INDICE
I.—El desconocido de Manchester II.—Donde aparecen ciertos hechos misteriosos III.—En el que se refiere una historia extraña IV.—En el que se cruza por un terreno peligroso V.—En el cual el misterio aumenta considerablementeVI.—En el que figuran tres aes mayúsculas VII.—El misterioso extranjeroVIII.—En el que se habla la verdadIX.—La casa del silencioX.—El hombre de los secretosXI.—En el que se explica el peligro de Mabel BlairXII.—El señor Ricardo DawsonXIII.—Se revela el secreto de Burton BlairXIV.—La opinión de un peritoXV.—Ciertas cosas que descubrimos en MayvillXVI.—En el que se confirman dos hechos curiososXVII.—Que se refiere puramente a un desconocidoXVIII.—Las encrucijadas de OwstonXIX.—En el que se encuentra un rastroXX.—La lectura del registroXXI.—Peor que la muerte.XXII.—El misterio de una aventura nocturnaXXIII.—Que es en muchos conceptos asombrosoXXIV.—Terrible revelaciónXXV.—El nombre sagradoXXVI.—Frente a frente XXVII.—Las instrucciones de su Eminencia XXVIII.—Descripción de un descubrimiento asombroso XXIX.—En el que se refiere una historia extraña XXX.—El móvil y la moral Conclusión
DEL AUTOR AL LECTOR
En estos tiempos modernos, de agitada precipitación y grandes combinaciones, cuando el origen de familia no tiene valor alguno, las fortunas se hacen en un día, y las reputaciones se pierden en una hora, los secretos de los hombres son, algunas veces, muy extraños. Uno de éstos es el que revelo en este libro; uno que será, aseguro anticipadamente, enigmático y sorprendente para el lector. El misterio ha sido tomado de la vida diaria, y hasta hoy la verdad concerniente a él ha sido considerada estrictamente confidencial por las personas mencionadas aquí, aun cuando ahora me han permitido que haga públicas estas notables circunstancias. William Le QueuxEL TESORO MISTERIOSO
I EL DESCONOCIDO DE MANCHESTER
—¡Muerto! ¡Y se ha llevado su secreto a la tumba!—¡Jamás!—Pero se lo ha llevado. ¡Mira! Tiene la quijada caída. ¡No ves el cambio, hombre!—¡Entonces, ha cumplido su amenaza, después de todo!—¡La ha cumplido! Hemos sido unos tontos, Reginaldo... ¡verdaderamente tontos!—murmuré.—Así parece. Confieso que yo esperaba confiadamente que nos diría la verdad cuando comprendiese que le había llegado el fin.—¡Ah! tú no lo conocías como yo—observé con amargura.—Tenía una voluntad de hierro y un nervio de acero.—Combinados con una constitución de caballo, porque, si no, haría mucho tiempo que se hubiera muerto. Pero hemos sido engañados...completamente engañados por un moribundo. Nos ha desafiado, y hasta el último momento se ha burlado de nosotros.—Blair no era un tonto. Sabía lo que el conocimiento de esa verdad significaba para nosotros: una enorme fortuna. Lo que ha hecho, sencillamente, es guardar su secreto.—Y dejarnos sin un centavo. Aunque hemos perdido miles, Gilberto, no puedo menos de admirar su tenaz determinación. Recuerdo que ha tenido que atravesar por momentos aciagos, y ha sido un buen amigo, pero muy bueno, con nosotros; por lo tanto, creo que no debemos abusar de él, aun cuando nos cause mucho sentimiento el hecho de que no nos haya dejado susecreto.—¡Ah, si esos labios blancos pudiesen hablar! Una sola palabra, y los dos seríamos hombres ricos—exclamé con pena, contemplando la cara pálida del muerto, con sus ojos cerrados y su barba afeitada, que yacía sobre la almohada.—Desde un principio su intención fue ocultar su secreto—observó, cruzando los brazos, mi amigo Reginaldo Seton, que estaba de pie al otrolado de la cama.—No a todos los hombres les es dado hacer un descubrimiento como el suyo. Años ocupó para resolver el problema, cualquiera que fuese; pero no podemos dudar, ni por un momento, que consiguió su objeto.—Y el beneficio que sacó fue de más de un millón de libras esterlinas—agregué yo.—Más bien dos, calculando por lo bajo. Recuerda que, cuando por primera vez lo conocimos, pasaba las mayores estrecheces de dinero... ¿y ahora? En la semana pasada solamente, regaló veinte mil libras al fondo del Hospital. Y todo esto lo debe a haber podido resolver el enigma que hace tiempo nosotros nos esforzamos por descubrir. No, Gilberto, no ha procedido bien con nosotros. Debes acordarte que fuimos nosotros quienes le ayudamos, lo enderezamos, y, en fin, hicimos todo lo que pudimos por él, y en vez de revelarnos la clave del secreto que descubrió, y lo colocó entre los hombres más ricos de Londres, se ha negado a hacerlo, apesar de que sabía que iba a morir. Le prestamos dinero cuando su situación era precaria, le costeamos la educación de Mabel cuando él no tenía con qué pagarla y...—Y él nos pagó hasta el último centavo... con intereses—le interrumpí.—Vamos; dejémonos de discutir aquí su proceder. El secreto se ha perdido para siempre: eso basta.—Y cubrí con la sábana la caradel pobre muerto; el semblante de Burton Blair, el hombre que, durante los últimos cinco años, había sido uno de los misterios de Londres. Una vida extraña y aventurera, una carrera más notable quizá que muchas de esas que forjan los novelistas, se había cortado repentinamente, mientras el secreto del origen de su enorme fortuna (secreto que ambos habíamos anhelado compartir durante los últimos cinco años, porque en cierto grado tenemos justos títulos para participar de sus ventajas) había desaparecido junto con él para nunca más volver. La pieza en que estábamos era un pequeño dormitorio, bien amueblado,del Queen's Hotel, de Manchester. La ventana daba sobre la obscurafachada del Hospital, y el ruido y bullicio del tráfico de Piccadilly ascendían hasta la habitación del muerto. Su historia era ciertamente una de las más extrañas que hombre alguno haya referido. Su misterio, como lo veremos, era verdaderamente pasmoso. La luz de aquella tarde triste de febrero desaparecía con rapidez, y aldarnos vuelta lentamente para bajar e informar al gerente del establecimiento del fin desgraciado que había tenido un pasajero, noté que en un rincón estaba la maleta del muerto, y las llaves colocadas en sus cerraduras.—Mejor es que tomemos posesión de ellas—observé, cerrando la maleta y poniendo en mi bolsillo el pequeño manojo de llaves.—Sus albaceas las necesitarán. Luego, cerramos la puerta, y dirigiéndonos a la oficina, comunicamos la desagradable noticia de la muerte ocurrida en el hotel. El gerente estaba preparado, sin embargo, pues, media hora antes, el médico le había manifestado que el desconocido no tenía remedio. Desde el principio su enfermedad había sido un caso sin esperanza. He aquí, en breves palabras, lo que había sucedido: Burton Blair se había despedido de su hija Mabel, partiendo en la mañana del día anterior de su mansión de la plaza Grosvenor, para ir a tomar el expreso de las diez y media que de Euston salía para Manchester, donde tenía que arreglar algunos negocios particulares, según había dicho. Antes que el tren llegara a Crewe, se sintió mal repentinamente, y uno de los sirvientes del coche-restaurant lo encontró desmayado en uno de los compartimientos de primera. Le dieron brandy y algunas otras bebidas reconfortantes, que le hicieron revivir lo bastante para llegar hasta Manchester, donde le ayudaron abajar del tren en London Road, y dos mozos de cordel lo subieron después a un cab y lo acompañaron al hotel. Una vez allí, al acostarlo, volvió a caer en un estado de completo desvanecimiento. Se llamó a un médico, pero no pudo emitir ningún diagnóstico sobre la enfermedad, contentándose con decir que el paciente tenía gravemente afectado el corazón, y que, en vista de eso, el desenlace sería fatal y rápido. A las dos de la mañana del día siguiente, Blair, que no había dado su nombre ni había manifestado quién era, a la gente del hotel, pidió que telegrafiaran a Seton y a mí, lo que dio por resultado que ambos, llenos de ansiedad y de sorpresa, nos pusiéramos en viaje para Manchester, adonde llegamos una hora antes del desenlace final, encontrándonos con que nuestro amigo estaba en un estado desesperante. Al entrar en la pieza nos encontramos con el médico, un tal doctor Glenn, hombre joven y más bien agradable, que estaba asistiéndolo. Blairse hallaba en ese momento completamente consciente, y escuchó la opinión médica sin alterarse. En verdad, parecía que acogía con gusto la muerte en vez de temerla, pues cuando oyó que se encontraba en tan crítica situación, una débil sonrisa se dibujó en su pálida cara arrugada, y observó:—Todos tenemos que morir; así, pues, lo mismo da que sea hoy que mañana.—Luego, volviéndose a mí, añadió:—Ha sido mucha bondad en usted, Gilberto, venir expresamente a despedirse—y alargó su delgada mano fría, buscó la mía y la estrechó fuertemente, mientras sus ojos se clavaban en mí con esa extraña mirada fija que sólo aparece en los ojos de un hombre cuando se encuentra al borde de la tumba.—Es el deber de un amigo, Burton—respondí con profunda solemnidad.—Pero todavía puede tener esperanza; los médicos se equivocan a menudo. ¿No tiene usted, acaso, una espléndida constitución?—Desde que era muy chico no recuerdo haber estado casi un solo día enfermo—contestó el millonario en voz baja y débil;—pero este ataque me ha vencido completamente. Tratamos de cerciorarnos con exactitud de cómo se había enfermado, pero ni Reginaldo ni el doctor pudieron sacar nada en claro.—Perdí el conocimiento de pronto, y no recuerdo nada más—fue todo lo que el moribundo dijo.—Pero—añadió, volviéndose otra vez a mí,—no avisen a Mabel hasta que todo haya terminado. ¡Pobre criatura! Mi única pena al irme de este mundo, es tener que dejarla. Ustedes dos fueron en los años pasados sumamente buenos con ella; ¿no es verdad que ahora nola abandonarán?—imploró, hablando lentamente y con grandísima dificultad, mientras sus ojos brillaban llenos de lágrimas.—Ciertamente que no, viejo amigo—contesté yo.—Viéndose sola, necesitará de alguien que la aconseje y se ocupe de sus intereses.—Los pillos de los abogados se encargarán de eso—exclamó con una extraña dureza en su voz, como si no hubiera tenido estimación alguna por sus abogados.—No, quiero que usted vele por ella, que se cuide de que ningún hombre la haga su esposa por amor a su dinero, ¿me comprende? Docenas de individuos andan en este momento detrás de ella, lo sé, pero preferiría antes verla muerta que casada con uno de ellos. Debe casarse por amor... sí, por amor, ¿me oye? Prométame, Gilberto, que la protegerá, que velará por su suerte, ¿quiere?Reteniendo todavía su mano entre las mías, le prometí cumplir lo que mepedía. Estas fueron las últimas palabras que pronunció. Sus pálidos labios se contrajeron de nuevo, pero no brotó de ellos ningún sonido. Sus ojos vidriosos estaban fijos en mí con una mirada terrible y dura, como si hubiera estado esforzándose por decirme algo. Tal vez me estaba revelando el gran secreto, el secreto de cómo había resuelto el misterio de hacer fortuna y de poseer más de un millón delibras esterlinas, o tal vez me hablaba de Mabel. Pero nosotros no pudimos saber lo que fue. Su lengua se negaba a articular una palabra más; el silencio de la muerte habíase apoderado de él. Así desapareció de este mundo, y así fue cómo yo me encontré ligado a una promesa que tenía la intención de cumplir, aun cuando él no nos había revelado su secreto, como nosotros confiadamente lo habíamos esperado. Cuando nos mandó llamar, habíamos creído que, dándose cuentade su estado agonizante, lo hacía para darnos a conocer ese misterioso medio que nos haría más ricos de lo que jamás habíamos soñado. Pero eneste caso el desengaño había sido cruelísimo. Durante cinco años, lo confieso, habíamos esperado confiados en que algún día repartiría con nosotros parte de su fortuna en compensación de los servicios que le habíamos hecho en lo pasado. Sin embargo, parecía ahora que fríamente había despreciado la deuda de gratitud que tenía para con nosotros, y al mismo tiempo me había impuesto a mí una obligación no muy fácil decumplir: la tutela de Mabel, su única hija.II DONDE APARECEN CIERTOS HECHOS MISTERIOSOS
Debo declarar que, teniendo en cuenta todas las misteriosas y curiosas circunstancias de lo pasado, la situación, para mí, estaba muy lejos deser satisfactoria. Al encaminarnos juntos aquella noche fría por la calle Market discutiendo el asunto, porque habíamos preferido salir a quedarnos en el salón del hotel, a Reginaldo se le vino a la imaginación la idea de que tal vez entre los objetos pertenecientes al muerto estuviese el secreto escrito y sellado. Pero en este caso, salvo que estuviera dirigido a nosotros, sería abierto por las personas que el moribundo había designado con el calificativo de «los pillos de los abogados,» y, según todas las probabilidades, ellos sabrían sacarle para sí todo el provecho posible. Sus abogados eran, como nosotros lo sabíamos, los señores Leighton, Brown & Leighton, firma eminentemente honorable de Bedford Row; por lo tanto, les dirigimos un telegrama desde la oficina central, informándolos de la muerte repentina de su cliente, y pidiéndoles que uno de ellos viniera en el acto a Manchester, para que estuviese presente en las indagaciones que se iban a efectuar, por haber declarado el doctor Glenn que serían necesarias. Como el muerto había manifestado el deseo de que, por entonces, Mabel ignorase la realidad, no le avisamos el trágico y doloroso suceso. La curiosidad nos hizo volver pronto al hotel y subir a la habitación del muerto, para examinar el contenido de su maleta y pequeña valija,pero, fuera de sus ropas, un libro de cheques y unas diez libras esterlinas en oro, no encontramos nada. Sin embargo, no creo estar equivocado al afirmar que ambos habíamos tenido la esperanza de encontrar la clave del notable secreto que de una manera desconocida había conseguido, aun cuando no era creíble que un objeto tan valioso lo hubiera tenido en su equipaje. En el bolsillo de una pequeña cartera de apuntes, que formaba parte delo que había en la maleta, descubrí varias cartas, todas las cuales examiné y vi que no eran de importancia, salvo una, sucia y mal escrita en incorrecto italiano, que contenía algunas frases que despertaron mi curiosidad. Verdaderamente, tan extraño era el tenor en que estaba escrita esa carta, que, con aprobación de Reginaldo, resolví guardarla y hacer algunas averiguaciones. Muchas cosas y hechos secretos habían rodeado la vida de Burton Blair, los cuales durante años nos habían intrigado, y en consecuencia, estábamos dispuestos, si era posible, a aclarar el extraño misterio que lo había envuelto en vida, a pesar de haberse llevado a la tumba el secreto de su enorme fortuna. Nosotros éramos los únicos en el mundo que conocíamos la existencia del secreto, pero ignorábamos la clave necesaria para poder abrir esa fuente de inagotables riquezas. Para todos era un misterio indescifrable el medio de que se había valido para hacer esa enorme fortuna, y hasta su hija Mabel no lo conocía. En la City y en sociedad creían algunos que poseía grandes sumas invertidas en minas, y que era un feliz especulador en acciones, mientras otros declaraban que era dueño, por lo menos, del terreno, o, mejor dicho, de toda la planta urbana de dos grandes ciudades de los Estados Unidos, afirmando algunos, con más aplomo, que el origen de su fortuna provenía de concesiones que había conseguido del Gobierno otomano. Todos, sin embargo, se equivocaban en sus suposiciones. Burton Blair no poseía un acre de tierra, no tenía un solo chelín invertido en compañía alguna, no se interesaba, ni estaba comprometido en concesiones de ningún Gobierno o empresas industriales. No. El origen de la gran fortuna que en el espacio de cinco años lo había puesto en condiciones de comprar, decorar y amueblar de una manera regia, una de las más espléndidas mansiones de la plaza Grosvenor, mantener tres de los más costosos Panhards (los automóviles eran su pasión favorita), y poseer esa magnífica morada antigua de tipo jacobiano, conocida con el nombre de Mayvill Court, en Herefordshire, era completamente desconocido para todo el mundo y procedía de donde nadie sospechaba siquiera. Sus millones eran ciertamente muy misteriosos.—Me asombraría de que se sacara algo en claro de las averiguaciones que se van a hacer—exclamó Reginaldo, algunas horas más tarde.—Indudablemente sus abogados tampoco saben nada.—Puede ser que haya dejado algunos papeles que revelen la verdad—contesté.—Los hombres que en vida son silenciosos y reservados, a menudo suelen confiar sus secretos al papel.—No creo que Burton lo haya hecho.—Recuerda que puede haberlo hecho en beneficio de Mabel.—¡Ah! ¡por Job!—murmuró mi amigo,—no había pensado en eso. Si deseaba que fuera para ella, debe haber dejado su secreto en manos de alguna persona en quien confiara implícitamente. Sin embargo, él confiaba en nosotros... hasta cierto punto. Somos los únicos que tenemos algún conocimiento verdadero del estado de sus asuntos.—Y mi amigo Reginaldo,rubio, de piernas largas y seis pies de alto, el tipo perfecto del inglés muscular y flexible, aun cuando estaba dedicado al comercio de frivolidades y monadas femeninas, se calló lanzando un sordo gruñido de disgusto, y encendió cuidadosamente un nuevo cigarro. Pasamos una noche triste vagando por las principales calles de Manchester, sintiendo que con la muerte de Burton Blair habíamos perdido un amigo sincero; pero, cuando a la mañana siguiente nos encontramos enel hall del Queen's Hotel con Herberto Leighton, el abogado, y tuvimos una larga consulta con él, el misterio que rodeaba al muerto, aumentó considerablemente.—Ustedes dos conocían muy bien a mi difunto cliente—observó el abogado, después de algunos preliminares.—¿Saben si existe alguna persona a quien pudiera ser de provecho su muerte repentina?—Esa es una pregunta extraña—dije yo.—¿Por qué?—Es que tengo motivos para creer—explicó con cierta vacilación aquel hombre moreno y de facciones afiladas,—que ha sido víctima de una infamia.—¡De una infamia!—exclamé atónito.—Usted no cree seguramente que ha sido asesinado, ¿no es verdad? Eso no puede ser, estimado amigo. Se enfermó en el tren, y ha muerto aquí en nuestra presencia. El abogado, cuya fisonomía había tomado un aspecto más grave aún, se encogió de hombros sencillamente, y dijo:—Debemos, por cierto, aguardar el resultado de la investigación, pero tengo la creencia, por ciertos informes que poseo, de que Burton Blairno ha fallecido de muerte natural. Aquella misma noche, el «coroner» (médico de policía) efectuó su investigación en una pieza privada del hotel, y, en conformidad con la opinión de los dos médicos que habían comprobado la defunción y hecho la autopsia en la mañana de ese mismo día, declaró que la muerte se debía únicamente a causas naturales. Se descubrió que Burton Blair había padecido de debilidad natural al corazón, y que el desenlace fatal había sido acelerado por el movimiento del tren. No había absolutamente nada que pudiera inducir a sospechar que se hubiese cometido un crimen; por lo tanto, el jurado pronunció el veredicto, de acuerdo con la prueba pericial, de que la muerte era debida a causas naturales, y concedió permiso para trasladar el cadáver a Londres, donde debía ser sepultado. Una hora después de terminada la investigación llamé aparte al señor Leighton, y le dije:—Como usted sabe, desde hace varios años he sido uno de los íntimos amigos de Blair, y, naturalmente, estoy muy interesado en saber qué razones ha tenido usted para sospechar que se ha cometido una infamia.—Mis sospechas eran bien fundadas—fue su contestación, algo enigmática.—¿En qué se fundaban?—En el hecho de que mi cliente fue amenazado, y que, a pesar de no haberlo comunicado a nadie más que a mí y reírse de las precauciones queyo le indiqué, vivía constantemente temeroso de ser asesinado.—¡Extraño!—exclamé.—¡Muy extraño! Nada le dije de esa notable carta que había encontrado en el equipaje del muerto. Si lo que él decía era verdaderamente cierto, entonces en lamuerte de Burton Blair se encerraba un secreto de los más extraordinarios, reflejo fiel del de su extraña, romántica y misteriosa vida; secreto que era inescrutable, pero absolutamente sin igual. Pienso que será necesario explicar las curiosas circunstancias que nos pusieron en contacto con Burton Blair, y describir los hechos misteriosos que se produjeron después que hicimos relación. Es tan notable esta historia desde el principio hasta el fin, que muchos de los que la lean se sentirán inclinados a dudar de mi veracidad. A éstos, antes de empezar, les indicaré que pueden hacer averiguaciones en Londres, en ese pequeño mundo de aventureros, especuladores, prestamistas y perdedores de dinero, conocido con el nombre de la City, donde estoy seguro que no tendrán dificultad alguna en obtener aún más detalles interesantes sobre el hombre de los misteriosos millones a queen parte se refiere esta narración. Y, ciertamente, los hechos fieles concernientes a él se verá que forman, no vacilo en decirlo, uno de los más notables romances de la vida moderna.
III
EN EL QUE SE REFIERE UNA HISTORIA EXTRAÑA
Con
el fin de explicar la verdad sencilla y llanamente, debo, en primer
lugar, decir que yo, Gilberto Greenwood, era un hombre de escasos
recursos, a quien una tía, ascética y de la iglesia bautista, pero
poseedora de una pequeña fortuna, le había dejado una renta
vitalicia; mientras mi amigo Reginaldo Seton, a quien conocía desde
niño, cuando juntos habíamos estado en Charterhouse, era hijo de
Jorge Seton, dueño de un negocio de encajes de la calle Cannon y
concejal de la Municipalidad de Londres, el que murió dejando a
Reginaldo de veinticinco años, con una pesada carga de deudas y un
negocio anticuado y noble, pero que iba decayendo rápidamente. Sin
embargo, como Reginaldo se había formado en una fábrica de
Nottingham, conociendo el comercio de encajes, continuó
valientemente los pasos de su padre, y, debido a su dedicación al
negocio, consiguió desenvolverse lo bastante bien para evitar
presentarse en quiebra ante los tribunales, y pudo asegurarse una
renta anual de algunos cientos de libras. Ambos éramos solteros, y
compartíamos las confortables habitaciones que habíamos tomado en
la manzana de casas, divididas en pisos, recientemente construidas en
la calle Great Russell; y como éramos aficionados a la caza de
zorros, el único deporte que podíamos concedernos como goce,
también alquilábamos juntos una casa anticuada y barata, en una
aldea rural, conocida con el nombre de Helpstone, a ochenta millas de
Londres, situada en la posesión de los Fitzwilliams. Allí solíamos
ir todos los inviernos a pasar generalmente dos días de la semana.
Como ninguno de nosotros disponía de muchos recursos, teníamos,
como puede imaginarse, que hacer bastantes economías, porque la caza
de zorros es una distracción costosa para un hombre pobre. Sin
embargo, poseíamos afortunadamente un par de buenos caballos cada
uno, y apretando un poquito en una cosa y otro poquito en otra,
podíamos darnos el goce de esas excitantes carreras a través del
campo, en las cuales la sangre se pone en movimiento y bulle de
agitación a la vez que rejuvenece a todos los que toman parte en
ellas. Reginaldo veíase obligado algunas veces a quedarse en la
ciudad por las exigencias de su negocio; de modo que frecuentemente
residía solo en la vieja casa revestida de verde hiedra, teniendo a
mi lado a Glave, mi sirviente, para que me atendiera. Era una tarde
de enero, terriblemente fría; Reginaldo estaba ausente en Londres, y
yo, que había pasado todo el día cazando, volvía a caballo
completamente desfallecido. El encuentro de la partida esa mañana
había sido en Kat's Cabin, Huntingdonshire, y después de dos buenas
carreras me hallé más allá de Stilton, a dieciocho millas de mi
casa. Sin embargo, el rastro había sido excelente, y habíamos
gozado de undeporte muy bueno. Una vez que terminó la cacería, tomé
un buen trago de mi frasco y partí a través del campo, en medio de
la obscuridad que empezaba a tender su manto. Felizmente pude vadear
el río a la altura del molino Water Newton, lo que me economizó la
larga vuelta por Wansford, y cuando me encontré auna milla de casa,
dejé que mi caballo marchara al paso, como siempre lo hacía, para
que pudiera tranquilizarse antes de llegar a su caballeriza. Ya las
sombras de la tarde iban convirtiéndose en profunda obscuridad, y el
fuerte viento me cortaba las carnes como cuchillo al pasar las
encrucijadas que hay a media milla de la aldea de Helpstone, cuando
de repente surgió de junto del alto seto de acebos la figura de un
hombre corpulento, y una voz profunda exclamó:—Disculpe, señor,
pero soy un forastero en estos lugares, y tengo a mihija desmayada.
¿Hay por aquí cerca alguna casa? Entonces, al acercarme, vi
arrinconada contra un montón de piedras, a un lado del camino, la
delgada figura débil de una niña como de dieciséis años, envuelta
en una capa gruesa y de color obscuro, mientras, a la luz de los
últimos destellos del día, distinguí que el individuo que me
hablaba era un hombre de aspecto tosco, barba negra, lenguaje
bastante correcto y como de unos cuarenta y cinco años, más o
menos, vestido con un traje usado de sarga azul y un gorro con
visera, que le daba cierto aire de marino. Su cara era curtida y con
algunas cicatrices, mientras sus anchas y enérgicas quijadas
demostraban fuerza de carácter y tenaz determinación.—¿Se ha
enfermado su hija?—le pregunté cuando la hube examinado
bien.—Hemos caminado mucho hoy, y creo que está rendida. Hace como
media hora que sintió un desvanecimiento, y al sentarse perdió el
conocimiento y quedó insensible.—No debe permanecer aquí—observé
cuando me hube dado cuenta de que el padre y la hija eran unos
vagabundos.—Es tan grande el frío, que se helará completamente.
Mi casa está un poco más allá. Voy en el acto y volveré con una
persona que ayude a llevarla. El hombre empezó a agradecerme, pero
yo espoleé mi caballo, y pronto estuve en el patio de la cuadra.
Llamé a Glave y le ordené que me acompañara al sitio donde habían
quedado mis dos caminantes. Un cuarto de hora después colocábamos a
la pobre niña desmayada sobre un canapé en mi confortable y
abrigado gabinete; le hacíamos beber a la fuerza un poco de brandy,
y al fin abría sus ojos, llenos de asombro, mirando con infantil
temor lo que la rodeaba, que era para ella completamente desconocido.
Su mirada se encontró con la mía, entonces vi que su rostro era de
una belleza extraordinaria, de ese tipo moreno medio trágico, y que
sus ojos resaltaban más brillantes por la palidez mortal de su cara.
Las facciones eran bien modeladas, hermosas y finas en todas sus
líneas, y cuando se dirigió a su padre, para preguntarle qué había
sucedido, noté que no era una simple criatura hija de los caminos,
sino, al contrario, una niña sumamente inteligente, bien amanerada y
de buena educación. Su padre, en pocas palabras, le explicó nuestro
inesperado encuentro y mi hospitalidad; entonces ella me sonrió
dulcemente y pronunció algunas palabras de agradecimiento.—Debe
haber sido el intenso frío, me parece—añadió.—Me sentí de
pronto entumecida, mi cabeza empezó a girar y no pude tenerme en
pie. Pero realmente es mucha bondad en usted. Cuánto siento hayamos
tenido que molestarle de esta manera. Le aseguré que mi único deseo
era verla completamente restablecida, y, mientras hablaba, no pude
dejar de reconocer que su belleza era notable. Aun cuando muy niña,
pues su figura no había acabado de desarrollarse completamente, su
cara era, sin embargo, una de las más perfectas que he visto. Desde
el primer momento que mis ojos la vieron, me pareció
indescriptiblemente encantadora. Era evidente que se encontraba sin
fuerzas, como lo demostraba el modo penoso e inquieto con que se
movía en el canapé. Su pobre falda negra y sus gruesas botas
estaban llenas de barro y gastadas por las caminatas, y comprendí,
por la manera cómo despejó su frente y echó abajo la desordenada
masa de sus cabellos, que le dolía la cabeza. Glave, que no se
hallaba de muy buen humor por la presencia de esos dos vagabundos
desconocidos, entró y me anunció que la comida estaba servida; pero
ella, firmemente, aun cuando con dulzura y gracia, rehusó mi
invitación a comer, diciendo que, si yo se lo permitía, prefería
más bien quedarse allí delante del fuego media hora más. En vista
de esto, le envié un plato de sopa caliente por la anciana señora
Axford, nuestra cocinera, mientras su padre, después de lavarse las
manos y arreglarse un poco, me acompañó al comedor. Parecía medio
muerto de hambre, y al principio se mostró taciturno y reservado;
pero luego, cuando hubo apreciado lo bastante mi carácter, me dijo
que se llamaba Burton Blair, que hacía diez años que había perdido
a su esposa, durante su ausencia en el extranjero, y que la pequeña
Mabel era su única hija. Como su aspecto lo demostraba, la mayor
parte de su vida la había pasado en el mar, y tenía su certificado
de capitán de buque menor, pero últimamente había residido en
tierra.—Hace ya tres años que estoy aquí—continuó,—y puedo
asegurarle que han sido bastante duros. ¡Pobre Mabel! Es un
verdadero tesoro, como lo era su pobre y querida madre. Hace tres
años que padece hambres y penas,y, sin embargo, jamás se ha
quejado. Ya conoce mi carácter, sabe que cuando Burton Blair
resuelve hacer una cosa ¡por Job! la hace—y apretó fuertemente
sus enérgicas quijadas, mientras en sus ojos se reflejó una mirada
de decisión y persistencia tenaz, la más terrible que he visto en
un hombre.—Pero ¿por qué razón, señor Blair, ha abandonado
usted el mar para perecer de necesidad en la tierra?—le pregunté,
pues la curiosidad habíase despertado en mí.—Porque... porque
tengo una razón... una razón muy poderosa—fue su contestación
vacilante.—Usted me ve esta noche sin hogar y hambriento (rió
amargamente Burton Blair), pero tal vez mañana podré ser un
millonario. Y su cara asumió una misteriosa expresión, inescrutable
como la de una esfinge, que me dejó penosamente confundido. Muchas y
muchas veces desde entonces he recordado esas extrañas palabras
proféticas que pronunció sentado en mi mesa, cuando no era más que
un pobre vagabundo de los caminos, muerto de frío, hambriento,
sucio, mal vestido y exhausto, pero que abrigaba la firme creencia,
por absurdo que parezca, de que antes de mucho tiempo poseería
millones. Recuerdo bien cómo me sonreí al oír su vaga afirmación.
Todo hombre que desciende mucho en la escala social, se aferra a la
débil creencia de que su suerte cambiará, y que, debido a algún
capricho de la fortuna,volverá sonriente a subir a su antiguo nivel.
La esperanza jamás muere dentro del pecho del hombre arruinado.
Valiéndome de ciertas preguntas prudentes, traté de conseguir
mayores informes sobre la esperanza que abrigaba de llegar a tener
fortuna,pero no quiso decirme nada, absolutamente nada. Después que
comió bien, aceptó un cigarro, tomó su café con brandy, y fumó
con la tranquilidad del hombre satisfecho, que no tiene un solo
pensamiento que lo aflija ni ninguna preocupación en el mundo, o,
mejor dicho, como un hombre que sabe exactamente lo que el destino le
tiene reservado. Así, desde el principio, Burton Blair fue un
misterio. Cuando volvimos adonde estaba Mabel, la encontramos
durmiendo tranquilamente, postrada por la fatiga. Entonces persuadí
a su padre de que se quedara en mi casa aquella noche, con el fin de
que la pobre niña pudiese descansar, y, como consintiera, nos
volvimos al comedor, donde nos sentamos a fumar y permanecimos varias
horas conversando. Me refirió la historia de sus crueles años
pasados en el mar, las extrañas aventuras que le habían sucedido en
países salvajes, cómo escapó de una muerte segura en las manos de
una tribu de nativos en Camarones, y cómo, por espacio de tres años,
había sido capitán de un vapor de río en el Congo, representando
en esas regiones el papel de un pioneer de la civilización. Sus
conmovedoras aventuras las relataba tranquila y naturalmente, sin
fanfarronadas ni demostraciones de alarde, y su manera sencilla y
verdadera me demostró que era uno de esos hombres que aman la vida
de aventuras por sus vicisitudes y peligros.—Y ahora ando detrás
de los molinetes de Inglaterra—añadió riendo.—Usted debe
pensar, no hay duda, que todo esto es muy extraño; pero, hablándole
con sinceridad, señor Greenwood, le diré que me ocupo activamente
en una investigación muy curiosa, cuyo feliz resultado me hará
algún día poseedor de una fortuna que ni en mis sueños más
extravagantes me forjé jamás. ¡Vea!—exclamó de pronto, con una
mirada de extraña fiereza en sus grandes ojos obscuros, al
desabotonarse rápidamente su saco azul y sacar de debajo de él un
pedazo cuadrado y chato de gamuza muy usada y manchada, dentro de la
cual parecía que se encerraba algún precioso documento u otro
objeto de valor.—¡Mire! Mi secreto está aquí. Algún día
descubriré la clave; puede ser mañana, pasado, o tal vez en el año
próximo, pero al fin se producirá. ¿Cuándo?eso es absolutamente
indiferente y sin valor. El resultado será el mismo. Mis años de
continuo viaje e investigación se verán premiados, seré rico, y el
mundo quedará maravillado.—Y, riéndose satisfecho, casi
triunfante, volvió a guardar en su pecho, con todo cuidado, su
precioso tesoro; luego se puso de pie y quedó parado dando la
espalda al fuego, en la actitud de un hombre que confía
completamente en lo que está escrito en el libro del destino.
