Bug-Jargal

Victor Hugo


Novela



Prólogos

Primera edición

Enero de 1826


El episodio que vais a leer, cuyo fondo está tomado de la rebelión de los esclavos de Santo Domingo en 1791, tiene cierto aire de circunstancia que hubiese bastado para que el autor no pudiera publicarlo. Sin embargo, habiendo sido ya impreso y distribuído un corto número de ejemplares de un bosquejo de este opúsculo en 1820, en una época en que la política del día se ocupaba muy poco de Haití, es evidente que si el asunto que trata ha tomado luego mayor interés, el autor no tiene la culpa. Los acontecimientos se han conciliado con el libro y no el libro con los acontecimientos.

Sea como sea, el autor no pensaba sacar esta obra de la penumbra en que estaba como sepultada; pero al saber que un librero de la capital se proponía reimprimir su anónimo boceto, se ha creído en la obligación de evitar esta reimpresión poniendo él mismo al día su trabajo revisado y en cierto modo rehecho, precaución que ahorra una molestia a su amor propio de autor, y al susodicho librero una mala especulación.

Habiendo sabido varias personas distinguidas que, ya como colonos, ya como funcionarios, estuvieron interesadas en los disturbios de Santo Domingo, la próxima publicación de este episodio, han tenido gusto en prestar espontáneamente al autor materiales tanto más preciosos cuanto que en su mayoría son inéditos. El autor les atestigua aquí su agradecimiento. Tales documentos le han sido de gran utilidad para rectificar lo que el relato del capitán d’Auverney presentaba de incompleto en lo que se refiere al color local y de falso en lo relativo a la verdad histórica.

En fin, debe también advertir a los lectores que la historia de Bug-Jargal no es más que un fragmento de una obra más extensa, que habría de ser titulada Contes sous la tente. El autor supone que, durante las guerras de la revolución, varios oficiales franceses conciertan entre sí ocupar alternativamente las largas noches del vivac en el relato de alguna de sus aventuras. El episodio que aquí se publica formaba parte de esta serie de narraciones; puede ser separado sin inconveniente; además, la obra de que debía formar parte no está terminada, ni lo estará nunca, ni vale la pena de que lo esté.

1832

En 1818, el autor de este libro tenía diez y seis años; apostó que escribiría un volumen en quince días, e hizo Bug-Jargal. A la edad de diez y seis años se apuesta por todo y se improvisa sobre todo.

Este libro ha sido, pues, escrito dos años antes que Han de Islandia. Y aunque siete años después, en 1825, el autor lo haya corregido y vuelto a escribir en gran parte, es, por el fondo y por muchos detalles, la primera obra del autor, el cual pide perdón a sus lectores por hablarle de cosas tan insignificantes.

Pero ha creído que al corto número de personas que gustan de clasificar por orden de talla y de nacimiento las obras de un poeta, por obscuro que sea, no le sabría mal que le dieran a conocer la edad de Bug-Jargal; y en cuanto a él, como esos viajeros que se vuelven en medio del camino y tratan de descubrir en los brumosos pliegues del horizonte el lugar de donde salieron, ha querido dar aquí un recuerdo a aquella época de serenidad, de audacia y de confianza, en que abordaba de frente un tema tan inmenso: la rebelión de los negros de Santo Domingo en 1791, lucha de gigantes; tres mundos interesados en la cuestión: Europa y Africa por combatientes, América por campo de batalla.


24 de marzo de 1832.

I

Cuando le llegó su vez al capitán Leopoldo d’Auverney, se quedó un tanto espantado, y aseguró a la concurrencia que no sabía de ningún incidente de su vida que mereciese llamar la atención.

—Pero ¿cómo es eso, capitán—le respondió el teniente Enrique—, cuando ha viajado usted tanto y visto tanto el mundo? ¿No ha estado usted en las Antillas, en Africa, en España, qué sé yo?... Hola, capitán; ahí tiene usted su perro cojo.

D’Auverney se estremeció, dejó caer el cigarro y se volvió de súbito hacia la entrada de la tienda de campaña, al tiempo mismo que un enorme perrazo venía de carrera, aunque cojeando, hacia él.

El perro, al pasar, pisoteó el cigarro del capitán, y el capitán no hizo alto.

El perro le lamió los pies, meneó la cola, ladró, saltó, dió señales de alegría en cuanto pudo a su manera, y luego se echó delante de sus pies; el capitán le acariciaba maquinalmente con la mano izquierda, y moviendo con la otra las carrilleras del casco, decía de vez en cuando:

—Vamos, Rask, vamos.

Por fin, volviendo en sí, exclamó:

—Pero ¿quién te ha traído?

—Con licencia, mi capitán...—dijo el sargento Tadeo, que había levantado un poco el cortinaje de la tienda, y se mantenía en pie, con el brazo derecho cubierto con su capote, y las lágrimas en los ojos al contemplar en silencio aquella escena, copiada del desenlace de la Odisea.

Por fin se aventuró a soltar estas palabras:

—Con licencia, mi capitán...

Y D’Auverney levantó la vista.

—¡Hola! ¿Eres tú, Tadeo?... ¿Y cómo demonios pudiste...? ¡Pobre perro! Yo creía que estaba en el campamento inglés. ¿Adónde le encontraste, dime?

—Gracias a Dios, mi capitán, aquí estamos todos; y yo tan contento como el señorito su sobrino cuando su merced le hacía decir aquella relación: “Cornu, un cuerno; cornu, de un cuerno...”

—Pero, vamos, dime: ¿dónde le encontraste?

—No le encontré, mi capitán, que le fuí a buscar.

El capitán se puso en pie y le alargó al sargento la mano; pero, en vez de hacer lo mismo, el sargento se quedó con la suya metida dentro del capote. El capitán ni lo reparó.

—La cosa es, mi capitán, que desde que se perdió el pobre Rask parecía, con licencia, que le faltaba a usted alguna cosa; y, hablando claro, la noche que no vino, como solía, a comer conmigo el pan de munición, en poco estuvo que el viejo de Tadeo no se pusiera a llorar como un chiquillo. Pero no, a Dios gracias, que no me han visto llorar sino dos veces en mi vida: la primera, cuando... el día que...—y el sargento miró a su amo con sobresalto—; la segunda, el día que al pícaro del cabo Baltasar se le ocurrió hacerme pelar un manojo de cebollas.

—Se me figura, Tadeo—contestó Enrique riéndose—, que se te quedó en el tintero el decir por qué lloraste la primera vez.

—¿Sin duda sería cuando te dió un abrazo Latour d’Auvergne, el primer granadero francés?—preguntó con tono afectuoso el capitán, sin parar de hacer caricias al perro.

—No, mi capitán; si el sargento Tadeo pudo llorar, usted mismo debe confesarnos que no pudo ser sino el día que mandó fuego para Bug-Jargal, por otro nombre Pierrot.

Todas las facciones del capitán se anublaron, y acercándose con ímpetu al sargento, quiso apretarle la mano; pero, a pesar de tamaño honor, no sacó Tadeo el brazo del capote.

—Sí, mi capitán—prosiguió, dando algunos pasos atrás, mientras D’Auverney le echaba una mirada dolorosa—; aquella vez lloré porque él lo merecía. Es verdad que era negro; pero también la pólvora es negra, y... y...

El buen sargento hubiese preferido salir con honra del atolladero de su comparación, porque había algo que halagaba su fantasía en este símil; pero habiendo probado inútilmente a expresarse, y después de embestir, por decirlo así, con su idea por todos los frentes, hizo lo que hacer suele el general de un ejército delante de alguna fortaleza: levantó el sitio y continuó su jornada, sin hacer alto en la sonrisa de los oficiales.

—Digo, mi capitán, ¡si hubiera usted visto al pobre negro cuando llegó a carrera y sin aliento, en el instante mismo que se estaban preparando sus diez camaradas! Había sido preciso atarlos, y yo lo hice porque mandaba el piquete; ¡y cuando los fué desatando uno por uno con sus propias manos, para ponerse en su puesto, aunque ellos se resistían!, ¡qué firmeza! ¡Aquello era un hombre! ¡Ni el peñón de Gibraltar! ¿Y luego, mi capitán, cuando se mantuvo tan derecho como si fuese a entrar en un baile? Y cuando su perro, este mismo Rask que tenemos aquí, comprendió lo que se iba a hacer y se me abalanzó a la garganta...

—Por lo general, Tadeo—le interrumpió el capitán—, no solías dejar pasar esta parte de la relación sin hacerle una fiesta a Rask; repara y cómo te mira.

—Tiene su merced razón, mi capitán—respondió Tadeo, algo cortado—; el pobre Rask me echa unos ojos que... Pero la vieja Malagrida me ha dicho que trae mala suerte el hacer fiestas con la mano izquierda.

—Bien, pero ¿para qué sirve la derecha?—preguntó D’Auverney sorprendido y reparando por la vez primera en el brazo envuelto entre el capote y en la palidez de Tadeo.

La confusión del sargento subió de punto.

—Con licencia, mi capitán; el caso es que... que ya tiene usted un perro cojo, y mucho me temo que acabe por tener un sargento manco.

El capitán dió un salto desde su asiento.

—¡Cómo! ¿Qué es lo que dices, Tadeo? ¡Tú manco! Saca el brazo. ¡Manco, Dios mío!

Y D’Auverney temblaba; el sargento fué desliando despacio el envoltorio de su capote, y enseñó, por fin, el brazo cubierto con un pañuelo ensangrentado.

—¡Ah, Dios mío!—tartamudeaba el capitán mientras iba levantando con suma precaución el lienzo—. Pero, Tadeo, explícame...

—Una cosa muy sencilla. Ya dije que había reparado en su tristeza de usted desde que los malditos ingleses nos quitaron al pobre Rask, al perro de Bug. Así, esta noche me resolví a ir y traérmelo, aun cuando me costara el pellejo, para poder cenar con apetito. Por eso, después de haber recomendado a Mathelet, su asistente de usted, que cepillase con cuidado el uniforme de gala para la gran acción de mañana, me salí a la calladita del campamento, sin más arma que mi sable, y me metí por entre las cercas, para llegar antes adonde están los ingleses. Todavía no había yo llegado ni a la primer línea de parapetos, cuando, con licencia, mi capitán, reparé en un corro de casacas coloradas que estaban en un bosquecillo, hacia la izquierda. Como no hacían alto en mí, me acerqué para ver mejor, y lo primero que descubrí fué a Rask, atado a un árbol en medio de ellos, mientras dos milores, en cueros como los herejes, se estaban repartiendo sobre las costillas unos puñetazos que hacían más ruido que la tambora de nuestro regimiento. Eran dos señores ingleses, que probablemente se habían desafiado por vuestro perro; pero Rask, que me conoció, dió de repente un estrechón tal, que rompió la cuerda, y en un abrir y cerrar de ojos estaba el tunante corriendo tras de mí. Ya puede usted figurarse que los otros no se estuvieron quietos. Yo me zambullí entre las matas, y Rask siguiéndome, mientras alrededor de nosotros silbaba una nube de balas. Rask se puso a ladrar en respuesta; pero, por fortuna, no le pudieron oír a causa de sus gritos de french dog, french dog, como si el perro no fuera de la casta de Santo Domingo. No importa: ya habíamos saltado por encima de los cercados y me creía ya en salvo cuando se nos ponen delante dos de los colorados. Con el sable me zafé de uno de ellos, y lo mismo hubiera hecho con el otro, a no ser porque traía una pistola cargada con bala... Ahí tiene usted mi brazo derecho. Pero no importa: el french dog le saltó al pescuezo, como si fuera un amigo antiguo, y yo aseguro que el abrazo fué estrecho, porque el inglés vino a tierra degollado. ¿Para qué fué tan terco el hombre en seguirnos? Por fin, aquí está Tadeo de vuelta al campamento, y Rask con él. Mi única pesadumbre es que no quisiera Dios haberme enviado esto en la batalla de mañana. Conque... se acabó.

Las facciones del veterano se entristecieron con la idea de no haber recibido su herida en una batalla.

—¡Tadeo!—exclamó el capitán en tono irritado; y en seguida añadió con más blandura—: ¿A qué viene esa tontería de exponerte así por un perro?

—No fué por un perro, mi capitán; fué por Rask.

El rostro de D’Auverney se inmutó de repente, y el sargento prosiguió en su discurso:

—Fué por Rask, por el perro de Bug...

—Basta, basta, Tadeo—dijo el capitán, cubriéndose los ojos con una mano—. Vamos—añadió después de un breve silencio—, apóyate sobre mí y vamos al hospital.

Después de hacer una respetuosa resistencia, obedeció Tadeo; y el perro, que durante toda esta escena se había entretenido, por desfogar su alegría, en roer la magnífica piel de oso de su amo, se levantó y les fué siguiendo a entrambos.

II

Este episodio había despertado en grado sumo la curiosidad de los bulliciosos espectadores.

El capitán Leopoldo d’Auverney era uno de aquellos hombres que, sea cual fuere el escalón en que el acaso de la suerte o el remolino de la sociedad los haya colocado, inspiran siempre cierta especie de respeto mezclado de afecto. Quizá nada ofrecía de notable a primera vista: sus modales eran fríos y sus miradas indiferentes. El sol de los trópicos, aun cuando le tostó el cutis, no le había inspirado aquella viveza de gestos y palabras que suele hermanarse en los criollos con cierto abandono, a menudo lleno de gracia. D’Auverney hablaba poco, escuchaba rarísima vez y siempre se mostraba pronto a obrar. El primero en montar a caballo, el postrero en volver al pabellón, parecía como si buscase en las fatigas personales un amparo contra sus pensamientos. Estos pensamientos, que habían estampado su melancólica y severa huella en las precoces arrugas de su frente, no eran de aquella clase que se alivian con el desahogo de una confianza, ni eran de aquellos tampoco que se evaporan en una frívola conversación y se confunden gustosos con las ideas ajenas. Leopoldo d’Auverney, cuyo cuerpo no alcanzaban a rendir las penosas tareas de la guerra, manifestaba una aversión y cansancio inconcebibles en cuanto suele llamarse ejercicios de la fantasía. Huía de las disputas con tanto anhelo como buscaba las batallas, y si a veces se dejaba arrastrar hasta tomar parte en algún debate, soltaba tres o cuatro palabras llenas de grave juicio y profundas razones, y luego, en el momento mismo de convencer a su adversario, se paraba, exclamando: “¿De qué sirve...?”, y se salía para pedirle al comandante algo en que entretener el tiempo, ínterin llegaba la hora de la carga o del asalto.

Sus camaradas excusaban su porte seco, reservado y taciturno, porque en toda ocasión le encontraban bueno, valiente y bondadoso. Había salvado la vida de muchos, con peligro de la suya propia, y era sabido que, si rara vez abría la boca, su bolsa, al menos, nunca estaba cerrada. Era querido en el ejército, y hasta le perdonaban el hacerse respetar, por decirlo así.

Sin embargo, era aún joven: treinta años aparentaba, y en realidad estaba aún lejos de tenerlos. Aun cuando hacía ya algún tiempo que combatía en las filas republicanas, todos ignoraban sus aventuras; y el único ente que, aparte de Rask, podía arrancarle alguna señal de vivo interés, era el sargento veterano Tadeo, que había entrado a la par en el regimiento, que nunca se le separaba del lado y que solía contar de una manera confusa algunas circunstancias de su vida. Sabíase, pues, que D’Auverney había experimentado en América grandes desgracias, y que, casado en Santo Domingo, había perdido a su mujer y su familia entera entre los horrores de la revolución que dió por tierra con aquella magnífica colonia. En aquella época, los infortunios de esta clase se habían hecho tan comunes que se había formado una especie de fondo de compasión general, en que cada uno metía y sacaba su parte; de modo que si el capitán D’Auverney excitaba lástima en grado algo extraordinario, no tanto era por las pérdidas que había sufrido cuanto por su manera de sobrellevarlas. En efecto, al través de su glacial indiferencia no fuera difícil rastrear a veces los movimientos convulsivos que procedían de una llaga secreta, pero incurable.

Así que principiaba el combate se serenaba su rostro. En la pelea se mostraba tan intrépido cual si aspirase a ser general; después de la victoria, tan modesto cual si se contentara con ser mero soldado. Sus camaradas, al ver semejante desdén de los grados y honores, no podían alcanzar por qué antes de la acción parecía desear algo con ansia, y no comprendían que, de todos los azares de la guerra, la muerte tan sólo era lo que D’Auverney apetecía.

Los representantes del pueblo en el ejército le nombraron un día jefe de batallón sobre el campo de batalla; pero rehusó admitirlo porque, saliendo de la compañía, le hubiera sido forzoso separarse del sargento Tadeo. Algunos días después se ofreció de voluntario para el mando de una expedición arriesgada, de donde regresó en salvo contra la creencia general y contra sus propios deseos. Entonces se le oyó arrepentirse de no haber aceptado el grado ofrecido, porque “los cañones enemigos—decía—siempre me respetan; y la guillotina, que hiere a cuantos descuellan sobre el común nivel, quizá se hubiese acordado de mí”.

III

Tal era el carácter del personaje, sobre el cual, al salir de la tienda, se entabló la conversación siguiente:

—Apostaría—dijo el teniente Enrique, limpiándose sus botas de tafilete encarnado, que el perro manchó de lodo al pasar—, apostaría a que el capitán no daba la pata coja de su perro por aquella docena de canastas de vino de Madera que vimos el otro día en los furgones del general...

—Vaya, vaya—contestó de broma el ayudante de campo Pascual—; eso sería mal negocio, porque las canastas no tienen a la hora esta nada dentro, que yo puedo dar testimonio. Por consiguiente—añadió con suma seriedad—, ustedes convendrán en que treinta botellas vacías no valen la pata del perro, que al fin y al cabo pudiera muy bien servir para mango de un cordón de campanilla.

El auditorio soltó la risa por el tono solemne con que el ayudante pronunció las últimas palabras; pero Alfredo, el oficial de húsares, único que no participó de la broma, tomó un aire de descontento.

—No veo, señores—dijo—, qué motivo de risa hay en lo que acaba de pasar. Este perro y este sargento, que andan siempre pegados a D’Auverney desde que le conozco, me parecen muy capaces de excitar interés. Por fin, esta escena...—Pascual, picado tanto de la seriedad de Alfredo cuanto de la burla de los restantes, le interrumpió diciendo:

—¡Ah! Eso sí: la escena es muy sentimental; pues vaya, ¡encontrar un perro y quebrarse el brazo!...

—Capitán Pascual, se equivoca usted—le respondió Enrique, arrojando fuera de la tienda la botella que acababa de vaciar—; ese Bug, por otro nombre Pierrot, me tiene en mucha curiosidad.

Pascual, que iba a enfadarse de veras, se apaciguó reparando en que le habían llenado el vaso, y en esto entró D’Auverney y se fué a sentar en su antiguo puesto, sin pronunciar palabra; estaba pensativo, pero con el semblante menos agitado, y tan distraído, que nada oía de cuanto hablaban alrededor suyo. Rask, que le acompañaba, se echó a sus pies, mirándole con sobresalto.

—Mire usted su vaso, capitán D’Auverney; y pruebe éste, que es de lo...

—¡Oh! A Dios gracias—contestó el capitán, figurándosele que acertaba en responder a Pascual—, la herida no es peligrosa, porque el hueso está sano.

Sólo el respeto involuntario que inspiraba el capitán a todos sus compañeros contuvo la carcajada que ya asomaba entre los labios de Enrique.

—Puesto que ya se ha sosegado usted en lo que toca a Tadeo—dijo conteniéndose—, y que nos hemos convenido en contar cada cual nuestras aventuras para distraer esta noche de vivac, espero, querido, que cumplirá usted su empeño contándonos la historia del perro cojo y la de Bug... qué sé yo cuántos, aquel peñón de Gibraltar.

A esta pregunta, hecha en tono medio serio, medio de broma, no hubiera respondido D’Auverney si todos los demás concurrentes no hubiesen reunido sus instancias a las del teniente. Por fin cedió a tantos ruegos.

—Voy a complacer a ustedes, señores; pero no esperen otra cosa que la relación de una anécdota sencilla, en que no represento sino un papel muy subalterno. Si las relaciones de cariño que existen entre Tadeo, Rask y yo les han hecho esperar algo de extraordinario, desde ahora les aviso que se equivocan, y con esto principio.

Reinó entonces de súbito profundo silencio. Pascual se echó de un trago la calabaza de aguardiente, y Enrique se embozó en su piel de oso, medio roída, para guarecerse del frío, mientras Alfredo cantaba medio entre dientes la canción gallega de La muñeira. D’Auverney se quedó pensativo por unos instantes, como para retraer a la memoria el recuerdo de algunos sucesos, ya casi borrados por impresiones más recientes, y al fin tomó la palabra lentamente, casi en voz baja y con frecuentes pausas.

IV

—Aunque nací en Francia, desde muy tierna edad me enviaron a Santo Domingo, en casa de un tío hacendado, muy rico, de aquella colonia, con cuya hija estaba resuelto mi enlace por la familia. La habitación de mi tío estaba situada a las inmediaciones del castillo de Galifet, y sus fincas se extendían por casi toda la vega del río Acul; y aun cuando el relato de tales circunstancias lo tengan ustedes quizá por menudencias insignificantes, de ello dimana principalmente la ruina total de mi familia.

Ochocientos negros se ocupaban en la labranza de las inmensas fincas de mi tío, y debo confesar que los males inherentes a la triste condición de esclavos subían aún mucho de punto por la dureza del carácter de su amo. Mi tío se contaba entre el número, por fortuna muy escaso, de aquellos criollos a quienes la práctica prolongada de un despotismo sin límites había llegado a embotar la sensibilidad del ánimo. Acostumbrado a verse obedecido al primer indicio de su voluntad o capricho, castigaba con sumo rigor la menor tardanza o leve muestra de duda por parte de un esclavo, y a menudo las súplicas interpuestas de sus hijos servían tan sólo para encender su cólera. Así, pues, teníamos que contentarnos las más veces con suavizar en secreto los males que no estaba a nuestro alcance el impedir.

—¡Vaya, y qué bonito está eso!—dijo a media voz Enrique, inclinándose al oído del oficial más vecino—. Espero que el capitán no dejará pasar las desdichas de los ex negros sin hacer una disertacioncita acerca de los deberes que nos impone la humanidad, etcétera, etcétera. Lo que es en la sociedad patriótica de Massiac no escapábamos a menos.

—Gracias, Enrique, por el aviso, que me excusa ponerme en ridículo—respondió con frialdad D’Auverney, que lo había oído, y en seguida prosiguió su relación—.

Entre todos sus esclavos, uno solo había conseguido congraciarse con mi tío, y éste era un enano español, mulato o de los que llaman cuarterón, que le había regalado lord Effingham, gobernador de la Jamaica. Mi tío, que había residido por muchos años en el Brasil, había contraído los hábitos portugueses y gustaba de rodearse de cierto fausto proporcionado a sus riquezas. Numerosos esclavos, adiestrados al servicio doméstico como los criados europeos, daban en cierto modo a su casa un aire de magnificencia cual la de un gran señor, y para que nada faltase, había conferido al esclavo de lord Effingham el título de su bufón, imitando así a aquellos antiguos barones feudales que mantenían un gracioso entre el séquito de su corte. Es preciso en este punto confesar que la elección había sido en extremo acertada. El mulato Habibrah—que así se llamaba—era uno de aquellos entes cuya conformación física es tan extraña, que nos horrorizarían como monstruos si no moviesen antes a risa. Este espantoso enano era bajo, rechoncho y panzón, y se movía con suma agilidad y rapidez, sostenido en un par de piernecillas tan sutiles y diminutas que, cuando al sentarse las encogía, se asemejaban a las patas de una araña. Su enorme cabeza, macizamente enterrada entre los hombros, estaba cubierta de un pelo rojizo y crespo y adornada de tan enormes orejas que solían decir sus compañeros le servían de paño para enjugarse las lágrimas. Su rostro estaba sin cesar desfigurado por un gesto, sin que jamás el mismo se repitiese; extraordinaria movilidad de facciones que por lo menos confería a su fealdad el mérito de ser variada. Mi tío se le había aficionado a causa de esta poco común deformidad y de su inalterable alegría, y así, Habibrah era su favorito. Mientras que los esclavos restantes gemían, sobrecargados de trabajo, toda la faena de Habibrah estaba reducida a andar detrás de su amo con un inmenso abanico de plumas para oxear los mosquitos y demás insectos. Mi tío hacía que comiera a sus pies, sentado en una estera de juncos, y solía darle en su propio plato los restos de algún manjar preferido. Verdad es que en pago se mostraba Habibrah muy agradecido a tales bondades; no ejercía sus privilegios de bufón ni su derecho a hacerlo todo y a decirlo todo, sino con el objeto de divertir a su amo con mil ridículos dichos mezclados con extravagantes contorsiones, y al menor gesto de mi tío, acudía volando con la agilidad de un mono y el aspecto sumiso de un perro.

Y, sin embargo, yo no podía vencer la repugnancia que me inspiraba aquel esclavo. Había algo de demasiado rastrero en su condición servil: porque si la esclavitud no deshonra, el servicio doméstico envilece. Sentía yo como una especie de benévola compasión hacia aquellos negros, a quienes veía trabajar todo el día sin descanso y sin que apenas una miserable vestidura encubriese sus grillos; pero el disforme saltimbanco, el esclavo holgazán, con su ridículo ropaje, entreverado de galones y matices y salpicado de cascabeles, no me inspiraba sino desprecio. Además, el enano no aprovechaba como buen compañero el favor que le granjeaban sus bajezas. Nunca había implorado un perdón del amo, que con tanta frecuencia y severidad castigaba; y aun cierto día que se creyó a solas con mi tío, se le oyó exhortarle a que redoblase su rigor contra los infelices negros. Con todo, los otros esclavos, que hubieran debido mirarle con celos y desconfianza, no le daban muestras de odio, sino antes bien les inspiraba una especie de temor respetuoso que en nada se asemejaba a enemistad; y cuando le veían pasar por entre sus chozas, con su gorra en hechura de cucurucho, adornada en la punta de cascabeles y toda pintorreada de estrambóticas figuras trazadas con tinta roja, decían entre sí y a media voz: “Es un obí.”

Estos pormenores, sobre los cuales llamo ahora su atención, señores, me ocupaban muy poco en aquella época. Entregado por entero a las puras emociones de un amor, a que nada debiera, al parecer, poner obstáculo; de un amor nacido desde la infancia, y también desde ella correspondido por la mujer que me estaba destinada, apenas concedía una mirada indiferente a cuanto no era María. Acostumbrado desde la más tierna edad a considerar como mi futura esposa a aquella que en cierto modo era ya mi hermana, se había establecido entre nosotros una especie de tierno cariño, cuya índole no se podrá comprender aun cuando diga que nuestro amor era una mezcla de fraternal abnegación, de exaltadas pasiones y de conyugal confianza. Pocos hombres han sido más felices que yo en sus primeros años; pocos han sentido abrirse el capullo de su alma a las emociones de la vida bajo una atmósfera más serena; pocos en tan deliciosa armonía, de placer para el momento presente y de halagüeñas esperanzas para el porvenir. Rodeado, casi desde la cuna, de cuantos deleites procuran las riquezas y de cuantos privilegios confiere un elevado nacimiento en aquellos países donde basta con el color del cutis para poseer tal dignidad; pasando mis días enteros al lado de la mujer en quien cifraba mi amor; viendo este amor mismo favorecido por nuestros deudos, únicos que hubieran podido ponerle estorbo; y todo esto en una edad en que la sangre hierve, en un país donde el estío es perpetuo, donde la naturaleza es hermosa, ¿qué más pudiera combinarse para inspirarme ciega confianza en mi feliz estrella?, ¿qué más se requiere para poder repetir que pocos hombres fueron más felices que lo fuí yo en mis primeros años?

El capitán se detuvo por un instante, cual si le faltase aliento para aquellos recuerdos del pasado deleite, y en seguida añadió con acento melancólico:

—Verdad es que, en cambio, tengo ahora el derecho de afirmar que nadie pasará en mayor amargura sus últimos momentos.

Y como si hubiese sacado fuerzas del íntimo convencimiento de sus desgracias, continuó con acento sereno.

V

—En medio de tales ilusiones y de tan ciegas esperanzas, llegué a los veinte años de mi edad, que debían cumplirse en agosto de 1791, para cuya misma época había fijado mi tío la consumación de mi enlace con María. Fácil les será a ustedes comprender que la idea de una felicidad tan cercana absorbía todos mis pensamientos, y cuán vagos, por consiguiente, han de ser los recuerdos que me quedan de las discusiones políticas que de dos años a aquella parte estaban agitando nuestra colonia. No hablaré, pues, ni del conde de Peinier, ni de M. de Blanchelande, ni del desgraciado coronel Mauduit, cuyo fin fué tan trágico. No pintaré la rivalidad entre la asamblea provincial del Norte y aquella otra asamblea colonial que usurpó el título de general, juzgando que la palabra colonial olía demasiado a esclavitud. Estas mezquindades, que conmovían a la sazón todos los ánimos, no despiertan ahora el menor interés, a no ser por los infortunios a que dieron margen. En cuanto a mí, si tenía alguna opinión tocante a los celos mutuos que reinaban entre el distrito del Cabo y el de Puerto Príncipe, debía ser, naturalmente, a favor del Cabo, donde residíamos, y asimismo a favor de la asamblea provincial, en que mi tío tenía asiento.

Tan sólo una vez me sucedió tomar parte algo activa en los debates a que daban origen los asuntos del día, y fué a propósito de aquel funesto decreto expedido en 15 de mayo de 1791 por la Asamblea Nacional de Francia, por el que se admitía a la libre gente de color a la participación de iguales derechos políticos que ejercían los blancos. En un baile que dió el gobernador de la ciudad del Cabo, muchos criollos jóvenes hablaban con vehemencia contra esta ley, que tan profundamente hería el amor propio, quizá fundado, de los blancos. No me había mezclado yo aún en la conversación, cuando se acercó al corro un hacendado rico, pero a quien los blancos admitían con mucha dificultad entre sí y cuyo color equívoco daba que sospechar sobre su estirpe. Entonces me adelanté hacia aquel sujeto, y le dije en alta voz:

—Siga usted adelante, caballero, porque aquí oiría cosas desagradables para los que, como usted, tienen sangre mestiza en sus venas.

Esta acusación le irritó a tal extremo que me llamó a un desafío, en el cual ambos quedamos heridos. Confieso que obré mal en provocarle; pero lo que se llama las preocupaciones del color no hubieran bastado para empujarme a este paso. Mas aquel hombre había manifestado la audacia de elevar sus pensamientos hasta mi prima, y en el momento mismo que le insulté de manera tan inesperada acababa de bailar con ella.

De todos modos, veía yo con embriaguez adelantarse el momento que iba a hacerme dueño de María, y permanecía cada vez más ajeno a la efervescencia, siempre en aumento, que hacía delirar a cuantos estaban a mi alrededor. Fijos los ojos en mi dicha que se aproximaba, no hice alto en los terribles y obscuros nubarrones que iban encapotando todo el ámbito de nuestro horizonte político, y cuyo ímpetu debía, al descargar, desarraigar todos nuestros destinos. No que aun los ánimos más perspicaces e inclinados a augurar mal tuvieran ya serios temores de una revolución de los esclavos, pues se despreciaba demasiado a esta raza para que inspirase susto; pero existían sí, entre los blancos y los mulatos libres, gérmenes de un odio más que suficiente para que al estallar este volcán, por tanto espacio de tiempo comprimido, envolviese a la colonia entera entre sus escombros.

En los primeros días de aquel mes de agosto, invocado por mis más ardientes votos, cierto extraño incidente vino a mezclar una inquietud imprevista con mis tranquilas esperanzas.

VI

Había mi tío mandado levantar a las orillas de un precioso riachuelo, que bañaba sus tierras, una glorieta de enramada en medio de una espesa arboleda. Allí solía venir María todas las tardes a respirar la pura brisa del mar, que se alza diariamente en Santo Domingo durante la estación más calurosa, y cuya frescura aumenta o disminuye con el ardor mismo del día; y yo tenía cuidado de adornar todas las mañanas este asilo con mis propias manos y de depositar en él las más hermosas flores. Un día María corrió hacia mí, llena de susto, para anunciarme que, habiendo entrado en la glorieta como de costumbre, encontró, con terror y sorpresa, arrancadas y pisoteadas por el suelo cuantas flores había yo colocado por la mañana; y en su vez, un gran ramo de caléndulas silvestres y recién cogidas puesto en el lugar mismo donde solía ella sentarse. No había vuelto aún de su sorpresa cuando oyó el sonido de una guitarra entre los árboles vecinos, y después una voz, que no era la mía, empezó a entonar con acento suave una canción que le había parecido española, pero de la cual su turbación, y quizá el pudor virginal, no le habían permitido entender otra cosa que su nombre, con frecuencia repetido. Entonces acudió a una huída precipitada, sin que por fortuna encontrara estorbo.

Este relato me llenó de indignación y celos. Mis primeras sospechas se dirigieron al mestizo con quien acababa de tener tan serio altercado; pero en la perplejidad en que me veía, determiné no dar paso alguno de ligero, y consolé a la pobre María, prometiéndole vigilar por su seguridad sin descanso hasta que llegara el momento, ya próximo, en que me fuera lícito protegerla sin disfraz.

Suponiendo, pues, que el atrevido, cuya insolencia había asustado a María a tal extremo, no habría de contentarse con aquella primera tentativa para declararle lo que adiviné ser su amor, resolví aquella misma noche, en cuanto se hubiesen entregado todos al descanso, ponerme de acecho junto a la porción del edificio donde descansaba mi prometida. Escondido en la espesura de las cañas de azúcar y armado de un puñal, me puse en espera y no aguardé largo tiempo en vano. Hacia la media noche, un preludio melancólico y mesurado, que turbó de repente el silencio, a pocos pasos de mí, fijó desde luego mi atención. Semejante ruido obró en el ánimo como una sacudida eléctrica: ¡era una guitarra y estaba bajo las mismas ventanas de María! Furioso y blandiendo el puñal, me lancé hacia el sitio de donde salían los sonidos, rompiendo con mis pisadas los frágiles tallos de las cañas, cuando de repente me sentí agarrar por una fuerza, a mi parecer prodigiosa, y vine a tierra; el puñal me le arrancaron de las manos y le vi brillar sobre mis sienes. Al tiempo mismo, dos ojos encendidos relumbraron entre la obscuridad pegados a los míos, y dos andanadas de dientes, blancos como el marfil, que pude entrever a través de las tinieblas, se abrieron para dejar escapar en acento de cólera estas palabras: Te tengo, te tengo.

Más atónito aun que temeroso, forcejeaba yo en vano con mi formidable adversario, y ya la punta del puñal penetraba por mis vestiduras, cuando María, sobresaltada en su sueño por el sonido de la guitarra y el tumulto de nuestros pasos y clamores, apareció de súbito a la ventana. Reconoció mi voz, vió brillar un puñal y lanzó un grito de dolor y de angustia. Aquel grito penetrante paralizó en cierto modo el brazo de mi victorioso antagonista; se contuvo cual si le hubiese vuelto estatua algún hechizo; recorrió incierto por algunos instantes la superficie de mi pecho con el puñal, y al cabo, arrojándolo de sí, exclamó en francés:

—No, no, que lloraría ella demasiado.

Al concluír estas palabras, desapareció por entre las cañas, y antes que yo, magullado por aquella lucha tan extraña y desigual, tuviese tiempo de incorporarme, ningún rumor, ningún vestigio indicaban o su presencia o el rastro de sus huellas.

Muy difícil me fuera explicar lo que pasó por mí al volver de mi primer asombro entre los brazos de María, para quien me había perdonado la existencia el mismo individuo que amenazaba disputarme su tesoro. Más que nunca me sentía irritado contra este inesperado rival, y corrido de deberle la vida. En el fondo del negocio—me decía mi amor propio—, a María es a quien exclusivamente se la debo, pues que el imperio de su voz fué lo que hizo caer el puñal; pero, con todo, no podía ocultárseme a mis propios ojos que había algo de generoso en el sentimiento que movió a mi desconocido rival al perdonarme. Mas ese rival, ¿quién era? Me confundía en sospechas, que se desvanecían las unas a las otras. No podía ser el mestizo en quien se fijaron primero mis celos, porque estaba muy lejos de poseer aquella fuerza extraordinaria, y, además, su voz era diferente. El individuo con quien luché se me figuró que iba desnudo hasta la cintura, y esta especie de traje no lo usaban en la colonia sino los esclavos; pero no podía ser un esclavo. Sentimientos cual los que le habían inducido a arrojar el puñal no juzgaba que pudiesen pertenecer a un ente de esta clase, y, además, me repugnaba bajo todos conceptos la idea de tener a un esclavo por rival. ¿Quién sería, pues? Determiné callarme y observar.

VII

María había despertado a la anciana nodriza, que le había servido siempre de madre, a quien perdió en la cuna; así, pasé el resto de la noche a su lado, y en cuanto llegó el día, dimos parte a mi tío de tan inexplicable acontecimiento. Su asombro fué extremado; pero tanto su orgullo como el mío no pudo avenirse con la idea de que fuese un esclavo el amante incógnito de su hija. La nodriza recibió órdenes de no separarse de María; y como las sesiones de la asamblea provincial, la inquietud que inspiraba a los principales hacendados el aspecto, cada día más sombrío, de los negocios coloniales; el cuidado, en fin, de sus haciendas, no dejaban a mi tío momento alguno de descanso, me autorizó para que acompañara a su hija en todos sus paseos, mientras llegaba el 22 de agosto, época de nuestro enlace. Al tiempo mismo, empeñado en la creencia de que el nuevo adorador había por fuerza de ser forastero, mandó que se hiciese guardia por todos los confines de sus tierras, de día y de noche, y con mayor vigilancia que jamás anteriormente.

Tomadas tales precauciones de concierto con mi tío, quise yo hacer por mí un ensayo, y así, me encaminé a la glorieta, arreglé cuanto había quedado en desorden la víspera y la adorné con las mismas flores que tenía de costumbre ofrecer a María.

Cuando llegó la hora en que ella solía acudir a aquel retiro, cargué con bala mi escopeta y propuse a mi prima acompañarla al mismo sitio; la nodriza vino con nosotros.

María, sin saber que yo hubiese enmendado los destrozos del día anterior, entró primero en la glorieta.

—Mira, Leopoldo—me dijo—, todo está aquí en el mismo desorden que lo dejamos ayer; mira tu trabajo deshecho, tus flores arrancadas y marchitas; pero lo que me asombra—añadió, cogiendo el ramo de caléndulas silvestres—, lo que me asombra es que este odioso ramo no se haya ajado desde ayer acá; mírale, Leopoldo mío, y dime si no parece acabado de coger.

Yo me había quedado inmóvil de cólera y sorpresa, porque, en efecto, mi tarea de la mañana estaba allí deshecha delante de mis ojos; y aquellas melancólicas y amarillentas flores, cuya frescura extrañaba mi pobre María, habían usurpado con insolencia el puesto de las rosas por mí colocadas.

—Sosiégate—me dijo ella, que percibió mi turbación—; sosiégate, que es una cosa ya pasada, y ese insolente no se atreverá, sin duda, a volver. Arrojemos tales cuidados como yo hago con este odioso ramo.

Tuve buen cuidado de no disipar sus ilusiones, por temor de asustarla, y sin decirle que el que nunca volvería había ya vuelto, le dejé pisotear las caléndulas en su inocente indignación; y luego, creyendo que era llegada la hora de conocer a mi misterioso rival, la hice sentarse en silencio entre su nodriza y yo.

Apenas nos habíamos, en efecto, colocado en nuestro puesto, cuando María se llevó de repente el dedo a la boca, porque un leve son, debilitado entre el susurro del viento y el murmullo de las aguas, acababa de llegar a sus oídos. Púseme a escuchar, y era el mismo preludio lento y melancólico que en la noche anterior había despertado mi ira. Quise lanzarme del asiento; pero un gesto de María me contuvo.

—Detente, Leopoldo—me dijo a media voz—; repara en que va a cantar y a decirnos así probablemente quién sea.

Y no se equivocó María, porque una voz armoniosa, cuyos acentos respiraban a un tiempo mismo algo de varonil y de lastimero, salió en breve de entre lo más espeso de la arboleda y mezcló con los sonoros tonos de una guitarra cierta canción española, que bebieron mis oídos palabra por palabra, con tal ardor que se quedaron éstas grabadas en mi memoria y puedo aun ahora repetir todas sus expresiones:

“¿Por qué huyes de mí, oh, María? ¿Por qué huyes de mí, oh, tierna doncella? ¿De dónde nace ese espanto que hiela tu ánimo cuando me escuchas? ¡Tan terrible aparezco, yo que sé amarte, padecer y cantar!

“Cuando a través de los erguidos cocoteros y de las frondosas alamedas, que baña el río, contemplo deslizarse tus formas puras y aéreas, la vista se me empaña, oh, María, cual si mirase pasar alguna visión celeste.

“Y si escucho, oh, María, los hechiceros y melodiosos acentos que se exhalan de tu boca, juzgo que el corazón acude a latir en mis oídos y mezcla un murmullo lastimero con tu voz armoniosa.

“¡Ay! Tu voz es más suave para mí que el canto mismo de los pajarillos que vuelan libres por la bóveda de los cielos y que vienen de las regiones de mi patria.

“¡De mi patria, donde yo era rey; de mi patria, donde yo era libre!

“¡Libre y rey, oh, doncella! Y todo esto lo olvidaría por ti; olvidaríalo todo: ¡trono, familia, deberes y venganza! Sí, hasta la venganza; aunque ha llegado el instante de madurar ese fruto amargo y delicioso, que tan tardo crece.”

La voz había cantado las estrofas que anteceden, haciendo pausas repetidas y melancólicas; mas al llegar a las últimas palabras, cobró un acento de terrible energía.

“¡Oh, María! Tú eres como la esbelta palma que a los soplos del aura se mece ufana con blando movimiento, y te miras en los ojos de tu amante cual la palma se mira en las cristalinas ondas de la fuente.

