahora podéis pedirnos una prenda…

—Sería inútil… además, tú no mientes, y eres poderoso para hacer que tiemblen los tuyos a la sola idea de una infamia… Hablemos ahora de Tetzahuitl. Su brillante estirpe y una juventud ceñida por una diadema de victorias, lo colocan en el trono de Cuauhtémoc. Él es dios para el pueblo; él es el lazo que debe unir a todas las tribus enemigas para reconstituir el reino antiguo del Anahuac. Pero presa de una locura cuyo remedio está en tu mano, se niega a la solicitud de los caciques, y dice que buscará una muerte oscura si no realiza esa ilusión que le dará fuerza para las fatigas y entusiasmo para el combate.

—¡Oh! —exclamó Negromonte—; vos, Tetzahuitl, tocaréis mañana con la mano vuestra ventura. Es una antigua promesa que os había hecho en cambio de vuestra alianza. Mucho he tardado, pero era necesario dejar que el tiempo y los sucesos despejaran vuestro horizonte. Ha llegado el día en que podáis disfrutar esa soñada dicha, libre de un enemigo poderoso, rodeada con las formalidades de la ley, aceptada por la conciencia pública, bendecida por la religión, y libre también de la tristeza que el remordimiento de un crimen podría esconder en el corazón de vuestra esposa… ¡Dorantes ha muerto!… Medina ha perecido en lazo de Xicalanco. Chirinos, caminando en pos de riquezas y de victorias, será atraído al fondo de las selvas de Huayaccic, donde tenemos escondidos a los guerreros de Ixtlitl, y encontrará la muerte. Así, ninguna sombra ofuscará vuestra alegría.

Tetzahuitl se precipitó en los brazos de Negromonte.

—Falta —continuó éste— que os sometáis, en la apariencia al menos, a las ceremonias cristianas, tanto para destruir las sospechas de Valencia, como para que podáis gozar vuestra dicha en plena libertad, en medio de los españoles, mientras llega el momento…

—Todo, todo lo que quieras es útil y bueno —dijo Tetzahuitl—; ahora señala el día para conocer y medir la distancia que me separa de tan grato destino…

—¡Mañana!

Un grito angustiado, y poco después el golpe de un cuerpo al desplomarse, vino a interrumpir de súbito el curso de aquel diálogo.

Todos pusieron mano a las espadas, y se volvieron violentamente hacia el punto donde aquel gemido y aquel golpe sordo habían resonado. Cempoatl se lanzó allí de un salto.

—¿Qué es? —le preguntaron todos.

—¡Una mujer!… —exclamó Cempoatl con voz profunda.

Todos acudieron. En efecto, una joven, Juanita, blanca y fría como el mármol, yacía tendida sobre las rocas que formaban el umbral de la grieta.

—¿Será una espía?… —dijo Temachti.

—Démosle muerte —dijeron de una manera lúgubre los caciques.

Negromonte contempló algunos momentos a la joven, y dijo volviéndose a Temachti:

—Descuidad… aquí no existe nada que nos deba causar espanto. No es acaso más que el episodio fatal de un doloroso drama.

—Sí —dijo Tetzahuitl en el oído de don Pedro—; esa infeliz me ama…

—Sea lo que fuere —dijo el jefe de los caciques—, el secreto de nuestro asilo ha dejado desde hoy de ser inviolable. Sería preciso guardar a esa mujer, y hacer que nos descubra quién la condujo a este recinto…

2. Donde el lector verá dos nuevas víctimas enfloradas para el sacrificio

Villadiego, que no había querido aventurarse en las lóbregas fauces de la cueva, no quiso que Juana, si lograba salir, se hallara completamente abandonada en aquel desierto, y tuvo por prudente buscar un hueco entre las ramas, y esperar allí oculto y en silencio la vuelta de su atrevida compañera.

Pero pasaron dos largas horas, y Juana no aparecía. Jorge comenzaba a creer que algo fatal había acontecido, y ya abandonaba su escondite para acercarse a explorar la boca del subterráneo, cuando escuchó rumor de voces y vio abrirse por diferentes puntos la espesura.

Las voces siguieron hablando algunos instantes; después callaron, y a la luz de la luna que aquella noche era esplendente, Jorge pudo distinguir que varios hombres se desperdigaban por el llano dejando tras de sí la soledad y el silencio.

—¡Por mi santiguada! —exclamó Villadiego—; ganas me dan de preguntar a esos bergantes qué han hecho de esa pobre niña… ¡se la han tragado!… no hay duda. Veamos ahora si me es posible hallar el camino de la ciudad…

En esto comenzó a buscar la vereda; pero no había andado veinte pasos, cuando vio que tres hombres se adelantaban hacia él, hablando en voz alta, y se detenían a una corta distancia.

Después de haber conversado en voz baja, pero animadamente, como podía notarse por los ademanes, uno de aquellos hombres estrechó la mano de sus compañeros, y se alejó tomando el rumbo de la ciudad de Iztapalapa. Cuando hubo desaparecido, los dos hombres que quedaban siguieron hablando.

Jorge percibía solamente un rumor sordo y una que otra palabra.

—Ya lo creo —dijo la conocida voz de fray Roque—; este imbécil pudo perdernos con su necia pregunta. Pero creo también que esta imprudencia será la última.

—Así lo espero —replicó Negromonte, pues no era otra la persona que había quedado con el padre—; ahora que Salazar no puede escucharos, espero me digáis de una manera general qué giro toman los negocios del monasterio.

—¡Ah!, se adelanta.

—¿Habéis visto a fray Lope?

—Acababa de separarme de él cuando recibí vuestras órdenes. El negocio marcha. Los refugiados forman ya un número de doscientos cincuenta hombres. El padre Valencia es el alma, y Andrés Tapia el brazo de esta conspiración. Fray Lope no sabe cuál será el número preciso de los castellanos armados ya para dar el golpe; mas él calcula poco menos de doscientos.

—Lo sé; ¿pero ya están ahí los nuestros?…

—¡Todos!…

—¿Todos?

—Sin faltar uno.

—¿Fray Lope no ha observado si inspiran sospechas?

—¡Bah!, no conocéis a esos gaznápiros… La treta que dio al traste con el difunto Arróyave, decidme, ¿a quiénes se les debe?… Fray Lope me asegura que nuestros muchachos son considerados por Estrada y Tapia, como los hombres más adictos a don Hernando. Sin embargo, don Pedro, ¿creeréis que siento a veces no sé qué vagos temores, cuando veo que diariamente crece el número de los conjurados?

—No importa —replicó don Pedro—; carecen de dos principales elementos, que son: el valor y la fuerza.

—Pero la fuerza aumenta, y esto les dará el valor que les falta.

—Si les damos tiempo… mas ya sabéis que sólo espero a que se reúna allí todo lo más terrible, para darles el golpe… Salazar ha querido atacarlos, pero teme la excomunión… yo haré volar el monasterio; y la comunidad y sus excomuniones, y su florido ejército de caballeros, serán en un instante menos que el polvo donde todos se abismen.