Aquella escena de media noche, con todos sus románticos y extraños
detalles, aquel episodio de lo pasado, cuando el fatigado caminante y
su hija habían sido mis huéspedes por vez primera, y todos sus
recuerdos acudieron a mi memoria la tarde fría y brillante en que
descendí de un coche, al siguiente día de la investigación
verificada en Manchester,delante de la gran mansión blanca de la
plaza Grosvenor, y supe por Carter, el solemne sirviente, que la
señorita Mabel estaba en casa. Aquella espléndida morada, con sus
exquisitas decoraciones, mobiliario verdaderamente de estilo Luis
XIV, sus valiosas pinturas y magníficos ejemplares de esculturas del
siglo diecisiete, morada de una persona para quien no significaban
nada todo ese lujo y todo ese gasto, era seguramente un testimonio
suficiente de que el pobre y mal traído vagabundo que había
pronunciado esas misteriosas palabras en mi pequeño comedor cinco
años antes, no había sido un charlatán o un necio fanfarrón. El
secreto encerrado dentro de esa sucia bolsita de gamuza, cualquiera
que hubiese sido, le había producido más de un millón de libras
esterlinas, y seguía siempre produciendo enormes sumas, hasta que la
muerte había venido a poner fin repentinamente a su explotación. El
misterio de todo aquello no tenía solución; el enigma era completo
e indescifrable. Estas y otras reflexiones cruzaron por mi mente al
subir detrás del lacayo la ancha escalera de mármol y ser
introducido en el gran salón oro y blanco, cuyas paredes estaban
tapizadas por entrepaños de seda color rosa pálido, mientras sus
cuatro grandes ventanas tenían vista sobre la plaza. Todas esas
pinturas inapreciables, esos hermosos muebles, gabinetes e
incomparables bric-a-brac, habían sido comprados con el producto del
misterioso secreto; de ese secreto que en el corto espacio de cinco
años había transformado en millonario al vagabundo extenuado y sin
hogar. Contemplando distraídamente la melancólica plaza con sus
árboles sin hojas, quedeme parado sin saber cómo haría para
comunicar de la mejor manera posible la triste nueva de que era
portador, cuando oí a mi espalda un suave «frou-frou» de una falda
de seda, y, dándome vuelta prontamente, me encontré delante de la
hija del muerto, cuyo aspecto era ahora, a la edad de veintitrés
años, mucho más dulce, bello, gracioso y femenino, que cuando por
vez primera nos habíamos conocido, tiempo ha,de una manera extraña
y en medio de un camino. Su negro traje, su figura temblorosa y sus
pálidas mejillas, humedecidas por las lágrimas, me indicaron que
esta joven, por quien tenía que velar, conocía ya la penosa y
triste realidad. Se paró delante de mí, resaltando aún más su
hermosa y trágica presencia, con su pequeña y blanca mano
nerviosamente apoyada en el respaldo de una de las doradas sillas del
salón, como buscando sostén en medio de su dolor.—¡Lo
sé!—exclamó con voz cortada, cosa desconocida en ella, y sus ojos
fijos en mí.—Sé para qué ha venido a verme, señor Greenwood.
Hace una hora que lo he sabido por el señor Leighton, que ha estado
aquí. ¡Ah, mi pobre padre querido!—suspiró, y las palabras se
anudaban en su garganta al correrle las lágrimas.—¿Para qué iría
a Manchester? Sus enemigos han triunfado, como yo lo temía desde
hace tiempo. Sin embargo, él no pensaba mal de nadie, ni creía en
la perversidad de ningún hombre, pues tenía un corazón muy
generoso. Siempre se negó a escuchar mis advertencias, y se reía de
todas mis aprensiones. Pero ¡ay! la terrible realidad es ya un
hecho. ¡Mi pobre padre!—tartamudeó, con su bello rostro blanco
hasta los labios.—¡Está muerto... y su secreto ha desaparecido!
IV
EN EL QUE SE CRUZA POR UN TERRENO PELIGROSO
—¿Sospecha
usted, Mabel, que su papá ha sido víctima de una mala acción?—le
pregunté a la pálida y enervada joven que estaba de pie delante de
mí.—Sí, lo sospecho—fue su contestación clara y sin
vacilación.—Usted conoce su historia, señor Greenwood; usted sabe
que él llevaba a todas partes un objeto guardado en una bolsita de
gamuza, objeto que era sumás precioso tesoro. El señor Leighton me
ha dicho que se ha perdido.—Desgraciadamente es así—repliqué.—Los
tres la hemos buscado entre sus ropas y demás equipaje; hemos hecho
averiguaciones e interrogado al sirviente del coche-restaurant que lo
encontró sin conocimiento en el tren, a los mozos de cordel que lo
llevaron hasta el hotel, y, en fin, a todo aquel que podía saber
algo, pero no ha sido posible encontrar el menor rastro del objeto
buscado.—Porque ha sido robado deliberadamente—observó.—Entonces
usted abriga la creencia de que ha sido asesinado para ocultar el
robo. Movió la cabeza afirmativamente, con su cara siempre pálida y
rígida.—Pero recuerde, Mabel, que no existe prueba alguna de que
se hay acometido un crimen. Ambos médicos, dos de los mejores de
Manchester, han declarado que la muerte se ha producido debido a
causas enteramente naturales.—A mí no me importa nada de lo que
ellos digan. La bolsita que mi pobre padre cosió con sus propias
manos, que durante todos estos años pasados guardó tan
cuidadosamente, y que por algún motivo extraño no quiso depositarla
en ningún banco o en una segura caja de hierro, ha desaparecido. Sus
enemigos se han posesionado de ella, como yo tenía la certeza de que
lo harían.—Recuerde que él me mostró esa bolsita de gamuza, la
primera noche que nos conocimos—le dije.—Me declaró entonces que
lo que en ella se encerraba le daría fortuna... y ciertamente que ha
sido así—añadí, paseando la mirada por el magnífico salón.—Le
dio riquezas, pero no felicidad, señor Greenwood—respondió
tranquilamente.—Esa bolsita, cuyo contenido jamás vi, ni supe lo
que era, la llevó siempre consigo, ya en su bolsillo, ya pendiente
del cuello, desde que vino a su poder, muchos años ha. En todos sus
trajes tenía un bolsillo especial para guardarla, y de noche la
colocaba en un cinturón, hecho también especialmente para el
objeto, que usaba bien ajustado a la cintura. Creo que la consideraba
como una especie de hechizo, o talismán, que, además de ser la
fuente de su gran fortuna, lo preservaba de todas las desgracias y
males. La razón de esto no puedo decirla, porque no la
conozco.—¿Nunca se cercioró usted de qué índole era el objeto
que él consideraba tan precioso?—Traté muchas veces de hacerlo,
pero nunca quiso revelármelo. «Era su secreto» me decía, y no
añadía una palabra más. Reginaldo y yo habíamos tratado
innumerables veces de saber lo que encerraba esa misteriosa bolsita,
pero no habíamos tenido mejor éxito que la encantadora joven que
estaba de pie delante de mí. Burton Blairera un hombre raro, tanto
en actos como en palabras, muy reservado en sus asuntos particulares,
y, sin embargo, aunque parezca bastante extraño, cuando la
prosperidad le sonrió, convirtiose en un príncipe de bondad y de
nobleza.—¿Pero quiénes eran sus enemigos?—le inquirí.—¡Ah!
eso también lo ignoro completamente—respondió.—Como usted lo
sabe, durante los dos últimos años se ha visto rodeado por
aventureros y parásitos de todas clases, como les sucede siempre a
los hombres ricos,a los cuales, Ford, su secretario, ha conseguido
mantener a buena distancia. Puede ser que les fuera conocida la
existencia de ese precioso objeto, y que mi pobre padre haya sido
víctima de alguna trama infame. A lo menos esa es mi firme
idea.—Entonces, si es así, hay que informar a la
policía—exclamé.—La bolsita de gamuza que él me mostró la
noche de nuestro primer encuentro,se ha perdido, y aun cuando todos
la hemos buscado con el mayor empeñoy cuidado, ha sido inútil. Sin
embargo, ¿qué beneficio podrá reportar a la persona que la posea,
si le falta la clave de lo que en ella seencierra?—¿Pero no estaba
también esa clave, sea lo que fuere, en manos de mipadre?—preguntó
Mabel Blair.—¿No fue el descubrimiento de esa misma clave lo que
nos dio todo esto que poseemos?—repitió, con esa encantadora
dulzura femenina que era su más atrayente
característica.—Exactamente. ¡Pero su papá, que era tan prudente
y sagaz, no debía llevar consigo ambas cosas: el problema y la
clave! No puedo creer que cometiese semejante necedad.—Ni yo
tampoco. Aun cuando era su única hija, y la depositaria de toda la
historia de su vida, había una cosa que me ocultaba
persistentemente,y era la índole de su secreto. Algunas veces he
abrigado la sospecha de que tal vez no era muy honorable; que
probablemente sería uno de esos que un padre no se atreve a revelar
a su hija. Y, sin embargo, nadie lo ha acusado jamás ni le ha echado
en cara un acto doloso o deshonesto. Otras veces me parecía notar en
su fisonomía y maneras un sello de verdadero misterio, que me hacía
pensar que el origen de nuestra fortuna ilimitada era extraño y
romántico, y que si el mundo tenía conocimiento de él, lo
consideraría como una cosa increíble. Una noche que estábamos
sentados aquí después de la comida, y mientras fumaba, se entretuvo
en hablarme de mi pobre madre, que murió en unas habitaciones de una
obscura calle de Manchester, cuando él estaba ausente en un viaje
por la costa occidental de Africa; pero en el correr de la
conversación declaró que, si Londres llegaba a conocer alguna vez
el origen de sus riquezas,se quedaría asombrado. «Pero—añadió—es
un secreto que tengo la firme intención de llevármelo a la
tumba.»Muy extraño era, pero estas mismas palabras me las había
dicho dos años antes, estando sentado delante del fuego en nuestras
habitaciones de la calle Great Russell, al hacerle yo alusión a su
maravillosa suerte. Estaba muerto, y una de dos, o había cumplido su
amenaza de destruir toda prueba de su secreto, encerrado en la usada
bolsilla de gamuza, ole había sido hábilmente robado. La curiosa y
mal escrita carta que había encontrado en el equipaje de mi amigo, a
la vez que me había llenado de confusión, había hecho nacer en mí
ciertas sospechas que hasta ese momento no había abrigado. No le
dije nada de esto a Mabel, porque no deseaba causarle mayores penas
ni ansiedades. Desde que nos habíamos conocido la primera vez, y
durante todos los años transcurridos, siempre habíamos sido buenos
amigos. Auncuando Reginaldo era quince años mayor que ella, y yo
trece, creo que alos dos nos consideraba como si hubiéramos sido sus
hermanos mayores. Nuestra amistad había principiado desde el día
que encontramos a BurtonBlair muriéndose de hambre y vagando por los
caminos, y nos unimos para costear, con nuestros modestos recursos,
su educación y la pusimos en una escuela de Bournemouth para que se
acabara de perfeccionar. Resolvimos que era completamente imposible
permitir que una niña tan joven y delicada anduviera vagando por
toda Inglaterra sin objeto determinado, en busca de algún vago
informe secreto que parecía ser el fin de su errante padre; por lo
tanto, después de aquella noche en que nos conocimos por vez primera
en Helpstone, Burton Blair y su hija permanecieron una semana como
nuestros huéspedes, y al cabo de muchas consultas y pequeñas
economías, conseguimos poner a Mabel en la escuela,servicio que
después ella nos agradeció con la más noble sinceridad. Pobre
criatura, cuando el destino nos hizo encontrarla, estaba
completamente debilitada y exhausta. La pobreza ya había impreso su
marca indeleble en su dulce rostro, y su belleza empezaba a
marchitarse bajo el peso de los sufrimientos, decepciones y viajes
errantes, cuando tan felizmente la descubrimos y nos fue posible
arrancarla de esa vida de privaciones, dolorosas caminatas y fatigas,
a través de interminables caminos. Contra lo que nosotros
esperábamos, transcurrió bastante tiempo antes que pudiéramos
conseguir que Blair consintiese en que su hija volviera al colegio,
porque, en verdad, tanto el padre como la hija se amaban
entrañablemente y estaban muy apegados. Sin embargo, al fin
triunfamos, y cuando el tosco y barbudo caminante llegó a ver
realizados sus deseos,no se olvidó de agradecernos de una manera muy
positiva lo que por ellos habíamos hecho. Realmente, nuestra
desahogada posición actual se la debíamos a él, porque no sólo le
había regalado a Reginaldo un generoso cheque que lo puso en
condiciones de pagar todas las deudas que pesaban sobre su negocio de
encajes de la calle Cannon, sino que a mí me había enviado, hacía
tres años, con motivo de ser el día de mi cumpleaños,dentro de una
modesta caja de plata, una letra contra sus banqueros, por una buena
cantidad, lo cual me proporcionó, desde entonces, una pequeña renta
anual muy confortable. Burton Blair nunca olvidó a sus amigos... ni
tampoco perdonó una mala acción que se cometiera con él. Mabel era
su ídolo, la única y verdadera depositaria de sus secretos, y
parecía todavía más extraño que ella no supiera absolutamente
nada sobre la misteriosa fuente de donde surgían sus colosales
entradas. Permanecimos sentados más de una hora en ese gran salón,
cuyo mismo esplendor respiraba misterio. La señora Percival, la
agradable dama patrocinadora y compañera de Mabel, viuda de cierta
edad de un cirujano naval, entró donde estábamos nosotros, pero
pronto se retiró, completamente trastornada, al tener conocimiento
del trágico suceso. Cuando le comuniqué a Mabel la promesa que le
había hecho a su padre,sus pálidas mejillas se cubrieron de un leve
carmín.—Ciertamente, es mucha bondad la suya, señor Greenwood,
molestarse por mis asuntos—me dijo, mirándome y bajando luego sus
ojos modestamente.—Supongo que en adelante tendré que considerarlo
como mitutor—y riose ligeramente, dando vuelta a su anillo en
derredor de su dedo.—No como a su tutor legal—contesté.—Los
abogados de su papá serán, no hay duda, quienes ocuparán ese
puesto, pero sí, más bien, como su protector y
amigo.—¡Ah!—respondió tristemente,—creo que necesitaré ambas
cosas, ahora que ya no existe mi pobre padre.—Hace ya más de cinco
años que soy su amigo, Mabel, y, por lo tanto,confío en que me
permitirá cumplir la promesa que hice a su papá—exclamé,
poniéndome de pie delante de ella y hablándole con profunda
solemnidad.—Sin embargo, desde el principio debemos entendernos de
una manera clara y formal. Por consiguiente, permítame, Mabel, que
le hable en este momento con toda la mayor ingenuidad posible, como
un hombre lo debe hacer con una mujer que es su verdadera amiga. Es
usted joven, Mabel, y... vamos, usted lo sabe, muy... muy
bella...—No, señor Greenwood, le aseguro que hace usted muy mal en
decir eso—me interrumpió, sonrojándose al escuchar mi
cumplimiento.—Estoy convencida de que...—Escúcheme, le
ruego—continué con fingida severidad.—Es usted joven,muy bella y
rica; posee, por lo tanto, los tres atributos necesarios que hacen
que una mujer sea preferida en nuestra actual época moderna, ya que
ahora se estiman en tan poca cosa el amor y los sentimientos. Bien
entonces; las personas que observen nuestra íntima amistad
declararán,no hay duda, con mala intención, que estoy tratando de
casarme con usted por su dinero. Estoy seguro de que el mundo dirá
esto, pero yo quiero que usted me prometa refutar en el acto
semejante afirmación. Deseo que usted y yo seamos amigos firmes y
sinceros, como lo hemos sido siempre,sin el más ligero pensamiento
de afecto recíproco. Puedo admirarla, como siempre la he admirado,
lo declaro ahora, pero todo amor de mi parte hacia usted está
completamente descartado, teniendo presente que soy un hombre de
recursos limitados. Comprenda bien, Mabel, que no deseo hacer méritos
por lo pasado, ahora que su padre no existe y se encuentra usted
sola. Comprenda también, desde el principio, que al tenderle mi mano
lo hago como amigo sincero, lo mismo que lo haría con Reginaldo, mi
antiguo condiscípulo y mejor amigo, y que, en adelante, defenderé
sus intereses como si fuesen los míos propios.—Y, entonces, le
tendí mi mano. Durante un momento vaciló, porque mis palabras, al
parecer, le habían producido la más profunda impresión.—Muy
bien—dijo tartamudeando, y me miró a la cara un segundo.—Es un
convenio, si así lo quiere usted.—Deseo, Mabel, cumplir la promesa
que le hice a su padre. Como usted sabe, tengo para con él una gran
deuda de gratitud por su generosidad, y anhelo, por consiguiente,
como prueba de mi agradecimiento, ocupar su lugar y proteger a su
hija, proteger a usted, Mabel.—¿Pero no somos, acaso, nosotros
dos, mi padre y yo, los que estamos,en primer término, endeudados
con usted?—exclamó.—Si no hubiera sido por la benevolencia del
señor Seton y de usted, yo habría seguido vagando, tal vez, hasta
morir en algún camino.—¿Y qué es lo que su papá buscaba?—le
pregunté.—Seguramente, él se lo debió decir.—No, nunca me lo
dijo. Ignoro la razón que tuvo para andar tres años recorriendo
toda Inglaterra. Tenía un fin expreso, no hay duda, que al cabo
realizó, pero jamás me reveló lo que era.—Supongo que debía ser
algo que se relacionara con el objeto que llevaba siempre consigo,
¿no es verdad?—Creo que sí—fue su contestación. Luego añadió,
volviendo a sus observaciones anteriores.—¿Por qué habla usted de
su deuda para con él,señor Seton, cuando yo bien sé que usted, con
el fin de poder pagar la pensión de mi colegio en Bournemouth,
vendió su mejor caballo, y no pudo, por consiguiente, gozar de sus
cacerías esa temporada? Se privó usted del único placer que tenía,
para que yo pudiera estar en las mejores condiciones posibles.—Le
prohíbo que vuelva a mencionar eso—le dije rápidamente.—Recuerde
ahora que somos amigos, y que entre amigos no puede haber cuestiones
de deudas.—Entonces no debe usted hacer alusión a los pequeños
servicios que mi padre le hizo—respondió riendo.—¡Vamos, voy a
ser ingobernable, si usted no sabe cumplir la parte que le toca en el
convenio! Y así fue cómo nos vimos obligados, desde ese momento, a
renunciar a todo, y volver a reanudar nuestra amistad sobre una base
firme y perfectamente bien definida. Sin embargo, ¡qué extraño
era! La belleza de Mabel Blair, al contemplarla de pie, delante de
mí, en aquella magnífica mansión, que ahora le pertenecía
exclusivamente, era, no hay duda, capaz de trastornar la cabeza de
cualquier hombre que no fuese un juez severo oun cardenal católico;
muy diferente, por cierto, de la pobre niña, desmayada y sin
fuerzas, que por primera vez vi caída, junto al camino,en medio del
triste crepúsculo invernal.
V
EN EL CUAL EL MISTERIO AUMENTA CONSIDERABLEMENTE
La
desaparición o pérdida del precioso objeto, documento o lo que
fuese,encerrado dentro de la bolsita de gamuza, que el muerto había
conservado tan cuidadosamente durante tantos años, era ahora, por sí
sola, una circunstancia muy sospechosa, mientras las vagas pero
firmes aprensiones de Mabel, que no quería o no podía definir,
habían despertado en mínuevos recelos sobre la muerte de Burton
Blair, recelos que me hacían pensar que había sido víctima de una
infamia.En el acto que me despedí de ella, me encaminé a Bedford
Row, donde tuveotra consulta con Leighton, al cual le expliqué mis
serios temores.—Como ya le dije, señor Greenwood—exclamó el
abogado cuando hube terminado, recostándose en su silla y mirándome
gravemente a través desus anteojos,—creo que mi cliente no ha
fallecido de muerte natural. En su vida ha habido algún misterio,
alguna extraña circunstancia romántica que, desgraciadamente, nunca
creyó conveniente confiármela. Poseía un secreto, según me dijo,
y, debido al conocimiento de ese secreto,obtuvo su gran fortuna. Hace
media hora que he hecho un cálculo aproximado del valor actual de
sus bienes, y, por lo bajo, creo que lasuma pasará de dos y medio
millones de esterlinas. Pero decirle, en confianza, que el total de
esta fortuna pasa derecho a su hija,exceptuando varios legados, entre
los cuales están incluidas diez mil libras para el señor Seton y
otras diez mil para usted; dos mil para la señora Percival, y
algunas pequeñas sumas para los sirvientes. Pero—añadió,—hay
una cláusula en el testamento muy enigmática, y quele afecta a
usted íntimamente. Como ambos tenemos sospechas de que se ha
cometido un acto infame, pienso que puedo mostrársela ahora mismo,
sin aguardar el entierro de mi infortunado cliente, y la lectura
formal de su testamento. Se levantó, y de una gran caja negra de
papeles, con la siguiente inscripción: «Burton Blair, Esquire»,
sacó el testamento del muerto, y,abriéndolo, me mostró la
siguiente cláusula:«(10) Dono y lego a Gilberto Greenwood, de Los
Cedros, Helpstone, la bolsita de gamuza que se encontrará en mi
persona en el momento de mimuerte, con el objeto de que pueda sacar
provecho de lo que hay dentro de ella, y como compensación de
ciertos servicios valiosos que me hizo.Pero es preciso que recuerde
siempre esta rima:
Henry
the Eighth was a knave to his queens,He'd one short of seven—and
nine or ten scenes!
y
que sepa ocultar muy bien el secreto a todos los hombres, exactamente
como yo lo he hecho.»Era todo. ¡Una cláusula extraña,
ciertamente! ¡Burton Blair, después de todo, me había legado su
secreto; el secreto que le había dado sucolosal fortuna! Sin
embargo, había desaparecido... robado,probablemente, por sus
enemigos.—Es una copla curiosa—sonrió el abogado.—Pero el
pobre Blair tenía,según creo, poca cultura literaria. Poseía
mayores conocimientos marinos que poéticos. Empero, después de
todo, la situación es bien molesta e intrigada para usted, el
secreto del origen de la enorme fortuna de mi cliente le ha sido
legado, y, ahora, se encuentra con que le ha sido robado de esta
extraña manera.—Pienso que sería mejor consultar a la policía, y
explicar nuestras sospechas—dije con amarga pena al ver que la
bolsita de gamuza había caído en otras manos.—Estoy completamente
de acuerdo con usted, señor Greenwood. Iremos juntos a la Scotland
Yard y solicitaremos que inicien las pesquisas necesarias. Si, en
efecto, el señor Blair ha sido asesinado, entonces el crimen se ha
cometido de la manera más secreta y notable, para decir lo menos
posible. Pero hay otra cláusula en el testamento, que es algo
inquietante, y que se relaciona con su hija Mabel. El testador ha
designado como su secretario y administrador de sus bienes, a una
persona desconocida para mí, de quien nunca he oído hablar: a un
tal Paolo Melandrini, italiano, que, según parece, vive en
Florencia.—¡Qué!—grité, atónito.—¡A un italiano para
secretario de Mabel! ¿Quién es ese hombre?—Una persona que no
conozco, como ya he dicho, cuyo nombre, en verdad,nunca se lo oí
mencionar a mi cliente. Cuando hice el testamento, no hizo más que
dictármelo para que yo lo escribiese.—¡Pero eso es
absurdo!—exclamé.—Ciertamente que no es posible permita usted
que un extranjero desconocido, que bien puede ser un aventurero por
todo lo que sabemos, tenga completo contralor sobre sus bienes.—Temo
que no se pueda evitar—replicó Leighton, gravemente.—Aquí está
escrito, y nos veremos obligados a comunicarle a este hombre, sea
quien sea, su nombramiento, con un sueldo de cinco mil libras
anuales.—¿Y tendrá, en efecto, completo poder sobre sus
asuntos?—Absolutamente. Para decir verdad, ella hereda toda la
fortuna con la condición de que acepte a este individuo como su
secretario y consejero confidencial.—¡Blair debía estar
loco!—exclamé.—¿Conoce Mabel a este misterioso italiano?—No
ha oído nunca nada sobre él.—En ese caso, pienso que antes de
informarlo de la muerte del pobre Blair y de la buena fortuna que le
aguarda, debemos, por lo menos,descubrir quién es él. De cualquier
modo, podemos vigilarlo cuidadosamente, una vez que esté en su
puesto, y ver que no malgaste el dinero de Mabel. El abogado suspiró,
limpió lentamente sus anteojos, y observó:—Tendrá en sus manos
la administración de todo, y, por lo tanto, será difícil saber lo
que desaparece, o cuánto guarda en su bolsillo.—Pero, ¿qué
motivo pudo tener Blair, o qué se posesionó de él, para haber
dictado semejante cláusula? ¿Usted no le hizo notar la locura que
cometía?—Sí, se lo hice notar.—¿Y qué le dijo?—Reflexionó
un momento, pensó mis palabras, suspiró, y luego me contestó: «Es
imperativo, Leighton. No tengo otra alternativa.» Por eso he
sospechado que procedió así bajo presión.—¿Cree usted que este
extranjero estaba en condiciones de exigírselo? El abogado sacudió
afirmativamente la cabeza. Era evidente que él opinaba que existía
una razón secreta para introducir en la casa de Mabel a este
desconocido, razón sólo conocida por Burton Blair y este individuo.
Me pareció extraño que Mabel no me lo hubiera dicho, pero quizá
habría vacilado al manifestarle yo la promesa que le habría hechoa
su padre, y en vista de eso, no se habría animado a herir mis
sentimientos. La situación se hacía, cada hora que pasaba, más
misteriosa y complicada. Yo estaba, sin embargo, decidido a efectuar
dos cosas: primero, recuperar el objeto más precioso del millonario,
el cual me lo había legado junto con la orden expresa de recordar
esa copla extraordinaria,que se había impreso en mi mente; y
segundo, hacer averiguaciones secretas sobre este extranjero
desconocido, que tan repentinamente había aparecido tomando parte en
el asunto. Aquella misma tarde, a eso de las seis, habiéndome
reunido con Reginaldo, pues así lo habíamos convenido, en el
estudio del señor Leighton, los tres subimos a un coche y nos
dirigimos a la ScotlandYard, donde tuvimos una larga conferencia con
uno de los oficiales superiores de la policía, a quien explicamos
las circunstancias y nuestras sospechas de que se hubiera cometido un
crimen.—Voy a ordenar, por cierto, que se hagan averiguaciones en
Manchester yen otras partes—contestó al fin,—pero como el
testimonio médico ha demostrado tan concluyentemente que ese
caballero ha muerto por causas naturales, no me es posible abrigar
muchas esperanzas de que nuestro departamento policial de detectives
o el de Manchester pueda ayudarles. Los motivos que alegan ustedes
para suponer que ha sido víctima de un acto infame, son muy vagos,
como deben ustedes mismos reconocerlo, y,según mi entender, la única
base verdadera que tienen para estas sospechas es el robo de ese
documento, objeto o lo que sea, que llevaba consigo. Sin embargo, no
se mata a un hombre, por lo general, a la plena luz del día, con el
fin de cometer un robo, que cualquier ratero hábil lo puede hacer
sin recurrir a ese medio. Además, si sus enemigos orivales sabían
lo que era o conocían la costumbre que tenía de llevarlo siempre
consigo, habrían podido apoderarse de él fácilmente sin
asesinarlo.—Pero él estaba en posesión de cierto secreto—observó
el abogado.—¿De qué índole era el secreto?—Desgraciadamente,
no tengo la menor idea sobre ello. Nadie lo conoce. Todo lo que
sabemos es que su posesión lo sacó de la pobreza y lo enriqueció,
y que había una persona, por lo menos, que estaba ansiosa por
conseguir poseerlo.—Naturalmente—observó el anciano director
auxiliar de la oficina de investigaciones criminales.—Pero ¿quién
es esa persona?—Tengo la desgracia de no saberlo. Mi cliente me lo
manifestó hará un año, pero no me indicó ningún
nombre.—¿Entonces, no abriga usted sospechas sobre alguien, sea
quien sea?—A nadie puedo señalar. La bolsita de gamuza, dentro de
la cual estaba el documento u objeto, ha sido robada, y este hecho ha
despertado nuestros recelos. El enjuto y grave empleado movió la
cabeza muy dudosamente.—Esa no es bastante base para fundar una
sospecha de asesinato,especialmente cuando hay que tener en cuenta
que poseemos todos los testimonios de la pesquisa que se ha
efectuado, de la autopsia y del veredicto unánime del jurado de los
coroner. No, caballeros—añadió,—no encuentro un fundamento
serio para abrigar sospechas verdaderas. Después de todo, puede ser
que el documento no haya sido robado. Parece que el señor Blair era
de un carácter algo excéntrico, como muchos hombres que
repentinamente surgen y se elevan en el mundo, y es posible lo haya
ocultado en algún punto seguro. Para mí, esto me parece que es lo
más probable, especialmente cuando él había expresado el temor de
que sus enemigos trataran de apoderarse de él.—¡Pero, si hay
sospecha de crimen, es deber de la policía investigarlo,
ciertamente!—exclamé yo, con algún resentimiento.—Convencido.
Pero ¿dónde está la sospecha? Ni los médicos, ni el coroner, ni
la policía local, ni el jurado, abrigan la menor duda de queno ha
muerto por causas naturales—arguyó.—En este caso, la policía de
Manchester no tenía derecho ni necesidad de intervenir en el
asunto.—Pero ha habido un robo.—¿Qué prueba tienen ustedes de
eso?—preguntó, levantando sus cejas encanecidas y golpeando la
mesa con su pluma.—Si pueden ustedes demostrarme que se ha cometido
un robo, entonces pondré en movimiento las varias influencias bajo
mi mando. Por el contrario, ustedes sólo sospechan que esa bolsita,
cuyo contenido se ignora, ha sido robada. Sin embargo, puede ser que
esté oculta en algún punto difícil de descubrir, pero, no
obstante, bien segura. Como ustedes tres, empero, sostienen que el
desgraciado caballero ha sido asesinado con el fin de apoderarse de
este misterioso y pequeño objeto, que él guardaba con tanto
cuidado, me comunicaré con la policía de la ciudad de Manchester y
le pediré que hagan todas las averiguaciones que le sea posible. Más
que eso, caballeros—añadió suavemente,—temo que mi departamento
no pueda ayudarles.—Entonces todo lo que me queda que
responder—observó el señor Leighton, duramente,—es que está
completamente justificada la opinión pública sobre la futilidad de
esta rama de la policía, para el descubrimiento de los crímenes, y
no dejaré de llamar la atención del público en este asunto por
medio de la prensa. Es, sencillamente, una vergüenza.
—Yo,
señor, procedo según mis instrucciones, como también en
conformidad con lo que usted mismo me ha manifestado—respondió.—Le
aseguro a usted que, si yo ordenase que se hiciesen investigaciones
en todos los casos en que se sospecha o se afirma que se han cometido
homicidios, necesitaría una fuerza de detectives tan grande como la
del ejército inglés. No pasa un día sin que reciba docenas de
visitantes secretos y de cartas anónimas, todas ellas comunicando
supuestos asesinatos, en que, generalmente, se mencionan personas por
quienes tienen algún motivo de antipatía. Dieciocho años al frente
de este departamento pienso que me han enseñado a saber distinguir
los casos que merecen ser investigados, y el de ustedes no lo es.
Todo argumento probó ser inútil. El funcionario policial tenía la
convicción de que Burton Blair no había sido víctima de un crimen,
y, por lo tanto, no podíamos esperar ninguna ayuda de él. Con
marcado disgusto nos levantamos y salimos de la Scotland Yard,
volviendo a Whitehall.—¡Es un escándalo!—declaró enojado
Reginaldo.—El pobre Blair ha sido asesinado, todo parece indicarlo,
y la policía, sin embargo, no quiere levantar ni un dedo para
ayudarnos a conocer la verdad, porque un médico ha descubierto que
el corazón era su punto débil. Es fijar un premio al crimen—añadió,
cerrando los puños ferozmente.—Voy a referirle todo el asunto a mi
amigo Mill, el miembro del Parlamento por Derbyshire del Oeste, y
pedirle que haga una interpelación en la Cámara de los
Comunes.¡Veremos qué dice a esto el nuevo secretario del interior!
Será una píldora bien desagradable para él, no lo dudo.—¡Oh! ya
tendrá preparada alguna disculpa oficial escrita a máquina, no tema
usted—rió Leighton.—Si ellos no quieren ayudarnos, nosotros
debemos hacer las investigaciones por nuestra cuenta. El abogado se
despidió de nosotros en la plaza Trafalgar, conviniendo en reunirse
con nosotros en la de Grosvenor, después del funeral, para leer
formalmente el testamento delante de la hija del muerto y de su
compañera, la señora Percival.—Y, después—añadió,—tendremos
que dar pasos activos para descubrir a este misterioso individuo que
en lo porvenir deberá manejar su fortuna.—Yo seré quien me
encargue de las averiguaciones—dije.—Felizmente,hablo el
italiano, y, por consiguiente, antes de comunicarle la muerte de
Blair, iré a Florencia y me cercioraré de quién es este hombre. En
verdad, abrigaba la sospecha de que la carta que había tomado de
entre los papeles del muerto, la cual la había guardado secretamente
para mí, había sido escrita por este individuo, Paolo Melandrini.
Aun cuando no tenía dirección ni firma, y estaba escrita con un
carácter de letra pesado y falto de educación, era, evidentemente,
la carta de un toscano, pues descubrí en ella cierta ortografía
fonética, que es puramente florentina. La extraña comunicación
decía lo siguiente:«Su carta me llegó esta mañana. El ceco
(ciego) está en París, de paso para Londres. Lo acompaña la niña,
y es evidente que algo saben. Por lo tanto, tenga mucho cuidado. El y
sus ingeniosos amigos tratarán,probablemente, de jugarle una mala
partida.»Yo estoy todavía en mi puesto, pero el agua ha subido tres
metros,debido a las grandes lluvias que se han producido. Sin
embargo, la explotación ha sido buena, así es que espero verme con
usted, a la horade las vísperas, en San Frediano, en la tarde del
día 6 del próximo. Tengo algo muy importante que decirle. Recuerde
que «el ceco» tiene malas intenciones, y proceda en conformidad a
ellas. Addio.»Innumerables veces traduje, palabra por palabra, esta
curiosa misiva. Meparecía llena de un significado y doble sentido
ocultos. Lo más probable era que la persona conocida con el
sobrenombre de «el ciego», que era el enemigo de Blair, según se
adivinaba por la carta,había conseguido apoderarse de la preciosa
bolsita de gamuza, que, por derecho, me pertenecía ahora, como
también del misterioso secreto que encerraba.
