Los Cuentos del General

Vicente Riva Palacio


Cuento



Primera parte

El nido de jilgueros

Eran días negros para España.

Los carros de la invasión se guarnecían a la sombra de los palacios de Carlos V y Felipe II; y cruzaban por las carreteras tropas sombrías de soldados extranjeros, levantando nubes de polvo que se cernían pesadamente y se alzaban, condensándose como para formar la lápida de un sepulcro sobre el cadáver de un héroe.

El extranjero iba dominando por todas partes, su triunfo se celebraba como seguro. El pueblo dormía el sueño de la enfermedad, pero un día el león rugió sacudiendo su melena, y comenzó la lucha gloriosa. España caminaba sangrando, con su bandera hecha girones por la metralla de los franceses, por ese doloroso vía crucis que debía terminar en el Tabor y no en el Calvario.

Prodigios de astucia y de valor hacían los guerrilleros, y los días se contaban por los combates y por los triunfos, por los artificios y los dolores.

El ruido de la guerra no había penetrado, sin embargo, hasta la pobre aldea en donde vivía la tía Jacoba con sus tres hijos, Juan Antonio y Salvador, robustos mocetones y honrados trabajadores.

La tía Jacoba había tenido otro hijo también, que murió, dejando a la viuda con tres pequeños, sin amparo y sin bienes de fortuna.

Recogiólos la tía Jacoba, y todos juntos vivían tranquilos, porque la abuela tenía lo suficiente para no necesitar el trabajo personal de las mujeres ni de los niños.

Pero la tía Jacoba era una mujer de gran corazón y de gran inteligencia, y sin haber concurrido a la escuela, ni haber cultivado el trato de personas instruidas, sabía leer, y leía y procuraba siempre adquirir noticias de los acontecimientos de la guerra y de la marcha que llevaban los negocios públicos, entonces de tanta importancia.

Y no por dejar de manifestarlo dejaba de estar profundamente triste; pero no quería turbar la tranquilidad de los que la rodeaban, comprendiendo que muchas veces la ignorancia es un elemento de felicidad.

Un día los niños cogieron un nido de jilgueros y con una alegría indescriptible llegaron a la casa, encendidos y sudorosos, cuidando a los pajaritos como una madre puede cuidar a sus hijos; y arrebatándose la palabra y pudiendo apenas seguir el hilo de la relación, contaron a la abuelita, que tomaba el sol a la puerta de la casa, cómo había sido el hallazgo, y las peripecias de la aventura para alcanzar el nido, y con gran admiración agregaban que, por todo el camino, los padres de los pajaritos habían llegado tras ellos hasta la casa, volando de rama en rama y piando lastimosamente.

—Míralos, abuelita —dijo uno de los chicos, mostrando un bardal cercano sobre el que se habían posado los jilgueros.

—Estos pajaritos —dijo la abuela— quieren mucho a sus hijos y no les abandonan: ponedles en una jaula, en un lugar en donde la madre pueda acercarse, y veréis cómo todos los días vienen a darles de comer.

Contentísimos los chicos, siguieron el consejo, y ya conocían a la madre, y se retiraban prudentemente, para no espantarla, cada vez que la veían revolotear encima de la casa para traer el alimento a sus polluelos.

Se pasaron así más de quince días; los pajaritos estaban perfectamente emplumados, comenzaban a sacudir las alas, como queriendo volar, y ya buscaban con afán un lugar por donde escaparse de la prisión.

La madre no les abandonaba, y todos los días también lo primero que hacían los niños era ir a visitar la jaula, comentando a su modo los progresos de los pequeños y la constancia de la madre.

Una mañana la tía Jacoba oyó que los niños la llamaban con voces tan lastimeras que no sólo ella, sino toda la familia acudió precipitadamente adonde estaban los chicos, que llorosos rodeaban la jaula, dentro de la cual estaban muertos los tres pajaritos.

—Abuela —dijo uno de los chicos sollozando—, esto es que nos los han matado.

—No, hijos; que os explique Juan cómo han sido estas muertes.

Juan, orgulloso de aparecer como maestro, se irguió, los niños y las mujeres clavaron su mirada en él como esperando que les descubriera un gran secreto; y él después de rascarse la cabeza por detrás de la oreja, dijo solemnemente:

—Pus vosotros no sabéis que la madre les trae de comer hasta que crecen y que puedan escaparse; pero como que no pueden escaparse porque están en la jaula, aunque ya puedan volar; como ella ve que no pueden escaparse aunque pueden volar, les trae entre la comida un veneno que ella conoce para que se mueran, mejor que no se queden cautivos; y por eso.

Los niños volvían con asombro sus miradas a la tía Jacoba.

—Es verdad —dijo ella, mirando intencionalmente a sus tres hijos—; es verdad: estas madres prefieren ver muertos a sus hijos antes de verlos esclavos; y si todas las madres en España pensaran así, y si los hijos lo hubieran comprendido, hoy ya no estarían los franceses en nuestra tierra, o hubiera muchos cobardes de menos.

Los tres jóvenes bajaron los ojos con los rostros encendidos de vergüenza.

Poco tiempo después comenzó a hablar la gente de una nueva partida que hacía sin descanso la guerra al invasor.

Aquella partida la habían levantado los hijos de la tía Jacoba.

La horma de su zapato

Con sólo que hubiera tenido talento, instrucción, dinero, buenos padrinos y una poca de audacia, habría hecho un gran papel en la sociedad el amigo que me refirió lo que voy a contar. Pero aunque de escasa lectura, como es viejo y no ha salido de Madrid, tiene mucho mundo, y debe creer que es una verdad cuanto me dijo, y allá va ello.

Hay en el infierno jerarquías, lo mismo que en el cielo y en la tierra; y hay diablos que ocupan encumbrados puestos, mereciéndolos o no; al paso que hay otros que se llevan de cesantes, sin tener ni una mala alma de usurero a quien dar tormento, ni reciben siquiera la comisión de pervertir en el mundo, para llevar al reino de las tinieblas el espíritu de algún desesperado mortal.

Uno de éstos, de quien se decía que por pasarse de listo había sido dado de baja, andaba siempre en pretensiones sin poder alcanzar empleo; entre los diablos mejor informados y que estaban al corriente de las intrigas políticas, se aseguraba que este infeliz, que tenía por nombre Barac, que en hebreo tanto quiere decir como Relámpago, debía todos sus infortunios a la enemistad de otro diablo llamado Jeraní (engañador), que le tenía jurado odio mortal y que se había propuesto ponerle siempre en ridículo.

Pero a pesar de este odio y esa mala voluntad, Barac alcanzó al fin contar con buenos padrinos, seguro ya de burlar todas asechanzas de Jeraní, que con esto quedaba vencido.

Un día, Luzbel, aunque poniendo mal ceño, llamó a Barac y le dijo:

—Si usted quiere —porque también en el infierno hay urbanidad— que se le reponga en su destino de tostador de malcasadas, que yo sé que es bastante alegre y socorrido, va usted a salir al mundo, y dentro de quince días, a las doce en punto de la noche, del lugar en que usted estuviese, ha de traer usted un alma de mujer, joven y bonita.

—Está muy bien —contestó Barac—, supongo que se me darán los recursos y que podré salir en seguida.

—Saldrá usted en seguida y se le dará a usted lo que sea necesario; recurra usted al tesorero.

Cómo saldría Barac del encierro, aunque no lo dijo el narrador, bien se puede suponer. Hacía muchos siglos que no andaba por el mundo, y cuando él se creía encontrar a los hombres cubiertos de hierro con sus pesadas armaduras, y las ciudades amuralladas, y grandes carros por los caminos, avanzando penosamente, y castillos feudales, y navíos con remeros, creyó morirse de asombro al ver que el mundo que encontraba en nada se parecía al que había dejado; y tanta fue su turbación, que llegó a pensar que había equivocado el camino, y que no era la Tierra, sino alguno de los otros planetas, en donde se había detenido.

Pero casualmente se encontró en la Puerta del Sol, y por las conversaciones y por los gritos de los voceadores de periódicos pudo cerciorarse muy pronto de que andaba en la Tierra, en Europa y en la capital de España.

Apareció como un hombre de treinta y cinco años, moreno y elegante; pero como no tenía cédula de vecindad, determinó pasar por un americano rico que venía a gastar su dinero en España. Se instaló en el Hotel de Roma, se hizo presentar en el Veloz y comenzó a recorrer la ciudad en busca de su víctima.

¡Qué mujeres tan guapas encontraba a cada momento! Ya era una joven aristócrata envuelta en pieles, porque era invierno, cruzando en elegante carruaje al garboso trotar de una soberbia pareja de caballos. Ya una chula, arrebujada en su grueso mantón que ceñía su cuerpo, dibujando una cintura ideal, y que pasaba rápidamente a su lado. Ya una mujer esbelta, que debajo del sombrero lanzaba rayos luminosos de dos ojazos como dos soles.

Nuestro pobre diablo, que se hacía llamar el marqués de la Parrilla, título alusivo a su oficio, se encontraba, como diría un elegante novelista, «bogando en un agitado mar de confusiones» o «arrebatado por un torbellino de incertidumbres». Todas le parecían a propósito, a todas quería seguir, porque había adquirido caracteres humanos; le gustaban ya las mujeres guapas, y él quería cumplir su comisión, adunando la honra con el provecho.

Así pasaron tres o cuatro días; y una tarde, por la calle del Caballero de Gracia, al salir del hotel vio pasar una chica de buten —porque ya él sabía decir de buten—. Era una morena de ojos negros, un ligero bozo sobre el labio superior, unos dientes blancos y perfectos, ancha de espaldas, alta de pecho, delgada de cintura, pie pequeño y andar majestuoso. Ésta me conviene —dijo— y se puso a seguirla.

Caminó algún tiempo detrás de la desconocida; en la esquina de la calle de Alcalá la vio detenerse y hablar con un caballero, que afortunadamente para el marqués era un su conocido de confianza. La conversación fue rápida; el caballero se despidió de la chica, y a pocos pasos se encontró con el marqués.

—¡Hombre! —dijo éste sin saludar—. ¿Quién es esa mujer tan guapa con quien ha hablado usted?

—¡Marqués! Parece increíble que no la conozca usted. Ésta es la Menegilda.

—¿Pero así se llama?

—No; pero es una corista de quien cuentan que cuando se dio La gran vía en Barcelona representaba ese papel, y en los palcos del Veloz la llamamos la Menegilda; yo creo que su nombre es Irene.

—Y esa señora que la acompaña, ¿es su mamá?

—Sí, su mamá postiza, porque estas muchachas suelen cambiar de madres.

—Pero ¡qué guapa es! —dijo el marqués.

—Es muy guapa; pero no se meta usted con ella, porque sabe más que Lepe, y es capaz de darle un timo al diablo. Conque, ¡adiós!

No se sabe si por lo de Dios, o por lo del timo, el marqués sintió una sacudida nerviosa. Pero estaba resuelto, tenía ya los datos suficientes, y siguió a la Menegilda hasta verla entrar en el teatro Apolo por la puerta de la calle del Barquillo.

Desde aquel día no faltó el marqués una sola noche al teatro de Apolo, instalándose desde la primera función en uno de los palcos del Veloz, y siguiendo con los gemelos, a la graciosa corista cada vez que pisaba la escena. Comenzó por enviarle flores, dulces y, por último, una carta pidiéndole una entrevista. La chica aceptaba las flores, que lucía en el pecho al salir a cantar; se comía los dulces, y a la carta contestó con otra en muy buena letra y una buena ortografía accediendo a la entrevista, pero delante de su mamá.

El marqués recibió aquella respuesta con la mayor alegría, primero porque se figuró que era negocio arreglado, y después porque realmente se había llegado a enamorar de la Irene. Habían transcurrido ocho días en todo esto, y era tiempo más que suficiente para que un personaje tan fosfórico se inflamara, sin contar que todos los compañeros de palco y todas las muchachas del coro se habían enterado de aquellos platónicos amores.

A la hora citada llegó el marqués en uno de los coches del Veloz a la casa de Irene, que vivía en un tercero interior de la calle del Tribulete.

Cuidaba de la portería una tribu: dos viejas y una muchacha que cosía, tres chicos que jugaban y un perrillo que dormía a los pies de las mujeres; y como el portal era angosto, tuvieron que levantarse todos para dejar pasar al marqués.

Más por curiosidad que por vigilancia, le preguntaron adónde iba; contestó que al tercero, y le advirtieron que había principal y entresuelo.

Fatigado y jadeante, tropezando con los obscuros tramos de la escalera, llegó el marqués a la puerta del cuarto. Tiró del sucio cordón de la campanilla, sonó por dentro una especie de cencerro, inmediatamente la madre de Irene hizo jugar el disco de metal que cubría el ventanillo circular de la puerta para mirar quién llamaba y, corriendo en seguida el cerrojo, abrió ceremoniosamente al marqués.

En una salita en la que apenas cabían cuatro personas, sentada en un viejo diván, esperaba Irene, peinada y vestida con más cuidado que de costumbre, ostentando un ramito de violetas, último obsequio del marqués, prendido graciosamente sobre el pecho.

Saludó el marqués tímidamente porque estaba enamorado de veras; la mamá acercó la silla y dio principio la conversación por la, en esos casos, inevitable revista meteorológica:

—El tiempo está muy frío. En el escenario hace mucho frío. Pero son más fríos los cuartos en que se visten las artistas, y los palcos no dejan de ser fríos, y en la calle se siente un frío que hiela.

Y el resultado era una conversación capaz de convertir en un helado a los tres interlocutores, y que el marqués no sabía por dónde comenzar, y la chica y la vieja procuraban halagarle, ya tomándole el sombrero para ponerlo en una silla, ya apartando algo que pudiera molestarle en el asiento que ocupaba, y siempre hablándole de las penas que tenía la Irene para pasar honradamente la vida, y de las muchas y grandes tentaciones que había resistido victoriosamente, sin excusar, por supuesto, nombres de condes, duques, marqueses y banqueros que se habían estrellado ante la rigidez de las virtudes de aquella beldad.

Nada menos que en esos momentos en que se encontraba en tan grandes aflicciones, un comerciante muy rico de la calle de la Montera había mandado a Irenita una carta con un billete de mil pesetas, que la chica no quiso aceptar porque, como decía la mamá, Irene dice que cuando haga alguna cosa no será por interés, sino por cariño, y sólo de un hombre que de veras sea capaz de recibir algo; porque ese señor será muy rico, pero a Irene no le sale del corazón quererle, ¿verdad hija? Y de usted me ha dicho que le simpatiza mucho, ¿es verdad?

—¡Qué cosas tiene mi mamá! ¡No le haga usted caso, marqués!

El marqués creyó que era llegada la oportunidad; iba a soltar ya una declaración en forma, cuando sonó la campanilla; pero no fue la madre que se levantó, sino Irene. Pasó un rato; volvió en seguida, pero la oportunidad había pasado, y el marqués tuvo que despedirse, no sin promesa de volver.

Aquella noche escribió a Irene, y dentro de la carta puso dos billetes de banco de mil pesetas, pidiéndola perdón por aquel atrevimiento.

Cuando el marqués salió de la casa de Irene, la mamá le había dicho a la chica:

—Es simpático, y te conviene; lo único que me disgusta es que tiene un olorcito como de yodoformo —y la misma observación habían hecho los del Veloz.

Naturalmente, como que del infierno algo le había quedado a Barac.

Desde aquel día las entrevistas fueron más frecuentes; el marqués llegó a apasionarse profundamente de Irene, porque no era Irene como se la habían pintado y como él la creyó en la primera entrevista: una mujer interesable y vulgar; por el contrario, dotada de una imaginación ardiente y de una gran inteligencia, a sus naturales gracias, reunía una instrucción poco común entre las muchachas de su clase, y mostraba una gran elevación de sentimientos. Las horas volaban para el marqués; se acercaba el momento de regresar al infierno, y ya sentía tener que abandonar la Tierra, aun cuando estaba seguro de llevar consigo el alma de aquella muchacha. Y después de todo, lo que más le apenaba era que aquella alma iba a tener que sufrir los tormentos eternos; influyó esto de tal manera en su carácter, que comenzó a ponerse triste.

Irene, por su parte, era una mujer verdaderamente romántica, y una noche, nada menos que en la que iba a cumplirse el plazo, los dos amantes se encontraron en la casa de Irene, que no había querido ir al teatro.

El marqués miró la esfera de un reloj pendiente en el muro; faltaban diez minutos para las doce: diez minutos no más de felicidad. Irene adivinó, como adivinan las mujeres que aman de veras, lo que pasaba en el corazón del marqués, y poniéndose de pie repentinamente, le dijo con aire solemne.

—Nosotros no podemos ser felices sobre la Tierra. ¿Quieres que muramos juntos? ¿Quieres que se funda nuestro amor con nuestra vida en el último abrazo?

El marqués la miró con asombro; aquello tenía que acabar a las doce, pero nunca se supuso él que Irene le facilitaría el camino con tanta sencillez; por eso contestó sin vacilar:

—Irene, si tú me amas hasta morir conmigo y por mí, muramos con los brazos enlazados.

—Así te amo —exclamó Irene.

Y nerviosa y anhelante, sacó de un bolsillo un pomo de cristal, vertiendo su contenido en dos copas.

—Toma —dijo al marqués—; una para ti, para mí la otra: es cianuro de potasio; bebe, no tiembles.

El marqués enlazó con el brazo izquierdo el talle de Irene, y los dos apuraron las copas hasta la última gota.

En ese momento sonaban las doce en el reloj de la Puerta del Sol. El marqués volvía a ser Barac, y llevaba entre sus brazos el alma de Irene, cuando oyó una estrepitosa carcajada. Volvió a mirar, y lo que llevaba entre sus brazos era Jeraní, su rival, su enemigo irreconciliable, que le había burlado y puesto en ridículo una vez más a los ojos de toda la sociedad aristocrática del infierno: él había sido Irene.

Las mulas de Su Excelencia

En la gran extensión de Nueva España, puede asegurarse que no existía una pareja de mulas como las que tiraban de la carroza de su excelencia el señor virrey, y eso que tan dados eran en aquellos tiempos los conquistadores de México a la cría de las mulas, y tan afectos a usarlas como cabalgadura, que los reyes de España, temiendo que afición tal fuese causa del abandono de la cría de caballos y del ejercicio militar, mandaron que se obligase a los principales vecinos a tener caballos propios y disponibles para el combate. Pero las mulas del virrey eran la envidia de todos los ricos y la desesperación de los ganaderos de la capital de la colonia.

Altas, con el pecho tan ancho como el del potro más poderoso; los cuatro remos finos y nerviosos como los de un reno; la cabeza descarnada, y las movibles orejas y los negros ojos como los de un venado. El color tiraba a castaño, aunque con algunos reflejos dorados, y trotaban con tanta ligereza que apenas podía seguirlas un caballo al galope.

Además de eso, de tanta nobleza y tan bien arrendadas, que al decir del cochero de su excelencia, manejarse podrían, si no con dos hebras de las que forman las arañas, cuando menos con dos ligeros cordones de seda.

El virrey se levantaba todos los días con la aurora; le esperaba el coche al pie de la escalera de Palacio; él bajaba pausadamente; contemplaba con orgullo su incomparable pareja; entraba en el carruaje; se santiguaba devotamente, y las mulas salían haciendo brotar chispas de las pocas piedras que se encontraban en el camino.

Después de un largo paseo por los alrededores de la ciudad, llegaba el virrey poco antes de las ocho de la mañana, a detenerse ante la catedral, que en aquel tiempo, y con gran actividad, se estaba construyendo.

Iba aquella obra muy adelantada, y trabajaban allí multitud de cuadrillas que, generalmente, se dividían por nacionalidades, y eran unas de españoles, otras de indios, otras de mestizos y otras de negros, con el objeto de evitar choques, muy comunes, por desgracia, entre operarios de distinta raza.

Había entre aquellas cuadrillas dos que se distinguían por la prontitud y esmero con que cada una de ellas desempeñaba los trabajos más delicados que se le encomendaban, y era lo curioso que una de ellas estaba compuesta de españoles y la otra de indios.

Era capataz de la española un robusto asturiano, como de cuarenta años, llamado Pedro Noriega. El hombre de más mal carácter, pero de más buen corazón que podía encontrarse en aquella época entre todos los colonos.

Luis de Rivera gobernaba como capataz la cuadrilla de los indios, porque más aspecto tenía de indio que de español, aunque era mestizo del primer cruzamiento, y hablaba con gran facilidad la lengua de los castellanos y el idioma náhuatl o mexicano.

No gozaba tampoco Luis de Rivera de un carácter angelical; era levantisco y pendenciero, y más de una vez había dado ya que hacer a los alguaciles.

Por una desgracia, las dos cuadrillas tuvieron que trabajar muy cerca una de la otra, y cuando Pedro Noriega se enfadaba con los suyos, que eran muchas veces al día, les gritaba con voz de trueno:

—¡Qué españoles tan brutos! ¡Parecen indios!

Pero no bien había terminado aquella frase, cuando, viniendo o no al caso, Rivera les gritaba a los suyos:

—¡Que indios tan animales! ¡Parecen españoles!

Como era natural, esto tenía que dar fatales resultados. Los directores de la obra no cuidaron de separar aquellas cuadrillas, y como los insultos menudeaban, una tarde Noriega y Rivera llegaron, no a las manos, sino a las armas, porque cada uno de ellos venía preparado ya para un lance, y tocóle la peor parte al mestizo, que allí quedó muerto de una puñalada.

Convirtióse aquello en un tumulto, y necesario fue para calmarle que ocurriera gente de justicia y viniera tropa de Palacio. Separóse a los combatientes: levantóse el cadáver de Luis de Rivera y atado codo con codo salió de allí el asturiano, en medio de los alguaciles, para la cárcel de la ciudad.

Como el virrey estaba muy indignado; como los señores de la Audiencia ardían en deseos de hacer un ejemplar, al mismo tiempo que complacer al virrey, y como existía una real cédula disponiendo que los delitos de españoles contra hijos del país fueran castigados con mayor severidad, antes de quince días el proceso estaba terminado y Noriega sentenciado a la horca.

Inútiles fueron todos los esfuerzos de los vecinos para alcanzar el indulto: ni los halagos de la virreina, ni los memoriales de las damas, ni el influjo del señor arzobispo, nada; el virrey, firme y resuelto, a todo se negaba, dando por razón la necesidad de hacer un singularísimo y notable ejemplar.

La familia de Noriega, que se reducía a la mujer y a una guapa chica de dieciocho años, desoladas iban todo el día, como se dice vulgarmente, de Herodes a Pilatos, y pasaban largas horas al pie de la escalera de Palacio, procurando siempre ablandar con su llanto el endurecido corazón de su excelencia.

Muchas veces esperaban al pie del coche en que el virrey iba a montar, y contaban sus cuitas, que la desgracia siempre cuenta, al cochero del virrey, que era un andaluz joven y soltero.

Como era natural, tanto enternecían a aquel buen andaluz las lágrimas de la madre como los negros ojos de la hija. Pero él no se atrevía a hablar al virrey, comprendiendo que lo que tantos personajes no habían alcanzado, él no debía siquiera intentarlo.

Y, sin embargo, todavía la víspera del día fijado para la ejecución, decía a las mujeres entre convencido y pesaroso:

—¡Todavía puede hacer Dios un milagro! ¡Todavía puede hacer Dios un milagro!

Y las pobre mujeres veían un rayo de esperanza, porque en los grandes infortunios, los que no creen en los milagros sueñan siempre con lo inesperado.

Llegó por fin la mañana terrible de la ejecución, y cubierto de escapularios el pecho, con los ojos vendados, apoyándose en el brazo de los sacerdotes, que a voz en cuello lo exhortaban en aquel trance fatal causando pavor hasta a los mismos espectadores, salió Noriega de la cárcel, seguido de una inmensa muchedumbre que caminaba lenta y silenciosamente, mientras que el pregonero gritaba en cada esquina:

—Ésta es la justicia que se manda hacer con este hombre, por homicidio cometido en la persona de Luis Rivera. Que sea ahorcado. Quien tal hace, que tal pague.

El virrey aquella mañana montó en su carroza preocupado y sin detenerse, como de costumbre, a examinar su pareja de mulas; quizá luchaba con la incertidumbre de si aquello era un acto de energía o de crueldad.

El cochero, quien sabía ya el camino que tenía que seguir, agitó las riendas de las mulas ligeramente, y los animales partieron al trote. Cerca de un cuarto de hora pasó el virrey inmóvil en el fondo del carruaje entregado a sus meditaciones; pero repentinamente sintió una sacudida, y la rapidez de la marcha aumentó de una manera notable. Al principio prestó poca atención, pero a cada momento era más rápida la carrera.

Su excelencia sacó la cabeza por una de las ventanillas y preguntó al cochero:

—¿Qué pasa?

—Señor, que se han espantado estos animales y no obedecen.

Y el carruaje atravesaba calles y callejuelas y plazas, y doblaba esquinas sin chocar nunca contra los muros, pero como si no llevara rumbo fijo y fuera caminando al azar.

El virrey era hombre de corazón, y resolvió esperar el resultado de aquello, cuidando no más de colocarse en uno de los ángulos del carruaje y cerrar los ojos.

Repentinamente detuviéronse las mulas; volvió a sacar el virrey la cabeza por el ventanillo, y se encontró rodeado de multitud de hombres, mujeres y niños que gritaban alegremente:

—¡Indultado! ¡Indultado!

La carroza del virrey había llegado a encontrarse con la comitiva que conducía a Noriega al patíbulo; y como era de ley que si el monarca en la metrópoli, o los virreyes en las colonias, encontraban a un hombre que iba a ser ejecutado, esto valía el indulto, Noriega con aquel encuentro feliz quedó indultado por consiguiente.

Volvióse el virrey a Palacio, no sin llevar cierta complacencia porque había salvado la vida de un hombre sin menoscabo de su energía.

Tornaron a llevar a la cárcel al indultado Noriega, y todo el mundo atribuyó aquello a un milagro, patente de Nuestra Señora de Guadalupe, de quien era ferviente devota la familia de Noriega.

No se sabe si el cochero, aunque aseguraba que sí, creía en lo milagroso del lance. Lo que sí pudo averiguarse fue que tres meses después se casó con la hija de Noriega, y que su excelencia le hizo un gran regalo de boda.

La tradición agrega que aquel lance fue el que dio motivo a la real cédula que ordenaba, que, en día de ejecución de justicia no salieran de Palacio los virreyes.

¡Para que se vea de todo lo que son capaces las mulas!

La máquina de coser

Todo se había empeñado o vendido. En aquella pobre casa no quedaban más que las camas de doña Juana y de su hija Marta; algunas sillas tan desvencijadas que nadie las habría comprado; una mesita, coja por cierto, y la máquina de coser.

Eso sí: una hermosa máquina que el padre de Marta había regalado a su hija en los tiempos bonancibles de la familia. Pero aquélla era el arma de combate de las dos pobres mujeres en la terrible lucha por la existencia que sostenían con un valor y una energía heroicos; era como la tabla de un naufragio; de todo se habían desprendido; nada les quedaba que empeñar; pero la máquina, limpia, brillante, adornaba aquel cuarto, para ellas, como el más lujoso de los ajuares.

Cuando quedó viuda doña Juana, comenzó a dedicarse al trabajo; cosía y cosía con su hija, sin descanso, sin desalentarse jamás. Pero aquel trabajo era poco productivo; cada semana había que vender algún mueble, alguna prenda de ropa.

La madre y la hija eran la admiración de las vecinas. En su pobre guardilla parecía haberse descubierto el movimiento perpetuo, porque a ninguna hora dejaba de oírse el zumbido monótono de la máquina de coser.

Don Bruno, que tocaba el piano en un café y volvía a casa a las dos de la mañana, al pasar por la puerta de la guardilla de Marta veía siempre la luz y oía el ruido de la máquina; lo mismo contaba Mariano, que era acomodador del teatro Apolo; y Pepita la lavandera, una moza por cierto guapísima, decía que en verano, cuando el sol bañaba su cuarto y el calor era insoportable a mediodía, se levantaba a las tres a planchar, para aprovechar el fresco de la mañana, y siempre sentía que sus vecinas estaban cosiendo.

¿A qué hora dormían aquellas pobres mujeres? Ni ellas lo sabían. Cuando una se sentía rendida se echaba vestida sobre la cama, y mientras, la otra seguía el trabajo.

Pero al fin llegó el día en que fue preciso desprenderse de aquella fiel amiga: el casero cobraba tres meses; doña Juana no tenía ni para pagar uno; era el verano, y las señoras que podían protegerla no se hallaban en Madrid; estaban unas en Biarritz, otras en San Sebastián, otras en el Sardinero de Santander, y el administrador se mostraba inflexible.

No había medio; empeñar la máquina, o salir con ella a pedir limosna en mitad de la calle.

Cuando Marta vio que don Pablo el portero cargaba con aquel mueble, esperanza y compañía de su juventud, sintió como si fuera a ver expirar a una persona de su familia.

Salió el portero; Marta volvió los ojos al lugar que había ocupado la máquina, miró el polvo en el piso, dibujando la base de la pequeña cómoda, y le pareció como si se hubiera quedado huérfana en ese momento. Todo lo por venir apareció ante sus ojos.