—Amén —dijo fray Roque—, ¿y Salazar?…

—Le exprimiremos… y después daremos un día de regocijo al pueblo, presentándole, clavada en una escarpia, la mano que ha pillado tantos caudales.

—¡Por el diablo!… parece que nuestro cielo se despeja…

—Ya lo veréis… apenas tocamos al principio, y ya la suerte comienza a acariciarnos con sus favores. Nuestros negocios en Europa caminan rápidos con el impulso de ese raudal de oro que les enviamos desde las playas de la América. La pérdida de Salazar no hará más que poner el sello a ese amor que hemos comprado a la colonia con el destierro de Chirinos y de su falange. El matrimonio de Isabel, hace mío al futuro monarca de los aztecas, y las esperanzas que hemos dado a los caciques, ponen caudales fabulosos y pueblos enteros al servicio de nuestros planes. Un año… un año más, y os juro que la América será nuestra.

—Amén —volvió a decir fray Roque—; pero tan bello porvenir, puede acaso desvanecerse como un sueño…

—Todo es posible.

—Pero esto es probable…

—¿Qué os causa miedo?

—Que se descubra el fraude… Si el pueblo sabe que Cortés vive… ¡Oh!, si lo saben los indios…

—¡Bah, risa me dan vuestras dificultades! Si Cortés no ha muerto, morirá… él y todos los suyos. Los caciques de Coatzacoalcos recibirán hoy mismo trescientos arcabuces, para el caso en que secretos agentes que deben estar ya al lado de Cortés, no se hallen con valor para exterminarle… Entretanto, el pueblo no desconfía. Y si hay algunos que aún duden, mañana se convencerán, cuando presencien el matrimonio de las viudas.

Crescite et multiplicamini… ¡pobres ausentes!

—¿Tenéis arreglado ese negocio?

—¡Oh!, si… son negocios que se arreglan por sí solos…

Después de esto las yerbas volvieron a moverse, y las voces fueron debilitándose gradualmente hasta extinguirse.

Villadiego reunió todas las palabras que el viento había llevado hasta sus oídos, y después de filosóficas y concienzudas reflexiones, vino a dar a esta consecuencia:

—Pues nada entiendo. ¡Tal estaba de pulque!

¡Hombre bienaventurado!, qué horas de inefable contento hubieran arrebatado a su existencia esas palabras que devoró la noche antes que él pudiera escucharlas y comprenderlas.

Algo contrariado con la desaparición de Juana, Villadiego se despidió con horror de aquellos sitios, y avanzó a toda prisa en dirección a la ciudad, cuyas luces le parecían tan lejanas como los astros.

A las dos horas entraba por una sombría calle de naranjos, que del centro de Iztapalapa le condujo a la orilla del lago. Sonando las tres de la mañana, Villadiego desembarcaba en México. Internóse por las calles de la ciudad, y pronto se detuvo en una puerta. A los primeros golpes se iluminaron las hendeduras del postigo, y una voz gritó desde adentro:

—¿Sois Jorge de Valencia?

—Sí; ¿sois vos, compadre?

La puerta giró sobre sus goznes, y apareció Zancadilla.

—¡Cáspita! —dijo éste—; os hacéis esperar como diablo… entrad…

Jorge obedeció. Zancadilla, después de asegurar la puerta, asió del brazo a Villadiego, y ambos atravesaron por un patio, subieron por una pequeña escalera, y penetraron en un aposento.

Allí no había otros muebles que un lecho, una mesa de caoba, dos o tres bancos de encino, y en un rincón dos caballetes, un arnés, la espada y el arcabuz de Zancadilla.

—¡Cuerno! —dijo Villadiego acercando el rostro al vestido de Zancadilla—; ¡estáis hecho un príncipe!…

En efecto, aquella noche Zancadilla estaba inconocible. Además de estar perfectamente peinado y limpio, vestía calzas de terciopelo verde, justillo del mismo género y color, con mangas acuchilladas de raso encarnado, y borceguíes de ante, bordados de oro. Todo era viejo. Zancadilla tenía la rara habilidad de conseguir vestidos viejos de la última moda. Erguíase con elegante majestad ante las miradas medio atónitas, medio burlescas de Jorge Villadiego.

—¡Canario! —exclamó éste—; buen regalo preparáis a la novia; pero os habéis adelantado mucho, compadre… son apenas las tres, y el negocio tarda todavía tres horas…

—¡Quiá!, ¿tres horas?…

—Tres: yo me acuesto.

—No haréis tal, compadre; a las cuatro estamos citados por esas damas, y apenas tendréis el tiempo necesario para prepararos.

—¿A las cuatro?

—Sí.

—¿Tan pronto?

—Sí, daos prisa, o yo me marcho solo…

—¡Esperad!… voy a vestirme…

Dejemos que Villadiego se acicale y vista un traje semejante al de su compañero Zancadilla, y entretanto pasemos a otra casa, donde nos esperan dos nuevos personajes.

No es importante pormenorizar la descripción de la casa.

Penetremos desde luego en una de las habitaciones, y encontraremos allí a dos damas que con la frente reclinada en los cristales del balcón, miran extenderse tras de la cordillera los primeros tintes de la alborada.

La luz es todavía crepuscular, pero ya permite examinar el traje y la fisonomía de las damas.

Otra luz, la de la historia, alumbrará el carácter y el pensamiento de estas dos señoras.

Diana, la más joven, había sido bonita quince años antes del momento en que la presentamos a nuestros lectores. Ahora su rostro, donde no se extinguían aún los últimos reflejos de una antigua hermosura, iba tomando esa circunspección involuntaria que dan a las fisonomías la edad, la reflexión, y esa serie de ilusiones y desengaños que constituye la vida. La frente había perdido su tersura. En las mejillas, todavía sonrosadas, podían adivinarse el número y la dirección de los pliegues que allí marcaría la sonrisa. Eran blancos los dientes, los ojos brillantes, la barba todavía graciosa. La garganta parecía tener aún veinte abriles. Diana había sido alta, delgada, esbelta, ligera, flexible, allá en otros tiempos, cuando triscaba en las márgenes del Betis, acariciada por las auras perfumadas de Andalucía. Ahora su cuerpo, fatigado con el peso de los treinta y cinco, no conservaba de aquellos encantos más que la sombra; pero aún aquella sombra podía satisfacer el corazón, y envolver una cabeza juvenil con el dorado velo de las postreras ilusiones.

Ahora podía decirse que había recobrado su frescura. El peinado, la blancura del justillo, la falda azul, los encajes, el brillo de los alamares de acero que formaban un chorro de luz desprendiéndose de su cintura, y más que todo, la animación y el colorido del semblante, y ciertas actitudes encantadoras, por más que fueran estudiadas, devolvían a Diana aquella noche todo el brillo de su juventud y el atractivo de su antigua hermosura.

La otra dama, de quien luego hablaremos, no pudo contener una exclamación de asombro, cuando Diana, después de algunas horas de tocador, se presentó ya transformada a sus ojos. Y más, que Diana, por no sé qué instinto, acaso porque una mujer siente donde quiere la mirada del hombre, ensaya fascinarle, salió sonriendo de un modo divino. Aquella sonrisa hacía pensar en la del ángel de blancas alas y de tendida cabellera, que pintan cruzando por el azul del cielo, fija la mirada en los astros.

