PREFACIO
El Código del Crimen es una obra representativa del ingenio de William Le Queux, uno de los pioneros del suspense y de la literatura de intriga internacional.
La Estructura del Misterio En esta novela, Le Queux teje una red de secretos que se aleja de la violencia caótica para centrarse en un proceso narrativo claro y meticulosamente estructurado. La trama avanza como un sofisticado rompecabezas intelectual, donde la resolución del conflicto no depende de giros perturbadores, sino de la deducción lógica, la observación aguda y el desciframiento de enigmas complejos —como criptogramas musicales y mensajes ocultos a plena vista—.
El autor transporta al lector a través de la Europa de principios del siglo XX, contrastando la aparente tranquilidad de los elegantes salones aristocráticos con la tensión que se respira en los pasillos de los trenes nocturnos que cruzan el continente, desde Calais hasta Constantinopla. Es un mundo donde la alta sociedad convive con secretos inconfesables, joyas desaparecidas y alianzas ocultas.
El verdadero atractivo de esta historia reside en su capacidad para mantener la intriga a través de la agudeza mental de sus personajes y la elegancia de su prosa. Es una invitación a desentrañar un misterio clásico paso a paso, ideal para quienes disfrutan de las tramas bien hiladas donde el orden, el análisis y la razón terminan por imponerse al desconcierto inicial.
La novela es ampliamente conocida en Estados Unidos como The Crime Code, publicada allí en 1928 por la editorial The Macaulay Company de Nueva York. Sin embargo, su edición británica, a cargo de Hodder and Stoughton, fue publicada bajo el título Double Nought (Doble Cero).
CAPÍTULO PRIMERO
DISCULPAS PARA EL LECTOR
Al comenzar este relato, sencillo y sin adornos, acerca de mis sorpresivas y, con frecuencia, frenéticas desventuras, debo dejar claro a quienes lo lean que no pretendo maquillar mis propias debilidades pues, lamentablemente, son evidentes; tampoco pretendo, en lo más mínimo, presentarme como un héroe vanaglorioso. Mucho menos soy de esos que apoya sus palbras en el desagradable lodazal de las cuestiones sexuales.
Después de vivir la vida normal de un joven común en Londres, por un extraño capricho del destino y en cuestión de un solo minuto, pasé a verme arrojado a un verdadero torbellino de dudas y desgracias. Me vi obligado a vivir como un criminal perseguido y a recurrir a toda clase de estrategias para conservar mi libertad. Sin embargo, los acontecimientos que provocaron aquel cambio tan repentino en mi vida podrían sucederle a cualquier hombre, cualquier noche, en cualquier gran ciudad del mundo.
Supongo que, para que el lector me comprenda desde el principio, es necesario decir que mi nombre es Lionel Hipwell. Mi padre es el honorable George Hipwell, de Hipwell Hall, cerca de Bulwick, en Northamptonshire, teniente adjunto del condado y miembro del Parlamento por el distrito de Rutland Sudeste. Después de estudiar en Eton, me gradué en Oxford y cursé la carrera de Derecho hasta ser admitido en el Colegio de Abogados; sin embargo, nunca ejercí esa profesión. Durante veintiún años mi padre representó al mismo distrito electoral en nombre del Partido Conservador, y también era mi ambición ocupar un escaño en la Cámara de los Comunes. Para ello estudié política con verdadero interés, sobre todo en lo relativo a nuestras relaciones con las naciones extranjeras, y con frecuencia pronuncié discursos en reuniones políticas. Tuve la satisfacción de que se reconociera la solidez de mis argumentos y la claridad de mi oratoria. Por eso, cuando el Partido Conservador decidió elegirme como candidato para las próximas elecciones, me sentí en la cima de la felicidad. Cuando se lo conté a Joan, con quien estaba comprometido, ella ya me imaginaba ocupando un asiento en la primera fila del gobierno.
He mencionado que estaba comprometido con Joan Gell, aunque solo de manera informal y en secreto.
Joan era la única hija del célebre abogado John Gell, consejero del Rey, el hombre más corpulento que había recibido la dignidad de King’s Counsel. Pero, por desgracia, él y mi padre eran enemigos irreconciliables, a raíz de una disputa política ocurrida un par de años antes. Por eso, Joan y yo consideramos prudente esperar antes de anunciar nuestro compromiso, hasta que aquella desavenencia quedara finalmente resuelta.
Aun así, nos veíamos con frecuencia, mucho más de lo que sus padres jamás imaginaron. De hecho, en más de una ocasión ella traspasó los límites de la estricta corrección social, yendo a mi residencia en Sackville Street para tomar el té conmigo, cómodamente instalada junto a la chimenea, con los pies apoyados en el guardafuegos. Yo la adoraba y ella correspondía plenamente a mi amor. Nos entendíamos a la perfección y, aunque era muy popular entre la alta sociedad y una de las parejas más solicitadas en los bailes, jamás tuve motivos para sentir celos.
El ambiente social en el que me veía obligado a moverme en Londres —bastante distinguido, según los criterios de estos tiempos frenéticos de clubes nocturnos y bailes interminables— había terminado por hastiarme. Yo prefería Hipwell, con las jornadas de caza junto al Cottesmore, las salidas semanales para cazar liebres con los beagles, la pesca en nuestro propio arroyo, los paseos primaverales por el parque y las conversaciones con los arrendatarios de nuestras granjas. No encontraba atractivo alguno en la vida nocturna londinense, poblada por muchachos inmaduros y viudas de apetitos desmedidos, con las frentes pálidas marcadas por el exceso, supersticiosas, hablando de almas afines y que pasaban los inviernos en el sur de Sicilia.
Aunque estaba disgustado con mi padre, el corpulento consejero del Rey siempre se mostró amable conmigo. Por ello era invitado con frecuencia a su residencia en Queen’s Gate, una casa célebre por su colección de muebles antiguos y por poseer un incomparable conjunto de cajas de rapé de extraordinaria antigüedad. El señor Gell era un auténtico conocedor y, gracias a los cuantiosos ingresos que obtenía como abogado, gastaba generosamente en aquella afición. Su esposa, una mujer elegante, muy bien conservada y amante de los viajes, que adoraba a Joan, acostumbraba recibir visitas, y yo siempre recibía una invitación. En el Temple era un secreto a voces que a “Jelly” Gell —apodo que uno de sus adversarios le había puesto porque su prominente vientre temblaba cada vez que se exaltaba ante un jurado— le habían ofrecido un puesto como juez. Sin embargo, el célebre abogado había preferido seguir ejerciendo, antes que renunciar a sus elevados ingresos para aceptar la gran responsabilidad y el sueldo relativamente modesto con que el Gobierno remunera a sus magistrados.
En cuanto a mí, ocupaba un puesto bastante importante en el Departamento de Tratados del Ministerio de Asuntos Exteriores, un cargo que, debo admitirlo, suponía pocas horas de trabajo y escasas obligaciones, pues el Gobierno no firma tratados con potencias extranjeras todos los días. Mi empleo era, por tanto, casi una sinecura. Supongo que la influencia de mi tío, el anciano conde de Whitchurch, antiguo ministro de la Corona y de quien yo era el sobrino predilecto, tuvo mucho que ver con mi nombramiento, ya que ascendí con rapidez desde un simple empleado administrativo, impulsado por alguna mano invisible, circunstancia que, lo sé muy bien, despertó no pocos celos dentro del ministerio.
He dicho que no apreciaba el ambiente social en el que me veía obligado a desenvolverme. Sin embargo, mi afición al juego fue, por desgracia, la que terminó arrojándome al torbellino del misterio. Me gustaba hacer alguna apuesta ocasional y había frecuentado los casinos de Deauville, Cannes, Montecarlo y otros lugares semejantes, jugando siempre cantidades moderadas y con la fortuna cambiante de cualquier jugador.
La noche del doce de noviembre era oscura y lluviosa en Londres. Había llovido sin interrupción durante todo el día y seguía cayendo un aguacero entrada ya la noche. Joan se encontraba en Cannes con su madre y, como no tenía nada mejor que hacer, tomé un taxi desde el club donde había cenado hasta una casa de Woburn Square en la que todas las noches se jugaba al chemin de fer. Como asistía con frecuencia, muchas veces la suerte me había favorecido. Aquella noche había alrededor de cincuenta jugadores, la mayoría conocidos de vista. Durante bastante tiempo me limité a observar, sin arriesgar un solo centavo. Pero la tentación acabó venciendo mi prudencia y terminé ganando más de cien libras.
Después tomé una copa y, neciamente, regresé a la mesa. No solo perdí todas mis ganancias, sino además otras doscientas libras. Enfermo de rabia por mi mala suerte, extendí un cheque para saldar la deuda y abandoné la casa profundamente abatido, jurándome no volver jamás. Comprendí que el juego comenzaba a dominarme y que debía renunciar a él. Esa resolución la tomé mientras caminaba, sin prestar atención a la lluvia ni a la oscuridad, alrededor de Bloomsbury Square.
De pronto escuché unos gritos.
Un instante después me encontré con un hombre y una mujer que sostenían una violenta discusión. Él era un individuo corpulento que estaba maltratando a una joven llamativamente vestida, una de esas mujeres que merodean por las calles durante la noche.
—¡Oiga! —grité mientras corría hacia él—. ¡Deténgase ahora mismo! ¡Cobarde miserable! ¡Golpear a una mujer!
—¿Y quién demonios es usted, señor? —respondió el sujeto con insolencia—. ¡Métase en sus propios asuntos! ¡Y tome esto por entrometido!
Al decirlo lanzó un fuerte puñetazo a mi rostro, que logré esquivar.
Sin embargo, al instante siguiente me golpeó de lleno en el pecho. En respuesta, y gracias a que había practicado bastante boxeo en Oxford, le propiné un sólido puñetazo en la nariz, únicamente para defenderme.
Vi cómo llevaba rápidamente la mano al bolsillo trasero del pantalón y, un segundo después, brilló el acero de un arma. Sin perder un instante me abalancé sobre él, le sujeté la muñeca, se la retorcí y le desvié la mano hacia arriba justo cuando estaba a punto de disparar.
Ambos caímos al suelo.
Sonó una detonación y la bala atravesó hacia arriba su mandíbula.
Me liberé de inmediato y me puse en pie de un salto; pero el hombre permanecía inmóvil. La pistola automática había resbalado de sus dedos sin vida y yacía en la cuneta.
—¡Dios mío! ¿Qué ha hecho? ¡Ha matado a mi pobre Dick! —gritó con indignación la joven de ojos oscuros, fulminándome con la mirada.
Me incliné enseguida y, jadeando, lo examiné rápidamente.
No había duda.
Estaba muerto.
Quedé paralizado, completamente aturdido.
—¡Lo ha matado! —vociferó la mujer, fuera de sí por la ira y la desesperación—. ¡Policía! ¡Policía!
Solo vacilé un instante.
En ese breve momento comprendí todo lo que estaba en juego: la ruina de mi amor por Joan, el fin de mis aspiraciones políticas y una acusación de homicidio imprudencial que, dadas las circunstancias, bien podía significar mi destrucción social.
Huí.
¿Qué habría hecho usted en mi lugar?
Yo solo había intervenido para proteger a una mujer indefensa y había forcejeado con su agresor en legítima defensa. Me alejé apresuradamente, doblé la esquina y caminé a paso ligero hasta la estación de metro de Russell Square, donde compré un boleto para Piccadilly Circus, procurando serenarme mientras descendía en el ascensor.
Entretanto, sabía que aquella desconocida, que tan mal había recibido mi intervención en su defensa, estaba llamando a la policía y que, como todo había sucedido bajo el resplandor de una farola, sin duda estaría proporcionando una descripción minuciosa de mi aspecto. Yo vestía un esmoquin con un abrigo negro. En la pechera blanda de mi camisa llevaba dos brillantes broches de crisoprasa verde, y era muy posible que aquel detalle hubiera llamado su atención y sirviera para identificarme.
En el vagón viajaban varias personas; por ello me abotoné bien el abrigo para ocultar aquellos broches. Mi mente era un torbellino. Apenas media hora antes vivía despreocupado y lleno del entusiasmo propio de un hombre menor de treinta años. El dinero que me había legado mi tía Mary me proporcionaba una renta cómoda y no debía un solo centavo a nadie. Sin embargo, en aquel instante huía de la justicia y, sin duda, mi descripción estaba siendo transmitida por teléfono a todas las comisarías del área metropolitana.
Mientras viajaba en el metro comprendí que, si quería escapar, debía abandonar Londres de inmediato. No había tiempo que perder si pretendía salir de la ciudad aquella misma noche. Pero ¿cómo? No me atrevía a regresar a mis habitaciones de Sackville Street, aunque la tentación era muy grande. Si lo hacía, podría cambiarme de ropa y reaparecer con un aspecto completamente distinto. Sin embargo, vacilé al recordar que Bolland, mi ayuda de cámara, me recibiría y que más tarde la policía podría interrogarlo. No. Lo mejor era desaparecer por completo.
Cuando salí en Piccadilly Circus me encontré de frente con un agente de policía. El sobresalto fue enorme, pues me pareció que me observaba con evidente desconfianza. Sin embargo, era imposible que la noticia de la tragedia hubiera corrido con tanta rapidez. Aun así, en Londres siempre hay miles de ojos atentos buscando a cualquier hombre perseguido por la justicia.
Recuerdo que, en aquellos momentos de terror, me reproché ser un esnob. Me agradan las personas que saben comportarse. Siempre he preferido al hombre reservado formado en una escuela pública inglesa o al caballero venido a menos antes que al comunista exaltado o al amante trastornado por la pasión. Para ellos la vida es un asunto sombrío. Yo, en cambio, doy gracias cada día al Creador por seguir con vida y poder disfrutar de cuanto, en su generosidad, me ha concedido; aunque ruego al lector que no crea por ello que soy más piadoso que cualquier otro hombre. Lo cierto es que mi fe siempre ha sido firme.
Perseguido por el miedo y por la certeza de que aquella joven afirmaría, sin duda, que había disparado deliberadamente contra el hombre porque me había insultado, permanecí durante varios minutos sobre la acera, en la esquina de Coventry Street, ajeno a la multitud de espectadores que regresaban de los teatros y que constantemente me empujaban al pasar.
El riesgo de acudir a cualquiera de las estaciones ferroviarias para abandonar Londres era demasiado grande, pues sabía que la policía vigilaba siempre las terminales cuando recibía una alerta semejante. Un hombre había muerto de un disparo en Bloomsbury Square y el supuesto asesino —yo— era buscado intensamente.
De pronto una idea cruzó mi mente como un relámpago y, dando media vuelta, me uní nuevamente a la multitud, entré otra vez en la estación del metro y pedí un boleto para Golders Green.
Al cabo de un rato llegué allí, salí a la calle, doblé hacia la izquierda y seguí por la carretera principal que se dirigía al norte.
Continuaba lloviendo copiosamente y mi abrigo pronto quedó completamente empapado. Afortunadamente llevaba conmigo un cheque en blanco —acostumbro guardar siempre uno junto a mi cigarrera para cualquier emergencia—, además de unas veinte libras en billetes del Tesoro, que había recibido en la casa de juego como saldo del cheque con el que había cubierto mis pérdidas.
Supongo que había recorrido aproximadamente media milla cuando encontré una pequeña taberna frente a la cual estaba estacionado un pesado camión con la inscripción «Osborne, Nottingham». Sin duda el conductor se encontraba dentro, tomando una última copa antes de emprender su viaje nocturno.
Permanecí merodeando por allí hasta que, por fin, salió un joven de rostro delgado, envuelto en un viejo abrigo de cuero para automovilista —evidentemente un recuerdo de los tiempos de la guerra—, mientras fumaba un cigarrillo.
—Buenas noches —le dije—. ¿Podría hablar con usted un momento?
—Sí, señor —respondió cortésmente.
—Necesito pedirle un favor —me apresuré a explicar—. Usted va hacia el norte, ¿verdad?
—Sí. Hasta Wolverhampton.
—¿Podría llevarme con usted? Le compensaré las molestias.
Me observó con recelo bajo la luz de la farola. Yo estaba completamente empapado. Sin duda le sorprendía que un hombre vestido con ropa de etiqueta, chorreando por la lluvia, le pidiera aventón en su viaje nocturno hacia la región de las Midlands.
Noté su vacilación y añadí:
—Le explicaré el motivo durante el camino. He cometido una estupidez y necesito salir de Londres. Lo cierto es que he tenido problemas con cierta gente de las carreras de caballos… y ahora me persiguen.
—Ah… He leído en los periódicos que anda por ahí una banda de matones de los hipódromos intentando liquidar a quienes se oponen a ellos —comentó—. Está bien, señor, lo llevaré. Aunque está usted bastante mojado, ¿no cree?
—Solo un poco —respondí riendo.
Entonces subió al camión cubierto y sacó un viejo abrigo, invitándome a cambiar el mío, completamente empapado, por aquel. También me dio una gorra de repuesto, que sustituí por mi sombrero de copa plegable. En cuestión de minutos ya tenía el aspecto de un camionero y poco después emprendimos la marcha por la amplia carretera mojada en dirección a Barnet.
Durante la primera hora viajé a su lado conversando sin sospechar que no estábamos solos, hasta que, casualmente, comentó:
—Mi compañero, Dick, está echándose una buena siesta atrás. Él condujo hasta Londres hoy y ahora me toca a mí llevar el camión de regreso. Hacemos este recorrido tres veces por semana.
Entonces comprendí que, en la parte trasera del vehículo, medio llena de cajas de madera que parecían proceder de los muelles, dormía profundamente un joven recostado sobre un montón de lonas.
Aquello me inquietó un poco.
Ahora debía confiar en que dos hombres mantuvieran la boca cerrada al día siguiente, cuando los periódicos publicaran la noticia de la tragedia de Bloomsbury. Pero, además de huir, yo perseguía otro objetivo: cambiar por completo mi apariencia.
Mientras avanzábamos hacia St. Albans conté al conductor una fantástica historia acerca de cómo había denunciado a un pequeño corredor ilegal de apuestas y, sin proponérmelo, me había ganado una peligrosa enemistad. Según dije, había recibido un aviso secreto de que pensaban hacerme daño y, por ello, había considerado prudente desaparecer durante algún tiempo.
Mi relato era, desde luego, bastante poco convincente. Sin embargo, el joven era aficionado a las carreras y me escuchó con verdadero interés porque, afortunadamente para mí, apenas unos días antes tres integrantes de una banda relacionada con los hipódromos habían recibido severas condenas en el Old Bailey.
Habíamos recorrido unas cuarenta millas cuando Dick despertó y pareció muy sorprendido al descubrir que llevaban un pasajero. Después de acomodarse entre ambos, su compañero le explicó el motivo de mi presencia, insinuando además que yo les había prometido una recompensa por ayudarme.
—Así es —dije—. Por ciertas razones no quiero que mis conocidos sepan dónde estoy. Tal vez crean que soy un delincuente, pero les aseguro que no lo soy. Con esta ropa de etiqueta incluso podría parecer un ladrón que entra a robar en las casas.
Ambos soltaron una carcajada.
—Pues no lo soy —continué—. Pero si los dos guardan absoluto silencio, les daré cinco libras a cada uno al final del viaje. Y si uno de ustedes me vende su ropa, le daré dinero suficiente para comprarse un traje nuevo... Digamos... ¿siete libras?
Se hizo un breve silencio.
—Hágalo diez libras, jefe, y puede quedarse con la mía —propuso Dick—. Tenemos más o menos la misma talla.
—De acuerdo —respondí—. Vamos atrás y cambiémonos.
Mi compañero, el conductor, soltó una sonora carcajada mientras ambos nos arrastrábamos entre las cajas y, allí mismo, con el camión en marcha, intercambiamos nuestras ropas.
—¿Qué dirá tu mujer cuando llegues a casa vestido como un caballero, eh, Dick? —gritó el conductor volviendo la cabeza un instante.
—Pensará que me saqué la lotería cuando le dé un par de libras —respondió entre risas su compañero mientras se quitaba los pantalones y me los entregaba a cambio de los míos.
—No dirán una sola palabra. ¡Prométanmelo! —les grité.
—Claro que no, señor —respondieron ambos al unísono, tranquilizándome considerablemente.
Hasta ese momento había vivido con el temor de que el conductor sospechara de mí y, deseando congraciarse con la policía, detuviera el camión frente a algún agente para comunicarle sus sospechas. De haber ocurrido eso, mi única oportunidad de escapar habría desaparecido y delante de mí solo habría quedado la ruina.
Mientras avanzábamos por aquella interminable carretera bajo la lluvia, en aquel pesado camión de carga, comprendí el enorme escándalo que estallaría si me presentaban ante un magistrado y aquella mujer de aspecto vulgar describía la escena según su versión de los hechos. Su hostilidad hacia mí bastaría para que me acusaran de asesinato premeditado.
Pensé en mi querida Joan.
¿Qué pensaría de mí?
¿Cómo me juzgaría?
Por fin había sustituido mi ropa de etiqueta por la vestimenta de un camionero: un sencillo traje gris de tweed barato, unas botas resistentes, un grueso abrigo muy gastado y una gorra marrón de golf bastante grasienta. Mientras tanto, a la incierta luz del cabo de una vela que Dick había encendido, él ofrecía un aspecto verdaderamente cómico vestido con mi camisa arrugada, adornada con los dos vistosos gemelos de crisoprasa, la corbata negra torcida y el cuello completamente reblandecido por la lluvia.
—¡Detén el camión y mírame, Teddy! —gritó.
Teddy redujo la velocidad, accionó los frenos y se detuvo en la cima de una colina. Después volvió la cabeza y exclamó:
—¡Por los pelos del calvo! ¡Tu porte es el de todo un caballero elegante! ¿Vas rumbo al teatro o qué?
Mientras tanto, Dick sacó de debajo de la lona sobre la que había estado durmiendo dos botellas de cerveza y me entregó una. Después dio un largo trago de la otra antes de pasársela a su compañero.
—Me pregunto si el viejo tuerto nos habrá dejado una botella, como siempre —comentó Teddy mientras se limpiaba la boca y devolvía la botella—. El viejo tuerto es el dueño de la posada Hen and Chickens, cinco millas antes de Coventry. Las noches en que sabe que vamos a pasar nos deja una botella escondida debajo de un arbusto. Ya veremos si esta vez también lo hizo.
Dick y yo volvimos a trepar sobre las cajas para ocupar nuestros asientos mientras Teddy embragaba de nuevo y reanudábamos la marcha.
Al pasar por la posada Hen and Chickens, los dos hombres encontraron la cerveza y la compartieron entre ellos.
Ya despuntaba el alba cuando, por fin, atravesamos Coventry traqueteando ruidosamente. Debo confesar que para entonces ya había soportado suficientes sacudidas; acostumbrado como estaba a viajar en un automóvil cómodo y bien suspendido, me dolían todos los miembros y me sentía exhausto.
Mis compañeros, sin embargo, eran un par de hombres muy bromistas. Durante la noche Dick se había apropiado de mi sombrero plegable y lo llevaba ladeado con gran satisfacción mientras conducía durante un tramo. El efecto resultaba realmente divertido. Ningún policía de la carretera pareció advertirlo.
Llevaba horas pensando en la mejor forma de evitar que me descubrieran. Finalmente decidí abandonar el camión al llegar a Birmingham, desayunar allí y, después, decidir cuál sería mi siguiente paso.
Así pues, cuando llegamos a las afueras de la ciudad, cumplí mi promesa y les pagué lo acordado. Al final de New Street detuvieron el camión para que pudiera bajar. Tras jurarme una vez más que guardarían el secreto, se despidieron de mí y continuaron su camino hacia el destino final.
Y ahora, al relatar cuanto realmente me ocurrió, sin ocultar absolutamente nada, expongo aquí toda la verdad: unos hechos que, me atrevo a creer, los lectores de esta extraña crónica encontrarán sorprendentes, incluso extraordinarios.
En cualquier caso, arrojan luz sobre las desgracias que pueden sucederle a cualquier hombre que, después del anochecer, recorra en soledad las calles de Londres.
CAPÍTULO SEGUNDO
HILOS DE HIERRO
Aturdido, con los nervios destrozados y lleno de inquietud, contemplé a mi alrededor aquella gris y sombría mañana. Los acontecimientos recientes se alzaban ante mí como una horrible pesadilla. Al principio llegué a preguntarme si acaso todo habría sido un sueño. Pero, por desgracia, era demasiado real.
La verdad es que no había nada de qué enorgullecerme en mi comportamiento. Había sido un necio miserable y despreciable, merecedor de todas las desastrosas consecuencias de un acto de cobardía. Y ahora... ¡era un camionero! De no ser tan trágica, la situación habría resultado hasta cómica. Sentía el impulso de reírme de lo ridículo de mi circunstancia. Sin embargo, cuando me acerqué al primer policía que encontré, contuve el aliento. ¿Estaría buscándome?
Mi primera visita fue a la estación de New Street. Los periódicos londinenses ya habían llegado, así que compré dos y los revisé apresuradamente. No había ninguna referencia al incidente de Bloomsbury. Evidentemente, la noticia de la tragedia no había llegado a las redacciones antes del cierre de la edición.
En una pequeña cafetería situada detrás de la estación, frecuentada por taxistas, tomé un modesto desayuno y volví a examinar los periódicos. La ausencia de cualquier noticia sobre una persecución me devolvió algo de ánimo. Sin embargo, me preguntaba si estaba actuando correctamente. ¿No habría sido más prudente regresar a Sackville Street, cambiarme de ropa y recoger un par de maletas? Después de todo, había cambiado mi identidad por la de un trabajador y, en adelante, tendría que mantener aquel disfraz.
Cuando abrieron las tiendas recorrí varios establecimientos económicos e hice algunas compras, entre ellas un traje gris confeccionado de fábrica para los domingos y un sombrero de fieltro nuevo. Pedí que lo empaquetaran todo y dejé el paquete en el guardarropa de la estación. Después salí nuevamente y compré la maleta más barata que pude encontrar. En ella guardé mis compras, junto con mi anillo de lapislázuli y mi reloj de oro. Aquellos objetos de valor no eran apropiados para un hombre de la condición que ahora fingía tener.
Más tarde fui a la oficina de telégrafos y, para evitar que surgieran sospechas innecesarias, envié un telegrama a Bolland informándole que había tenido que viajar inesperadamente a Birmingham y que permanecería fuera varios días. También envié otro mensaje a Joan, que seguía en Cannes, explicándole que me encontraba en las Midlands. No era raro que me ausentara por asuntos políticos para pronunciar conferencias relacionadas con cuestiones derivadas de las decisiones de la Sociedad de Naciones. Me pareció una explicación perfectamente razonable de por qué quizá no podría escribirle durante algunos días.
Poco después de las once tomé el tren de regreso a Londres y llegué a Euston hacia las dos y media de la tarde. Lo primero que hice fue comprar la edición temprana del Evening News. Dejando mi maleta en el suelo, frente a la estación, recorrí con ansiedad sus columnas.
Sí.
Allí estaba.
«Hombre asesinado en Bloomsbury Square. Huye el presunto asesino», anunciaba el gran titular.
Conteniendo la respiración, leí la breve noticia:
Poco antes de la medianoche, una joven llamada Hilda Bennett, domiciliada en Castle Street, Pimlico, fue encontrada por un agente de policía de servicio en Bloomsbury Square, casi desvanecida, junto al cadáver de un hombre. Declaró que el fallecido era un amigo suyo llamado Warwick May, comerciante de cereales establecido en Highbury. El examen del cadáver reveló que había recibido un disparo en la mandíbula y que la bala había penetrado en el cerebro. Según la joven, caminaba sola cuando fue abordada por un hombre joven, de cabello oscuro y vestido de etiqueta, quien afirmó haberla conocido la noche anterior en un club nocturno. Ella le respondió que nunca lo había visto, ante lo cual el desconocido comenzó a insultarla. En ese momento apareció su acompañante, que venía siguiéndola tras hacer una breve visita. Ella le pidió protección y, sin mediar palabra, el desconocido sacó un revólver, lo derribó, se arrodilló sobre él, le golpeó varias veces la cabeza contra el borde de la acera y finalmente le disparó deliberadamente. El relato de la mujer parece verse corroborado por el hecho de que un agente destinado en las inmediaciones observó a un joven con abrigo negro y sombrero de copa corriendo apresuradamente, como si tratara de alcanzar un tren. Sin embargo, al no haber oído el disparo y desconocer lo sucedido, no intentó detenerlo. La policía dispone ya de una descripción del fugitivo, que ha sido distribuida ampliamente.A continuación aparecía una descripción bastante detallada de mi persona, incluyendo incluso los botones de pechera de crisoprasa, que, por fortuna, se encontraban ahora en poder del alegre Dick, en Wolverhampton.
¿Verían mis compañeros de la noche anterior aquella descripción y leerían la referencia a aquellos dos distintivos botones de pechera? Si así ocurría, ¿qué podía impedir que, considerando que se trataba de un asesinato deliberado, acudieran a la policía para contar su experiencia? Solo pensarlo me llenaba de inquietud.
Guardé el periódico en el bolsillo de mi abrigo de camionero y tomé la maleta. En ese momento me crucé con el agente que patrullaba el patio del Hotel Euston. Inmediatamente tuve la impresión de que me observaba con sospecha.
Me había vuelto temeroso, viendo peligros en cada esquina.
¿Acaso usted no habría hecho lo mismo?
Mi precipitada huida después de la tragedia había sido, sin duda, un error fatal. Si me hubiera quedado y hubiese explicado la verdad, que la muerte de aquel hombre había sido consecuencia de su propia acción desesperada, seguramente habría recibido un juicio justo conforme a las leyes británicas. Aun así, si la mujer hubiera contado la misma historia que ya había declarado, el asunto habría resultado extremadamente comprometedor, y yo no habría tenido forma alguna de desmentirla.
Comprendí que debía esconderme.
Y llegué a la conclusión de que el refugio más seguro sería uno de los populosos barrios obreros de Londres. Por ello regresé a la estación de Euston y tomé un tren hasta Waterloo. Siempre había oído decir que Camberwell era un buen barrio de trabajadores. Así pues, al llegar a Waterloo caminé por London Road, donde compré un abrigo gris oscuro en una tienda de ropa barata. Después subí a un autobús que iba hacia Camberwell Green.
Mientras avanzábamos por Camberwell Road observé, a la derecha, una calle lúgubre y deprimente, formada por una interminable hilera de casas idénticas, descuidadas, cada una con su pequeño sótano delantero y una escalinata que conducía a la puerta principal.
Era exactamente el lugar que buscaba.
Bajé del autobús y me interné en aquella calle, observando cuidadosamente las viviendas. Todas eran casas victorianas construidas siguiendo el mismo diseño. Ninguna se distinguía de las demás salvo por el mayor o menor grado de suciedad y abandono. Algunas tenían los escalones descuidados; otras mostraban señales de haber sido fregados con esmero por manos trabajadoras; mientras que en muchas ventanas se acumulaba la típica mugre londinense de varias semanas, detrás de cortinas amarillentas y lacias por la humedad y la niebla.
La calle se llamaba Avenue Road y constituía, sin duda, un magnífico ejemplo de aquellas construcciones baratas levantadas apresuradamente por especuladores inmobiliarios de principios de la época victoriana.
En la habitación delantera de la planta baja de una de las casas del lado izquierdo de aquella calle sombría y poco acogedora, un descolorido letrero anunciaba que se alquilaban habitaciones.
Toqué el timbre y esperé, aunque debo reconocer que aquello me resultaba humillante.
Poco después apareció una muchacha desaliñada de unos quince años. Tras preguntarle, surgió detrás de ella una mujer corpulenta, de rostro ancho y tez morena, que supuse era su madre.
—Sí, tengo una habitación para alquilar —dijo con una voz sorprendentemente grave mientras me examinaba de arriba abajo, quizá con cierta desconfianza—. ¿Quiere entrar a verla?
Respondí afirmativamente.
Dejé mi maleta en el recibidor y la seguí por una escalera cubierta de linóleo hasta un pequeño dormitorio situado en la parte trasera del primer piso. Estaba pobremente amueblado, aunque se veía limpio.
—Soy periodista —expliqué— y acabo de llegar de Colchester. ¿Sería posible disponer también de una habitación donde pueda escribir? Paso casi todo el día trabajando en mi escritorio.
—Claro. Si la quiere, puede usar la sala del frente. Nosotros nunca la ocupamos.
Después de inspeccionar la habitación y conversar un poco con ella, decidí alquilar ambas piezas.
Dejé mi equipaje en el dormitorio y, para gran satisfacción de la señora Bowyer, pagué por adelantado dos semanas de renta, con lo cual me gané inmediatamente el calificativo de «todo un caballero».
El nombre que di fue Edward Paige.
Aquellas habitaciones oscuras y desvencijadas de Camberwell contrastaban enormemente con las cómodas y acogedoras que tenía en Sackville Street, junto a Piccadilly. Recuerdo perfectamente lo abatido y desanimado que me sentí durante las primeras horas que pasé allí.
Me preguntaron si quería acompañar el té con un par de arenques ahumados y, para sostener el papel que había adoptado, acepté. Debo admitir que los comí con verdadero apetito.
Más tarde, hacia las siete de la noche, salí a la oscura y bulliciosa Camberwell Road, donde compré la edición vespertina de un periódico. Regresé con él a la casa y leí con ansiedad las nuevas informaciones sobre mi fuga.
Permanecía de pie frente al fuego, bajo el siseo del quemador de gas, mientras recorría las columnas del diario.
Y mientras leía, contenía el aliento.
Lo que encontré era profundamente alarmante.
La red policial comenzaba a cerrarse sobre mí.
El periódico decía:
Un conductor de camiones llamado Horbin, residente en Wolverhampton, declaró esta tarde a la policía que él y otro conductor fueron abordados anoche, cuando viajaban desde Londres, por un hombre vestido de etiqueta que coincidía estrechamente con la descripción del individuo buscado. El desconocido les rogó que lo llevaran con ellos y ambos aceptaron. Durante el trayecto compró la ropa y el abrigo de uno de los conductores, de modo que, al bajar en Birmingham, iba disfrazado de camionero. La policía realiza intensas investigaciones y cree que el fugitivo regresó a Londres en tren durante la mañana.Quedé mudo.
Por fortuna, ya me había deshecho del viejo abrigo de camionero y lo había sustituido por el sencillo abrigo que acababa de comprar en London Road.
Aun así, comprendí que ya jamás podría volver a salir a la calle de día sin correr el riesgo de ser reconocido.
Por ello me preparé para resignarme a una vida monótona y sin sobresaltos, viviendo con el temor constante de que mi algo curiosa casera leyera en el periódico la descripción que la policía había difundido sobre mí y terminara identificándome como el hombre al que buscaban con tanto empeño. ¿Qué sucedería entonces?
A la mañana siguiente me esperaba una sorpresa. Cuando me hicieron pasar al comedor de la parte trasera para desayunar, descubrí que tenía una compañera de hospedaje: una joven esbelta y de agradable aspecto, de suaves ojos castaños y ondulado cabello castaño rojizo. Ya estaba sentada a la mesa leyendo el periódico cuando la señora Bowyer me la presentó como la señorita Lisely Hatten.
Ahora, al volver la vista hacia aquellos acontecimientos, no puedo evitar preguntarme: ¿estaba destinada a convertirse en un instrumento del destino?
Mientras desayunábamos y comenzábamos a conversar, supe que era mecanógrafa y trabajaba en una importante compañía de seguros de Cornhill. Vestía con discreta elegancia; llevaba medias y zapatos impecables y, debo admitirlo, me agradó desde el primer momento.
Le expliqué que era periodista y que trabajaba desde casa la mayor parte del día. Entonces, de pronto, me sobresaltó al mirar el periódico y comentar:
—Ese asesinato ocurrido en Bloomsbury Square es un caso muy misterioso. ¿Lo ha leído? ¿Qué opina usted?
Respiré hondo antes de responder.
—Supongo que se trata de un crimen por celos. ¿No le parece? Es el tipo de escenas que uno suele ver en las películas.
—No lo sé —contestó con gran seriedad—. Yo quisiera que atraparan al asesino. ¡Pobre muchacha! Si yo estuviera en su lugar, perseguiría a ese desgraciado hasta el fin. ¿Por qué habría de matar a sangre fría al hombre que la acompañaba? Se acercó y lo asesinó sin darle siquiera la oportunidad de defenderse. Seguro fue obra de algún joven insolente de la alta sociedad, uno de esos elegantes vividores o un apuesto bailarín de moda.
—Es posible —respondí, agradeciendo en silencio que aquella atractiva joven de oficina no hubiera sospechado que la descripción distribuida por toda la ciudad correspondía precisamente a mí.
—Nos veremos esta tarde —dijo alegremente al levantarse de la mesa—. Estaré de regreso alrededor de las seis y cuarto, y podríamos cenar juntos, si le parece bien. Así romperemos la monotonía de comer solos.
—Será un placer —respondí mientras me levantaba e inclinaba cortésmente la cabeza.
Un instante después ya se había marchado.
Me dio la impresión de ser una muchacha franca y directa, el típico ejemplo de la joven empleada de la City londinense, de las que llevan los sándwiches del almuerzo en un pequeño portadocumentos de cuero junto con el monedero, el lápiz labial y la borla para el maquillaje, y que, sin duda, suben y bajan de los autobuses con esa agilidad que distingue a las muchachas de Londres.
Me alegraba tenerla como compañía. Sin embargo, conforme avanzaban las horas, no dejaba de temer que la descripción difundida por la policía terminara despertando sus sospechas.
Al hablar se advertía en ella un ligerísimo acento extranjero, lo que me hizo preguntarme si realmente era inglesa, pues Lisely no era, desde luego, un nombre inglés.
Como no me atrevía a salir durante el día, le pedí a la señora Bowyer que me trajera un ejemplar de The Times cuando saliera a hacer sus diligencias. Después de almorzar una sencilla chuleta, fingí trabajar toda la tarde.
En realidad, me limité a copiar uno de los artículos editoriales del periódico y lo dejé sobre la mesa para que la casera, cuando entrara en la habitación, se convenciera de que realmente era periodista.
Llevaba apenas veinticuatro horas ocultándome y ya me parecían una eternidad.
¿Habría comenzado mi prolongada ausencia a inquietar a mis amigos?
Si así era, no tardarían en relacionarme con el fugitivo.
¿Y qué pensaría Joan en semejantes circunstancias?
¿Y mi propia familia?
Ahora comprendía que, llevado por el temor al escándalo, había cometido una enorme insensatez al huir.
¿Acaso mi conducta no equivalía, en la práctica, a una confesión de culpabilidad?
Presentía el peligro.
Un peligro inmenso.
Poco después de las seis regresó Lisely Hatten. Me saludó alegremente antes de subir a quitarse el sombrero y el abrigo. Más tarde nos sentamos junto al fuego, en la pequeña sala trasera, mientras esperábamos la cena.
—Hoy ha sido un día espantoso. He tenido muchísimo trabajo y todo salió mal. Mi jefe estaba de mal humor porque no pudo ir a jugar al golf, y cometí dos errores al mecanografiar unas cartas; por eso me echó una buena reprimenda —me contó—. Incluso despidieron a una de las chicas porque le respondió de mala manera al viejo. ¡En fin, un día verdaderamente maravilloso! —añadió con ironía.
—Eso parece —respondí entre risas.
Aunque sabía muy bien que, vestido con aquel traje gris barato y mal cortado, ofrecía un aspecto lamentable.
Como la mayoría de los hombres de sociedad, siempre había sentido cierto orgullo por la elegancia de mis trajes y por el buen gusto con que combinaba corbatas, calcetines y zapatos.
Pero ahora, cada vez que me miraba en el espejo, sentía auténtico horror.
Aceptó el cigarrillo que le ofrecí y lo fumó con evidente placer, con la tranquilidad satisfecha de una fumadora habitual. De pronto comentó:
—Según el periódico de esta noche, todavía no han encontrado al asesino de Bloomsbury. Scotland Yard no está escatimando esfuerzos para capturarlo. Hoy no se hablaba de otra cosa en la oficina. La policía cree que es el hombre al que un camionero le vendió su ropa anteanoche.
—Espero que lo encuentren pronto —dije mientras me inclinaba para tomar otro cigarrillo, aprovechando el movimiento para ocultar mi rostro.
Fue entonces cuando advertí que tenía clavados en mí sus grandes ojos oscuros.
Me observaba con una expresión extraña.
Era una mirada desconcertada, dubitativa... una mirada que revelaba demasiado.
Un instante después dijo, con un tono de voz completamente distinto:
—Quizá le parezca extraño, señor Paige, pero... de alguna manera... usted se parece muchísimo a la descripción del hombre que están buscando.
Sin duda el destino teje sus hilos con hierro.
CAPÍTULO TERCERO
LO QUE DECÍAN LOS PERIÓDICOS
Permanecimos en silencio, tensos, mientras nuestras mentes parecían enfrentarse en un duelo invisible.
Logré reír.
—¿De verdad me parezco al asesino? —pregunté, aunque, me temo, mi tono jovial resultó bastante forzado.
—Se parece mucho a la descripción publicada en los periódicos —afirmó ella.
—Puede ser, pero, por lo que he leído, esa mujer solo vio al individuo bajo la luz de una farola y, después de todo, la descripción que dio era bastante imprecisa. —Luego añadí—: Espero que no vayan a detenerme, porque yo no estaba en Londres. Apenas llegué ayer desde Colchester.
—Eso mismo me ha dicho la señora Bowyer —respondió.
Sus palabras despertaron de inmediato mis sospechas. Evidentemente, ambas habían estado hablando de mí en privado.
—En cuanto a mí, no tengo ningún motivo para matar a nadie. Estoy comprometido con la mejor muchacha del mundo. Vive aquí, en Londres, y precisamente por eso he venido: para estar cerca de ella.
—Y, sin embargo, es muy curioso, señor Paige —comentó tras una breve pausa, mirándome fijamente a los ojos—. Cuando leo la descripción del hombre que busca la policía y luego lo miro a usted... me parece que realmente debe de ser ese hombre.
—Sería una historia muy interesante y sensacional si descubriera usted a un asesino, ¿no le parece? —respondí—. Pero me temo que no puedo darle a esa pobre muchacha el gusto de identificarme como el asesino de su novio.
—Me encantan los misterios —declaró la señorita Hatten—. Leo todas las novelas policiacas que caen en mis manos. En cambio, detesto esas empalagosas novelas románticas escritas para las sirvientas. Las peores culpables son las escritoras.
—Todas las mujeres sienten afición por convertirse en detectives aficionadas —comenté con buen humor—. Pero para eso hace falta mucha preparación.
¡Cuánto habría deseado, a la luz de los acontecimientos posteriores, no haber pronunciado aquella última frase!
Ella permaneció pensativa unos instantes, con expresión de desconcierto.
—Sí... Tal vez por eso sospecho que usted está escondiéndose aquí.
—De verdad espero que no piense eso, señorita Hatten —respondí con toda seriedad—. Si es así, vayamos ahora mismo juntos a la comisaría de Carter Street y, si usted lo desea, me entregaré por ese crimen. No puedo decir más, ¿verdad?
Y solté una sonora carcajada.
—No diga tonterías, señor Paige. Usted no querría ir realmente a la comisaría de Carter Street, ¿verdad? —respondió la joven, desarmada por aquella aparente franqueza que tanto me había costado fingir—. Claro que todo ha sido una ocurrencia mía. No puedo creer que usted fuera capaz de matar a un hombre.
—Siempre debe existir un motivo para quitarle la vida a otro ser humano: celos, dinero, odio o ambición personal —dije sonriendo mientras permanecía de pie frente a ella—. Pero cuando falta un motivo, es muy raro que alguien llegue a cometer un homicidio. Según los periódicos, aquel hombre fue asesinado a sangre fría. Por lo tanto, debió de existir un móvil muy claro. Eso es precisamente lo que la policía debe descubrir antes de encontrar al asesino.
Seguimos conversando y experimenté un inmenso alivio al comprobar que había logrado disipar sus sospechas.
Sin duda mi buena casera había hablado del asunto con ella.
Y, desde luego, pocas personas resultan tan peligrosas para un fugitivo de la justicia como una casera desconfiada.
¡Ah! ¡Qué imbécil había sido al no permanecer junto al cadáver y afrontar las consecuencias!
Mi propia conducta me había condenado.
Mientras permanecía sentado frente a ella, compartiendo aquella modesta cena, toda la situación me parecía espantosa.
Caminaba sobre un hielo tan delgado que ignoraba adónde terminaría conduciéndome.
En cualquier momento podía llegar el descubrimiento.
La denuncia.
El arresto.
Las mujeres, cuando sospechan, igual que cuando aman, son los enemigos más peligrosos del hombre.
Y, sin embargo, aquella joven atractiva y elegante que reía frente a mí en aquella sencilla habitación de uno de los populosos suburbios londinenses era un enigma que no lograba descifrar.
¿Era mi amiga?
¿O mi enemiga?
No podía decidirlo.
De su silencio dependía todo mi porvenir.
¿Cómo extrañarse, entonces, de que permaneciera allí inquieto, vigilante e indefenso?
Aquellos oscuros días invernales de angustia transcurrían con una monotonía insoportable en aquella sofocante casita.
Aquella interminable calle de viviendas revocadas con estuco, todas idénticas, con sus escalinatas hasta la puerta principal, los profundos patios ingleses y los ventanales salientes, cada casa más triste y deteriorada que la anterior, constituía el lugar más deprimente que pudiera imaginarse para vivir.
Y conforme los días iban pasando, mi única distracción consistía en salir después del anochecer y recorrer las callejuelas peor iluminadas con la esperanza de no ser reconocido.
Cada día vivía con la incertidumbre de no saber si realmente había conseguido disipar las sospechas de Lisely o si, por el contrario, ella observaba todos mis movimientos.
Yo me inclinaba por lo segundo.
De una manera confusa e indescriptible, tenía la impresión de que toda la verdad se estaba deformando, probablemente debido a mi propia y miserable obsesión.
Los periódicos informaban diariamente que la búsqueda continuaba con extraordinaria intensidad y que todos los puertos permanecían vigilados.
En Dover habían detenido a un hombre y lo habían conducido ante el tribunal de Bow Street.
Sin embargo, cuando lo presentaron para ser reconocido, la joven Hilda Bennett no logró identificarlo como el asesino de su compañero.
Lo peor de toda la situación era que la prensa había convertido el caso en una auténtica campaña y todos los días criticaba la aparente incompetencia de la policía, exigiendo una actuación mucho más enérgica.
Uno de los periódicos, después de referirse al audaz asesinato del señor Warwick May y al peligro que reinaba en las calles, publicaba el siguiente comentario:
«Durante los últimos días, un grupo especial de detectives ha registrado numerosos pequeños hoteles y casas de huéspedes de Londres, donde se cree que el fugitivo podría estar ocultándose. Scotland Yard considera que el presunto asesino podría estar recibiendo ayuda de una inteligente cómplice. Se le describe como un hombre de unos treinta años, de aproximadamente un metro setenta y cinco de estatura, tez sonrosada, cabello castaño oscuro y ojos color avellana con una ligera particularidad que da la impresión de un leve estrabismo. Es posible que se esté dejando crecer el bigote. Tiene una constitución robusta y habla con voz tranquila. En la actualidad existen, además del individuo buscado por este crimen, otros siete hombres prófugos en algún lugar de las Islas Británicas, perseguidos día y noche por Scotland Yard y por las fuerzas policiales de todo el país. Todos ellos son perfectamente conocidos por la policía. Sus descripciones, costumbres y lugares habituales figuran en los archivos oficiales de Scotland Yard. Sin embargo, por el momento, los misteriosos siete siguen eludiendo a sus perseguidores. El hombre más buscado por las autoridades es John Hayes, un joven apuesto y de excelentes modales al que se considera el cerebro del robo de las sacas del correo entre Southampton y Londres ocurrido el pasado mes de julio. Hayes, que ronda los veinte años, trabajaba como conductor de un vehículo del correo real y entre sus compañeros era conocido como “El Caballero”. Vestía siempre con elegancia y su manera de hablar revelaba un origen distinguido y una buena educación. Se sabe que cumplió una condena en prisión en los Estados Unidos. Su fotografía ha sido distribuida a todas las comisarías del reino. A pesar de ello, continúa eludiendo su captura. “Apuesto, bien educado y joven” son también las principales características de otro sospechoso: el hábil ladrón de casas vestido de etiqueta que penetró tranquilamente en la residencia del señor William Bingham, en Curzon Street, y escapó con joyas valoradas en cuarenta mil libras. La policía tiene una idea bastante precisa de quién es ese hombre. Sin embargo, por el momento considera poco prudente hacer pública una descripción detallada. El cuarto de los siete fugitivos es el individuo que hace dos semanas disparó e hirió a una joven llamada Carlland frente a su domicilio en Maresfield Gardens, Hampstead. Los detectives desean interrogar a cierto hombre relacionado con este atentado. Pero continúa oculto y ha conseguido burlar todos los esfuerzos por localizarlo. Existe una pista concreta: mide alrededor de un metro ochenta, camina encorvado y tiene los pies abiertos hacia afuera. Tiene unos cuarenta años, tez amarillenta y, al igual que los demás sospechosos desaparecidos, suele vestir con elegancia, usando trajes bien cortados, sombrero de fieltro rígido y guantes marrones. “No existe mejor lugar que Londres para esconderse”, declaró ayer un detective de Scotland Yard. “Apostaría a que todos esos hombres buscados se encuentran a menos de ocho kilómetros de Charing Cross.” Y, sin embargo, la policía sigue sin encontrarlos.»Naturalmente, todo aquello no hizo sino aumentar mi alarma, pues la policía se veía empujada a redoblar sus esfuerzos por la presión de una opinión pública cada vez más crítica.
Cada vez que salía por la noche lo hacía dominado por el miedo y la ansiedad.
Solía comprar el periódico vespertino a un vendedor que se colocaba en la esquina de Beresford Street y, en más de una ocasión, tuve la impresión de que me observaba con cierta sospecha.
Una noche llamé por teléfono a Bolland, mi ayuda de cámara, fingiendo que hablaba desde Reading. Le dije que seguía retenido en el campo y le pedí que me enviara mi correspondencia al Grand Hotel de Eastbourne.
Al día siguiente escribí al hotel para reservar una habitación.
Dos días más tarde remití una cortés carta de disculpa, explicando que continuaba imposibilitado para viajar y solicitando que, si llegaban cartas dirigidas a mí, las reenviaran a la oficina de correos de lista de correos (poste restante) de Charing Cross.
Una oscura y lluviosa tarde, hacia las cinco y media, me atreví a tomar un taxi hasta allí para recogerlas.
Había media docena de cartas, entre ellas dos de Joan.
Le respondí enviándole un extenso telegrama a Cannes.
Las demás carecían de importancia.
Había, sin embargo, un asunto que me preocupaba profundamente: el dinero.
Aunque tenía una suma considerable depositada en el banco, no llevaba conmigo mi chequera y tampoco había nadie en quien pudiera confiar para que cobrara un cheque en mi nombre.
El único cheque en blanco que había llevado conmigo al huir tendría que enviárselo a Bolland para que pudiera pagar su sueldo y los gastos de la casa.
Durante mis largas y solitarias caminatas nocturnas intenté encontrar alguna solución.
Sabía que mi padre, al no tener noticias mías, acabaría llamando a Bolland, quien le diría que me encontraba fuera de Londres.
Sin embargo, se acercaban varios compromisos políticos que había aceptado y, si continuaba desaparecido, era inevitable que la gente comenzara a preguntarse qué había sido de mí e iniciara averiguaciones.
Aquello me decidió a correr el riesgo de entrevistarme secretamente con mi padre.
Como el Parlamento estaba en sesiones, sabía que se alojaba en su apartamento de Albany.
Le envié, por tanto, una carta certificada informándole de que me ocultaba en Camberwell. Le indiqué mi dirección y el nombre bajo el que vivía: Paige.
Le expliqué que una enorme desgracia había caído sobre mí y que era absolutamente indispensable verlo en secreto.
Le rogué que no dijera una sola palabra a nadie y que me indicara una noche para encontrarnos a medianoche en el lugar más apartado y solitario que había encontrado durante mis exploraciones: frente a la estación de Denmark Hill.
Con enorme alegría, al día siguiente recibí una carta suya.
En ella manifestaba la profunda preocupación que sentía por mí y fijaba nuestro encuentro para la noche siguiente.
También me aseguraba que deseaba verme cuanto antes.
Aunque apenas podía contener mi emoción ante la posibilidad de confiarle toda la verdad a mi querido padre, sabía muy bien cuánto se indignaría al pensar que el honor de la familia pudiera quedar mancillado.
Ante los ojos de la policía y de la opinión pública yo era un presunto asesino y, si me capturaban, sería juzgado como tal.
Es muy probable que un abogado hábil consiguiera mi absolución.
Pero, aun así, el escándalo caería inevitablemente sobre mi honorable familia.
Poco después de recibir aquella carta regresó de la oficina la señorita Hatten y, mientras cenábamos juntos, comentó:
—¿Va usted mucho al cine?
—No demasiado —respondí.
Por su pregunta deduje que deseaba que una noche la invitara a salir, ya fuera al cine o a un salón de baile.
En realidad, ya me lo había insinuado en más de una ocasión.
Pero ¿cómo podía atreverme a mostrar mi rostro en un lugar público cuando parecía que todo el mundo me buscaba?
—¿Y qué suele hacer cuando sale por las noches? —preguntó.
—Normalmente llevo a Fleet Street los artículos que escribo durante el día —contesté con naturalidad.
—Yo pensaba que los periodistas trabajaban toda la noche y dormían durante el día. Un amigo mío trabaja en un periódico diario y nunca regresa a casa antes de las cinco de la mañana. En cambio, usted siempre vuelve alrededor de la medianoche. Debe de tener un trabajo muy cómodo. Ojalá yo tuviera uno como el suyo.
Luego añadió:
—Pasarme encerrada todo el día en la oficina empieza a ponerme de los nervios. Además, la niebla en la City está terrible últimamente. Hoy tuvimos las luces encendidas durante toda la jornada.
—Aquí también ha estado bastante oscuro —comenté—. Tuvimos que encender las luces alrededor de las dos de la tarde.
La conversación cambió entonces de rumbo y comenzó a contarme que su jefe se había enamorado de una de las mecanógrafas de la oficina y que aquella noche la llevaría al teatro.
—Es una muchachita bastante tonta, y se lo dije claramente —comentó mi vivaz compañera—. Él tiene por esposa a una vieja insoportable. A veces aparece por la oficina y me mira de arriba abajo como si yo fuera una especie de animal desconocido. No lo culpo por querer escapar de ella durante una noche.
—Supongo que también coquetea con usted, ¿verdad? —pregunté en tono burlón.
—¿Coquetear conmigo? ¡Me gustaría verlo intentarlo! —respondió con rapidez—. Le aseguro que no volvería a hacerlo una segunda vez. Sabe perfectamente que yo no soy esa clase de muchacha... sobre todo teniendo ya un buen novio.
—Lo felicito —respondí riendo—. No todos los muchachos merecen precisamente ese calificativo.
Yo procuraba congraciarme con ella siempre que podía.
Aunque se mostraba amable y alegre conmigo, tenía la intuición de que había descubierto mi disfraz y de que, tarde o temprano, terminaría convirtiéndose en el mayor peligro para mí.
Por eso decidí reunirme cuanto antes con mi padre, conseguir dinero y cambiar de alojamiento.
Sin embargo, ¿no serviría precisamente aquella mudanza para confirmar tanto las sospechas de Lisely como las de la policía?
En medio de mi desesperación no lograba decidir qué debía hacer.
Al día siguiente la niebla persistía, aunque al caer la tarde se hizo mucho más espesa.
Aquello me alegró, pues debía acudir a la cita con mi padre.
Salí de la casa a las diez de la noche y avancé lentamente por Camberwell Road entre la oscuridad amarillenta.
Las farolas, normalmente brillantes, apenas se distinguían ocultas tras el espeso manto de una de aquellas célebres nieblas londinenses, las famosas «sopas de chícharos», tan conocidas por los habitantes de la ciudad.
El tráfico estaba casi completamente detenido y un extraño silencio se había apoderado de aquella avenida habitualmente bulliciosa.
Subí por Denmark Hill y, no sin dificultad, encontré Champion Park, una calle que se abría hacia la izquierda y conducía a la estación.
Era una vía tranquila, flanqueada por grandes casas.
En lo alto de la colina la niebla no era tan espesa como en Camberwell y, pocos minutos después, distinguí a mi padre, con su barba gris, esperando dentro del vestíbulo de la estación.