VI
EN EL QUE FIGURAN TRES AES MAYÚSCULAS
El
acto que se llevó a cabo la siguiente tarde en la biblioteca de
lamansión de la plaza Grosvenor fue, como puede suponerse, muy
triste ypenoso.Mabel Blair, vestida de luto, con sus ojos llenos de
lágrimas, permaneció sentada y silenciosa mientras el abogado leyó
secamente eltestamento, cláusula por cláusula. No hizo ni un
comentario, cuando ni siquiera proclamó la designación quehabía
hecho el muerto, nombrando al italiano desconocido para administrador
de la fortuna de su hija.—Pero ¿quién es ese hombre, me hace el
favor de decir?—preguntó la señora Percival, con su voz tranquila
y educada.—Jamás oí al señor Blair hablar de esa persona.—Ni
yo tampoco—declaró Leighton, que había suspendido un momento para
arreglarse bien los anteojos, y después prosiguió la lectura del
documento hasta el fin. Todos nos alegramos cuando terminó la grave
ceremonia. En seguida, Mabelme indicó, en voz baja, que deseaba
verse a solas conmigo en el salón dela mañana; y cuando estuvimos
los dos allí y hube cerrado la puerta, me dijo:—Anoche he estado
registrando la pequeña caja de hierro que hay en el dormitorio de mi
padre, donde algunas veces guardaba sus papeles particulares, cartas
confidenciales y otras cosas. Encontré una cantidad de cartas de mi
pobre madre, que le había escrito hacía años, cuando andaba
navegando, pero nada más, salvo esto.—Y sacó de su bolsillo una
pequeña carta de juego, manchada y arrugada, un as de copas, sobre
lacual había escritas ciertas mayúsculas cabalísticas, en tres
columnas. Con el fin de que mis lectores puedan darse clara cuenta
del arreglo y posición en que estaban las letras, creo conveniente
reproducirla aquí.
—¡Es
curioso!—observé, dándole vuelta en mi mano
ansiosamente.—¿Hatratado usted de descubrir qué significado
encierran estas palabras?—Sí, pero creo que son cifradas. Notará
usted que las dos columnas superiores empiezan con A, y que la de
abajo termina con la misma letra. La carta es el as de copas, y, en
todos estos puntos, descubro algún significado oculto.—No hay
duda—respondí.—¿Pero se ha fijado usted si estaba guardada
cuidadosamente?—Sí, estaba dentro de un sobre de hilo, bien
sellado, y con un letrerode mi padre, que decía: «Burton Blair,
privado». ¿Qué podía significar?—¡Ah! yo también cavilo en lo
mismo—exclamé, reflexionando profundamente en el asunto y
contemplando aún las tres columnas de catorce letras. Traté de
descifrar aquel enigma por los métodos de uso general y conocidos,
pero no pude sacar nada inteligible. Aquí se encerraban algunas
palabras ocultas, y siendo completamente indescifrables, me producían
ansiedad y me daban mucho que pensar. Larazón por qué Blair había
conservado esa carta con tan profunda reserva,era un misterio, por no
decir otra cosa. Sospeché que en ella debía haber algún hilo
oculto de su secreto, pero no pude adivinar de qué naturaleza
sería.Después que discutimos largamente el asunto, sin llegar a
ninguna conclusión satisfactoria, le aconsejé que hiciera un viaje
al extranjero con la señora Percival, por unas pocas semanas, para
que cambiara de ambiente y se esforzara en olvidar su inesperada
desgracia, pero sacudió la cabeza, murmurando:—No, prefiero
quedarme aquí. La pérdida de mi querido padre me será tan dolorosa
aquí como en el extranjero.—Pero debe tratar de olvidar—insistí
con profunda simpatía en presencia de su pena.—Nosotros estamos
haciendo los mayores esfuerzos para descubrir el misterio que rodeaba
las acciones de su padre y las causas que han producido su muerte.
Esta noche parto para Italia, con el objeto de hacer averiguaciones
secretas sobre este individuo que ha sido nombrado su
secretario.—¡Ah! sí—suspiró.—¿Qué motivo podrá haber
tenido mi padre para poner mis asuntos en manos de un extranjero?
¿Quién será este hombre?—Probablemente, debe ser algún antiguo
amigo de su papá—le indiqué.—No—contestó.—Yo conozco a
todos sus amigos. Sólo tuvo un secreto para mí, el del origen de su
fortuna. Siempre se negó a decírmelo.—Parto directamente para
Florencia, y veré de descubrir todo lo que pueda antes que los
abogados le notifiquen a este misterioso individuo el fallecimiento
de su papá—le dije.—Puede ser que consiga saber algo que nos sea
de mucho beneficio en el porvenir.—¡Ah! es usted muy bueno, señor
Greenwood—replicó, levantando sus hermosos ojos y mirándome con
una expresión de profunda gratitud. Debo confesar que la idea de
tener que verme íntimamente ligada a un desconocido, y que este
desconocido es un extranjero, me produce un gran temor y recelo.—Pero
tal vez sea joven y buen mozo el verdadero Paolo del romance... y
usted su Francesca—le indiqué sonriendo. Sus dulces labios se
entreabrieron ligeramente, pero sacudió la cabeza, suspirando al
contestar:—Hágame el favor de no anticipar nada sobre eso. Confío
y espero quesea viejo y muy feo.—De modo que no pueda despertar mis
celos, ¿no es verdad?—exclamé riendo.—Le aseguro, Mabel, que si
nuestra amistad no estuviese apoyada sobre bases tan bien definidas,
me permitiría representar el papel de amante. Usted sabe que
yo...—Vamos, déjese de necedades—interrumpió, levantando su
pequeño dedo con fingida reprobación.—Recuerde lo que dijo
ayer.—Dije lo que pensaba y tengo intención de hacer.—Y lo mismo
hice yo. Hablándole con franqueza, le diré que me gusta
considerarlo como si fuese mi hermano mayor—declaró.—Creo que
nunca amaré a nadie—añadió, pensativamente, mirando el brillante
fuego de la chimenea.—No, no; no diga eso, Mabel. Algún día
encontrará a un hombre de su misma condición, lo amará, se casará
con él y será feliz—le observé,con mi mano apoyada en su
hombro.—Recuerde que con su fortuna puede elegir la flor del
mercado matrimonial.—¿Algún joven aristócrata empobrecido,
quiere usted significar? No,gracias. He tenido oportunidad de conocer
a un buen número de ellos,pero su afecto simulado ha sido siempre
demasiado débil. La mayoría de ellos querían mi dinero para poder
levantar los gravámenes de sus posesiones. No, preferiría, más
bien, a un hombre pobre... aun cuando es seguro que nunca me
casaré... nunca, jamás. Permanecí callado un momento; luego le
dije con torpeza:—Yo siempre pensé que se casaría usted con el
joven lord Newborough. Parecían muy buenos amigos.—Lo éramos...
hasta que él me propuso casamiento. Y miróme
a la cara con esa franca y serena mirada de sus espléndidos ojos, en
los cuales se reflejaba una expresión llena de asombro, casi como
los de una criatura. Su carácter era extrañamente complejo. Cuando
era una niña alta y de figura sinuosa, en los primeros días de
nuestra amistad, conocí que era altiva, de elevados pensamientos y
tenaz, pero, al mismo tiempo, de una índole dulce y afectuosa, que
la hacía atrayente y simpática para todos aquellos que la conocían
y tenían contacto con ella. Su natural era tan tranquilo y suave,
que el amor en ella parecía un impulso inconsciente. A menudo había
pensado que era demasiado buena, demasiado dulce y demasiado bella,
para ser lanzada en medio de los zarzales del mundo,verse expuesta a
caer y herirse con las espinas de la vida. El mundo es tan cruel y
despiadado y está tan lleno de trampas para la juventud incauta de
la alta sociedad, como para la de las clases bajas. Por lo tanto, era
mi deber, si me hallaba dispuesto a cumplir mi promesa hecha al
hombre que descansaba silencioso en su tumba, protegerla de los mil y
un engaños de aquellos que se esforzarían en tratar de aprovecharse
de su sexo e inexperiencia. Sus privaciones y vida de sufrimientos
cuando niña, mientras su padre se encontraba ausente en el mar, y
esos meses de fatiga y caminatas en busca de los molinetes de
Inglaterra, habían hecho su efecto en ella. Para Mabel, el amor casi
no era una pasión o sentimiento, sino más bien un encanto ilusorio,
un sueño que un hechizo de hadas destruía o afirmaba a su capricho.
Era tan exquisitamente delicado su carácter,como lo era su rostro,
que parecía que hasta el más leve contacto lo profanaría. Como las
notas de una dulce y melancólica música que llega notando en las
alas de la noche y del silencio, y que más bien sentimos que oímos;
como la suave exhalación de la violeta que fenece sobre el sentido
que hechiza; como el copo de nieve que se disuelve en el aire antes
que lo haya empañado la tierra; como la ligera marea separada dela
fuerte ola que una ráfaga la destruye, tal era su
naturaleza,rebosante de esa modestia, gracia y ternura, sin las
cuales una mujer noes mujer. Mientras la veía allí de pie delante
de mí, delicada y frágil figura vestida de riguroso luto, con su
mano entre las mías, agradeciéndome la investigación que iba a
emprender en favor de ella, y deseándome bonvoyage, me estremecí al
pensar qué sería de ella viéndose arrojada en medio de una suerte
adversa y cruel, de todas las corrupciones y lobos hambrientos de la
sociedad, tal vez sin energía para resistir, sin voluntad para
proceder, o sin fuerza para sufrir. Sola y desamparada en semejante
caso, el fin tenía que ser inevitablemente desastroso. Me despedí
de Mabel, alejándome con el sentimiento de que, amándola como
confieso que la amaba, sin embargo era indigno de ella.
Ciertamente,¡estaba jugando una partida peligrosa!Desde aquella
noche de invierno en que nos conocimos en Helpstone, había concebido
un afecto poderoso, sincero y creciente por ella; pero ahora que era
dueña de grandes riquezas, me daba cuenta de que había dos barreras
que se oponían a nuestro casamiento: la diferencia de edades y el
hecho de ser yo un hombre pobre. En verdad, ella jamás había
desplegado para cautivarme ninguna de las coqueterías femeninas, ni
nunca me había dado el menor motivo o pretexto que me hiciese pensar
que yo la había conquistado. Había hablado con franqueza y
sinceridad: ella me consideraba como si hubiese sido su hermano
mayor; eso era todo. Aquella misma noche, mientras me paseaba por la
cubierta del vapor que atravesaba el canal en medio de un fuerte
viento de invierno,contemplando la luz giratoria de la bahía de
Calais, que a cada momento se distinguía mejor, mis pensamientos
estaban dedicados a ella. El amor es el maestro, la pena es el
domesticador, y el tiempo es el médico del corazón humano. Mientras
las máquinas se movían, el viento rugía y el agitado mar se
sacudía violentamente, yo me paseaba de arriba abajo, cavilando,
confundido en la carta de juego que llevaba en mi bolsillo, y
reflexionando en todo lo que había sucedido. Las fértiles fantasías
de la juventud, las visiones de esperanzas ha tiempo fenecidas, las
sombras de alegría no producidas, los vivos colores de la aurora de
la existencia; en fin, todo lo que mi memoria había
atesorado,desfilaron por delante de mí, pero ya no existían dentro
de mi corazón. Recordé esa verdad de Rochefoucauld: «Il est
difficile de définirl'amour: ce qu'on en peut dire est que, dans
l'âme, c'est une passion derégner, dans les esprits, c'est une
sympathie; et dans le corps, cen'est qu'une envie cachée et délicat
de posséder ce que l'on aime, aprèsbeaucoup de mystères.» Sí, yo
la amaba con todo mi corazón, con toda mi alma, pero reconocía que
no me era permitido hacerlo. Mi deber, el deber que había prometido
cumplir al moribundo cuya vida había sido un romance secreto, era
asumir el carácter de protector de Mabel, y no convertirme en su
amante y así sacar provecho de su fortuna. Blair me había legado su
secreto, con el fin, no hay duda, de ponerme en condiciones de no
andar a la caza de riquezas, y como se había extraviado, era mi
deber no ahorrar esfuerzo alguno para recuperarlo. Con estos
sentimientos, firmemente arraigados en el fondo de mi corazón entré
en el wagonlit en Calais, empezando la primera etapa de mi viaje a
través de Europa desde el canal hasta el Mediterráneo. Tres días
después me paseaba por la vía Fornabuoni, en Florencia, por esa
calle de palacios medievales, bancos y consulados, que durante tantos
inviernos me ha sido tan familiar, hasta que preferí las partidas de
caza en Inglaterra a los rayos solares del Lung'Arno y el Cascine.
Esa brillante mañana de febrero, al recorrer la larga y tortuosa
arteria nombrada, llena de ociosos florentinos y de ricos extranjeros
que habían salido de paseo, vi a varios caballeros y señoras de mi
relación. Lo de Doney y Giacosa, los puntos favoritos de reunión
para los hombres, estaban atestados de ricos holgazanes tomando
coktails, o ese agradable petit verre conocido en la vía Fornabuoni
con el nombre de piccolo, mientras los canastos de los vendedores de
flores transmitían un suave y agradable matiz al sombrío, severo y
colosal palacio de Strozzi. Las banderas de diferentes naciones que
flameaban en los consulados,sobresaliendo entre todas las del siempre
popular «Mayor», me recordaron que era la fiesta de Santa
Margarita. En los años pasados, cuando solía vivir «en pensión»
con dos oficiales de artillería de ejército italiano y un holandés,
estudiante de arte, en el último piso de uno de esos grandes y
viejos palacios de la calle de iBanchi, la vía Fornabuoni era el
lugar elegido para mi paseo matinal, porque allí se encuentra uno
con todo el mundo: las damas ocupadas en sus compras en las tiendas o
de paso para las bibliotecas y librerías; los hombres charlando en
las aceras, hábito que pronto adquieren todos los ingleses que
establecen su residencia en Italia. Era asombroso ver cuántas caras
conocidas encontré esa mañana; pares ingleses y sus esposas,
miembros del parlamento, magnates financieros, tiburones de la City,
grandes fabricantes y turistas de todas las nacionalidades y
condiciones. Su alteza el Conde de Turín, que volvía de los
ejercicios, pasó acaballo riendo con su edecán y saludando a todos
aquellos que conocía. La mayoría de las mujeres vestían sus más
elegantes toilettes con pieles, porque soplaba un viento frío venido
del Arno; la esencia de las flores vagaba en el ambiente, y las risas
e incesante charla resonaban por todos lados, porque la antigua
ciudad de rojas azoteas estaba llena de alegría. Tal vez no hay en
el mundo una ciudad tan llena de encantos,ni tampoco de mayores
contrastes, que la vieja y extraña Florencia, con su maravillosa
Catedral, su antiguo puente, con sus hileras de joyerías, sus
magníficas iglesias, sus pesados palacios y sus obscuras calles
silenciosas y medievales, algunas de las cuales poco han cambiado
desde la época en que Giotto y el Dante las cruzaban. El tiempo ha
asentado muy levemente su mano sobre la ciudad de las flores, pero
cuando lo ha hecho ha sido alternado lo existente hasta quedar
desconocido, y la extravagante modernidad de ciertas calles y plazas
de la actualidad disgusta ciertamente a aquellos que, como yo, han
conocido a la vieja ciudad antes de que se construyera la plaza
Vittorio, siempre la plaza Vittorio, sinónimo de vandalismo, y
cuando existía aún el antiguo Ghetto, pintoresco aunque sucio. Dos
hombres, ambos italianos, se detuvieron al verme pasar, para
saludarme y desearme ben tornalo. Uno era un abogado, cuya esposa
tenía fama de ser una de las mujeres más bonitas de la ciudad, en
la cual, aunque parezca extraño, el tipo más notable de belleza es
el de cabellos rubios. El otro era el caballero Alimari, secretario
del cónsul general inglés, o el «Mayor», como lo denominaban
todos. Hacía dos horas que había llegado a Florencia, y después de
darme un baño en el Saboya, salí con el objeto de descontar un
cheque en casa de French, antes de empezar mis investigaciones. El
encuentro con Alimari, sin embargo, hizo que me detuviera un momento
en mi camino, y después que me manifestó el placer que le producía
mi vuelta, le pregunté:—¿Conoce usted, por casualidad, a una
persona de apellido Melandrini,Paolo Melandrini? Su dirección es vía
San Cristófano, número 8.Me miró de un modo extraño con sus ojos
vivos, después se pasó la mano por su obscura barba, y al fin
contestó en inglés, con un leve acento extranjero:—La dirección
no parece muy atrayente, señor Greenwood. No tengo el placer de
conocer a ese caballero, pero la calle San Cristófano es una de las
más peores y pobres de Florencia, detrás, exactamente, de Santa
Croce, yendo por la vía Ghibellina. Pero, no le aconsejaría que
fuera de noche a ese barrio, porque hay allí algunos tipos muy
malos.—El hecho es—expliqué,—que he venido expresamente a
cerciorarme de algunos datos referentes a ese individuo.—Entonces,
no lo haga usted en persona—fue el consejo de mi amigo.—Emplee a
alguno que sea florentino. Si se trata de un caso de averiguaciones
confidenciales o secretas, ciertamente, tendrá mucho más éxito que
el que usted pueda alcanzar. En el acto que ponga usted los pies en
esa calle, se sabrá en todas las casas de vecindad que un inglés
anda haciendo preguntas. Y—añadió con una sonrisa
significativa,—en la vía San Cristófano se ofenden si les dirigen
preguntas.
VII
EL MISTERIOSO EXTRANJERO
Conocí que su consejo era bueno, y en el correr de la conversación, mientras tomábamos un piccolo en casa de Giacoso, me indicó que debía ocupar a un tal Carlini, hombre muy astuto aunque viejo y feo, quien se había encargado algunas veces de ciertas investigaciones privadas del consulado inglés. Una hora después el viejo se presentaba en el Saboya. Era un hombre pequeño, encorvado, de cabeza blanca, miserablemente vestido, con un sombrero blando, grasiento, de color gris, echado a un lado; un verdadero florentino típico del pueblo. En los mercados lo conocían con el nombre de «Babbo Carlini», según supe después, y las cocineras y sirvientas encontraban placer en hacerlo el blanco de sus travesuras y bromas. Todos creían que era un poco tonto, y él hacía por robustecer esas ideas, porque le daba mayores facilidades para sus investigaciones secretas, pues la policía acostumbraba emplearlo en los casos graves, y muchos criminales habían sido aprehendidos debido a su astucia. En mi dormitorio, solo con él, le expliqué, en italiano, la misión que deseaba llevase a cabo.—Sí, signore—era toda su respuesta, cada vez que yo hacía una pausa. Sus botines estaban en un estado lastimoso, todos rotos, y le hacía inmensa falta una muda de ropa limpia; pero, sin embargo, de uno de los bolsillos asomaba un paquetito de toscani, esos cigarros largos,delgados y de a un penique, que tan predilectos son para el paladar italiano.—Recuerde—le dije al viejo—que usted debe encontrar, si es posible,un medio de hacer relación con Paolo Melandrini, obtener de él mismo todos los datos que pueda sobre su persona, y arreglar las cosas de modo que yo pueda, lo más pronto posible, verlo sin que él me vea. Este asunto—añadí—es estrictamente privado, y lo tomo a usted a mi servicio por el término de una semana, con el sueldo de doscientas cincuenta liras. Aquí tiene cien para que pague sus gastos generales. Tomó los verdes billetes de banco con sus manos como garras, y murmurando Tanti grazie, signore, los guardó en el bolsillo interior de su miserable chaqueta.—No debe permitir, ni por un momento, que ese individuo sospeche que se están haciendo averiguaciones concernientes a él, y recuerde bien que no debe saber que hay en Florencia un inglés que pregunta por él, porque si esto sucede, entonces en el acto sus sospechas se despertarán. Tenga mucho cuidado con todo lo que diga y haga, y venga esta noche a informarme. ¿A qué hora nos veremos?—Tarde—gruñó el viejo.—Puede ser que sea un obrero, y, en ese caso,no podré saber nada de él hasta la noche. A las once vendré al hotel.—Yse retiró, dejando la atmósfera impregnada de un olor fuerte a tabaco yajos en estado de descomposición. Empecé a reflexionar qué pensaría de mí la gente del hotel cuando vieranla clase de visitante que recibía, porque el Saboya es uno de los más elegantes de Florencia; pero pronto se disiparon mis recelos, porque al salir, oí exclamar, en italiano, al portero del hall:—¡Hola, Babbo! ¿Algún nuevo remiendo?El viejo no hizo más que una mueca de satisfacción, y, dando otro gruñido, salió a la calle, bañada de sol.El día fue largo y lleno de ansiedad para mí. Anduve vagando por elPonte Vecchio y a la luz opaca y mística de la Santissima Anunzziata;por la tarde fui a visitar a varios amigos, y a la noche comí en casa de Doney, pues preferí cenar aquí antes que en la apretada table d'hôtedel Saboya, lleno de ingleses y americanos. A las once esperé en el hall del hotel al viejo Carlini, y cuando llegó,le hice subir, lleno de ansiedad, a mi pieza.—He estado todo el día haciendo averiguaciones—principió, hablando ensu lengua florentina, ligeramente ceceosa,—pero he descubierto muypoco. El individuo que usted necesita, signore, parece ser un misterio.—Así lo esperaba—respondí.—¿Qué ha sabido respecto a él?—Lo conocen en la vía San Cristófano. Tiene un pequeño departamento enel tercer piso del número 8, al que sólo va de tiempo en tiempo. Envista de esto, traté, entonces, de interrogar a la cuidadora, que es una anciana de ochenta años. Había averiguado que Melandrini estaba ausente,y viendo algunas piezas de ropa puestas a secar en una ventana, me presenté como agente de policía para notificar que era una contravención colgar ropa en la parte exterior de las casas, contravención que se castigaba con una multa de dos liras. Después me preocupé de obtener algunos datos sobre su padrone. La anciana me dijo todo lo que sabía,que no es mucho. Tiene la costumbre de llegar inesperadamente, por lo general de noche, y permanece uno o dos días, pero jamás sale a la calleen plena luz del día. No sabe dónde vive cuando está ausente. Con frecuencia llegan cartas para él con estampillas inglesas, y ella se las guarda. Me mostró una que ha llegado hace diez días y la tiene, en espera de su dueño.—¿Podría ser de Blair?—pensé yo para mí.—¿Qué clase de letra era la del sobre?—le pregunté.—De tipo inglés, gruesa y pesada. Noté que la palabra signore está mal escrita. La letra de Blair era gruesa, porque, generalmente, escribía con plumade ave. Tuve ansias de poderla ver.—¿Entonces, la vieja sirvienta no tiene la menor idea de cuál es su verdadera dirección?—Absolutamente ninguna. Le ha advertido que si van a buscarlo, conteste que no tiene fijeza en sus movimientos, y que todo asunto o mensaje deben dejárselo por escrito.—¿Qué aspecto tiene el departamento?—Está muy pobremente amueblado, sumamente sucio y abandonado. La anciana es casi ciega y sin fuerzas.—¿Dice la vieja que es un caballero su padrone?—No la he podido preguntar cómo es, pero, por averiguaciones que he hecho en otras partes, he sabido que es un individuo que muy probablemente tiene asuntos con la policía o con algo parecido. El dueño de una taberna que hay en la esquina de la calle, me dijo, en confianza,que hará unos seis meses que dos hombres, sin duda alguna agentes de policía, anduvieron haciendo investigaciones muy activas respecto a este individuo, y que, durante un mes, establecieron vigilancia sobre la casa, pero él no ha aparecido más desde ese tiempo. Me lo ha pintado como un hombre de regular edad, con barba, muy reticente, que usa anteojos, habla con leve acento extranjero y rara vez entra en una taberna o pasa un rato en el día con sus vecinos. Sin embargo, es evidente que tiene recursos, porque, en varias ocasiones, al saber la miseria o desgracias de algunas de las familias que viven en esa calle,las ha visitado silenciosamente y dispensado su caridad de una manera generosa. Es a esto, según parece, a lo que debe el respeto que ha inspirado, mientras, por otra parte, ha tratado intencionalmente de rodear de misterio su identidad.—Con algún objeto ha de ser, no hay duda—observé.—Ciertamente—fue la respuesta de aquel viejo extraño.—Todas mis averiguaciones tienden a demostrar que es un hombre de secretos, y que está ocultando su verdadera identidad.—Puede ser que esas habitaciones no las tenga más que para la dirección de las cartas—le indiqué.—¿Sabe, signore, que es la misma opinión que yo tengo?—medijo.—Puede ser que resida en otra parte de Florencia, dado lo que sabemos.—Pues debes descubrirlo. Es imprescindible que yo sepa todo lo concerniente a él antes que me vaya de aquí; por consiguiente, voy a ayudarte a vigilar su vuelta. Babbo sacudió la cabeza y empezó a jugar con su cigarro, que estaba ansioso poder fumar.—No, signore. Usted no debe presentarse en la calle de San Cristófano, porque en el acto notarían su aparición. Déjeme todo el asunto a mí solo, signore. Voy a tomar una persona que me ayude, y espero que los dos podremos, antes de mucho tiempo, encontrar a este misterioso individuo y seguirle la pista. Recordando la curiosa carta en italiano que había tomado de entre los papeles del muerto, le pregunté al viejo si conocía algún punto llamado San Frediano—el lugar señalado para la cita entre el hombre que había escrito la carta y mi pobre amigo fallecido.—Ciertamente—replicó.—Detrás del Cármine está el mercado de San Frediano, y en Lucca hay la iglesia de San Frediano, también.—¡En Lucca!—repetí.—¡Ah! pero Lucca no es Florencia. Sin embargo, recordé de pronto que la carta fijaba claramente la hora de las vísperas para la entrevista. Por lo tanto, el lugar convenido debía ser, ciertamente, una iglesia.—¿No conoce alguna otra iglesia de San Frediano?—le pregunté.—Sólo la de Lucca. Era evidente, entonces, que la entrevista debía verificarse en esepunto, el 6 de marzo, dado que no había otro templo de ese nombre. Simientras tanto no podía conseguir mayores datos sobre Paolo Melandrini, estaba decidido a acudir a la cita y vigilar al que estuviese allí. Le di permiso a Carlini para que fumara, y, sentado en un sillón bajo, pronto el viejo me llenó la pieza con el fuerte humo y olor de sucigarro barato, a la vez que me refería los más minuciosos detalles detodo lo que había conseguido saber en ese miserable barrio florentino. El lazo secreto que había unido a Burton Blair con este misterioso italiano, era un problema que no podía resolverse. Era notorio que existía algún motivo poderoso para que él lo hubiera nombrado administrador de la fortuna de Mabel, y, sin embargo, todo aquello era un completo enigma, exactamente como el origen misterioso de donde el millonario había obtenido su enorme riqueza. Cualquier cosa que fuera lo que descubriésemos, sabía que tenía que ser alguna extraña revelación, porque, desde el primer momento que me encontré con el caminante y su hija, vi que estaban rodeados de un ambiente de notable romance y misterio, que, con la muerte de ese robusto hombre, poseedor del secreto, era ahora mayor aún, y mucho más inexplicable. No pude dejar de abrigar fuertes sospechas de que Melandrini, cuyos movimientos eran tan misteriosos y llenos de recelo, debía haber tenido alguna parte en el robo hecho a Blair de esa pequeña y curiosa bolsita que me había legado en su testamento. Esta era una extraña fantasía que me había forjado, pero que, a pesar de todos los esfuerzos que hacía, no podía desechar de mi mente. Tan errantes parecían los movimientos de aquel hombre desconocido, que era posible que hubiera estado en Inglaterra cuando la muerte de Blair; si era así, entonces, mayores tenían que ser las sospechas que recayeran sobre él. Ansiaba febrilmente volverme a Londres, pero no podía hacerlo hasta no terminar por completo mis investigaciones. Pasó una semana entera, y Carlini, con su hijo político como auxiliar en el asunto, joven de cabellos negros y de la clase baja, estableció vigilancia, día y noche,sobre la casa del número 8, pero fue inútil. Paolo Melandrini noapareció a reclamar la carta llegada de Inglaterra, que lo estaba esperando. Una noche, Carlini me trajo la carta para que la viera, pues había conseguido que la vieja sirvienta se la diera, mediante un prudente soborno de veinte francos. En mi pieza pusimos a calentar una pava, con el vapor despegamos el sobre y sacamos la hoja de papel que habíadentro. Era de Blair. Estaba escrita en inglés, fechada dieciocho días atrás enLondres, plaza Grosvenor, y decía lo siguiente:«Me veré con usted, si en efecto lo desea. Llevaré los papeles y confiaré a usted la misión de emplear personas que sepan guardar silencio. Dirija su contestación a la dirección siguiente: Señor Juan Marshall.—Birmingham.—B. B.»El misterio aumentaba. ¿Por qué Blair deseaba emplear personas que supieran guardar silencio? ¿De qué índole era el trabajo que necesitaba tanto secreto?Evidentemente, Blair tomaba todas las precauciones posibles para recibirlas cartas del italiano, indicándole que se las dirigiese, bajo diferentes nombres, a los hoteles adonde iba por una noche, y allí las reclamaba. Mabel habíame hablado a menudo de las frecuentes ausencias de su padre,ausencias que duraban algunas veces una, dos y hasta tres semanas, y enque no se sabía su destino ni dejaba su dirección. Ahora habían quedado aclarados sus extraños viajes errantes. Consumido por la mayor ansiedad, esperé día tras día, pasando horas enteras tratando de descifrar el enigma enloquecedor de la carta dejuego que tenía en mi poder, hasta que, en la mañana del 6 de marzo, en presencia de que Carlini no tenía éxito en Florencia, me fui con él a la vieja ciudad de Lucca, adonde llegamos por la vía de Pistoya, a las dosde la tarde.En el hotel Universo me dieron, para alojarme, ese inmenso dormitorio con esas maravillosas pinturas al fresco, que fue ocupado por Ruskindurante tanto tiempo, y antes que el Ave María resonara a través de las colinas y planicies, me separé de Babbo y encamineme, como turista, a la magnífica iglesia medioeval, cuya obscuridad sólo la atenuaban las velas que ardían en los altares laterales y delante de la imagen de Nuestra Señora. Cuando entré, estaban en el momento de las vísperas, y el silencio demuerte que reinaba en el inmenso interior del templo, era sólo interrumpido por el murmullo bajo del reverente sacerdote. Había una docena de personas en la iglesia, todas mujeres, salvo uno—un hombre que, de pie detrás de una de las columnas circulares, esperaba allí, pacientemente, mientras las demás estaban de rodillas. Diose vuelta rápidamente luego que oyó resonar sobre el mármol mis pasos ligeros, y entonces pude verlo cara a cara. Contuve la respiración, y luego quedé como clavado en el sitio, completamente azorado y pálido. El misterio era enormemente más profundo de lo que yo me había imaginado. La realidad que se me presentaba ahora, era como para atontar y hacer vacilar.
VIIIEN
EL QUE SE HABLA LA VERDAD
La hermosa iglesia antigua, con sus pesados dorados, sus altares relucientes y sus magníficas pinturas al fresco, estaba tan en tinieblas, que, al principio, recién entrado de la calle, no pude distinguir nada bien, pero así que mis ojos se fueron acostumbrando a la sombría luz, vi, a unas pocas yardas de donde yo estaba, un rostro que me era familiar, una cara que me hizo quedar con la respiración en suspenso y me llenó de inquietud. De pie allí, detrás de esas pocas mujeres arrodilladas, con la débil luz oscilante de las velas de los altares iluminando suficientemente su rostro, estaba aquel hombre con su cabeza inclinada reverentemente, y, sin embargo, sus obscuros ojos como cuentas parecían lanzar miradas escudriñadoras a todos lados. Por sus facciones, facciones duras, más bien siniestras, y su barba canosa y enmarañada que conocía por haberla visto una vez en Inglaterra, comprendí que ese era el hombre con quien Burton Blair debía haber celebrado la entrevista secreta; pero, contrario a lo que yo esperaba, me hallé que vestía el tosco hábito carmesí y el grueso cordón del monje capuchino, presentando una figura triste y silenciosa en su actitud de pie y con los brazos cruzados, mientras el sacerdote, en su espléndida vestidura, murmuraba las oraciones. En medio de aquella silenciosa semiobscuridad sentí caer sobre mis hombros un frío helado, sepulcral. El suave perfume del incienso parecía aumentar, con ese ambiente de increíble magnificencia, de melancólica soledad encantada, de opulencia extrañamente desproporcionada con la pobreza y suciedad que reinaba en la plaza exterior. Más allá de donde estaba el silencioso monje, cuyos penetrantes ojos misteriosos estaban fijos en mí de una manera tan inquisitiva, se veían lejanos puntos obscuros, atravesados de trecho en trecho por rayos de luces multicolores que penetraban por alguna gran ventana, y mucho más allá colgaba del alto y abovedado techo la roja luz tenue de la lámpara del santuario. Las columnas, junto de una de las cuales estaba yo de pie, se elevaban hasta arriba, apiñadas como altos árboles del bosque, dando pruebas del paciente trabajo de toda una generación de hombres; todas ellas talladasen la piedra viva, infinitamente durables, a pesar de la delicadeza de
la
obra, y transmitidas a nosotros a través de lejanos siglos de
existencia. El monje, ese hombre cuya cara barbuda había visto en
Inglaterra una vez, se había arrodillado, y estaba murmurando sus
oraciones y pasandolas cuentas del enorme rosario que colgaba de su
cintura. Una mujer vestida de negro, con la cabeza cubierta con la
santuzza negra que usan las mujeres de Lucca, había entrado sin
hacer ruido, y estaba arrodillada a unos pocos pasos de mí. Oprimía
contra su pecho auna miserable criatura de pocos meses, en cuya
carita arrugada la muerte ya había impreso su marca. Rezaba con
fervor por ella, mientras los cirios iban gastándose gradualmente,
los pobres cirios que esta desgraciada mujer había colocado delante
de la humilde imagen de San Antonio. El contraste entre la prodigiosa
opulencia del templo y los harapos de la pobre suplicante; entre la
persistente durabilidad de aquellos miles de santos con vestiduras de
oro, y la fragilidad de ese pequeño ser sin esperanza, era cruel y
aplastador. La mujer seguía arrodillada, repitiendo en vano y
obstinadamente sus oraciones. Me miró, con sus ojos llenos de
aflicción, adivinando la compasión que había despertado en mí;
luego volvió su mirada hacia el capuchino, hacia ese hombre de cara
dura y barba canosa que poseía la clave del secreto de Burton Blair.
Yo permanecía de pie detrás de la pesada columna, inclinado
reverentemente, pero alerta. La pobre mujer, después de una rápida
mirada por todo aquel esplendor que la rodeaba, volvió, con mayor
ansiedad que antes, sus ojos hacia mí... sí, hacia mí, que era un
extranjero desconocido. Y pensé: ¿le escucharán sus plegarias esas
magníficas imágenes divinas? ¡Ah! no lo sabía.Yo, en su lugar,
habría preferido llevar a la pobre criatura a uno de esos nichos que
hay en los caminos, donde reina soberana la Virgen delos Contadini.