Diana contaba diecisiete años, cuando fue casada por su padre con un hombre a quien no profesaba más afecto que el de un amigo. El día que supo que la destinaban a enlazarse con Alonso Molineta, centurión en los ejércitos de Flandes, rompió en llanto, y arrojándose a los pies de su padre, le dijo:

—¡Señor, no me hagáis infeliz; mirad que ya tengo elegido al esposo de mi alma!…

Aquel severo padre ni siquiera hizo un gesto. Descolgó las bridas de su caballo, las dobló en cuatro, y dio tal azotiza a Diana, que la pobre joven pidió a gritos la mano de Alonso Molineta. Casáronse; Diana aborrecía a su esposo; pero llegó al colmo su aborrecimiento, cuando Alonso le dijo: «Mañana marchamos a la América». Vinieron, y pasó el tiempo; mas un día, el mismo en que Estrada y Albornoz eran llevados por Chirinos a las prisiones de la fortaleza, Diana, que asomada a la puerta contemplaba con admiración el triste destino de aquellos gobernadores, dio un grito y cayó desmayada. Casi al mismo tiempo uno de los corchetes que iba custodiando a Albornoz, lanzó un gemido semejante y rodó por el suelo. Diana y su amante acababan de reconocerse, y aquel amante le conocemos: era Zancadilla.

El día que la noticia de la muerte de Cortés llenaba de luto la ciudad, en dos corazones hervía un raudal de dicha y de inefables esperanzas; Diana y Zancadilla se expresaron en una mirada lo que sentían sus corazones: ¡qué dicha! ¡Alonso Molineta había partido con don Hernando! ¡El aborrecido esposo había muerto!

—¡Celestiales caribes! —exclamó Zancadilla—. ¡Molineta se había tragado mi felicidad, y ahora vosotros os tragáis a Molineta!… ¡benditos seáis!…

Cierta ocasión en que se hallaban Diana y su amante recordando sus desdichas pasadas y su felicidad presente, una voz que ignoraban de dónde salía, les dijo:

—¿Por qué no os casáis?…

Volviéronse asustados, y halláronse frente a frente de un hombre que les pareció el demonio: era Negromonte.

……………

Pasemos ahora a la otra dama.

Clara tenía cuarenta y ocho años. En sus quince había sido gorda, fresca, alegre, colorada, «hermosota» como suele decirse. Semejante a una dalia que tronchada de su tallo se marchita sin perder sus colores, Clara conservaba los que una infancia nutrida con el aire de los campos había extendido sobre sus robustas mejillas. No le faltaba un solo diente; pero los labios habían perdido el brillo, y el vello que treinta años atrás formaba sobre el labio superior una leve sombra, comenzaba a poblarse en sus extremidades con algunas canas, que en fuerza de los continuos repelones habían acabado por tomar el grueso y la rigidez de una cerda. Los ojos eran grandes, algo salientes, animados, pero su párpado inferior, caído por el lagrimal, mostraba sobre el rojo de la conjuntiva el cauce ahondado por el continuo escurrimiento de una lágrima. Las cejas muy abundantes se juntaban sobre la nariz, que era tosca sin ser deforme.

Los párpados comenzaban a atirantarse como bajo el peso del sueño. Del sueño; porque la vida es una desvelada; envejecer es cabecear, morir es dormirse…

Clara se había aguantado firme durante casi todo el espectáculo, pero ya bostezaba; la luz del nuevo día que es la vejez, blanqueaba ya sobre los cabellos de su frente.

Sin embargo, Clara quería parecer joven; se bañaba en agua fría, se adornaba con exceso, corría, se agitaba, mostrábase retozona y vivaracha, reía, se tuteaba con las muchachas y hacía que temblaba de los hombres… Pero todo era en vano. Clara era una vieja, a despecho de su locura. Su rostro, sin que ningún poder alcanzase a cambiarlo, era serio, respetable. Aquella señora tenía, como Lamartine dice de Luis XVI, «tenía la respetabilidad de la edad y la inviolabilidad de la majestad». ¡Clara soñaba con el amor! Era lo que en las novelas se llama una mujer ardiente. Era, sin duda, la realización del ideal de esos jóvenes poetas que ansian una mujer de fuego.

Clara leía muchos versos, y sabía amar… esto costó sendas pesadumbres a Redondillo, el infeliz esposo de aquella gorda que, como María Antonieta, podía ser acusada de ternura. Redondillo se daba al diablo, pero sufría en silencio. ¿Por qué?, le preguntaba un día uno de sus amigos. ¿Qué he de hacer?, dijo; ella es la dueña del dinero. Entonces el amigo le replicó, diciéndole en latín este bien traducido epigrama de Marcial:


Fabio, ¿por qué no me caso,
dices, con rica mujer?
Porque no quiero yo ser
la mujer, y este es el caso.
 

Redondillo se quedó pensativo, calculando que si hubiera sabido aquel verso veinte años antes, no se hubiera casado.

El día que Clara oyó a Pedro Valiente contar el desastre de la expedición, lanzó tales gritos, que las gentes la creyeron loca. Si el lector se acuerda, por ventura, de aquellas dos mujeres a quienes fue a consolar Juana Mancilla, le diremos que una de ellas era Diana, y la otra la esposa del infortunado Redondillo.

Más tarde se confirmarán las noticias, y las viudas comenzarán a probar el consuelo.

Clara, que según la fama contaba con algunos miles de maravedís, fue solicitada, como todas las viudas ricas, por un sinnúmero de perdularios. Pero ya su corazón tenía dueño. Un hombre la había comprendido. Aquel ser clásico, aquella figura elegida por la romancesca fantasía de Clara, aquel hombre capaz de realizar el sueño de amor de una alma ardiente, era… ¡qué abismo es la mujer!; aquel hombre se llamaba y era Jorge Villadiego y Valencia.

Ha llegado el instante de santificar los lazos de este amor con la bendición del sacerdote y la mirada del Omnipotente…

Clara no ha dormido. Su alboroto no tiene límites. Ha empleado la noche entera en su toilette, como dicen algunos pedantes.

Su lujo era churrigueresco…

* * *

—¡Las cinco y media! —exclamó Diana levantando un dedo para señalar la dirección que traía el eco de las campanadas.

—¡Y esos caballeros no vienen!… —repuso Clara poniéndose las manos sobre los cuadriles y dando una rabiada al estilo de las andaluzas.

—¡Dios mío!… —volvió a exclamar Diana.

—¡Qué!… niña…

—Creo que son ellos…

—¡A ver!…

Las dos cabezas se pegaron al vidrio, y de ambas bocas salió esta exclamación:

—¡Son ellos!

En verdad, por la calle que debe ser hoy la del Tompeate, acababan de aparecer Jorge Villadiego y el deslumbrante Zancadilla.

Clara dejó escapar un suspiro medio sofocado, y tomando a Diana por el brazo, le dijo con cierta agitación:

—¡Ay, niña!, mira…

—¡Qué!