“¡Pero qué! ¿Tú lo ignoras por ventura? ¿No sabes que suele alzarse en el desierto un huracán envidioso al contemplar el bien de la fuente preferida? Mírale que llega, y que el aire y la arena se confunden al batir de sus espesas alas; mírale que envuelve al árbol y al manantial en sus abrasadores remolinos. Y la fuente se agota, y siente la palma marchitarse el círculo galano de sus hojas al influjo de aquel mortífero aliento, y se ve despojada de su brillante adorno, majestuoso cual una real corona y elegante cual una verde caballera.

“¡Tiembla, oh, blanca hija de la Española! ¡Tiembla! ¡No sea que todo alrededor tuyo se convierta luego en un huracán y en un páramo sombrío! Entonces llorarás el amor que hubiera podido conducirte hacia mí como el alegre kata, el pájaro de amparo en el desierto, guía hasta la cisterna, por los incultos arenales de Africa, al sediento peregrino.

“¿Ni por qué has de despreciar mi cariño, oh, María? Yo soy rey, y mis sienes descuellan entre todas las frentes humanas. Tú eres blanca, y yo soy negro; pero el día tiene que hermanarse con la noche para dar el ser a los rosados matices de la aurora y a los dorados arreboles de la tarde, más bellos ambos que la luz del mismo día.”

VIII

Un prolongado suspiro, que continuó resonando en las cuerdas de la guitarra, acompañó a estas últimas palabras. Estaba yo fuera de mí: “¡Rey! ¡Negro! ¡Esclavo!” Mil ideas incoherentes, despertadas por la inexplicable canción que acabábamos de escuchar, me hervían en el cerebro; un ímpetu violento, una necesidad de aniquilar al ser desconocido que osaba mezclar el nombre de María con sus cánticos de amor y de amenaza, se había apoderado de mi mente. Agarré, frenético, la escopeta y me arrojé afuera; y mientras María, atemorizada, alargaba los brazos para detenerme, estaba ya metido en lo más espeso de la enramada, hacia el punto donde sonó la voz incógnita. Registré la arboleda en todas direcciones, metí el cañón de mi arma por entre los matorrales, di vuelta a los gruesos troncos, sacudí las crecidas hierbas y... en vano; todo, todo en vano. Tan inútil pesquisa, unida a vagas reflexiones acerca de la canción, añadieron cierta vergüenza a mi cólera. ¡Pues qué!, ¿había siempre de escaparse este insolente rival, tanto de mi brazo cuanto a mi comprensión? ¿No podría ni encontrarle, ni adivinar su ser?... En este momento, un ruido de cascabeles vino a sacarme de mi distracción, y al revolverme con rapidez me encontré al lado con el enano Habibrah.

—Buenos días, amo mío—me dijo, haciéndome una reverencia con sumo respeto; pero en su mirada de reojo, que clavó en mí con disimulo, juzgué observar una inexplicable muestra de malicia y un aire de oculto gozo al contemplar el desasosiego estampado en mi frente.

—Habla—le grité con aspereza—y dime si has visto a alguien en este bosque.

—A nadie más que a usted, señor mío—me respondió con serenidad.

—¡Pues qué! ¿No has oído una voz?—le repliqué.

El esclavo se quedó por algún breve espacio como pensando qué responderme, y yo, hirviendo en ira, proseguí:

—Vamos, respóndeme pronto, infeliz: ¿no has oído por aquí una voz?

Clavó descaradamente en mí sus ojos, redondos como los de un gato montés, y contestó:

—¿Qué quiere decir usted con eso de una voz, mi amo? Hay voces dondequiera y de cualquier especie; hay la voz de los pájaros y la de las aguas; hay la voz del viento meciéndose entre las hojas...

Le interrumpí dándole una fuerte sacudida y diciéndole:

—¡Miserable bufón! Deja de tomarme por tu juguete o te haré escuchar muy de cerca la voz que sale del cañón de una carabina. Respóndeme en cuatro palabras: ¿has oído en este bosque a algún hombre cantar una canción española?

—Sí, señor—me replicó, sin parecer conmovido—; y también oí la letra de la música. Atención, amo mío, que voy a contarle cierta cosa. Me iba yo paseando por las cercanías de este bosque, escuchando lo que me decían al oído los cascabeles de la gorra, cuando el viento vino de repente a añadir a semejante concierto algunas palabras de esa lengua que usted llama el español, la primera que tartamudearon mis labios cuando mi edad se contaba, no por años, sino por meses, y cuando mi madre me llevaba colgado de su cuello con fajas de bayeta roja y amarilla. Yo amo esa lengua porque me recuerda el tiempo en que yo era chiquito y aún no era enano, en que era un niño y no un bufón imbécil; me acerqué, pues, y escuché el fin de la canción.

—¿Y qué?—repuse yo impaciente—. ¿Es eso todo cuanto alcanzas?

—Sí, señor, amo hermoso; pero si usted quiere, le diré quién era el hombre que cantaba.

Creí que iba a abrazar al enano.

—¡Habla, habla, Habibrah! ¡Ahí tienes mi bolsa, y diez bolsas aún más llenas serán tuyas si me enseñas a ese hombre!

Tomó la bolsa, la abrió y se sonrió.

—¡Diez bolsas más llenas que ésta! ¡Qué demonio! ¡Eso haría una fanega llena de pesos con el retrato del rey Luis quince, tantos cuantos bastarían para sembrar las tierras del mágico de Granada Altornino, que poseía la ciencia de hacer crecer buenos doblones! Pero, vamos, no se incomode usted, señorito, que allá voy al grano. Acuérdese usted, señor, de las últimas palabras de la canción: “Tú eres blanca y yo soy negro; pero el día tiene que hermanarse con la noche para dar el ser a los rosados matices de la aurora y a los dorados arreboles de la tarde, más bellos ambos que la luz del mismo día.” Ahora bien: si la canción dice la verdad, el mulato Habibrah, su humilde, esclavo, nacido de un blanco y de una negra, es más hermoso que usted mismo, señorito. Yo soy el producto de la unión del día y de la noche; yo soy la aurora o la tarde de que habla la canción española, y usted no es más que la luz del día. Luego yo soy más hermoso que usted, si usted lo quiere; yo soy más hermoso que un blanco...

Y el enano mezclaba con tan extrañas digresiones grandes carcajadas de risa. Volví entonces a interrumpirle, diciendo:

—¿Adónde vas a parar con tales extravagancias? ¿Acaso nada de lo que hablas puede indicarme quién era el hombre que cantaba en el bosque?

—Exactamente, mi amo—repuso el bufón con una mirada maliciosa—. ¡Claro está que el hombre que llegó a cantar tales extravagancias, como usted las llama, ni podía ser ni es sino un loco como yo! Así me gané las diez bolsas.

Ya tenía el brazo levantado para castigar la insolente bufonada del esclavo emancipado, cuando de repente resonó en el bosque un grito agudo hacia el lado de la glorieta: era la voz de María. Me lancé en aquella dirección, corrí, volé, soñando en la nueva desgracia que pudiera amenazarme, y llegué a la glorieta falto de aliento. Allí, un espectáculo horrible me aguardaba. Un enorme caimán, con el cuerpo medio escondido entre los juncos de la orilla, asomaba la monstruosa cabeza por los arcos de verdes ramas que sostenían el techo del cenador. Su boca, entreabierta y medrosa, amenazaba a un negro, joven y de estatura colosal, que con un brazo sostenía a la amedrentada doncella, mientras con el otro metía con arrojo el hierro de un hacha de carpintero entre las aceradas quijadas del monstruo. El caimán luchaba enfurecido contra aquella mano audaz y robusta que le tenía sujeto. Al instante de aparecer yo en el umbral de la glorieta, soltó María un grito de júbilo, se arrancó de los brazos del negro y vino a caer a mis plantas, exclamando:

—¡Ya estoy salva!

A este movimiento, a estas palabras de María, el negro se volvió con ímpetu, cruzó los brazos sobre el hinchado seno y, clavando sobre mi esposa prometida una mirada de dolor, se quedó inmóvil y como sin apercibirse de que el caimán, cerca de él y desembarazado ya del hacha, iba a devorarle. Perdido estaba sin recurso el intrépido negro si, poniendo con prontitud a María en brazos de su nodriza, que más muerta que viva permanecía sentada en el banco, no me hubiese yo aproximado al monstruo y le hubiera descargado en la boca, que tenía abierta, el tiro de mi carabina. El animal, herido, abrió y cerró por dos o tres veces aún las quijadas llenas de sangre y los ojos empañados; pero esto no fué más que un movimiento convulsivo, y de repente se tendió con gran estrépito sobre el lomo, estirando sus patas gruesas y escamosas, y quedó muerto. El negro, a quien acababa de salvar tan felizmente, volvió la cabeza y contempló los últimos estremecimientos del monstruo; clavó en seguida los ojos en tierra, y alzándolos despacio hacia María, que había acudido a refugiarse en mis brazos para disipar el vestigio de sus temores, me dijo, en un tono de voz que indicaba aún más que la desesperación:

¿Por qué le has muerto?

Y luego se alejó precipitado, sin aguardar mi respuesta, y se ocultó entre la espesura de los árboles.

IX

Aquella terrible escena, aquel extraordinario desenlace, las emociones de toda especie que habían precedido y acompañado a mis inútiles pesquisas en el bosque, se combinaron para lanzar en el caos mi fantasía. María estaba aún con los sentidos paralizados por el susto, y largo tiempo se pasó antes de que pudiésemos manifestarnos nuestros incoherentes pensamientos, a no ser en miradas y abrazos. Al cabo, yo rompí el silencio diciendo:

—Ven, María; salgamos de este lugar, que tiene algo de funesto.

Ella se levantó con ansia, cual si solo hubiera aguardado mi permiso, y, cogiéndome del brazo, nos alejamos de allí. Entonces le pregunté cómo le había llegado el socorro milagroso de aquel negro en el momento del horroroso peligro que acababa de correr, y si sabía quién fuese aquel esclavo, pues el grosero vestido, que apenas tapaba su desnudez, anunciaba bien claro su ínfima condición.

—Ese hombre—respondió María—es, sin la menor duda, alguno de los esclavos de mi padre que estaba trabajando a orillas del río cuando apareció el caimán y me hizo arrojar el grito que te dió aviso de mi peligro. Lo único que sabré decir es que en aquel mismo instante se lanzó del bosque para acudir en mi ayuda.

—¿Y de qué lado vino?—le pregunté.

—Del opuesto al lado de donde salía la voz un momento antes, y por donde acababas tú de meterte entre los árboles.

Esta circunstancia contrariaba el enlace, que no había podido menos de buscar mi ánimo, entre las postreras palabras en español que me dirigió el negro y la canción en el mismo idioma que cantaba mi rival desconocido. Otros puntos de semejanza se me habían ya igualmente presentado a la memoria. Aquel negro, de estatura casi gigantesca y dotado de fuerzas tan prodigiosas, podía muy bien ser el robusto adversario que me venció en la lucha de la noche anterior; la circunstancia de estar medio desnudo se convertía así en un indicio evidente. El cantor de la selva había dicho: “Yo soy negro...”, nueva prueba. Se había anunciado por rey, y éste no era más que un esclavo; pero recordé, no sin asombro, el aire de fuerza y majestad grabado en sus facciones, en medio de los signos característicos de la raza africana; el brillo de sus ojos; la blancura de los dientes, que tanto resaltaba en su piel azabachada; lo ancho de su frente prodigiosa, sobre todo para un negro; la soberbia desdeñosa que lucía en el espesor de sus labios y narices, y que inspiraba a sus facciones tanta fiereza y poderío; la nobleza de su porte; la belleza de sus formas, que si bien adelgazadas y abatidas con el cansancio de un trabajo cotidiano, todavía ostentaban un desarrollo casi hercúleo; recordé, repito, en su conjunto grandioso, el aspecto de este esclavo, y conocí que bien pudiera convenirle a un rey. Entonces, cavilando sobre esta porción de indicios, mis conjeturas se fijaban con ira en el insolente negro y quería mandarle buscar para castigarle... y luego todas mis dudas renacían. A decir verdad, ¿cuál era el fundamento de mis sospechas? Como la isla de Santo Domingo pertenecía en gran parte a España, resultaba de aquí que infinitos negros mezclaban en su lenguaje el idioma español, ya que hubiesen pertenecido primitivamente a colonos de Santo Domingo, ya que hubiesen nacido en su territorio. Y porque aquel esclavo me hubiese hablado unas cuantas palabras en la misma lengua, ¿era esto suficiente, por ventura, para darle por autor de una canción que exigía, a mi entender, un grado de cultura enteramente desconocido de los negros? En cuanto a la singular queja que profirió porque hubiese yo muerto al caimán, anunciaba, es verdad, hastío de la vida; pero nada más fácil de comprender en la condición de un esclavo, sin acudir, a buen seguro, a la hipótesis de un amor imposible hacia la hija de su propio amo. Su presencia en la arboleda de la glorieta pudo muy bien ser casual, y su fuerza y estatura distaban mucho de ser señales suficientes para cerciorarme de su identidad con mi antagonista nocturno. ¿Y por tan débiles indicios había de cargarle ante mi tío de tan terrible acusación y de entregar al implacable encono de su orgullo a un mísero esclavo que mostró tanto valor por defender a mi María...? En el momento que semejantes ideas iban apaciguando mi cólera, María las disipó enteramente diciéndome con aquella voz tan dulce a mis oídos:

—¡Leopoldo mío! ¡Cuánta gratitud debemos a ese buen negro! Sin él estaba perdida, y hubieras llegado tú demasiado tarde.

Estas pocas palabras tuvieron un efecto decisivo. No alteraron mi intento de buscar al negro que había salvado a María; pero cambiaron, sí, el objeto de mis pesquisas: antes fuera para imponer castigo; ahora, para dar una recompensa.

Mi tío supo de mí que debía a uno de sus esclavos la vida de su hija, y me prometió su libertad si lograba reconocerle entre el tropel de tantos desgraciados.

X

Hasta aquel instante, la índole de mi carácter me había alejado de los lugares donde estaban los negros al trabajo, porque me era demasiado penoso ver padecer a mis semejantes sin poder aliviarlos; pero cuando, a la mañana siguiente, me propuso mi tío acompañarle en su visita de ronda, lo acepté con ansia, en la esperanza de encontrar entre los trabajadores al libertador de mi adorada María.

En este paseo alcancé a conocer cuán poderosa es la mirada del señor sobre su esclavo; pero, al mismo tiempo, ¡cuán caro se compra todo este poderío! Los negros, trémulos al aspecto de su amo, redoblaban en nuestra presencia su actividad y sus esfuerzos; mas ¡oh, y qué de odio no se encubría bajo aquel temor!

De condición irascible, estaba ya mi tío próximo a irritarse de que le faltara pretexto para ello, cuando Habibrah, su asiduo compañero, le hizo reparar en un negro que, rendido de cansancio, dormía a la sombra de unas palmas. Mi tío corrió luego hacia aquel desgraciado, le despertó con aspereza y le mandó volver a su tarea sin demora. El negro se levantó asustado, y al levantarse dejó ver un rosal de Bengala, que mi tío cuidaba con esmero, y sobre el cual se había acostado por olvido. El delicado arbusto estaba perdido, y el dueño, ya irritado de la pereza, como él decía, del esclavo, se puso furioso con esta nueva vista. Frenético, tomó el látigo armado de correas con puntas de hierro, que llevaba siempre en sus paseos a la cintura, y alzó el brazo contra el infeliz negro, postrado de rodillas. No descargó, empero, el golpe; jamás podré olvidar aquel momento. Otra mano robusta detuvo de repente la mano del blanco, y un negro—el mismo que yo buscaba—, le dijo en francés:

—Castígame, pues acabo de ofenderte; pero no hagas daño a mi hermano, que tan sólo tocó a tu rosal.

La intervención inesperada del hombre a quien debía yo la salvación de María, su gesto, sus miradas, el eco imperioso de su voz, me hirieron cual un rayo. Pero su generosa imprudencia, lejos de hacer avergonzarse a mi tío, sirvió tan solo de acrecentar su cólera y traspasarla del delincuente a su defensor. Exasperado, se soltó de brazos del negro gigante, y, colmándole de amenazas, alzó de nuevo el látigo para azotarle. Esta vez le arrancaron el látigo de la mano. El negro rompió el mango lleno de clavos como puede romperse una paja, y holló bajo sus pies aquel vil instrumento de venganza. Estaba yo inmóvil de sorpresa, y mi tío, de ira; era para él una cosa inaudita el ver su autoridad así menospreciada: los ojos estaban como prontos a saltar de su órbita, y los lívidos labios se estremecían con un movimiento convulsivo. El esclavo le contempló un instante con sosiego, y en seguida, alargando con dignidad una hoz que empuñaba en sus manos:

—Blanco—le dijo—, si deseas pegarme, toma siquiera esta hacha.

Mi tío, fuera de sí, hubiera sin duda accedido a la súplica, y se precipitaba sobre el instrumento de muerte, cuando yo intervine a mi vez. Me apoderé con prontitud de la hoz y la arrojé en el pozo de una noria vecina.

—¿Qué haces?—preguntó mi tío con arrebato.

—Ahorrarle a usted—le respondí—el pesar de injuriar al defensor de su hija. Este es el esclavo a quien le debemos la salvación de María, y para el que tengo obtenida promesa de libertad.

El momento no era a propósito para recordar promesas semejantes, y mis palabras apenas hicieron el menor efecto en el ánimo enconado de su autor.

—¡Su libertad!—me replicó con aire sombrío—. Sí, merece el término de su cautiverio. ¡La libertad! Ya veremos de qué especie es la que le concede el consejo de guerra.

Tan fúnebres palabras me helaron de espanto, y en vano María y yo reunimos nuestros ruegos. El negro que por su descuido había ocasionado esta escena fué azotado, y a su defensor le condujeron a los calabozos del castillo de Galifet, inculpado de alzar la mano contra un blanco, crimen que del esclavo a su señor trae consigo la pena capital.

XI

Ya podrán ustedes imaginarse, señores, hasta qué grado habían avivado mi interés y curiosidad tales circunstancias. Empecé a hacer indagaciones respecto del preso, y el resultado me proporcionó relaciones a lo sumo extrañas. Dijéronme que todos sus compañeros manifestaban el mayor respeto hacia aquel joven, y que esclavo él mismo, le bastaba una mínima señal para hacerse obedecer. No había nacido en la hacienda, ni se le conocía ni padre ni madre, y aseguraban que pocos años atrás había aportado en un buque negrero a las playas de Santo Domingo. Esta circunstancia hacía aún más notable el imperio que ejercía sobre todos sus compañeros, sin exceptuar siquiera a los negros criollos, los que, como ustedes sabrán quizá, profesan por lo común el más profundo desprecio hacia los negros congos, expresión, impropia por lo demasiado general, con la que se designaba en la colonia a todos esclavos traídos del Africa.

Aun cuando parecía absorto en excesiva melancolía, su fuerza extraordinaria, junto a su habilidad maravillosa, le hacían un ente inapreciable para las faenas de la finca. Andaba a la noria por más tiempo y más de priesa que el mejor caballo y a veces le sucedió despachar en un solo día la tarea de diez de sus camaradas, por libertarlos del castigo a que estarían sujetos o por indolencia o por cansancio. Así es que era adorado por los esclavos; pero la veneración que le tributaban, muy diversa del terror supersticioso que les infundía el bufón Habibrah, parecía que dimanaba de alguna causa secreta: era una especie de culto.

—Lo que hay de más extraño—me decían—es el verle tan blando y llano de condición con sus iguales, que se glorian de obedecerle, como altivo y orgulloso con los capataces de nuestras cuadrillas.

Justo, por otra parte, será el decir que estos esclavos privilegiados, eslabones intermedios que en cierto modo ligaban entre sí la cadena de la servidumbre y la del despotismo, reuniendo a la ruindad de su condición la insolencia de su autoridad, se tomaban un placer maligno en colmarle de trabajo y de vejaciones. Parece, sin embargo, que no podían dejar de respetar el sentimiento de orgullo que le arrastró a cometer el ultraje contra mi tío. Ninguno de ellos había osado imponerle castigos humillantes, y si por ventura le habían amenazado, veinte negros se levantaban luego para sufrir en su lugar la sentencia, y él, inmóvil, presenciaba aplicarles la pena, como si en ello no hubiese hecho más que cumplir con sus deberes. Este hombre extraordinario era conocido en la hacienda con el nombre de Pierrot.

XII

Todos estos pormenores exaltaron mi imaginación juvenil, mientras María, llena de gratitud y compasión, participaba y aplaudía mi entusiasmo; y de tal manera se granjeó Pierrot nuestra simpatía, que me determiné a verle y servirle de ayuda. Empecé, pues, a pensar en los medios de hablarle.

Aunque en extremo joven, era yo, como sobrino de uno de los hacendados más opulentos del Cabo, capitán de milicias en la parroquia del Acul. El castillo de Galifet estaba entregado a nuestra custodia y a la de un destacamento de dragones amarillos, cuyo jefe, por lo común un suboficial, tenía el mando de la fortaleza. Sucedió cabalmente que el comandante a la sazón era hermano de un hacendado pobre, a quien tuve la fortuna de poder hacerle importantes favores, y pronto, por lo tanto, a sacrificarse por mí...

En esto, todo el auditorio interrumpió a D’Auverney, nombrando a Tadeo.

—Lo han adivinado, señores—repuso el capitán—; y ahora les será fácil comprender que no me costó trabajo lograr que me diera entrada en el calabozo del negro. Como capitán de milicias, tenía yo derecho para visitar el castillo; pero, a fin de no inspirar sospechas a mi tío, encendido aún en cólera, tuve cuidado de ir a la hora en que dormía su siesta. Los soldados, también con excepción de los centinelas, estaban entregados al sueño, y sin que nadie nos observara, llegué, guiado por Tadeo, a la puerta del calabozo. Tadeo la abrió y se retiró, y yo me entré adentro.

El negro estaba sentado porque su estatura no le permitía permanecer erguido, y no se hallaba solo, pues un enorme perrazo se levantó en seguida y vino hacia mí gruñendo.

¡Rask!—gritó el negro.

Y el cachorro calló y volvió a echarse a los pies de su amo, donde acabó de devorar algunos miserables alimentos.

Yo iba vestido de uniforme, y la luz que difundía en el reducido calabozo una claraboya era tan escasa que Pierrot no alcanzaba a distinguir quién yo fuese.

—Estoy pronto—me dijo con tono sereno.

Y al acabar estas palabras se medio incorporó, y volvió a repetir:

—Estoy pronto.

—Yo creía—le dije, sorprendido con la soltura de sus movimientos—que tenías grillos.

La emoción me puso la voz trémula, y él pareció no reconocerla. Entonces empujó con el pie algunos escombros, que dieron un sonido metálico, y respondió:

—¡Los grillos! Los he roto.

Y había en el acento con que pronunció tales palabras algo como que daba a entender: “No he nacido para arrastrar cadenas.”

Yo repuse:

—Tampoco me habían dicho que tuvieses un perro.

—Yo le he dado entrada—replicó.

A cada paso crecía mi admiración. La puerta del calabozo estaba cerrada por la parte exterior con triples cerrojos, y la claraboya, que apenas tendría seis pulgadas de ancho, estaba resguardada con dos barras de hierro. Pareció como que comprendía mis cavilaciones, porque, levantándose en cuanto la bóveda, demasiado baja, se lo permitía, movió de su puesto sin esfuerzo un enorme sillar, situado debajo de la claraboya; arrancó las rejas, enclavadas en la pared por encima de esta piedra, y abrió de esta manera un boquete por donde podían entrar dos hombres sin estorbo, y que estaba al andar de una arboleda de plátanos y cocoteros, que cubre el morro adonde el fuerte estaba adosado.

La sorpresa me dejó mudo, y, en esto, un rayo de luz, entrando por la abertura, iluminó de súbito mi semblante. El preso dió un salto como si hubiese puesto por azar el pie sobre una serpiente, y golpeó con la frente las piedras de la bóveda. Una mezcla indescifrable de mil encontrados afectos, una muestra extraña de odio, de cariño y de doloroso asombro, lucieron rápidamente en sus ojos; pero recobrando por un esfuerzo repentino el dominio sobre sus pensamientos, la fisonomía, cuando más no fuera, volvió en menos de un instante al anterior sosiego, y, clavando su vista en la mía, me contempló cara a cara como a un desconocido, diciendo:

—Puedo vivir aún dos días sin comer.

Hice un gesto de horror al reparar entonces en lo descarnado de su aspecto, y él prosiguió:

—Mi perro no quiere comer sino de mi mano, y si yo no hubiera agrandado la claraboya, se habría muerto de hambre el pobre Rask. Más vale que sea yo el que muera y no él, porque, al cabo, de cualquier modo he de morir.

—¡No!—exclamé—. ¡No perecerás tú de hambre!

No me comprendió, y contestó, sonriéndose con amargura:

—Verdad es que hubiera podido vivir aún dos días sin comer; pero siempre estoy pronto, señor oficial, y mejor es hoy que mañana. Lo que pido es que no se le haga daño a Rask.

Entonces me apercibí de lo que daba a entender con su frase estoy pronto. Acusado de un crimen que se castigaba con pena de muerte, creyó que yo venía para conducirle al patíbulo, y aquel hombre, dotado de fuerzas colosales, le decía sereno a un mero niño Estoy pronto, cuando todos los medios de huída estaban a su arbitrio.

—Que no se le haga daño a Rask—repitió de nuevo.

A esto no pude contenerme:

—Pues ¿qué—le dije—, no sólo me tomas por tu verdugo, sino que hasta dudas de mi humanidad hacia este pobre perro, que ningún mal ha hecho?

Se enterneció y se le alteró la voz al decirme, alargándome la mano:

—Perdóname, blanco, porque quiero mucho a mi perro; y los tuyos—añadió después de una breve pausa—, los tuyos me han causado muchos males.

Le abracé, le apreté la mano, le saqué de su error y le pregunté:

—Pues qué, ¿no me conoces?

—Sabía que eres un blanco, y para los blancos, por buenos que sean, ¡es un negro tan poca cosa! Además, no me faltan razones para quejarme de ti.

—¿En qué?—repuse atónito.

—¿Pues no me has conservado por dos veces la vida?

Tan extraña acusación me movió a risa, y, apercibiéndose, añadió con amargura:

—Sí, debería guardarte rencor. Me has salvado de un caimán y de un amo blanco, y, lo que es peor, me has arrebatado el derecho de aborrecerte. ¡Oh, soy muy desgraciado!

La singularidad de sus ideas y su lenguaje no me movían ya casi a admiración, porque estaban en armonía consigo propio, y sin hacer alto en ello, le respondí:

—Mucho más te debo de lo que tú a mí, porque te debo la vida de mi futura esposa, de María.

Padeció como si fuese una conmoción eléctrica.

—¡María!—dijo con voz apagada.

Y dejó caer la cabeza entre las manos, que se retorcían con violencia, mientras penosos gemidos querían como reventarle el pecho. Confieso que mis amortiguadas sospechas se despertaron, pero sin cólera ni celos. Estábamos ambos demasiado próximos, yo a la dicha y él a la muerte, para que semejante rival, aun siéndolo, pudiese excitar en mí otras ideas que las de afecto y lástima.

Levantó, por fin, la cabeza, y me dijo:

—Anda, no me lo agradezcas.

Y después de otra pausa, prosiguió:

—¡Y, sin embargo, yo no soy de sangre inferior a la tuya!

Esta frase revelaba un género de ideas que excitó vivamente mi curiosidad, y le insté que me manifestase quién era y lo que había padecido; pero él se mantuvo en tétrico silencio. Con todo, mi acción le había afectado, y mis ofertas de servirle y mis instancias parece que vencieron su disgusto hacia la vida, porque salióse y volvió a entrar, trayendo en las manos algunos plátanos y un enorme coco, y, cerrando en seguida la abertura, se puso a comerlos. Conversando con él, noté que hablaba con soltura el francés y el español, y que su ingenio no parecía desprovisto de cultura; entre otras cosas, sabía algunas canciones españolas, que cantaba con suma expresión. Este hombre era tan inexplicable bajo otros mil conceptos, que hasta ahora no me había chocado la pureza de su lenguaje; pero cuando traté de investigar la causa, permaneció callado. Al fin nos separamos, dejando yo orden dada a mi fiel Tadeo para que tuviera con él todos los miramientos y atenciones posibles.

XIII

Todos los días regresaba a verle a la misma hora; pero su causa me inspiraba grandes temores, pues, a pesar de todos nuestros ruegos, mi tío se obstinaba en acusarle. No le oculté mis inquietudes a Pierrot, pero él me escuchaba siempre con indiferencia.

A menudo entraba Rask mientras estábamos juntos, llevando por collar una gran hoja de palma. El negro se la desataba, leía los caracteres desconocidos que venían allí grabados y la rompía en seguida. En cuanto a mí, estaba ya enseñado por la experiencia a no hacerle preguntas ociosas.

Un día que entré sin que, al parecer, hiciese alto en mí, estaba vuelto de espaldas hacia la puerta del calabozo, cantando con tono melancólico la canción española Yo, que soy contrabandista. Cuando hubo concluído, se volvió precipitadamente y me dijo:

—Hermano, prométeme, si en algún tiempo desconfías de mí, disipar todas tus sospechas si me oyes cantar esta tonada.

Su aire era imponente, y sin entender muy a las claras lo que significaban tales palabras: si en algún tiempo desconfías de mí, le juré cuanto apetecía. Tomó entonces la cáscara del coco que cogió el día de mi primera visita, y que desde aquel momento conservaba, la llenó de vino de palmas, me incitó a llevármela a los labios y luego bebió todo el licor de un solo trago. Desde aquel momento ya no me dió otro nombre que el de hermano.

Mientras tanto, yo empezaba a concebir algunas esperanzas. Mi tío se había apaciguado un tanto, y los regocijos para celebrar mi próximo casamiento con su hija le habían inclinado el ánimo a ideas de mayor blandura. A cada paso le hacía presente que Pierrot no llevaba intenciones de ofenderle, sino de estorbarle un acto de severidad quizá excesiva; que ese negro, por su atrevida pelea con el caimán, había salvado a María de una muerte segura; que le debíamos ambos, él a su hija y yo a mi esposa; que, además, Pierrot era el más vigoroso de sus esclavos—porque no soñaba ya en obtener su libertad, sino que se contentaba con su vida—; que él, a solas, trabajaba tanto como otros diez negros cualesquiera; y, en fin, que sobraba con sus brazos para poner en movimiento los cilindros de un molino de azúcar. Mi tío me escuchaba y aun me daba a entender que quizá haría desistimiento de la queja. Sin embargo, no le hablé al negro de mis esperanzas, queriendo gozar del placer de anunciarle su libertad por entero si la conseguía; pero lo que causaba admiración era el ver que, creyéndose próximo a la muerte, no se aprovechaba de los medios de fuga de que disponía. Cuando se lo manifesté, respondió con frialdad:

—Juzgarían que tengo miedo.

XIV

Una mañana vino hacia mí María inundada de gozo, y lucía en su dulce semblante algo de más angelical aun que los contentos del amor más puro. Era el pensamiento de una buena acción.

—Escucha—me dijo—: dentro de tres días llegarán el 22 de agosto y nuestra boda. Pronto...

Yo le interrumpí, contestando:

—No digas pronto, María, cuando faltan tres días aún.

Se sonrió, ruborizándose, y prosiguió:

—No me turbes, Leopoldo, que me ha venido una idea que te pondrá contento. Sabes que ayer fuí a la ciudad con mi padre para comprar los tocados para mi casamiento; no que me importen esos brillantes ni esas joyas, que no me han de hacer más hermosa a tus ojos, porque yo daría todas las perlas del mundo por una de aquellas flores que me quitó el tunante del ramo de caléndulas; pero, al fin, mi padre quiere colmarme de tales regalos y tengo que aparentar deseo por complacerle. Ayer vimos una basquiña floreada de raso de China, metida en un cofrecito de palo de olor, que me llamó mucho la atención. Es cosa muy cara, pero muy extraña y muy bonita. Mi padre observó lo mucho que yo la miraba, y cuando volvimos a casa le pedí que me prometiera concederme una súplica, al modo de los antiguos paladines; ya sabes cuánto le gusta que se le compare con los caballeros antiguos. Me juró, pues, por su honor que me concedería la primera cosa que le pidiera, fuese cual fuese, y se figura que será la basquiña de raso de China; pero nada de eso, que será la vida de Pierrot. Este será mi regalo de boda.

No pude menos de estrechar a aquel ángel entre mis brazos; y como la palabra de mi tío era cosa sagrada, mientras que María iba a reclamar su cumplimiento, yo acudí de carrera al castillo de Galifet para anunciarle a Pierrot su perdón, ya positivo.

—¡Hermano!—le grité al entrar—. ¡Hermano, regocíjate, que tu vida está en salvo! María la ha pedido a su padre por regalo de boda.

El esclavo se estremeció.

—¡María! ¡Boda! ¡Mi vida! ¿Cómo pueden hermanarse tales cosas?

—Es muy sencillo—le respondí—. María, a quien le salvaste la vida también, se casa...

—¿Con quién?—exclamó el esclavo, y sus miradas eran desatentadas y terribles.

—¿Pues no lo sabes?—le repliqué con blandura—. Conmigo.

Entonces su formidable rostro volvió a aparecer amistoso y resignado.

—¡Sí! Verdad es. ¡Contigo!—me dijo—. ¿Y cuál es el día señalado?

—El 22 de agosto.

—¡El 22 de agosto! ¿Estás demente?—repuso con expresión de temor y congoja.

Aquí se detuvo y le miré atónito. Después de un breve rato de silencio, me estrechó la mano con fervor.

—Hermano, en cuanto cabe debo mi boca darte un consejo. Créeme: anda, ve a la ciudad del Cabo y celebra tu casamiento antes del día 22.

En vano quise averiguar el sentido de aquellas enigmáticas palabras.

—Adiós—me dijo con voz solemne—. Quizá ya he dicho demasiado; pero aborrezco aún más la ingratitud que el perjurio.

Me separé, pues, de él lleno de indecisión e inquietud, las cuales, sin embargo, pronto se disiparon entre las ilusiones de mi ventura.

Aquel mismo día retiró mi tío su querella, y yo volví al castillo para dar suelta a Pierrot. Tadeo, sabiendo que estaba libre, entró conmigo en el encierro; pero... Pierrot había desaparecido. Rask, que se encontraba solo, se me acercó haciéndome fiestas, y como reparé que traía atada al cuello una hoja de palma, se la quité y leí lo que sigue: Gracias, hermano, porque me has salvado por tercera vez la vida. Hermano, no olvides tus promesas. Y debajo estaban escritas, en lugar de firma, las palabras Yo, que soy contrabandista.

Tadeo estaba aún más asombrado que yo, porque ignoraba el secreto de la abertura en la pared, y se le ocurrió si el negro se habría transformado en perro. Yo le dejé creer cuanto se le antojara, contentándome con exigirle el secreto sobre lo que había presenciado. También quise llevarme a Rask; pero al salir del castillo se metió por las malezas, y luego le perdí de vista.

XV

Mi tío se indignó con la evasión del esclavo. Mandó hacer pesquisas, y escribió al gobernador para que pusiesen a su disposición a Pierrot, en caso de encontrarlo.

Llegó en esto por fin el 22 de agosto, y mi enlace con María se celebró con gran pompa en la parroquia del Acul. ¡Cuán feliz fué aquel día, en que iban a tener comienzo mis desgracias! Estaba yo embriagado de cierto júbilo, que no sabré explicar a quien no lo haya experimentado, y a Pierrot y a sus funestos vaticinios los arrojé del todo de mi memoria. Vino, al cabo, la ansiada noche, y mi tierna esposa se retiró al aposento nupcial, donde no pude seguirla tan luego como lo apetecía. Un deber penoso, pero indispensable, reclamaba antes mi presencia: el empleo de capitán de milicias exigía que saliese de ronda por los cuerpos de guardia de la vega. Semejante precaución se había hecho en aquella época imperiosamente necesaria, de resultas de los disturbios de la colonia; de los levantamientos aislados de los negros, tentativas que, si bien con facilidad sofocadas, se habían repetido en los meses de junio y julio, y aun a los principios de agosto, en las haciendas de Thibaud y Lagoscette; y de resultas, en fin, y más principalmente, de las pésimas disposiciones de los mulatos libres, agriados y no atemorizados con la justicia, aun reciente, del rebelde Ogé. Mi tío fué el primero en recordarme mi obligación, y tuve que resignarme a cumplirla. Vestí, pues, mi uniforme y salí. Visité los primeros puestos sin encontrar motivos de recelo; pero hacia la media noche, cuando recorría distraído las baterías a orillas del mar, vi despuntar en el horizonte una vislumbre rojiza, que fué creciendo y extendiendo sus resplandores por el lado de Limonade y de San Luis de Morin. Al pronto, los soldados y yo lo atribuímos todos a algún incendio casual; mas un momento después, las llamas se hicieron tan visibles, y el humo, empujado por el viento, acrecentó y espesó a tal punto sus remolinos, que tomé con rapidez el camino de la fortaleza para dar la alarma y enviar socorros. Al pasar por junto las chozas de nuestros negros, me quedé admirado de la agitación que reinaba. La mayor parte estaban aún en pie y hablaban entre sí con viveza extraordinaria, de modo que un nombre extraño, Bug-Jargal, se repetía con frecuencia en medio de aquella su ininteligible jerigonza. Logré, sin embargo, coger varias palabras cuyo sentido anunciaba, a mi entender, que los negros de la llanura del norte estaban en insurrección abierta y entregaban a las llamas los plantíos y habitaciones situadas al otro lado de la ciudad del Cabo. A la par tropecé con el pie, al atravesar un pantano, en un montón de hachas y azadones escondidos entre los juncos y los mangles. En zozobra, y no sin causa, hice ponerse al punto sobre las armas a todos los milicianos del Acul, y mandé vigilar a los esclavos. Con esto volvió todo a entrar en el sosiego de costumbre.

Pero, mientras tanto, parecía como si el estrago creciera a cada instante y fuera avecinándose al Limbé; hasta había quien se imaginaba oír el estrépito lejano de los cañones y de las descargas de fusilería. Hacia las dos de la mañana, mi tío, a quien había despertado, no pudiendo calmar su ansiedad, me ordenó dejar en el Acul parte de la milicia al mando del teniente, y, obedeciendo a sus preceptos, porque, según dejé ya dicho, era diputado de la asamblea provincial, salí con el resto de mis soldados en dirección del Cabo, cuando María estaba o aguardándome o entregada al sueño.

Jamás olvidaré el aspecto de la ciudad al tiempo de aproximarme. Las llamas, que iban ya devorando las haciendas de sus contornos, esparcían un lúgubre reflejo, obscurecido por los torrentes de humo, que el viento empujaba por las calles. Chorros de chispas encendidas, producidas por las leves e inflamadas hojas de la caña y lanzadas con violencia por el viento, cual espesos copos de nieve, sobre los techos de las habitaciones y la jarcia de los barcos fondeados en la bahía, amenazaban a cada instante a la ciudad del Cabo con un incendio no menos espantoso del que ardía en sus inmediaciones. Era un espectáculo horrible e imponente el ver por una parte a los pálidos vecinos exponiendo la vida por disputarle al crudo azote el único asilo que de tantas riquezas aún conservaban, mientras por otra los buques, temerosos de igual suerte y favorecidos siquiera por aquel viento, tan funesto para los infelices habitantes, se alejaban a toda vela por un mar teñido por los sanguíneos resplandores del incendio.

XVI

Aturdido con el cañoneo de los fuertes, el clamor de los fugitivos y el lejano ruido de los edificios desplomados, no sabía hacia qué punto encaminar mi tropa, cuando nos encontramos en la plaza de armas con el capitán de los Dragones amarillos, que nos sirvió de guía. No me detendré, señores, en describir el cuadro que ofrecía la campiña incendiada. Bastantes hay que han pintado estos primeros desastres del Cabo, y mi ánimo necesita pasar de ligero por tales recuerdos, que encierran en sí fuego y sangre. Me contentaré así con decir que los negros insurgentes eran ya dueños del Dondon, de la Madriguera Roja, de la aldea de Onanaminte y hasta de los desgraciados plantíos del Limbé, lo que me llenó de zozobra, a causa de su proximidad al distrito del Acul.

Corrí precipitado al palacio del gobernador, M. de Blanchelande, donde todo se hallaba en la mayor confusión, incluso la cabeza del dueño, y le pedí órdenes, suplicándole encarecidamente que proveyera a la seguridad del Acul, que se tenía ya por amenazado. Estaban con él M. De Rouvray, mariscal de campo, y uno de los más ricos hacendados de la isla; M. De Touzard, teniente coronel del regimiento del Cabo; algunos miembros de ambas asambleas, general y provincial, y muchas personas de viso en la colonia, y en el momento de mi entrada, esta especie de consejo estaba en deliberación con extraordinario desorden.

—Señor gobernador—decía un miembro de la asamblea provincial—, demasiado cierto es eso. Son los esclavos y no la gente de color libre. Ya hace largo tiempo que lo teníamos anunciado y predicho.

—Ustedes lo decían, pero sin creer en ello—respondió agriamente un miembro de la asamblea colonial, llamada general—. Lo decían para ganarse crédito a expensas nuestras; pero tan lejos estaban de creer en un levantamiento formal, que las intrigas de su asamblea fueron las que desde 1789 inventaron aquella famosa y ridícula rebelión de tres mil esclavos en los montes del Cabo, rebelión en la que se redujeron los muertos a un guardia nacional, y aun ése murió a manos de sus propios compañeros.

—Repito—repuso el provincial—que vimos más claro, y la causa es muy sencilla. Nosotros nos quedamos aquí para observar los negocios de la colonia, mientras su asamblea de ustedes se fué a Francia en busca de aquella risible pompa, que acabó en una reprimenda de la representación nacional; ridiculus mus.

El diputado de la asamblea general respondió con amargo desdén:

—Todos hemos sido reelectos unánimemente por nuestros conciudadanos.

—Ustedes—replicó el otro—han dado causa con sus exageraciones a que se paseara por las calles la cabeza del infeliz que entró en un café sin la cucarda tricolor, y de que se ahorcara al mulato Lambert con pretexto de una petición que empezaba por estas palabras inusitadas: “En nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.”