Las madonnas y santos de Ghirlandago, Civitali y Della Quérica, que
moran en esa espléndida iglesia antigua, parecen seres ceremoniosos,
insensibilizados por la pompa secular. Por extraño que parezca, yo
no podía creer que se ocuparían de esa pobre mujer, o de su hijo
deforme y moribundo. Las vísperas terminaron. Las figuras obscuras
que habían estado en oración, se levantaron, atravesaron el piso de
mármol hasta la puerta y desaparecieron, mientras las luces eran
rápidamente apagadas. La mujer, con su hijo agonizante, quedó
perdida en medio de las tinieblas. Deseando que el capuchino pasase
por junto a mí, con el objeto de poderlo ver mejor, me dejé estar
en la iglesia. ¿Le hablaría, o permanecería silencioso y haría
que Babbo lo vigilase? Se aproximó lentamente hacia mí, con sus
grandes manos metidas en sus anchas mangas de su hábito carmesí,
vestidura que sólo una vez cada diez años la renuevan los de su
orden, y que usan constantemente, estén en pie o en cama. Me había
parado delante de la antigua tumba de Santa Tita, la patrona de
Lucca, a la cual menciona el Dante en su Infierno. En la pequeña
capilla ardía una sola luz en una gran lámpara antigua de oro,
puesta allí por los orgullosos hijos de la ciudad tres siglos
atrás, cuando temieron la invasión de la peste negra. Al darme
vuelta, vi que, aun cuando me observaba atentamente, parecía estar
esperando todavía al hombre que ¡ay! ya no existía. Ahora que con
mejor luz podía ver bien sus facciones, no vacilé en confirmar mi
anterior sospecha: era el mismo hombre que un año antes había
conocido en la mesa de Burton Blair, en su mansión de la plaza
Grosvenor. Recordaba muy bien la ocasión. Era en junio, en el
período álgido de la season londinense, y Blair me había invitado,
en compañía de varios amigos solteros, a comer en su casa y después
a ir al teatro Imperio. El hombre que había encontrado vestido de
religioso, con sandalias usadas,se había presentado entonces de una
manera muy diferente, como un verdadero hombre de mundo, en situación
próspera, con un hermoso diamante en la pechera de su camisa y en
traje de comida, de corte especialmente elegante. Burton nos lo había
presentado como el señor Salvi, el renombrado ingeniero, y se había
sentado en la mesa enfrente de mí, conversando en excelente inglés
con todos. Me impresionó como un hombre que había viajado mucho,
especialmente por el Extremo Oriente, y, por ciertos conceptos que
emitió, saqué la conclusión de que, como Burton Blair, había
pasado varios años en el mar, y que era un amigo de los antiguos
tiempos, anteriores al gran secreto que tan provechoso le había
sido. Los demás convidados eran todos conocidos y de mi relación;
dos de ellos financistas de la City,cuyos nombres eran bien
familiares entre los habitués del Stock Exchange; el tercero,
heredero de un condado, del cual ya está en posesión, y el cuarto,
sir Carlos Webb, un elegante joven, de tipo moderno, perteneciente al
Cuerpo de Guardias.Después de gozar con la exquisita comida que se
nos sirvió, preparadapor el famoso chef francés de Burton Blair,
partimos en coche alteatro Imperio, y después de pasar un par de
horas en el Grosvenor Club,concluimos la noche en el de Bachelors
(solteros), del cual era miembro sir Carlos. Mientras estaba allí
parado en la penumbra silenciosa de la majestuosa iglesia, mirando
aquella obscura figura misteriosa que se paseaba pacientemente a lo
largo de la nave, esperando al que no vendría nunca más, recordé
lo que en esa lejana noche, había despertado en mí un extraño
sentimiento de disgusto contra él. En breves palabras referiré el
incidente. Después de salir del Imperio, nos paramos en la plaza
Leicester para subir a los coches que habíamos tomado, cuando oí al
italiano que le decía a Blair en su idioma: «No me gusta ese amigo
vuestro, ese que se llama Greenwood. Es demasiado curioso e
inquisitivo.» Mi amigo se rió al oír esto, y le contestó: «Ah,
caro mío, no lo conocéis. Es mi mejor amigo.» El italiano replicó
gruñendo: «Me ha estado haciendo preguntas de importancia toda la
noche, y le he tenido que mentir.» De nuevo Blairse rió,
murmurando: «No es la primera vez que habéis tenido que cometerese
pecado.» «No, replicó el otro en voz baja, con la intención de
queyo no lo oyera, pero, si me presentáis a vuestros amigos, tened
cuidadode que no sean tan astutos o tan inquisitivos como este
Greenwood. Podráser un buen sujeto, pero, aun cuando lo sea, no debe
conocer,ciertamente, nuestro secreto. ¡Si lo llegase a saber, eso
puede significar la ruina para nosotros, recordad!» Y luego, antes
de que Blair pudiera contestarle, subió a un hansom que en ese mismo
momento habíase aproximado y detenido junto de la acera. Desde
entonces había alimentado una manifiesta antipatía contra ese
hombre que me había sido presentado con el nombre de Salvi, no
porque yo mire con recelo y prevención a todo extranjero, como lo
hacen algunos ingleses que participan tan neciamente de ese prejuicio
insular, sino porque se había esforzado en prevenir a Blair contra
mí. Sin embargo, alcabo de una semana el incidente habíase borrado
de mi memoria y no me había vuelto a acordar más de él, hasta que
este inesperado y extraño encuentro lo había renovado.¿Sería
posible que este monje, de cara bronceada por el sol, fuera el mismo
hombre que tenía alquilado ese pequeño departamento en Florencia,y
cuyas apariciones eran tan misteriosas y subrepticias? Tal vez sí,
porque todo ese secreto de que rodeaba su domicilio, podía
atribuirse al hecho de que a un capuchino no le es permitido poseer
casa alguna fuerade su convento. Esas visitas a Florencia, de tarde
en tarde, era probable que las hiciera cuando lo mandaban a recorrer
la campiña para recoger las donaciones y limosnas de los contadini,
que se destinan para los pobres de la ciudad.En toda la provincia de
Toscana, ya sea en la choza del pobre, ya en el palacio de un
príncipe, el paciente, humilde y caritativo fraile capuchino es bien
acogido; en la casa de todo contadino está siempre preparado para él
un pedazo de pan y una botella de vino, y en las villas y palacios de
los ricos encuentran siempre un lugar en la sala delos sirvientes.
Sería imposible calcular cuántos italianos pobres se salvan
anualmente de perecer de hambre por la sopa y el pan que todos los
días reciben en la puerta de todo monasterio capuchino. Basta
decirque esta orden de hábito carmesí y de casquete negro es la más
grande y sincera amiga que tiene la clase más necesitada y pobre.
Indudablemente, Babbo Carlini me debía estar esperando afuera,
sentado en las gradas de la iglesia. ¿Reconocería en este monje,
reflexionaba yo, la descripción que había conseguido de Paolo
Melandrini, el desconocido que debía ocupar el puesto de secretario
y consejero de Mabel Blair?Las últimas personas que habían quedado
rezando en la antigua capilla del Santísimo Sacramento, se habían
ido, resonando sus pisadas sobre las baldosas hasta que hubieron
desaparecido, y yo me encontré solo con lafigura silenciosa y casi
extática del hombre a cuyo lado, un año antes, había estado de pie
en el Grand Circle del teatro Imperio, mirando y criticando una
danza.¿Me dirigiría a él y le recordaría nuestro conocimiento? Su
abierta manifestación contra mí me hacía vacilar. Era evidente que
había abrigado dudas sobre mi persona aquella noche de la comida en
la plaza Grosvenor; por lo tanto, en las actuales circunstancias sus
sospechas aumentarían, no había duda. ¿Lo encararía audazmente y
de este modo le demostraría mi intrepidez, como también le haría
saber que estaba al tanto de sus subterfugios? ¿O me retiraría y
vigilaría sus movimientos? Decidí al fin hacer lo primero, por dos
razones. En primer lugar, porque tenía confianza de que me hubiera
reconocido como amigo de Burton; y en segundo lugar, porque, teniendo
que habérselas con un hombre de esa clase, es siempre más ventajoso
y da mejor resultado proceder de una manera franca y declarar el
conocimiento de las cosas, que ocultar cuidadosamente hechos como los
que yo sabía. Si le establecía vigilancia, sus sospechas serían
mayores, mientras si procedía abiertamente, podía conseguir
desarmarlo. Girando sobre mis talones, me dirigí directamente adonde
se había parado a esperar pacientemente la llegada de Blair, según
parecía.—Perdone, signore—exclamé en italiano,—pero creo, si
no estoy en un error, que nos hemos conocido... en Londres, hace un
año... ¿no es verdad?—¡Ah!—replicó, dulcificando su cara con
una sonrisa al tenderme sumano grande y endurecida,—he estado
cavilando todo este tiempo, señor Greenwood, si me reconocería en
este traje. Me alegro mucho, muy mucho,de poder renovar nuestra
relación.Y dio mayor énfasis a sus palabras, significativas o
fingidas, con un fuerte y estrecho apretón de manos. Le expresé la
sorpresa que me causaba encontrar al hombre de mundo y viajero,
convertido en un monje morador de un claustro, a lo que
respetuosamente me respondió en voz baja, pues estábamos dentro de
un recinto sagrado:—Después le diré a usted todo. No es tan
notable ni sorprendente como sin duda le parece a usted. Le aseguro,
en mi condición de capuchino, que mi vida tranquila y meditativa es
mucho más preferible que la del hombre de mundo que, como usted, se
ve obligado a llevar la existencia febricitante de la época moderna,
en que se aprecia como meritorio al afortunado sin conciencia ni
escrúpulos y se consideran el más grande pecado las desgracias de
la vida de uno cuando llegan a descubrirse.—Sí, comprendo bien lo
que usted me dice—repliqué, sorprendido sin embargo de su
afirmación y cavilando si, después de todo, no estaría tratando
simplemente de engañarme.—La vida del claustro debe ser deinfinita
calma y dulzura. Pero si no me equivoco—añadí,—está usted aquí
en espera de nuestro común amigo, Burton Blair, con quien tenía
concertada una entrevista. Levantó ligeramente sus negras cejas, y
podría haber jurado que mis palabras lo sobresaltaron; pero, sin
embargo, ocultó con el mayor cuidado la sorpresa que le causaron, y
me respondió en un tono natural y tranquilo:—Así es. Estoy aquí
para verlo.—Entonces, siento tenerle que decir que no lo volverá a
ver nunca más—le dije en voz baja y con toda gravedad.—¿Por
qué?—tartamudeó, abriendo desmesuradamente sus negros ojosllenos
de estupor.—Porque—contesté,—porque el pobre Burton Blair ha
muerto... y susecreto ha sido robado.—¡Qué!—gritó, con una
mirada de terror y una voz tan fuerte, que su exclamación repercutió
bajo el alto y abovedado techo.—¡Blair muerto...y el secreto
robado! ¡Dios! ¡es imposible... imposible!
IX
LA CASA DEL SILENCIO
El efecto de mis palabras sobre el corpulento capuchino, cuya figura parecía casi gigantesca, debido al grosor de su poco artístico hábito,fue tan curioso como inesperado. El anuncio de la muerte de Blair pareció dejarlo totalmente enervado. Parecía que había estado allí esperando, en cumplimiento al compromiso hecho, completamente ignorante del fin prematuro cabido en suerte al hombre con quien lo había ligado tan íntima y secreta amistad.—Cuénteme... cuénteme cómo ha sido—tartamudeó en italiano,—y su metal de voz era casi un murmullo, como si hubiese temido que algún curioso pudiera estar escondido en aquella soledad tenebrosa. En pocas palabras le expliqué lo sucedido, y él me escuchó en silencio. Luego que hube terminado, murmuró algo, se persignó, y, como nos despertaron los pasos que se aproximaban del sacristán, salimos afuera y nos dirigimos hacia la ancha plaza, que ya estaba envuelta en una semiobscuridad. El viejo Carlini, que estaba sentado en un banco acabando de fumar un cigarro, nos vio en el acto que aparecimos, y yo noté que abrió los ojos llenos de asombro, pero, fuera de eso, no manifestó sospecha ni hizo el menor movimiento.—¡Poverino! ¡Poverino!—repetía el monje al caminar lentamente costeando las viejas murallas de la en un tiempo orgullosa ciudad.—¡Pensar que nuestro pobre amigo Burton ha muerto tan repentinamente... y sin decir una palabra!—No exactamente una palabra—le dije:—Antes de morir dio varias instrucciones y dejó algunos encargos, entre los cuales está el haber puesto a su hija Mabel bajo mi cuidado.—Ah, la pequeña Mabel—suspiró.—Ya hace ciertamente diez años desde que la vi en Manchester. Era entonces una criatura como de once años,alta, de cabellos negros, bonita, muy parecida a su madre... ¡pobre mujer!—¿Conoció usted a su madre?—le pregunté con cierta sorpresa. Movió afirmativamente la cabeza, pero se negó a dar mayores informes. Cuando nos encaminábamos hacia el Ponto Santa María, la puerta de la ciudad, donde los empleados de uniforme del dazio estaban sin hacer nada pero listos para cobrar el impuesto sobre todo artículo de consumo,aun cuando fuese bien insignificante, que entrara por allí, se volvió de pronto a mí y me inquirió:—¿Cómo ha sabido que yo tenía combinada una cita para esta noche con nuestro amigo?—Por la carta que le escribió usted, y que se encontró en su valija después de su muerte—respondí con franqueza. Lanzó un gruñido de evidente satisfacción. Yo supuse, en verdad, que debía estar receloso de que Burton antes de morir me hubiera dado a conocer algunos detalles de su vida. Recordé en ese momento el curioso enigma cifrado que se encerraba en la carta de juego, pero no hice la menor alusión sobre ello.—¡Ah! ¡ya veo!—exclamó al punto.Pero si esa pequeña bolsita, o lo que fuera, que siempre llevaba consigo, oculta entre sus ropas o suspendida alrededor de su cuello, se ha perdido, ¿no significa que ha habido en esto una tragedia, es decir,un robo y un asesinato?—Hay marcadas sospechas—contesté,—aun cuando, según los médicos, ha muerto debido a causas puramente naturales.—¡Ah! ¡no creo!—exclamó el monje, cerrando los puños fieramente. Uno de ellos ha conseguido al fin robar esa bolsita que él guardó siempre con tanto cuidado, y estoy convencido de que se ha cometido el asesina topara ocultar el robo.—¿Uno de cuáles?—pregunté ansiosamente.—Uno de sus enemigos.—¿Pero sabía usted lo que contenía esa bolsita?—Jamás me lo quiso decir—fue la respuesta del capuchino, mirándome delleno a la cara.—Sólo me dijo que su secreto estaba encerrado dentro deella... y tengo motivos para creer que así era.—¿Pero usted conocía su secreto?—le interrogué, con los ojos fijos enél.Noté por el cambio que se produjo en su semblante, moreno, cuánto lohabía alarmado mi pregunta.Ya no podía negar completamente su ignorancia, pero, no había duda,estaba buscando algún medio de engañarme.—Sólo sé lo que me explicó de suyo—respondió.—Y no fue mucho, porque,como usted lo sabe, era un hombre muy reticente. Me refirió, hace mucho tiempo, sin embargo, las circunstancias un tanto románticas en que lo conoció a usted, qué buen amigo fue con él antes que la suerte le sonriera, y cómo usted y su amigo (he olvidado su nombre) pusieron aMabel en el colegio en Bournemouth, arrancándola de esa vida de fatiga y caminatas errantes que Burton había emprendido.—Pero ¿por qué andaba vagando de esa manera por los caminos?—le pregunté.—Para mí ha sido siempre un enigma.—Y para mí también. Creo que se ocupaba en buscar la clave del secreto que llevaba consigo, el secreto que le ha legado a usted, según me hadicho.—¿No le recordó a usted nada más?—inquirí, recordando que este hombre debía haber sido amigo antiguo de Blair, por las observaciones que había hecho sobre Mabel, cuando era niña.—Nada más. Su secreto le perteneció siempre, y no lo reveló a nadie,pues temía ser traicionado.—Pero ahora que está en otras manos, ¿qué es lo que usted presupone?—le dije, caminando siempre a su lado, porque ya habíamos salido de la ciudad e íbamos por ese ancho camino sucio que conduce alpuente Mariano y continúa ascendiendo hacia las montañas, en unaextensión de quince millas, hasta ese frondoso y bastante alegre puntode verano, bien conocido de todos los italianos y algunos ingleses, quese llama los Baños de Lucca.—Por lo que supe en Londres cuando tuvimos ocasión deconocernos—contestó mi compañero, muy gravemente,—presupongo que elsecreto del pobre Blair ha sido robado de una manera muy ingeniosa, yque la persona en cuyo poder está ahora, sabrá sacar buen provecho deél.—¿En perjuicio de su hija Mabel?—Ciertamente. Ella deberá ser la principal víctima, la que tenga másque perder—contestó, con una especie de suspiro.—¡Ah, si él hubiera confiado a alguien sus asuntos, podría, conociendola verdad, combatir esa astuta conspiración! Pero parece que todos, comoen efecto sucede, estamos en la más completa obscuridad. ¡Aun susabogados nada saben!—¡Y usted, a quién el secreto ha sido legado, lo haperdido!—añadió.—Sí, señor, la situación es, ciertamente, muy crítica.—En este asunto señor Salvi—le dije,—como amigos del pobre Blair,debemos esforzarnos en hacer todo lo que podamos para descubrir ycastigar a sus enemigos. Dígame, por lo tanto ¿conoce usted el origen dela vasta fortuna de nuestro desgraciado amigo?—Aquí no soy el señor Salvi—fue la réplica tranquila del monje.—Meconocen como fray Antonio de Arezzó, o, más breve, fray Antonio. Elnombre de Salvi me lo dio el pobre Blair, que no quiso introducir entre sus amigos mundanos a un monje capuchino. En cuanto al origen de su fortuna, creo que conozco la verdad.—Entonces ¡dígamela, dígamela!—grité lleno de ansiedad.—Puede ser que nos dé el hilo para saber quiénes son esas personas que han conspirado con tanto éxito contra él. De nuevo el monje volvió hacia mí sus penetrantes ojos obscuros, esos ojos que en las tenues tinieblas de San Frediano parecían tan llenos de fuego y también de misterio.—No—contestó, en un tono duro y decisivo.—No tengo permiso para decir nada. El ha muerto, dejemos descansar su memoria.—¿Pero por qué?—inquirí.—En estas circunstancias de graves sospechas,y en que el secreto, que por derecho me pertenece, ha sido robado, es deber de usted seguramente explicar lo que sabe, con el fin de que podamos obtener un hilo que nos guíe. Recuerde también que el porvenir de su hija depende del descubrimiento de la verdad.—No puedo decirle nada—repitió.—Mis labios están sellados por mucho que lo sienta.—¿Por qué?—Por un juramento que hice hace años, antes de entrar en la orden de capuchinos—respondió. Luego, después de una pausa, añadió, con un suspiro:—Todo es muy extraño... mucho más extraño de lo que ningún hombre ha soñado, tal vez... pero no puedo decirle nada, señor Greenwood, absolutamente nada. Me quedé silencioso. Sus palabras habían sido demasiado mortificantes y enigmáticas, como también decepcionantes. Todavía no había podido saber si en realidad era mi enemigo o amigo. En ciertos momentos parecía sencillo, franco y sincero, como lo son todos los de su orden religiosa; pero en otros parecía haber dentro de él esa notable astucia, hábil diplomacia y penetrante doble vista del jesuita. El hecho mismo de que Burton Blair, habiéndome ocultado su amistad—si es que existía amistad—con este vigoroso monje, de cara bronceada y arrugada, me hacía abrigar contra él una especie de vaga desconfianza. Y, sin embargo, cuando recordaba el tono de la carta que le había escrito a Blair, ¿cómo podía dudar de que su amistad, aun cuando secreta, no fuese real y sincera? No obstante, volvían a mi memoria aquellas palabras que le había alcanzado a oír en la plaza Leicester, las cuales renovaban en mí las dudas y cavilaciones. Caminaba al lado de este hombre, sin preocuparme adonde nos dirigíamos. Estábamos ya en medio de la campiña. La inmovilidad de todo, el silencio que reinaba y el brillo luminoso de los últimos tintes de aquella puesta de sol de invierno, comunicaban cierta melancolía a los grises montes toscanos cubiertos de olivos. Esa tranquilidad, ese sosiego inmenso que se expandía sobre todo, esa inalterable calma de la atmósfera, esas luces inmóviles y esas grandes sombras, producían en uno la impresión de una pausa en el movimiento vertiginoso de siglos, de una espera intensa, de un momento de reflexión, o más bien quizá, una mirada de melancolía hacia el lejano pasado, cuando los astros, seres humanos, razas y religiones no existían. Delante de nosotros, al dar vuelta una curva del camino, vi elevarse en alto sobre la ladera de una colina, medio oculto por los verdes y grises árboles, un enorme y blanco monasterio antiguo. Era el Convento de los Capuchinos, su hogar, me dijo fray Antonio. Me paré un momento, y contemplé el blanco edificio, casi sin ventanas, quemado por el calor y los rayos solares de trescientos veranos, levantándose como un baluarte—como en un tiempo lo fue—contra el fondo de los purpúreos Apeninos. Escuché el sonido de la vieja campana que emitía sus llamamientos con la misma nota antigua, con la misma voz vieja de los siglos pasados. Fue entonces, en ese momento, cuando el encanto de Lucca y sus hermosos alrededores se grabaron en mi espíritu. Sentí, por la primera vez, que brotaba de todas partes una atmósfera de soledad y separación del resto del mundo; un ambiente de misterio, esencia viviente de lo que es aquel lugar, fácil de destruir ¡ay! peroque todas las cosas la exhalan aún porque están impregnadas de él: ciertamente, es el alma agonizante de la en un tiempo brillante Toscana. Y allí, a mi lado, aplastando todos mis pensamientos, como la sombra de una esfinge gigante se expande y alarga sobre las arenas del desierto, estaba de pie ese corpulento monje, de tez bronceada, pies descalzos,hábito de un carmesí desteñido, su cintura ajustada por un cordel de cáñamo, y con un semblante de misterio, mientras dentro de su corazón se encerraba el gran secreto que había sido legado a mí y que ocultaba el origen de la fortuna de Burton.—¡El pobre Blair ha muerto!—repetía incesantemente, como si todavía hubiera dudado de que su amigo no existía ya y le fuera imposible creerlo. Sin embargo, yo tardaba en convencerme de su sinceridad, porque bien podía estarme engañando, después de todo. Como me invitara, lo acompañé a subir el tortuoso y escarpado camino hasta que llegamos a la pesada puerta del monasterio, a la cual llamó. Resonó un fuerte y solemne campanazo, y unos segundos después se abrióla pequeña ventana de reja, apareciendo detrás la cara del hermano portero, de blanca barba, que nos hizo entrar en el acto. Me condujo a lo largo del silencioso claustro, en medio del cual había un maravilloso pozo medioeval de hierro forjado, y después por interminables corredores de piedra, cada uno alumbrado por una sola lámpara de kerosene, lo que hacía parecer más sombría y melancólica la casa. De la capilla, que estaba en el extremo del gran edificio, llegaba el murmullo del canto que en voz baja entonaban los monjes; pero más allá reinaba el silencio de una tumba. Figuras obscuras y espectrales pasaban sin hacer ruido por junto de nosotros y parecían desaparecer era la obscuridad; la puerta del refectorio estaba abierta, y a la luz opaca que proyectaban dos o tres lámparas, pude distinguir magníficas esculturas, espléndidas pinturas al fresco y las dos largas filas debancos de roble, ennegrecidos por el tiempo, en que se sientan a comerlos hermanos capuchinos. De pronto mi guía se paró delante de una puerta, la que abrió con su llave, y me encontré dentro de una diminuta y desnuda celda, sin alfombra, cuyo mobiliario se componía de una cama de ruedas, una silla,una mesa-escritorio y un estante de libros bien provisto. En la pared había un gran crucifijo de madera, delante del cual se persignó al entrar.—Esta es mi casa—explicó en inglés.—No muy lujosa, es cierto, pero no la cambiaría por ningún palacio del mundo. Aquí todos somos hermanos, y el superior es nuestro padre que provee a todas nuestras necesidades humanas, incluyendo el rapé que consumimos. Aquí no hay celos, no hay rivalidades, no hay calumnias ni disputas. Todos somos iguales, todos estamos perfectamente contentos, porque todos hemos aprendido esa dificilísima lección de amor fraternal. Y acercó la única silla que había para que me sentara, pues estaba sudoroso y cansado después de esa larga caminata y escarpada ascensión desde la ciudad al convento.—Es una vida muy dura, ciertamente—observé.—Al principio, sí. Tiene uno que ser fuerte de mente y de cuerpo, para poder pasar con éxito el período de prueba—respondió. Pero después la vida del capuchino es indudablemente una de las más deliciosas de la tierra, unidos como estamos para hacer el bien y ejercer la caridad en nombre de San Antonio. Pero—añadió, con una sonrisa,—yo no lo he traído aquí, señor, para tratar de convertirlo desu fe protestante a la nuestra. Le pedí que me acompañara, porque me ha comunicado usted un hecho que encierra un profundo y notable misterio. Me ha puesto en conocimiento de la muerte de Burton Blair, el hombre que fue mi amigo, y que por propio interés debía venir a verme esta noche en San Frediano. Existían razones particulares, las razones más poderosas que un hombre puede tener, para que hubiera cumplido su promesa y hubiese acudido a la cita. Pero no lo ha hecho. ¡Sus enemigos se lo han impedido, y le han robado su secreto! Mientras hablaba, anduvo buscando algo en un cajoncito de la pequeña mesa-escritorio, y por fin sacó un objeto, añadiendo con profunda solemnidad:—Usted conocía a Blair íntimamente, más íntimamente que yo, tal vez, enestos últimos años. Conocía a sus enemigos como también a sus amigos.Dígame, ¿ha tenido oportunidad de ver alguna vez el original de cada uno de estos hombres?Y me puso ante los ojos dos retratos. Uno de ellos me era completamente desconocido, pero el otro lo reconocíen el acto.—Este es mi viejo amigo Reginaldo Seton—exclamé,—que también era amigo de Blair.—No—declaró el monje, en un tono duro y significativo,—no su amigo,señor... su más terrible enemigo.
X EL
HOMBRE DE LOS SECRETOS
—No comprendo lo que quiere usted decir—le dije,—resentido de ver la acusación que hacía a mi más íntimo amigo.—Seton ha sido mejor amigo que yo para con el pobre Blair.Fray Antonio se sonrió de un modo extraño y misterioso, como sólo el sutil italiano puede hacerlo. Pareció compadecerse de mi ignorancia, y tuvo deseos de burlarse de mi fe en la sinceridad de Seton.—Yo sé—rió;—yo sé casi tanto como usted por una parte, mientras que por la otra mis conocimientos se extienden algo más allá que los suyos. Todo lo que puedo decirle, es que he observado, y, por lo tanto, he sacado mis conclusiones.—¿De que Seton no era su amigo?—Sí, de que Seton no era su amigo—repitió lenta y muy claramente.—Pero por cierto que usted no le hace una acusación directa—exclamé.—Seguramente, usted no cree que él es el responsable de esta tragedia, si es que ha habido una tragedia en esta muerte, ¿no?—Yo no formulo una acusación directa—fue su ambigua respuesta. El tiempo revelará la verdad, no hay duda. Ansiaba poderle preguntar abiertamente si algunas veces no se hacía pasar con el nombre de Paolo Melandrini; sin embargo, temía hacerlo, por recelo de despertar sus indebidas sospechas.—El tiempo será el único que podrá revelar que Reginaldo Seton fue uno de los mejores amigos del muerto—dije pensativamente.—Al parecer, sí—fue la dudosa contestación del capuchino.—¿Un enemigo tan mortal como el Ceco?—le interrogué, mirándole a lacara mientras tanto.—¡El Ceco!—tartamudeó, lleno de sorpresa por mi audaz pregunta.—¿Quién le ha hablado de él? ¿Qué sabe usted respecto a ese hombre?El monje se había olvidado evidentemente de lo que le había escrito enla carta a Blair.—Sé que está en Londres—repliqué, tomando por guía sus propias palabras. La niña le acompaña—añadí,—a pesar de serme completamente desconocida la identidad de la persona a que me refería.—¿Y bien?—preguntome.—Y si están en Londres, no es seguramente con buenas intenciones.—¡Ah!—exclamó.—¿Blair le ha dicho a usted algo... le ha manifestado sus recelos?—Ahora, al último, se había apoderado de él el temor de que loasesinaran secretamente el día menos pensado—contesté.—Sin duda alguna, le temía al Ceco.—Y ciertamente que tenía razón de temerle—exclamó fray Antonio, con sus obscuros ojos brillantes, vueltos hacia los míos en medio de la semiobscuridad.—El Ceco no es un individuo fácil de manejar.—Pero ¿con qué fin ha ido a Londres?—le pregunté.—¿Acaso ha ido conmalas intenciones?—El corpulento monje se encogió de hombros, y respondió:—Dick Dawson no ha sido nunca hombre de muy buen genio. Evidentemente algo debe haber descubierto, y ha jurado vengarse.Sus observaciones me habían dado a conocer un dato importantísimo: que el hombre conocido en Italia con el sobrenombre de «el ciego», era un inglés llamado Dick Dawson, un aventurero, muy probablemente.—¿Entonces, sospecha usted que haya sido cómplice en el robo del secreto?—le indiqué.—Como la pequeña bolsita de gamuza ha desaparecido, me inclino a pensar que debe haber pasado a sus manos.—¿Y la niña?—Dolly, su hija, lo ayudará en todo, eso es seguro. Es tan astuta como su padre, y posee una notable habilidad femenina; es una joven peligrosa, por no decir otra cosa. Yo previne a Blair de que tuviera cuidado de los dos—añadió,—recordando de pronto, según parece, su carta.—Pero me alegro que haya usted reconocido a uno de estos dos individuos cuyas fotografías le he mostrado. Ha dicho usted que se llama Seton, ¿no es así? Bien entonces, si es su amigo, le aconsejo que esté siempre alerta. ¿Está usted seguro de que no ha visto jamás a este otro hombre? ¿qué no conoce a este amigo de Seton?—me interrogó muy encarecidamente. Tomé en mi mano el retrato y me acerqué adonde estaba la opaca lámpara de kerosene. Lo examiné muy atentamente y me fijé en todos sus detalles. Era un hombre de cara larga, calvo, barba entera, cuello muy alto,levita negra y un elegante moño de corbata. El adorno que tenía sobre la pechera de su camisa, era un tanto peculiar, pues parecía una pequeña cruz de alguna orden extranjera de caballería, y producía más bien un efecto delicado y novedoso. Los ojos eran los de un hombre astuto, vivo y penetrante, mientras las mejillas hundidas daban a su rostro un aspecto notable y ligeramente macilento.Era una fisonomía que, según mis recuerdos, no la había visto nunca,pero, sin embargo, sus peculiaridades eran tales, que en el acto segrabó indeleblemente en mi memoria.Le manifesté que me era imposible saber quién era, a lo cual replicó él, insistiendo:—Cuando regrese, vigile los movimientos de su titulado amigo Seton, y entonces puede ser que tenga oportunidad de conocer a su amigo, cuyoretrato le he mostrado. Una vez que esto suceda, escríbame, y déjemelo a mi cargo.Guardó de nuevo la fotografía en el cajoncito de su mesa, pero, al hacerlo, mis ojos alcanzaron a distinguir dentro una carta de juego, el siete de bastos, con algunas letras escritas en ella de la misma manerao muy similares a las que había en la carta que yo tenía guardada en mi bolsillo. Le hice alusión, pero se sonrió simplemente y cerró en el acto el cajón. Sin embargo, el hecho de encontrarse el enigma cifrado en su poder, era ciertamente algo más que extraño.—¿Suele usted ausentarse de su casa?—le pregunté al fin, recordando cómo lo había conocido en la mesa de Blair, con motivo de la comida en su casa de la plaza Grosvenor, pero no muy satisfecho del descubrimiento de la carta con las curiosas inscripciones enigmáticas.—Rara vez... muy rara vez—respondió.—Es sumamente difícil conseguir permiso, y cuando se obtiene, es con el fin único de visitar a la familia. Si hay algún monasterio cerca del lugar adonde nos trasladamos, debemos pedir que se nos conceda una cama en él, antes que permanecer en una casa particular. Las reglas le parecen duras—añadió sonriendo;—pero le aseguro que para nosotros no lo son, ni sufrimos absolutamente nada. Todas ellas son benéficas para la felicidad y el bienestar del hombre. De nuevo traté de hacer recaer la conversación en lo que me interesaba, esforzándome en conseguir algunos datos sobre el secreto misterioso del muerto, que estaba convencido de que le era conocido. Pero fue inútil. No quería decirme nada.Todo lo que me manifestó fue que la razón de esa entrevista que debía haber tenido lugar esa noche en Lucca, era muy poderosa, y que si el millonario no hubiera muerto, indudablemente habría acudido a ella.—Tenía por costumbre verse conmigo de tiempo en tiempo, ya en la iglesia de San Frediano, o en otros puntos de Lucca, como también en Pescia o Pistoya—añadió el monje.—De cuando en cuando, variábamos el sitio de reunión.—Y esto explica, por cierto, sus misteriosas ausencias—observé yo, recordando que sus movimientos habían sido con frecuencia muy errantes,de modo que hasta Mabel había ignorado su dirección. Se suponía generalmente que había partido a Escocia o al norte de Inglaterra; pues nadie se imaginó nunca que sus repentinos viajes fueran tan lejanos, yque se encontrara, cuando menos se pensaba, en la Italia central. Los informes del monje demostraban también que Blair había tenido algún motivo muy poderoso para celebrar estas secretas entrevistas. FrayAntonio, su amigo ignorado, había sido indudablemente el más íntimo y demayor confianza.—¿Por qué razón nos había ocultado a todos, hasta a la misma Mabel, esta extraña y misteriosa amistad? Miré fijamente la severa cara del monje italiano, tostada por el sol, ytraté de penetrar el misterio escrito en ella, pero fue en vano. No hayhombre en el mundo que sepa guardar tan bien un secreto como elsacerdote confesor, o el humilde fraile, cuya morada es su pobre celda.—¿Y cuál es su intención, después de lo que ha sucedido con el pobre Blair?—le pregunté al fin.—Mi intención, como la suya, es descubrir la verdad—replicó.—Será un acosa difícil, no hay duda, pero tengo confianza de que al fin triunfaremos, y que usted recuperará el secreto perdido.—Pero ¿no podrán utilizarlo mientras tanto los enemigos de Blair?—interrogué.—¡Ah! eso no podremos impedirlo, por cierto—contestó fray Antonio.—Nosotros debemos preocuparnos del porvenir, y dejar que el presente se cuide solo. Usted, en Londres, hará todo lo que sea posible para descubrir si Blair fue víctima de una infamia y quiénes fueron los autores de ella, mientras yo, aquí en Italia, trataré de saber si ha existido, fuera del robo del secreto, algún otro móvil.—Pero si la bolsita de gamuza hubiera sido robada, ¿no cree usted que Blair la habría extrañado? Estuvo completamente consciente durante varias horas antes de morir.—Se podía haber olvidado de ella. La memoria de los hombres decae a menudo en las últimas horas que preceden a la muerte. La noche había extendido su negro manto antes que la campana con su gran badajo de madera, la misma que servía para despertar a los monjes a las dos de la mañana, hora en que se levantan a orar, resonase a lo largo del claustro, como recordándome que debía retirarme de aquella silenciosa morada, donde era un extraño. Fray Antonio se levantó, encendió una gran linterna vieja de bronce, y me guió a través de los solitarios y tranquilos corredores, de la pequeña plaza y de la ladera de la colina hasta el camino real, que en medio de la obscuridad resaltaba blanco y recto. Luego, después de haberme encaminado, tomó mi mano entre sus grandes palmas ásperas y encallecidas, debido al duro trabajo en su pedazo de jardín, y me dijo:—Confíe en mí, que yo haré todo lo que me sea posible. Yo conocía al pobre Blair; sí, lo conocía mejor que usted, señor Greenwood. También conocía algo de su notable secreto, sé cuan extraño es lo sucedido, yqué misteriosas son todas las circunstancias. Mientras usted vuelve aLondres y prosigue sus investigaciones, yo trabajaré aquí, haciendo las mías. Voy a hacerle una indicación, sin embargo, y es la siguiente: sillega a conocer a Dick Dawson, haga amistad con él y con Dolly. Son un apareja extraña, el padre y la hija, pero la amistad con ambos puede serle de provecho.—¡Qué!—exclamé.—¿Amistad con el hombre que ha confesado usted que es uno de los más crueles enemigos que tuvo Blair?—¿Y por qué no? ¿No es un rasgo de diplomacia ser bien recibido en el campo enemigo? Recuerde que es usted el que más arriesga en este asunto, pues en él se juega el secreto que le ha sido legado—¡el secreto de los millones de Burton Blair!—Y tengo la intención de recuperarlo—declaré con firmeza.—Yo espero que lo conseguirá, señor—exclamó en una voz que me pareció llena de doble significado.—Espero que lo conseguirá—replicó de nuevo. Despidiéndose luego con un Adio, e buona fortuna, fray Antonio, elhombre de los secretos, se dio vuelta y se alejó, dejándome parado en el obscuro camino real. No había avanzado unas cincuenta yardas, cuando de en medio de la sombrade algunos arbustos que había a un lado, apareció una pequeña figuranegra, y por la voz que me saludó, conocí que era el viejo Babbo, aquien no esperaba, pues había creído que se hubiera cansado de aguardarme. Pero comprendí que nos había seguido y que al vernos entraren el monasterio, se había puesto a esperar mi vuelta con toda paciencia.—¿Ha descubierto el señor lo que deseaba?—me preguntó el viejo italiano, prontamente.—Algo, no todo—fue mi réplica.—¿Ha visto a ese monje con quien he estado?—Sí. Mientras usted estaba en el convento, yo he hecho algunas averiguaciones, y he sabido que el capuchino más popular de todo Lucca, es fray Antonio, y que sus actos de caridad son bien conocidos. Es él quien anda mendigando de puerta en puerta, por toda la ciudad, para conseguir los céntimos y las liras que hacen que los pobres tengan diariamente su ropa y pan. Es fama que era muy rico, y que al entrar en el convento de los capuchinos donó a la orden sus riquezas. También se sabe que tiene un amigo que quiere mucho, un inglés conocido por la gente de la ciudad, con el sobrenombre de el Ceco, porque tiene un ojo casi perdido.—¡El Ceco!—grité.—¿Qué ha descubierto respecto de éste?—La dueña de una pequeña quesería que hay junto de la puerta por donde salimos de la ciudad, es muy comunicativa. Como todas las de su clase, parece que admira grandemente a nuestro amigo el capuchino. Me ha hablado de las frecuentes visitas de este inglés tuerto, que ha residido tanto tiempo en Italia, que puede casi pasar por italiano. Parece que el Ceco, tiene la costumbre de parar en la vieja posada de la Croce di Malta, viniendo acompañado algunas veces de su hija, una joven muy linda.—¿De dónde suelen venir?—¡Oh! todavía no he podido averiguar eso—contestó Babbo.—Sin embargo,parece que las constantes visitas de el Ceco al monasterio capuchino,han despertado el interés público. La gente dice que ahora fray Antoniono es tan activo como antes para buscar dinero para los pobres, puesestá demasiado ocupado con su amigo inglés.—¿Y la niña?—Debe ser de una belleza notable, porque tiene fama hasta en Lucca, quees una ciudad de niñas bonitas—contestó el viejo, haciendo una mueca.—Habla el toscano perfectamente, y puede hacerse pasar confacilidad por italiana, así dicen. Su espalda no es tiesa como la de esos otros ingleses que uno ve en la vía Tornabuoni, si el señor me perdona la crítica—añadió disculpándose. Estos informes que probaban que Dick Dawson, contra quien el monje había puesto en guardia a Burton Blair, era en efecto el amigo del capuchino, hacían que la situación fuera más enigmática y complicada. Reconocí que en esas frecuentes visitas y conferencias debía habersetramado el complot secreto contra mi pobre amigo, conspiración que habíasido llevada a cabo con éxito, según parecía.La joven Dolly nunca había ido al monasterio, pero era evidente quehabía estado en Lucca, como cómplice de la trama para obtener el valioso secreto de Burton Blair, el secreto que hoy me pertenecía por la ley.En vista de esto, resolvimos hacer algunas averiguaciones en la Croce diMalta, esa antigua y vieja posada situada en una estrecha calle lateral, peculiarmente italiana, y que prefiere que se la designe aún con el nombre de albergo, en vez del moderno de hotel. Dick Dawson, conocido como el Ceco, se encontraba indudablemente en Londres, pero contando con la ayuda y connivencia del ingenioso y astuto hombre de los secretos, que tan hábilmente había tratado de entablar conmigo una falsa amistad.—¿Sería, en efecto, este hombre, que bajo el pobrísimo hábito de religioso encubría sus malos actos, responsable de la muerte deldesgraciado Blair y de la misteriosa desaparición de ese pequeño yextraño objeto, que era su más preciado tesoro?No sé por qué, tenía el convencimiento de que esta sospecha era unarealidad.