Me reconoció apenas aparecí en la puerta y salió a mi encuentro.
Vi reflejada la sorpresa en su rostro cuando comprendió el disfraz que llevaba.
—¡Hijo mío! —susurró mientras estrechaba mi mano con afecto—. ¡Esto es terrible! ¡Pensar que tú... que precisamente tú seas buscado por asesinato!
—Es terrible —respondí mientras lo guiaba por la oscura y desierta calle en dirección a Grove Lane.
Había temido que reaccionara con enojo ante mi desgracia.
Siempre había sido un padre indulgente y rara vez se enfadaba por las pequeñas travesuras y locuras propias de mi juventud.
Y en aquellos momentos, más que nunca, su actitud me resultaba un inmenso consuelo.
Mi situación era esta: tarde o temprano acabaría deshonrando a una familia cuyo buen nombre mi padre había protegido con tanto celo.
Los Hipwell gozaban de una larga y honorable tradición en Northamptonshire desde los tiempos de sir Thomas Hipwell, tesorero de Enrique VIII, quien había construido Hipwell Hall. Desde entonces, la familia —varios de cuyos miembros habían servido a la Corona a lo largo de los siglos— siempre había residido allí.
Mi padre era un hombre de pocas palabras.
Tanto dentro como fuera del Parlamento hablaba siempre con franqueza y sin rodeos.
—¿Juras que fue un accidente? —preguntó con una voz dura y poco habitual, en la que, sin embargo, se adivinaba la emoción.
La oscuridad era tan intensa que, una vez alejados del resplandor de la entrada de la estación, apenas podía distinguir su rostro.
—Lo juro —respondí.
Entonces le relaté exactamente todo lo ocurrido la noche de la tragedia, tal como ya lo he narrado en estas páginas.
Me escuchó sin hacer comentario alguno.
—¿Y qué piensas hacer ahora? —preguntó cuando terminé.
—No lo sé.
—Yo tampoco —respondió con aquella misma voz tensa—. Estás en una situación muy delicada, hijo mío. Y, francamente, no encuentro la manera de ayudarte.
—Temí ser detenido por el honor de nuestra familia —contesté—. Por eso escapé.
—Fue una decisión imprudente. Muy imprudente. Desgraciadamente, has perjudicado tu propia situación.
—Naturalmente, la opinión pública está convencida de que se trató de un asesinato, sobre todo después de todas las mentiras que contó esa mujer —admití.
—He leído cuanto han publicado los periódicos, pero jamás imaginé que fueras tú el hombre al que la policía buscaba con tanto empeño —dijo mi padre con la voz quebrada.
—Debo seguir ocultándome.
—¿Y durante cuánto tiempo? Tarde o temprano acabarán identificándote y te arrestarán. En el periódico de esta noche dicen que la policía ha encontrado una nueva pista. Aunque, claro, parece que todos los días descubren una distinta.
Le hablé entonces de las sospechas expresadas por mi hermosa compañera de pensión.
Aquello aumentó todavía más su preocupación.
—Nunca se sabe de qué puede ser capaz una muchacha así —comentó—. Tal vez acuda a la policía solo para llamar la atención. A muchas jóvenes de esa clase les encanta hacerse notar. ¿Has leído el periódico de esta noche?
Respondí que no.
—Pues la policía ha descubierto cosas muy interesantes. Han comprobado que la pistola automática con la que se cometió el asesinato fue robada hace aproximadamente un mes, junto con diversas joyas y otros objetos de una casa situada en Cromwell Road. Además, el hombre identificado inicialmente como Warwick May ha resultado ser, gracias a sus huellas dactilares, un conocido ladrón llamado Rodwell, buscado por numerosos robos y especializado en abrir cajas fuertes.
—Eso sí que es interesante —comenté.
—Ahora creen que se trata de un crimen de venganza —continuó mi padre—, probablemente cometido por alguno de sus propios compañeros de delincuencia, a quienes él habría delatado ante la policía. Al menos, esa es la teoría más reciente.
—Eso no me ayuda demasiado, ¿verdad?
—Solo en un aspecto —respondió con calma—. Ahora estarán buscando a un ladrón... y no a mi hijo.
—Temo que buscarán al ladrón justo en la clase de escondite que he elegido. Como ves, no me atrevo a mudarme ahora, o las sospechas de esa chica, y las de mi casera, sin duda se confirmarían —comenté con desaliento.
Cuando hablé de la necesidad de tener dinero, él sacó de inmediato diez billetes del Banco de Inglaterra, cada uno de diez libras, y dijo:
—Te he traído esto para que te las arregles. Pero en verdad desearía que regresaras a Sackville Street, y dejaras que Bolland piense que has vuelto del campo.
—Lo haría, padre, pero no me atrevo a salir de Avenue Road por las razones que acabo de darte. Tampoco me atrevo a arriesgarme a cruzar el canal, pues todos los puertos están vigilados.
—Es cierto. Esa chica es, por desgracia, tu principal peligro. Tu disfraz es excelente, pero tu vida debe de ser terriblemente monótona.
—Sin embargo, no carece de interés. Ahora estoy estudiando la vida entre la clase obrera.
—¡Mi querido muchacho! Siempre fuiste optimista y alegre. Yo, sin embargo, confieso que no comparto tu optimismo en este momento. Son días oscuros para ambos. Mañana veré a Jesmond, el Ministro del Interior, y conseguiré que me diga qué está haciendo la policía en el caso.
—¿Entonces tengo tu perdón, padre? —le pregunté, mientras desandábamos nuestros pasos hacia la estación.
—Por supuesto, hijo mío. Una aventura tan trágica como la tuya podría pasarle a cualquiera —dijo el querido anciano—. Pero tu error inicial fue no quedarte y enfrentar las consecuencias.
—Pensé en ti, papá... en la familia —respondí.
—Bueno, debemos esperar lo mejor —dijo—. Será mejor que no mantengamos comunicación alguna. Iré a Sackville Street, veré a Bolland, le explicaré tu ausencia y le pagaré con regularidad. Será mejor que no te preocupes por cartas ni dinero. Te enviaré efectivo de vez en cuando. Cuando vine a encontrarme contigo, tenía la intención de instarte a que volvieras a Sackville Street como si nada hubiera pasado. Pero ahora comprendo plenamente el peligro que representa esa chica Hatten. Debes hacer todo lo posible para disipar sus dudas, y seguir viviendo allí al menos por un tiempo, hasta que tus extrañas aventuras lleguen a su fin.
Luego estrechó mi mano con calidez, y con un último:
—¡Adiós, mi querido muchacho! Estaré pensando en ti a cada hora —, el querido viejo entró en la estación, dejándome solo.
—¡Hasta que mis extrañas desventuras lleguen a su fin! —repetí en voz alta, mientras caminaba de regreso hacia la calle principal.
Nunca imaginé que me encontraba apenas ante el comienzo de una serie de los sucesos más complejos, tales que, tal vez, ningún otro hombre en todo el mundo, excepto mi insignificante persona, Lionel Hipwell, ha vivido para contar.
CAPÍTULO IV
PELIGRO MORTAL
Descendí por Denmark Hill, reconfortado y agradecido al saber que, al menos, todavía tenía en el mundo un amigo de corazón noble y afectuoso: mi querido padre, quien había creído mi historia. Pero ¿la creería el mundo? ¿La creería el jurado del Old Bailey?
Frente a la acusación de aquella pobre mujer de la calle, mi defensa resultaba, sin duda, muy endeble.
Reflexionaba para mis adentros como un hombre llamado al ejercicio de la abogacía y que conocía perfectamente los argumentos a favor y en contra de un proceso penal. Comprendía que, con la profunda enemistad de aquella mujer, Bennett, quien por venganza juraría que yo había atacado a su amante, un ladrón, me sería extremadamente difícil convencer a cualquier jurado de mi inocencia.
El historial del muerto, su oficio de ladrón, la pistola automática y sus antecedentes penales jugarían a mi favor. Sin embargo, sabía demasiado bien que un abogado de la acusación, actuando por instrucciones del Fiscal, podía construir un caso devastador contra mí, no solo por homicidio culposo, sino incluso por asesinato.
Un detalle que analicé, poniéndome en el lugar del abogado acusador, fue el de la pistola. Era poco probable que un ladrón conservara consigo un arma robada de una casa en Cromwell Road, pues ello constituía una prueba evidente de su condición de delincuente. Por el contrario, la acusación sostendría, con toda seguridad, que aquella arma en particular —cuyas licencias, tras la fallida Huelga General, eran registradas con extremo cuidado en todas las comisarías de Gran Bretaña, donde quedaba constancia de cada trámite de expedición y renovación— podía ser fácilmente rastreada, y entonces aquella pista se agotaría de inmediato. Bien podían alegar que yo la había comprado a un desconocido que deseaba librarse de la responsabilidad y del impuesto que implicaba portar un arma de fuego.
Caminaba entre la niebla, esquivando de vez en cuando, por muy poco, a personas medio asfixiadas que regresaban a sus hogares y avanzaban a tientas a través de aquel velo impenetrable. Los ojos me lloraban, la respiración comenzaba a resentirse y deseaba con todas mis fuerzas volver a mi modesta salita; aquella era la peor noche de niebla que Londres había conocido en muchos años.
Mi padre me había infundido ánimo. Jesmond, que era ministro del Interior y amigo íntimo suyo, quizá pudiera informarle de las investigaciones de Scotland Yard, y ese conocimiento tal vez me ofreciera alguna posibilidad de escapar.
En Camberwell Road la niebla, más baja, se había asentado formando una oscuridad espesa y negruzca, de esas que el sur de Londres experimenta de vez en cuando cada ciertos años. Los trenes, los autobuses y los taxis habían dejado de circular varias horas antes, y las habituales arterias de acceso hacia Londres, así como los puentes de Blackfriars, Waterloo y Westminster, permanecían silenciosos, interrumpidos únicamente por voces invisibles o por sombras fugaces grotescamente deformadas. Solo quienes han tenido que abrirse paso en una espesa niebla nocturna londinense pueden imaginar semejantes condiciones de circulación y de visibilidad.
Había recorrido la acera de Camberwell Road tantas noches y a todas horas que, tras varios intentos, logré encontrar la calle que conducía a Avenue Road. Todo era oscuro y misterioso en aquella vía gris y monótona; la luz de las farolas había sido completamente devorada por la niebla. No me quedaba más remedio que avanzar lentamente, guiándome con las hileras de barandales de hierro que bordeaban los profundos sótanos ingleses.
Todas las casas eran idénticas en su construcción y, en circunstancias normales, podían distinguirse fácilmente a la luz del día o incluso bajo el alumbrado público. Pero aquella noche me encontraba completamente desorientado. Al fin creí haber encontrado mi casa. Sin embargo, al subir los escalones palpé una placa de bronce junto al marco de la puerta; comprendí entonces que aquella no era donde yo vivía.
Probé con la siguiente, pero mi llave no entró en la cerradura. Supe así que tampoco era la casa de la señora Bowyer. La niebla era tan espesa que solo podía orientarme recorriendo con la mano los barandales. De vez en cuando se distinguía una vaga mancha rojiza en la oscuridad, pero reconocer mi domicilio parecía imposible. Probé una docena de puertas distintas, pero mi llave se negó a abrir cualquiera de ellas.
Entonces pensé que quizá la señora Bowyer, creyendo que yo ya había regresado y me había acostado, habría echado el pestillo, razón por la cual la llave no giraba. La perspectiva de pasar una noche semejante al aire libre no resultaba nada agradable y, aunque llevaba cien libras en el bolsillo, no me atrevía a buscar alojamiento en un hotel, aun suponiendo que lograra encontrar alguno.
La noche era negra y sofocante; a causa de ello se produjeron numerosos accidentes en las calles. Salvo el metro, todo el transporte permanecía suspendido, quizá con excepción de los trenes correo, que avanzaban lentamente al salir de Londres, donde, más allá del área metropolitana, la niebla ya no era tan espesa.
Durante más de media hora intenté encontrar la casa de la señora Bowyer sin conseguirlo. De pronto se me ocurrió que quizá me había equivocado de esquina y que me encontraba en la calle equivocada. Regresé a tientas hasta la avenida principal y entonces, para mi asombro, comprobé que, en efecto, no estaba en Avenue Road. Continué hasta la siguiente bocacalle y, por fin, reconocí la tienda de comestibles de la esquina. Guiándome otra vez por los barandales, fui contando los tramos de escalones hasta encontrar los que conducían a la casa de la señora Bowyer.
Con un suspiro de alivio introduje la llave y entré. La luz del vestíbulo estaba apagada, señal de que la señora Bowyer, su hija y la inquilina ya se habían retirado a descansar. Después de asegurar la puerta, como hacía siempre, subí en silencio hacia mis habitaciones.
Mientras lo hacía, un perfume poco habitual llegó a mis fosas nasales. Cada casa tiene un olor característico, pero una de las mujeres debía de haber usado algún delicado perfume oriental, dulce y muy parecido al sándalo.
Al llegar al descanso del primer piso, oí de pronto la voz áspera de un hombre, seguida de una risa baja y triunfante. Entonces advertí que por debajo de la puerta se filtraba una franja de luz. También se escuchó la voz aguda y melodiosa de una mujer, seguida por la de un segundo hombre. Evidentemente, la señora Bowyer tenía visitas. Sin embargo, ¿por qué había apagado la luz del vestíbulo?
Me quedé escuchando. Varias personas conversaban en voz tan baja que no me fue posible distinguir lo que decían. De repente, una sola palabra llegó con absoluta claridad a mis oídos:
—Policía.
Sentí que el corazón se me detenía.
Los detectives estaban justo ahí, esperando mi regreso para arrestarme.
Volví a prestar atención, pero continuaban hablando apenas en susurros.
Había caído directamente en la trampa que me habían tendido.
Ella se dio la vuelta y yo estaba a punto de bajar las escaleras para escabullirme nuevamente hacia la niebla cuando, de pronto, sentí una mano grande y poderosa aferrarse a mi garganta. Al mismo tiempo, alguien a quien no podía ver me cerró el paso en la escalera.
Por fin me habían descubierto.
Lo que ocurrió durante los emocionantes instantes que siguieron apenas puedo relatarlo.
El hombre dio un grito y, de inmediato, la puerta se abrió de par en par. Siete u ocho personas salieron precipitadamente de la habitación, mientras dos individuos de aspecto rudo me sujetaban con fuerza y me arrastraban sin el menor miramiento hacia la luz.
En un segundo comprendí que aquella habitación estaba amueblada de un modo completamente distinto al salón de la señora Bowyer. Entonces caí en la cuenta de que, sin darme cuenta, ¡había entrado en la casa equivocada! Sin embargo, allí vi, inmóvil y atónita como una estatua, la elegante figura de mi compañera de pensión, Lisely Hatten. A su lado había una mujer extranjera, excesivamente elegante en el vestir; un alto joven inglés de cabello rubio, con el porte de un oficial de la marina; y cuatro extranjeros morenos, de espesas cejas, todos visiblemente alarmados y furiosos.
—¡Encontré a este sujeto escuchando detrás de la puerta! —gritó el hombre altísimo y musculoso, de rasgos negroides, labios gruesos y ojos inyectados en sangre, que me había sujetado en la escalera. Hablaba con un extraño acento—. ¡El espía lo ha oído todo!
Ante aquella afirmación, los integrantes de aquella extraña reunión nocturna quedaron sobrecogidos.
—¡No he oído nada! ¡No soy ningún espía! —protesté al instante.
—Tal vez no —replicó otro de los hombres, quien parecía ejercer la autoridad—. Pero sí ha visto.
Entonces advertí que, sobre la mesa, había un montón de joyas antiguas. Las piedras preciosas relucían y lanzaban destellos bajo la luz, aunque todas estaban montadas en engastes de estilo antiguo.
—No he visto nada —aseguré a quienes me retenían.
¿Serían ladrones de joyas repartiendo el botín?
—¡Es un espía de la policía! —vociferó el extranjero de baja estatura y barba negra que acababa de hablar.
—Sí —exclamó la joven que compartía la pensión conmigo—. Sospeché de él desde el principio. Me dijo que era periodista, pero nadie lo conoce en Fleet Street. Sale de noche porque trabaja para Scotland Yard.
—Eso es absolutamente falso —respondí con indignación—. No soy un espía de la policía y, sean cuales sean sus asuntos, no son de mi incumbencia.
El corpulento hombre de rostro moreno que me tenía prisionero soltó una risa burlona y dijo:
—Desgraciadamente para usted, lo conocemos. Usted es Lionel Hipwell. ¿Por qué vino a vivir aquí disfrazado bajo el nombre de señor Paige si no trabaja para la policía?
Guardé silencio.
¿Qué podía responder?
Era evidente que la bonita mecanógrafa de ascendencia parcialmente extranjera había sospechado de mí, aunque, para mi asombro, no como el asesino de Bloomsbury. Me había tomado por un agente del Departamento de Investigación Criminal. En aquel instante, toda mi perspectiva de la vida cambió.
Comprendí que me enfrentaba a un peligro mucho mayor de lo que jamás habría imaginado. Por un simple accidente, una desgracia encadenada a otra, había descubierto el secreto de lo que, evidentemente, era una peligrosísima banda de ladrones de joyas.
En aquella estrecha habitación, con las persianas cerradas y una humilde mesa cubierta de gemas de valor incalculable, piedras preciosas como jamás habían contemplado mis ojos, permanecía aturdido, completamente a merced de quienes me acusaban.
Yo era totalmente ajeno a todo cuanto los concernía. ¡Conocían mi nombre! Quizá sabían que, por mi interés en la criminología, en cierta ocasión había logrado poner a la policía sobre la pista de uno de los mayores falsificadores del presente siglo. Evidentemente me conocían y, lo que era peor, me temían.
Ellos ignoraban que yo les temía tanto como ellos a mí.
Y, sin embargo, ¿me atrevía a revelar el verdadero motivo por el que me ocultaba?
Respiré hondo. En unos pocos segundos desfilaron por mi mente todas mis esperanzas, toda mi vida y todos mis temores. Finalmente, solté de golpe:
—La razón por la que estoy aquí es porque la policía me busca por el asesinato de Bloomsbury, crimen del que les juro a todos ustedes que soy completamente inocente.
Se hizo un silencio ominoso durante unos segundos.
Entonces el pequeño extranjero, de estatura baja y ojos negros como barrenas, soltó una carcajada burlona y dijo en un inglés deficiente:
—Amigos míos, tenemos delante a un hombre muy listo, este señor Hipwell. Desde luego, no es el individuo a quien busca su departamento de policía. Una excusa endemoniadamente ingeniosa; pero cuando uno se enfrenta a la desaparición, como le sucede a él —porque la única manera de tratar con los espías es cerrar para siempre sus lenguas indiscretas mediante la muerte—, cualquiera de nosotros asumiría cualquier acusación, tal como él hace ahora.
—¡Soy inocente! ¡Lo juro! —grité, enfrentándome con valentía a todos los presentes—. Huía de la policía y solo por un infortunado accidente entré aquí. No he oído nada ni he visto nada. ¡Soy inocente! —repetí con vehemencia.
Podía ver claramente que se trataba de una banda desesperada que, temiendo que yo pudiera denunciarlos, estaba decidida a acabar con mi vida. Su actitud y las miradas asesinas que me dirigían dejaban demasiado claro que su amenaza de muerte no era una simple advertencia. De hecho, todos discutían con excitación en un idioma que me era completamente desconocido.
Supliqué a la señorita Hatten, que hablaba aquella lengua con la misma fluidez que los demás, que les explicara que yo no había estado espiándolos y que les asegurara que guardaría su secreto, cualquiera que este fuese.
Pero ella se volvió hacia mí con los ojos encendidos de ira y respondió:
—¡Usted es un agente de la policía! Lo sospeché desde el primer momento. Lo que dice sobre el asesinato de Bloomsbury es una mentira. Solo insinué que se parecía al hombre cuya descripción Scotland Yard había distribuido para observar su reacción. La forma en que respondió confirmó mis sospechas de que es un detective. Y como es un espía, hemos decidido que pagará las consecuencias.
Comprendí que, al igual que sus compañeros, era implacable y estaba llena de una feroz hostilidad. Su rostro, su actitud, la amabilidad que hasta entonces había mostrado conmigo... todo había cambiado por completo. De ser mi amiga, se había convertido de pronto en mi peor enemiga; y comprendí que nada podría salvarme de la furia de aquella desesperada banda de extranjeros, cuya nacionalidad me era imposible determinar.
Permanecí allí, en mortal peligro, apenas atreviéndome a respirar, observando cómo mis enemigos deliberaban con excitación mientras decidían mi destino.
De pronto, la puerta que tenía delante se abrió y entró una mujer.
Nuestras miradas se cruzaron por un instante.
Una exclamación quedó congelada en mis labios.
La recién llegada era Hilda Bennett, la prostituta.
CAPÍTULO V
CAUTIVO DEL ENEMIGO
Al instante comprendí que Hilda Bennett no me había reconocido. Y por ello di gracias a Dios.
Sin embargo, el pálido joven inglés se colocó de inmediato a su lado y exclamó:
—¡Este hombre nos ha estado espiando! ¡Estamos decidiendo qué hacer con él!
Era evidente que aquella mujer pertenecía a la banda criminal y, con toda probabilidad, el hombre que había perdido la vida mientras forcejeaba conmigo también era uno de sus integrantes. En cualquier caso, la policía lo había identificado por sus huellas dactilares, tomadas después de su muerte.
—¿Cómo nos ha espiado? ¿Cómo logró entrar aquí? —preguntó la mujer con sorpresa.
—Sin duda tiene una llave falsa. Es un detective —respondió la señorita Hatten—. Vive en la misma casa que yo y se hace llamar Paige. Fingió haber venido del campo, pero lo he estado vigilando. Solo sale por las noches; nunca durante el día.
—Y ahora nos cuenta la ridícula historia de que se oculta porque fue él quien mató a Monkey Dick —explicó el pálido joven.
—¡Sí! —exclamó Lisely, volviéndose hacia Hilda Bennett—. Tú sabes quién hizo eso. ¿Es este el hombre? —preguntó con fiereza, señalándome.
La mujer que, cegada por la rabia, había mentido a la policía para acusarme, me observó fijamente. Temí que mi mirada vacilante pudiera delatarme. Me sostuvo la vista durante unos instantes y, finalmente, habló.
Contuve nuevamente la respiración.
—No —declaró con firmeza—. ¡Miente! Este no es el hombre que mató a Monkey Dick.
Aquellas palabras hicieron que el corazón me diera un vuelco, pues me libraban de toda sospecha. Pero al instante siguiente el pequeño extranjero, que parecía ser el jefe, comentó en su mal inglés:
—¡Ah! Entonces debe de ser un espía de Scotland Yard. ¡Así que teníamos razón!
—¡Les juro que no tengo ninguna relación con Scotland Yard! —exclamé desesperado.
Todos se burlaron de mí entre carcajadas, lanzándome insultos en una lengua incomprensible que solo mucho tiempo después supe que era rumano.
—¿Qué vamos a hacer con él? —preguntó Bennett, cuyo rostro estaba cubierto de polvos y colorete, mientras sus labios, pintados de un intenso bermellón, destacaban bajo la luz.
El viejo y desgastado abrigo largo de tweed que llevaba abierto dejaba ver un deslumbrante vestido de noche de tul color rosa nácar, cubierto de lentejuelas perladas: una creación parisina que habría llamado la atención en cualquier salón de baile del West End.
Había escapado de la verdadera acusación que pesaba sobre mí solo para enfrentar otra mucho más grave y peligrosa.
—¡Saquémosle los ojos al espía para que nunca pueda identificarnos! —propuso la joven que compartía la pensión conmigo.
—¡Es una excelente idea! —exclamó Hilda Bennett—. De todos modos es un espía. Monkey Dick siempre decía que era mucho más seguro dejar ciego a un espía que deshacerse de su cadáver. De un cuerpo siempre queda algún rastro. Hagamos con él lo mismo que hicimos con ese espía llamado Turner. Nunca volvió a espiarnos. Lo vi el año pasado tanteando el borde de la acera con su bastón en Waterloo Road.
Me quedé inmóvil, presa del horror.
—Sí, lo recuerdo —declaró el pequeño extranjero en su torpe inglés—. Hicimos bien en no matarlo; muy bien. Fue mucho mejor así. Ningún magistrado aceptaría el testimonio de un ciego.
—¡Entonces saquémosle los ojos! —gritó Lisely, encantada con el éxito de su propuesta—. Ese será un castigo suficiente por habernos espiado.
Confieso que, indefenso en manos de aquella desesperada banda, quedé paralizado por el terror. ¿De qué servía el valor heredado de una familia antigua y valerosa?
Pensé en lanzarme hacia la puerta. Pero antes de que pudiera hacerlo, los dos hombres que primero me habían reducido me colocaron unas esposas con tal rapidez que apenas comprendí sus intenciones.
Quedé completamente indefenso.
La idea de que realmente pretendían dejarme ciego me dejó mudo de espanto. Permanecía allí con las manos esposadas, incapaz de mover un dedo para defenderme, totalmente paralizado.
—¡Déjenme el inmenso placer de sacarle los ojos al espía! —exclamó Lisely, quien, por alguna razón que no alcanzaba a comprender, se había vuelto completamente contra mí y era ahora mi enemiga más encarnizada.
—¡Por el amor de Dios, no lo hagan! —grité suplicante.
—¿Alguien tiene un alfiler largo o una aguja? —preguntó la muchacha a sus compañeros.
La llamativamente vestida Hilda Bennett sacó entonces un grueso imperdible de gran tamaño, lo enderezó y se lo entregó.
La joven que representaba con tanta habilidad el papel de mecanógrafa en la City y que, sin embargo, pertenecía a una peligrosa organización criminal, como demostraba el montón de joyas robadas sobre la mesa, parecía haberse transformado de pronto en una auténtica furia diabólica.
—Vamos, Bertram. Estudias en Guy's. Ayúdame. Haremos la operación en la habitación contigua.
—No; aquí mismo —exigió Hilda Bennett—. Que todos presenciemos el castigo.
—Dejen que Lisely haga lo que quiera. Es asunto suyo —decidió el hombrecillo, cuya palabra, como jefe, era ley—. Ella fue quien descubrió que era un espía.
Levanté mis manos esposadas delante del rostro para protegerme. A mi alrededor resonaban voces excitadas hablando en aquel idioma incomprensible, entre carcajadas groseras, mientras el joven inglés llamado Bertram, acompañado por mi compañera de pensión y ayudado por uno de los hombres, me empujaba hacia la habitación contigua.
Era un dormitorio pequeño, amueblado con modestia, iluminado por una chisporroteante llama de gas. El ambiente era sofocante y estaba impregnado de aquel tenue pero agradable aroma que parecía llenar toda la casa y mezclarse con la niebla.
—Salgan todos —ordenó la muchacha—. Esto lo haremos nosotros solos.
El hombre que había ayudado a introducirme allí contra mi voluntad —pese a mi desesperada resistencia, pues aseguro que no me rendí como un cobarde— salió de la habitación y cerró la puerta.
Miré a Lisely Hatten con desconcierto e impotencia.
En cuanto la puerta quedó cerrada, la actitud de la joven cambió.
Pareció vacilar por un momento y dijo:
—Intentaré causarle el menor dolor posible, señor Paige... o mejor dicho, señor Hipwell... ¿no es así?
Mientras hablaba, sacó de un pequeño estuche una jeringa hipodérmica.
—El impacto sería demasiado fuerte sin esto. Dormirá unos minutos... y después todo será oscuridad.
—¡Dios mío! —grité—. ¡Tenga piedad de mí! ¿Se ha vuelto loca? No he hecho nada. Todo lo que les conté es cierto... cada palabra. ¡Lo juro!
—Mi estimado amigo —dijo el apuesto joven criminal, que evidentemente era estudiante de medicina—, no discutamos. Desgraciadamente para usted, nos ha visto; sabe quiénes somos y representaría un peligro constante para nosotros. Cuando descubrimos un peligro, procuramos eliminarlo del mejor modo posible. Puede darse por satisfecho de que esta noche su cuerpo no vaya a terminar dentro de un horno. Vivirá... para reflexionar sobre lo ocurrido esta noche y arrepentirse de haber entrado aquí.
Mientras tanto, la joven había llenado la pequeña jeringa con un líquido azul pálido que sostuvo unos instantes contra la luz.
Luego, con una voz casi cariñosa, dijo:
—No se preocupe. Esto le evitará mucho dolor ahora y, señor Paige —añadió con un extraño tono cargado de intención—, también le evitará muchas limitaciones en el futuro.
—¡Maldita seas! —grité lleno de furia—. ¿Qué demonios piensan hacerme, engendros infernales?
—¡Silencio! —susurró la joven—. Confíe en nosotros y no se preocupe.
—¿Que no me preocupe? ¡Cuando van a dejarme ciego! —grité, sin hacer caso de su advertencia.
—¡Necio! —exclamó ella.
Al levantar mis manos esposadas para protegerme los ojos, sentí el agudo pinchazo de la aguja hipodérmica en la muñeca izquierda. Un instante después noté cómo presionaba con fuerza el dedo sobre la pequeña herida.
Lo que ocurrió inmediatamente después no lo sé.
Y probablemente jamás llegaré a saberlo.
Sentí, de algún modo, que me transportaban por el aire, ligero, ingrávido, deslizándome por el espacio sobre un inmenso mar de zafiro completamente en calma. Recuerdo la sensación de haber descubierto el secreto del vuelo, pues me encontraba solo, rozando la superficie del agua como una golondrina, sin experimentar cansancio alguno, avanzando sin cesar a través del espacio infinito.
A lo lejos distinguía una cordillera de montañas cubiertas de nieve, cuyos picos glaciares se alzaban entre las nubes. Eran cumbres más elevadas que la gigantesca Jungfrau que había contemplado en Suiza; más altas, incluso, que cualquiera que hubiera visto jamás. Se levantaban ante mí como una barrera oscura e infranqueable, mientras yo me acercaba a ellas a una velocidad que parecía de cientos de kilómetros por hora.
De pronto llegué frente a un inmenso precipicio gris de granito, desnudo de árboles, y comprendí que iba a estrellarme contra él y morir.
Pero, en lugar de ello, comencé a elevarme nuevamente, describiendo rápidas espirales, cada vez más altas, sobre una región de nieves y hielos eternos.
Y una vez más salí al ilimitado resplandor del sol, surcando el espacio como un ave de alas incansables, volando sin límites, embriagado por el placer de un renovado despertar a la vida.
Ante mis ojos desfiló un panorama de ciudades bulliciosas y vastas extensiones de hermosos paisajes. Bosques sombríos, lagos apacibles, verdes praderas, ríos caudalosos, arroyos murmurantes, multitudes agitadas en las bolsas de comercio de las grandes ciudades, el acogedor confort de las mansiones campestres de los ricos... todo pasó velozmente ante mi visión deformada.
Contemplé escenas que jamás había visto.
Percibí el perfume de flores desconocidas para mí, extrañas y maravillosas flores tropicales.
Luego todas aquellas imágenes se desvanecieron para dar paso a un inmenso desierto árido, pardo e inhóspito, sin el menor rastro de vegetación hasta donde alcanzaba la vista.
Era algo asombroso, desconcertante.
Intentaba ordenar mis pensamientos, pero estaban completamente embotados. Mi mente no funcionaba con normalidad. Era como si estuviera envuelta en algodón.
A veces todo aparecía bañado por la clara luz azulada del atardecer; otras, un sol implacable brillaba con fuerza y revelaba con extraordinaria nitidez objetos situados a enorme distancia. En otras ocasiones, en cambio, todo quedaba semivelado por una incierta bruma de color rojo sangre.
Continué viajando por el espacio, contemplando el mundo entero a mi paso. Extraños idiomas resonaban en mis oídos y escenas aún más extrañas aparecían a cada instante.
Tan pronto cruzaba continentes como sobrevolaba el océano infinito, y otras veces viajaba en trenes expresos por un mundo nuevo y desconocido, luminoso y resplandeciente, donde no existían la oscuridad ni la noche, porque el día parecía no tener fin.
Recuerdo con absoluta claridad que llegué a preguntarme si había muerto.
¿Había cruzado al Más Allá, ese misterio que el mundo moderno se esforzaba con tanto empeño por desentrañar?
Aquellos demonios, en cuyo secreto había tropezado por pura casualidad, sin duda me habían asesinado.
Habían silenciado mis labios para impedir que revelara sus métodos criminales, propios de auténticos supercriminales.
El rostro de aquella hermosa e inocente muchacha, Lisely Hatten, surgió ante mí, junto con el del pálido joven inglés a quien al principio había tomado por un oficial de la marina, pero que en realidad era estudiante de medicina. Y, sin saber por qué, acogí aquel recuerdo con agrado.
No sentía odio alguno hacia aquella joven de temperamento apasionado, de suaves ojos castaños y cabello ondulado, que había suplicado a sus compañeros que le permitieran vaciarme los ojos con aquel enorme imperdible.
Mi último recuerdo era el pinchazo de la aguja hipodérmica. Después de todo, la muchacha me había tratado con cierta humanidad. Tal vez por eso no albergaba rencor hacia ella.
Sin embargo, cuando recordaba el rostro de Hilda Bennett, un profundo sentimiento de repulsión se apoderaba de mí. Ella era mi enemiga más encarnizada, incluso a pesar de no haberme identificado ni haber confirmado la historia de mi encuentro con Monkey Dick en Bloomsbury. Precisamente aquella negativa había reforzado la afirmación de Lisely de que yo era un espía de la policía. De ahí el castigo que la banda había decidido imponerme.
Y, sin embargo, seguía avanzando por los aires, ligero como una pluma, elevándome unas veces y descendiendo otras, infatigable, girando a través del espacio, viajando sin noción del tiempo, contemplando nuevos paisajes, encontrando nuevas personas, viendo rostros desconocidos, pero sin poder comunicarme con ninguno de ellos.
Toda aquella experiencia coincidía con algo que había leído acerca de la vida después de la muerte.
¿Estaba muerto?, me pregunté.
CAPÍTULO VI
¡ILLONA!
Una sonora y vibrante carcajada resonó en mis oídos y, en aquel mismo instante, mi viaje por los aires llegó a su fin. En un abrir y cerrar de ojos, todo se transformó. La experiencia concluyó con una sacudida repentina.
Tuve conciencia de que yacía tendido sobre un reluciente suelo de madera pulida. A mi alrededor parecía celebrarse una brillante cena de gala. Unas treinta personas estaban sentadas a la mesa y, al parecer, yo había provocado una gran conmoción, pues dos lacayos, vestidos con calzones de terciopelo, medias y librea, me ayudaban a ponerme en pie.
Contuve la respiración, atónito.
Un hombre de edad avanzada, vestido de etiqueta y con varias condecoraciones en el pecho, se acercó apresuradamente mientras decía:
—¡Mi querido Hipwell! ¡Espero que no se haya hecho daño! Se inclinó demasiado hacia atrás y la silla se le fue de debajo. ¡Por Dios! Se dio un golpe bastante fuerte en la cabeza contra el suelo. ¿Se encuentra bien? —preguntó con evidente preocupación, posando una mano sobre mi hombro.
—Perfectamente —respondí con una débil sonrisa—. Les ruego que me disculpen.
Pocos instantes después, una vez que uno de los sirvientes hubo colocado nuevamente la silla en su sitio, volví a ocupar mi lugar entre las risas y las felicitaciones de los demás.
—Podría haberse lastimado gravemente la cabeza —observó una mujer de cierta edad, muy bien conservada, que estaba sentada a mi izquierda. Vestía con exquisita elegancia y tenía modales sumamente refinados.
—Fue enteramente culpa mía —contesté disculpándome—. Naturalmente, no imaginaba que el piso estuviera tan pulido.
—Lo comprendo. El verano pasado sufrí un accidente parecido en el Hotel Danieli, en Venecia, y me hice bastante daño. Los pisos excesivamente pulidos siempre son muy peligrosos. Pero cuando se vive en una embajada hay que tener un suelo así tanto en el comedor de gala como en el salón de baile.
—¿Esto es una embajada? —pregunté, contemplando desconcertado el magnífico salón, con su elevado techo dorado y los antiguos retratos que adornaban las paredes revestidas de paneles.
Mi acompañante me miró con extrañeza y dijo:
—De verdad espero, señor Hipwell, que no se haya golpeado la cabeza.
Comprendí al instante que, si seguía demostrando desconocimiento de cuanto me rodeaba, despertarían sospechas de que había perdido el juicio.
—No —respondí entre risas—. Solo estaba bromeando.
—¡Me asustó de verdad! —exclamó mi acompañante.
Luego se inclinó hacia la hermosa joven de cabellos castaños rojizos sentada a mi derecha y dijo:
—¡Contessina! ¿Escuchó eso? El señor Hipwell acaba de preguntarme si esto es una embajada... ¡como si nunca hubiera estado antes en la Embajada Británica en Roma! Es de lo más divertido. Me dio un buen susto. Pensé que la caída le había afectado el cerebro.
—El signor Hipwell siempre está bromeando —rió la joven condesita, hablando en italiano, idioma que por fortuna yo conocía—. Nunca se le puede tomar en serio. Hace un par de meses le dijo toda clase de disparates a mi padre, fingiendo incluso que no lo conocía.
—Perdóneme, Contessina —dije haciendo una ligera reverencia, sin saber cuál era su nombre ni quién podía ser. Hasta donde alcanzaba mi memoria, jamás la había visto antes de aquel momento—. Solo estaba bromeando con su padre.
—Igual que hizo esta mañana con Su Excelencia el embajador cuando llegó desde Londres —rió la mujer mayor—. Su esposa, lady Kingscliffe, me lo contó.
Luego, volviéndose hacia mí, preguntó:
—¿De verdad padece esa pérdida de memoria que tanto preocupa a Su Excelencia?
—Su Excelencia no tiene motivo alguno para inquietarse —respondí con serenidad a la dama que se hallaba a mi izquierda.
Después me volví hacia mi otra acompañante, que evidentemente era la hija soltera de un conde italiano, y ambos reímos.
Mientras tanto, mis ojos, llenos de desconcierto, iban registrando hasta el menor detalle de aquella escena tan inesperada como desconocida.
Lo último que recordaba con absoluta claridad era haber permanecido indefenso y aterrorizado en manos de aquella desesperada banda de criminales en Camberwell. Sin embargo, ahora todo había cambiado de forma repentina y me encontraba como invitado en una cena oficial ofrecida por el embajador británico en Roma.
En la cabecera de la mesa se hallaba Su Excelencia, un hombre delgado, de cabello gris, vestido con uniforme diplomático. Lucía una cruz enjoyada al cuello y una banda cruzándole el pecho. Casi todos los demás hombres vestían también los uniformes oficiales de los distintos países que representaban y llevaban estrellas, bandas y cuidadas hileras de condecoraciones.
Para mi sorpresa, descubrí que yo mismo vestía un uniforme diplomático y llevaba una condecoración extranjera.
Las damas iban elegantemente vestidas y muchas lucían joyas maravillosas que centelleaban bajo la luz eléctrica.
En el extremo opuesto de la mesa, adornada con abundantes flores, se encontraba lady Kingscliffe, una lejana pariente mía a quien conocía prácticamente desde toda la vida.
Era huésped de la Embajada Británica en Roma.
Pero ¿por qué?
Todo era desconcertante.
¿Por qué me habían invitado a aquella solemne cena en la que ya había hecho el más completo ridículo al volcar la silla y, para colmo, preguntar después dónde me encontraba?
Lo más prudente era guardar silencio y observar con atención.
Todo resultaba tan extraño, tan irreal.
Era cierto que ocupaba un cargo en el Ministerio de Asuntos Exteriores, pero mis funciones no requerían viajar al extranjero.
¿Por qué, entonces, me encontraba sentado a la misma mesa donde, a la derecha de Su Excelencia, estaba el Duce, dictador de Italia y la figura política más influyente de la Europa de la posguerra: Mussolini?
De cabeza maciza, con su fuerte y autoritario semblante, vestido sencillamente de etiqueta, conversaba animadamente con una joven vestida de amarillo pálido mientras reía con naturalidad.
Lo reconocí por las numerosas fotografías publicadas en la prensa y recuerdo haberme preguntado si, bajo la camisa de etiqueta, llevaría puesta su famosa cota de malla.
Los numerosos atentados sufridos habían llegado a hacerlo tan indiferente al peligro que incluso había desafiado públicamente al destino, afirmando que gozaba de una vida protegida por la fortuna y que ninguna conspiración lograría jamás causarle la ruina ni la muerte.
Allí estaba el semidiós de los fascistas, completamente relajado, compartiendo la intimidad de una mesa de gala.
¿Era extraño que semejante escena me tuviera completamente fascinado?
¿Estaba realmente soñando?
Mis compañeras de mesa me dirigían la palabra: una en inglés y la otra en italiano.
Yo no tenía la menor idea de quiénes eran, y hasta el día de hoy ignoro qué fue exactamente lo que les respondí.
Finalmente terminó la cena de Estado y todos pasamos a un inmenso salón de baile, con techo dorado y magníficos candelabros de cristal iluminados por electricidad.
Ya se había reunido allí un gran número de invitados y la entrada del representante de Su Majestad Británica, acompañado por el Duce, provocó una sucesión de reverencias y apretones de manos.
Era una concurrencia brillante y cosmopolita como solo podía reunirse, en aquellos años de posguerra, en la Ciudad Eterna.
Los altos ventanales del gran salón permanecían abiertos hacia un espléndido jardín sombreado, permitiendo la entrada de una brisa templada impregnada del aroma de las flores, deliciosamente refrescante después del ambiente cargado del comedor.
Yo permanecía solo, inmóvil y boquiabierto.
¿Cómo había llegado allí?
¿Acaso había sido transportado hasta Roma sobre la alfombra mágica de los cuentos árabes?
¿O era todo aquello una realidad?
La orquesta comenzó a interpretar un animado fox-trot completamente desconocido para mí.
Siempre me había gustado bailar y, con Joan como pareja, conocía la mayoría de las melodías populares. Sin embargo, aquella pieza me era totalmente extraña.
Retrocedí hasta la pared y, permaneciendo junto a la puerta, contemplé el brillante espectáculo de hombres uniformados y condecorados, junto a mujeres cubiertas de joyas.
Había allí representantes diplomáticos de casi todos los países del mundo y, como era habitual, la recepción ofrecida por el representante británico ante el Quirinal constituía un acontecimiento de un esplendor difícilmente igualable en toda Europa.
Permanecía allí, estupefacto, en medio de aquella brillante concurrencia. El ritmo contagioso de la orquesta resonaba en mis oídos; mis sentidos seguían confundidos mientras contemplaba a los bailarines de aquella sociedad cosmopolita, sin reconocer a nadie, salvo al viejo Dickie Kingscliffe y a su esposa.
Como socios de varios de los mejores clubes de baile de Londres, Joan y yo habíamos recorrido muchos salones y conocíamos las cualidades de sus pistas, desde el Florida hasta el Cosmo.
Pero ¿dónde estaba ella?
La música de la orquesta la trajo vívidamente a mi memoria y me hizo recordar la última vez que nos habíamos visto. Mientras permanecía allí observando, su dulce rostro fue apareciendo lentamente ante mí, nítido y entrañable, envuelto en una tenue bruma gris. Contemplé sus adoradas facciones iluminadas por aquella sonrisa tan suya. Sin embargo, pocos segundos después, antes de que pudiera comprender lo que sucedía, la visión comenzó a desvanecerse y la niebla se oscureció hasta convertirse en noche.
Mi mente era un torbellino.
No se hallaba en un estado normal.
De pronto me invadió una profunda sensación de hastío.
La encantadora Contessina, de ojos castaños y cabello corto —demasiado claro para una italiana, pensé—, bailaba con el alto agregado militar francés; mientras que mi otra compañera de mesa, la dama inglesa de edad madura, tenía por pareja a un italiano algo obeso, quizá un diputado, pues lucía la cruz de Caballero de la Orden de la Corona de Italia.
Toda mi atención estaba concentrada en la pequeña condesa.
Su figura era elegante y perfectamente proporcionada; se movía con extraordinaria gracia. Vestía un delicado traje color fucsia pálido, llevaba un collar de perlas y un magnífico brazalete de rubíes y diamantes.
En una ocasión, al pasar cerca de mí, cruzó la mirada conmigo y me dedicó una sonrisa por encima del hombro de su distinguido compañero, profusamente condecorado.
Mientras permanecía allí, Su Excelencia lady Kingscliffe se acercó y comenzamos a conversar.
Antes de mi extraña aventura en Camberwell, y después del regreso de su esposo de la legación en Bruselas, yo había tratado con frecuencia a Su Excelencia en Londres.
Dickie Kingscliffe había desarrollado una larga y brillante carrera en el Ministerio de Asuntos Exteriores. Era de esos hombres que ascienden con rapidez porque son enviados a cubrir cualquier vacante diplomática que surge en el extranjero.
Antes de que el soberano le concediera el título de Caballero Comendador de la Orden de San Miguel y San Jorge, Kingscliffe había pasado largos y tediosos años en aquel departamento de Downing Street donde, según se decía con ironía, nunca ocurría nada.
Más tarde lo destinaron, precisamente porque vestía con elegancia, era un excelente anfitrión y poseía la extraordinaria habilidad —tan propia de la tradición del Foreign Office— de ver sin parecer que veía y de hablar sin decir realmente nada. Primero fue segundo secretario en Constantinopla; luego, primer secretario en París; después de la guerra desempeñó el cargo de ministro en Lisboa; más tarde fue enviado a Copenhague y a Bruselas, hasta que, al parecer, había obtenido uno de los destinos mejor remunerados: el de Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario ante la brillante corte del Quirinal.
—Bueno, mi querido Lionel —exclamó Su Excelencia—, espero que el viaje desde Londres no lo haya fatigado demasiado. Fue realmente muy amable de su parte traerme aquellas cosas de Bronley's en la maleta. Mi doncella me las entregó justo cuando me estaba vistiendo.
Me incliné cortésmente, expresando mi satisfacción por haber podido prestarle aquel pequeño servicio, aunque no tenía la menor idea de haber traído nada desde Londres ni de haber viajado jamás a Roma.
—A propósito —continuó—, ¿cómo está su padre? Hace muchísimo que no lo veo. He observado que interviene con frecuencia en la Cámara.
Respondí que, debido a mis constantes viajes, apenas lo veía, pero que, hasta donde sabía, gozaba de buena salud.
En ese preciso instante acudió a mi memoria el dramático encuentro de medianoche con él entre la niebla de la estación de Denmark Hill.
¿Qué había ocurrido desde entonces?
Todo era un vacío absoluto.
Mientras conversaba con Su Excelencia, la Contessina pasó dos veces junto a nosotros y, en ambas ocasiones, me dedicó una luminosa sonrisa de reconocimiento.
Aquella muchacha despertaba profundamente mi curiosidad.
Había en ella algo extraño, algún rasgo misterioso que me resultaba tan imposible de descifrar como el abismo de enigmas en el que me encontraba sumido.
Por alguna razón estaba convencido de que ya la había conocido antes.
Pero ¿dónde?
Era incapaz de recordarlo.
La sonrisa que jugueteaba en sus labios me parecía familiar.
De un modo confuso sentía que había sido una amiga íntima y que encontraba divertida mi incapacidad para reconocerla.
Finalmente pregunté a Su Excelencia:
—¿Quién es la joven que estaba sentada a mi lado durante la cena? Mire, allí está, bailando con el agregado militar francés.
—¡Ah, la Contessina! La conocimos hace unas semanas en la embajada española —respondió—. Venía acompañada por la baronesa Boin, que hace las veces de su dama de compañía. Parece muy conocida y muy popular, pues la invitan a todas partes en Roma. Se llama Angela Ugostini y es hija del conde Ugostini, de Rávena.
—Es verdaderamente encantadora. ¿No le parece, Excelencia? —comenté, sin apartar la vista del gran salón mientras la seguía con la mirada.
—¡Vaya! —exclamó la esposa del embajador fingiendo indignación—. ¿Ya olvidó que una vez, en Londres, me aseguró que ningún hombre encargado de transportar despachos diplomáticos debía casarse? Y ahora resulta que está admirando a una muchacha bonita. Francamente, Lionel, me sorprende. Claro que debo admitir que usted sostenía esa opinión antes de conocer a Joan.
Joan.
Aquel nombre hizo vibrar las fibras más sensibles de mi memoria.
¡Joan!
¡Mi amada!
Aunque la emoción me desgarraba por dentro, hice un esfuerzo desesperado por aparentar serenidad.
—La conocí por primera vez hace dos años, precisamente en su casa, lady Kingscliffe —respondí—. Aquella declaración la hice antes de eso.
—Mi querido Lionel, su noción del tiempo es realmente extraordinaria. ¿En qué está pensando? ¿Está soñando? Llevamos casi dos años viviendo en Roma. Debió de ocurrir hace más de cuatro.
Guardé silencio.
Si Su Excelencia tenía razón, entonces había perdido por completo el recuerdo de cerca de dos años de mi vida: ignoraba dónde había estado, qué había hecho y qué amistades o enemistades había forjado.
Existía un vacío de dos años enteros en mi existencia.
—¿Sabe una cosa, querido muchacho? Últimamente suele mostrarse algo distraído en ciertos asuntos. Joan me lo ha comentado. Me pregunto a qué se deberá. Tal vez tanto viaje esté afectándolo —observó.
—¿Qué le ha dicho Joan? —pregunté, ansioso por descubrir qué había ocurrido durante aquellos dos años perdidos.
—¡Es una muchacha tan encantadora, Lionel! Francamente, me sorprende la forma en que la trata —respondió lady Kingscliffe con tono de reproche—. Pero, en fin, supongo que no es asunto mío. Hablemos de otra cosa.
—¿Me concede este baile? —pregunté.
—Prefiero no hacerlo —respondió con elegancia—. Estoy un poco cansada. Mañana por la noche se celebrará el baile de Estado en el Quirinal. Usted asistió al anterior, hace dos meses. Mire, allí está el ministro de la Casa Real, el marqués Visconti. Le pediré que haga llegar una invitación al Excelsior.
Le di las gracias efusivamente.
Sin saberlo, acababa de proporcionarme una información que necesitaba desesperadamente: el nombre del hotel donde me hospedaba.
—¿Recuerda a aquella encantadora marquesa Pozzoli? Cenó con ella durante el último baile de Estado. Acaba de morir en Palermo, en circunstancias muy misteriosas. ¡Pobre mujer! Toda Roma habla del asunto. Se sospecha que hubo un crimen. Poco después, su marido se marchó a París con la bailarina La Fafala —añadió con intención.
—Qué tragedia tan lamentable —respondí.
Mientras pronunciaba aquellas palabras, el nombre despertó lentamente algunos recuerdos.
La recordé.
Conocía bastante bien Italia y Suiza.
Era una alegre joven de veinticinco años, de grandes ojos negros y cabello oscuro, una bailarina extraordinariamente elegante y una compañera muy agradable.
Antes de casarse había pertenecido a la familia Strozzi, de Florencia; después de su matrimonio con Pozzoli se había convertido en una de las figuras más brillantes de la sociedad romana. Sus recepciones en el Palacio Pozzoli, en la Via del Babuino, figuraban entre los acontecimientos más distinguidos de la temporada invernal.
—¿Creen que Enrico la asesinó? —pregunté en voz baja.
—¡Shhh! —susurró ella, haciéndome callar—. Nadie debe atreverse a insinuar semejante cosa. Pero sé de buena fuente que Ghelardi, jefe de la Pubblica Sicurezza, está llevando a cabo una investigación muy minuciosa. El Duce se lo comentó a Richard hace apenas dos días. Naturalmente, esto queda estrictamente entre nosotros.
Mussolini pasó junto a nosotros con paso firme y, de pronto, se detuvo riendo para saludar a la embajadora.
Aproveché la ocasión para alejarme y, poco después, encontré a la pequeña condesa, a quien un joven agregado acababa de acompañar de regreso a su asiento.
—¿Me concede este baile, Contessina? —le pregunté en francés.
Con aquella dulce sonrisa que creía reconocer entre las brumas del pasado, respondió alegremente que sí.
La conversación me resultaba difícil porque, en mi desconcierto, temía cometer a cada instante algún faux pas.
Ahora que estaba junto a ella, me parecía aún más hermosa y encantadora.
Sin duda había dejado entrever a lady Kingscliffe, sin darme cuenta, el hechizo que aquella joven ejercía sobre mí, pues recordaba perfectamente el reproche que me había hecho en relación con Joan.
Joan...
No era ya más que una sombra entre la niebla, un recuerdo a medio borrar de unos días lejanos y casi olvidados.
Aquella noche, en medio del esplendor de mujeres cubiertas de joyas y hombres vestidos de uniforme, había despertado a una existencia nueva y comenzado mi vida otra vez.
Me había enamorado perdidamente de la Contessina Angela.
Lo confieso.
Su belleza, su elegancia, su encanto y la dulzura de su voz me cautivaban por completo.
Mientras bailábamos la felicité por sus pasos, que me resultaban completamente nuevos, aunque descubrí que era capaz de seguirlos sin dificultad.
Sin embargo, entre las muchas cosas que despertaban mi curiosidad había una en particular: aunque hablaba italiano, lo hacía con un marcado acento extranjero.
Tampoco la delicadeza de sus facciones parecía la de una italiana; aunque pensé que quizá aquello pudiera explicarse si su madre hubiera sido extranjera.
Además, razoné, hay muchas personas que, tras haberse criado fuera de su país durante la infancia y la juventud, nunca llegan a hablar correctamente su propia lengua.
Mientras la estrechaba entre mis brazos durante el baile, Angela despertaba cada vez más mi curiosidad, sobre todo después de lo que lady Kingscliffe me había contado.
Al parecer, tanto ella como su acompañante, la baronesa Boin, habían aparecido de improviso en la sociedad romana. Y la pequeña Contessina, gracias a su extraordinario encanto y a la habilidad con que había sabido abrirse camino, había sido rápidamente aceptada por el más exclusivo círculo social de la Ciudad Eterna.
—Supongo que asistirá mañana por la noche al baile del Quirinal, ¿verdad? —me preguntó poco antes de que terminara el fox-trot.
Respondí afirmativamente y expresé mi sincero deseo de que nos encontráramos allí.
—Confío de todo corazón en que así será —respondió con una voz que me pareció extraordinariamente extraña—. O quizá antes. ¿Quién sabe?
Y soltó una ligera carcajada.
—La verdad, Contessina, no termino de comprenderla —dije, muy desconcertado, mientras la acompañaba cortésmente hasta su asiento.
—Últimamente parece que hay muchas cosas que usted no comprende, signor Hipwell —replicó con una sonrisa, volviéndose enseguida para saludar a un recién llegado que acudía a invitarla al siguiente baile.
Diez minutos más tarde recogí mi sombrero y mi abrigo. Un lacayo había llamado un taxi y me dirigí al gran hotel de lujo Excelsior, donde, por pura casualidad, acababa de descubrir que me alojaba temporalmente.
Después de subir la amplia escalera de mármol cubierta por una alfombra azul, y sin conocer el número de mi habitación, me acerqué al conserje y le pedí mi llave.
Me la entregó, y en ella figuraba el número de una suite situada en el segundo piso: unos amplios y lujosos aposentos dotados de todas las comodidades propias de un hotel moderno de primera categoría.
Vi el traje gris oscuro que, sin ser consciente de ello, había llevado puesto durante el día, cuidadosamente doblado sobre una silla. Sobre un portamaletas descansaba una maltratada maleta cubierta por completo de etiquetas de hoteles del continente europeo. Un pequeño bolso de viaje se hallaba sobre otra silla y, encima del escritorio, había una carta dirigida a mí. Al parecer, la habían entregado aquella misma noche.
El sello era suizo.
La abrí de inmediato.
Escrita con una caligrafía elegante y cultivada, contenía una breve carta fechada en una dirección de Lausana, Suiza:
«Mi adorado Lionel: Hace ya dos semanas que espero, hora tras hora, una respuesta al urgente mensaje que te envié a Londres. No puedo soportar por más tiempo esta espantosa incertidumbre. Me encuentro en grave peligro. Estoy rodeada de enemigos y me hallo sola e indefensa. Cuídate muchísimo durante tus viajes, amor mío. No vacilarán en matarte, como ya he tenido ocasión de demostrarte. Mañana partiré hacia Londres, si considero que es seguro hacerlo, y pasaré a verte. Mientras tanto, envíame un telegrama con tu decisión tanto a mi club de Londres como a esta dirección. Así sabré cómo debo actuar. Con todo mi amor, querido mío. Tu esposa, siempre fiel y devota, Illona.»¡Mi esposa, Illona!