—¡Falso!—exclamó el de la general—. Eso proviene de la lucha de los principios con los privilegios, de los jorobados y de los torcidos.

—¡Ya me lo tenía yo tragado que usted era un independiente!

A semejante apodo del diputado de la asamblea provincial, su adversario respondió con aire de triunfo:

—Eso es declararse usted un plumero blanco, y le felicito por la confesión.

Quizá la disputa hubiese pasado aún más adelante si el gobernador no se metiera de por medio.

—Vamos, señores, ¿qué tiene nada de eso que ver con el peligro inminente que nos amenaza? Aconséjenme ustedes en vez de insultarse los unos a los otros. He aquí los partes que me han llegado a las manos. La rebelión estalló esta noche, a las diez, entre los negros del ingenio de Turpin. Los esclavos, acaudillados por un negro inglés, a quien llaman Bouckmann, han arrastrado tras sí a los de las fincas de Clément, Trémès, Flaville y Noé. Han incendiado todas las haciendas y asesinado a los amos, cometiendo crueldades inauditas. Un solo hecho bastará para que puedan ustedes comprender de lleno tales horrores: ¡el cadáver de un niño ensartado en una lanza les sirve de bandera!

Una exclamación general interrumpió a M. De Blanchelande.

—Eso es lo que pasa por las afueras—continuó—. En lo interior de la población, todo anda trastornado. Muchos vecinos del Cabo han dado muerte a sus esclavos porque el miedo los ha hecho crueles; los más compasivos o más valientes se han contentado con encerrarlos bajo llave. La población blanca pobre acusa de tales desastres a los pardos de color, y varios mulatos estuvieron para caer víctimas del furor popular; de modo que, para libertarlos, les he dado a todos por refugio una iglesia, donde están custodiados por un batallón. Por fin, ahora, para probar que no son cómplices de los negros, los pardos me piden armas y que se les señale un punto de defensa.

—No se haga tal—prorrumpió una voz, que luego reconocí por la del hacendado sobre quien recaían sospechas de no tener muy limpia la sangre, y que tuvo poco antes conmigo un desafío—. No se arriesgue usted, señor gobernador, a darles armas a los mulatos.

—Pues qué, ¿no quiere usted batirse?—le dijo con aspereza uno de los concurrentes.

Pero él, no dándose por entendido, prosiguió:

—Los mulatos son nuestros peores enemigos, y los únicos de temer. Confieso que una rebelión era de esperar; pero de su parte, y no de la de los esclavos. ¿Acaso los esclavos son nada de por sí?

El pobre hombre creía, con tales invectivas contra los mulatos, destruir en el ánimo de los blancos que le oían la idea de que perteneciese a aquella casta tan degradada; pero era demasiado ruin su intento para que se le lograse, como lo dió a entender un murmullo de desaprobación.

—Sí, señor—dijo el anciano general Rouvray—; sí, señor; los esclavos son algo, porque son cuarenta contra tres, y en mal lance nos veríamos si no tuviéramos para hacer frente a los negros y a los mulatos otros blancos que los de su especie de usted.

El hacendado se mordió los labios.

—Mi general—repuso el gobernador—, ¿qué opina usted de la petición de los mulatos?

—Darles armas, señor gobernador, y correr a todo trapo—respondió M. De Rouvray.

Y luego, encarándose con el pobre sospechado, añadió:

—Ya lo oye usted, caballero, y es tiempo de que vaya a tomar sus armas.

El hacendado, humillado, salió del aposento dando indicios de una ira reconcentrada. Mientras tanto, los clamores de angustia que resonaban por toda la ciudad se oían crecer de momento en momento en la estancia del gobernador y recordaban a los circunstantes el motivo de la conferencia. M. De Blanchelande entregó a uno de sus ayudantes una orden escrita de prisa con lápiz, y rompió el lúgubre silencio en que todos escuchaban aquel espantoso rumor:

—Señores, ya se les va a dar armas a los pardos; pero aún nos quedan muchas disposiciones por tomar.

—Es preciso convocar la asamblea provincial—dijo el diputado de la misma, que tenía la palabra en el momento que yo entré.

—¡La asamblea provincial!—repuso su antagonista el de la colonial—. ¿Qué significa tal asamblea?

—¡Porque usted es diputado de la asamblea colonial!—repuso el plumero blanco.

El independiente le interrumpió:

—No conozco la colonial mejor que la provincial. No hay más asamblea que la general, ¿entiende usted, señor?

—Pues bien—replicó el plumero blanco—: yo os digo que la asamblea nacional de París es la única.

—Convocar la asamblea provincial—repetía, riendo, el independiente—; como si no hubiera sido disuelta desde el momento en que la general decidió celebrar sus sesiones aquí.

Una reclamación universal salió del auditorio, fatigado de tan ociosas disputas.

—Mientras ustedes, señores diputados, se entretienen en pamplinas semejantes—dijo un refaccionista—, ¿qué se hace de mi algodonal y el plantío de cochinilla?

—¿Y de mis cuatrocientas mil matas de añil que tengo en el Limbé?—añadió un hacendado.

—¿Y de mis esclavos, pagados a treinta pesos, uno con otro?—prorrumpió el capitán de un buque negrero.

—Cada minuto que se pierde—proseguía otro hacendado—me cuesta, con el reloj y el arancel en la mano, diez quintales de azúcar, que, a diez y siete pesetas el quintal, hacen ciento treinta libras, y diez sueldos en moneda de Francia.

—La colonial, a que usted llama general—continuó uno de los contendientes, dominando el bullicio a fuerza de pulmones—, es una usurpadora. Que se quede en Puerto Príncipe fabricando y expidiendo decretos para dos leguas en cuadro de territorio, y que nos deje aquí en sosiego. El Cabo está bajo la jurisdicción del Congreso provincial del Norte, y de nadie más.

—Yo sostengo—respondió el independiente—que su excelencia el señor gobernador no goza de derecho para convocar otra asamblea que la general de los representantes de la colonia, presidida por M. De Cadusch.

—Pues ¿adónde está ese presidente?—preguntó el plumero blanco—. ¿Adónde está su asamblea? Ni cuatro individuos han llegado, mientras la provincial entera se halla presente. ¿Querría usted, por casualidad, representar en su sola persona a toda una asamblea y a toda una colonia?

Esta rivalidad de entrambos diputados, fieles órganos de sus corporaciones respectivas, exigió de nuevo la intervención del gobernador.

—¿Adónde van ustedes a parar, señores, con sus sempiternas asambleas provincial, general, colonial, nacional?... ¿Servirá de mucho para ilustrar a esta corporación invocar así el nombre de otras tres o cuatro?...

—¡Voto a Dios!—gritó con voz de trueno el general Rouvray, dando una fuerte palmada en la mesa del Consejo—, ¡y qué endemoniados parlanchines! ¡Mejor quisiera habérmelas a voces con un cañón de a veinticuatro! ¿Qué se nos da de esas dos asambleas que se disputan el paso como dos compañías de granaderos al subir a la brecha? Pues bien, señor gobernador: lo mejor será convocarlas a ambas, y yo organizaré con ellas dos batallones para salir a campaña contra los negros. Veremos si hacen tanto ruido con los fusiles como con la lengua.

Después de esta áspera rociada, volviéndose hacia mí, que estaba a su lado, me dijo a media voz:

—¿Qué quiere usted que haga un gobernador nombrado por el rey entre dos asambleas de Santo Domingo que se pretenden soberanas? Los habladores y los abogados son quienes lo echan todo a perder aquí, como en la metrópoli. Si yo tuviera la honra de ser el señor teniente general, pondría de patas en la calle a toda esa canalla, diciéndoles: El rey, reina, y yo mando; enviaría a Barrabás la responsabilidad hacia esos llamados representantes, y con diez cruces de San Luis, prometidas a nombre de Su Majestad, encerraría en un abrir y cerrar de ojos a todos los rebeldes en la isla de la Tortuga, habitación en algún tiempo de otros bandidos semejantes, los piratas. Joven, acuérdese usted de lo que le digo. Los filósofos engendraron a los filántropos, quienes procrearon a su vez a los negrófilos, los que nos van dando a luz los matablancos, que así se llamarán mientras se les busca un nombre griego-latino. Esas fingidas ideas liberales con que se embriagan en Francia son un veneno bajo la latitud de los Trópicos. Convenía tratar a los negros con blandura, pero no llamarlos a una emancipación tan repentina. Todos los horrores que se ven hoy en Santo Domingo provienen de la sociedad patriótica de Massiac, y la insurrección de los esclavos no es más que un golpe de rebote de la toma de la Bastilla.

Mientras que el veterano me explicaba sus opiniones políticas, respirando franqueza y convencimiento, seguían los tempestuosos debates. Un hacendado del corto número que participaba del frenesí revolucionario, y que tomaba el título de ciudadano general C..., porque había servido de caudillo en algunas escenas de carnicería, exclamó:

—Antes se necesita dar ejemplos que pelear. Las naciones exigen lecciones terribles: atemoricemos, pues, a los negros. Yo soy quien apaciguó los levantamientos de junio y julio poniendo en la entrada de mi finca cincuenta cabezas de negros clavadas cada cual en una estaca y colocadas como árboles a estilo de alameda. Que cada uno dé su cuota para la proposición que voy a hacer, y defendamos las murallas del Cabo con los negros que aún nos quedan.

—¿Cómo?... ¡Qué imprudencia!—empezaron todos a decir.

—Ustedes no me comprenden, señores—repuso el ciudadano general—. Hagamos un cordón con cabezas de negros que rodee la ciudad desde el castillo de Picolet hasta la punta del Caracol, y sus compañeros los insurgentes no se atreverán a acercarse. En circunstancias como las presentes es menester sacrificarse por el bien general, y yo lo haré el primero. Quinientos negros me quedan sumisos, y los pongo a disposición de la Junta.

La propuesta se recibió con un movimiento general de horror y voces unánimes de “¡Horrible! ¡Abominable!”

—Medidas de esa naturaleza son las que lo han arruinado todo—dijo otro hacendado—. Si no se hubieran dado tanta prisa en ajusticiar a los insurgentes de junio y julio, se habría podido coger el hilo de la conspiración, y no que ahora el verdugo lo ha cortado con su hacha.

El ciudadano C... observó por algunos instantes el silencio propio de un despechado, y luego empezó a refunfuñar entre dientes:

—Pues, con todo, me tenía y me tengo por persona no sospechosa. Soy amigo de todos los negrófilos del mundo, y corresponsal de Brissot y de Pruneau de Pomme-Gouge en Francia; de Hans Sloane, en Inglaterra; de Magaw, en América; de Pezll, en Alemania; de Olivarius, en Dinamarca; de Wadstrohm, en Suecia; de Peter Paulus, en Holanda; de Avendaño, en España, y del abate Pedro Tamburini, en Italia.

A medida que adelantaba en su catálogo de negrófilos, iba alzando la voz, y, por último, concluyó con decir:

—¡Pero aquí no se entiende pizca de filosofía!

M. De Blanchelande pidió por tercera vez que se recogieran los votos.

—Señor gobernador—dijo una voz—, mi parecer es que nos embarquemos todos en el Leopardo, que está en la bahía.

—Que se pregone la cabeza de Bouckmann—dijo otro.

—Que se le envíe un aviso al gobernador de la Jamaica—dijo el tercero.

—Sí, para que nos mande otra vez el risible socorro de quinientos fusiles—respondió un diputado de la provincial—. Lo mejor será enviar una consulta a Francia y aguardar la respuesta.

—¡Aguardar!, ¡aguardar!—prorrumpió M. De Rouvray con energía—. Y los negros, ¿aguardarán? Y la llama, tan vecina, que va a devorar a la ciudad, ¿aguardará también? M. De Touzard, mande usted tocar generala; agarre artillería y salga con sus granaderos y cazadores contra el grueso de los rebeldes. Usted, señor gobernador, establezca campamentos en todas las parroquias de Levante y guardias de observación en Trou y en Vallieres, y yo me encargo de las vegas del castillo del Delfín. Dirigiré los trabajos; mi abuelo, que era maestre de campo del regimiento de Normandía, ha servido a las órdenes del señor mariscal de Vauban; yo he estudiado a Folard y Bezont, y tengo un poco de práctica en defender un país abierto. Además, como las vegas del fuerte del Delfín, rodeadas casi por el mar y las fronteras españolas, parecen una península, se defenderán en cierta manera por sí solas. Igual ventaja presenta la península del Muelle. En fin, aprovechémonos de todo, y manos a la obra.

El lenguaje enérgico y positivo del militar de experiencia acalló de repente toda la discordancia de votos y de opiniones. El general acertaba, y aquel instinto que cada cual posee para distinguir lo que le conviene, reunió todos los pareceres al de M. De Rouvray; y mientras el gobernador le manifestaba en un apretón amistoso de la mano cuánto agradecía el valor de sus consejos, bien que dados a modo de orden, y la importancia de su auxilio, el resto de la concurrencia reclamaba la pronta ejecución de dichas medidas. Los únicos dos diputados de entrambas asambleas rivales aparentaban disentir del asenso general, y cada cual en su rincón hablaba entre dientes de usurpación de facultades por parte del poder ejecutivo, de resoluciones atropelladas y de exigir la responsabilidad.

Yo aproveché la coyuntura para arrancarle a M. De Blanchelande las órdenes que con tal anhelo solicitaba, y salí, a fin de reunir mi tropa y ponerme de nuevo en marcha hacia el Acul, no obstante el cansancio de que todos, excepto yo, daban muestras.

XVII

Iban ya despuntando los primeros albores de la mañana cuando acudí a la plaza de Armas, despertando a los milicianos, que dormían echados en sus capotes, mezclados con los Dragones encarnados y amarillos, con los fugitivos del llano, con los ganados que mugían y balaban, y con los efectos de toda especie introducidos en la ciudad por los dueños de haciendas. En medio de tal desorden, iba ya logrando poner mi escasa fuerza en orden, cuando vi acudir hacia mí, a escape tendido, un dragón amarillo, cubierto de sudor y de polvo, y, adelantándome a su encuentro, supe con espanto, a las pocas y entrecortadas palabras que pronunció, que mis temores se habían realizado, que la insurrección se había propagado por las vegas del Acul y que los negros habían puesto sitio al castillo de Galifet, donde se habían refugiado la milicia y los hacendados blancos. Y aquí convendrá decir que el castillo de Galifet era de muy poca importancia, pues en Santo Domingo se le daba aquel pomposo nombre a cualquier fortín de campaña.

No había, pues, ni un momento que perder. Busqué cuantos caballos me fué dable para montar mi tropa, y sirviéndome el dragón de guía, llegamos a la hacienda de mi tío hacia las diez de la mañana. Apenas eché una mirada sobre aquellos magníficos plantíos, convertidos en un mar de llamas que despedían de su seno espesas olas de humo, entre las cuales cruzaban, arrebatados como leves chispas por el viento, gruesos troncos de árboles vomitando fuego. El espantoso crujir del incendio, como que respondía a los aullidos lejanos de los negros rebeldes, a quienes alcanzaba a oír, aunque no a divisar. Sólo me acusaba un pensamiento, del que no podía distraerme la pérdida de tantas riquezas de que hubiera sido dueño: ¡el salvar a María! Después de conseguirlo, ¿qué me importaba el resto? Sabía que estaba encerrada en el castillo, y mi única súplica a Dios era la de llegar a tiempo. Sólo esta esperanza me alentaba en mis penas y me daba las fuerzas y los bríos de un león.

Por fin, a una vuelta del camino, se descubrió el castillo de Galifet, con el estandarte tricolor ondeando aún en sus murallas, defendidas por un vivo fuego de fusilería. Solté un grito de placer:

—¡A galope, amigos; riendas sueltas y meted espuelas!—dije a mis compañeros.

Y, redoblando el paso, nos arrojamos a campo a traviesa hacia el castillo, a cuyas plantas se veía la habitación de mi tío, desmantelada, pero en pie aún e iluminada por los rojizos reflejos del incendio, que todavía no había hecho en ella presa, pues el viento soplaba de la mar y estaba aislada de cualquier otro edificio.

Una multitud de negros guarecidos en la casa se mostraban a la vez en el ventanaje todo y aun en los techos, y sus armas y antorchas relucían en medio de los incesantes disparos que hacían al castillo, mientras otro y más numeroso tropel de sus camaradas subía, caía y volvía a subir de nuevo por los muros de la fortaleza, rodeados de escalas. Aquellas oleadas de negros, sin cesar rechazados y sin cesar asomando sobre aquellos cenicientos paredones, se asemejaban a un enjambre de hormigas que procuran ascender por la concha de una gruesa tortuga, y de cuyas molestias se liberta de rato en rato el tardo animal con una sacudida.

Tocábamos, por fin, en las obras avanzadas del fuerte, y con la vista fija en el asta de bandera, animé a mis soldados, invocando el nombre de sus familias, recogidas cual la mía al amparo de aquellos muros, en cuyo socorro íbamos. Una aclamación general me respondió, y, formando mi reducido escuadrón en columna, estaba pronto a dar la voz de carga contra el tropel de los asaltantes. En este momento, un grito agudo salió del recinto de la fortaleza; un espeso remolino de humo envolvió todo el edificio, extendiendo por algún espacio sus vaporosos pliegues en derredor de las murallas, de donde salía un rumor semejante al de un horno encendido, y, alzándose luego en el aire, nos dejó ver el castillo de Galifet, dominado por una bandera roja, anuncio de la cabal catástrofe.

XVIII

No diré lo que por mí pasó a la vista de aquel horrible espectáculo. Con vergüenza lo confieso; pero la toma del castillo, la muerte de sus defensores, la carnicería de veinte familias, tamaño, en fin, y tan universal estrago, no me ocupó ni por un instante. ¡María, perdida para mí, arrebatada de mis brazos a las pocas horas de aquella en que me había sido confiada para siempre, perdida por mi culpa, pues si no la hubiera abandonado la noche anterior para ir al Cabo por orden de mi tío, hubiese podido siquiera estar a su lado, y morir junto a ella, y con ella y en su defensa, que casi era no perderla! Tales y tan amargas ideas hicieron subir mi dolor al punto de frenesí. Había en mi desesperación algo de remordimiento.

En esto, mis compañeros clamaron irritados:

—¡Venganza!

Y con el sable en la boca y las pistolas empuñadas en ambas manos, nos metimos por medio de los rebeldes vencedores. Aun cuando en número muy superior, los negros huían al acercarnos; pero delante y detrás, por derecha e izquierda, iban asesinando a los blancos y apresurándose a incendiar el fuerte; nuestro furor se acrecentaba con su cobardía.

A una puerta del castillo se me presentó Tadeo, cubierto de heridas.

—Mi capitán—dijo—: su Pierrot de usted es un hechicero, un obí, como dicen esos condenados negros, o, cuando menos, un diablo. Nos estábamos sosteniendo y ustedes llegaban, con lo que quedaba todo remediado, cuando se entró en la fortaleza no sé por dónde, y cate usted ahí... En cuanto a su señor tío, y su familia... y la señora...

—¿Y María?—le interrumpí—. ¿Dónde está María?

En este momento, un negro de alta estatura salió de entre un parapeto incendiado, llevándose una mujer joven, que gritaba y luchaba en sus brazos. La joven era María; el negro era Pierrot.

—¡Pérfido!—le grité, y le apunté con una de mis pistolas.

Pero otro de los esclavos rebeldes corrió a cubrirle del tiro, y, atravesado por la bala, cayó muerto a mis pies.

Pierrot se volvió, y pareció como que me dirigía algunas palabras, y luego se escondió con su presa entre una maleza de cañas medio abrasadas. Un momento después atravesó un perro, llevando en la boca la cuna del hermano menor de María. También reconocí al perro, que era Rask, y, transportado de ira, le disparé la segunda pistola, pero erré la puntería.

Eché a correr como insensato, siguiéndole las huellas; pero mis dos viajes en el curso de la noche, tantas horas pasadas sin tomar descanso ni alimento, mis temores acerca de María, la súbita mudanza del colmo de la fortuna al último grado de las desdichas, tantas violentas emociones del ánimo más aun que las fatigas del cuerpo, habían agotado mis fuerzas. A los pocos pasos empecé a vacilar, se me anubló la vista y di en tierra con un desmayo.

XIX

Al volver en mí, me encontré en la habitación arruinada de mi tío y entre los brazos de Tadeo, que, lleno de bondad, tenía clavados en mí los ansiosos ojos.

—¡Victoria!—gritó en cuanto sintió al tacto reanimárseme el pulso—. ¡Victoria, los negros van de vencida y el capitán ha resucitado!...

Interrumpí su grito de alegría con mi eterna pregunta:

—¿Dónde está María?

Yo aún no había coordinado mis pensamientos; conservaba la idea, mas no el recuerdo exacto de mis infortunios. Tadeo bajó la cabeza. Recobré entonces la memoria, trayendo a la imaginación la horrible noche de mis bodas, y la figura de aquel negro gigante arrebatando a María al través de las llamas, se me renovó cual visión infernal. El horrendo relámpago que acababa de iluminar a la colonia y de enseñar a los blancos un enemigo en cada cual de sus esclavos, me hizo reputar a aquel Pierrot tan bueno, tan generoso, tan fiel, que me debía tres vidas, por un ingrato, un rival y un monstruo. El robo de mi mujer, en la noche de nuestro enlace, me confirmaba en las anteriores sospechas, y claramente reconocí que el músico incógnito de la glorieta era el mismo execrable raptor de María. ¡Cuánta mudanza en tan escasas horas!

Tadeo me dijo que en balde se había afanado en seguir a Pierrot y a su perro; que los negros se habían retirado, aunque su número era muy suficiente para aniquilar nuestras cortas fuerzas, y que el incendio de los bienes de mi familia seguía su curso, sin que fuese posible atajarlo.

Le pregunté si sabía del paradero de mi tío, a cuyo aposento me habían conducido; me agarró en silencio de la mano, y, llevándome hacia su cama, descorrió el cortinaje. Allí yacía mi desgraciado tío, sobre su lecho ensangrentado, con un puñal hondamente clavado en el corazón; y por el sosiego de las facciones se conocía que le habían herido en brazos del sueño. La camilla del enano Habibrah, que acostumbraba a dormir a sus pies, también estaba salpicada de sangre, y manchas idénticas se veían en el estrambótico ropaje del pobre juglar, arrojado en el suelo a corta distancia del lecho. No me quedó, pues, duda de que el bufón había sido víctima de su conocida fidelidad a mi tío, y que había perecido a manos de sus camaradas, quizá en defensa de su señor. Echéme entonces con severidad en cara las preocupaciones que me habían hecho concebir juicios tan errados sobre el carácter de Pierrot y de Habibrah, y con las lágrimas que me arrancó el fin trágico y prematuro de mi tío vinieron a mezclarse algunos recuerdos pesarosos de su desdichado enano. Di orden para que se buscara el cuerpo; pero las pesquisas fueron vanas, suponiendo yo que los negros habrían cargado con él y arrojándolo a las llamas; y en las honras fúnebres que hice celebrar a mi padre adoptivo, mandé recitar algunas oraciones por el descanso del alma de su fiel Habibrah.

XX

El castillo de Galifet quedaba arruinado, nuestras haciendas habían desaparecido, y era tan excusado cuanto imposible permanecer por más largo tiempo entre aquellos escombros. En la tarde misma regresamos al Cabo.

Llegados allí, una fiebre ardiente se apoderó de mí. Los esfuerzos que hube intentado para domar mi desesperación eran demasiado violentos, y la cuerda, estirada sin mesura, saltó, y caí en un profundo delirio. Todas mis esperanzas burladas, mi amor profanado, mi amistad vendida, mi porvenir perdido, y, sobre todo, los implacables celos, trastornaron mi juicio, y juzgaba sin cesar que veía las llamas circular por mis venas. La cabeza se me partía y las furias me desgarraban las entrañas. Me representaba a María en poder de otro dueño, de otro amante; en poder de un esclavo, de Pierrot. Dicen que en aquellos momentos me arrojaba del lecho, y eran necesarios seis hombres para impedir que me deshiciera el cráneo contra las paredes. ¡Ah! ¿Por qué no me dejaron entonces morir?

La crisis pasó. Los médicos, los cuidados de Tadeo y no sé qué fuerza vivificante de la juventud vencieron el mal, aquel mal que hubiera podido ser un bien tan grande. Curé al cabo de diez días, y no me afligí por ello. Me alegré de poder vivir algún tiempo más para vengarme.

Apenas convalecido, fuí a solicitar del señor De Blanchelande que me pusiese en servicio activo, y quiso él confiarme la defensa de algún punto fortificado; pero yo le supliqué que me agregara en clase de voluntario a cualquiera de las columnas volantes que acostumbraban a hacer expediciones contra los negros para barrer el país. Mientras tanto, se había fortificado de ligero la ciudad del Cabo, y la insurrección seguía haciendo espantosos progresos. Los negros de Puerto Príncipe empezaban a conmoverse; Biassou hacía de cabeza de los del Limbé, el Dondon y el Acul; Juan Francisco se había declarado generalísimo de los rebeldes de las vegas de Maribarou; Bouckmann, famoso más adelante por su trágico fin, recorría con sus secuaces las riberas de la Limonade, y, por último, las bandas de Morne-Rouge habían aclamado por caudillo a un negro llamado Bug-Jargal.

El carácter de este último, a dar crédito a lo que de él se decía, contrastaba de una manera extraordinaria con la ferocidad de sus iguales. Al paso que Bouckmann y Biassou inventaban mil géneros de muerte para los prisioneros que caían entre sus garras, Bug-Jargal se apresuraba a facilitarles medios para salir de la isla. Los primeros celebraban contratos con las lanchas españolas que cruzaban por la costa y les vendían de antemano los despojos de los desgraciados a quienes precisaban a la fuga; Bug-Jargal, por el contrario, había echado a pique varios de estos piratas. M. Colas de Maigné y otros ocho hacendados de distinción fueron desatados por su mandato de la rueda donde los tenía ya ligados Bouckmann para darles tormento, y se contaban de él otros mil actos de generosidad que serían demasiado largos de referir.

Sin embargo, mi sed de venganza no parecía próxima a saciarse, pues no había vuelto a oír hablar de Pierrot. Los rebeldes, al mando de Biassou, seguían hostigando al Cabo, y aun tuvieron una vez el arrojo de subir al cerro que domina la ciudad, costando no poco trabajo el rechazarlos a los cañones de la ciudadela. Entonces el gobernador resolvió acorralarlos hacia lo interior de la isla. La milicia del Acul, el Limbé, Ouanaminta y Maribarou, unidas al regimiento del Cabo y a las terribles compañías de Dragones amarillos y encarnados, formaban nuestro ejército de operaciones. La milicia del Dondon y de Quartier-Dauphin, reforzadas con un cuerpo de voluntarios a las órdenes del comerciante Poncignon, guarnecían la plaza. El gobernador trató primero de desembarazarse de Bug-Jargal, quien le incomodaba en sus movimientos y le alarmaba con sus diversiones. Envió, pues, en su busca la milicia de Ouanaminta, con un batallón del Cabo; pero la columna regresó a los dos días en completa derrota. El gobernador se obstinó en destruir a Bug-Jargal, y mandó salir a las mismas tropas con cincuenta dragones amarillos y cuatrocientos milicianos de Maribarou de refuerzo. Esta segunda expedición quedó más maltratada aún que la primera, y Tadeo, que formaba parte, concibió tal despecho, que me juró, ya de vuelta, vengarse de Bug-Jargal...

Una lágrima brotó de los párpados de D’Auverney; cruzó los brazos y pareció durante algunos minutos como arrobado en dolorosa distracción; mas al fin prosiguió así.

XXI

—Llegó luego la noticia de que Bug-Jargal había salido de Morne-Rouge, dirigiéndose con sus tropas camino de la sierra para reunirse con Biassou. El gobernador se colmó de gozo, y decía, restregándose las manos:

—¡Los cogimos!

Al siguiente día, el ejército colonial había avanzado una legua, y los insurgentes, abandonando a nuestra aproximación Port-Margot y el castillo de Galifet, donde habían establecido un puesto, defendido por gruesas piezas de artillería de sitio, procedentes de las baterías de la costa, se retiraron a paso acelerado hacia los montes. El gobernador estaba no cabe más satisfecho, y así proseguimos en nuestra marcha. Cada cual, al pasar por aquellas áridas y asoladas llanuras, trataba de saludar por última vez, con una ojeada de pesar, el lugar donde existieron sus haciendas, su habitación, sus riquezas, y, a menudo, ni aun siquiera nos era dado conocer el sitio.

A veces nos atajaba el paso el fuego que de los plantíos había cundido por las sabanas y los bosques. En aquellas regiones donde el suelo está aún virgen y la vegetación es tan feraz, la quema de un bosque va acompañada de singulares fenómenos. De lejos, y aun antes de verlo, se oye el incendio rugir con el estruendo de una catarata; los troncos de los árboles que estallan, las ramas que chispean, las raíces que crujen dentro de la tierra, las crecidas hierbas que susurran, el silbido de las llamas al lanzarse por la atmósfera, todo despide por el aire un sordo rumor, que ya mengua o ya redobla con los estragos del destructor elemento. A veces se mira un cinto de verdes árboles que por largo espacio rodean con sus intactas copas el foco de la ardiente hoguera. De súbito aparece en el extremo del fresco cortinaje una lengua de fuego: una culebra de azuladas llamas asciende en veloces roscas por los troncos, y con instantánea mudanza, el frente todo del bosque desaparece bajo un velo de oro movedizo; todo arde a la vez y se consume. Entonces un dosel de humo baja por intervalos, movido por los ímpetus del viento, y envuelve a la llama entre sus sombras. Corre y descorre los pliegues de su opaco manto, se eleva y se abate, se disipa y se espesa; ya vence la obscuridad, y ya una franja de esplendente fuego resalta con vigor en los contornos; ya, por fin, resuena un violento estallido, y la franja desaparece, y el humo se levanta y despide al disiparse una lluvia de rojizas pavesas, que por largo espacio va cubriendo la tierra.

XXII

A la tarde del tercer día entramos por las gargantas del Río Grande, mientras se calculaba que los negros estarían a veinte leguas de distancia entre las sierras. Asentamos nuestros reales en un cerro de escasa altura, que, según estaba despojado, parecía haberles servido para el mismo fin. La posición no era favorable; pero estábamos ajenos de todo recelo. Dominaban al cerro por todos lados peñas tajadas a pico y cubiertas de enmarañados bosques, la aspereza de cuyas lomas había hecho señalar aquel sitio con el nombre de Doma-Mulatos. El río Grande corría a espalda del campamento, y, encajonado entre ambas orillas, iba por allí estrecho y profundo. Las márgenes, en rápida pendiente, estaban salpicadas de malezas y arbustos impenetrables a la vista con su espesura, y, a menudo, hasta sus aguas quedaban encubiertas por las guirnaldas de bejucos que, colgando del tronco de los arces entre sus flores rojizas, enlazaban sus vástagos de la una a la otra orilla y, cruzándose en modos miles, formaban sobre la corriente inmensos toldos de verdura. A la vista que los contemplaba desde lo alto de los vecinos riscos aparecían cual húmedas praderas aljofaradas con el rocío de la mañana. Tan sólo el murmullo de las aguas o el vuelo inesperado de algún pato silvestre rompiendo por la florida cubierta indicaban el curso del río.

Pronto cesó el sol de dorar las puntiagudas cumbres de los lejanos montes del Dondon, y poco a poco se fueron tendiendo las sombras por el campamento, y sólo el graznido de las grullas vino a turbar el silencio universal, o bien el mesurado paso de los centinelas. De repente, el himno terrible de Oua-Nassé y del Campo del Grand-Pré resonó sobre nuestras cabezas; las palmas y los cedros que coronaban los riscos rompieron en llamas, y a las blanquecinas vislumbres del incendio vimos cubiertas las próximas alturas de innumerables bandadas de negros y mulatos, cuyo cobrizo cutis parecía bermejo a los resplandores del fuego. Estas eran las tropas de Biassou.

El peligro era inminente. Los jefes, despiertos con sobresalto, corrían a formar sus soldados; las cajas batían generala; las cornetas y clarines, el toque de alarma; nuestras líneas se formaban en tumulto, y los rebeldes, en vez de aprovechar la confusión en que nos veíamos, nos contemplaban inmóviles entonando el cántico de Oua-Nassé.

Un negro gigantesco apareció solitario en la cima del más elevado pico a la margen del río; una pluma color de fuego ondeaba sobre su frente; en la diestra mano empuñaba un hacha, y un rojo pendón en la siniestra. Reconocí luego a Pierrot, y si hubiera tenido a mano una carabina, quizá la rabia me hubiese inducido a cometer alguna vileza. El negro repitió el coro del himno de Oua-Nassé, clavó su bandera en la cumbre de la peña, arrojó el hacha entre nuestras filas y se sepultó en las ondas del río; un vivo pesar sentí en el corazón temiendo que no había de morir por mis manos.

Entonces los negros comenzaron a despeñar sobre nuestras columnas inmensas moles de piedra, y un granizo de balas y de flechas descargó sobre el cerro. Nuestros soldados, furiosos de no poder medirse con los asaltantes, expiraban con amarga desesperación, aplastados por las peñas, acribillados por las balas o traspasados por las saetas. Espantosa confusión reinaba por todo el ejército. De súbito, un rumor horrible pareció como que salía del centro de las aguas del río Grande, y pasaba allí, en efecto, una extraña escena. Los Dragones amarillos, maltratados en lo sumo por los peñascos que los negros nos arrojaban desde lo alto de la sierra, concibieron la idea de ponerse al abrigo bajo las flexibles bóvedas de bejucos de que estaba cubierto el río. Tadeo, que fué el primero en discurrir este medio, a la verdad ingenioso...—

Aquí la narración se vió interrumpida de repente.

XXIII

Hacía ya más de un cuarto de hora que el sargento Tadeo, con el brazo derecho colgando de una banda, se había metido en la tienda sin que nadie hiciera alto, y, acurrucado en un rincón, se contentaba con expresar por sus gestos lo mucho que se interesaba en la historia del capitán, hasta que, llegado el momento en que no le pareció regular dejar pasar un elogio tan directo sin dar las gracias a D’Auverney, empezó a decir, medio tartamudeando:

—Eso es mucha bondad, mi capitán.

Soltaron todos la carcajada, y, volviéndose D’Auverney, le preguntó con aspereza:

—¿Cómo es eso, Tadeo? ¿A qué tiene usted que venir aquí? ¿Y su brazo?

A un lenguaje tan extraño para sus oídos, las facciones del veterano se entristecieron, y tropezando y echando la cabeza hacia detrás como para contener las lágrimas que asomaban a sus párpados, respondió por fin en voz muy baja:

—No creía yo, nunca lo creyera, que mi capitán había de ser tan duro con su sargento que le tratara de usted.

El capitán se levantó con precipitación:

—Perdóname, amigo, perdóname, que no sé lo que me he dicho. Vamos, Tadeo, ¿me perdonas?

Soltó por fin rienda a las lágrimas el sargento, aunque muy a pesar suyo, diciendo:

—Esta es la tercera vez; pero ahora es llorar de gozo.

La paz estaba ajustada; mas siguióse un breve silencio.

—Pero, dime, Tadeo—preguntóle el capitán con blandura—, ¿por qué te has salido del hospital para venirte aquí?

—Con licencia, mi capitán; pero quería saber si hay que ponerle mañana al caballo la mantilla de galones.

Enrique se echó a reír.

—Mejor hubieras hecho, Tadeo, en preguntarle al cirujano si habías de ponerte dos onzas de hilas en el brazo herido.

—O en averiguar—prosiguió Pascual—si podrías beber un poquito de vino para refrescarte; por el pronto, aquí está el aguardiente, que por fuerza te hará provecho. Vaya un trago, sargento.

Tadeo se adelantó, hizo un respetuoso saludo, dió sus excusas por agarrar el vaso con la mano izquierda, y le vació con un brindis a la salud de la concurrencia. Esto le infundió bríos.

—Estaba usted, mi capitán, en el momento que... que... ya, pues sí, yo fuí el que propuse entrarnos por los bejucos para que no muriera a pedradas gente cristiana. El oficial, que no sabía nadar y tenía miedo de ahogarse, se oponía con empeño, hasta que, con licencia, caballeros, vió un canto, que a poco no le estruja, caer en la madre del río, sin hundirse en las hierbas. “Más vale—dijo entonces—morir como Faraón de Egipto que no como San Esteban, porque nosotros no somos santos, y Faraón era militar como cualquiera de nosotros.” Conque así, mi oficial, que ya conocerán ustedes que era sujeto de muchas letras, se avino a mi parecer a condición que haría yo el primero la prueba. Voy, pues, y me bajo por la orilla y salto debajo del toldo, agarrándome a las ramas de encima, cuando digo: “Mi capitán, siento que me tiran de una pierna”; me resisto, grito por socorro y me empiezan a dar de sablazos, cuando vea usted aquí que acuden todos los dragones y se meten de mogollón, como diablos, debajo de los bejucos. Sin que nadie lo supiera, los negros de Morne Rouge estaban allí agazapados para probablemente embestirnos por las espaldas un momento después. ¡Vaya, y la que se armaría en el agua! No era buen rato para pescar con caña. Cada cual peleaba, juraba y gritaba como mejor y más podía. Ellos, como estaban desnudos, andaban más listos; pero nuestros golpes eran más duros que los suyos. Se nadaba con un brazo y peleábamos con el otro, como siempre se hace en tales casos; y los que no sabían nadar, digo, mi capitán, se colgaban por una mano de los bejucos, y los negros les tiraban de los pies. En medio de la función, reparé en un negrazo que se defendía como Belcebú contra ocho o diez de los míos; me fuí hacia allá nadando y conocí a Pierrot, llamado también Bug... Pero esto no debe decirse hasta después. ¿Verdad, mi capitán? Reconocí a Pierrot, y, como desde la toma del fuerte andábamos peleados, le agarré por el pescuezo, y él iba ya a sacudirse de mí con una puñalada, cuando me miró a la cara, y, en lugar de matarme, se entregó; que fué una lástima, mi capitán, porque si no se hubiera entregado... Pero eso queda para más adelante. En cuanto los negros le vieron prisionero, se nos echaron todos encima para rescatarle, de modo que también los milicianos se venían al agua para darnos socorro; hasta que él, conociendo que todos los negros iban a quedarse allí, les dijo algunas palabras que serían un exorcismo, porque los puso a todos en huída. Se zambulleron, y en un abrir y cerrar de ojos no quedaba uno. Aquella batalla debajo del agua tenía algo de agradable, y me hubiera entretenido si no hubiera perdido un dedo y mojado diez cartuchos, y si... ¡pobrecillo!, ¡pero estaba escrito, mi capitán!

Y el sargento, después de llevarse, en ademán de saludo militar, la mano a la gorra de cuartel, la levantó hacia el cielo con gesto de inspirado.

D’Auverney parecía entregado a un violento desasosiego.

—Sí—dijo—, sí; tienes razón, Tadeo, que aquélla fué una noche fatal...

Y se hubiera perdido en sus acostumbradas y melancólicas distracciones si la concurrencia no le hubiese instado con empeño para que prosiguiera, cual así lo hizo.

XXIV

Mientras la escena que Tadeo acaba de pintar...—Tadeo, triunfante, fué a colocarse detrás de su capitán—, mientras la escena que Tadeo acaba de pintarnos pasaba a espaldas del cerro, yo había conseguido trepar de mata en mata con algunos de los míos hasta la cima de un pico llamado el Pavo Real por los brillantes reflejos que despedían a la luz del sol las peñas de su cumbre. Este pico se hallaba a igual altura que las posiciones de los negros, y, mostrado el camino, pronto estuvo cubierto de milicianos, con cuyo refuerzo comenzamos un fuego muy vivo de fusilería. Los negros, peor armados, no podían respondernos con tanto calor, y empezaron a desalentarse, con lo que redoblamos nuestros esfuerzos, y pronto tuvieron precisión los rebeldes de evacuar las peñas más vecinas, aunque cuidando antes de hacer rodar sus muertos sobre el resto del ejército, que estaba aún tendido en batalla en la loma. Entonces cortamos y atamos con bejucos algunos de aquellos enormes árboles del algodón silvestre de que fabricaban los habitantes de la isla canoas para cien remeros. Con ayuda de este puente improvisado pudimos cruzar a los riscos abandonados por el enemigo, y parte considerable de nuestras fuerzas se encontraron en posición ventajosa. Semejante aspecto enfrió el valor de los insurgentes al paso que nuestro fuego continuaba. En esto se alzó por el ejército de Biassou un rumor lastimoso, en que iba mezclado el nombre de Bug-Jargal, y cundió por entre sus filas gran espanto. Varios negros de Morne-Rouge aparecieron en lo alto de la peña, adonde ondeaba el rojo pendón; se postraron en tierra, arrancaron luego el estandarte y se arrojaron con él a los abismos del río. Todo parecía denotar que su caudillo estaba o muerto o prisionero.

Nuestro ánimo subió de punto en grado tal, que me resolví a arrojar al arma blanca a los rebeldes de los peñascos que todavía ocupaban. Hice echar otro puente volante entre el peñón en que estábamos y el pico más cercano, y me lancé el primero en medio de los negros. Mis soldados iban a seguirme cuando uno de los rebeldes hizo de un hachazo volar el puente en astillas, y los troncos, deshechos, cayeron por el precipicio, golpeando en las rocas con horroroso estruendo. Al ruido volví la cabeza, y en aquel instante mismo me sentí agarrar por seis o siete negros que me desarmaron. Luché con toda mi fuerza, cual un león; pero ellos me sujetaron, y sin atender a la lluvia de balas que mis soldados hacían caer en su alrededor, me ataron con cuerdas hechas de la corteza de los árboles. La única cosa capaz de mitigar mi desesperación eran los gritos de victoria que escuché resonar un momento después, y en seguida vi a los negros y mulatos subir en desorden por las más ásperas cuestas, lanzando clamores de terror. Mis guardianes imitaron el ejemplo, y, cargándome el más robusto sobre sus espaldas, me condujo a los bosques saltando de peña en peña con la agilidad de una cabra montés. Pronto cesó de alumbrarnos el resplandor de las llamas; pero el débil reflejo de la luna fué para él luz suficiente, acortando tan sólo un poco la rapidez de su paso.