Pan y habitación para un mes. ¿Y luego?… Se cubrió la cabeza, se arrojó sobre su cama y comenzó a llorar silenciosamente; y como les pasa a los niños, se quedó dormida. Muchos meses después, una mañana al sentarse a la mesa para almorzar el general Cáceres, recibió una carta que en una preciosa bandeja de plata le presentó su camarista.

El general la abrió, y a medida que iba leyéndola se acentuaba una sonrisa en sus labios que vino a terminar casi en una carcajada.

—Son ocurrencias curiosas las de mi hermana —dijo a sus invitados—; ni al demonio se le ocurre encargar a un soldado viejo y solterón la compra de una máquina de coser.

—¿La marquesa va a dedicarse a la costura? —preguntó sonriendo uno de los amigos.

—Buena está ella para eso, que ya ni ve —dijo el general—, pero quiere regalar una máquina a una chica muy trabajadora de Segovia, y quiere que yo se la busque. Esta Susana un día inventa un nuevo toque de ordenanza: ¡llamada de pobres y rancho!… Zapata, ¡di a Pedrosa que venga en seguida!

Zapata era el camarista, y Pedrosa el mayordomo, y los dos sabían que el general tenía el genio más dulce de la tierra con tal que no lo contradijeran y que le sirviesen al pensamiento.

Los otros criados comenzaron a servir el almuerzo, y pocos momentos después se presentó Pedrosa.

—Oiga usted —dijo el general al verle—; vea usted esta carta de mi hermana: que se le compre de los lotes del Monte de Piedad una máquina de coser; va usted a comprarla en seguida.

—Mi general, no sé si habrá hoy un lote de máquina.

—Yo no entiendo de eso. Va usted por ese chisme para enviarlo a la marquesa. Qué esté listo para todo servicio; ¿entiende usted de máquinas?

—Sí, mi general.

—Pues en marcha.

Aún tomaban café cuando volvió Pedrosa sudando y rojo de fatiga.

—Ahí está ya la máquina.

—Bien: arréglela usted para que pueda ir esta tarde por el tren; pero no, tráigala usted aquí; quiero ver cómo es una de esas máquinas, que no las conozco.

—Pero mi general —dijo uno de los convidados— ¿querrá usted hacernos creer que nunca ha tenido que ver con una modista?

—Sí que he tenido, y con varias; pero doy a ustedes mi palabra de honor, como militar, que si han tenido máquina de coser, era el aparato que menos funcionaba durante mi visita.

Entraron la máquina al comedor; rodeáronla todos, y cada uno de ellos daba su opinión sobre ruedas y palancas, y querían moverla de un modo y de otro, todo con la más perfecta ignorancia.

—¡Está bien cuidada! —dijo el general—; se conoce que trabajaba la mujer que la mandó empeñar… ¡pobre mujer! Quizá le costó un sacrificio desprenderse de este mueble, obligada por la necesidad.

—O quizá le sopló la fortuna y no quiso trabajar más —replicó uno de los comensales.

—Doctor —dijo el general^ nadie empeña cuando sopla la fortuna. Algo daría yo por saber de quién era esta máquina.

—¿Y para qué?

—Toma, ¿y para qué? Para devolvérsela; que si no la ha desempeñado y ha dejado venderla, será porque no tiene todavía; yo compraría otra para mi hermana; si ella regala una máquina, ¿por qué no he de regalar yo otra?

Pedrosa, que ya sabía que cuando el general inventaba algo lo había de llevar adelante, se apresuró a decir:

—Si mi general quiere, por los papeles que dan en el Monte de Piedad puedo yo saber quién era la dueña.

—Pues en seguida tome usted un mozo de cuerda, y va usted con la máquina hasta entregarla a la pobre mujer que la empeñó.

—Mi general, ¿y si me preguntan de parte de quién voy?

—Bueno; diga usted que de parte de un caballero, de parte de una señora, invente usted un cuento; en fin, lo que a usted se le antoje; no más que no suene mi nombre para nada.

Pedrosa salió apresuradamente, y todos volvieron a tomar sus respectivas tazas de café.

En un alegre piso primero de la calle del Barquillo había habido un almuerzo animadísimo: era la casa de Celeste, que era el nombre de guerra de la hermosa propietaria de aquel nido de amores. Dos o tres amigas suyas estaban allí, y con ellas otros tantos amigos del joven marqués que cubría los gastos de aquella casa.

La sobremesa se había prolongado; sonaban carcajadas y ruido de copas, y la madre de Celeste entraba y salía disponiéndolo todo; aunque nunca había tenido grandeza, había servido en casas donde la grandeza era el estado normal.

Repentinamente sonó la campanilla: alguien llamaba en la escalera; crujió la puerta, y pocos momentos después entró la doncella, que era una francesita con humos de gitana, y dirigiéndose a Celeste le dijo:

—Señora, un hombre trae regalada una máquina de coser para la señora.

—¿Para mí? —dijo con gran admiración Celeste—. Se habrá equivocado de cuarto.

—Ya se lo dije; pero insiste en que es para la señora.

—¡Vaya una cosa curiosa!, a ver esa máquina, que la traigan aquí.

La doncella salió, y los chistes más picantes se cruzaron entre los convidados a propósito de aquel regalo. La madre de Celeste, al lado de la puerta, esperaba también con curiosidad.

El mozo de cuerda entró con la máquina, la cual colocó en medio del comedor y se retiró inmediatamente.

Celeste se levantó sonriendo; se acercó al mueble, y repentinamente una nube de tristeza cubrió su rostro; abrió con mano trémula las puertecillas, y exclamó con una especie de gemido, dirigiéndose a la mujer que estaba en la puerta:

—¡Madre, nuestra máquina!

Y se inclinó sobre el mueble silenciosamente.

Todos callaban, respetando aquel misterio; algunas lágrimas desprendidas de los ojos de Celeste caían sobre los acerados resortes del aparato.

—¿Quién ha traído esto? —dijo de repente—. Que entre, que me diga quién manda esto.

Pedrosa entró en la habitación, comprendió lo que pasaba, y subyugado por el sentimiento de aquella mujer, contó todo, sin ocultar el nombre del general.

Celeste escuchó hasta el final, y después, irguiéndose, le dijo a Pedrosa:

—Dígale usted al general que con toda mi alma le agradezco el regalo; pero que no lo acepto porque ya es tarde, muy tarde, por desgracia; llévese usted esa máquina, que no la quiero en mi casa; que no la quiero ver, porque sería para mí como un remordimiento. Que se la regalen a esa muchacha honrada; que se la regalen, que muchas veces la falta de una máquina de coser precipita a una joven en el camino del vicio…, pero no, espere usted un momento.

Celeste, como si estuviera sola, salió precipitadamente del comedor, llegó a su gabinete, abrió una preciosa gaveta, y sacó de allí un carrete de hilo, ya comenzado; volvió al comedor, hizo mover los resortes de la máquina, colocó allí el carrete como si ya fuera a trabajar, y dirigiéndose a Pedrosa, le dijo:

—Dígale que yo misma he colocado ese carrete, el último que tuvo la máquina, y que lo guardaba como recuerdo; ése es el regalo de la muchacha honrada para la joven de Segovia.

Las honras de Carlos V

Entre los misioneros franciscanos que predicaban el cristianismo a los indios tarascos, habitantes de las escarpadas sierras de Michoacán, en Nueva España, contábase fray Jacobo Daciano, distinguidísimo varón, lleno de caridad y modelo de constancia.

Era fray Jacobo, según el decir de los religiosos cronistas de la Orden de San Francisco, de tan ilustre sangre y de tan elevada alcurnia, que igualarle en eso sólo podrían en Nueva España los hijos del emperador Moctezuma, o los del infortunado y tímido Caltzontzin, por otro nombre Tzintxicha, rey de los tarascos; porque fray Jacobo, llamado Dacio por haber nacido en Dacia, era de la familia de los reyes de aquella nación, tan famosa desde los tiempos de Heródoto hasta los días en que fray Jacobo pasó a Nueva España y las luchas religiosas de luteranos y católicos hacían estremecer a las naciones europeas.

Fray Jacobo embarcóse para América buscando, no sólo la conversión de los indios, sino también refugio contra las persecuciones de un obispo de su país que, tocado de la herejía, como dice el cronista Larrea, intentaba poner fin a la terrenal existencia de fray Jacobo.

Los tarascos que, sin resistencia alguna, por culpa de su rey, recibido habían el yugo de los conquistadores españoles, víctimas de los mismos a quienes ofrecieron sus servicios y su amistad, andaban fugitivos y errantes por los montes; que en ninguna otra provincia de Nueva España se habían extremado tanto en sus crueldades y tiranías los soldados de Nuño de Guzmán.

Los pueblos abandonados, los lugares desiertos, incultos los campos, sin transeúntes los caminos, y silenciosos aun los mismos bosques adonde se refugiaba aquella raza perseguida; tal era el cuadro que contemplaron los misioneros franciscanos cuando a pie, y sin más compañía que su amor a la humanidad, se atrevían por aquellos desconocidos y escabrosos senderos en busca de los tímidos y espantados habitantes del antes rico y poblado imperio de Michoacán.

Difícil era curar la profunda herida que en aquella nación abrió la espada del feroz Nuño de Guzmán; pero como la constancia y la caridad obran prodigios, poco a poco, como las revueltas y alborotadas abejas, que huyendo del colmenar vuelven a reunirse al monótono ruido de una campanilla que agita un niño, los tarascos fueron abandonando las sierras y agrupándose en derredor de las humildes capillitas levantadas por los misioneros franciscanos. El rumor de la existencia social volvió a escucharse en los abandonados pueblos, y las nubecillas de humo, escapándose entre las mal cerradas techumbres de las humildes chozas, saludaban la llegada del sol, anunciando que la paz y el trabajo volvían a sentar allí sus reales, y que la civilización comenzaba sus laboriosas operaciones.

No poco había contribuido para cicatrizar aquella herida fray Jacobo Daciano y contábanse de él entre los indios cosas que le hacían aparecer como un hombre casi sobrenatural; jamás usaba calzado y cruzaba sin vacilar ni detenerse por las sendas más pedregosas y por los caminos más cubiertos de seca maleza o de espinosa vegetación; con los pies sangrando llegaba a las rancherías, y más que a su propio daño atendía a las necesidades de los indios; y en las noches, según contaban éstos, cuando la luna caminaba luminosa y lentamente por el purísimo azul del cielo de Michoacán, y cantaban entre los bosques las aves de la noche al compás del rumor que levantaba el viento entre las hojas de la espesa arboleda, fray Jacobo, arrodillado, oraba con los ojos vueltos al cielo, y algunas veces se le veía desprenderse de la tierra y quedar como suspendido en el aire.

Esto podría ponerse en duda; pero lo cierto es que fray Jacobo Daciano fue el único que se atrevió, de todos los religiosos que habían llegado hasta entonces a Nueva España, a administrar a los indios el sacramento de la Eucaristía, y a sostener calurosamente que la nueva iglesia mexicana iba errada en no querer admitir a los indios en el sacerdocio dándoles las sagradas órdenes, todo lo cual le valió la mala voluntad de sus compañeros; le puso en el caso de sostener reñida polémica con el franciscano fray Juan de la Gaona, y le obligó a hacer, por último, pública penitencia por haber sostenido aquellas apreciaciones.

El año de 1558 vivía fray Jacobo en el convento de Tarecuato, de la provincia de Michoacán, del que era guardián y fundador. Una mañana, el 21 de septiembre de ese año de 1558, levantóse fray Jacobo muy preocupado, y dirigiéndose a la iglesia comenzó a disponer lo necesario para celebrar solemnemente unas honras fúnebres. Llegaron de sus celdas, precipitados con la noticia de aquella novedad, los otros frailes, de sus casas los moradores de Tarecuato, y de sus pueblos los vecinos de los alrededores.

Nadie sabía para quién se preparaban tan solemnes exequias; que ni de la capital de la colonia de Nueva España, ni de la corte de Felipe II, llegado había a Michoacán, ni menos al apartado rincón de Tarecuato, noticia de la muerte de algún personaje que mereciera tan alta distinción.

Pero poco tardaron aquellas dudas en disiparse porque fray Jacobo, con la mayor sencillez, pero también con la más plena seguridad, comunicó a los frailes y a los vecinos que había tenido la revelación de que ese mismo día, a las dos de la mañana, había expirado en el monasterio de Yuste el emperador Carlos V.

Como ni esa clase de revelaciones se ponían entonces en duda, ni encontrarse podía quien dejase de creer como un oráculo a fray Jacobo Daciano, todos tuvieron por segura la muerte de Carlos V, y con la mayor devoción y recogimiento oraron por su alma, en las honras fúnebres. Como era natural, tanto por causa de la novedad del caso, como por el objeto de aquella triste y religiosa función, desde lejanos pueblos llegaron eclesiásticos y seglares, y Tarecuato estuvo lleno de huéspedes el día de las honras, y todos salieron del templo teniendo la firme convicción de que no existía ya el monarca más poderoso que había vivido en el siglo XVI.

Dos meses después, el 1 de diciembre de 1558, publicábanse en México los lutos por la muerte del emperador Carlos V, que había fallecido el mismo día que fray Jacobo Daciano celebraba sus honras fúnebres en Tarecuato.

Las exequias del emperador fueron en la capital de la colonia tan solemnes, que recuerdo dejaron por muchos años del esplendor y lujo que en ellas habían desplegado el gobierno, el clero y los vecinos; pero en todas las conversaciones se hablaba siempre de las exequias celebradas en Tarecuato, y la tradición y la historia conservarán por muchos años la memoria de tan legendario acontecimiento.

La gata coja

—Me quiere usted contar —le dije a Delfina— ¿por qué cuida tanto a esa pobre gata coja?

—Es una historia —me contestó riendo— que le voy a referir a usted, aunque no es larga ni divertida.

Habíamos vuelto de Sevilla la Pepa y yo; la empresa que nos llevaba tronó a pocos días de estar allí. Eso sí, llevábamos una bonita contrata: siete pesetas, viajes pagados y un beneficio libre para el coro de señoras. El empresario era hombre de mucho empeño pero de pocos recursos. Hará cosa de tres años. Era el verano, y esperábamos pasarlo bueno, y sacando alguna ventaja, recorriendo las provincias.

Llevábamos un buen repertorio: De Getafe al Paraíso, La canción de la Lola, Los bandos de Villafrita, La gran vía, vamos, la mar. Pero como decía, y decía muy bien el empresario, la empresa pone y el público dispone. Y porque la tiple no era bonita y desafinaba, o porque el barba era tartamudo, o porque la característica bizqueaba del ojo derecho, o por lo que Dios sabe, ello es que la compañía no cayó bien en Sevilla, y desde la primera representación el público empezó a meterse con nosotras, con el pretexto de que el tenor había metido la pata adelantándose a cantar cuando no le tocaba. En las primeras representaciones era un pateo que no había pieza que no reventaran; ya después no tanto, porque, como no había ni tres duros en la taquilla, tampoco había quien se metiera con nosotras. No hubo remedio, la empresa no nos pagó y nos contentamos con que nos dieran un billete de tercera en el tren mixto para volver a Madrid, y con eso, y cinco duros que tenía la Pepa, y cuatro que yo había ahorrado, llegamos aquí, alquilamos un cuartito y comenzamos a buscar ajuste; pero ¡quiá! Como el verano estaba tan adelantado, todos los teatros tenían más gente que querían: ni en Felipe, ni en Recoletos, ni en el Príncipe Alfonso, ni en el Tívoli, que se había estrenado en esos días, pudimos encontrar colocación, y los nueve duros se habían acabado, y los equipajes desfilaban para la casa de empeños, y las papeletas abultaban más que el borrador de una comedia.

Se me había olvidado decir a usted que, al tomar el cuarto, nos encontramos con esa gatita, flaca y muerta de hambre, pero tan mona y cariñosa que, como decía la Pepa, debíamos conservarla para que Dios nos ayudara, y el pobre animalito realmente tenía sangre ligera, porque comía con el mismo gusto el bacalao con patatas que nos sobraba del almuerzo, que las migajas de la libreta del desayuno, y hasta me parece que ella fue la que se comió un guante de cabritilla de la Pepa, que no pudimos encontrar.

Nos levantábamos muy tarde (después de las doce), y nos acostábamos muy temprano para no tener que hacer más de una comida; el dinero nos faltaba, pero el buen humor no llegaba a abandonarnos, y todas aquellas cosas nos causaban risa, porque eso sí, tomarlo a lo serio era tocar a suicidarse.

Una mañana la situación se puso seria y no teníamos ni qué empeñar, y era preciso comer aquel día. Pensando y meditando, ocurriósele a la Pepa vender una silla que el vecino de al lado nos prestó para que tuviéramos en qué sentarnos. La idea no era mala, y yo me comprometí a salir del paso.

Afortunadamente el vecino no estaba, porque era conductor de tranvías y no llegaba hasta la noche. Abrí la puerta, y me cercioré de que la escalera estaba sola; tomé la silla, bajé a escape, y no paré hasta la casa de un vendedor de muebles viejos, que me dio por ella dos pesetas. En seguida, a la compra: pan, vino, carbón y dos chuletas que me bailaban en la mano.

¡Con qué gusto me recibió la Pepa! Puse la compra sobre el brasero y entré a quitarme el mantón y a lavarme las manos, contando a la Pepa toda mi correría. Pero todos los males vienen por la lengua; nos pusimos a hablar como si no tuviéramos hambre, y al volver a la cocina, excuso decirle a usted lo que sentí al ver a la gatita comiéndose el último pedazo de las chuletas: sólo le digo que tan soberbio fue el golpe que di al infeliz animal, que desde entonces se quedó coja la pobrecita.

Ciento por uno

Corría el año del Señor de 1540. Algunos de los afamados capitanes que con Nuño de Guzmán emprendido habían la conquista del nuevo reino de Galicia en Nueva España, hoy conocido como estado de Jalisco, comenzaban a caer ya bajo la guadaña de la muerte, como las secas hojas de los árboles a los primeros soplos del invierno.

Tocóle tan dura suerte en no avanzada edad al capitán don Pedro Ruiz de Haro, de la noble casa española de los Guzmán. Su muerte dejó en la pobreza y la orfandad a la viuda doña Leonor de Arias, con tres hijas tan bellas como tres capullos de rosa.

Doña Leonor abandonó la ciudad de Compostela, capital entonces de Nueva Galicia, y retiróse triste, pero resignada, a una pequeña hacienda de campo cerca de la ciudad, que se llamaba Mira valle, única herencia que a su familia había dejado el capitán Ruiz de Haro.

Allí, ayudada por el trabajo de sus manos, y más con privaciones que con economía, doña Leonor de Arias educaba a sus hijas en la santa escuela de la honradez, de la pobreza y del trabajo.

Una tarde doña Leonor, rodeada de sus hijas, cosía tomando el fresco delante de su casa y a la sombra de un humilde portalillo, cuando acertó a llegar allí, caminando pesadamente con el apoyo de un tosco bordón, un indio enfermo y viejo.

El indio pedía, no una limosna de dinero, sino un pedazo de pan para calmar su hambre; doña Leonor le hizo sentar, y las tres niñas, alegres y bulliciosas como si fueran a una fiesta, corrieron al interior de la casa a preparar la comida del mendigo.

Pobre, pero abundante, fue el banquete que las hijas de doña Leonor presentaron al indio, que comía delante de ellas, que lo miraban con la ternura que brilla siempre en los ojos de una mujer cuando calma un dolor o remedia una necesidad.

—Dios te lo pague, señora —dijo el mendigo al despedirse de doña Leonor—, y ten confianza en Dios; que si ahora estás pobre, te ha de dar tanto oro y plata que no has de saber qué hacer con ello.

Tres días pasaron desde ese acontecimiento, y ni doña Leonor ni sus hijas recordaban lo que habían hecho con el indio, cuando éste volvió a presentarse llevándole piedras de una mina completamente desconocida. La noble viuda comprendió que aquéllas representaban una inmensa riqueza; diole el mendigo la noticia exacta del lugar en que estaba situado aquel mineral, y se retiró sin que jamás se hubiera vuelto a saber de él.

Cinco años después, la viuda y las hijas del capitán Pedro Ruiz de Haro formaban una de las familias más ricas y opulentas de toda Nueva España.

La mina del Espíritu Santo, primera que se había descubierto en el reino de Nueva Galicia, producía asombrosas cantidades de oro y plata; las recuas que allí llegaban con tercios de víveres y efectos de comercio tornaban cargadas de oro y plata para México, y el rey tuvo necesidad de mandar establecer Caja real en Compostela para recibir las rentas que de esa mina alcanzaba la real Hacienda.

La choza de doña Leonor se convirtió en el palacio de los condes de Miravalle, y tres personajes del reino de Nueva Galicia, don Manuel Fernández de Híjar, sobrino del señor de Riglos y fundador de la villa de la Purificación, don Álvaro de Tovar y don Álvaro de Bracamonte, se sintieron honrados enlazándose con las tres hijas de doña Leonor de Arias.

Muchas veces en el palacio de los condes de Miravalle, doña Leonor, rodeada de sus hijas, de sus yernos y de sus nietos, refería enternecida la historia del mendigo, y terminaba diciendo siempre:

—No hay caridad perdida. Dios da ciento por uno.

El buen ejemplo

Si yo afirmara que he visto lo que voy a referir, no faltaría, sin duda, persona que dijese que eso no era verdad; y tendría razón, que no lo vi, pero lo creo, porque me lo contó una señora anciana, refiriéndose a personas a quienes daba mucho crédito y que decían haberlo oído de quien llevaba amistad con un testigo fidedigno, y sobre tales bases de certidumbre bien puede darse fe a la siguiente narración:

En la parte sur de la república mexicana, y en las vertientes de la sierra Madre, que van a perderse en las aguas del Pacífico, hay pueblecitos como son en lo general todos aquéllos: casitas blancas cubiertas de encendidas tejas o de brillantes hojas de palmera, que se refugian de los ardientes rayos del sol tropical a la fresca sombra que les prestan enhiestos cocoteros, copudos tamarindos y crujientes platanares y gigantescos cedros.

El agua en pequeños arroyuelos cruza retozando por todas las callejuelas, y ocultándose a veces entre macizos de flores y de verdura.

En ese pueblo había una escuela, y debe haberla todavía; pero entonces la gobernaba don Lucas Forcida, personaje muy bien querido por todos los vecinos. Jamás faltaba a las horas de costumbre al cumplimiento de su pesada obligación. ¡Qué vocaciones de mártires necesitan los maestros de escuela de los pueblos!

En esa escuela, siguiendo tradicionales costumbres y uso general en aquellos tiempos, el estudio para los muchachos era una especie de orfeón, y en diferentes tonos, pero siempre con desesperante monotonía; en coro se estudiaban y en coro se cantaban lo mismo las letras y las sílabas que la doctrina cristiana o la tabla de multiplicar.

Don Lucas soportaba con heroica resignación aquella ópera diaria, y había veces que los chicos, entusiasmados, gritaban a cual más y mejor; y era de ver entonces la estupidez amoldando las facciones de la simpática y honrada cara de don Lucas.

Daban las cinco de la tarde; los chicos salían escapados de la escuela; tirando pedradas, coleando perros y dando gritos y silbidos, pero ya fuera de las aguas jurisdiccionales de don Lucas, que los miraba alejarse, como diría un novelista, trémulo de satisfacción.

Entonces don Lucas se pertenecía a sí mismo: sacaba a la calle una gran butaca de mimbre; un criadito le traía una taza de chocolate acompañada de una gran torta de pan, y don Lucas, disfrutando del fresco de la tarde y recibiendo en su calva frente el vientecillo perfumado que llegaba de los bosques, como para consolar a los vecinos de las fatigas del día, comenzaba a despachar su modesta merienda, partiéndola cariñosamente con su loro.

Porque don Lucas tenía un loro que era, como se dice hoy, su debilidad, y que estaba siempre en una percha a la puerta de la escuela, a respetable altura para escapar de los muchachos, y al abrigo del sol por un pequeño cobertizo de hojas de palma. Aquel loro y don Lucas se entendían perfectamente. Raras veces mezclaba sus palabras, más o menos bien aprendidas, con los cantos de los chicos, ni aumentaba la algazara con los gritos estridentes que había aprendido en el hogar materno.

Pero cuando la escuela quedaba desierta y don Lucas salía a tomar su chocolate, entonces aquellos dos amigos daban expansión libre a todos sus afectos. El loro recorría la percha de arriba abajo, diciendo cuanto sabía y cuanto no sabía; restregaba con satisfacción su pico en ella, para recibir la sopa de pan con chocolate que con paternal cariño le llevaba don Lucas.

Y esto pasaba todas las tardes.

Transcurrieron así varios años, y don Lucas llegó a tener tal confianza de su querido Perico, como le llamaban los muchachos, que ni le cortaba las alas ni cuidaba de ponerle calza.

Una mañana, serían como las diez, uno de los chicos, que casualmente estaba fuera de la escuela, gritó espantado:

—Señor maestro, que se vuela Perico.

Oír esto y lanzarse en precipitado tumulto a la puerta maestro y discípulos, fue todo uno; y, en efecto, a lo lejos, como un grano de esmalte verde herido por los rayos del sol, se veía al ingrato esforzando su vuelo para ganar cuanto antes refugio en el cercano bosque.

Como toda persecución era imposible, porque ni aun teniendo la filiación del prófugo podría habérsele distinguido entre la multitud de loros que pueblan aquellos bosques, don Lucas, lanzando de lo hondo de su pecho un «sea por Dios», volvió a ocupar su asiento, y las tareas escolares continuaron como si no acabara de pasar aquel terrible acontecimiento.

Transcurrieron varios meses, y don Lucas, que había echado al olvido la ingratitud de Perico, tuvo necesidad de emprender un viaje a uno de los pueblos circunvecinos, aprovechando unas vacaciones.

Muy de madrugada ensilló su caballo, tomó un ligero desayuno y salió del pueblo, despidiéndose muy cortésmente de los pocos vecinos que por las calles encontraba.

En aquel país, pueblos cercanos son aquéllos que sólo están separados por una distancia de doce o catorce leguas, y don Lucas necesitaba caminar la mayor parte del día.

Eran las dos de la tarde; el sol derramaba torrentes de fuego; ni el viento más ligero agitaba los penachos de las palmas que se dibujaban sobre un cielo azul con la inmovilidad de un árbol de hierro. Los pájaros enmudecían ocultos entre el follaje, y sólo las cigarras cantaban tenazmente en medio de aquel terrible silencio a la mitad del día.

El caballo de don Lucas avanzaba, haciendo sonar el acompasado golpeo de sus pisadas con la monotonía del volante de un reloj.

Repentinamente, don Lucas creyó oír a lo lejos el canto de los niños en la escuela cuando estudiaban las letras y las sílabas.

Al principio todo aquello le pareció una alucinación producida por el calor, como esas músicas y esas campanadas que en el primer instante creen oír los que sufren de vértigo; pero, a medida que avanzaba, aquellos cantos iban siendo más claros y más perceptibles; aquello era una escuela en medio del bosque desierto.

Detúvose asombrado y temeroso, cuando de los árboles cercanos se desprendió, tomando vuelo, una bandada de loros que iban cantando acompasadamente, ba, be, bi, bo, bu; la, le, li, lo, lu; y tras ellos, volando majestuosamente, un loro que, al pasar cerca del espantado maestro, volvió la cabeza diciéndole alegremente:

—Don Lucas, ya tengo escuela.

Desde esa época los loros de aquella comarca, adelantándose a su siglo, han visto disiparse las sombras del obscurantismo y la ignorancia.

La leyenda de un santo

Lo que es en algunos cuerpos la propiedad de reflejar la luz, y en otros la de repetir el sonido, es en la humanidad la tendencia de las generaciones para repetir a las posteriores lo que oyeron de sus antepasados, no valiéndose del libro ni de la escritura, sino del recuerdo y de la palabra. Viven así las tradiciones, y tienen por eso frescura que encanta e interés que subyuga; y estudiadas luego a la luz de la historia, se empañan con el polvo de los archivos, se amaneran con el buen decir de los literatos, y pierden su hechizo bajo el peso de los reflexivos estudios de los eruditos.

Hace muchos años —tantos ya, que aún era yo niño—, me contaban la historia del protomártir mexicano Felipe de Jesús; y evocando sus recuerdos, y sin recurrir a documentos históricos, voy a contarla como la oía con infantil atención de la boca de aquellas viejas, a las que la ignorancia daba la voz de la inocencia, llenas de fe y creyendo como una verdad incontrovertible todo lo que me referían.

No había en todo el barrio muchacho más levantisco, ni más pendenciero, ni más travieso que Felipe de Jesús. Víctima de su carácter inquieto y turbulento era su pobre madre, que estaba siempre llamándole y buscándole, porque el chico jamás estaba en su casa: vivía, como acostumbraba decirse en aquellos tiempos, con el «Jesús» en la boca cada vez que notaba la falta del muchacho; y no acertaba con un camino para alcanzar que Felipe hiciera, no alguna cosa buena, sino menores males de los que causaba.