¿Quién era ella?
Era evidente que, durante aquellos dos años borrados de mi memoria, ¡me había casado!
CAPÍTULO SIETE
EL DESPERTAR
¿Qué podía significar todo aquello?
De pronto había despertado en un mundo nuevo; un mundo que, antes de mi repentina pérdida del conocimiento, me era perfectamente familiar, pero del que habían desaparecido por completo dos años enteros. No conservaba absolutamente ningún recuerdo de mi vida ni de mis actos durante aquel período perdido. Mi mente era un vacío absoluto.
Mientras permanecía allí de pie, traté de hacer memoria; pero mi último recuerdo era el horror de aquel momento en que la muchacha Hatten me había llevado, esposado e indefenso, a aquella miserable habitación con el propósito de dejarme ciego.
Por fortuna, todavía podía ver.
Recorrí con la mirada el lujoso dormitorio, con su alfombra color rosa pálido, sus cortinas y su elegante mobiliario de tocador. Me acerqué al gran espejo. Pero al ver mi reflejo sufrí una verdadera conmoción.
Sin duda era yo mismo, pero aparentaba por lo menos diez años más que la noche de mi siniestra aventura en Bloomsbury, cuando el delincuente conocido como Monkey Dick —apodado así por su extraordinaria habilidad para trepar hasta las ventanas de los pisos superiores— me había atacado y había muerto accidentalmente de un disparo durante nuestro forcejeo.
Me acerqué a la ventana y salí al balcón.
La pálida aurora, de un tono nacarado, comenzaba a elevarse sobre Roma. La gran plaza, con sus palmeras, sus encinas y sus flores, permanecía desierta, y ningún sonido perturbaba el silencio, salvo el murmullo del agua de la fuente.
Sí; la Ciudad Eterna seguía siendo la misma que había conocido en mi juventud, cuando, junto a mi querido padre, había pasado casi un año en el Hotel Russie, para regresar después en varias ocasiones a la capital italiana.
Respiré profundamente el aire perfumado por las flores, tan reconfortante después del ambiente sofocante del salón de baile que acababa de abandonar; luego regresé a la habitación, la recorrí de un extremo a otro y examiné con curiosidad mis pertenencias.
No eran muchas, y casi ninguna me resultaba familiar.
En el dedo meñique de la mano izquierda llevaba un hermoso anillo de sello de lapislázuli. Ostentaba el blasón de los Hipwell: la cabeza de un dragón. Me lo quité para examinarlo y descubrí, grabada en su interior con una escritura idéntica a la de la carta, la siguiente inscripción:
«De Illona. 3.8.24.»
¿El tres de agosto de 1924?
¿Qué conmemoraba aquella fecha?
¿Mi matrimonio con aquella esposa desconocida?
¿Era posible? La fecha, al fin y al cabo, pertenecía precisamente a aquellos años desaparecidos de mi memoria.
Volví a colocarme el anillo, completamente desconcertado.
Después me ocupé del contenido de mi maleta, que vacié sobre la cama.
Entre la variada colección de objetos que inevitablemente acumula el equipaje de cualquier hombre que viaja constantemente, una pequeña caja de cuero fue una de las primeras cosas que llamó mi atención.
Al abrirla descubrí, para mi asombro, que se trataba de un estuche para consumir drogas.
¡Era imposible que yo tuviera la costumbre de inyectarme morfina!
Cerré de inmediato el estuche y lo arrojé al cesto de los papeles, con la esperanza de que, en esta nueva vida que acababa de comenzar, jamás volviera a tocarlo.
El siguiente estuche que abrí contenía alfileres de corbata y gemelos, varios de ellos adornados con diamantes.
Entre los alfileres reconocí uno formado por dos diamantes de talla cuadrada con una esmeralda entre ambos, regalo de cumpleaños de Joan. También reconocí un par de gemelos esmaltados en rojo con centros de diamante, que poseía desde hacía mucho tiempo.
Sin embargo, toda mi ropa me resultaba completamente desconocida, aunque era elegante y, según las etiquetas, había sido confeccionada por mi sastre habitual de Conduit Street.
En el bolsillo interior de la tapa de la maleta encontré varias cartas.
Las saqué y, sentado ante el escritorio, comencé a examinarlas.
Había facturas de hoteles de Madrid, Bruselas y Atenas, ciudades que supuse había visitado en el desempeño de mis funciones como correo diplomático del Servicio Exterior de Su Majestad.
Sin duda ese debía de ser mi cargo, pues ya había encontrado mi salvoconducto diplomático, que exigía cortesía internacional y eximía mi equipaje de cualquier inspección aduanera en las fronteras de Europa.
También hallé mi insignia oficial: el pequeño galgo de plata.
A medida que iba abriendo las cartas, mi desconcierto aumentaba.
Tres estaban escritas en francés, redactadas en términos deliberadamente enigmáticos y fechadas desde una dirección de Toulouse.
En ellas se me exigía revelar la identidad de «la persona cuyo nombre resulta innecesario mencionar» y contenían amenazas apenas veladas.
¿Guardaban aquellas amenazas alguna relación con la urgente advertencia contenida en la carta de Illona, mi misteriosa esposa?
Comprendí que me era imposible responder a su carta, pues desconocía tanto su dirección en Lausana como el nombre de su club en Londres.
Y, sin embargo, ella exigía una respuesta urgente mediante telegrama a ambas direcciones.
Esperaba mi decisión.
¿Sobre qué asunto?
De pronto reconocí la familiar letra de Joan en un sobre dirigido a:
«Señor Lionel Hipwell, c/o Embajada de Su Majestad Británica, Madrid.»
Saqué la carta.
Había sido escrita desde Queen's Gate el quince de marzo.
Cuando el conserje me entregó la llave, había observado en el gran calendario de su escritorio que la fecha era el veintitrés de abril.
Eso significaba que poco más de un mes antes yo debía de haber estado en Madrid y haber recibido allí aquella carta de mi amada.
Era una carta triste, llena de reproches.
«Estuviste dos días completos en Londres después de regresar de Atenas. Sin embargo, no encontraste tiempo para venir a verme ni siquiera para llamarme por teléfono. Parece que ahora estás tan absorbido por tus nuevos amigos, y especialmente por otra mujer, que ya no tienes tiempo para mí. Te vi con mis propios ojos cenando con ella en el Berkeley. Los observé durante un buen rato, aunque ustedes no me vieron. A la mañana siguiente fui a Sackville Street, pero tu nuevo ayuda de cámara me dijo que habías partido hacia Madrid apenas media hora antes. ¿Te parece justo tratarme así, Lionel? No te reprocharé si has entregado tu amor a esa Mujer de Ninguna Parte y la encuentras más atractiva que a mí. Probablemente lo sea. En cualquier caso, parecía muy divertida e ingeniosa. Pero al menos dime la verdad. No sigas haciéndome creer que todavía soy la mujer a la que amas, te lo suplico. El corazón de una mujer puede soportar mucho sufrimiento, pero tiene un límite... y el mío está a punto de alcanzarlo. Desde Viena me enviaste un telegrama prometiéndome que vendrías a verme inmediatamente después de tu llegada; sin embargo, prefieres la compañía de tu nueva conquista. Sé que mientras estés fuera no podremos vernos para hablar de nuestro futuro. Si deseas romper nuestro compromiso, dímelo. No tengas miedo. Podré soportarlo, porque ya me he acostumbrado a tu abandono y a tu indiferencia. Sabré cuándo regreses de Madrid y, si entonces no vienes a verme, consideraré que tu silencio significa la ruptura de nuestro compromiso y que yo quedaré libre, llevándome únicamente el amargo recuerdo del hombre al que he amado y al que aún amo con toda mi alma. Tu desconsolada, Joan.»Leí aquella carta dos veces y percibí en cada línea el desgarrador sufrimiento del alma de una mujer.
¿Qué locura había cometido?
¿Estaba realmente casado con la misteriosa Illona, convertido en el esposo de una mujer a la que era incapaz de recordar?
Era evidente que, durante aquellos años perdidos, había cometido ciertas insensateces de las que no conservaba el menor recuerdo.
¿Cuáles habían sido?
Una, el imperdonable vicio de consumir drogas, ya estaba fuera de toda duda.
¿Cuántos otros actos irresponsables e imprudentes habría cometido?
¿De cuántas necias indiscreciones sería culpable?
En medio de mi confusión permanecía inmóvil, quizá al borde de la locura.
En vano intenté desenredar aquella increíble situación.
Cuanto más me esforzaba por recordar, más oscuro e impenetrable se volvía el pasado.
Todo aquel misterio era incomprensible.
Durante más de dos años había llevado, al parecer, una vida completamente normal, sin que casi nadie sospechara que mi mente había perdido el equilibrio o que mi memoria del pasado era un inmenso vacío.
Desde el mismo instante en que la caída en el comedor de la embajada me había devuelto la conciencia, decidí mantener en secreto mi estado mental.
No me atrevía a preguntar nada, por miedo a que mis conocidos me tomaran por loco.
No cabía duda de que el espantoso horror de aquella inolvidable noche en Camberwell era el responsable de aquel inconcebible trastorno de mi mente.
Algunos hechos desgraciadamente ya estaban demasiado claros.
No había respondido a la desesperada carta de Joan.
Por mi silencio, nuestro compromiso debía de haber quedado roto.
Pero ¿en qué circunstancias me había casado con la misteriosa Illona, cuya dirección ignoraba y a quien jamás recordaba haber visto?
Debía de haber sido un matrimonio secreto, pues Joan no hacía la menor alusión a él, aunque sí mencionaba haberme visto cenando con una mujer en el Berkeley.
¿Sería aquella mujer mi esposa?
¿Qué explicación podía darle a Joan, cuyo recuerdo había vuelto a despertar dentro de mí y a quien seguía amando con toda el alma?
¿Cómo justificar mi matrimonio y mi cruel traición?
Las complicaciones eran tantas que la incertidumbre y el desconcierto me llevaban a la desesperación.
Reanudé la búsqueda entre mis papeles.
Encontré una carta fechada en Sackville Street y firmada por Edward Bruce.
El tono servicial revelaba que provenía de mi «nuevo ayuda de cámara», como lo había llamado Joan.
¿Cómo sería aquel hombre?, me pregunté.
Lo imaginé alto, delgado, de cabello gris, vestido con levita y pantalón gris, extremadamente respetuoso y discreto.
¿Y qué habría sido del fiel Bolland?
Otro documento consistía en una relación de gastos escrita de mi puño y letra, por un total cercano a las noventa libras.
Mi talonario de cheques mostraba además que últimamente había desembolsado una suma considerable a una empresa de decoración de París.
¿Era posible que hubiera amueblado un apartamento para mi desconocida esposa, Illona?
Examiné con el mayor cuidado cada uno de los objetos que me pertenecían.
La mayoría me desconcertaba.
Incluso la ropa era completamente desconocida para mí.
Sin embargo, todas las notas que encontraba estaban escritas con una letra firme que, sin duda alguna, era la mía.
Mi mente era un verdadero torbellino.
Sentía que estaba perdiendo la razón.
Así que volví a vestirme, me puse un abrigo ligero encima y bajé a la calle.
Salí al silencio de la ciudad, pasé junto a la gran fuente, cuyo rumor hacía resonar los ecos de la madrugada, hasta desembocar finalmente en aquella larga y recta avenida, una de las más célebres del mundo:
el famoso Corso.
Lo reconocí bajo la tenue luz gris del amanecer.
Las grandes lámparas eléctricas seguían encendidas y, al cruzarme con un silencioso policía, este me deseó cortésmente un buon giorno.
Continué caminando, pasé frente al Hotel Russie y seguí cuesta arriba hasta que Roma quedó extendida a mis pies.
La claridad aumentaba a cada instante: una luz gris perlada teñida de suaves matices rosados.
Finalmente, tras mi deambular, me encontré —como un día, muchos años atrás, en mi juventud— sobre el antiguo emplazamiento de la Turris Maecenatis, en los hermosos jardines del Palacio Colonna, contemplando el amplio panorama de torres y cúpulas, palacios y monumentos que coronan las siete colinas de la Roma moderna.
De pronto recordé que mi padre me había llevado a aquel mismo lugar cuando yo tenía unos dieciocho años para contemplar Roma al amanecer.
Allí estaba otra vez, entregado a la contemplación y al pensamiento.
A mis pies, bañados por la luz dorada del sol naciente, se extendían los tejados rojizos de la Ciudad Eterna: pintoresca, misteriosa, capital de un reino.
Era una ciudad que, tras quedar medio eclipsada por la guerra, había resurgido bajo el liderazgo de un antiguo revolucionario para alcanzar grandeza, prosperidad y una posición de poder en Europa.
Contemplé la inmensa cúpula de San Pedro y, a su lado, la imponente mole del Castillo de Sant'Angelo, junto al serpenteante Tíber y sus puentes.
Roma.
La ciudad inmutable desde los primeros tiempos del cristianismo.
Yo conocía Roma, pero no de la manera superficial en que la conoce un turista.
El viajero moderno, arrastrado desde su hogar por una agencia de viajes en un recorrido organizado, disfruta de las mejores vistas, de la mayor comodidad y de las principales experiencias durante los seis días que suele durar el viaje... a menudo solo cuatro, por desgracia.
Y, sin embargo, para conocer Roma siquiera de manera superficial hace falta un mes entero.
Hay quienes, por supuesto, no sienten interés alguno por los monumentos antiguos, el Coliseo, el Foro, las catacumbas o los lugares vinculados a Nerón y Tiberio.
Prefieren tomar el aperitivo en el Aregno, almorzar en Tívoli y cenar y bailar en su hotel; porque, para demasiadas personas, visitar monumentos resulta un fastidio y ni siquiera creen en lanzar unas monedas a la fuente.
Roma sigue siendo Roma.
Y, después de todo, continuará siendo siempre la capital más fascinante de Europa.
Y seguirá siéndolo a través de los siglos.
Todos aquellos pensamientos cruzaban mi desconcertada mente.
¿Por qué?
No lo sabía.
Si realmente había abandonado a Joan Gell, ¿qué había sucedido?
Sabía perfectamente que el profundo odio que mi padre profesaba al padre de Joan hacía imposible declarar abiertamente nuestro amor.
Ambos lo habíamos comprendido, y hasta aquella fatídica noche de Camberwell nuestra discreción había sido absoluta.
Sin embargo, tenía pruebas irrefutables de que me había casado con alguien llamada Illona y, además, mis talonarios de cheques demostraban que había gastado importantes sumas de dinero para establecer un hogar para ella.
La
única parte, sin embargo, que se apoderó de mi mente y adormeció
mis sentidos, fue mi admiración por la joven Ángela. Sabía que nos
habíamos conocido antes, y, además, era consciente de que me tenía
como arcilla en sus manos. Su belleza era a mis ojos diabólica, su
risa la de una bacante, y sin embargo, resultaba completamente
irresistible. Me atraía hacia ella con la misma seguridad con la que
un imán atrae a una aguja.
Y le había prometido reunirme con
ella en el baile de Estado, en el Quirinal, esa noche.
Intenté
resistirme; pero, pobre tonto de mí, fue inútil. Tal vez se me
pueda perdonar debido a la condición inestable de mi mente
trastornada. Mi mente, creo, había despertado, mientras estaba allí
apoyado sobre ese parapeto de piedra cubierto de líquenes,
contemplando la Ciudad Eterna, sobre la cual se alzaba el pálido
rosa y oro de la mañana. Pero mi alma aún estaba dormida. Era
todavía como un hombre medio narcotizado por un largo sueño, en el
cual dos años de conciencia habían sido borrados por completo.
Eran
las siete de la mañana cuando regresé a mi habitación en el
Excelsior. Sin quitarme la ropa de etiqueta, me dejé caer sobre la
cama para dormir, cansado y exhausto, con mi cerebro aún envuelto en
algodón.
A las once me despertó el sonido del teléfono; y
contesté.
Escuché la voz de Lord Kingscliffe.
—¿Eres
tú, Hipwell? —preguntó. Y cuando respondí de manera afirmativa,
dijo—: Pensé en avisarte que tendrás que partir hacia Londres
mañana por la noche. Lo siento, Lionel. Pero ya sabes que en el
servicio no somos nuestros propios amos.
—Está muy bien
—respondí, preguntándome por qué su voz sonaba tan compasiva y
apenada.
—Te veré en el Quirinal esta noche. 'Addio' —dijo
Su Excelencia.
Y colgué el auricular.
De modo que mi
visita a Roma sería interrumpida. Quizás, después de todo, era lo
mejor.
CAPÍTULO OCHO
EL DOBLE CERO
Pasé el día deambulando por las amplias y hermosas calles de Roma, la Roma bajo el régimen de Mussolini. Noté que donde antes las plazas adoquinadas lucían desiertas y polvorientas, ahora había brillantes macizos de flores, árboles frondosos y, a menudo, fuentes refrescantes. A mi alrededor se alzaban por doquier grandes edificios palaciegos, dignos de la ciudad más orgullosa del mundo.
Observé a los turistas alimentando a las palomas y tomé varios aperitivos en los cafés populares.
La idea del baile de Estado, para el cual ya había recibido una invitación del Ministro de la Casa Real, me causaba repugnancia. No estaba de humor para multitudes deslumbrantes, etiqueta de la corte o música de baile. Sin embargo, la Pequeña Condesa me atraía. Estaba absolutamente seguro de que alguna vez habíamos sido amigos, pero hasta qué punto o bajo qué circunstancias, lo ignoraba por completo. Mi memoria respecto a ella también estaba totalmente en blanco.
A las diez de esa noche me puse el uniforme y, tomando mi sombrero de tres picos y mis guantes, me dirigí al Palacio, donde crucé la alfombra roja y recorrí el gran corredor, brillantemente iluminado y flanqueado por los sirvientes reales y la Guardia con sus resplandecientes uniformes. Conmigo entraron varios diplomáticos extranjeros con sus esposas, incluyendo a Grant, el secretario de la Embajada de los Estados Unidos, a quien reconocí como un viejo amigo de mis tiempos en París.
Reunidos en el gran salón junto a quinientas personas más, aguardábamos la llegada de Sus Majestades. Miré a mi alrededor con impaciencia para buscar a la Contessina, pero me llevé una amarga decepción. ¡No estaba presente! Y, sin embargo, ella misma me había insistido en que asistiera para bailar con ella.
De pronto, resonaron tres fuertes golpes en las grandes puertas dobles y doradas. El Mariscal de la Corte, un anciano duque de cabello blanco como la nieve y espeso bigote, las abrió de par en par, y el rey, ataviado con el uniforme de gala de un general, entró caminando junto a la reina, cuyos diamantes destellaban con mil fuegos, sonriendo a la concurrencia que se inclinaba en reverencia.
Sus Majestades, acompañados por el Príncipe de Saboya y otros miembros de la familia real italiana, dieron un lento paseo por la gran cámara dorada, iluminada por cien candelabros de cristal; y luego, una vez que subieron a su estrado, comenzó el baile.
No fue hasta ese momento cuando, entre la multitud de la nobleza romana y el círculo diplomático, divisé a la encantadora joven que buscaba.
Vestía una tela de plata; la falda estaba adornada con una ancha franja de pedrería y bordados de perlas que reflejaban la luz desde mil ángulos. Era, sin duda, uno de los trajes más deslumbrantes de la corte. La vi aceptar como pareja de baile a un alto y esbelto agregado de la embajada francesa. Su rostro, ligeramente sonrojado, era tan hermoso como el ángel de Lanfranco en el muro de Sant’Andrea. Más tarde, mientras la observaba, vi a su elegante acompañante, con su uniforme ribeteado de oro, entregarla a una dama de mediana edad, bien vestida y de aspecto un tanto estricto; poco después la noté charlando alegremente con la princesa Pallavicini, la principal dama de honor de la reina.
Más adelante, como si fuera por pura casualidad, me encontré con ella y me incliné profundamente para besarle la mano.
Ella me sonrió y expresó su satisfacción por volver a encontrarnos. Su actitud era mucho más cordial que la de la noche anterior.
—Lady Kingscliffe me dijo que siempre está viajando —dijo en francés, mientras estábamos de pie junto a la pared, observando a los bailarines—. Me encanta viajar, pero… —Levantó los hombros en un gesto que expresaba decepción.
—¿No viaja mucho? —pregunté en el mismo idioma.
—Por desgracia, no —respondió con una sonrisa—. Quiero conocer Londres y Nueva York… y Atenas.
—Bueno, si viajara tan a menudo como yo, temo que se cansaría muy pronto de los trenes, Contessina —dije, notando el gusto exquisito de su vestido.
—Supongo que ya ha estado en Roma antes, ¿verdad? —comenté.
—Sí. Una vez. Salgo a diario con los turistas a ver los monumentos. Es muy divertido, ¡se lo aseguro! Pero, ¡oh!, tengo muchas ganas de conocer su Londres.
Hablaba con un aire de extrema distinción, y sus ojos, al mirarme, parecían tan infantiles e inocentes.
—Sin embargo, cuando una no es dueña de su propia vida, ¿qué se le va a hacer? —añadió.
—Algunas señoritas acaban desafiando a sus padres y chaperonas —reí—. Pero yo no le aconsejaría tomar ese camino. ¿Me haría el honor de concederme este baile, Contessina, para que olvidemos todos nuestros problemas?
Aceptó mi invitación y, unos instantes después, estábamos bailando un vals, mientras que Lady Kingscliffe, que, según sabía, había estado observándonos, se dio la vuelta con una sonrisa de diversión.
Ángela bailaba el charlestón de maravilla. Como buen bailarín, había asistido a muchos bailes y había tenido parejas espléndidas, pero esta misteriosa joven de ojos castaños las eclipsaba a todas.
El barón de Carbonnel, embajador de Francia, que bailaba con la joven princesa di Forano, hija de la duquesa di San Donato, pasó junto a nosotros, y noté que le sonrió a mi pareja en señal de reconocimiento.
Más tarde, después de una hora muy agradable durante la cual me esforcé, por todos los medios a mi alcance, en descubrir más sobre la misteriosa joven, la llevé a cenar y nos sentamos para compartir un banquete a solas.
A nuestro alrededor había muchas personas a las que reconocí, pues muy poco a poco mi memoria iba regresando: Rospigliosi con su esposa; el ministro Sonnino; Caetani y su hija, la hermosa Donna Stella; y la siempre popular princesa Odescalchi con sus maravillosas esmeraldas.
Por la charla de la Pequeña Condesa, resultaba evidente que se movía en las altas esferas y que conocía a muchos funcionarios.
Posteriormente, la conduje de regreso al salón de baile.
—M’sieur Hipwell —susurró la Pequeña Condesa justo cuando estábamos a punto de bailar—, me pregunto si usted… bueno, ¿me atrevería a pedirle un favor muy grande?
—Por supuesto que sí —fue mi entusiasta respuesta.
—Bueno, no puedo decírselo aquí. ¿Podría reunirse conmigo… mañana? Estaré sola.
—¿Dónde? —pregunté.
Ella reflexionó un momento.
—En la iglesia de Sant'Agnese, en la Piazza Navona —respondió en voz baja—. ¿Le vendría bien a las once?
—Desde luego. Allí estaré.
Y así quedó acordado.
Puntualmente, a la hora que había fijado, entré en la gran iglesia abovedada, con sus enormes columnas de mármol de Cottanello, construida en el lugar donde Santa Inés sufrió el martirio. El silencioso interior estaba bastante oscuro en comparación con el resplandor del sol en la plaza; pero en unos instantes distinguí una figura esbelta, con un pulcro traje de calle azul marino, que de inmediato reconocí como la Contessina, de pie ante la antigua estatua de San Sebastián. Hubo un saludo susurrado y tímido, seguido de un cálido apretón de manos, tras lo cual ella sugirió en voz baja:
—Hablemos aquí. Si salimos, podría vernos alguien que lo conozca.
—¡Bien! —respondí—. Hay unas sillas más allá.
Y caminamos hacia unas sillas con asiento de mimbre cerca de uno de los altares laterales, frente al cual ardía una luz dentro de su pantalla de cristal rojo. Era evidente que pretendía mantener el más estricto secreto, y este mismo hecho aumentó mi interés en ella.
—Anoche me dijo que podía confiar en usted, M’sieur Hipwell —dijo en voz baja, aunque estábamos solos en la inmensa iglesia—. Sé que soy un misterio para usted.
—Pero nos hemos conocido antes. ¿No es así? —pregunté, clavando mis ojos en ella.
Ella dejó escapar una pequeña risa histérica.
—Usted lo sabe. Pero tal vez lo haya olvidado. Usted olvida muchas cosas.
—¡Pero jamás podría olvidarla a usted, Contessina! —declaré—. ¿No iluminará la oscuridad de mi mente? Me dice que olvido muchas cosas.
—En la vida, sin duda hay muchas cosas que es mejor olvidar —comentó ella con un leve suspiro.
Hice una pausa, incapaz de comprender su significado.
Se dio cuenta de que me había desconcertado y, al instante siguiente, con una dulce sonrisa, continuó:
—Le dije, M’sieur Hipwell, que confío en usted. ¿No confiará usted también en mí y me hará un pequeño favor que… que me servirá de enorme ayuda, y que quizá me libre de un gran peligro que amenaza con hundirme?
—¡Peligro! —repetí, mirándola fijamente—. ¿En qué peligro se encuentra? Por favor, sea más explícita. Sé que fuimos amigos en el pasado, al igual que lo somos ahora. ¿No puede darme ni una sola pista que pueda formar un vínculo en mi mente entre el pasado y el presente?
—El pasado quedó atrás y no importa —respondió la joven, con un tono serio y filosófico—. Es el presente y el futuro lo que nos concierne a ambos; a usted, quizá más de lo que jamás haya imaginado.
Vio la perplejidad en mi rostro.
—Sé que, en su actual estado de semiinconsciencia respecto al pasado, hoy debo resultarle un enigma total —añadió—. Por ahora tiene que ser así. —Luego, su mano se deslizó lentamente hacia la mía, y me preguntó—: ¿Está dispuesto a hacerme este pequeño favor?
—Sin duda alguna, Contessina, lo haré —dije de inmediato—. ¿De qué se trata?
—No es una misión muy difícil —respondió en francés, y su actitud cambió al instante—. Ahora nos entendemos a la perfección, ¿verdad? Usted irá a Londres. ¿Podría llevar un mensaje verbal de mi parte… para alguien…? —Hizo una pausa—. ¡Ah! —continuó—, veo que se pregunta por qué no escribo. Pero hay ocasiones en que escribir resulta una indiscreción. Bueno, este es uno de esos casos. Es cierto, podría escribir, pero es muy probable que, si lo hiciera, me pondría en grave riesgo. Me encuentro en un gran aprieto, y por eso me atrevo a pedirle ayuda.
—La ayudaré con mucho gusto —repetí.
—Muy bien, entonces. Cuando llegue a Londres, ¿podría escribir y concertar una cita para reunirse con el señor Roddy Owen, que vive en Harrington Court, en Park Lane?
—Un
momento —la interrumpí—. Anotaré la dirección. —Y en la
penumbra la garabateé en el puño de mi camisa. Conocía Harrington
Court por ser un gran bloque de nuevos y costosos apartamentos para
solteros—. Bien, y cuando lo vea, ¿qué debo decirle?
—Entréguele
esto. Será su credencial, y por ella sabrá que viene de mi parte.
—Y presionó algo duro y plano en mi mano.
Lo miré y vi
que era un trozo de piedra exquisitamente tallada, de unos cinco
centímetros de largo, con un anillo de oro engarzado: un colgante de
aguamarina azul claro. Era cuadrado, perforado y tallado con un
diseño antiguo, con dos círculos que formaban la figura de un doble
cero; un adorno único de belleza cristalina.
—Entrégueselo
—me susurró con una voz extraña y dura—, y dígale... dígale
que... que todo es imposible, y que debe olvidar. Que...
Y
vaciló, temblando, y respiró hondo.
—Que todo es
imposible, y que debe olvidar —repetí lentamente.
—Sí.
Recálquele que no debe volver a escribirme, porque me pondría en un
gravísimo peligro.
Miré su hermoso rostro, muy
desconcertado. A la débil luz vi que el semblante de mi acompañante
estaba ahora pálido y endurecido, como si lo que acababa de decir
fuera en contra de su voluntad, y que se encontraba muy
perturbada.
—Que no debe volver a escribir —repetí—.
Sí, lo entiendo. Desea que él rompa toda comunicación con usted,
¿es así?
Volvió a respirar hondo.
—Sí.
¡Por desgracia! Debe ser así —respondió con voz ronca—. Pero
dígale que no es mi culpa... no es culpa mía. Actúo bajo coacción.
Él... él lo entenderá.
—¿Nada más?
—Nada
—respondió en un susurro bajo y abatido.
Luego, tras
una pausa, añadió:
—Sé, 'M’sieur' Hipwell, que todo
esto debe parecerle muy misterioso. Pero cuando algún día conozca
la verdad, también sabrá el gran e invaluable servicio que le ha
prestado a alguien que... bueno, ¡a alguien que es muy, muy
infeliz!
—Puedo notarlo, Contessina —fue mi
respuesta—. ¿No puedo hacer nada más para ayudarla? Por supuesto,
no deseo entrometerme en sus asuntos privados —añadí.
Negó
con la cabeza tristemente, y dijo:
—No. Es en verdad muy
amable de su parte hacerme este servicio, uno que valoro muchísimo.
Y después de todas las... las situaciones desagradables que han
pasado. Si alguna vez volvemos a encontrarnos, lo cual
dudo...
—¡Pero lo haremos! —la interrumpí—. La
veré y le informaré el resultado de mi entrevista con el señor
Owen.
—No lo sé —fue su dudosa respuesta—. No me
quedaré mucho más tiempo en Roma.
—¿A dónde
irá?
—Allí donde me lleve mi antojo. Probablemente a
los lagos italianos... posiblemente al de Garda... me encanta.
—¿Y
a dónde puedo escribirle? —pregunté con impaciencia.
Por
un momento reflexionó. Al fin dijo:
—Escríbame a:
'Ferma in Posta, Gardone... Lago de Garda'.
—¡Gardone!
—exclamé—. ¡Estuve allí una vez! ¡Qué hermoso es! El gran
hotel blanco, las palmeras y las flores, el pueblito y el lago azul
que se extiende hasta las montañas.
—Sí. Es muy
encantador. Probablemente iré allí.
—¿Y su hogar? —me
aventuré a preguntar.
—No, 'M’sieur' Hipwell. Dijo
que no deseaba indagar en mis asuntos privados, así que el paradero
de mi hogar es un secreto. Sígame tratando como un misterio... ¡solo
un misterio, eso es todo!
Me sentí profundamente
decepcionado. Según mi experiencia, a ciertas chicas les encantaba
adoptar un aire de misterio para despertar mayor interés en los
hombres; pero en el caso de Ángela era diferente. Había algún
motivo profundo y subyacente para todo aquello. Su intensa seriedad
me impresionó con un aire de tragedia romántica, mientras que su
admisión de que en el pasado habían ocurrido cosas desagradables
entre nosotros me llevaba a la desesperación.
Volví
a intentar averiguar su verdadera nacionalidad y dónde vivía.
Estaba seguro de que Lady Kingscliffe lo sabía, pero que por alguna
razón guardaba el secreto. Las aventureras no son recibidas a la
mesa en ninguna embajada británica en el extranjero, aunque algunas,
que podrían ser nombradas, han cenado con ministros del gabinete en
su propio país.
No aceptó mi sugerencia de tomar un taxi
y salir a dar un paseo bajo el sol hasta Tívoli.
—Lo
siento mucho. Pero por ciertas razones me veo obligada a ser
discreta. Tengo una cita para almorzar a las doce —dijo—. No.
Debemos decirnos adiós aquí. Es en verdad muy generoso de su parte
transmitir mi mensaje.
—Le escribiré, Contessina
—prometí—, y la próxima vez que esté en Italia —quizás
dentro de un mes— me aseguraré de verla y contarle el resultado de
mi entrevista.
—No puede haber ningún resultado
—exclamó con la mirada vacía. Justo en ese momento, un ruidoso
grupo de turistas británicos entró en la iglesia con su
guía.
—Pero la veré de todos modos —declaré. Ante
lo cual, ella sonrió.
Luego, en la puerta, tomé su mano
enguantada y observé su elegante figura cruzar la plaza blanqueada
por el sol. Después salí yo también, regresando a paso lento al
Excelsior, más desconcertado que nunca.
CAPÍTULO NUEVE
UNA EXTRAÑA MISIÓN
El lunes siguiente por la tarde descendí del polvoriento coche cama del expreso de Roma al llegar a Calais-Maritime, agradecido de poder estirar las piernas después del largo viaje.
A bordo del vapor que cruzaba a Dover soplaba un viento fresco y la travesía me resultó agradable; aunque, me temo, para muchos de los demás pasajeros ocurrió exactamente lo contrario.
A su debido tiempo, después de tomar el té en el vagón Pullman, llegué a Victoria y, gracias a mi salvoconducto oficial, pronto estuve instalado en un taxi rumbo a Downing Street para entregar los despachos de sir Richard Kingscliffe.
Después volví a subir al automóvil y me dirigí a Sackville Street.
Que yo recordara, no había puesto un pie en mis habitaciones desde hacía dos años enteros.
Un completo desconocido, a quien supuse que era Edward Bruce, mi nuevo ayuda de cámara y sucesor de Bolland, abrió la puerta de par en par y me dio la bienvenida con una reverencia algo rígida. Luego tomó mi equipaje del taxista y me siguió hasta mi pequeño, aunque bastante acogedor, salón.
Bruce era muy distinto de como yo lo había imaginado: bastante alto, joven y delgado, impecablemente vestido con ropa que le sentaba a la perfección. Evidentemente era un criado muy bien adiestrado.
—La señorita Gell ha llamado tres veces hoy, señor, para preguntar si ya había regresado. Desea que hable con ella tan pronto como le sea posible —dijo, entregándome una docena de cartas.
Me quedé inmóvil unos instantes.
¿Qué podía decirle a Joan?
—¿Algo más? —pregunté.
—Su padre vino ayer, señor. Creía que ya había regresado. Me parece que le dejó una carta.
—¿Ha venido alguien más?
—Solo el joven ciego, señor.
—¿El joven ciego? —exclamé sorprendido—. ¿Quién es?
—No conozco su nombre, señor. Pero viene constantemente a preguntar cuándo regresará usted. Dice que lo conoce.
—¿Qué clase de hombre es?
—Es un joven que lleva gafas oscuras. Pero, pobre caballero, está completamente ciego. Sube solo sin dificultad, aunque siempre tengo que ayudarlo a bajar las escaleras y acompañarlo hasta la calle, donde encuentra el bordillo y continúa guiándose con su bastón.
—Me pregunto quién será —murmuré para mis adentros.
—No lo sé, señor. Pensé que usted lo conocía. Al menos esa fue la impresión que me dio —respondió Bruce—. ¿Desea recibirlo la próxima vez que venga?
Reflexioné unos momentos.
El hecho de que aquel visitante fuera ciego me recordó mi misteriosa e inexplicable liberación de la sentencia de ceguera que la delincuente Lisely Hatten había dictado contra mí en Camberwell.
—Lo recibiré si vuelve —contesté.
Luego me senté ante mi viejo escritorio, que recordaba perfectamente; de hecho, todas mis pertenencias empezaban a resultarme tan familiares como si jamás hubiera estado ausente ni hubiese perdido una sola hora de mi vida.
Dirigí entonces mi atención al montón de correspondencia acumulada.
Muchas eran simplemente facturas de comerciantes.
Una de ellas era una cuenta bastante elevada por vino suministrado un año antes y me sorprendió, pues rara vez bebía vino.
Tal vez mis amigos se habían bebido las tres docenas de botellas de champán.
Yo, desde luego, no.
Junto a ella había otra factura por unos costosos puros y, como jamás había fumado otra cosa que cigarrillos, sabía perfectamente que no había sido yo quien disfrutara de semejantes lujos.
—¡Bruce! —llamé a mi ayuda de cámara—. ¿Cuánto tiempo lleva ya trabajando conmigo?
—Nueve meses el próximo jueves, señor. Por cierto, he oído que el señor Bolland no ha encontrado empleo desde que usted lo despidió por deshonesto.
¿Deshonesto?
Así que había descubierto que Bolland era un ladrón.
Aquello explicaba perfectamente que hubiera hecho pedidos a mi nombre y, probablemente, vendido los artículos por su cuenta.
—Si un hombre es deshonesto, debe recibir su castigo —respondí secamente.
Bruce me preguntó entonces si pensaba cenar en casa.
Contesté que no y regresó a la despensa.
La primera carta personal que abrí estaba escrita con una caligrafía que ya empezaba a resultarme familiar y terminaba firmada:
«Tu esposa, que siempre te ama, Illona.»
¡Illona!
Mi esposa.
La mujer a quien jamás había visto conscientemente.
La carta, fechada en Lausana dos semanas antes, iba dirigida a:
«Señor Lionel Hipwell, Correo del Servicio Exterior de Su Majestad, c/o Embajada de Su Majestad Británica, Madrid.»
Después había sido reenviada a Sackville Street.
«Mi adorado esposo: Te suplico que tengas el mayor cuidado de ti mismo. A cada hora temo por tu seguridad. Tú conoces su secreto y sé que existe un desesperado complot contra ti. Lleva siempre un arma contigo y jamás bajes la guardia cuando viajes. Cuídate de una trampa y, si llegas a encontrarte con un hombre ciego, procura evitarlo. Regresa conmigo tan pronto como puedas. Te espero, amor mío. No demores tu regreso. Cada hora que pasa aumenta mi angustia por ti. Con todo mi amor, Illona.»Volví a leer aquella extraña advertencia.
«Cuídate de una trampa y, si llegas a encontrarte con un hombre ciego, procura evitarlo.»
¿Sería aquel desconocido ciego que acudía con tanta insistencia?
¿Y la trampa?
¿Acaso la extraña misión que había aceptado por petición de la pequeña condesa era precisamente la trampa de la que mi desconocida esposa intentaba prevenirme?
Fruncí los labios y me sumí en una profunda reflexión.
En ese instante sonó el teléfono que había sobre mi escritorio.
Casi sin pensar, levanté el auricular.
—¡Hola, Lionel! —exclamó Joan, cuya alegre voz reconocí al instante—. Recibí tu explicación por no haberme escrito y te perdono. ¡Así que al fin has vuelto! Debías haber regresado de Roma hace dos días. ¿Vendrás a verme esta noche o estás demasiado cansado?
—¿Cansado? Nunca estoy demasiado cansado para verte, querida —respondí con toda la galantería que mi pobre y perturbada mente era capaz de improvisar—. ¿Dónde nos encontramos?
—Mamá y papá asistirán a la recepción del Lord Canciller a las diez. Ven aquí a las diez y media, ¿te parece?
—Perfecto. Cenaré en el club y pasaré por tu casa después de las diez.
—¿Tuviste buen viaje? —preguntó—. Espero que esta vez no estés de uno de tus humores. La última vez que viniste estabas insoportable. Pero sé que esta noche no será así, ¿verdad? Hazlo por mí.
—La verdad es que ni siquiera era consciente de haber estado insoportable —respondí riendo—. Perdóname. Procuraré comportarme mejor esta noche.
—¡Eso está mejor! Y no olvides tu promesa, ¿eh? —rió la muchacha a quien tanto amaba.
Luego colgó.
¡Otro misterio!
¿Qué discusión había habido entre nosotros?
¿De qué mal comportamiento había sido culpable... y cuándo?
Después de dos años iba a volver a ver a Joan.
Y, sin embargo, ya estaba casado.
Casado con una mujer a la que jamás había visto conscientemente.
Imagínense cuáles serían mis sentimientos mientras cenaba aquella noche, completamente solo, en el St. James's Club, atormentado por mil temores de haber traicionado a mis mejores amigos al relacionarme con personas indeseables y, además, por haber contraído un matrimonio tan incomprensible como peligroso.
¿Qué iba a decirle a Joan?
Tomé un poco de sopa y fui incapaz de probar nada más.
Eran las ocho y media y, para cumplir la promesa hecha a la Contessina, me dirigí al vestíbulo y llamé por teléfono al señor Roddy Owen, en Harrington Court.
Respondió un hombre con acento extranjero, evidentemente un criado, quien me preguntó quién llamaba.
Contesté que deseaba hablar con el propio señor Owen.
Unos instantes después una voz grave respondió:
—Habla Owen. ¿Qué desea?
—Quiero verlo esta noche —contesté—. Usted no me conoce, pero soy portador de un mensaje verbal de una amiga suya en Roma.
—¿Roma? —repitió—. ¡Ah, sí! Muchas gracias. Será un placer recibirlo. ¿Su nombre?
—Hipwell.
—¿Puedo pasar a verlo dentro de media hora?
—Desde luego. Lo esperaré, señor Hipwell. Gracias por tomarse la molestia de buscarme. ¿A eso de las nueve? Hasta luego.
Colgué el auricular.
Recordando la advertencia de mi desconocida esposa, metí mi pistola Browning en el bolsillo y decidí no separarme nunca más de ella.
Y, sin embargo, ¿cómo podía haber peligro alguno en el cumplimiento de mi casi quijotesca promesa de ayudar a una joven en apuros?
Me palpé el bolsillo del chaleco.
Mi pasaporte y el hermoso colgante de aguamarina tallada y calada seguían allí.
Tomé el café, encendí un cigarrillo y, poco después de las nueve, un taxi me dejó frente a Harrington Court, el gran edificio de apartamentos situado en Park Lane.
El ascensor me llevó hasta el cuarto piso.
Cuando el ascensorista pulsó el timbre de una de las puertas, un anciano criado me hizo pasar con una reverencia.
Al instante siguiente salió a recibirme un hombre alto, de unos treinta años, rubio claro, vestido con smoking y con una sonrisa acogedora.
Era un joven de complexión atlética, bien proporcionado, de rostro algo anguloso, tez pálida y mirada penetrante.
—Supongo que usted es el señor Hipwell —dijo—. Pase, por favor.
Me condujo hasta un magnífico salón elegantemente amueblado, con cómodos sillones y varias valiosas obras de arte.
—Viene de Roma —dijo, ofreciéndome un cigarrillo de una gran caja de plata—. Y ha tenido la amabilidad de venir a verme. Antes que nada, quiero agradecerle sinceramente la molestia.
Hablaba con gran refinamiento; su pronunciación recordaba a la de Oxford, donde yo mismo había estudiado.
—Solo estoy cumpliendo una promesa que hice a una dama que es amiga de ambos —expliqué.
Recorrí con la mirada el elegante apartamento, pero no vi el menor indicio del complot sobre el que había recibido aquella misteriosa advertencia.
—Supongo que viene de parte de Angela —dijo en voz baja e intensa, cambiando inmediatamente de actitud—. ¿La ha visto?
—Sí.
Saqué del bolsillo el pequeño colgante de piedra azul transparente y se lo entregué.
—Me pidió que se lo diera.
Lo tomó entre sus dedos temblorosos y lo contempló fijamente.
La expresión de sus ojos era tan extraña que casi parecía que la simple visión de aquel inocente colgante, con sus dos ceros entrelazados, lo horrorizara... o incluso lo aterrorizara.
En ese preciso instante ocurrió algo en mi confundido cerebro.
¿Qué fue?
No lo sé.
Sentí como si un enorme peso se desprendiera de él.
En un instante comprendí una verdad asombrosa.
Y mi conciencia perdida regresó súbitamente.
El rostro de Ángela me había resultado familiar desde el primer instante en que me encontré sentado a su lado en Roma. Ahora, en un segundo, me di cuenta de que la joven a la que conocía como Ángela Ugostini, «la Pequeña Condesa», ¡era la misma chica de cabello cobrizo que se había mostrado tan ansiosa por sacarme los ojos con un alfiler en aquella fatídica noche en Camberwell!
El descubrimiento me dejó sin palabras. En mi ignorancia, me había sentido atraído por mi peor enemiga, Lisely Hatten, la criminal que trabajaba como mecanógrafa en la City. Me había puesto a prueba en Roma. Y al descubrir que yo no la había reconocido, me había enviado a esa extraña misión con el trozo de aguamarina azul tallada.
Intenté mantener la calma, preguntándome si el hombre al que estaba visitando conocía la verdad sobre mí.
—Tengo un mensaje para usted de la Contessina —dije—. Me dice que no puede escribir. El mensaje es que todo es imposible, y que debe olvidar.
¿Cuál era la naturaleza de ese romance?, me pregunté.
El rostro del hombre al que me dirigía, de pie en el centro de la habitación con el pequeño trozo de piedra azul brillante en la mano, palideció como la muerte.
—¡Imposible! —repitió sin aliento—. ¿Qué… qué significa eso, en el nombre del cielo? ¿Por qué no ha escrito? ¿Olvidar? ¿Cómo… cómo podré olvidar alguna vez?
—Ese es el mensaje. Ignoro su significado —declaré—. La dama desea recalcarle el grave peligro en el que se encontrará si vuelve a escribirle. No debe hacerlo.
—¡No escribirle! —jadeó con desesperación—. Entonces lo ha terminado todo… ¡lo ha terminado!
—No por su propia voluntad —le aseguré—. Así me lo dijo. Por supuesto, no sé absolutamente nada de las circunstancias, pero me insistió en que es necesario, por el bien de ambos, romper toda comunicación con usted.
—¿Y Lisely así lo desea? —preguntó con voz baja y tensa, mientras le temblaban los labios.
—Sí. Así lo desea —fue mi respuesta—. Usted la llama Lisely. Yo la conozco como Ángela—dije.
Un largo silencio se interpuso entre nosotros. Por fin, Owen habló.
—Su verdadero nombre no importa —dijo lentamente, con la voz cargada de emoción—. Usted lo adivinará… y lo entenderá. Un golpe… un gran golpe, el más grande de toda mi vida ha caído sobre mí —Luego, tras una pausa, añadió—: Fui un tonto… todos los hombres somos unos tontos cuando se trata de mujeres. Pero… pero debí haberlo sabido. Mi propio sentido común debió haberme impedido… de…
Tragó saliva con esfuerzo para deshacer el nudo que se le había formado en la garganta, y me tendió la mano, diciendo:
—Gracias por traerme este mensaje. Pero… pero es un golpe del que jamás podré recuperarme, ¡jamás! Por instinto sé que usted es mi amigo. Todos los cosmopolitas, como usted y como yo, somos amigos. Usted sabrá y entenderá. No puedo explicarle los hechos, porque exponerlos pondría a nuestra amiga en común en grave peligro. Solo puedo darle las gracias… y sin embargo… sin embargo, lo que acaba de decirme ha barrido en un instante todo mi futuro.
—Usted, sin duda, sabe más de lo que yo puedo deducir del escueto y un tanto críptico mensaje que le he traído. Quiero decir que a usted le transmite mucho más —dije, desconcertado por el descubrimiento de que Ángela, la Pequeña Condesa, y la joven criminal eran una y la misma persona. Pero me guardé mis pensamientos y no dejé que averiguara nada.
—Sí, mucho. Sé exactamente a qué se refiere. —Luego, indagó con impaciencia sobre ella y las circunstancias en las que nos habíamos conocido. A todas sus preguntas respondí con total franqueza. Tan abatido y desesperado estaba el muchacho, que sentí lástima por él. ¡Seguramente no podía estar fingiendo!
Sabía que yo era un mensajero de Cupido, y aun así, todas las circunstancias eran tan románticas y misteriosas que sentí un profundo interés por ellas. Lo único que de verdad me desconcertaba más era la razón por la que Lady Kingscliffe había mantenido en secreto la identidad de la joven.
El joven Owen se había desplomado en una silla y permanecía sentado, con la mirada clavada al otro lado de la habitación, sin ver nada.
—Me está absolutamente prohibido escribirle, ¿verdad? —preguntó, totalmente destrozado.
—Ese es el mensaje que debía entregarle. Ella no se atreve a escribir, y correrá peligro si usted le envía una carta. Dijo que usted lo entendería a la perfección.
—¿Entenderlo? —exclamó de pronto, con los ojos brillantes—. ¿Entenderlo? Sí, lo entiendo. Lo… lo entiendo… demasiado… bien —añadió, con la amargura de la desesperación en su voz—. Perdóneme, señor Hipwell —suplicó al instante siguiente—. Le… le estoy muy agradecido por haberse tomado la molestia de venir hasta aquí. Si supiera… si supiera lo que todo esto significa para nosotros dos… si conociera la verdad, lo entendería.
—Pero, ¿no puede decírmelo? Estoy completamente a oscuras —dije, en absoluto desconcierto y lleno de ansiedad por obtener una pista sobre el misterio.
—No —respondió en voz baja—. Tengo que respetar los deseos de Lisely. —Luego, tras una pausa, murmuró para sí mismo:
—Así que está en Italia. ¿Por qué, en el nombre del cielo, se aventuró a ir allí? Fue una tontería… ¡una tontería muy grande y peligrosa! Pero supongo que hay algún motivo para ello. Siempre hay un motivo en los caprichos de una mujer.
—Recuerde —dije—, que al enviarle este mensaje, ella está actuando en contra de su voluntad.
—Lo sé. Me compadezco de ella. ¡Pobre Lisely! Está actuando bajo coacción. Algunas personas nacen para la desesperación. Nosotros somos de esas. ¡Y ella está en Roma! Me pregunto por qué. Estuve allí con ella hace un año cuando… cuando pensé… cuando creí… cuando soñé…
Apretó los puños con furia y, saltando de su silla, cruzó hacia la ventana.
—Perdóneme, señor Hipwell —dijo de nuevo.
Y poco después me marché.
CAPÍTULO DIEZ.
EL VIENTO DE LAS CIRCUNSTANCIAS
Lector, te ruego que te pongas por un momento en mi lugar. Mi infortunada posición, como una paja arrastrada por el viento adverso de las circunstancias, se había vuelto intolerable.
Mientras me recostaba en el taxi que me llevaba por Knightsbridge hacia Queen’s Gate, me sentí al borde de la locura, arrastrado por el mar de perplejidad y duda en el que me encontraba inmerso.
¿Qué explicación podía darle a Joan? Era mi prometida. Y, sin embargo, ¡tenía una misteriosa 'esposa' que, según sus cartas, me 'adoraba' y vivía en Lausana!
Ella me había advertido sobre un hombre ciego.
Y un invidente había sido una visita constante en Sackville Street. ¿Acaso su presencia formaba parte de un complot en mi contra?
Pensándolo bien, no lograba discernir ninguna razón o motivo por el cual los oscuros conspiradores, de los que la desconocida Illona me había advertido, debieran perseguirme y asesinarme. Sus cartas eran misivas llenas de afecto y, al parecer, me amaba. Al menos, se mostraba profundamente solícita por mi bienestar. Sin embargo, mientras el taxi avanzaba a toda prisa entre las luces de Londres, me descubrí sonriendo ante el hecho de que hubiera una mujer que, contra mi conocimiento e inclinación, ¡fuera capaz de presentarse ante el mundo como la señora de Lionel Hipwell!
¡Qué enredo tan interesante para el presidente de la División de Almirantazgo y Divorcios!
Me bajé en el gran y profundo pórtico de Queen’s Gate y, al tocar el timbre, el viejo Forbes, el fiel sirviente del eminente consejero del rey, me dejó entrar y dijo:
—Me alegra verlo de regreso, señor. Espero que haya tenido un buen viaje.
—Gracias, Forbes, sí. ¿La señorita Joan está arriba?
—En el salón, señor —respondió el anciano de cabello blanco, tomando mi sombrero y mi abrigo, y dejándome subir por el ancho tramo de escaleras de gruesa alfombra.
—¡Mi querido Lionel! —exclamó mi prometida, corriendo a mi encuentro mientras yo abría la puerta de la amplia y hermosa habitación—. ¡Oh! ¡Me alegra tanto que hayas regresado a salvo! —Y pasando sus suaves y desnudos brazos alrededor de mi cuello, tiró de mi cabeza hacia abajo y me besó con ternura en los labios, gesto que yo correspondí. Llevaba un vestido negro liso sin mangas que realzaba la blancura de su pecho y sus brazos.
—Ven y siéntate en nuestro rincón de siempre —dijo, invitándome a un rincón acogedor cerca de una de las ventanas—. ¡Pobre cariño! Debes estar terriblemente cansado después de tu largo viaje. Llamé a la oficina de información en Victoria, y me dijeron que el tren del barco se había retrasado debido al mal tiempo en el canal.
—Por fortuna, el mal tiempo no me afecta —reí—. Solo padezco los retrasos, no el mareo, o supongo que no estaría haciendo trabajo de mensajería para el Ministerio de Asuntos Exteriores.
—Cariño, debiste haber aceptado ese puesto de agregado en Madrid que te ofrecieron. No puedo entender por qué lo rechazaste.
Guardé silencio. Que yo supiera, jamás me habían ofrecido semejante puesto. ¿Qué podía responder en mi ignorancia?
—Supongo que mi padre estaba furioso... ¿no? —reí con nerviosismo.
—Tu padre estaba en extremo enojado. Lo había arreglado todo, y habrías comenzado una carrera diplomática muy prometedora; sin embargo, para su gran decepción, te negaste rotundamente.
—Habría acabado con todas mis ambiciones de ocupar un escaño en el Parlamento —dije, a falta de cualquier otra explicación que ofrecer.
—¿Pero acaso tu puesto actual como Mensajero del Servicio Exterior del Rey, por muy responsable que sin duda sea, no ha terminado con tus posibilidades de postularte a las elecciones? —preguntó, con su suave brazo blanco aún aferrado a mí.
Al mirar sus maravillosos e insondables ojos, toda mi pasión perdida por ella regresó al instante. Sí, seguía tan profundamente enamorado de ella como lo había estado antes de aquella noche en que perdí el conocimiento. Sin embargo, ¿qué había ocurrido entre nosotros mientras yo me encontraba en aquel estado mental vago e incompetente?
Me lo preguntaba. A causa de mi desconcierto hablé poco, dejando que mi amada conversara, con la esperanza de deducir de sus palabras el secreto del pasado vacío en mi vida. ¿Qué más podía hacer?
Me ofreció un cigarrillo de su bonita pitillera de nácar, encendió uno para ella, y luego, recostándose en el sofá de seda carmesí, me miró a los ojos y siguió charlando. Al principio me contó cómo había pasado la última quincena en una casa de campo en Devonshire, y después con los Mellor, que tenían, como de costumbre, una animada fiesta en su casa. Habló de muchas personas cuyos nombres yo apenas recordaba vagamente, y me dijo que, durante las largas vacaciones, su padre le había prometido llevarla a Noruega.
—Iremos primero a Copenhague, luego a Estocolmo, después en tren a Oslo, y subiremos a Bergen, donde tomaremos el vapor directamente por los fiordos hasta Tromsö, y de regreso a Hull. ¿No será encantador? En verdad desearía que pudieras venir con nosotros.
—Ojalá pudiera, cariño, pero me temo que mientras otros estén junto al mar este verano, yo estaré en los ferrocarriles de Europa, medio asfixiado en esos trenes de lujo, como los llaman. Admito que son un lujo solo por una noche, pero cuando uno está condenado a pasar la mitad de sus días en ellos, la vida se vuelve horriblemente tediosa, con los mismos rostros de los asistentes de uniforme marrón, el mismo paisaje fugaz que has visto cien veces, y el inmutable menú del restaurante, devorado por una multitud bulliciosa de turistas de verano. Por supuesto, está la 'cabane diplomatique' (el compartimento de dos literas reservado en cada tren de lujo a través del continente), pero los días y las noches a solas en él son muy tediosos y monótonos, te lo aseguro —dije.
—Sé cómo debe de ser —respondió mi amada con compasión—, pero debes recordar que tú mismo elegiste tu vida después de tu desafortunado accidente.
¿Accidente? ¡Yo no sabía de ningún accidente! ¿Qué podría haberme pasado?, me pregunté.
—Sí —titubeé—. Lo sé. Pero no tengo muy claro, ni siquiera ahora, qué fue lo que ocurrió en realidad.
—Bueno, casi pierdes la vida. Eso es bastante evidente —dijo Joan—. Y desde entonces, Lionel, permíteme decirlo, no has sido el mismo, ni con tu padre, ni conmigo, ni con ninguno de tus amigos.
—De verdad no lo sabía —reí débilmente.