XXV

Después de atravesar malezas y cruzar torrentes, llegamos a un elevado valle, de aspecto en alto grado salvaje, y lugar que me era absolutamente desconocido. Este valle, situado en el riñón de la sierra que se llama en Santo Domingo las montañas dobles, consistía en una vasta y verde llanura aprisionada entre paredes de peña viva y cubierta de arboledas de pinos, guayacos y palmitos. El frío penetrante que siempre reina en aquella región de la isla se hacía sentir aún más en el fresco de la madrugada, porque los primeros albores de la aurora iban despuntando en la blancura de las cercanas y elevadísimas cumbres, y el valle permanecía envuelto en profundas tinieblas o alumbrado tan solo por las numerosas hogueras que encendían los negros, pues aquél era el punto señalado de reunión donde los miembros dislocados de su ejército acudían en desorden. Los negros y los mulatos llegaban por momentos en turbas despavoridas, lanzando gritos de dolor o aullidos de rabia, y nuevas hogueras, que brillaban entre las sombras del valle cual los ojos de un tigre, anunciaban a cada instante cómo se iba ensanchando el círculo del campamento.

El negro que me tenía prisionero me puso al pie de una encina, desde donde contemplaba con indiferencia aquel extraño espectáculo. El negro me ató por la cintura al tronco del árbol en que estaba recostado; apretó los espesos nudos, que me impedían todo movimiento; me plantó en la cabeza su gorro encarnado, como anuncio quizá de que yo era cosa de su pertenencia, y cuando se hubo así asegurado de que ni podía escapar ni serle arrebatado por otros, hizo ademán de alejarse. Me resolví entonces a dirigirle la palabra, y le pregunté en dialecto criollo si pertenecía a la división del Dondon o de Morne-Rouge. Se detuvo, y me replicó con gesto de orgullo:

—De Morne-Rouge.

Me vino luego a las mientes un pensamiento. Había oído hablar de la generosidad del caudillo de estas fuerzas, Bug-Jargal; y aun dispuesto sin pena a recibir una muerte término de todas mis desdichas, la idea de los tormentos con que vendría acompañada si la recibía de manos de Biassou, no dejaba de inspirarme algún espanto. Apetecía morir sin pasar por tales suplicios. Tal vez fuera esto en mí un acto de flaqueza; pero creo que en semejantes momentos la naturaleza del hombre retrocede siempre horrorizada. Imaginéme, pues, que si podía escapar de las garras de Biassou, quizá obtendría de Bug-Jargal una muerte sin tormentos: la muerte de un soldado. Así le pedí a este negro que me condujera a la presencia de su caudillo; se estremeció y repitió el nombre de Bug-Jargal golpeándose con desesperación la frente, hasta que, pasando con rapidez a expresar la ira en su semblante, me gritó, enseñándome el puño cerrado:

—¡Biassou, Biassou!

Y, tras este nombre de amenaza, se apartó de mi vista.

La cólera y el dolor del negro me recordaron aquella circunstancia del combate que nos hizo imponer la captura o la muerte del caudillo de Morne-Rouge, y, ya sin más dudas, me resigné a esperar la venganza de Biassou, con la que aparentaba el negro amenazarme.

XXVI

Entre tanto, cubrían aún las tinieblas la cañada, y sin cesar el tropel de los negros y el número de las fogatas iban en aumento. Un corro de negras llegó en esto a encender una hoguera cerca de mí, y por los numerosos brazaletes de cuentas de vidrio azul, encarnado y violeta que lucían en sus piernas y brazos, por los gruesos pendientes que colgaban de sus orejas, por los anillos sin cuento que adornaban todos los dedos de pies y manos, por los amuletos colgados del seno, por el collar de hechizos pendiente del cuello, por el delantal de vistosas plumas, única cubierta de su desnudez, y, sobre todo, por sus clamores acompasados y sus miradas desatentadas y esquivas, conocí desde luego que eran las Griotas. Quizá ignoren ustedes, señores, que entre las tribus de varias comarcas de Africa se hallan ciertos negros dotados de no sé qué tosca disposición para la poesía y facilidad de improvisar, que tiene semejanza con el estado de demencia. Estos individuos andan errantes de región en región, como los antiguos rapsodas, y como en la Edad Media los minstrels de Inglaterra, los minnesinger de Alemania y los trovadores de Francia. Llevan el nombre de griotos. Las mujeres, poseídas cual ellos de un espíritu de vértigo, acompañan con obscenos bailes las bárbaras canciones de sus esposos y ofrecen una grotesca parodia de las bayaderas del Indostán, o de las almeas egipcias. Algunas, pues, de esta clase de mujeres eran las que acababan de sentarse en rueda a algunos pasos de mí, cruzadas de piernas al estilo africano y en torno de un inmenso montón de secas ramas, que ardía haciendo vacilar los espantosos rostros al incierto resplandor de su rojiza lumbre.

Así que hubieron formado el círculo, agarráronse todas de la mano, y la más anciana, que tenía una pluma de garza plantada en el cabello, comenzó a clamar:

Ouanga!

Y conocí que iban a operar el sortilegio a que dan tal nombre. Repitieron todas en coro:

Ouanga!

Y la vieja, después de un corto rato de solemne silencio, se arrancó un mechón de su propio pelo y lo arrojó al fuego, pronunciando estas palabras sacramentales:

Malé o guiab.

Las que en el dialecto de los negros criollos significan: “Me voy con el diablo.” Todas las griotas, imitando el ejemplo de su decana, entregaron a las llamas un rizo de sus cabellos, repitiendo con gravedad:

Malé o guiab.

Tan extraña invocación y los gestos burlescos de que iba acompañada me arrancaron aquella especie de involuntaria convulsión que suele apoderarse del hombre más serio o traspasado de mayor dolor, y que se llama risa histérica. En balde fueron todos mis esfuerzos para atajarla; estalló al fin, y aquella carcajada en que prorrumpía un corazón tan triste provocó una escena singular por lo lúgubre y espantosa.

Perturbadas las negras en el cumplimiento de su misterioso rito, alzáronse todas a una, cual si despertasen de un sueño en sobresalto. Hasta allí no se habían apercibido de mi presencia, y acudieron en tumulto, aullando antes que diciendo:

—¡Un blanco, un blanco!

Jamás he visto colección de figuras con mayor diversidad horribles que lo era aquella caterva de negros semblantes, donde resaltaba la blancura de sus dientes y de sus ojos, salpicados éstos de gruesas y ensangrentadas venas.

Iban ya a despedazarme, cuando la vieja de la pluma de garza hizo una señal y gritó repetidas veces:

Zoté cordé, zoté cordé.

Las fieras se detuvieron de súbito, y les vi, no sin sorpresa, desatar a la vez sus delantales de plumas, arrojarlos sobre la hierba y empezar alrededor de mí aquella danza lasciva a que los negros dan el nombre de la chica.

Este baile, cuyas grotescas actitudes y viveza de gestos no expresan sino el placer y la alegría, cobraba aquí, de diversas circunstancias accesorias, un carácter siniestro. Las miradas fulminantes de ira que me lanzaban las griotas en medio de sus joviales evoluciones; el lúgubre acento que infundían a la alegre tonada de la chica; el agudo y prolongado gemido que de rato en rato arrancaba de su balafo, especie de flauta compuesta de unas veinte cañas, la venerable presidenta de aquel negro sanedrín, y más aún la horrible risa que cada bruja desnuda venía en ciertos momentos de descanso del baile a mostrarme por turno, pegando casi su rostro contra el mío; todo me anunciaba con demasiada certeza cuál era la horrible suerte que le tenían prevenida al blanco, espectador sacrílego de su Ouanga. Recordé la costumbre que tienen muchos pueblos salvajes de bailar en torno de sus prisioneros antes de darles muerte, y aguardé con paciencia a que se terminara aquel episodio del drama, en cuyo desenlace tenía yo señalado tan funesto papel. No pude, con todo, menos de estremecerme al notar que, a una señal dada por el balafo, cada bruja metió en el fuego, o la punta de una hoja de sable, o el hierro de un hacha, o el extremo de una larga aguja, o los garfios de unas pinzas, o los dientes de una sierra.

El baile iba tocando a su término y los instrumentos del suplicio estaban convertidos en ascuas. Entonces, a una señal de la vieja, fueron las negras en solemne procesión a sacar en fila alguna de aquellas tremendas armas, y a las que no alcanzó a caberles en suerte un hierro ardiente, se proveyó cada cual de un tizón encendido. Comprendí al cabo el suplicio que me aguardaba y que habría de contar en cada bailarina un verdugo. A una señal de su corifeo, empezaron la postrer rueda lanzando tremendos gemidos. Cerré los ojos para no ver siquiera los gestos de aquellos demonios femeniles, que, sin aliento de cansancio y de ira, daban golpes a compás por encima de sus cabezas con los hierros hechos ascua, de donde salía un rumor agudo y millares de chispas.

Empecé a aguardar, haciendo un esfuerzo, el instante de sentirme chirriar las carnes, calcinarse los huesos y retorcerse y saltar los músculos entre las ardientes mordeduras de las sierras y tenazas, y un estremecimiento nervioso circuló por todo mi cuerpo. ¡Fué aquél, en verdad, un momento de horror!

No duró, por fortuna. Apenas el baile de las griotas iba aproximándose a su fin, cuando escuché a lo lejos la voz del negro que me aprisionó, quien acudía gritando:

—¿Qué hacéis, mujeres del demonio? ¿Qué hacéis ahí? Dejad libre a mi prisionero.

Volví entonces a abrir los ojos, y era ya de día. El negro dábase prisa a llegar con mil ademanes de cólera, y las griotas se habían detenido, aunque no tanto al parecer conmovidas por sus amenazas cuanto sobrecogidas por la presencia de un ente bastante estrambótico de que venía el negro acompañado.

Era éste un hombre muy bajo y rechoncho, especie de enano, que llevaba cubierto el rostro con un velo de color blanco, y en él hechas tres aberturas para los ojos y boca, al estilo que usan los penitentes. El velo, que caía sobre los hombros y cuello, dejaba al descubierto su pecho velludo, que, según el color, me pareció de salto atrás, donde brillaba, colgado de una cadena de oro, el sol de plata arrancado de un viril. Por encima del cinto de grana, que sostenía unas faldas o enaguas rayadas de verde, amarillo y negro, con franjas que le cubrían los pies, grandes e informes, asomaba el mango de un puñal de trabajo tosco, hecho en forma de cruz. Los brazos iban desnudos, así como el pecho, y empuñaba en su mano una varita blanca; un rosario de cuentas de cachumbo le colgaba de la cintura, junto al puñal, y llevaba sobre la frente una caperuza puntiaguda, ornada de cascabeles, en la que, no sin gran sorpresa, reconocí la gorra de Habibrah. La diferencia única consistía en que entre los jeroglíficos de que estaba aquella especie de mitra cubierta se notaban ahora manchas de sangre. Sin duda alguna, era la del fiel bufón, y aquellos indicios del asesinato los tuve por otra prueba de su fin, y despertaron en mi alma un postrer recuerdo.

Al punto mismo que las griotas repararon en este heredero de la caperuza de Habibrah, dijeron todas a una voz:

—¡El obí!

Y cayeron postradas en tierra, por donde adiviné que sería el hechicero del ejército de Biassou.

—¡Basta, basta!—dijo al acercarse a ellas en tono de voz grave y apagada—. Dejad al prisionero de Biassou.

Todas las negras, alzándose en tumulto, arrojaron los instrumentos de muerte de que iban cargadas, volvieron a ceñirse su delantal de plumas y desaparecieron a un gesto del obí cual una nube de langostas.

En este instante pareció clavarse en mí la mirada del hechicero, y con un estremecimiento en todo su cuerpo, dió un paso atrás y extendió la vara hacia las griotas cual para mandarlas regresar. Con todo, después de refunfuñar entre sí, oyéndosele tan sólo la palabra maldito, dijo no sé qué al oído del negro, y se retiró a paso lento, con los brazos cruzados y los ademanes de un hombre embebido en profundas meditaciones.

XXVII

En seguida me avisó mi vigía que Biassou deseaba verme y que había de prepararme para dentro de una hora a la entrevista con aquel caudillo.

Sin duda, quedábame aún una hora de vida, y mientras transcurría, dejé correr mis miradas por el campamento de los rebeldes, cuyo singular aspecto me demostraba la luz clara del día hasta en los más pequeños pormenores. Quizá en un estado diverso del ánimo no hubiese podido contener la risa al contemplar la inepta vanidad de los negros sobrecargados, casi sin excepción, de insignias guerreras y sacerdotales despojos de sus víctimas. La mayor parte de tales adornos no eran otra cosa que algunos andrajos desapareados y sangrientos. No era cosa rara el ver una gola sobre una sobrepelliz, o una charretera encima de una casulla. Además, sin duda para descansar de las faenas a que habían estado su vida entera sujetos, los negros permanecían en un estado de inacción absolutamente desconocido por nuestros soldados, aun en las horas de descanso. Algunos estaban dormidos al sol, con la cabeza cerca de una hoguera ardiente; otros, con el semblante ya apático, ya furioso, cantaban con voz monótona, sentados en cuclillas a la puerta de sus ajoupas, especie de chozas puntiagudas, techadas con hojas de plátano y de palma, cuya forma cónica se asemejaba a nuestras tiendas de campaña. Las mujeres, negras o pardas, preparaban con ayuda de los negrillos el rancho para los combatientes, y yo los veía revolver con enormes pinchos el maíz, las patatas, los ñames, los plátanos, los guisantes, el coco, la col caribe, que ellos llaman tayo, y toda especie de frutos y plantas indígenas, que hervían mezclados con los cuartos despedazados de cerdos, de perros y de tortugas, en las inmensas calderas robadas de los ingenios. A lo lejos, en los confines del campamento, los griotos y las griotas formaban grandes círculos alrededor de las hogueras, y el viento me traía a veces algunos trozos de sus bárbaras canciones entre la música de las guitarras y balafos. Varios centinelas colocados en la cima de los más cercanos peñascos vigilaban los alrededores del cuartel general de Biassou, cuya única defensa, en caso de ataque, consistía en una línea circular de carretones cargados con las municiones y el botín. Aquellos atezados centinelas, erguidos sobre la aguzada punta de las pirámides de granito de que están erizados los cerros, daban vueltas a menudo, como las veletas de los góticos campanarios, y se corrían con toda la fuerza de sus pulmones esta palabra, que aseguraba el sosiego del campamento:

—Nada, nada.

De tiempo en tiempo se formaba en torno de mi persona un corro de negros curiosos, que todos me contemplaban con aire amenazador.

XXVIII

Al cabo, un piquete de soldados de color, bastante bien armados, se llegó hacia nosotros, y el negro a quien parecía yo pertenecer me desató de la encina a que estaba atado y me entregó en manos del comandante de la escolta, recibiendo en pago un saco, que abrió sin demora, y que estaba lleno de pesos fuertes. Mientras el negro, arrodillado sobre la hierba, los iba contando con ansia manifiesta, los soldados me separaron de allí. En el camino examiné con curiosidad su equipo, que consistía en un uniforme de paño tosco, pardo y amarillo, y cortado a la española: una especie de montera castellana, adornada de una cucarda encarnada, les cubría su pelo de lana. En lugar de cartuchera llevaban una especie de morral colgando del costado, y sus armas eran un fusil de mucho peso, un sable y un machete. Después supe que este uniforme era el de la guardia particular de Biassou.

Después de grandes rodeos entre las filas irregulares de chozas, que embarazaban el terreno del campamento, llegamos a la entrada de una gruta, labrada por la naturaleza al pie de uno de aquellos inmensos lienzos de peña viva de que estaba el valle amurallado. Un gran cortinaje de aquella tela tibetana llamada cachemira, y que no tanto se distingue por lo vivo de sus colores cuanto por la suavidad de su trama y lo variado de sus dibujos, escondía a la vista lo interior de esta caverna, rodeada por espesas hileras de soldados, todos con igual equipo que mis conductores.

Tras dar la seña a los dos centinelas que se paseaban a los umbrales de la gruta, el comandante del piquete alzó el cortinaje y me introdujo consigo, dejándole caer tras de mí.

Una lámpara de cobre con cinco mecheros, colgada de unas cadenas a la bóveda, difundía sus trémulos rayos sobre las húmedas paredes de aquella cueva, privada de la luz del día. Entre dos filas de soldados mulatos descubrí a un hombre de color, sentado en un grueso tronco de caobo, medio encubierto por un tapiz de plumas de papagayo. Este hombre pertenecía a la especie de los salto-atrás, que no está separada de los negros sino por diferencias casi imperceptibles. Su vestido era ridículo. Una magnífica faja de red de seda, de donde colgaba una cruz de San Luis, le ceñía a la altura del ombligo unos calzoncillos azules, de lienzo tosco, y una chupa de cotonía blanca, demasiado corta para alcanzarle a la cintura, completaba el resto de su ajuar. Llevaba, además, botas grises, un sombrero redondo, coronado con la cucarda encarnada, y dos charreteras: la una de oro, con estrellas de plata en la pala, cuales usan los mariscales de campo en Francia, y la restante, de lana amarilla. Dos estrellas de cobre, que aparentaban ser dos acicates de espuela, estaban clavadas en la postrera, sin duda para hacerla digna de su brillante compaña. Estas dos charreteras, que no tenían sujeción por medio de presillas en su lugar debido, colgaban por ambos lados de los hombros sobre el pecho del personaje. Un sable y dos pistolas ricamente embutidas estaban a su lado, sobre un tapiz de plumas.

Detrás de su asiento, silenciosos e inmóviles, se veían dos niños con el vestido de esclavos, y cada uno con un inmenso abanico de plumas de pavo real. Estos dos niños eran dos blancos reducidos ahora a cautiverio.

Dos cojines de terciopelo carmesí, que parecían sacados de algún oratorio, señalaban dos puestos a derecha e izquierda del leño de caoba. Uno de ellos, el de la derecha, se hallaba ocupado por el obí que me libertó del furor de las griotas. Estaba él sentado, con las piernas cruzadas, derecha la varita, inmóvil cual un ídolo de porcelana en una pagoda chinesca, tan sólo que a través de las hendeduras del velo veía chispearle los ojos, enardecidos y clavados en mí sin pestañear.

A cada lado del caudillo había unos haces de pendones, banderas y gallardetes de toda especie, entre los cuales reparé en la bandera blanca francesa con flores de lis, la bandera tricolor y la bandera española; las restantes eran insignias de capricho, incluso un gran estandarte de color negro.

A la cabecera de la estancia, por encima del principal personaje, otro objeto llamó asimismo mi atención: un retrato del mulato Ogé, ajusticiado el año anterior en el Cabo por crimen de rebelión con su teniente Juan Bautista Chavanne, y otros veinte cómplices, entre pardos y negros. En este retrato, Ogé, hijo de un carnicero del Cabo, estaba representado como tenía costumbre de hacerse pintar, es decir, con uniforme de teniente coronel, la cruz de San Luis y la orden de mérito del León, que había comprado en Europa al príncipe del Limburgo.

El mulato en cuya presencia me veía yo ahora era hombre de mediana estatura, y en el semblante presentaba una extraña mezcla de astucia y crueldad. Hízome aproximar, me miró por algún tiempo en silencio y, al fin, me dijo con risa amarga y sarcástica, parecida a los aullidos de una hiena:

—Yo soy Biassou.

Aguardaba tal nombre, pero no pude oírle en boca semejante y en medio de aquella feroz carcajada sin temblar interiormente. Mi rostro, empero, se mantuvo sereno y orgulloso, y ni me digné contestarle.

—¿Qué es eso?—repuso en francés menos que mediano—. ¿Te han empalado ya de modo que no puedes doblar el espinazo y hacer una cortesía en presencia de Juan Biassou, generalísimo del país conquistado y mariscal de campo de los Reales Ejércitos de Su Majestad Católica?—La táctica de los principales caudillos rebeldes consistía en dar a entender que obraban a favor, ya del Rey de Francia, ya de la revolución o ya del Rey de España—.

Crucé los brazos en el pecho y le miré cara a cara con resolución. El volvió a su risa sarcástica, que parece lo tenía por resabio.

—¡Hola, hola! Me pareces hombre de buen ánimo. Pues bien, escúchame lo que voy a decirte: ¿Eres criollo?

—No—le repliqué—, soy francés.

Mi firmeza le hizo arquear el entrecejo, y me respondió con su risa acostumbrada:

—Tanto mejor. Veo por el uniforme que eres oficial. ¿Qué edad tienes?

—Veinte años.

—¿Cuándo los cumpliste?

A semejante pregunta, que despertaba en mi alma tantos y tan dolorosos recuerdos, me quedé absorto en mis ideas; la repitió, empero, con empeño, y entonces yo le contesté:

—El día que ahorcaron a tu compañero Leogrí.

Sus facciones se contrajeron de ira, y la carcajada duró más aún de lo usual; pero al cabo se contuvo, diciendo:

—Hace veintitrés días ahora que murió Leogrí, y esta noche irás a decirle que le sobreviviste veinticuatro días no más. Quiero dejarte hoy todavía en el mundo para que puedas contarle a qué altura se halla la libertad de sus hermanos, lo que hayas presenciado en el cuartel general de Juan Biassou, mariscal de campo, y cuánta es la autoridad que ejerce este generalísimo sobre la gente del Rey.

Bajo título semejante, Juan Francisco, quien se hacía apellidar Gran Almirante de Francia, y su camarada Biassou, designaban sus catervas de negros y mulatos rebeldes.

Mandó luego que me hiciesen sentar en un rincón de la cueva, entre dos vigilantes, y señalando con el dedo a algunos negros con el disfraz de ayudantes de campo, dijo:

—Que se toque generala y que venga todo el ejército a las cercanías de mi cuartel general, que quiero pasarle revista. Y usted, señor padre capellán, revístase de sus hábitos sacerdotales y celebre para mí y para mis soldados el santo sacrificio de la misa.

El obí se levantó, hizo delante de Biassou una profunda reverencia y le dijo al oído unas cuantas palabras, que interrumpió el general prorrumpiendo en alta voz:

—¿Dice usted, señor cura, que no hay altar? Pero ¿qué tiene eso de extraño entre los montes? ¡Ni qué importa! ¿Desde cuándo acá exige el bon Giu para su culto un magnífico templo ni un altar adornado con oro y con encajes? Gedeón y Josué le adoraron ante un montón de piedras; hagamos, pues, bon per, como ellos hicieron, que al bon Giu le basta con corazones fervorosos. ¡Que no hay altar! Pues ¿por qué no armar uno con la caja grande de azúcar que los soldados del Rey cogieron ayer en el ingenio de Dubuisson?

Pronto se puso en planta el mandato de Biassou, y en un abrir y cerrar de ojos quedó listo lo interior de la caverna para semejante parodia de los divinos misterios. Trajeron un tabernáculo y un copón, robados de la iglesia parroquial del Acul, de aquel templo mismo donde mi enlace con María recibió del cielo una solemne bendición, tan luego acompañada de amargos infortunios, y pusieron por altar una caja de azúcar robada, parte del botín de algún ingenio vecino, y cubierta con una sábana a guisa de paño, lo que no tapaba el rótulo siguiente, que podía leerse en los costados del extraño altar: Dubuisson y Compañía, en Nantes.

Cuando los vasos sagrados estuvieron en su lugar, notó el obí que faltaba un crucifijo, y, sacando el puñal, cuyo mango estaba en forma de cruz, lo clavó en pie ante el tabernáculo, entre el cáliz y el viril. En seguida, sin quitarse la caperuza de hechicero ni el velo de penitente, se echó sobre los hombros desnudos la capa pluvial, robada al vicario del Acul; abrió el misal con manecillas de plata, en que se habían leído las oraciones de mi fatal casamiento, y, volviéndose hacia Biassou, sentado a pocos pasos de distancia del altar, anunció con un profundo saludo que estaba ya listo para la ceremonia.

Al punto, a una señal del caudillo se descorrió el cortinaje de cachemira de la entrada y nos mostró el ejército entero de los negros, formado en columnas cerradas a la boca de la cueva. Biassou se quitó el sombrero redondo, se postró delante del altar y gritó con voz sonora:

—¡De rodillas!

—¡De rodillas!—repitieron los jefes de batallón.

Sonó un redoble de tambores, y toda la gavilla estaba arrodillada.

Yo solo había quedado inmóvil en mi asiento, escandalizado del sacrilegio que iba a cometerse en mi presencia; pero los dos robustos mulatos que me tenían bajo su guardia me arrebataron el asiento y, empujándome con violencia por los hombros, caí de rodillas cual los demás, precisado a tributar un simulacro de respeto a este simulacro de culto.

El obí ofició con seriedad; los dos pajecillos blancos de Biassou hacían oficio de diácono y sub-diácono, y la turba de los rebeldes, doblada siempre la rodilla, asistía a la ceremonia con un aspecto de devoción de que daba el generalísimo el primer ejemplo. Al momento de la elevación volvióse hacia el ejército el obí, enseñando la hostia, y exclamó en su dialecto:

Zoté coné bon Giu; ce li mo fé zoté voer. Blan touyé li, touyé blan yo touté.

A estas palabras, pronunciadas en una voz fuerte, que se me antojó haber ya oído en alguna otra parte y otros tiempos, la muchedumbre entera lanzó un rugido; hirieron los soldados sus armas una con otra por largo espacio, y todo el poder de Biassou fué necesario para impedir que aquel siniestro rumor no fuese el anuncio de mi hora postrera. Comprendí, empero, a qué exceso de valor y de crueldad podían llegar estos hombres, para quienes un puñal era un crucifijo, y en cuyo ánimo las emociones eran tan súbitas y profundas.

XXIX

Concluída la ceremonia, el obí se volvió hacia Biassou con una respetuosa reverencia, y entonces, levantándose aquel caudillo, dijo en francés, encarándose conmigo:

—Nos acusan de no tener religión; pero ya ves tú que eso es una calumnia y que somos buenos católicos.

No sé si hablaba irónicamente o de buena fe; mas, al cabo de un momento, hizo que le trajesen un vaso de vidrio lleno de maíz negro, y puso encima unos cuantos granos de maíz blanco, y en seguida, alzando el vaso por encima de su cabeza para que mejor alcanzase a verlo todo el ejército, exclamó:

—Hermanos, vosotros sois el maíz negro, y vuestros enemigos los blancos son el maíz blanco.

En esto meneó el vaso, y cuando casi todos los granos blancos hubieron desaparecido escondidos entre los negros, prorrumpió en decir con aire de inspiración y triunfo:

Guette blan si la la.

Otra aclamación, que retumbó en los ecos de la montaña, acogió la parábola del caudillo, y Biassou prosiguió, mezclando con frecuencia en su mal francés frases o españolas o criollas:

—El tiempo de la mansedumbre ha pasado. Por demasiado largo período hemos aguantado en paz como los carneros, con cuya lana comparan nuestros cabellos los blancos; seamos ahora implacables como los jaguares y panteras de la región de donde nos arrancaron. La fuerza sola adquiere derechos, que todo le pertenece al que se muestra esforzado y sin compasión. San Lobo tiene dos fiestas en el almanaque, y el Cordero Pascual no tiene más de una... ¿No es así, padre capellán?

El obí hizo una reverencia afirmativa.

—Han venido—repuso Biassou—, han venido los enemigos de la regeneración de la humanidad, esos blancos, esos hacendados, esos dueños, esos hombres de negocios, verdaderos demonios vomitados por las furias infernales. Han venido con insolencia, cubiertos, ¡gente vana!, de armas, de plumajes y de ropajes magníficos a la vista, y nos despreciaban porque éramos negros y estábamos desnudos. Pensaban, en su orgullo, dispersarnos con tanta facilidad como estas plumas ahuyentan esos negros enjambres de mosquitos y maringuinos.

Y, al acabar esta comparación, tomó de manos de un esclavo blanco uno de aquellos abanicos que se hacía llevar detrás de sí, y comenzó a sacudirlo con mil gestos vehementes; luego continuó:

—... Pero, hermanos, nuestro ejército se arrojó sobre ellos como las moscas sobre un cadáver; cayeron con sus lucidos uniformes a los golpes de estos brazos desnudos, que juzgaron sin bríos, no sabiendo que la buena madera está más dura cuando le quitan la corteza. Ahora tiemblan esos tiranos aborrecibles: yo gagné peur.

Un aullido de gozo y de triunfo respondió a este grito de su jefe, y la caterva toda siguió repitiendo por largo período:

Yo gagné peur!

—Negros criollos y congos—añadió Biassou—, venganza y libertad. Gente de sangre mixta, no os dejéis ablandar por las seducciones de los diablos blancos. Vuestros padres están entre sus filas, pero vuestras madres están entre las nuestras. Y luego, hermanos de mi alma, jamás os han tratado como padres, sino como amos; tan esclavos erais como los negros. Cuando apenas un miserable harapo cubría vuestros miembros abrasados por el Sol, vuestros bárbaros padres se pavoneaban con muy buenos sombreros y llevaban chaquetas de mahón los días de faena, y los días de fiesta, vestidos de barragán o de terciopelo, a diez y siete cuartos la vara. ¡Maldecid a esos entes desnaturalizados! Pero como los santos mandamientos del bon Giu los protegen, no maltratéis a vuestro propio padre; y si le encontráis entre los contrarios, nada os estorba, amigos, para que no os digáis mutuamente: Touyé papa moé, ma touyé quena toué. ¡Venganza! Gente del Rey: libertad para todos los hombres. Este grito tiene eco en todas las islas: nació en Quisqueya y resonó en Tabago y en Cuba. Un capitán de ciento veinticinco negros cimarrones de las Montañas Azules, un negro de Jamaica, Bouckmann, en fin, fué quien primero alzó el pendón entre nosotros. Un triunfo ha sido su primer acto de fraternidad con los negros de Santo Domingo. Sigamos tan glorioso ejemplo, con la tea en una mano y el hacha en la otra. No haya compasión para los blancos, para los dueños. Matemos las familias, arruinemos sus plantíos, no dejemos en sus haciendas un árbol siquiera sin tener las raíces hacia el cielo. ¡Trastornemos la tierra para que se trague a los blancos! ¡Animo, pues, hermanos y amigos! Pronto iremos a pelear y exterminarlos. Triunfaremos o moriremos en la empresa. Vencedores, gozaremos a nuestra vez de todos los deleites de la vida; si morimos, iremos al cielo, donde los santos nos esperan; al paraíso, donde cada bravo tendrá ración doble de aguardiente y un peso en plata al día.

Esta especie de sermón soldadesco, que a ustedes, señores, no les parecerá más que risible, produjo entre los rebeldes un efecto maravilloso. Verdad es que los extraños gestos de Biassou, el acento inspirado de su voz, el extraordinario sarcasmo que cortaba a veces sus palabras, infundían a su arenga no sé qué oculto poderío de seducción. El arte con que entreveraba con sus declamaciones pormenores a propósito calculados para halagar las pasiones o el interés de los insurgentes, añadía cierto grado de fuerza a aquella elocuencia, tan adecuada para aquel auditorio.

No intentaré pintar qué grado de tétrico entusiasmo se manifestó en el ejército tras la alocución de Biassou. Fué un concierto discordante de clamores, de aullidos y de lamentos. Golpeábanse unos el pecho, sacudían otros sus mazas y sables, muchos permanecían de rodillas en actitud de inmóvil éxtasis. Las negras se desgarraban el seno y los brazos con las espinas de pescado que les servían para peinar sus cabellos. Las guitarras, los timbales, las cajas y los balafos mezclaban su estrépito con las descargas de fusilería. Era, por fin, aquello una algazara infernal.

Hizo Biassou un gesto con la mano, y el tumulto cesó luego como por encanto, y cada negro fuese en silencio a ocupar su puesto. Tan severa disciplina a que había doblegado Biassou a sus iguales, por el mero ascendiente de su ingenio y voluntad firme, me llenaron, por decirlo así, de admiración. Todos los soldados de aquel ejército parecían hablar y moverse al impulso del caudillo como las teclas del órgano ceden a los dedos del músico.

XXX

Otro nuevo espectáculo y género nuevo de charlatanismo y alucinamiento excitó mi curiosidad; a saber: la curación de los heridos. El obí, que ejercía en el ejército el doble cargo de médico para las dolencias del alma y del cuerpo, había empezado a visitar los pacientes. Se había desnudado de sus atavíos sacerdotales y llevaba junto a sí un gran cajón con compartimientos, donde iban sus drogas y herramientas, aunque, a decir verdad, poco usaba de sus instrumentos quirúrgicos; y excepto una lanceta de espina de pescado, con la que practicaba con suma habilidad una sangría, le tuve por muy torpe en el asunto, manifestando gran embarazo en manejar las tenazas que le servían de pinzas y el cuchillo que hacía de bisturí. La mayor parte del tiempo se contentaba con recetar cocimientos de naranjas silvestres, de zarzaparrilla o raíz de China, con algunos sorbos de aguardiente de cañas añejo. Su remedio favorito y, según él decía, soberano, constaba de tres copas de vino tinto mezclado con polvos de nuez moscada y la yema de un huevo duro, cocido entre el rescoldo. De este específico se servía para curar cualquier especie de llaga o dolencia. Fácil es de conocer que semejante medicina era tan irrisoria como el culto divino de que se fingía sacerdote, y es de calcular que el muy corto número de curas hijas del acaso no le hubieran bastado para conservar la confianza de los negros si no hubiera añadido los sortilegios a sus drogas y tratado de obrar con tanta más violencia sobre la imaginación de sus pacientes cuanto menor era su influjo verdadero sobre los males. Así es que ya se contentaba con tocar sus heridas haciendo algunos gestos místicos, ya valiéndose con tino de aquel resto de sus antiguas supersticiones, que mezclaba con su catolicismo reciente, metía en la llaga una piedrecita fetiche envuelta en hilas, y el herido atribuía a la piedra los saludables efectos de su cubierta. Si le anunciaban que alguno de los heridos bajo su cuidado había muerto, o de las resultas del daño original, o aun quizá de su propio desatinado método de cura, respondía en tono solemne:

—Ya lo tenía yo previsto: era un traidor que en el incendio de tal hacienda salvó a un blanco, y su muerte es un castigo.

Entonces, la caterva de atónitos rebeldes le aplaudía, más enconada aún en sus sentimientos de odio y de venganza. El charlatán se valió aún de otro sistema curativo que me chocó por su extrañeza. Era el paciente uno de los jefes negros, herido de bastante gravedad en el postrer encuentro, y, después de haber examinado la lesión y de hacer la cura lo mejor que pudo, exclamó, subiendo al altar:

—Todo esto no vale nada.

Desgarró luego tres o cuatro hojas del misal, las quemó a la luz de los cirios robados de la iglesia del Acul y, mezclando estas cenizas del papel consagrado con unas cuantas gotas de vino echadas en el cáliz, dijo al herido:

—Bebe, que aquí va la salud.

Bebió el otro, lleno de fe, clavando sus estúpidas miradas en el juglar, que tenía elevadas sobre él las manos, cual invocando la bendición celeste, y quizá el convencimiento de que estaba ya sano contribuyó no poco a lograr la cura.

XXXI

Siguióse a esta escena otra en que el velado obí representó aún el principal papel: el médico había reemplazado al sacerdote; el zahorí reemplazó ahora al médico.

—Hombres, escuchad—exclamó el obí, saltando con agilidad increíble sobre el altar improvisado, donde vino a caer sentado, con las piernas cruzadas bajo sus abotargadas enaguas—. Escuchad, hombres; cuantos quieran leer en el libro del destino el secreto de su vida, que se acerquen y se lo diré: He estudiado la ciencia de los gitanos.

Una caterva de negros y de mulatos se acercaron con precipitación.

—Uno tras otro—dijo el obí, cuya voz hueca y ronca cobraba a veces un acento atiplado y chillón, que me chocaba como un recuerdo—. Si venís todos juntos, juntos iréis a la hoya.

Entonces se detuvieron, y, en este instante, un hombre de color, vestido al uso de los hacendados ricos, con chaqueta y pantalón blanco y un pañuelo atado en la cabeza, se acercó a Biassou; la consternación se hallaba retratada en su semblante.

—¡Y bien!—dijo el generalísimo en voz baja—, ¿qué es eso?, ¿qué tienes, Rigaud?

Era, pues, el caudillo mulato de las gavillas de los Cayos, conocido más en adelante bajo el nombre del general Rigaud, hombre astuto bajo apariencia de candidez y cruel bajo la capa de dulzura. Le examiné con atención.

—Mi general—respondió Rigaud—porque si bien hablaba en tono muy bajo, estaba yo tan próximo a Biassou que logré oírles—, a la entrada del campamento hay un mensajero de Juan Francisco con la noticia de que Bouckmann ha muerto en un encuentro con M. De Touzard, y que los blancos han colgado su cabeza en la ciudad por trofeo.

—¿No hay más que eso?—contestó Biassou, brillándole los ojos de gozo al ver disminuirse el número de los cabecillas y acrecentarse, por consiguiente, su importancia.

—Además, el emisario de Juan Francisco trae un mensaje para el general.

—Bien está—repuso Biassou—; pero amigo Rigaud, no tengas esa cara de espanto.

—Pues ¿qué, mi general—objetó Rigaud—, la muerte de Bouckmann no podrá producir mal efecto en la tropa?

—No eres tan sencillo, Rigaud, como aparentas—replicó su jefe—; mas ahora vas a juzgar a Biassou. Haz que el mensajero se retarde en entrar un cuarto de hora, y eso basta.

Entonces se acercó al obí, que durante esta conversación, escuchada por mí tan sólo, había comenzado su oficio de adivino, examinando los signos de sus frentes y de la palma de sus manos y repartiéndoles más o menos felicidad venidera, según el sonido, el color y el tamaño de la moneda que cada cual de ellos echaba a sus pies, en una patena de plata dorada. Díjole Biassou unas breves palabras al oído, y el hechicero, sin detenerse, continuó sus observaciones de adivinanza.

—El que lleva en medio de la frente—decía el obí—, en la arruga del sol, una figura pequeña cuadrada o en triángulo, hará una gran fortuna sin afán ni trabajos.

La figura de tres S. S. S. juntas, en cualquier lugar de la frente que se hallen, es un signo muy funesto. Quien la lleva se ahogará sin remedio si no huye del agua con sumo cuidado.

Cuatro líneas que arranquen de la nariz y a pares se arqueen por encima de los ojos, anuncian que algún día habrá de caer el sujeto prisionero de guerra y de gemir cautivo en manos de los extraños.

Aquí el obí hizo una pausa.

—Compañeros—añadió con gravedad—: tenía yo observado este signo en el semblante de Bug-Jargal, caudillo de los valientes de Morne-Rouge.

A tales palabras, que me confirmaron aún más el aprisionamiento de Bug-Jargal, siguiéronse los lamentos de una gavilla, compuesta de negros exclusivamente, y cuyos principales jefes llevaban calzoncillos encarnados: era la división de Morne-Rouge.

Sin embargo, el obí prosiguió:

—Si tenéis en el lado derecho de la frente, sobre la línea de la luna, alguna figura en semejanza de horquilla, temed el estar ociosos o el entregaros demasiado a los placeres.

Un signo pequeño, aunque muy importante, que es la figura árabe del número 3, sobre la línea del sol anuncia azotes...

Un negro viejo español de Santo Domingo interrumpió al obí, acercándose a él implorando socorro. Estaba herido en la frente, y uno de sus ojos, arrancado de la órbita, le colgaba chorreando sangre. El obí le había dejado olvidado en su revista médica, y al momento que le vió, dijo:

—Figuras redondas en la región derecha de la frente, sobre la línea de la luna, indican dolencias en los ojos. Hombre, ese signo está muy visible en tu frente; a ver, dame la mano.

—¡Ay, excelentísimo señor!—replicó el herido—. Mire usted mi ojo.

—¡Vejancón!—respondió de mal humor el obí—, ¿qué necesidad tengo yo de verte los ojos? Daca la mano, digo.

El desdichado alargó la mano, repitiendo siempre en voz baja:

—¡Ay, mi ojo!

—Bueno—dijo el zahorí—. Si en la línea de la vida se descubre un punto rodeado de un círculo pequeño y de color negro, se quedará tuerta la persona, porque este signo anuncia la pérdida de un ojo. Eso es: aquí, aquí está el punto, y el círculo, y serás tuerto.

—¡Ya lo soy!—respondió el vejancón gimiendo en tono lastimero.

Mas el obí, que no hacía ya de cirujano, le empujó de sí con aspereza, y prosiguió, sin atender a los quejidos del pobre tuerto:

—Escuchad, hombres. Si las siete líneas de la frente son chicas, retorcidas y poco señaladas, anuncian que la vida de aquella persona será breve.

Quien tenga en el entrecejo y en la línea de la luna la figura de dos flechas cruzadas morirá en una batalla.

Si la línea de la vida que atraviesa la palma de la mano presentare una cruz a su extremidad, cerca ya de la coyuntura, anuncia que la persona aquella perecerá en un cadalso... Y ahora—añadió el obí—debo decir, hermanos, que uno de los más firmes puntales de la independencia, el valeroso Bouckmann, reune estos tres signos fatales.

A estas palabras, quedáronse los negros todos sin soltar el aliento, inmóviles los ojos y clavados en el juglar con aquella especie de atención que tanto se asemeja al estupor.

—Tan sólo hay—prosiguió el obí—que no sé cómo concuerden ambos signos, si el uno presagia a Bouckmann que ha de morir en la batalla y el otro le amenaza con un cadalso. Mi ciencia, empero, es infalible.

Se detuvo y echó una ojeada a Biassou, y éste dijo al oído algunas palabras a uno de sus ayudantes, quien salió sin tardanza.

—La boca abierta y lacia—tornó a decir el obí, volviéndose hacia el concurso y con tono bufón y malicioso—, una actitud insignificante, los brazos colgando y la mano izquierda vuelta para afuera sin que haya motivo, anuncian la necedad natural, la falta de seso y una curiosidad embrutecida.