—Trae tu mano… tienta aquí…

—¿Adónde?… no…

—Aquí, sobre mi pecho…

—¡Ah!…

Diana colocó su mano sobre el seno de Clara y procuró sentir las palpitaciones. No sintió nada; el corazón parecía ahogado tras las bastas de aquella portentosa gordura. No así el de Diana, que saltaba tras de las costillas como el azorado pajarillo tras de las rejas de su jaula.

Pasaron diez minutos. Se abrió la puerta que daba al corredor, y aparecieron con sombrero en mano los dos novios, saludando con una graciosa cortesía.

Diana se adelantó a recibirlos. Clara permaneció asomada a los cristales, como si no hubiera sentido maldita la cosa.

—Pasad, caballeros —dijo Diana tendiendo una mano a Villadiego y lanzando sobre Zancadilla una mirada… ¡qué mirada!, parecía la del viajero al contemplar las cumbres del Popocatepetl, las columnas del Partenón, el derrumbe del Niágara o el incendio de una aurora en el Polo.

Zancadilla se cubrió de rubor como una dama, y el sombrero se escapó de sus manos. Aquello hizo sonreír de satisfacción a Diana.

—No me ha visto —dijo Villadiego indicando con un ojo a Clara, que en ese momento parecía más distraída que nunca y había tomado una actitud escultural.

Quedóse un instante contemplando a Clara, que estaba vuelta de espaldas. Aquel robusto cerviguillo, casi tan blanco y tan brillante como los hilos de perlas que lo circundaban; aquel laberinto de frescas y perfumadas trenzas, aquellos hombros, aquellos brazos desnudos, aquella espalda, aquello todo tan terso, tan blanco, tan sano, tan gordo, llevaba a Jorge Villadiego de contemplación en contemplación hasta el delirio, y del delirio al éxtasis.

Entretanto, Diana y Zancadilla, acurrucados en su asiento, conversaban sin ocuparse de las cosas terrestres…

Villadiego se atrevió a murmurar el nombre de Clara, y dio dos pasos adelante.

—Señora… —repitió, acercándose otro poco más— señora…

—¡Ay! —gritó Clara estremeciéndose.

—Ya me tenéis aquí…

—¡Voto va! —dijo Clara sonriéndose—, ¿sois vos, Valencia?

—El mismo, señora; no había necesidad de negároslo.

—Sentáos, Valencia; creo que todavía es demasiado temprano.

—¡Quiá!, señora… son las seis dadas, y ya debe haber comenzado la misa en el monasterio.

—¡Cuidado con mentir, Valencia!

—Os juro que ya es tarde, señora.

—¿Estáis impaciente?

—¡Canario!… ¿y me lo preguntáis?…

—¡Ay, Valencia!…

—¿Qué tenéis, señora?…

—No lo sé, Valencia…

—No ha de ser nada…

—Suena ya para mí la hora solemne de la vida. Siento un extraño júbilo mezclado con no sé qué temor, cuya causa ignoro. Mi espíritu sonríe contemplando un sueño de felicidad, y no obstante, mi corazón tiembla de espanto… ¿Qué es esto?… A veces siento en mi alma el regocijo; pero siento que a mis ojos se agolpan las lágrimas.

Clara quedó meditabunda.

—¿Y qué será ello? —preguntó Jorge a poco rato.

—¡Valencia!…

—¡Presente!

—¡Es que desconfío de tu cariño y temo tu infidelidad al mismo tiempo que anhelo verte mío!…

—Vamos, señora —replicó Villadiego, que comenzaba a enternecerse—. Dejad eso para más tarde, y…

—¡Valencia!, ¿qué es lo que dices?

—Digo, señora, que todavía no es tiempo de entrar en semejantes polémicas… allá cuando sepáis que otra mujer me goza…

—¡Te mato!…

—Bien hecho, señora; no diré entonces ni esta boca es mía…

—¡Cielos!, qué recuerdos me asaltan en este instante…

—¿Cuáles?…

—Redondillo.

—¡Ea!, dejad en paz a los difuntos, y no me atormentéis a mí con vuestros recuerdos… pensad sólo en la dicha con que pronto inundaréis mi existencia.

—¡Ah, vosotros los hombres queréis poseer el corazón de una mujer hasta los últimos rincones donde moran los afectos más inocentes! ¿Y para qué, Valencia?… para llenarle de amargura.

—¡Ah, Clara! —exclamó Villadiego en un arranque inesperado—, me amáis, ¿no es verdad?…

Clara se agitó como el que quiere pronunciar una palabra y no la encuentra. Al fin tendió su mano a Villadiego, y exclamó con un acento trágico:

—¡Ingrato!…

—¡Diantre! —dijo Villadiego.

—¡Ingrato!, sí… cuando yo esperaba verte delirante de regocijo; cuando yo creía que tú, al verme, te arrojarías entre mis brazos, te detienes frío y me diriges un saludo vulgar y una mirada indiferente… ¿Adónde está tu amor?, ¿adónde está ese fuego que no te abrasa el corazón ni sale ardiendo como el rayo por tus pupilas? Pues bien; hombre insensible, verás lo que es la abnegación de la mujer y el tesoro de virtud que se esconde tras el cristal de una alma virgen… ¡Yo me resigno a tu cruel indiferencia, yo te amo!… te amo como ni los hombres, ni los ángeles, ni los serafines, ni los…

¡Pum! Clara abrió los brazos y cayó sobre Villadiego con el peso de una avalancha. Aquello era el abrazo de un Hércules.

—¡Señora!… —exclamó Villadiego, arrinconado en el balcón—, mirad que nos está observando Zancadilla.

Clara comenzó a sollozar sobre un hombro de Jorge, y allí entre los sollozos, le dijo:

—Yo apuraré la copa hasta las heces…

—Bien dicho, señora —replicó Villadiego—, eso es lo mismo que yo hago para consolarme.

—¡Copa de amargura!…

—De lo que fuere; todo es lo mismo; pero alzáos, señora… ¡eh, qué diablo!, vamos a desquebrajar este vidrio…

—¿Me amas?

—Mucho… pero… ¡por favor!

—¡Mientes, perjuro!

—¡Canario!…

—¡Las seis y cuarto! —gritó Diana levantándose de su asiento.

—¡La misa! —exclamó Zancadilla.

Clara abandonó a Villadiego y fue a tomar su manto que estaba prevenido sobre una silla. Diana, que había escuchado como en sueños los reproches de Clara, preguntó a ésta:

—¿Qué ha pasado?, ¿habéis reñido, como lo hacéis todos los días?

—No —repuso Clara, perfectamente tranquila—; no es nada, niña —luego se tomó del brazo de Villadiego, y repitió sonriéndose—: No es nada… ya sabes… son tempestades de verano. ¡Marchemos!…

Las dos parejas, radiantes de alegría, tomaron el camino del monasterio…

* * *

A las diez estaban ya de vuelta. Venían casados. Casi a la misma hora el padre Valencia bendecía la unión de Tetzahuitl y de Isabel Dorantes. Salazar festejó aquel día a los novios, en una casa de San Cosme, con un almuerzo y un espléndido baile, a que asistió lo más selecto de la sociedad española.