XI EN EL QUE SE EXPLICA EL PELIGRO DE MABEL BLAIR
De
las averiguaciones que a la mañana siguiente hizo el viejo Babbo
enla Cruz de Malta, resultó evidente que el señor Ricardo Dawson,
fuesequien fuese, venía a Lucca constantemente, y siempre con el fin
devisitar y consultar al popular monje capuchino.Algunas veces el
inglés tuerto que hablaba el italiano tan bien, iba almonasterio y
permanecía allí varias horas, y otras fray Antonio venía ala
posada y se encerraba con el huésped en el mayor secreto.El «ceco»,
así llamado por su ojo defectuoso, aparentemente era unhombre de
recursos, porque sus propinas a los mozos y mucamas eransiempre
generosas, y cuando estaban allí hospedados, tanto él como suhija,
ordenaban lo mejor que podía procurarse. Venían de
Florencia,pensaba el padrone, pero de esto no estaba seguro. Las
cartas ytelegramas que solía recibir, pidiéndole que les reservara
habitaciones, llegaban fechadas en diferentes ciudades de Francia o
Italia, lo cual parecía demostrar que constantemente viajaban. Estos
fueron todos los informes que pudimos obtener. La identidad
delmisterioso Paolo Melandrini permanecía aún sin descubrirse. El
principal objeto que me había traído a Italia no había sido
llenado, pero, sin embargo, estaba satisfecho de haber descubierto al
fin a dos de los más íntimos y a la vez secretos amigos del pobre
Blair.Pero ¿por qué este misterio? Cuando recordaba cuán estrecha
había sido nuestra amistad, me quedaba sorprendido, y hasta un poco
disgustado, dever que me había ocultado la existencia de estos dos
hombres. Por mucho que sintiera tener que pensar mal de un amigo
muerto, no podía evitar que me asaltara la sospecha de que su
relación con estos individuos formaba parte de su secreto, y que
este último era algo deshonroso. Poco después de mediodía, guardé
mis cosas dentro de mi valija, e impelido por un poderoso deseo de
regresar para poder defender los intereses de Mabel Blair, abandoné
Lucca, partiendo para Londres. Babbome acompañó hasta Pisa, donde
cambiamos de trenes; él para retornar a Florencia y yo para tomar el
coche-dormitorio del expreso que corre deRoma a Calais. Mientras
estaba parado en la plataforma de la estación de Pisa, el viejo
harapiento, que hacía más de media hora que se había puesto
pensativo, exclamó de pronto:—Se me ha ocurrido una idea extraña,
señor. Usted recordará que supe enla vía San Cristófano que el
señor Malandrini usaba anteojos con arcosde oro. ¿No será, acaso
probable, que los use en Florencia para ocultar el defecto que tiene
en la vista?—¡Yo también creo lo mismo!—respondí.—¡Me
parece que ha adivinado!Pero, por otro lado, ni su sirvienta ni sus
vecinos sospechan que sea extranjero.—Habla muy bien el
italiano—convino el viejo,—pero dicen que tiene un leve
acento.—Vuelva en el acto a la vía San Cristófano—le dije,
excitado por suúltima teoría—y haga mayores averiguaciones sobre
la vista y los anteojos de este misterioso individuo. La anciana que
está al cargo desus habitaciones lo ha de haber visto sin anteojos,
no hay duda, y lepodrá decir lo que hay de verdad.—Sí, señor—me
contestó. Y luego yo le di escrita mi dirección enLondres, adonde
debía despacharme un telegrama, si sus sospechas se confirmaban.Diez
minutos después, el ruidoso expreso de Calais a Roma, el limitado
tren compuesto de tres vagones-cama, coche-restaurant y coche de
equipajes, entraba en la gran estación abovedada, y, despidiéndome
del ridículo viejo Babbo, subía al tren y me era señalado mi
compartimiento hasta Calais.Describir el largo y tedioso viaje de
vuelta del Mediterráneo al Canal, oyendo siempre el crujido de las
ruedas, y con la misma monotonía, interrumpida únicamente por el
anuncio de que la comida estaba servida,es inútil. Todos aquellos
que lean esta extraña historia del secreto deun hombre, que hayan
viajado de ida y vuelta por ese camino de hierro que va a Roma, saben
bien qué molesto y pesado se hace cuando uno setransforma en
constante viajero entre Inglaterra e Italia.Basta decir que treinta y
seis horas después de haber subido al expreso en Pisa, atravesaba la
plataforma de la estación Charing Cross, entraba en un hansom y
partía para la calle Great Russell. Reginaldo no había vuelto aún
de su negocio, pero, sobre mi mesa, entre una cantidad decartas,
encontré un telegrama de Babbo, en italiano, que decía:«Melandrini
tiene echado a perder el ojo izquierdo. Es el mismo hombre; no hay
duda ninguna sobre eso.—Carlini.»El individuo que estaba destinado
a ser el secretario y consejero de Mabel Blair, era el enemigo más
terrible de su difunto padre, el inglés,Dick Dawson. Permanecí de
pie mirando el telegrama, completamente azorado. La extraña copla
que el muerto había dejado escrita en su testamento, recomendándome
que la recordase, latía incesantemente en mi cabeza:
King
Henry the Eighth was a knave to his queens,He'd one short of
seven—and nine or ten scenes!
¿Qué
significado oculto podía encerrar? Los hechos históricos de los
casamientos y divorcios del Rey Enrique VIII, eran tan conocidos para
mícomo lo son para todo niño inglés del Reino Unido que haya
llegado al cuarto grado. Sin embargo, algún motivo debía haber
tenido Blair,ciertamente, para haber puesto esta extraña rima en su
testamento; tal vez era la clave de algo, ¿pero de qué sería?
Después de hacerme una rápida toilette y cepillarme bien, porque
estaba muy sucio y fatigado por el largo viaje, tomé un coche y
medirigí a la plaza Grosvenor, donde encontré a Mabel vestida
delicadamente de negro, sentada leyendo en su confortable y bonita
habitación particular, que su padre, dos años antes, la había
hechodecorar y amueblar lujosamente y con todo gusto como su
boudoir.Se puso de pie en el acto que me vio, y me saludó con
apresuramiento cuando el sirviente anunció mi presencia.—Otra vez
está de vuelta, señor Greenwood—exclamó.—¡Oh, cuánto
mealegro! He extrañado mucho no haber sabido nada de usted. ¿Dónde
ha estado?—En Italia—repliqué, sacándome el sobre todo por
indicación de ella, y sentándome después a su lado en un silla
baja.—He estado haciendo ciertas averiguaciones.—¿Y qué ha
descubierto?—Varios datos que tienden más bien a aumentar que a
aclarar el misterio que rodeaba a su pobre padre. Noté que su rostro
estaba más pálido que cuando me había ausentado de Londres, y que
parecía enervada y extrañamente ansiosa. Le pregunté por qué no
había ido a pasar una temporada en Brighton o en algún otro punto
de la costa Sud, como le había indicado antes, pero me replicó que
había preferido quedarse en su casa, y que, hablando francamente,
había estado esperando con impaciencia mi llegada. Le expliqué, en
breves palabras, lo que había descubierto en Italia,refiriéndole mi
encuentro con el monje capuchino y nuestra curiosa
conversación.—Jamás le oí hablar de él a mi padre—me
dijo.—¿Qué clase de hombrees?Se lo describí lo mejor que pude, y
le conté cómo lo había conocido en una comida dada en su casa,
durante su ausencia en Escocia con la señora Percival.—Yo pensaba
que un monje, una vez que entraba en una orden religiosa,no podía
volver a usar el traje de la vida seglar—observó.—No puede
hacerlo, ciertamente—respondí.—Ese mismo hecho aumenta las
sospechas que abrigo contra él, unido a las palabras que le alcancé
aoír fuera del teatro Imperio.Y entonces le referí el incidente,
exactamente como lo he hecho en un capítulo anterior.Permaneció un
momento silenciosa, con su delicada barba fina apoyada sobre la palma
de su mano, contemplando pensativamente el fuego. Luego,por fin, me
preguntó:—¿Y qué ha sabido respecto a este misterioso italiano
en cuyas manos me ha dejado mi padre? ¿Lo ha conocido usted?—No,
no lo he visto, Mabel—contesté.—Pero he descubierto que es
uninglés de regular edad y no italiano, como habíamos pensado. Creo
que nome pondré celoso por las atenciones que tenga con usted, pues
adolece de un defecto físico. Sólo tiene un ojo.—¡Sólo tiene un
ojo!—repitió tartamudeando, cubriéndose su rostro deuna
instantánea palidez mortal, al ponerse de un salto en pie:—¡Un
hombre que sólo tiene un ojo... e inglés! ¿Usted no quiere
referirse,ciertamente—gritó—a ese individuo que se llama Dawson,
Dick Dawson?—Paolo Melandrini y Dick Dawson son una misma y sola
persona—respondí con franqueza, completamente azorado al ver el
efecto aterrador que habían tenido sobre ella mis palabras.—Pero
no es posible que mi padre me haya dejado en las manos de esedemonio,
de ese individuo cuyo solo nombre es sinónimo de todo lo que implica
brutalidad, astucia y maldad. ¡No puede ser cierto... debe haber
algún error, señor Greenwood... debe haberlo! ¡Ah! usted no conoce
como yo la reputación de ese inglés tuerto, porque si la
conociera,preferiría antes verme muerta que asociada a él. ¡Debe
salvarme!—gritó aterrorizada, estallando en un torrente de
lágrimas.—Usted ha prometido ser mi amigo. Debe salvarme, debe
salvarme de ese hombre... sí, de ese hombre cuyo simple contacto
esparce la muerte!Apenas hubo pronunciado estas palabras, vaciló,
tendió aturdidamente sus finas manos blancas, y hubiera caído al
suelo sin sentido, si yo no hubiese dado un salto adelante y la
hubiera tomado en mis brazos.—¿Quién podía ser este Dick
Dawson—cavilaba yo—para que tanto terror y odio le produjera;
este hombre tuerto que evidentemente estaba ligado con el misterioso
pasado de su padre?
XIIEL SEÑOR RICARDO DAWSON
Confieso que deseaba con ansias ver aparecer a este inglés tuerto, a quien Mabel Blair tenía un terror pánico, para poder juzgarlo. Lo que hasta entonces había conseguido saber sobre él no era muy satisfactorio. Parecía evidente que, en combinación con el monje, poseía el secreto del pasado del muerto, y quizá Mabel temía alguna desagradable revelación que se relacionara con los actos de su padre ycon el origen de su fortuna. Este fue el pensamiento que se me ocurrió cuando estaba ayudando a aplicar algunos remedios y reconfortantes a la insensible niña, pues había dado la voz de alarma al verla caer desmayada, acudiendo, en el acto, su fiel compañera, la señora Percival. Mientras permaneció sin conocimiento, con su cabeza recostada sobre un almohadón de seda lila, la señora Percival estuvo arrodillada a su lado,y pienso que me miraba con considerable recelo, pues, ignorando lo sucedido, creía que yo era el causante. Me inquirió con cierta dureza por el motivo de aquel inesperado desmayo de Mabel, pero yo le contesté sencillamente que había sido una descomposición repentina, y que la atribuía al calor sofocante de la habitación. Cuando volvió en sí, le pidió a la señora Percival y a Bowers, su doncella, que nos dejaran solos, y, cuando la puerta se cerró, me preguntó, pálida y ansiosa:—¿Cuándo va a venir aquí ese hombre?—Cuando el señor Leighton ponga en su conocimiento la cláusula consignada en el testamento de su papá.—El podrá venir—dijo con toda firmeza,—pero antes que cruce este umbral, yo habré abandonado la casa. El puede proceder como le parezca bien, pero yo no residiré bajo el mismo techo que él, ni tendré comunicación alguna con él, sea lo que fuere.—Comprendo sus sentimientos, Mabel—exclamé,—¿pero cree usted que es prudente seguir esa línea de conducta? ¿No será mejor esperar a vigilarlos movimientos del individuo?—¡Ah! ¡pero usted no lo conoce!—gritó.—¡Usted no sospecha lo que yo sé que es la verdad fiel!—¿Y qué es eso?—No—respondió en una voz baja y ronca,—no puedo decírselo. No pasará mucho tiempo sin que la descubra, y entonces, no se sorprenderá de que yo aborrezca hasta el nombre de ese sujeto.—¿Pero qué motivo ha podido tener su papá para insertar semejante cláusula en su testamento?—Porque se ha visto obligado—replicó enronquecida.—No pudo evitarlo.—Y si se hubiera negado... si se hubiera negado a dejarla en las manos de semejante persona... ¿qué habría sucedido entonces?—Su ruina hubiese sido inevitable—contestó.—Todo lo sospeché en el momento que supe que un hombre misterioso y desconocido había sido designado secretario y administrador de todos mis asuntos.Sus descubrimientos en Italia han venido a confirmar mis recelos.—Pero usted va a seguir mí consejo, Mabel. Al principio, por lo menos,debe armarse de paciencia y sufrirlo—insistí, cavilando, entretanto, si su odio se debería a que tal vez sabía que era el asesino de su padre. Su antipatía contra él era violenta, pero no pude descubrir qué razón tenía para ello. Sacudió la cabeza al oír mi argumento, y me dijo:—Siento no ser suficientemente diplomática para poder ocultar de ese modo mi antipatía. Nosotras las mujeres somos hábiles en muchas cosas, pero siempre damos a conocer irremediablemente lo que nos disgusta.—Será muy sensible—le observé—tratarlo con manifiesta hostilidad, porque puede hacer fracasar todas nuestras futuras oportunidades de éxito para descubrir la verdad respecto a la muerte de su papá y del robo de su secreto. El mejor consejo que puedo darle es que guarde absoluto silencio, aparente indiferencia, pero esté siempre en guardia y alerta. Más tarde o más temprano, este hombre, si, en efecto, es suenemigo, se descubrirá él mismo. Entonces será tiempo suficiente para que nosotros procedamos firmemente, y, al fin, usted triunfará. Por mi parte, considero que cuanto más pronto le avise Leighton a este individuo su nombramiento, será mejor.—¿Pero no hay medio de poder evitar esto?—gritó, aterrada.—¡La muerte de mi pobre padre es, ciertamente, demasiado dolorosa sin necesidad deque venga esta segunda desgracia a aumentar la aflicción! Me hablaba con la misma franqueza que lo hubiera hecho con un hermano, y comprendí, por su modo vehemente, ahora que sus sospechas se habían confirmado, cuán grande y completa era su desesperación. En medio de todo el lujo y esplendor de aquella regia mansión, ella surgía como una figura pálida y abandonada, con su tierno corazón juvenil destrozado por la pena de la muerte de su padre y por un terror que no se atrevía a declarar. Un antiguo proverbio, repetido con harta frecuencia, dice que la fortuna no trae felicidad, y, ciertamente, que a menudo hay más tranquilidad de ánimo y goce puro de la vida en una cabaña que en un palacio. El pobre tiene inclinación a mirar con envidia al rico; sin embargo, debe recordarse que muchos hombres y mujeres que van cómodamente arrellanados en sus lujosos carruajes y servidos por sirvientes de librea, contemplan con anhelo a esos humildes trabajadores de las calles, bien convencidos de que esos millones de seres que ellos designan con el término de «las masas», son, en verdad, mucho más felices que ellos. Muchas mujeres de título, decepcionadas y cansadas del mundo, a menudo jóvenes y bellas,cambiarían contentas sus posiciones con las hijas del pueblo, cuya existencia, aun cuando de duro trabajo, está, sin embargo, llena de inocentes placeres y de tanta felicidad como es posible obtener en nuestro mundo de lucha. Esta afirmación podrá parecer extraña, pero declaro que es verdadera. La posición del oro puede dar lujo y fama; puede poner a los hombres y mujeres en condiciones de eclipsar a sus semejantes, como también puede conquistarles honores, estimación y hasta popularidad. ¿Pero de qué sirve todo esto? Pedidle la opinión al gran propietario, al rico y al millonario, y, si hablan con sinceridad, osdirán, en confianza, que no son tan felices como parecen, ni gozan tanto de la vida como el modesto hombre de recursos independientes, que se ve sometido a una diminución por el impuesto sobre la renta. Mientras estaba allí sentado con la hija del muerto, esforzándome enconvencerla de que recibiera sin marcada hostilidad al misterioso individuo, no podía dejar de notar el vívido contraste entre el lujo detono lo que la rodeaba y la pesada carga de tribulaciones de su corazón. Apuntó la idea de vender la casa, y retirarse a Mayvill, para vivir allíen el campo tranquilamente con la señora Percival, pero yo insistí en que esperara, al menos por ahora. Daba lástima pensar que las espléndidas colecciones de pinturas pertenecientes a Burton Blair, todas ellas obras notables de los maestros antiguos, las hermosas tapicerías que hacía pocos años había comprado en España y la incomparable colección de mayólicas, cayeran bajo el martillo de un rematador. Entre los diferentes tesoros que había en el comedor, se ostentaba el cuadro de la Sagrada Familia, de Andrea del Sarto, el cual había costado a Blair dieciséis mil quinientas libras esterlinas en casa de Christie, y que era considerado como uno de los más bellos originales de ese gran maestro. Además, el mobiliario estilo Renacimiento italiano, la vajilla de porcelana antigua de Montelupo y Sayona y de magnífica plata vieja inglesa, constituían una fortuna, y seguirían siendo propiedad de Mabel,con gran satisfacción para mí, como que todo le había sido legado a ella.—Sí, ya sé—respondió al oír mis argumentos.—Todo es mío salvo esa bolsita que encierra el secreto, la cual es suya, y que, desgraciadamente, se ha perdido.—Usted debe ayudarme a recuperarla—insistí.—Está en nuestros mutuos intereses hacerlo así.—Por cierto que le ayudaré en todo lo que me sea posible, señor Greenwood—respondió.—Después que partió usted para Italia, yo hice registrar la casa de arriba abajo, y yo misma examiné los cajones donde guardaba mi padre su correspondencia, sus otras dos cajas de hierro y ciertos puntos donde algunas veces solía ocultar sus papeles privados,con el fin de descubrir si, temiendo alguna tentativa que pudieran haber efectuado para robar la bolsita, la había dejado en casa. Pero todo hasido en vano. Ciertamente, en esta casa no está. Le agradecí sus esfuerzos, sabiendo que había procedido con toda energía en beneficio mío; pero, convencido de que era inútil todo registro que se hiciera dentro de la casa, y que si el secreto se recuperaba alguna vez, sería descubriéndolo en las manos de uno u otrode los enemigos de Blair. Permanecimos juntos largo rato discutiendo la situación. La razón de su odio a Dawson no quería decirla, pero esto no me causaba sorpresa alguna, porque en su actitud veía el deseo de ocultar algún secreto delpasado de su padre. Empero, después de mucha persuasión, conseguí que consintiera en que se le avisara al hombre misterioso el puesto que debía ocupar, y que lo recibiera sin dar a conocer el menor signo de disgusto o antipatía. Esto lo consideré un triunfo de mi habilidad diplomática, porque, hasta cierto punto, poseía sobre ella una completa influencia, como que había sido su mejor amigo durante esos días tristes y penosos de sus años pasados. Pero cuando ya se trataba de un asunto que envolvía el honor desu padre, era enteramente impotente y nada conseguía. Era una niña de firme individualidad propia, y, como todas las que poseen esta cualidad,tenía el don de rápida penetración, y peculiarmente expuesta a los prejuicios, debido a su alto sentimiento del honor.Halagó mi amor propio declarando que ella habría deseado que yo hubiera sido nombrado su secretario, a lo cual le contesté agradeciendo su cumplido, pero afirmando que semejante cosa no hubiese sido nunca posible.—¿Por qué?—me interrogó.—Porque usted me ha dicho que el tal Dawson viene aquí a ocupar esepuesto por derecho propio. Su padre se vio obligado, bajo coacción, aponer esa desgraciada cláusula en su testamento, lo cual significa que le temía.—Si—suspiró en voz baja.—Usted tiene razón, señor Greenwood. Está absolutamente en lo justo. Ese hombre tenía en sus manos la vida de mi padre. Esta última observación me pareció muy extraña. ¿Habría sido culpable Burton Blair de algún crimen desconocido, que le hacía tener miedo aeste misterioso inglés tuerto? Tal vez sí. Quizá Dick Dawson, que durante años había residido en la Italia rural haciéndose pasar como italiano, era el único testigo sobreviviente de algún acto deshonroso que Blair había cometido, y que, en la época de su prosperidad, habría deseado borrar, con cuyo fin hubiera dado contento un millón de oro. Tal fue, en verdad, una de las muchas ideas que surgieron en mi mente,viendo el misterio que rodeaba ese terror que producía en Mabel el solo nombre de Dawson. Sin embargo, cuando recordaba la bondadosa y firme honestidad de Burton Blair, su sinceridad, sus elevados pensamientos y sus actos anónimos de beneficencia por puro amor a la caridad, hacía aun lado todas esas sospechas y resolvía respetar la memoria del muerto.A la noche siguiente, antes de las nueve, mientras Reginaldo y yo estábamos tomando el café y conversando en nuestro confortable comedorcito de la calle Great Russell, Glave, nuestro sirviente llamó ala puerta, entró y me entregó una tarjeta.Salté de mi asiento, como si hubiera recibido una descarga eléctrica.—Esto sí que es gracioso, viejo—grité, volviéndome a mi amigo.—Aquí tenemos a Dawson en persona.—¡Dawson!—tartamudeó el hombre contra quien me había prevenido el monje.—Hagámosle entrar. Pero, ¡por Job! debemos tener cuidado de lo que digamos, porque, si todo lo que se dice de él es cierto, debe ser extraordinariamente perspicaz.—Déjamele a mí—le dije. Y luego añadí, volviéndome a Glave:—Haga pasar adelante a ese caballero.Y ambos quedamos en anhelante expectativa aguardando la aparición del hombre que conocía la verdad del bien oculto pasado de Burton Blair, y el cual, por alguna razón misteriosa, se había encubierto durante largo tiempo bajo el disfraz de italiano. Un momento después fue introducido a nuestra presencia, y, saludándonos,exclamó, con una sonrisa:—Supongo, caballeros, que tengo que presentarme yo mismo. Me llamo Dawson, Ricardo Dawson.—Y yo soy Gilberto Greenwood—dije con cierta frialdad.—Mi amigo, aquípresente, se llama Reginaldo Seton.—De ambos oí hablar a nuestro mutuo amigo, Burton Blair, hoy, por desgracia, fallecido—exclamó; y lentamente se sentó en la gran silla debrazos de mi abuelo, mientras yo quedeme de pie sobre el tapiz de la chimenea, dando la espalda al fuego para poder verlo mejor. Vestía un traje de tarde bien hecho y un sobretodo negro, pero en sutipo no había ningún rasgo que indicara que era un hombre de carácter.De mediana estatura, de una edad regular, como de cincuenta años, a mijuicio, con anteojos redondos, arcos de oro y grueso cristal de roca, a través de los cuales parecía guiñarnos como un profesor alemán, su aspecto general era el de un hombre serio y observador.Bajo una masa de cabellos gris castaños aparecía su arrugada frente y un par de ojos azules hundidos, uno de los cuales contemplaba el mundo con especulativo asombro, mientras el otro era opaco, nebuloso y sin vista. Sus extrañas cejas venían a juntarse sobre su nariz algo carnosa, y su barba y bigote tenían ya un color gris. De las mangas de su sobretodo salían sus manos de dedos pequeños y morenos, que retorcían y golpeaban con nerviosa persistencia, y de un modo que indicaba la alta tensión de aquel hombre, los brazos tapizados de la silla en que estaba sentado delante de nosotros.—La razón que he tenido para venir a molestarlos a esta hora—dijo como disculpándose, pero con una misteriosa sonrisa en sus gruesos labios,—es que he llegado a Londres esta misma noche, y acabo de saber que, por su testamento, mi amigo Burton Blair ha dejado en mis manos la administración de los asuntos de su hija.—¡Oh!—exclamé fingiendo sorpresa, como si aquello hubiera sido nuevo para mí.—¿Y quién ha dicho eso?—Tengo informaciones privadas—repuso evasivamente.—Pero antes de entrar a proceder, he pensado que era mejor que viniera a verme con ustedes, para que nos podamos entender bien desde el principio. Sé que ustedes dos han sido amigos muy buenos e íntimos de Blair,mientras yo, debido a ciertas circunstancias curiosas, me he visto obligado, hasta hoy, a permanecer enteramente en el fondo del escenario, como su amigo secreto. También estoy bien al tanto de las circunstancias en que se conocieron y de la bondad y caridad de ustedes para con mi amigo muerto y su hija; en una palabra, él me lo contó todo, porque no tenía secretos para mí. Sin embargo, ustedes, por su parte—continuó,mirándonos con su solo ojo azul,—deben haber considerado su repentina fortuna como un completo misterio.—Así ha sido, ciertamente—observé.—¡Ah!—exclamó con rapidez en un tono de mal oculta satisfacción.—¡Entonces él no les ha revelado nada!En el acto comprendí que, inadvertidamente, le había dicho a aquelhombre lo que justamente más deseaba saber.