Soltó Biassou su risa sarcástica, cuando en este momento regresó el ayudante, trayendo en su compañía a un negro cubierto de polvo y fango, y cuyos pies, cortados por los pedernales y abrojos, eran claro indicio de que venía de una larga jornada. Este era el mensajero anunciado por Rigaud. Traía en una mano un pliego cerrado, y en la otra, desdoblado, un pergamino con un sello en figura de corazón inflamado. En el medio estaba una cifra compuesta de las letras características M. y N., enlazadas entre sí para designar, sin duda, la unión de los mulatos libres y de los negros esclavos. A un lado de la cifra se leía por mote: “Las preocupaciones, vencidas; la vara de hierro, rota; ¡viva el rey!” Este pergamino era un pasaporte expedido por Juan Francisco.

El emisario le presentó a Biassou, y, después de humillarse hasta tocar la tierra, le entregó el pliego sellado. El generalísimo lo abrió con precipitación, recorrió los despachos que contenía, se metió algunos en los bolsillos y, estrujando otro entre las manos, exclamó con aspecto desconsolado:

—¡Tropas del rey!

Los negros hicieron una profunda reverencia.

—¡Tropas del rey! He aquí lo que manda decir a Juan Biassou, generalísimo del país conquistado y mariscal de campo de los ejércitos de Su Majestad Católica, Juan Francisco, gran almirante de Francia y teniente general de los ejércitos de su antedicha Majestad el Rey de España y de las Indias.

Bouckmann, caudillo de ciento veinte negros de las Montañas Azules de Jamaica, reconocidos independientes por el gobernador de Belle-Combe; Bouckmann acaba de sucumbir en la gloriosa lucha de la libertad y la humanidad contra el despotismo y la barbarie. El generoso caudillo ha muerto en un encuentro con los forajidos blancos que manda el infame Touzard, y los monstruos le han cortado la cabeza, anunciando que iban a colocarla con ignominia en un cadalso en la plaza de Armas de su ciudad del Cabo. ¡Venganza!

El lúgubre silencio de un general desaliento siguióse por un instante en todas las filas del ejército a esta lectura; pero, mientras tanto, el obí se había puesto de pie sobre el altar, sacudiendo su varita blanca con gestos triunfantes.

—Salomón, Zorobabel, Eleazar Taleb, Cardan, Judas Bowtaricht, Averroes, Alberto Magno, Boabdil, Juan de Hagen, Ana Baratro, Daniel Ogrumof, Raquel Flintz, Altornino, gracias os doy, maestros. La ciencia de los zahorís no me ha engañado. Hijos, amigos, hermanos, muchachos, mozos, madres, y vosotros, todos los que me escucháis aquí, ¿no lo había yo vaticinado? ¿Qué había dicho? Los signos de la frente de Bouckmann me habían anunciado que viviría poco, y que moriría en un combate; las líneas de su mano, que aparecería en un cadalso. Las profecías de mi ciencia se realizan fielmente, y los sucesos se arreglan por sí mismos de manera que encajen aquellas circunstancias que no sabíamos conciliar: su muerte en el campo de batalla y su aparición en el cadalso. Admiraos, hermanos.

El desaliento de los negros se había tornado durante este discurso en una especie de susto y maravilla. Escuchaban al obí con confianza mezclada de terror, mientras él, embriagado de sí mismo, se paseaba a lo largo de la caja de azúcar, que ofrecía en su superficie espacio suficiente para que sus piernecillas pudiesen extenderse muy a sus anchuras. Biassou, riendo a su manera, dirigió la palabra al obí:

—Señor capellán: puesto que vuestra merced no ignora los sucesos venideros, ¿querrá leerme lo que ha de sucederme a mí, Juan Biassou, mariscal de campo?

El obí se detuvo con aire jactancioso en medio del grotesco altar donde la credulidad de los negros le divinizaba, y replicó al mariscal de campo:

—Venga vuestra merced.

En aquel instante, el obí era la persona de mayor importancia en el ejército. El poder militar se humilló ante el prestigio del sacerdote, y al acercarse Biassou, era fácil de leer en sus miradas algún movimiento de enojo.

—La mano, mi general—dijo el obí, inclinándose para cogerla—. Empiezo: la línea de la coyuntura, señalada con igualdad en toda su extensión, le promete riquezas y felicidad. La línea de la vida, larga y distinta, anuncia una existencia libre de males y una vejez robusta; estrecha, señala la sabiduría, el espíritu ingenioso y la generosidad del corazón; en fin, aquí veo lo que los nigrománticos llaman el más venturoso de todos los signos: una caterva de ligeras arrugas que le dan el aspecto de un árbol cargado de ramas elevándose hacia lo alto de la mano, indicio seguro de la opulencia y las grandezas. La línea de la salud, muy larga, confirma los pronósticos de la línea de la vida, y también anuncia valor; encorvada hacia el dedo meñique, en forma de garfio, es signo, mi general, de una severidad provechosa.

A esta palabra, los ojuelos brillantes del obí se clavaron en mi persona al través de los agujeros de su velo, y reparé de nuevo en el acento, que me era conocido, y que se disfrazaba en la gravedad acostumbrada de la voz; él prosiguió con la misma intención en el gesto y tono:

—Sembrada de círculos pequeños, la línea de la salud anuncia gran cantidad de justicias que debe ordenar, y que son necesarias. Hacia la mitad de su curso, se interrumpe para formar un medio círculo, señal de que correrá gran peligro con las bestias feroces, es decir, con los blancos, si no los extermina. La línea de la fortuna, rodeada, como su compañera la de la vida, por pequeños ramales que suben hacia la parte superior de la mano, confirma el porvenir de poder y supremacía a que está llamado; recta y delgada en la parte superior, anuncia el talento para gobernar. La quinta línea, la del triángulo, que se prolonga hasta el arranque del dedo de en medio, promete el más cabal éxito en toda empresa. Veamos ahora los dedos. El pulgar, cruzado a lo largo por rayas menudas, que van desde la coyuntura a la uña, presagia una gran herencia: sin duda que habrá de ser la de la gloria de Bouckmann—añadió el obí en voz sonora—. La eminencia que se forma a la raíz del índice está cargada de ligeros surcos, apenas perceptibles: honores y dignidades. El dedo del centro nada presagia. El dedo anular está surcado de líneas cruzadas: caerán todos sus enemigos y rivales, porque estas líneas forman cruces de San Andrés, señal de ingenio y previsión. La coyuntura que une el dedo meñique a la mano nos presenta enmarañados pliegues del cutis: la fortuna le colmará de dones. También descubro la figura de un círculo, presagio que añadir a los restantes y que anuncia dignidades y poderío.

¡Feliz—dice Eleazar Taleb—el mortal que lleva tales señales! ¡El destino está encargado de su prosperidad, y su estrella le dará el genio que confiere gloria!” Ahora, mi general, voy a mirarle la frente. “El que lleva en medio de la frente, sobre el surco del sol, una figura cuadrada—dice Raquel Flintz, la gitana—o bien un triángulo, hará gran fortuna.” Aquí está, y bien señalada. Si el signo está a la derecha, promete una herencia importante. La misma de la gloria de Bouckmann. El signo de una herradura en el entrecejo, por encima del surco de la luna, anuncia que el portador sabrá vengar sus injurias y la tiranía que haya sufrido. Yo tengo este signo, y mi general también...—

El modo en que el obí pronunció las palabras yo tengo este signo, me volvió a chocar por lo extraordinario.

—También se le ve—añadió con el mismo tono—en los valientes que saben meditar un levantamiento animoso y romper en abierta lid las cadenas de su servidumbre. La garra de león que lleva marcada por encima de la ceja indica un valor brillante. En fin, mi general Juan Biassou, la frente de vuestra merced presenta el más resplandeciente de todos los síntomas de prosperidad: una combinación de líneas que forman la letra M, la primera en el nombre de la Virgen María. En cualquier parte de la frente, en cualquier surco que esta figura aparezca, anuncia el genio, la gloria y el poderío. Quien la lleva hará siempre triunfar la causa que abrace, y los que sigan sus banderas jamás tendrán que lamentar pérdida alguna, porque él solo vale más que todos los de su partido. Mi general: vuestra merced es el hombre elegido por el destino.

—Gracias, señor capellán—dijo Biassou regresando hacia su trono de caoba.

—Aguárdese, señor general—-repuso el obí—, que se me olvidaba otro signo. La línea del sol, muy señalada en su frente, prueba conocimiento del mundo, deseo de hacer felices, mucha liberalidad y una inclinación a la magnificencia.

Biassou comprendió, al parecer, que el olvido era más bien suyo que del obí, y sacando una bolsa bien repleta, se la arrojó en el plato, a fin de no desmentir a la línea del sol.

Mientras tanto, el brillante destino de su caudillo había producido entre las tropas el efecto deseado. Todos los rebeldes, con quienes tenía la palabra del obí mayor imperio que nunca desde la nueva de la muerte de Bouckmann, pasaron del desaliento al entusiasmo, y, ciegamente fiados en su infalible adivino y su predestinado general, prorrumpieron en gritos de “¡Viva el obí! ¡Viva Biassou!”

El obí y Biassou se miraron, y se me figuró oír la risa contenida, del primero respondiendo al sarcasmo del generalísimo.

No sabré explicar por qué; pero este obí me atormentaba el pensamiento, y me parecía haber visto u oído de antemano algo que se asemejaba a aquel tan extraño ente, a punto que resolví hablarle.

—Señor obí, señor cura, doctor, médico, señor capellán, bon per—le dije.

Volvióse hacia mí con presteza.

—Queda aún aquí una persona a quien no le ha dicho su buenaventura, y ésa soy yo.

Cruzó los brazos sobre el sol de plata que le cubría el velludo pecho, y no me replicó; yo continué:

—De buena gana sabría yo lo que augura de mi suerte venidera; pero sus honrados camaradas me han privado de mi reloj y mi bolsa, y no juzgo que el señor obí sea sujeto para profetizar de balde.

Se acercó junto a mí precipitadamente, y me dijo en voz hueca al oído:

—Te equivocas; dame la mano.

Alarguésela, mirándole cara a cara; chispeábanle los ojos y hacía ademán de examinarme la mano.

—Si la línea de la vida—me dijo—está cortada hacia la mitad por dos rayas transversales y visibles, es indicio de muerte próxima. Tu muerte está próxima.

Si no se encuentra la línea de la salud en el centro de la mano y existen tan sólo las de la vida y la fortuna reunidas en su origen de modo que formen un ángulo, no se espere quien tenga tal signo a morir de muerte natural. No aguardes, pues, una muerte natural.

Si la faz interior del índice tiene una raya que la atraviesa en todo su largo, muere el sujeto de un modo violento.

Había algo de júbilo en aquella voz sepulcral que me anunciaba la muerte; pero yo le oí con indiferencia y menosprecio.

—Zahorí—le dije con una sonrisa de desdén—, se conoce que eres hábil y que pronosticas lo que cualquiera ve que es seguro.

Se me acercó más a esto.

—¡Conque dudas de mi ciencia! Pues bien: escúchame de nuevo. La interrupción en la línea del sol sobre tu frente me anuncia que tienes por enemigo a un amigo, y a un amigo por un enemigo...

El sentido de tales palabras aparentaba aludir al pérfido Pierrot, a quien amaba, y que me había sido traidor, y al fiel Habibrah, a quien aborrecía, y cuyos ensangrentados vestidos atestiguaban su animosa muerte y su constancia.

—¿Qué pretendes decir?—exclamé.

—Escucha hasta el cabo—prosiguió el obí—. Ya te he hablado del porvenir, y ahora toca lo pasado. La línea de la luna presenta una curva ligera en la frente: esto significa que te han arrebatado a tu mujer.

Me estremecí, y quise lanzarme del asiento; pero los centinelas me contuvieron.

—¡No tienes paciencia! Oyelo todo—repuso el obí—. La cruz pequeña en que remata la curva completa la explicación. Tu mujer te fué arrebatada la noche misma de la boda.

—¡Miserable!—prorrumpí—, ¿sabes tú dónde está?... ¿Quién eres?

Y probé a soltarme de nuevo y arrancarle el velo; pero me fué preciso ceder al número y la fuerza, y vi con rabia alejarse al misterioso obí, diciéndome:

—¿Me creerás ahora? ¡Prepárate para tu muerte inmediata!

XXXII

Y para arrancarme un instante a los perplejos pensamientos en que me había sumido tan extraña escena, apenas bastó el nuevo drama que se siguió en mi presencia a la ridícula farsa representada por Biassou y el obí ante sus atónitas gavillas.

Habíase vuelto a colocar Biassou en su asiento de caoba, con el obí a su derecha y Rigaud a su izquierda, sobre los dos cojines que hacían juego con el trono del principal cabeza. El obí, con los brazos cruzados sobre el pecho, parecía absorto en profunda meditación; Biassou y Rigaud estaban mascando tabaco, y un ayudante había venido a saber del mariscal de campo si se mandaba desfilar al ejército, cuando tres corros de negros alborotados llegaron a una a la entrada de la cueva con furiosos clamores. Cada cual traía un prisionero, que quería entregar a disposición de Biassou, no tanto por saber si le acomodaría perdonarles, cuanto para averiguar qué especie de muerte o de suplicios era su antojo que padecieran. Demasiado lo anunciaban sus siniestros gritos:

Mort! Mort!—decían algunos.

—¡Mueran! ¡Mueran!—repetían otros; y

Death! Death!—respondían algunos negros ingleses, quizá de los secuaces de Bouckmann, que habían ya acudido a incorporarse con los negros españoles y franceses de Biassou.

El mariscal de campo les impuso silencio, y con un gesto mandó adelantar los tres cautivos al umbral de la gruta, y de ellos reconocí a dos con viva sorpresa. Era el uno aquel ciudadano general C..., aquel filántropo corresponsal de todos los negrófilos del universo, que había emitido contra los negros un parecer tan cruel en casa del gobernador; era el otro aquel blanco hacendado, de dudosa estirpe, que manifestaba tal repugnancia hacia los mulatos, entre quienes le contaban los blancos; el tercero aparentaba pertenecer a la categoría de artesanos blancos y llevaba un mandil de cuero con las mangas arremangadas hasta el codo. Los tres habían sido cogidos, cada cual por separado, procurando ocultarse en la sierra.

El artesano sufrió primero su interrogatorio:

—¿Quién eres?—le dijo Biassou.

—Santiago Belin, carpintero del hospital de los Padres Religiosos en el Cabo.

Alguna sorpresa, mezclada de vergüenza, asomó en el rostro del generalísimo del país conquistado.

—¡Santiago Belin!—repitió mordiéndose los labios.

—Sí—repuso el carpintero—. ¿Pues qué, me desconoces?

—Empieza tú—dijo el mariscal de campo—por reconocerme y acatarme.

—¡Yo no saludo a mis esclavos!—replicó el carpintero.

—¡A tu esclavo! ¡Miserable!, ¿qué dices?—exclamó el generalísimo.

—Sí—contestó el carpintero—. Yo fuí tu primer amo, aunque ahora finjas hacerte desconocido, y acuérdate, Juan Biassou, de que te vendí por trece pesos fuertes a un comerciante de Santo Domingo.

Las facciones de Biassou se contrajeron con violento despecho.

—Pues qué—prosiguió el blanco—, ¿te avergüenzas ahora de haberme servido? ¿No sabes que Juan Biassou debería honrarse de haber pertenecido a Santiago Belin? Tu propia madre, ¡loca de vieja!, ha barrido muchas veces mi tienda; pero al postre se la vendí al señor mayordomo del hospital, y, como estaba tan decrépita, no quiso darme más que treinta y dos pesetas. Esta es tu historia y la suya; pero parece que a vosotros los negros y mulatos se os han subido los humos a la cabeza y que se te ha borrado de la memoria cuando servías de rodillas a tu amo Santiago Belin, carpintero en el Cabo.

Biassou le había estado escuchando con aquella risa sarcástica que le daba el aspecto de un tigre.

—Bien está—dijo.

Y en seguida, encarándose con los negros que habían traído al maestro Belin, añadió:

—Agarrad dos bancos, dos tablas y una sierra, y llevaos a ese hombre. Santiago Belin, carpintero en la ciudad del Cabo, dame las gracias por haberte proporcionado una muerte de carpintero.

Y sus carcajadas acabaron de explicar con qué atroces suplicios iba a castigar el orgullo de su antiguo dueño. Yo me estremecí; pero Santiago Belin ni aun pestañeó, y, volviéndose, le dijo con jactancia:

—Sí, debo estarte agradecido de algo, pues te vendí por trece pesos, y está visto que saqué de ti mucho más de lo que valías.

Entonces se lo llevaron.

XXXIII

Los otros dos presos habían asistido, más muertos que vivos, a este espantoso prólogo de su propia tragedia. Su actitud humilde y acongojada hacía notable contraste con la entereza, un tanto fanfarrona, del carpintero, y temblaban todos sus miembros.

Biassou los miró a uno después de otro, con su aire de raposa, y luego, entreteniéndose con prolongar su agonía, entabló con Rigaud una conversación sobre las diversas especies de tabaco, asegurando que el de la Habana no era bueno sino para fumar en cigarros, y que para tomar en polvo no había tabaco como el de España, del que Bouckmann le había enviado dos barriles cogidos en casa de M. Lebattu, hacendado en la Tortuga. En seguida, dirigiéndose de golpe al ciudadano general C...:

—¿Qué te parece?—le preguntó.

Esta consulta inesperada desconcertó al ciudadano, que respondió balbuciente:

—Mi general; en ese punto, me fío en el parecer de su excelencia.

—¡Adulación!—replicó Biassou—. Tu sentir es lo que pretendo averiguar, y no el mío. ¿Sabes que haya mejor tabaco de polvo que el de M. Lebattu?

—Por cierto que no, excelentísimo señor—dijo C..., con cuya turbación se divertía Biassou.

Mi general, su excelencia, excelentísimo señor—repuso el caudillo con apariencias de enojo—. ¿Eres tú acaso un aristócrata?

—Nada de eso—exclamó el ciudadano general—. Soy patriota de 1791, de los puros, y entusiasta negrófilo...

—¿Negrófilo?—le interrumpió el generalísimo—. ¿Qué quiere decir eso?

—Amigo de los negros—tartamudeó, en respuesta, el ciudadano.

—No basta ser amigo de los negros—replicó Biassou con severidad—; hay que serlo también de los pardos.

Ya hemos manifestado que Biassou era salto-atrás.

—De los pardos era lo que quise decir, mi general—repuso humildemente el negrófilo—. Yo estoy relacionado con todos los más famosos partidarios de los negros y de los mulatos...

Biassou, gozoso de poder humillar a un blanco, le volvió a cortar la palabra:

¡Negros y mulatos! ¿Qué significa eso? ¿Quieres venir a insultarnos con esos nombres odiosos inventados por el desdén de los blancos? Aquí no hay sino negros y pardos, ¿lo entiende usted, señor hacendado blanco?

—Es un mal hábito contraído desde la infancia—respondió C...—; perdonadme: no he tenido intención de ofender a vuestra excelencia.

—Deja tus excelencias, que te repito que no me gustan esas mañas de aristócratas.

C... trató de disculparse de nuevo y empezó en tono balbuciente otra explicación:

—Si me conocieras, ciudadano...

—¡Ciudadano! Pues ¿quién te imaginas que soy?—gritó Biassou enfurecido—. Aborrezco esa jerigonza de los jacobinos, ¡y quisiera saber si eres alguno de ellos! ¡Acuérdate que estás hablando con el generalísimo de las tropas del Rey! ¡Ciudadano! ¡Vaya, el insolente!

El pobre negrófilo no sabía ya cómo hablarle a una persona que tanto desechaba el tratamiento de excelencia cuanto el título de ciudadano, el lenguaje de los aristócratas cuanto el de los patriotas. Estaba aterrado. Biassou, cuya cólera era fingida, se divertía sobremanera en contemplar sus ahogos.

—¡Ay!—dijo por fin el ciudadano general—, ¡y cuán mal me juzgáis, insigne defensor de los imprescriptibles derechos de una mitad del linaje humano!...

En el apuro de aplicar ningún dictado sencillo a este encumbrado personaje, que aparentaba rehusarlos todos, acudió a una de aquellas perífrasis sonoras de que solían valerse con sumo gusto los revolucionarios para reemplazo del nombre y título de la persona a quien se dirigían.

Biassou le miró de fijo y le preguntó:

—¿Conque tanto cariño profesas a los negros y a los pardos de toda especie?

—¿Si les profeso?—exclamó el ciudadano C...—. Soy corresponsal de Brissot y de...

Biassou le interrumpió, soltando su risa acostumbrada.

—¡Ja!... ¡ja!... Mucho me regocijo de encontrarme en ti con un amigo de nuestra causa. ¡En tal caso, habrás de aborrecer a los inicuos hacendados blancos que castigaron nuestra justa insurrección con los suplicios más crueles, y pensarás, como nosotros, que no los negros, sino antes los blancos, son los verdaderos rebeldes, puesto que se ponen en rebeldía contra la humanidad y los dictados naturales! ¡Habrás entonces de abominar a tales monstruos!

—¡Los abomino!—respondió C...

—Pues bien—repuso Biassou—: ¿qué te parecería de un hombre que, para sofocar las postreras tentativas de los esclavos, hubiese puesto cincuenta cabezas de negro a los costados de la alameda de su hacienda?

La palidez de C... llegó a ser horrible.

—¿Qué pensarías de un blanco que hubiese propuesto hacer un cordón alrededor de la ciudad del Cabo con cabezas de negros?...

—¡Perdón! ¡Perdón!—dijo el ciudadano general aterrorizado.

—¿Y en qué te amenazo?—respondió Biassou con suma frialdad—. Déjame acabar... ¿Un cordón de cabezas de negros desde el castillo de Picolet al cabo Caracol? ¿Qué te parece? ¡Responde!

Las palabras ¿en qué te amenazo? habían hecho recobrar alguna esperanza a C..., quien pensó que acaso sabría Biassou tales horrores sin tener averiguado su autor; y así, respondió luego con alguna entereza, a fin de disipar cualquier sospecha que le fuese adversa:

—Me parece que son unos crímenes atroces.

Biassou soltó su carcajada.

—¡Bueno va! ¿Y qué castigo le impondrías al culpable?

Aquí el desdichado C... titubeó.

—Vamos—repuso Biassou—-, ¿eres amigo de los negros o no lo eres?

Entre ambas alternativas, prefirió el negrófilo la que menor peligro presentaba, al parecer, y no viendo ningún intento hostil contra su persona en el semblante de Biassou, contestóle en voz apagada:

—Merece la pena de muerte.

—Muy bien respondido—dijo Biassou con mucho sosiego, arrojando el tabaco que tenía en la boca para mascar.

En esto, su aspecto de indiferencia había infundido algunos ánimos al infeliz negrófilo, y haciendo un esfuerzo para desvanecer cuantos recelos pudieran abrigarse contra su persona, comenzó una arenga en términos tales:

—Nadie hace votos más ardientes que los míos por el triunfo de vuestra causa. Yo soy corresponsal de Brissot y de Pruneau, de Pomme-Gouge, en Francia; de Magaw, en América; de Peter Paulus, en Holanda; del abate Tamburini, en Italia...

Y proseguía explayándose en esta letanía filantrópica, que estaba pronto siempre a entonar y que le había yo oído recitar en casa del gobernador, en circunstancias diversas y con diverso fin, cuando Biassou le atajó los vuelos:

—¡Y qué se me da a mí de todos tus corresponsales! Dime, y con eso sobra, dónde tienes tus almacenes y tus depósitos, porque mi ejército necesita abastecerse. Muy ricas han de ser tus haciendas y muy fuerte tu casa de comercio si tienes giro con los comerciantes de todo el mundo.

El ciudadano C... se atrevió con timidez a hacer una observación:

—Héroe de la humanidad, no son comerciantes, sino filósofos, filántropos y negrófilos.

—¡Vaya!—dijo Biassou moviendo la cabeza—. ¡Cátense ustedes ahí que vuelve a esos demonios de palabrotas ininteligibles! Pues bien, hombre: si no tienes almacenes ni depósitos que darnos a saquear, ¿para qué sirves?

Semejante pregunta mostraba una vislumbre de esperanza, a la que se asió C... con ahinco.

—Ilustre guerrero—respondió luego—, ¿tenéis en vuestro ejército algún economista?

—¿Qué cosa es eso?—le preguntó el caudillo.

—Es—dijo el prisionero, con tanto énfasis cuanto su terror le permitía—, es un hombre necesario por excelencia; el único que sabe tasar en su respectivo valor los recursos materiales de un imperio, clasificarlos por el orden de su importancia, beneficiarlos y acrecentarlos combinando sus orígenes y resultados, y distribuirlos con tino cuales otros tantos arroyos fecundantes, que aumentan los caudales del río de la utilidad general, el que viene, a su vez, a confundirse en el mar de la prosperidad pública.

—¡Caramba!—dijo Biassou, inclinándose hacia el obí—. ¿Qué diantres quiere decir con esa cáfila de vocablos, ensartados unos detrás de otros como las cuentas de tu rosario?

El obí se encogió de hombros en ademán de persona que no entiende y que desprecia. Sin embargo, el ciudadano C... proseguía así la relación:

—Yo he estudiado... dignaos escucharme, valeroso caudillo de los valientes regeneradores de Santo Domingo; yo he estudiado a los grandes economistas, a Turgot, a Raynal y a Mirabeau, el amigo del pueblo. He puesto su teoría en práctica, y poseo la ciencia indispensable para el gobierno de las monarquías o de los Estados cualesquiera.

—El economista no es económico en cuanto a palabras—dijo Rigaud con su sonrisa suave y burlona.

Biassou exclamó mientras tanto:

—Y dime, hablador descomunal, ¿tengo yo Estados que gobernar, por ventura?

—Todavía no, hombre grande—replicó C...—; pero puede venir el caso, y, además, mi ciencia se humilla, sin mengua de su dignidad, a entrar en los pormenores necesarios para la administración de un ejército.

—Yo no administro mi ejército, señor hacendado, sino lo mando—dijo el generalísimo, interrumpiéndole de nuevo con viveza.

—Pues está muy bien—expuso el ciudadano—; vos haréis de general y yo de intendente militar. Tengo conocimientos especiales en el ramo de la cría del ganado vacuno...

—¿Y te imaginas tú que nosotros criamos ganados?—replicó Biassou en su tono sarcástico—. Cuando se nos acabe el de la colonia francesa, cruzaré los cerros de la frontera e iré a recoger los bueyes y carneros que se crían en los grandes hatos de los inmensos llanos de Cotuy, de la vega, de Santiago y en las márgenes del Yuna, y si necesario fuere, también iré a buscar los que pacen, en la península de Samana y en las vertientes de la Sierra de Cibos, desde la embocadura del río Neibe hasta más allá de Santo Domingo. Además, tendré un gozo verdadero en ir a castigar a esos malditos españoles que entregaron a Ogé. Ya ves que no ando escaso de víveres ni tengo para qué valerme de tu ciencia, necesaria por excelencia.

Tan decisiva declaración desconcertó al pobre economista, que se agarró, sin embargo, a la postrer tabla de salvación.

—Mis estudios—dijo—no se limitan a la cría del ganado, y tengo otros varios conocimientos especiales que podrán ser de sumo provecho: enseñaré el método de beneficiar el alquitrán y las minas de carbón de piedra.

—¡Qué me importa eso!—contestó Biassou—. Cuando me hace falta carbón, mando quemar tres leguas enteras de monte.

—También explicaré para qué objetos es más adecuada cada especie de madera—prosiguió el prisionero—. El chicarón y la sabieca, para las quillas; las yabas, para los cascos; el níspero, para los palos; los guayacos, los cedros...

¡Que te lleven todos los demonios de los diez y siete infiernos!—exclamó en español Biassou, ya impacientado.

—¿Qué se le ofrece a mi bondadoso protector?—dijo, todo trémulo, el economista, que no entendía achaque de español.

—Escúchame—repuso Biassou—; yo no tengo necesidad de buques, y en toda mi comitiva no queda más que un empleo vacante, que no es siquiera el de mayordomo, sino el de ayuda de cámara. Vea, pues, el señor filósofo si le conviene. Estas son las condiciones. Me servirás de rodillas, me traerás la pipa y el calalú y andarás tras de mí con un abanico de plumas de pavo real o de papagayo, como los dos pajes que estás viendo. ¿Eh?, responde. ¿Quieres servirme de ayuda de cámara?

El ciudadano C..., que sólo pensaba en salvar la vida, hizo una reverencia, inclinándose hasta el suelo con infinitas muestras de agradecimiento y gozo.

—¿Conque lo aceptas?—preguntó Biassou.

—¿Y podía poner siquiera en duda mi generoso amo que yo titubeara un momento ante tan insigne favor cual el de servirle en su persona?

A semejante respuesta, el diabólico sarcasmo de Biassou cobró un aire de triunfo. Cruzó los brazos, se puso erguido, respirando orgullo, y repeliendo con el pie la cabeza del blanco postrado ante sus plantas, exclamó en alta voz:

—¡Quería probar hasta dónde llega la vileza de los blancos después de haber presenciado hasta dónde alcanza su crueldad! A ti, ciudadano C..., te debo el doble ejemplo. ¡Bien te conozco! ¿Cómo has podido ser tan necio que no lo percibieras? Tú fuiste quien presidió en las justicias de junio, julio y agosto; tú, quien plantaste cincuenta cabezas de negros en la entrada de tu hacienda; tú, quien quería degollar a los quinientos esclavos que después de la rebelión tenías aprisionados, y colocar un cordón de cabezas de esclavo en la ciudad, desde el castillo de Picolet hasta la punta del Caracol. Tú, si hubieras podido, habrías hecho un trofeo de mi cabeza, y ahora te considerarías por muy dichoso si yo quisiese admitirte de criado. No, no; quiero cuidar de tu honor más que lo haces tú mismo, y no te impondré tal ultraje. ¡Prepárate para la muerte!

Hizo un gesto, y los negros pusieron junto a mí al desgraciado negrófilo, que, sin poder proferir una sola palabra, había caído ante sus pies como herido del rayo.

XXXIV

—A ti te toca—dijo el caudillo, volviéndose hacia el último de los prisioneros, el hacendado a quien acusaban los blancos de tener la sangre no muy limpia, y que me había provocado a desafío por decirle tal injuria.

Un clamor general entre los rebeldes ahogó la respuesta del hacendado:

—¡Muera, muera! Mort! Death! Touyé! Touyé!—gritaban todos, cada cual a su manera, rechinando los dientes y amenazando con el puño cerrado al infeliz cautivo.

—Mi general—dijo un mulato que se expresaba con mayor facilidad que el resto—, es un blanco, y es preciso que muera.

El pobre hacendado, a fuerza de gestos y de gritos, logró hacer que le oyeran algunas palabras:

—No hay tal cosa; no hay tal cosa, señor general; no, hermanos míos, ¡yo no soy blanco! Eso es una abominable calumnia. Soy mulato, de sangre mixta, como vosotros; hijo de una negra, cual vuestras madres y vuestras hermanas.

—¡Miente, miente!—decían los negros enfurecidos—. Es un blanco, y siempre ha aborrecido a los negros y a los pardos.

—¡Jamás!—respondió el prisionero—. Los blancos son a quienes detesto, porque soy uno de vuestros hermanos y siempre he dicho, como vosotros: Negré ce blan, blan ce negré.

—¡Nada de eso, nada de eso!—clamaba la muchedumbre—. Touyé blan!, touyé blan!.

El infeliz respondía, lamentándose de un modo lastimero:

—¡Soy mulato! ¡Soy de los vuestros!

—¿La prueba?—dijo con frialdad Biassou.

—La prueba—respondió el otro, desatentado—, es que siempre me despreciaron los blancos.

—Eso puede muy bien ser verdad—replicó Biassou—, porque eres un insolente.

Un mulato joven dijo con empeño, encarándose con el hacendado:

—Tienes razón, los blancos te despreciaban; pero tú, en cambio, afectabas despreciar a la gente de color, entre quienes te contaban aquéllos, y hasta me han dicho que en cierta ocasión desafiaste a un blanco porque te echó en cara pertenecer a nuestra casta.

Un murmullo universal se alzó de entre el indignado concurso, y los gritos de muerte sofocaron con redoblada violencia las disculpas del acusado, quien, echándome con disimulo una mirada de súplica, repetía lloroso:

—¡Eso es una calumnia! Yo no tengo más dicha ni más orgullo que el pertenecer a los negros. Yo soy mulato.

—Si fueses mulato de veras—observó Rigaud con aparente sosiego—, no te valdrías de semejante palabra.

—¡Ay de mí! ¿Acaso sé siquiera lo que me digo?—repuso el miserable—. Señor general en jefe, la prueba de que soy de sangre mestiza está en esta raya negra alrededor de las uñas.

Biassou rechazó la mano que alargaba con súplica.

—Yo no poseo la ciencia del señor capellán, que adivina por las manos quién o qué sea cualquier persona. Escúchame, pues: los soldados te acusan, los unos de ser blanco, los otros de ser hermano traidor, y, si tal fuere, en ambos casos deberás morir. Tú afirmas que perteneces a nuestra casta y que jamás renegaste de ella. Un medio sólo te queda de probar tus asertos y de salvarte.

—¿Cuál, mi general? ¿Cuál es?—preguntó el hacendado con suma ansia—. Estoy pronto.

—Hele aquí—contestó Biassou con frialdad—. Agarra este cuchillo y da por tu propia mano de puñaladas a esos dos prisioneros blancos.

Así hablando, señaló hacia nosotros con la mano y con la vista; el hacendado se echó atrás ante la daga que Biassou, con sonrisa infernal, le ofrecía.

—¿Cómo es eso?—dijo el generalísimo—. ¿Conque titubeas? Pues era el único medio de probarnos, al ejército y a mí, que no eres blanco, sino de los nuestros. Vamos: resuélvete pronto, que me haces perder el tiempo.

Tenía el preso los ojos desencajados; dió un paso hacia el puñal, y luego se detuvo, dejando caer los brazos y volviendo hacia atrás la cabeza, mientras un estremecimiento involuntario le hacía temblar en todo su cuerpo.

—¡Vamos!—prorrumpió Biassou en tono de impaciencia y cólera—, ¡que estoy de prisa! Escoge: o matarlos tú mismo o que te maten con ellos.

El infeliz permanecía inmóvil, como petrificado.

—Está muy bien—repuso Biassou volviéndose hacia los negros—; pues que no quiere hacer de verdugo, hará el papel de víctima, porque ya conozco que es un blanco. Sacadle vosotros de aquí...

Los negros se adelantaron para echarle mano, y este movimiento decidió de su suerte entre matar o morir. El exceso de cobardía tiene también su especie de valor. Se abalanzó al puñal que le alargaba Biassou, y en seguida, sin tomarse tiempo de reflexionar en lo que iba a hacer, el miserable le saltó encima, cual un tigre, al ciudadano C..., que se hallaba recostado junto a mí.

Comenzó luego una horrenda lucha. El negrófilo, sumido en tétrica y estúpida desesperación por el desenlace que tuvo el interrogatorio con el cual le había Biassou atormentado, contempló toda la escena posterior con la vista fija, y tan embebido en el terror del suplicio ya cercano, que aparentaba no haberla comprendido; mas al ver lanzarse sobre sí al hacendado y relampaguear el acero por encima de sus sienes, lo inminente del peligro le arrancó con sobresalto de su letargo. Púsose entonces en pie, y, deteniéndole el brazo a su asesino, dijo en tono lastimero:

—¡Misericordia! ¡Misericordia! ¿Qué pretende usted conmigo? ¿Qué le he hecho para ofenderle?

—Llegó la hora de la muerte, caballero—replicó el mestizo, procurando soltarse el brazo y clavando sobre su víctima la vista desatentada—. No me estorbe usted, que no le haré daño.

—¡Morir a manos de usted!—clamaba el economista—. ¿Y por qué? ¡Perdóneme usted! ¿Me guarda usted rencor porque dije en algún tiempo que no era de sangre limpia? Pues déjeme usted la vida, y le prometo reconocerle por blanco. Sí, usted es blanco, y lo diré por dondequiera... ¡pero misericordia!

El negrófilo había elegido con poco tino sus medios de defensa.

—¡Cállate, cállate!—gritó su rival, enfurecido y temeroso de que oyesen los negros semejante declaración.

Mas el otro clamaba con toda su fuerza que le conocía por blanco y de excelente estirpe. El mulato hizo un postrer esfuerzo para acallarle, y apartando con violencia entrambas manos, que le detenían, metió el puñal por entre las vestiduras del ciudadano C... Sintió el desdichado la punta del acero, y mordió rabioso el brazo que lo clavaba.

—¡Monstruo! ¡Malvado! Que me asesinas...—dijo.

Y volviéndose hacia Biassou, añadió:

—¡Defendedme, vengador de la humanidad!...

Pero el matador apretó ya frenético la hoja de la daga, y un grueso chorro de sangre, que brotó entre sus dedos, vino hasta salpicarle el rostro. Dobláronse entonces de súbito las rodillas del negrófilo, flaqueáronle los brazos, empañáronse sus ojos, lanzaron sus labios un débil gemido y cayó el cuerpo a tierra, convertido ya en exánime cadáver.

XXXV

Tal escena, y en la que pronto me aguardaba desempeñar un papel, me tenía helado de espanto. El vengador de la humanidad había presenciado con aspecto impasible la lucha entre sus dos víctimas, y cuando hubo concluído, dijo, volviéndose hacia sus aterrorizados pajecillos:

—Traedme más tabaco.

Y se puso a mascarlo en sosiego. El obí y Rigaud permanecían inmóviles, y aun los negros parecían horrorizados del espectáculo que su caudillo acababa de ponerles ante los ojos.

Un solo blanco quedaba por despachar aún, y éste era yo; de modo que conocí haberme llegado mi vez. Eché, pues, una mirada sobre el asesino que iba a ser mi verdugo, y causóme lástima el verle. Tenía los labios amoratados y rechinábanle los dientes; un movimiento convulsivo agitaba sus trémulos miembros, capaces apenas de sostenerle; pasábase sin cesar, y como maquinalmente, la mano por las sienes para limpiar las manchas de sangre, y con aire de insensato contemplaba el cuerpo humeante que yacía a sus pies, sin apartar de su víctima los espantados ojos.

Así aguardaba yo el momento en que diera remate a su tarea con mi muerte, y por cierto que mi posición con respecto a aquel hombre era bien extraña: una vez había ya estado para matarme por decir yo que no era blanco, y ahora, para probar que era mulato, iba a convertirse en mi asesino.

—Vamos, amigo, estoy satisfecho de ti—le dijo Biassou.

Y luego miróme y añadió:

—Por ahora te excuso de acabar con el otro. Anda, que te declaro por buen hermano y te confiero el empleo de verdugo de mis ejércitos.

A estas palabras del general salió un negro de entre filas, y, tras hacer a Biassou tres humildes reverencias, prosiguió diciendo en su jerigonza lo que traduciré para que mejor se entienda:

—¿Y a mí, mi general?

—Vamos, ¿qué pretendes tú decir?—preguntó Biassou.

—¿No haréis nada por mí, mi general?—dijo el negro—. Ahí se le da un ascenso a ese perro blanco, que asesina para darse por nuestro, ¿y no lo ha de haber para mí también, que soy un negro bueno?

Tan inesperada súplica puso a Biassou en aprieto. Bajóse hacia Rigaud, y el caudillo de las catervas de los Cayos le dijo en francés:

—No se puede acceder a su demanda, y conviene buscar algún medio de eludirla.

—¿Conque pretendes un ascenso?—contestó entonces Biassou volviéndose hacia el negro bueno—. Con mucho gusto lo haré si me dices el grado que apeteces.

—Quiero ser oficial.

—¡Oficial!—replicó el generalísimo—. Vamos, dime cuáles son tus méritos para pretender las charreteras.

—Yo—repuso el negro con ahinco—fuí el que incendió el ingenio de Lagoscette desde principios de agosto, y quien mató al hacendado Clement, y quien paseó la cabeza de su mayoral en la punta de una pica. Yo degollé a diez mujeres blancas y a siete niños, por prueba que uno de ellos les sirvió de bandera a las tropas de Bouckmann. Después achicharré cuatro familias de los amos blancos en un aposento del castillo de Galifet, cerrándolo con llave antes de pegarle fuego. A mi padre lo rompieron en la rueda en el Cabo; a mi hermano lo ahorcaron en Rocrou, y a mí propio estuvieron para fusilarme. He abrasado tres cafetales, seis sembrados de añil y doscientas cuadras de caña; he matado a mi amo M. Noé y a su madre...

—Pasa por alto tu hoja de servicios—le dijo Rigaud, que encubría en su aparente mansedumbre una crueldad positiva, pero que era feroz con decoro y no podía sufrir las fanfarronadas del crimen.

—Muchos más pudiera alegar—replicó el negro con orgullo—; pero éstos juzgo que se tendrán por suficientes para hacer ver que merezco la categoría de oficial y llevar al hombro una charretera de oro como aquellos compañeros.

Y así diciendo, señaló a los ayudantes y a la plana mayor de Biassou; el generalísimo pareció que meditaba por un momento, y después dirigió al negro con suma gravedad estas palabras:

—Mucho me alegraría de premiarte, porque estoy contento de tus servicios; pero todavía se requiere otra circunstancia a más: ¿sabes el latín?

El forajido, pasmado, abrió los ojos cuanto pudo, diciendo:

—Mi general...

—Eso te pregunto—repuso Biassou sin demora—. ¿Sabes el latín?

—El... latín...—repitió el negro estupefacto.

—¡Sí, sí, sí, el latín! ¿Sabes el latín?—prosiguió el astuto caudillo.

Y desplegando un estandarte en que estaba inscrito el versículo del salmo In exitu Israel de Ægypto, añadió:

—Explícame lo que significan estas palabras.

El negro, en el colmo de su asombro, quedábase inmóvil y mudo, restregándose maquinalmente las manos por sus calzoncillos y volviendo atónito la vista, ya de la bandera al general y ya del general a la bandera.

—Vamos, ¿acabarás de responder?—díjole con impaciencia Biassou.

El negro, rascándose la cabeza, abrió y volvió a cerrar repetidas veces los labios, y dejó al cabo salir estas palabras confusas:

—No entiendo, mi general.

El semblante de Biassou cobró de súbito el aspecto de indignación e ira.

—¿Cómo es eso—exclamó—, tunante desvergonzado? ¿Tienes el atrevimiento de querer ascender a oficial y no sabes latín?