3. Las burlas de la suerte

Llegó la noche… dieron las tres de la mañana… Un grupo como de dieciséis jinetes se detenía delante de la puerta del monasterio. El caballero que parecía el jefe de aquellos hombres, se apeaba, llegaba a la puerta y descargaba allí dos o tres golpes furibundos, con la mano aforrada por el guantelete.

Se abrió el indispensable postiguillo, y una voz soñolienta dijo saliendo entre un bostezo:

—Dios os guarde, hermano; ¿qué se os ofrece?

—Me dicen —repuso el caballero— que aquí deben hallarse Jorge de Alvarado y Andrés Tapia.

—¿Aquí? —dijo la voz con extrañeza.

—¡Aquí!

—Hermano, me parece que os han engañado; ¿quién os lo dijo?

—Pedro de Paz.

—¿Él os envía?

—Sí.

—Pues hermano, me duele en el alma… pero…

—¿Desconfiáis?

El portero aquel, en vez de responder sacó las narices por entre las rejas del postigo y procuró observar la facha y catadura del desconocido.

—¿Abriréis? —dijo éste.

—Si tuvieseis la bondad de esperarme… iré a avisar al prior…

—Bien —repuso el caballero—; decidle que vengo enviado por el muy magnífico señor don Hernando Cortés.

—¿Don Hernando?… —exclamó el otro.

—Sí.

—¿Cortés?…

—El mismo.

—¡Cáspita!, ¿llegáis por ventura del Purgatorio?

—¡Por el diablo!

—¡Esperad!, voy corriendo…

Oyóse cómo el portero se alejaba. El caballero se acercó a su rocín, le pasó el brazo por encima de la silla, y reclinado allí esperó, viendo entretanto pasar las pardas nubes que a la sazón cubrían los rayos de la luna.

Pasó un buen rato; al cabo comenzaron a rechinar las ventanas, por cada una de las cuales se asomaban cautelosamente varias cabezas, que parecían cuchichear, observando con desconfianza al caballero.

—¡Quién va! —gritó por fin una de las cabezas.

—¿Sois el prior? —preguntó el desconocido.

—¿Buscábais a Alvarado?

—Sí.

—¿Qué se os ofrece?

—¿Sois el capitán?

—Sí; ¿quién sois vos?

—Soy Martín Dorantes, llego enviado por mi señor, con cartas para vos y para el capitán Andrés Tapia.

Un rumor producido por mil exclamaciones de sorpresa, recorrió la línea de las ventanas. Oyóse poco después el retumbar de muchas pisadas. Los cerrojos se descorrieron y la puerta se abrió para dar paso al caballero y sus jinetes.

* * *

Daban las seis cuando la puerta volvió a abrirse; salieron de ella dos hombres embozados, y se encaminaron, casi a escape, rumbo al palacio del Empedradillo.

Pronto llegaron, anunciándose con terribles golpes dados en la puerta con el pomo de los puñales.

—¡Quién va! —gritaron de adentro.

—¡Nosotros!, abrid pronto.

—¡Diantre!… os anunciáis con un taco…

—¡Abrid!…

—¡Voy allá!…

Sonó la llave, abrióse la puerta, y los dos hombres se lanzaron por aquel zaguán sin atender a las reclamaciones del portero; treparon por las escaleras, se entraron en los aposentos y fueron a golpear los vidrios de la misma habitación adonde Salazar dormía.

El gobernador se despertó sobresaltado.

—¿Qué… qué pasa?… —preguntó arrojándose fuera de la cama.

—Yo, señor —respondió uno de los hombres.

—¿Garrido?…

—Sí, señor…

—¿Qué pasa?… ¡entrad!…

Garrido impulsó la vidriera, y él y su compañero penetraron dentro de la alcoba.

Salazar estaba en pie, casi desnudo, medio oculto en los cortinajes de su lecho. Su rostro abotagado, su cabellera enmarañada y sus ojos enrojecidos, mostraban el efecto de la borrachera del día anterior, que se había prolongado hasta en la noche. El regüeldo de la intemperancia parecía inflar los carrillos de aquel gobernador que aún articulaba con dificultad las palabras.

—¡Señor!… —dijo Garrido, cuya respiración era agitada—; huid, o preparad vuestra defensa, porque estáis en peligro. Ha llegado Martín Dorantes; Cortés ha llegado a Medellín, y sus cartas están en manos de Alvarado. Las cartas de los soldados de la expedición se leen en este mismo instante por toda la ciudad: ¡Tapia estará aquí dentro de poco, a la cabeza de trescientos conjurados que piden a gritos vuestra muerte!…

Salazar quedó estupefacto; sus ojos, horrorosamente extraviados, recorrieron como en busca de una salida los ámbitos del aposento.

—Llamad a Negromonte —dijo.

—¿Adónde está, señor?

—No lo sé… ¡llamadle!… ¡pronto!…

—Ignoramos…

—¡Llamad a Benavides!…

—¿Benavides?… señor… está en Iztapalapa…

—¡Rayo de Dios!… es cierto… ¡se han marchado todos a ese maldito subterráneo con esos indios que el diablo confunda!… y yo que debía estar tan bien allí… ¡mentecato!… a ver, señores… vos, Garrido… llamadme a Barrientos…

En esto se escuchó por la calle un ruido inmenso que a lo lejos mugía como las ráfagas del aire.

—¿Oís?… —dijo el compañero de Garrido.

—Sí —dijo éste abalanzándose al balcón.

—¿Vienen? —preguntó Salazar, que no atinaba a meter la pierna por las calzas.

Garrido le ayudó a vestirse; Salazar no cesaba de hacer preguntas al personaje del balcón, y temblaba como el perro empapado por una lluvia de diciembre, en tanto que Garrido, trémulo también, le cerraba la botonadura del justillo.

El ruido crecía y se aproximaba; oíanse las carreras de algunos transeúntes azorados; tropel de jinetes, voces confusas, algunos tiros de arcabuz, y el golpe de pesadas ruedas que saltaban sobre el empedrado haciendo sentir un movimiento de trepidación, que hacía crujir los techos y llover pedruscos de tierra que se estrellaban de un modo siniestro sobre el piso.

—¡Huyamos! —exclamó Salazar dejando un trozo de la manga entre las uñas de Garrido, y yendo a forcejear con el pestillo de una puerta que parecía empeñada en cerrarle el paso.

—¡Ocampo! —gritó Garrido al del balcón—; venid con nosotros… por aquí hay una salida…

—¡Quietos! —dijo el otro—, no haya temor… estamos en salvo… es don Luis de Guzmán que llega con la artillería… calmáos…

—¿Pero esos tiros? —preguntó Salazar.

—Han cesado, señor; son probablemente algunos disparos que la retaguardia de Guzmán se cruza con las avanzadas de Tapia… aquí llegan…

—¿Luego vienen tras de Guzmán?…

—Sí, señor…

—¡Luego tendremos un mitote!

—Lo creo irremediable…

—¡Dios!… ¿y qué fuerzas traen los conjurados?…

—Eran trescientos cuando se formaban en los patios del monasterio… pero…

En esto apareció en la puerta don Luis de Guzmán, pálido, sofocado, convulso, con el traje en desorden y arrastrando en una mano la hoja desnuda de su acero.