Y era el caso que por más que la madre reñía y por más que una tras otra rezaba novenas a todos los santos del cielo, y, sobre todo, a Santa Rita, de quien dicen que es abogada de imposibles, Felipe, en vez de ir a la escuela, se iba con otros muchachos a los ejidos a perder el tiempo, y volvía a su casa, unas veces con la ropa hecha pedazos, otras con un ojo amoratado, la cabeza rota o una mano fuera de su lugar.

En la mitad del patio de la casa que habitaba Felipe había un tronco de higuera seco, pero respetado: porque todas esas higueras que había entonces en los patios de las principales casas de México eran llevadas desde Jerusalén, como obsequio, por religiosos que emprendían el viaje a los Santos Lugares y escogían, como recuerdo, esquejes de aquellas higueras, que, plantados en Nueva España, se convertían fácilmente en árboles frondosos.

Cada vez que la madre de Felipe tenía un disgusto con el chico, y eran frecuentes, exclamaba: «—¡Felipe, Dios te haga un santo!».

Y la vieja esclava decía siempre por lo bajo: «¿Felipillo santo? Cuando la higuera reverdezca».

Con tan estimables cualidades, aunque salvado siempre de peligros, llegó Felipe a ser joven; y como no daba muestras de arrepentimiento, ni señales de enmienda, el padre, que hasta entonces no había tomada cartas en el negocio, determinó adoptar una enérgica resolución que cortar pudiera el camino que llevaba Felipe, y que a su juicio debía terminar, si no en la horca, cuando menos en un presidio.

Preparóse viaje y en la primer nao de China que salió de Acapulco, partió Felipe con un sencillo equipaje y unas cartas de recomendación para un amigo de su padre, español y rico comerciante de Manila.

Muchos años pasaron: murió el padre de Felipe, y la pobre madre, acompañada sólo de la vieja esclava, siguió viviendo en la misma casa, siempre pensando en su hijo, de quien no tenía noticias, y siempre mirando aquel tronco seco, que le recordaba el dicho de la negra: «—¿Felipillo santo? Cuando la higuera reverdezca».

Una mañana, en el mes de febrero, es decir, en pleno invierno, al abrir la negra las puertas de la ventana que daba al patio, miró asombrada el viejo tronco de higuera cubierto de hojas tan verdes y tan frescas como si estuviera en los primeros años de su lozanía.

Inmediatamente dio la vuelta y entró por la casa gritando:

—¡Señora, señora! ¡Felipillo santo! ¡Felipillo santo! ¡La higuera ha reverdecido!

Dice la tradición que aquel día Felipe de Jesús, profeso en la Orden de San Francisco, había sufrido el martirio en unión de otros misioneros en Nagasaki.

El papa Urbano VIII le beatificó, y la madre, que tanto por él había sufrido, salió al lado del virrey en la procesión, el día en que se celebró en México la beatificación de Felipe.

La historia no cuenta todo esto así; pero a mí me halaga más la tradición.

Por si acaso

—Pepe —dijo la condesa tocando suavemente en el hombro a su marido, que dormitaba en un sillón al lado de la chimenea.

—¿Qué pasa? —dijo él incorporándose.

—¿No vas a ir al club? Son muy cerca de las siete.

—Te agradezco que me hayas despertado; voy a vestirme. Y tú, ¿qué piensas hacer esta noche?

—Es nuestro turno del Real, y si viene Luisa, iremos un rato. ¿Tú no vas al palco con nosotras?

—Veré si puedo. Por ahora voy a vestirme.

Media hora después, el conde, envuelto en su gabán de pieles, se acomodaba en su berlina, diciendo al lacayo:

—Al Veloz.

Cuando el ruido del carruaje anunció que el conde se alejaba, alzóse el portier del salón en que había quedado la bella condesa, y la cabeza rubia de una mujer joven asomó por allí.

—¿Se ha ido? —preguntó a media voz.

—Sí, Luisa, entra.

—¿Insistes en tu plan?

—Si; no hay peligro alguno, y además, Luciano me ha prometido ayudarme.

—¿Lo crees seguro?

—Vaya, y necesario. En toda esta temporada del Real no he conseguido que me acompañe un solo día al palco por irse al Veloz. ¡Dichoso Veloz! No sé qué tiene para nuestros maridos. Y después de todo, debe ser muy aburrido. Pero esta noche sí me acompaña; vaya si me acompaña. Ahora voy a vestirme yo también.

El club estaba lleno. Unos socios jugaban al tresillo o al whist, haciendo tiempo mientras se abría el comedor. Otros conversaban alegremente en los salones. Se oyó el timbre del teléfono, y pocos momentos después, un criado entró preguntando:

—¿El señor marqués de la Ensenada?

—¿El marqués de la Ensenada? —dijo uno.

—Sí, señor —contestó el criado—. Le llaman al teléfono.

—Pero hombre, si el marqués hace siglos que murió.

—Llamarán a la calle del Marqués de la Ensenada —dijo otro.

—Señor —contestó el criado—, ya he dicho a la señora que aquí no hay ningún señor que sea el marqués de la Ensenada.

—Y ¿qué ha contestado?

—Que eso no me importaba a mí —dijo el criado—. Que yo preguntase por el marqués de la Ensenada, que ya lo demás no era cuenta mía.

Todo el mundo escuchaba con curiosidad este diálogo, y entre todos, quizá con más atención, Luciano de Oriz, el más alegre y más bromista de los socios, que en aquellos momentos conversaba con el conde.

—Yo creo que eso es un camelo —dijo una voz.

—No —replicó Luciano—; éste es un lío. Eso de marqués de la Ensenada es nombre convencional. Ya verán ustedes. Voy a tomar el hilo.

—Pero ¿cómo?

—Nada más fácil. Me acerco al aparato y me hago pasar por el de la Ensenada.

Y sin esperar más, se dirigió rápidamente al aparato. Pocos minutos después volvía, pudiendo apenas hablar a causa de la risa.

—¿Qué hubo? ¿Qué hubo? —le preguntaron todos con interés y rodeándole.

—Pues tiene gracia. Luego que me anuncié como el marqués, una voz femenina me preguntó: —¿Eres tú? —Sí. —Ven en seguida, porque ya se ha ido Pepe. Oí algo como risas de mujer, y se cortó la comunicación.

Una carcajada general contestó a la relación de Luciano, y entonces comenzaron los comentarios.

—Claro; se reían de Pepe.

—¡Qué gusto, que no me llamo Pepe!

—Pues yo me llamo Pepe pero no soy casado.

—Pues yo sí; pero mi mujer está en Niza, y desde allí no llama a nadie.

Pero algunas fisonomías se nublaron y a poco oyéronse dos o tres coches del club salir precipitadamente.

El conde entró en su casa de vuelta, y al entregar su gabán al criado, dijo a la condesa, que apareció en aquellos momentos por allí seguida de Luisa:

—Pensé mejor, y he resuelto venir a cenar contigo para irnos después al Real.

—¡Bendito sea Dios, Pepe! ¿Qué santo me habrá hecho este milagro?

Y furtivamente dirigió a Luisa una mirada, en la que podía haberse leído todo este cuento.

La limosna

Quizá para muchos no tenga interés lo que voy a contar; pero como a mi me conmovió profundamente, por nada de este mundo se me queda esta narración en el buche, y de soltarla tengo, sea cual fuere la suerte que deba correr, y arrostrando el peligro de que algunos llamen sensibilidad a lo que los más califiquen de sensiblería.

Pero los hechos son como los acordes de la música: algunos los escuchamos sin conmovernos, y hay otros que tienen resonancia inexplicable en las más delicadas fibras del corazón o del cerebro, y de los cuales decimos, o pensamos sin decirlo: esas notas son mías.

En una de las ciudades del norte de la república mexicana vivía Julián. No sé cómo se apellidaba, pues por Julián no más le conocíamos, y era un hombre feliz. Un herrero honrado y laborioso, mocetón membrudo y sano que, en su oficio, ganaba más que necesitar podía para vivir con su familia. Por supuesto que no era rico, o mejor dicho, acaudalado. Tenía una pequeña casita en los suburbios de la ciudad, y allí, como en un nido de palomas, habitaban la madre, la esposa y el hijo de Julián. Allí todo el mundo se levantaba antes que el sol; allí se trabajaba, se cantaba y se comía el pan de la alegría y de la honradez.

Julián volvía los sábados cargado con el producto de su trabajo semanal; íntegro lo ponía en manos de su mujer y ella sabía distribuirlo con tanta economía y tanto acierto, que el dinero parecía multiplicarse entre sus manos. Era el constante milagro de los cinco panes repetido sin interrupción, y no se olvidaban ni faltaban nunca los cigarros para Julián, ni la copita de aguardiente, antes de la comida, para la suegra.

El chico se llamaba Juanito: fresco, limpio, alegre y con sus dos años encima, como si tuviera ochenta, vacilaba corriendo tras de las gallinas en los corrales o arrancando las flores en el jardincito de la casa. Pero era tan cariñoso y tan zalamero, que cada una de esas travesurillas le valía un rosario de besos del padre, de la madre o de la abuelita, que él recibía riéndose a carcajadas y mostrando su desigual y naciente dentadura.

Una tarde Julián esperaba en el taller el pago de sus trabajos de la semana. Repentinamente oyó la campana de su parroquia tocando a fuego, y sintió que el corazón le daba un vuelco. No había motivo para alarmarse; la parroquia tenía gran caserío, y, sin embargo, él sintió que su casa era la que ardía. Echó a correr precipitadamente, y era verdad: las llamas devoraban aquella habitación pocas horas antes tan dichosa.

Todos los esfuerzos habían sido inútiles: nadie pudo escapar del fuego. Julián lo había perdido todo en el mundo. Quedó sin sentido; alguna familia cariñosa lo arrancó de allí; y por más de seis meses no volvió a saberse de él.

Habían pasado cuatro años ya, y Julián siempre triste, seguía asistiendo con su acostumbrada puntualidad al taller. Tomaba de su salario lo que estrictamente necesitaba y repartía lo demás entre los pobres de su paroquia. Los sábados, sin embargo, tenía una extraña costumbre. Salía por las calles con una guitarra, entraba en las casas y cantaba con una voz muy dulce canciones tan melancólicas y tan desconocidas, que los hombres se conmovían y las mujeres lloraban; y después cuando alguna de ellas enternecida le llamaba para darle algo de dinero, él decía con un acento profundamente triste:

—No, señora, no quiero dinero; ya me han pagado ustedes porque sólo vengo a pedir limosna de llanto.

El voto del soldado

Allá por el año de gracia de 1521 pasó a las Indias en busca de fortuna, y a servir al emperador en las conquistas de Nueva España, un soldado español llamado Juan de Ojeda.

Érase Juan de Ojeda un mocetón en la flor de la edad, extremeño de nacimiento, y tan osado y valeroso como perverso y descreído, y tan descreído y perverso como murmurador y maldiciente. Pusiéronle por mote sus compañeros «Barrabás», tanto por lo avieso de su condición como para distinguirle de un Ojeda a quien «El Bueno» le llamaban por sus costumbres irreprochables, y de otro que llamaban «El Galanteador», porque andaba siempre en pos de las muchachas de los caciques y señores de la tierra.

Túvole Hernán Cortés gran afecto por su valor y por la presteza y diligencia con que todas las comisiones y trabajos del servicio desempeñaba. Pero mejor que los compañeros de Ojeda, conocía sus malas cualidades, y a esto debido, ni le dio nunca mando que importar pudiera, ni guarda le confió de prisioneros a quienes se atreviera a sacrificar o a poner en libertad a cambio de algunos cañones de pluma llenos de polvo de oro, moneda supletoria bien usada en aquellos días.

Una tarde, ya después de la toma de la capital del poderoso imperio de Moctezuma, y cuando el ejército de Cortés se había retirado a la ciudad de Coyoacán, mientras se trazaban y comenzaban a levantarse los suntuosos edificios que de núcleo debían servir a la moderna México, Juan de Ojeda departía alegremente con un grupo de soldados de caballería, hablando de sus recuerdos y sus esperanzas, sazonado plato de conversación entre soldados.

Como palabra saca palabra, según dice el proloquio vulgar, hubo de llegarse en el giro de aquella plática a referir que algunos de los soldados conquistadores, sin duda arrepentidos de algo que sobre su conciencia pesaba, y en desagravio de sus pecados, habían tomado el hábito de religiosos, y vida hacían de misioneros tan ejemplar como escandalosa había sido la que llevaron de soldados.

Ocurriósele entonces a alguno de los presentes decir que «Barrabás» tendría que parar en fraile por lo mismo que, siendo soldado, había parado en diablo. Rióse «Barrabás» alegremente de la ocurrencia y tomando en seguida un aire solemne, dijo a sus compañeros:

—Por la salvación de mi alma, yo prometo meterme de fraile el día que mi caballo sea Dios.

Parecióles a los otros que aquello era una blasfemia, y temerosos de los castigos que Cortés imponía a sus soldados en casos semejantes, fuéronse escurriendo uno en pos de otro, dejando a «Barrabás», que repetía burlonamente:

—El día que mi caballo sea Dios.

Habían pasado ya muchos meses, y corría para los conquistadores de México casi tranquilamente el año de 1524; y digo casi tranquilamente, porque, vencidos los mexicanos y sometido voluntariamente al rey de España el de Michoacán, Hernán Cortés ocupábase activamente en el establecimiento del gobierno de la colonia y en la reedificación de la ciudad de México.

Pero, por una parte, Cortés era inquieto y emprendedor, y, por otra, como incitándole a nuevas aventuras, a sus ilusiones se ofrecía un territorio tan inmenso como desconocido, y la conquista de las Hibueras vino a ser el resultado de aquellas constantes y tentadoras seducciones.

Organizó Cortés su expedición, y salió de México, rumbo al oriente, en demanda de nuevos reinos que ofrecer, como tributarios o como vasallos, al emperador Carlos V. Y formando parte de aquella expedición salió, siguiendo a su caudillo, el famoso entre sus compañeros, Juan de Ojeda, jinete en aquel caballo cuya apoteosis esperaba, para cambiar él por la armadura del soldado el tosco sayal de los religiosos.

No estaba el caballo de Ojeda en la primavera de su vida, y por más que el descanso le hubiera traído macizas carnes, los años y los trabajos le hacían ya poco vigoroso para la campaña; y como aquélla era muy ruda y el camino muy largo, al cruzar la expedición por el Petén, reino entonces importante, si no poderoso, enfermó el caballo y, por mayores diligencias que se hicieron, no pudo continuar su marcha ni salir del pueblo. Desesperado estaba Ojeda, porque quizá aquel caballo era el único cariño de su vida. Juró y blasfemó hasta cansarse; pero visto que la cosa no tenía remedio, suplicó a Hernán Cortés que recomendara al cacique y a los principales señores del Petén el cuidado de aquel caballo que, como un depósito sagrado, quedaba entre sus manos.

Tanto por la utilidad que prestaban entonces los pocos caballos con que contaba el ejército español, como por complacer a un soldado tan valiente como Ojeda, Cortés, por medio de sus intérpretes o nahuatlatos, como allí se llamaban, encareció, hasta con grandes amenazas, al cacique y a los que le acompañaban, el cuidado y las atenciones que debían tener con el viejo animal, refiriéndoles los grandes servicios que prestado había y la gran utilidad que de aquellas bestias se tenía en la guerra.

Llegó el momento de la partida, y Ojeda emprendió la marcha, no sin haberse despedido del abandonado rocín y sin haber echado por aquella boca todos los votos y juramentos que le inspiraba tan triste situación y las burlas de sus compañeros que, descaradamente, lo atribuían a la blasfemia de haber querido hacer un Dios de su caballo.

Los sencillos itzaes, que así se nombraban los naturales de aquella tierra, se encontraron en el mayor embarazo para cumplir las indicaciones del conquistador y dejarlo complacido a la hora de su vuelta. Porque, no conociendo qué clase de huésped era el que había quedado allí, no encontraban medio de tratarlo como ellos deseaban; pero, en fin, les ocurrió alojar el caballo en la mejor de las casas de la población y ofrecerle abundante comida de conejos, gallinas y aves sazonadas cuidadosamente al estilo del país, y grandes jarros con una bebida regional que los españoles llamaban pitarrilla.

No por la natural tristeza de encontrarse tan abandonado entre gente extraña, ni por falta de apetito tampoco, dejó el caballo de aprovechar la espléndida hospitalidad de los indios; pero por causas que los sabios explicarían fácilmente, no llegó a probar bocado y murió de hambre a poco tiempo.

No podría describirse la consternación de los indígenas cuando por el pueblo circuló la terrible noticia de que el huésped había expirado. ¿Qué contestar a Cortés? ¿Cómo librarse de su enojo? ¿Cómo presentarse siquiera a su vista después de aquello, que él podría considerar como el resultado de un gran crimen?

Convocóse una numerosa asamblea para discutir el partido que debía adoptarse en tan críticas circunstancias; y después de varias opiniones emitidas con timidez al principio y con gran energía en el curso de aquella discusión, a propuesta de los más sabios del pueblo vinieron todos a convenir en que lo más acertado era hacer una imagen del caballo en mampostería y colocarlo entre los dioses del pueblo, para que a su vuelta Cortés pudiera ver que, si el huésped había fallecido, el pueblo le había colocado en el número de sus dioses.

Así se hizo, y en el idioma de aquel pueblo conocíase el nuevo dios con el nombre de Izimin-Chac, que significa Animal del Trueno, sin duda porque los indios creían que el caballo era el que producía el estampido de las armas de fuego que disparaban los jinetes.

Contábase luego que Juan de Ojeda, al recibir la noticia de aquellos acontecimientos, tomó el hábito de San Francisco, y fue en su vejez espejo de misioneros.

Casi un siglo después, por el año de 1618, dos misioneros franciscanos, fray Juan de Orbita y fray Bartolomé de Fuensalida, llegaron a Petén, hasta entonces no convertido al cristianismo, y encontraron objeto de la mayor veneración la mal formada estatua del caballo.

El padre Orbita, en presencia de aquello, no pudo contener su indignación, y, levantando en la mano una piedra que había arrancado del templo, montó sobre el caballo y lo hizo pedazos a fuerza de golpes.

Los naturales de la tierra huyeron, espantados de aquella profanación, gritando mueras al extranjero.

Las gotas de agua

Era un día de los más calurosos en la mitad del verano. El sol derramaba torrentes de fuego y de luz sobre la tierra, cruzando por un cielo profundamente azul, y en el que no flotaba ni la más ligera nubecilla.

Dormían los vientos en las húmedas grutas de los bosques; se abrigaban los pájaros en lo más tupido de la selva; los insectos silbaban entre la hojarasca, y todo en la naturaleza parecía desmayar de sed y de fatiga.

Las hojas lánguidas colgaban en sus tallos, y unas flores cerraban sus corolas y otras se inclinaban lanzando su perfume para pedir la lluvia, porque el perfume es la plegaria de las flores, como es también su canto de amor. Pero ninguna murmuraba en el bosque, y esperaban resignadas a la nube bienhechora que debía traerles la lluvia.

Sólo en uno de los valles, esas pequeñas florecillas que brotan entre la hierba, y que son como niños entre las otras flores, murmuraban y pedían agua con toda la irreflexión de la infancia.

Envuelta en transparentes cendales de color de rosa, cruzó entonces un hada sobre aquellos campos: no hicieron las florecillas más que mirarla, y comenzó entre ellas una especie de sublevación para pedir el agua.

En vano el hada les hizo ver que sin la preparación de la sombra que llega con las nubes antes que la lluvia, y después con esa veladura que a la luz del sol le dan las últimas gasas que deja tras de sí la tempestad, el agua podría serles muy dañosa. Las florecillas no escucharon su razonamiento, y tanto insistieron que el hada se resolvió a darles lo que pedían.

Entonces hundió su regadera de oro en uno de los estanques vecinos; la tranquila superficie del agua se rompió con estrépito, formándose en todas direcciones movedizos círculos bordados por los rayos del sol de luces y colores, y que se ensanchaban, se multiplicaban, se cruzaban sin confundirse y seguían trémulos y caminando hasta morir entre las rosas que en los bordes se inclinaban para mirarse en las aguas del estanque.

El hada retiró la regadera henchida y arrojando pequeñas gotas que, heridas por los rayos del sol, parecían una cascada de estrellas, comenzó a derramar improvisada lluvia sobre las florecillas del prado.

Ávidas presentaban todas ellas su cáliz y se sacudían de placer sobre sus tallos, como hacen los pájaros después de la lluvia, y todas quedaron ostentando, como una joya en sus corolas, menudas gotas de agua, que ya tomaban la forma de una esfera de cristal, o ya la de un disco convexo.

Partió el hada, y en los primeros momentos todo fue alegría entre aquellas florecillas; pero poco a poco comenzaron a sentir un calor desconocido y terrible. Los rayos del sol, concentrándose en aquellas gotas de agua, penetraban como dardos de fuego hasta el corazón de las flores; y antes de que esas gotas se hubieran evaporado, las flores doblaban la cabeza mustias y marchitas.

Cuando soplaron en la noche las auras, ninguna flor de aquéllas pudo ya sentir sus caricias.

La expiación

De boca en boca, y rápidamente, se difundió una mañana por el honrado pueblo de Torrepintada la escandalosísima noticia de que Lucía, una de las muchachas más virtuosas y más guapas del lugar, había desaparecido, abaldonando a la tía Ruperta, de quien recibiera cuidados maternales y moral y cristiana educación.

Los móviles de aquella fuga se adivinaban, o, mejor dicho, se habían averiguado por las viejas más curiosas del pueblo que, refiriéndose unas a otras lo que habían visto, y atando cabos, venían a reducirse a que la virtud de la chica había naufragado en el tempestuoso mar de sus amores con el hijo de un indiano que pocos días antes regresó a La Habana, abandonando a la infortunada Lucía.

Torrepintada era un pueblo ejemplar, de costumbres purísimas, y jamás soltera, casada o viuda había dado allí qué decir. Ninguna mujer del pueblo tenía historia, y las familias eran irreprensibles.

La desaparición de Lucía no había sido tan sin conocimiento de la tía Ruperta como en el pueblo se figuraban: buscando un alivio a su dolor, la muchacha contó a la madre adoptiva cuanto le pasaba, sin ocultarle siquiera que iba a ser madre.

Doña Ruperta, riñó y acabó por consolar a la sobrina y aconsejarle que saliese del pueblo sin ser notada y se fuera a la ciudad próxima en donde tenían una parienta lejana.

Lucía fue madre de una preciosa niña, que murió pocos días después de nacida, y ella por todo el oro del mundo no hubiera vuelto a Torrepintada. No hacía más que recordar a sus conocidas y amigas, y al punto sentía encenderse su rostro de vergüenza. ¡Ella! ¡Ella era la única que desde tiempos inmemorables había manchado las honradas tradiciones del pueblo y las nunca bien ponderadas virtudes de las mujeres!

Meditó, se aconsejó y vino al fin en resolverse a servir de nodriza con alguna señora bien acomodada.

Casualmente por aquellos días, que eran los del verano, la joven esposa de un opulento capitalista necesitó un ama, y como llovida del cielo presentóse Lucía, que, después de reconocida por los médicos y previo el largo interrogatorio que acostumbraban las madres en pasos semejantes, fue admitida al servicio de aquella señora.

El niño que le había tocado criar era tan dulce y tan bello como un ángel; la señora, amable y cariñosa; el capitalista, un hombre de mundo y con carácter franco y benévolo. Lucía creyó haber llegado al Paraíso. ¡Qué trajes de pasiega le encargó la señora! ¡Qué collares y qué pendientes de monedas de plata! ¡Qué sayas! Y, en fin, ¡qué consideraciones y qué mimos!

Lo mejor de la comida era para el ama. Siempre cuidando de si había almorzado, de si le daban bueno y bastante vino; y como la chica era tan guapa, el matrimonio estaba encantado de ver al niño en poder de aquella nodriza.

Una tarde, cuando estaban en un establecimiento balneario, el carruaje llegó al hotel un poco más temprano que de costumbre, como indicando que el paseo iba a ser un poco más largo.

Montaron en el coche de los señores, y el ama, llevando al niño, ocupó su asiento de costumbre.

Durante algún tiempo, Lucía, distraída con el niño miraba indiferente la ruta que seguían; pero poco a poco fue pareciéndole que aquel camino lo había recorrido otras veces; los árboles, las casas, los puentecillos y hasta esos montones de piedras que los peones camineros ponen cerca de las cunetas para cegar los baches le parecieron viejos conocidos, y un movimiento de terror sacudió su corazón. No le quedaba duda: aquél era el camino que iba a su pueblo; sin duda los señores se dirigían hacia allá, y ¿cómo iba a presentarse allí, que la habían conocido tan buena, tan pura?, ¿cómo iban a verla sirviendo de nodriza, ellas, tan intolerantes, tan honradas? Quiso preguntar a la señora, pero no se atrevió, más que por discreción, porque se figuraba que eso era como recordar su falta.

En aquella angustia, a cada momento esperaba que el carruaje tomara un camino de travesía. Iba de espaldas, pero volvía a cada momento el rostro con tanta agitación, que al fin lo conoció la señora y le dijo con semblante risueño:

—Ama, ya llegamos a su pueblo; vamos a visitar a don Lorenzo de Torija.

Lucía creyó desmayarse; aquel don Lorenzo de Torija, el más rico y aristócrata del pueblo, era nada menos que su padrino de bautismo, y todas las mujeres de la casa la conocían perfectamente.

El destino fue inflexible y, pocos minutos después, el coche entraba en el pueblo, y los vecinos se asomaban por puertas, ventanas y por tapias a ver a los viajeros, y con esa vista perspicaz de las gentes del campo, pocos hubo que no conocieran a Lucía.

Para aquel pueblo, la llegada de unos viajeros era un acontecimiento, pero la presencia de Lucía, un escándalo, casi un insulto a la moralidad de los vecinos.

En la casa de don Lorenzo el recibimiento no pudo ser mejor; los amos de Lucía eran personas de gran respeto y de gran cariño para el rico del pueblo. Él era su banquero en la capital de la provincia y le servía de empeño en cuanto allí se ofrecía; además, don Lorenzo era un viejo comerciante que había viajado mucho; hombre que conocía el mundo y que, cansado ya, se había retirado a vivir tranquilamente al pueblo de su nacimiento, y además, como la bandera cubre la mercancía, recibió a la ahijada como si no hubiese noticia de cuanto había pasado, y recomendó a sus criados que, mientras los señores tomaban la merienda en la sala, cuidaran de que el ama merendara y paseara con el niño por el amplio y bien cultivado jardín.

Las criadas no dejaron nada por escudriñar respecto a la vida de Lucía: cuánto ganaba, cómo la vestían, cómo la trataban, si estaba contenta, si paseaba mucho, si era dichosa, y todavía los señores no se despedían de don Lorenzo, y ya por todo el pueblo corrían y se sabían aquellas noticias como si se hubieran publicado en la hoja extraordinaria de un periódico.

Llegó la hora de regreso, y al atravesar por segunda vez por las calles del pueblo, la pobre Lucía, casi enferma de vergüenza y de remordimiento, agotada por aquel esfuerzo de disimulo, sintió que aquella tarde había sido la expiación de su falta. ¡Terrible ejemplo para las hijas del pueblo!

Por una casualidad, al siguiente verano seis mozas solteras de Torrepintada solicitaban en balnearios de aquella provincia, colocación de amas de cría para casa de los padres.

En una casa de empeños

Enrique Granier era un francés de gran corazón, y, sin embargo, se había establecido en México abriendo una casa de empeños.

No quiere decir eso que yo juzgue hombres de malos sentimientos a los que tienen casa de empeños; pero hay, sin embargo, necesidad de tener un carácter especial para fundar la propia ganancia en la desgracia ajena; porque es seguro que solamente van a buscar el remedio en el empeño los perseguidos de la suerte, y allí se apuran hasta los últimos recursos, y ahí, tras lo superfluo, va lo necesario: después de la joya, llegan hasta el colchón y las prendas más indispensables. Se encuentra allí, es cierto, la salvación de momento, pero se prepara la angustia de lo por venir.

A pesar de eso, siempre el que sale de aquella casa muestra en el rostro algo de satisfacción; y es natural, pues si a dejar fue la prenda, sale con el dinero que remedia una necesidad o salva de un compromiso; si a recuperarla fue, sale contento con ella, porque vuelve a reconquistarla después de haberla creído perdida, y es ya un augurio de mejores tiempos. Pero, a pesar de todo, es triste contemplar aquella multitud de objetos, cada uno de los cuales es el símbolo de una angustia, de un sacrificio, de un dolor, y cada persona de las que vienen sueña que lleva un objeto de gran valía, que simboliza para él la esperanza de salvación, y se encuentra con el frío razonamiento del comerciante, que no ve en aquello el último recurso de una familia sin pan, sino una prenda que definitivamente no puede venderse para cubrir la suerte principal y el interés del préstamo.

Y yo le hacía todas estas reflexiones a Granier, y él me contestaba:

—Mire usted, en el fondo tiene usted mucha razón, pero en la lucha por la existencia, los sentimientos románticos entran por muy poco en el cálculo. Además, el hombre se acostumbra a todo; se procura tratar a los clientes con la mayor benevolencia, y siempre viene con la reflexión este razonamiento: tienen que existir estas casas de empeños; y de no tenerlas yo, las tendría otro, que quizá fuera más rudo y sacrificara a los pobres.