—Pero, mi general...—tartamudeó el negro, trémulo todo y confuso.

—Cállate—replicó Biassou, cuyos ímpetus de cólera aparentaban ir en aumento—. No sé por qué no te mando fusilar ahora mismo en justo castigo de tu presunción. ¿Qué te parece, Rigaud, de este donoso oficial, que ni siquiera sabe latín? Escúchame, menguado; ya que no comprendes lo que está escrito en esa bandera, voy a darte la explicación: In exitu, ningún soldado; Israel, como no sepa latín; de Ægypto, puede llegar a oficial. ¿No es así, señor capellán?

El obí hizo un gesto afirmativo, y Biassou continuó:

—Ese hermano, a quien acabo de nombrar verdugo del ejército y de quien abrigas tantos celos, sabe el latín de corrido—entonces se volvió hacia el recién acuñado verdugo—. Dinos, amigo, si no es esto exacto. Para probarle a ese burro que sabes más que él, tradúcele lo que quiere decir Dominus vobiscum.

El desgraciado, saliendo al sonido de aquella terrible voz de la tétrica distracción en que estaba sumergido, alzó la cabeza, y aunque tenía aún el ánimo todo conmovido con la imagen del cobarde asesinato que acababa de cometer, la intensidad misma del terror le movió a obediencia. Había algo de extraño en el modo con que aquel hombre procuraba, entre sus ideas de espanto y remordimiento, traer a la memoria los estudios de su juventud, así como en la manera lúgubre que tuvo de proferir esta pueril explicación:

Dominus vobiscum... quiere decir... El Señor sea con vosotros.

Et cum spiritu tuo—añadió solemnemente el misterioso obí.

Amén—respondió Biassou.

Y luego, volviendo a sus ademanes airados y mezclando con su cólera fingida algunas frases sueltas de pésimo latín—por el estilo del médico a palos—para convencer al concurso de su ciencia, le gritó al negro ambicioso:

—Vuelve a entrar en las filas y ponte a la cola de tu compañía. Sursum corda! No sueñes otra vez en elevarte al rango de tus jefes que saben latín; orate, fratres, o te mandaré ahorcar. Bonus, bona, bonum.

El negro, maravillado y atemorizado a un tiempo mismo, volvió a meterse entre filas cubierto de vergüenza y con la cabeza baja, en medio de la rechifla general de sus compañeros, indignados al ver tan mal fundadas pretensiones y fija la vista con admiración en su docto generalísimo.

Había cierto aire burlesco en tal escena, la que acabó de inspirarme alto concepto de la habilidad de Biassou. El medio ridículo que había empleado con tan cabal éxito para desconcertar las ambiciones particulares, siempre tan exageradas entre una turba de rebeldes, me dió la medida, tanto de la estupidez de los negros cuanto de la astucia de su caudillo.

XXXVI

En tanto, había llegado la hora del almuerzo de Biassou, y los sirvientes pusieron ante el mariscal de campo de Su Majestad Católica una gran concha de tortuga llena de una especie de olla podrida, en que las tajadas del mismo animal hacían el oficio de carnero, y las batatas, el de garbanzos, todo profusamente condimentado con lonjas de tocino, mientras una enorme col sobrenadaba en el caldo de aquel puchero. A entrambos lados de la concha, que servía a la vez de marmita y de sopera, había dos cáscaras de coco convertidas en copas y llenas de pasas, sandías, higos y ñames, que servían de postres. Un pan de maíz y una bota de vino, con el sabor a pez que le da el cuero, completaban el banquete. Sacó luego Biassou un puñado de ajos del bolsillo, y restregó con ellos el pan, poniéndose a comer sin mandar siquiera que se llevasen el aún tibio cadáver que yacía en su presencia, y convidando a Rigaud para que hiciese lo mismo. El apetito de Biassou tenía en sí algo de espantoso.

El obí no participó de sus manjares, y comprendí que, cual todos los de su calaña, jamás comía en público, para persuadir a los negros que era de una esencia sobrenatural y que vivía sin alimento.

Al tiempo propio de almorzar mandó Biassou a uno de sus ayudantes que hiciese empezar la revista, y la turba de sus secuaces comenzó a desfilar en buen orden por delante de la gruta. Los negros de Morne-Rouge pasaron los primeros, en número como de algunos cuatro mil, divididos en apiñadas mitades bajo la guía de sus oficiales, quienes iban, según ya he dicho, adornados con unos calzoncillos o un cinto color de grana. Estos negros, casi todos robustos y de alta estatura, llevaban fusiles, hachas y sables, aunque muchos, a falta de otras armas, se habían provisto de arcos y flechas y azagayas. No tenían cubierta la cabeza y marchaban silenciosos, con aspecto de desconsuelo.

Al desfilar de esta escuadra inclinóse Biassou al oído de Rigaud, y le dijo en francés:

—¿Cuándo acabará la metralla de los blancos de quitarme el estorbo de estos forajidos de Morne-Rouge? ¡Los aborrezco porque casi todos son congos! Y, además, no saben matar sino en la pelea, siguiendo el ejemplo de su imbécil caudillo, su ídolo Bug-Jargal, ese muchacho necio, que quisiera echarla de magnánimo y generoso. ¿Tú no le conoces, Rigaud? Pues entonces confío en que te quedarás para siempre sin conocerle, porque los blancos le han hecho prisionero, y me libertarán de él, así como lo hicieron con Bouckmann.

—A propósito de Bouckmann—respondió Rigaud—; ahí vienen los cimarrones de Macaya, y veo pasar entre sus filas al negro que envió Juan Francisco para anunciarnos su muerte. ¿Sabes que ese hombre podría destruir todo el efecto de las profecías del obí acerca del fin de aquel jefe si contara que le habían detenido media hora en las avanzadas y que me había participado su noticia antes que le mandaras entrar?

—¡Qué diablo!—dijo Biassou—. ¡Y razón que te sobra, amigo! Es preciso buscar un medio de taparle a ese hombre la boca. Aguarda...

Entonces, alzando la voz, llamó a Macaya.

El comandante de los negros cimarrones se aproximó, presentando, en señal de acatamiento, su trabuco de boca ancha.

—Haz salir de tus filas—repuso Biassou—a aquel negro que va allí y que no debiera.

Era el mensajero de Juan Francisco. Macaya le condujo a presencia del general, quien cobró de súbito en el semblante aquella expresión de cólera que sabía fingir con tanto acierto.

—¿Quién eres?—le preguntó al negro sobrecogido.

—Mi general, soy un negro.

¡Caramba! ¡Eso ya lo veo! Pero ¿cómo te llamas?

—Mi sobrenombre de guerra es Vavelan; mi protector entre los bienaventurados es San Sabeo, diácono y mártir, que se conmemora veinte días antes de la Natividad...

Biassou le interrumpió:

—¿Y con qué cara te atreves a presentarte en la parada, en medio de espingardas relucientes y de tahalís blancos, con el sable sin vaina, los calzones desgarrados y los pies cubiertos de lodo?...

—Mi general—respondió el negro—, no es culpa mía. El gran almirante Juan Francisco me encargó de traer el parte de la muerte de Bouckmann, comandante de los cimarrones ingleses; y si mis vestidos están destrozados y los pies sucios, es porque he corrido, sin descansar ni tomar aliento, a fin de llegar antes con la nueva; pero me detuvieron a la entrada del campamento, y...

Biassou arrugó el ceño.

—¡No se trata de eso, gabacho, sino de tu desvergüenza en asistir a la revista tan desaliñado! Encomienda el alma a tu santo patrón, San Sabeo, diácono y mártir, y anda que te fusilen.

Aquí tuve nueva prueba del poderío moral que ejercía Biassou sobre los rebeldes. El infeliz, a quien se ordenaba ser él mismo portador de la orden de su muerte, no se atrevió ni aun a dar quejas. Bajó la cabeza, cruzó los brazos al pecho, hízole un triple saludo a su implacable juez, y, después de haberse arrodillado ante el obí, que le dió una absolución compendiada, salióse de la cueva. ¡Algunos minutos después, una descarga le anunció a Biassou que el negro había obedecido y había muerto!

Libre ya el caudillo de todo recelo, se volvió hacia Rigaud, brillándole los ojos de contento, y con una expresión sarcástica de triunfo que parecía decir: “¡Admírame!”

XXXVII

Seguía, empero, la revista, y aquel mismo ejército que, en desorden, me había presentado pocas horas antes un espectáculo tan extraordinario, no parecía menos extravagante ahora y sobre las armas. Eran ya algunos negros, completamente desnudos, y pertrechados de mazos, machetes y macanas, marchando al compás de un cuerno como los salvajes; ya batallones de mulatos equipados a la española y a la inglesa, con buenas armas y buena disciplina, arreglando sus pasos al toque de los tambores; catervas, luego, de negras y negrillos, con horquillas y garfios, o de viejos inútiles cargados con fusiles antiguos e inservibles, sin cañón o sin llave; griotas, en fin, con sus vestidos de botarga, o griotos con horribles contorsiones y gestos, entonando canciones incoherentes, con acompañamiento de guitarra, de balafo o de platillos. Interrumpían a veces esta extraña procesión bandadas heterogéneas de mulatos, cuarterones, salto-atrás y toda clase de mestizos libres; o ya catervas errantes de negros cimarrones, con el ademán soberbio y carabinas relucientes, que arrastraban entre filas sus carretones henchidos de despojos, o algún cañón arrebatado a los blancos, menos cual arma ofensiva que trofeo, cantando a toda voz los himnos rebeldes de Gran-Pré y Oua-Nassé. Por encima de tanto y tan diverso concurso tremolaban banderas de todos colores y con todas divisas: blancas, rojas y tricolores, adornadas con flores de lis y con el gorro de la libertad, y llevando por lema: Mueran los sacerdotes y los aristócratas, ¡Viva la religión!, ¡Libertad e igualdad!, ¡Viva el Rey!, ¡Muera la metrópoli!, ¡Viva España!, ¡No más tiranos!, etcétera, etc.; extraña mescolanza y claro indicio de que las fuerzas de los rebeldes eran un tropel sin objeto determinado, y de que no menor desorden que en los hombres reinaba en las ideas.

Al pasar, a su vez, por la gruta, las escuadras rendían sus banderas, y Biassou devolvía el saludo. A cada batallón le dirigía algunas palabras de reprensión o de elogio, y cada palabra severa o halagüeña que caía de sus labios era acogida por sus secuaces con fanático respeto y una especie de temor supersticioso.

Pasó al cabo aquella inundación de bárbaros, y confieso que, si al principio sirvióme de distracción, llegó por último a serme penosa la vista de tanto forajido.

Mientras tanto, la tarde declinaba, y, cuando los últimos hombres desfilaron, el sol teñía débilmente de un rojo cobrizo la frente granítica de las montañas de oriente.

XXXVIII

Biassou parecía meditabundo, y cuando, terminada la revista y dadas sus órdenes postreras, se retiraron los rebeldes a sus chozas, me dirigió al fin la palabra en tales términos:

—Ya has podido juzgar a tu despacio, joven, de mi ingenio y poderío, y he aquí llegada la hora de que vayas a participárselo a Leogrí.

—No ha consistido en mí que tarde tanto—le respondí con indiferencia.

—Razón tienes—replicó Biassou.

Y aquí se detuvo un instante, como para observar qué efecto iban a producir en mí las siguientes palabras:

—Y, además, de ti penderá el que nunca llegue.

—¿Cómo es eso?—exclamé pasmado—. ¿Qué quieres tú decir?

—Sí—prosiguió Biassou—; en tus propias manos tienes tu vida, y si quieres, puedes salvarla.

Este arrebato de clemencia, el primero y el último, sin duda alguna, que Biassou haya jamás sentido, me pareció un prodigio. El obí, como yo, lleno también de sorpresa, saltó del asiento donde por tan largo rato había permanecido inmóvil y en actitud extática, al estilo de los faquires indios. Se puso frente a frente del generalísimo y alzó la voz lleno de ira:

¿Qué dice el excelentísimo señor mariscal de campo? ¿No se acuerda de lo que me ha prometido? Ni él ni el bon Giu pueden ya disponer de esta vida, que me pertenece.

En aquel momento, al oír su acento de cólera, juzgué de nuevo tener algún recuerdo de aquel maldito hombrecillo; mas fué una sensación vaga y pasajera, que no me iluminó el entendimiento.

Biassou, sin alterarse, se levantó, habló con el obí en voz baja, señalándole a la bandera negra en que ya había yo reparado, y, tras algunos minutos de conversación, meneó el zahorí la cabeza de arriba abajo, cual en señal de consentir, y los dos recobraron sus antiguos puestos y actitudes.

—Escucha—me dijo entonces el generalísimo, sacando del bolsillo los otros despachos de Juan Francisco, que tenía allí metidos—. Nuestros negocios van mal. Bouckmann acaba de morir en un encuentro; los blancos han exterminado en la comarca de Cul-de-Sac a dos mil negros levantados; las tropas de la colonia siguen atrincherándose y cubriendo todos los llanos de puntos fortificados, y, por culpa nuestra, hemos desaprovechado una ocasión de apoderarnos del Cabo, que no se volverá a presentar tan de pronto. Por el lado de Levante, el camino principal está cortado por un río, y los blancos, para defender el paso, han establecido una batería flotante sobre pontones y dos reductos, a cada orilla. Al Sur hay otro camino real, que atraviesa ese país montañoso llamado el Haut-du-Cap, y lo tienen también cuajado de tropas y de artillería. Por la parte de tierra, la posición está asimismo bien fortificada, con parapetos en que han trabajado todos los habitantes, con añadidura de buenos caballos de frisa. Por consiguiente, el Cabo se halla al abrigo de nuestras embestidas. La emboscada en las gargantas de Doma-Mulatos no produjo el éxito que nos prometíamos, y a tantos reveses se junta la fiebre de Siam, que devasta el campamento de Juan Francisco. Así que el gran almirante de Francia opina, y yo participo de su sentir, que sería conveniente entrar en tratos con el gobernador Blanchelande y la Asamblea colonial. He aquí la carta que sobre este particular vamos a remitir a la Asamblea; escucha:

“Señores diputados:

“Grandes infortunios han afligido a esta rica e importante colonia, en los que nos hemos visto nosotros envueltos, y nada más nos queda que alegar por excusa. Algún día vendrá en que nos haréis toda la justicia que nuestra situación se merece. Debemos quedar comprendidos en la amnistía general que el Rey Luis XVI ha proclamado para todos indistintamente.

“Si no, como el Rey de España es un Rey bueno, que nos trata muy bien y que nos manifiesta recompensas, seguiremos a su servicio con celo y lealtad.

“Vemos que, con arreglo a la ley de 28 de septiembre—de 1791—, la Asamblea nacional y el Rey os conceden facultad para decretar definitivamente acerca del estado de las personas no libres y de la condición política de los hombres libres de color. Nosotros defenderemos los decretos de la Asamblea nacional y los vuestros, si están revestidos de los requisitos legales, hasta derramar la última gota de nuestra sangre. Sería conveniente que declararíais por un decreto, sancionado por el señor general, que formáis intento de ocuparos en la suerte de los esclavos. En sabiendo, por conducto de sus jefes, a quienes daríais noticia de estos trabajos, que son el objeto de vuestras tareas, quedarían satisfechos, y en breve tiempo se recuperaría el equilibrio roto.

“No contéis, sin embargo, señores representantes, en que consintamos en armarnos por el beneplácito de asambleas revolucionarias. Nosotros somos súbditos de tres reyes. El Rey del Congo, señor natural de todos los negros; el Rey de Francia, que representa a nuestros padres, y el Rey de España, que representa a nuestras madres. Estos tres reyes son los descendientes de los tres reyes magos que, guiados por una estrella, vinieron a adorar el Dios-hombre. Si sirviéramos a las Asambleas, tal vez nos veríamos arrastrados a hacer la guerra contra nuestros hermanos, los súbditos de estos tres reyes, a quienes hemos jurado fidelidad.

“Además, no sabemos lo que se quiere decir por la voluntad de la nación, puesto que desde que el mundo reina no hemos ejecutado sino la de un rey. El príncipe de Francia nos quiere y el de España no cesa de darnos socorro. Les ayudamos y nos ayudan: ésta es la causa de la humanidad. Y luego, aun cuando nos faltaran estas Majestades, pronto habríamos tronado un Rey.

“Tales son nuestras intenciones, mediante las cuales consentiremos en hacer la paz.—Firmado, Juan Francisco, general; Biassou, mariscal de campo; Desprez, Manzeau, Toussaint, Aubert, comisionados ad hoc.”

—Ya ves—añadió Biassou, concluída que fué la lectura de este documento de la diplomacia negra, que se me quedó estampado en la memoria palabra por palabra—; ya ves, digo, que estamos de paz. Ahora bien: esto es lo que pretendo de ti. Ni Juan Francisco ni yo nos hemos educado en las escuelas de los blancos, donde se aprende a charlar bien; sabemos pelear, pero no escribir, y, sin embargo, no quisiéramos que hubiera en nuestra carta a la Asamblea nada que pudiese excitar la burla orgullosa de nuestros antiguos dueños. Tú me parece que has aprendido esta frívola ciencia que a nosotros nos falta; así, pues, corrige en nuestro oficio cuantas faltas hicieran reír a los blancos, y a este precio te concedo la vida.

Había en este empleo de corrector de las faltas de ortografía diplomática de Biassou algo de demasiado repugnante a mi orgullo para que yo titubease un solo momento. Y, además, ¿qué se me daba de la vida? Rehusé, pues, su oferta.

Pareció sorprenderse.

—¿Cómo es eso?—exclamó—. ¿Prefieres morir a hacer unos cuantos garabatos con la pluma en un pedazo de pergamino?

—Sí—le repliqué.

Mi determinación pareció como que le desagradaba, y, después de meditar por un breve espacio, me dijo:

—Escúchame, muchacho atolondrado; quiero ser menos terco que tú y te concedo de plazo hasta mañana por la tarde para que te resuelvas a obedecerme. Mañana, al ponerse el sol, volverán a traerte a mi presencia, y piensa en complacerme. Adiós, que la almohada es fuente de buenos consejos. Acuérdate que entre nosotros recibir la muerte es algo más que el morir.

El sentido de estas últimas palabras, acompañadas de una horrenda carcajada, no era, por cierto, equívoco, y los tormentos que Biassou acostumbraba inventar para sus víctimas acababan de explicarlas.

—Candi—prosiguió Biassou—, llévate al prisionero y entrégale a la custodia de los negros de Morne-Rouge, porque quiero que aún vea asomar por una vez el sol, y mis soldados quizá no tendrían tanta paciencia como para aguardar que pasasen veinticuatro horas.

El mulato Candi, comandante de sus guardias, me mandó atar los brazos a la espalda, y, agarrando un soldado el cabo de la cuerda, nos salimos de la cueva.

XL

No sé, a decir verdad, señores, a qué expongo semejantes ideas, pues no son de aquellas que se comprenden o se explican, sino que es necesario haberlas sentido. Yo las probé. Tal era el estado de mi mente en el momento en que los guardias de Biassou me entregaron a los negros de Morne-Rouge, y como me parecían espectros que me pasaban a manos de otros espectros, dejé sin asomo de resistencia que me atasen por la cintura al tronco de un árbol. Trajéronme por alimento algunas batatas cocidas en agua, y comí por aquella especie de instinto maquinal que la bondad divina concede al hombre sumido en la amargura de sus pensamientos.

Había, por fin, llegado la noche, y mis guardias se retiraron a sus chozas, excepto cinco o seis que permanecieron junto a mí de vigilantes, sentados o tendidos alrededor de una hoguera que tenían encendida para guarecerse del frío nocturno. Al cabo de algunos breves instantes, quedaron todos sumidos en profundo sueño.

La postración física en que me encontraba contribuyó no poco a las vagas imágenes que me confundían la mente. Recordaba los días tranquilos y siempre idénticos que pocas semanas antes pasaba al lado de María, sin entrever siquiera en el porvenir otra posibilidad que la de una dicha eterna, y comparábalos entonces con el día que acababa de transcurrir, día en que tantas y tan extrañas cosas se habían mostrado a mi vista, como para hacerme dudar de la existencia, y en que tres veces me vi próximo a morir y escapé, sin tener aún la vida en salvo. Meditaba en el porvenir inmediato, comprendido en el breve recinto de una mañana, sin más perspectiva que la desgracia y una muerte ya próxima, por fortuna, y me parecía lidiar con alguna horrenda pesadilla. Preguntábame a mí propio si era posible que cuanto había pasado hubiese pasado; que lo que me rodeaba fuese el campamento del sanguinario Biassou; que hubiese perdido a María para siempre, y que aquel prisionero custodiado por seis bárbaros, atado y dispuesto para una muerte segura, aquel prisionero, a quien veía al resplandor de una hoguera de forajidos, fuese yo en mi misma persona. Y no obstante todos mis esfuerzos para evitar el asedio de una idea, mucho más dolorosa aún, mi corazón se tornaba a María. Examinaba con angustia su suerte y estirábame entre mis ligaduras como para volar a su socorro, confiado siempre en que habría de disiparse el horrible sueño y en que Dios no consentiría en derramar sobre el destino del ángel que me había concedido por esposa, todos aquellos horrores de que la imaginación retrocedía espantada. El doloroso encadenamiento de mis ideas me representaba luego a Pierrot, y la rabia me volvía insensato: las arterias de las sienes querían reventar con la sangre agolpada, y yo me odiaba, me maldecía, me despreciaba a mí propio por haber confundido en algún tiempo mi amistad hacia Pierrot con mi amor a María, y, sin tratar de explicarme qué motivo le impulsara a lanzarse en las corrientes del río Grande, lloraba de no haberle exterminado. Él había ya muerto, yo iba también a morir, y lo único que lamentaba en esta pérdida de ambas vidas era haber perdido asimismo mi venganza.

Todas estas emociones me agitaban en una especie de letargo, entre dormir y velar, en que había caído a efectos del cansancio; y no sé cuánto tiempo habría durado, cuando me arrancó de repente de él el eco de una voz varonil, que cantaba en acento claro y distinto, pero aún lejano: “Yo, que soy contrabandista.” Abrí los ojos, estremecido; pero todo estaba a obscuras, durmiendo los negros y el fuego moribundo. Nada más oí, y pensando que fuese una ilusión del sueño, mis pesados párpados volvieron a cerrarse. Volvílos a abrir con precipitación, porque la voz había empezado de nuevo a resonar, cantando con tristeza, y ya más de cerca, esta copla de un romance español:

En los campos de Ocaña
prisionero caí;
llévanme a Cotadilla,
¡desdichado que fuí!

Ahora ya no cabía sueño: ¡era la voz de Pierrot! Un momento después volvió a alzarse entre el silencio de las tinieblas, y repitió a mis oídos la conocida canción: “Yo, que soy contrabandista”. Un perro corrió alegre y juguetón a echarse a mis pies, y este perro era Rask. Levanté los ojos. Un negro se veía delante de mí, mientras la luz de la hoguera arrojaba al lado del perro su sombra colosal, y este negro era Pierrot. El ímpetu de venganza me arrebató, y la sorpresa me tenía inmóvil y mudo. ¿Velaba por ventura? ¿Se aparecían los muertos? Esto no era ya un sueño, sino una aparición. Aparté horrorizado la vista, y a este ademán dejó él caer la cabeza sobre el pecho.

—Hermano—susurró en voz baja—, me habías prometido no dudar jamás de mí cuando me oyeras esta canción; dime, hermano, ¿has olvidado tus promesas?

La ira me volvió la palabra.

—¡Monstruo!—exclamé—. ¡Te hallé, al fin, verdugo, asesino de mi tío, raptor de María!, ¿te atreves a llamarme hermano? ¡Mira, no te me acerques!

Y, olvidando que estaba atado sin facultad para hacer casi el menor movimiento, bajé como involuntariamente la vista hacia la cintura para buscar mi espada. Tan visible intención le lastimó, y, con acento conmovido, pero de blandura, me replicó:

—No, no me acercaré; eres desgraciado, y me compadezco de ti, aunque tú no me tienes lástima a mí, ¡que soy aún más desgraciado!

Encogíme de hombros, y, conociendo él aquella muda queja, prosiguió con aspecto melancólico:

—¡Sí, tú has perdido mucho; pero yo he perdido más que tú!

En esto, el ruido de su voz despertó a los seis negros que me vigilaban, quienes, al ver una persona extraña, se levantaron con presura, corriendo a las armas; mas luego que hubieron fijado sus miradas en Pierrot, lanzaron un grito de júbilo y sorpresa y cayeron postrados en tierra, golpeando el polvo con sus frentes.

Pero ni el homenaje que los negros tributaban a Pierrot, ni las caricias que Rask repartía entre su amo y yo, mirándome con desasosiego, como sorprendido de mi frío recibimiento, nada me hacía impresión en aquel instante. Estaba enteramente entregado a los transportes de mi rabia, que las ligaduras hacían impotente.

—¡Oh!—exclamé al cabo, llorando de ira, bajo el peso de las trabas que me retenían—. ¡Oh, y cuán desgraciado soy! Yo lamentaba que ese infame hubiese hecho justicia de sí propio; yo le juzgaba muerto, y sentía mi perdida venganza, y hele aquí ahora que viene a mofarse de mí con su presencia; hele aquí vivo, ante mis ojos, sin que pueda tener el placer de coserle a puñaladas. ¡Oh! ¡Quién me libertaría de estos execrables lazos!

Pierrot se volvió hacia los negros, que seguían en adoración a sus plantas.

—Compañeros—les dijo—, soltad al prisionero.

XLI

Pronto quedó obedecido. Los negros, que me custodiaban se apresuraron ahora a cortar las cuerdas de mis ligaduras, y me encontré en pie y libre; pero quedéme inmóvil, porque el pasmo me tenía a su vez encadenado.

—No es esto solo—repuso Pierrot arrancándole a uno de los negros su cuchillo y ofreciéndomelo—. Puedes cumplir tu deseo. Dios no permita que te dispute el derecho de disponer de mi vida. Por tres veces la salvaste, y es ya muy tuya; hiere, si quieres herirme.

No había ni amargura ni queja en el tono de su voz, que estaba tan sólo triste y resignada.

Aquella inesperada puerta que le abría a mi venganza el ente mismo a quien ella se consumía por alcanzar, tenía en sí algo de demasiado extraño y demasiado fácil. Conocí que ni todo mi encono contra Pierrot, ni todo mi amor hacia María, eran capaces de inducirme a un asesinato; y, además, fueran cuales fuesen las apariencias, cierta voz oculta me clamaba en lo hondo del corazón que un enemigo y un culpado no habría venido a ofrecerse en semejante manera a la venganza y al castigo. ¿Lo diré, por fin? Había en el imperioso prestigio de que aquel ser extraordinario se hallaba cercado cierta cosa que a mí mismo, y a pesar mío, me subyugaba en aquel instante. Aparté, pues, el puñal diciendo:

—¡Vil! Yo consentiría en matarte en combate, pero no en asesinarte. ¡Defiéndete!

—¡Que me defienda!—replicó asombrado—. ¿Y de quién?

—De mí.

Hizo un ademán de pasmo.

—¡De ti! Es lo único en que no me cabe obedecerte. ¿Ves tú aquí a Rask? Puedo degollarle y me dejará que lo haga sin defensa; pero no podré forzarle a que pelee contra mí: no lo entendería; y yo, que soy para contigo como Rask, no te entiendo.

Hizo aquí una breve pausa, y añadió en seguida:

—Leo en tus ojos el odio como en algún tiempo pudiste tú leerlo en los míos. Sé que has padecido muchos infortunios: te han muerto a tu tío, han incendiado tus campos, degollado a tus amigos, saqueado tu morada, devastado tus haciendas; pero no he sido yo, sino los míos. Escúchame: cierto día te dije que los tuyos me habían causado muchos males, y me respondiste que tú no eras; ¿qué hice yo entonces?

Se le despejó el semblante, aguardando que me arrojase en sus brazos; yo le miré con ferocidad.

—Niegas tu parte en cuanto los tuyos han hecho—díjele enfurecido—, y no mientas lo que tú propio hiciste en mi contra.

—¿Qué?—me preguntó.

Me acerqué a él con violencia, y mi voz, al hablarle, retumbó cual un trueno:

—¿Dónde está María? ¿Qué has hecho de María?

A este nombre cruzó una nube por su frente, y pareció un momento como desconcertado. Al cabo, rompiendo el silencio, me respondió:

—¡María! ¡Sí, tienes razón!... Pero hay demasiados oídos que nos escuchen.

Su turbación, y tales palabras como tienes razón, encendieron un infierno de celos en mi ánimo, e imaginéme que eludía mis preguntas. En aquel instante me miró con semblante de franqueza, y dijo con emoción profunda:

—No sospeches de mí, te lo suplico, y en otro lugar te lo explicaré todo: quiéreme como yo te amo, con confianza.

Aquí se detuvo un instante para observar el efecto de sus palabras, y añadió enternecido:

—¿Puedo llamarte mi hermano?

Pero mi cólera y mis celos habían recobrado todo su ímpetu, y estas palabras tan tiernas me parecieron hipócritas y no hicieron sino exasperarme.

—¡Miserable, ingrato!—exclamé—. ¿Te atreves a recordarme aquellos tiempos?

Me interrumpió, diciendo con los ojos arrasados en lágrimas:

—¡No soy yo el ingrato!

—¡Pues bien—le repliqué arrebatado—, habla!, ¿qué has hecho con María?

—En otro lugar, en otro lugar—me contestó—; aquí hay otros oídos que escucharían nuestras palabras, y, además, no me creerías sin darte pruebas, y el tiempo urge. El día va despuntando, y tengo que sacarte de aquí. Escucha, todo ha concluído, y pues que recelas de mí, bien harías en acabarme con el puñal; mas aguarda un poco antes de ejecutar lo que llamas tu venganza, porque primero tengo que ponerte en libertad. Vamos a ver a Biassou.

Semejante conducta y tales discursos encubrían algún misterio que no alcanzaba a comprender. A pesar de todas mis preocupaciones contra aquel hombre, conocía que a su voz me vibraban las fibras del corazón y que me dominaba algún inexplicable poderío; me sentí titubear entre el deseo de venganza y la compasión, entre los recelos y la más ciega confianza, y, por último, me resolví a seguirle.

XLII

Salimos del recinto de los negros de Morne-Rouge, y grande era mi sorpresa al verme caminar libre por aquel campamento de bárbaros en que la víspera ostentaba cada forajido una sed tan rabiosa de mi sangre. Lejos, muy lejos de intentar atajarnos el paso, se postraban ante nosotros todos los negros y mulatos, entre unánimes exclamaciones de asombro, de alegría y de respeto. Ignoraba yo cuál pudiera ser la categoría de Pierrot en el ejército de los revoltosos; pero acordándome del dominio que ejercía entre sus anteriores compañeros de cautiverio, no tuve dificultad en comprender la importancia de que, al parecer, gozaba entre los secuaces del levantamiento.

Llegando a la línea de centinelas que vigilaba ante la gruta de Biassou, se dirigió hacia nosotros su caudillo, el mulato Candi, preguntando desde lejos con amenazas por qué nos atrevíamos a aproximarnos así al general; mas cuando llegó a distancia de percibir las facciones de Pierrot distintamente, quitóse de súbito la montera recamada de oro, y, como aterrorizado de su propio atrevimiento, hizo una reverencia, humillándose hasta el suelo, y nos introdujo en la estancia de Biassou, dando en tono balbuciente mil disculpas, a que sólo contestó Pierrot con un gesto de desdén.

Aunque no me había causado sorpresa el respeto de los soldados negros hacia Pierrot, al mirar a Candi, uno de sus principales jefes, humillarse de tal modo ante el esclavo de mi tío, empecé ya a preguntarme a mí propio quién pudiera ser este hombre, cuya autoridad tan grande parecía. Y mucho subió de punto tal idea cuando vi al generalísimo, que se hallaba solo en el momento de nuestra entrada, comiendo con gran sosiego, levantarse precipitadamente al aspecto de Pierrot, y, disimulando su inquieta sorpresa y su violento despecho bajo la capa de respeto el más profundo, hacer una humilde reverencia a mi compañero y ofrecerle su mismo trono de caoba. Pierrot rehusó admitir la oferta.

—Juan Biassou—le dijo—, no he venido a usurpar tu puesto, sino sólo a pedirte una gracia.

—Vuestra Alteza sabe—respondió Biassou redoblando sus saludos—que puede disponer de cuanto dependa de Juan Biassou, de cuanto Juan Biassou posea y aun de su misma persona.

El título de Alteza que confería Biassou a Pierrot aumentó más mi asombro.

—No quiero tanto—repuso Pierrot con empeño—. No te pido otra cosa que la vida y la libertad de este prisionero.

Y, al decir esto, señaló hacia mí. Biassou se quedó por un instante como cortado; pero su indecisión fué breve.

—Gran pesar me causa Vuestra Alteza pidiéndome lo que con sumo dolor no puedo concederle. Este prisionero no es de Juan Biassou, no pertenece a Juan Biassou, y Juan Biassou no manda en él.

—¿Qué pretendes decir?—preguntó Pierrot con ademán severo—. ¿Pues de quién depende? ¿Hay por ventura aquí más autoridad o poder que los tuyos?

—Sí, Alteza; por desgracia.

—¿Y cuál?

—Mi ejército.

El aire zalamero y astuto con que eludía Biassou las preguntas francas y altivas de Pierrot daba claro a entender su resolución de no conceder otra cosa a más del respeto a que al parecer se veía obligado.

—¿Cómo es eso de tu ejército?—exclamó Pierrot—. Pues qué, ¿no sabes hacerte obedecer?

Biassou, conservando su posición ventajosa, aunque sin soltar el aire de inferioridad, contestó con aparente franqueza:

—¿Y se imagina Su Alteza que se pueda mandar de veras a hombres que se han rebelado por no obedecer?

Yo daba demasiado poco precio a la vida para romper el silencio; pero la ilimitada autoridad que vi a Biassou ejercer la víspera sobre sus secuaces hubiera podido proporcionarme ocasión de desmentirle y poner a descubierto su doblez. Pierrot le replicó:

—Pues bien: ya que no sabes mandar a tu ejército y que los soldados hacen aquí de jefe, ¿qué motivos de odio pueden ellos abrigar contra este prisionero?

—Las tropas del gobierno acaban de dar muerte a Bouckmann—contestó Biassou, cubriendo con un velo de tristeza su feroz y burlona fisonomía—, y mis compañeros están resueltos a vengarse en este blanco de la pérdida del caudillo de los negros cimarrones de Jamaica; quieren alzar trofeo contra trofeo, y que la cabeza de este oficial haga balanza a la cabeza de Bouckmann en la medida en que el bon Giu bueno pesa a entrambos partidos.

—¿Cómo has podido—le dijo Pierrot—adherirte a estas horribles represalias? Escúchame atento, Juan Biassou: estas crueldades serán lo que arruinen nuestra justa causa. Prisionero en el campamento de los blancos, de donde logré fugarme, ignoraba la muerte de Bouckmann, que ahora me cuentas, y que es un justo castigo del cielo por sus crímenes. En cambio, voy a participarte otra nueva: Jeannot, aquel mismo caudillo de los negros que sirvió a los blancos de guía para meterlos en la emboscada de Doma-Mulatos, Jeannot, también acaba de morir. Ya sabes, no me interrumpas, Biassou, que competía en lo sanguinario con Bouckmann y contigo; ahora bien, atiéndeme: no es la cólera del cielo ni tampoco los blancos los que le han herido, sino el mismo Juan Francisco es quien ha hecho este acto de justicia.

Biassou, que estaba escuchando con ademán sombrío de respeto, dejó escapársele una exclamación de sorpresa. En este instante entró Rigaud, hizo a Pierrot una profunda reverencia y se puso a hablarle en secreto al generalísimo, cuando a la par se oía gran estrépito por el campamento. Pierrot continuó hablando así:

—... Sí, Juan Francisco, cuyo único defecto es un lujo funesto, y la ridícula pompa de aquella carroza con seis caballos en que va todos los días desde su campamento a oír la misa que le dice el cura de Río Grande; Juan Francisco ha castigado los furores de Jeannot. A pesar de las cobardes súplicas del forajido, y aunque a los últimos momentos se abrazó con tanto terror al cura de la Marmelade, encargado de exhortarle a bien morir, que fué preciso arrancarle de por fuerza, al fin ayer quedó fusilado el monstruo bajo el mismo árbol, lleno de garfios de hierro, de donde colgaba a sus víctimas vivas. Biassou, medita en este ejemplo. ¿A qué fin esas matanzas, que obligan a los blancos a mostrarse feroces? ¿A qué valerse de artificios para excitar aún más el furor de nuestros desgraciados compañeros, ya de por sí exasperados en demasía? Hay en Trou-Coffi un charlatán mulato, a quien apellidan Romana la Profetisa, que anda fanatizando un tropel de negros, profanando sacrílegamente la Santa Misa y haciéndoles creer que está en relaciones con la divina Virgen, que le comunica sus oráculos cuando introduce la cabeza en el santuario. Así incita a sus secuaces a la matanza y al saqueo en nombre de María...

Quizá había una expresión más tierna aún que la del acatamiento religioso en el acento con que pronunció esta postrer palabra; y yo no sabré decir por qué, pero me sentí ofendido e irritado.

—... Pues bien—prosiguió el esclavo—, tenéis aquí en vuestro campamento a no sé cuál obí o charlatán semejante a ese Romana la Profetisa. No ignoro que, debiendo guiar un ejército compuesto de hombres de todos países, de todo origen, de todos colores, es preciso enlazarlos por algún vínculo de comunidad; pero ¿acaso no es dable encontrarlo sino en un fanatismo feroz y en ridículas supersticiones? Créeme, Biassou, que los blancos no son tan crueles como nosotros. A menudo he visto a los dueños defender las vidas de sus esclavos, y aunque no desconozco que para muchos de ellos, no la vida de un hombre, sino una suma de dinero, era el objeto de aprecio, siquiera el egoísmo de su propio interés les inspiraba una virtud. No seamos, pues, menos clementes, que también nuestro provecho nos lo aconseja. ¿Será más santa y más justa nuestra causa por ventura cuando hayamos exterminado a las mujeres, degollado las inocentes criaturas, atormentado a los ancianos o hecho perecer a nuestros antiguos amos entre las llamas de sus mismas habitaciones? ¡Y, sin embargo, tales son nuestras hazañas diarias! Respóndeme, Biassou, ¿de qué sirve dejar por testimonio de nuestras huellas un rastro de cenizas o un rastro de sangre?

Calló, y el fuego de sus miradas y la energía de sus acentos respiraban tal convencimiento y fuerza de mando cuales no alcanzaré a describir. Con los ojos bajos y el ademán de un raposo cogido en las garras del león, meditaba Biassou el medio de esquivar tamaño poderío, y, mientras tanto, el caudillo de las hordas de los Cayos, aquel mismo Rigaud, que había presenciado la víspera, y con sereno aspecto, cometerse tales horrores, aparentaba indignarse de los atentados que Pierrot tan al vivo retrataba, exclamando con hipócrita alarma:

—¡Oh, Dios mío, y lo que es un pueblo enfurecido!

XLIII

Crecía en esto el estrépito por afuera, y Biassou se mostraba desasosegado. Más tarde supe que procedía este rumor de los negros de Morne-Rouge, quienes recorrían el campamento anunciando la llegada de mi libertador y el intento de sostenerle, fuese cual fuera el motivo de su visita a Biassou. Rigaud había venido a participar al generalísimo esta circunstancia, y el temor de un funesto rompimiento fué lo que indujo al astuto caudillo a hacer, como en efecto hizo, una especie de aparente concesión a los deseos de Pierrot.

—Si somos algo severos con los blancos—dijo con evidente despecho—, Vuestra Alteza lo es bastante con nosotros, y me agravia en particular con achacarme el ímpetu del torrente. Pero, al cabo, ¿qué podría hacer ahora para satisfacerle?

—Ya lo he dicho, señor Biassou—replicó Pierrot—: que me dejen llevarme a este cautivo.

Biassou se quedó por unos instantes pensativo, y después exclamó, dando a sus facciones cuanta expresión de sinceridad le fué dable.

—Vamos, quiero probarle a Vuestra Alteza cuán grande es mi deseo de complacerle. Permítame sólo que hable dos palabras con él en secreto, y en seguida el prisionero quedará libre.

—¿De veras?... Que por eso no quede—replicó Pierrot.

Y su semblante, hasta entonces lleno de altivez y desagrado, se encendió de júbilo. Alejóse luego unos pocos pasos, y Biassou, llevándome a un rincón apartado de la gruta, me dijo en voz baja:

—No puedo concederte la vida sino bajo una condición, y ya la sabes; ¿consientes?

Y me enseñó el despacho de Juan Francisco. El consentir me hubiera parecido ruindad, y así, le contesté:

—No, no consiento.

—¡Ah!—continuó con su acostumbrado sarcasmo—. ¡Conque sigues siempre tan terco! ¡Parece que te confías mucho en tu protector! ¿Sabes quién es, por acaso?

—Sí—le repliqué con violencia—, es un monstruo como tú, y, además, más hipócrita.

Se incorporó con un movimiento de sorpresa, y clavó los ojos en mí como para descubrir en los míos si hablaba de veras.

—¡Pues qué!—me dijo—, ¿no le conoces?

—No reconozco en él—respondí con desprecio—sino a un esclavo de mi tío que se llama Pierrot.

Biassou soltó una risa de mofa:

—¡Ja... ja...! ¡Vaya un caso curioso! El pide tu vida y tu libertad, y tú le das el dictado de un monstruo como yo.

—¡Qué me importa!—le contesté—. Si disfrutara de un momento de libertad, no sería para pedir mi vida, sino la suya.

—¿Qué significa esto?—dijo Biassou—. Hablas con aire sincero y no supongo que te entretengas en jugar con la existencia. Algo hay aquí que no comprendo. Un hombre a quien tú odias, te protege, y cuando él implora por tu vida, ¡apeteces su muerte! Al cabo, nada me va en ello. Deseas un momento de libertad, y es lo único que puedo concederte; así, te permitiré que le acompañes si primero me empeñas tu palabra de honor de venir a entregarte en mis manos dos horas antes de ponerse el sol. ¿No es cierto que eres francés?

