Texto: Pamplona
de Victor Hugo


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Pamplona

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Fragmento de Pamplona

Pues bien: ¿he de decíroslo? En esa situación en que tantos filósofos han tratado de estudiarse a sí mismos, presentábanse a mi imaginación algunas dudas singulares, algunas preguntas caprichosas y nuevas. Yo me preguntaba: ¿Qué es lo que puede pasar, qué es lo que pasa en el interior de esas pobres mulas, que, en la especie de sonambulismo en que viven, vagamente iluminadas por los vacilantes resplandores del instinto, ensordecidas por cien cascabeles en sus oídos, casi cegadas por las anteojeras, aprisionadas por las guarniciones, asustadas por el ruido de las cadenas, las ruedas y los empedrados que les sigue sin cesar, sintiendo encarnizarse sobre sí, entre aquellas sombras y aquel tumulto, tres demonios a quienes no conocen, pero que sienten, que no ven, pero que oyen? ¿Qué significa para ellas ese sueño, esa visión, esa realidad? ¿Es un castigo? ¡Si no han cometido ningún crimen! ¿Qué piensan del hombre?

Amigo mío, el alba empieza a apuntar; un rincón del firmamento iba aclarándose con esa luz siniestra que tiene siempre la primera claridad de la madrugada; todo lo que vive vida determinada y precisa dormía aún en los nidos bajo las hojas y en las cabañas escondidas en el bosque; pero me parecía que la naturaleza no dormía. Los árboles entrevistos en la oscuridad como fantasmas, se destacaban poco a poco de la bruma entre las profundas gargantas de Tolosa y aparecían por encima de nosotros en el límite del cielo, como si asomaran la cabeza por encima de la cumbre de las colinas; las hierbas se estremecían en el borde del camino; en las rocas, algunos matorrales negros y confusos se retorcían como con desesperación; no oía ningún ruido, ninguna voz, ningún lamento; pero, os lo repito, parecíame que la naturaleza no dormía. Parecíame que iba despertándose poco a poco a nuestro alrededor, y que en aquellos árboles, en aquellas hierbas, en aquellos matorrales estaba ella, la madre común, que se asomaba en un dolor inefable, y una inexplicable compasión, desde el borde del camino y desde lo alto de las montañas, para ver pasar y sufrir en aquella carrera llena de tinieblas a aquellas pobres y asustadas mulas, aquellos animales abandonados y miserables que son hijos suyos como nosotros, y que viven más cerca de ella que nosotros.


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33 págs. / 57 minutos.
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Publicado el 23 de marzo de 2017 por Edu Robsy.


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