—Tiene usted razón también; pero ahí, detrás de ese mostrador, habrá usted comprendido todas las miserias de la humanidad, habrá usted presentado escenas conmovedoras.

—Sí, cosas terribles; oiga usted una historia muy sencilla, pero que a mi me conmovió profundamente.

—Cuéntemela usted.

Era una tarde del mes de diciembre; el tiempo estaba muy frío; obscurecía, y ningún parroquiano asomaba por la puerta de la casa. Iba yo a cerrar para arreglar mis cuentas, cuando entró una niña pequeñita, como de seis años, vestida muy pobremente, y que se acercaba como vacilando y con timidez al mostrador. Me causó compasión instintivamente, y como no alcanzaba para hablarme, me incliné sobre la mesa para verle la cara.

—¿Qué quieres? —le pregunté.

—Nada.

—¿Cómo nada? Pues entonces, ¿a qué vienes?

—Porque mi papá y mi mamá están enfermos en la cama, y no han comido en todo el día porque no tenemos, y yo vengo a empeñar.

—¿Vienes a empeñar? ¿Qué traes para empeñar?

Y ella entonces sacó de un viejo y destrozado rebocillo con que se cubría, un objeto pequeño, que me presentó con una especie de orgullo, al mismo tiempo que de dolor, y como quien sacrifica una riquísima alhaja, diciéndome:

—Pues vengo a empeñar mi rorro.

Era un rorro viejo y maltratado, que seguramente no valía dos céntimos.

Comprendí todo lo que pasaba en el corazón de aquella niña; el valor tan grande que daba a su muñeca; el doloroso sacrificio que hacía por sus padres al empeñarlo, y la esperanza tan lisonjera de obtener por él una gran fortuna.

—¿Y qué hizo usted? —le pregunté a Granier.

—Pues sentí un nudo en mi garganta, y, sin poder hablar, le di a la niña cinco duros y le devolví su rorro, y me quedé llorando como un tonto sobre el mostrador.

El divorcio

Querido lector:

Quizá lo que voy a referirte lo habrás escuchado o leído alguna vez: pero eso me tiene muy sin cuidado, porque recuerdo una de las máximas famosas del barón de Andilla, que dice: Si alguien te cuenta algo, es grosería decirle: por supuesto, lo sabía.

Y como yo estoy seguro de tu buena educación, y además este cuento puede serte de mucha utilidad, prosigo con mi narración, seguro de que, si la meditas, me la tendrás que agradecer más de una vez en el camino de tu vida.

El león, como es sabido, es el rey de los animales cuadrúpedos; llegó a cansarse de la leona, su casta esposa, y buscando medios para repudiarla, o cuando menos de pedir el divorcio, vino a descubrir que el mal aliento de la regia dama causa era, según la opinión de distinguidos jurisconsultos de su reino, más que suficiente para pedir la separación y quedar libre de aquel yugo matrimonial que tanto le pesaba.

Un día, cuando menos lo esperaba la augusta matrona, sin ambages ni circunloquios le dijo el león, que no por ser monarca dejaba de ser animal:

—Mira, hijita, que yo me separo de ti desde hoy, y voy a pedir el divorcio porque tienes el aliento cansado, con un si es no es, tufillo de ajos podridos.

La leona, que con ser animal no dejaba de ser hembra, sintió que el cielo se le venía encima, no tanto por lo del divorcio, cuanto por aquel defectillo que en los banquetes y bailes de la corte podía, sin duda, ponerla en ridículo.

—¿Que tengo el aliento cansado? —exclamó tartarrugiendo de ira—. ¿Que tengo el aliento cansado? Eso no me lo pruebas tú, ni ninguno de los de tu familia; que las hembras de mi raza hemos tenido siempre el aliento más agradable y oloroso que carne de cabrito primal.

—No me exaltes —contestó el león— que yo estoy seguro de lo que digo, y te lo puedo probar, no por mi dicho, sino por el de todos nuestros vasallos.

—Que vengan —dijo con exaltación la leona—, me sujeto a la prueba; y a ver si hay bestia que tal calumnia pueda sostener.

Seguro el león de su triunfo en aquel juicio pericial, citó para el segundo día, y con acuerdo de su real esposa, a los principales personajes de la corte; y los dos consortes pasaron la noche en cuevas muy apartadas para evitar una escena matrimonial, peligrosa en aquella ocasión en que la monarquía no estaba de lo más bien asegurada.

Tan madrugador anduvo el pollino y tan temprano se presentó en Palacio, que todavía estaban durmiendo los reyes; pero salió el sol, que también era otro rey, y sus majestades anunciaron que estaban ya visibles y que iba a comenzar el juicio.

Por supuesto que la leona había cuidado de lavarse muy bien con verdadero jabón de los Príncipes del Congo, que tanto existía entonces como ahora, y había hecho enjugatorios con elixir de jugo de patatas frescas.

Presentóse el asno, e instruido por el león de lo que debía juzgar y sentenciar, introdujo sus narices en las regias fauces que, con democrática humildad, abría la leona: aspiró dos o tres veces, y en seguida, adivinando el pensamiento del monarca, y después de haber hecho ese gesto que le es característico, arrugando la nariz, levantando el belfo superior de un lado, enseñando los dientes y mirando al cielo con un ojo, dijo con acento dogmático:

—Huele mal.

El león inclinó majestuosamente la cabeza, y el borrico salió reculando de palacio por no mostrar a sus majestades la cola u otras cosas. Pero no había caminado veinte pasos, cuando la leona, pretextando cualquier negocio, salió por una puerta excusada, y en un decir Jesús lo hizo cuartos, y volvió después tranquilamente a la sala del trono.

Tocóle su turno al caballo, que entró con un aire de energía y con un desdén espartano, como diputado de oposición, y llegóse a oler a la reina consorte: aspiró, respiró, repitió la operación, y en seguida, con una energía catoniana, exclamó:

—Aliento puro, y sin dejo de ninguna especie.

No bien acabó de decir esto, cuando ya el león había saltado sobre él, y con garras y dientes lo dejó tan muerto como si nunca hubiera existido.

Naturales habían sido aquellas escenas dado el carácter de los personajes que en ellas habían intervenido, cuyos caracteres ha estudiado tan acertadamente el famoso P. Valdecebro en su tan curiosa como científica obra que tituló Gobierno civil y político de los animales, y en donde pueden aprenderse muchas cosas que tienen la doble ventaja de ser tan curiosas como falsas.

Llególe su turno al mono, y presentóse entre gracioso y tímido, queriendo hacer al mismo tiempo el cortesano y el calavera; acercó las chatas narices a la boca de la esposa del monarca, y con una sonrisilla de orgullo, al par que de benevolencia, dijo dirigiéndose al león:

—A veces huele mal, y a veces bien.

Pero en mala hora lo dijo, que aún no había acabado la frase cuando medio mono se llevaba en sus garras el rey, y el otro medio la reina.

Y siguió el juicio con todos aquellos antecedentes de la independencia y libertad del poder judicial.

Entró la zorra, hizo tres genuflexiones, escuchó atentamente lo que de ella se exigía, aguzó el hocico y metió, no la nariz, sino toda la cabeza, hasta el esófago de la reina; estuvo así dos o tres segundos, y después sacudiendo las orejillas y mirando al monarca unas veces, y otras a la reina, dijo haciendo un gesto de contrariedad y de disgusto:

—Tengo catarro.

Problema irresoluble


Juanita no sabe servir, pero es muy lista y aprenderá pronto. Blanca estará muy contenta con su doncella galleguita, porque dentro de dos meses le será muy útil, pero es preciso desasnarla. Queda cumplido su encargo, y yo me repito su seguro servidor y capellán, que besa su mano,

Blas Padilla
 

Así terminaba la carta de recomendación con que Juanita había llegado a la casa de Emilio. Porque Emilio encargó una chica a Galicia para que sirviera de doncella a su mujer.

Emilio y Blanca estaban en la luna de miel, y a Blanca, como a todas las recién casadas, le sobraban muchas horas del día, y era para ella una diversión enseñar a Juanita y estudiar la sorpresa que le causaban todos los refinamientos de la civilización.

Apenas podía la chica comprender que algunas veces llegara un hombre a arreglar las uñas de las manos a su señorita, ni que todos los días viniera una mujer expresamente a peinarla; pero lo que más le asombraba era el teléfono, y al tercer o cuarto día de estar en la casa la sorprendió Blanca en el aparato, teniendo una trompetilla en la oreja y hablándose a sí misma con la otra.

Pero rápidamente, con esa educabilidad y esa aptitud de asimilación que tan en alto grado poseen las mujeres, Juanita vestía como las criadas de Madrid; hablaba a su señorita en tercera persona; cantaba todo lo que oía tocar en los organillos y lucía, como una pulsera de oro, una cinta negra con que se oprimen la muñeca de la mano derecha las chicas que por planchar mucho sufren en esa parte del brazo.

Juanita había dejado en su pueblo un novio; un novio a quien quería de todo corazón, como quieren los que no tienen otra cosa con qué ocupar su cerebro, y el novio Nicolás había prometido escribirle. Juanita esperaba con impaciencia aquella carta; pero, por su desgracia, la chica no sabía leer y vacilaba entre el placer de recibirla y el disgusto de tenerla entre las manos, anhelando por conocer el contenido, de modo que unas veces deseaba la llegada de la carta y otras tenía miedo de recibirla.

Por fin, una tarde la señorita le dijo:

—Juanita, aquí tienes una carta de tu pueblo.

Y Juanita se puso tan encendida de vergüenza, que Blanca comprendió en el acto que era de un novio y no de la familia; pero no quiso decirle nada.

Toda la tarde y toda la noche estuvo la chica desesperada; miraba la carta, le daba vueltas, intentaba abrirla y en seguida se arrepentía. ¿Qué le diría Colás? ¿La quería mucho? ¿Le daba alguna mala noticia?

Aquello le preocupaba de tal manera que apenas pudo dormir. Bien podía, y así lo comprendió, darle la carta a alguna persona que se la leyese. Pero ella no tenía confianza más que con la cocinera, y la cocinera no sabía leer.

A la mañana siguiente, Blanca le dijo:

—¿Qué te dicen de tu casa? ¿Están buenos?

Juanita no sabía mentir todavía, y como aquella pregunta la sorprendió, contestó sencillamente:

—No he leído la carta.

—¡Qué! ¿No sabes leer?

—No, señorita.

—¿Por qué no te la ha leído alguna de las otras criadas?

—Porque me da vergüenza.

—¿Quieres que yo te la lea?

—¡Ay!, ¡sí! Pero ¿cómo se va a enterar la señorita de lo que me dicen?

—Te ofrezco que no me entero —dijo riéndose Blanca.

—Pero ¿cómo no se ha de enterar la señorita? Cuando oiga yo lo que dice, también lo oirá la señorita.

—Pues chica, eso no tiene remedio.

—Sí tiene; pero me da miedo decírselo a la señorita, no se vaya a enojar conmigo.

—No me enojo. Dímelo.

—La verdad, no; no lo digo.

—Mira, te lo mando yo.

—Pues lo diré. Si la señorita fuera tan buena de leerme la carta, para que la señorita no la oyera le taparía yo las orejas.

Blanca se echó a reír con tanta franqueza y tanta alegría, que Juanita estaba azorada; pero después de haberse desahogado riéndose a toda su satisfacción, dijo Blanca:

—Muy bien. Haremos lo que tú dices; dame la carta; colócate detrás de la butaca y tápame los oídos.

Juanita entregó la carta. Tapó con sus dos manos los oídos de Blanca, y con una fisonomía de infantil atención, como un pájaro que oye tocar un violín o una flauta, escuchó la lectura, interrumpida a cada momento por las alegres carcajadas de la lectora.

Colás la seguía queriendo: se acordaba mucho de ella, sobre todo cada vez que miraba salir a la vaca o a la burra que ella tenía costumbre de sacar al campo; le encargaba que no le olvidara; que procurara ahorrar algunos cuartos para ayuda del casamiento, y, sobre todo, que no dejara de contestarle.

Terminó la lectura de la carta: doblóla Blanca, y como ya Juanita le había tapado los oídos, preguntó fingiendo la más profunda ignorancia:

—¿Oíste bien?

—Sí, señorita

—¿Y qué te dicen? ¿Están buenos?

—Están bien todos; pero me encargan que conteste.

—¿Y cómo vas a contestar si no sabes escribir?

—Pues yo no sé que haga.

—Óyeme: si quieres yo escribiré; pero has de pensar un modo de que yo no me entere de lo que escribo.

—¿Y cómo será eso?

—Pues así; como inventaste la manera de oír leer la carta sin que yo la oyera; y te prometo que haré lo que tú me digas.

—¡Qué buena es la señorita! Pues voy a pensarlo —y salió de allí contentísima, dando vueltas en la memoria a las palabras de Colás.

Muchos días pasaron y mucho caviló la pobre chica; pero no ha llegado a descubrir el modo de que la señorita pueda escribirle a Colás sin enterarse de lo que ella le diga.

Las cuatro esquinas

Los hombres más juiciosos no son más que locos mansos. Oigan ustedes esta historia. Tengo desde hace muchos años íntima amistad con el conde del Sarmiento; un hombre inteligente, instruido, caballeroso y del que puede decirse que si no es un genio, es por lo menos un escritor distinguido.

Una mañana entró en mi alcoba cuando acababa yo de despertar.

—Perdóname —dijo— que tan temprano venga a molestarte. Quiero que seas mi padrino.

—¿Pero vas a batirte?

—Sí; he tenido anoche algunas palabras con un caballero que se llama Román Santiurce.

—Le conozco bien. ¿Y qué palabras han sido ésas?

—Bueno…, cualquier cosa; pero yo necesito batirme con él.

—No, poco a poco; explícame primero, y después resolveré si te ayudo o no.

—Pues óyeme, y fíjate para que veas que me sobra razón. Tú sabes que tengo relaciones con Clotilde y estoy apasionado de ella hasta la locura. Clotilde tiene en el Real una butaca en el turno primero y como debes suponer, me encanta estarla mirando durante la representación. ¡Pues ahí va lo grande! Yo veo a Clotilde desde mi platea; pero en la butaca que está delante de ella se sienta ese hombre, y como le hace el amor a Lucía, ya la conoces, que está al lado de él, inclina la cabeza y me oculta siempre a Clotilde, me la eclipsa; dirijo para ella mis gemelos, y en vez de encontrarme el rostro de Clotilde, siempre es la horrible cara de ese hombre la que estoy mirando, y esa contrariedad cada turno primero, me ha hecho crear un fondo de odio contra él, que le mataría con mucho gusto por no volver a ver esa cara. Por su parte, él debe estar enamorado de Lucía, y se supone que yo miro para donde ellos están por hacerle el amor a ella, y me detesta; sí, me detesta; se lo conozco.

Anoche me dirigió los gemelos con insistencia, lo cual, como comprendes, es una verdadera provocación. Salimos, cambiamos algunas palabras, y cambiamos también nuestras tarjetas. Conque ya sabes la historia.

Procuré convencerle de que no tenía razón, pero fue imposible; estaba empeñado en batirse con Román. El eclipse de Clotilde en el Real le tenía fuera de tino.

Acepté la comisión reflexionando que era el mejor camino para evitar un lance. Busqué un amigo de confianza, hablamos con Román y con sus padrinos, y no hubo desafío, sino las explicaciones que eran naturales.

Pasaron siete meses; almorzaba yo con el conde y me dijo:

—¿Sabes que he tronado con Clotilde?

—¡Hombre, no!, ¿y por qué ha sido?, ¿no estabas tan apasionado de ella?

—Es verdad; pero mira. Ya conoces la íntima amistad que tengo con Román; después de aquella locura del duelo, que tú cortaste con tanta prudencia, y desde que él supo que yo a quien buscaba con los gemelos era a Clotilde y no a Lucía, comenzaron a intimarse nuestras relaciones, y ahora somos como dos hermanos.

Clotilde, por caprichos de mujeres, le tiene mala voluntad; siempre me habla mal de él, poniéndole en ridículo, sobre todo desde que supo que había reñido con Lucía.

—¿También eso acabó?

—Hace un mes.

—Pues bien; ayer Clotilde hizo no sé qué desaire a Román, y yo la reconvine; ella se encampanó, y de una en otra palabra llegamos al rompimiento, y te aseguro que es definitivo.

—La verdad, dime la verdad. ¿Es que ya estabas cansado de ella?

—No mucho, pero pudiera ser; lo que sí te aseguro es que no habrá reconciliación.

Dos meses después me decía el conde:

—¿Pero te cabe en el juicio que Román esté en relaciones con Clotilde?

—¿Están en relaciones?

—Sí, y él está enamoradísimo.

—¿Te has disgustado con él?

—¿Por qué? A mí nada me importa.

Un mes después, yo era el que le decía al conde:

—Óyeme. A mí es a quien no le cabe en el juicio que estés tan apasionado de Lucía y tengas relaciones con ella.

—¡Chico! Tú no sabes. Es una mujer adorable, encantadora; no la mereció Román.

—¿Y él qué dice?

—Nada, ¿pues qué le importa?

Estábamos en el Real; entré en la platea del conde, y, largándome unos gemelos, me dijo:

—Mira, lo mismo que la temporada anterior. Busca a Román por allí.

Dirigí los gemelos en la dirección que me indicaba, y, en efecto, el cuadro era el mismo. No más que los personajes habían cambiado de sitio. Clotilde estaba al lado de Román, y Lucía en la butaca detrás de él, sufriendo algunas veces el eclipse cuando Román se inclinaba para hablar con Clotilde.

Coloqué los gemelos sobre un sillón, y dije al conde:

—¿Quieres que vaya yo en tu nombre a desafiar a Román?

Por toda respuesta él se echó a reír, y después dirigió los gemelos a Lucía, que miraba obstinadamente con los suyos.

El abanico

El marqués estaba resuelto a casarse, y había comunicado aquella noticia a sus amigos, y la noticia corrió con la velocidad del relámpago por toda la alta sociedad, como toque de alarma a todas las madres que tenían hijas casaderas, y a todas las chicas que estaban en condiciones y con deseos de contraer matrimonio, que no eran pocas.

Porque eso, sí, el marqués era un gran partido, como se decía entre la gente de mundo. Tenía treinta y nueve años, un gran título, mucho dinero, era muy guapo y estaba cansado de correr el mundo, haciendo siempre el primer papel entre los hombres de su edad dentro y fuera de su país.

Pero se había cansado de aquella vida de disipación. Algunos hilos de plata comenzaban a aparecer en su negra barba y entre su sedosa cabellera; y como era hombre de buena inteligencia y de no escasa lectura, determinó sentar sus reales definitivamente, buscando una mujer como él la soñaba para darle su nombre y partir con ella las penas o las alegrías del hogar en los muchos años que estaba determinado a vivir todavía sobre la tierra.

Con la noticia de aquella resolución no le faltaron seducciones, ni de maternal cariño, ni de románticas o alegres bellezas; pero él no daba todavía con su ideal, y pasaron los días, y las semanas, y los meses, sin haber hecho la elección.

—Pero, hombre —le decían sus amigos—, ¿hasta cuándo vas a decidirte?

—Es que no encuentro todavía la muchacha que busco.

—Será porque tienes pocas ganas de casarte, que muchachas sobran. ¿No es muy guapa la condesita de Mina de Oro?

—Se ocupa demasiado de sus joyas y de sus trajes; cuidará más un collar de perlas que de su marido, y será capaz de olvidar a su hijo, por un traje de la casa de Worth.

—¿Y la baronesa del Iris?

—Muy guapa y muy buena; es una figura escultórica, pero lo sabe demasiado; el matrimonio sería para ella el peligro de perder su belleza, y llegaría a aborrecer a su marido si llegaba a suponer que su nuevo estado marchitaría su hermosura.

—¿Y la duquesa de Luz Clara?

—Soberbia belleza; pero sólo piensa en divertirse; me dejaría moribundo en la casa por no perder una función del Real, y no vacilaría en abandonar a su hijo enfermo toda una noche por asistir al baile de una embajada.

—Y la marquesa de Cumbre-Nevada, ¿no es guapísima y un modelo de virtud?

—Ciertamente; pero es más religiosa de lo que un marido necesita, ningún cuidado, ninguna pena, ninguna enfermedad de la familia le impediría pasarse toda la mañana en la iglesia, y no vacilaría entre un sermón de cuaresma y la alcobita de su hijo.

—Vamos; tú quieres una mujer imposible.

—No, nada de imposible; ya veréis cómo la encuentro; aunque no sea una completa belleza, porque la hermosura para el matrimonio no es más que el aperitivo para el almuerzo; la busca sólo el que no lleva apetito, que quien tiene hambre no necesita aperitivos, y el que quiere casarse no exige el atractivo de la completa hermosura.

Tenía el marqués como un axioma, fruto de sus lecturas y su mundanal experiencia, que a los hombres, y quien dice a los hombres dice también a las mujeres, no debe medírseles para formar juicio acerca de ellos por las grandes acciones, por los grandes hechos, sino por las acciones insignificantes y familiares; porque los grandes hechos, como tienen siempre muchos testigos presentes o de referencia, son resultado más del cálculo que de las propias inspiraciones, y no traducen con fidelidad las dotes del corazón o del cerebro; al paso que las acciones insignificantes hijas son del espontáneo movimiento de la inteligencia y de los sentimientos, y forman ese botón que, como dice el refrán antiguo, basta para servir de muestra.

Una noche se daba un gran baile en la embajada de Inglaterra. Los salones estaban literalmente cuajados de hermosas damas y apuestos caballeros, todos flor y nata de las clases más aristocráticas de la sociedad. El marqués estaba en el comedor, adonde había llevado a la joven condesita de Valle de Oro, una muchacha de veinte años, inteligente, simpática y distinguida, pero que no llamaba, ni con mucho, la atención por su belleza, ni era de esas hermosuras cuyo nombre siempre viene a la memoria cada vez que se emprende conversación acerca de mujeres encantadoras.

La joven condesa era huérfana de madre, y vivía sola con su padre, noble caballero estimado por todos cuantos le conocían.

La condesita, después de tomar una taza de té, conversaba con algunas amigas antes de volver a los salones.

—Pero ¿cómo no estuviste anoche en el Real? Cantaron admirablemente el Tannhäuser —le decía una de ellas.

—Pues mira: me quedé vestida, porque tenía deseos, muchos deseos, de oír el Tannhäuser; es una ópera que me encanta.

—¿Y qué pasó?

—Pues que ya tenía el abrigo puesto, cuando la doncella me avisó que Leonor estaba muy grave. Entré a verla, y ya no me atreví a separarme de su lado.

—Y esa Leonor —dijo el marqués terciando en la conversación—, ¿es alguna señora de la familia de usted?

—Casi, marqués; es el aya que tuvo mi mamá; y como nunca se ha separado de nosotras y me ha querido tanto, yo la veo como de la familia.

—¡Qué abanico tan precioso traes! —dijo a la condesita una de las jóvenes que hablaba con ella.

—No me digas, que estoy encantada con él y lo cuido como a las niñas de mis ojos; es un regalo que me hizo mi padre el día de mi santo, y son un primor la pintura y las varitas y todo él; me lo compró en París.

—¿A ver, a ver? —dijeron todas, y se agruparon en derredor de la condesita, que, con una especie de infantil satisfacción, desplegó a sus ojos el abanico, que realmente era una maravilla del arte.

En este momento, uno de los criados que penosamente cruzaba entre las señoras llevando en las manos una enorme bandeja con helados, tropezó, vaciló y, sin poderse valer, vino a chocar contra el abanico, abierto en aquellos momentos, haciéndolo pedazos. Crujieron las varillas, rasgóse en pedazos la tela, y poco faltó para que los fragmentos hirieran la mano de la condesita.

—¡Qué bruto! —dijo una señora mayor.

—¡Qué animal tan grande! —exclamó un caballero.

—Parece que no tiene ojos —dijo una chiquilla.

Y el pobre criado, rojo de vergüenza y sudando de pena, podía apenas balbucir una disculpa ininteligible.

—No se apure usted, no se mortifique —dijo la condesita con la mayor tranquilidad— no tiene usted la culpa; nosotras, que estamos aquí estorbando el paso.

Y reuniendo con la mano izquierda los restos del abanico, tomó con la derecha el brazo del marqués, diciéndole con la mayor naturalidad:

—Están tocando un vals, y yo lo tengo comprometido con usted; ¿me lleva usted al salón de baile?

—Sí, condesa; pero no bailaré con usted este vals.

—¿Por qué?

—Porque en este momento voy a buscar a su padre de usted para decirle que mañana mismo iré a pedirle a usted por esposa, y dentro de ocho días, tiempo suficiente para que ustedes se informen, iré a saber la resolución.

—Pero, marqués —dijo la condesita trémula—, ¿es esto puñalada de pícaro?

—No, señora; será, cuando más, una estocada de caballero.

Tres meses después se celebraban aquellas bodas; y en una rica moldura, bajo cristal, se ostentaba en uno de los salones del palacio de los nuevos desposados, el abanico roto.

Un Stradivarius

—¿Qué es lo que usted desea? Pase usted, caballero; aquí hay todo lo que puede necesitar. Tome usted asiento si quiere…

—Mil gracias. Deseaba yo ver unos ornamentos de iglesia de mucho lujo.

—Aquí encontrará usted cuanto necesite: casullas, capas pluviales, cíngulos, amitos, paños de corporales, palios, en fin, todo muy bueno, de muy buena clase, muy barato y para todas las fiestas del año.

—Pues veremos; porque tengo un encargo de un tío muy rico, de Guadalajara, que quiere hacer un obsequio a la catedral.

El vendedor era el señor Samuel, un rico comerciante y dueño de una joyería situada en una de las principales calles de México; pero en ella tanto podían encontrarse collares y pulseras, pendientes y alfileres de brillantes, de rubíes, de perlas y esmeraldas, como ornamentos de iglesia, y custodias de oro, y cálices y copones exquisitamente trabajados, como lujosos muebles y objetos de arte, de esos que constituyen la floración del gusto.

El señor Samuel, bajo de cuerpo, gordo, blanco, rubio, colorado, con la cabeza hundida entre los hombros y las narices entre los carrillos, tenía fama de ser un judío porque se llamaba Samuel, porque era muy rico y muy codicioso, porque gustaba mucho de comer carne de cerdo, lo cual para el vulgo era una prueba de que su religión se lo prohibía, fundándose en que la prohibición causa apetito, y, por último, porque los sábados estaba tan alegre como los cristianos el domingo.

El otro interlocutor era un joven pálido, alto y delgado, mirada triste, melena lacia, levita negra vieja y pantalón ídem, es decir, negro y viejo. Además, aunque esto debía ser accidental, llevaba en la mano izquierda un violín metido en una caja forrada de tafilete negro con adornos de metal amarillo, que semejaba el ataúd de un párvulo.

A no caber duda, era un músico.

Dejó el músico la caja sobre el mostrador. Comenzó don Samuel a presentar ornamentos, y se tomaron medidas, y se hicieron cálculos, y comparaciones, y apuntes, y, por fin, después de cerca de una hora de conferencia, el músico tenía ya todos los datos para escribir al tío y esperar la respuesta y el giro, y recoger los objetos elegidos. Guardóse en el bolsillo el presupuesto definitivo, y antes de retirarse dijo a don Samuel:

—¿Tendría usted inconveniente en que dejara yo aquí este violín, mientras no lo necesito, para no tener que cargar con él hasta mi casa, que vivo lejos?

—Ninguno —contestó el judío.

—Pero es que quisiera que no fuera a maltratarse, porque lo estimo en mucho.

—¡Oh! Pierda usted cuidado: vea usted dónde lo coloco, y ahí lo encontrará usted sin que nadie lo haya tocado.

Y como trataba de halagar a tan buen comprador, colocó cuidadosamente la caja en una vitrina en el lugar más ostensible de la tienda.

A la mañana siguiente, entre la multitud de compradores que entraron en la casa de don Samuel, llegó un caballero como de cuarenta años, de aspecto aristocrático, elegantemente vestido. Buscaba un alfiler para corbata, y no pudo hallarle tal y como lo deseaba; pero, ya al retirarse, le llamó la atención la caja del violín tan vieja y mal tratada, en medio de tantos objetos brillantes y lujosos.

—¿Qué! ¿También vende usted instrumentos de música, o tan bueno es ese violín que lo guarda usted aquí, en esa caja tan horrible?

—No es cosa mía: me lo dejaron a guardar, y con tales recomendaciones que sólo ahí me pareció seguro.

—¡Hombre!, pues es curioso enséñemelo usted, que yo también soy aficionado a violines: ¡debe ser cualquier cosa!

El judío bajó la caja y la abrió: el caballero tomó el instrumento, se lo colocó garbosamente, como quien acostumbrado estaba a pulsarle, pasó el arco sobre las cuerdas, miró el violín con extrañeza y lo volvió por todos lados; percutió la caja con el dedo, alzó el rostro, y mirando fijamente a don Samuel, le dijo con solemnidad:

—Pues no es una cualquier cosa como yo había creído; éste es un violín de Stradivarius legítimo, y si usted quiere por él seiscientos duros, en este momento, sin moverme de aquí, se los doy y me lo llevo.