XIIISE
REVELA EL SECRETO DE BURTON BLAIR
—Cualquier cosa que Burton Blair me haya dicho ha sido en la más estricta confianza—exclamé, ofendido por el entrometimiento de aquel individuo, pero, sin embargo, contento interiormente de haber tenido la oportunidad de conocerlo y poder tratar de cerciorarme de sus intenciones.—Por cierto—respondió Dawson con una sonrisa, mientras su único ojo memiraba parpadeando a través de sus anteojos, arcos de oro.—Pero su amistad y gratitud nunca hicieron que llegase al grado de revelarle su secreto. No. Si usted me disculpa y permite, señor Greenwood, le diré que pienso que es inútil estemos combatiendo de esta manera, teniendo envista que yo sé mucho más de Burton Blair y de su vida pasada, que lo que usted sabe.—Aceptado—le dije.—Blair fue siempre muy reticente. Se consagró aresolver un misterio y consiguió su objeto.—Y con eso ganó una fortuna de más de dos millones de libras esterlinas, que todavía las gentes consideran un misterio. Sin embargo,no hay misterio en esos montones de cauciones que están depositadas en sus Bancos, como no lo hubo en el dinero con que las compró—rió.—Fueen buenos billetes del Banco de Inglaterra y en sólidas monedas de oro del reino. Pero ya el pobre no existe; todo ha acabado—añadió con un aire algo pensativo.—Pero su secreto existe aún—observó Reginaldo.—El lo ha legado a mi amigo.—¡Qué!—estalló el tuerto, dándose vuelta hacia mí con verdadero espanto.—¿Le ha dejado a usted su secreto? Parecía completamente trastornado por las palabras de Reginaldo, y noté el brillo perverso de su mirada.—Me lo ha dejado. El secreto es mío ahora—repuse, aun cuando no le dije que la misteriosa bolsita de gamuza se había extraviado.—¿Pero no sabe usted, hombre, lo que eso implica?—gritó, poniéndose depie delante de mí y entrelazando y retorciendo sus delgados dedos nerviosa y agitadamente.—No, no lo sé—contesté riendo, pues trataba de aparentar que tomaba sus palabras con ligereza.—Me ha dejado como legado la bolsita que llevaba siempre consigo, junto con ciertas instrucciones interesantes que me esforzaré en cumplir.—Muy bien—gruñó.—Proceda como le parezca más conveniente; pero prefiero que haya usted quedado dueño del secreto y no yo, eso es todo. Su disgusto y terror aparentemente no conocían límites. Luchó por ocultar sus sentimientos, pero todo esfuerzo fue en vano. Era evidente que existía alguna razón muy poderosa para tratar de impedir que el secreto viniera a mis manos; pero su creencia de que la bolsita ya estaba en mi poder destruía mi sospecha de que este misterioso hombre estaba ligado a la muerte extraña de Burton Blair.—Créame, señor Dawson—le dije, con la mayor calma,—no abrigo temor alguno del resultado de la bondadosa generosidad de mi amigo. En verdad,no veo qué motivo pueda haber para abrigar ningún recelo. Blair descubrió un misterio que, a fuerza de paciencia y esfuerzos casi sobrehumanos, consiguió resolver, y presumo que, guiado, probablemente,por un sentimiento de gratitud por la pequeña ayuda que mi amigo y yo pudimos hacerle, ha dejado su secreto bajo mi custodia. El hombre permaneció silencioso durante unos minutos con su único ojofijo en mí, inmóvil e irritado.—¡Ah!—exclamó al fin con impaciencia.—Veo que lo ignora usted todo completamente. Tal vez es mejor que siga así.—Luego añadió:—Hablemosahora de otro asunto, del porvenir.—¿Y qué tiene el porvenir?—le interrogué.—He sido nombrado secretario de Mabel Blair y administrador de sus bienes.—Y yo le prometí en su lecho de muerte a Burton Blair defender y proteger los intereses de su hija—le dije, en una voz tranquila y fría.—¿Puedo, entonces, preguntarle, ya que tratamos el asunto, si abriga usted intenciones matrimoniales respecto a ella?—No, no debe usted preguntarme nada de eso—grité enfurecido.—Su pregunta es una injuriosa impertinencia, señor.—Vamos, vamos, Gilberto—interrumpió Reginaldo.—No hay necesidad de promover una disputa.—No, por cierto—declaró con aire imperioso el señor Ricardo Dawson.—La pregunta es bien sencilla, y como futuro administrador de la fortuna de la joven, tengo perfecto derecho de hacerla. Entiendo—añadió,—que se ha convertido en una niña muy atrayente y amable.—Me niego a responder a su pregunta—manifesté con vehemencia.—Yo también podría preguntarle por qué razón ha estado usted todos estos años pasados viviendo ocultamente en Italia o por qué recibía su correspondencia dirigida a una casa de una calle secundaria de Florencia. Su rostro perdió sus bríos, sus cejas se contrajeron ligeramente, y noté que mi observación le había causado cierto recelo.—¡Oh! ¿Y cómo sabe usted que he vivido en Italia?Pero con el fin de extraviarlo y confundirlo, me sonreí misteriosamente y respondí:—El hombre que posee el secreto de Burton Blair también conoce ciertos secretos concernientes a sus amigos.—Luego añadí intencionadamente:—El Ceco es bien conocido en Florencia y en Lucca.Su cara se puso blanca, sus delgados dedos nervudos se agitaron de nuevo y la contorsión que estremeció las comisuras de su boca, demostraron cuán profunda e intensa había sido la impresión que le había producido la mención de su sobrenombre.—¡Ah!—exclamó.—Blair me ha traicionado, entonces me ha jurado en falso, después de todo. ¿Eso les dijo a ustedes, eh? ¡Muy bien!—Y serió con la extraña risa hueca del hombre que contempla la venganza.—Muy bien, caballeros. Veo que en este asunto, mi posición es la de un intruso.—Hablándole con franqueza, señor, le diré que justamente es así—intervino Reginaldo.—Era usted desconocido hasta que se leyó el testamento del muerto, y no creo anticiparme en afirmar que la señorita Blair tendrá cierta inquietud de verse obligada a ocupar a un extraño.—¡Un extraño!—rió con altanero sarcasmo.—¡Dick Dawson un extraño! No,señor, usted verá que para ella no soy un extraño. Por otra parte,pienso que también tendrá oportunidad de saber que la joven acogerá bien mi intención en vez de desagradarle. Esperen y verán—añadió, con un tono sumamente confiado.—Mañana tengo intención de ir a la oficina del señor Leighton, y hacerme cargo de mis obligaciones como secretario dela hija del difunto millonario Burton Blair—y acentuando las últimas palabras, se rió de nuevo en nuestras caras desafiadoramente. No era un caballero. En el momento en que entró en la pieza lo conocí. Su aspecto externo era el de un hombre que ha tenido contacto con gente respetable, pero era sólo un barniz superficial, pues cuando perdía la calma y se agitaba, demostraba que era tan rudo como el tosco hombre de mar que tan repentinamente había expirado. Su acento era pronunciadamente londinense, a pesar de que se decía que, como había residido tantos años en Italia, se había convertido casi en un italiano. Un hijo verdaderamente de Londres no puede nunca ocultar sus enes nasales aun cuando haya pasado su vida en el más lejano confín del mundo. Ambos nos habíamos dado cuenta rápidamente de que el desconocido, aun cuando de contextura más bien delgada, era extraordinariamente muscular. Y este era el hombre que celebraba esas frecuentes entrevistas secretas con Fray Antonio, el grave monje capuchino. Había demostrado que no nos tenía miedo, por la manera audaz con que había venido a vernos, y la franqueza con que nos había hablado. Se conoció que tenía plena confianza en su posición, y que interiormente se reía de nuestra ignorancia.—Hablan ustedes de mí, caballeros, como de un extraño y desconocido—exclamó, abotonándose su sobre todo después de una corta pausa y tomando su bastón.—Supongo que lo seré esta noche... pero mañana no lo seré ya. Espero que muy pronto aprenderemos a conocernos mejor; entonces es posible que confíen en mí un poco más de lo que han hecho esta noche. Recuerden que durante muchos años he sido el amigo más íntimo del muerto. En la punta de la lengua tuve la observación de que el motivo que había tenido el pobre Burton para poner en su testamento esa extraña cláusula,era el temor que él le inspiraba, y que la había insertado bajo coacción; pero felizmente me dominé, y con cierta cortesía le dije «buenas noches».—Que me ahorquen, Gilberto—gritó Reginaldo, cuando el tuerto se huboretirado.—La situación a cada momento se hace más interesante y complicada. Es evidente que Leighton va a tener que habérselas con un cliente duro.—Sí—suspiré.—El tiene la mejor parte de todos nosotros, porque se ve claro que Blair lo tenía al tanto de todo, pues era de su completa confianza.—¡Es mi opinión, Greenwood, que Blair nos ha tratado ruinmente!—estalló mi amigo, eligiendo un nuevo cigarro, y mordiéndole la punta con enojo.—Recuerda que me ha dejado su secreto.—Puede ser que lo haya destruido después de haber hecho el testamento—apuntó Reginaldo.—No; o debe estar escondido, o ha sido robado, eso es lo que no ha podido aclararse. Por mi parte, considero que gradualmente va disipándose la idea que abrigamos de que se había cometido un asesinato.Si él hubiese sospechado que había sido víctima de una infamia,seguramente nos habría indicado algo antes de morir. De eso estoy completamente convencido.—Es muy probable—observó con cierta duda, sin embargo.—Pero lo que tenemos ahora que descubrir es si existe aún esa bolsita que él siempre llevaba consigo.—Es evidente que el tal Dawson se encontraba en Inglaterra antes de la muerte del pobre Blair. Puede ser que haya pasado a su poder—indiqué yo.—De todos modos, es muy probable que trate de apoderarse deella—convino Reginaldo.—Debemos saber con fijeza dónde estaba y qué hizo el día en que Blair perdió tan misteriosamente el conocimiento enel tren. No me gusta el individuo, aparte de su alias y secreta amistad con Blair. Su intención es mala, viejo, bien mala. La he visto brillar en el único ojo que tiene. Recuerda lo que dijo sobre que Blairlo había traicionado. Me parece que abriga la idea de vengarse en la pobre Mabel.—Mejor es que no trate de ofenderla—exclamó ferozmente.—Tengo que cumplir la promesa que le hice al pobre Burton, y la cumpliré. ¡Sí, juro por Dios que lo haré! al pie de la letra. Buen cuidado tendré de que nocaiga en las manos de ese aventurero.—Ella le teme anticipadamente. ¿Por qué será?—Por desgracia, no quiere decírmelo. Es posible que este hombre esté en posesión de algún secreto deshonroso del muerto, cuyo conocimiento, sise hiciera público, podría dar por resultado el descrédito de Mabel y su expulsión de la buena sociedad. Seton gruñó, se recostó en el respaldo de su silla y quedó contemplando el fuego pensativamente.—¡Por Job!—exclamó, después de una breve pausa.—¿Si será eso así?A la mañana siguiente, mientras estábamos almorzando, llegó un muchacho mensajero con una tarjeta de Mabel, en la que me pedía que fuese en el acto a su casa. Sin perder un minuto, por lo tanto, tomé de un sorbo mi café, me puse apresuradamente el sobretodo y un cuarto de hora después entraba en la alegre sala de mañana de la mansión de la plaza Grosvenor,donde la hija del muerto, con su cara encendida por la agitación, me esperaba.—¿Qué es lo que hay?—le pregunté al tomarle la mano, temeroso de que el hombre que ella detestaba hubiese venido ya a verla.—Nada grave—me contestó riendo.—Es que tengo una nueva muy buena para usted.—¿Para mí? ¿qué es?Sin contestarme, colocó sobre la mesa una pequeña y lisa cigarrera de plata, que en un ángulo de la tapa tenía las iniciales B. B., monograma que se veía grabado en toda la vajilla de Blair, en sus carruajes,arneses y demás objetos propios.—Vea lo que hay dentro de ella—exclamó, señalándome la caja que teníapor delante, y sonriendo dulcemente con profunda satisfacción. La tomé ansiosamente, levanté la tapa y miré lo que había en su seno.—¡Qué!—grité, casi fuera de mí de alegría.—¡No puede ser cierto!—Sí—rió ella.—Lo es.Y después con dedos temblorosos, saqué del interior de la caja el precioso objeto que me había sido legado, la pequeña bolsita usada de gamuza del tamaño de la palma de la mano de un hombre, a la cual estaba unida una delgada pero muy fuerte cadena de oro para poderla colgar del cuello.—La encontré esta mañana por casualidad, exactamente como está, en un cajoncito secreto de un viejo escritorio que hay en la pieza de vestir de mi padre—explicó.—El que la debió colocar allí por precaución antes de partir para Escocia.La conservaba en mi mano completamente atónito, pero, no obstante, con el más profundo deleite.¿El hecho de que Blair se hubiera separado de ella, dejándola guardada en esa caja, antes que arriesgarse a llevarla consigo durante ese viaje al Norte, no probaba que había temido ser víctima de un ataque para conseguir su posesión? Sin embargo, el pequeño y curioso objeto, que en tan extrañas condiciones me había sido legado, estaba ahora en mi mano,y era una bolsita plana, cuidadosamente cosida, de piel de gamuza,ennegrecida por el uso y el tiempo, como de media pulgada de grueso, yque encerraba algo duro y liso.Dentro de ella se ocultaba el gran secreto, cuyo conocimiento había transformado en millonario a Burton Blair, el pobre marino sin hogar. Loque era, ni Mabel ni yo pudimos ni por un momento imaginarnos. Ambos estábamos sin aliento, igualmente ansiosos de cerciorarnos de la realidad. No hay duda, jamás hombre alguno se vio en su vida delante de un problema más interesante o enigmático.En silencio tomó un par de pequeñas tijeras de hacer ojales de encima dela mesita-escritorio que había junto de la ventana, y me las entregó.Luego, temblándome la mano de agitación, introduje la punta en el extremo de la bolsita y la corté largo a largo, pero lo que cayó sobrela alfombra un momento después nos arrancó dos fuertes exclamaciones desorpresa.La posesión más valiosa de Burton Blair, el gran secreto que durante todos esos años pasados y en sus viajes errantes había llevado siempre consigo, al fin descubierto, resultó ser verdaderamente pasmoso.
XIVLA OPINIÓN DE UN PERITO
Sobre
la alfombra, a nuestros pies, yacía desparramado un paquete de muy
pequeñas cartas de juego, más bien sucias, que había caído de la
bolsita, y el cual contemplábamos los dos de pie con sorpresa y
desengaño. Por mi parte, yo había esperado encontrar dentro de esa
bolsa-tesoro de gamuza algo de más valor que esos pedazos de cartón
duro, manoseados y bastante gastados, pero nuestra curiosidad se
despertó instantáneamente cuando me agaché, alcé una de ellas y
descubrí ciertas letras escritas con tinta obscura medio borrada,
similares a las que había en la carta que tenía ya en mi poder.
Resultó ser un diez de oros, y con el fin de que los lectores puedan
darse una idea clara de cómo estaban arregladas las letras,
reproduzco una copia de ella enfrente.—¡Qué extraño!—exclamó
Mabel, tomando la carta y examinándola atentamente.—Debe ser algún
enigma cifrado, igual al otro que encontré dentro de un sobre
sellado en la caja de hierro.—No hay duda—dije yo, al notar,
mientras estaba agachado, recogiendo el resto del paquete,—que
todas ellas, tanto por el anverso como por el reverso, tenían
catorce o quince letras escritas, en tres columnas, todas, por
cierto, enteramente ininteligibles.Las conté. Formaban un paquete de
treinta y una cartas, faltando el as de copas, que habíamos
encontrado antes. Debido a haberlas llevado siempre consigo, el roce
constante y durante tanto tiempo, había gastado las puntas y los
filos, mientras el lustre había desaparecido hacía ya
mucho.
Ayudado
por Mabel, las extendí todas sobre la mesa, verdaderamente atontado
por aquellas columnas de letras que demostraban que algún profundo
secreto encerraban, pero que nos fue completamente imposible
descifrar. En el anverso del as de bastos había tres columnas
paralelas, de cinco letras cada una, colocadas en esta forma:
E
H NW E DT O LI E HW H R
Luego,
di vuelta al rey de espadas, y en el reverso encontré sólo estas
catorce letras:
Q
W FT S WJ H UO F EY E
—¿Qué
significará todo esto?—exclamé, examinando cuidadosamente, a
laluz, los caracteres escritos. Las letras eran mayúsculas, y tan
torpe e inseguramente trazadas como las del as de copas; no hay duda,
debían haber sido hechas por una mano sin educación. Las A
denotaban una forma de letra extranjera más que inglesa, y el hecho
de que algunas cartas estaban escritas por el anverso y otras por el
reverso, parecía indicar que había algún significado oculto. Fuese
lo que fuese, aquello se presentaba como un problema enigmático e
intrincado.—Es muy curioso, ciertamente—observó Mabel, después
de haber estado unrato tratando en vano de juntar algunas palabras
inteligibles con las letras en columnas, valiéndose del método
fácil de cálculo.—No tenía lamedor idea de que mi padre hubiese
llevado oculto de este modo su secreto.—Sí—dije,—es
verdaderamente asombroso. No hay duda, su secreto está escrito aquí,
y lo sabríamos, si poseyéramos la clave. Pero es probable que sus
enemigos conozcan su existencia, o si no, él no lo hubiese dejado
guardado aquí al partir para Manchester. Puede ser que Dawson lo
sepa.—Es muy probable—contestó ella.—Era el hombre de relación
más íntima de mi padre.—Su amigo, dice él que era.—¡Amigo!—gritó
ofendida.—No, su enemigo.—Y, por lo tanto, su papá le temía,
¿no es así? Fue esa razón la que loindujo a insertar en su
testamento esa imprudente cláusula. Entonces le referí la visita
que la noche anterior nos había hecho Dawson, todo lo que nos había
dicho y la atrevida actitud desafiadora que había adoptado con
nosotros. Suspiró, pero no pronunció una sola palabra. Noté que
mientras yohablaba su semblante se había puesto algo más pálido,
pero permaneció callada, como si hubiese temido hablar, por recelo
de que inadvertidamente fuese a manifestar lo que tenía intención
de que permaneciese siendo un secreto.Mi pensamiento absorbente en
aquel momento era, sin embargo, la aclaración del problema que se
encontraba oculto dentro de esas treinta y dos cartas, bien
manoseadas, que estaban delante de mí. El secreto deBurton Blair,
cuyo conocimiento le había producido su fortuna demillones, se
encerraba allí, y ahora que por legado me pertenecía,estaba en mis
intereses hacer toda clase de esfuerzos para conseguirdescubrir la
verdad exacta. Recordé el inmenso cuidado que había tenido con esa
bolsita que yacía vacía sobre la mesa, y la negligente confianzacon
que me la había mostrado esa noche en que no era más que un
vagabundo sin hogar que andaba recorriendo los caminos en busca de
losmolinetes. Mientras la tenía en su mano mostrándomela, había
visto brillar sus ojoscon una luz viva de esperanza y anticipación.
Algún día sería un hombre rico, me había profetizado, y yo, en mi
ignorancia, había creídoentonces que era un soñador, un iluso.
Pero al mirar en torno de esapieza en que estaba ahora de pie y ver
ostentándose obras de Murillo y del Tintoretto, que cada una de
ellas constituía una pequeña fortuna, mevi obligado a confesar que
había cometido un error y que mi desconfianzahabía sido injusta.¡Y
ahora el secreto escrito sobre ese pequeño paquete de cartas,
deaspecto tan insignificante, era mío... con tal que pudiera
descifrarlo!Era imposible que pudiese haber una situación más
enigmática ymortificante para un pobre hombre como yo. El hombre a
quien en untiempo había podido proteger, me había dejado, como
prueba dereconocimiento, el secreto del origen de su enorme riqueza,
pero tanbien oculto, que ni Mabel ni yo podíamos descifrarlo.—¿Qué
va a hacer?—me interrogó al fin, después de haber permanecidodiez
minutos en silencio examinando las cartas.—¿No habrá en
Londresalgún perito que pueda encontrar la clave? Es probable que
esas personasque se dedican al arte de la criptografía puedan
ayudarnos.—No hay duda—respondí,—pero en ese caso, si
consiguieran hacerlo,descubrirían el secreto para ellos.—¡Ah, no
había pensado en eso!—Las instrucciones que ha dejado su papá en
el testamento, son muyexplícitas y terminantes, recomienda la mayor
reserva en el asunto.—Pero la posesión de estas cartas sin la
clave no es, ciertamente, demucho beneficio—arguyó.—¿No podría
consultar a alguna persona experta,y cerciorarse por qué medios
sería posible descifrar esta clave deenigmas?—Podré hacer
averiguaciones en un sentido general—repliqué,—perocolocar
ciegamente el paquete de cartas en las manos de un perito,sería, me
temo, entregar a otros la posesión más reservada de su papá.Puede
ser que haya aquí escrito algún dato que no sea conveniente
niagradable que el mundo lo sepa.—¡Ah!—exclamó, alzando
rápidamente la vista y mirándome.—Algunosdatos concernientes a su
pasado, quiere usted decir. Sí. Tiene razón,señor Greenwood.
Debemos ser muy prudentes y saber guardar bien elsecreto de estas
cartas, especialmente si, como usted lo ha indicado,Dawson conoce los
medios de poder hacer inteligible este enigma.—El secreto me ha
sido legado, y, por lo tanto, voy a tomar posesión deellas—le
dije.—Haré, también, algunas averiguaciones, y me cerciorarépor
qué medios se pueden poner estas cifras en un inglés
comprensible.Pensé en ese momento en un señor Bayle, profesor de un
colegiopreparatorio situado en Leicester, que era un verdadero perito
en estascuestiones de cifras, claves y anagramas, y resolví no
perder tiempo enir allí y conocer su opinión.A mediodía tomé el
tren en St. Pancras, y a eso de las dos y media meencontraba sentado
con él en su pieza particular del colegio. Era unhombre de regular
edad, completamente afeitado y de rápida inteligencia,que con
frecuencia había ganado premios en los varios certámenes
decompetencia ofrecidos por diferentes periódicos; hombre que
parecíahaber aprendido de memoria el Diccionario de citas
familiares, deBartlett, y cuyo ingenio y habilidad para descifrar
enigmas eraincomparable. Mientras fumábamos, le expliqué el punto
sobre el cualdeseaba me diese su opinión.—¿Puedo ver las
cartas?—me preguntó, sacando la pipa de su boca ymirándome con
cierta sorpresa, según me pareció.Mi primer impulso fue negarme a
mostrárselas, pero después recordé queera uno de los más grandes
peritos que había en estas materias, y, porconsecuencia, saqué el
pequeño paquete del sobre en que lo habíapuesto.—¡Ah!—exclamó
en el momento que las tuvo en su mano y las recorriórápidamente.—Este
es el más complicado y difícil de los enigmascifrados, señor
Greenwood. Estuvo en boga durante el siglo xvii enEspaña e Italia, y
después en Inglaterra, pero en los últimos cien años,o más,
parece que ha caído en desuso, debido, probablemente, a su
grandificultad.Con el mayor cuidado colocó en filas sobre la mesa
todas las cartas, yse entregó a largos y complicados cálculos entre
las pesadas bocanadasde humo que despedía su pipa.—¡No!—exclamó
al fin.—No es lo que yo esperaba. Por medio del sistemade
deducciones no conseguirá nunca la solución. Podrá tratar
dedescifrarlo durante cien años, pero será en vano, sí no descubre
laclave. Hay, en verdad, tanto ingenio en esta clase de cifra, que
unescritor del siglo pasado calculó que en un paquete de cartas
cifradascomo éstas, existen, por lo menos, cincuenta y dos millones
de posiblesarreglos y combinaciones.—¿Pero cómo está escrita la
cifra?—pregunté muy interesado, aun cuandoabatido al ver que no
podía ayudarme.—Del siguiente modo—replicó.—El autor del
secreto decide lo quequiere dejar registrado, y entonces arregla las
treinta y dos cartas enel orden que desea. Después escribe las
primeras treinta y dos letras desu registro, recuerdo, o lo que sea,
en el anverso o reverso de lastreinta y dos cartas, una letra en cada
una consecutivamente, empezandopor la primera columna, y siguiendo
luego por las columnas segunda ytercera, por su orden, hasta que pone
la última letra de la cifra. Sesuelen también colocar en el lugar
de los espacios ciertas letras, yalgunas veces el enigma se hace
todavía más difícil de descifrar para elque por casualidad
encuentra las cartas, cuando se las baraja de unamanera especialmente
arreglada al llegar a la mitad de lo que se estáescribiendo.—¡Muy
ingenioso!—observé, completamente confundido por laextraordinaria
complicación del secreto de Burton Blair.—¡Y, sinembargo, las
letras están escritas con tanta claridad!—Así es—rió el
profesor.—A simple vista parece el más sencillo detodos los
métodos de cifras, y, no obstante, es completamenteininteligible,
salvo que se conozca la fórmula exacta en que estáescrita. Cuando
se consigue eso, la solución es fácil. Se arreglan lascartas en el
orden que estuvieron cuando fueron escritas, y tomando unaletra de
cada carta sucesiva, se deletrea el enigma, leyendo hasta abajouna
columna tras otra y pasando por alto las letras colocadas en ellugar
de los espacios.—¡Ah!—exclamé ansiosamente.—¡Cuánto deseo
conocer la clave!—¿Entonces es un secreto muy importante?—preguntó
Bayle.—Sumamente importante—respondí.—Es un asunto reservado
que ha sidopuesto en mis manos, y que estoy obligado a resolver.—Me
temo que nunca pueda conseguirlo, salvo que exista la clave, comoya
le he dicho. Es demasiado difícil para que yo trate de hacerlo.
Lascomplicaciones, que parecen de construcción tan sencilla,
protegen eficazmente el secreto de toda solución posible y lo
garanten decualquier peligro. Por lo tanto, todos los esfuerzos que
se hagan para descifrarlo sin conocer el orden en que estuvieron las
cartas, será necesariamente inútil.
Volvió
a colocarlas dentro del sobre y me las entregó, sintiendo nopoderme
ayudar en nada.—Podrá intentar descifrarlo todos los días durante
años yaños—declaró,—y no conseguirá aproximarse a la
verdadera solución.Está demasiado bien protegido para poderlo
resolver por casualidad, yes, en verdad, la cifra más ingeniosa y
segura que haya ideado elingenio de un hombre.Me quedé un rato más
y tomé una taza de té con él; pero a las cuatro ymedia entraba en
el expreso y partía para Londres, decepcionado de miviaje
completamente estéril. Dado lo que me había explicado, el secretose
hacía más impenetrable e inescrutable que nunca.
XV CIERTAS
COSAS QUE DESCUBRIMOS EN MAYVILL
—La señorita Blair, señor—me anunció Glave al día siguiente, un poco antes de las doce. Me encontraba solo en mi pieza particular, fumando y completamente confundido en la empresa de resolver el problema de las cartas del muerto.De un salto me puse en pie para recibir a Mabel, que estaba encantadora y muy elegante con sus ricas y abrigadas pieles.—Supongo que si la señora Percival supiera que he venido sola aquí, medaría una grave conferencia sobre la impropiedad de venir a visitar a un hombre en sus habitaciones—me dijo riendo, después que la saludé ycerré la puerta.—Casi se puede decir que es la primera vez que me ha honrado con unavisita, ¿no es así? Y me parece que no necesita inquietarse mucho por loque piense la señora Percival.—¡Oh! cada día está más rígida—refunfuñó Mabel.—No debo ir aquí, ni tampoco allá; se asusta de que hable con este hombre o con aquel otro, y así todo por el mismo estilo. Verdaderamente, me voy cansando de esto,le aseguro—declaró, sentándose en la silla que yo acababa de desocupar, desprendiendo el cuello de su pesada capa de pieles y acercando su precioso pie al fuego de la chimenea.—Pero ha sido para usted una amiga muy buena—le argumenté.—Según loque yo he podido ver, ha sido la más cómoda de las damas de compañía.—La verdaderamente modelo es aquella que desaparece por completo cinco minutos después que ha entrado en la habitación—manifestó Mabel.—Y es justo que le conceda a la señora Percival lo que le corresponde, porqueella nunca se ha prendido de mí en los bailes y reuniones, siempre me hadejado en libertad, y si me ha encontrado sentada en algún punto retirado y obscuro, ha tenido a mano un pretexto para dirigirme a otra parte. Sí—suspiró,—supongo que no debo quejarme cuando recuerdo esasviejas regañonas en cuyo poder están otras niñas. Por ejemplo, ladyAnetta Gordon y Violeta Drummond, dos preciosas niñas que se hanestrenado en esta última season, sufren verdaderas torturas con esasviejas brujas que las acompañan a todas partes. Ambas me han contado queno pueden levantar los ojos para mirar a un hombre, sin que al día siguiente tengan que soportar una dura conferencia sobre las manerascorteses y la modestia propia de una niña.—En verdad, no creo tenga, hasta ahora, muchos motivos por qué lamentarse. Su pobre padre era muy indulgente con usted, y estoy seguro de que la señora Percival, aun cuando algunas veces pueda parecer un poco rígida, sólo lo hace por su bien—le dije con toda franqueza, depie sobre el tapiz de la estufa y contemplando su hermosa figura.—¡Oh! ya sé que en su concepto soy una niña muy voluntariosa—exclamó,con una sonrisa.—Siempre solía usted decir eso cuando estaba en el colegio.—Lo era, hablándole con sinceridad—contesté abiertamente.—Por cierto. Ustedes los hombres nunca tienen indulgencia con una niña,ni le conceden nada. Son dueños de su libertad cuando visten por primeravez sus pantalones largos, mientras que a nosotras, las pobres niñas, nonos dejan solas ni libres un segundo, ni dentro ni fuera de la casa. Noimporta que seamos tan feas como una bruja o tan bellas como Venus,tenemos que estar amarradas a alguna mujer de edad, que muyfrecuentemente sucede que es tan aficionada a un «flirteo» moderado comola ingenua joven que está a su cargo. Discúlpeme, señor Greenwood, quele hable tan cándidamente, pero mi opinión es que los métodos modernosde la sociedad son todos fingidos y engañadores.—Parece que hoy no está usted con muy buen humor—observé, sin poderdejar de sonreírme.—No, no lo estoy—confesó.—La señora Percival está haciéndose muypesada. Deseo ir esta tarde a Mayvill, y ella no me quiere dejar irsola.—¿Por qué desea, con tanto empeño, ir sola?Se sonrojó ligeramente, y por un momento pareció desconcertada.—¡Oh! no tengo tanto empeño en ir sola—replicó tratando deconvencerme.—Lo que yo objeto es la necedad de quererme impedir queviaje sola como cualquiera otra joven lo hace. Si una doncella tiene lalibertad de hacer sola un viaje por ferrocarril, ¿por qué no puedo yohacerlo también?—Porque usted tiene que respetar las conveniencias de sociedad, y unasirvienta no necesita eso.—Pues entonces prefiero el lote que le ha tocado a ésta ensuerte—declaró de una manera que me hizo comprender que algo la debíahaber incomodado.Yo, por mi parte, hubiera sentido muchísimo que la señora Percival lehubiera consentido ir sola a Herefordshire, pero era evidente que teníaalguna razón secreta para no querer que su respetable compañera fueracon ella.—¿Qué podría ser?—cavilaba yo.Le pregunté la razón que tenía para desear ir a Mayvill hasta sin unadoncella, pero se excusó diciendo que quería ver si estaban biencuidados los otros cuatro caballos de caza por el encargado del stud,como también para hacer un registro completo en el estudio de su padre,por si quedaban allí papeles importantes o íntimos. Ella tenía lasllaves en su poder, y deseaba hacer esto antes de que ese hombre odiosoocupase su puesto.Esta indicación, inventada evidentemente como excusa, me pareció quedebía efectuarse sin más demora; pero era tan claro que deseaba ir sola,que al principio vacilé ofrecerle mi compañía. Nuestra amistad era de uncarácter tan íntimo y estrecho, que podía, por cierto, hacerle esaproposición sin salirme de los limites propios; sin embargo, resolvítratar de saber primero el motivo tan poderoso que tenía para desearviajar sola.Pero Mabel era una mujer inteligente, y no tenía intención de decírmelo.Se conocía que la dominaba un deseo secreto de ir sola a esa espléndidamansión de campo que era ahora de su propiedad, y que no quería que laseñora Percival la acompañase.—Si va a registrar la biblioteca, ¿no sería mejor, Mabel, que yo laacompañase y ayudara?—le indiqué al fin.—Esto es, por cierto, si ustedme lo permite—añadí disculpándome.Quedó silenciosa un momento, como quien está ideando un medio deresolver un dilema; después me respondió:—Si quiere usted venir, para mí será un verdadero placer. Sí, debeayudarme, porque puede ser que descubramos la clave del enigma cifradode las cartas. Mi pobre padre, medio mes antes de morir, estuvo allíunos tres días.—¿Y cuándo partiremos?—A las tres y media, de la estación Paddington. ¿Será cómodo parausted? Vendrá conmigo y será mi huésped.Y se rió picarescamente al ver cómo se rompían las conveniencias, y nose tenía en cuenta el probable disgusto que le causaría a la señoraPercival.—Muy bien—asentí; y diez minutos después la acompañaba hasta abajo yle hacía subir, sonriendo dulcemente, en su elegante victoria, cuyocochero y lacayo vestían ahora de luto.