—Su merced… el señor Salazar… ¿adónde está?… —preguntó.

—¡Defendednos! —dijo el gobernador saliendo al encuentro de Guzmán—; en vos confío; tenéis en vuestras manos mi vida y la seguridad del reino…

—Bien, señor —dijo don Luis calmándose—; sólo esperaba vuestras órdenes para saber a qué atenerme respecto de esos miserables.

—Arremeted con todos, repletad de metralla vuestros cañones, y barred sin compasión a esa turba insolente de los conjurados…

—¡Cáspita! —exclamó Garrido—; parece que se avanzan…

—¿Cuántos hombres traéis? —preguntó Salazar.

—Doscientos.

—¿Cañones?…

—Doce.

—¡Por mi madre!… con eso es suficiente para reducir a polvo a ese canalla. ¡Vamos!…

Salazar arrebató un sombrero que estaba sobre una columna de la cama, y se lanzó por la escalera seguido de Guzmán, de Ocampo y de Garrido.

* * *

En cosa de 20 líneas, don Lucas Alamán cuenta los hechos que la ciudad presenció aquella mañana entre el asombro y la alegría.

«Aunque las fuerzas reunidas en San Francisco no pasaban de quinientos hombres, Andrés de Tapia y Jorge de Alvarado marcharon denodadamente con ellos a atacar a Salazar; pero antes de hacerlo, dejando la tropa situada en las esquinas de las calles, Tapia se adelantó a caballo a hablar con Salazar, a quien le pidió manifestase las cartas e instrucciones del rey que había dicho tener para sus procedimientos contra Cortés, y habiendo dicho que no las tenía, Tapia, arremetiendo con el caballo, gritó a la gente que acompañaba a Salazar: “Caballeros, prendedle; no queráis ser traidores”. Entonces Salazar tendió la mano con la mecha a un cañón, diciendo: “Calla, si no quieres que pegue fuego”, a cuyo tiempo don Luis de Guzmán que mandaba la artillería de Salazar, temiendo ser atacado por la espalda, la hizo entrar a la casa con parte de la gente: el resto que quedó fuera se unió con Tapia, y éste acometió contra la casa, cuya puerta fue derribada y la casa entrada por muchas partes. Tapia cayó del caballo herido de una pedrada; y Jorge de Alvarado dio presto con Salazar, a quien él y los demás jefes pudieron salvar del furor de los soldados: la gente de Salazar se desbarató y huyó, saltando por las ventanas y paredes. A Salazar le echaron una cadena al cuello, y con mucho vituperio le pasearon por calles y plazas para que todos le viesen, y no juzgándole seguro de otra suerte, le encerraron en una jaula de vigas gruesas que al efecto construyeron».

Estrada y Albornoz ocuparon inmediatamente el puesto de Salazar y de Chirinos. Tapia se lanzó en persecución de este último, y mientras Pedro de Paz queda custodiando la ciudad, Jorge de Alvarado con cien lanzas y precedido por algunos guías, tomaba el camino del Huixahtecatl, en busca de Benavides y Negromonte.

* * *

—Capitán —decía Dorantes a Alvarado—, ¡qué diablo!… permitidme que dé un abrazo a mi esposa antes de que partamos.

Alvarado se caló la visera para ocultar su turbación, y respondió:

—¡Ea!, tiempo tendréis para desahogar vuestra ternura. No ha llegado el instante en que os podáis abandonar con entera confianza a ese placer comprado con tan dilatada ausencia. Estamos casi al principio del combate, y si la muerte os hace una diablura, no conseguiréis con vuestro abrazo más que aumentar en Isabel ese pesar que deje en su alma vuestra pérdida.

—Tenéis razón… pero a fe mía que estáis siniestro.

—¿Qué queréis?… paréceme que los que marchan al peligro deben estar aparejados a la muerte.

—Por lo mismo… vos, capitán, os prevenís haciendo vuestro testamento siempre que os preparáis para una danza… yo no tengo bienes de fortuna… yo dejaré a mi pobre esposa un adiós y mi postrera lágrima.

—Bien… ¿y de qué sirve a vuestra esposa el adiós y la lágrima?…

—¡Cómo de qué!…

—Sí.

—Mirad, capitán —dijo Dorantes después de un momento de vacilación—; a ella… de nada le serviría mi llanto… pero el suyo sería para mí…

—¿Un placer?

—¡Un consuelo!

—He ahí el egoísmo. Daríais mayores pruebas de vuestra sensibilidad, y seríais magnánimo, si ahorráseis a Isabel ese momento atroz de una despedida.

—¡Bah!, si yo me despidiera de ella para marchar al cadalso…

—¡Cáspita!, si no estuviera acostumbrado a admirar vuestro arrojo, diría que tenéis esa seguridad de los que piensan no batirse.

Dorantes inclinó la cabeza y guardó silencio. Detrás de él, entre revueltos cortinajes de polvo, se escuchaba el eco incesante del galope de cien corceles.

4. Que será un modelo para los autores que tengan precisión de terminar una historia

Era el día señalado para solemnizar el matrimonio de Isabel, según el rito de los indios. Era asimismo el día en que Tetzahuitl, reconocido como el sucesor de Cuauhtémoc, debía recibir de los caciques la macana de oro y el cetro del futuro reino del Anahuac. Temachti había franqueado a Negromonte y a sus compañeros el seno misterioso de aquella gruta. Habíase roto a pico la argamasa endurecida de unas rocas del muro. Las rocas cayeron y apareció un arco abocinado, entrada de una nueva gruta que era una especie de santuario. Descendíase allí por una suave escalera de mármol negro con balaustrada de oro. Hallábase uno desde luego en un recinto inmenso de una peregrina hermosura. Aquel lugar, tan sólo hermoseado por el ingenio azteca, había sido formado muchos siglos antes en el hueco del antro, por la naturaleza misma. El agua saturada de sales había trasporado lentamente por los peñascos, y las gotas, convertidas en cristales por la evaporación y por los siglos, se habían acumulado, formando enormes masas que se alzaban como marmóreos túmulos, dibujaban entre las sombras un laberinto de arcos llenos de majestad y de gracia, colgaban como inmensos candiles, o subían hasta las bóvedas como gigantescas columnas revestidas del brillo y la solidez del diamante.

Cuentan que Netzahualcóyotl, visitando un día el interior de la gruta, creyó distinguir en la forma y la disposición de aquel bosque de estalagmitas, el diseño de un templo que él había imaginado en sus ensueños de poeta y en sus solitarias meditaciones de artista. Dicen que desde luego aconsejó que se mandaran traer a Huayacic, y vinieron, los más afamados escultores cuyos nombres aún viven sobre el pedestal de regios monumentos; y que aquellos hombres, maestros todos ellos y dirigidos por el mismo rey, pulieron aquellas rocas cristalinas, adelgazaron las columnas, desembarazaron los arcos, esculpieron las bóvedas, enderezaron las cornisas, dieron nivel al pavimento, recortaron elegantes puertas, y en un año dejaron concluida aquella maravilla escultural, que quedó en el seno de la tierra, como los primores que las damas de Roma suspendían a su cuello, guardados en el interior de un relicario. Desde entonces aquella mansión podía compararse solamente con los castillos encantados de la leyenda. Era transparente, aérea, maravillosa, como el alcázar que la imaginación de los poetas de la antigüedad formó a Tetis bajo los cristales del océano. Era colosal, magnífica, deslumbrante, como los palacios de piedras preciosas donde el árabe, en sus sueños de amor, mira danzar a las huríes en pos de un eco celestial, o arrebatadas en un torbellino de deleite.