—Sé que no. Me lo has dicho una docena de veces. Pero el hecho es que ni siquiera recuerdas lo que pasó —dijo—. Todo lo que sabemos es que una noche de mucha niebla, hace dos años, te vieron tropezar por Old Kent Road, y de repente abandonaste la acera, evidentemente en un intento de cruzar la calle. Tu forma de caminar era muy inestable, según una mujer que te vio, y creyó que estabas borracho. Al instante siguiente, un taxi que avanzaba lentamente entre la niebla te atropelló. El guardabarros te golpeó y te arrojó a cierta distancia, y cuando te recogieron, estabas inconsciente. Resultaste gravemente herido, y la policía te llevó al Hospital Guy’s, donde te vi en cuanto volvimos de la Riviera un mes después. Estuviste allí seis semanas, y cuando te dieron el alta, cariño, me pareciste un hombre distinto.
—Supongo que de verdad he cambiado —dije con total sinceridad. Lo que me había revelado era por completo nuevo. Sin duda, yo no tenía conocimiento de que hubiera ocurrido algo semejante en aquella noche de horror.
—Desconcertaste a todos los médicos, y también a nosotros. ¿Cómo llegaste a vestirte como un obrero, y qué pudo haberte llevado a un barrio tan pobre de Londres? Dímelo, Lionel. Te lo he preguntado decenas de veces, y nunca me has dicho la verdad.
—Porque yo mismo ignoro lo que en verdad sucedió —le aseguré—. No sé más que tú cómo llegué a estar en Old Kent Road aquella noche.
Hice una pausa, como quien busca a tientas algo más convincente que añadir.
—De verdad, cariño, eso suena de lo más absurdo. Seguro que sabes qué te llevó a ponerte ropas de obrero y el motivo de tu visita al sur de Londres.
Hice una pausa antes de responder.
—Supongo que debí tener algún motivo —dije vagamente—. Pero la verdad es que lo he olvidado.
—¡Ahí estás... evadiendo mis preguntas, igual que siempre!
Puse mi mano sobre su hombro desnudo y, mirándola fijamente a sus hermosos ojos, le pregunté:
—Joan, ¿me creerás si te digo con toda franqueza y honestidad que no tengo la menor idea de lo que me pasó?
—Tal vez no después de que te atropellaron. Pero, cariño, ¿seguro que sabes por qué fuiste al sur de Londres aquella noche de niebla?
Hice una pausa.
—Sí —admití—. Tenía un motivo. Estaba relacionado con un secreto.
—¿Sobre qué? —preguntó, interesada al instante.
—Un secreto diplomático —respondí, esperando salir del apuro.
Sonrió con incredulidad. Lo vi en su rostro. Ningún hombre puede engañar a la mujer que lo ama. Solo los tontos lo intentan, tontos de cualquier edad y en cualquier ámbito de la vida. El cerebro de la mujer es mucho más agudo que el del hombre, como todo hombre sabe. Posee un asombroso sentido de la intuición hacia la verdad del que el hombre siempre carece, un sentido de algún modo más perspicaz de los acontecimientos reales, y nunca se deja engañar como le ocurre a un hombre.
El hombre, en su superioridad sobre el sexo débil, siempre se cree invulnerable en cuestiones de ingenio o subterfugios. Pero la mujer, con sus instintos silenciosos, más finos y desarrollados, siempre sale vencedora en esas lides.
Y supe que mi amada Joan tenía la ventaja.
—Al parecer, ustedes los del Ministerio de Asuntos Exteriores tienen secretos muy extraños. Durante la guerra, habría creído que podía haber espías en el sur de Londres. Pero ahora que hay paz, ¿qué clase de complot podría haber?
—En Inglaterra siempre tenemos complots internos, formados por el partido inconforme (sea cual sea en cada momento) según las críticas de la prensa —reí, en un intento de desviarla de su punto original. Pero fue inútil. Sin embargo, ¿cómo podía confesarle mi vil cobardía en aquella noche en que el conocido criminal encontró la muerte en Bloomsbury?
Nadie me había relacionado con la tragedia... ni siquiera la mujer que lo amaba. Aquella noche, cuando me topé con esa banda criminal, ella había declarado que yo no era el hombre al que su amante había atacado en la acera. Sin duda, eso me había salvado de ser arrestado como presunto asesino. Pero, a su vez, había traído las terribles consecuencias de aquella noche de niebla.
Amaba a Joan con todo mi corazón y con toda mi alma. Era mi alma gemela, no podía vivir sin su presencia y su dulce afecto; y, sin embargo, detrás de todo ello pesaba sobre mí aquella sombra demoníaca... la espantosa pesadilla de mi existencia recién despertada: Illona, mi esposa.
En la oscuridad de la pasada noche, mientras el gran expreso rugía y se balanceaba por la vía de la P.L.M. desde Roma hasta Calais, permanecí en mi estrecha litera, confundido y perplejo, temiendo encontrarme con mi amada porque no sabía qué explicación darle.
¿Qué habrías hecho tú, lector de esta extraña aventura, si hubieras sido un hombre común como yo? Ponte en mi lugar. Amaba clandestinamente y en secreto —debido a la ira de mi padre— a una de las chicas más populares y encantadoras de todo Londres y, sin embargo, después de dos años, me encontraba aún como una paja a la deriva en el viento, viviendo con el miedo de que ella descubriera la verdad.
Podía ver claramente que dudaba de mí. ¿Era de extrañar? Sabía que todas mis explicaciones eran terriblemente torpes. Y, lo que es peor, sobre todo ello pesaba el grave hecho de que había traicionado su amor, que ya estaba casado.
Estuve a punto de confesar todo el asunto, como creo que realmente debería haber hecho. Sin embargo, vacilé porque sentí que, antes de revelar la historia completa, debía buscar la verdad sobre mi unión con una mujer de la que no sabía nada: Illona.
Ella me cuestionó, pero temo que estaba demasiado absorto en mis propios pensamientos para responder con coherencia.
—Ves, nunca me dices la verdad, Lionel —exclamó al fin—. Siempre eres tan reservado, tan extraño en comparación con el que eras antes. Nunca puedo entenderte hoy en día.
—No me he sentido bien —respondí a modo de excusa.
—Sin embargo, cumples con tu servicio para el Ministerio de Asuntos Exteriores, viajando constantemente a las capitales. Estás robusto, sano y nunca te quejas de nada.
—Desde mi… mi accidente, me temo que no he sido el mismo, querida —dije, tomando su suave mano y acariciándola—. Perdóname. No es del todo mi culpa. Debes confiar en mí, Joan querida.
Ella volvió su dulce rostro hacia mí y nuestros labios se encontraron.
—Por supuesto, cariño. Sé que a veces soy dura contigo, pero cuando me siento aquí en casa y pienso, durante los días que estás en el extranjero, yo… bueno, no puedo describir mis sentimientos, salvo que me parece que nunca eres franco conmigo, que me ocultas algo muy importante.
—Ciertamente no es así —respondí, con un vano intento de ser audaz bajo la escrutadora mirada de mi amada.
—Pero, Lionel, sí lo haces, y sabes muy bien que es así —respondió—. Tienes algo en mente que debería saber y, sin embargo, nunca lo revelarás. Todos ustedes, los del Ministerio de Asuntos Exteriores, son las personas más reservadas de la tierra. Sir George, Jack Denham y Tommie Tennant son todos iguales. Estuve enamorada de Jack una vez, como sabes, y era exactamente igual a ti: hablaba en enigmas y sonreía misteriosamente si le pedía una explicación.
—Mi querida Joan —dije—, una de las primeras lecciones que se aprenden en Downing Street es no permitir jamás que la mano izquierda sepa lo que hace la derecha.
—Y, evidentemente, has aprendido bien esa lección, mi querido Lionel —dijo la joven, con esa filosofía serena propia de la hija de un eminente consejero del rey.
—Mi vida —dije, rodeando su cintura con mi brazo y besándola en los labios—, estamos aquí solos esta noche después de mi viaje a Roma. ¿Por qué no dejamos que disfrutemos de esta velada en lugar de permitir que estemos en desacuerdo? ¡Te amo, Joan! —exclamé con pasión, besándola una y otra vez—. Para mí, eres mi mundo, mi todo. ¿Puedo decir más?
Se separó de mi abrazo, lenta pero deliberadamente, y con una voz baja y distinta, dijo:
—Sí, cariño. Puedes decirme la verdad si quieres.
—¿Sobre qué? —grité, con fingida preocupación.
Mi fingido desconcierto no la impresionó. Con su astuta intuición femenina, vio al instante que mi supuesta ignorancia era mera simulación.
—¿Qué ha surgido para convertirse en un obstáculo contra nuestra felicidad? —preguntó con voz baja y dura—. Sabes lo que es. Si eres un hombre honesto, Lionel, ¡me dirás la verdad!
¡La verdad! ¿Cómo podía decírselo a mi amada, cuando yo mismo no conocía la verdad?
CAPÍTULO ONCE.
LA HISTORIA DE MI PADRE
Mientras aún estaba enfrascado en una discusión con Joan, su padre —robusto, saludable y lleno de energía— regresó.
—¡Hola, Lionel! —exclamó, saludándome de la manera alegre de siempre—. ¿De vuelta, eh? Joan dijo que has estado en Roma. ¿Cómo van las cosas por allá? Estuvimos en el Grand hace dos años. Tuve que comparecer en un caso bancario y fui a buscar información.
—Oh, Roma siempre es Roma, ya sabe —reí—. Sir Richard Kingscliffe y Lady Betty están bien. Hablamos de usted.
—Me escribió hace un mes, diciendo que vendrían de permiso en unas semanas. Mi esposa los ha invitado a alojarse con nosotros, en lugar de ir a un hotel.
—Lady Kingscliffe me lo comentó.
—Supongo que Sir Richard encuentra su puesto bastante difícil bajo el régimen de Mussolini, ¿eh? —comentó el gran abogado del rey, cuyo nombre era muy conocido en todo el país. Un hombre robusto, afeitado, calvo y con modales algo arrogantes cuando estaba en los tribunales, era un terror como interrogador. Tras haber sido juez de instrucción en Reading, el Lord Canciller lo había invitado dos veces a aceptar un cargo de juez, pero se había negado en ambas ocasiones. Me había dicho que un asiento judicial no le atraía después de su constante trabajo en el foro, pues sus casos eran de los mejor pagados de todo el Temple.
Convertirse en juez significaba una pérdida de entre quince y veinte mil libras al año. Por tanto, la razón no era difícil de hallar. A menudo se lamenta que los jueces ingleses estén tan mal pagados y que, al alcanzar la cima de la profesión legal, reciban un título de caballero bastante inútil y solo perciban un salario básico, considerando la dignidad que están obligados a mantener. Así, a menudo los mayores expertos legales prefieren permanecer ejerciendo, mientras otros con menos capacidades intelectuales visten las togas judiciales.
Todo el mundo conocía a John Gell. Salía a cenar a menudo y su personalidad solemne resultaba de lo más encantadora. Tenía la costumbre de fumar puros inusualmente grandes y, cuando reía, su estómago subía y bajaba hasta que su hilaridad se volvía contagiosa. En todo Londres, no había orador después de la cena más ingenioso. Los reporteros siempre estaban alerta ante cualquier ocurrencia que saliera de sus labios.
Me llevó del lado de Joan al comedor y me obligó a tomar una última copa con él: una ginebra con tónica, medio limón exprimido y un trozo de hielo.
De repente, se volvió hacia mí y me preguntó:
—¿Te sientes mejor de lo que estabas, muchacho? Antes de irte, te quejaste de fuertes dolores de cabeza. Joan ha estado muy preocupada por ti.
—Me siento mejor —respondí—. Pero supongo que es el resultado de mi accidente.
—Sin duda, estuviste a punto de morir —respondió el gran abogado—. Cuando supe que estabas en el Guy’s, fui de inmediato a verte. Bellamy, el cirujano, tenía pocas esperanzas de que te recuperaras. Aun así, todo eso ya pasó y pareces estar lo suficientemente bien, o no podrías hacer esos largos viajes a las capitales.
¡Cómo deseaba atreverme a confiarle todo lo que me había sucedido y mi extraño despertar en Roma! Sin embargo, pensé que era mejor no confiar en nadie más que en mi propio padre.
Lo había llamado antes de la cena y me enteré de que había bajado a Bulwick el día anterior.
Por ello, temprano a la mañana siguiente salí de King’s Cross y al mediodía el coche me recogió y me llevó a través del parque hasta mi antiguo hogar.
La espaciosa y antigua mansión Tudor, con sus altas chimeneas retorcidas y su torreta almenada, seguía igual, aunque durante más de dos años, que yo supiera, no la había visto. El viejo y querido padre, con su traje de jardinero y su sombrero de paja descolorido, salió a recibirme.
En la ciudad siempre iba bien vestido, incluso presuntuoso, una figura conocida en el Park los domingos, y a menudo declarado como uno de los más elegantes de la brigada de mayores en la Cámara. Pero en casa siempre disfrutaba de la comodidad de la ropa vieja y de sus zapatillas de estar por casa al atardecer.
—¡Bueno, hijo mío! —gritó—. Me alegra tanto tenerte de vuelta en casa. Últimamente vienes poco por aquí. ¡Pero claro! Seguramente ya viajas lo suficiente.
Caminamos a través de los ventanales abiertos de la antigua sala de estar, con sus frescas fundas de chintz: la habitación que mi pobre madre tanto había amado. En el centro de la mesa pulida había un gran cuenco de rosas amarillas de dulce aroma, mientras que en una mesa auxiliar descansaba un cuenco de porcelana azul con popurrí.
Nos dejamos caer en profundos sillones frente a frente, y entonces exclamé:
—La razón por la que he venido a casa es porque quiero hablar seriamente contigo, papá.
—Querido hijo. Solo di lo que quieras. Si deseas confiarme algo, sabes que siempre soy discreto por tu bien.
Hice una pausa, sin saber apenas cómo empezar.
—Fuiste tan amable de conseguirme un puesto en el extranjero, ¿no es así?
—Logré conseguirte una buena oportunidad en el servicio diplomático, hijo, y confieso que me sentí profundamente herido y decepcionado cuando te negaste a aceptarla. Ni siquiera ahora comprendo tu motivo.
—Yo tampoco —fue mi respuesta—. Por primera vez anoche tuve conocimiento de ello.
—¿Qué? —gritó mi padre—. ¿Qué estás diciendo? ¿Por primera vez anoche supiste al respecto? Pero si, querido hijo, debes estar soñando.
—He estado soñando durante más de dos años —admití—. Y solo ahora me encuentro completamente despierto.
Mi padre se levantó y se puso de pie frente a mí.
—Mira, Lionel —comentó muy seriamente—, ¿estás bromeando? Si es así, es un humor fuera de lugar.
—No estoy bromeando, papá —dije—. Estoy siendo terriblemente serio. Y es para... para contarte lo que sé por lo que estoy aquí hoy.
—¿Qué es lo que sabes?
—Sobre lo que me pasó aquella noche que te encontraste conmigo en Denmark Hill.
—Fuiste atropellado en Old Kent Road y escapaste por poco de morir —respondió mi padre.
—¿Ha habido alguna sospecha de que yo sea el hombre que la policía buscaba por el asunto de Bloomsbury? —pregunté con ansiedad.
—No. Nunca has sido identificado. Por lo tanto, saca todo ese miserable asunto de tu mente para siempre.
—¡Ah! ¡Eso es precisamente! No puedo sacarlo de mi mente porque... bueno, algo me pasó después de dejarte esa noche; algo muy serio, un misterio incluso en este momento; algo que tiene conexión con la tragedia en Bloomsbury. Por alguna razón desconocida, hoy existo en un peligro mortal.
—¡Cuéntamelo todo! —dijo mi padre ansiosamente—. ¿En qué peligro te encuentras?
Durante la siguiente media hora estuve revelándole toda la verdad, tal como la he escrito en estas páginas, mientras él permanecía sentado mirándome con sorpresa, apenas sin decir una palabra.
Excepto por los hechos de que amaba a Joan Gell y de que había recibido cartas de la misteriosa Illona, quien se declaraba mi esposa, no oculté nada. Describí todo lo que había ocurrido: mi extraño despertar en Roma, mi encuentro con la Pequeña Condesa y la repentina revelación de que ella no era otra que la humilde mecanógrafa, Lisely Hatten, miembro de una banda desesperada de ladrones de joyas en escaparates, quienes habían hecho esa sugerencia cruel e inhumana de sacarme los ojos para que nunca pudiera identificarla a ella ni a sus cómplices criminales.
—Pero debe ser expuesta, hijo —declaró mi padre—. Ahora que la has reconocido, deberías informar a Kingscliffe de inmediato. ¿Por qué se hace pasar en Italia por la hija de un conde italiano?
—¡Ah, ese es otro misterio! —fue mi respuesta—. Confieso que estoy total y completamente desconcertado.
—¡Querido hijo, y yo también! Si fuera tú, vería al Ministro de Asuntos Exteriores. ¿Quieres que hable con él por ti? Es un gran amigo mío, como sabes.
—No, padre. Déjame resolver el misterio. Permaneceré alerta e intentaré descubrir qué complot se está tramando. Debe haber alguna conspiración grande y bien organizada que lleva a una joven miembro de una banda criminal a ser invitada en el Quirinal.
—A través de Sir Richard, siempre puedes tener una audiencia privada con Su Excelencia el Duce —comentó mi padre—. Pero todo lo que me cuentas me desconcierta, hijo. No le encuentro ni pies ni cabeza. ¿Qué puede haberte pasado después de que la chica Lisely te diera esa inyección?
—¡Ah, eso no lo sé! Desde ese mismo momento hasta que caí bajo la mesa del comedor en la Embajada, estuve completamente inconsciente y ajeno a todo. Sin embargo, la chica que me dio la inyección —esa chica salvaje que sugirió que me dejaran ciego— fue, a mi regreso a mis sentidos normales, de lo más encantadora conmigo. Sin duda se había dado cuenta de que yo no la reconocía; por lo tanto, se sintió segura y me envió en esa misión sentimental hacia su amante.
—¡La historia más extraña que he oído jamás! —declaró mi padre, quien, después de todo, era un hombre pragmático, una figura de la política de posguerra. Como caballero rural inglés, era, además, un enemigo acérrimo de los soviéticos rusos y de todas sus maneras.
—Sí —dije—. Todo es extraño, todo inconcebible, que sin culpa alguna por mi parte me haya ganado la enemistad mortal de aquellos que ahora se hacen pasar por mis amigos.
Me pregunté si debía contarle las extrañas comunicaciones de Illona. Sin duda, por el momento era mejor guardar el asunto para mí.
Almorzamos en el gran y antiguo comedor, cuyas oscuras paredes revestidas de madera estaban adornadas con retratos de mis antepasados. Mi padre habló poco, al parecer absorto en la extraña historia de mi desgracia y de la inconsciencia que había sobrevenido después.
Los dos comimos apenas, demasiado ocupados por nuestros propios y confusos pensamientos.
Después, mientras fumábamos y tomábamos café en la veranda delantera —que dominaba el césped, bordeado de lilas y rosales, y los encantadores bosques que se extendían más allá—, mi padre me preguntó de pronto:
—¿Y qué piensas hacer ahora, hijo?
—La verdad, no lo sé, padre.
—Pues tu primer paso para descubrir la verdad debe ser acercarte a esa extraña mujer, la pequeña condesa —dijo—. Fue ella quien introdujo en tu cuerpo alguna droga que provocó ese largo período de pérdida de memoria. Sigue fingiendo que no la reconoces y, sin duda, descubrirás alguna pista que te permita esclarecer la asombrosa situación en la que te encuentras hoy. En el fondo de todo esto descubrirás que los amigos del hombre que se disparó accidentalmente en Bloomsbury, en vez de asesinarte, y que más tarde fue identificado por sus huellas dactilares como un criminal notorio, tienen un enorme interés en perseguirte y ponerte en peligro.
—¿Pero por qué? —pregunté, tan desconcertado como siempre—. Yo no hice nada. No levanté la mano más que para defenderme.
—Lo viste; viste también a los demás que estaban reunidos en aquella casa aquella noche de niebla. Por esa razón te temen y, por ello, se han vuelto contra ti. No, hijo mío; debes actuar con el mayor tacto y la mayor prudencia, o todavía podrías caer víctima de ellos.
Recordé aquella extraña carta escrita por mi angustiada esposa, la misteriosa Illona. Ella compartía la misma opinión que mi querido padre: que yo me encontraba en un peligro mortal y misterioso.
Ya muy avanzada la tarde permanecimos sentados en los largos sillones de mimbre, sumidos en nuestros pensamientos.
—Lo que me has contado hoy explica muchas cosas, hijo —dijo finalmente mi padre con aire pensativo—. Muchas veces te he observado y me he preguntado, con verdadera preocupación, por qué te comportabas de un modo tan extraño y parecías haber olvidado por completo el pasado. A veces llegué a perder la paciencia porque era incapaz de seguir el hilo de tus pensamientos. Parecías absurdamente indiferente a todo lo ocurrido y, con demasiada frecuencia, hacías afirmaciones que, a simple vista, resultaban disparatadas. Escúchame, hijo —añadió, apoyando afectuosamente una mano sobre mi hombro—. Debo confesarte que muchas veces llegué a preguntarme si realmente habías perdido el juicio. Ahora sé demasiado bien que no eras tú mismo. Por eso quiero pedirte disculpas por mi falta de paciencia.
—No tienes por qué disculparte, padre —respondí—. Nunca he estado en condiciones de comprender plenamente ni tu cariño por mí ni tus sospechas de que había perdido la razón; porque, después de todo, debo de haber estado medio loco durante todos estos meses.
—Pobre muchacho; la verdad es que creo que así fue —dijo, estrechándome el hombro con afecto.
Él y yo siempre habíamos sido los mejores amigos desde la muerte de mi querida y santa madre, de quien fui el consentido desde mis días en Eton.
Sin embargo, no le dije nada acerca de la oscura sombra que pesaba sobre mí: el descubrimiento de que estaba casado con una mujer a la que no conocía.
Hablamos de la extraña advertencia que había recibido acerca del peligro representado por un hombre ciego y del desconocido invidente que había ido a buscarme durante mi ausencia.
—No debes recibirlo; mantente alerta y vigilante —me aconsejó—. Cuando vuelva, síguelo y averigua dónde vive y con quién se relaciona.
Aquella era también mi intención, pues estaba decidido a no dejar piedra sin remover hasta resolver aquel misterio inexplicable.
Todo era desconcertante. Cuanto más hablábamos del asunto, más profunda parecía la conspiración urdida contra mí. ¿Pero con qué propósito? ¿Qué había hecho yo, aparte de tropezar casualmente, aquella noche de niebla, con una reunión de delincuentes que, sin duda, estaban repartiendo el botín antes de entregarlo a los receptadores? Naturalmente, me habían tomado por un delator o un informante de la policía. Por esa razón Lisely, a quien yo había creído mi amiga, propuso aquella diabólica idea de dejarme ciego. Sin embargo, cuando yo me hallaba completamente indefenso, me administró alguna extraña e insidiosa inyección y permitió que conservara intacta la vista.
¿Por qué?
El efecto de aquella inyección había sido dejarme inconsciente de cuanto hacía, decía e incluso de mi propia vida y de cuanto me rodeaba durante dos años enteros. ¿Habrían tratado del mismo modo a otras personas? Había leído en los periódicos numerosos casos de pérdida total de memoria que habían desconcertado profundamente a los médicos y que, en ocasiones, se habían curado gracias a una conmoción repentina. Me pregunté si mi caso sería semejante. ¿Habrían caído otras personas en manos de aquella desesperada banda y sido sometidas, como yo, a los efectos de aquella fatídica aguja hipodérmica?
Ya avanzada la tarde paseé por los jardines de mi antigua casa acompañado por mi padre, que sentía un gran interés por las exquisitas cerezas que cultivaba bajo cristal. La política y las comisiones absorbían toda su vida, pero su verdadera distracción era la horticultura y, especialmente, el cultivo de flores.
Todos los días del año el viejo Blake, nuestro jardinero principal, le enviaba una cesta de flores a sus habitaciones de Londres y, con frecuencia, aparecía en la Cámara luciendo una rara orquídea cultivada en Hipwell.
Con los últimos resplandores del crepúsculo cenamos juntos y, en mi honor, descorchó una botella de uno de sus mejores vinos.
Después de desearme toda clase de éxitos y prodigarme numerosos consejos que aprecié profundamente, me despedí de él y, poco antes de las once, descendí de nuevo en King's Cross para regresar en coche a Sackville Street.
CAPÍTULO DOCE
DESAPARECIDA
Durante dos años, mis enemigos me habían engañado con éxito. Había sido un títere en sus manos, ¡hasta el punto de que una aventurera había logrado casarse conmigo!
¿Era legal aquel matrimonio? ¿Cómo podría librarme de aquel vínculo odioso?
¿Acaso no había sido advertido por la misteriosa Illona? Misteriosa, en verdad, pues ni siquiera conocía su dirección y me resultaba imposible comunicarme con ella.
Todo aquel misterio estaba a punto de hacerme perder la razón. La droga que Lisely había inyectado en mis venas me había transformado, borrando de mi mente todo recuerdo del presente y dejándome intactos los horrores del pasado.
Había despertado a un nuevo sentido de la vida; pero, tras meditarlo con calma mientras fumaba en soledad, comprendí que todavía no era yo mismo. Además, me horrorizaba la enorme responsabilidad que recaía sobre mí como correo oficial del Ministerio de Asuntos Exteriores. Resultaba asombroso que hubiese aceptado semejante cargo. Me gustaba viajar, pues desde mis años universitarios había recorrido Europa junto a mi padre durante todas las vacaciones. En cada receso, él viajaba al extranjero en busca de información que luego utilizaba en la Cámara con efectos devastadores.
Illona... ¿Quién era? ¿Dónde estaba? Me desesperaba la necesidad de verla y obtener más datos sobre la grave conspiración urdida contra mí. Pero, ¿cómo lograrlo?
Al día siguiente invité a Joan a almorzar en Ciro's y después fuimos a una función de tarde. Más tarde tomamos el té en el Carlton. Por ello, no regresé a Sackville Street hasta las seis y media.
—El hombre ciego volvió esta tarde, señor —me informó Bruce al entrar yo en la sala.
—¿El hombre ciego? —repetí—. ¿Qué le dijiste?
—Que usted seguía fuera, señor. Pero parecía saber que ya había regresado.
—¿Lo sabía?
—Eso parecía. Simplemente sonrió y dijo: «La próxima vez que venga, su amo estará aquí para recibirme. Haga el favor de decírselo». Su actitud fue insolente, señor.
—Supongo que lo acompañaste a la salida.
—No, señor. Lo envié abajo en el ascensor y dejé que encontrara la salida tanteando con su bastón. Le dije que, si había podido encontrar el camino hasta aquí, también podría encontrar el de vuelta.
—Muy bien hecho, Bruce —dije—. Pero la próxima vez que venga, dile que no estoy y avísame de inmediato. Lo seguiré para comprobar si realmente es ciego.
—Estoy seguro de que no ve nada, señor —afirmó mi criado.
—Puede que solo finja —sugerí—. Pero descríbemelo con detalle.
—Es un hombre joven. Viste un traje gris bastante gastado, cuello blando y una corbata negra deshilachada. Tiene la nariz puntiaguda y labios gruesos.
La descripción era vaga, pero ¿sería posible que el hombre que se había presentado ante mí como un enamorado fuese el ciego contra quien mi esposa me había advertido?
Aquella idea me sobrecogió. Comprendí que estaba rodeado de enemigos secretos que, al darse cuenta de que había recuperado la razón, estaban decididos a hacerme callar.
Oculté mi inquietud y subí a vestirme para la noche. Había prometido salir con Teddy Day, un antiguo compañero de universidad que ahora ocupaba un puesto en el Tesoro. Llevaba gafas de montura de carey y disponía de despacho propio, señal de uno de esos empleos donde apenas hay trabajo. Nuestras oficinas gubernamentales están llenas de funcionarios que suelen ser cualquier cosa menos serviciales. Son esas raíces de la burocracia que ni las comisiones consiguen arrancar. Recuerdo a un amigo inspector del Almirantazgo que sabía de radio tanto como un escolar, le interesaba aún menos y, sin embargo, autorizaba cuentas por cientos de miles de libras al año. Tales son algunos de los zánganos que Whitehall sigue albergando tras la guerra.
Teddy Day era alegre, de rostro redondo, muy conocido en la vida social londinense y soltero empedernido. Era el favorito de las anfitrionas porque bailaba de maravilla. Cenamos en el Piccadilly y, después del café, fuimos a un club de baile.
No regresé a casa hasta la una y media de la madrugada. Estaba tan cansado que me dormí al instante.
De pronto oí sonar el teléfono y me incorporé, descubriendo que ya había amanecido.
—¿Diga? —respondí.
—¿Eres tú, Lionel? —preguntó una voz que reconocí como la del padre de Joan—. ¿Está Joan contigo?
—¿Joan? No. No la he visto desde ayer.
—Pero salió para reunirse contigo a las ocho —dijo el abogado con voz grave.
—Nunca se reunió conmigo. No tenía ninguna cita.
—¡Pero tú le enviaste un mensajero con una nota concertando el encuentro! ¡Yo estaba aquí cuando llegó!
—Yo no envié a ningún mensajero, señor Gell —declaré—. Salí con un amigo y no regresé hasta la una y media.
—¿Quieres decir que no has visto a Joan?
—Le juro que no la he visto ni le he enviado ningún mensaje desde ayer a las seis —respondí, atónito.
—Entonces, ¿qué puede haberle ocurrido? —exclamó su padre.
Me vestí apresuradamente y tomé un taxi hasta Queen's Gate, donde encontré a los señores Gell presa de una angustia desesperada.
Según Hughes, la doncella, a eso de las siete y media llegó un mensajero con una nota para la señorita Joan. Tras leerla, esta se vistió rápidamente y comentó que debía reunirse conmigo. Poco después salió diciendo:
—Dile a mamá que he salido con Lionel.
Desde ese momento nadie volvió a verla. Su padre regresó de una cena hacia la una y cuarenta y cinco de la madrugada, pero Joan no había vuelto.
Pensando que estaría conmigo, se acostó dejando la puerta sin llave. Sin embargo, al comprobar al amanecer que seguía sin regresar, hizo aquella llamada. Todo era desconcertante.
El hecho de saber que enemigos desconocidos habían tramado una conspiración contra mí me hizo comprender que aquella intriga también alcanzaba a la mujer que amaba. Dije poco al señor Gell, pero estaba convencido de que Joan había caído en manos hostiles, pues el mensaje era falso. El mensajero había entregado una nota escrita y Joan conocía perfectamente mi letra. ¿Quién había falsificado mi mensaje?
La desconocida Illona me había advertido con razón. ¿Qué podía saber ella?
—Esperaremos hasta el mediodía y, si no tenemos noticias, iremos a ver a Cunningham Lee, subcomisionado de Scotland Yard —dijo el abogado.
Transcurrieron tres largas horas de angustia. El teléfono no sonó. Había desaparecido tanto para mí como para su familia. Sin duda había ocurrido una maquinación diabólica. Al recordar mi propia experiencia con aquella banda, temblé por ella. Y, sin embargo, su única falta parecía haber sido el amor que me profesaba.
Ansiaba encontrar a Illona y exigirle la verdad. ¿Sabía algo ella sobre la desaparición de Joan? ¿O era todo consecuencia de los celos de la mujer con la que me había casado sin ser consciente de ello?
Muy probablemente era esto último. Si era así, mis esfuerzos estarían condenados al fracaso.
La madre de Joan estaba deshecha en lágrimas.
—¡Mi hija jamás pasaría la noche fuera por voluntad propia! —sollozaba—. Puede que haya sufrido un accidente. Hay que preguntar en todos los hospitales.
Llamaron a la doncella, quien describió el atuendo de Joan.
—La señorita llevaba en el bolso dos billetes de una libra, además de algunas monedas de plata —explicó la muchacha—. Siempre los llevaba por si surgía alguna emergencia.
—¿Pareció sorprendida cuando le entregaste la carta? —preguntó el señor Gell, adoptando su tono de interrogatorio.
—Bueno, sí, un poco.
—¿Por qué dices «un poco»? Explícate.
—Pues —respondió la criada, algo intimidada por la mirada de su amo—, cuando abrió la carta y la leyó exclamó: «¡Qué extraño! Debo ir enseguida. El señor Hipwell me está esperando».
—¿No dijo dónde?
—No, señor. Me apresuró para que le sacara el vestido y, mientras se ponía el sombrero, salí a buscar un taxi.
—¿Estabas en la puerta cuando salió?
—Sí, señor. La oí decirle al conductor que la llevara a Wardour Street.
—Puede que fuera al Club Cosmo. Está en Wardour Street. Ambos somos socios —observé.
—Entonces el encuentro pudo ser en el club —comentó el señor Gell—. Según tus cálculos, ¿a qué hora salió exactamente?
—Alrededor de las ocho.
—¿Por qué no vino a decirme que salía? —preguntó su madre—. Las muchachas de hoy, por desgracia, ya no son como las de mi época, John. Corren tantos riesgos... y, sin embargo, son tan independientes que es imposible no admirar a la joven moderna.
—Pero, ¿dónde está nuestra hija? —preguntó el señor Gell, desconcertado.
Sonó el teléfono en su despacho del Temple. Debía comparecer en las Sesiones de Londres para ejercer la acusación en un caso de robo, pero, con pocas palabras, informó a su secretario de que se encontraba indispuesto, lamentaba no poder asistir y pidió que su asociado más joven se hiciera cargo del proceso.
—El señor Fortescue conoce bien el caso —añadió—. Es un asunto sencillo, Matthews. Ambos acusados tienen antecedentes. Dígale al señor Fortescue que presente mis disculpas por esta ausencia y comuníqueme el resultado por teléfono. Supongo que les impondrán tres años, a menos que Bowden presente una coartada. Podría hacerlo, quién sabe.
Y colgó.
Permanecimos en Queen's Gate hasta el mediodía. Llamé a Bruce, pero no sabía nada. La madre de Joan telefoneó a varias amigas, pero ninguna tenía noticias de ella. Desde que el taxi se alejó de la casa, había desaparecido como si se la hubiera tragado la tierra.
—Debemos publicar un anuncio para localizar al taxista —sugerí—. Tal vez nos diga dónde la dejó.
—Sí, pero no podrá salir hasta mañana por la mañana —respondió su padre, agitado.
El señor Gell, un hombre habitualmente sereno a quien nada alteraba, estaba fuera de sí por la desaparición de su hija.
—¿Quién pudo haber imitado tu letra? —preguntó desconcertado.
Subimos al dormitorio, ahora vacío, y registramos la papelera en busca de pruebas. Pero Joan se había llevado la nota consigo.
Al mediodía, el automóvil nos llevó a Scotland Yard, donde fuimos conducidos al despacho de Cunningham Lee, comisionado adjunto de la Policía Metropolitana.
El alto funcionario, de rostro delgado, saludó al célebre abogado y escuchó el relato del angustiado padre.
—Este es el señor Lionel Hipwell, del Ministerio de Asuntos Exteriores —dijo, señalándome—. La carta que recibió mi hija parecía proceder de él, pero el señor Hipwell no le envió mensaje alguno.
—Entonces, ¿su hija fue atraída con engaños anoche? —preguntó el comisionado.
—Sin duda. O quizá haya sufrido un accidente y esté en algún hospital.
—El hecho de haber recibido esa nota apunta a que fue engañada para salir, ¿no le parece? —observó el comisionado, mientras pulsaba un timbre.
—Que pase el señor Nicholas —ordenó al secretario—. Y envíe también al señor Hayes.
Pocos minutos después entraron dos agentes del Departamento de Investigación Criminal. El abogado les dio una descripción detallada de Joan, de su ropa y les explicó que había salido de casa en un taxi hacia Wardour Street, alrededor de las ocho.
Los detectives tomaron notas. Entonces Hayes, un hombre de rostro redondo, preguntó:
—Discúlpeme, señor Gell, pero ¿cree que el motivo pudiera ser una venganza? ¿Recuerda a la banda de Pittard, aquellos ladrones que procesó? ¿No juraron vengarse de usted?
John Gell soltó una carcajada.
—Mi querido señor Hayes, todo abogado que actúa en nombre de la Corona recibe centenares de amenazas. No soy ninguna excepción. Ayer mismo recibí dos.
—Es cierto —admitió el comisionado—, pero el señor Hayes tiene derecho a sugerir un posible móvil.
—¡Desde luego! —respondió el abogado—. Pero dejo el asunto en sus manos. Les ruego que hagan todo lo posible por devolverme a mi hija.
—Le aseguro que se hará cuanto esté a nuestro alcance —respondió Cunningham Lee—. Enviaremos avisos a todos los hospitales y localizaremos al taxista sin demora.
Luego, el funcionario se volvió hacia mí y, con expresión suspicaz, preguntó:
—¿Está seguro de que anoche no envió ninguna nota a la señorita Gell?
—Estoy seguro —respondí—. Pero tengo razones para creer que la señorita Gell ha caído víctima de una conspiración peligrosa. Algún falsificador hábil imitó mi letra y le envió un mensaje de urgencia. Yo había estado con ella poco antes de que recibiera aquella nota, que la hizo salir apresuradamente hacia Wardour Street.
—Sí —comentó el comisionado—. Coincido con usted. Me temo que la joven ha caído víctima de una conspiración cuyo móvil, por el momento, resulta oscuro.
CAPÍTULO TRECE
UN ASUNTO EN FULHAM
¿Qué podíamos hacer sino dejar el asunto en manos de la policía?
En un par de horas, todos los agentes de la policía del Gran Londres escucharían la descripción de Joan durante la lectura de órdenes antes de entrar en servicio, mientras se registraban todos los hospitales y puestos de ambulancias.
Después nos dirigimos a las oficinas de The Times y del Morning Post, donde publicamos anuncios solicitando al taxista que hubiera recogido a una joven en Queen's Gate a las ocho de la noche del día en cuestión que se pusiera inmediatamente en contacto con la comisaría más cercana.
No quedaba nada por hacer salvo esperar con paciencia.
No podría decir cómo transcurrió aquel día ni qué hice durante él. Tal vez mi esposa, Illona, ya estuviera en Londres, como había dicho que pensaba hacer. Volví a leer la carta que había encontrado en Roma, en la que me decía que, si se atrevía, iría a verme.
¿Si se atrevía? ¿Qué podía significar aquello?
Me pedía que le escribiera a su club en Londres. ¿Pero a qué club? En ninguna de sus cartas me había dado otra dirección que aquella vaga indicación: «Lausana».
Conocía bien aquella ciudad arbolada que se alza sobre las aguas azules del lago Lemán. Pero era un lugar demasiado grande para ponerse a buscar a una persona. Sin embargo, si realmente viajaba con frecuencia, como parecía, sin duda se hospedaría en alguno de sus cincuenta o más hoteles. Y, si había adoptado mi apellido, quizá pudiera localizarla en el registro de huéspedes.
Mi primer impulso fue viajar a Lausana, pero recordé que había manifestado su intención de venir a buscarme a Londres. Así pues, decidí esperar.
Pasaron cuatro días sin que pudiéramos averiguar nada sobre Joan. Había desaparecido por completo y, al igual que yo, sus padres estaban fuera de sí por la angustia.
En mi estado de excitación fui a ver a mi amigo Teddy Day y le hablé de la desaparición de Joan, aunque le oculté el secreto de la existencia de Illona. También le conté mi extraña misión encomendada por la Pequeña Condesa para entregar el mensaje a Roddy Owen, si bien no le di la menor pista sobre la verdadera identidad de aquella encantadora dama.
—Sin duda es una aventurera, viejo amigo —declaró, mientras estiraba las largas piernas sobre la alfombra frente a la chimenea y fumaba un cigarrillo—. Si la reciben en la Embajada británica de Roma y en otros lugares, alguien debería desenmascararla. No deberías permitir que ella y su acompañante sigan moviéndose con tanta libertad.
Analicé la situación desde todos los ángulos posibles. Resultaba difícil escribir a sir Richard Kingscliffe. No me quedaba más remedio que esperar hasta que mis obligaciones volvieran a llevarme a Italia. Mientras tanto, sabía que algo muy grave le había sucedido a Joan y que yo mismo seguía hallándome en un peligro misterioso, pero mortal.
No creo haber sido un cobarde; sin embargo, tenía enemigos por todas partes. Desde aquella inolvidable noche en Bloomsbury, cuando intenté rescatar a una mujer indefensa de las manos de un bruto y, con ello, atraje sobre mí una terrible desgracia, parecía que me perseguían sin descanso.
Cada vez que lo recordaba veía el rostro de Lisely Hatten, horriblemente deformado por el odio, cuando hizo aquella brutal propuesta de dejarme ciego. Y, sin embargo, yo era completamente inocente; más aún, había sido su amigo.
¿Fue precisamente esa amistad la que la llevó a perdonarme? ¿Había encontrado, mediante algún sutil recurso, la manera de evitar cumplir aquello que tanto ella como su compañero habían propuesto? ¿Se había arrepentido y me había dejado marchar conservando la vista?
Aun así, los efectos de aquella droga desconocida persistieron, borrando por completo mi conciencia durante dos años enteros. Sin embargo, durante ese tiempo llevé otra existencia: activa, enérgica e incansable, viajando sin cesar entre Downing Street y las capitales de Europa. En una o dos ocasiones había pensado consultar a un médico sobre mi extraño estado. Pero, como tantos hombres jóvenes, sentía un absurdo temor hacia la profesión médica y evitaba acudir a ella, salvo que una fiebre me obligara a guardar cama.
Teddy se mostró comprensivo y no dejó de hacer sugerencias. Mientras tanto, el señor Gell, gracias a toda su influencia entre las autoridades policiales, continuaba buscando a Joan con incansable empeño.
Por fortuna, habíamos conseguido mantener el asunto fuera de los periódicos, salvo por el anuncio dirigido al taxista. Pero aquel aviso no revelaba nada al público.
Al cuarto día de la desaparición, un taxista llamado Cowley, vecino de Streatham Common, se presentó en la comisaría de Brixton para prestar declaración.
Contó que circulaba por Queen's Gate cuando una joven salió de una casa y le ordenó conducirla a Wardour Street. Frente a la entrada del Club Cosmo la esperaba un joven rubio, vestido de etiqueta. Ambos mantuvieron una breve pero muy acalorada conversación y, acto seguido, el joven subió al taxi y le indicó que los llevara al Club Florida. Allí los dejó y no volvió a saber nada más de ellos.
Fue el propio señor Gell quien me comunicó aquella información por teléfono, pidiéndome que acudiera de inmediato a Queen's Gate. Desde allí nos dirigimos juntos a Bruton Street, donde hablamos con el portero de servicio, quien, al parecer, no recordaba en absoluto aquel incidente. En el libro de socios figuraba, sin embargo, la firma de Joan.
A plena luz del día, aquel popular club nocturno de la alta sociedad presentaba un aspecto lamentablemente vulgar y artificioso. Por las noches, príncipes y nobles bailaban sobre su pista de cristal, bebían vinos selectos y degustaban exquisitos manjares bajo el hechizo de las luces tamizadas, mientras escuchaban la música suave y seductora de la orquesta mejor pagada de Londres. Sin embargo, el local ofrecía una impresión extraña e irreal mientras interrogábamos al gerente y varios camareros extranjeros, con delantales de paño verde, disponían delicadas flores sobre las mesas para la velada que estaba por comenzar.
No logramos descubrir nada más que la firma de Joan en el registro de entrada. El Florida era un club de lo más exclusivo. No existían los subterfugios para obtener la condición de socio que eran tan comunes en muchos clubes de baile londinenses; allí nadie ingresaba simplemente pagando una cuota. Todos los miembros eran personas previamente aprobadas por el comité en su reunión mensual, exactamente igual que en cualquier otro club distinguido del West End. De hecho, había hombres y mujeres en lista de espera; por ello, era un club casi tan exclusivo como el Carlton, White’s, el Travelers’ o el Devonshire.
Nos encontramos con un callejón sin salida, un decepcionante callejón sin salida. No pudimos averiguar nada más que la tenue firma —«Joan Gell»— estampada en el gran libro de socios que custodiaba el anciano portero, un militar retirado de espesos bigotes blancos. Debajo de su firma figuraba la de un explorador de fama mundial y, encima, el garabato de un joven par del reino conocido por su temeridad.
Me pregunté si el explorador la conocía o si alguna vez la había visto. Era socio del Junior United Service Club, así que fui a visitarlo.
Alerta, erguido y rebosante de auténtica cordialidad, el veterano viajero me dijo que conocía a Joan de vista y que recordaba vagamente haberla visto aquella noche.
—Creo recordar que la vi bailando con un joven rubio —me dijo mientras conversábamos en el club—. Me pareció un muchacho bastante hueco de cabeza, pero era un bailarín excelente. Bailaban el charleston de maravilla. Eso es todo lo que sé. Salí del Florida hacia la una y media y me fui al Travelers’ con Janning Chase, el corredor de bolsa, para tomar una última copa.
Aquello era todo lo que pudimos averiguar.
Consulté a Teddy una y otra vez, pero nuestras conversaciones no nos llevaron más lejos.
¿Quién era, nos preguntábamos, aquel compañero rubio de baile? ¿Sería mi enemigo, el que fingía estar ciego?
Scotland Yard tampoco consiguió ninguna pista. Se interrogó minuciosamente al personal del Florida acerca del joven rubio que bailaba tan bien. Pero fue imposible establecer su identidad. Se comprobaron cuidadosamente todas las firmas de socios e invitados correspondientes a aquella noche y no apareció ningún joven rubio entre las personas registradas.
Sin embargo, Anthony Marsh, el explorador, a quien volví a ver en otras dos ocasiones, seguía completamente convencido de haber visto a Joan en compañía del muchacho que me había descrito.
Aquella descripción me recordó mucho a la de Roddy Owen. Si este conocía a mi enemiga, Lisely Hatten, ¿no podría formar parte también de la conspiración contra mí? Desde que comprendí mi insensata incapacidad para reconocer a la Pequeña Condesa, había empezado a desconfiar profundamente de aquel romántico solterón.
Mi primer impulso fue presentarme en su casa y exigirle una explicación sobre los acontecimientos de aquella noche en que Joan había sido atraída mediante un mensaje supuestamente enviado por mí. Pero Teddy me aconsejó permanecer vigilante y acepté su sugerencia.
—Él no me conoce. Lo seguiré para ver adónde va y con quién se relaciona —dijo—. Esta noche lo vigilaré.
Y así lo hizo.
Yo bajé a Queen's Gate para averiguar si había llegado alguna noticia, pero no había ninguna. Había transcurrido ya una semana y mi amada seguía cautiva de alguna odiosa prisión... o muerta. El número de mujeres y muchachas que desaparecían semanalmente en Londres era increíble; por desgracia, las drogas y la trata de blancas eran responsables de muchos hogares destrozados.
Todos temíamos lo peor y, sin embargo, nos encontrábamos completamente impotentes.
Regresé a Sackville Street poco después de la medianoche y, tras pasar una hora fumando mientras leía el periódico de la noche, como era mi costumbre, estaba a punto de retirarme cuando entró Teddy.
—Hay algo muy extraño en ese tal Owen —dijo, dejándose caer fatigado en un sillón—. No sé exactamente qué ha ocurrido, pero creo que mañana por la mañana sabremos algo.
—¿Qué quieres decir? —pregunté con ansiedad.
—Esperé una hora y media frente a Harrington Court hasta verlo salir. Iba vestido de etiqueta, con sombrero de copa plegable, y caminó tranquilamente por Grosvenor Place, donde hizo una visita. Pero, por lo visto, la persona a quien buscaba no estaba.
»Después regresó por Piccadilly hasta Scott’s, donde se encontró casualmente con un hombre. Los dos bajaron al comedor del sótano y cenaron juntos. Yo ocupé el compartimento contiguo. Pero hablaban tan bajo que no pude distinguir una sola palabra. Su acompañante era un individuo corpulento, de rostro redondo y vestido con excesiva elegancia. Evidentemente discutían algún asunto de la mayor confidencialidad. Después tomaron café y caminaron por Shaftesbury Avenue hasta Ham Yard, donde entraron en un pequeño club bastante oscuro que sé que frecuentan ladrones del West End y otros sujetos indeseables. Hace tiempo me señalaron ese lugar como uno de los focos más peligrosos de Londres. Ambos subieron al piso superior y permanecieron allí más de una hora. Luego Owen salió acompañado de un joven delgado, mal vestido, con ropa oscura y gorra, que bien podía haber sido un carterista; un individuo de aspecto francamente siniestro. Los dos tomaron un taxi en Shaftesbury Avenue y yo los seguí en otro hasta Rutland Gate. Allí el joven bajó del coche y, mientras el taxi continuaba un poco más adelante, él siguió caminando solo, sin apartar la vista de una ventana del piso superior de una de las casas más grandes.
»Me oculté bajo el pórtico de una vivienda para que no me viera —continuó Teddy—. Después de casi diez minutos merodeando frente a la casa, siguió caminando y volvió a reunirse con Owen al final de la calle. Luego fueron en taxi hasta Fulham, donde descendieron en una calle oscura. No me atreví a acercarme demasiado. Pero mi taxista, un muchacho discreto que se había entusiasmado con la aventura, detuvo el coche de manera que ellos no advirtieran que los seguíamos. Apenas había llegado a la esquina de la calle cuando vi el fogonazo de un disparo hecho desde el portal de una casa contra una figura que estaba subiendo los escalones de entrada. Sonó el tiro y la figura se tambaleó. Como no quería verme mezclado en el asunto, retrocedí hasta el taxi y ordené al conductor que nos llevara a toda velocidad hasta Sloane Square, donde me bajé.
»—Creo que ahí ha habido un asesinato, señor —me dijo el taxista cuando descendí—. Y más vale que no tengamos nada que ver con ello.
—Bueno —comenté cuando terminó su extraño relato—, seguramente mañana los periódicos hablarán del asunto.
—Creo que ya no cabe ninguna duda de que tu amigo Owen anda mezclado con gente muy poco recomendable. Ese club de Ham Yard ha sido registrado por la policía en varias ocasiones cuando buscaban delincuentes —afirmó Teddy—. Por lo ocurrido en Fulham, parece que forman una pandilla bastante peligrosa.
Eran ya las dos de la madrugada cuando mi vigilante amigo se marchó y yo me acosté.
A la mañana siguiente revisé el periódico con ansiedad, pero no encontré ninguna referencia al incidente de Fulham.
Sin embargo, el diario Evening News de aquella tarde publicaba lo siguiente:
Poco antes de la medianoche, un agente de policía que patrullaba cerca de los asilos de Fulham oyó un disparo procedente de Finlay Street, calle que desemboca junto al campo de fútbol. Acudió al lugar y, aunque al principio no encontró nada, escuchó el ruido de un taxi que se alejaba a gran velocidad por Bishop’s Park Avenue, vía que bordea los terrenos del Palacio de Fulham.Tras una búsqueda, a la que se unieron varios transeúntes y vecinos, hallaron el cadáver de un joven al pie de los escalones de la casa número 246. Un examen preliminar, realizado con la linterna del agente, reveló que había recibido un disparo en el corazón y muerto en el acto.
Hasta el momento, no ha podido determinarse la identidad del autor. El agente llamó a la puerta de la vivienda para averiguar quiénes la ocupaban, pero la casa estaba deshabitada y se encontraba en alquiler. Todo indica que el hombre fue abatido por una mano desconocida, en un episodio que constituye uno de los misterios nocturnos de Londres.
El cadáver fue trasladado al depósito de Fulham y, tras las investigaciones policiales y el examen de huellas dactilares, se estableció que pertenecía a un activo miembro de la peligrosa banda de los ladrones gato, que desde hace tiempo sembraba el terror en el West End y causaba constantes problemas a la policía.
Se ha comprobado que el fallecido era Henry Wilson, alias Tuggy, antiguo marinero de la Marina Real, cuya habilidad para trepar le valió ese sobrenombre entre sus compañeros. Tras abandonar la Marina, aprovechó esa destreza para introducirse por las ventanas de los dormitorios de las casas del West End mientras sus ocupantes cenaban o estaban fuera, apoderándose de joyas y objetos de valor. Según las huellas que dejó hace dos meses en una mansión de Park Lane, sustrajo joyas valoradas en treinta mil libras, además de títulos por valor de cincuenta mil libras encontrados en la caja fuerte de la esposa de un destacado financiero británico.
Era tan hábil, en asociación con una banda criminal que durante tiempo mantuvo en jaque a Scotland Yard, que solo fue condenado en una ocasión. Fue sentenciado en las Asizes de Gloucester a tres años de prisión por un robo con violencia en Leckhampton. Desde que recuperó la libertad, la policía sabía que actuaba como instrumento de otros delincuentes y que era responsable de numerosos robos de una audacia asombrosa.
La identidad de su agresor es objeto de una intensa investigación, y la policía confía en que el asesino sea finalmente descubierto.
CAPÍTULO CATORCE
ALGUNOS HECHOS CURIOSOS
Leí
el Evening News a las ocho en punto y, de inmediato, Bruce llamó por
teléfono a Teddy para que viniera a verme. Media hora después
estaba en mi habitación; él también había leído la noticia.
—Ya
no nos queda más remedio que ir a Queen’s Gate, hablar con el
padre de Joan y contarle lo que sabemos sobre ese caballero de tan
pintoresco nombre, el señor Roddy Owen; un apellido muy conocido en
los círculos deportivos de hace veinte años. Él hablará con el
Subcomisionado de Scotland Yard y pondrá las cosas en marcha.
Evidentemente, la policía está satisfecha de que ese joven canalla,
Tuggy Wilson, haya muerto, pero sigue buscando la verdad a tientas. Y
ahí, sin duda, nosotros podemos aportarles luz.
Estuve de
acuerdo con él.
Juntos nos dirigimos a Queen’s Gate y,
sentados en la acogedora biblioteca del señor Gell, Teddy le relató
la aventura de la noche anterior y le mostró la noticia publicada en
el Evening News.
—Ese individuo, Owen, lo engañó,
Lionel —dijo el corpulento y veterano abogado, volviéndose hacia
mí—. Usted lo conoce. Debemos ir ahora mismo a Scotland Yard y ver
a Cunningham Lee.
Tomó el teléfono que tenía sobre el
escritorio y, pocos momentos después, hablaba con el Subcomisionado
en su domicilio.
—Muy bien, iremos enseguida. Tengo que
verlo esta misma noche, Lee. Podemos contarle algo
importante.
Veinte minutos después, los tres fuimos
conducidos a una elegante sala de estar situada en la parte trasera
de una casa en Onslow Square. Casi de inmediato entró el señor
Cunningham Lee, quien nos saludó con gran
cordialidad.
—Naturalmente, señor Gell, siempre me
alegra recibirlo, sea la hora que sea. Supongo que no tiene noticias
de su hija; de lo contrario ya me lo habría dicho. Bien, ¿qué
saben sobre el asesinato del ladrón de escalada en Fulham? Es un
caso muy fascinante. Llevamos meses intentando llegar al fondo del
asunto. Hay una mente maestra dirigiendo toda esa organización.
Duprez, el inspector jefe de la Sûreté de París, estuvo aquí la
semana pasada y mantuvimos una larga conferencia al respecto.
Quienquiera que sea el organizador, sin duda es un genio.
—Pues
bien —respondió el padre de Joan—, sabemos algo que sin duda le
interesará. El amigo del señor Hipwell, el señor Edward Day, vivió
anoche una experiencia muy reveladora. Será mejor que él mismo se
la cuente.
Mientras el Subcomisionado escuchaba
atentamente, Teddy le narró la vigilancia secreta que había
realizado sobre el acaudalado soltero de Harrington Court,
describiendo todos sus movimientos y su relación con el joven cuyas
huellas dactilares habían permitido identificarlo como el ladrón de
escalada más hábil y escurridizo de Londres.
—Será
mejor que vayamos juntos a Scotland Yard —propuso finalmente el
señor Lee—. Allí podremos consultar los antecedentes y quizá
comprender mejor el asunto.
Media hora más tarde nos
encontrábamos en el despacho privado del funcionario, mientras uno
de los célebres inspectores del departamento de huellas dactilares
nos mostraba las impresiones tomadas en Gloucester y las comparaba
con las del cadáver.
Al expediente que contenía las
huellas estaban anexados el nombre del delincuente, sus antecedentes,
la fecha de su condena y la de su liberación. Observé que, debajo
de esta última, figuraban las palabras: «Conducta buena».
Si
realmente era el principal operador de una organización tan
especializada, ¿quién lo había asesinado a sangre fría cuando
subía los escalones de una casa desocupada?