¿Lo confesaré, señores? La vida me era una carga, y me repugnaba recibirla por don de manos de Pierrot, objeto por tantos motivos de mi odio; no sé tampoco si ayudaría a mi resolución la certeza de que Biassou no soltaría su presa tan fácilmente ni consentiría en mi libertad; en fin, no apetecía sino disponer a mi albedrío de algunas horas para acabar de cerciorarme antes de morir del destino de mi adorada María y de mi suerte. La palabra que me pedía Biassou, confiado en el honor de un francés, era medio seguro y fácil de conseguirlo, y mi palabra se la di.

Habiéndome ligado de esta suerte, el general se acercó a Pierrot y dijo con tono sumiso:

—Señor, el prisionero blanco queda a disposición de Vuestra Alteza y en libertad de ir en su compañía.

Jamás había observado pintarse tanto gozo en los ojos de Pierrot.

—Gracias, Biassou—exclamó alargándole la mano—; gracias, porque acabas de hacerme un servicio que te autoriza de aquí en adelante para exigir cuanto de mí apetezcas. Por ahora, sigue disponiendo hasta mi vuelta de mis hermanos de Morne-Rouge.

Entonces se volvió hacia mí, diciendo:

—Pues que estás libre, ven.

Y me arrastró tras sí con singular energía.

Biassou nos miró salir con un asombro que se distinguía aun al través de las muestras de respeto con que despidió a mi compañero.

XLIV

Ansiaba yo por quedarme a solas con Pierrot. Su turbación cuando le pregunté por la suerte de María, la insolente ternura con que osaba pronunciar su nombre, habían arraigado aún más los gérmenes de execración y celos que brotaron en mi pecho cuando le vi arrebatar por medio de las llamas en el castillo de Galifet a aquella que apenas podía aún llamar mi esposa. ¿Qué se me daba, pues, de las generosas reconvenciones con que había amonestado al sanguinario Biassou en mi presencia, ni del afán que se tomaba por mi vida, ni de aquel sello extraordinario que se veía impreso en todas sus acciones y palabras? ¿Qué se me daba de aquel misterio que le envolvía, que me le presentaba vivo ante los ojos cuando había presenciado su muerte, que me le ofrecía cautivo de los blancos cuando le vi sepultarse en las aguas del Río Grande, que transformaba al esclavo en Alteza y en libertador al prisionero? De todo este caos incomprensible, la única cosa para mí evidente era el infame rapto de María, un ultraje que vengar, un crimen a que imponer castigo. Los extraños sucesos que había ya presenciado, apenas bastaban para hacerme suspender un tanto el juicio, y aguardaba con impaciencia el momento de obligar a mi rival a explicarse. Este momento llegó al fin.

Habíamos cruzado por entre las triples filas de negros, que, postrados a nuestro paso, exclamaban con asombro, y sin que yo pudiese entender si hablaban de Pierrot o de mí:

—¡Milagro! Ya no está prisionero.

Habíamos traspasado los últimos límites del campamento; habíamos perdido de vista entre los árboles y peñascos los postreros centinelas de Biassou; Rask corría gozoso, adelantándose, y luego volvía a nuestro encuentro; Pierrot caminaba con rapidez; yo, por fin, le detuve entonces y le dije:

—Escúchame ahora, que ya es excusado el ir más lejos. Los oídos que temías ya no están a nuestro alcance ni pueden recoger nuestras palabras; habla, pues: ¿qué has hecho de María?

Una violenta emoción me ahogaba casi la trémula voz; él me miró con dulzura, respondiendo:

—¿Siempre lo mismo?

—¡Sí, siempre, siempre!—exclamé arrebatado—. Te haré la misma pregunta hasta que ambos exhalemos el postrer aliento. ¿Dónde está María?

—¿Conque nada logra disipar tus dudas de mi buena fe? Pronto lo sabrás.

—¡Pronto, monstruo!—le repliqué—. ¡Ahora, ahora mismo quiero saberlo! ¿Dónde está María? ¿Dónde está María?... ¿Me oyes? Respóndeme, o juega tu vida a trueque de la mía. ¡Defiéndete!

—Ya te he dicho que eso no puede ser—prosiguió con tristeza—. El torrente no lucha con su manantial, y mi vida, que has salvado por tres veces, no puede disputarte a ti la vida. Además, aun cuando yo quisiera, es imposible, porque no tenemos más que un cuchillo para los dos.

Y, hablando así, sacó un puñal de su cinto, y alargándomelo:

—Toma—me dijo.

Estaba fuera de mí. Agarré el puñal y le hice brillar sobre su pecho, pero no dió señales de rehuir el golpe.

—¡Infame!—exclamé—. No me obligues a un asesinato. Te envainaré en el corazón este acero si no me dices luego dónde está mi mujer.

Entonces me respondió sin cólera:

—Eres árbitro de hacerlo; pero te suplico de rodillas que me concedas una hora más de vida y que vengas tras mí. Desconfías de quien te debe tres existencias, del que apellidabas tu hermano; pero atiéndeme: si dentro de una hora persistes en tus recelos, eres dueño de matarme; siempre estarás a tiempo, pues ves que no trato de defenderme. Te lo ruego en nombre de María... de tu esposa—añadió con un penoso esfuerzo—; dame una hora más de plazo, y cuando así te imploro, no es por mi bien, créelo, sino por el tuyo propio.

Tenían sus acentos una expresión inefable de persuasión y de pesar. Algo parecía advertirme en secreto de que quizá era sincero; que el apego a la vida no alcanzaba para infundir en su voz aquella penetrante ternura, aquella dulzura en sus ruegos. Cedí de nuevo a aquel imperio secreto que ejercía sobre mí y que me avergonzaba entonces de confesar.

—Vamos—le dije—, te concedo esta hora de prórroga y estoy pronto a acompañarte.

Quise devolverle el puñal, pero me respondió:

—No, guárdatelo, porque recelas de mí, y sígueme, sin que perdamos más tiempo en balde.

XLV

Echó con esto de nuevo a andar, y Rask, que durante nuestra conversación había hecho varias tentativas de proseguir la jornada, volviéndose luego para mirarnos y como para preguntar por qué nos deteníamos; Rask, digo, continuó alegre su camino. Nos enmarañamos a través de una selva virgen, y a la media hora tropezamos con una verde pradera, bañada por las cristalinas aguas de un manantial que brotaba entre las peñas y cercada en torno de frondosos árboles, cuyos gruesos y robustos troncos eran el vivo testimonio de los pasados siglos. Una gruta, cuya cenicienta boca teñía de verde una multitud de enredaderas, clemátides, lianas, jazmines, daba salida al prado; Rask corrió a ladrar a la entrada; pero Pierrot le hizo una seña, y, agarrándome por la mano, sin pronunciar una sola palabra, me introdujo en la gruta.

Una mujer estaba adentro, con la espalda vuelta a la luz y sentada en una estera de juncos; al ruido de nuestros pasos volvió el rostro, y... amigos, era mi María.

Llevaba aún, como el día de nuestra boda, un vestido blanco, y adornaba todavía sus cabellos la corona de azahar, último tocado virginal de la tierna esposa, emblema de pureza que aún no habían desprendido mis manos de sus sienes. Me vió, me conoció, lanzó un grito y cayó entre mis brazos, moribunda de júbilo y de sorpresa; yo estaba fuera de mí mismo.

A este grito, una vieja, llevando un niño en los brazos, acudió de otra estancia en lo más profundo de la gruta: era la nodriza de María, con el más niño de los hijos de mi desgraciado tío. Mientras tanto, Pierrot había ido a buscar agua del manantial, y salpicó con algunas gotas el semblante de María, que, al sentir su frescura, volvió en sí, y, entreabriendo los ojos:

—¡Leopoldo!—dijo—. ¡Leopoldo mío!

—¡María!...—le respondí, y el resto de mis palabras se perdió en el arrullo de un beso.

—¡Oh, siquiera no en mi presencia!—exclamó una voz penetrante.

Alzamos luego la vista, y era Pierrot. Allí estaba, asistiendo a nuestras caricias como a un suplicio. Hinchados los pulmones, respiraba apenas, temblaban todos sus miembros y gruesas gotas de un sudor helado le chorreaban por la frente. De súbito escondió el semblante entre las manos, y salióse huyendo de la gruta, repitiendo en acentos terribles:

—¡Siquiera no en mi presencia!

María se medio incorporó entre mis brazos, y, siguiéndole con la vista, exclamó:

—¡Dios eterno! Leopoldo mío, parece como si nuestros amores le atormentaran. ¿Me amará, por ventura?

El grito del esclavo me había anunciado que era mi rival; la exclamación de María anunciaba que también era mi amigo.

—María—le respondí, y un gozo inefable se derramó en mi alma, a la vez que una mortal pesadumbre—. ¡María! Pues qué, ¿lo ignorabas?

—Y lo ignoro aún—me respondió, cubierta de casto rubor—. ¿De veras? ¿Me ama? Jamás lo hubiera conocido.

La estreché a mi corazón con delirio, exclamando:

—Encuentro a mi esposa y a un amigo; ¡cuán feliz soy y cuán criminal! Había sospechado de él.

—¡Cómo!—prosiguió María con asombro—. ¿Dudabas de él? ¿De Pierrot? ¡Ah, sí, eres muy criminal! Por dos veces le debes mi vida, y aun quizá—añadió, bajando los ojos—le debes más aún. A no ser por su socorro, el caimán del río me habría devorado; a no ser por su socorro, los negros... Pierrot fué quien me arrancó de entre sus manos cuando iban ya, sin duda, a inmolarme como a mi desgraciado padre.

Aquí suspendió la voz para soltar el llanto.

—¿Y por qué razón—le pregunté—no te envió luego Pierrot a la ciudad del Cabo, donde estaba tu esposo?

—Lo ha intentado—me replicó—; pero no fué posible. Teniendo que recelarse tanto de los negros como de los blancos, era dificilísima empresa. Además, ignorábamos lo que era de ti. Algunos decían que te habían visto caer muerto; pero Pierrot me aseguraba que no era así, y no estaba bien convencida, porque, en tal caso, algún indicio secreto me lo hubiera avisado, y si la muerte te hubiese alcanzado, también yo hubiera muerto en el instante mismo.

—¿Y Pierrot te condujo a este lugar?

—Sí, Leopoldo mío; él único era sabedor de esta gruta solitaria, y como había salvado a la par que a mí a los restos de mi familia, mi pobre nodriza y mi hermanito, nos trajo aquí escondidos. Te aseguro que es una estancia muy agradable, y si no fuese por los estragos de la guerra, para quien no hay asilo secreto, me alegraría ahora, que estamos arruinados, de vivir aquí contigo, y Pierrot proveería a nuestras necesidades. Venía él a menudo a visitarme; traía una pluma rojiza en la cabeza, y siempre me consolaba y me hablaba de ti, y me aseguraba que volvería a verte. Con todo, como no le había visto en tres días, ya comenzaba a tener inquietud, cuando volvió contigo. ¡Pobre Pierrot! ¿Conque fué a buscarte?

—Sí—le respondí.

—Pero, entonces, ¿cómo es dable—repuso ella—que esté enamorado de mí? ¿Estás seguro?

—¡Ahora lo estoy!—repliqué—. Él es quien, a punto de clavarme el puñal, se dejó vencer por el temor de afligirte; él quien te entonaba cánticos de amor en la glorieta del río.

—¡De veras!—prosiguió María con inocente sorpresa—. ¡Conque es tu rival! ¡Aquel tunante de las flores se ha convertido en el buen Pierrot! No puedo creerlo. Tenía conmigo un aire tan humilde, tan respetuoso, ¡más aún que cuando era esclavo! Verdad es que solía mirarme a veces con un aire muy extraño; pero no era más que de tristeza, y yo lo atribuía a mis desgracias. ¡Si supieras con qué apasionado ardor hablaba de mi Leopoldo! Su amistad era casi tan vehemente como mi amor.

Estas explicaciones de María me colmaban a la vez de júbilo y de pena.

Recordé con cuánta crueldad había tratado al generoso Pierrot, y sentí toda la fuerza de sus tiernas y mansas quejas: “¡No soy yo el ingrato!”

En este mismo instante volvió a entrar Pierrot; su fisonomía tenía un aspecto sombrío y doloroso. Parecía como un reo que le traen del potro, pero que regresa triunfante. Se adelantó hacia mí con paso mesurado, y, señalándome al puñal que tenía en el cinto, me dijo con acento grave:

—Se pasó la hora.

—¡La hora! ¿Qué hora?—le pregunté.

—La que me habías concedido de plazo, porque la necesitaba para conducirte aquí. Entonces te supliqué que me perdonases la vida, y ahora imploro de ti que me la arranques.

Las más dulces emociones del corazón, el amor, la amistad, la gratitud, se reunían en el momento mismo para destrozarme el pecho, y caí a los pies del esclavo sollozando amargamente, sin poder proferir una palabra. Él me levantó con precipitación, y

—Qué haces?—me dijo.

—Tributarte el homenaje que te mereces: ya no soy digno de una amistad como la tuya. Tu agradecimiento no puede llegar al colmo de perdonar mi ingratitud.

Duró por algún tiempo en sus facciones una expresión de aspereza, y parecía como que estaba experimentando una violenta lucha; dió un paso hacia mí, y luego echóse atrás; abrió los labios y guardó silencio. Mas este intervalo fué breve, y extendió los brazos, diciendo:

—¿Puedo ahora llamarte hermano mío?

No le respondí sino estrechándome contra su corazón; él añadió, tras una corta pausa:

—Tú eres bueno; pero la desdicha te había vuelto injusto.

—Encontré a mi hermano—le respondí—, y ya no seré por más tiempo desdichado; pero soy muy criminal.

—¡Criminal! Hermano, yo lo he sido también, y más que tú. ¡Pero tú ya no eres desgraciado, y yo... yo lo seré para siempre!

XLVI

El gozo que los primeros transportes de la amistad habían hecho brillar en sus mejillas se desvaneció, y su fisonomía cobró un aspecto de tristeza tan singular cuanto enérgico.

—Escúchame—dijo en tono de frialdad—: mi padre era rey en el Kakongo; administraba justicia a sus súbditos en el umbral de su morada, y a cada fallo bebía, según es costumbre de los reyes, una copa colmada con el vino de sus palmas. Allí vivíamos felices y poderosos. Pero vinieron los europeos, y me enseñaron esos fútiles adornos del saber que te causaron tal sorpresa. Su caudillo era un capitán español que le prometió a mi padre Estados más vastos y mujeres blancas; mi padre le siguió con toda su familia... ¡Hermano, nos vendieron!

Se le hinchó al negro el pecho de cólera, y sus ojos brotaban chispas; tronchó maquinalmente un tierno arbolillo que estaba a su lado, y después continuó, sin parecer ya dirigirse a mí:

—El señor del país del Kakongo tuvo un dueño, y su hijo se afanó trabajando como esclavo en los surcos de Santo Domingo. Para domarlos con mayor facilidad separaron al padre anciano del león mancebo. Arrancaron a la esposa del lado de su esposo para sacar más ganancia uniéndolos con otros. Las tiernas criaturas buscaban a la madre que las crió a sus pechos, al padre que las bañaba en el torrente, y no encontraron sino a tiranos y bárbaros, y durmieron revueltas entre los perros.

Calló, y sus labios seguían moviéndose sin hablar; sus miradas andaban desatentadas. Por fin me agarró del brazo con violencia.

—Hermano, ¿lo oyes? Me han vendido, he pasado de un dueño a otro como un vil animal. ¿Te acuerdas del suplicio de Ogé? Pues en aquel día volví a ver a mi padre, pero entre los martirios de la rueda.

Yo me estremecí, y él prosiguió:

—¡Mi esposa la prostituyeron a los blancos! Escucha, hermano: ha muerto y me ha pedido venganza. ¿Te lo confesaré?—continuó titubeando y bajando los ojos—. He sido criminal: he amado a otra... Pero sigamos adelante.

Todos los míos me instaban por que los libertase y me vengara; Rask era el confidente que me traía sus mensajes.

Yo no podía satisfacerlos, porque también me encontraba en los calabozos de tu tío. El día en que obtuviste mi perdón, salí para arrancar a mis hijuelos de las garras de un amo feroz; llegué, hermano, y el postrero de los descendientes del rey del Kakongo acababa de expirar bajo el azote de un blanco; los otros le habían precedido en la misma jornada.

Aquí cortó el hilo de su discurso y me preguntó con indiferencia:

—Hermano, ¿qué hubieras tú hecho?

Este terrible cuento me había helado de horror y no pude responder a su pregunta sino por un gesto de amenaza. Él me comprendió, se sonrió con amargura y prosiguió en estos términos:

—Sus esclavos se levantaron contra el amo y castigaron el asesinato de mis hijos. Me eligieron por cabeza, y ya tú bien sabes los destrozos que ocasionó esta rebelión. Supe que los esclavos de tu tío se preparaban a seguir el ejemplo, y llegué al Acul la noche misma en que la insurrección se aproximaba. Tú estabas ausente; tu tío yacía en su lecho cosido a puñaladas; los negros iban ya incendiando las haciendas, y no pudiendo aplacar su furor porque creían vengarme quemando la morada de tu tío, hube de contentarme con salvar lo que subsistía de tu familia. Entré en el castillo por el boquete que tenía dispuesto, y entregué a los cuidados de un negro fiel a la nodriza de tu mujer. Más afanes pasé por salvar a tu María: había corrido hacia la parte incendiada de la fortaleza en busca de su hermano el más niño, único que escapó de la matanza, y estaba rodeada de negros próximos a darle muerte. Me presenté y les mandé que me dejaran tomar venganza por mis propias manos: obedecieron y se retiraron; agarré a tu mujer en los brazos, confié el niño a Rask y los conduje a entrambos a esta gruta, de cuya existencia y sendero era sabedor yo solo. Hermano, he aquí mi crimen.

Más y más penetrado a cada vez de arrepentimiento y de gratitud, quise volver a arrojarme a los pies de Pierrot; pero él me contuvo, como ofendido.

—Vamos—me dijo tras un momento de silencio y agarrándome de la mano—; toma a tu mujer y echemos a andar los cinco.

Yo le pregunté con sorpresa adónde quería conducirnos.

—Al campamento de los blancos—me respondió—. Este asilo ya no es seguro, porque mañana, al amanecer, van a atacar los blancos las posiciones de Biassou, y no hay duda de que incendiarán el bosque. Y, además, no tenemos un momento que perder, porque diez cabezas están pendientes de la mía; podemos darnos prisa, porque tú estás libre; lo debemos, porque yo no lo estoy.

Tales palabras acrecentaron mi sorpresa, y le pedí aclaración.

—Pues qué—contestó con ademán de impaciencia—, ¿no has oído decir que Bug-Jargal estaba prisionero?

—Sí; mas ¿qué tienes tú que ver con ese Bug-Jargal?

A su vez pareció sorprendido, y respondió con gravedad:

—Yo soy Bug-Jargal.

XLVII

Estaba, por decirlo así, acostumbrado a ver y oír prodigios respecto de aquel hombre. No sin gran extrañeza acababa de contemplar un minuto antes al esclavo Pierrot transformarse en monarca africano, y ahora llegó mi admiración a su colmo al reconocer en él al terrible y magnánimo Bug-Jargal, cabeza de los rebeldes de Morne-Rouge. Entonces comprendí de dónde provenía el homenaje que los negros todos, incluso el mismo Biassou, tributaban al caudillo Bug-Jargal, al rey del Kakongo.

Parecía como que no observaba la impresión que en mí hicieron sus palabras postreras, y prosiguió hablando:

—Me habían dicho que también tú, por tu parte, estabas prisionero en el campamento de Biassou, y vine a libertarte.

—¿Por qué me decías, pues, que no estabas libre?

Miróme como para tratar de adivinar el motivo de pregunta tan natural, y:

—Escucha—me dijo—; esta mañana estaba prisionero entre los tuyos, cuando oí anunciar que Biassou había declarado su intención de dar muerte antes de la puesta del sol a un cautivo joven llamado Leopoldo d’Auverney. Entonces reforzaron las guardias de mi prisión, y supe que mi suplicio se seguiría al tuyo, y que, en caso de evasión, diez de mis compañeros responderían por mí. Ya ves que estoy de prisa.

Volví a detenerle, preguntando:

—¿Pero te has escapado?

—¿Pues cómo había de estar aquí? ¿No era preciso salvarte? ¿No te debía yo la vida? Pero, vamos, sígueme: estamos a una hora de distancia, tanto del campamento de los blancos cuanto del de Biassou. Mira: la sombra de los cocoteros se va alargando, y su cogollo aparece en la hierba del prado cual el enorme huevo de un cóndor. Dentro de tres horas, el sol se habrá ya puesto; anda, hermano, que el tiempo nos urge.

Dentro de tres horas, el sol se habrá puesto; estas sencillas palabras me helaron de terror, cual un fúnebre espectro, porque me recordaron la fatal promesa que le había hecho a Biassou. ¡Ay! ¡Volviendo a ver a María había olvidado nuestra separación próxima y eterna! Embriagado de júbilo, tantas emociones me arrebataron la memoria, ¡y no recordé la muerte en brazos del placer! Las palabras de mi amigo me trajeron de súbito la imagen de mi infortunio. ¡Dentro de tres horas, el sol se habrá puesto! Y necesitaba una entera para llegar al campamento de Biassou. Mis deberes estaban imperiosamente prescritos: el infame tenía mi palabra, y antes morir mil veces que dar a semejante bárbaro derecho para menospreciar la única cosa en que, al parecer, tenía aún fe: el honor de un francés. La alternativa era terrible, y elegí lo que elegir debía; pero habré de confesarlo, señores, que titubeé por un momento. ¿Fuí, acaso, tan de culpar?

XLVIII

Al cabo, lanzando un suspiro, agarré con una mano las de Bug-Jargal, y con la otra las de mi pobre María, que contemplaba con inquietud el sombrío aspecto de mis facciones.

—Bug-Jargal—dije haciendo un esfuerzo—; Bug-Jargal, hermano, te recomiendo la guardia del único ser en el universo a quien amo más que a ti: la guardia de María. ¡Volved sin mí al campamento, porque yo no puedo seguiros!

—¡Dios eterno!—exclamó María pudiendo respirar apenas—. ¡Alguna nueva desdicha!

Bug-Jargal se había estremecido, y una dolorosa sorpresa se pintó en sus ojos.

—Hermano, ¿qué nos dices?

El terror que oprimía a María a la sola idea de una desdicha que su previsor cariño demasiado bien parecía adivinar, me obligó a ocultarle la realidad y excusarle tan horrorosa despedida. Inclinéme, pues, al oído de Bug-Jargal y le dije en voz baja:

—Estoy prisionero. Le he jurado a Biassou entregarme en sus manos dos horas antes de terminarse el día: he prometido morir.

Al oírme bramaba de cólera, y su voz cobró un acento terrible:

—¡Oh, monstruo! He aquí por qué me pidió hablarte en secreto para arrancarte esta promesa. ¡Yo debiera haberme recelado del inicuo Biassou! ¿Cómo no me sospeché algún acto de perfidia? ¡Oh! ¡No es negro, es un mulato!

—¿Qué significa eso? ¿Qué promesa? ¿Qué perfidia? ¿Quién es ese Biassou?—dijo María atemorizada.

—Cállate, cállate—le repetí en secreto a Bug-Jargal—; cállate, no la asustemos.

—Pero bien—me preguntó con tono sombrío—, ¿cómo consentiste en hacer tal promesa? ¿Por qué se la diste?

—Te creía ingrato, creía perdida a mi María; ¿qué me importaba el vivir?

—Pero una promesa verbal no puede obligarte con ese infame.

—Le empeñé mi palabra de honor.

Se quedó recapacitando, como para procurar comprenderme.

—¡Tu palabra de honor! ¿Qué es eso? ¿Habéis bebido en la misma copa? ¿Habéis roto entre los dos un anillo o tronchado una rama de arce con sus flores rojizas?

—No.

—Pues bien, ¿qué es lo que quieres decir? ¿Cómo has podido ligarte?

—Mi honor—le repliqué.

—No sé lo que eso significa; nada hay que te empeñe con Biassou: ven con nosotros.

—No puedo, hermano; lo he prometido.

—No, no lo has prometido—prorrumpió con arrebato.

Y luego, alzando la voz:

—Hermana, júntate a mí e impide que tu marido nos abandone. Quiere volverse al campamento de los negros, de donde le he sacado, bajo pretexto de que le ha ofrecido morir a su caudillo, a Biassou.

—¿Qué has hecho?—exclamé.

Pero era demasiado tarde para cortar este arranque generoso, que le llevaba a implorar el socorro de la mujer que amaba para salvarle la vida a su mismo rival, y rival favorecido. María se había lanzado a mis brazos con un grito de desesperación, y, colgada de mi cuello por sus manos entrelazadas, se dejaba caer sobre mi corazón, sin fuerza y sin aliento apenas.

—¡Oh!—decía sollozando, en voz apagada—. ¿Qué es lo que dice, Leopoldo mío? ¿No es verdad que me engaña y que tú, en el momento de reunirnos, no quieres volver a alejarte de mi lado y a separarte para morir? Respóndeme, o yo seré la que muera. ¡Tú no tienes derecho para abandonar tu vida, porque no debes sacrificar la mía! ¿Quieres separarte de mí para no volver jamás a verme?

—María—contesté—, no le creas; tengo que alejarme, es cierto, pero también es preciso, y nos volveremos a encontrar en otros lugares.

—¡En otros lugares!—prosiguió ella con espanto—. ¡En otros lugares! ¿Adónde?...

—¡En el cielo!—le respondí, falto de fuerza para engañar a aquel ángel.

Se desmayó otra vez; pero ahora era de dolor. El tiempo urgía, y yo la coloqué en los brazos de Bug-Jargal, cuyos ojos rebosaban en lágrimas.

—¿Y nada puede detenerte?—me dijo—. Nada añadiré a lo que estás viendo. ¿Cómo puedes resistir a María? Por una sola de las palabras que te ha dirigido le hubiera yo sacrificado el orbe, ¡y tú no quieres hacerle el sacrificio de vivir!

—¡El honor!—le respondí—. Adiós, hermano; adiós, Bug-Jargal; te la encargo.

Me agarró de la mano; estaba pensativo y apenas parecía escucharme.

—Hermano, hay en el campamento de los blancos uno de tus parientes, y a ése le entregaré a María. Por lo que a mí hace, no cabe aceptar tu confianza.

Y señaló a las cumbres de un monte vecino, cuya cima dominaba toda la comarca.

—¿Ves ese peñón? Cuando la señal de tu muerte aparezca en él, el pregón de la mía no tardará en resonar. Adiós.

Sin hacer alto en el sentido incógnito de estas palabras, le abrazé, sellé con un beso la pálida frente de María, que, gracias al cuidado de su nodriza, empezaba a reanimarse, y eché a huir con precipitación, temeroso de que su primera mirada, su primer lamento, desarmasen mi fortaleza.

XLIX

Eché a huir, repito, y me lancé a través del bosque, siguiendo la huella que habíamos dejado y sin atreverme a volver siquiera la vista atrás. Como para embotar las ideas que me acosaban, corrí sin descanso por entre la espesura, por las praderas y por los collados, hasta que al fin, desde lo alto de una roca, el campamento de Biassou, con sus enjambres de negros, apareció ante mis ojos. Allí me detuve. Tocaba en el fin de mi jornada y de mi existencia. El cansancio y la emoción agotaron mis fuerzas; me apoyé a un tronco por sostenerme, y dejé espaciarse la vista por el cuadro que en la vega fatal se ostentaba a mis pies.

Antes de aquel instante me creía haber apurado todo el cáliz de hiel y amargura; pero no conocía aún el mayor de los pesares: el de verse obligado por una fuerza moral, superior a los acaecimientos, a renunciar voluntariamente vivo a la vida y venturoso a la ventura. Pocas horas ha, ¡qué me importaba estar sobre la tierra! Yo no vivía, porque el extremo de la desesperación es una especie de muerte que nos hace desear la muerte verdadera. Pero aquella desesperación había desaparecido: mi perdida María había vuelto a mis brazos; mi felicidad difunta había, por decirlo así, de súbito resucitado; mi antiguo ser se había convertido en mi porvenir; mis eclipsados ensueños habían de nuevo brotado, y ahora más que nunca seductores; la vida, en fin, una vida de juventud, de amor y de delicias, me presentaba radiante la perspectiva de sus infinitos horizontes. Y esta florida senda de la vida podía comenzar a pisarla de nuevo; todo a ello me incitaba, en mi ánimo y en los objetos externos; ningún obstáculo material, ninguna traba aparente; yo era libre, dichoso, y, sin embargo, ¡me era preciso el morir! Apenas había estampado una vez mi huella en aquel paraíso de deleites, cuando no sé qué deber, ni glorioso siquiera, me forzaba a retroceder hacia un suplicio. La muerte es leve cosa para un alma marchita y helada ya por la adversidad; mas, ¡oh, cuán agudo es su golpe, cuán glacial es su mano cuando caen sobre un corazón que lozano crece, fecundado por los goces de la existencia! Yo lo probé. Por un instante salí del sepulcro; me había embriagado en aquel fugaz momento con los placeres más puros y más celestiales de la tierra: la amistad, la libertad, el amor; y ahora tenía de nuevo que hundirme rápidamente en la tumba.

L

Cuando la flaqueza del dolor hubo pasado, una especie de rabia se apoderó de mí, y corrí precipitado hacia el valle, porque sentía la necesidad de abreviar el trago. Me presenté en los puestos avanzados de los negros, y, ¡cosa extraña!, rehusaban admitirme, y aun tuve que rogárselo. Por fin, dos de entre ellos se apoderaron de mi persona y tomaron el cargo de conducirme a la estancia de Biassou.

Entré, pues, en la caverna de aquel caudillo, ocupado en hacer jugar los muelles de varias máquinas de tormento que tenía en torno de sí. Al ruido que hicieron sus guardias introduciéndome, volvió la cabeza y no se manifestó atónito de mi presencia.

—¿Ves?—me dijo ostentando el horrible aparato que le rodeaba.

Yo permanecí sosegado, porque conocía al “héroe de la humanidad” y estaba resuelto a sufrirlo todo con entereza.

—¿No es verdad?—añadió riéndose en tono de escarnio—. ¿No es verdad que Leogrí fué muy afortunado en escapar con la horca?

Le miré sin responder y con ademanes de frío desdén.

—Que le avisen al señor padre capellán—dijo él entonces, dirigiéndose a uno de sus ayudantes.

Por un momento quedamos los dos en silencio, mirándonos cara a cara. Yo le observaba; él me espiaba. En este instante entró Rigaud, como agitado, y conferenció en secreto con el generalísimo.

—Que se mande aviso a todos los jefes de mi ejército—dijo Biassou con sosiego.

Y, al cabo de un cuarto de hora, todos los jefes, con sus diversos y tan extraños adornos, estaban reunidos delante de la gruta. Entonces, Biassou se levantó.

—Escuchad, amigos; los blancos piensan atacarnos en este punto al amanecer, y como la posición es mala, conviene abandonarla. Pongámonos todos en movimiento al entrar la noche, y nos acogeremos a la frontera española. Tú, Macaya, llevarás la vanguardia con tus negros cimarrones; tú, Padrejan, clavarás las piezas tomadas a la artillería de Praloto, que no pueden llevarse por la montaña. Los valientes de la Croix-des-Bouquets se pondrán en marcha detrás de Macaya. Toussaint irá en seguida con los negros de Leogane y de Trou. Si los griotos y griotas meten ruido, al verdugo del ejército se los encomiendo. El teniente coronel Cloud repartirá los fusiles ingleses recién desembarcados en el cabo Cabrón, y guiará a los mestizos ex libres por los senderos de la Vista. Si quedan prisioneros, que se degüellen; que se masquen las balas; que se envenenen las flechas, y que se arrojen tres toneladas de arsénico en el manantial que da abasto de agua para el campamento; los coloniales pensarán que es azúcar y se la beberán sin recelo. Los batallones del Limbé, del Dondon y del Acul marcharán detrás de Cloud y de Toussaint. Que se embaracen con peñas todas las entradas de la vega; deshaced los caminos e incendiad los bosques. Tú, Rigaud, quédate a mi lado, y tú, Candi, reune a mis guardias. En fin, los negros de Morne-Rouge formarán la retaguardia y no evacuarán el terreno hasta el despuntar del día.

Y luego, inclinándose al oído de Rigaud, le dijo en voz baja:

—Son los negros de Bug-Jargal, y ¡ojalá que los exterminaran aquí! Muerta la tropa, muerto el jefe.

—Vamos, hermanos—añadió incorporándose—. Candi dará el santo y la contraseña.

Los jefes se retiraron.

—Mi general—dijo Rigaud—, sería menester enviar los oficios de Juan Francisco, porque nuestras cosas van mal y quizá podría entretenerse a los blancos.

Biassou los sacó de prisa de su faltriquera.

—Tienes razón en recordármelo; pero hay tantas faltas de gramática, como ellos dicen, que se burlarán de nosotros.

En seguida me presentó el papel.

—Escucha, ¿quieres salvarte la vida? Mi bondad condesciende en preguntárselo otra vez más a tu obstinación. Ayúdame a componer esta carta; yo dictaré las ideas y tú me las pondrás en estilo blanco.

Hice con la cabeza un gesto de negativa, y aparentó impacientarse.

—¿Quieres decir que no?—me preguntó.

—No; mil veces no—le repliqué.

Volvió a insistir, y me dijo:

—Reflexiónalo bien.

Mientras tanto, sus ojos procuraban demostrarme los instrumentos del verdugo con que se entretenía.

—Porque lo he reflexionado—le contesté—, me niego a ello. Parece que tienes temores por ti y los tuyos y que confías en esa carta para retardar la venida y la venganza de los blancos. Rehuso, pues, una existencia que pudiera quizá servir para salvar la tuya. Manda luego que empiecen mis tormentos.

—¡Hola, muchacho!—respondió Biassou dando un puntapié a los instrumentos de tortura—. Creo que te vas familiarizando con esto, y de veras que siento en el alma no tener tiempo para hacer una prueba. Esta posición es peligrosa, y necesito salir de ella lo más pronto posible. ¿Conque no quieres ser mi secretario? Al cabo, no lo yerras, porque lo mismo te hubiera sucedido después, pues nadie puede vivir sabiendo un secreto de Biassou, y, además, le he dado promesa de tu muerte al padre capellán.

Con esto se volvió al obí, que acababa de entrar en el aposento.

Bon per, ¿está preparada su escolta? El obí hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

—¿Habéis escogido para el servicio negros de Morne-Rouge? Son los únicos del ejército que no están ocupados en los preparativos de marcha.

El obí respondió que sí por otra seña.

Entonces Biassou me señaló la gran bandera negra en que había ya reparado, y que estaba en un rincón de la caverna.

—He aquí lo que anunciará a los tuyos que pueden darle el ascenso de capitán al teniente de tu compañía. Y hablando de eso, una vez que vienes de pasearte por el campo, ¿qué tal te han parecido estos contornos?

—He visto—le respondí con frescura—que hay árboles sobrados para ahorcarte a ti y a toda tu gavilla.

—Pues mira—replicó con un tono de burla forzado—, hay un sitio que sin duda no conoces, y que el bendito bon per se va a tomar la molestia de enseñarte. Adiós, señorito capitán; memorias a Leogrí.

Y luego me saludó con aquella carcajada que me recordaba el ruido de una serpiente de cascabel; hizo un gesto, me volvió la espalda, y los negros me llevaron de allí; el obí nos acompañaba con su velo echado y el rosario en la mano.

LI

Caminé entre medio de ellos sin tratar de hacer resistencia, que hubiera sido enteramente inútil. Subimos a la cima de un cerro situado a poniente de la vega, donde descansamos un breve instante, y eché la última mirada hacia el astro que iba a sepultarse en las ondas para jamás volver a alumbrar mis párpados. Los guías se levantaron, y bajamos a un estrecho valle, que me hubiera encantado en cualquier otro momento. Un torrente lo atravesaba en todo su ancho, fecundizando con su extrema humedad la tierra, y luego, llegado al extremo, se perdía en uno de aquellos azules y cristalinos lagos que con tanta frecuencia hermosean el interior de las cañadas de Santo Domingo. ¡Cuántas veces, en tiempos más felices, me había sentado, para alimentar las ilusiones de mi fantasía, a la orilla de aquellos deliciosos lagos en la hora del crepúsculo, cuando sus azuladas aguas se iban convirtiendo en un manto de plata, salpicado de doradas lentejuelas, donde rielaba en las olas el primer resplandor de los nocturnos luceros! Y pronto llegaría aquella hora misma; pero antes había yo de desaparecer. ¡Qué hermoso me pareció el valle! Allí crecían plátanos con flores de arce, de un vigor y lozanía prodigiosos; allí, espesas enramadas de mauricias, especie de palma que no tolera ninguna otra vegetación bajo su sombra; allí, palmas de dátiles; allí, magnolias, con sus enormes flores; allí, inmensas catalpas lucían sus recortadas y brillantes hojas entre los dorados racimos del ébano falso, entrelazados con las azules aureolas de aquella especie de madreselva silvestre que apellidan los negros coalí. Frescos cortinajes de bejucos escondían entre su verdor los descarnados peñascos de las vecinas laderas. El aire estaba impregnado de suaves olores, que por dondequiera se exhalaban de este suelo virgen, y formaban un delicioso aroma, cual debió respirarle el primer hombre entre las rosas primeras del paraíso. Así caminábamos, mientras tanto, por un sendero, a lo largo del torrente y contra el curso de sus ondas, hasta que, con sorpresa mía, terminó esta senda en un peñón tajado, a cuyos pies reparé una abertura en forma de arco, por donde brotaban las aguas. Un sordo estruendo y un viento impetuoso salían por aquel respiradero natural. Los negros tomaron a la izquierda, por un camino desigual y tortuoso, que parecía la rambla de un torrente de largo tiempo atrás ya seco. Una bóveda, medio cegada por las zarzas, acebos y espinos silvestres, que crecían y se cruzaban a su boca, se nos apareció entonces, y bajo la bóveda resonaba un rumor semejante al que despedía de sí el arco que vi en el fondo del valle. Los negros me empujaron adentro, y al momento de dar el primer paso por el subterráneo, se me acercó el obí y me dijo con extraño acento:

—He aquí lo que tengo ahora que vaticinarte: dos somos, y sólo uno volverá a salir por esta bóveda y a hollar esta senda.

Yo desdeñé responderle, y seguimos avanzando por entre las tinieblas. El rumor sin cesar crecía, y ya no se escuchaba el ruido de nuestros pasos. Supuse que sería el estrépito de una catarata, y no me engañé, en efecto.

Después de andar diez minutos por la obscuridad, llegamos a una especie de terrado interior formado por la naturaleza en las mismas entrañas del monte. La parte principal de este terrado, labrado en forma de medio círculo, estaba inundado por las aguas del torrente, que se despedían con espantoso rugido de las venas de la montaña.

Como cubierta de esta sala subterránea, la bóveda de piedra formaba una especie de cúpula entapizada de hiedra amarillenta, y por encima reinaba en casi toda su anchura una grieta, por donde penetraba la luz del día, y cuyo borde se coronaba de verdes arbustos, dorados en aquel instante por los rayos del sol, ya próximo a su ocaso.

Al extremo norte del terraplén, el torrente se lanzaba con estrépito a un abismo, en lo hondo de cuya sima flotaban, en dudosos cambiantes y sin vencer la obscuridad, las vagas vislumbres que penetraban por la hendedura. Sobre el precipicio se inclinaba un árbol anciano, que mezclaba las ramas de su copa con las espumas y el rocío de la cascada, y asomaba sus nudosas raíces por entre las peñas, como una vara más abajo del borde.

Aquel árbol, bañándose así las sienes en el torrente y alargando, cual un brazo descarnado, sus raíces a través del abismo, estaba tan desnudo de verdor y de hojas que no era posible conocer su especie.

Ofrecía, en verdad, un fenómeno singular: sólo la humedad, que aspiraba sin cesar por el extremo inferior, le impedía perecer, cuando la violencia de la catarata tronchaba sin intermitencia los nuevos vástagos y le obligaba a conservar perpetuamente los mismos ramos.

LII

Los negros se detuvieron en este sitio, y conocí que era llegada la hora de morir.

Entonces, próximo a la sima en donde me arrojaba un acto, por decirlo así, de mi libre albedrío, la imagen de la ventura, a que había breve espacio antes renunciado, vino a acosarme cual un pesar y casi cual un remordimiento. Suplicar era indigno de mí; pero dejé escapárseme una queja.

—Amigos—les dije a los negros que me rodeaban—, ¿sabéis que es cosa triste perecer a los veinte años, cuando se está lleno de robustez y de vida, cuando se goza el amor de los que amamos y cuando se dejan tras sí ojos que no cesarán de llorar hasta cerrarse para siempre?

Una carcajada espantosa acogió mi lamento, saliendo de los labios del obí. Aquella especie de espíritu maligno, aquel ente impenetrable, se me acercó de súbito.

—¡Ja, ja, ja! ¿Conque sientes perder la vida? ¡Alabado sea Dios! Mi único temor era que no tuvieses miedo a la muerte.

Eran la misma voz, la risa misma que tanto me habían cansado en vanas conjeturas.

—¿Quién eres, miserable?—le pregunté.

—Vas a saberlo—me contestó con acento terrible.

Y apartando el sol de plata que le adornaba el negruzco pecho, añadió:

—Mira aquí.

Me incliné hacia él, y en el seno velloso del obí había grabados dos nombres en letras blanquecinas, horribles y perpetuas señales que imprime un hierro ardiente en el cutis de los esclavos. Uno de estos nombres era el de Effingham; el otro, el de mi tío, el mío propio: D’Auverney. Quedé mudo de sorpresa.

—Pues bien, Leopoldo d’Auverney—me preguntó el obí—, ¿no te declara tu nombre el mío?

—No—repliqué, asombrado de oírme llamar así y procurando en vano aclarar mis recuerdos—. Esos dos nombres jamás han estado juntos sino en el pecho del bufón, y el pobre enano ha muerto. Además, fué fiel a nuestra familia; así, ¡tú no puedes ser Habibrah!