Negromonte y sus soldados españoles se sintieron próximos a caer de rodillas, cuando al pisar el primer peldaño de la entrada se dilató a sus ojos el seno de la gruta. Lámparas escondidas no se sabe adónde, vertían raudales de esplendor, bañando las nevadas columnas y las estatuas de aquel recinto. Una niebla casi sagrada se extendía por la altura envolviendo los capiteles con el perfume de la mirra y del sándalo. Allí, a través de aquella opacidad, parecía levantarse el genio sacerdotal de los aztecas. Pájaros arrancados de la oscuridad de la selva o al horizonte del desierto, dejaban oír el canto de las soledades, llorando sin consuelo desde sus jaulas de oro. Artesas de pórfido repletas de follaje y rebosando de flores; verdes, frescas, embalsamadas y misteriosas espesuras de hojas, donde la polígala, el rosal, el floripondio y el geranio silvestre se enlazaban con el casto abrazo que en las montañas, mezclaban a las nubes de incienso los olores del prado, la sombra a los trinos, y a la luz la suave frescura de las auras. ¿Había surtidores ocultos entre el ramaje? ¿Allá, del pedestal de una deidad gentílica, manaban, deslizándose por el mármol y bajo las flores, algunas ondas límpidas, ligeras y murmurantes?… Si no, ¿por qué se oían ciertos rumores?, ¿de dónde se desprendían aquellos ecos?, ¿qué eran, pues, aquellos ruidos indescifrables que despertaban en el pensamiento la imagen de claras vertientes moviendo sus linfas en la profundidad del bosque; o el delirio que acomete al viajero, atormentado de la sed, errante en la arena abrasadora de los desiertos?… ¿De dónde?…

—¡Del diablo! —dijo Benavides, que no pensaba sino en que se diera fin a la ceremonia, y marcharse.

—Allá vamos —repuso Barrientos señalando un intercolumnio del peristilo—; parece que se acerca el momento.

En efecto, por el punto designado comenzaron a aparecer muchos personajes:

Cuatro mujeres vestidas con ondulantes batas de gámbalo y ceñidas con una diadema de esmeraldas, entraron columpiando voluminosos incensarios.

Siguieron después cosa de treinta sacerdotes indios, con vestidos y birretes negros, y rostro también negro, pintado con ocotl, y encerrado en el marco de una abundante cabellera que bajaba por los hombros hasta ocultar la pierna y arrastrar por el suelo.

Las vírgenes que precedían la comitiva se dirigieron al fondo de la gruta; dos de ellas dieron sus incensarios a las otras dos, y fueron a descorrer una cortina que parecía ocultar tras de sus pliegues palpitantes a la deidad habitadora de aquel santuario. Un himno, que tenía la varonil dulzura y la melancólica solemnidad de un orfeón, salió de los labios de los sacerdotes. Al apartar la cortina apareció la sombría majestad, el dios terrible, el dios Huitzilopochtli sentado sobre una esfera de esplendor, ostentando en su mirada casi viva y sus dientes enrojecidos de sangre, la imponente grandeza que aún parecía rodeada con los cráneos de las generaciones vencidas por los guerreros del Anahuac.

A sus pies había fuego. Allí arrojaron las vírgenes nuevos perfumes.

Tras de los sacerdotes entraron nuevas vírgenes trayendo ramilletes de flores. Después venían los novios vestidos con sus trajes indios y radiantes de bienaventuranza. ¡No yolo!, palabras que Juana había traducido por estas otras: ¡Amor mío!, salían de los labios de Tetzahuitl, y parecían resplandecer sobre los ojos de su esposa… Seguían multitud de caciques, y más atrás los diferentes representantes de todas las tribus del imperio.

Formáronse todos, abriendo un ancho semicírculo al pie del trono de Huitzilopochtli. En medio había una estera donde se colocaron Isabel y su esposo. Cesó el cántico, y entonces dio principio la ceremonia. Los novios se incensaron mutuamente. Un sacerdote ató la punta del huipilli o falda de la joven con otra del timatli o capa de Tetzahuitl, quedando representada con aquel acto la cadena de amor que debía unir su vida como sus placeres o sus infortunios. Negromonte, rodeado de sus compañeros, presenciaba el contrato nupcial tras del grupo de los caciques. Todos, absortos en aquella extraña ceremonia y completamente asegurados con su omnipotencia en la ciudad, llenos de esperanzas para lo futuro y tranquilos en el fondo de aquella mansión, cuya existencia era un misterio, no hicieron alto en una sombra que se deslizaba tras de las columnas e iba a ocultarse a poca distancia de los novios, tras la espesura del follaje.

Llegó el momento en que Isabel, pues lo exigían los ritos, debía dar siete vueltas en torno del fuego. Dejó su manto a una de las doncellas y fue a colocarse en un extremo de la estera…

De súbito lanzó un grito y quedó tan pálida como un difunto.

—¡Es él!… —exclamó—: ¡es su espectro!… ¡Perdón, Dios mío! —y cayó acometida de convulsiones y extendiendo su fría mano, en dirección de una de las columnas.

Todos se apresuraron a socorrerla. Entretanto la sombra aquella volvía a escurrirse por detrás de la arcada, y a favor de la sorpresa de todos llegó a la puerta y se lanzó fuera del subterráneo. Sólo un hombre había oído los pasos y visto que alguien se escapaba por el arco abocinado del templo. Aquel hombre que lo vio todo y lo adivinó todo, fue Negromonte.

—Señores —dijo sin desmentir su calma—, estamos descubiertos.

Todos se inmutaron al escuchar estas palabras, y se rodearon de Negromonte, haciendo relucir las armas que por una vaga previsión del peligro habían ocultado bajo sus ropajes. Temachti interrogó a Negromonte con la mirada. Don Pedro no hizo más que señalar el punto por donde la sombra acababa de desvanecerse, y donde ahora se veían en pie, calada la visera y con espada en mano, dos o tres caballeros, siniestramente inmóviles. Detrás de ellos columbrábase un espeso bosque de arcabuces y lanzas. Uno de aquellos caballeros dio algunos pasos adelante, haciendo crujir las piezas de su arnés y temblar el penacho negro que flotaba sobre su casco. Era Alvarado. Extendió su espada señalando a los sacerdotes y a los caciques, y volviendo el rostro hacia la puerta donde permanecían sus guerreros, dijo de una manera enérgica:

—¡Ea!, sujetad a estos mequetrefes.