El judío abrió desmesuradamente los ojos y la boca y los oídos, y hasta las manos, no sólo por el descubrimiento, sino porque soñaba en una buena ganancia comprando el violín al pobre músico, que de seguro estaba necesitado, y de seguro también no sabía el gran precio del instrumento. Ocurriósele en seguida lo que debía hacer, y contestó a aquel caballero diciéndole:

—Mire usted, el violín no es mío; pero si usted tiene tanto empeño en poseerle hablaré al dueño, aunque me parece que ha de ser exigente y ha de querer mucho por él.

—¿Que si tengo empeño? Pues ya lo ve usted; como que ésta es una alhaja de príncipe. En París, cuando por casualidad hay un Stradivarius, vale como quina diez o doce mil francos.

—¿Y hasta cuánto puedo ofrecer?

—Pues oiga usted mi última palabra. Si me lo consigue usted por mil duros, le doy a usted cincuenta de corretaje, y pasado mañana vendré a saber la resolución, porque tengo que salir para Veracruz y no puedo perder más tiempo.

Al siguiente día el pobre músico llegó a la casa del judío; no había noticia aún del tío que encargaba los ornamentos, pero el músico venía a recoger su violín.

El judío lo sacó de la vitrina afectando la mayor indiferencia, y antes de entregárselo le dijo:

—Hombre, si quisiera usted vender ese violín, yo tengo un amigo que es aficionado y quiero hacerle un obsequio, supuesto que usted dice que es bueno.

—¡Oh! no, señor; yo no lo vendo.

—Pero yo lo pago muy bien: le daré a usted trescientos duros.

—¿Trescientos duros, señor? Por el doble no lo he querido vender.

—¡Bah!, ¡si esas son exageraciones! Pero para que vea usted que quiero favorecerle, le daré seiscientos.

—No, señor, de ninguna manera.

—Setecientos.

—Mire usted: estoy muy pobre, tengo que sostener a mi madre, que está enferma y cubrir además otras necesidades. Si usted me diera ochocientos duros se lo dejaría, pero en el acto; y lo habría usted de quitar de allí en seguida, porque es para mí como arrancarme un pedazo del corazón.

Don Samuel hizo el cálculo. Ochocientos me cuesta: en mil se lo doy al caballero que debe venir esta tarde, y que me ha ofrecido además un corretaje de cincuenta; gano doscientos cincuenta de una mano a otra. Y continuó diciendo en voz alta:

—Bien joven; para que vea usted que tengo empeño en servirle, aquí están mis ochocientos pesos.

Y abriendo una caja de hierro, sacó en oro el dinero, que entregó al músico.

El joven lo recibió profundamente conmovido; y diciendo a media voz: «¡Madre mía!, ¡madre mía!», y enjugando con un pañuelo viejo una lágrima que brotaba de sus ojos, salió del almacén precipitadamente.

Ocho días transcurrieron sin que el caballero que deseaba comprar el violín se presentara en la tienda a cumplir su promesa, cuando entró por casualidad en ella uno de los más famosos violinistas europeos, que había llegado a México a dar algunos conciertos.

—A ver qué le parece a usted este violín —le preguntó don Samuel, que ya le conocía, abriendo la caja y mostrándole el Stradivarius.

El maestro tomó el violín, empuñó el arco y le hizo correr dos o tres veces sobre la encordadura.

—Pues esto es una carraca; con cinco duros estaría bien pagado.

Si matara un desengaño, al día siguiente debían haber enterrado a don Samuel.

Muchos años después enseñaba el violín, diciendo:

—Fui muy bruto. Ochocientos duros me ha costado esta lección de música.

El matrimonio desigual

Comenzaba a anochecer cuando llegamos a Covadonga. La luna, en creciente, estaba casi a la mitad del cielo, y su débil claridad se mezclaba con las últimas luces del crepúsculo, dando a todos los objetos un aspecto fantástico, aumentando sus proporciones con la indecisión de los perfiles.

Muchos días hacía que soñábamos con Covadonga. Sentíamos la fiebre de la impaciencia por conocer aquel lugar histórico, y revivíamos las tradiciones y las crónicas en nuestro cerebro, y multiplicábamos las leyendas que brotan de cada uno de los cantos que han inspirado aquellas rocas, sagradas para los españoles. Así es que, al llegar y penetrar en la cañada en aquella hora tan misteriosa, nuestra imaginación se exaltaba, y nos parecía que escuchábamos el alarido de los moros y el ronco grito de los cristianos; y con asombro contemplábamos aquellos enhiestos peñascos, y Covadonga nos parecía una inmensa concha de granito que había cerrado sus valvas gigantescas para abrigar como una perla a un grupo de héroes, y las abrió después para que de allí saliera el germen de un pueblo que debía crecer y robustecerse cada día, reconquistar su patria y pasear triunfante sus banderas en el siglo XVI por la mitad del mundo.

Nos dieron albergue en la hospedería, y a las ocho de la noche nos sentamos a comer, los pocos peregrinos que allí estábamos.

La conversación de sobremesa tomó un carácter de familiaridad muy agradable, porque éramos pocos y todos habíamos llegado en busca de la impresión que debía causarnos aquel lugar.

Frente a mí sentáronse a la mesa un alemán joven —representaba unos treinta y cinco años—, y a su lado una señora como de cincuenta y cinco, que no podía decirse a primera vista si era madre o mujer del caballero. Los dos hablaban el español correctamente, y tuvieron la delicadeza de no dirigirse entre sí la palabra en alemán por temor de que nosotros no lo comprendiéramos, probándonos así, aunque indirectamente, que eran personas de distinción.

A la mitad de la comida ya sabíamos que aquella señora era la mujer del alemán, que se nombraba Leopoldo Schloesing; pero nos llamaba la atención que para nosotros fuera don Leopoldo, y su mujer le llamara Guillermo.

Quizá Leopoldo llegó a comprender que nos admiraba eso, y además la gran diferencia de edad que entre los dos había y el profundo cariño que se mostraban, porque, dirigiéndose a mí, dijo:

—¿Creerá usted que mi mujer tiene más edad que yo?

No supe qué contestar, porque decir que no, era una mentira que me habría conocido en los ojos; y que sí, una falta de galantería con aquella señora, que sonreía dulcemente cuando oyó la pregunta de su marido, y le miraba con una profunda ternura.

—Pues no, señor —continuó el alemán—; le llevo, cuando menos, ocho años, y esto puedo asegurarlo a ustedes bajo mi palabra de honor.

Ninguno de nosotros se atrevió a abrir los labios. Si aquello lo hubiera dicho en son de broma, a pesar de que reírse de ello hubiera molestado quizá a la señora, nos hubiera quedado el camino de la risa; pero al decir eso, su fisonomía había tomado todos los rasgos de la solemnidad, su voz tenía las vibraciones de una profecía, y sus ojos no se dirigían a nosotros, sino que en su mirada parecía perderse en lo infinito.

—No es un secreto, ni quiero hacer un misterio de lo que voy a contar a ustedes. Creo firmemente que van a tomarme por un loco, y van a tener lástima de mi pobre Margarita; pero es una verdad.

La señora oprimió entre sus manos el brazo de su marido, apoyó la cabeza en el hombro de él, y vimos llenarse sus ojos de lágrimas.

Nosotros estábamos como soñando, y hasta un criado y dos chicas que servían la mesa permanecían como petrificadas con los platos y los cubiertos, que limpiaban en ese momento en un trinchero que había en el fondo del salón.

La luz de las lámparas nos pareció que alumbraba menos. Aquel hombre había llegado a preocuparnos, por no decir a sugestionarnos.

—Tenía veintiocho años; era honrado, laborioso, inteligente; amaba con todo mi corazón a Margarita, que contaba entonces veinte, y que vivía con su buena madre en Hamburgo, si no rica, sí con bienestar. Su padre, al morir, le había dejado un, capital que, bien colocado, bastaba a cubrir con sus rentas las necesidades de las dos señoras, que no tenían pariente alguno.

Nuestro amor había nacido cuando éramos niños, y yo sólo esperaba formarme un caudal propio para casarme con Margarita; pues para eso, no sólo contaba con la aprobación de la madre, sino que la buena señora me quería como si fuera yo su hijo.

Por aquellos días se me presentó una brillante especulación en América, que sería largo explicar a ustedes, pero que no me tendría más de un año ausente de mi país y haría cuadruplicar los fondos que yo pusiese; mas no poseía yo ese capital, y esto me llegó a preocupar de tal manera que Margarita y su madre comprendieron que me pasaba algo, y me instaron a que les dijese mi secreto. ¿Qué podía negarles? ¡Eran mi único cariño sobre la tierra! Todo se los conté, y ellas procuraron consolarme; pero eso era difícil cuando yo sentía que se me escapaba una fortuna de entre las manos, y con ella mi felicidad, porque era la realización de mi matrimonio.

Pocos días después, al llegar a la casa de Margarita, las dos señoras se arrojaron en mis brazos, llorando verdaderamente de alegría. Habían realizado todo cuanto poseían y me lo ofrecían para mi empresa.

Me negué resueltamente a aceptarlo; pero ellas rogaron, lloraron, lo exigieron, haciéndome comprender que moralmente formábamos una sola familia; que debían ser comunes nuestras alegrías, nuestras penas, nuestras esperanzas, y, en fin, que si aquel capital se perdía, pobres Margarita y yo, nos casaríamos como pobres, y yo mantendría a la familia con el fruto bendecido de mi trabajo. No era posible resistir. Acepté: llegó el día de la partida; me despedí de Margarita y de su madre, y me embarqué para América.

El alemán permaneció un rato en silencio, durante el cual todos teníamos los ojos clavados en él.

—Ya sé —continuó solemnemente— que no hay para qué preguntar a ustedes que si creen en la metempsicosis, en las teorías de Pitágoras acerca de la transmigración de las almas, o en las doctrinas de la reencarnación que han sostenido con tanto empeño apóstoles del espiritismo como Allán Kardec o Juan Renau, porque todas esas teorías han de ser para ustedes delirio. Yo también tenía esas convicciones.

Contábamos el sexto día de la navegación, cuando nos envolvió una de esas cerradas nieblas tan comunes en los mares del Norte. Navegábamos como entre escollos, según las precauciones que el capitán tomó: un gran foco de luz en lo alto de uno de los palos; la máquina de vapor lanzando cada dos o tres minutos un prolongado y estridente gemido, y marineros vigilando entre las vergas. Pero todo fue inútil: yo iba sobre cubierta, y repentinamente vi obscurecerse la niebla delante de nosotros; surgió envuelto en ella, y como brotando del fondo del mar, un vapor enorme que vino a chocar contra el nuestro, produciendo un espantoso ruido que no puedo explicar. Se abrió nuestro buque, y no sé lo que pasó después, porque me sentí desvanecer, y confusamente, rumores, músicas, angustias. Recobré la conciencia de mi ser, pero no era yo lo que había sido. Me encontré ligero; estaba yo en el espacio como suspendido, y a lo lejos veía el lugar de la catástrofe, no más como una mancha de niebla sobre la inmensidad del mar, porque la tierra, sin arrastrarme en su movimiento, caminaba vertiginosamente flotando en lo infinito. Entonces comprendí que habla yo muerto. Comencé a adquirir la maravillosa perfección de los espíritus: pude ver a inmensa distancia, y entre muchos cadáveres que flotaban sobre las olas reconocí el mío.

Sufría la más terrible de las penas, pensando en Margarita y en su madre, en su dolor, en su aislamiento, en la vida de miseria que las esperaba, y formé la resolución de volver al mundo en su ayuda.

Volvió a callar Leopoldo, y ninguno de nosotros se atrevió a mirar a los demás compañeros, por temor de encontrarse un rostro burlón.

No creíamos aquella historia; pero tanto nos preocupaba que deseábamos creerla.

—Un año después —continuó Leopoldo— habla yo reencarnado en el cuerpo de un niño, hijo único de un opulento capitalista, y en la misma ciudad en que vivía Margarita. Hasta los siete años durmieron mis recuerdos; pero despertaron claros y brillantes con la conciencia de la misión que me había yo impuesto.

Era el momento de dar la prueba para que ella pudiera creerme. Busqué a Margarita como puede buscar un niño al que sólo llevan a los parques a tomar aire.

Por fortuna mía, una tarde que jugaba con otros niños pasó por donde estábamos, e inmediatamente que la vi, saliendo a su encuentro, la colmé de caricias. Admiróse ella de aquel amor tan repentino, y más cuando le dije: —Ven mañana a esta hora, que tengo que contarte una cosa muy hermosa.

Sin duda creyó que eran cosas de niño; pero al día siguiente allí estaba. Nos sentamos en un banco de piedra, mientras que mi aya, en otro banco apartado de allí, se entregaba por completo a la lectura de una novela. Entonces conté a Margarita que yo, el niño Leopoldo, era Guillermo: creí que iba a volverse loca, porque yo, para probarle aquella verdad, le repetí hasta las palabras de nuestras conversaciones y los más insignificantes detalles de mi vida anterior, pero cuidando de ocultarle mis proyectos para lo por venir. Supe que la madre de Margarita había muerto de dolor al recibir la noticia de la catástrofe, y que ella, siempre triste, se mantenía dando lecciones de música.

Desde entonces Margarita recobró su alegría, trabajaba con más empeño, ahorraba para poder comprarme un juguete, y procuraba verme en todas partes: sentía como la ternura de una madre.

Tuve veintiocho años; mi padre y mi madre habían muerto, y yo era dueño de una buena fortuna. Propuse a Margarita que nos casáramos; resistió, alegando la diferencia de edades; pero yo la obligué: nos unimos hace ocho años, y somos un felices como el primer día de nuestro matrimonio. Buenas noches, señores, y cada uno juzgue de mi historia como le parezca.

—Buenas noches —contestamos todos. Y Leopoldo, llevando a su mujer asida de un brazo, salió pausadamente del comedor.

Sin hacer comentarios nos retiramos todos en el momento, y apenas pude dormir pensando si habría algo de verdad en aquella historia, si eran dos locos o eran un loco y una mártir.

Cuando nos levantamos a la mañana siguiente, ya los alemanes habían partido de Covadonga.

Las madreselvas

Conocí a Ben-Hamín, a bordo del Scotia, en un viaje que hicimos de Liverpool a Nueva York. Estaba siempre sobre la cubierta envuelto en una especie de bata, mostrando unas babuchas de tela tan extraña como la de la bata, con el rojo tarbuch inclinado hacia atrás. No leía, pero meditaba; su larga y rizada barba blanca le cubría la mitad del pecho, y sus grandes ojos negros se escondían debajo de las cejas, tan largas y pobladas que parecían dos alas de pichón blanco.

No sé qué negocio le trajo a Madrid, porque jamás le pregunté, primero porque no me lo había dicho, y luego porque no me importaba; pero éramos viejos conocidos, y venía a comer conmigo algunas veces a mi casa, en la calle de Serrano.

Una noche, era en verano, le noté alguna preocupación, y durante toda la comida pude observar que evitaba cuidadosamente el contacto de las flores de madreselva que se colgaban fuera del ramo que adornaba el centro de la mesa.

Picó esto mi curiosidad, y no era hombre de quedarme con la duda; esperé que sirvieran el café, y cuando ya los criados se habían retirado, le dije:

—Si no lo tiene usted por indiscreción, le ruego que me diga por qué le causan disgusto las flores de la madreselva.

—¡Oh! —me dijo—, no son las flores las que me repugnan; es toda la planta.

—¿Y por qué?

—Es una historia que nada tiene de secreta; por el contrario, desearía que todos vosotros, europeos y americanos, la supieran; quizá os sea útil

—Cuéntela usted, cuéntela usted —dijimos todos.

—Pues voy a complaceros, refiriéndoosla tal como la aprendí en un viejo manuscrito.

Ben-Hamín cerró los ojos como para reconcentrarse en sí mismo, e inclinó la cabeza; la luz eléctrica daba a las canas de su barba el brillo de la plata bruñida.

Aquella escena iba volviéndose solemne: el silencio en la calle era completo, y como el comedor de mi hotel está en el piso bajo, entraba por las abiertas ventanas en torrente el perfume de las azucenas del jardín.

Transcurrieron así algunos segundos. Después Ben-Hamín alzó el rostro, y más bien que como recordando, como leyendo un libro abierto en el espacio, comenzó de esta manera su narración:

—En el nombre de Dios, clemente y misericordioso, cuenta Abu-Said (bendígale Dios) que en los tiempos del profeta Mahoma (complázcase Allah con él), los compañeros del Profeta, Alí, Abi-Talib y Jalid, vencieron al rey Almohalhal, y después que llegaron los creyentes y arrasaron la ciudad y cautivaron a sus habitantes, Jalid, el vencedor de las batallas, encontró sobre un montón de ruinas, y en medio de cadáveres de los infieles, a una niña que no tenía más edad que dos años.

La niña no lloraba; abría sus grandes ojos negros, mirando pasar a los vencedores y a los vencidos, y oyendo las maldiciones de los descreyentes y las alabanzas de Dios. Jalid acercóse a la niña, y la levantó y la puso delante de él en su caballo, y la sacó del combate, procurando cubrir su desnudez con la banda de su turbante, porque la niña era muy pequeña, y Jalid no quería cubrirla con ropas que estuvieran impuras con la sangre de los infieles.

Cuando el Profeta recibió a Alí y a Jalid, que volvían vencedores, abrazóles a sus pechos y besólos entre sus ojos; y Jalid dijo al Profeta, mostrándole la niña.

—He aquí esta hija de una mala raza; pero que en mi casa crecerá como hija y no como cautiva, porque apenas sabe hablar y ya pronuncia las palabras terribles: «No hay más Dios que Alá, y Mahoma es su enviado».

Y cuenta el narrador que así pasaron muchos años, y la niña se hizo una doncella, y era tan hermosa como las más hermosas de las hijas de los creyentes, y los hombres más ricos y los más valerosos la pedían a Jalid para casarse con ella; pero ella nunca quiso casarse, y siempre ponía plazos que nunca llegaron a cumplirse.

Pero tenía la doncella en sus ojos, y cuando pensaba que no la miraba nadie, unos rayos de luz tan terribles, como si los encendiera Haritsú, el enemigo de Dios y de los hombres; y pusieron a la niña de nombre Halima, en memoria de la mujer que había criado al Profeta, y seguía viviendo en la casa de Jalid, en donde no sobraban las riquezas, pero llegaban las bendiciones de Dios y de su enviado.

Un día Omar, el terrible (bendígale Dios), que ocupaba ya el trono del Profeta, vio llegar a Jalid con el rostro descompuesto, y pintada la pena en su boca y el furor en sus ojos.

Y Jalid contó al sucesor del Profeta cosas terribles que había descubierto en su casa: que en la noche le había parecido oír ruidos en los aposentos de las mujeres, y que, inspirado por el Profeta, levantóse de su cama y salió sigilosamente, y vio que una de las mujeres, vestida de blanco, se separaba de la casa y caminaba apresurada; siguióla, y atravesaron largo trecho hasta llegar a un cementerio, y allí la mujer que había salido de la casa de Jalid se unió a un grupo de viejas lamias y de espíritus malos, que comenzaron a profanar las sepulturas, celebrando con los cadáveres el más repugnante de los banquetes. Y cuando ya la luz del día estaba próxima, los malos genios y las lamias desaparecieron, y la mujer, al regresar a su casa, cruzó delante de Jalid, que estaba oculto, y Jalid conoció a la doncella Halima, de la raza de Almohalhal (maldígalo por siempre Alá).

Omar oyó la relación y se indignó hasta lo más profundo de su corazón, y saliendo con los de su séquito a un campo, hizo cavar allí una sepultura y traer en seguida a la doncella Halima, y enterrarla viva como castigo de su gran delito.

Porque la justicia de Omar era terrible, y no hubo piedad de su hijo Abu Hasma cuando le hizo morir a fuerza de azotes por haber cometido un crimen, y porque se cumpliese aquel versículo alcoránico que dice: «Cuando la hija enterrada viva sea preguntada por qué crimen fue muerta».

Pero el maldito Haritsú, enemigo de los hombres y de Dios, que una vez tomó la figura de Salomón para engañar a sus súbditos, y que era muy sabio y muy malo, dijo a la doncella cuando la enterraron: «¡Oh Halima, no temas, que yo te sacaré viva y delante de tus enemigos!». Y cuando la tierra hubo acabado de cerrarse sobre la doncella, Haritsú quiso levantarla y sacarla a la superficie; pero la maldición del Profeta pesaba encima como un mundo de bronce, y todos los esfuerzos del maldito fueron inútiles, y a través de la tierra pasaban sólo las carnes de la doncella como brotes de hierba, y entonces se convirtió en una de estas plantas que llamáis madreselva.

Por eso siempre la madreselva se siembra sobre los sepulcros y penetran sus raíces hasta llegar al cadáver, y cuando ya nada queda por devorar, sino los huesos áridos y polvorientos, entonces también la madreselva se seca y muere.

Por eso también no se necesita abrir un sepulcro para saber si se ha consumido o no la carne mortal, y basta mirar la lozanía de la planta.

Y acabóse esta leyenda en honor de Alá, que sobre todas cosas es poderoso y pone en todo el sello de su sabiduría.

La visita de los marqueses

Con decir que era el día de la fiesta titular del pueblo, está dicho todo: porque aquélla era la romería más concurrida y más famosa de los contornos, y aquel pueblo uno de los más fértiles y pintorescos de la montaña de Santander.

Sentado en la pendiente de una loma, con sus casas dispersas y ocultas entre cajigas, castaños, nogales y cerezos, semejaba, más bien que un pueblo con arbolado, un bosque con casas. A lo lejos, y en las ardientes mañanas de verano, aquel pueblo parecía como dispuesto a deslizarse con suavidad por la pendiente para tomar un baño en el si no abundoso, sí fresco y transparente río que, desprendiéndose del valle de Pas después de haber refrigerado a multitud de nodrizas, cesantes unas y en agraz las otras, resbala, buscando la tumba común de los ríos, en una estrecha cañada, a la que, sin duda por adulación o por cariño, han bautizado los montañeses con el pomposo nombre de valle de Toranzo.

Era un día del mes de agosto; la luz brotó por el oriente con todo el encanto de una mañana de fiesta; porque, digan lo que quieran los sabios sueltos o que escriben en los periódicos, la luz de los días festivos es distinta de la luz de los días de trabajo, y en aquél apareció como diciendo: aquí está lo mejor del baile.

Y con un lujo de amabilidad, y con un refinamiento de poesía no comunes, ya jugueteaba sobre las espumas del río; ya iluminaba en su vuelo a las abejas, convirtiéndolas en chispas de fuego que se cruzaban; ya, arrastrándose, venía a esmaltar la hierba de los prados, o a reflejarse sobre un fragmento de vidrio, del que hacía brotar un sol pequeñito, pero deslumbrador, en mitad de la carretera.

Más alegre que la risa de los niños y más precipitada que espantada banda de gorriones, se desprendía por los arcos del humilde campanario el armonioso repique, que iba por el pueblo despertando a los vecinos y por la montaña sacando a los ecos de sus casillas.

En todas las casas había un movimiento inusitado; del fondo del cofre sacaban las muchachas los vestidos más lujosos, y los abanicos y pañuelos para la cabeza más abigarrados, no sin consagrar un recuerdo al indiano pariente a quien, por lo general, debían esas galas.

Por las carreteras llegaban apresurados carros y carretas tirados por bueyes y por burros, llevando las improvisadas fondas o los puestos del comercio trashumante.

En encontradas corrientes iban acercándose a la iglesia curas y feligreses: los muchachos recorrían en grupos las calles, y parecían vestidos de nuevo hasta los que tenían el mismo traje que la víspera. Y espantados de aquel rumor los gorriones y las golondrinas y los vencejos, revoloteaban en el aire sin encontrar lugar seguro donde posarse.

Pero en ninguna casa la agitación doméstica era tan activa como en la de doña Brígida Sarmiento, una de las principales de aquel pueblo. Doña Brígida era una viuda cincuentona, fresca de carnes, de rubicunda cara y abultado vientre, inofensiva si las hay y de carácter tan dulce, que de ella decían siempre sus vecinos que se pasaba de buena. Jamás tuvo querella con alma nacida, y ningún pobre llegó a sonar la campanilla de la cancela que no quedara socorrido, aunque no fuese sino con un pedazo de pan.

Doña Brígida era muy feliz, y pasaba la vida más tranquila que ha soñado viuda alguna. Salía de casa únicamente para ir a la iglesia cuando llamaban a misa o tocaban al rosario por las tardes, y todo su encanto eran sus gallinas; porque, eso sí, no había gallinas como las suyas en veinte leguas a la redonda. Y eso lo decía a voz en cuello la tía Camorra todos los jueves que iba a Torrelavega al mercado para traer en su carrito los encargos de los vecinos.

Doña Brígida se vivía, como se dice vulgarmente, contemplando a sus gallinas; hasta el regajo se oían sus gritos cuando el milano se cernía sobre aquella tribu alada. Y era su encanto, que, al cruzar por el corral, pollas, gallinas y gallo vinieran a rodearla, cacareándola alegremente y picoteando el delantal y la falda como si le dijeran: «A ver qué cosa hay para nosotras».

Para la fiesta del pueblo, el señor marqués, la señora marquesa y la señorita Carmen, habían ofrecido a doña Brígida venir a su casa uno o dos días; y como el difunto de doña Brígida, y ella misma, debían tan grandes favores a los marqueses, y además eran unos señores tan buenos y tan amables, doña Brígida se sentía satisfecha, feliz y orgullosa con aquella distinción; porque tan buena como era, no dejaba de tener ese fondito de malevolencia que tienen siempre todas las hijas de Eva, y allá en su interior sentía un regocijo, un si es no es reprochable, pensando en la envidia que iban a tenerle don Nicolás el del molino, las hijas del alcalde, el tío Pedro, que se tenía por gran personaje, y la tía Faustina, que siempre contaba con un viaje a Santander en el que había tratado íntimamente a la mujer de un cónsul.

Por eso doña Brígida y tres chicas sobrinas suyas que la servían, no daban tregua al trabajo y a los preparativos, y las alcobas estaban listas, y todos los cacharros y la vajilla del comedor limpios y como nuevos, y desde la solana hasta el pajar, todo se había barrido y sacudido cuidadosamente.

Una nubecilla blanca apareció sobre la carretera: se oyó el rodar de un carruaje y el ruido de los cascabeles de los caballos.

—Tía, tía, que vienen… —gritó Regina, que estaba de atalaya. Y pocos momentos después los marqueses hacían la entrada solemne en casa de doña Brígida.

El landó fue colocado bajo el cobertizo que servía para los carros, y los caballos en el establo de las vacas, que se habían enviado al monte para dejar libre su sitio.

Doña Brígida condujo a los huéspedes hasta la sala, y allí, quieras que no, sacudió sus trajes, les hizo tomar una copilla de jerez con unos bizcochos, y en seguida, poniéndose su pañuelo negro a la cabeza, y para que el tiempo no se perdiera inútilmente, los llevó a la plaza, centro de todo regocijo en aquel día.

Allí había mucha gente, mucho calor, muchos gritos; las cabalgaduras y los animales tirando carretas, iban y venían cruzando entre la muchedumbre con tan poco miramiento como si aquello fuera un desierto. Y aunque no mediaba el día ya el baile estaba armado; y al aire libre, y sin más abrigo que la sombra de los árboles, hombres y mujeres bailaban unos frente a otros en dos largas hileras, sin tocarse, y triscando, como allí se dice, los dedos para imitar el ruido de las castañuelas. Y eso al son de los panderos que manejaban desesperadamente dos chicas del pueblo, cantando a grito herido y con envidiables pulmones, alegres coplas de este género:


¡Válgame Dios, marido,

qué feo erés.

Ya no tiene remedio,

mujer, qué quierés!
 

Y luego:


Adiós, que me despido,

adiós que me voy.

Si no me has conocido

no digas quién soy.
 

Ni por poco tiempo consiguió doña Brígida que sus huéspedes disfrutaran de aquella diversión; se empeñaron en volver a casa, y como era ya la hora del almuerzo no le pareció mal a la viuda.

Pero antes de salir de aquel emporio del comercio, la señorita Carmen, hija de los marqueses, que contaría de edad unos trece años, se empeñó en comprar una sortija, y la compró Era de reluciente cobre con una esmeralda de vidrió, que en Madrid hubiera costado cinco céntimos, y allí se la hizo pagar el joyero por una peseta.

Alegre fue el almuerzo: doña Brígida estaba contentísima; los marqueses y Carmen comentaban cuanto habían visto, y preguntaban y se prometían pasar una tarde muy divertida y marcharse al siguiente día.

Como cosa muy natural, se habló de la sortija que había comprado la niña. La marquesa quiso verla; pero por más que en uno y otro bolsillo la buscó cuidadosamente la chica, todo fue inútil. La alhaja había desaparecido, y en toda la casa no pudo ser hallada. Quizá se había caído en la calle, y de tantos transeúntes, no faltaría alguno que la hubiera levantado.

Pasó la tarde, cumpliéndose el programa de diversión y entretenimiento que se habían fraguado los marqueses, y a las ocho de la noche, contentos aunque cansados, se sentaron a cenar.

Allí les aguardaba una sorpresa. La viuda presentó ceremoniosamente a Carmen la perdida sortija.