Hice notar
que, aun cuando la casa estuviera vacía, debía existir algún
motivo para que ambos hombres hubieran ido allí. ¿Cuál era? Y, de
ser así, el asesino debía de haberse ocultado detrás de la puerta
principal para recibir al visitante con un disparo mortal.
Que
el joven Owen y Tuggy Wilson eran cómplices parecía demostrado de
manera irrefutable. Lo que aún faltaba por descubrir era la
naturaleza de esa complicidad.
En nuestra presencia, el
Subcomisionado ordenó que se investigaran a fondo los antecedentes
de Owen, el origen de sus ingresos y que fuera sometido a vigilancia
permanente. No debía ser interrogado ni abordado de ninguna manera
acerca de su relación con el exconvicto fallecido.
—Es
probable que este asunto tenga su origen en una venganza —comentó
Cunningham Lee—. Quizá creyeron que el muerto se había convertido
en informante, circunstancia que, en el mundo del crimen, explica
muchas muertes misteriosas.
La revelación acerca de la
verdadera naturaleza del acaudalado soltero de Harrington Court me
produjo cierta satisfacción, pero no nos acercaba en absoluto a
resolver el misterio de la desaparición de Joan. Aun así, tenía el
presentimiento de que, dada la relación de Owen con mi enemiga
secreta, era él quien había sido visto por última vez en compañía
de ella.
Confiaba, contra toda esperanza, en que
finalmente lograríamos encontrarla, y permanecí alerta con la ayuda
de mi buen amigo Teddy.
Dos días después llegaron los
resultados de la investigación policial sobre la casa desocupada de
Fulham, frente a la cual el joven Wilson había sido abatido por una
mano desconocida, y resultaron sumamente interesantes.
Se
descubrió que un hombre llamado Dufour y su esposa la habían
alquilado unos diez meses antes y que, de vez en cuando, hospedaban
inquilinos. Se decía que Dufour trabajaba como camarero en un
restaurante del West End. Siempre regresaba muy tarde y, en
ocasiones, organizaba reuniones con hombres de su misma condición
social que se prolongaban hasta la madrugada. Los dos huéspedes
también eran camareros; sin embargo, según los vecinos, recibían
visitas misteriosas de hombres y mujeres bien vestidos, personas que,
evidentemente, no pertenecían a su mismo ambiente.
Las
frecuentes fiestas, en las que sonaba un gramófono mientras los
invitados bebían y bailaban durante toda la noche, hicieron que los
vecinos observaran la casa con especial atención. Según declaró la
señora Richmond, esposa de un dependiente de una tienda de telas y
vecina de la casa contigua, en varias ocasiones oyó los agudos
gritos de una mujer pidiendo auxilio. Al principio pensó que Dufour
estaba golpeando a su esposa inglesa, hasta que un día vio salir a
la mujer y, casi inmediatamente después, volvió a escuchar los
mismos gritos desesperados.
Aquello la dejó perpleja. Sin
embargo, al considerar que no era asunto suyo, se limitó a
comentarlo con su marido y ambos decidieron no intervenir.
Tres
noches antes de la tragedia, los señores Richmond fueron despertados
alrededor de la una de la madrugada por ruidos en el exterior. Al
mirar entre las persianas, el señor Richmond vio que los muebles
estaban siendo retirados apresuradamente de la vivienda. También vio
a Dufour conversando con un agente de policía que patrullaba la
zona, tras lo cual volvió a acostarse.
Cuando despertaron
de nuevo, la casa vecina estaba vacía y cerrada.
Es deber
de la policía registrar los traslados de mobiliario, especialmente
cuando se realizan de noche. Al revisar los informes, se descubrió
que el agente Shayler, que patrullaba cerca del lugar, había visto
la camioneta de mudanzas y se acercó a preguntar. Un extranjero, que
dijo llamarse Dufour, le explicó que aquella misma tarde su esposa
había huido con uno de los huéspedes y que, por ello, había
decidido retirar los muebles, que eran de su propiedad, para
venderlos en una casa de subastas de Goldhawk Road, en Shepherd’s
Bush. Al día siguiente el subastador confirmó esa versión, pero el
paradero del camarero extranjero no pudo ser establecido.
La
mención de una misteriosa mujer cuya presencia en la casa nadie
había visto despertó vivamente mi interés. Si Owen había estado
con Joan en el Florida, ¡bien podía ser ella la mujer retenida en
aquel lugar en un cautiverio odioso!
¿Acaso mi misteriosa
esposa, Illona, no me había advertido de las maquinaciones que mis
enemigos preparaban contra mí?
Por fortuna, todavía no
había recibido órdenes de viajar al extranjero en cumplimiento de
mis funciones oficiales. Sin embargo, esas órdenes solían llegar de
improviso, sin respetar siquiera el turno establecido, según el cual
no debía emprender otro viaje hasta casi un mes después. En más de
una ocasión me habían despertado de madrugada para comunicarme que
debía partir desde Victoria a las nueve de la mañana siguiente con
un despacho urgente.
Esperé inútilmente alguna señal de
Illona, quien, estaba seguro, podía esclarecer muchos aspectos que
seguían siendo un completo enigma para mí. Vivía, no obstante, en
constante inquietud, temiendo que en cualquier momento me ordenaran
abandonar Inglaterra.
Con el paso de los días, la
vigilancia policial sobre Owen no produjo resultado alguno. El joven,
que llevaba la vida despreocupada de un caballero acomodado,
pertenecía a un prestigioso club y poseía una cuantiosa cuenta
bancaria en el Midland. Todo indicaba que su dinero llegaba a través
del Crédit Lyonnais, en París, probablemente procedente de
inversiones realizadas en Francia.
Supe que, una noche,
cuando tanto él como su criado salieron de la vivienda, la policía
entró secretamente en sus habitaciones y las registró de arriba
abajo, sin encontrar absolutamente nada. Sin embargo, seguía siendo
un hecho indiscutible que Owen mantenía relación con una banda de
ladrones profesionales.
De no haber sido porque la
muchacha a la que amaba con toda el alma seguía desaparecida, habría
abandonado Londres para salir en busca de aquella mujer que se había
revelado como mi peor enemiga la noche de Camberwell: la joven
criminal que se hacía pasar por hija de un conde italiano.
Fuera
cual fuera el costo, era necesario poner fin a sus actividades. ¿Con
qué propósito se movía dentro de los círculos diplomáticos
italianos? Estaba convencido de que, sabiendo yo lo que sabía y
habiendo recuperado la memoria mientras ella seguía creyendo que el
narcótico había destruido mis recuerdos, era mi deber advertir a
quienes engañaba con tanta habilidad.
Se me ocurrió que
la razón por la que frecuentaba la alta sociedad italiana, donde
tantas mujeres lucían joyas magníficas, podía ser que sus
cómplices preparaban un gran golpe. Bastaría provocar el pánico
durante alguna recepción diplomática, dejar el salón de baile a
oscuras y, mientras reinara la confusión, aquellos elegantes
bandidos podrían arrancar las joyas de las damas y escapar.
Aquella
idea terminó por obsesionarme. Lisely Hatten era, al igual que sus
compañeros, una criminal tan peligrosa como su amiga Hilda Bennett,
quien aquella noche en Bloomsbury Square me acusó con toda
naturalidad de haber asesinado a su amante, para luego afirmar que yo
no era el culpable. ¿Sería también Tuggy Wilson miembro de aquella
extensa organización criminal?
Una mañana recibí una
llamada telefónica urgente del señor Gell, que me hizo acudir de
inmediato a sus sombríos despachos de Fig Tree Court, en el Temple.
Me esperaba junto a una mesa cubierta de expedientes, en una antigua
habitación revestida de paneles de madera y repleta de polvorientos
libros de derecho.
—¡Por fin han encontrado a ese tal
Dufour! —exclamó apenas entré—. Lo han llevado a Bow Street, y
yo ya he estado allí. Parece que, después de abandonar Fulham,
viajó a Southampton y embarcó rumbo a Ciudad del Cabo. El barco
zarpó ayer, pero cuando se presentó a bordo, un detective que le
había seguido la pista hasta allí lo detuvo y lo trajo de vuelta a
Londres esta mañana. Esta tarde será acusado de participar en el
asesinato de John Wilson, alias Dale.
—Entonces, por fin
conoceremos algunos hechos —respondí—. Habrá que obligarlo a
explicar quién era la mujer que vivía en la casa de Finlay Street.
Debemos averiguar si realmente era Joan.
—Muchacho, la verdad es que dudo mucho que se trate de ella —respondió el célebre abogado—. Todavía no hemos podido demostrar que ese tal Owen estuviera con Joan en el Florida. Si ella salió de casa para reunirse contigo, resulta difícil comprender por qué habría ido al club de baile sin ti.
—A menos que hubiera ido allí esperando encontrarme —repliqué—. El mensaje falso pudo haber dicho que yo la esperaba en ese lugar.
—Es posible, pero no lo creo —contestó el señor Gell, moviendo la cabeza con aire de duda—. Sin duda ese camarero extranjero hará alguna declaración para intentar salvarse. La acusación puede sostener que fue él quien disparó desde la puerta principal de la casa y que luego escapó por la parte trasera; porque el propietario afirma que todavía conserva la llave.
Almorzamos frugalmente juntos en The Cock, en Fleet Street, y a las dos de la tarde nos encontrábamos en el Tribunal de Policía de Bow Street. El señor Gell ocupó, sin toga ni peluca, el lugar reservado para los abogados, mientras yo tomé asiento entre el público.
Sir Humbert Perry, el magistrado principal, un hombre de cabellos blancos, presidía la audiencia cuando un extranjero bajo de estatura, de ojos vivaces como los de un hurón, cabello negro y aspecto desaliñado fue conducido al banquillo. Una vez leída la acusación formal, echó un rápido vistazo a su alrededor y pareció conservar una tranquilidad absoluta.
Con un marcado acento extranjero, declaró que era inocente.
—¡Dieu! ¡No sé nada! ¡Yo no estaba allí! —exclamó, como si de pronto comprendiera la gravedad de su situación.
Tras presentarse la prueba formal de su detención, el magistrado, sin apenas levantar la vista, escribió unas líneas y dijo:
—Queda en prisión preventiva durante una semana.
Y el acusado fue conducido inmediatamente fuera de la sala.
Regresé caminando al Temple junto al padre de Joan, quien manifestó su satisfacción por el arresto del individuo.
—Ese hombre sabe algo —afirmó. Sus agudos ojos habían estudiado atentamente el rostro del acusado desde el instante mismo en que este entró en el banquillo—. Si él no hizo el disparo, sabe perfectamente quién lo hizo. No tardaremos en averiguar más.
Y, en efecto, no pasó ni media hora cuando el empleado del señor Gell entró apresuradamente en el despacho para informar que solicitaban con urgencia la presencia de su jefe al teléfono.
—Lo llaman de Scotland Yard, señor —añadió.
El corpulento abogado se levantó de inmediato y se apresuró a entrar en la habitación contigua.
Pocos minutos después regresó visiblemente alterado.
—¡Ese tal Owen se les ha escapado a la policía! Al parecer sabía que lo estaban vigilando y también estaba enterado de la detención de Dufour. Debió de asustarse y logró huir esta madrugada. Su criado dice que anoche entregó el equipaje de su amo a un hombre que pasó a recogerlo y que, cuando más tarde entró en la habitación, descubrió que ya se había marchado.
—¡Pero la policía! —exclamé, consternado.
—Estaban convencidos de que seguía en la cama y no reanudaron la vigilancia hasta las siete de la mañana. Al llegar el mediodía, como no salió para ir al Ritz a tomar su acostumbrado cóctel, hicieron discretas averiguaciones... solo para descubrir que les había dado esquinazo y había desaparecido.
CAPÍTULO QUINCE
UN TROZO DE PARTITURA
El misterio crecía con cada hora. Aunque Scotland Yard había logrado detener al camarero extranjero fugitivo, no existía prueba alguna de que conociera al joven delincuente muerto, Tuggy Wilson.
Que Wilson tenía relación con Owen era algo que Teddy sabía, pues los había visto juntos en Fulham. Además, la huida de Owen bastaba para sospechar de su implicación.
El enigma se volvió aún más intrincado al día siguiente. Yo había salido a almorzar y pasé la tarde en mi club. Al regresar, Bruce me informó:
—El hombre ciego vino a buscarlo hace una hora, señor. Dice que necesita verlo.
—Espero que esta vez hayas sido amable con él —respondí, molesto por mi ausencia.
—Sí, señor. Lo vi salir, me puse otro abrigo, ajusté mis lentes y lo seguí. Caminó a tientas hasta Piccadilly y continuó por la avenida hasta el Circus, donde se encontró con un caballero mayor, bien vestido, con barba gris. Conversaron unos cinco minutos y luego el anciano detuvo un taxi. Se marcharon juntos. No me atreví a seguirlos, señor, porque no sabía si usted llevaba la llave de la casa.
—Ojalá lo hubieras hecho —le dije—. La próxima vez no te preocupes por mí; lo importante es seguir al ciego hasta su casa. ¿Estás seguro de que realmente lo era? ¿Usó el bastón todo el tiempo?
—Sí, señor. No se quitó los lentes oscuros. Además, vi cómo su acompañante lo ayudó a subir al taxi.
Me pregunté si Owen no sería, en realidad, quien se ocultaba bajo la apariencia de aquel hombre ciego contra el que me habían prevenido.
El día estuvo lleno de sorpresas irritantes, pero ninguna tan desconcertante como la que ocurrió poco después de las diez de la noche. Estaba leyendo en casa; Bruce había salido a pasar la velada fuera, cuando sonó el teléfono. Al contestar, escuché la voz de un desconocido que preguntaba si hablaba con el señor Hipwell.
Respondí que sí, y el hombre, con tono refinado, dijo:
—Debo disculparme, señor Hipwell. Usted no me conoce, pero acabo de llegar del continente a la estación Victoria y traigo un mensaje urgente de una dama... de su esposa. Lamento no poder entregárselo en persona, pues solo estoy de paso por Londres camino a Liverpool, donde debo tomar un barco.
—¿De... mi esposa? —exclamé, sobresaltado.
—Sí. Ella me pide que le diga que, por ciertos motivos, no le ha escrito ni enviado un telegrama; además, no estaba segura de que usted se encontrara en Londres. Le ruega que se reúna con ella el próximo viernes, a las cuatro de la tarde, en los Jardines de Kensington, en el tercer banco a la derecha, siguiendo el Broad Walk desde Palace Gate.
—Muchas gracias —respondí, con el corazón en un vuelco. Repetí la cita para grabarla en mi memoria—: El viernes, a las cuatro, en el tercer banco a la derecha del Broad Walk, desde Palace Gate.
—Exactamente. Ese es el mensaje. Me alegra haberlo transmitido sin contratiempos, señor Hipwell. Y recuerde: el encuentro debe mantenerse en secreto. Au revoir.
—Pero, ¿podría hacerme un favor? —pregunté apresuradamente—. ¿Sería tan amable de darme la dirección de mi esposa?
No hubo respuesta. El hombre había colgado de inmediato, sin duda para alcanzar su tren.
Desesperado, pedí ayuda a la operadora, quien intentó rastrear la llamada. Al cabo de unos minutos me informó:
—Me temo que no puedo obtener más información. La llamada se hizo desde la cabina pública de la estación Victoria.
Una vez más, mis esfuerzos por descubrir el paradero de Illona habían quedado frustrados.
Era miércoles. Tendría que esperar hasta el viernes. Si Illona seguía en Lausana, era evidente que vigilaba de cerca los pasos del misterioso portador del mensaje.
No se lo conté a nadie. No podía confiar ni en el señor Gell ni en Teddy, pues aún no les había revelado nada acerca de mi enigmática esposa. No me quedaba más remedio que esperar.
¡Ah, cómo se arrastraron aquellas interminables horas! Pensaba constantemente en Joan, preguntándome dónde estaría y en qué trampa habría caído, porque la amaba con toda mi alma y me consumían la angustia y el dolor. Sin embargo, estaba seguro de que Illona, al fin, me explicaría la conspiración que se había urdido contra mí y me pondría en guardia frente a mis enemigos.
Era evidente que temía que nuestro encuentro pudiera provocar alguna represalia fatal, pues todas sus precauciones lo demostraban. No se atrevía a presentarse en Sackville Street; prefería un encuentro casual, transmitido de palabra, para que nadie pudiera enterarse.
Todo era tan romántico y extraño que a veces me preguntaba si no seguía viviendo en aquel estado de irrealidad mental en el que había permanecido durante dos años. Pero los hechos eran innegables: Joan, mi Joan, había sido atraída mediante un engaño y ahora estaba en manos de mis enemigos.
Y, sin embargo, ¿por qué aquellas personas desconocidas habían tramado una conspiración contra mí? Hasta donde sabía, jamás había perjudicado a nadie. El incidente en Camberwell no había sido culpa mía, aunque aquella banda de criminales siguiera empeñada en vengarse porque, sin querer, me había entrometido en sus asuntos.
La noche previa al amanecer del viernes fue interminable. El sueño no acudió a mis ojos. Me revolvía en la cama, acalorado y exhausto, con la mente confundida por los hechos inexplicables que se habían sucedido desde mi despertar en Roma.
Al fin me levanté y me vestí. El día amaneció gris, con amenaza de lluvia. Almorcé en el club con Teddy, pasé una hora conversando con amigos en la sala de fumadores y, poco después de las tres y media, tras deshacerme discretamente de Teddy, tomé un taxi en St. James's Street rumbo a Palace Gate.
Un chaparrón había refrescado los jardines y obligado a las niñeras con sus niños a buscar refugio. Apenas había un alma en el Broad Walk. Encontré el banco indicado, lo sequé con mi impermeable y, después de sentarme, encendí un cigarrillo mientras aguardaba, en la más absoluta tensión, la llegada de mi desconocida esposa.
Creo que aquellos fueron los momentos más intensos de mi vida. Imagínese esperar a la mujer con la que se había casado sin saberlo y a la que jamás había visto.
La imaginaba bajo toda clase de apariencias: desde una joven elegante y encantadora, como una auténtica parisina, hasta una pesada frau germánica de pies planos y gruesos tobillos, un tipo de mujer que siempre me había resultado desagradable.
Nada sabía de su edad, ni de su voz, ni de sus rasgos. Mientras aguardaba, el humor sombrío de la situación llegó a parecerme casi ridículo.
Las cuatro en punto resonaron solemnemente desde la torre de St. Mary Abbot, seguidas por el grave tañido del Big Ben. Miré en ambas direcciones del paseo y solo distinguí a dos ancianos que avanzaban lentamente.
Pasaron cinco minutos y empecé a inquietarme. ¿Me estarían engañando? Siempre había desconfiado de los mensajes telefónicos, y aquel había sido tan rápido como anónimo. ¿Sería otra trampa?
Rodeado de enemigos, contemplaba cualquier circunstancia con recelo y quizá veía peligros donde no los había.
Llegados a este punto debo disculparme con el lector. Este relato no es más que la narración fiel de lo que realmente me ocurrió: aventuras que podrían sucederle a cualquier hombre en Londres, Nueva York, París o cualquier otra gran ciudad. No pretendo ocultar mis errores. No soy mejor que los demás. Pero, a diferencia de ellos, me descubrí casado —o al menos supuestamente casado— con una mujer llamada Illona, a quien jamás había visto conscientemente.
Si el lector logra imaginar semejante situación, comprenderá fácilmente mis sentimientos mientras permanecía sentado en aquel banco, esperando que mi esposa viniera a reclamarme.
Pero ¿y si no era cierto? ¿Y si solo se hacía pasar por mi esposa? Si realmente me había casado con ella conforme a las leyes británicas, debía existir constancia en Somerset House.
En alguna ocasión pensé acudir allí para comprobarlo. Pero también era posible que el matrimonio se hubiera celebrado bajo un nombre falso, así que decidí esperar. Todo aquel asunto resultaba asombroso.
La desconfianza me dominaba por completo y, fuera cual fuese el aspecto de Illona, había resuelto cuestionar su derecho a llamarme esposo. Cualquier hombre habría hecho lo mismo.
Por otra parte, ¿por qué mostraba tanta preocupación por mi bienestar si para ella yo no era más que un amigo?
Varias personas pasaban de un lado a otro ahora que la lluvia había cesado; pero, aunque podía abarcar con la vista gran parte del ancho paseo, no lograba distinguir a nadie que pudiera ser la misteriosa Illona.
De pronto, una muchacha bastante bonita, de unos dieciséis años, rubia y de cabello claro, con un pequeño sombrero negro de fieltro y un práctico impermeable azul oscuro, vino a sentarse cerca de mí. Aquello me molestó mucho, pues deseaba estar solo para mi encuentro romántico con mi esposa.
Me miró una o dos veces y luego exclamó:
—Perdone, ¿es usted el señor Lionel Hipwell?
—Sí —respondí sorprendido.
—Me han enviado de parte de madame para decirle que, lamentablemente, hoy no podrá reunirse con usted. Ella…
—¡No vendrá! —exclamé con desesperación.
—No. Dice que, por ciertas razones, se ve obligada a mantenerse alejada —añadió en voz baja.
—¡Usted la conoce! —grité—. ¿Dónde está? ¿Dónde puedo encontrarla?
—La verdad, no lo sé —respondió con fastidiosa evasiva.
—Pero debe decirme algo. Mucho depende de que la encuentre… quizá la vida de la persona que más quiero. Por favor, señorita, cada hora de retraso es peligrosa ahora.
—Sé que hay peligro… peligro para usted, señor Hipwell —dijo la joven con voz extraña—. Pero quizá esto lo explique.
Sacó de su bolso un sobre grande y delgado, y me lo entregó.
Con ansiedad lo abrí, pero dentro solo había una hoja de partitura, escrita con trazos firmes y doblada en cuatro; sin mensaje alguno, sin una sola palabra.
—¿Qué significa esto? —pregunté, mirando a la muchacha.
—No lo sé —contestó, observando la música—. Estoy tan ignorante como usted.
Miré las notas; pero, sin saber nada de música ni poder leer un compás, sentí que me estaban jugando una mala pasada.
—¿Dónde vio a madame? —le exigí.
—En el Hotel Adelphi de Liverpool, anoche —respondió—. Soy manicurista allí, y ella me envió con este mensaje y el sobre.
—¿Se hospeda en el hotel? —pregunté ansioso.
—Creo que sí.
¡Liverpool! El misterioso hombre que me había llamado desde Victoria iba precisamente hacia Liverpool. Iría en el próximo tren, y al dar mi nombre en el hotel, si aún estaba allí, quizá se animara a acercarse a mí.
—¿No puede decirme nada más, señorita? —insistí.
—Lamentablemente no. La dama solo me pidió que viniera a Londres a entregarle el mensaje. Mis padres viven en Wandsworth, así que aproveché la oportunidad para visitarlos.
—¿Qué clase de dama era? Descríbamela.
La joven reflexionó un momento.
—Era menor de treinta, bastante atractiva, de cabello castaño rojizo y muy bien vestida. Hablaba con acento, sin duda extranjera. Me dijo que debía mencionar la palabra Illona. Recuerdo que llevaba en la mano uno de los anillos de diamantes más hermosos que he visto.
—¿Estaba acompañada?
—No cuando me habló. Antes la había visto en el salón conversando con un joven alto y rubio, que llevaba varios días en el hotel. Pero —añadió la muchacha— la dama me pidió expresamente que no le diera ninguna información sobre mi procedencia. No debería haberle dicho nada, solo que… bueno, usted parece tan angustiado.
—Solo puedo darle las gracias, señorita —dije—. Y si decido seguirla de regreso a Liverpool, no será asunto suyo, ¿verdad?
La joven sonrió, y al notar su simpatía me atreví a deslizar tres billetes de una libra en su mano enguantada.
—Estoy en un gran aprieto —le confesé—, y quiero que me ayude si puede.
—No veo cómo podría hacerlo, señor —respondió—. Solo he actuado como mensajera de una mujer que es una completa desconocida para mí.
—¿Cuándo regresa a Liverpool?
—Mañana por la mañana.
—Entonces yo viajaré esta noche y me hospedaré en el Adelphi. Verá, no conozco a esta señora Illona y quiero que usted me la señale.
—Claro que lo haré, si aún está allí.
—¿Con qué nombre se registró? —pregunté con ansiedad.
—Ah, eso no lo sé —contestó—. Simplemente entró a la sala de manicura y, mientras la atendía, me pidió que fuera a Londres. Tras obtener permiso de mi jefe, acepté. Eso es todo lo que sé de ella.
—¿Cuál es su nombre?
—Moss… Ruby Moss —respondió.
—Muy bien, señorita Moss —dije, poniéndome de pie—. La veré en el Adelphi mañana por la tarde, ¿de acuerdo?
—Sí —aceptó mientras caminábamos juntos hacia Palace Gate—. Alrededor de las seis y media estaré de regreso. Como dice, si quiere seguirme a Liverpool, no puedo impedirlo.
Y soltó una risa mientras subía a un autobús, dejándome continuar mi camino en soledad.
¡Qué desconcertante era todo! En vez de encontrarme con la esquiva Illona, solo había recibido de ella un mensaje verbal de disculpa y una hoja de música.
Como, por desgracia, no sabía nada de música, tomé un taxi y llevé el manuscrito a Teddy Day, a quien encontré en casa.
Era un pianista aceptable, así que se lo mostré sin decirle cómo había llegado a mis manos.
Lo abrió, lo miró unos instantes y luego, levantando la vista hacia mí, dijo:
—¿Quién está jugando contigo, Lionel? ¡Esto es pura basura! ¡Aquí no hay música!
—Pero parece música —respondí sorprendido.
—Sí, lo parece. Pero si supieras algo de música verías que no tiene ni compás ni ritmo.
CAPÍTULO DIECISÉIS
ENGAÑADO
Aquel trozo de partitura era tan desconcertante como la forma en que había llegado a mis manos.
—¿Dónde lo conseguiste? —preguntó Teddy, muy interesado—. Evidentemente lo escribió una mujer, alguien con una letra firme.
—Me lo entregaron —respondí evasivamente—. Alguno, sabiendo mi ignorancia en música, quiso gastarme una broma. Ya me las arreglaré para devolvérsela.
Y aunque estaba perplejo, logré reírme del asunto.
—Voy a Liverpool en el próximo tren —le dije—. Me hospedaré en el Adelphi, por si surge algo respecto a Joan. Tengo un asunto urgente que atender. Bruce se mantendrá en contacto conmigo y volveré en un par de días.
—Perfecto —rió mi viejo amigo, ofreciéndome un trago, que rechacé por la prisa.
Una hora más tarde ya iba en el expreso con vagón comedor rumbo a Liverpool. Conocía el Adelphi y no tuve dificultad en conseguir habitación. Llegué para la cena tardía, me vestí a toda prisa, bajé al restaurante y leí el periódico vespertino mientras comía solo.
En el amplio salón iluminado apenas había mujeres: una joven con su padre y una anciana decrépita con un hombre joven. El servicio de mesa ya había terminado hacía rato.
Después me dirigí al gran salón, donde muchos tomaban café. Encontré una mesa en un rincón y observé a los demás huéspedes.
En un extremo distinguí a un joven rubio, de tipo escandinavo, acompañado de una mujer pequeña, morena y vivaz, toda nervios y gestos. Pero estaba claro que no era Illona, la mujer que me había enviado aquella música falsa.
La afirmación de Teddy, de que la partitura era una farsa, me intrigaba más que nunca.
¿Qué podían significar aquellos compases falsos, escritos con tanta firmeza? ¿Qué pretendían transmitirme? Ya tenía suficiente misterio encima como para que me entregaran esa hoja de música destinada solo a confundirme más.
—¡Pura tontería! —había dicho Teddy al leer las notas cuidadosamente escritas—. ¡Basura! Algún tonto se burló de ti, Lionel.
Durante la siguiente hora vagué por el hotel, tratando de identificar a alguna mujer que pudiera ser mi esposa. Pero ninguna coincidía con la descripción de la manicurista.
Pensé que quizá estaría en el teatro. Ya eran las diez, así que me situé en una mesa desde donde podía vigilar la entrada principal y observar a todos los que entraban y salían.
A las once apareció una mujer de cabello castaño rojizo, de estatura media y bastante atractiva. Llevaba un abrigo de terciopelo púrpura con brocado y ribetes de piel. La acompañaba un hombre algo mayor, rubio y con la coronilla algo calva. Reían juntos al entrar, y tuve la sospecha de que ella hablaba con acento extranjero.
Pasaron frente a mí sin reparar en mi presencia, recogieron sus llaves en la conserjería y desaparecieron en el ascensor.
—¿Quién es esa dama? —pregunté ansioso al portero nocturno.
Él consultó el registro y respondió:
—Esa señora es Madame Stefen.
¡Madame Stefen! ¿Podría ser Illona? Era la única que se ajustaba, aunque fuera parcialmente, a la descripción de Ruby Moss.
Esperé otra hora en mi puesto, pero en vano. Cansado por la aventura en Kensington Gardens, el viaje y la larga vigilancia, subí a dormir.
Al día siguiente recorrí el hotel sin ver a Madame Stefen; evidentemente permanecía en su habitación. Pasé horas en el muelle de embarque, siempre animado, y después de tomar el té en el salón del hotel, aguardé la llegada de mi pequeña amiga, la manicurista.
Entré al salón de manicura a las siete menos cuarto y allí estaba ella, sola, con su bata blanca de algodón. Me saludó alegremente. Le propuse que, al terminar sus tareas, me acompañara y, si era posible, me señalara a la dama que se hacía llamar Illona.
Ella planteó la dificultad: la administración no permitía que el personal se sentara con los huéspedes. Estaba prohibido. Lo comprendí de inmediato. Pero, tras discutirlo, acordamos que durante la cena ella se asomaría al comedor y al restaurante para ver si reconocía a la dama.
—La identificaría al instante —aseguró—. Si la encuentro, averiguaré su nombre y número de habitación con el recepcionista. Será mejor que yo haga la búsqueda sola.
Insistió en ello, y acepté.
La vi cruzar varias veces el salón, las salas de espera y otros espacios públicos. Esperé hasta las diez y media, pero no se acercó.
¿Dónde estaba aquella mujer esquiva que, tras citarme, solo me había engañado con una hoja de música falsa?
Por fin me encontró en un rincón tranquilo del salón, donde yo aguardaba expectante.
—Me temo que la dama ya se marchó, señor —dijo con decepción. Mis ánimos se desplomaron. Madame Stefen no era la mujer buscada, pues apenas cinco minutos antes había pasado frente a ella rumbo a su habitación.
—Quizá esté fuera —dije, aferrándome a la última esperanza.
—Puede ser. Pero lo dudo. Pregunté en recepción y al jefe de porteros. Ambos creen que la dama se fue ayer por la tarde. La describí, mencionando especialmente el anillo que tanto me impresionó. ¿Conoce el nombre Ugostini?
—¡Ugostini! —exclamé, atónito—. ¿Cómo sabe ese nombre?
—En recepción creen que era la condesa Ugostini. La describí al señor Fraser, el jefe de recepción, y él piensa lo mismo.
Contuve la respiración.
¡Angela! Si era cierto, entonces se había hecho pasar por Illona, mi esposa. Lisely Hatten —la “Contessina”, como la llamaban— era mi peor enemiga. Y aun así me había engañado con aquel extraño encuentro a través de la manicurista.
¿Con qué propósito? Solo para enviarme una partitura falsa.
Mi mente se agitaba. ¿Podía ser que la ladrona de Camberwell y Illona fueran la misma persona?
Fui a recepción y hablé con el jefe de oficina, impecable en su chaqué y pantalón gris.
—La condesa Ugostini llegó hace tres días, sola. Firmó el registro como procedente de Piacenza, Italia.
—¿Venía sola? —pregunté.
—Sí. Yo la recibí. Traía poco equipaje y dijo que solo estaba de paso por Liverpool —explicó Fraser—. Esa misma noche la vi conversando con un hombre rubio que había llegado temprano, un inglés llamado Detmold.
—¿Cuándo se marchó la condesa? —pregunté.
Revisó el libro sobre el mostrador de caoba y respondió:
—Ayer, a las tres con dieciocho. Tomó un taxi hacia el muelle.
—¿No pueden saber en qué barco embarcó?
—No, señor. Tras pagar su cuenta y marcharse, no tenemos más rastro de ella. ¿Es acaso amiga suya?
—Sí —balbuceé—. Una gran amiga. Vine desde Londres para verla, pero llegué demasiado tarde.
Me despedí de la señorita Moss, agradeciéndole su ayuda, y subí a mi habitación.
Saqué del bolsillo aquella inexplicable partitura y la miré. Las notas eran incomprensibles para mí. Para Teddy Day tampoco significaban nada.
Me dejé caer en una silla, tratando de pensar.
¿Era Illona, mi esposa, la misma que la pequeña condesa, mi enemiga? Todo parecía indicarlo. Repasé los hechos: la supuesta aristócrata italiana era amiga íntima del fugitivo Owen, lo había comprobado yo mismo. En Roma me había engañado deliberadamente, sabiendo que en mi estado de confusión no la reconocía, y aún confiaba en poder imponerse sobre mí. Pero ¿había llegado al extremo de casarse conmigo bajo el nombre de Illona durante mis dos años de inconsciencia?
¿Podía ser posible?
Me levanté y recorrí la estrecha habitación, casi en pánico.
Algunos hechos daban peso a esa idea. Primero, por alguna razón desconocida, me había perdonado la ceguera que en su furia había sugerido. ¿Por qué? ¿Se había arrepentido, o su joven acompañante la había detenido? Con mi memoria perdida por la droga que me había inyectado, ¿podría haberme casado con ella haciéndose pasar por otra persona llamada Illona?
Si era mi enemiga, ¿por qué me enviaba advertencias sobre el hombre ciego? ¿Por qué fingir ser mi amiga? ¿Y por qué entregarme aquella partitura absurda?
Y ahora, el pensamiento de la desaparición de Joan, sumado a la absoluta incapacidad de todo el sistema policial de Inglaterra para hallar la menor pista sobre ella, me llevó al borde de la desesperación. Sentía que me estaba volviendo loco.
Mi único deseo era regresar a Londres. No me desvestí, pues sabía que no lograría dormir. En cambio, bajé a hablar con el portero nocturno y, al enterarme de que salía un tren hacia Londres a las tres de la madrugada, arrojé mis cosas en la maleta y partí en él.
Poco antes de las ocho de la mañana entré a mis habitaciones con mi propia llave. Bruce estaba allí y me preparó una taza de té, mientras yo me desvestía y me dejaba caer sobre la cama.
Después de beber el té debí quedarme dormido, porque no desperté hasta casi el mediodía, según lo marcaba mi pequeño reloj de viaje en la mesilla.
Junto a la cama estaban mis cartas. Una de ellas, por el sello en relieve en el reverso, supe que provenía del gobernador en la Cámara de los Comunes.
“Estoy muy preocupado por ti, muchacho querido —me escribió—. Ven a verme. Cena conmigo en la Cámara mañana a las ocho.”
¡Querido viejo padre! Sabía que sus pensamientos estaban puestos solo en mí y en mi futuro. Ningún hombre había tenido un padre mejor que el mío. Mi única pena era la feroz enemistad que existía entre el padre de Joan y él.
Abrí dos cartas más que contenían cuentas, pero la tercera venía en un sobre cuadrado, con la dirección escrita en una letra firme.
Era de Illona. La abrí de inmediato, con gran expectativa.
No tenía dirección ni fecha, pero en una tarjeta sencilla estaba escrito:
Mi adorado esposo: ¿Por qué no acudiste a nuestra cita en Kensington Gardens? Llegué, ay, media hora tarde porque el automóvil se averió. Pensé que me esperarías. Pero temo que te cansaste, pues comenzó a llover.
Tengo mucho que contarte. Cuida mucho de ti mismo. Tienes muchos enemigos, igual que yo. Llámame al club y reunámonos lo antes posible.
Tuya siempre, Illona.
CAPÍTULO DIECISIETE
A TRAVÉS DE EUROPA
Entonces,
el mensaje de Illona que había recibido en los Jardines de
Kensington era falso; ¡lo había enviado la «Pequeña Condesa»
para engañarme! ¿Por qué? ¿Con qué intención?
Angela,
o como quiera que fuese su verdadero nombre, evidentemente estaba al
tanto de la cita que Illona había concertado conmigo y había
enviado a aquella muchacha con aquella historia absurda para impedir
nuestro encuentro. Era incluso posible que el retraso de Illona
hubiera sido provocado deliberadamente por la mujer que se había
revelado como mi enemiga aquella noche en Camberwell.
¿Adónde
habría ido con el hombre que se hacía llamar Detmold? Era cierto
que ambos se habían dirigido al embarcadero de Liverpool, pero bien
podían haber tomado un tren de regreso a Londres en lugar de
embarcarse.
Illona me había dicho que la llamara a su
club. Una vez más, había omitido darme su dirección. Parecía
existir algún motivo para ocultarla y, al mismo tiempo, daba por
hecho que yo la conocía perfectamente.
Aquella tensión
constante me tenía al borde de la locura. Dondequiera que volviera
la vista, surgía un nuevo obstáculo que me impedía descubrir la
verdad. Había recuperado la memoria, sí, ¿pero a qué precio?
Ojalá hubiera permanecido en aquel estado de inconsciencia mental en
el que había vivido hasta mi estancia en Roma; ahora que había
perdido a Joan, mi angustia y mi dolor rozaban la
desesperación.
Pasé toda la mañana llamando por
teléfono a los numerosos clubes femeninos de Londres. Nunca imaginé
que existieran tantos. ¿Qué otro apellido podía preguntar, sino el
mío: Hipwell? En todos aquellos centros sociales para damas recibí
la misma respuesta cortés: no figuraba ninguna socia con ese nombre.
Cuando ese recurso fracasó, contacté a varios clubes de bridge del
West End. En algunos nadie respondió porque aún permanecían
cerrados; en los demás, obtuve la misma negativa.
Cinco
minutos después, Bruce entró con una nota recién entregada por un
mensajero. En el sobre aparecían las familiares palabras: «Al
Servicio de Su Majestad Británica».
Con dedos
impacientes rompí el sello y encontré mis órdenes de partir a las
dos de la tarde desde Victoria con despachos destinados a Bruselas,
Berna y Viena. ¿Cómo podía marcharme cuando Illona podía
telefonearme o presentarse en cualquier momento?
Llamé de
inmediato a mi amigo Gordon, en el Ministerio de Asuntos Exteriores,
rogándole que enviara a otra persona en mi lugar.
—De
verdad lo siento muchísimo, viejo —respondió—. Pero todo el
personal está de viaje. Morton será el primero en regresar, aunque
no llegará hasta la noche del sábado. Viene de Constantinopla,
pasando por Bucarest. Así que no hay nadie que pueda sustituirte.
Créeme, me encantaría poder arreglarlo por ti, ya lo sabes. Me temo
que tendrás que hacer este viaje. Estarás de vuelta dentro de cinco
días.
¡Cinco días! Cuántas cosas podían suceder en
ese tiempo. Además, el tal Dufour volvería a comparecer ante el
tribunal de Bow Street. No tenía alternativa. Ya habían pasado las
doce; así que le pedí a Bruce que sacara mi pequeña maleta, la
cual mantenía siempre preparada para un viaje de quince
días.
Después, escribí una carta para Illona
explicándole lo ocurrido en los Jardines de Kensington. Le pedía
que me comunicara su dirección y, junto a la misiva, introduje el
extraño fragmento de partitura imposible de interpretar. Sellé el
sobre con mi anillo de lapislázuli y escribí simplemente: «Para
Illona».
—Bruce —le dije con toda seriedad—,
mientras esté fuera puede venir una dama a buscarme, o quizá
telefonee. Dígale que regresaré el próximo miércoles y pídale,
por favor, que se identifique por su nombre de pila. Si ese nombre es
Illona, entréguele esta carta. Es de la mayor importancia. Tal vez
le cueste trabajo convencerla, pero actúe con tacto y explíquele
exactamente lo que le he dicho.
—Sí, señor. Lo
entiendo perfectamente —respondió con su habitual corrección—.
Pero… ¿cómo será esa dama? ¿Joven o mayor?
Aquella
pregunta me dejó completamente desconcertado.
—Pues…
la verdad, Bruce… —titubeé torpemente—… nunca la he visto.
Solo sé de su existencia.
—Muy bien, señor. Actuaré
con discreción.
Salí apresuradamente hacia Piccadilly,
donde almorcé de prisa en el grill. Poco antes de las dos ocupé el
compartimiento reservado para mí en uno de los coches Pullman de la
primera sección del tren continental. Un mozo colocó allí seis
pequeñas sacas blancas de lona que contenían los despachos
oficiales.
Las valijas diplomáticas, transportadas por
los Mensajeros del Rey, siempre despiertan la curiosidad de los
viajeros. La mayoría imagina que están repletas de grandes secretos
de Estado, cuando en realidad suelen contener tediosos informes
consulares, cuentas del Tesoro, memorandos y, de vez en cuando,
alguna carta privada dirigida a un embajador para Downing Street con
la anotación: «Por conducto de la valija del Foreign Office».
Aunque alguien las robara todas, el botín tendría escaso
valor.
Existe incluso una tradición en el Ministerio
según la cual, antes de la guerra, cierto capitán Gordon Smith —no
era ese su verdadero nombre—, uno de los más alegres y
cosmopolitas Mensajeros del Rey, descubrió un día, en un armario
cerrado de su apartamento, una valija diplomática que llevaba allí…
¡cuatro años! Su ayuda de cámara, que ya hacía mucho tiempo había
dejado de servirle, la había encontrado entre su equipaje al
regresar de Madrid y la guardó bajo llave por seguridad.
Hoy
en día todas las valijas están cuidadosamente numeradas y se firma
un recibo tanto al entregarlas al mensajero como al recibirlas en la
embajada o en la oficina de Downing Street. Por eso resulta
prácticamente imposible que una desaparezca. Sin embargo, en aquel
caso alguien firmó negligentemente el recibo por un lote determinado
y el capitán Gordon Smith terminó con una de más. La historia
cuenta que, antes que provocar un escándalo y comprometer a alguien
por semejante descuido, abrió la valija, quemó en la chimenea de su
sala todo su contenido… y luego arrojó también al fuego la propia
valija.
Los llamados «despachos cruzados», instrucciones
secretas destinadas únicamente a los ojos del representante de Su
Majestad en el extranjero, son transportados por el propio mensajero.
Yo, como la mayoría de mis colegas, llevaba siempre encima una
eficaz pistola Browning para defenderlos de cualquier intento de
robo.
Mientras me acomodaba con una revista, Crawford, el
jefe del coche Pullman, asomó la cabeza por la puerta. Después de
desearme buenas tardes, quiso asegurarse de que estuviera cómodo.
Algunos pasajeros echaron una mirada curiosa al ver las pequeñas
sacas blancas apiladas frente a mí.
Los turistas me han
tomado por todo tipo de personas. Algunos susurran que debo de ser un
empleado bancario encargado de transportar bolsas de billetes hasta
París; otros creen que trabajo para alguna casa de apuestas. Hay
quienes me imaginan diseñador de modas o mensajero de una lotería
clandestina. Y tampoco faltan quienes, al verme viajar con cuarenta
valijas en la gran ruta que comprende Viena, las capitales
balcánicas, Atenas o Bucarest, llegan a la conclusión de que
represento a una agencia publicitaria dedicada a promocionar cereales
estadounidenses… o quizá a un circo ambulante.
En Dover
Maritime me recibió aquel siempre cordial funcionario del Southern
Railway, el señor Harvey Beresford, conocido por todos los
Mensajeros del Rey y por los viajeros más distinguidos. Aquel
enérgico e incansable inspector, atento siempre a la llegada y
salida de los barcos de Calais, Boulogne u Ostende, me vio desde
lejos y corrió a estrecharme la mano.
—¡Hola,
Beresford! —exclamé al saludar a aquel hombre de aspecto marinero
que llevaba siempre la gorra ladeada con elegancia.
—¿Viaje
largo esta vez? —preguntó mientras atravesábamos la pequeña
puerta lateral y descendíamos hacia el barco, donde soplaba un
viento bastante fuerte.
Mis valijas diplomáticas fueron
guardadas bajo llave en un camarote de cubierta. Yo permanecí fuera
conversando con aquel alegre amigo de los Mensajeros del Rey. Harvey
Beresford era amigo de reyes, príncipes, diplomáticos, ministros y
de todas las grandes personalidades que visitaban Inglaterra. Su
singular trabajo consistía en recibirlas a su llegada o despedirlas
deseándoles buen viaje. El viajero común que cruzaba el canal
apenas reparaba en él; solo veía a un hombre afable, de rostro
redondo y aspecto naval, conversando con algún empleado del
ferrocarril. Sin embargo, era quizá una de las personas más
conocidas por los grandes personajes de nuestra época.
La
sirena anunció que el correo ya estaba a bordo. Las grúas
eléctricas seguían depositando equipajes en las redes de carga.
Alguien invitó a mi viejo amigo a tomar un cóctel, pero él rechazó
cortésmente la invitación por estar de servicio.
Poco
después apareció el capitán del barco por la pasarela y se detuvo
un momento a saludarnos.
—Bueno, hasta la próxima,
señor Hipwell —dijo Beresford sonriendo—. Yo estoy condenado a
este muelle todo el año, pero a finales de agosto pienso escaparme
unos días a recorrer Bélgica con mi esposa. Un viaje tranquilo para
olvidarme un poco del incesante tráfico del canal, cinco veces al
día. ¡Ah, el aluvión de turistas que vamos a tener esta temporada!
Me dicen que solo Cook's llevará este año más de cien guías
acompañando grupos a Suiza. Pero, mi querido señor Hipwell, cuando
uno viaja con esa empresa, viaja bajo la dirección de auténticos
profesionales. La gente puede burlarse de las agencias de viajes;
pero ni usted ni yo lo hacemos. Aquel viejo dicho de los años
noventa, «Siga al hombre de Cook's», tenía su gracia. Sin embargo,
los viajeros de Cook's que cruzan el canal están perfectamente
atendidos desde el momento en que salen de Londres hasta que regresan
a Victoria. No todas las agencias pueden decir lo mismo, ¿verdad?
—Estoy de acuerdo, Beresford; completamente de acuerdo —respondí riendo. Siempre era franco y directo, aunque al mismo tiempo sumamente cortés y diplomático.
La sirena de aviso volvió a sonar. Todo el equipaje había sido embarcado y el vapor estaba listo para zarpar. Solo quedaba colocada la pasarela principal, junto a la cual se agolpaba el habitual y variopinto grupo de viajeros: desde elegantes actrices francesas envueltas en lujosas pieles hasta los inevitables funcionarios civiles británicos destinados a la India, delgados y con gafas, que regresaban a Oriente acompañados de sus esposas.
—Adiós, mi querido Beresford —dije estrechándole la mano.
Al instante siguiente cruzó ágilmente la pasarela justo cuando comenzaban a retirarla, y el barco se separó lentamente del muelle.
Cerca de la medianoche, al llegar a Bruselas, entregué dos de las sacas y un despacho especial a Carew, segundo secretario de la embajada, que había acudido a la estación en automóvil para recibirme.
Permanecí conversando con él en el andén hasta que llegó rugiendo el expreso nocturno Ostende-Basilea. Entonces subí al compartimiento individual que me habían reservado en el coche cama, el cual debía llevarme hacia el sur, hasta Basilea. Allí tendría que hacer otro transbordo para continuar hasta Berna, la capital de la pacífica Confederación Suiza.
Acostado en aquella estrecha litera, mientras el tren se balanceaba durante toda la noche por los valles de las Ardenas y descendía hacia Estrasburgo, el sueño se negó a venir. Mis pensamientos giraban constantemente en torno a Joan y a mi misteriosa esposa, que me rogaba encontrarme con ella, pero cuyo paradero me era completamente imposible averiguar.
Mi vida se había vuelto tan desconcertante, tan llena de temores, de sobresaltos a cada hora y del constante presentimiento de una desgracia inminente, que, dormido o despierto, el misterio de Illona ocupaba por entero mi mente.
Tomé mi café matutino en el gran restaurante decorado con frescos de la estación de Basilea y, poco después, abordé el tren con mis sacas rumbo a Berna. Allí entregué una de ellas en la legación. Luego regresé en automóvil a la estación, continué hasta Zúrich y, esa misma noche, tomé el expreso con destino a Viena.
Mi único propósito era cumplir con mis obligaciones y regresar a Londres lo antes posible.
Al llegar a la gran y resonante estación del Oeste de Viena, tomé un taxi hasta nuestra magnífica embajada de la Metternichgasse y entregué allí las sacas y los despachos a Charlie Denby, el primer secretario.
Me invitó a quedarme a cenar, pero rechacé la invitación y, como había una saca lista para el viaje de regreso, la lancé al interior del taxi. Vi que aún disponía de tiempo suficiente para abordar el Orient Express con destino a París, así que di un paseo en coche por la Ringstrasse, aquella maravillosa sucesión de los bulevares más espléndidos del mundo.
Conocía bien Viena. En otras circunstancias habría agradecido pasar allí un par de días de descanso y placer después del polvoriento viaje desde Londres. Pero aquella noche me limité a tomar un Kapuziner en una mesa al aire libre del Café Prückel, en el Stubenring, y luego fui al Stephans-Keller para cenar un exquisito goulash con pimentón, seguido de unos deliciosos palatschinken, finísimos y perfectamente preparados. Por lo general, un Mensajero del Rey termina siendo un buen conocedor de la cocina extranjera, y me temo que yo no era la excepción.
Poco después de las diez de la noche, el gran Orient Express irrumpió en la estación procedente de Constantinopla y con destino a Calais, compuesto por un coche comedor y cuatro polvorientos coches dormitorio.
El revisor, vestido con su uniforme marrón, descendió del tren y me reconoció enseguida. Me saludó militarmente y, poco después, ya me había instalado cómodamente en mi compartimiento.
Apenas había terminado cuando Charlie Denby entró apresuradamente en el coche.
—Menos mal que te alcancé, Lionel. Acabamos de recibir un telegrama del Foreign Office cambiando tu itinerario. Debes seguir por el ramal de París desde Wels, en lugar de regresar por Bruselas y Ostende. Hay despachos esperándote en París.
—¡Vaya! —exclamé riendo—. ¡Menuda vida llevamos sobre esta interminable parrilla de vías férreas!
Como el expreso permanecía veinte minutos en la estación, mi equipaje y yo fuimos trasladados rápidamente al coche cama con destino a París, y Charlie y yo aprovechamos para tomar unos cócteles en el coche restaurante.
Observé a mis compañeros de viaje. En su mayoría eran comerciantes y hombres de negocios procedentes del Cercano Oriente, junto con una o dos familias estadounidenses realmente encantadoras, de esas que tanto agradan a los ingleses: personas elegantes, educadas y con el equipaje más impecable del mundo.
Es posible reconocer a los viajeros estadounidenses entre millones por su aspecto afable y el extraordinario orden de sus pertenencias.
Como viajero constante, dondequiera que voy encuentro estadounidenses atendidos por Cook's, Raymond & Whitcomb, American Express y otras agencias de turismo que siempre cuidan magníficamente de sus clientes.
Solo los Mensajeros del Rey pueden juzgar con verdadero conocimiento las agencias de viajes, la asombrosa eficacia de su organización y también sus escasos errores.
Viajar en los tiempos modernos es una empresa extraordinariamente compleja. Nadie la conoce ni la contempla mejor que ese discreto hombre vestido con un práctico abrigo de viaje; el mismo que, invariablemente, come un modesto emparedado en el salón de fumadores de un vapor que cruza el Canal de la Mancha. Es el más digno de confianza de los servidores del Estado: el mensajero que sirve directamente a su Soberano.
CAPÍTULO XVIII
—¡UNA DAMA DESEA VERLO, SEÑOR!
Agotado y rendido por el viaje, dormí hasta que el revisor me despertó con mi café y unas galletas.
—¡Laroche, monsieur! —anunció.
Supe entonces que nos aproximábamos rápidamente a París. Corrí la cortinilla de la ventanilla y contemplé las familiares hileras de álamos y el paisaje llano y poco interesante.
Me afeité y me vestí con calma, pues no tenía necesidad de dirigirme a la embajada. Los despachos me serían entregados allí mismo, ya que el Orient Express terminaba su largo recorrido en Calais.
Al entrar en París vi a Pallant, uno de los agregados de la embajada, un hombre alto y de porte distinguido, esperándome junto a su chófer con dos pequeñas sacas blancas. Desde la ventanilla abierta de mi compartimiento le saludé con la mano, quizá con un gesto algo fatigado. Pocos instantes después subía al coche, seguido por el conductor.
—Me alegra que hayamos logrado encontrarte, Hipwell —dijo—. Ha habido bastantes complicaciones. Parece que todos ustedes andan de viaje estos días.
—¿Y por qué no enviaron a Farmer a Londres? —pregunté—. Siempre está dispuesto a pasar un par de días allí.
—Tiene gripe, mi querido amigo. De no ser así, puedes estar seguro de que Gerry habría sido el primero en ir. Desde Downing Street nos avisaron por teléfono que estabas en Viena, así que te envié un telegrama para desviarte hacia París.
—Gracias por la molestia, mi querido Pallant —respondí entre risas—. ¿Hay algo importante?
Miré las dos sencillas sacas blancas de lona.
—¡Ah, sí! —exclamó—. Casi lo olvidaba.
Sacó del bolsillo uno de los conocidos sobres azules y estrechos, con una cruz impresa en el frente, y me entregó también el formulario oficial para que firmara el recibo. Garabateé mi firma apresuradamente.
—¡Estuviste a punto de olvidar el verdadero motivo de tu visita! —bromeé.
Apenas entré en mi apartamento aquella noche, Bruce me recibió en el umbral.
—El señor Gell acaba de llamar por teléfono, señor. Dice que vaya a Queen's Gate en cuanto llegue.
—¿Y la señora Illona ha venido?
—No, señor.
Vi que la carta seguía donde la había dejado, sobre mi escritorio.
Después de lavarme apresuradamente, tomé un taxi en Piccadilly y me dirigí a casa del padre de Joan. Me preguntaba si tendría alguna noticia de ella.
Nada más verlo comprendí que el paradero de mi amada seguía siendo un misterio.
—Ese individuo, Dufour, volvió a comparecer esta tarde en Bow Street —me dijo—. La policía sabe que está relacionado con delincuentes, pero se negó a revelar dónde se encuentra su esposa, asegurando que ella lo había abandonado y que ignoraba su paradero. Lo normal sería enviarlo a juicio, pero tengo entendido que la policía cree que podrá averiguar más si lo deja en libertad. Así podrán vigilar sus movimientos.
—¿Y permitir que se les escape, igual que ocurrió con Owen? —comenté con una sonrisa irónica.
—Precisamente —respondió el conocido abogado—. Confían en capturar finalmente a ambos.
Hizo una pausa antes de añadir:
—Mi impresión es que Dufour mató al joven sinvergüenza Wilson por venganza.
—¿Acaso Wilson huyó con la esposa de Dufour? —aventuré.
—¡Por Júpiter! ¡No se me había ocurrido! —exclamó—. Desde luego, ese podría haber sido el motivo.
—En cualquier caso, eso no nos acerca ni un paso a la solución del misterio de la pobre Joan —observé.
—No —respondió con voz apagada y desalentada—. ¡Si al menos pudiéramos encontrar alguna pista que nos dijera dónde está realmente! La policía parece considerar el asunto prácticamente perdido.
Guardé silencio.
¿Estaba muerta o seguía con vida?
Cada vez estaba más convencido de una cosa: el engaño con el que la habían hecho salir de casa había sido dirigido, en realidad, contra mí. Los enemigos de los que Illona me había advertido habían ejecutado un plan tan vil como ingenioso, y estaba seguro de que Owen había participado en él. Si hubiera sido el hombre honrado que aparentaba ser, jamás habría mantenido relaciones con el joven ladrón Tuggy Wilson; ni, al descubrir que era vigilado, habría desaparecido con tanta habilidad.
Además, ¿cuál era su verdadera relación con Lisely Hatten, aquella mujer que me había engañado con tan extraordinario éxito? ¿Y qué significado ocultaba aquel hermoso fragmento de aguamarina azul transparente con el doble cero grabado? Sin duda, recibirlo constituía alguna señal previamente convenida.
Fuera cual fuese la explicación, mi querida Joan había caído indefensa en manos de mis enemigos.
Al día siguiente, el señor Gell me informó de que Dufour había sido puesto en libertad por falta de pruebas suficientes.