Dorantes, seguido por un gran número de arcabuceros, comenzó a acercarse a los caciques; pero del centro de éstos brotó como un relámpago el acero de Negromonte, silbó en los aires y tronó en el casco de Alvarado; éste soltó la espada; por las rejillas de su visera se desbordaron negros chorros de sangre, y se abrazó desvanecido al cuello de uno de sus castellanos.

Casi al mismo tiempo la macana de Tetzahuitl hacía trizas también el casco de Dorantes.

A una voz, y al restallar de un nuevo golpe que asestó don Pedro sobre otro de sus adversarios, Barrientos, Benavides, fray Roque y todos los suyos, los caciques, los sacerdotes, y hasta las vírgenes que conocían les esperaba la esclavitud o la muerte, arremetieron con los guerreros de Alvarado. Entretanto, éste y Dorantes habían sido transportados fuera de la gruta. Gil Pérez, uno de los conjurados que permanecía en el campo con el grueso de los castellanos en espera de una señal para lanzarse al exterminio, vio aparecer en la entrada de la cueva un grupo de españoles llevando en peso a los dos heridos que mugían de dolor y de rabia. Mandó los llevaran a la ciudad vecina para que recibiesen los primeros socorros; después se apeó de su caballo, mandó que todos hiciesen lo mismo y encendieran la mecha de los arcabuces, y dando un alarido salvaje se hundió en la garganta de la cueva, seguido por el tropel de sus soldados.

Aquella súbita irrupción desconcertó del todo a los aliados de Negromonte. Sin embargo, Temachti acudió con algunos indios a un cóncavo de la gruta, el más profundo, especie de arsenal donde tenía depositadas las armas y la pólvora que había comprado el día anterior a Barrientos. Los indios rompieron las barricas, cargaron los fusiles hasta la boca y volvieron al lugar del combate, repartiendo a los suyos aquella nueva esperanza de la victoria.

Pronto retumbó en las bóvedas el eco de siniestras detonaciones; nubes de humo desgarradas por ligeras sierpes de fuego se levantaron, envolviendo en lívidas sombras los arcos y las columnas del santuario.

Abreviemos.

Fray Roque, atravesado por el corazón, cayó de rostro sobre el fuego donde ardían los perfumes.

Quince sacerdotes heridos exhalaban la vida, revolcándose bajo los pies de los combatientes.

Benavides se batía a estocadas con Gil Pérez. Barrientos, empuñando por el cañón un arcabuz, hacía prodigios y sembraba el suelo de cadáveres.

El Grillo había trepado al solio de Huitzilopochtli; desde allí, por sobre la corona del dios, hacía brillar incesantes disparos, a que respondían siempre un gemido y el retumbar de algún arnés, al desplomarse como una torre, un caballero.

Negromonte, acorralado por más de doce castellanos, estaba próximo a rendir el aliento. Los aceros silbaban en torno de su cabeza, y los tiros a quemarropa fulguraban iluminando su semblante.

Más allá Tetzahuitl, que sostenía con uno de sus brazos a Isabel, casi exánime, y teniendo a sus plantas heridos o muertos a los principales caciques, blandía empapada en sangre su terrible macana, replicando a cada golpe de sus adversarios con el crujido de algún cráneo que se desquebrajaba salpicando de negro a los combatientes.

—¡No le matéis! —gritó Gil Pérez a los suyos—, ¡guardadme a ese indio para la horca!…

Desde entonces trataron solamente de parar los golpes. Gil Pérez dejó abandonado a su adversario en manos de un grupo de soldados; arrebató a uno de ellos su arcabuz, y acudió al sitio donde Tetzahuitl combatía.

—¡Ríndete! —gritó al azteca.

Tetzahuitl, presa del frenesí de la muerte, fue sordo a aquella intimación, y vibró el arma sobre la cabeza de Gil Pérez.

Éste retrocedió algunos pasos y tendió su arcabuz. Resonó el trueno. Isabel lanzó un grito, y las azucenas que ceñían su frente se tiñeron de sangre…

—¡Maldito seas! —gritó Tetzahuitl, cuya mirada de rabia se nubló tras un velo de lágrimas.

Entonces arrojó su arma, tomó por la cintura el cadáver, tibio todavía, de Isabel, y lo lanzó con fuerza sobre la cabeza de los castellanos. Después corrió hacia el sitio donde humeaba aún, volcado, el braserillo de los perfumes, arrebató una brasa, y haciendo resonar la última y la más terrible de las imprecaciones, desapareció por una puerta lóbrega, que próxima al solio, estaba escondida en la penumbra.

Allí había una escalera; por aquella escalera se bajaba al seno donde estaban abiertas por el filo del hacha las barricas de pólvora.

* * *

Lo que siguió, no es difícil adivinarlo. Tembló la tierra. Un inmenso estallido estremeció los aires; y las aguas del lago que retrocedieron como azoradas con la explosión, volvieron a cerrarse precipitando sus torrentes en el sombrío fondo cavado por el trueno.

Soldados, novios, macetones, vírgenes, columnas, sacerdotes, ídolos, arcos, altares y caciques, todo se lo llevó el diablo. El agua fue serenando lentamente las palpitaciones de su agitada superficie; calmóse al fin, sonrió a los astros y se durmió tranquila cubriéndose bajo aquella tumba con sus cristales.

Epílogo

Si Redondillo y Molineta no hubieran perecido como tantos otros bajo los escombros de la gruta, hubiéramos presenciado algunas divertidas escenas… pero no hubo tiempo…

Zancadilla y Diana fueron felices.

Jorge Villadiego y Valencia soportó seis meses la gordura y la literatura de su esposa. Al fin una infidelidad de Clara puso término al matrimonio, y Jorge, libre y ufano, y más que todo escarmentado, no paró hasta Huelva, adonde huyó con su mitad de gananciales.

Chirinos, prisionero de Tapia, fue sujetado a la misma afrenta que su colega Salazar, y puesto en una jaula. Algún tiempo después los dos célebres gobernadores quedaron libres, y es fama que vivieron acosados por atroces remordimientos, y que al fin murieron de mala muerte.

Zapata y su mujer vivieron llorando y esperando siempre ver aparecer a Juanita.

* * *

Cortés, después de haberse detenido algunos días en Medellín, volvió a México. La admiración, el pasmo causado por su presencia, y la palidez y la demacración que las calenturas habían puesto en su semblante, hacían creer que en efecto acababa de abandonar la tumba.

Su tránsito hasta la ciudad fue saludado por brillantes demostraciones de júbilo. Millares de coronas llovieron sobre su cabeza encanecida, y las flores formaron bajo el casco de su trasijado corcel una suave, fresca, vistosa y perfumada alfombra de pétalos. Los arcos triunfales cargados de inscripciones y de banderolas se reproducían sin fin delante de sus pasos. Y las declamaciones y los gritos mezclados al trueno del cañón y al repique de las campanas, parecían concertarse con la vibración de las dulzaínas y el eco guerrero de las trompas, para pronunciar el nombre de Cortés, ya saludado por la gloria.

Sin embargo, todo este júbilo fue obra de los gachupines, como después lo ha sido de unos cuantos léperos la pompa con que las ciudades parecen festejar a cualquiera de sus tiranos.


Publicado el 1 de noviembre de 2018 por Edu Robsy.
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