¿No es verdad que suponen ustedes que estaba jugando una peligrosísimapartida? Y era así, en efecto, como después tendrán ocasión de verlo.A la hora señalada me reuní con Mabel en Paddington, y dejando a un ladosus tristes meditaciones y desgracia, emprendimos el viaje hasta laestación Dunmore, más allá de Hereford. Una vez aquí, subimos al cocheque nos esperaba, y después de andar casi tres millas, bajamos delantede la espléndida mansión antigua que dos años antes había compradoBurton Blair, porque el paraje se prestaba admirablemente para laspartidas de caza y para la pesca con caña.Irguiéndose en medio de su hermoso parque, a mitad de camino entreKing's Pyon y Dilwyn, Mayvill Court era, y lo es todavía, uno de lospuntos de campo dignos de verse. Era una mansión ideal hereditaria. Lagran casa antigua, con sus elevadas torres cuadradas, su entrada estilorey Jacobo, su puerta cochera, los hermosos bojs de fantásticas formas yel reloj de sol de su primoroso jardín anticuado, poseía un deliciosoencanto de que pocas mansiones antiguas podían jactarse; y, además, ensu perfecto estado de conservación, sin ninguna alteración ni en sus máspequeños detalles, se encerraba otro interesante rasgo de su atracción.Por espacio de casi trescientos años había estado en poder de susprimitivos dueños, los Baddesley, hasta que Blair la había comprado,incluyendo el mobiliario, las pinturas, armaduras, y, en fin, todo loque en ella había.Eran ya cerca de las nueve cuando la señora Gibbons, la anciana ama dellaves, nos recibió, con los ojos llenos de lágrimas por la muerte de suseñor, y entramos en el gran hall revestido con entrepaños de roble, enel cual se veían la espada y el retrato del valeroso caballero, capitánEnrique Baddesley, de quien todavía se recordaba allí una románticahistoria.Habiendo escapado difícilmente con vida del campo de batalla, el capitánespoleó su corcel y se encaminó a su hogar, seguido muy de cerca poralgunos soldados de Cromwell. Su esposa, dama de gran valor, tuvo apenastiempo de esconderlo en la cámara secreta antes de que llegara elenemigo a registrar la casa. Sin acobardarse mucho, ella misma les ayudóy personalmente los guió por toda la mansión. Como sucedía en muchosotros casos, había que pasar por el dormitorio principal para poderentrar en la pieza secreta, y cuando los soldados penetraron en elprimero para inspeccionarlo, sus sospechas se despertaron. Por lo tanto,decidieron quedarse allí a pasar la noche.La esposa del perseguido les mandó una abundante cena y un poco de vino,mezclado convenientemente con una buena dosis de droga, que dio porresultado que los desagradables huéspedes se durmieran profundamente, yque el valiente capitán, antes de que hubiesen desaparecido los efectosdel vino, se encontrase muy lejos de su alcance.Desde aquel día la vieja mansión había permanecido absolutamente comoera, sin sufrir la menor alteración, con su hilera de obscuros yenvejecidos retratos de familia en el gran hall, su amueblado estilo reyJacobo y sus antiguos yelmos y lanzas que habían sufrido los golpes ychoques de la batalla de Naseby. La noche era terriblemente fría. En lagran chimenea abierta ardían enormes trozos de leña, y mientrasestábamos de pie delante del fuego, calentándonos después del viaje, laseñora Gibbons, que había sido informada de nuestra visita por untelegrama despachado con tiempo, nos anunció que había preparado paranosotros una buena cena, por que sabía que no íbamos a poder llegar a lahora de la comida.Ella y su esposo le manifestaron a Mabel su más profundo pesar por sureciente desgracia.Después de quitarnos nuestros abrigos, pasamos al pequeño comedor, dondeGibbons y un sirviente, de librea, nos atendieron y sirvieron la cena,con toda esa majestad antigua característica en aquella espléndidamansión que tantos siglos contaba de existencia.Gibbons y su esposa, viejos servidores de los antiguos dueños, estabanalgo sorprendidos, según me pareció, de ver que yo solo había venido encompañía de su joven ama, a pesar de que Mabel les había explicado quedeseaba hacer un examen de todos los objetos pertenecientes a su padreque había en la biblioteca, y que por esa razón me había invitado paraque la acompañara.Sin embargo, debo, por mi parte, confesar que yo no había sacado aúnninguna conclusión respecto al móvil verdadero de aquella visita; apesar de que estaba convencido de que había en ello algún motivoulterior, que no podía, empero, ni sospechar.Después de cenar, la señora Gibbons condujo a mi linda compañera a supieza, mientras Gibbons me mostró la que había preparado para mí. Erauna gran habitación situada en el primer piso, cuyas ventanas dabanamplia vista sobre los ondulados prados que se extendían hasta WormsleyHill y Sarnesfield. Ya en varias ocasiones anteriores había ocupado estamisma pieza, y la conocía bien, con su gran cama antigua, tallada, decuatro pilares, sus anticuados tapices y colgaduras, cómodas yguardarropas de estilo rey Jacobo y su cielo raso de roble bruñido.Después de hacerme una ligera toilette, volví a reunirme en labiblioteca con mi elegante y delicada joven huéspeda. Era una gran piezalarga y antigua, donde ardía un brillante fuego, y las lámparas estabansuavemente sombreadas con pantallas de seda amarilla. De un extremo aotro se veían las hileras de libros con sus lomos grises, los queprobablemente hacía medio siglo que no habían sido tocados.Después que Mabel me permitió fumar un cigarrillo y le dijo a Gibbonsque deseaba que nadie la viniese a molestar durante una hora o más, selevantó y cerró con llave la puerta, para que pudiéramos emprender eltrabajo de investigación sin que sufriéramos interrupción alguna.—No sé si descubriremos algo que sea de interés—dijo, volviendo sushermosos ojos hacia mí, dominada por una agitación que no pudo reprimiral dirigirse al gran escritorio y sacar de su bolsillo las llaves de supadre.—Supongo que esta tarea le incumbe al señorLeighton—añadió,—pero prefiero que usted y yo echemos una mirada a losasuntos de mi padre, antes que venga el abogado a examinarlos con susojos escudriñadores.Parecía que abrigaba cierta esperanza de encontrar algo que deseabaocultar al abogado.El escritorio del muerto era un pesado mueble anticuado, de robletallado, y al abrir ella el primer cajón y sacar lo que contenía,acerqué dos sillas y me puse a ayudarle, con el fin de hacer un examenmetódico y completo. Los papeles eran, en su mayoría, cartas de amigos ycorrespondencia con abogados y comisionistas de la City, que le hablabansobre sus diferentes inversiones de dinero. Pude darme cuenta, poralgunas que leí, de cuán enormes habían sido los beneficios que habíaobtenido de ciertas negociaciones verificadas en Sud Africa, mientras enotras se hacían alusiones a asuntos que para mí eran sumamenteenigmáticos.La ansiosa actitud de Mabel era la de una persona que busca un documentoque cree que allí está. Apenas se tomaba el trabajo de leer las cartas;no hacía más que examinarlas rápidamente y ponerlas a un lado. Asífuimos registrando un cajón tras otro hasta que vi en su mano un gransobre azul, sellado con lacre negro, y que tenía el siguiente letrero,escrito por su padre:«Para que sea abierto por Mabel después de mi muerte.—Burton Blair.»—¡Ah!—murmuró casi sin resuello,—¿qué contendrá esto?—Eimpacientemente, rompió los sellos y sacó una gran hoja de papel escritacon letra muy junta, a la cual estaban ligados con un broche variosotros papeles.También cayó algo más del sobre, que yo recogí, y con gran sorpresa meencontré con que era una instantánea muy gastada y rajada, pero que seconservaba por estar adherida a un pedazo de lienzo. Representaba unpaisaje de encrucijadas en una región campestre llana y más biendesolada, con una casita solitaria, que probablemente había sido en untiempo una casa de portazgo, de altas chimeneas, situada sobre la orilladel camino real, teniendo al costado un pequeño jardincillo rodeado dereja. Delante de la puerta se veía un pórtico rústico cubierto de rosastrepadoras, y fuera, sobre un lado del camino, un viejo sillón Windsor,que parecía que acababa de quedar desocupado.Mientras examinaba la fotografía junto de la luz, la hija del muertoleía rápidamente el documento que su padre había escrito.De pronto lanzó un grito de espanto, como horrorizada por algúndescubrimiento que había hecho, y, sobresaltado, me di vuelta paramirarla. Su rostro había cambiado completamente; hasta los labios teníablancos.—¡No!—tartamudeó enronquecida.—¡No... no puedo creerlo... no quierocreerlo!Otra vez miró el papel que tenía en la mano para releer esas fatídicaslíneas.—¿Qué es lo que hay?—inquirí ansiosamente.—¿Puedo saberlo?—Y meacerqué adonde ella estaba.—No—respondió con firmeza, colocando el documento detrás.—¡No! ¡Niusted debe conocer esto!—Y con una rapidez pasmosa lo hizo pedazos,arrojando los fragmentos al fuego antes que yo pudiera salvarlos.Las llamas se elevaron, y un momento después, la confesión del muerto,si tal cosa era, quedó consumida por ellas y desapareció para siempre,mientras su hija estaba de pie, macilenta, rígida y pálida como unamuerta.XVIEN EL QUE SE CONFIRMAN DOS HECHOS CURIOSOSAquella acción súbita e inesperada de Mabel me sorprendió y disgustó,porque yo había creído que nuestra amistad era de una naturaleza taníntima y estrecha, que me hubiera permitido, por lo menos, dar unamirada a lo que había escrito su padre.Sin embargo, cuando reflexioné un momento después que el sobre habíasido especialmente dirigido a ella, comprendí que su contenido habíasido destinado expresamente para que sólo sus ojos lo vieran.—¿Ha descubierto algo que la ha trastornado?—le pregunté, mirandofijamente su cara pálida y arrugada.—Espero que no sea nada muydesconcertador.Contuvo la respiración un momento, con su mano puesta instintivamentesobre su pecho, como si hubiera querido tranquilizar los fuertes yviolentos latidos de su corazón.—¡Ah! desgraciadamente lo es—replicó.—Ahora conozco la verdad, laverdad terrible... espantosa.Y, sin añadir una palabra más, se cubrió el rostro con sus manos yestalló en un mar de lágrimas.Estuve en el acto a su lado tratando de consolarla, pero pronto me dicuenta de la impresión profunda de horror y espanto que habían producidoen ella esas palabras escritas por su padre. Su dolor era inmenso; todosu ser estaba embargado por una pena inconsolable.El silencio que reinaba en aquella pieza larga y anticuada, erainterrumpido sólo por sus amargos sollozos y por el solemne tic-tac delgran reloj antiguo que había en el extremo más lejano de la habitación.Mi mano se apoyaba tiernamente sobre el hombro de la pobre niña, perotranscurrió un largo rato antes de que pudiera conseguir que enjugasesus lágrimas.Cuando lo hizo, vi por su semblante, que había cambiado y era otramujer.Volvió junto a la mesa-escritorio y alzó el sobre, leyendo por segundavez la inscripción que Blair había escrito sobre él, y luego sus ojos sefijaron en la fotografía de la casa solitaria situada cerca de lasencrucijadas.—¡Qué!—exclamó, sobresaltada,—¿dónde ha encontrado esto?Le expliqué que había caído del sobre; entonces la tomó y la miró unlargo rato. Después, dándola vuelta, descubrió algo que yo no habíanotado: escritas débilmente con lápiz y medio borradas, se leían lassiguientes palabras: «Encrucijadas de Owston, 9 millas más allá deDoncaster, sobre el camino Selby.—B. B.»—¿Sabe usted lo que es esto?—No, no tengo la menor idea—respondí.—Debe ser algo que su papácuidaba mucho. Parece muy gastada, como si alguien la hubiera llevadoguardada en el bolsillo.—Bien, entonces yo se lo diré—me dijo.—No tenía idea de que aún laconservara, pero creo que la ha guardado como un recuerdo de esosfatigosos viajes a pie del lejano pasado. Esta fotografía representa elsitio que andaba buscando por toda Inglaterra—añadió, conservándolatodavía en su mano.—No tenía más que esta instantánea por guía, y, porlo tanto, nos vimos obligados a recorrer de arriba abajo todos loscaminos reales del país, con el fin de encontrar el punto buscado. Nofue hasta casi un año después que usted y el señor Seton tuvieron lagenerosidad de ponerme en la escuela, en Bournemouth, cuando mi padreconsiguió descubrir lo que había andado buscando durante tres largosaños, pues él siguió solo sus fatigosas excursiones. Una noche de veranoconsiguió, por fin, identificar las encrucijadas de Owston, y encontróviviendo en la casa a la persona que había buscado tan empeñosamente ycon tanto sacrificio.—Es curioso—exclamé yo.—Cuénteme más al respecto.—Nada más hay que contar, salvo que, debido al descubrimiento de lacasa, obtuvo la clave del secreto; a lo menos, eso es lo que yo le heentendido siempre que ha hablado de esto—contestó.—¡Ah! recuerdo bienaquellas interminables y cansadoras caminatas cuando niña; cómorecorríamos esos largos, blancos e inacabables caminos, con sol y conlluvia, envidiando a la gente que iba en coches y en carros, a hombres ymujeres que andaban en bicicletas, y, sin embargo, mi valor se sosteníasiempre con las palabras de aliento de mi padre y su declaración de quealgún día habíamos de poseer una gran fortuna. Esta fotografía lallevaba constantemente consigo, y en casi todas las encrucijadas lasacaba, examinaba el paisaje y lo comparaba, sin saber, por cierto, sila vieja casa había sido derribada después de sacada la instantánea.—¿No le dijo nunca la razón que tenía para desear tan empeñosamentevisitar esa casa?—Solía decirme que el sujeto que vivía en ella, el mismo que tenía porcostumbre sentarse en las tardes de verano en la silla colocada en elexterior de la casa, era su amigo, aun cuando hacía mucho tiempo que nose veían y éste ignoraba si mi padre vivía aún. Creo que habían sidoamigos en el extranjero, cuando mi padre había andado navegando.—¿Y la razón que tenía su papá para estos constantes viajes errantesera identificar dicho paraje?—exclamé, contento de haber aclarado alfin un punto, que, durante cinco años o más, había sido un verdaderomisterio.—Sí. Un mes después que hubo conseguido su anhelado objeto, vino aBournemouth a verme, y me dijo en confianza que su dorado sueño deposeer una gran fortuna estaba próximo a realizarse. Había resuelto elproblema, y dentro de una o dos semanas esperaba tener abundantesrecursos. Casi inmediatamente después de esto desapareció, y estuvoausente un mes, como usted recordará. Al cabo de ese tiempo volvió rico;tan rico, que usted y el señor Seton se quedaron enteramenteconfundidos. ¿No recuerda usted esa noche que estábamos en Helpstone,cuando salí por una semana de la escuela para estar con mi padre, porqueacababa de volver de su viaje? Nos habíamos reunido todos después de lacomida y mi pobre padre recordó la vez aquella en que también allí mismonos habíamos congregado con otro objeto, cuando me enfermé en el caminoy fui traída a la casa de ustedes. ¿Y no recuerda que el señor Setonpareció poner en duda la afirmación de mi padre, que declaró tener yauna fortuna de cincuenta mil libras?—Lo recuerdo—repliqué, al encontrarse sus hermosos ojos puros con losmíos.—Recuerdo bien cómo su padre nos dejó completamente confundidoscuando bajó y trajo su libro de cuentas de un banquero, que probabatener un balance a su favor de cincuenta y cuatro mil libras esterlinas.Después de esto fue para nosotros un misterio más grande que nunca. Perodígame—añadí en voz baja y ansiosa,—qué ha sido lo que ha descubiertoesta noche que tanto la ha impresionado?—Casi he encontrado la prueba de un hecho que durante años he temidoque fuera cierto; un hecho que no sólo afecta la memoria de mi pobrepadre, sino que también me afecta a mí. Estoy en peligro... sí, enpeligro personal.—¿Cómo?—le pregunté rápidamente, sin comprender el significado de suspalabras.—Recuerde que yo le prometí a su padre ser su protector.—Lo sé, lo sé. Es mucha bondad la suya—dijo, mirándome agradecida conesos maravillosos ojos que siempre me habían tenido fascinado por elhechizo de su belleza.—Pero—añadió, sacudiendo tristemente sucabeza,—me temo que en esto sea usted impotente. Si el golpe cae, comotiene que suceder más tarde o más temprano, seré aplastada y quedaréperdida. No hay poder que pueda entonces salvarme; ni aun su fiel ynoble amistad me servirá.—Ciertamente, Mabel, que habla usted de una manera muy extraña. No laentiendo.—Así lo creo—fue su contestación breve.—Usted no lo sabe todo. Si losupiera, comprendería cuán arriesgada es mi posición y qué grande es elpeligro que me amenaza.Estaba de pie, inmóvil como una estatua, su mano apoyada en un ángulodel escritorio y sus ojos fijos en el alegre fuego.—Si el peligro es tan grande y verdadero, creo que debo saberlo. ¡Estarprevenido es estar preparado!—le observé decisivamente.—Es bien real y grande, pero como la confesión de mi padre ha sido sólopara mí, no puedo revelarla. Su secreto es mío.—Ciertamente—respondí, aceptando su resolución, la cual era natural,dadas las circunstancias. No podía revelar las confidencias de sudifunto padre.Sin embargo, si lo hubiera hecho, ¡cuán diferente hubiese sido el cursode los acontecimientos! Indudablemente, la historia de Burton Blair erauna de las más extrañas y románticas que había sido dado a un hombrereferir, y las extrañas circunstancias que ocurrieron después de sumuerte, fueron, ciertamente, más notables y enigmáticas aún. Todo elasunto, desde el principio hasta el fin, era un enigma completo.Más tarde, cuando Mabel se hubo tranquilizado algo más, concluimosnuestro trabajo de investigación, pero descubrimos muy poca cosa deinterés fuera de varias cartas en italiano, sin fecha ni firma, a pesarde que eran, evidentemente, de puño y letra de Dick Dawson, el amigo...o enemigo, del millonario. Leyéndolas, encontré que era lacorrespondencia de una relación íntima, que participaba de la fortuna deBlair y le ayudaba secretamente en la adquisición de sus riquezas. Semencionaba mucho en ellas «el secreto», y descubrí también repetidasadvertencias sobre que no debía revelar nada del particular a Reginaldoni a mí.En una carta hallé este párrafo en italiano:«Su hija se está transformando en una verdadera dama. Espero que algúndía será condesa, o tal vez duquesa. Sé, por su parte, que Mabel, a suvez, está convirtiéndose en una muy linda joven; y pienso que usteddebería, dados su posición y nombre, hacerle contraer un buen enlace.Pero conozco cuán anticuadas son sus ideas al respecto, pues es usted delos que creen que una mujer debe casarse sólo por amor.»La lectura de estas cartas dejó impreso vívidamente en mí un hechodecisivo, y fue: que si el tal Dawson participaba secretamente de lafortuna de Blair, no tenía necesidad ciertamente de obtener su secretopor medios infames, puesto que lo conocía.El reloj de la caballeriza dio las doce antes que Mabel llamara a laseñora Gibbons, y el esposo de ésta viniese también en seguida,trayéndome un reconfortante whisky y un poco de agua caliente.Mi pequeña y linda compañera me estrechó alegremente la mano, deseándomebuenas noches, y después se retiró, acompañada por el ama de llaves,mientras Gibbons se quedó mezclando mi bebida.—Triste cosa, señor, lo que le ha sucedido a nuestro pobre amo—searriesgó a decir el bien enseñado servidor, que toda su vida la habíapasado al servicio de los anteriores propietarios.—Me temo que la pobrey joven señorita sienta demasiado el peso de su desgracia.—Lo siente demasiado, Gibbons—respondí, tomando un cigarrillo yquedándome de pie con la espalda hacia el fuego.—Era una hija muyamante y dedicada a su padre.—Ahora es la dueña de todo, según nos ha dicho el señor Ford cuandoestuvo aquí, hace unos tres días.—Sí, todo es de ella—le dije;—y espero que usted y su esposa laservirán tan fielmente y tan bien como lo han hecho con su padre.—Trataremos de hacerlo, señor—fue la respuesta del grave servidor, decabello gris.—Todos la quieren mucho a la señorita, que es hoy nuestrajoven ama. Es muy buena con todos los sirvientes.Luego, como yo permaneciera silencioso, colocó preparada sobre la mesami luz, me hizo un saludo y diome las buenas noches.Cerró la puerta al salir, y entonces quedé solo en esa gran piezaantigua y silenciosa, donde las movibles llamas proyectaban extrañassombras y luces en los puntos obscuros, y el viejo y alto relojChippendale marchaba tan solemnemente como lo había hecho durante unsiglo.Después de tomar mi bebida caliente, me acerqué de nuevo al escritoriode mi amigo muerto, y lo examiné cuidadosamente para ver si teníaalgunos cajones secretos. Lo sometí a un registro metódico, pero como nopude encontrar ninguna cavidad insospechada o botón oculto, después deechar una última mirada a esa fotografía que había hecho andar a Blairvagando extenuado durante meses y años para identificarla, apagué laslámparas y cruzando el gran hall antiguo, con sus armaduras de pie queparecían conjurar visiones de caballeros espectrales, subí a mi pieza.El brillante fuego le daba a la vieja estancia, con sus colgadurasfúnebres, un aspecto alegre y confortable que contrastaba con la fuertehelada exterior, y no teniendo deseos de dormir todavía, me eché en unasilla de brazos y senteme a reflexionar profundamente.De nuevo el reloj de la caballeriza dio la hora, la media, y creo quedespués debí dormitar un rato, porque me desperté súbitamente al sentirunos leves pasos furtivos sobre el bruñido piso de roble delante de mipuerta. Escuché, y oí distintamente que alguien se deslizaba suavementey bajaba por la gran escalera, que crujía muy despacio.El extraño aspecto de aquella vieja mansión y sus muchas históricastradiciones produjeron en mí algunos recelos, según parece, pues meencontré pensando en robos, ladrones y visitantes nocturnos. Otra vez mepuse a escuchar con toda atención. ¡Quizá no era más que un sirviente,después de todo! Sin embargo, cuando miré mi cronómetro y vi que faltabaun cuarto para las dos, en el acto quedó descartada de mi mente la ideade que los sirvientes no estuvieran ya descansando.De pronto, en la pieza que quedaba debajo de la mía, oí claramente unruido lento, áspero y desapacible. Luego, todo volvió a quedar ensilencio.Sin embargo, como unos tres minutos después, me pareció oír un vagomurmullo de voces, y entonces, apagando rápidamente la luz, corrí una delas pesadas cortinas de mi habitación, y miré hacia afuera, viendo, congran sorpresa, dos figuras que cruzaban el prado dirigiéndose hacia elbosque de arbustos.La luna estaba algo oculta por las nubes, pero a la luz opaca y nebulosaque esparcía, pude distinguir que aquellas dos figuras eran un hombre yuna mujer. A él me fue imposible reconocerlo de espaldas; pero el portey el modo de caminar de su compañera, al encaminarse con paso apresuradohacia el sombrío círculo de obscuros y desnudos árboles, me eran muyfamiliares.Aquella era Mabel Blair. El secreto estaba descubierto. Su repentinodeseo de venir a Mayvill había sido con el fin de celebrar unaentrevista a media noche.
XVII QUE SE REFIERE PURAMENTE A UN DESCONOCIDO
Sin un momento de vacilación me puse mi sobretodo, cubrí mi cabeza conun gorro de golf y bajé a la pieza que quedaba debajo de la mía, dondeencontré abierta una de las grandes ventanas, y por ella salírápidamente al enarenado camino.Tenía la intención de descubrir el motivo de esta entrevista nocturna yla identidad de su compañero, que debía ser evidentemente algún noviosecreto cuya existencia nos había ocultado a todos. Pero, seguirladerecho a través del prado iluminado por los rayos de la luna, erahacerse descubrir en el acto. Por lo tanto, me vi obligado a dar unavuelta circular y tortuosa, buscando siempre el amparo de las sombras,hasta que al fin llegué al bosque de arbustos, donde me paré y me puse aescuchar ansiosamente.Allí no se oía más que el suave crujido de las ramas y el triste gemidodel viento. Un lejano tren cruzaba el valle, y en algún lugar de laaldea próxima ladraba un perro. No pude, sin embargo, distinguir voceshumanas. Lentamente me abrí paso a través de las hojas caídas hasta quehube orillado todo el bosque, y entonces saqué la consecuencia de quedebían haberlo cruzado por alguna senda extraviada y luego haberpenetrado en el parque.Mi marcha se hacía más difícil, porque la luna no estaba losuficientemente cubierta por las nubes para que mis movimientos hubieranquedado protegidos por las sombras, y temía dar a conocer mi presenciasi salía a campo abierto.Pero el proceder de Mabel de venir aquí a verse con este hombre, fueraquien fuera, me llenaba de confusión y embarazo. ¿Por qué no se veía enLondres con él?—cavilaba yo.—¿Sería tan poco presentable este novio,que su aparición en Londres fuese cosa imposible? No es raro ni tampocouna novedad que una niña de buena cuna se enamore del hijo de unlabrador, como no lo es que un caballero ame a una campesina.Muchas niñas bonitas de Londres sienten en la actualidad una secretaadmiración por algún joven gañán o un caballerizo buen mozo de laposesión de su padre, encerrándose la gravedad de este amor no declaradoen la completa imposibilidad de su realización.Siendo todo ojos y oídos, continué mi marcha, sacando la mayor ventajaposible de la sombra, pero parecía que había tomado una direccióndiferente de la que yo había creído, dado que habían partido casi cincominutos antes que yo.Al fin conseguí llegar a la relativa obscuridad que proyectaba la viejaavenida de hayas que conducía directamente a la casa del guarda sobreel camino de Dilwyn, y proseguí a lo largo de ella como cerca de mediamilla, cuando de pronto mi corazón saltó de alegría, porque delante demí distinguí a los dos que iban a la par conversando animadamente.Mis celos e ira se despertaron en el acto al ver aquello, y temiendo quepudieran oír mis pasos sobre el camino cubierto de dura nieve, medeslicé detrás de los árboles y tomé por encima del césped del parque, consiguiendo pronto aproximarme casi a la par de ellos sin hacer ruidoni atraer su atención.Cuando llegaron al viejo puente de piedra a través del río, que formabala salida del lago, se pararon, y yo, ocultándome detrás de un árbol,pude entonces, a la luz de la luna, que felizmente había adquirido mayor brillo, ver bien las facciones del misterioso compañero de Mabel. Juzgué que debía tener alrededor de veintiocho años, y me pareció un hombrevulgar, mal educado, de nariz chata y ancha y cabellos amarillos, cuya figura pesada, apoyado como estaba contra el bajo parapeto, era indudablemente la de un agricultor. Su cara era de facciones duras y prematuramente curtida, mientras el corte de su traje era de ese tipomarcado de «confección» hecha en la sastrería-emporio de las ciudades provincianas. El sombrero duro de fieltro lo tenía un poco inclinado aun lado, como acostumbran llevarlo en sus paseos de domingo los dandysde barrio y los mozos campesinos.Por lo que pude observar, me pareció que la trataba con extraordinariodesdén y gran familiaridad, hablándole de «tú» y encendiendo en supresencia un cigarrillo ordinario, mientras ella, por su parte, noparecía estar muy tranquila, como si hubiera asistido, más bienobligada, que por su gusto.Se había abrigado confortablemente con una gruesa capa de lana y unabien ajustada gorra con visera, la cual, traída sobre la frente y losojos, medio ocultaba sus facciones.—Realmente, Herberto, no puedo comprender el objeto que persigues—laoí argumentarle.—¿De qué beneficio posible te puede ser semejanteacción?—De mucho—contestó el hombre, añadiendo en una voz grosera y ruda, quellevaba impresa la inenarrable marca del lenguaje inculto delpaisano.—Lo que digo lo haré. Tú sabes bien eso, ¿no es así?—Por cierto—contestó.—Pero ¿por qué me tratas de esta manera? Piensaen el peligro a que me expongo viniendo a verte aquí de noche. ¿Quépensaría la gente si lo supiera?—¡Qué me importa a mí de lo que pueda pensar la gente!—exclamó con indiferencia.—Tú has conseguido, no hay duda, guardar lasapariencias... pero yo no, felizmente.—Pero ¿no es verdad que no harás lo que dices en tono de amenaza?—lepreguntó, en una voz de verdadero tenor.—Recuerda que nuestros secretosson mutuos. Yo jamás te he descubierto... ni poco ni mucho.—No lo has hecho, porque sabías cuál sería el resultado, en esecaso—rió con desprecio.—Nunca he confiado en la palabra de unamujer... aseguro que nunca. Ahora que ha muerto el viejo, eres rica, yyo quiero dinero—añadió decisivamente.—Pero todavía no tengo nada—replicó.—¿Y cuándo vas a tenerlo?—No sé. Antes hay que cumplir con todas las formalidades legales; asíme lo ha dicho el señor Greenwood.—¡Oh! ¡maldito sea Greenwood!—estalló el sujeto.—Dicen que siempreestá en Londres contigo; pídele a él, entonces, que te haga dar por losabogados un poco de dinero. Puedes manifestarle que estás apurada, puestienes que pagar unas cuentas, o alguna otra cosa por el estilo.Cualquier mentira será buena para él.—Imposible, Herberto—contestó, tratando de mantenerse serena.—Debestener paciencia y esperar.—¡Oh, sí, ya sé!—gritó.—Dime que soy bueno y fiel como un perro ytodas esas cosas; pero debes saber que para mí no es esa clase dejuego... ¿me entiendes? No tengo dinero, y debo... mejor dicho, precisoalguno ahora... en el acto... esta misma noche.—Te digo que no tengo nada—declaró.—Pero tienes una buena cantidad de joyas, vajilla de plata y otraschucherías. Dame algo de eso, que yo mañana puedo venderlo fácilmente enHereford. ¿Dónde tienes ese brazalete de diamantes, el que me mostrate,que te regaló el viejo en tu último cumpleaños?—Aquí—replicó, y, alzando su muñeca, mostró la hermosa joya dediamantes y zafires que su padre le había obsequiado, de un valor, porlo muy bajo, de doscientas libras esterlinas.—Dame esto, entonces—exclamó.—Me durará un día o dos hasta que meconsigas dinero.Ella vaciló, dando a conocer que no estaba dispuesta a acceder asemejante petición, y más especialmente cuando el brazalete era elregalo último que le había hecho su padre. Sin embargo, al repetir aquelhombre su exigencia en un tono más amenazador, quedó de manifiesto quesu influencia era suprema, y que en sus manos sin escrúpulos se veía tandesamparada como una pobre criatura.La situación fue para mí una verdadera revelación. Sólo pude sospecharque era el resultado de un inocente «flirteo» antes de que la fortuna lahubiera sonreído, lo cual había hecho que se desarrollara en aquelhombre vulgar una gran arrogancia, tratando de imponerse sobre su buennatural; y después, viendo que era generosa y tierna, había asumido estaactitud de dominio sobre sus actos. Es muy difícil poder seguir el cursode los pensamientos y modo de ser del campesino.En la Inglaterra rural de hoy en día existe muy poca gratitud sincera delos pobres hacia los ricos, y llega a tal grado, que en los distritos decampo, casi no se aprecia el don de la caridad, mientras la gente ricase va cansando de sus esfuerzos por agradar o mejorar la condición delpueblo. El campesino moderno, aun cuando muy honrado en sus tratosy negocios con los de su clase, no puede resistir a la tentación de serinmoral cuando vende sus productos o su trabajo al hombre de fortuna.Parece que forma parte de su religión sacar, sea por medios lícitos oilícitos, todo lo que pueda, del caballero, y luego injuriarlo en lacervecería de la aldea y burlarse de él, presentándolo como un tonto quese deja engañar de esa manera. Por mucho que sienta tener quedeclararlo, sin embargo, todo esto es una amarga y evidente verdad, puesla inmoralidad y el engaño son en la actualidad los dos rasgos másnotables de la vida en las aldeas inglesas.Estaba parado, inmóvil y atónito, escuchando esa extraña conversaciónentre la hija del millonario y su amante secreto.La arrogancia de aquel hombre me hacía hervir la sangre. Más de unadocena de veces, cuando la despreciaba insultándola, o luego la adulaba,para después amenazarla, y por fin aparentaba un afecto repelente, mesentí impelido por el deseo de abalanzarme sobre él y darle una buena ysana lección. Pero contuve mi mano, debido a que reconocí que en esteasunto, en vista de su gravedad, sólo podría ayudar a Mabelpermaneciendo escondido y utilizando lo que sabía en favor de ella.Sin duda Mabel se había creído, en su inexperiencia juvenil, enamoradade ese hombre, pero ahora el horror de la situación se le presentaba entoda su vívida realidad y se veía envuelta y pillada sin esperanza.Probablemente había acudido a la cita alimentando la vana ilusión de versi podía desembarazarse de su peligrosa posición; pero el hombre a quienllamaba Herberto descubrió pronto que él era el dueño de todos loshonores en la partida empeñada.—Vamos—le dijo al fin, en su grosero lenguaje,—si es verdad que notienes dinero, dame el brazalete y asunto concluido. No creo quequeramos pasar aquí toda la noche esperando, pues tengo que estar mañanatemprano en Hereford. Cuanto menos se hable, será mejor.La vi temblar de terror, blanca hasta los labios, encogiéndose como paraevitar su contacto.—¡Ah! Herberto, es demasiada crueldad la tuya—dijollorando,—demasiada crueldad... después de todo lo que he hecho paraayudarte. ¿No tienes lástima, no tienes... compasión?—No, no tengo ninguna—aulló.—Quiero dinero, y debo obtenerlo. Metienes que pagar mil libras en el término de una semana... ¿has oído?—¿Pero cómo puedo hacer eso? Espera y más tarde te daré esa suma, te lo prometo.—Te digo que no voy a dejarme engañar más—gritó furioso.—He manifestado que quiero el dinero, porque de otro modo, voy a hacer público todo. ¿Entonces adonde vas a ir a parar, eh?—Y se rió de una amanera dura y triunfante, mientras ella retrocedía pálida, aterrada y sin aliento. Apreté los puños de ira, y hasta hoy me asombro cómo pude dominarme para no saltar de mi escondite y arrojar por el suelo a ese impudente campesino. Hubiera sido capaz en aquel momento de dejarlo muerto en el sitio.—¡Ah!—gritó ella, con sus manos juntas, tendidas hacia él en actitud de súplica,—seguramente que no tienes la intención de hacer lo que dices, no es posible que pienses en semejante cosa, no; ¡no puedes hacerlo! Me librarás, me ahorrarás ese sufrimiento, ¿no es cierto?¡Prométemelo!—No, no te lo ahorraré, salvo que me pagues bien—fue su brutal respuesta.—Lo haré, sí, lo haré—le aseguró en voz enronquecida, en una voz deuna mujer eminentemente desesperada, aterrorizada, temerosa de ver descubierto algún terrible secreto suyo.—¡Ah!—exclamó con desprecio, encogiendo el labio,—una vez me trataste con desdén, porque te considerabas una gran dama, pero yo voy ahora a vengarme, como vas a verlo. Eres en este momento dueña de una granfortuna, y te declaro abiertamente que tengo intención de que la repartas conmigo. Procede como te parezca mejor, pero recuerda lo que significará para ti el negarte a hacerlo: ¡la exposición!—¡Ah!—gritó ella desesperadamente,—¡esta noche te has revelado bajo tu verdadera faz! ¡Bruto! ¡me perderías, sin el menor remordimiento!—Porque, querida niña, no me estás jugando limpio—fue su contestación arrogante y fría.—Has pensado que te habías librado para siempre de mí muy ingeniosamente, hasta que esta noche me he vuelto a presentar aquí,como ves, pronto, vamos... dispuesto a ser pensionado, ¿le llamaremos así? No creas que tengo el ánimo de permitir que me engañes esta vez;por lo tanto, dame el brazalete como primer pago, y no hablemos más. Y le tiró un manotón al brazo, que ella evitó, haciendo un rápido movimiento.—No acepto—exclamó con una repentina y feroz determinación.—¡Ahora te conozco! Eres brutal e inhumano, sin una pizca de amor o estimación...un hombre de esos que por conseguir dinero es capaz de arrastrar al suicidio a una pobre mujer. Ahora que has salido libre de la cárcel tienes intención de vivir sobre mí: tu carta con esa proposición es suficiente prueba. Pero esta noche te declaro aquí que no conseguirás de mí ni un penique más de la suma que se te paga ahora todos los meses.—Para sellar mis labios—interrumpió.—Y vi en sus negros ojos un relámpago maligno, criminal.—No necesitas tenerlos sellados más tiempo—replicó de un modo abiertamente desafiador.—Yo misma voy a manifestar la verdad, y ponerasí fin a este brillante plan tuyo de chantaje. De consiguiente, creo que me has entendido ahora—añadió firmemente, con un valor que era admirable. Reinó silencio entre ellos durante un momento, interrumpido sólo por el extraño grito de una lechuza.—¿Entonces, esta es absolutamente tu decisión?—preguntó en voz dura, y noté que su rostro estaba blanco de ira y disgusto al reconocer que, si ella manifestaba la verdad y hacía frente a las consecuencias de su propia exposición, fuera ella lo que fuese, su poder sobre la joven quedaría destruido.—Mi resolución está tomada. No temo ninguna revelación que puedas hacer concerniente a mí.—De todos modos, dame ese brazalete—exigió salvajemente, apretandolos dientes, agarrándola por un brazo y tratando a la fuerza de desprender el broche de la joya.—¡Suéltame!—gritó.—¡Bruto! ¡Suéltame! ¿Vas a robarme, después de haberme insultado?—¡Robarte!—murmuró, con una perversa expresión de odio desenfrenado ensu grosera cara pálida.—¡Robarte!—silbó pronunciando un sucio juramento,—¡más que eso voy a hacer! ¡Voy a ponerte donde tu maldita lengua no vuelva a moverse más, y donde no podrás decir la verdad!Y desgraciadamente, antes que yo pudiera conocer sus designios la tomó por las muñecas y, con un movimiento rápido, la obligó a retroceder tan violentamente contra el bajo parapeto del puente, que durante un momento estuvieron unidos en un abrazo de muerte. Mabel gritó aterrada, al darse cuenta de sus intenciones, pero un instante después, con una vil imprecación, arrojo la de espaldas por sobre la muralla, cayendo ruidosamente y desamparada al fondo de las profundas y obscuras aguas. En el acto me abalancé a salvarla, mientras el criminal huía, pero ¡ay!era demasiado tarde, porque vi espantado, al escudriñar ansiosamente la obscuridad de aquel abismo, que la masa flotante de hielo la había cubierto, y había desaparecido completamente de la vista.