Sabía que Scotland Yard lo vigilaría muy de cerca, con la esperanza de que terminara reuniéndose con el fugitivo Owen.
Dos días después, hacia las tres de la tarde, Teddy Day y yo estábamos sentados en mi sala comentando la situación cuando sonó el timbre y Bruce entró anunciando:
—Hay una dama que desea verlo, señor. Se niega a dar su nombre.
Me puse de pie, sorprendido. Teddy tomó inmediatamente el sombrero y, con cualquier pretexto, se despidió.
—Hazla pasar —ordené en cuanto mi amigo hubo salido.
Al instante siguiente apenas pude creer lo que veían mis ojos.
¡En el umbral estaba Ángela, la Pequeña Condesa!
Recobré el dominio de mí mismo de inmediato, decidido a no permitir que advirtiera que mi mente había recuperado por completo la lucidez.
¿Qué podía significar aquella visita?
—¡Mi querida Contessina! —exclamé, adelantándome para saludarla con entusiasmo—. ¡Qué sorpresa tan agradable! Pase, por favor. Siéntese.
Ella soltó una alegre carcajada. Lucía encantadora con un fresco vestido veraniego de crêpe de Chine color gris perla.
—Pensé que lograría sorprenderlo, señor Hipwell —dijo la mujer que había frustrado mi encuentro con Illona y de quien sabía que era mi enemiga.
No podía evitar lo extraño que resultaba haber tenido, desde el primer instante en que recuperé la lucidez en Roma, la certeza de haberla visto antes en algún lugar. Más extraño aún fue que no comprendiera hasta encontrarme con Owen que ella y la mecanógrafa de la City —cuyo entorno estaba lleno de criminales peligrosos— eran la misma persona.
—Antes que nada debo agradecerle que haya cumplido la promesa que me hizo —dijo la esbelta y hermosa joven que tanto me había cautivado en Roma, aunque sus gestos seguían siendo sospechosos.
Sentada en mi sillón, ciertamente no tenía el aspecto de una delincuente.
—Encontré al señor Owen y le entregué aquella hermosa aguamarina tallada. ¡Qué colgante tan encantador era!
—Sí —respondió con indiferencia—. Bastante bonito. Pero la razón por la que me atreví a venir es que mi amigo, el señor Owen, ha desaparecido. Según me contó su criado, salió temprano una mañana y no ha regresado.
Fingí sorpresa, aunque estaba convencido de que intentaba engañarme por algún motivo que aún desconocía. No olvidaba que era mi peor enemiga. Sin embargo, seguía pensando que, desde que la descubrí en aquella reunión de Camberwell, temía que yo la denunciara a la policía.
Recordé que había sido ella quien propuso aquel espantoso castigo de dejarme ciego y, sin embargo, nunca llevó a cabo semejante brutalidad. ¿Por qué? ¿Y por qué, en lugar de eso, me había administrado una droga que paralizó ciertas células de mi cerebro?
—¿Existe alguna razón por la que el señor Owen haya desaparecido? —pregunté, fingiendo ignorancia.
—Ninguna, que yo sepa —respondió, sin sospechar que yo conocía su viaje a Liverpool y cómo me había engañado enviando a la joven manicurista a los Jardines de Kensington—. Claro que pudo haber ido a Turín con la esperanza de encontrarme allí.
—¿Sabía él que usted estaba en Turín? —pregunté.
—Sí. Yo misma se lo hice saber. Había insistido mucho en verme —contestó con su ligero acento extranjero.
Entonces, para cambiar de tema y darle oportunidad de revelar el verdadero motivo de su visita, pregunté:
—¿Y cómo están nuestros amigos comunes de Roma? ¿Cómo los dejó?
Se movió ligeramente en su asiento. ¿Sospechaba que la había reconocido? Esperaba que no, pues me esforzaba por aparentar ignorancia y tratarla únicamente como la Contessina Ángela Ugostini.
—¡Oh! La mayoría ya se ha marchado de Roma; todos los que han podido. Allí empieza a hacer demasiado calor. Pero el personal de las embajadas debe permanecer. Algunos se han ido a las montañas de la Toscana; el embajador de Francia y su esposa están en Vallombrosa; el embajador de España se encuentra en Montecatini siguiendo un tratamiento, mientras los Ruspoli están en Livorno, junto al mar, y mi tía en Santa Margherita.
—¿Y la situación política? —pregunté mientras le ofrecía un cigarrillo y lo encendía.
Tenía la impresión de que aún vacilaba antes de revelar el verdadero propósito de su visita. Quizá, si lograba que se sintiera cómoda, acabaría bajando la guardia.
A través del humo del tabaco me observó de manera extraña, con los ojos entrecerrados. Tras un breve silencio habló:
—Usted conoce la gravedad de la situación tan bien como yo, señor Hipwell; probablemente mucho mejor.
Su actitud había cambiado de forma notable, y aquello me sorprendió.
—¿Las cosas empeoran? —pregunté.
—¿No ha vuelto a Italia desde aquella mañana en que nos encontramos en la iglesia? —inquirió.
—No, Contessina —respondí—. De haber regresado, sin duda habría procurado encontrarla.
Sonrió satisfecha. Mis palabras parecían convencerla de que yo seguía creyéndola la aristócrata que fingía ser y de que mi mente continuaba lo bastante trastornada como para no relacionarla con la furiosa mujer de Camberwell.
—Me habría alegrado muchísimo volver a verlo, señor Hipwell —dijo, mirándome con indolencia a través del humo de su cigarrillo—. Después de Roma fui al lago de Garda; luego regresé a Florencia y a Venecia. Después vine a Milán y, finalmente, aquí.
—Y la Contessina será tan conocida y apreciada en todos esos lugares como lo es en Roma —comenté sonriendo.
—Al contrario —replicó—. Solo en Florencia asistí una o dos veces a reuniones sociales. Pero aquel ambiente no me pareció ni de lejos tan agradable, cosmopolita y cordial como el de la capital. Tengo un tío que vive en Fiesole.
—Un lugar encantador —observé—. Hace algunos años tenía allí a un pariente.
—Sí… —suspiró con cierta melancolía—. Italia es un país bellísimo, lleno de encanto. Lo único que a veces empaña su recuerdo son los amargos recuerdos personales que despierta.
—Eso puede decirse de cualquier país, Contessina —respondí.
—Supongo que usted, con tantos viajes, habrá vivido numerosas aventuras amorosas que luego recuerda al regresar y de las que, en ocasiones, hasta se arrepiente —dijo riendo.
—No puedo declararme culpable de aventuras amorosas —respondí, manteniendo el duelo verbal y preguntándome si el verdadero propósito de su visita era comprobar que mi memoria aún no había regresado—. Toda mi vida estuvo dedicada a mis aspiraciones políticas hasta que terminé, casi por accidente, en el cargo que ahora desempeño.
—Un puesto de enorme responsabilidad; quizá uno de los más importantes —dijo la elegante joven que, con su vestido parisino, lucía tan refinada y tan distinta de la mecanógrafa de la City, con falda y blusa, que yo había conocido en otro tiempo.
En dos años y medio había experimentado una transformación asombrosa. La crisálida de un mundo modesto de clase trabajadora se había convertido en una brillante mariposa de la alta sociedad. Cuando recordaba nuestros sencillos desayunos juntos y cómo corría apresurada hacia la oficina, apenas podía creer que aquella mujer y la que ahora tenía delante fueran la misma persona.
Sin embargo, como podrá imaginar el lector, mantener la farsa y seguir fingiendo ignorancia del pasado exigía toda mi prudencia y un extraordinario dominio de mí mismo.
La muchacha era mi enemiga, mi más encarnizada enemiga. ¿Por qué, entonces, había ido a visitarme a mis habitaciones fingiendo ser mi amiga? ¿Por qué lamentaba ante mí la desaparición de su amante, el hombre del eufónico nombre de Roddy Owen, el mismo nombre de un célebre y popular deportista de la década de 1890?
Le ofrecí otro cigarrillo, pues se había acomodado con toda tranquilidad en mi amplio sillón de soltero. Sus elegantes piernas, envueltas en medias de seda, y sus zapatos finos, perfectamente combinados con ellas, descansaban estirados con absoluta naturalidad.
Conseguí conservar la sangre fría, a pesar de la tensión que suponía saber perfectamente que mi hermosa visitante no hacía más que representar el papel de amiga.
Eran ya cerca de las cuatro, y, al ver que no lograría averiguar nada más, le propuse que fuéramos a tomar el té al salón del Carlton. Caminamos juntos por Piccadilly, bajamos por Haymarket y entramos en el patio de las palmeras, donde nos sentamos en una de las conocidas mesitas. Fue ella quien me sirvió el té.
Los tés del Carlton no se diferenciaban en absoluto de los que se servían en cualquier hotel de lujo del mundo con orquesta incluida, una auténtica pesadilla para todo viajero habitual.
Por fin, con cierta aprensión, me atreví a decir:
—¿No crees que ya hemos tenido suficiente de todo esto, Angela?
—Estoy de acuerdo. Detesto estos bailes con té.
Luego, tras unos instantes de silencio durante los cuales me sostuvo la mirada de frente —la primera vez que se mostraba verdaderamente sincera conmigo—, añadió:
—¿Me llevarías de vuelta a tus habitaciones, señor Hipwell? Yo... bueno... quiero hablar con usted de un asunto muy confidencial y con toda franqueza.
CAPÍTULO DIECINUEVE
ÁNGELA HABLA CON FRANQUEZA
Cuando regresamos a Sackville Street y ella volvió a sentarse, yo permanecí de pie sobre la alfombra, frente a la chimenea, mirándola con gesto expectante.
Sabía muy bien que me estaba poniendo a prueba, tratando de asegurarse de que los recuerdos del pasado no habían regresado a mi memoria y de que aún no la reconocía. Con gran esfuerzo había logrado sostener aquella ficción. Sin embargo, resultaba difícil fingir amistad cuando sabía que era mi enemiga más peligrosa.
Deseaba preguntarle por qué había impedido mi encuentro con Illona y por qué me había enviado aquel fragmento de música falso. Pero ¿cómo hacerlo sin revelar lo que realmente sabía?
—Bien —dije al fin—. ¿Qué es lo que quiere decirme, Ángela?
Y aguardé a que las mentiras brotaran de sus labios.
—Quiero hablarle de un asunto que nos concierne muy de cerca a los dos —respondió con voz tranquila, distinta de la habitual—. Usted sabe que Roddy ha desaparecido y estoy profundamente preocupada por encontrarlo. ¿Tiene alguna idea de por qué se fue o cuál pudo haber sido el motivo?
Me miró fijamente a los ojos.
—¿Cómo habría de saberlo? —respondí. Mi sorpresa era genuina, aunque al mismo tiempo comprendí la astucia con la que intentaba hacerme caer en la trampa para que revelara algún conocimiento secreto sobre su amigo.
—Pensé que eran amigos.
—Solo a raíz de la entrevista que tuve con él de parte suya —contesté.
—Creía que conocía a una amiga suya, la señorita Gell —dijo, como si pensara en voz alta.
—¿La conocía? —exclamé con inquietud.
—Eso he oído. Por eso pensé que quizá usted supiera algo acerca de su misteriosa desaparición. ¿La señorita Gell no le ha dicho nada?
—No, nada.
—Ah, eso es curioso —comentó.
—No, no tiene nada de extraño —respondí impulsivamente—. La señorita Gell también ha desaparecido y nadie ha logrado encontrarla.
La Pequeña Condesa se sobresaltó.
—¿La señorita Gell también ha desaparecido? —exclamó—. Entonces quizá ambos se hayan marchado juntos.
—No lo creo, porque Joan desapareció bastante antes que Owen.
La joven que se hacía pasar por hija de un conde italiano permaneció un buen rato en silencio, con la mirada fija en la chimenea apagada.
—Escuche, señor Hipwell —dijo al fin—. Seamos francos el uno con el otro.
—Yo lo soy por completo —respondí.
—Quiero decir que actuemos en beneficio mutuo. Cada uno de nosotros tiene a alguien cercano que parece haberse esfumado. ¿Por qué no nos ayudamos y decimos la verdad hasta donde la conocemos?
Hizo una pausa, me miró de manera extraña y añadió:
—Puedo contarle algo, si usted me dice lo que sabe acerca de Roddy.
—¿Sabe algo de Joan? —pregunté ansioso—. Dígamelo.
—Cuando usted me haya dicho lo que sabe sobre Roddy —replicó con firmeza—. Ese es el trato.
—Pero es muy poco lo que sé —respondí con sinceridad—. Solo me enteré de que una madrugada salió de su apartamento y desde entonces nadie lo ha vuelto a ver.
—Eso ya lo sé. Pero ¿quién se lo dijo?
Vacilé un instante. Habíamos acordado que ambos revelaríamos lo que sabíamos.
—Me lo dijo la policía.
—¡¿La policía?! —exclamó, incorporándose con sobresalto—. ¿Lo están buscando?
—Eso creo.
—¿Por qué motivo? —preguntó con ansiedad—. Cuénteme todo lo que sabe. Recuerde nuestro acuerdo.
—Creo que su amigo Owen mantenía amistad con un joven conocido en ciertos ambientes como Tuggy Wilson.
—Sí, lo sé.
—Pues bien, una noche Owen y él estaban en Fulham cuando Wilson fue asesinado de un disparo por una persona desconocida.
—¡¿Tuggy ha muerto?! —exclamó, mirándome con asombro.
—Sí. Salió en los periódicos.
—Yo estaba en Italia y no vi nada de eso. ¿No sospecharían que Roddy lo había asesinado?
—No. Arrestaron a un hombre llamado Dufour, un camarero extranjero; pero, como no había pruebas, lo dejaron libre.
—¿Dufour? —repitió—. Pero ¿de qué sospechaba la policía respecto a Roddy?
—De ser cómplice de Wilson, cuyas huellas dactilares demostraron que era un ladrón experto y bien conocido por la policía.
—¡Es imposible que Roddy se relacionara con gente así! —declaró la muchacha, a quien yo sabía integrante de una peligrosísima banda internacional.
—Entonces, ¿usted sabía que Wilson era un ladrón? —pregunté.
—Lo había oído decir. ¿La policía sigue sospechando de Dufour?
—Sí. Intentó huir del país desde Southampton, pero fue detenido.
—Y luego lo dejaron libre —dijo con alivio evidente.
—Sí. No había pruebas —respondí, aunque omití decirle que todos sus movimientos estaban siendo vigilados cuidadosamente.
—No puedo comprender por qué la policía sospecha de Roddy —dijo la joven, con las manos reposando tranquilamente sobre el regazo.
—Porque sabían que era amigo del hombre muerto.
—Pero jamás habría huido de la policía. No tenía ningún motivo.
—No, si realmente no hubiera tenido participación alguna en el asunto —observé.
—Entonces, ¿usted cree que intervino en el asesinato de Tuggy? —preguntó, mirándome con resentimiento.
—En absoluto —la tranquilicé—. Solo sigo la teoría de la policía: descubrió que lo vigilaban y se asustó.
—Pero también pudo haber sido víctima de sus enemigos, igual que le ocurrió a su amiga —replicó.
—¿Qué sabe usted de Joan? —pregunté con rapidez—. Dígamelo. Yo ya le he contado todo lo que sé acerca de Owen.
—Lo que me ha dicho sobre él, señor Hipwell, me ha aclarado muchas cosas que hasta ahora eran un misterio. Me ha abierto los ojos y me ha dado una pista para comprender mucho de lo que me desconcertaba. Solo puedo agradecérselo —dijo con voz serena, aunque tensa—. Ahora comprendo perfectamente el miedo que debió sentir Roddy cuando Wilson fue asesinado por un desconocido. El motivo de su desaparición ha quedado claro para mí. Solo espero que la policía termine por levantar la vigilancia y que él pueda marcharse al extranjero sin más dificultades. Estoy convencida de que es completamente inocente.
—Usted mencionó que era amigo de Joan. Eso es completamente nuevo para mí. ¿Cómo lo supo?
—Me escribió hace bastante tiempo diciéndome que la había conocido y que era su prometida.
—¿Hace cuánto tiempo?
—Oh, hará ya cerca de un año.
Reflexioné. En aquella época yo aún me encontraba sumido en mi estado de inconsciencia.
—Existe la creencia de que, la noche en que Joan desapareció, estuvo en el club de baile Florida con un joven rubio que se parecía mucho a Owen. ¿Sabe usted algo de eso?
—En absoluto —respondió—. No sé nada más de lo que él mismo me contó.
—Es extraño que Joan nunca lo mencionara —observé.
Pero, para mis adentros, recordé que aquella amistad pertenecía al período en que yo permanecía ajeno a la realidad.
Ansiaba revelar a la astuta criminal que tenía delante todo lo que sabía y exigirle que me explicara el significado de aquella partitura que me había enviado.
Sin embargo, me pareció más prudente no descubrir mis cartas. Era evidente que estaba llevando adelante un juego muy profundo. Si seguía fingiendo haber perdido la memoria y le hacía creer que aún era su instrumento, probablemente descubriría mucho más que si la desenmascaraba de inmediato.
—Bien, contesina —dije, llamándola por el nombre que estaba seguro la hacía sentirse a salvo—. Ya le he contado todo lo que sé sobre su amigo, el señor Owen. Ahora explíqueme qué sabe de Joan.
Durante unos instantes permaneció en silencio. Sus ojos estaban clavados en los míos con una expresión claramente recelosa. Creo que todavía no estaba segura de si había descubierto su verdadera identidad, aunque yo había puesto todo mi empeño en fingir ignorancia. Seguía tratándola como a la Pequeña Condesa, aquella junto a la cual había protagonizado mi ridícula caída bajo la mesa del embajador británico en Roma.
—Puedo decirle muy poco, señor Hipwell —respondió al fin—. Me temo que usted considera tanto al señor Owen como a mí más enemigos que amigos. Dígame la verdad, ¿no es así?
Cruzó las piernas, apoyó el mentón sobre una mano y me sonrió.
—Ahora que usted me dice algo que jamás habría imaginado, que Joan conocía a Roddy Owen, confieso que empiezo a sospechar que él pudo haber tenido alguna participación en su desaparición. Y más aún porque ciertas personas afirman que aquella noche bailó con él en el Florida.
—Todo eso son tonterías —respondió con una risa ligera—. Tenga por seguro que Roddy no tuvo absolutamente nada que ver con la desaparición de la señorita Gell. Esto es un caso de venganza y represalia. Esa es mi opinión.
—¿Cómo?
—¿Nunca se le ha ocurrido pensar que su padre, el señor Gell, el famoso fiscal de la Corona, ha sido responsable de enviar a decenas de delincuentes, de toda clase y edad, a largas condenas en Dartmoor? ¿Y qué puede haber de más natural que esos mismos criminales hayan querido cobrarse la deuda?
Guardé silencio y la observé. Aunque hablaba con aquel encantador acento extranjero que aquí no puedo reproducir, el mismo que tanto me había cautivado cuando desayunábamos juntos en nuestro modesto alojamiento de Camberwell, me llamó la atención el empleo de la expresión «largas condenas», propia de la jerga del hampa para referirse a las penas de prisión, así como la alusión a Dartmoor, el célebre establecimiento penitenciario de Su Majestad.
—¿De verdad cree que la desaparición de Joan se debe a una venganza por alguna condena obtenida por su padre en el Old Bailey? —pregunté, deseoso de conocer su opinión.
—No tengo la menor duda —respondió—. Precisamente por eso he venido: para darle mi sincera opinión.
—Bien... ¿y qué puedo hacer yo? —pregunté, completamente desconcertado.
Su teoría acababa de apoderarse de mi pensamiento.
—Descubra qué condena importante obtuvo recientemente su padre —contestó en voz baja, con intensidad.
Estaba representando el papel de amiga, pero yo sabía instintivamente, y sin otra prueba que el engaño de Kensington Gardens, que era mi enemiga más peligrosa y sutil.
¡Cuánto deseaba volverme contra ella y exigirle una explicación por aquella farsa de hacerse pasar por hija de un conde italiano y por haberme enviado aquella desconcertante hoja de música manuscrita!
Pero conseguí mantener la calma. Cómo lo logré, todavía hoy no lo sé.
—Entonces, según su teoría, Joan es víctima de los enemigos de su padre; de delincuentes a quienes él, como fiscal de la Corona, envió a prisión.
—Estoy convencida de ello —afirmó.
Luego, tras una breve pausa, añadió con franqueza:
—Lo que me ha contado sobre Tuggy Wilson me ha revelado muchas cosas, señor Hipwell. ¡Jamás habría imaginado algo semejante!
—Y yo jamás habría supuesto que la desaparición de Joan pudiera deberse al éxito de su padre como abogado penalista.
—Pues ahí lo tiene —respondió la mujer que dos años antes había propuesto que me dejaran ciego para que nunca pudiera identificar a sus cómplices—. Hicimos un trato y ambos lo hemos cumplido. ¿Qué más podemos hacer?
—¿Buscará a Owen?
—Naturalmente. Debo encontrarlo. Y usted... usted debe encontrar a su prometida, Joan Gell.
—¡Ah, si tan solo pudiera! —exclamé—. Las semanas pasan y Scotland Yard sigue sin encontrar ninguna pista. Después de que la vieran en el Florida, desapareció por completo.
—Una represalia de los enemigos de su padre —insistió—. Al contarme lo que sabía sobre la amistad entre Roddy y el joven Wilson, así como sobre el asesinato de este último, me ha prestado un gran servicio. Si puedo ayudarle de algún modo a encontrar a Joan Gell, lo haré. Creo que dispongo de mis propios medios para investigarlo.
—Se lo agradezco de todo corazón, contesina —respondí con rapidez, desconfiando de inmediato de aquella alusión a sus «propios medios». Estaba seguro de que sabía mucho más de lo que estaba dispuesta a decirme.
En aquel instante, el impulso que me dominaba era abalanzarme sobre aquella delincuente de rostro culpable, sujetarla por el cuello y arrancarle la verdad a la fuerza. Pero volví a contenerme. Seguía convencido de que solo mediante la paciencia y la vigilancia podría enfrentar la conspiración urdida contra mí, de la que la misteriosa Illona me había advertido.
La contesina conocía a Illona y le tenía miedo. Era evidente que estaba decidida a impedir, a toda costa, que nos encontráramos.
En el cajón de mi escritorio seguía guardada la carta que había escrito a Illona, junto con la partitura que Lisely me había enviado. ¡Cuánto deseaba mostrársela a aquella mujer que creía engañarme con tanta habilidad y que, después de todo, acababa de sembrar en mi mente una nueva teoría sobre la causa de la desaparición de Joan!
Tomó su pequeño bolso de cuero rojo y se levantó para marcharse, aunque me pareció advertir cierta desgana.
—¿Hay algo más en lo que pueda ayudarla, contesina? —pregunté con estudiada cortesía.
—Me temo que no, señor Hipwell. Salvo... —hizo una pausa—... salvo que, cuando volvamos a encontrarnos, espero que crea un poco más en mi sinceridad de lo que cree hoy —añadió con una extraña sonrisa cargada de significado.
—¿Sinceridad? —repetí—. Pero, por supuesto, somos amigos, contesina. Desde luego creo en su buena voluntad.
Lo dije procurando reforzar todavía más la impresión de que seguía ignorando por completo quién era en realidad.
Pero ella se limitó a dejar escapar una breve risa nerviosa.
Mientras nos estrechábamos la mano, le pregunté dónde podía escribirle.
—A la oficina de Cook, en Berkeley Street —respondió—. Las cartas que envían allí siempre terminan encontrándome, tarde o temprano.
Y, dicho esto, salió de la habitación mientras Bruce la acompañaba hasta el ascensor.
CAPÍTULO VEINTE
¡MAÑANA!
En cuanto ella se marchó, llamé por teléfono al señor Gell a sus despachos. Pero seguía en el Old Bailey y no regresaría al Temple hasta más tarde. Entonces llamé a Queen’s Gate y pedí a su criado que me avisara en cuanto volviera a casa.
Hacia las siete sonó el teléfono y me encontré hablando con el célebre abogado.
—Necesito verlo de inmediato —le dije—. Voy para allá en un taxi.
—Muy bien, Lionel. Pero a las ocho tengo una cena del Silk and Stuff Club. Venga conmigo. Creo que le resultará interesante.
Le agradecí, me puse rápidamente el esmoquin y me dirigí con prisa a Queen’s Gate.
El corpulento caballero, ya vestido para la cena, estaba en su despacho inclinado sobre un voluminoso expediente cuando entré. Me recibió con la cordialidad de siempre, pero al notar la gravedad de mi expresión me preguntó qué ocurría.
Sin revelar el origen de mis sospechas sobre la desaparición de Joan, le pregunté:
—Entre todos los delincuentes que ha procesado últimamente, ¿cree que se ha ganado muchos enemigos?
—Esa es una pregunta bastante extraña —respondió, levantando la vista con sorpresa—. No imagino que ninguno de los acusados contra quienes obtengo condena me tenga afecto. Sin embargo, la mayoría de los delincuentes habituales saben perder. Si caen en manos de la policía, suelen culparse a sí mismos por no haber sido lo bastante hábiles.
—¿Ha recibido alguna vez amenazas?
—De vez en cuando —respondió con una risa jovial.
—Pero ¿no ocurre que los acusados se indignan por lo que el fiscal dice contra ellos?
—Las instrucciones del fiscal son precisas y directas. Se basan en la acusación y se presentan al jurado con imparcialidad, a diferencia del defensor, cuya elocuencia puede conmoverlos. El trabajo del fiscal es casi mecánico; no hay acritud ni sentimentalismo. Es simplemente la voz de la Corona.
—Y en esa calidad, ¿cree que nunca despierta el rencor de los amigos del acusado?
—No iría tan lejos —respondió enseguida—. Cuando uno de los miembros de una banda resulta condenado, los demás, que permanecen ocultos, bien podrían vengarse del abogado de la acusación.
—Señor Gell —dije, mirándolo fijamente—, ¿nunca ha pensado que la desaparición de Joan pueda deberse precisamente a una venganza de esa naturaleza?
—¡Dios mío, Lionel! —exclamó, poniéndose de pie de un salto—. ¡Creo que tiene razón! ¡La tiene! —gritó—. ¡Estoy seguro! Como usted dice, esto es obra de alguna banda criminal.
—Existen más que simples sospechas de que Joan estuvo con Owen la noche en que salió de su casa —señalé—. Sabemos que Owen era amigo de un ladrón hábil y que desapareció en cuanto sospechó que la policía lo vigilaba.
—¡Es cierto! —exclamó el angustiado padre—. Esos miserables tienen a mi pobre hija en sus manos… si es que aún vive.
—Ellos saben que usted la busca y que Scotland Yard pretende hallarla, viva o muerta.
—¡Ah! Puede que ya esté muerta. Tal vez su venganza ya se haya consumado —murmuró con voz quebrada.
—¿Pero la venganza de quién? —pregunté—. Revise los casos recientes y vea si en alguno estuvieron implicados Owen, Wilson o Dufour.
—Me lo pregunto… —dijo pensativo.
Me explicó que, cuando alguien era acusado, la policía podía conocer a sus cómplices, pero esos nombres no se comunicaban al fiscal. Su deber era sostener la acusación y procurar que el culpable recibiera la pena justa.
Recordando la relación de Lisely con la banda de Camberwell —la misma que repartía joyas de incalculable valor cuando entré accidentalmente en aquella habitación— y su amistad con Owen, pregunté:
—¿Ha procesado recientemente a alguna banda dedicada al robo de joyas?
—No en los últimos meses —respondió tras reflexionar—. Pero hace un año llevé un caso en el Old Bailey, bastante curioso, que me hizo sospechar de una banda cuyos integrantes entregaron deliberadamente a una mujer a la policía y luego desaparecieron. Aquella mujer hizo una declaración que nos pareció disparatada.
—¿Cómo se llamaba? —pregunté con un interés imposible de disimular.
—No lo recuerdo. Voy a buscarlo.
Sacó un diario de uno de los estantes y, tras revisar varias páginas, exclamó:
—Aquí está. Ante el Recorder, en abril del año pasado. La acusada se llamaba Hilda Bennett, alias May, y fue procesada por complicidad en el robo de unas joyas en la estación marítima de Dover.
—¡¿Hilda Bennett?! —repetí, estupefacto.
—Sí. Probablemente leyó algo sobre ese caso —continuó—. Robó el joyero de la baronesa d’Armenonville, esposa de un banquero parisino, que viajaba hacia Londres. Había un collar de perlas valuado en cincuenta mil libras, además de otras joyas. Los ladrones siguieron a la dama desde París en el tren Golden Arrow. Al llegar a Dover, la acusada, una mujer alta y corpulenta, le arrebató el joyero tras pasar la aduana. Con ayuda de sus cómplices huyó en automóvil. La policía de Dover, convencida de que no viajaría en tren, avisó a los puestos de vigilancia de las carreteras. Vieron un automóvil avanzar a gran velocidad hacia Folkestone. A las afueras lo interceptaron y arrestaron a la mujer. Llevaba las joyas ocultas en un bolsillo falso. El estuche fue hallado al día siguiente en un seto.
—¡Hilda Bennett! —repetí, mientras el recuerdo de aquella fatídica noche en Bloomsbury me atravesaba la mente.
—Sí. El caso despertó gran interés porque, tras el veredicto de culpabilidad, la policía presentó una declaración adicional. Se demostró que aquella mujer había estado en Bloomsbury catorce meses antes, cuando su amante, un hombre llamado Rodwell, murió de un disparo. La pistola había sido robada en Cromwell Road, y las huellas del fallecido revelaron que era uno de los ladrones de joyas más hábiles, buscado en media Europa. Ese hombre, Rodwell, alias May, llevaba una vida aparentemente respetable en Hampstead, como comerciante de cereales en Highbury. Pero en realidad era Monkey Dick, miembro de una peligrosa banda de asaltantes motorizados que había actuado en Riga, en la frontera rusa. Yo mismo vi el informe de la policía de Riga solicitando información sobre aquel bandido inglés. Pero ya había muerto, y se les comunicó oficialmente.
—¿Y la acusada? ¿Qué clase de mujer era? Debía de ser alguien interesante, sin duda —pregunté, guardando para mí todo lo que sabía.
—La recuerdo como una mujer elegante, quizá demasiado llamativa en el vestir, atractiva y muy despierta, pero con esa expresión astuta bajo los ojos que nosotros, los fiscales, siempre aprendemos a reconocer. Pocos de los que ejercemos en el tribunal penal nos equivocamos. He procesado a personas de las que comprendí desde el primer momento que eran inocentes, y en esos casos coincidí plenamente con mi distinguido colega de la defensa. Ningún hombre ni ninguna mujer inocentes llevan la culpa escrita en el rostro. Los culpables, en cambio, sí la llevan, y un abogado experimentado desarrolla tal intuición para el delito que es capaz de distinguir por sí mismo al culpable del inocente.
—¿Y esa mujer, Bennett, era culpable? —pregunté, desconcertado por su afirmación.
—Por supuesto. Siempre me pareció que había estado implicada junto a Rodwell, aquel bandido internacional del automóvil que participó en varios robos extraordinarios. Quién asesinó a su amante probablemente nunca se sabrá. En cualquier caso, el jurado la declaró culpable y abandonó el banquillo lanzando gritos cuando el juez la condenó a cinco años de prisión.
—Cinco años. Entonces sigue en la cárcel —comenté.
—Sí. Aunque creo que el jurado estaba convencido de que ella había sufrido más injusticias de las que había cometido. Sostuvo con enorme vehemencia que uno de sus enemigos había asesinado deliberadamente a Rodwell y que ese mismo enemigo la había denunciado ante la policía.
No dije nada. Mi mente estaba desbordada de pensamientos. Ahora comprendía lo que antes no había logrado ver: la razón de la desaparición de Joan. Los amigos de aquella mujer de la fatídica noche, cuyo rostro malvado permanecía grabado para siempre en mi memoria, se habían vengado del hombre que había conseguido su condena.
Recordé que, en aquel momento decisivo en Camberwell, ella no me había reconocido como el adversario de su amante. Tal vez se debiera a que Lisely había afirmado que yo era un informante de la policía. Aun así, le debía la vida, del mismo modo que le debía la vista a la mujer que me había envuelto con tanta habilidad en aquel desconcertante misterio.
—Bien —exclamé al fin—. ¿No cree que el caso de esa mujer, Bennett, arroja alguna luz sobre la situación actual, señor Gell? ¿No piensa que sus amigos, a quienes la policía identificó como una peligrosa banda internacional, pudieron vengarse atrayendo a Joan hacia una trampa?
—Desde luego, eso parece —respondió—. Debo admitir que hasta ahora no lo había considerado. Tendré que ir a Scotland Yard e intentar averiguar quiénes eran sus cómplices y si esa banda sigue existiendo, como sin duda ocurre.
Luego, mirando el antiguo reloj de mármol sobre la repisa de la chimenea, comentó:
—¡Por Dios! Tenemos que irnos. Se nos ha hecho muy tarde, Lionel. Ojalá pudiera librarme de esta cena. No estoy de humor para pronunciar un discurso ingenioso. Pero ese es el inconveniente de la popularidad, muchacho. Siempre debes darle al público lo que espera de ti o caerás en su estima como un perro muerto atado a una piedra.
Estiró los brazos por encima de la cabeza, bostezó con cansancio y añadió:
—Vamos. El automóvil nos espera.
Recorrimos las concurridas calles de Londres, donde las luces centelleaban en la noche, pero habló muy poco. Su única obsesión, igual que la mía, era el destino de la pobre Joan. Sin embargo, ambos teníamos la sensación de hallarnos a las puertas de un descubrimiento y de que el futuro nos reservaba revelaciones extraordinarias.
Lo que me había contado acerca de Hilda Bennett me dejó profundamente impresionado. Jamás habría imaginado que, a consecuencia de la fría e implacable acusación formulada por el señor Gell ante el tribunal, aquella mujer se consumiera ahora en una prisión para mujeres; la misma mujer que había declarado a la policía que yo había asesinado deliberadamente a su amante, sabiendo perfectamente que había sido él quien primero sacó el arma contra mí.
A sus falsas acusaciones debía mi huida, mis desgracias, mi infortunio y, ahora, la pérdida de la mujer a quien amaba con toda mi alma. Por su culpa había perdido también dos de los mejores años de mi vida, arrojado, durante todo ese tiempo, a un torbellino de incertidumbre y desesperación.
A ella debía igualmente mi increíble matrimonio con la desconocida y escurridiza Illona, quienquiera que fuese. Que era mi amiga parecía indudable, pero ignoraba quién era, qué edad tenía, si era hermosa o no.
A veces la imaginaba como una joven moderna y elegante, de ropa escogida con buen gusto y de impecables medias y zapatos; esos pequeños detalles que tanto atraen o repelen a un hombre. Nada desagrada más al joven moderno, acostumbrado a la elegancia y al baile, que unas medias baratas y mal ajustadas o unos zapatos de mala calidad. Una muchacha puede vestir con sencillez de la cintura para arriba, pero nadie perdona unas medias corridas, por muy bien remendadas que estén, ni unos zapatos con el menor desgaste en el talón.
Todos hemos cambiado, no solo el llamado sexo débil, al que las páginas de moda de los periódicos permiten reinventarse constantemente. Incluso el hombre, que durante el día puede exhibir las más extravagantes prendas de colores y aquellos ridículos pantalones bombachos, sigue condenado al riguroso negro de la noche. Los hombres continúan pareciéndose a empleados de funerarias o camareros. Estoy seguro de que más de uno de mis lectores, como me ha ocurrido a mí, habrá sido confundido entre una multitud con un empleado del servicio de banquetes y le habrán preguntado alguna dirección.
La vida actual es una sucesión de problemas, problemas terribles que pocos están dispuestos a afrontar.
¡Por desgracia, así es! Pero la verdad debe enfrentarse. Los tribunales de divorcio ofrecen cada día ejemplos de la perfidia del hombre y de la debilidad de la mujer. Son casos que hacen sufrir a los jueces, quienes, pese a todo, deben cumplir con su deber. También son procesos en los que el King's Proctor es engañado una y otra vez, mientras que el decreto provisional de divorcio parece estar al alcance de cualquiera que comercie con cualquier mercancía cotidiana y sepa ganar dinero, sea como sea.
Un célebre juez de divorcios escribió con toda razón en sus memorias:
«Nadie dice la verdad en mi tribunal. ¡Escucho un centenar de perjurios cada día!»¡Y esto ocurre en nuestra moderna Inglaterra de la posguerra soviética!
La cena del Club Silk and Stuff resultó interminable. El orador principal fue su prestigioso presidente, el señor John Gell, K.C. Hubo abundancia de bromas y de brindis, pero yo sabía que el padre de Joan, igual que yo, llevaba el corazón cargado de tristeza en medio de tanta alegría.
Eran casi las dos de la madrugada cuando abrí la puerta de mis habitaciones. Bruce, que se había quedado esperándome dormitando en una silla, se levantó al oírme entrar.
—¡Ah, señor! —dijo con voz soñolienta—. Intenté localizarlo en casa del señor Gell y también en el club, pero no fue posible. Hacia las diez de la noche vino la dama.
—¿La dama? ¿Quién? —pregunté sobresaltado.
—La dama para quien usted dejó una nota hace algún tiempo... la señora Illona. Esperó media hora por si conseguía encontrarlo, pero tuvo que marcharse. Y dejó dicho que volvería mañana.
¡Mañana!
CAPÍTULO VEINTIUNO
CONOZCO A ILLONA
El enigma se volvía cada vez más desconcertante. Desde el momento en que aquella mujer de la noche, Hilda Bennett, declaró que yo no era el agresor de su amante y, como consecuencia de ello, fui castigado como espía de la policía, había vivido en una atmósfera de excitación, duda y misterio.
Cada día, el misterio engendraba un nuevo misterio como una consecuencia natural. Y, en medio de todo ello, sufría una angustia insoportable por la desaparición de Joan.
El hecho de que el padre de Joan hubiera representado al Tesoro en el proceso contra la mujer Bennett, cuya acusación me había arrastrado a aquel torbellino de adversidades, ciertamente señalaba un motivo de venganza por parte de los amigos criminales de aquella mujer. Pero me sentía frente a un muro infranqueable. Con toda la energía y determinación de que era capaz, había perseguido el fantasma de la esperanza. Sin embargo, cada vez se me escapaba de las manos.
Illona no era más que un fuego fatuo. ¿Era una impostora? ¿Existía realmente? ¿Era una mujer desconocida con la que me había casado durante aquel largo período en que fui otra persona, cuando vivía en un mundo distinto, creado por aquella funesta droga que la joven mecanógrafa, mi compañera de pensión, había inyectado en mis venas?
El descubrimiento de que aquella misma joven criminal, hermosa y de mirada apacible, a quien había conocido como Lisely Hatten, se hacía pasar por la Contessina Angela Ugostini, una figura muy popular en los círculos diplomáticos de Roma, me había dejado atónito. Y cada vez que intentaba descubrir la verdad, solo encontraba un callejón sin salida. Aun así, permanecía paciente, con un único propósito: descubrir el paradero de mi amada Joan y castigar a quienes le habían hecho daño.
Y si estaba muerta...
Entonces exigiría una vida por una vida.
Aquella noche sufrí de insomnio, como me ocurría con frecuencia, durante las horas más silenciosas. Entre las tres y las cinco de la madrugada vagué por las calles de Londres.
Nadie ha conocido realmente nuestra maravillosa metrópoli si no ha permanecido sobre el puente de Westminster, junto a la larga fachada del Palacio de Westminster, mientras el Big Ben hacía resonar las tres y media de una mañana de verano. A esa hora el amanecer apenas despunta; la gran avenida, normalmente ensordecida por el tráfico, permanece silenciosa y desierta, salvo por algún que otro agente de policía que observa con desconfianza a cualquier persona que se detenga sobre el puente. Solo hay un taxi esperando en la parada, y la imponente estatua de Boadicea con sus caballos se recorta contra el cielo oriental bajo el tenue resplandor del sol naciente.
Desde hacía mucho tiempo, aquel era mi lugar favorito cuando el sueño me abandonaba. Desde allí podía contemplar, río abajo, la cúpula y los campanarios de la gris y misteriosa Ciudad de Londres, y río arriba, la Terraza, la Torre de San Esteban y la curva del Támesis hacia Battersea, con sus árboles y su parque. Un Londres silencioso, dormido y singular —nuestra maravillosa capital, alrededor de la cual gira la civilización— yacía inconsciente del mundo que despertaba lentamente. El aire era fresco; hombres y máquinas descansaban de sus fatigas. Durante una hora era posible disfrutar del sosiego y reflexionar sobre tantas cosas, esas cosas que, reunidas, llamamos vida.
Dos horas más tarde Londres despertaría a su febril actividad. Multitudes de hombres y mujeres correrían hacia sus trabajos; automóviles, autobuses y tranvías rugirían de nuevo al cruzar el puente custodiado por Boadicea. Y Babilonia volvería a sumergirse en su codicia, en sus pecados y en sus interminables iniquidades. Noble y político, magnate y obrero, abogado y trabajador, aristócrata y prostituta, criminal y charlatán competirían unos con otros por ganar dinero, esa sangre que alimenta el corazón de la vida londinense.
Pero... ¿dónde estaba Joan?
Regresé a Sackville Street hacia las siete, y Bruce me sirvió el desayuno. Después me aseé y leí el periódico, impaciente a cada instante por la llegada de mi escurridiza «esposa», Illona.
Poco antes de las once me sobresaltó el timbre eléctrico y, unos momentos después, mi criado hizo pasar a una extraña mujer de baja estatura que se precipitó hacia mí exclamando, sin aliento:
—¡Querido Lionel! ¡Por fin!
Luego, volviéndose para comprobar que Bruce hubiera cerrado la puerta, me estrechó la mano y, en un susurro intenso, preguntó:
—¿Has sabido algo más?
—¿De qué? —pregunté, mirando fijamente su rostro estrecho y demacrado, completamente desconcertado.
—¿Del asunto de Aviñón?
—¿El asunto de Aviñón? No entiendo de qué hablas.
—¿Cómo? —exclamó—. Vamos, Lionel, estás bromeando. Sabes el enorme riesgo que he corrido al venir hoy a verte. Anoche vine, pero habías salido.
Guardó silencio, como esperando una explicación.
—¿Recibiste mi nota?
—Sí... y también la prueba de la traición —respondió—. De eso hablaremos después. Pero, Lionel —añadió mientras me observaba con expresión perpleja—, no eres el mismo, querido. ¿Qué ocurre? ¿Qué ha pasado?
Permanecí frente a aquella extraña mujercita, totalmente desconcertado.
No mediría más de metro y medio, y tanto la cabeza como las manos parecían desproporcionadamente grandes. Vestía con elegancia un traje color beige, con sombrero a juego, y llevaba un costoso bolso de piel de lagarto verde pálido. Sus facciones quizá habían sido atractivas en otro tiempo, pero el esplendor de la juventud hacía mucho que se había desvanecido, y se advertían inútiles esfuerzos por ocultar los estragos del tiempo mediante cosméticos, especialmente un abundante lápiz labial.
¿Y aquella mujer fea, deforme y con el rostro excesivamente maquillado era Illona, mi secreta esposa, a quien yo había imaginado joven, dulce y seductora?
—No —atiné a responder—. No soy el mismo.
—No me extraña, después del peligro del que acabas de escapar.
—¿Dónde?
—En los jardines de Kensington. Evidentemente sabían que pensaba reunirme contigo y te enviaron aquel mensaje para impedir que me esperaras.
—Y la partitura musical —añadí—. ¿Qué significaba?
—Pero si tú lo sabes —respondió con una voz intensamente seria y refinada.
—¿Había algún motivo para impedir que nos encontráramos? —pregunté con rapidez.
—Por supuesto. Han hecho todo lo posible para evitar que volviéramos a reunirnos —dijo Illona—. Precisamente por eso he corrido tantos riesgos al venir aquí a verte.
—¿Riesgos? —repetí—. No te sigo.
—¡Ah! ¿No crees que, sabiendo lo que sé y conociendo la implacabilidad de nuestros enemigos comunes, no estoy dispuesta a correr cualquier riesgo para salvarte, Lionel… a ti… mi marido? —dijo con la voz cargada de emoción.
Me quedé sin palabras. Desde luego, estaba decidido a impugnar el derecho que tenía para llamarme su esposo. Me costó un enorme esfuerzo dominarme y no hacerlo en ese mismo instante. Sin embargo, comprendí que, si dejaba aflorar mi indignación, podía perder la oportunidad de descubrir la verdad.
En realidad, me encontraba en una situación extraordinaria, pues ignoraba de qué insensateces había sido culpable durante aquel período de inconsciencia. Por ello comprendí que lo más prudente era guardar silencio y dejar que mi supuesta esposa se explicara.
—Sé que me has advertido acerca de mis enemigos, y especialmente de un hombre ciego —dije.
—¿Ha estado aquí? —preguntó, conteniendo el aliento.
—En varias ocasiones.
—¡Ah! Entonces piensan cumplir su amenaza —exclamó—. ¡Querido Lionel, corres un peligro inmenso! Debes huir… a cualquier parte.
—¿Pero por qué? —pregunté, horrorizado—. ¡No he hecho nada!
—No ante nuestros ojos. Pero sí ante los de la policía —declaró—. Desde que te convertiste en uno de los nuestros, siempre han sospechado de ti. ¡Eso lo sabes perfectamente!
—¿Qué quieres decir? ¿Cómo fue que me convertí en “uno de los nuestros”, como dices? No lo entiendo.
La mujer, de baja estatura y rostro maquillado, sonrió.
—¡Ah! Ya veo que no eres tú mismo, pobre querido. —Y apoyó con ternura su mano enguantada sobre mi hombro—. Sin duda tanto viajar ha alterado tus nervios. Esperaba que fueras a verme en Lausana, porque pasabas con frecuencia por la ruta del Simplón rumbo a Italia y los Balcanes. Sin embargo, nunca interrumpiste el viaje. También esperaba que una noche fueras a reunirte conmigo en el Club Pretty, de Wardour Street, donde todos somos socios.
—Me dijiste que concertara una cita, pero, la verdad, había olvidado el nombre de tu club —respondí, con torpeza.
—¡Ah, querido! Siempre has tenido mala memoria. Lo noté desde que te casaste conmigo en la Oficina del Registro de Kensington. ¿Recuerdas aquella mañana… la mañana siguiente a la condena de la pobre Hilda? ¡Pobre muchacha! Me pregunto cómo estará.
¡Hilda! Se refería a Hilda Bennett, la mujer causante de todas mis desgracias e incertidumbres, la misma a quien había procesado el padre de Joan.
—Hilda era una de los nuestros, ¿verdad? —aventuré.
—Por supuesto. Pero fue valiente y, por suerte, no delató a nadie.
—¿Y Lisely Hatten? —pregunté, pues por sus palabras parecía que, de algún modo, yo seguía ligado a la banda que me había capturado aquella noche de niebla en Camberwell.
—Es mi peor enemiga, Lionel. Como bien sabes, averiguó quiénes eran tus familiares e intentó casarse contigo. A ella, sin duda, le debes conservar la vista, porque sé que solo fingió dejarte ciego, ya que tú y ella habían sido amigos. Su Excelencia nunca lo sospechó; de lo contrario, ahora no estarías vivo.
—¿Su Excelencia? —pregunté.
—¡Ay, Lionel! ¡Qué despistado eres! —dijo, dejando caer el bolso sobre la mesa y sentándose junto a la chimenea—. ¿Recuerdas a Félix Zuroff, el pequeño ruso de cabello negro que presidía la reunión en la que, tan desafortunadamente, irrumpiste? Lo llamamos “Su Excelencia” porque es el representante de los demás.
Recordé perfectamente a aquel extranjero de cejas pobladas, que parecía dirigir la banda de criminales cuando, por pura casualidad, los sorprendí repartiendo el botín.
—Sí, ya recuerdo —respondí—. Pero ¿Su Excelencia sigue al mando?
—Desde luego. Y su mano derecha es Lisely Hatten… o la Contessina, como se la conoce ahora. Ya casi ha llegado el momento de llevar a cabo el gran golpe. Todo está preparado.
—La mujer que impidió que nos encontráramos en los jardines de Kensington.
—¡Ah! Ya lo sospechaba —dijo mi diminuta visitante, la mujer que insistía en llamarme marido.
Según su versión, yo me había casado con ella en la Oficina del Registro de Kensington. Pensaba comprobarlo, pues no sería difícil hacerlo.
—Tuggy Wilson, a quien mataron hace poco, era uno de los nuestros, ¿no es cierto? —le pregunté.
—Claro que sí. Sabemos que Dufour lo mató. Sin embargo, tenía un buen motivo. Por fortuna logró escapar.
—¿Cuál fue ese motivo? —pregunté ansioso.
—Oh, según tengo entendido, una disputa por una mujer.
—¿Una mujer? ¿Quién?
—Una muchacha de la que el joven Owen se enamoró.
—¿Cómo se llamaba?
—No lo sé. Verás, llevo meses fuera de Inglaterra… desde que fui a verte después del asunto de Aviñón y sellamos nuestro acuerdo. La policía ha registrado toda Europa buscando el paquete, pero nunca lo ha encontrado. Y tampoco creo que lo encuentre, ¿verdad? —preguntó con una sonrisa cómplice.
—Eso no es asunto mío —declaré.
—Bueno, si tú no sabes dónde está, ¿quién podría saberlo? —rió la misteriosa Illona.
—De verdad, no entiendo de qué me hablas —contesté.
Se levantó y, colocándose frente a mí con firmeza, dijo:
—Escúchame bien, Lionel. Dentro de un momento voy a enfadarme de verdad si sigues fingiendo esta absurda ignorancia.
—No estoy fingiendo. No lo sé —protesté.
—¿Qué? —exclamó con enojo—. ¿Después de que lo arriesgo todo para venir a verte y hablar contigo, pretendes quedarte ahí diciendo que ignoras el gran golpe que dimos en la carretera, a las afueras de Aviñón, poco después de medianoche? Viajábamos en dos automóviles rumbo a Aix-en-Provence. El primero, en el que ibas tú, alcanzó al coche donde viajaban dos hombres y lo embistió deliberadamente, dejándolo destrozado. Su Excelencia, Owen, Lisely y yo íbamos en el segundo automóvil y, al llegar, ofrecimos ayuda. La aceptaron. Pero mientras examinaban los daños, Owen consiguió apoderarse de dos grandes maletas llenas de joyas magníficas pertenecientes a Bonnard Frères, de la Rue de la Paix de París, piezas valiosas que trasladaban a Montecarlo para la temporada de invierno. El gerente de la firma, monsieur Perrin, al darse cuenta del robo, comenzó a gritar, pero Su Excelencia lo abatió de un disparo; al chófer lo dejaron inconsciente con un narcótico, mientras que el empleado que acompañaba a Perrin fue atendido por Lisely, quien le inyectó una aguja hipodérmica. En cinco minutos todo había terminado. Dejamos los dos coches bloqueando la carretera, con el muerto y el otro hombre inconsciente, mientras que el conductor del primer automóvil, que en realidad era Tuggy Wilson, se reunió con nosotros y emprendimos rápidamente el camino hacia Ginebra.
Sin pronunciar palabra, escuché el relato de aquella audaz hazaña. Me estaba acusando de haber participado, como miembro de aquella banda de salteadores motorizados, en un robo y un asesinato cuidadosamente planeados. Era imposible, y así se lo dije. Me horrorizó la serenidad con la que describía el ataque y el papel que ella misma había desempeñado.
—¡Querido Lionel! —rió—. Hoy, desde luego, no eres tú mismo. ¡Qué disparates dices!
—¡Estoy diciendo la verdad! —protesté.
—¿Pretendes negar que sabes algo del magnífico botín que obtuvimos aquella noche?
—Señora mía —respondí—, desde luego que lo niego. Jamás había oído hablar de ese asunto.
—De verdad, Lionel, creo que has perdido el juicio —exclamó con familiaridad—. ¿De qué sirve intentar engañarme a mí, precisamente? —Me observó fijamente unos instantes y luego añadió—: Si de verdad eres tan inocente como afirmas, ¿qué me dices del cheque que recibiste de Su Excelencia el jueves pasado, el primero del mes, por más de ocho mil libras, como tu parte en cierto otro pequeño negocio ilícito? Examina ahora mismo tu libreta bancaria y comprueba si te digo la verdad.
CAPÍTULO VEINTIDÓS
«RECUERDA EL NOMBRE»
Hice lo que ella me indicó.
Saqué de mi escritorio la libreta de mi cuenta bancaria, que el banco me había enviado apenas el día anterior. Y allí, para mi sorpresa, comprobé que tenía razón.
El día dos del mes, apenas dos días antes, habían abonado a mi cuenta la suma de ocho mil trescientas cuarenta libras.
Sobre mi mesa había una carta del banco que había llegado la mañana anterior y que yo aún no había abierto, tan absorto estaba en mis preocupaciones. Rasgué el sobre y encontré la habitual notificación formal informándome de que el cheque en cuestión había sido recibido de un misterioso señor Charles Davis.
—Bueno —rió la pequeña mujer—, ¿no tenía razón?
Asentí con la cabeza. ¿Qué podía decir?
Todo indicaba que, en efecto, estaba relacionado con aquella desesperada banda de criminales y que de ellos obtenía una considerable fuente de ingresos. La idea me dejó horrorizado. ¡Yo, un servidor de confianza del Ministerio de Asuntos Exteriores e hijo de uno de los parlamentarios más conocidos del reino, miembro de una banda de ladrones de joyas!
Vi que mi actitud la desconcertaba profundamente, pues ignoraba que por fin había logrado salir de aquel largo estado de estupor semejante a un trance en el que había vivido desde aquella terrible noche. ¿Cómo podía saber que, al fin, me había liberado de aquella condición y que no conservaba recuerdo alguno de las insensateces que quizá había cometido durante ese período? No podía imaginar que había escapado de la oscuridad que envolvía los dos años en que permanecí bajo el dominio de aquel hombre bajo y de cejas pobladas a quien recordaba tan bien, el individuo al que llamaban Su Excelencia y que, según el relato de Illona, había asesinado al gerente de la joyería.
—Ahora ya no podrás negar la verdad, Lionel —dijo la mujer con cierta severidad—. Resulta realmente divertido que niegues cualquier relación con nosotros. Seguro que recuerdas tu propia hazaña…, lo hábilmente que robaste el famoso collar de perlas de veinte mil libras de lady Rathgormly cuando salía del Teatro Garrick.
—¿Las perlas de lady Rathgormly? —repetí—. ¿Qué quieres decir, Illona? ¿Te has vuelto loca? —exclamé—. Sea lo que sea, no soy un ladrón.
Una carcajada extraña, cargada de sarcasmo, escapó de sus labios. Me irritó tanto que estuve a punto de echarla por la fuerza de mi habitación.
—Magnífica interpretación, querido Lionel. Pero conmigo no te servirá de nada.
—¡Juro que no sé absolutamente nada de las perlas de esa mujer! —grité—. No soy un ladrón.
—¿Entonces quieres que te lo demuestre? —preguntó con voz dura—. Ya que lo niegas todo, tendrás que ser tú mismo quien saque a la luz las pruebas de tu culpabilidad.
Entonces cruzó la habitación hasta la pared opuesta, cubierta de estanterías repletas de libros que llegaban casi hasta el techo. Recorrió los lomos con la mirada hasta detenerse en un viejo volumen de cuero marrón, muy gastado, un ejemplar francés del siglo XVIII de Voltaire, con las letras doradas ya desvaídas.
—¿Quieres sacarlo, por favor? —ordenó, señalándolo con el dedo.
Obedecí, lleno de asombro. En los últimos tiempos apenas había leído nada y, de los varios cientos de libros que poseía —quizá cerca de un millar—, hacía años que no prestaba atención a ninguno.
Lo saqué. Era un pequeño tomo de gruesa encuadernación de becerro envejecido y lo sostuve entre las manos.
—Ábrelo —ordenó.
Lo hice. Las primeras cincuenta páginas eran auténticas, amarillentas por la humedad y el paso del tiempo. Pero después aparecía un hueco: el resto de las hojas había sido cuidadosamente pegado hasta formar un bloque rígido, cuyo centro había sido vaciado con gran precisión.
Mi mirada se detuvo sobre un paquete envuelto en papel blanco y atado con un fino cordel azul.
—¡Ábrelo! —exigió.
Completamente atónito, me acerqué a la mesa, tiré con fuerza del cordel y, al instante, un magnífico collar de perlas cayó en mis manos.