Lo primero que se les ocurrió a los huéspedes fue preguntar dónde la había hallado; y doña Brígida, como quien da una lección de historia natural, refirió que en el buche de una gallina de las que se había matado para la cena; porque las gallinas y los pollos se tragan los objetos brillantes con tal de que sean pequeños, y después, aunque se pase algún tiempo, se les encuentra en el buche o en la molleja. Celebróse mucho el hallazgo y la noticia, y los marqueses se retiraron a descansar.

A la mañana siguiente, doña Brígida escuchó en la alcoba de la marquesa hablar muy alto, y que la señora reñía, y que la doncella que las había acompañado respondía sollozando, y se oían las voces del marqués y de Carmen, interviniendo también en aquella cuestión.

No le costó ningún trabajo saber de lo que se trataba, porque el marqués, tomando un aspecto grave, vino a encontrarla, diciéndole en pocas palabras que la marquesa había perdido una sortija a la que tenía un extraordinario cariño porque, además de ser de gran valor, era un recuerdo de familia. La había buscado inútilmente, y no quedaba más esperanza que la de encontrarla en el buche de alguna gallina, porque la marquesa no se resignaba a la pérdida de la sortija, y el marqués estaba dispuesto a pagar el precio de todas las gallinas que había en el patio, porque era preciso ver si alguna se había tragado aquella alhaja.

Cuando doña Brígida oyó que se trataba de matar a todas sus gallinas, no supo qué creer, le parecía que estaba soñando: que el marqués decía eso de chanza; que no era verdad, o que estaba loco, cuando se atrevía a proponerle semejante cosa; y se dibujó en su boca una sonrisa de estupidez, mientras sus ojos se abrían desmesuradamente. Pero un momento de reflexión le bastó para comprender que aquélla era una espantosa verdad; quiso, haciendo un esfuerzo, salvar a sus queridas gallinas, alegando que podría haberse perdido la sortija en la plaza y aún podía encontrarse. —Nada, nada —interrumpió el marqués en un tono que anunciaba una resolución irrevocable—; no sea usted preocupada, doña Brígida; para usted lo mismo son estas gallinas que otras, y éstas las pagaré muy bien y se las repartiremos a los pobres, que bastante nos lo agradecerán.

La marquesa dice que ayer en la tarde, cuando entró a esta casa, traía la sortija y se la quitó para lavarse las manos, y la olvidó después; de modo que donde ha desaparecido es aquí; conque resuélvase usted, y vamos que los criados comiencen a coger algunas gallinas, porque nosotros debemos marcharnos de seguida.

Una hora después doña Brígida volvía de la iglesia, adonde había ido a refugiarse para no presenciar el terrible acontecimiento.

Procuró tomar aspecto de seriedad que estaba muy lejos de sentir, y encontró en su casa a las sobrinas medio llorosas, pero procurando también disimular. Los marqueses estaban en su alcoba haciendo los últimos arreglos para la marcha: el landó en la puerta; el cochero en su sitio; el lacayo cerca del estribo, y los caballos pateando desesperados por las moscas. Doña Brígida, haciendo un esfuerzo, preguntó a las sobrinas: —¿Pareció? —¡Qué había de parecer! —contestó una de ellas con mal humor. —La viuda se dirigió entonces lentamente al patio en que estaban antes las gallinas. Pero al llegar allí sintió que se anudaba su garganta y sus ojos se llenaban de lágrimas. Una de las chicas la seguía sin decir palabra; aquel patio, otras veces tan animado, estaba silencioso; había plumas por todas partes. ¡Cuántas plumas! —exclamó doña Brígida.

—Con razón —dijo la chica—, como que el cochero y el lacayo, a palos, mataban a esos pobres animalitos.

Doña Brígida se inclinó, levantó del suelo un grupito de plumas suaves y blancas como un poco de nieve, y las guardó como una reliquia entre las hojas de su libro de misa. Dos gruesas lágrimas rodaron por sus encendidas mejillas, sin duda las primeras que había derramado después de la muerte de su marido. En este momento los marqueses salían para tomar el carruaje. La viuda limpió precipitadamente sus lágrimas, y puso una cara de satisfacción que no dejaba adivinar lo que ella sentía. ¿Cómo darles un disgusto por unas gallinas a aquellos señores tan buenos, que le habían hecho el favor de venir a pasar un día en su casa?

La despedida fue rápida, porque la marquesa no quería hablar de lo pasado, y el marqués no encontraba la manera de preguntar a doña Brígida cuál era el precio de las gallinas.

—Le enviaremos un regalo que valga doble o el triple —había dicho la marquesa—, porque ella imposible que quisiera recibir el dinero.

Y con eso tenía mucha razón; porque, apenas el marqués insinuó algo, doña Brígida le interrumpió, diciéndole con resolución:

—No señor; de eso no me hable el señor marqués; que más que eso, y todo, se lo hemos debido, mi esposo, que en paz descanse, y yo.

Entró el marqués en el coche, y ya iba a subir el lacayo al pescante, cuando la marquesa lanzó una alegre carcajada.

—¿Qué pasa? —dijo el marqués. Y ella, pudiendo apenas contener la risa, exclamó como dirigiéndose a doña Brígida:

—Que soy una tonta; al abrir el portamonedas me encuentro con la sortija, que la guardé allí y lo había olvidado.

Chascó el cochero la fusta; partieron los caballos, y el carruaje desapareció a poco entre uno de los recodos de la carretera.

La bestia humana

No en París, en toda Francia era imposible encontrar un corazón más limpio y un carácter más dulce que el del señor Ramón.

Aquel pantalón azul pálido; aquella levita color de castaña, descolorida por los años y abotonada a todas horas, pero dejando ver el cuello y los puños de la camisa irreprochablemente limpios y brillantes siempre, envolvían el compendio más perfecto de la bondad y de la mansedumbre.

Desde el director de la compañía, desde el empresario hasta el último de los tramoyistas del teatro de La Gaité, adonde tenía un empleo, todos le llamaban papá Ramón, y ni hubo superior que tuviera motivo de reñirle, ni compañero a quien diese ocasión de disgusto.

Papá Ramón vivía para servir a los demás, y a pesar de sus cincuenta y cinco años y de su exterior endeble, porque era de pequeña estatura, tenía resistencia para trabajar todo el día, y no contaba ni con hora fija siquiera para almorzar, pero en la noche, cuando terminaba la función, papá Ramón recobraba su autonomía y comenzaba a pertenecerse a sí mismo.

Todas las noches, y era ya costumbre inveterada, al salir del teatro entraba en un modesto pero aseado restaurante, ocupaba siempre la misma mesa, a la derecha de la puerta de entrada, y allí, instalándose cómodamente, sacaba del bolsillo El Fígaro del día, y comenzaba la lectura, en tanto que el criado, que conocía el invariable gusto de papá Ramón, después de darle las buenas noches, iba colocando unos tras otros los platos que constituían aquella cena cotidiana.

Papá Ramón no abandonaba el periódico; leía mientras estaba comiendo, o mejor dicho, comía instintivamente, mientras que saboreaba la lectura.

Como el restaurante estaba cerca del teatro, y la calle era de tránsito para el espectáculo, y todo el mundo sabía cuál era el restaurante de papá Ramón, y a qué hora indefectiblemente estaba allí, muchas veces asomaban por la puerta, y como espiando, ya un rostro varonil, ya un grupo de cabecitas de mujer, envueltas en sus abrigos, que decían:

—Buenas noches, papá Ramón.

—Buena salud, papá Ramón.

—Que aproveche.

Y desaparecían en seguida.

Papá Ramón bajaba el periódico y volvía la cabeza; sus ojitos verdes brillaban con una luz de satisfacción, y en todo su rostro se pintaba la alegría; porque aquello era la felicidad para él. Tenía mucho cariño para todos, y sentía un verdadero placer con cualquier muestra de buena correspondencia. Papá Ramón realmente era bueno, y nada de aquello por su parte era forzado ni singular.

Una noche, en una de las mesas cercanas a la que ocupaba papá Ramón, comían tres personas: tres jóvenes; de ellos, el que parecía el principal, representaba unos treinta años: alto, membrudo, el pecho levantado, ancha la espalda, la cabellera negra y rizada, levantándose sobre las sienes para atrás; un bigote negro y unos labios gruesos le daban todo el aspecto, aun cuando iba cuidadosamente vestido de etiqueta, de ser uno de esos hombres que se llaman artistas y en los teatros de tercer orden o en las ferias de los pueblos, se exhiben haciendo ejercicios de fuerza, rompiendo cadenas, doblándose barras de hierro sobre el brazo o jugando con balas de cañón; además se le conocía una educación poco esmerada; reía brutalmente, hablaba alto, decía palabras inconvenientes, reñía por todo a los criados y encontraba malo todo cuanto le presentaban, lo mismo el vino que la comida. Sus compañeros, que eran una especie de parásitos o aduladores, le llamaban familiarmente Armando. Escuchaban con atención todas sus tonterías, y celebraban todos sus chistes de mal gusto.

Debió llamarles la atención el vecino que leía tranquilamente El Fígaro, porque le miraban, cuchicheaban y se reían evidentemente de él.

Así llegaron hasta la hora en que papá Ramón tomaba su café: el hércules, quizá excitado porque había comido fuerte, tomó un pequeño pedazo de pan, y procurando disimular el movimiento, lo lanzó sobre papá Ramón. Éste pareció no haberlo notado; pasó un rato, y los compañeros de Armando, alentados por el ejemplo, comenzaron a tirar a papá Ramón bolitas de miga o fragmentos de cáscara de nuez. El primer proyectil que rodó sobre el periódico hizo levantar la cabeza a papá Ramón, que, no comprendiendo qué era aquello, supuso, sin duda, que sería una piedrecilla desprendida del techo. Cuando ya se hizo cargo de que alguien le tiraba, volvió el rostro sonriéndose; y creyendo encontrar la alegre cara de un amigo que trataba de llamarle la atención con la confianza del cariño, se encontró no más con aquellos tres comensales que agachaban las cabezas, reían burlonamente y le miraban de soslayo.

Entonces conoció papá Ramón que era víctima de aquellos hombres. No se incomodó, pero procuró terminar cuanto antes para retirarse.

A grandes sorbos apuró la taza del café; dobló la servilleta, la metió en el anillo de metal, y luego enclavó el anillo en el gollete de su botella de vino. Plegó cuidadosamente el periódico, y más bien como quien escapa de las travesuras de unos niños que, como quien se separa disgustado y huyendo de gentes de mala educación, se preparaba a tomar ya su sombrero, cuando el hércules, alentado sin duda por aquella retirada, lanzó una nuez que, por la combinación de los movimientos de papá Ramón, llegó a herirle en la boca y le hizo brotar sangre.

Entonces pasó una cosa terrible. Con una rapidez, con una energía y con un acierto que nadie podía esperar, papá Ramón cogió la botella de vino y la arrojó con toda su fuerza. La botella fue a estrellarse en la frente de Armando, bañándole el rostro y el pecho, primero de vino, y después de sangre.

Derribando la mesa el hércules, ciego y vacilante por el dolor, por la ira y quizá por la conmoción cerebral, y con las manos crispadas, se levantó, pero antes de que pudiera avanzar, ya papá Ramón, lívido, desencajado, con un reflejo verde y brillante en los ojos y con la respiración agitada, estaba delante de él, y sirviéndose como de una maza de uno de esos sifones que contienen aguas gaseosas, descargó un segundo golpe, todavía más terrible, sobre la cabeza de Armando.

El hombre lanzó un grito sordo; batió el aire con los brazos y cayó de espaldas. Pero como si su cuerpo hubiera ejercido una atracción irresistible sobre papá Ramón, se arrojó éste también instantáneamente sobre su enemigo y comenzó a golpearle con furor en la cabeza, en la cara, en el cuello, en el pecho, con los pedazos de cristal, con los fragmentos de porcelana, con todo lo que podía encontrar.

El hércules tuvo al principio algunos movimientos convulsivos, y después quedó inerte; y mientras, papá Ramón seguía golpeando, hiriendo, destrozando: bramaba, rugía, silbaba como la serpiente; ya no era un hombre. Papá Ramón había desaparecido; era un tigre sediento de sangre; era un gorila feroz, encarnizado; era el niño que goza en hacer pedazos el más preciado de sus juguetes.

Todas esas capas de barniz que, en mil generaciones, se han ido colocando como estratificación y a fuerza de años, para formar una envoltura dentro de la cual pueda vivir oculta e inofensiva la bestia humana en el siglo XIX, se hicieron pedazos en menos de cinco minutos, y había surgido la fiera que duerme olvidada en cada uno de los hombres; que oculta su vida latente quizá en lo más profundo y misterioso de las circunvoluciones cerebrales, y que muchas veces se yergue y se asoma terrible, prestando a los músculos fuerza y elasticidad irresistibles; al cerebro, sus instintos y sus vértigos salvajes, y a todo el organismo sus energías y sus paroxismos incomprensibles.

La señora del comptoir [mostrador] gritaba; los amigos de Armando, aterrados, pegados al muro, no se habían atrevido a moverse; la policía no tardó, y su primer intento fue separar a papá Ramón de su enemigo; pero costó enorme trabajo, y cuando lo arrancaron de allí levantó entre sus crispadas manos sangrientos mechones de pelo de su adversario. El hércules estaba muerto; con uno de los cristales le había dividido papá Ramón la yugular; la cara era una masa informe de sangre, de carne, de pedazos de cristal y de fragmentos de porcelana.

Papá Ramón todavía, entre los brazos de los gendarmes, pugnaba por lanzarse sobre su enemigo; pero repentinamente echó la cabeza, trémula y confusa, hacia atrás; sus ojos se abrieron espantosamente y como si fueran a salirse de las órbitas; torcióse su boca, haciendo una mueca horrible; lanzó un grito estridente, y se desplomó, rebotando en el pavimento su cabeza; pero al caer saltaron los botones de la levita, y escapando del bolsillo del pecho, sin una mancha de sangre y cuidadosamente doblado, quedó sobre el brazo del cadáver el periódico que diez minutos antes leía con tanta tranquilidad y tanto gusto el pobre papá Ramón.

La bendición de Abraham

Como al mejor cazador se le va la liebre, a pesar de tan diligente y cuidadosa como era el ama del señor cura, una mañana de verano se olvidó de cerrar la puertecilla de la jaulica en que estaba prisionero un gorrioncillo alegre y cantador, que hacía más de un año formaba las delicias de los humildes habitantes de la casa cural.

El gorrioncillo se acercó cautelosamente hasta la puerta de la jaula, y dando saltitos y volviendo la cabeza y piando suavemente, examinó la salida y se puso a reflexionar en las probabilidades de éxito que podía tener la fuga.

La jaula estaba en una solana: el día se presentaba sereno y hermoso; había en derredor de la casa pocas calles, y a corta distancia se veía el campo cubierto de dorados trigales, que ondulaban mansamente al ligero soplo del vientecillo de la mañana.

Tentadoras eran las circunstancias, y el amor a la libertad decidió al prisionero; saltó fuera de la jaula y emprendió el vuelo en el momento mismo en que el ama aparecía en escena.

Como hacía tanto tiempo que el pobre gorrión no ejercitaba sus alas en el vuelo, pesadamente hendía el aire, desfallecía a cada instante, tropezaba con los tejados y se estremecía de terror oyendo los gritos del ama, que decía a los vecinos el rumbo que seguía el fugitivo y la torpeza con que volaba.

Por fin, cansado y sin poder ya continuar, cayó más bien que deteniéndose, de golpe en medio de un campo efe trigo. Allí permaneció largo rato, que él no supo saber cuánto tiempo fue, porque no llevaba reloj, pero es de suponer que fueran más de dos horas.

Se había salvado; había recobrado su libertad, pero tenía un hambre devoradora, porque el trabajo había sido extraordinario y emprendida la fuga antes de tomar el almuerzo.

Es verdad que estaba en un campo de trigo; pero las espigas, todavía recias, no se dejaban arrebatar ni un grano y el gorrioncillo, maltrecho de la caída, no podían entrar todavía en lucha.

En vano buscó algún insectillo, alguna semillita desprendida de su planta; nada, no encontró nada, y el hambre le apretaba más a cada momento.

Comenzó a quejarse tristemente, descansando a la sombra de una hermosa mata de trigo, quizá la más sazonada de todo aquel campo; y tanto dijo el pajarito y tanto se lamentó, que una de las espigas dijo a sus hermanas:

—Muéveme a compasión el dolor de este pobre animalito, y os aseguro que si un ligero vientecillo me ayuda a sacudir mi casa, voy a dejarle caer, por lo menos, la mitad de los granos que guardo; que tanto les dará a ellos pasar por el pico de este gorrión como por las piedras del molino.

Como si el aire hubiese escuchado aquellas palabras con satisfacción, comenzó a agitarse, y una ráfaga más ligera que las otras vino a chocar con la espiga caritativa que, inclinándose, abrió las puertas de sus trojes y regó en derredor del hambriento pajarillo granos de trigo sonrosados y frescos.

Más tardaron ellos en caer que en pasar al buche del animal, que, una vez satisfecho, sintió la gratitud por aquel beneficio, y procuró recordar algo de lo que había oído decir al señor cura, para repetírselo a su benefactor. El gorrioncillo era joven, tenía buena memoria, y poco trabajo le costó hallar lo que buscaba.

Se alzó sobre sus patitas y, tomando un aire solemne, dijo a la espiga aquellas palabras que el Génesis refiere que el Señor dirigió a Abraham:

«Tú serás bendita; se multiplicará tu semilla como las estrellas del cielo, como las arenas en las costas del mar, y tu posteridad poseerá la tierra de promisión».

—Pero ¿cómo podrá ser eso? —decía la espiga—. Porque no me ha quedado más que un solo grano de trigo, pues todos te los he dado a ti.

—Se multiplicará tu semilla —repetía el pajarito—; se multiplicará tu semilla como las estrellas del cielo, como las arenas en las costas de los mares.

Y todas las demás espigas se mecían con el viento, riéndose de las bendiciones del gorrión.

Como todo esto pasaba en España en el año del Señor de 1520, le daremos la palabra, para terminar este cuento, a uno de los conquistadores de México.

En una relación sobre la conquista de México, hecha por Andrés de Tapia, y que titula «Relación de algunas cosas de las que acaecieron al muy ilustre señor don Hernando Cortés, marqués del Valle, desde que se determinó a ir a descubrir en la tierra firme del mar Océano», y la cual relación fue publicada por don Joaquín García Icazbalceta en la Colección de documentos para la historia de México, el año de 1866, en el tomo II, página 592, se lee el siguiente párrafo, con el que puede cerrarse esta narración:

Al marqués, acabando de ganar México (1521), estando en Coyoacán, le llevaron del puerto un poco de arroz; iban entre ellos tres granos de trigo; mandó a un negro horro que los sembrase; salió el uno, y como los dos no salían, buscáronlos y estaban podridos. El que salió llevó cuarenta y siete espigas de trigo. De esto hay tanta abundancia, que el año 39 yo merqué buen trigo, digo extremado, a menos de real la hanega; y aunque después al marqués le llevaron trigo, iba marcado y no nació. De este grano es todo, y hase diferenciado por las tierras do se iba sembrando, y uno parece lo de cada provincia, siendo todo de este grano.

Inútil es decir que ese grano era el que había alcanzado las bendiciones del pajarito, y sé que hasta hoy sigue cumpliéndose la profecía.

La burra perdida

—¿Te acuerdas de Quintín?

—Y bien que me acuerdo. ¿Quintín Guardarelo, aquel muchacho, sobrino de la tía Calixta, que se fue para Cuba y que ahora dicen que está muy rico?

—El mismo, que ya debe tener sus cuarenta años, y que realmente está muy rico. Pues mañana debe llegar aquí.

—¿Aquí?

—Sí, al pueblo. Viene a arreglar su matrimonio. A ver si adivinas con quién quiere casarse.

—Con Gregoria, la hija de don Rufo el del molino.

—No.

—Entonces con Brígida, la del indiano.

—Tampoco.

—Pues con la hermana del juez.

—Menos, que ni la ha oído mentar; y mira, date por vencida, que no acertarás nunca, y yo te lo voy a decir. ¡Asómbrate! Con Serafina.

—¿Qué Serafina?

—¡Toma! Serafina, la chica, la criada que nos sirve, que es su sobrina.

—Pero ¡hombre!, si apenas tiene quince años, y está hecha una brutica…

—Pues con todo y eso, ya mañana será la señorita Serafina; porque él la va a poner en un colegio en seguida, y dentro de dos años volverá para casarse con ella, y ahí tienes a la muchacha convertida en la señora más rica quizá de la provincia.

—¡Pero eso será mentira!

—No; que todo me lo ha dicho esta misma tarde don Félix, que expresamente ha venido a preguntarme por Serafina, encargándome con mucho empeño que tú y yo la preparemos, contándole la fortuna que va a tener, y que mañana, desde temprano, esté vestida lo mejor posible para que le haga buen efecto a Quintín.

—¡Mira tú qué fortuna! Y yo que la he reñido esta tarde tanto, y hasta le arrimé dos bofetones porque no había sacado hierba para la vaca…

—Pues nada, nada; procura contentarla, y no se le cuente lo del tío hasta la noche después de cenar; porque si no, descuida sus obligaciones. Voy mientras al correo a ver si he tenido carta de Madrid, que ya llegaron los coches de la estación, y volveré a cenar.

El tío Santiago tomó un grueso bastón y salió por la carretera, en tanto que la tía Elena se quedaba refunfuñando y murmurando entre dientes:

—¡Qué cosas pasan en el mundo! ¡Quién lo había de pensar!

Las sombras de la noche se condensaban rápidamente. Los colores y los contornos del caserío iban fundiéndose en la obscuridad, y aparecían en algunos puntos pequeñas lucecillas que salían por las ventanas a lo lejos, como el ojo colorado de un gallo negro.

Tranquila estaba la casa del tío Santiago. En el corral las gallinas se acomodaban unas en las perchas, otras sobre los viejos maderos abandonados allí, otras sobre los bordes de los pesebres, esponjando las plumas, acurrucándose unas al lado de las otras, y con ese ronquido tenue que lanzan como un indicio de completo bienestar.

En los árboles se apagaba la bulliciosa conversación que entablan los gorriones antes de dormir; y que semeja el ruido melodioso de un hervor, y unos buscaban la mejor rama para acomodarse, mientras que otros habían metido ya la cabecita debajo del ala para pasar una noche tranquila.

La vaca rumiaba filosóficamente en el establo. La cerda dormía tendida indolentemente, y sólo de cuando en cuando alguno de los lechoncillos mamaba con demasiada energía.

No quedaban en pie más que los gansos que, desconfiados siempre, andaban pausada y cautelosamente, volviendo la cabeza a uno y otro lado, anunciándose con esa especie de carcajadita burlona, como si fueran diciendo: «¡Ajá a nosotros ninguno nos la pega!».

A lo lejos, y como ahogados por la obscuridad, se oían el chirrido de algún carro que volvía del campo cargado de hierba, y el monótono sonar de los cencerros de las vacas que iban recogiéndose en los establos.

Algunas veces los cascabeles de un coche que pasaba rápidamente por la carretera, y, como una nota sostenida, el canto de los grillos entre la hierba.

Y sin embargo, como dicen algunas veces los que describen una fiesta, brillaba por su ausencia en aquel cuadro la Generosa, es decir, la burra de la casa.

Serafina salió para cerrar la puerta que daba al campo y registrar si estaban en su lugar todos los animales. Ya tenía cierta sospecha de que algo pasaba con la burra, porque no la había oído rebuznar, y la chica sabía que los burros rebuznan con una precisión matemática, mejor dicho, astronómica, a cada cuarto de hora, como si llevaran un cronómetro en el cerebro; así es que su primer cuidado fue buscar a la burra, y creyó que soñaba, que era una verdadera pesadilla, cuando, después de registrar por todas partes, adquirió el terrible convencimiento de que la burra no estaba.

¿Qué iba a pasar allí? El maldito animal, encontrando, sin duda, la puerta abierta, se había salido al campo, y la chica sintió que el mundo se le venía encima. Se sintió responsable; creyó la burra perdida para siempre; miró delante como a un fantasma a la tía Elena diciéndole toda clase de improperios y pegándole un número infinito de bofetadas, y mandándola a media noche a buscar la burra; y como la escena de la tarde estaba aún fresca en su memoria, la pobre chica se puso a llorar, y, sin saber lo que hacia, salióse al campo en busca de la burra, a tiempo que pasaba un chico que iba por vino a la taberna.

—¿Adónde vas tan llorona, Serafina? —dijo el muchacho, burlándose de ella.

—¿Qué te importa? —contestó Serafina; y sin detenerse, siguió el primer atajo que se presentó a su vista.

Se había levantado la luna, y con su indecisa claridad, los árboles, las peñas, los matorrales y hasta los accidentes del terreno, fingían extrañas y fantásticas formas. Serafina seguía rápidamente caminando, pero, aunque llorosa, miraba cuidadosamente para todas partes. Cualquier matorral a lo lejos movido por el vientecillo de la noche, le parecía que era la burra, y emprendía el camino hasta desengañarse; el más ligero ruido lo creía un denuncio de la fugitiva, y se figuraba conocer el rebuzno de la Generosa en cualquiera de los muchos rebuznos que se oían a lo lejos.

No sentía miedo al encontrarse sola en el monte en aquella penumbra: el terror que le inspiraba doña Elena y la angustia por la pérdida de la burra, embargaban por completo todas sus facultades, y seguía andando por aquellas largas veredas, que, blanquecinas, se prolongaban entre la vegetación como víboras inmensas, que más crecían mientras más caminaba sobre ellas, y que tenían la cabeza perdida en un horizonte tan vago, que ni era obscuro ni era luminoso.

Por fin, después de tres horas de inútiles pesquisas, fatigada, rendida y sin saber en dónde se encontraba, sentóse a descansar al pie de un árbol. A lo lejos brillaban algunas lucecitas en los caseríos; llegaban desde allí los ladridos de los perros, y alguna que otra vez el sonido de los campanos de las vacas que se movían en los establos. Pero poco a poco a Serafina le pareció que todas aquellas luces se iban extinguiendo; que los ruidos se alejaban; que el terreno se hundía dulcemente; que la obscuridad se hacia más densa: entornó los párpados y se quedó profundamente dormida.

La tía Elena llegó a extrañar que la muchacha no anduviera por la cocina: la llamó; nadie contestaba; entonces salió a ver qué hacía, y no la encontró por ninguna parte. Sólo Isidro, el mozo dé labranza, sentado a la puerta de la cocina, esperaba tranquilamente que le llamaran a cenar.

—Sidro, ¿has visto a Serafina?

—Puede que se haya salido, porque la puerta del campo está abierta.

—¡Demonio de muchacha! ¿Si le habrá ocurrido escaparse por haberle pegado esta tarde?

Y acertó a salir a la puerta del campo en los momentos en que el chico regresaba de la taberna.

—Pedrín —dijo la tía Elena—, ¿has encontrado por ahí a Serafina?

—Cuando pasé a la taberna a comprar el vino para mi padre, salía de aquí, le pregunté a dónde iba y me contestó que no me importaba. Iba llorando.

—De seguro —exclamó en alta voz la vieja—, esa picara se ha escapado; si no fuera…; y luego el compromiso de entregarla mañana; nos van a hacer muchos cargos. ¿Por dónde se fue? —dijo, dirigiéndose al muchacho.

—Pues por ahí, por ese camino.

—Voy a buscarla. ¡Adónde se habrá ido? No tiene pariente ninguno…

Entonces por primera vez se arrepintió de haberla tratado siempre tan mal; no por lástima, sino por las consecuencias que podía traer aquella fuga.

Media hora después llegó a casa el tío Santiago. Los perros salieron a recibirle haciendo fiestas, como quien dice: «Bendito sea Dios que ha vuelto usted, que ya tenemos hambre».

Pero se encontró con la casa a obscuras y por único habitante a Isidro, sentado en la puerta de la cocina.

—¿Dónde están las mujeres? —le preguntó.

—Pues la tía Elena se ha ido a buscar a la Serafina, que creo que se ha escapado porque le pegaron mucho en la tarde.

—Vamos, ¡qué tonta! Iré yo a ver si la encuentro por ahí. ¡Qué compromiso para mañana! ¡Y don Quintín que vendrá temprano a buscar a la chica! Vamos, voy a ver si la encuentro. Me llevaré los perros para que me ayuden.

Silbó ligeramente; los perros comprendieron que se trataba de un paseo a la luz de la luna, y salieron retozando delante del tío Santiago por la puerta del campo.

—Esto de la cena va muy largo —dijo Isidro después de haber esperado más de una hora—. Voy mientras a la taberna a echar un vaso.

Y salió por la puerta de la carretera.

La casa quedó enteramente sola; pero como mientras unos duermen otros velan, los gritos de los gansos y el cacarear de las gallinas y el ruido que se oyó por los establos, no dejaron duda de que los zorros aprovechaban la ocasión. Y aquello fue la catástrofe. Unas gallinas morían, otras se salían por los bardales, otras por la puerta del campo, que se quedó abierta, y entre aquel sálvese el que pueda, hasta los gansos perdieron su dignidad y salieron a escape. Serafina se despertó asustada por el ruido de un carruaje que se acercaba; abrió los ojos, y vio que estaba al borde de una carretera. Comenzaba a amanecer. Sobre el limpio azul del cielo se iba tendiendo como una gasa de color rosa; la luz azulada penetraba ligera por todos los vericuetos de la montaña, como si buscara algo que había dejado olvidado el día anterior; cruzando entre el follaje, se deslizaba hasta debajo de las hojas que había caídas, y todo lo recorría, preparando la tierra para recibir engalanada la visita de los rayos del sol.