—¡El mismo soy!—exclamó con una voz espantosa.

Y, levantando la sangrienta gorra, se arrancó el velo. El diforme rostro del enano doméstico se ofreció a mi vista; mas el aire de sandia alegría que le era común se había trocado en una expresión amenazadora y siniestra.

—¡Dios eterno!—prorrumpí, herido de asombro—. Pues qué, ¿todos los muertos reviven? Este es Habibrah, el bufón de mi tío.

El enano llevó la mano al puñal, y dijo en tono sepulcral y apagado:

—¡Sí, su bufón y... su homicida!

Retrocedí, lleno de espanto.

—¡Su homicida! ¡Infame! ¿Así le pagaste tantas bondades?

—¡Bondades! Ultrajes, dirás—me respondió interrumpiéndome.

—¿Y tú, infame—proseguí—; tú fuiste quien le dió el golpe mortal?

—¡Sí, yo fuí!—replicó, dando una horrible expresión a sus facciones—. ¡Yo le clavé el cuchillo tan hondo en el corazón, que apenas tuvo tiempo de salir de los brazos del sueño para caer en los de la muerte! Clamó en voz débil: “Habibrah, ven”, y ya estaba Habibrah a su cabecera.

Su atroz relación, su aún más atroz serenidad, me horrorizaron.

—¡Vil! ¡Cobarde asesino! ¿Así habías olvidado los favores que a ti solo te dispensaba? Tú, que comías junto a su mesa, que dormías junto a su lecho...

—¡Como un perro!—dijo Habibrah con ímpetu—. ¡Sí, como un perro! ¡Ah, demasiado me acuerdo de tales favores, que eran otras tantas afrentas! Pero me vengué de él, y ahora voy a vengarme de ti. Escúchame. ¿Te imaginas acaso que porque sea mulato, enano y feo, no soy yo un hombre? ¡Ah! También tengo un alma, y un alma más enérgica y más grandiosa que esa alma de tímida doncella que voy a arrancarte ahora del cuerpo. Me dieron de regalo a tu tío como un mico, y yo servía para sus placeres y para dar pábulo a su desprecio. Me quería, sí, ya lo has dicho. Ocupaba yo un lugar en su corazón entre su mona y su papagayo, ¡hasta que me abrí otro hueco más espacioso con mi puñal!

Yo me estremecí al escuchar tales palabras, y el enano prosiguió:

—¡Sí, yo soy, yo mismo: mírame bien a la cara, Leopoldo d’Auverney! Bastantes veces reíste de mí, y ahora puede haber llegado la hora de estremecerte. Y dime: ¿tú me recuerdas la vergonzosa predilección de tu tío hacia el ente a quien llamaba su bufón? ¡Bon Giu! ¡Qué predilección! Si entraba en vuestro aposento, me acogían mil risas desdeñosas: mi estatura, mi deformidad, mis facciones, mi ridículo ropaje, todo, hasta las lastimosas debilidades de mi naturaleza, todo era objeto de escarnio y mofa para tu execrable tío y sus execrables amigos. Y a mí, ni siquiera me era lícito callarme. ¡Oh, rabia! ¡Tenía que mezclar mi risa con las carcajadas que yo excitaba! Respóndeme, ¿crees tú que humillaciones semejantes sean un título al agradecimiento de criatura alguna humana? ¿No confiesas tú que tanto valen como los tormentos de los otros esclavos, como el trabajar sin descanso, los ardores del sol, las argollas de hierro y el látigo de los capataces? ¿No te imaginas que alcanzan para hacer brotar en el corazón de un hombre las simientes de un odio ardiente, implacable, eterno, como el sello de infamia que mancilla mi seno? ¡Oh!, para tamaño padecer, ¡cuán breve y fugaz fué mi venganza! ¡Oh! ¡Y por qué no pude hacerle padecer a mi odioso tirano cuantos tormentos renacían para mí a cada hora de cada día que volaba! ¡Por qué no pudo, antes de morir, conocer la amargura del orgullo herido y sentir cuán abrasadora huella dejan las lágrimas de vergüenza y despecho en un rostro condenado a perpetua risa! ¡Ay, y cuán duro es haber estado aguardando por tan largo espacio la hora del castigo, y contentarse al cabo con una puñalada! ¡Si siquiera hubiese podido saber cuál brazo le hería! Pero tenía demasiado anhelo por escuchar su postrer estertor, y le clavé demasiado pronto el cuchillo; murió sin conocerme, y el ímpetu de mi furor dejó burlada mi venganza. Esta vez, al menos, será más completa. Tú me ves, y bien, ¿no es cierto? Verdad que te costará trabajo distinguirme bajo el nuevo aspecto en que me presento a tus ojos. Siempre me habías visto risueño y satisfecho, y ahora, que nada le impide a mi alma retratarse en mis facciones, en nada debo asemejarme. Tú no me conocías sino de máscara: ¡he aquí mi rostro!

Y era espantoso.

—¡Monstruo!—exclamé—. ¡Te equivocas! ¡Aún queda algo del saltimbanco en la atroz fealdad de tu semblante y de tu alma!

—¡No hables de atrocidad!—me dijo Habibrah—. Recuerda las crueldades de tu tío.

—¡Infame!—le contesté indignado—. Aun cuando fuese cruel, ¿éralo, por ventura, contigo? Te condueles de la suerte de los infelices esclavos; pues ¿por qué ejercías contra tus hermanos el influjo que te daba la debilidad hacia ti de tu señor? ¿Por qué no trataste jamás de ablandarle en sus arrebatos ni de interceder por los tuyos?

—¿Ablandarle? Mucho lo hubiera llorado. ¿Impedirle yo a un blanco que se manchara de un crimen? ¡Oh, no, no, a buen seguro! Al contrario, le incitaba a redoblar sus malos tratamientos hacia los esclavos, para adelantar la hora de la rebelión, para que el exceso de opresión provocase al fin la venganza. Aparentando injuriar a mis hermanos, los favorecía.

Me quedé atónito al contemplar tan profunda combinación, hija del odio.

—Pues bien—añadió el enano—: ¿te parece que he sabido calcular y llevar a cabo? ¿Qué juzgas del necio Habibrah, del bufón de tu tío?

—Acaba lo que tan bien empezaste—le respondí—. Mátame, pero date prisa.

Se puso a pasear por el terrado, restregándose las manos de gozo.

—¿Y si no quiero darme prisa? ¿Y si busco saborear a mi despacio tus angustias? Mira: cuando te vi prisionero en el campamento de los negros, me debía Biassou toda mi parte de botín en el último saqueo, y yo no le pedí en pago sino tu vida. Me la concedió gustoso, y ahora me pertenece y me entretengo en jugar con ella. No te apures, que pronto irás a hacer compañía a las ondas de la cascada en lo profundo de ese abismo; pero antes tengo que darte una nueva. He descubierto el asilo en que se hallaba escondida tu mujer, y hoy le he sugerido a Biassou la idea de incendiar el bosque, que estará ya ardiendo. Así, tu familia yace aniquilada. Tu tío pereció a hierro, tú vas a morir en el agua y tu María a perecer en el fuego.

—¡Infame, infame!—exclamé, haciendo ademán de arrojarme sobre él.

Entonces se volvió a los negros, diciendo:

—¡Atadle, pues se adelanta a sí mismo su hora!

Empezaron luego los negros a atarme en silencio, con cuerdas que traían prevenidas, cuando de repente se me figuró oír los ladridos lejanos de un perro, si bien achaqué el ruido a una ilusión nacida del rugir de la cascada. Los negros acabaron de atarme y me acercaron al borde de la sima en que iba a hundirme; el enano, con los brazos cruzados, me contemplaba rebosando en gozo y triunfo su hórrido semblante, y yo levanté los ojos a la grieta en el techo de la caverna para evitar su odiosa presencia y para ver por una vez aún la luz pura del cielo. En este instante mismo resonó un ladrido más fuerte y más distinto, y la enorme cabeza de Rask apareció por la hendedura. Me estremecí; el enano gritó:

—¡Vamos!

Y los negros, que no habían hecho alto en el ladrido, se prepararon a lanzarme en el abismo...

LIII

—¡Camaradas!—clamó una voz de trueno.

Todos se volvieron: era Bug-Jargal, de pie, erguido al borde de la grieta, con una pluma roja ondeándole en la frente.

—¡Camaradas!—repitió—. ¡Deteneos!

Los negros se postraron, y él prosiguió:

—Yo soy Bug-Jargal.

Los negros golpearon el polvo con sus frentes, lanzando gritos cuyo intento y significado era difícil en extremo discernir.

—¡Desatad al preso!—gritó el caudillo.

Entonces el enano pareció despertar del estupor en que le había sumido tan súbita e inesperada aparición, y detuvo con empeño el brazo de los negros, próximos a cortar mis ligaduras.

—¿Cómo?—exclamó—. ¿Qué quiere decir eso?

Y luego, alzando la cabeza hacia Bug-Jargal, le preguntó:

—Caudillo de Morne-Rouge, ¿qué te conduce a este lugar?

Bug-Jargal respondió:

—Vengo a dar órdenes a mis hermanos.

—En efecto—dijo el enano con rabia reconcentrada—, negros de Morne-Rouge son los que hay aquí. Mas ¿con qué derecho—añadió—vienes a dictar órdenes sobre mi prisionero?

El caudillo repitió:

—Yo soy Bug-Jargal.

Y los negros golpearon con sus frentes el pavimento.

—Bug-Jargal—repuso Habibrah—no puede deshacer lo que Biassou dispone. Biassou me ha regalado este blanco; yo quiero que muera, y morirá. Vosotros—dijo volviéndose a los negros—obedecedme. Lanzadle en el abismo.

A la voz poderosa del obí se incorporaron los negros y dieron un paso adelante; en aquel instante vi segura la muerte.

—¡Soltad al preso!—exclamó Bug-Jargal.

Y con la rapidez de un relámpago me encontré libre. Mi sorpresa era igual a la rabia del obí, que quiso abalanzárseme, pero los negros le detuvieron. Entonces desahogó su encono en imprecaciones y amenazas.

¡Demonio! ¡Rabia! ¡Infierno de mi alma! Pues qué, infames, ¿rehusáis obedecerme, desconocéis mi voz? ¡Para qué perdería yo el tiempo en hablar con este maldito! ¡Debiera haberle arrojado sin demora a los peces del báratro! Por apetecer una venganza completa, ¡la pierdo toda! ¡Oh, rabia de Satanás! Escuchadme vosotros: Si no me obedecéis, si no lanzáis a lo hondo de la sima a este blanco execrable, yo os hecho mi maldición. El cabello se os volverá blanco; los mosquitos y las cucarachas os devorarán en vida; las piernas y los brazos se os troncharán como endebles juncos; el aliento os quemará la garganta como arena abrasada; os moriréis luego, y después de la muerte vuestras almas estarán condenadas a dar vueltas sin descanso a una piedra de molino, tamaña cual un monte, allá en la luna, donde hace mucho frío.

Semejante escena produjo sobre mí un singular efecto. Unico de mi especie en aquella gruta húmeda y sombría, rodeado de aquellos negros, que se asemejaban a los demonios; suspendido, por decirlo así, sobre un abismo sin fondo; ya amenazado por aquel espantoso enano, cuyos extravagantes ropajes apenas podían distinguirse a los inciertos reflejos de la luz; ya protegido por aquel otro negro gigante, que asomaba en el solo resquicio por donde me era dado descubrir el cielo, me parecía estar a las puertas del infierno, aguardando incierto la pérdida o la salvación de mi alma y asistiendo a una lucha encarnizada entre mi ángel protector y el espíritu maligno.

Los negros se veían amedrentados con las maldiciones del obí, y, queriendo aprovecharse de su incertidumbre, exclamó:

—¡Quiero que muera este blanco! ¡Me obedeceréis, y morirá!

Bug-Jargal respondió con majestad:

—¡El blanco ha de vivir! Yo soy Bug-Jargal; mi padre era rey en la tierra de los Kakongos y administraba justicia en el umbral de su morada.

Los negros volvieron a postrarse en tierra, y su caudillo prosiguió:

—Hermanos, id y decidle a Biassou que no enarbole en la cumbre del monte la bandera negra que ha de anunciar a los blancos la muerte de este mismo cautivo, porque este cautivo le ha salvado la existencia a Bug-Jargal y Bug-Jargal quiere que viva.

Entonces se incorporaron, y Bug-Jargal arrojó su penacho en medio de ellos. El principal del piquete cruzó los brazos al pecho, recogió luego el penacho con ademanes de respeto y en seguida se alejaron sin proferir palabra. El obí desapareció con ellos en las tinieblas de la galería subterránea.

No intentaré, señores, pintar la situación en que me encontraba. Clavé los ojos humedecidos en Pierrot, que a su vez me contemplaba con extrañas muestras de agradecimiento y orgullo.

—¡Alabado sea Dios!—dijo al cabo—. ¡Todo se ha salvado! Hermano, vuélvete por donde has venido, y abajo me encontrarás en el valle.

Hizo un gesto con la mano y desapareció.

LIV

Ansioso por llegar al lugar de la cita y saber qué venturoso milagro había traído tan a tiempo a mi libertador, traté de salir de la caverna; mas al efectuarlo me aguardaban nuevos peligros. En el momento mismo en que me dirigía hacia la galería subterránea, un imprevisto obstáculo salió a atajarme la entrada: Habibrah, el rencoroso obí; lejos de acompañar a los negros, cual habíame imaginado, estaba aguardando un momento más propicio para su venganza. Y ese momento había llegado. El enano apareció de súbito, soltando la carcajada, mientras yo me encontraba sin armas ni defensa; el mismo puñal que le servía de crucifijo brillaba entre sus manos. A su vista, di un paso atrás por un movimiento involuntario.

—¡Ja, ja, maldito! ¿Creías escapárteme? Pero el tonto es menos tonto que tú. Ahora te cogí, y esta vez no te haré esperar ni tendrá tu amigo Bug-Jargal que aguardarte en vano. ¡Irás a la cita en el valle, pero las aguas del torrente se encargarán de hacerte andar el camino!

Y así diciendo, se abalanzó a mí con el puñal enarbolado.

—¡Monstruo!—le respondí, echándome a la espalda por el terrado—. Hace poco no eras más que un verdugo, y ahora eres un asesino.

—¡Me vengo!—replicó, rechinando los dientes.

En aquel instante me hallaba a la orilla del precipicio; se tiró a mí con ímpetu para empujarme con una puñalada; le huí el cuerpo, y deslizándosele el pie por el musgo resbaladizo de que estaban cubiertos los húmedos peñascos, fué rodando por aquella pendiente carcomida por las olas. Dió un feroz aullido, invocando a los espíritus del infierno, y cayó en la sima.

Antes he dicho que asomaban por entre las grietas de la peña, más abajo del borde de la orilla, las raíces de un anciano tronco. El enano tropezó en ellas a su caída, y el estrambótico ropaje se le enredó entre los nudos de la cepa, y, agarrándose a ese postrer sostén, se quedó asido con energía extraordinaria. El gorro puntiagudo se desprendió de su cabeza, tuvo que soltar el puñal, y el arma del asesino y la caperuza del bufón desaparecieron juntas, botando por los profundos rincones de la catarata.

Habibrah, colgado sobre el abismo, trató primero de subir al terrado; pero sus brazuelos no alcanzaban al borde del tajo, y se deshacía las manos en impotentes esfuerzos por clavar las uñas en las peguntosas paredes de la sima. El desgraciado bramaba de ira.

La menor sacudida por mi parte habría bastado para precipitarle; mas hubiese sido una vileza en que ni soñé siquiera. Esta moderación le admiró. Dando gracias al cielo por la salvación que me enviaba de una manera tan inesperada, iba ya a abandonarle a su suerte y me preparaba a partir de la estancia subterránea, cuando de súbito oí salir de entre el precipicio la voz del enano en acento de súplica y de duelo:

—¡Amo, mi amo!—decía—. ¡No os vayáis, por amor del cielo! ¡No dejéis, en nombre del bon Giu, perecer impenitente y culpado a un ente humano a quien podéis salvar! ¡Ay! Las fuerzas me flaquean, la raíz se cimbrea y resbala entre mis manos, el peso del cuerpo me arrastra tras sí; tengo que soltarla o se va a tronchar... ¡Ay, amo mío! El horrendo pozo hierve bajo mis pies. ¡Santo nombre de Dios! ¿No tendréis compasión del pobre bufón? Es muy malo; pero ¿no querréis demostrarle que los blancos son mejores que los mulatos, los amos que los esclavos?

Me acerqué al precipicio, casi conmovido, y la opaca luz que se dejaba caer por la hendedura me enseñó en el repugnante rostro del enano una expresión que aun me era allí desconocida: la del ruego y el quebranto.

Señor Leopoldo—prosiguió, alentado por un movimiento de lástima que no pude contener—, ¿será posible que cualquier persona humana contemple a su semejante en tan horrible posición y que, pudiendo socorrerle, no lo haga? ¡Ay, amo mío, alargadme la mano! Con un poco de ayuda bastará para salvarme. ¡Lo que pido es todo para mí y tan poca cosa para vos! Tirad de mí, por piedad, y mi agradecimiento se igualará a mis crímenes...

—¡Desgraciado!—le interrumpí diciendo—. ¿Cómo me traes tal recuerdo a la memoria?

—Para aborrecerlo, amo mío. ¡Ah, sed más generoso que yo! ¡El cielo me ampare, que fallezco! ¡Que caigo! ¡Ay, desdichado! ¡La mano! ¡La mano! ¡Alargadme la mano, por la madre que os crió a sus pechos!

No alcanzaré a pintar cuán lamentables eran aquellos gritos de dolor y de angustia. Todo lo olvidé: no era ya a mis ojos un enemigo, un traidor, un asesino, sino un infeliz a quien un ligero esfuerzo de mi parte podía arrancar de una muerte espantosa. ¡Me suplicaba tan lastimeramente! Cualquier palabra, cualquier reprensión, hubiera sido inútil y ridícula; tan urgente se mostraba la necesidad del socorro. Me incliné, pues, y arrodillándome al borde del precipicio, con una de mis manos apoyada en el mismo tronco cuyas raíces sostenían al desgraciado Habibrah, le alargué la otra... En cuanto estuvo a su alcance se asió a ella; la agarró con entrambas las suyas y con fuerza prodigiosa, y, lejos de prestarse al movimiento de ascenso que traté de ofrecerle, sentí que procuraba arrastrarme consigo al abismo. Si el tronco del árbol no me hubiese prestado tan sólido punto de apoyo, sin duda alguna me hubiese arrancado de la orilla la violenta cuanto inesperada sacudida de aquel malvado.

—¿Qué intentas hacer, vil?—exclamé.

—¡Vengarme!—repitió con estrepitosas e infernales carcajadas—. ¡Ah, te cogí al cabo! ¡Necio! ¡Tú mismo te entregaste! ¡Te cogí! Estabas en salvo y yo perdido, y por tu capricho te metes de nuevo en la boca del caimán porque lloró después de haber bramado! ¡Heme ya consolado, puesto que mi muerte es una venganza! Te cogí en el lazo, amigo, y tendré un compañero humano entre los peces de la sima.

—¡Ah, traidor!—le dije, esforzándome para resistir a su impulso—. ¿Así me pagas haberte querido sacar del peligro!

—Sí—me respondió—. Sé que con tu ayuda hubiera podido salvarme; pero mejor quiero que perezcas conmigo. ¡Antes que mi vida, deseo tu muerte! Ven.

Y, al mismo tiempo, ambas sus parduzcas y nervudas manos se crispaban y adherían a las mías con esfuerzos inauditos; le chispeaban los ojos y arrojaba espuma por la boca; las fuerzas, de cuya pérdida se lamentaba, le volvieron exaltadas por el ímpetu de la cólera y la venganza; apoyaba las rodillas como dos palancas contra los muros perpendiculares de las rocas, y brincaba cual un tigre sobre la raíz, que, enredada en su ropaje, le sostenía a pesar suyo, porque hubiera deseado romperla y con el lleno de su peso arrastrarme más pronto. Parecía cual el maligno espíritu de aquella caverna luchando por atraer una víctima al profundo abismo de su tenebrosa morada.

Por fortuna, se me encajó la rodilla en un hueco de la peña; mi brazo estaba cual clavado al árbol que me servía de apoyo, y luchaba contra los esfuerzos del enano con toda aquella energía que puede inspirar el instinto de la propia conservación en momentos tales. De vez en cuando tomaba penosamente aliento y gritaba con toda la fuerza de mis fatigados pulmones:

—¡Bug-Jargal!

Pero el bramido de la cascada y su lejanía me daban muy cortas esperanzas de que mi voz pudiese alcanzarle.

Mientras tanto, el enano, que no creía hallarse con tal resistencia, redoblaba sus frenéticas sacudidas, y ya empezaba yo a decaer de mi vigor, aun cuando esta lucha duró mucho menos tiempo del que tardo en contarla. Una insoportable tirantez me adormecía el brazo; se me anublaba la vista; lívidas y dudosas vislumbres cruzaban por delante de mis ojos; zumbábanme los oídos; oía crujir la raíz, próxima a romperse; oía reír el monstruo, próximo a precipitarse, y parecíame cual si los remolinos de la sima se fueran acercando, ansiosos de tragarme entre sus ondas.

Antes, empero, de abandonarme al cansancio y a la desesperación, tenté el último esfuerzo, y recogiendo el resto de mis agotadas fuerzas, clamé por otra vez aún:

—¡Bug-Jargal!

Un ladrido me dió respuesta... Conocí a Rask... Alcé los ojos, y Bug-Jargal y su perro estaban en el borde de la grieta. Ignoro si oyó mis clamores o si algún temor secreto le hizo volver; pero viendo mi peligro, me gritó:

—¡Sostente!

Habibrah, que temía mi salvación, me dijo a su vez, lleno de rabia:

—¡Ven, vente conmigo!

Y reunió todo el resto de su vigor sobrenatural, a fin de apresurar el desenlace. En este instante mismo, el brazo fatigado se me desprendió del tronco, y no quedaba ya recurso contra mi suerte, cuando me sentí asir por la espalda. Era Rask, que a una seña de su amo había saltado de la hendedura a la caverna y me tenía agarrado con violencia por el cuello del vestido. Este inesperado socorro me salvó. Habibrah había agotado todo su vigor en aquel esfuerzo postrero, y yo recobré el suficiente para desasirme de sus manos. Sus dedos, tiesos y adormecidos, tuvieron al fin que soltar la presa; la raíz, por tan largo tiempo sacudida, cedió al cabo a su peso, y mientras Rask me arrastraba hacia atrás con ímpetu, el vil enano se precipitó entre los copos de espuma de la lóbrega cascada, lanzándome una maldición que no alcancé a oír, y que fué a perderse, cual su cuerpo, en los recónditos senos del abismo. Tal fué la suerte del bufón de mi tío.

LV

Tan espantosa escena, tan desesperada lucha, tan terrible desenlace, me habían postrado, y quedé casi sin fuerza y sin conocimiento. La voz de Bug-Jargal me reanimó.

—Hermano—me dijo—, date prisa a salir de ahí, que dentro de media hora se habrá hundido el sol en el horizonte. Abajo voy a esperarte, y tú deja que Rask te sirva de guía.

Estas amistosas palabras me infundieron a la vez esperanzas, vigor y ánimo. Incorporéme, y siguiendo los ladridos del perro por entre la obscuridad de la bóveda subterránea, empecé luego a ver despuntar la luz del cielo, y llegados en fin a la boca de la cueva, respiré con desembarazo el aire libre. Al salir de aquel paso tenebroso, recordé la profecía del enano en el momento de entrar: Dos somos, y uno solo volverá a salir por esta bóveda y a hollar esta senda. ¡Sus esperanzas habían quedado burladas; su vaticinio solo había salido verdadero!

LVI

Llegado al valle, encontré a Bug-Jargal, y, arrojándome en sus brazos, me quedé oprimido de tan violentas sensaciones, con mil preguntas que dirigirle y sin poder proferir un solo acento.

—Escucha—me dijo—: tu mujer y mi hermana están en salvo. La entregué en el campamento de los blancos a uno de tus parientes que mandaba las avanzadas, y también quise darme por prisionero, no fuese que inmolasen las diez cabezas que en rehenes responden de la mía. Tu pariente me aconsejó que huyera y procurara impedir tu suplicio, seguro de que los diez negros no serían ajusticiados, a menos que tú lo fueses, lo que debía anunciar Biassou enarbolando una bandera negra en el pico más elevado de nuestras montañas. Eché entonces a correr, Rask me sirvió de guía, y, gracias sean dadas al cielo, aun pude llegar a tiempo. Tú vivirás y yo también viviré.

Me alargó la mano y añadió:

—Hermano, ¿estás satisfecho?

Le estreché de nuevo en mis brazos, le rogué que no se separara jamás de mí, que permaneciera entre los blancos, y le ofrecí un grado en el ejército colonial. Aquí me interrumpió, diciendo con aire feroz:

—Hermano, ¿te he propuesto yo acaso que te alistes entre los míos?

Callé, conociendo mi yerro, y él prosiguió en tono festivo:

—Anda, vamos pronto a ver y a consolar a tu mujer.

Semejante propuesta respondía a una necesidad imperiosa de mi alma; me levanté, pues, embriagado de júbilo, y empezamos a caminar. El negro, que conocía la senda, iba delante; Rask nos seguía...

Aquí se detuvo D’Auverney, y echó una mirada lúgubre en derredor; le corría el sudor a gruesas gotas por la frente y se cubrió el rostro entre ambas manos. Rask le estaba mirando con desasosiego.

—Sí, asimismo me mirabas...—pronunció con voz apagada.

Y un minuto después, levantándose con ímpetu, se salió de la tienda; el sargento y el perro le fueron en seguimiento.

LVII

—Apostaría—dijo Enrique—a que nos acercamos al desenlace. De veras que sentiría cualquier desgracia de Bug-Jargal, que era un hombre de prueba.

Pascual se quitó de la boca el frasco forrado en mimbres, y dijo:

—Doce cajas de botellas de Oporto daría yo por ver el cascarón de coco que se bebió de un trago.

Alfredo, que estaba distraído pensando en algún acompañamiento de guitarra, volvió en sí, y pidiéndole a Enrique que le arreglara los cordones, añadió:

—Ese negro me interesa mucho. Solo que tengo curiosidad de preguntarle a D’Auverney, y no me he atrevido, si sabía la canción de La hermosa de Padilla.

—Más raro es aquel Biassou—prosiguió Pascual—. Su vino, sabiendo a pez, no debía de ser muy bueno; pero siquiera ese hombre sabía lo que era un francés. Si me hubiera cogido prisionero, me habría dejado crecer el bigote para que me adelantara en prenda unos cuantos pesos, como dicen que hizo aquel capitán portugués en Goa. ¡Voto a Dios, que mis acreedores son más duros de corazón que Biassou!

—Ahora que me acuerdo, capitán, allá van cuatro luises que le debo—dijo Enrique, alargando su bolsa a Pascual.

El capitán miró atónito a este deudor generoso, que más derecho hubiese tenido a llamarse acreedor. Enrique se apresuró a decir:

—Y vamos, señores, ¿qué les parece a ustedes de la historia que nos cuenta el capitán?

—A fe mía—contestó Alfredo—, que no he puesto mucha atención; pero me aguardaba cosa mejor del melancólico D’Auverney. Además, hay una canción en prosa, y eso no me gusta. ¿A qué música puede arreglarse? En conclusión, la historia de Bug-Jargal me fastidia: es demasiado larga.

—Y mucha razón que lleva—repuso el ayudante Pascual—; es demasiado larga. A no ser por la pipa y el frasco, habría pasado muy mala noche. Y luego, reparen ustedes, caballeros, en que tiene muchísimos disparates. Por ejemplo: ¿quién ha de creerse que ese enanillo brujo, Ahí verás, o como se llame, quiso ahogarse por ahogar a su enemigo?

—Y, sobre todo, en agua, ¿no es cierto, capitán Pascual?—respondió Enrique de broma—. A mí lo que me dió más golpe fué reparar en cómo el perro cojo alzaba la cabeza a cada vez que se repetía el nombre de Bug-Jargal.

—En eso—dijo Pascual—, hacía todo al revés de las viejas de Celadas cuando el padre predicador mentaba a Jesucristo. Yo entré en la iglesia con una docena de coraceros...

El ruido del centinela al presentar las armas avisó el regreso de D’Auverney. Todos callaron, y él continuó por algún rato paseando la estancia con los brazos cruzados y en silencio. Tadeo, acurrucado como antes en un rincón, le miraba a hurtadillas, y mientras tanto, hacía como si acariciase a Rask, a fin de que el capitán no reparase en su sobresalto.

D’Auverney prosiguió al cabo en su relación.

LVIII

Rask iba siguiéndonos. Ni aun la más elevada cumbre del valle lucía ya bañada por los rayos del sol, cuando una fugaz vislumbre de luz apareció en su cima y pasó luego cual súbito relámpago. El negro se estremeció y me apretó con violencia la mano.

—Escucha—dijo—.

Y, en seguida, un sordo ruido, semejante al estrépito de un cañón, resonó en las cañadas y perdióse retumbando por los ecos del monte.

—¡Esa es la señal!—exclamó el negro en lúgubre acento.

Y luego añadió:

—¿No ha sido un cañonazo?

Hice con la cabeza un gesto afirmativo. Él entonces trepó en dos saltos a una encumbrada loma, y yo le seguí. Llegados arriba, cruzó los brazos y me preguntó con melancólica sonrisa:

—¿Lo ves?

Miré hacia el punto que señalaba, y observé el elevado pico que me indicó en nuestra entrevista con María, único iluminado aún por los postreros rayos del astro del día, y en cuyo más empinado risco ondeaba al viento una negra bandera.

Aquí, D’Auverney hizo una pausa.

—Después supe que Biassou, ansioso de ponerse en movimiento y creyéndome muerto, mandó enarbolar el estandarte sin esperar el regreso de mis verdugos.

Allí seguía inmóvil Bug-Jargal, en pie, con los brazos cruzados y contemplando el lúgubre pendón. De súbito se volvió con ímpetu y dió algunos pasos como para bajar la ladera.

—¡Oh, Dios! ¡Eterno Dios! ¡Mis infelices compañeros!...

Se acercó de nuevo a mí y me preguntó:

—¿Oíste el cañonazo?

Yo no repliqué.

—Pues bien, hermano, era la señal convenida. Ya los sacan...

E hincó la cabeza sobre el pecho; luego se me aproximó aún más, diciendo:

—Hermano, anda a buscar a tu mujer, que Rask te enseñará el camino.

Y se puso a silbar una canción africana; el perro entonces empezó a menear la cola y aparentó querer encaminarse hacia un extremo del valle.

Bug-Jargal me agarró la mano e hizo un esfuerzo por sonreírse; mas era aquella una sonrisa convulsiva.

—¡Adiós!—gritó con voz de trueno.

Y se lanzó a través de la enmarañada espesura de los vecinos árboles.

Yo me quedé convertido en estatua, porque lo poco que comprendía me hacía prever mayores desdichas. Rask, viendo desaparecer a su amo, se acercó al borde de la peña, aullando con tono lastimero. En seguida se vino a mí con los ojos húmedos y la cola baja, me miró con desasosiego, se volvió hacia el punto por donde había penetrado su amo y empezó a ladrar repetidas veces. Le comprendí, participé de sus temores y di algunos pasos hacia él; entonces partió como un rayo, siguiendo las huellas de Bug-Jargal, y pronto le hubiese perdido de vista, aun cuando corría con toda la velocidad a que alcanzaban mis fuerzas, si de rato en rato no se hubiera detenido para darme tiempo de alcanzarle. Así atravesamos cañadas, y subimos collados, y cruzamos selvas, hasta que al fin...—

Faltóle ahora a D’Auverney el aliento; la más lúgubre desesperación se retrató en su semblante, y consiguió apenas articular estas palabras:

—Prosigue, Tadeo, que yo no tengo más fuerza de ánimo que una vieja.

El sargento veterano no estaba menos conmovido que el capitán; pero, sin embargo, trató de obedecer el mandato.

—Con permiso, pues que usted lo ordena, mi capitán. Ahora bien: es el asunto, señores oficiales, que aun cuando Bug-Jargal, llamado Pierrot, fuese un negrazo de muy buen genio y muy robusto y de mucho ánimo, y el hombre más valiente de la tierra después de usted, mi capitán, no dejaba yo de tenerle mucha tirria, que nunca me lo perdonaré a mí propio aun cuando el capitán me lo haya perdonado. Así, mi capitán, cuando supe que se anunciaba su muerte de usted para dentro de dos días, entré en un arrebato de cólera contra el pobre hombre y tuve un verdadero gusto infernal en anunciarle que él, o bien, a su falta, diez de los suyos, irían a servirle a usted de compañía, fusilados por vía de represalias, como se dice. A esta nueva no dijo nada, sino que dos horas después se escapó, haciendo un gran agujero...

D’Auverney hizo un gesto de impaciencia, y Tadeo prosiguió así:

—¡Pues vamos! Cuando se vió la bandera en la montaña, como él no había vuelto—lo que, dicho sea con licencia, caballeros, nadie lo extrañaba—, se disparó el cañonazo de señal y me encargaron a mí que llevase los diez negros al sitio señalado para el suplicio, que se llamaba la Boca Grande del Diablo, a distancia del campamento como de... en fin, ¿qué hace al caso? Cuando llegamos allí, claro está que no era para darles suelta; con que los mandé atar, y estaba arreglando el piquete, cuando vean ustedes aquí que me encuentro con el negrazo saliendo del bosque. Me quedé pasmado, y él, acercándose sin aliento, me dijo: “Buenos días, Tadeo; a tiempo llego.” No, señores; no dijo nada de eso, sino que corrió a desatar a sus compatriotas. Yo allí me estaba, atónito, sin saber qué hacer ni qué decir. Entonces empezó una lucha de generosidad entre él y los negros, ¡que ojalá hubiera durado un poco más! No importa; sí, yo tengo la culpa de que concluyera tan pronto. Luego se puso él en lugar de los negros, y en aquel momento llegó su perrazo, ¡pobre Rask!, y se me abalanzó al pescuezo; ¿por qué no se aguantaría un poco más, mi capitán? Pero Pierrot hizo una seña y el pobre perro soltó presa, aunque Bug-Jargal no pudo impedir que se fuera a echar a sus pies. Entonces, mi capitán, yo le creía a usted muerto... y estaba furioso... y mandé...

El sargento alargó el brazo, miró al capitán y no supo proferir la fatal palabra.

—Cayó Bug-Jargal y una bala le quebró la pata al perro... Desde entonces acá, caballeros—y meneaba el sargento con dolor la cabeza—, está cojo. Oí luego quejidos entre las matas vecinas, y cuando acudí le encontré a usted, mi capitán, ¡que había caído herido cuando se apresuraba por llegar a salvar al negro! ¡Sí, mi capitán; usted gemía, pero era por él! ¡Bug-Jargal había muerto! A usted, mi capitán, le llevamos al campamento, y su herida fué menos grave, porque curó gracias al cariñoso cuidado de la señorita María.

Calló el sargento, y D’Auverney repitió en voz solemne y afligida:

—¡Bug-Jargal había muerto!

Tadeo inclinó la cabeza.

—Sí—dijo—. ¡Me había perdonado la vida, y yo fuí quien le maté!

Nota

Como los lectores tienen, por lo general, costumbre de exigir explicaciones terminantes sobre el paradero de cuantos personajes han salido a la palestra con el intento de despertar su interés, nos hemos dedicado, a fin de satisfacer su loable deseo, a las más activas pesquisas acerca de la suerte que cupo al capitán Leopoldo d’Auverney, a su sargento y a su perro. Quizá recordará el lector que su profunda tristeza dimanaba de dos causas: la muerte de Bug-Jargal, alias Pierrot, y la pérdida de su adorada María, quien no logró escapar de las llamas en el castillo de Galifet sino para perecer en breve en el primer incendio de la ciudad del Cabo. Por lo que al capitán toca, he aquí cuanto hemos averiguado:

Al próximo día de una gran batalla, ganada por los soldados de la república francesa contra el ejército europeo, se hallaba en su alojamiento el general de división M..., comandante en jefe, redactando a solas en su tienda, y con arreglo a los apuntes de la plana mayor, el parte que debía dirigirse a la Convención nacional acerca de la victoria de la víspera. Un ayudante entró a decirle que el representante del pueblo, en comisión cerca de él, pedía luego hablarle. Aborrecía el general a esta especie de embajadores de gorro colorado, enviados por la Montaña a los campamentos para degradarlos y diezmarlos, hambrientos delatores a quienes encargaban los verdugos el servir de espías contra la gloria. Hubiera, sin embargo, sido peligroso negarse a recibir sus visitas, y hubiéralo sido más aún después de un triunfo, porque el ídolo sangriento de aquella época prefería las víctimas ilustres, y los sacrificadores de la plaza de la Revolución se llenaban de júbilo cuando lograban de un golpe solo echar a tierra una cabeza y una corona, ya fuese de espinas, como la de Luis XVI, ya de flores, como la de las doncellas de Verdun; ya, por fin, de laureles, como las de Andrés Chenier o Custines. Mandó, pues, el general que entrase sin demora el representante.

Después de algunas enhorabuenas, ambiguas y llenas de cortapisas, sobre la victoria reciente de las armas republicanas, acercándose el representante al general, le dijo a media voz:

—Pero no es eso todo, ciudadano general: no basta vencer a los enemigos de afuera, sino que es también preciso exterminar a los enemigos domésticos.

—¿Qué queréis decir, ciudadano representante?—respondió el general, sorprendido.

—Hay en vuestro ejército—prosiguió con misterio el comisionado de la Convención—un capitán llamado Leopoldo d’Auverney, que sirve en el regimiento número 32. ¿Le conocéis, acaso?

—Y tanto—replicó el general—. Ahora mismo estaba leyendo el parte del coronel sobre ese mismo sujeto. El regimiento número 32 tenía un excelente capitán.

—¡Cómo es eso, ciudadano general!—-dijo el representante del pueblo con altivez—. ¿Por ventura, le habéis dado algún ascenso?

—No negaré, ciudadano representante, que tales eran mis intenciones...

En esto, el comisionado interrumpió con enojo al general.

—La victoria os ciega, general M... Tened cuidado con lo que hacéis y con lo que digáis. Si fomentáis en vuestro seno a las serpientes enemigas del pueblo, no extrañéis que el pueblo os aniquile al exterminarlas. Este Leopoldo d’Auverney es un aristócrata, un contrarrevolucionario, un realista, un moderado, un girondino. La vindicta pública le reclama, y hay que entregarle entre mis manos sin tardanza.

El general respondió con frialdad:

—No puede ser.

—¿Que no puede ser?—repuso el comisionado, cuya ira se acrecentaba—. ¿Ignoráis, general M..., que aquí no existen otras facultades ilimitadas sino las mías? ¡La república lo ordena, y vos no podéis! Escuchadme: en consideración a la victoria que habéis obtenido, tendré la condescendencia de leeros los apuntes que me han entregado acerca de este tal D’Auverney, y que habré de remitir a manos del fiscal público a la par que el preso. Es un extracto de cierta lista de nombres, a la que no querréis obligarme que añada el vuestro. Hela aquí: Leopoldo Auverney (ex-de), capitán en el regimiento número 32, está convicto: Primo, de haber contado en un conciliábulo de conspiradores cierta fingida historia contrarrevolucionaria, encaminada a poner en ridículo los principios de igualdad y libertad y a ensalzar las añejas supersticiones intituladas trono y religión; secundo, de haberse valido, para caracterizar diversos sucesos memorables, y entre ellos la emancipación de los ex negros de Santo Domingo, de voces que desaprueba todo buen descamisado; tertio, de haber empleado siempre en el hilo de su discurso la palabra señores, y nunca la de ciudadanos; quarto, de haber, por fin, con dicha relación conspirado abiertamente para subvertir la república, a favor de la facción de los girondinos y los brisotistas. Por tales crímenes antipatrióticos merece la muerte. Ahora bien: ¿qué tenéis que decir a esto, general? ¿Protegeréis aún al traidor? ¿Titubearéis aún en entregar a este enemigo de la nación para que sufra la pena merecida?

—Este enemigo de la nación—replicó el general con dignidad—se ha sacrificado por ella—. A esos apuntes que me habéis leído contestaré con otros muy diferentes; escuchadme ahora a vuestro turno: Leopoldo d’Auverney, capitán del regimiento número 32, ha decidido la nueva victoria conseguida por nuestras armas. Los enemigos, coligados, tenían establecido un reducto formidable, que era preciso tomar, por ser la llave de la posición de donde pendía el éxito de la batalla. La muerte del primer valiente que fuera al asalto era cosa segura: el capitán D’Auverney se ha sacrificado. Tomó el reducto, conseguimos la victoria y él murió en la empresa; se han encontrado muertos también, a sus pies, al sargento Tadeo, del mismo regimiento, y a un perro. Por lo tanto, propongo a la Convención nacional que se sirva declarar benemérito de la patria al capitán Leopoldo d’Auverney. Ya veis, representante—añadió el general con calma—, la gran diferencia de nuestros cargos. Cada cual enviamos una lista a la Convención, y el mismo nombre se encuentra en ambas. Pero vos le proclamáis por traidor y yo por héroe; vos le consignáis a la ignominia; yo, a la gloria; vos le erigís un cadalso; yo, un trofeo; a cada cual su oficio. ¡Fortuna, sin embargo, que este valiente ha sabido escapar del suplicio que le teníais preparado, pereciendo en el campo de batalla! A Dios gracias, murió la víctima que deseabais inmolar sin querer aguardaros.

El representante, furioso al ver desvanecerse su conspiración con el conspirador, prorrumpió entre dientes:

—¡Ha muerto! ¡Qué lástima!

El general lo oyó, y repuso indignado:

—Aún os queda un arbitrio, ciudadano representante del pueblo. Id y buscad entre los escombros del reducto el cuerpo del capitán D’Auverney. ¡Quién sabe! ¡Quizá las balas de los cañones enemigos habrán dejado intacta para la guillotina nacional la cabeza del cadáver!


(Escrito en 1826.)


Publicado el 23 de marzo de 2017 por Edu Robsy.
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