—¡Ahí lo tienes! —rió—. Todavía conservas en tu poder, intactas, las perlas de su señoría, mientras la policía de toda Europa las ha estado buscando. Pero Su Excelencia sabe que están perfectamente seguras bajo tu custodia, porque jamás has sido ni serás objeto de sospecha…, a menos que tus enemigos te delaten —añadió con intención.
—¿Mis enemigos? ¿Te refieres a Lisely? —pregunté.
—Y también a Owen —añadió—. Roddy el Ciego no es amigo tuyo, aunque tú lo creas. Como ya te advertí, ten cuidado con él. Tiene malas intenciones contigo.
—Pero ha huido —observé.
—Lo sé —respondió—. Estaba con Tuggy cuando lo mataron de un disparo.
—¿Y por qué Owen me odia tanto? —le pregunté.
—Por culpa de Lisely. Fue ella quien salvó tu vista; ella quien te defendió frente a todos los demás. Además, te eligió para que llevaras el Doble Cero hasta él, en Londres: aquella hermosa pieza de aguamarina calada que, en el siglo XV, adornó el cuello de la reina de Matías Corvino y que Su Excelencia sustrajo hace tres años del Museo de Historia del Arte de Viena.
—Entonces, ¿el Doble Cero tiene algún significado importante? —pregunté, ansioso por obtener más información.
—Como bien sabes, entre nosotros tiene un significado muy importante y solemne —respondió—. Aquel en cuyas manos se deposita debe obedecer sin discusión las órdenes de Su Excelencia. Tú, rival de Owen en los afectos de Lisely, se lo llevaste desde Roma. Y desde entonces él ha jurado vengarse de ti.
Volví a tomar el collar de perlas robado. Era, sin duda, una joya magnífica, cuyas perlas aumentaban gradualmente de tamaño hasta culminar en un espléndido broche de diamantes, esmeraldas y platino, con una delicada cadena de seguridad que estaba rota. Cada perla resplandecía a la luz del día con un brillo y una iridiscencia extraordinarios, tan distintos del aspecto blanco y plateado de las imitaciones que tan comúnmente se usan. Cada una poseía ese maravilloso lustre que puede copiarse con gran habilidad, pero que incluso un ojo inexperto sabe distinguir.
Nunca antes había sostenido entre mis manos un collar de perlas tan magnífico. Dejé que las perlas se deslizaran entre mis dedos mientras las examinaba y luego las deposité sobre la pulida superficie de la mesa.
—No soy un ladrón, Illona —dije con serenidad—. Se las devolveré a su propietaria de forma anónima.
—Será mejor que no lo hagas —exclamó.
—¿Por qué? Sin duda es la forma más sencilla de salir de este problema.
—¿Y qué diría Su Excelencia? Todo nuestro botín le pertenece. Tú solo las custodias hasta que puedan repartirse y distribuirse entre Nueva York, París, Bruselas y Buenos Aires —replicó—. Ningún collar de perlas sale de nuestras manos tal como llega. El viejo Hartley, que vive en Streatham Common, suele ensartar nuevos collares mezclando perlas procedentes de una docena de robos diferentes. Luego se les colocan cierres nuevos y sus antiguos dueños jamás podrían reconocerlas. Como bien sabes, decenas de collares han pasado por nuestras manos y hoy se exhiben en los escaparates de elegantes joyerías de París y Nueva York.
—¡Pero no puedo seguir guardándolo aquí! —exclamé, tomando de nuevo el hermoso collar.
—Debes hacerlo. No querrás arriesgarte a provocar el desagrado de Su Excelencia —dijo—. Ya tienes suficientes enemigos.
—¿Y si llegaran a relacionarlas conmigo? —pregunté.
—Y si los cerdos volaran... —rió Illona despreocupadamente—. ¿Cuánto tardaría un marrano en cruzar el Atlántico? No, mi querido Lionel —prosiguió afablemente—, debes conservarlas tal como están hasta que Su Excelencia decida venderlas. Entonces recibirás tu parte, y será una buena suma, considerando que fuiste tú quien las robó. La buena dama es amiga tuya y formabas parte del mismo grupo que asistió al teatro. Dotty Lewis fue quien te enseñó el delicado arte de sustraer collares de perlas.
Me quedé atónito.
—¿Cuándo vendrá Su Excelencia a recogerlas? —pregunté al fin.
—Cualquier día de estos. Se habló de ellas en la reunión del viernes pasado, y también de los diamantes Edendon. La próxima semana viajarán a Amberes escondidos dentro de una caja de delicias turcas para volver a tallarlos. El hijo de Balling será quien los transporte. Le encantan las delicias turcas durante el viaje, y los fisgones de la aduana jamás sospechan que haya nada extraño en la pequeña caja redonda que sostiene entre sus regordetas manos. Y aunque inspeccionaran los dulces, nunca imaginarían que dentro de cada cuadrado de aquella golosina pegajosa descansan uno o dos diamantes.
—¿Qué clase de juego ha estado jugando Lisely en Roma? —pregunté de pronto.
—Oh, un pequeño negocio de quince mil libras —rió aquella extraña mujercita—. La esposa del embajador de Francia en Roma está completamente convencida de que sus rubíes siguen guardados en su estuche, dentro de la caja fuerte de su habitación. Pero, cuando vuelva a ponérselos, descubrirá que se han transformado en simples trozos de vidrio rojo. ¡Ah, mi querido Lionel! Para nosotros ninguna joya está a salvo. Estamos demasiado extendidos y somos invencibles... mientras no nos peleemos entre nosotros.
Yo mismo había visto con mis propios ojos que el botín que obtenían alcanzaba un valor enorme. Pensar que había recibido instrucción de un ladrón profesional y aprendido sus métodos era la idea más espantosa de todas.
De Illona —fuera quien fuese, mi legítima esposa o no— había aprendido en media hora más que durante todas las semanas desde que había recuperado la conciencia. Lo que me revelaba daba explicación a muchas cosas.
—Has dicho que has corrido graves riesgos para venir a verme —comenté al cabo de un momento—. ¿Cómo es eso?
—Quieren impedir que nos encontremos porque temen que te revele ciertas cosas que podrían darte ventaja sobre ellos. Por eso siempre he sospechado que existía una conspiración dirigida por ese hombre que tan hábilmente finge ser ciego, el mismo a quien llevaste el Doble Cero.
—La verdad es que no lo entiendo —respondí con sincera perplejidad. Todo era tan asombroso, tan dramático y tan trágico, ahora que descubría que yo —hijo de una antigua y honorable familia y funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores de Su Majestad— había sido engañado para actuar como un consumado ladrón de joyas.
Mientras volvía a contemplar el rostro maquillado de aquella mujer, sentí una profunda repulsión. ¿Era posible que realmente llevara mi apellido? ¿Qué dirían mi querido padre o mis amigos?
En ese mismo instante Teddy, siempre alegre y despreocupado, irrumpió en la habitación diciendo:
—Oye, viejo, ¿qué te parece si vamos a comer algo?
Al segundo siguiente, al darse cuenta de que tenía una visita, exclamó:
—¡Perdón! Lo siento muchísimo. Discúlpeme.
Y, dándose la vuelta, salió cerrando la puerta tras de sí.
—¿Quién es ese individuo? —preguntó Illona con manifiesta desconfianza.
—Solo un buen amigo mío: Teddy Day. Es un poco atolondrado, quizá, pero es completamente de fiar.
—No me agradan ese tipo de interrupciones, Lionel —dijo con frialdad.
—A mí tampoco —respondí.
Fue entonces cuando caí de pronto en la cuenta de que el collar de perlas robado seguía expuesto sobre la mesa. Sin duda Bruce le había abierto la puerta y Teddy, como era su costumbre, había entrado directamente en mi habitación sin esperar.
Si había alcanzado a ver las perlas... ¿qué ocurriría entonces?
Había ocultado a todos la existencia de aquella misteriosa mujer deforme que me llamaba su esposo, y no tenía el menor deseo de revelar el hecho ni siquiera a mi amigo más íntimo.
Mi mayor preocupación en ese momento era cómo deshacerme de las perlas robadas. Repetí mi intención de devolverlas de manera anónima a su dueña, pero Illona se enfureció de inmediato, advirtiéndome de la ira de Su Excelencia si me atrevía a hacerlo.
—¡No quiero tener nada que ver con ese asunto! —exclamé con rabia.
—¡Eso sí que es divertido! —rió—. No olvides que fuiste tú quien las tomó, igual que hiciste con las esmeraldas de la señora Carslake en Biarritz. Mi querido Lionel, últimamente te has vuelto demasiado escrupuloso. ¿Por qué?
—Porque, sea lo que haya hecho en el pasado —según tus palabras—, de ahora en adelante quiero llevar una vida honesta.
—Y aceptando los cheques del señor Charles Davis —replicó con mordaz sarcasmo.
—No de manera consciente —declaré—. Devolveré ese dinero —añadí, aunque ignoraba a quién debía enviarlo.
—¿Y enfrentarte abiertamente con Su Excelencia? —exclamó—. Mi querido Lionel, eso sería una locura. ¡No! Haz lo que te sugiero: mantente discreto y no actúes. Yo me preocupo por tu bienestar, como bien lo sabes. ¿Acaso no te he advertido de tus enemigos? Yo estaré a tu lado, como tú lo estuviste conmigo en el asunto Tyrell. En aquel caso ambos escapamos por poco de una condena.
—¿El asunto Tyrell? ¿Qué fue eso?
—Oh, Lionel, me sacas de quicio con esa ignorancia fingida. Claro que recuerdas cómo Tuggy trepó por la ventana de aquella vieja casa cubierta de hiedra, cerca de Worcester. Fue un trabajo sencillo. Me pasó las joyas de la señora mientras los invitados cenaban abajo, y tú y yo escapamos en un automóvil. Un agente de la policía de Bath nos detuvo, pero tú lo derribaste de un golpe en la cara. Luego seguimos hasta Gloucester, donde abandonamos el coche y regresamos en tren a Paddington como dos ciudadanos respetables. De no haber sido por tu rápida acción, ahora estaríamos cumpliendo tres años de condena. ¡Por Dios! ¡Qué golpe le diste a ese policía! —añadió triunfante.
Lo que había revelado era, sin duda, estremecedor. ¡Seguramente no podía ser el legítimo esposo de semejante mujer!
En ese momento sonó el teléfono y tuve que atenderlo.
El mensaje provenía del Ministerio de Asuntos Exteriores. Lord Oxenwood, ministro de Su Majestad, había partido a Evian-les-Bains, el tranquilo balneario a orillas del lago de Ginebra, y era necesario enviarle despachos urgentes. ¿Podría recogerlos pasado mañana por la mañana y salir de Londres en el tren de las once rumbo a París?
La solicitud era en realidad una orden; así que, con un suspiro, respondí afirmativamente. Luego llamé a la oficina de la Sleeping Car Company en Pall Mall y reservé un compartimento en el Orient Express desde Calais hasta Lausana.
—Así que debes partir otra vez, querido —comentó la mujer, que había escuchado la conversación—. Qué curioso que vayas precisamente a Lausana. Desde allí, claro, cruzarás el lago directamente hacia Evian.
—Es la ruta más rápida —observé, pues pocos hombres tenían un conocimiento tan amplio de los viajes por el continente como yo.
—Probablemente visitarás a Su Excelencia, ¿verdad? —dijo—. Le agradará mucho si lo haces, y además te pondrá en buena posición con él. Aunque la policía de Europa lo busca activamente, vive ahora en Lausana, una de las ciudades más cosmopolitas y agradables de Europa.
Me dio una dirección en la Avenue de la Gare, una elegante avenida arbolada que conocía bien.
—¿Y con qué nombre se le conoce allí? —pregunté con gran interés, pues parecía que la amplia red de criminales se dirigía desde Suiza.
—Es un secreto que solo nosotros conocemos. Como parte de nuestro grupo puedo decírtelo, si de verdad no lo sabes ya. Félix Zuroff ahora es Nicolás Sarasti. Recuerda ese nombre y guárdalo en absoluto secreto. Su Excelencia nunca perdona a quienes traicionan una confidencia.
—Ciertamente no lo olvidaré —respondí—. Nicolás Sarasti.
CAPÍTULO VEINTITRÉS
LOS SEIS CÍRCULOS
La
mujer, Illona, para este momento ya se había instalado cómodamente
en mi habitación, pues había pasado a mi dormitorio, donde se
empolvó el rostro y se acomodó el sombrero. Ahora, a su regreso,
tomó uno de mis cigarrillos, lo encendió y volvió a arrojarse en
el sillón, diciendo:
—¡Qué lugar tan acogedor tienes
aquí, Lionel! Supongo que, durante tus largos viajes en esos
sofocantes coches cama, a menudo desearás estar en tu propia casa,
¿eh?
—A veces —dije con una risa—. Los conductores
de los coches hacen que el viaje nocturno sea lo más cómodo posible
para mí. La mayoría me conoce y me trae una taza de café en la
parada de la madrugada. Con frecuencia no logro dormir, especialmente
en esa línea mal trazada entre Calais y Basilea, o entre París e
Irún, así que paso la noche leyendo un libro; mientras que en los
viajes largos de Calais a Constantinopla suelo quedarme en cama,
excepto para levantarme a comer.
—Debe ser terriblemente
monótono para ti, pobre querido —dijo ella con tono
afectuoso.
—Oh, pero tiene su lado positivo —declaré—.
Un par de días en Evian justo ahora, por ejemplo, no vendrán mal, a
menos que tenga demasiado que atender aquí en casa.
Estaba
a punto de volver a colocar las perlas de Lady Rathgormly en el
volumen ahuecado de Voltaire cuando vi un papel doblado en su
interior, el cual extraje con interés. El papel era grueso y de
buena textura; al abrirlo, vi seis círculos dibujados uno dentro del
otro, como tres ceros dobles: un círculo de notas musicales, fuera
del cual había letras en negrita romana, cada una frente a una
sección dibujada y correspondiente a una nota musical
específica.
Para que el lector pueda seguir mi
descubrimiento, presento aquí una reproducción del trozo de papel
grueso que encontré en el viejo volumen donde las perlas habían
estado ocultas.
Había ocultado a todos la existencia de aquella misteriosa mujer deforme que me llamaba su esposo, y no tenía el menor deseo de revelar el hecho ni siquiera a mi amigo más íntimo.
Mi mayor preocupación en ese momento era cómo deshacerme de las perlas robadas. Repetí mi intención de devolverlas de manera anónima a su dueña, pero Illona se enfureció de inmediato, advirtiéndome de la ira de Su Excelencia si me atrevía a hacerlo.
—¡No quiero tener nada que ver con ese asunto! —exclamé con rabia.
—¡Eso sí que es divertido! —rió—. No olvides que fuiste tú quien las tomó, igual que hiciste con las esmeraldas de la señora Carslake en Biarritz. Mi querido Lionel, últimamente te has vuelto demasiado escrupuloso. ¿Por qué?
—Porque, sea lo que haya hecho en el pasado —según tus palabras—, de ahora en adelante quiero llevar una vida honesta.
—Y aceptando los cheques del señor Charles Davis —replicó con mordaz sarcasmo.
—No de manera consciente —declaré—. Devolveré ese dinero —añadí, aunque ignoraba a quién debía enviarlo.
—¿Y enfrentarte abiertamente con Su Excelencia? —exclamó—. Mi querido Lionel, eso sería una locura. ¡No! Haz lo que te sugiero: mantente discreto y no actúes. Yo me preocupo por tu bienestar, como bien lo sabes. ¿Acaso no te he advertido de tus enemigos? Yo estaré a tu lado, como tú lo estuviste conmigo en el asunto Tyrell. En aquel caso ambos escapamos por poco de una condena.
—¿El asunto Tyrell? ¿Qué fue eso?
—Oh, Lionel, me sacas de quicio con esa ignorancia fingida. Claro que recuerdas cómo Tuggy trepó por la ventana de aquella vieja casa cubierta de hiedra, cerca de Worcester. Fue un trabajo sencillo. Me pasó las joyas de la señora mientras los invitados cenaban abajo, y tú y yo escapamos en un automóvil. Un agente de la policía de Bath nos detuvo, pero tú lo derribaste de un golpe en la cara. Luego seguimos hasta Gloucester, donde abandonamos el coche y regresamos en tren a Paddington como dos ciudadanos respetables. De no haber sido por tu rápida acción, ahora estaríamos cumpliendo tres años de condena. ¡Qué golpe le diste a ese policía! —añadió triunfante.
Lo que había revelado era, sin duda, estremecedor. ¡Seguramente no podía ser el legítimo esposo de semejante mujer!
En ese momento sonó el teléfono y tuve que atenderlo.
El mensaje provenía del Ministerio de Asuntos Exteriores. Lord Oxenwood, ministro de Su Majestad, había partido a Evian-les-Bains, el tranquilo balneario a orillas del lago de Ginebra, y era necesario enviarle despachos urgentes. ¿Podría recogerlos pasado mañana por la mañana y salir de Londres en el tren de las once rumbo a París?
La solicitud era en realidad una orden; así que, con un suspiro, respondí afirmativamente. Luego llamé a la oficina de la Sleeping Car Company en Pall Mall y reservé un compartimento en el Orient Express desde Calais hasta Lausana.
—Así que debes partir otra vez, querido —comentó la mujer, que había escuchado la conversación—. Qué curioso que vayas precisamente a Lausana. Desde allí, claro, cruzarás el lago directamente hacia Evian.
—Es la ruta más rápida —observé, pues pocos hombres tenían un conocimiento tan amplio de los viajes por el continente como yo.
—Probablemente visitarás a Su Excelencia, ¿verdad? —dijo—. Le agradará mucho si lo haces, y además te pondrá en buena posición con él. Aunque la policía de Europa lo busca activamente, vive ahora en Lausana, una de las ciudades más cosmopolitas y agradables de Europa.
Me dio una dirección en la Avenue de la Gare, una elegante avenida arbolada que conocía bien.
—¿Y con qué nombre se le conoce allí? —pregunté con gran interés, pues parecía que la amplia red de criminales se dirigía desde Suiza.
—Es un secreto que solo nosotros conocemos. Como parte de nuestro grupo puedo decírtelo, si de verdad no lo sabes ya. Félix Zuroff ahora es Nicolás Sarasti. Recuerda ese nombre y guárdalo en absoluto secreto. Su Excelencia nunca perdona a quienes traicionan una confidencia.
—Ciertamente no lo olvidaré —respondí—. Nicolás Sarasti.
—Y él me utilizó como instrumento. Mis manos las robaron... ¿para él, verdad?
—Su Excelencia nunca hace el trabajo personalmente. Como todos los jefes, paga a otros para que hagan el trabajo peligroso —rió—. Los dos somos sus agentes.
—¡Sus esclavos, querrás decir! —exclamé con ira, arrojando descuidadamente las perlas de nuevo al interior del libro hueco.
Entonces se levantó con tranquilidad, tomó el pequeño volumen encuadernado en piel de becerro y lo colocó otra vez entre los demás libros del estante, mientras decía:
—Déjalo ahí por el momento... hasta que haga falta.
—¡Y si algún enemigo secreto me denuncia, encontrarán las perlas en mi poder! —protesté—. No. Las devolveré a su dueña.
—No antes de ver a Su Excelencia —insistió—. Ve a visitarlo a Lausana y explícale tu situación. Tal vez se muestre indulgente; quién sabe. En cualquier caso, tendrá suficiente confianza en ti si le das tu palabra de honor de que guardarás silencio.
—Aquella noche, en Camberwell, no aceptó mi palabra —respondí.
—Porque eras un desconocido y te denunciaron como espía de la policía, algo que él, naturalmente, creyó.
—¡Pero no puedo permitir que esas perlas sigan aquí! Mi criado podría descubrirlas. ¡Quizá ya lo haya hecho!
—No es probable que se ponga a leer a Voltaire —rió—. Pero, si lo prefieres, ¿por qué no depositas el collar en tu banco?
—¡Es una excelente idea! —exclamé con entusiasmo—. Lo llevaré hoy mismo. Pero, Illona, quiero que me ayudes en otro asunto —añadí, apoyándome en la mesa mientras encendía el cuarto cigarrillo que acababa de sacar de mi pitillera.
—Antes de seguir, tráeme algo de beber, ¿quieres, querido? —pidió con tono cariñoso.
Llamé de inmediato a Bruce, quien enseguida nos preparó un par de cócteles.
—La verdad —comentó mientras probaba el suyo—, tu criado es un auténtico artista. En todas partes sirven mezclas espantosas, salvo en los buenos restaurantes.
—Sí —respondí riendo cuando el hombre se retiró—. Creo que Bruce conoce bien su oficio.
—Bien, ¿cuál es ese otro asunto? —preguntó, contemplando perezosamente cómo el humo de su cigarrillo ascendía hacia el techo.
Tras un instante de silencio, pregunté con contenida ansiedad:
—¿Has oído hablar alguna vez de una joven llamada Joan Gell, la hija del señor Gell, el abogado del Rey?
Hice una pausa, mirándola fijamente al rostro empolvado y maquillado.
—¿La muchacha con la que prometiste casarte antes de casarte conmigo? —replicó con una sonrisa desdeñosa—. Claro que sí. Descubrió que eras un delincuente y se negó a convertirse en tu esposa.
—¿Qué? —balbuceé, atónito—. ¿Descubrió que yo era un ladrón?
—Por supuesto. ¿No recuerdas la discusión que tuvisteis?
—No recuerdo ninguna discusión —declaré—. Pero ¿cómo llegó a descubrirme?
—Pues tú mismo me lo contaste. Estabais sentados uno junto al otro en el salón de su padre cuando ella notó algo en el bolsillo de tu chaqueta de etiqueta. En tono de broma metió la mano y sacó un magnífico brazalete de diamantes y esmeraldas que aquella misma noche le habías robado a la condesa de Edendon. Habías cenado en Berkeley Square y, con cualquier pretexto, te levantaste de la mesa, subiste al piso de arriba y lo tomaste del tocador de su habitación.
—¡Imposible! —exclamé sin aliento.
—Pregúntaselo a ella. Tú mismo me contaste que, al descubrirlo, quedó completamente desconcertada y que, tres días después, vio en los periódicos un dibujo del brazalete robado, acompañado de una recompensa de trescientas libras por su devolución.
—Entonces... ella sabe que soy un ladrón —murmuré con desesperación, porque aquella tensión parecía estar llevándome a la locura.
—Claro que lo sabe —respondió la mujer con una sonrisa triunfal y burlona.
Comprendí entonces el motivo de aquella actitud, pues, al parecer, yo me había casado con ella sin haber roto mi compromiso con Joan.
¿Me estaba mintiendo? ¿Sabía realmente Joan —mi Joan— que yo era un delincuente? ¿Había encontrado por casualidad joyas robadas en mi poder? ¿Podía ser cierto?
La risa burlona de aquella mujer resonaba en mis oídos y me desconcertaba. Sin embargo, Joan había permanecido comprometida conmigo hasta el instante mismo de su desaparición y, desde que desperté de aquel largo período de inconsciencia, de aquella fatal etapa durante la cual había actuado sin control alguno, jamás volvió a mencionar el asunto. Si realmente había sido un ladrón, como Illona afirmaba, al menos había obrado de forma automática y ciega, guiado por la mano maestra de Félix Zuroff, el hombre que ahora se hacía llamar Nicholas Sarasti.
Desde aquella noche en Camberwell me había convertido en un juguete de las circunstancias, una criatura impulsada por fuerzas ciegas, sin voluntad y sin conciencia. Si Joan había descubierto de verdad aquella vergonzosa realidad, eso no había alterado en absoluto el afecto que sentía por mí. ¿Qué explicación le habría dado? Me pregunté. ¿Cómo habría justificado la presencia de aquel brazalete robado en mi bolsillo?
—Hace un momento mencionaste a Hilda Bennett —dije de pronto—. Ahora está en prisión, y fue el padre de Joan quien consiguió su condena.
—Sí, y algunos de los nuestros juraron entonces que ese viejo abogado gordo, al que el Tesoro paga honorarios tan elevados por procesar a la gente, acabaría sufriendo. Decían que la condena de Hilda había sido demasiado larga. Según ellos, el juez se excedió. Ya sabes que la policía sacó a relucir el desagradable detalle de que Hilda estaba con Monkey Dick cuando lo mataron en Bloomsbury. Dicky tenía un historial bastante turbio, pero me pregunto quién lo mató. Yo siempre he sospechado de Roddy Owen —dijo la mujer, clavando en mí sus ojos hundidos.
Tal vez me estremecí; pero, al parecer, ella no lo advirtió.
—Supongo que fue una venganza —aventuré.
—¿Pero no admitiste tú mismo que se sospechaba que habías sido tú quien le disparó? Hilda me lo contó.
Fingí tomarme aquello como una broma y me apresuré a explicarle que, como me habían acusado de trabajar para la policía, había intentado librarme de aquella sospecha diciendo que yo mismo era objeto de acusaciones, con el único fin de ganar tiempo.
—Lo sé —respondió—. Hilda no te reconoció como el hombre que atacó a Dicky. Actuó como una tonta. Cuando lo mataron debió largarse de allí, y nunca habrían descubierto que pertenecía a los nuestros.
—Bueno, Illona —dije—, supongo que sabes que Joan lleva varias semanas desaparecida y que sus padres están desesperados.
—Escuché algo sobre eso hace unos días —contestó con bastante frialdad.
—¿Crees que su desaparición se debe a la amenaza lanzada contra su padre?
—Es posible —respondió de una manera que me hizo sospechar que sabía mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir.
—Escúchame, Illona —exclamé—. ¡Sé sincera conmigo! ¿Sabes si Joan sigue con vida?
—Yo diría que, con toda probabilidad, sí —respondió escuetamente, cerrando los labios con un gesto casi brusco.
—¡Sabes algo! —grité, avanzando resueltamente hacia ella—. ¡Dime ahora mismo qué es!
Ella se limitó a soltar una risa sarcástica y respondió:
—No te alteres, querido Lionel. El padre de Joan nos hizo mucho daño. Supongo que esto no es más que un ajuste de cuentas, ¿no crees?
—Entonces... ¿de verdad está en manos de... la banda...?
—De la que tú formas parte, recuerda —me interrumpió con aspereza.
—Pero, Illona, ¿no quieres decirme lo que sabes? —le rogué, tomándola de la mano y mirándola suplicante al rostro.
Ella permaneció inflexible. Su actitud cambió de inmediato y dijo con voz dura y sarcástica:
—Soy tu esposa, Lionel. ¿De verdad crees que voy a ayudarte a encontrar a la muchacha de la que estás tan desesperadamente enamorado?
Apelé a su humanidad y le rogué que me diera alguna pista, por pequeña que fuera, sobre el paradero de la joven. Pero se negó de manera rotunda.
Su actitud era tan irritante que habría podido golpearla. Sentía deseos de rodearle el cuello con las manos y arrancarle la verdad por la fuerza, tan exasperado estaba después de aquellas semanas de incertidumbre y misterio.
Sus palabras y su actitud me convencían de que conocía perfectamente el destino de Joan, pero que, movida por los celos, se negaba a revelar una sola palabra, limitándose a decir:
—¡Yo nunca traiciono a mis amigos!
Durante otra media hora seguimos discutiendo, y entre nosotros se cruzaron palabras muy duras. Me temo que fui bastante descortés con ella. Pero, al comprender al fin que no tenía intención de revelar nada más, mi agitación comenzó a disminuir y resolví adoptar una política de silencio y vigilancia.
—Bueno —exclamó finalmente, retocándose el rostro con la borla de polvos mientras recogía sus guantes y su bolso para marcharse—, ya veo que no piensas invitarme a almorzar, ¿verdad?
—Porque estás muy lejos de comportarte como una amiga, aunque seas mi esposa —respondí con frialdad.
—¿Y cuándo volveremos a estar juntos? —preguntó con una tenue sonrisa dibujada en su rostro maquillado.
—No hasta que me hayas dicho la verdad sobre lo que sabes de Joan —contesté con firmeza.
—Entonces te aseguro, querido esposo, que ese día jamás llegará —replicó mientras salía de la habitación, dejándome de pie junto a la chimenea.
CAPÍTULO XXIV
ALGUNAS VERDADES DESNUDAS
Comí apresuradamente un sándwich, bebí una copa de jerez en el club y luego tomé un taxi hasta una pequeña oficina bastante destartalada, situada en una estrecha callejuela junto a High Street, Kensington: el Registro Civil de Matrimonios del distrito.
Sin embargo, el amable empleado con quien hablé resultó una decepción.
—Si va al Registro de Somerset House, podrá obtener una copia de la inscripción realizada aquí, señor —me respondió.
Al entrar, me habían seguido dos parejas que estaban a punto de contraer matrimonio, acompañadas por dos testigos. Ambas pertenecían a la clase trabajadora: dos jóvenes felices junto a sus novias sonrientes. Miré a mi alrededor, pero aquel ambiente triste y desangelado me resultaba completamente desconocido. No recordaba haber estado nunca allí.
Una hora más tarde me encontraba en Somerset House, en medio del bullicio de un gentío formado por pasantes de bufetes de abogados y personas que acudían a solicitar certificados, a quienes, de cuando en cuando, les entregaban un pequeño formulario azul: una copia certificada de un matrimonio, un nacimiento o una defunción. Todos esos acontecimientos ocurridos en Gran Bretaña, en alta mar o en el extranjero cuando intervenía un súbdito británico, quedaban registrados en los enormes volúmenes que allí se conservaban.
Siguiendo las instrucciones, llené un formulario, pagué la módica tarifa y aguardé el resultado.
Imagínese la tensión de aquellos momentos. ¡Iba a decidirse de una vez por todas si Illona era realmente mi esposa!
Dominado por la ansiedad, apenas podía contenerme mientras caminaba de un lado a otro frente al largo ventanal que daba al gran patio empedrado. Se hacía tarde y la oficina estaba a punto de cerrar; por ello, una docena de empleados, evidentemente procedentes de despachos de abogados y conocidos por los funcionarios, pedían pequeños favores con toda familiaridad.
Por fin pronunciaron mi nombre y me entregaron el pequeño documento azul: la copia del registro de mi matrimonio.
Lo examiné con ansiedad mientras me apartaba del mostrador. Certificaba ser copia fiel de una inscripción realizada en el Registro de Matrimonios del municipio de Kensington el dieciocho de abril del año anterior, en la que yo figuraba como:
«Lionel George Chetwynd Hipwell, soltero, de veintinueve años de edad, domiciliado en Sackville Street, Piccadilly, hijo de Charles Augustus Chetwynd Hipwell, caballero.»
con motivo de mi matrimonio con
«Elizabeth Mary Illona Patrick, soltera, de treinta y nueve años de edad, domiciliada en Stafford Road, Notting Hill, hija de William Henry Patrick, comerciante de comestibles, fallecido.»
Así pues, mi esposa era hija de un comerciante que había ejercido el honrado oficio de tendero, y ahora tenía cuarenta años, exactamente diez más que yo. El domicilio que figuraba en el registro tampoco estaba situado en una zona especialmente recomendable, pues sabía que Stafford Road se encontraba en los límites de un mísero barrio de tugurios. ¡Quizá aquel fuera su escondite para mantenerse fuera del alcance de la policía!
Leí y releí aquel desconcertante documento una y otra vez. No había lugar a dudas. Allí estaba, negro sobre blanco, con plena validez ante cualquier tribunal.
¡Illona era mi esposa legítima!
Tenía las manos atadas. Mirara hacia donde mirara, no encontraba salida alguna a aquel callejón sin salida. Todos mis esfuerzos por ayudar a Joan habían resultado inútiles. Y, además, ¿cómo podía confesarle al señor Gell, o incluso a mi propio padre, que yo era un ladrón?
De regreso en Sackville Street, saqué del cajón donde la había arrojado la hoja de música manuscrita. Era cierto que Lisely me había enviado una advertencia. Pero ¿quién era realmente mi amiga: Lisely o mi impresentable esposa?
Ese era el punto que debía resolver.
Me senté en la misma silla donde había estado sentada Illona y permanecí absorto en mis pensamientos hasta que cayó la noche. Al alcance de mi vista estaba el inocente volumen encuadernado en cuero que ocultaba las perlas de lady Rathgormly. Volví a sacarlas y las examiné una vez más. Eran, sin duda, magníficas.
Luego observé la clave de aquel ingenioso cifrado musical y comprendí lo hábilmente concebido que estaba, pues podía modificarse cada día o cada semana según lo acordado. ¿Y quién habría sospechado que un simple rollo de música manuscrita enviado por correo, de mano en mano, era en realidad un medio de comunicación entre los miembros de una organización criminal?
Teddy Day asomó la cabeza cuando yo estaba terminando de vestirme y, con evidente curiosidad, me preguntó quién era “esa vieja” que había encontrado haciéndome compañía.
—Estaba ya un poco pasada de moda, ¿no? —rió con su habitual buen humor, mientras se sentaba al borde de mi cama y me observaba anudarme la corbata.
—Sí —respondí—. Es una mujer a la que conocí en Viena hace algunos meses. Está buscando a una amiga desaparecida y ha venido a pedirme consejo.
Con aquella explicación quedó satisfecho. Después me obligó a cenar con él en Piccadilly y, más tarde, fuimos a ver una revista musical. Pero el espectáculo despertó tan poco interés en mí que ni siquiera recuerdo el nombre de la obra ni el teatro donde se representaba.
Mis pensamientos estaban por completo ocupados por Joan. La odiosa mujer que decía ser mi esposa conocía la verdad; sin embargo, por pura malicia se había negado a revelarme un solo dato. Con ello demostraba que no era mi amiga. ¿Sería entonces cierta la advertencia secreta de Lisely? ¿Habría sido por ese motivo que consiguió impedir mi encuentro con Illona?
Aquella teoría comenzó a parecerme la más acertada. Sin embargo, al reflexionar sobre el hecho de que, sin saberlo, había recibido instrucción hasta convertirme en un consumado ladrón de joyas femeninas, me sentía horrorizado. Si llegaban a descubrir que aquellas perlas estaban en mi poder, ¿qué explicación podría ofrecer?
El escándalo sería espantoso, sobre todo teniendo en cuenta mi elevada posición oficial como funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores de Su Majestad.
Cuanto más pensaba en ello, más peligrosa me parecía mi situación. Sin duda tenía enemigos y, ¿cómo podía saber que, en cualquier momento, no me denunciarían anónimamente? Ni siquiera tenía la posibilidad de comprar su silencio.
Aquella noche, cuando regresé y Bruce ya se había retirado, volví a sacar las perlas. Encontré una pequeña caja de cartón sin ninguna inscripción, las guardé en su interior, preparé un paquete cuidadosamente y lo sellé con lacre negro. Estaba a punto de dirigirlo a su propietaria cuando una idea cruzó de pronto por mi mente. En lugar de devolverlas y arriesgarme a provocar el desagrado del misterioso hombre al que llamaban Su Excelencia, las llevaría conmigo a Lausana y las utilizaría como pretexto para visitarlo.
Como mi valija diplomática estaba exenta de inspección aduanera tanto en Calais como en la frontera suiza de Vallorbe, nadie sabría que había sacado las perlas del país y, si las depositaba en manos de Nicholas Sarasti —como ahora se hacía llamar—, mi responsabilidad terminaría allí.
Al día siguiente telefoneé, como de costumbre, al señor Gell. Seguía sin haber noticias de Joan, aunque tenía otra cita en Scotland Yard al mediodía. Esa noche cené con mi padre en la Cámara de los Comunes y, después, pasé una hora en el vestíbulo conversando con mi amigo Cecil Duncombe, subsecretario parlamentario del Ministerio de Asuntos Exteriores. Me retiré temprano, pues al día siguiente debía levantarme pronto para emprender el viaje.
A las once de la mañana siguiente partí de la estación Victoria en el servicio Simplon-Orient, que circulaba diariamente por Calais, París, Lausana y el valle del Ródano hasta Brigue, para continuar luego hacia Italia —Milán, Venecia— y más allá por Zagreb, Belgrado y Sofía hasta Stamboul, en aquel largo recorrido de tres días, caluroso y polvoriento, que yo conocía tan bien. Después de París apenas quedaban pasajeros. Tras cenar en el coche restaurante, me retiré a dormir, hasta que el revisor me despertó en la frontera suiza, a las cinco y media de la mañana.
Poco después de las seis descendí en la gran estación nueva de Lausana, una de las más hermosas y limpias de toda Europa, y comprobé que el pequeño vapor que cruzaba el lago Lemán no partiría hasta una hora más tarde. El lago, rodeado por altas montañas donde aún permanecían las nieves del invierno anterior, brillaba azul y centelleante bajo el sol de la mañana. Entré en el amplio buffet de la estación y tomé mi café matutino. Después tomé un taxi que me llevó hasta el pequeño embarcadero de Ouchy, rodeado de frondosos árboles y agradables jardines, tan conocido por los turistas estivales.
Pronto zarpó el pequeño vapor blanco que atravesaba el lago varias veces al día en ambos sentidos hasta la orilla francesa. El aire fresco de la mañana resultaba glorioso después del calor sofocante del estrecho coche dormitorio.
Mientras nos alejábamos de la costa suiza para cruzar las ocho millas de agua alimentadas por el Ródano, distinguía apenas, a lo lejos y hacia la izquierda, las severas murallas y la torre del histórico castillo de Chillon; mientras que los grupos de casas blancas junto a la orilla señalaban Vevey y el popular centro turístico inglés de Montreux. La mañana era espléndida, el cielo estaba completamente despejado y, por todas partes, los Alpes se alzaban en toda su agreste grandeza: un panorama de lago y montaña que quizá sea uno de los más bellos de toda Europa.
Poco después llegamos al pequeño embarcadero de Évian-les-Bains, célebre en el mundo entero por sus aguas minerales y por su elegante casino, administrado por la misma empresa que el Casino Municipal de Niza y dedicado al bacará. A diferencia de la bulliciosa y estridente ciudad de Niza, Évian era un tranquilo y distinguido lugar de descanso, adonde la gente acudía en busca de reposo y de curación. En la verde ladera, medio ocultas entre los árboles, podían verse las grandes fachadas blancas de los hoteles de lujo, todos ellos dominando la apacible población y la inmensa extensión de las serenas aguas del lago.
Tomé un taxi hasta uno de ellos, el Hôtel Royal, y, después de preguntar al conserje, no tardé en encontrar a lord Oxenwood, una distinguida figura de cabellos grises, vestido con un sobrio traje de sport color topo, tomando café al aire libre bajo un árbol, en la amplia terraza cubierta de flores. A su lado estaba sentado mi amigo Bob Ludlow, su secretario particular.
—¡Hola, Hipwell! —exclamó el secretario de Asuntos Exteriores con una sonrisa.
Era uno de los estadistas británicos más destacados surgidos tras la guerra, un hombre que había sabido mantener el prestigio de la nación en el extranjero, a pesar de todas las insidiosas intrigas políticas urdidas por ciertas potencias.
En apariencia era un hombre sumamente afable y sencillo. Pero en política era firme, inflexible e implacable, como bien lo sabía la Sociedad de Naciones.
—Has madrugado esta mañana, ¿eh? —comentó sonriendo con intención.
Después de que le entregué la valija diplomática, asegurada con un gran sello negro que llevaba grabadas las armas del Reino Unido, me invitó a acompañarlo a tomar café.
Era un lugar encantador. Entre los árboles los pájaros cantaban alegremente y, más allá de la balaustrada de piedra, se extendía el amplio y sereno lago, de reflejos opalinos a aquella temprana hora. Sus aguas permanecían inmóviles, apenas surcadas por la vela de una barcaza y por una lejana columna de humo que delataba el vapor que ascendía desde Ginebra hacia Montreux y, más adelante, hasta Bouveret, en el extremo del lago, cuyos sesenta millas de longitud se desplegaban en toda su magnificencia.
Mientras conversaba con Bob Ludlow, inhalaba con deleite el aire fresco de la ribera francesa del lago, tan distinto de la atmósfera cargada de Piccadilly. Cada vez que viajaba, disfrutaba del cambio de ambiente, ya fuera el aire vivificante de París, el dolce far niente de Roma, el aire bullicioso y festivo de Viena o el puro aire de montaña de Berna.
Mientras charlaba con Ludlow, el gran estadista abrió el portadocumentos diplomático con su llave, se ajustó el pince-nez de oro y comenzó a examinar lentamente, uno tras otro, los documentos que contenía.
El camarero me había servido el café y, mientras fumaba, lord Oxenwood hacía de cuando en cuando anotaciones al margen de los papeles que leía con un lápiz de oro sujeto a la cadena de su reloj.
—Dentro de un momento tendremos que redactar un despacho para París, Ludlow —observó de pronto—. Y usted lo llevará esta noche en el correo, Hipwell —añadió, volviéndose hacia mí.
—Regresaré de Lausana a las seis, señor —respondí—, y podré tomar el Orient de vuelta a París.
—Sí, hágalo. Usted es un auténtico horario viviente de los viajes por el continente —rió el canoso secretario de Asuntos Exteriores—. ¡Sería un magnífico guía turístico!
—Sí, Lionel —intervino mi amigo Ludlow—. Estoy seguro de que tendría un éxito extraordinario organizando un viaje alrededor del mundo.
—Bueno, no hago más que conocer las rutas y los horarios, como todos los miembros de nuestro cuerpo. Forma parte de nuestra preparación llegar a un destino determinado en el menor tiempo posible, ¿no es así? —Y, volviéndome hacia lord Oxenwood, añadí—: Si hubiera traído el despacho conmigo a Lausana hace un par de horas, esta misma noche podría haber estado ya en París.
—No es tan urgente —respondió el gran estadista inglés—. Si sale esta noche, mañana por la mañana estará en la embajada de París. Será tiempo más que suficiente para que lord Thornbury reciba mis instrucciones.
Y, mientras bebía un sorbo de café, contempló pensativo el lago, con la vista fija en las lejanas cumbres del Jura, difuminadas por la bruma. El hombre sobre cuyos hombros recaía el pesado fardo de las complicaciones de Gran Bretaña con las potencias, en aquellos días de sedición y revolución, dejó escapar un suspiro fatigado. Luego, al cabo de unos instantes, escribió nuevas anotaciones al dorso de uno de los documentos. Había ido allí en busca de descanso y recreo; pero, por desgracia, su mente jamás dejaba de trabajar. A diario le llegaban de los representantes de Su Majestad en las distintas capitales complejas cuestiones de política y de estrategia diplomática; por ello, estaba casi tan ocupado como cuando se hallaba en el Ministerio de Asuntos Exteriores, salvo por las conferencias diarias y la aprobación de las respuestas a las preguntas formuladas en la Cámara.
Al consultar mi reloj vi que, dentro de un cuarto de hora, el barco zarparía de regreso a Lausana y, tras disculparme, me apresuré a embarcar.
Poco después de las once, subí desde la estación de ferrocarril por la Avenue de la Gare, en busca de la casa donde, oculto bajo una identidad falsa, vivía el célebre criminal Félix Zuroff, conocido en su refugio con el nombre de Nicholas Sarasti.
CAPÍTULO VEINTICINCO
ME ENCUENTRO CON SU EXCELENCIA
La Avenue de la Gare, una empinada avenida bordeada de árboles y flanqueada por hoteles y residencias particulares en la ladera que domina Ouchy y el lago, es una de las principales arterias de la limpia y cosmopolita ciudad de Lausana.
Los tranvías amarillos pasaban sin cesar, mientras una ininterrumpida corriente de automóviles recorría la avenida. Con mi precioso paquete de perlas en el bolsillo, avancé por aquel paseo de plátanos bajo el sol de la mañana, dejando atrás los hoteles Eden, Jura y Mirabeau, en busca de la casa del notorio y misterioso criminal bajo cuyo odioso dominio había caído.
La numeración de las casas se volvió confusa, y la que buscaba llevaba un número bis. Al fin me encontré en un pequeño callejón sin salida a la derecha, donde altos edificios modernos de apartamentos se alzaban entre amplios jardines llenos de lilas, magnolias, rosas y geranios. En aquel clima benigno las flores crecían con exuberancia y, en ese apartado y distinguido rincón, advertí las placas de latón de numerosos médicos de renombre.
Entré en un bonito jardín y llegué a la puerta de un elegante edificio, de una de cuyas ventanas escapaban las notas de un piano, interpretadas con exquisita destreza. Examiné la fila de buzones del vestíbulo y encontré uno que decía:
«Sarasti, 2.º piso.»
Lleno de expectación y curiosidad, subí hasta el segundo piso y llamé al timbre de una puerta que ostentaba una discreta placa de bronce. Me abrió un joven extranjero, elegante y de mirada vivaz.
Observé que, antes de pronunciar una sola palabra, me examinó rápidamente de arriba abajo.
—Deseo ver al señor Sarasti —dije en francés.
—El señor Sarasti no está en casa —respondió el joven con prontitud, aunque cortésmente.
—Necesito verlo por un asunto de suma urgencia —insistí—. He venido expresamente desde Londres para hablar con él.
Y le tendí mi tarjeta.
La examinó, me miró con curiosidad durante un instante y luego, disculpándose por cerrar la puerta en mis propias narices, dijo que iría a consultar con el secretario de su amo.
Pocos minutos después regresó.
—El señor lo recibirá.
Me condujo por un largo pasillo hasta una espaciosa habitación, escasamente amueblada, que tenía todo el aspecto de una sala de espera médica. Había varias sillas y una buena cantidad de revistas sobre la mesa central.
Luego me dejó solo.
Los grandes ventanales ofrecían una pintoresca vista de los jardines, el lago y, más allá, los Alpes. Mientras contemplaba el paisaje, oí pasos detrás de mí. Al volverme, me encontré frente a un hombre alto y delgado, de mandíbula alargada, impecablemente vestido y con una sonrisa afable.
—Sírvase pasar por aquí —dijo.
Lo seguí hasta un amplio salón lujosamente amueblado donde, sentado en un profundo sillón de damasco de seda color carmesí, se hallaba el moreno hombrecillo a quien tan bien recordaba de aquella noche en Camberwell.
Me saludó con un leve movimiento de cabeza, fríamente, y me indicó una silla frente a él. Sobre las mesas había grandes jarrones rebosantes de rosas amarillas, cuyo perfume resultaba casi insoportable. Siempre me habían gustado las rosas; pero, en aquel momento, el aroma que impregnaba la estancia me producía auténticas náuseas.
—Bien, ¿a qué debo el honor de esta visita, señor Hipwell? —preguntó con frialdad, hablando con un marcado acento extranjero.
Su aspecto bien podía haber sido el de un humilde empleado de hotel. Era tosco y desaseado. Tenía las uñas largas, sucias y descuidadas, y la barba negra, áspera y sin recortar. Sin embargo, aquel hombre, gracias a su mente activa e ingeniosa, dirigía una de las bandas de asaltantes en automóvil más audaces y eficaces de toda Europa.
Y yo era uno de los pocos que conocían su verdadera identidad, un secreto por el que las policías de Europa habrían dado cualquier cosa.
Recuerdo que el dramatismo de la situación me hizo vacilar unos instantes.
—He venido a verlo por varios asuntos de la mayor importancia —dije al fin—. Deseo hablarle con absoluta franqueza y sinceridad, sin ánimo de enemistad, sino como uno de sus amigos y colaboradores.
—Bien. Eso está bien —gruñó con aprobación, incorporándose ligeramente en su gran sillón carmesí, donde permanecía sentado con la solemnidad de un juez—. Somos amigos… bien… très bien. Ahora continúe.
—Ante todo, deseo entregarle esto —dije con decisión, sacando el collar de magníficas perlas.
Lo tomó entre las manos, fue deslizándolo lentamente entre los dedos y volvió a gruñir con gesto de aprobación.
—¿Temía seguir guardándolas, verdad? —rió con una sonrisa sarcástica que curvó sus labios—. Bueno, la verdad es que no me sorprende. En su situación sería un asunto algo comprometedor para su familia y para su Ministerio de Asuntos Exteriores en Downing Street, ¿no es así?
—Ese es precisamente el punto, señor —respondí con rapidez—. Como bien sabe, aquella noche de niebla me vi envuelto por pura casualidad en sus asuntos privados y, naturalmente, usted creyó la acusación de la señorita Hatten de que yo era un espía de la policía. Sin embargo, a estas alturas ya habrá podido comprobar mi inocencia; que únicamente por un capricho del destino irrumpí por error en su reunión. ¿Me ha perdonado ya? —pregunté con toda seriedad.
—Desde luego que sí. Siempre soy justo, señor Hipwell. Ninguno de los que han trabajado a mis órdenes me ha acusado jamás de tacañería ni de injusticia. Estamos unidos para hacer la guerra a la sociedad y, como camaradas, compartimos tanto los peligros como las ganancias —respondió con toda naturalidad, en un inglés bastante correcto, apenas teñido de un ligero acento ruso.
Su rostro apenas había cambiado desde la última vez que lo vi, en aquella pequeña y sofocante habitación de Camberwell, con aquella enorme montaña de joyas maravillosas amontonadas sobre la mesa.
Mientras hablaba, seguía acariciando entre los dedos el collar graduado de perlas de lady Rathgormly, deteniéndose de vez en cuando a examinar con ojo experto las de mayor tamaño. Me resultaba asombroso que Félix Zuroff, aquel célebre criminal a quien sus seguidores llamaban «Su Excelencia», viviera rodeado de lujo y distinción en una ciudad extranjera, sin despertar la menor sospecha. Muchas veces había oído historias de grandes delincuentes que vivían cómodamente mientras otros, a sueldo suyo, asumían todos los riesgos de sus fechorías. Pero, en mi caso, yo había sido el instrumento inconsciente del más audaz y astuto bandido automovilista de Europa.
—He venido aquí, señor Sarasti, para pedirle que me libere, a cambio de mi juramento de guardar silencio —solté al fin.
—¿Liberarlo, señor? —exclamó, incorporándose y clavando en mí la mirada—. ¿Y por qué habría de hacerlo? Es usted un elemento muy valioso para nosotros. Además, posee un talento extraordinario cuando se trata de collares de señoras. Se mueve entre la alta sociedad inglesa y, por tanto, nos resulta un excelente informante.
—¿Informante? —repetí, sin comprender.
—Siempre puede indicar dónde se encuentran las mejores joyas y, al mismo tiempo, apropiarse discretamente de alguna perteneciente a las damas con las que baila... como ha hecho tantas veces. Dígame entonces, ¿por qué habría de dejarlo marchar?
Permanecí unos instantes en silencio. Su respuesta me había desconcertado. Luego reuní valor.
—La verdad es, señor Sarasti, que la droga que me administró la señorita Hatten ha perdido sus efectos. ¡He vuelto a ser yo mismo!
—¡Ah! Eso sí que es una desgracia para usted —observó con una ligera risa—. Normalmente el efecto de esa inyección dura unos cuatro años. Es posible que ella le administrara una dosis insuficiente. Si fue así, cometió un error. —Tras una breve pausa añadió—: Al menos demostró ser una buena amiga suya. No lo dejó ciego, como todos creíamos.
—No. Tengo que agradecerle que conservara intacta mi vista —respondí con un suspiro de alivio—. Pero le confieso que el misterio y la incertidumbre de mi situación actual están acabando conmigo.
—No veo dónde puede haber misterio, salvo el que usted mismo se empeñe en crear.
—Le diré toda la verdad desde el principio —declaré—. Aquella noche, Dicky Rodwell me atacó en Bloomsbury y, durante el forcejeo, se disparó a sí mismo. Sin embargo, esa mujer, Hilda Bennett, aseguró que yo no era el hombre. Le mintió a usted, porque le juro que... ¡sí lo era! Precisamente por esa razón me ocultaba de la policía en Avenue Road, Camberwell, tal como le expliqué aquella noche, en la misma casa donde vivía Lisely Hatten. Ella creyó que yo era un espía de la policía, sin imaginar que, en realidad, huía de ella.
El peligroso bandido clavó sus ojos en los míos.
—¿Es cierto todo esto, señor Hipwell? —preguntó, levantándose de la silla, visiblemente intrigado.
—¡Juro que cada una de mis palabras es absolutamente cierta! —exclamé.
—¿Entonces fue usted quien disparó a Rodwell?
—No. Él intentó matarme y, al hacerlo, se disparó accidentalmente. ¡Yo no soy ningún asesino! Estaba maltratando a aquella mujer y, porque intervine como habría hecho cualquier hombre, me atacó. Eso fue todo.
El hombre de frente baja se pasó lentamente la mano amarillenta por la oscura barba y permaneció unos segundos pensativo.
—¡Rodwell era un maldito canalla! —estalló por fin—. Después descubrí que aquella noche se dirigía a la comisaría de Vine Street para denunciarme. Esa misma tarde habíamos tenido una discusión por un magnífico lote de piedras preciosas que conseguimos cerca del Ritz de París. Me golpeó en la cara y juré que jamás lo perdonaría. Hilda conocía sus intenciones y, mientras caminaban juntos, trataba de convencerlo de que no me desafiara entregándome a la policía. Entonces apareció usted de repente y, gracias a su intervención, ¡él cerró para siempre la boca!
El bandido vaciló un instante y luego, con un repentino entusiasmo, me tendió la mano.
—¡Señor Hipwell! En ese caso, ¡a usted le debo mi escapada más milagrosa! Ahora hablemos con calma. Cuénteme exactamente qué ocurrió aquella noche.
Así lo hice, relatándole toda la trágica historia tal como ya la he contado al comienzo de este relato verídico.
Con la barbilla apoyada en la mano, me escuchó sin pronunciar una sola palabra. Recordé cómo aquella mano delgada y huesuda era capaz de sacar un revólver automático en un instante y abatir sin el menor remordimiento a cualquier adversario. Sabía demasiado bien qué clase de criminal desesperado era y cómo, durante los numerosos enfrentamientos que había sostenido con la policía francesa cinco años antes, siempre había conseguido escapar tras ofrecer una resistencia feroz. En un incidente cerca de Tours había matado a un gendarme y herido a otros dos antes de huir sin dejar rastro. Era tan escurridizo, tan experto en el arte del disfraz y contaba con colaboradores tan leales, que jamás habían logrado detenerlo.
Le hablé de la atmósfera de misterio en la que me veía obligado a vivir, mientras paseaba la mirada por su agradable y soleado salón.
—Me resulta imposible distinguir quiénes son mis enemigos y quiénes mis amigos. ¿Puede ayudarme? —le pregunté.
—No debería resultarle difícil, señor Hipwell. Me temo que su peor enemiga es su esposa —respondió con calma, mirándome fijamente.
—¿Illona? ¿Es realmente mi enemiga? —exclamé, estupefacto.
—Si yo estuviera en su lugar, me protegería de ella —contestó serenamente—. Sé de buena fuente que alberga muy malas intenciones hacia usted. Como me ha servido bien, le digo la verdad con absoluta confidencialidad.
—¿Pero con qué propósito? —pregunté—. Que yo sepa, jamás le he hecho ningún daño. De hecho, fue apenas hace dos días cuando descubrí que era realmente mi esposa.
—Si no tiene cuidado, lo denunciará a la policía —dijo el cerebro de la organización—. Por eso ha sido una verdadera fortuna que decidiera traerme las perlas. De lo contrario, podrían haber aparecido en su poder... o en su banco.
—¿Y por qué esa mujer me odia tanto?
—Está celosa de una joven llamada Joan Gell, con quien, según dicen, prometió casarse antes de contraer matrimonio con ella.
—Joan ha desaparecido; por tanto, supongo que ella ha tenido una participación siniestra en todo esto.
—No conozco los detalles, pero ciertamente eso es lo que yo supondría —respondió el gran delincuente.
—He venido a suplicarle su ayuda, señor Sarasti. ¿Cómo puedo encontrarla? —le imploré a aquel malhechor de rostro moreno y frente estrecha.
Sacudió lentamente la cabeza.
Aunque era un criminal y un asesino, no mostraba ninguna hostilidad hacia mí. Quizá se debiera a la muerte de Rodwell.
—Me temo que no puedo ayudarlo. Se trata de una venganza personal de su esposa. En esas circunstancias, no puedo intervenir.
—El padre de Joan, un prestigioso abogado, consiguió la condena de Hilda Bennett —observé—. ¿Fue por eso por lo que la muchacha fue arrancada de su hogar?
—No lo creo, porque sé que Illona ya había proferido amenazas contra ustedes dos hace seis meses. Al parecer ha cumplido su amenaza contra su novia y ahora pretende traicionarlo a usted.
—¡Y yo no puedo hacer nada! —exclamé desesperado—. ¿Qué respuesta podré dar a las acusaciones que presente contra mí?