Serafina se levantó al tiempo que el carruaje pasaba a su lado.

—¡Serafina! —exclamó uno de los dos caballeros que iban dentro—. ¡Para! —dijo al cochero—. ¡Alto!

El landó se detuvo, y los dos hombres descendieron rápidamente.

—Pero ¿qué andas haciendo por aquí tan temprano?

Serafina reconoció en aquel caballero a don Félix, que había estado la tarde anterior en la casa hablando mucho tiempo con el tío Santiago. Esto la alentó, y no sin llorar algunas veces, contóle lo que había pasado.

—¡Pobrecita! —dijo don Félix—. Pero ¿pero tú no sabías que ayer tarde, y delante de mí, le prestó Santiago la burra a un vecino?

—¡Entonces no se ha perdido! —exclamó la muchacha como si le quitaran un enorme peso del corazón.

—No, no se ha perdido. Pero ahora te vas con nosotros.

—Pero ¿adónde?

—A mi casa con mi mujer y con mis hijos. Este caballero que ves aquí es tu tío Quintín, que ha llegado de América.

—¡Ay, mi tío Quintín! ¡Qué gusto! ¡Cuánto me hablaba mi madre de usted! ¿Cómo le va a usted, tío Quintín? Ahora pondrá usted casa, ¿es verdad? y me llevará usted a servirle: ya verá usted cómo estará contento. Yo soy muy trabajadora, y no quiero volver a la casa de la tía Elena, porque me pega mucho, mucho…

Don Quintín sentía como si se hubiera tragado un pedazo de pan sin masticar, y en los ojos un cosquilleo como si le pasaran caballos por allí.

Estuvo un rato silencioso, y después, fingiendo una tos que no tenía, le dijo a su amigo:

—Regresemos: ya no tenemos para qué ir al pueblo.

El tío Santiago y la tía Elena, que no habían podido dormir en toda la noche, vieron a lo lejos por una carretera, un coche que se alejaba del pueblo; pero era imposible que creyeran quiénes iban adentro aun cuando se lo hubieran dicho; y jamás pudieron saber lo que había pasado, pues lo único que llegó a sus noticias fue que a Serafina la había puesto su tío en un colegio de señoritas en Madrid.

Segunda parte

Isabel

Isabel amaba a Alberto, y jamás una pareja más feliz y encantadora había cruzado bajo el brillante sol de la primavera, las floridas vegas que aprisionan el canal de la Viga.

Isabel era la mariposa que roba sus colores a las brillantes y gentiles rosas de las chinampas; era la tórtola que calma su sed en las cristalinas aguas de la laguna de Chalco, y entona sus dolientes quejas al crepúsculo de la tarde, entre el dulce murmullo de los sauces que agita la brisa.

Isabel amaba a Alberto con el fuego del primer amor, y el porvenir risueño le brindaba la corona de azahares de la esposa, perfumada y radiante.

Un día el espíritu de la vanidad tocó a Isabel, y sus ojos se fijaron en un hombre rico, muy rico. El ángel de los primeros amores se estremeció, y emprendiendo lloroso su vuelo a la eternidad, Isabel oyó el batir de sus alas y volvió en sí… ¡era tarde!… por mucho tiempo no volvió a ver a Alberto.

Una noche Isabel había llorado; el recuerdo de Alberto se alejaba un momento de su imaginación, para volver después, semejante a esos parásitos color de fuego que revoloteaban alrededor de un granado cubierto de flores.

La luna brillaba con todo su esplendor, y las aguas bebían ávidas su luz melancólica; nada interrumpía el silencio de la noche, porque los ecos de la ciudad morían antes de llegar a los balcones de Isabel.

El canal de la Viga estaba desierto. De repente, como naciendo de la bruma, ligera y graciosa, se adelanta una canoa; el viento no repite el rumor de las aguas heridas por el remo, y la superficie del canal permanente serena como un espejo.

La barca se adelanta, Isabel la sigue con la mirada ansiosa, su corazón se agita, y, ¡Oh Dios!, ¡es Alberto!

Alberto, sereno, altivo, pero amoroso como en los días de felicidad.

La barca se detiene, los amantes se hablan, suspiran, se exaltan en su pasión. Una corta distancia los separa, Isabel la salva, y un momento después se arroja dentro de la canoa en los brazos de Alberto.

¡Cuán dulcemente se desliza la barca sobre la corriente!, ¡cómo embriaga el aliento perfumado de la brisa que gime en esos bosques de rosas y mirtos!, ¡qué apacible se levanta esa monótona canción de los remeros!…

Isabel sueña en el Paraíso, sus manos estrechan las de Alberto, y su aliento agita la rizada melena del mancebo.

Poco a poco la velocidad de la marcha aumenta, poco a poco Isabel siente enfriarse las manos de Alberto, y el canto de los remeros se torna en clamor funerario, y las brisas perfumadas, en las húmedas exhalaciones de una fosa.

—¿Qué es esto, amor mío?, ¿a dónde vamos?

—El tálamo nupcial nos espera, Isabel, la noche de nuestro himeneo comienza. Ven conmigo.

—La luna se oscurece, Alberto, tengo miedo.

—Nada temas, la noche de nuestro himeneo comienza.

Isabel calló, pero su cuerpo temblaba; la canoa cruzaba desiertas lagunas, rápidas como una exhalación; un ruido semejante al de un torrente que se precipita, se dejaba escuchar cada vez más cercano, y un abismo profundo, hirviente, amenazó trozar la barca.

Isabel dio un grito y se arrojó al cuello de Alberto, pero retrocedió espantada: aquél no era ya el amado de su corazón, sino un cadáver descompuesto y horrible, cubierto de plantas acuáticas, y sólo conservando un siniestro brillo en sus ojos. Isabel apartó la vista y sus miradas se fijaron sobre los remeros y… eran dos descarnados esqueletos envueltos en flotantes sudarios. La infeliz se cubrió el rostro con las manos, e invocó a Dios; una carcajada satánica se elevo en los aires… ¡y la barca crujiendo se precipitó en el abismo!

Desde entonces siempre que una joven tentada por la vanidad abandona su amor, escucha en su conciencia la estridente carcajada de Alberto.

La Gloria

Apócrifo


Murió en una de las ciudades del interior un hombre que había servido siempre en las fuerzas republicanas; era uno de esos que les llaman chinacos.

Apenas el cuerpo cerró el ojo, el alma, como alma que se lleva el diablo tomó el camino de la eternidad, y al cielo.

Trás, trás, trás, tres golpes a la puerta, pero con garbo.

—¿Quién va? —dijo San Pedro (como era natural, o celestial si os parece mejor) asomándose a la ventanilla del postigo.

—Yo soy, amigo —contestó el chinaco.

—¿Qué se os ofrece?

—Hágame el favor de abrir que vengo cansado.

—Aquí no se abre así no más, —contestó San Pedro enojado—. ¿Qué méritos tiene para entrar?

—¿Qué méritos? Pues mire, viejecito, viví pobre y morí pobre, ¿no le parece?

—¿Y qué más? Eso es algo: pero no basta.

—Pues fui casado.

—¿Qué más?

—Serví bien al cura, y me trató como acostumbra.

—¿Qué es eso de cura?

—¿No lo sabe? Pues horita se lo cuento, en menos que canta un gallo.

—Vamos, vamos, nada de indirectas —dijo San Pedro al escuchar eso del gallo—, al grano.

—Pues como iba diciendo: el cura le llamamos allá en nuestra tierra al señor que manda más, y ese señor, ha de saber, que cuando nos necesitaba nos mandaba proclamas y nos trataba muy bien, porque así es su constelación; pero luego que ganamos se nos volvió muy potestoso y se ingrateó y nos abandonó del todo.

—Pero ¿que no les daba nada? —dijo San Pedro, que como todo portero tiene sus puntillas de curiosidad.

—¡Qué ha de dar, viejecito!, si no es capaz de darle agua al gallo de la pasión.

San Pedro dio un salto como si hubiera visto a Pilatos.

—Te he dicho que nada de indirectas —exclamó.

—Usted dispense, y sigo mi cuento; pero como iba diciendo, a mí se me arrancó de manera que quedé en un petate. Vaya, ¡que más pelo tiene un calvo!

—¡Cuidado, cuidado! —dijo el santo.

—No me acordaba —contestó el otro mirándole la cabeza—. Pero es el caso que yo pedí, y rogué y nada, porque me desconocieron, y el cura está ya de manera que es capaz de negar a Cristo.

—Mira —dijo el santo limpiándose la frente—, con otra que me digas, cierro y te quedas en la puerta.

—En fin, ¿puedo entrar?

—A pesar de todo me has dado lástima; voy a ver con quién mando preguntar si pasas o no.

—Oiga, búsqueme por allí un hijo del cura que se interese por mí.

—¿Qué es eso de hijo del cura?

—Vaya, no se me haga de las nuevas; uno de esos que todo lo consiguen.

—Ahí va Señor San José, ¿te conviene?

—Pues no, ándele pa’ luego es tarde.

San Pedro se empeñó con el señor San José, y el patriarca que también había sido pobre y tiene mucha benevolencia con los pobres, se fue a empeñar con el recién venido.

—Ahora cuéntame lo que dejas por tu tierra —dijo San Pedro.

—Vaya qué cosas, me alegro de haberme venido, y que se rasquen con sus uñas, al fin, que bien se está San Pedro en Roma, aunque no coma.

—Casi estoy por no dejarte entrar, porque no dices palabra que no sea una tontera; ¿qué tienes tú que ver con que yo coma o no? Como si me mantuvieras.

—Es verdad; pero es falta de costumbre de tratar santos, como por allá ya no hay, pues digo, y cuánta guerra que está habiendo, ¿no lo sabía?

—No, y ¿por qué?

—Como el señor que manda, ya hace tanto que manda, dicen, ya se hizo, y no le hace caso a nadie, y hace cuanto le parece a sus amigos, y por eso hay muchos que se levantan contra él.

—¡Ah!, qué falta le hace allí Señor Santiago, ¡ése sí es valiente!

—Vaya, ni qué falta le va a hacer; allí tiene a un Señor de Chalchicomula, que hasta la limosna tira, y que no se le paran delante ni Santiago, ni San Jorge, ni San Martín, ni ninguno de esos santos que son aquí medio planchados.

—Peso esos que hacen la guerra, ¿qué quieren?

—Yo tanteo que de hambre rabian, porque allá en mi tierra sí se está ayunando de veras.

—Ojalá y que pudiera ir San Bruno por enseñarles lo que es ayunar.

—¿San Bruno? ¿Y para qué tenemos nosotros un santo bizarro oaxaqueño, que ése sí lo entiende para hacer ayunar al público, mire por ahí andará Santa María Egipciaca, es verdad? Pero ésa no pasó las hambres que el bizarro hace pasar a los empleados, y que ahora que digo hambre, si viera qué quemazón hubo en mi tierra México, en la plaza del Mercado.

—Ahí hubiera hecho papel San Lorenzo.

—¿Papel? No digo papel, ni gestos hace; figúrese qué iba a hacer, cuando quisieron apagar ya toda la plaza ardía, y no se encontraban fierros para tumbar los techos, ni había nadie que dijera por dónde pasaba el agua, ni nada.

—Vaya un apuro; si han tenido allí a Moisés saca agua de las piedras.

—Tenemos en tanto, pero a lo pobre, a un señor don Blas que quiere sacar el agua de las lagunas y está taladrando una montaña con cosa de diez hombres, pero buenos; ya lo verá usted, al cabo usted es eterno y no ha de durar tanto la obra.

—Ya lo creo, como que en el mundo me cuentan que todo va en ferrocarril.

—De veras, hasta escoltas para que no roben en el camino.

—¿Qué todavía hay ladrones en tu tierra?

—Sí, pero ya mero se hacen ricos y entonces los hombres de bien les saldrán a ellos, así está convenido.

En esto iban de la conversación cuando llegó un telegrama:

«Puede entrar el ahijado de señor San José, si trae señales de contrición».

El chinaco leyó la orden, mostró a San Pedro la cruz de constancia y el recibo de un usurero a quien vendió su liquidación al cinco por ciento y la orden en que lo daban de baja.

—Pase —dijo San Pedro—, ésa es prueba de contrición.

Y el otro entró sin hacerse del rogar.

Al cerrar la puerta se oyó una música que venía como de por la tierra.

—¿Qué es eso, dijo San Pedro?

—Eso es el gallo que le dan al presidente por ser día de su santo.

—Ya verán cómo les canta otro gallo —dijo San Pedro muy enojado y retirándose.

—Pues… —contestó el chinaco, y se corrieron los cerrojos de la corte celestial.

El zapatero y su competidor

Apócrifo


Había en una calle un zapatero que vendía en su tienda tanto, que era gusto ver cómo la gente hasta se tropezaba para ir a comprarle. Aquel zapatero vivía allí muy contento y feliz, cuando de la noche a la mañana, ¡zas! otra zapatería en frente.

¡Aquí fue Troya! El zapatero primitivo daba las botas, a cinco pesos, el advenedizo a cuatro y medio.

—No, pues no —dijo el antiguo—; ese recién venido no me desbanca; yo lo arruinaré. Y al otro día puso: «Botas a cuatro pesos».

El otro quién sabe qué diría, pero fijó en su rótulo: «Botas a tres pesos y medio».

—A tres pesos —anunció el antiguo.

—A dos con cuatro —el antagonista.

—A dos —el uno.

—A doce reales —el otro.

—A peso —el primero.

—A cuatro reales —el segundo.

Aquello era para volverse loco; el primer zapatero estaba por darse un tiro, se arruinaba, y sin embargo, el otro tenía en su casa a todos los marchantes.

El hombre se puso triste, pálido, sombrío, hasta que una noche dijo:

—Ea, pelillos a la mar; es preciso tomar una resolución extrema.

Y tomó su sombrero (que sin duda llamaría al sombrero resolución extrema) y se dirigió a la casa de su adversario.

—Buenas noches, vecino —dijo.

—Dios se las dé mejores —contestó el otro—. ¿Qué milagro es verle por esta suya?

—Extrañará usted mi visita; pero vengo a que nos arreglemos.

—Como usted quiera, vecinito; tome asiento.

—Gracias; pues es el caso que vengo a hablarle con toda claridad. ¿Vamos a formar compañía para no perjudicamos?

—Muy bien, estoy conforme.

—Bueno; pero antes explíqueme, por vida de su madre, cómo le puede tener cuenta vender botas a cuatro reales; yo tengo máquinas, no pago operarios, sé trabajar, y en confianza se lo digo, me robo los cueros y las suelas, y así pierdo; ¿pues usted?

—Vaya, vecino, ¡qué tonto es usted!, pues si yo me robo las botas.

—¡Ah!, con razón.

La ausencia de Tomasito

Apócrifo


Ésta era una pareja que vivía casada por el registro natural. Un día llegó Tomasito, que así se llamaba el varón, a la casa, y le dijo la mujer:

—Oiga don Tomasito, ahí está ya la Semana Santa.

—Bueno, ¿y qué?

—¿Y qué?, que yo ya me he confesado y es fuerza que usted se me mude de aquí, pero luego, luego.

Don Tomasito comprendió la fuerza del argumento, y se conformó con la resolución.

Con muchísima prudencia, y sin desplegar sus labios, hizo un lío de trapitos, enrolló su petate, (porque todo esto pasaba en una accesoria), se puso su sombrero y se dirigió a la puerta.

Iba a salir cuando oyó la voz de su adorado tormento que le llamaba.

—Don Tomasito.

—¿Qué se ofrece?

—Oiga usted, váyase pronto, eh; pero el sábado de gloria que no sea necesario andarlo buscando.

La confesión

Apócrifo


—Acúsome, pagre —decía una india que se confesaba—, que yo andaba namorada de mi comadrita su marido.

—Válgate Dios, hija —contestaba el sacerdote, que comprendía que «mi comadrita su marido» quería decir mi compadre—, ¿cómo fuiste a cegarte así?

—Pagre, como semos pobres y estamos solos.

—Sea por Dios, ¿qué más?

—Acúsome, pagre, que namoré con señá Dorotea su esposo.

—Ave María Purísima; ¿cómo fue eso hija?

—Pagre, como semos pobres y estamos solos.

—Vaya, hija, ¿qué más?

—Pues pagre, también lo namoré con siñor don José su hijo.

—Pero mujer, ¿estabas loca?

—No, pagre, como semos pobres y estamos solos…

El hermano Cirilo

Cuento Verdadero


En uno de los pueblos de España, y a principios de este siglo, vivía un varón ejemplarísimo por sus virtudes, y a quien todos llamaban allí el hermano Cirilo; no porque perteneciera a ninguna comunidad ni cofradía, sino porque de propia voluntad vestía siempre el hábito de San Francisco, y a todos los saludaba con el cariñoso título de hermano.

Frisaba ya en los setenta años; era delgado, pálido, de pequeña estatura, pero vigoroso, activo y ligero, y bajo aquel aspecto de ancianidad llevaba el alma de un niño y el corazón de un ángel.

Tocábale a fray Cirilo toda la mayor parte de aquellas bienaventuranzas que dijo Jesucristo, porque era manso, misericordioso y limpio de corazón, pero sobre todo, la que más le cubría era aquella, en que habló el Redentor, de los pobres de espíritu, que si pobre en bienes terrenales estaba siempre, porque a los pobres daba cuanto adquirir podía, más escaso andaba en materia de espíritu, sin que por esto pudiera decirse de él, que era todo lo que se llama un tonto, ni mucho menos.

No tenía el hermano Cirilo idea del mal, como propio de la naturaleza humana; creíalo siempre obra del demonio, pensaba que más que castigos buscarse debieran medios para resistir las tentaciones del ángel rebelde.

Con todo y con eso, en aquel pueblo, en que las costumbres no andaban muy de acuerdo con la moral evangélica, el hermano Cirilo, con sus exhortaciones, sus consejos y su afán por moralizar a la gente, había alcanzado más de un triunfo, ya apartando a una doncella del precipicio, ya dando resignación a una casa víctima de un marido celoso o brutal, ya conteniendo a más de una viuda en los estrechos límites de la honestidad.

Así es que todas las mujeres del pueblo, aun las que no ocurrían a buscar sus consejos, teníanle mucho cariño y profundo respeto. Verdad es que él se lo merecía, pues el tiempo que no ocupaba en aquellos caritativos ejercicios, lo empleaba en la oración, y en el pueblo se decía que en algunos éxtasis se le había aparecido San Francisco.

Una tarde, varias mujeres del pueblo habían estado a quejarse con el hermano, de los malos tratamientos que sufrían de sus maridos y a buscar consuelo y resignación; calmábalas el santo viejo, cuando a una de ellas se le ocurrió decir:

—No sé por qué Dios nuestro señor no ha dispuesto que nuestros maridos no sufran los mismos dolores que nosotras cuando damos a luz un niño; así se enseñarían a tener más cariño por sus madres, conociendo lo que han sufrido, y más consideración a sus mujeres.

Aquella reflexión pareció al hermano Cirilo de tanto peso y de tan fecundos resultados, que creyó firmemente que si tal cosa llegaba a suceder, los hombres entrarían por el camino de la virtud con la mayor felicidad.

Toda la tarde meditó en aquello, y apenas se encerró en su casa, con más fervor comenzó a implorar de su padre San Francisco la realización de aquel milagro.

El santo no fue sordo al llamamiento de su devoto, y revestido de su angélica dulzura y en medio de un limbo de luz, descendió hasta el humilde cuarto del hermano Cirilo.

No hizo más que verlo éste y renovar con más fervor sus súplicas y sus ruegos.

—¿Pero hijo, Cirilo, no ves —dijo el santo—, no ves que lo que tú pides es una de las mayores tonterías? Como están las cosas ordenadas en el mundo por Dios, así están bien.

—¿Tú sabes qué lío se armaba si Dios te concede lo que solicitas? Déjate de necedades y sigue como vas, y no te metas a mayores ni le quieras corregir la plana a Dios. Valiente cisco se armaría en el mundo, si los hombres tuvieran que sufrir, al par que las mujeres, los dolores de la maternidad.

Muchas cosas más dijo el santo; pero el hermano Cirilo, que debía tener cabeza de aragonés, como dicen los españoles, tanto rogó y se empeñó y tantos argumentos puso, que su santo patrono condescendió al fin en interceder con Dios para conseguir aquel milagro, y se volvió a su celestial morada, no sin decir antes al hermano Cirilo:

—Ya verás, ya verás como Nuestro Señor me va a decir que no.

Pero en esto no acertó el glorioso San Francisco, porque Nuestro Señor, que todo lo estaba mirando y todo lo tenía presente, determinó conceder aquel favor, para dar con eso una lección al orgullo humano, que piensa que las cosas han de salir mejor encaminadas por los hombres que dirigidas por la Providencia, y no puso más condición que todos los del pueblo debían de saber con un día de anticipación lo que allí iba a pasar, para que ninguno se quejara de ignorancia.

Tiempo le faltaba al hermano Cirilo cuando supo la divina merced, para salir contándolo por el pueblo, y no se dieron poca prisa las mujeres para difundir la noticia, de manera que a las pocas horas todas la sabían y comenzaron a mirar a sus maridos con una especie de compasión burlona.

Los hombres tomaron aquello por una tontería del hermano Cirilo y por una infantil credulidad de las mujeres; pero muy pronto tuvieron que sufrir el más triste de los desengaños.

Como era natural, la primera víctima fue el más infeliz de aquellos habitantes, y tocóle serlo a un pobre y honrado zapatero, que vivía en uno de los barrios y en una casita baja.

Desde los primeros momentos en que la mujer se sintió enferma, el pobre zapatero comenzó a sentir cosas que no son ni para escritas, daba vueltas por su taller como un león rabioso, unas veces desesperado, otras queriendo llorar; tiraba la mesa de trabajo, azotaba las hormas contra la pared, bailaba sobre los zapatos del cura y sobre unas pantuflas de la boticaria que tenía para componerlas; ya se sentaba sobre el clásico trípode en el que había pasado horas tan felices cantando al compás del martillar en los tacones; ya se dejaba caer en el suelo; ya se paseaba precipitadamente, ya, con la cabeza apoyada en el muro, soltaba por aquella boca todas cuantas maldiciones había aprendido.

Las mujeres del pueblo, que habían estado en acecho del cumplimiento de la promesa del hermano, tuvieron en seguida noticia de lo que ocurría en la casa del zapatero: seguidas de los hombres y de los muchachos, comenzaron a llegar allí; primero pasaban por la puerta, como si fueran a otro negocio; después se detenían un poco de tiempo allí, y por último, uniendo la confianza con la impunidad, formaron grupos en la puerta y aquello era un verdadero tumulto.

No le faltaba más al pobre zapatero; tras de estar enfermo y sin poder trabajar y por consiguiente, sin pan, encontrarse con que su casa y él se habían convertido en diversión para el pueblo.

Al principio los amonestaba a que se retirasen; los injurió en seguida: más exaltado comenzó a tirarles con las hormas y con las botas y con cuanto encontraba en el taller; y por último, como un ejército sitiado determinó hacer una salida, y armado de una lezna, arremetió a la muchedumbre.

Todo el mundo huyó espantado; pero no estaba el zapatero para persecuciones; retiróse desesperado a su casa, y pocos momentos después la muchedumbre había vuelto y llegado hasta las puertas del taller.

La noticia de aquel suceso llegó hasta el Ayuntamiento; rióse el alcalde, hombre de buen carácter, y como ya era la hora de la comida, que en aquel pueblo entre doce y una se comía, calóse el sombrero, echóle sobre los hombros la pesada capa un diligente alguacil, y él en pleno goce de la más perfecta salud, y con un hambre devoradora, se dirigió tranquilamente a su casa, acariciándose el voluminoso vientre. Pero al llegar al domicilio conyugal lo esperaba la más grata de las sorpresas: su mujer había dado a luz un robusto infante.

El alcalde no creía en el milagro, pero comenzó a sentir cierto desasosiego considerando su estado sanitario, y como las murmuraciones de los vecinos y las miradas de curiosidad que le dirigían las mujeres, y el saber que se había repetido el caso del zapatero, le hicieron extrañar y desear dolores y sufrimientos que en otras circunstancias le hubieran atemorizado, la situación era crítica; y como ya entonces se había dicho aquello de «todo se ha perdido, menos el honor», el alcalde (por si acaso) comenzó a fingir padecimientos que no tenía; se metió en la cama y empezó a berrear desesperadamente, asombrando, como era natural, hasta a su misma consorte.

Mientras tanto, la casa del fiel de fechos era un campo de Agramante; porque el fiel de fechos, sin ser un Adonis, era joven y tenía por mujer a una señora tan entrada en años que para verse reproducido hubiera necesitado el milagro de Sara, la mujer de Abraham, o de la madre del profeta Samuel.

El pobre hombre trató de disimular al principio, pero palidecía; su rostro se desencajaba; un sudor frío empapaba su frente y no hubo remedio: lo advirtió la mujer y allí fue Troya.

Por todo el pueblo se repetían, escenas semejantes; había robustos jornaleros sin poder trabajar y tomando tazas de caldo; las sospechas nacían de cualquier incidente y los hombres no tenían libertad para quejarse del dolor más insignificante, sin excitar los rabiosos celos de las mujeres.

Entre tanto el hermano Cirilo pasaba por las calles como un perro en barrio ajeno; las mujeres que tanto habían deseado aquella situación, le insultaban al pasar, y cuando menos, le llamaron beato pernicioso y santo perjudicial; los hombres le amenazaban cada vez que le veían, y él, por evitar tanto conflicto, encerróse en su casa a pedir a Dios y a San Francisco, en fervorosas oraciones, que levantara aquel azote que por culpa suya pesaba sobre el pueblo.

Por fin, para calmar sus congojas, apareciósele otra vez el santo, y con acento dulce al par que severo, le dijo:

—Ya lo ves, hijo, Cirilo, ya ves qué jaleo has armado a esta población; ya ves que se acabó la paz y la tranquilidad y que a cada paso es un belén y que nadie se entiende; ya ves que no es lo mismo predicar a las viejas que hacer mundos, y que en eso hay su poquita de diferencia. El Señor, con su infinita misericordia, ha ordenado que cese inmediatamente esta calamidad; pero tú, aprende a no criticar lo que no entiendes, y procura salirte cuanto antes del pueblo, porque de buena tinta sé que los hombres, y con mucha justicia, te quieren arrimar cada paliza que se te ha de olvidar hasta el santo de tu nombre; conque experiencia y enmienda, y queda con Dios.

Desde ese momento restablecióse el orden natural en el pueblo; pero temiendo la burla de los otros pueblos, los vecinos, sin excepción de sexo ni edad, juraron guardar eternamente el secreto de aquellos acontecimientos.

En cuanto al hermano Cirilo, no volvió a saberse de él; posible es que a esta fecha haya muerto, y juzgado piadosamente, estaría gozando de la gloria eterna.

Amor correspondido

Aquella noche que habíamos comido en el club, y a pesar de que los dos no más ocupábamos una pequeña mesa en uno de los ángulos del comedor, la conversación era tan interesante, y la sobremesa tanto se había prolongado, que largo tiempo transcurrió sin que pensáramos en levantarnos.

Yo escuchaba atentamente al conde, en una especie de abstracción, hasta que me hicieron volver en mí once campanadas que lentamente sonaron en el gran reloj de aquel salón.

Levanté la cara y miré en derredor. ¡Qué aspecto más triste y más extraño presenta el comedor de un club o de un hotel, cuando se han retirado ya los últimos concurrentes y a nadie se espera!

Algunos criados conversaban en voz baja en uno de los extremos. Uno que otro, pasaba registrando las mesas, como buscando alguna cosa olvidada. Asomaban por el fondo las cabezas de los cocineros, con el imprescindible gorro blanco.

El jefe del comedor hacía cuentas en una de las mesas, y tenía delante de sí un rimero de papeles.

Algunas luces se habían apagado, las sillas rodeaban aún las mesas, sobre las cuales quedaban las servilletas de los que habían comido, como haciendo el duelo a su soledad, y el silencio sustituía a la animación y al bullicio que reinaba pocas horas antes.

En la atmósfera parecían vagar los dichos agudos y las frases espirituales cruzadas entre los concurrentes, y creeríase que estas frases y esos dichos, como golondrina que se entra por casualidad en una habitación, volaban chocando contra los muros, azotando los techos con sus alas y resbalando por los rincones hasta encontrar una salida.

El conde me había contado aquella noche la historia de unos amores que le traían completamente preocupado; porque aquellos amores eran una especie de novela romántica y por entregas.

La heroína se llamaba Elvira; vivía en un cuarto piso en la calle de Cervantes. Era hermosa sobre toda exageración, y a ser cierto lo que en sus cartas decía, tan apasionada estaba ella de él, como él de ella.

—¿Pero usted nunca ha llegado a hablarle? —le pregunté.

