Texto: La Dama de Blanco
de Wilkie Collins


Novela


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La Dama de Blanco

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Fragmento de La Dama de Blanco

—¿Juega usted al whist, señor Hartright? —preguntó la señorita Halcombe mirando significativamente hacia el sitio en que yo estaba.

Yo sabía a qué se refería, sabía que tenía razón, y me levanté al instante para ir a la mesa de juego. Cuando me separaba del piano, la señorita Fairlie abrió otra página del cuaderno de música y golpeó las notas con mano más firme.

—Quiero tocarlo —dijo, hiriendo las notas casi con pasión—. Quiero tocarlo esta última noche.

—Venga, señora Vesey —dijo la señorita Halcombe—. El señor Gilmore y yo estamos cansados de écarté. Juegue usted ahora con el señor Hartright al whist.

El viejo abogado sonrió irónicamente. Era él quien iba ganando y acababa de sacar un rey. Evidentemente atribuía el brusco cambio de la señorita Halcombe en el régimen de la mesa al rasgo femenino de no saber perder en el juego.

El resto de la velada transcurrió para mí sin una mirada ni una palabra de ella. Continuó en su sitio frente al piano y yo en el mío, junto a la mesa de juego. Tocó sin descanso, como si la música fuera su única defensa contra ella misma. A veces sus dedos acariciaban las notas con lánguida suavidad, con una ternura dulce, suplicante y tenue que llegaba al oído con una tristeza inefable en su hermosura, y otras se movían titubeando, fallaban o corrían sobre el teclado mecánicamente, como si su trabajo les pesara. Sin embargo, aunque la expresión que daban a la música variaba y titubeaba, ella seguía tocando con la misma resolución. No se levantó del piano hasta que todos lo hicimos para despedirnos.


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742 págs. / 21 horas, 40 minutos.
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Publicado el 31 de enero de 2017 por Edu Robsy.


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