Félix Zuroff permaneció unos instantes en silencio.
—Tal vez la venganza que esa mujer prepara consista precisamente en que su amigo, el señor Gell, comparezca ante un tribunal... y sea él mismo quien procese al prometido de su propia hija —dijo finalmente.
—Pero, por favor, deme un consejo —le supliqué—. ¿Qué puedo hacer para salvarme?
El temible bandido volvió a reflexionar unos instantes.
—Si ella llevara a cabo su amenaza, su detención pondría, con toda probabilidad, a todos nosotros en peligro —dijo lentamente, casi hablando para sí mismo—. No, debe permanecer en silencio. Lisely Hatten es una buena amiga suya y siempre lo ha sido. Puede confiar en ella.
—Pero ¿cómo puedo enfrentarme a Illona? —pregunté con ansiedad.
CAPÍTULO XXVI
SIN PERJUICIO
Aquella tarde crucé de nuevo el lago hacia Evian-les-Bains entre una multitud de turistas ingleses y, después de tomar el té en el Royal, lord Oxenwood me devolvió el despacho oficial, ahora repleto de documentos, para que lo llevara a Downing Street, diciéndome:
—Supongo que la semana próxima tendrás que volver a salir. Pero yo estaré en Ginebra, pues asistiré a la reunión de la Sociedad de Naciones el próximo viernes.
También me entregó un despacho para el embajador en París y una caja de flores frescas destinada a lady Oxenwood, en Grosvenor Square.
A las siete de la tarde estaba de regreso en Lausana, donde cené en el Café Central, en la Place Saint-François. Después contemplé los bailes hasta las once. Tomé entonces el Simplon-Orient Express de regreso y llegué a París a la mañana siguiente, donde entregué el despacho a uno de los secretarios de la embajada. Eran las siete de la tarde del día siguiente cuando llegué a Londres.
Con frecuencia me asaltaba un hecho verdaderamente curioso: durante mi período de inconsciencia había sido nombrado para aquel cargo de tanta responsabilidad como mensajero del Servicio Exterior de Su Majestad. Durante muchos meses había viajado sin cesar de un lado a otro y, al mismo tiempo, llevaba una vida criminal de la que no tenía el menor conocimiento, salvo por lo que, de vez en cuando, lograba averiguar gracias a mis indeseables asociados.
¿Qué habría dicho el mundo si hubiese sabido que los secretos de la diplomacia británica estaban siendo confiados a un consumado ladrón de joyas femeninas?
Apenas Bruce abrió la puerta de mi apartamento, comprendí por la expresión de alarma en su rostro que algo iba mal.
—La policía estuvo aquí ayer, señor —me dijo—, y volvió hoy. Vinieron a eso de las cinco.
—¿La policía? —exclamé, completamente desconcertado—. ¿Quiénes?
—Dos detectives, señor. Estaban muy interesados en verlo. Me enseñaron una orden de registro y luego revisaron absolutamente todo. Bajaron todos los libros de los estantes y abrieron cuanto encontraron.
—¿Y qué hallaron? —pregunté.
—Nada, señor. Pero es extraño, ¿no le parece? Me pregunto por qué consiguieron una orden de registro. ¿Creerán que usted es un ladrón?
—¿Cómo podría saberlo, Bruce? —respondí con una sonrisa, recordando con satisfacción que, después de sacar las perlas del libro hueco, había destruido aquel volumen y guardado la clave del cifrado musical en mi cartera.
Un hecho grave resultaba ahora evidente: Illona se me había adelantado y ya había informado a la policía, convencida de que las perlas de lady Rathgormly seguían ocultas en su escondite.
Comprendí entonces toda la amarga sed de venganza de la mujer que decía ser mi esposa y, lleno de ira, tomé inmediatamente el tren hacia Mortlake. Sin demasiada dificultad encontré Beverley Villa, una pequeña casa moderna e independiente cuyo vestíbulo estaba pobremente iluminado. Respondió a mi llamada una joven desaliñada, a quien pregunté por el señor Whittaker. Al final del estrecho pasillo apareció un hombre de cabello oscuro y rizado, en mangas de camisa, que se acercó con un aire más bien agresivo.
—¿El señor Whittaker? —pregunté cortésmente—. He venido a ver a Illona —añadí en voz baja—. Traigo un mensaje de... Su Excelencia.
El hombre me observó de arriba abajo con suspicacia.
—¿Quién es usted? —preguntó con marcado acento cockney.
Como única respuesta saqué el papel con los dobles ceros y las notas musicales.
Aquello bastó de inmediato para convencerlo. Me condujo a una pequeña sala trasera, modestamente amueblada, en el primer piso, donde encontré a Illona vestida con una bata de seda rosa pálido ya bastante ajada.
—¡Usted! —exclamó, incorporándose de un salto y mirándome con absoluto asombro.
—¡Sí! —respondí con vehemencia—. Así que ya has comenzado tu diabólica labor contra mí, ¿verdad? Pero en este juego hacen falta dos. ¡Lee esto!
Y le planté delante de la cara los compases musicales que Su Excelencia había escrito y firmado.
—Aquí tienes la clave, por si la necesitas —dije con una sonrisa de satisfacción, poniendo mi propia clave en su mano—. Léelo, traidora, y ten mucho cuidado con lo que haces.
Al cabo de unos minutos, consultando los seis círculos del código, comprendió la orden que el jefe de la banda le había enviado; vi cómo su rostro palidecía hasta quedar blanco como la muerte.
—Yo... yo...
—No quiero explicaciones —la interrumpí—. Su Excelencia me encargó entregarte ese mensaje. Lo que ocurra en adelante ya es asunto tuyo.
—¡Pero, Lionel! —exclamó—. Yo no pretendía...
—¡Pretendías que me arrestaran! —grité lleno de ira—. ¡Pero te desafío! Su Excelencia se ocupará de ti como crea conveniente, no lo dudes. Cualquiera de nosotros que traicione a otro paga las consecuencias, y ahora eres tú quien deberá afrontarlas.
—¡Te juro que no quería hacerte daño! Me obligaron a... —balbuceó aquella mujer deforme y repulsiva, blanca como un papel y tambaleándose.
—Su Excelencia sabe de ti mucho más de lo que jamás imaginas —dije.
Y, riéndome con desafío en su rostro, me di media vuelta y abandoné aquella oscura y misteriosa guarida de ladrones.
Ella salió precipitadamente tras de mí y, sujetándome por la manga del abrigo, me obligó a detenerme en el pasillo.
—¿Qué quieres decir? —preguntó—. ¿Qué te ha dicho Su Excelencia?
—Solo que eres mi peor enemiga, y ahora acabas de demostrarlo tratándome como tal —respondí con dureza—. La policía ha registrado mis habitaciones.
—Y no ha encontrado nada —replicó—. Entonces, ¿por qué seguir preocupándose?
—Yo no me preocupo —respondí—. Creo que ahora quien debe preocuparse eres tú. Recuerda que Su Excelencia siempre cumple lo que dice.
—¡Pero ya es demasiado tarde! —gritó desesperada—. Ahora no puedo dar marcha atrás. Fui una insensata... una maldita insensata.
—Sí —contesté—. Creo que lo fuiste. Buenas noches.
Y la dejé allí, medio desvanecida en el umbral de la puerta.
Fuera cual fuese el mensaje cifrado que Félix Zuroff había escrito con aquel código musical, había producido en ella un efecto tan fulminante como devastador.
Su rostro se volvió demacrado y macilento, mientras sus ojos parecían salirse de las órbitas, desorbitados por el terror. Estaba completamente paralizada de horror.
Una hora más tarde, ya de regreso en Sackville Street, cuando eran casi las doce de la noche, me pregunté si volvería a recibir otra visita de la policía. No habían encontrado nada y, en tal caso, no veía razón alguna para que me arrestaran. Sin embargo, la situación se había tornado extremadamente peligrosa. Lo más probable era que la mujer llamada Illona me hubiese denunciado mediante una carta anónima. De ser así, Scotland Yard actuaría, sin duda, con cautela y discreción.
Si en aquella denuncia se afirmaba que las perlas de lady Rathgormly estaban ocultas en mi habitación, era natural que la orden de registro expedida por el magistrado del Tribunal de Policía de Marlborough Street les permitiera revisar todas mis pertenencias. Tenía la absoluta certeza de que Illona jamás se habría atrevido a acudir personalmente a la policía para denunciarme; habría sido un procedimiento demasiado peligroso para ella. No. Mientras permanecía sentado hasta bien entrada la noche reflexionando sobre los acontecimientos de las últimas cuarenta y ocho horas, llegué a la conclusión de que mi cargo oficial bastaría para convencer a la policía de que yo no era un ladrón.
De mi conversación con el más célebre bandido automovilista que había conocido Europa obtuve un dato de enorme importancia: el escondite de Roddy Owen, quien había logrado escapar tan hábilmente de las manos de la policía en Harrington Court. A las nueve y media de la mañana siguiente me presenté en Queen’s Gate y comuniqué al señor Gell la dirección de aquel individuo, sin explicarle, por supuesto, cómo había llegado a conocerla.
—¡Excelente, mi querido Lionel! —exclamó con entusiasmo—. Esta información es de la mayor importancia, pues permitirá al Departamento de Investigación Criminal reabrir el caso. Venga conmigo a Scotland Yard.
Así lo hice. El subcomisionado aún no había llegado, pero vimos al superintendente Nethersole, uno de “los Cuatro Grandes”, íntimo amigo del señor Gell, quien dio órdenes para que dos detectives vigilaran estrechamente la casa de Sheen Lane y a su inquilino rubio.
Sin embargo, la actitud del superintendente Nethersole hacia mí me pareció bastante extraña. Nunca antes lo había visto, pero me preguntó si yo era el señor Hipwell, el Mensajero del Rey, y si vivía en Sackville Street. ¿Sería posible que el registro de mi apartamento se hubiese realizado por orden suya? Estaba convencido de que así había sido y, por ello, la situación se volvía todavía más delicada.
Salí a Parliament Street con la enorme satisfacción de saber que, desde aquel momento, Roddy Owen sería vigilado de cerca dondequiera que fuese. El señor Gell continuó en su automóvil hacia los Tribunales de Justicia, mientras yo regresé caminando a casa a través de St. James’s Park.
Al llegar encontré en mi sala a un hombre de mediana edad, bien vestido, que me estaba esperando. Se presentó como el inspector Jerrold, del Departamento de Investigación Criminal, y me dijo con tono apologético:
—Creemos, señor, que es justo explicarle la razón por la que registramos su apartamento durante su ausencia anteayer y por qué también hicimos averiguaciones en su banco y examinamos lo que tiene allí depositado en custodia. Scotland Yard recibió una carta enviada desde París en la que se afirmaba que las perlas robadas a lady Rathgormly hace algún tiempo estaban en su poder, ocultas dentro de un libro hueco.
—Bueno —respondí riendo—, espero que las hayan encontrado.
—Desde luego que no, señor —contestó el funcionario—. Desde el primer momento consideramos que se trataba de una historia absurda e inverosímil. Pero estábamos obligados a cumplir con nuestro deber e investigar. El superintendente me ha enviado para presentarle sus disculpas.
—¿Qué superintendente?
—El superintendente Nethersole, de Scotland Yard, señor.
Sonreí. Ahora comprendía la razón del interés que había mostrado por mi persona.
—Supongo que tiene usted algún enemigo secreto, ¿verdad, señor? No tiene idea de la cantidad de denuncias absurdas e infundadas que recibimos contra personas completamente inocentes —comentó el inspector—. Hoy en día hay muchísima gente desequilibrada. En todos los casos de asesinato recibimos decenas de acusaciones falsas contra el supuesto culpable. En el caso de Bow Road, el mes pasado, por ejemplo, nada menos que cincuenta y ocho personas distintas fueron acusadas de ser el asesino, la mayoría mediante cartas anónimas.
—Mientras no se demuestre que soy un ladrón de joyas, señor Jerrold, creo que podemos dar el asunto por terminado, ¿no le parece? —dije.
—Eso mismo creo, señor —respondió riendo.
Luego rechazó cortés pero firmemente el whisky con soda que le ofrecí, me deseó buenos días y, debo admitirlo, sentí un enorme alivio cuando la puerta se cerró tras él.
Ciertamente había escapado por muy poco de ser arrestado. Todo aquel asunto despertó en mí un odio y un desprecio profundos hacia mi traicionera esposa, Illona, quien, mientras fingía una extrema preocupación por mi bienestar, había actuado al mismo tiempo como mi enemiga más encarnizada y peligrosa. Sin embargo, la enérgica intervención de Su Excelencia —fuera cual fuese— había arruinado ahora sus planes. Yo sabía que me temía. ¿Por qué? ¿Acaso esperaba represalias?
Lo que más me desesperaba era pensar que, durante mi estado de inconsciencia, había llegado realmente a casarme con aquella grotesca mujer cubierta de maquillaje. Me preguntaba si sería posible anular aquel matrimonio. Lo dudaba, pues, a todos los efectos legales, cuando comparecí ante el registrador parecía perfectamente cuerdo y en pleno uso de mis facultades. Habría un centenar de personas dispuestas a declarar que me encontraba completamente sano y normal. En los periódicos había leído noticias de numerosos matrimonios que los tribunales habían declarado nulos tras escuchar las pruebas. Pero en mi caso sabía demasiado bien que, en aquel momento, vivía sumido en una especie de sueño provocado por la funesta droga que me habían inyectado en las venas y que me había convertido en criminal y ladrón de joyas.
Si relataba mi historia ante el Tribunal de Divorcios, todos se reirían de mí. Y aquel pensamiento me sumía en una profunda y terrible depresión.
Incluso si lograba encontrar con vida a la pobre Joan, jamás podría casarme con ella, atado como estaba a aquella fea traidora cubierta de afeites, aquella delincuente habitual que había demostrado ser mi peor enemiga.
Transcurrieron tres días. Había salido a dar un paseo por la tarde y pasé a tomar el té con una familia llamada Fleming, en Upper Brook Street. Cuando regresé, Bruce me informó de que el señor Gell deseaba verme en el Temple tan pronto como me fuera posible.
Tomé un taxi hasta Fleet Street y poco después era conducido al sombrío despacho, oscurecido por el paso del tiempo, del eminente King’s Counsel.
—Mi querido Lionel —comenzó el corpulento abogado, que acababa de regresar del tribunal y aún llevaba puesta la toga de seda—. La información que nos proporcionó ha dado sus frutos. Nethersole me encontró esta tarde en los juzgados y me dijo que, gracias a la vigilancia sobre Owen, han localizado a Dufour y a su esposa. Recordará que desaparecieron misteriosamente de Finlay Street, en Fulham. Ahora se esconden en una casa de Windsor Terrace, en Hoxton, un barrio muy miserable, según tengo entendido.
—No cabe duda de que Dufour es un ladrón.
—Desde luego. Era, al igual que Owen, uno de los asociados de Tuggy Wilson. La policía está muy satisfecha, pues ha dado con un pequeño nido de individuos a quienes llevaba mucho tiempo buscando.
—¡Ah, si tan solo pudiéramos obtener noticias de la pobre Joan! —exclamé—. Redescubrir a Dufour no tiene demasiado interés, ¿verdad?
—No. Pero encontrar a Owen sí lo tiene. La policía ha realizado numerosas y minuciosas averiguaciones sobre él y sobre una mujer que se aloja en la misma casa de Mortlake, y es muy posible que en un futuro inmediato se produzcan algunos arrestos espectaculares.
—¿Arrestos? —exclamé sobresaltado, pues, si detenían a Illona, ella me atribuiría toda la responsabilidad y, sin duda, me incriminaría.
En un instante comprendí la extrema gravedad de la situación.
—Parece sorprendido, Lionel —dijo el señor Gell—. Pero, de hecho, creo que las detenciones se llevarán a cabo esta misma noche. He prometido acompañar a Nethersole a Hoxton. Será mejor que venga conmigo. Me alegraría mucho ver a Owen sentado en el banquillo; quizá entonces logremos averiguar algo de interés. Me reuniré con Nethersole en Scotland Yard a las nueve y media. Vístase con ropa discreta, como haré yo, y acompáñeme —me insistió.
CAPÍTULO XXVII
LA PISTA DEL ESCAPARATE
Vestido con un viejo traje de Bruce, un par de mis zapatos más gastados, una gorra de golf y una camisa de franela sin cuello, presentaba un aspecto bastante rudo cuando entré en el patio empedrado del gran edificio conocido como New Scotland Yard, donde el señor Gell, ataviado con una bata azul de carnicero y un maltrecho sombrero de paja —como los que acostumbran llevar los vendedores de carne—, me estaba esperando.
—Creo que esta noche nos espera algo de emoción —dijo en voz baja—. Nethersole asegura que, si Owen está allí y se ve acorralado, probablemente ofrecerá resistencia; por eso he traído mi pistola.
—Yo también —respondí, palpando mi fiel pistola automática en el bolsillo trasero del pantalón—. Siempre la llevaba conmigo durante mis viajes por el continente.
—Las investigaciones que la policía ha llevado a cabo durante el último mes han demostrado que el pequeño grupo que se oculta en Hoxton está relacionado con una importante banda de ladrones del continente. La mujer Bennett pertenecía a ella, sin la menor duda —comentó mi acompañante.
—¿Pero de qué sirve todo esto si no podemos encontrar a Joan? —pregunté con desaliento, pues debo confesar que me estremecía al pensar en las consecuencias que recaerían sobre mí si Illona era arrestada y revelaba toda la verdad.
En el patio esperaba un Buick azul cerrado y, pocos segundos después, aparecieron el superintendente Nethersole —a quien apenas reconocí bajo el aspecto de un hombre pálido, enfermizo, mal vestido y con apariencia de tuberculoso— junto con tres individuos disfrazados de simples obreros. Todos subimos al automóvil, formando un grupo que bien podía pasar por esforzados trabajadores del East End.
—O’Gorman, que está de vigilancia, acaba de llamar por teléfono para informar que Owen y Dufour están pasando la velada juntos y que se han acercado al bar del King’s Arms, en City Road —explicó Nethersole al padre de Joan mientras el automóvil tomaba Parliament Street—. Esta noche deberíamos hacer una buena redada. Pero nuestra principal preocupación es esclarecer quién mató al joven ladrón experto Tuggy Wilson. Dufour fue puesto en libertad, pero todavía existen sospechas sobre él. El tribunal lo absolvió por falta de pruebas, aunque podemos volver a detenerlo si lo consideramos oportuno.
—¿Alguien ha cantado? —preguntó el señor Gell, empleando la expresión de los delincuentes para referirse a un delator.
—Ha sido una mujer… pero solo movida por el odio —respondió el superintendente, lanzándome una mirada de soslayo.
Debo decir que me sentí profundamente incómodo.
—Estoy convencido de que Owen sabe dónde está Joan Gell, viva o muerta —dije con rapidez—. Tenemos que arrancarle la verdad. ¡Pobre muchacha! Debe de haber sufrido un infierno durante todas estas semanas.
—Si Owen sabe algo, le aseguro, señor Hipwell, que conseguiremos que lo diga —declaró el superintendente—. Déjelo en nuestras manos.
Atravesamos Theobald’s Road, Clerkenwell Road y Old Street hasta llegar por fin a la concurrida City Road. Allí nos detuvimos en la esquina de Shepherdess Walk, no muy lejos de la lámpara azul que señalaba la comisaría de policía. Nethersole descendió del automóvil y, acompañado de uno de sus sargentos, caminó por City Road hasta la esquina de una estrecha calle obrera llamada Windsor Terrace. Al poco rato, de entre las sombras surgió un vagabundo que dirigió unas palabras apresuradas al superintendente antes de alejarse tranquilamente. Era el sargento O’Gorman, cuya misión consistía en vigilar la casa.
Al regresar junto a nosotros, Nethersole informó:
—Owen y Dufour siguen allí, en la taberna. Esperaremos un poco y rodearemos la casa cuando regresen, como sin duda harán a la hora del cierre. Tengo una orden de arresto contra Owen por complicidad en el asesinato de Wilson. Y también queremos a Dufour porque su descripción coincide con la del hombre que rompió el cristal del escaparate de Appleyard, la joyería de Old Bond Street, hace seis meses, mientras otro individuo se apoderaba de una bandeja llena de anillos y escapaba en un automóvil. Sin duda actuaban juntos. Dos transeúntes vieron al hombre que tomó la bandeja y sospecho firmemente que, cuando sometamos al señor Owen a una rueda de reconocimiento, será identificado como el ladrón. Todos ellos son verdaderos profesionales.
Tras decir esto se alejó sin prisa, mientras el sargento que lo acompañaba cruzó hacia el King’s Arms para tomar una copa y vigilar a los individuos buscados, completamente ajenos al hecho de que la policía había descubierto su modesto escondite.
El padre de Joan y yo caminamos por las calles mezclados entre la multitud de transeúntes apresurados. Ninguno de nosotros se atrevió a entrar en la comisaría, pues en aquellos barrios populares siempre había decenas de ojos vigilantes atentos a descubrir a los agentes de paisano.
Windsor Terrace no gozaba precisamente de buena fama. Allí habían sido detenidos numerosos ladrones y rateros. Además, era el domicilio de más de un carterista bien conocido por la policía debido a sus antecedentes.
Transcurrió una hora cargada de expectación contenida. Por fin, el corpulento sargento del Departamento de Investigación Criminal salió de la taberna y se alejó en dirección opuesta, para luego dar un rodeo y reunirse con nosotros frente al hospital de City Road.
—Siguen allí, señor —informó a su superior—. Hay otro hombre con ellos, pero no lo conozco. Acaban de comprar una botella de whisky, así que en cualquier momento regresarán a la casa con ella.
—¿Ha visto a alguna mujer? —preguntó Nethersole.
—No, señor. Pero he oído parte de la conversación que mantenían. Creo que nuestras sospechas sobre el robo en Appleyard son correctas y que, si registramos la casa, encontraremos las joyas.
—¡Excelente, Rayner! —exclamó el superintendente—. Ahora desaparezca de la vista, pero manténgase cerca cuando vayamos a la casa.
—Muy bien, señor.
El hombre se escabulló discretamente y desapareció con rapidez.
—Rayner es un agente excelente… y tiene los oídos muy largos —comentó Nethersole.
Al mirar a mi alrededor vi a dos de los hombres que habían venido con nosotros desde Scotland Yard esperando un autobús. Un instante después subieron a él y se marcharon.
Lo sorprendente fue que Nethersole comentó que la pareja, al parecer, había advertido que los observaban y se había marchado. Diez minutos después regresaron por separado.
De pronto, desde donde estábamos, vimos salir a otro hombre del King's Arms y quedarse vacilando junto al borde de la acera. Al hacerlo, se secó la frente con un pañuelo blanco y luego se alejó.
Los agudos ojos de Nethersole captaron de inmediato aquella señal, que le indicó que los hombres a quienes buscaban estaban a punto de salir.
Dos minutos después lo hicieron. Reconocí a Owen y a Dufour a lo lejos. Con ellos iba otro hombre, alto y, por lo que pude distinguir, algo mayor.
Enseguida uno de los agentes que había fingido marcharse en el autobús comenzó a seguirlos a prudente distancia. Nosotros dimos media vuelta y caminamos en dirección contraria. Poco después, entre la multitud, nos alcanzó el hombre que había salido del bar y se había secado la frente. Dirigiéndose a su superior, dijo:
—Todo en orden, señor. Ya están dentro, y el sargento Rayner está de servicio. Al tercer hombre lo llaman Harry, y le oí decirle a Owen algo acerca de una mujer —evidentemente una amiga de ellos—: comentó que quizá «estire la pata» muy pronto.
—¿Conocemos a ese hombre? —preguntó Nethersole con rapidez.
—No, señor. Ninguno de nosotros lo conoce. Tiene una motocicleta frente a la casa, así que no vive aquí.
—Sin duda es amigo de Owen. Cuando se marche en la moto, nuestro automóvil lo seguirá. Ocúpese de eso. Puede que lo necesitemos.
—¿Quién irá, señor?
—Perry y Denham... con Rayner al mando.
—¿Puedo ir yo también? —pregunté, ansioso por participar en la persecución. Veía que Owen y Dufour iban a ser arrestados, y seguir al desconocido prometía ser emocionante.
—Si así lo desea, señor Hipwell —respondió el hombre de semblante enfermizo a quien nadie habría reconocido como uno de los «Cuatro Grandes» de Scotland Yard.
—Yo también iré —dijo el señor Gell—. Usted, sin duda, se encargará de Dufour y de su amigo.
Nethersole sonrió y, acto seguido, regresamos por la corta calle de viejas casas grises y destartaladas conocida como Windsor Terrace. Al acercarnos, otros dos hombres salieron a nuestro encuentro. Se intercambiaron señales y, junto con otros dos agentes, se retiraron a las sombras de las puertas vecinas.
Frente a la casa había una veloz motocicleta Indian, con el faro encendido, mientras que al final de la calle, por el lado desde el que habíamos llegado desde City Road, esperaba nuestro automóvil con el chófer, que ya había recibido instrucciones.
Mientras nosotros permanecíamos apartados, Nethersole subió los escalones y llamó con fuerza a la puerta, con dos de sus hombres justo detrás. Tras varios golpes insistentes, por fin abrieron, y los tres agentes de Scotland Yard irrumpieron en el oscuro pasillo.
Al instante oímos una rápida sucesión de disparos de pistola automática y el agudo grito de una mujer, probablemente la esposa de Dufour.
En un abrir y cerrar de ojos, el caos fue absoluto.
Dos detectives más entraron inmediatamente en la casa y, como surgido de la nada, apareció un agente uniformado custodiando la puerta. La redada había sido organizada con una precisión impecable, hasta el menor detalle.
Ya nos encontrábamos junto al automóvil cuando vimos a una figura alta salir apresuradamente por la escalera del sótano, montar en la motocicleta y alejarse a toda velocidad. Al ver que nuestro coche estaba orientado en sentido contrario, exclamé que lo perderíamos de vista.
—No, señor. No lo creo —respondió el experimentado chófer de la policía, que conocía todas las carreteras principales de Londres como la palma de su mano—. Seguramente tomará la New North Road para salir al campo. Creo que no tardaremos en alcanzarlo.
En cuanto subimos al automóvil, este emprendió la marcha con rapidez por City Road hasta la New North Road y muy pronto avanzábamos a gran velocidad hacia Holloway Road. Llegamos enseguida a la estación de Holloway, pero no había rastro del fugitivo. Entonces el conductor redujo la velocidad y dijo:
—No sospechará que lo siguen. Dentro de uno o dos minutos nos adelantará y creerá que somos unos viajeros cualquiera.
Su pronóstico resultó exacto. A los pocos minutos, la rápida Indian nos adelantó a unos cincuenta kilómetros por hora, con el sospechoso fugitivo al manillar.
De inmediato emprendimos la persecución, dejándole suficiente ventaja. Aceleraba siempre que tenía ocasión. Como a esa hora había muy poco tráfico en la carretera, pronto atravesamos St. Albans y seguimos rumbo a Dunstable, curiosamente por la misma carretera por la que yo había viajado con mis dos amigos camioneros la noche de mi gran desgracia. Cruzamos la larga calle principal de Dunstable y continuamos por la recta que conduce a Fenny Stratford.
—Me pregunto adónde se dirigirá ese individuo —comentó el señor Gell, sentado resignadamente a mi lado en la parte trasera del automóvil.
—Y yo me pregunto qué habrá ocurrido en Windsor Terrace —respondí—. Nethersole ya sospechaba que ofrecerían resistencia.
—¡Oh! A estas alturas ambos estarán ya sanos y salvos en la comisaría de Shepherdess Walk —dijo con una risa—. Confíe en que Nethersole sabe cuidar de sí mismo y de sus hombres. Lo que ahora nos interesa es este desconocido que huye. ¿Quién será y adónde se dirige?
—Puede desviarse de la carretera —observó el sargento Rayner—. Si lo hace, no podremos seguirlo en el automóvil. Eso despertaría sus sospechas y no iría hasta su destino. En ese caso tendremos que bajar y continuar a pie. Encontraremos su motocicleta frente a alguna casa.
—¿Tiene órdenes de arrestarlo? —preguntó el señor Gell.
—Desde luego, señor. Solo queremos saber quién es y dónde vive. Por eso estamos aquí. Mis órdenes son detenerlo bajo sospecha de haber participado en el robo de Appleyard.
De pronto, al llegar al oscuro pueblecito de Hockliffe, donde la carretera de Bedford a Aylesbury cruza la principal de Londres a Birmingham, el fugitivo giró a la derecha en dirección a Woburn.
Al advertirlo, nuestro conductor, experto en seguir vehículos sin ser descubierto, redujo la velocidad.
—Esta carretera pasa por Battlesden y llega hasta Woburn y Northampton —dijo—. ¿Lo seguimos discretamente?
—Sí —respondió Rayner, que estaba al mando—. Apague las luces y avance despacio tras él.
Así lo hicimos y, mientras descendíamos una cuesta, oímos el ruido de su motor. No disminuyó la marcha. De hecho, distinguimos sus luces a lo lejos, sobre la cresta de la siguiente colina. Entonces nuestro conductor aceleró, con la vista fija en la carretera durante la persecución.
Temíamos que el hecho de haber abandonado la carretera principal tras él despertara sus sospechas. De ser así, jamás podríamos seguirle el rastro hasta su domicilio.
Avanzábamos lentamente cuando el conductor exclamó de pronto:
—Se ha detenido ahí abajo, en la hondonada. O quizá haya sufrido una avería. Creo que lo mejor será que ustedes bajen y continúen a pie. Si vuelve a ponerse en marcha, lo seguiré y pasaré a recogerlos.
—Estoy de acuerdo —respondió el experimentado detective Rayner—. No podrá coronar la siguiente colina antes de Woburn sin que lo veamos o lo oigamos.
Así pues, descendimos todos y echamos a andar a buen paso bajo la tenue luz de la luna creciente. Todo el campo estaba en silencio, roto únicamente de vez en cuando por el ulular de un búho entre los robles que bordeaban el camino. Desde muy lejos llegaba el rumor de los pesados camiones que iban y venían por la carretera principal hacia el norte.
Mientras caminábamos, soplaba una ligera brisa. Sobre nuestras cabezas, las hojas se mecían con un murmullo semejante al de las olas que rompen suavemente sobre una playa de arena.
CAPÍTULO XXVIII
LA CASA EN TINIEBLAS
Desde algún lugar llegó el sonido de un reloj de iglesia marcando la medianoche, mientras avanzábamos juntos por la silenciosa carretera rural, iluminada únicamente por la tenue luz de la luna menguante.
Hablábamos en voz baja. En el aire inmóvil de la noche, las voces humanas se escuchan a gran distancia. Nuestro conductor se había quedado atrás con el automóvil y Rayner había acordado con él un punto de encuentro: si oía un disparo, debía acudir de inmediato en nuestra busca.
—Estoy seguro de que se ha detenido en algún lugar por aquí —dijo Rayner al señor Gell—. Solo podemos esperar que haya dejado la motocicleta afuera.
Subimos la colina con impaciencia y escrutamos el camino, pero no había ninguna luz que delatara la presencia de una motocicleta. Todo permanecía tranquilo y desierto. A lo lejos se oía el zumbido de un automóvil que circulaba por otra carretera. Nada más alteraba el silencio del campo.
Continuamos bajando la colina con cautela cuando, de pronto, llegamos a una casa de campo independiente, de buen tamaño, situada en medio de un pequeño huerto, la única vivienda en los alrededores.
Obedeciendo a Rayner, que levantó rápidamente la mano para indicarnos que nos detuviéramos, permanecimos inmóviles mientras él avanzaba sigilosamente, caminando sin hacer ruido sobre el césped junto al camino.
Cinco minutos después regresó y exclamó en voz baja:
—¡Está aquí! Su motocicleta está bajo el pórtico. Oigo voces, pero la casa está completamente a oscuras. Creo que lo mejor será que tú, Dick, vayas hasta la puerta y finjas que te has perdido —dijo dirigiéndose a su compañero de Scotland Yard—. Tienes aspecto de ser un honrado trabajador —añadió con una leve sonrisa—. Haz que abran la puerta y entraremos de golpe, haya luz o no. Yo traigo una linterna.
—Yo también —respondió el corpulento detective llamado Dick—. Lo atraparemos, no se preocupe.
—Puede que haya un pequeño forcejeo, señor —dijo Rayner al señor Gell—. Será mejor que usted se mantenga al margen. Pero usted, señor Hipwell, nos echará una mano, ¿verdad?
—¡Desde luego! —respondí—. Pueden contar conmigo.
—Muy bien. Entonces, adelante —susurró el sargento Rayner—. Ya hemos seguido al viejo pájaro hasta su nido.
Cruzamos en silencio el césped y entramos por el portón de madera. Luego, uno tras otro, avanzamos sin hacer ruido por la tierra del jardín hasta ocultarnos detrás del pórtico cubierto de enredaderas, donde descansaba la motocicleta, cuyo motor aún conservaba el calor.
Cuando todo estuvo preparado, el compañero de Rayner caminó pesadamente por el sendero, tropezó deliberadamente cerca de la puerta y llamó con los nudillos.
Oímos movimiento en el interior.
Pero nadie respondió.
Golpeó dos veces más con fuerza, hasta que por fin escuchamos la voz quejumbrosa de una mujer preguntando quién era.
—Solo soy yo —respondió Dick Perry—. Voy por el camino y me he perdido. Siento mucho molestarla a estas horas, señora.
—¿Adónde se dirige? —preguntó la mujer.
—Pues… no estoy muy seguro. Quiero llegar a Wavendon —contestó él.
Unos instantes después oímos correr los cerrojos y una mujer de edad avanzada apareció en la puerta, apenas visible entre las sombras. Al instante lanzó un grito cuando Rayner y dos detectives la apartaron de un empujón y entraron precipitadamente, seguidos por mí, mientras el señor Gell permanecía afuera para vigilar que nadie escapara por alguna ventana.
La irrupción se llevó a cabo en cuestión de segundos. Rayner y sus compañeros eran expertos en entrar por la fuerza en cualquier edificio.
Oí a un hombre lanzar una fuerte maldición desde la escalera y, de repente, una llamarada de color rojo intenso estalló frente a mi rostro acompañada por una fuerte detonación. Una bala silbó junto a mi cabeza.
Al segundo siguiente, sin embargo, los dos detectives ya habían reducido al atacante.
Lo que ocurrió inmediatamente después apenas puedo recordarlo con claridad.
La luz vacilante de las linternas iluminó el rostro de una anciana de cabello gris que, sobresaltada y gritando, era sujetada por un tercer agente de paisano procedente de la comisaría de Shepherdess Walk, quien nos había seguido en motocicleta. Mientras tanto, el fugitivo al que habíamos perseguido forcejeaba y lanzaba insultos, firmemente inmovilizado por Rayner y Perry.
El disparo hizo que nuestro automóvil acudiera de inmediato y los dos prisioneros fueron introducidos rápidamente en él. El hombre —cuyo nombre descubriríamos después que era “el Viejo Tom”, o Booth, y cuyas huellas dactilares revelaron un interesante historial como ladrón— se mostró tan violento que Rayner terminó por colocarle un par de esposas.
Luego, dejándolo bajo la custodia de su ayudante, Dick Perry, Rayner y el otro detective, Denham, volvieron a entrar en la casa para registrarla.
En la sala de la planta baja encontramos una lámpara de queroseno barata y la encendimos. Luego, junto con el señor Gell, los detectives subieron las escaleras, dejándome abajo, pistola en mano, dispuesto a impedir que cualquiera que aún permaneciera en la casa pudiera escapar.
Pocos minutos después oí que el padre de Joan lanzaba un fuerte grito y me llamaba:
—¡Lionel! ¡Suba aquí inmediatamente!
Subí corriendo los dos tramos de escaleras hacia el lugar de donde provenía la luz y me encontré en un ático de techo bajo. En el centro de aquella habitación desnuda y miserable había una cama y, sobre ella, el cuerpo de una mujer.
Al instante reconocí aquel rostro pálido y demacrado.
¡Era Joan… mi Joan!
Mi amada permanecía inmóvil y, al parecer, inconsciente. Abrió los ojos apenas un segundo y volvió a cerrarlos. No nos reconoció, ni a su padre ni a mí. De pronto, el señor Gell pareció haber envejecido muchos años. Un gemido escapó de sus labios.
—Debe de ser la mujer de la que aquel individuo en la taberna dijo que no resistiría mucho más —comentó Rayner—. ¿La conoce, señor? —preguntó al célebre abogado del Rey.
—¿Que si la conozco? ¡Es mi hija! Tenemos que conseguir un médico inmediatamente.
Acaricié con ternura la ardiente frente de mi amada y, comprendiendo que era indispensable encontrar un médico sin pérdida de tiempo, bajé corriendo, monté en la motocicleta del fugitivo y salí a toda velocidad por el camino. Tras recorrer varios kilómetros llegué a la oscura calle principal de un pequeño pueblo que resultó ser Woburn y pregunté a un hombre somnoliento que conducía una carreta dónde vivía el médico.
Diez minutos después le había explicado brevemente el hallazgo realizado por la policía y, poco más tarde, el médico sacó su automóvil y me siguió de regreso hasta el lugar donde yacía mi amada.
Dos horas más tarde fue trasladada al hospital de Leighton Buzzard. Sin embargo, transcurrieron casi tres semanas antes de que pudiera contar lo que le había sucedido después de haber sido atraída mediante aquel mensaje que fingía haber sido enviado por mí.
Sentada en la sala de la casa de Queen’s Gate, todavía muy pálida y debilitada por los malos tratos y la seminanición que había padecido, nos relató con todo detalle sus extraordinarias aventuras.
Después de llegar al Florida Club había recibido un segundo mensaje en el que se le informaba que yo había sufrido un accidente en la calle y que me habían llevado al Hospital de St. George. Quien le transmitió la noticia fue Owen. Como tenía un automóvil esperándola afuera, se ofreció a llevarla al hospital. Naturalmente, alarmada y ansiosa por estar a mi lado, aceptó la invitación, solo para caer en una trampa cuidadosamente preparada.
Durante el trayecto comenzó a sentirse mareada; sin duda la habían drogado. Cuando recuperó el conocimiento, descubrió con horror que estaba encerrada en una habitación del piso superior de una pequeña y sucia casa ocupada por un extranjero llamado Dufour y su esposa.
La amenazaban constantemente con matarla si pedía ayuda a gritos. Sin embargo, una o dos veces, en medio de su estado casi delirante, sí gritó, y sin duda aquellos fueron los alaridos que la vecina de Finlay Street, la señora Richmond, esposa del dependiente de una tienda de telas, había escuchado.
No recordaba nada de su traslado al campo, pues nuevamente la habían drogado. En Fulham sufrió una enfermedad repentina. Más tarde, en el hospital de Leighton Buzzard, los médicos descubrieron que le habían administrado drogas de manera periódica. Todo ello agravó progresivamente su estado hasta el punto de que, cuando fue encontrada, estaba tan enferma que no habría sobrevivido una semana más en aquellas condiciones.
Por fortuna, fue rescatada del borde de la muerte justo a tiempo. Después de pasar dos semanas con su madre en Eastbourne, había recuperado casi por completo la salud.
Naturalmente, pasé junto a ella todo el tiempo que me fue posible, y mi sangre hervía de indignación cada vez que me relataba los malos tratos y las humillaciones que había sufrido a manos de los vengativos enemigos de su padre.
Con frecuencia, cuando estábamos solos, la estrechaba tiernamente entre mis brazos y la besaba con pasión en los labios. Sin embargo, mi felicidad siempre quedaba empañada por el terrible conocimiento de aquella reveladora inscripción en el registro de Somerset House.
Guardé celosamente el secreto de mi matrimonio, tanto ante ella como ante todos los demás. Pero aquella espantosa realidad me atormentaba día y noche. No me atrevía siquiera a intentar solicitar el divorcio, por temor al escándalo que inevitablemente provocaría. Illona era mi enemiga y sabía que, si trataba de liberarme de ella, se volvería contra mí con toda su ferocidad.
Pasaron varias semanas.
Me vi obligado a realizar dos viajes al extranjero: uno para entregar documentos a lord Oxenwood durante las sesiones de la Sociedad de Naciones en Ginebra, y otro a Madrid, utilizando el Sud Express, del que regresé al día siguiente de mi llegada.
Mientras tanto, la prensa informó del espectacular arresto de Owen, Dufour y Booth. Fueron acusados ante el tribunal de Bow Street por el robo cometido al romper el escaparate de Appleyard’s, la conocida joyería de Old Bond Street. Tras permanecer bajo custodia durante algunos días, fueron enviados a juicio ante las Sesiones de Londres. Para profunda consternación de los acusados, el director de Procesamientos Públicos había designado al señor Gell, consejero del Rey, para dirigir la acusación contra ellos. Bien sabían que la despiadada venganza que habían intentado ejercer contra el eminente abogado solo terminaría perjudicándolos. También sabían que Joan había sido encontrada y que había revelado toda la sensacional historia de su secuestro.
Lo cierto era que su padre estaba fuera de sí de indignación, aunque profundamente agradecido por haber recuperado a su hija. Sin embargo, su ira contra Owen no conocía límites.
En cuanto a mí, me encontraba sumido en un dilema insoportable.
La conciencia de mi propia culpabilidad me mantenía en silencio.
Los días seguían pasando y, sin embargo, vivía con el temor constante de que cualquiera de los prisioneros decidiera delatarme. Sin duda debían sospechar que había sido yo quien puso a la policía sobre la pista del joven sinvergüenza Owen, con las desastrosas consecuencias que aquello había tenido para todos ellos.
La policía, por supuesto, no tenía la menor idea de que aquella banda dedicada a los robos de escaparates formaba parte de la organización criminal internacional dirigida por el temible bandido motorizado Félix Zuroff.
olo mucho tiempo después descubrí, por boca de Lisely Hatten —o Hattenescu—, la joven rumana que siempre actuó como mi amiga y que, tras desligarse por completo de la banda, contrajo matrimonio con un respetable empleado bancario, la verdad acerca de aquella inolvidable noche en Camberwell.
Al parecer, el Gobierno soviético había vendido aproximadamente la mitad de las joyas de la Corona Imperial Rusa, junto con las sustraídas de las elegantes joyerías de Leningrado y Moscú. La otra mitad de las joyas de los Románov iba a ser enviada, bajo la custodia de un mensajero especial y dos guardias armados, para ser entregada en Amberes a un poderoso consorcio internacional que había acordado adquirirlas por dos millones y medio de libras esterlinas.
Temiendo que el tren pudiera ser asaltado por bandidos, las joyas fueron transportadas en un automóvil de gran velocidad desde Moscú hasta la ciudad de Zdolbunow, en la frontera polaca, desde donde serían trasladadas en ferrocarril hasta Bélgica. A veinte millas de la frontera aparecieron de improviso, en plena noche, tres automóviles sobre la carretera. En el primero viajaban Zuroff y tres de sus hombres. Embistieron el vehículo soviético y lo arrojaron a una zanja. Tras un violento enfrentamiento, dieron muerte al correo oficial, al conductor y a los dos guardias. Después continuaron hasta Zdolbunow con su botín.
Las autoridades ferroviarias, advertidas desde Moscú de la llegada del mensajero oficial y sin sospechar siquiera el golpe, recibieron a los bandidos con toda normalidad, y tres de ellos abordaron el tren rumbo a Varsovia y Berlín. Los demás —entre ellos Illona, Dufour y Owen— viajaron como pasajeros comunes en ese mismo convoy. Sin embargo, descendieron en Lublin, a mitad del trayecto hacia Varsovia. Allí los esperaban dos automóviles, en los que desaparecieron, llegando posteriormente a Viena y, desde allí, a Londres vía Suiza, por el Expreso de Arlberg.
Aquella noche de niebla en Camberwell estaban examinando el fruto de su golpe en aquel pequeño y sofocante cuarto que servía de punto de reunión londinense para la célebre e inaprensible banda, y en el cual yo había tenido la desgracia de irrumpir por accidente.
Fue entonces cuando la joven Hatten se compadeció de mí y, desde su feliz matrimonio, en más de una ocasión le he agradecido que me permitiera conservar el más precioso de los sentidos: la vista.
Aún recuerdo con absoluta claridad aquella vieja mesa destartalada cubierta por un montón de joyas de tal magnificencia que deslumbraban la vista, así como el rostro oscuro y siniestro del hombre que había emulado al infame bandido motorizado Bonnot, cuyas audaces fechorías se habían convertido en el terror de la policía continental.
Comparaba su imponente presencia en aquella miserable casa obrera de Camberwell con el lujo y la comodidad en que vivía retirado en su apartamento, rodeado de flores, en Lausana: el hombre que, gracias a su gran golpe criminal, se había quedado con la mayor parte de unas joyas valoradas en dos millones y medio de libras.
Pero nada de aquello me servía de ayuda.
Dos duras realidades me atormentaban sin descanso. El desafiante Félix Zuroff, el más célebre bandido motorizado del siglo e inventor del código musical, no me había liberado de mi involuntaria esclavitud. Tampoco podía romper las cadenas que me unían para siempre a aquella aventurera fea y deforme que se hacía llamar Illona.
Aunque desempeñaba uno de los cargos de mayor confianza en Downing Street, seguía siendo, al mismo tiempo, un experto ladrón de joyas.
El recuerdo de aquel magnífico collar de perlas robadas, oculto dentro de un libro hueco en mi habitación, me dejaba completamente desconcertado. Obligado con frecuencia a recurrir a excusas y mentiras ante Joan, y viviendo bajo el constante temor de ser denunciado a la policía, sentía que estaba al borde de la locura.
Expongo la situación con toda franqueza a usted, lector.
Si hubiera despertado de un trance para descubrir que era un experto ladrón de joyas; que estaba casado con una vieja pintarrajeada y maquillada, de conocido historial criminal; y que, al mismo tiempo, estaba comprometido con una joven dulce e inocente a la que amaba con toda el alma...
Dígame, ¿cómo habría actuado usted? ¿Qué habría hecho en mi lugar?
CAPÍTULO VEINTINUEVE
DESENLACE
La noche era sofocante en Londres.
Todo el que podía permitírselo se había marchado al campo o a la costa. El West End parecía una ciudad desierta, y la mitad de los clubes, incluido el mío, permanecían cerrados por limpieza. Teníamos hospitalidad en el Royal Automobile Club, que, como hombre de club, solo me agradaba por su restaurante mixto.
Había pasado el día en casa de mi familia —pues el gobernador se encontraba en Hipwell durante el receso parlamentario— y regresé a Sackville Street poco después de las ocho de aquella noche. A las nueve, mientras cenaba solo en el Automobile Club, un camarero me llamó al teléfono.
Era el padre de Joan. Me pidió que me reuniera con él en el Carlton Club, muy cerca de allí, dentro de media hora.
—Necesito verte, muchacho —me dijo con urgencia—. Ha ocurrido algo. No puedo decírtelo por teléfono. No dejes de venir.
No podía desobedecer un mensaje semejante. Puntualmente me reuní con él en el gran vestíbulo de aquel conocido club político. De inmediato me condujo a uno de los salones privados.
—Escucha, Lionel —me dijo con suma seriedad—. Nunca has sido completamente sincero conmigo. Ahora quiero que me cuentes toda la verdad.
Y sus grandes ojos oscuros se clavaron en mí: los ojos del más formidable interrogador judicial de su época.
Bajo aquella mirada penetrante habían vacilado asesinos y delincuentes de mayor o menor notoriedad, cuyos nombres figuraban ya entre los casos más célebres de los archivos policiales de Gran Bretaña. Como interrogador en los tribunales penales, nadie había logrado igualarlo jamás. El difunto sir Edward Marshall Hall había sido reconocido como un gran criminólogo y un defensor extraordinario. Pero el robusto John Gell, con su vientre tembloroso cuando reía, era considerado digno sucesor de aquel ilustre abogado, que había sido una figura destacada del célebre Crimes Club.
John Gell, consejero del rey, había ocupado en la estimación pública el lugar de sir Edward, y quizá con toda justicia. Había sido llamado al Colegio de Abogados el mismo día que sir Hawley Hayes, director del Ministerio Público, y ambos habían sido amigos durante toda la vida, desde aquellos tiempos en que se daban por satisfechos si sus primeros asuntos judiciales en los tribunales de condado les reportaban dos guineas.
—Joan ha ido con su madre a cenar a casa de lady Tickencote —me explicó, lanzando una mirada hacia la puerta cerrada—. Yo debía haber ido también, pero necesitaba hablar contigo de un asunto de la mayor urgencia.
Observé en su amplio rostro, afeitado con esmero, una expresión de misterio que jamás le había visto.
—Ahora escucha bien, Lionel —insistió con aquella voz firme que reservaba para los testigos hostiles en los tribunales—. ¿Por qué no has sido completamente sincero conmigo?
Me quedé inmóvil, mirándolo sin poder pronunciar una sola palabra.
¿Qué podía saber?
—Ah, veo que vacilas, muchacho. Y, después de todo, es perfectamente natural —añadió con una leve sonrisa—. Lee esto.
Puso en mis manos un memorando mecanografiado cuyo encabezado decía:
«Del Subcomisionado de la Policía Metropolitana, New Scotland Yard, S. W.»
Mis ojos se posaron sobre una declaración que me dejó sin aliento. Permanecí inmóvil, aturdido y sin habla, como si estuviera soñando.
Las palabras decían:
«El preso Dufour, durante la audiencia de ayer en que se prorrogó su prisión preventiva antes de ser juzgado en las Sesiones de Londres, declaró al gobernador de la prisión de Brixton que el delincuente Tuggy Wilson fue abatido por una mujer celosa conocida como Illona Hipwell, integrante de la banda criminal. En consecuencia, esta tarde el superintendente Nethersole se dirigió a la casa de Sheen Lane, donde la mujer se ocultaba; pero antes de que pudiera detenerla bajo sospecha, ella se suicidó ingiriendo ácido prúsico. Un certificado de matrimonio hallado entre las pertenencias de la difunta demuestra que era esposa del señor Lionel Hipwell, de Sackville Street, Piccadilly, persona bien conocida por usted.»Al pie del documento aparecían escritas a mano las iniciales «C. L.», correspondientes al señor Cunningham Lee.
Las palabras mecanografiadas comenzaron a danzar ante mis ojos.
La muerte —castigo supremo del crimen— había roto las cadenas que me mantenían unido a aquella mujer deforme que con tanta habilidad me había engañado y atrapado.
¡Era libre!
¡Libre para casarme con Joan!
Cuando logré sobreponerme al primer impacto y comprendí todo lo que aquella tragedia significaba para mí, me volví hacia el padre de la mujer que amaba y, con frases torpes y entrecortadas, le relaté mis extrañas y amargas experiencias. Le hablé de aquellos dos años borrados de mi vida, durante los cuales me había convertido en un experto ladrón de joyas. También le conté el accidente sufrido en Roma, que había reunido nuevamente los fragmentos de mi memoria perdida y me había obligado a enfrentar la espantosa verdad de mi imposible situación.
Sin ocultarle un solo detalle de mis errores, de mis delitos ni de mis indeseables relaciones, abrí mi alma ante el único hombre, aparte de mi padre, en quien confiaba plenamente y le pedí consejo.
Me escuchó hasta el final, haciendo muy pocos comentarios.
Por último, tras un breve silencio durante el cual su mente jurídica trabajó con rapidez, dijo:
—Lionel, sin duda has sido más víctima que culpable. Estoy convencido de que el mundo te perdonaría las faltas cometidas cuando tu cerebro se hallaba en un estado anormal debido a aquella droga que te administraron deliberadamente y con mala intención. En cuanto al criminal Félix Zuroff, por muy culpable que sea, no debemos olvidar que fue gracias a la advertencia que te hizo sobre las intenciones de Illona que logramos encontrar a la pobre Joan precisamente en el momento decisivo, cuando cualquier demora habría significado, con toda seguridad, la muerte de mi hija.
—Pero Zuroff se ha negado a liberarme —objeté con desesperación—. Además, Illona ya levantó sospechas sobre mí al denunciarme como poseedor de las perlas de lady Rathgormly.
—Por fortuna, el público no sabe nada de tu relación con esa gente, querido Lionel, y tampoco es probable que llegue a saberlo. Nethersole ignora que fue esa mujer, ahora muerta, quien te denunció anónimamente. ¿Qué necesidad hay, entonces, de revelar algo más?
—Otros podrían denunciarme —respondí con desaliento.
—No, si hace las paces con Zuroff —respondió el eminente abogado—. Y, desde luego, eso no debería presentar grandes dificultades. Al parecer, vive retirado disfrutando de las riquezas obtenidas ilícitamente. Por lo tanto, una promesa de silencio por su parte bastará para establecer un acuerdo firme entre ambos. Apélese a él una vez más… y estoy convencido de que no lo hará en vano.
—Seguiré su consejo —declaré de inmediato, profundamente agradecido por su generosa orientación.
—En cuanto a mí, sabiendo ahora todo lo que sé, presentaré de inmediato una excusa y me retiraré de la acusación contra los procesados —dijo el célebre consejero del Rey—. No podría intervenir en esas circunstancias.
Al día siguiente devolvió el expediente del caso.
En el juicio, celebrado el lunes siguiente, Owen, Dufour y Booth fueron declarados culpables del violento robo de joyas cometido en el escaparate de Appleyard y condenados. El primero recibió cinco años de trabajos forzados; los otros dos, tres años cada uno. La esposa de Dufour y la mujer que había mantenido cautiva a Joan —aunque durante el juicio no salió a la luz nada de los sufrimientos padecidos por mi amada— fueron condenadas a dieciocho meses de prisión como cómplices.
Pocos días después volví a llevar despachos a lord Oxenwood, en Ginebra. Tras entregárselos, continué viaje hasta Lausana, donde aquella misma noche sostuve una larga entrevista con el célebre bandido Zuroff.
Sus primeras palabras fueron de felicitación por haberme librado de la mujer que había sido mi más encarnizada enemiga. Después, cuando le rogué una vez más que me liberara, haciéndole ver que cualquier relación futura entre nosotros terminaría por representar un peligro para ambos, accedió por fin, aunque de mala gana, a celebrar un acuerdo definitivo que garantizaba un silencio absoluto a cambio de silencio absoluto. Lo formalizamos por escrito, aunque, naturalmente, con todas las precauciones imaginables.
Cuando me entregó aquel documento que, en realidad, era mi pasaporte hacia la paz y la felicidad, lo recibí, creo, con la mayor satisfacción que había experimentado en toda mi vida. Más aún, cuando pocos días después se lo mostré confidencialmente al padre de Joan, este dio, sin vacilar, su consentimiento para nuestro matrimonio.
Aquella misma noche, después de hacerse público nuestro compromiso, Joan, cuando nos encontramos a solas, me hizo dos preguntas que me resultó muy difícil responder.
Al parecer, había recibido una carta anónima en la que se le informaba de mi matrimonio con Illona, y me pidió que le dijera la verdad.
La segunda pregunta se refería al brazalete robado que había encontrado en uno de mis bolsillos.
Ambos asuntos eran, sin duda, extremadamente difíciles de explicar de manera satisfactoria.
Sin embargo, llamé a su padre para que entrara en la habitación y, en su presencia, le conté toda la verdad, la cual él mismo confirmó.
Después la estreché entre mis brazos y la besé apasionadamente.
Era el primer beso que nos dábamos desde que sus padres habían consentido nuestra unión.
* * * * * * * *
Con el mayor placer dejo aquí constancia de que, el día de nuestra boda en la iglesia de St. Mary Abbot, en Kensington, mi padre y mi suegro se reconciliaron, hecho que llenó de la más profunda satisfacción a todos los presentes.
Por sugerencia mía, Félix Zuroff, el más audaz y temible ladrón de joyas que Europa haya conocido jamás, cuya organización extendía sus ramificaciones por todo el continente, devolvió a lady Rathgormly su collar de perlas. Poco tiempo después falleció repentinamente a causa de una insuficiencia cardíaca.
Quienes visiten el Museo Negro de New Scotland Yard, donde se conservan las pruebas materiales de algunos de los crímenes más célebres, podrán contemplar la auténtica aguamarina resplandeciente con el Doble Cero que llevé desde Roma hasta Owen, en Londres. Allí también encontrarán los tres Dobles Ceros pertenecientes a la clave de uno de los códigos secretos criminales más ingeniosos que se hayan concebido jamás.
Sobre esta edición
Obra original: The crime code – William Le Queux, 1928.
Edición: Traducción de uso libre, prefacio del trauctor
Nota legal: La obra original en inglés está en dominio público en todo el mundo.