—Imposible —me dijo—. Todo cuanto un hombre puede inventar y puede hacer, todo lo he intentado para acercarme a ella, y todos mis esfuerzos y todos mis planes han fracasado y han sido inútiles.

—Explíqueme usted eso.

—Pues oiga usted. En aquella casa hay un misterio que me ha sido imposible penetrar. Como le he dicho a usted, a esa mujer la he conocido por casualidad: tenía yo amores con Julia, que iba todos los domingos a oír misa a San Antonio; yo esperaba su salida paseando por las calles circunvecinas. Vi asomarse a Elvira a su ventana, comencé a pasear la calle, se fijó en mí; tiene una criada vieja, que nos sirvió para establecer nuestra correspondencia: pero Elvira jamás sale de su casa…

—¿Ni a la iglesia?

—Ni a la iglesia. No entra persona alguna en la casa, y su padre es un viejo empleado, que no cultiva relaciones con nadie…

—¿Pero, cuando el padre sale, por qué no ha intentado usted entrar?

—Lo he intentado, pero ella se ha opuesto resueltamente. Mire usted la última carta que me envió y que he recibido hoy.

El conde sacó del bolsillo de su frac un tarjetero de piel de Rusia, que tenía una cinta de oro; la abrió, y dentro de él cuidadosamente doblada, estaba una pequeña esquelita, que me alargó, diciendo:

—Lea usted.

Aquella carta decía:


Enrique:

Te ame con todo mi corazón, con toda mi alma. Tuyos son hasta mis más íntimos pensamientos, hasta las más ligeras vibraciones de mis nervios; daría mi vida entera por estar cinco minutos a tu lado, por estrechar siquiera tu mano; pero es imposible.

Te ruego, te exijo, te mando, si para ello tengo derecho, que no lo intentes; causarías nuestra eterna desgracia. Ámame como yo te amo a ti, como se ama a Dios.

Elvira
 

—Verdaderamente es misterioso esto —dije yo.

El conde recogió la carta, la volvió a leer en silencio, y por uno de esos movimientos tan pueriles como comunes entre los enamorados, antes de guardarla la llevó a los labios respetuosamente.

—¿Quiere usted conocerla? —me dijo.

—Sí quiero; con mucho gusto.

—Pues mire usted mañana, a las diez pasaré por usted a su casa, nos iremos juntos, y desde los derribos que se han hecho donde estuvo la iglesia de San Antonio, llevando unos anteojos de campaña, podrá contemplarla con toda tranquilidad.

Quedamos convenidos así, y hablando siempre lo mismo, salimos del Veloz. La noche estaba fresca, pero serena: nuestros cocheros dormitaban en el pescante y los lacayos charlaban en la puerta del club.

El conde no tenía humor para ir al teatro. Estaba preocupado: al montar en su carruaje, oí que decía al lacayo:

—A casa.

Aquél era el terrible síntoma para conocer que verdaderamente estaba apasionado.

A la hora convenida estábamos en el observatorio elegido por el conde, y desde allí, gracias a unos magníficos anteojos de campaña, pude conocer a Elvira.

En una ventana cubierta casi de enredaderas y de flores, asomaba la cabeza más bella y más encantadora que había visto en mi vida. Era de una mujer como de veinte años; los ojos negros, grandes, brillantes, denunciando un alma ardiente y un corazón apasionado. Una cabellera negra, ligeramente ondulada, sujeta por detrás, formando nudos, como las estatuas griegas; una boca fresca, entreabierta y mostrando parte de una magnífica dentadura.

—¡Qué mujer tan hermosa! —exclamaba yo—. ¡Qué maravilla! Tiene usted razón de estar apasionado…

Y seguía yo disertando y exclamando, sin dejar los anteojos de la mano, y sin perder de vista un instante aquella bellísima mujer; pero al fin, mirando que el conde nada me contestaba, volví el rostro para buscarle y no estaba allí.

Pensé: habrá ido a encontrar a la criada y no tardará mucho en volver. En efecto, a pocos momentos llegó, pero agitado, nervioso…

—¡Soy feliz! —me gritó—. El padre no está allí, y a fuerza de dinero he conseguido que la criada me lleve a ver a Elvira. Acompáñeme usted.

—¡Pero hombre! Si para estas cosas no se llevan testigos —le dije riendo.

—No se burle usted. No sé lo que siento, pero tengo miedo de esta primera entrevista. Vamos.

Y sin esperar respuesta, echó a caminar violentamente, y yo le seguía sin saber tampoco por qué. Así llegamos hasta la puerta de la casa de Elvira: ella no podía vernos, por la situación en que estaba la ventana.

En el portal había una vieja gorda con un mantón negro y una cesta en el brazo.

—¡Válgame Dios, señorito! —dijo— ¿qué va a pasar aquí? ¡Dios nos saque con bien!

—Vamos, vamos —decía el conde empujándola—. No hay que perder el tiempo.

Comenzamos a subir tramos y tramos de escalera; íbamos ya jadeantes y no acabábamos de llegar.

Por fin la criada se detuvo delante de la puerta de un cuarto: sacó del bolsillo un llavín y abrió, procurando no hacer ruido. Cruzamos por un pasillo oscuro, y penetramos en un saloncito.

No podré detallar cómo estaba; sólo sí que había plantas y flores y porcelanas, y que todo indicaba buen gusto y exquisito cuidado.

La criada se detuvo en la puerta; yo me detuve también, y el conde penetró hasta la mitad de la estancia.

Elvira miraba aún por la ventana y estaba en pie sobre un sitial; su cabeza y su cuerpo se destacaban sobre el azul claro del cielo.

Al verla, el conde lanzó un grito terrible, y se llevó las manos a los ojos cubriéndoselos. Yo estuve a punto de gritar. Aquella cabeza ideal, aquel rostro peregrino, correspondía al cuerpo de una mujer pequeña, jorobada, monstruosa.

Al oír el grito de Enrique, aquella pobre criatura volvió la cara; comprendió todo lo que pasaba en el corazón de su amante, y cayó desplomada del sillón, diciendo con voz apagada:

—Te lo habla dicho. Te lo había dicho.

La vieja acudió a levantar a Elvira, y yo saqué de allí al conde, que bajaba las escaleras como un ebrio.

Ocho días después, por el conde que aún estaba enfermo, supe que la pobre Elvira había muerto de la emoción y del golpe.

Consultar con la almohada

Tradición mexicana


Allá por los años de gracia de 1651 y 52 andaban en la península yucateca muy revueltas y confusas las cosas públicas y aun las particulares.

Peleaban y pleiteaban los frailes con los obispos, los obispos con los gobernadores, los gobernadores con los encomenderos, los encomenderos con los indios, y los indios, no teniendo muchas veces con quien pelear, y no contentos con pelear entre sí, volvían a dar principio a la tanda, emprendiéndola a su vez con los frailes; dejábanles hasta la fe del bautismo y sin decir ahí quedan las llaves, se iban a los montes volviendo allí a sus antiguas creencias, y reconociendo a sus antiguos dioses, que si no eran tan buenos como el de los españoles, en cambio no les habían dado tan malos ratos.

Entre tanto, el «hambre» se daba gusto; andaba el maíz por los cielos, lo que más era volar, que andar. Los hombres, las mujeres y los niños salían a los caminos a pedir limosna, y allí se encontraban con que había muchos que a ellos se la pidieran, y no pocos morían de necesidad y de miseria en las encrucijadas y a la entrada de los pueblos, gastándose los ayuntamientos en dar sepultura a aquellos cuerpos más de lo que, invertido en maíz, hubiera bastado para conservarles la vida; que así es, por lo común, la beneficencia oficial en todas partes.

En aquellos pueblos, los vecinos, que con sólo serlo ya se supone cuan afectos serían a las murmuraciones, murmuraban diciendo que el gobernador y los criados del gobernador y los amigos y los favoritos del gobernador monopolizaban los víveres para especular con la miseria pública, lo que no pusieron en duda respetables cronistas de aquellos tiempos; pero no estuvo lo grave sólo en que los cronistas fuesen tan crédulos, sino en que aquella creencia se extendiera por el pueblo; porque, debido sin duda a eso, la mejor mañana, o la peor, amaneció acribillado a puñaladas en su lecho el conde de Peñalva, que gobernaba entonces la hambrienta península, con el carácter de capitán general.

Inquirieron los jueces, urgió la Audiencia, indignóse el virrey, y hasta se dio por deservido el monarca español; pero como si nada pasase, así se supo del asesino como de la primera camisa que en su vida se había puesto el conde. No más que sus parciales quisieron hacer creer al pueblo que aquella muerte era un drama de corazón y que faldas había de por medio; pero el vulgo escuchaba la historia y seguía sosteniendo que era cuestión de estómago, y así se ahondó más el abismo que dividía a los poetas y a los cocineros.

Será ello lo que fuere, es el caso que el 19 de noviembre de 1562 tomó posesión del gobierno de Yucatán, vacante por la muerte del conde de Peñalva, don Martín de Robles y Villafaña, caballero de la Orden de Santiago, y dignísimo protagonista de esta verídica, aunque breve y mal zurcida narración.

Puso apenas don Martín los pies en el palacio, que aquello fue como alborotar un avispero; llovíanle por todos lados quejas, memoriales, denuncias, recomendaciones, empeños, solicitudes, anónimos y adulaciones, y apenas si tenía tiempo para recibir, con lo que no le quedaba tiempo para dar.

Pero, como todo gobernante nuevo, don Martín pretendía entender y disponer en todo, sucediéndole también lo que en casos semejantes acontece siempre: que los gobernantes nuevos son como pucheros nuevos, que cuanto guisan sabe a nuevo; es decir, que el sabor no es el que debiera ser, y necesitan envejecerse echando a perder; que acertadamente dijeron nuestros abuelos que echando a perder se aprende, y que no es jinete el que no cae.

Entre las quejas que don Martín de Robles había recibido, contábase, como la no menos grave, una larga y bien fundada de los vecinos de Valladolid, contra su alcalde Miguel Moreno de Andrade.

Era ese Miguel Moreno un mulato, hombre de tan buena suerte como de malos antecedentes, que se había enriquecido en el desempeño de algunos empleos, dejando bien empeñada la Real Hacienda; cierto es que aquello no era una novedad que atribuirse pudiera a privilegiado descubrimiento, ni tampoco secreto que alcanzara llevarse a la tumba el alcalde de Valladolid.

La provisión de la encomienda vacante de Chemax, que muchos pretendían y que sólo en uno proveyó, como era natural, el alcalde Moreno, causa dio a la queja de los desairados solicitantes, y materia para graves y detenidas reflexiones al gobernador don Martín de Robles y Villafaña.

Propicia ocasión presentóle aquel negocio para hacer alarde de actividad y de energía; y como don Martín no ignoraba que la ocasión es calva, y que, según reza el refrán, sólo por los cabellos puede asirse, determinó ir a Valladolid para hacer allí personalmente un ruidoso y nunca oído escarmiento con el alcalde Moreno de Andrade.

Dicho y hecho: el día menos pensado, los quejosos vecinos de Valladolid vieron llegar en la tardecita al señor gobernador, seguido de un lucido y numeroso acompañamiento.

Y aquellos fueron comentarios y suposiciones, y esperanzas y temores; y como ya todos, más o menos, tenían sospechas del objeto de aquella visita y conocían las pulgas que gastaba su señoría, amigos y enemigos del alcalde se figuraban ya al mulato campaneando en la horca, a reserva de lo que dispusiese Su Majestad.

El alcalde era el único que ni sudaba ni se acongojaba; porque hombre era de mundo y, por su fortuna, bien conocía el pie de que cojeaba el señor gobernador, no porque don Matías fuera cojo, sino porque todos los hombres cojean, pero de un pie, con el que nada tienen que ver los zapateros, sino los prójimos en general, y algunas veces la justicia en lo particular.

El alcalde había preparado para alojamiento de don Martín una lujosa habitación. Allí el gobernador recibió a los vecinos que en tropel llegaron a darle la bienvenida, procurando obsequiarle por cuantos medios le sugería el deseo de obtener alguna gracia, o el empeño de alcanzar la destitución del alcalde.

Don Martín con semblante halagüeño, recibía todos los obsequios y alentaba todas las esperanzas, y sólo de cuando en cuando, a hurtadillas, lanzaba siniestras miradas al alcalde, como diciendo:

—Ya verás; ya verás cómo te siento las costuras.

Avanzó la noche y llegó la hora de retirarse; despidiéronse satisfechos y alentados los vecinos que hasta la postre habían acompañado al gobernador, porque el alcalde Moreno, largo rato hacía que en su casa estaba durmiendo tranquilamente, y el buen don Martín, encontrándose libre de visitas y cumplidos, dejando de ser gobernador para convertirse en un simple mortal, se encerró en su alcoba, con tanto sueño como ganas de dormir.

Desnudóse tranquilamente, rezando al mismo tiempo sus oraciones cotidianas; metióse bajo las sábanas, y al reclinar la cabeza sobre la almohada, sintió que ésta tenía la dureza del pedernal. Era un tronco de árbol, un saco relleno de guijarros un mal pulido cilindro de granito.

Levantóse mohíno, y sin más averiguaciones, sacudió violentamente la campanilla de plata que en una mesa y al lado de la cama había, e inmediatamente apareció en la habitación uno de los criados del alcalde.

—¿Qué demonios de almohadas usáis en esta tierra, que más parecen destinadas para martirio que para descanso de un cristiano?

—Señor —contestó el criado—, mi amo ha traído personalmente esas almohadas para su señoría: él mismo las ha colocado en la cama, encargándome decir a su señoría que le deseaba una noche muy feliz, y que mañana temprano pasará a besarle las manos.

—Retírate —dijo con enfado el gobernador.

Y al encontrarse solo, púsose a examinar aquella almohada, pensando:

—¿Si será una burla que me ha querido jugar este mulato? Ya verá lo que se encuentra conmigo.

Y seguía palpando la almohada. Poco a poco el ceño fue desapareciendo del rostro del buen don Martín. Aquellas almohadas, ni tan duras eran, ni tan incómodas como al principio le parecieron, ni dentro de ellas había guijarros o trozos de roca; sencillamente eran unos sacos henchidos de pesos fuertes de buena plata y mejor cuño, y que contenían una suma muy respetable.

No se sabe cómo se las compuso don Martín: los lacayos contaron que lo habían oído roncar toda la noche muy tranquilo, y a la mañana siguiente no se levantó al mismo tiempo que el claro sol o las parleras aves.

Cuando el alcalde Moreno vino a dar los buenos días a su señoría el señor gobernador, recibióle éste con mucho cariño, y olvidándose sin duda del objeto que le había llevado a Valladolid, tornóse a Mérida, sin hablar palabra de la destitución del alcalde, ni de las quejas que contra él habían dado los vecinos.

Entre las muchas cosas que ignoro, cuento no saber si don Martín de Robles y Villafaña, caballero del hábito de Santiago y gobernador de Yucatán, inventó aquello de que todo negocio grave consultar se debe antes con la almohada, o si ya lo encontró inventado y no hizo más que aplicarlo. Yo cuento lo que dicen los cronistas de aquellos tiempos.

Los azotes

Después de largo y sangriento sitio ocupó Hernán Cortés la capital del imperio de Moctezuma; pero quedó la ciudad en tan lastimoso estado, que el conquistador, con su ejército, tuvo que acampar durante algún tiempo en la cercana villa de Coyoacán, porque en México ni lugar pudo encontrarse para el alojamiento de los soldados.

Pocos meses después, los trabajos de la reedificación habían avanzado tanto, que ya el conquistador pudo trasladarse allí, y eran tan activos, que dice el padre Motolinía, en su Historia de los indios de la Nueva España, que «en la edificación de la gran ciudad de México en los primeros años, andaba más gente que en la edificación del templo de Jerusalén; porque era tanta la gente que andaba en las obras, que apenas podría hombre romper por algunas calles y calzadas, aunque son muy anchas».

Y ya entonces el conquistador de México no era Hernán Cortés a secas, sino que se llamaba el muy magnífico señor Hernán Cortés, gobernador y capitán general de Nueva España; que el don aún no lo usaba, porque hasta algunos años después no se lo concedíó el emperador.

Por aquellos días aconteció, según refiere la tradición, que el gobernador y capitán general publicó un bando exigiendo la puntual asistencia de todos los vecinos a las misas que celebraban los padres franciscanos, primeros religiosos que a predicar el cristianismo llegado habían a Nueva España.

La morosidad de los soldados para asistir al Santo Sacrificio, y la indiferencia o poca costumbre que de ello tenían los indios, hacía que muchos llegasen a la iglesia ya pasado el evangelio, o cuando el sacerdote pronunciaba las últimas oraciones, causando con eso escándalo entre aquel rebaño de ovejas recién convertidas al cristianismo.

Quejáronse a Cortés los celosos misioneros, y de aquí nació la disposición del conquistador, para que todos asistieran puntuales a la misa, so pena de que cualquiera que llegase después del evangelio, recibiera de mano de los religiosos quince o veinte azotes, desnudo de la cintura para arriba si era hombre, o sobre las ropas, si era mujer.

Comenzaron a murmurar de tal disposición conquistadores y conquistados, diciendo que no se llevaría eso de los azotes a puro y debido efecto, cuando la pena recayese, bien en capitanes como Pedro de Alvarado. Gonzalo de Sandoval, Cristóbal de Olid y Diego de Tapia, por las atenciones con que los trataba Cortés, o en los grandes señores y caciques de la tierra, de quien podía temerse que, ofendidos, provocaran una nueva y más terrible insurrección.

No podía ignorar Hernán Cortés aquellas murmuraciones; pero jamás dio a comprender que las sabía, y el rumor seguía circulando y tomando creces, sin que nadie cuidase de contradecirlo.

Un día, domingo por cierto, celebrábase la misa en el provisional templo de los franciscanos, y ya pasado había el evangelio, cuando Cortés, sin acompañamiento de ninguna clase, apareció a la puerta de la iglesia, atravesó la nave cruzando entre los asistentes y fue a arrodillarse devotamente en el presbiterio.

Los fieles allí reunidos, si no lo dijeron, pensaron indudablemente que el conquistador había merecido la misma pena por él impuesta, llegando a misa después de haberse leído el evangelio; aunque ninguno, ni remotamente, se figuró que aquello podría tener consecuencias.

Pero con gran asombro, al terminar la misa, vieron a dos franciscanos acercarse a Cortés, y a éste, levantarse humildemente del lugar que ocupaba, y de rodillas delante del altar, despojarse de su ropa, prestar las espaldas desnudas a los misioneros.

Ni la historia ni la tradición han conservado el número de azotes que recibió el conquistador; pero tal resonancia tuvo el hecho, que todavía a principios de este siglo, en una capilla que había en México, que llevaba el nombre de los talabarteros, y que fue destruida por un incendio, existía un gran cuadro, en el que estaba representado Cortés de rodillas, con las espaldas desnudas y la cabeza inclinada, recibiendo los azotes que le aplicaba un misionero franciscano.

Inútil es decir que la lección no pudo ser más provechosa. Si Cortés hizo aquello de acuerdo con los franciscanos y para dar ejemplo de humildad y de respeto a la ley, o si realmente sin previo acuerdo, los franciscanos tuvieron el valor de aplicar el bando, y él la resignación de someterse; con toda seguridad no se puede decir, y en eso cada uno pensará lo que mejor le parezca.

Un buen negocio

Pocas veces el Lafayette, vapor de la Compañía Trasatlántica francesa, había sufrido, al cruzar el océano con rumbo a América, un temporal más largo y más espantoso. Las olas, semejando montañas negras, pasaban en vertiginosa carrera, chocando contra el casco del buque, levantándose hasta barrer la cubierta, precipitándose por las escaleras y saliendo por los imbornales, en los que se producía un ruido pavoroso y un hervor siniestro. El huracán cruzaba por la arboladura, gimiendo, rugiendo, silbando, remedando algunas veces el ruido de un carro de bronce sobre una bóveda de acero; otras, el aullido de un lobo; otras, el agudo silbar de la serpiente. Densas nubes de color indefinible se arremolinaban en el cielo, tan bajas, que casi envolvían el cataviento de la embarcación.

Bailaba el vapor, perdido en aquella inmensidad, como una hoja de árbol arrebatada por un torbellino. Los marineros, cubiertos con sus vestidos amarillentos de lona embreada y empapados por la lluvia, corrían precipitados de un lado a otro. Todas las escotillas y todas las puertas estaban cerradas y clavadas; los pasajeros, encerrados, unos se agrupaban en el salón, y otros se habían retirado a sus camarotes; pero todos llenos de pavor, oían cada crujido de la catástrofe. Las mujeres rezaban, los hombres estaban silenciosos.

Entre los pasajeros que el vapor Lafayette conducía a Veracruz, iba don Rosendo de Figueroa, que, por nacimiento, era mexicano, pero por su aspecto le hubiera tomado cualquiera por uno de esos ingleses que han enriquecido con los climas tropicales, perdiendo el color del rostro de los hijos de Albión para adquirir el moreno y tostado cutis de los hombres que nacen en aquellas ardientes regiones.

Don Rosendo era un hombre capaz de hacer un buen negocio con el primero que encontrara en la calle, en la iglesia o en un compartimiento de ferrocarril. Tenía el don de ganar dinero, y, en verdad, también el de gastarlo, porque era espléndido y franco como un nabab, y sus repetidos viajes a Europa le habían hecho un hombre de buen gusto.

Era de regular estatura, moreno, delgado; contaría cincuenta años; su pelo comenzaba a estar canoso, pero sus ojos estaban brillantes como los de un hombre de treinta, y había en su mirada algo así de la rapidez de los golpes de los buenos esgrimidores de florete.

Don Rosendo no era valiente, y además hacía gala de ser observante en religión y de ser hombre de arraigadas creencias; así es que, cuando apareció la tormenta, tuvo mucho miedo y comenzó a rezar.

Llegó un momento en que el hombre se creyó perdido, y recurrió, como en semejante caso hacen muchos, a las promesas, cosa más natural en él por ser hombre tan acostumbrado a ver un negocio en todos los acontecimientos de la vida.

—¡Madre santísima de Guadalupe! —exclamó, porque todos los mexicanos son muy devotos de la Virgen de Guadalupe— si me salvas de este trance y llego con felicidad a mi casa, te prometo mandarte decir dos mil misas.

Realmente el negocio no era malo; la vida de don Rosendo, con todas sus consecuencias, no salla cara por dos mil misas, aun cuando más barato hubiera salido París en aquello que dijo Enrique IV (según dicen), que «París bien vale una misa». Pero las mil novecientas noventa y nueve de más las daba con mucho gusto en aquellos instantes don Rosendo.

Aunque con algún retraso, el Lafayette llegó felizmente a Veracruz; desembarcó don Rosendo, dando gracias a Dios por haberlo salvado. Tomó el ferrocarril, llegó a México y volvió a embarcarse otra vez, no en el Atlántico, sino en el revuelto mar de sus negocios.

Pasaban los días y los meses, y don Rosendo no cumplía su promesa, pero tampoco la olvidaba, y era un remordimiento sordo, que le causaba algunos desvelos.

Como era un solterón recalcitrante, llegaba a una hora en la noche, antes de dormirse, en que se encontraba enteramente solo, pensando en sus negocios, y siempre, en medio de aquella interminable serie de combinaciones, aparecía el recuerdo de la promesa como uno de esos pretendientes pertinaces que en todas partes se les presentan a los ministros, no más para decirles: «¡Aquí estoy!».

Don Rosendo desechaba aquello como un mal pensamiento, diciendo siempre para calmar su conciencia: «Mañana, en cuanto me levante, arreglo este negocio».

Por fin, un día aquel negocio tuvo que arreglarse. El comerciante llamó a un clérigo muy su conocido y le dijo:

—Oiga usted, padre; va usted a decir cinco misas a la Virgen de Guadalupe, y por cada una de ellas le voy a dar cien duros.

El pobre clérigo estuvo a punto de desmayarse; porque es de advertir que allí la limosna por cada misa es generalmente, por lo menos, un duro; pero aún no se habla repuesto de su emoción, cuando don Rosendo agregó:

—Pero me va usted a firmar un recibo en que diga que usted ha recibido dos mil duros por haber dicho dos mil misas.

La tentación era grande; el clérigo no debía ser muy escrupuloso, y el recibo se firmó en papel que llevaba todos los requisitos necesarios y exigidos por la ley para esta clase de documentos.

Aquel día don Rosendo estuvo más alegre que de costumbre, y decía a sus amigos, frotándose las manos, a la hora de almorzar:

—Ahora sí estoy muy contento; me he quitado de encima un compromiso viejo, ganando mil quinientos pesos en menos de un cuarto de hora. Éste sí que es un buen negocio.

Pasaron así dos semanas, y un día don Rosendo recibió una carta del clérigo, diciéndole que los médicos le habían desahuciado, que estaba muy grave, que no había podido decir las misas y se había gastado doscientos duros; pero que en descargo de su conciencia le devolvía trescientos en billetes de banco, y que le perdonara los otros.

Don Rosendo contó los billetes: eran trescientos pesos más de ganancia, y tenía el recibo de las dos mil misas, y cuenta saldada.

Tomó la pluma y contestó diciendo:

—Recibí el dinero, y el resto se lo perdono para aquí y en presencia de Dios.

La promesa de un genio

Era la noche del 31 de diciembre del año de 1800, y en uno de los bosques vírgenes del continente americano, los genios y las hadas celebraron gran fiesta el nacimiento del siglo XIX.

Toda la naturaleza se había empeñado en dar esplendor a esa fiesta; la luna atravesaba majestuosamente sobre un cielo sembrado de estrellas que se eclipsaban a su paso.

Las selvas habían encendido sus fuegos fatuos que se movían inciertos entre la yerba; los bosques lanzaban la claridad fosforescente de los podridos troncos, y los insectos luminosos se cruzaban, arrastrándose unos, y otros volando rápidamente y describiendo líneas rectas en encontradas direcciones.

Los pájaros de la noche cantaban entre las ramas; las auras sacudían las hojas de los árboles, dando las notas bajas del concierto, y se escuchaban en la lejanía el monótono ruido de las cataratas y los acompasados tumbos de los mares.

Los genios y las hadas danzaban y cantaban, y cada uno de ellos había hecho un don al recién nacido, y de ninguno de esos dones se hablaba tanto como del que le habían presentado en extraña unión el agua y el fuego, ofreciéndole que de allí saldría poderosa fuerza que haría mover las más pesadas máquinas, que arrastrarían en vertiginosa carrera enormes trenes, a través de los campos, y llevarían las embarcaciones entre las olas encrespadas, con más facilidad que si soplara un viento protector. Aquel don sería el asombro de la humanidad en el siglo XIX.

Pero entre aquel concurso de genios, había uno que nada hablaba ni nada ofrecía para el que iba a nacer; era un genio de ojos brillantes, envuelto en crespones de color de cielo, y que llevaba por único adorno una chispa sobre la frente; pero tan luminosa, tan brillante, tan intensa, que parecía haberse concentrado allí toda la luz del sol.

—Y tú, ¿quedas al que va a nacer? —le decían los demás—. Nosotros hemos agotado nuestros tesoros en éste y en todos los siglos que han nacido y que han muerto, y tú, hasta hoy, nunca has dado nada, y siempre con ese aspecto misterioso, como si poseyeras inmensas riquezas.

—La hora de mi reino no había llegado aún; pero ha sonado, y abriré para este siglo las puertas de mis tesoros tan desconocidos como inagotables. Yo daré a la palabra la rapidez del rayo, yo daré al oído la finura que vosotros mismos no tenéis; yo haré desaparecer las sombras de la noche, dando a la humanidad para su servicio la luz del relámpago; yo haré cruzar el pensamiento de los hombres debajo de las aguas del océano, y no habrá ni un arte ni habrá una ciencia que no reciban por mí nuevo impulso; que yo mismo apenas conozco los tesoros que guardo.

Los genios y las hadas rieron estrepitosamente de aquellas palabras; pero el genio desprendió la chispa que llevaba en la frente y la colocó en el pecho del recién nacido, en el momento en que pasaba media noche, y el siglo XIX, saliendo de lo infinito, tendía sus alas sobre la tierra.

Los años pasaron con esa rapidez con que hace nuestro planeta su camino; y cuando ya caduco, iba el siglo a hundirse otra vez en la eternidad, las promesas del genio se habían cumplido: los hilos del telégrafo formaban sobre la superficie de las naciones civilizadas, inmensas arpas eólicas, donde al cruzar los vientos sonaba la nota del progreso.

El teléfono llevaba en el secreto la palabra humana en las vibraciones de un alambre; en el fondo del océano, las sirenas se agrupaban a los cables submarinos para sorprender a su paso las noticias de lo que acontecía sobre la tierra; el giro de un botón bastaba para iluminar una ciudad con toda la claridad del día; y la mano de un niño mandaba la chispa que inflamara la mina que despedazaba, en el fondo de las aguas, los más terribles escollos, y hasta el vapor, que tanto había asombrado, iba cediendo su puesto a una fuerza motriz desconocida hasta entonces y misteriosa.

El genio de la chispa luminosa decía muchas veces a sus compañeros: «He cumplido mis promesas, y os advierto que todavía el hombre ha penetrado apenas en el pórtico de mi palacio».


Publicado el 2 de noviembre de 2018 por Edu Robsy.
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