XVIII LAS ENCRUCIJADAS DE OWSTON
El ruido de los pasos rápidos del asesino, al escapar por la sombría avenida en dirección al camino, sacóme del desaliento en que estaba y me produjo una viva sensación de mi responsabilidad en presencia de aquello, y en el acto me quité el sobretodo y el saco, parándome después a mirar lleno de ansiedad la negra obscuridad de debajo del puente. Aquellos segundos me parecieron horas, hasta que de pronto alcancé a ver en medio del río un bulto blanco, y sin un momento de vacilación me lancé al agua en su busca. La impresión del agua fue muy dura, pero, felizmente, soy un fuerte nadador, y ni el intenso frío ni la fuerza de la corriente tuvieron mucho poder para impedir mi avance hacia donde estaba el cuerpo de la inconsciente niña. Después que la tomé, sin embargo, tuve que luchar terriblemente para evitar que me arrastrara hacia la curva, donde yo sabía que el río, unido a otro su afluente, se ensanchaba, y donde las probabilidades de efectuar el salvamento hubieran sido muy débiles. Durante algunos minutos luché con todas mis fuerzas para conseguir mantener sobre la superficie la cabeza de la pobre niña inconsciente,sin embargo, era tan poderosa la corriente, con sus masas de hielo flotante, que toda resistencia parecía imposible, y ambos fuimos arrastrados cierta distancia río abajo, hasta que al fin, llamando en mi auxilio mis últimas fuerzas, conseguí salir del peligro con mi insensible carga y llegar a un banco de arena, donde pude sosteniendo una fiera lucha, saltar a tierra y arrastrar a la pobre niña sobre la orilla helada.Muchos años antes había asistido por un tiempo a un curso de primeros auxilios, y recordé en aquel momento las instrucciones que había recibido entonces y me puse en el acto a trabajar para producir una respiración artificial. Era un trabajo pesado para hacerlo solo, con mis ropas mojadas adheridas a mi cuerpo, heladas y duras por el frío terrible; pero perseveré sin embargo, decidido, si posible era, a volverla a la vida, y esto lo conseguí felizmente media hora después. Al principio no pudo pronunciar una palabra, y yo no la interrogué. Mebastaba saber que todavía estaba viva, porque cuando la traje a tierra creí que ya era inútil todo auxilio humano, y que el cobarde atentado de su vulgar amante había tenido éxito. Tiritaba y se estremecía de la cabeza a los pies, pues el viento de la noche cortaba como un cuchillo,y, al fin, por indicación mía, se puso de pie y, apoyándose pesadamente sobre mi brazo trató de caminar. La tentativa fue muy débil primero,pero luego aceleró algo el paso, y, sin mencionar ninguno de los dos lo que había sucedido, la conduje por la larga avenida hasta la casa. Una vez dentro, me manifestó que era innecesario llamar a la señora Gibbons,y en voz muy baja me imploró que callase todo lo que había presenciado. Tomó mi mano entre las suyas y la retuvo.—Quiero que olvide usted, si es su voluntad hacerlo, todo lo que ha pasado—exclamó, profundamente ansiosa.—Ya que me siguió usted y oyó lo sucedido entre nosotros, quiero que considere que esas palabras no han sido jamás pronunciadas. Quiero que... que...—tartamudeó, y luego secalló sin concluir la frase.—¿Qué es lo que desea que haga?—le pregunté después de un breve momento de penoso silencio.—Quiero que me mire usted todavía con alguna estimación, como siempre lo ha hecho—murmuró, bañada en lágrimas,—porque no me gusta pensar que haya descendido en su aprecio. Recuerde que soy una mujer... y los impulsos e indiscreciones de una mujer pueden perdonarse.—Usted no ha perdido absolutamente nada de mi estimación, Mabel—le aseguré.—Lo único que siento es que ese bribón haya cometido con usted ese terrible y ultrajante atentado. Pero ha sido una felicidad que lahaya seguido, aun cuando creo que debo disculparme por haber asumido elcarácter de espía.—Me ha salvado la vida—contestó en un murmullo, al estrecharme la manocon afecto como dándome las gracias. Luego se deslizó veloz y silenciosamente por la gran escalera y perdiose de vista.A la mañana siguiente se presentó en el comedor a la hora del almuerzo,sin que al parecer se notaran casi los estragos producidos por supeligrosa escapada de la muerte, siendo tal vez las únicas huellasvisibles dos negros y grandes círculos alrededor de sus ojos, que dabana conocer su terrible ansiedad y su insomnio. Pero sin embargo charlóalegremente, como si no hubiera tenido ninguna preocupación en el mundopor qué afligirse. Mientras Gibbons estuvo sirviéndonos, no pudo hablarcon confianza, pero cuando sus ojos se fijaban en mi, su mirada estaballena de expresión significativa.Al fin, cuando terminamos, y juntos atravesamos el gran hall para volvera la biblioteca, le dije:—¿Va a permitir que el desgraciado incidente de anoche paseinadvertido? Si lo hace, me temo que ese hombre pueda cometer otroatentado contra su vida. Será ciertamente mucho mejor que sepa, una vezpor todas, que yo he sido testigo de su infame cobardía.—No—respondió en voz baja y dolorida.—Le ruego que no discutamos eso.Debe pasar inadvertido.—¿Por qué?—Porque, si yo tratara de hacerlo castigar, él podría declarar algo...algo que deseo que permanezca siendo un secreto.Yo sabía eso, y recordé cada palabra de aquella acalorada conversaciónnocturna. El bribón conocía algún secreto suyo, el cual temía ella quefuera revelado, pues debía ser deprimente y perjudicial.¡Desde el principio hasta el fin era ciertamente un enigma de lo másnotable y extraño! Desde la noche de invierno cuando la encontré caída ala orilla del camino real en Helpstone, hasta este mismo momento, sehabían ido sucediendo y amontonando misterios sobre misterios, secretossobre secretos, hasta que, con la muerte de Blair y el paquete depequeñas cartas que tan curiosamente me había legado, el problema habíaasumido gigantescas proporciones.—Ese hombre la hubiera asesinado, Mabel—exclamé.—¿Le tiene miedo?—Sí, le tengo—contestó sencillamente, con su mirada fija a través delprado y del lejano parque, y suspiró.—¿Pero no debería usted ahora asumir la defensiva en vista de que esehombre ha intentado deliberadamente quitarle la vida?—leargumenté.—¡Su villana acción de anoche ha sido verdaderamentecriminal!—Lo ha sido—dijo con una voz hueca y confusa, volviendo sus ojos haciamí.—No tenía la menor idea de su intención. Confieso que he venidoaquí, porque me obligó a que viniera a tener una entrevista con él. Hasabido la muerte de mi padre y comprende ahora que puede obtener dinerode mí; que tendré por fuerza que ceder a sus exigencias.—Pero creo que me podrá decir su nombre, por lo menos—exclamé.—Herberto Hales—contestó, no sin alguna vacilación. Despuésañadió:—Pero deseo, señor Greenwood, que me haga el favor de nomencionar otra vez este penoso asunto. ¿Usted no sabe cómo me trastornacuanto depende del silencio de este hombre?Se lo prometí, aun cuando antes hice los mayores esfuerzos para tratarde inducirla a que me diera algún indicio sobre la naturaleza delsecreto que poseía este grosero campesino. Pero fue inflexible y se negóa decirme nada.Que el secreto era algo que la afectaba a ella o a su honor, parecíaevidente, porque cada vez que yo le indicaba que sería bueno obligar aese hombre a que se enfrentara cara a cara con ella, se estremecía deterror a la sola idea de la espantosa revelación que en venganza podíahacer.Cavilaba si ese documento, dedicado a ella solamente, escrito por el queno existía ya, y que había destruido la noche anterior, no tendríaalguna conexión con el secreto de Herberto Hales. En verdad, cualquieraque fuese la índole de lo que ese hombre sabía, el hecho es que era tanpoderoso su secreto, que la obligaba a venir de Londres para arreglarcon él, si era posible, las condiciones.Felizmente, empero, todos los moradores de Mayvill ignoraban porcompleto los acontecimientos de la noche anterior, y cuando a mediodíaabandonamos la mansión, de regreso para Londres, Gibbons y su esposa nosdespidieron en la puerta y nos desearon feliz viaje.El mayordomo y su esposa creían, por cierto, que el objeto de nuestrarápida visita había sido registrar los efectos del muerto, y con lacuriosidad natural de los sirvientes, ambos estaban deseosos de saber sihabíamos descubierto algo de interés, aunque no podían interrogarnosdirectamente. La curiosidad aumenta cuanto mayor es la fidelidad yconfianza que se tiene en un sirviente, hasta que este servidor, fiel yreservado generalmente, sabe tanto y conoce tan bien los asuntos de suamo o ama como ellos mismos. Burton Blair había tenido particularpredilección por el matrimonio Gibbons, y casi parecía que éstos se consideraban menospreciados porque no se les informaba de todas las disposiciones del testamento de su difunto amo. Nosotros sólo les participamos el legado de doscientas libras para cada uno que les había hecho Blair, lo cual les causó el más profundo placer. Después de dejar a Mabel en la plaza Grosvenor y de despedirme de ella,me volví inmediatamente a la calle Great Russell, y me hallé con que Reginaldo acababa de volver de su negocio de la calle Cannon.Procediendo en conformidad a la súplica de mi dulce y encantadora amiguita, no le dije nada sobre el desagradable y excitante incidente dela noche anterior. Todo lo que le conté fue el examen que habíamos hechodel escritorio de Blair y lo que habíamos descubierto en él.—Debemos ir y ver esa casa de las Encrucijadas, creo yo—exclamó cuando hubo visto la fotografía.—De King's Cross a Doncaster es un viaje rápido; podemos ir y volver mañana mismo. Me interesa conocer la casaque anduvo Blair buscando por toda Inglaterra y por cuyo motivo, vagó meses y años hasta descubrirla. Esta fotografía debió venir a supoder—añadió entregándomela,—sin ningún nombre o indicio de su ubicación. Estuve conforme con que debíamos ir y ver por nuestros propios ojos la misteriosa casa; por lo tanto, después de pasar una noche tranquila y agradable en el Devonshire, partimos al día siguiente para Yorkshire enel primer tren matinal. Cuando llegamos a la estación de Doncaster, a la cual nos dirigimos desde Londres sin parar, tomamos una volanta y nos encaminamos por el ancho camino real, cubierto de nieve, que atraviesa por Benttey, recorriendo unas seis millas o más, hasta que, después de orillar el parque de Owston, nos encontramos de pronto sobre las Encrucijadas, donde se levantaba la solitaria y vieja casa, tal como la fotografía la representaba. Era un edificio antiguo y extraño, parecido a esas viejas casas de portazgo que se ven en los grabados de la antigüedad, sólo que le faltaba la vieja barra de hierro. Sin embargo, se conservaban todavía los postes del portón, y como durante la noche había caído una sábana de nieve, el aspecto que presentaba el paraje, era verdaderamente invernal y pintoresco. La vieja casa, con sus anchas chimeneas despidiendo humo,parecía que había sido ensanchada después de sacada la fotografía,porque en el ángulo derecho se levantaba una nueva ala de ladrillo colorado, que la transformaba en una morada confortable. No obstante, al aproximarnos más a ella, viéndola surgir de la blanca planicie cubierta de nieve, sentimos que respiraba silenciosamente el ambiente de esa época olvidada, cuando las mensajerías de York y Londres pasaban por allí, los enmascarados caballeros de los caminos estaban escondidos en el bosque sombrío de abetos que se extendía más allá delos abiertos terrenos comunales de Kirkhouse Green, y los postillones no se cansaban de alabar aquellos maravillosos y célebres quesos en lavieja posada Bell, en Stilton.Nuestro cochero pasó de largo, y como a un cuarto de milla del punto lehicimos parar, bajamos y retrocedimos a pie, ordenándole que nos esperara. Llamamos a la puerta y nos abrió una anciana con gorra y adornos de cintas. Reginaldo, que asumió la parte de interlocutor, pidiole disculpa y le manifestó que habíamos ido pasando; pero que, habiendo notado por su exterior que era evidentemente una antigua casa de portazgo, no habíamos podido resistir al deseo de llamar y pedir que se nos permitiera verla por dentro.—Sean ustedes bien venidos, caballeros—contestó la mujer, en sugrosero dialecto de Yorkshire.—Es una casa vieja y les aseguro que han venido muchas personas a visitarla en los años que llevo de estar en ella. A través de la pieza se veían las negras y viejas vigas con dos siglos de existencia, mientras en un rincón estaba la anticuada chimenea que presentaba un aspecto confortable y atrayente con su asiento de roble bien lustrado, y la gran olla hirviendo sobre el alegre fuego. El mobiliario había cambiado poco del que existía en aquella antigua épocade los coches y mensajerías, pero el ambiente general que reinaba, era de abundancia y comodidad.—¿Hace mucho tiempo que vive usted aquí?—preguntó Reginaldo, después que examinamos lo que nos rodeaba y vimos la ventanita triangular en el rincón de la chimenea, desde donde el guardián del portazgo podía antiguamente dominar con la vista muchas millas a lo largo del camino carretero que se extendía a través de los brezales.—El próximo día de San Miguel hará veintitrés años que estoy aquí.—¿Y su esposo?—¡Oh! aquí está—rió la mujer, llamándolo luego:—Ven, Enrique, ¿dónde estás?—y después añadió:—No se ha ausentado niun día de aquí, desde que volvió a la patria hace dieciocho años y dejóel mar. Ambos somos muy apegados a esta vieja morada. Un poco solitario,podría decir la gente refiriéndose al paraje, pero a sólo una milla está Burghwallis. Cuando le oímos mencionar que su esposo había vuelto del mar, los dos pusimos toda atención a sus palabras. Aquí era donde residía,evidentemente, el hombre que Burton Blair había buscado de una punta ala otra de Inglaterra.
XIXEN EL QUE SE ENCUENTRA UN RASTRO
Se
abrió una puerta y avanzó un hombre alto, flaco, viejo, de blancos
cabellos y barba gris puntiaguda. Se conocía que se había retirado
alllegar nosotros para cambiarse el saco, porque traía puesta una
chaqueta azul plegada que tenía muy poco uso, pero cuyo cuello
estaba torcido,demostrando que acababa en ese momento de ponérsela.
Su cara veíase surcada profundamente de grandes y rectas arrugas
através de su frente; era la fisonomía de un hombre que durante
años había estado expuesto a los rigores e inclemencias del viento
y del tiempo de diferentes climas.Después de saludarnos, se rió
alegremente cuando le explicamos nuestra admiración por las casas
viejas. Les dijimos que éramos de Londres, y que las casas de
portazgos, por su relación con el antiguo medio de locomoción en lo
pasado, siempre nos encantaban.—Sí, eran días muy agitados
aquéllos—dijo en una voz más bien fin apara aquel aspecto tan
tosco.—Hoy el automóvil ha ocupado el lugar dela pintoresca
diligencia y sus parejas de caballos, y pasan por aquí bebiéndose
los vientos a toda hora del día y de la noche, haciendo resonar sus
cornetas. Imaginarse semejante cosa en el mismo punto donde Claudio
Duval*paró al Duque de Northumberland y galantemente escoltó
después a lady María Percy hasta Selby.*Célebre salteador de
caminos, de nacionalidad francesa,pero que fue joven a Inglaterra.El
viejo parecía deplorar la desaparición de la buena época
pasada,porque era uno de esos hombres que son conocidos como «de la
vieja escuela», lleno de estrechos prejuicios contra toda nueva
idea, ya fuera de medicina, religión o política, y declaró que,
cuando él era joven,los hombres eran hombres y sabían sostener lo
suyo con éxito en competencia con el extranjero, ya fuese en la paz
del comercio o en el choque de las armas. Nos dijo que su apellido
era Hales, lo cual me produjo la mayor sorpresa, pues era el mismo
del novio secreto de Mabel, y en el correr de la conversación
supimos que había estado un buen número de años en elmar,
principalmente en viajes comerciales por el Atlántico y por
elMediterráneo.—Pero ahora parece que está usted muy
confortable—observé,sonriendo;—tiene una casa cómoda y
atrayente, una buena esposa y todo lo que puede hacerlo feliz.—Dice
usted bien—contestó, tomando una larga pipa de arcilla de sobre el
morillo de la abierta chimenea.—Un hombre no necesita nada más.
Estoy demasiado contento y desearía que todo el mundo en Yorkshire
estuviera tan confortable como yo en este tiempo tan duro.La anciana
pareja parecía sentirse halagada por nuestra visita, y nos
ofrecieron bondadosamente un vaso de cerveza fuerte.—Es cerveza
casera—declaró la señora Hales.—Las personas como nosotros no
pueden darse el lujo de tener vino, pero pruébenla ustedes—insistió,
y como nos vimos instados, tuvimos el gusto de encontrar una excusa
para prolongar nuestra visita.La anciana se fue a la cocina para
traer vasos, y aprovechando esta circunstancia, Reginaldo se puso de
pie, cerró rápidamente la puerta, y,volviéndose a Hales, le dijo
en voz baja:—Queremos conversar reservadamente con usted unos cinco
minutos.¿Reconoce usted ésto?—añadió, sacando la fotografía y
poniéndosela pordelante al anciano.—¡Es mi casa!—exclamó
sorprendido.—¿Pero qué hay con eso?—Nada, salvo que debe usted
contestar a mis preguntas. Son de la mayorimportancia, y el objeto
real de nuestra venida ha sido para poderhacérselas. Primero, ¿ha
conocido usted un hombre llamado Blair, BurtonBlair?—¿Burton
Blair?—repitió el anciano, apoyando sus manos en los brazosde su
silla al inclinarse hacia adelante ansiosamente.—Sí; ¿por
qué?—Ese hombre descubrió un secreto, ¿verdad?—Sí, por mi
intermedio... e hizo millones debido a eso, según dicen.—¿Cuándo
fue la última vez que lo vio?—Hará cinco o seis años.—¿Cuándo
al fin descubrió que vivía usted aquí?—Eso es. Anduvo
recorriendo todos los caminos de Inglaterra paraencontrarme.—¿Fue
usted quien le dio esta fotografía?—No, creo que la debió
robar.—¿Dónde lo conoció usted por primera vez?—A bordo del
Mary Clowle, en el puerto de Amberes. Era marino, como yo.¿Pero por
qué quiere usted saber todo esto?—Porque—contestó
Reginaldo,—Burton Blair ha muerto, y su secreto hasido legado a mi
amigo, el señor Gilberto Greenwood, aquí presente.—¡Burton Blair
ha muerto!—exclamó, poniéndose de un salto en pie, comosi hubiera
recibido una descarga eléctrica.—¡Burton ha muerto! ¿Lo sabeDick
Dawson?—Sí, y está en Londres—repliqué.—¡Ah!—exclamó con
impaciencia, como si todos sus planes se hubierantrastornado por el
conocimiento anticipado que tenía Dawson de lanoticia.—¿Quién se
lo ha dicho? ¿Cómo demonios lo ha sabido?Tuve que confesar mi
ignorancia al respecto, pero, en contestación a supregunta, deploré
el fin trágico e imprevisto de nuestro amigo, y lemanifesté cómo
había quedado en posesión del paquete de naipes, en loscuales
estaba escrito el enigma cifrado.—¿Tiene usted una idea de lo que
en realidad era su secreto?—preguntóel viejo enjuto.—Quiero
decir, ¿sabe usted de dónde provenía su granfortuna?—Nada sé,
absolutamente nada. Tal vez usted pueda decirnos algo, ¿no
esverdad?—No—dijo,—no puedo. De pronto se hizo rico, aun cuando
un mes o dosantes había andado vagando y muriéndose de necesidad.
Me encontró, y yole di ciertos informes, los cuales me recompensó
muy bien después.Fueron estos informes, según me dijo, los que
formaron la clave para elsecreto.—¿Nada tenían que ver con este
paquete de cartas y la cifra?—leinterrogué impacientemente.—No
sé, pues jamás he visto las cartas de que usted hace mención.Cuando
llegó aquí una noche fría, estaba exhausto, muerto de hambre
ycompletamente abatido. Le hice comer, le di una cama para que
descansaray le dije todo lo que quería saber. A la mañana
siguiente, con dineroque yo le presté, tomó el tren para Londres, y
cuando volví a saber algode él, fue por una carta en que me
comunicaba que había pagado a miorden al Banco del condado, en York,
mil libras esterlinas, comohabíamos convenido que sería la suma que
me pagaría por mis informes. Yles aseguro, caballeros, que nadie se
quedó más sorprendido que yo,cuando al día siguiente recibí una
carta del Banco confirmando la de él.Después depositó en el mismo
Banco todos los años, el primero de enero,una suma igual, como un
pequeño regalo, según él decía.—¿Entonces, usted no lo volvió
a ver más después de esa noche en queconsiguió al fin
encontrarlo?—No, ni una sola vez—contestó Hales, dirigiéndose
luego a su esposaque acababa de entrar, para decirle que estaba
ocupado con nosotros enuna conversación reservada y pedirle que nos
dejara solos, lo cual hizoinmediatamente.—Burton Blair era un
hombre de carácteroriginal—continuó, volviéndose a mí,—y
siempre lo fue. No hubo nuncamejor marino que comiera carne de buey
salada, que él. Era un espléndidonavegante y verdaderamente
intrépido. Conocía tan bien el Mediterráneocomo otros hombres
conocen la calle Cable, en Whitechaple, y su vidahabía estado llena
de aventuras. Pero en tierra era un loco atolondrado.Recuerdo con
cuánta dificultad escapamos una vez con vida de una pequeñaciudad
de la costa de Argelia. Movido por un impulso travieso, lelevantó el
velo a una niña árabe que encontramos en el camino, y cuandoella
gritó pidiendo auxilio, nosotros apenas tuvimos tiempo de
escaparcorriendo velozmente, les aseguro—y se rió con ganas al
recordar sustravesuras en tierra.—Pero los dos pasamos momentos
duros en Camaronesy en los Andes. Yo era mayor que él y cuando lo
conocí por primera vezno pude menos de reírme de lo que creía era
ignorancia suya. Pero prontome
di cuenta que él había sacado doble provecho que yo de sus viajes
yaventuras en el corto tiempo que llevaba de navegación, pues tenía
unahábil destreza para desertar e internarse en los puntos que
deseaba,siempre que se le ofrecía una oportunidad. Peleó en media
docena derevoluciones en los países de Centro y Sud América y solía
decirnosque, en cierta ocasión, los rebeldes de Guatemala lo habían
elegido su ministro de comercio.—Sí—confirmé yo—era un hombre
muy notable en muchos conceptos con unahistoria muy notable también.
Desde el principio hasta el fin su vidaera un misterio, y es ese
misterio el que trato ahora, después de sumuerte, de descubrir.—¡Ah!
Pero temo que sea una tarea muy difícil la suya—respondió suviejo
amigo, sacudiendo la cabeza.—Blair era en todo sumamentereservado.
No permitió jamás que su mano derecha supiera lo que suizquierda
hacía. Nunca podrá usted conseguir conocer a fondo toda suviveza e
ingenio, o sus motivos. ¿Y no puede usted adivinar la razón queha
tenido para dejarle su secreto?—añadió, como si hubiese sido un
pensamiento repentino.
—Lo
ha hecho sólo por gratitud. Pude en cierta ocasión prestarle
unapequeña ayuda.—Lo sé. Me contó todo lo sucedido, diciéndome
cómo ustedes dos habíanpuesto en el colegio a su hija para que
terminara su educación.Pero—continuó,—Blair ha tenido algún
motivo para dejarle a usted esacifra ininteligible; puede estar
seguro. El sabía muy bien que jamásobtendría solo su
solución.—¿Por qué?—Porque otros, antes que usted, lo han
intentado y fracasaron.—¿Quiénes son ellos?—inquirí, con gran
sorpresa.—Uno es Dick Dawson. Si lo hubiera conseguido, habría
ocupado el lugarde Blair, transformándose en millonario. Lo que hay
es que no ha sidoperspicaz, y el secreto pasó a nuestro
amigo.—Entonces, ¿usted no cree que yo pueda descubrir alguna vez
la solucióndel enigma cifrado?—No—contestó el anciano, con
mucha franqueza,—no lo creo, ni se lopredigo tampoco. ¿Y qué es
de su hija?—añadió.—Me parece que sellamaba Mabel, ¿no es
así?—Está en Londres y ha heredado toda la fortuna—respondí.
Al oír esto,la cara arrugada del viejo se iluminó con una severa
sonrisa, y observó:—No hay duda, hará una espléndida conquista
matrimonial. ¡Ah! si ustedpudiera conseguir que le dijera todo lo
que sabe, lo pondría en posesióndel secreto de su padre.—¡Qué!
¿acaso ella lo conoce?—exclamé.—¿Está usted seguro de eso?—Lo
estoy; ella sabe la verdad. Pregúnteselo.—Lo haré—declaré
yo.—¿Pero no puede usted decirnos qué clase deinformes le dio a
Blair esa noche que al fin lo volvió a encontrar?—lepregunté
persuasivamente.—No—replicó en un tono decisivo,—fue un asunto
reservado, y debeseguir siéndolo. Mis servicios fueron
recompensados, y en cuanto a mí meconcierne, yo me he lavado las
manos y nada tengo que hacer de él.—Pero usted puede decirme algo
respecto a esta extraña pesquisa deBlair; algo, quiero decir, que
pueda ponerme en la senda de la solucióndel secreto.—El secreto de
cómo obtuvo su fortuna, dice usted, ¿eh?—Por cierto.—¡Ah! mi
estimado señor, eso no lo descubrirá nunca, fíjese bien, auncuando
llegue a vivir hasta los cien años. Burton Blair se cuidó bien
deocultar eso a todo el mundo.—Y estuvo muy bien ayudado por
hombres como usted—le dije, con untanto de impertinencia,—me
temo.—Tal vez, tal vez, sí—replicó rápidamente, con su cara
enrojecida.—Leprometí guardar silencio y he cumplido mi promesa,
porque la posicióndesahogada y confortable de que gozo ahora, la
debo únicamente a sugenerosidad.—Un millonario puede hacer
cualquier cosa, ciertamente. Su dinero leasegura sus amigos.—Amigos,
sí—respondió el anciano, gravemente;—pero no felicidad. Elpobre
Burton Blair era uno de los hombres más desgraciados, estoy
bienseguro de eso.Yo sabía que hablaba la verdad. El millonario me
había confesado muchasveces, en confianza, que había sido mucho más
feliz en sus días depenurias y atolondradas aventuras allende los
mares, que ahora que erapropietario de la gran mansión de West End y
de la primera posesiónrural del condado de
Herefordshire.—Atención—exclamó Hales, de pronto, paseando su
mirada penetrante deReginaldo a mí y sucesivamente,—voy a hacerles
una advertencia—y bajóla voz hasta convertirse casi en un débil
murmullo.—Ustedes dicen queDick Dawson ha vuelto. ¡Tengan cuidado
con él! ¡Pueden apostar sucabeza, seguros de que ese hombre tiene
malas intenciones! ¡Tengan,también, mucho cuidado de su hija; ella
sabe más de lo que ustedespiensan.—Nosotros abrigamos una ligera
sospecha de que Blair no ha muerto decausas
naturales—observé.—¿Tienen ustedes recelos?—exclamó,
sobresaltado.—¿Por qué creen eso?—Las circunstancias han sido
tan notables, que nos han hecho entrar endudas—repliqué, y
entonces pasé a explicarle el trágico fin de nuestroamigo y todo lo
sucedido, como ya he tenido ocasión de referirlo.—¿No sospechan
ustedes nada de Dick Dawson?—preguntó ansiosamente elanciano.—¿Por
qué? ¿Tenía algún motivo para desear verse libre de
nuestroamigo?—¡Ah! Yo no sé. Dick es un cliente muy entretenido.
Siempre lo tuvobajo su dominio a Blair. Formaban una pareja muy
notable; el unosurgiendo como millonario, y el otro viviendo en el
extranjero, creo queen Italia, en el mayor secreto y retiro.—Dawson
debía tener algún motivo muy poderoso para permanecer
tanoculto—observé.—Porque se veía obligado a estarlo—contestó
Hales, con un movimientomisterioso de cabeza.—Existían razones
para que él no asomase a la luzsu rostro. Yo mismo me quedo
asombrado de ver cómo se ha atrevido ahoraa mostrarse.—¡Qué!—grité
ansiosamente,—¿acaso lo necesita la policía?—Me imagino que no
recibiría con agrado la visita de cualquiera de esoscaballeros
escudriñadores de la Scotland Yard—contestó el anciano,después
de cierta vacilación.—Recuerden ustedes que yo no hago
ningunaacusación, absolutamente ninguna. Sin embargo, si intenta
cometer algunamala acción, pueden ustedes mencionarle, como de paso,
que Enrique Halesvive todavía, y está pensando en venir a Londres
para hacerle una visitamatinal. Observen entonces el efecto que estas
palabras producirán enél—y el anciano se rió, añadiendo:—¡Ah!
señor Pájaro Dawson, meimagino que todavía tiene que arreglar sus
cuentas conmigo.—¿Entonces nos ayudará usted?—exclamé con
vehemencia.—¿Puede ustedsalvar a Mabel Blair si quiere?—Haré
todo lo que pueda—fue la respuesta de Hales,—porque reconozcoque
se está tramando por alguna parte una
ingeniosísimaconspiración.—Luego, después de una corta pausa,
durante la cualrellenó de tabaco su pipa, y con sus ojos fijos en mí
pensativamente,añadió:—Hace un momento que ha dicho usted que
Blair le ha legado susecreto, pero no me ha explicado los términos
exactos de su testamento.¿No decía nada sobre eso?—En la cláusula
en que me hace la donación, hay una extraña copla quedice:
King
Henry the Eighthwas a Knave to his queens,He'd one short of sevenand
nine or ten scenes!
e
insiste también en que oculte el secreto a todos los
hombres,exactamente como él lo ha hecho. Pero, estando cifrado
elsecreto—añadí,—me será imposible conocerlo.—¿Y no tiene
la clave?—sonrió el viejo marino, de rostro endurecidopor las
inclemencias del mar.—¡Ninguna... salvo que la clave esté oculta
dentro de esarima!—exclamé, ocurriéndoseme, por primera vez, este
extraño y rápidopensamiento. Y de nuevo repetí en alta voz la
copla. Sí, todas lascartas de juego que hay en ese paquete de
naipes, están mencionadas enella:
King
(rey), eight (ocho), Knave (sota),Queen (reina), seven (siete),nine
(nueve), ten (diez).
Mi
corazón dio un salto. ¿Sería posible que arreglando las cartas en
elorden siguiente pudiera leerse el registro?¡Si era eso así,
entonces el extraño secreto de Burton Blair era mío alfin!Manifesté
mi sorprendente y súbita idea, y la cara tostada del ancianose
iluminó con una sonrisa triunfante, exclamando:—Arregle las cartas
y haga la prueba.XXLA LECTURA DEL REGISTROEl sobre que encerraba en
su seno las treinta y dos cartas, estaba en mi bolsillo, junto con la
fotografía pegada al lienzo; por lo tanto,despejé la cuadrada y
vieja mesa de roble, las saqué ansiosamente y las coloqué encima de
ella, mientras Reginaldo y el anciano me miraban faltos de
aliento.—El primero mencionado en la rima es el rey—dije.—Pongamos
los cuatroreyes juntos.Una vez arreglados, coloqué los cuatro ochos,
las cuatro sotas, las reinas, ases, nueves y dieces, en el orden que
llevaban en la poesía.Reginaldo fue más rápido que yo en leer la
primera columna y declaró queera un enredo enteramente
ininteligible. Luego leí yo, y, profundamentedecepcionado, me vi
obligado a confesar que, después de todo, allí no se encontraba la
clave.Sin embargo, recordé lo que mi amigo de Leicester me había
explicado,advirtiendo cómo podía encontrarse en la primera letra de
cada carta,leyendo consecutivamente una tras otra en todo el paquete,
y traté,repetidas veces, de arreglarlas de una manera inteligible,
pero no tuveningún éxito. La cifra seguía tan confusa y enigmática
como siempre.Noches enteras había pasado con Reginaldo, tratando, en
vano, dedescubrir algo, pero siempre había sido inútil, pues no
habíamos podidonunca descifrar ni una sola palabra.Cambié las
letras de arriba a abajo, pero el resultado fue el mismo.—No—observó
el anciano Hales,—todavía no ha conseguido encontrar loque
buscaba; pero estoy seguro, sin embargo, de que anda cerca. Esacopla
da la clave, usted me lo ha hecho notar.—Sinceramente creo que es
así, pero la cuestión es descubrir el arregloconveniente de las
cartas—declaré agitado y sin aliento.—Justamente—observó
Reginaldo con tristeza.—En eso está laingeniosidad de la cifra. Es
tan sencilla, y, sin embargo, tan extraordinariamente complicada a su
vez, que las posibles combinaciones que pueden hacerse con ella
ascienden a millones. ¡Piensa en ello!—Pero tenemos la rima, la
cual, distintamente, nos indica suarreglo.—Y volví a repetir la
copla.—Es bastante claro, y debíamos haberlo visto desde un
principio—respondí.—Entonces, pruebe con el rey de un palo, con
el ocho de otro, la sotade otro... y así con los demás—indicó
Hales, agachándose con vivo interés sobre las pequeñas cartas.Sin
pérdida de tiempo seguí su consejo, y cuidadosamente volví
acolocarlas de la manera que había dicho. Pero de nuevo el resultado
fue ininteligible, pues no fue más que un grupo de letras
enigmáticasengañadoras y decepcionantes.Recordé lo que mi amigo,
perito en la materia, me había dicho, y micorazón se abatió
profundamente.—¿No conoce usted, en efecto, los medios por los que
puede resolverseel problema?—le pregunté al anciano señor Hales,
pues se habíaapoderado de mí en ese momento la sospecha de que él
los conocía bien.—Le aseguro que no puedo decirle nada—fue su
rápida réplica,—porqueno los conozco. Sin embargo, a mí me
parece que esa copla forma, dealguna manera, la clave. Intente otro
arreglo de las cartas.—¿Cuál? ¿Qué otro puedo probar?—pregunté
confundido, pero él sólosacudió la cabeza.Reginaldo, con papel y
lápiz en la mano, estaba tratando de descifrar yhacer comprensibles
las letras por medios que varias veces habíaintentado yo, a saber:
substituyendo la A por la B, la C por la D, y asítodas las demás.
Después probó añadir dos letras, luego tres, y más aún,con el
fin de descubrir la clave, pero, como ya me había sucedido antesa
mí, su trabajo fue enteramente perdido.Mientras tanto, el anciano,
que parecía manejar las cartas condemasiado interés, estaba, lo vi,
tratando de volverlas a arreglar élsolo, colocando su dedo sobre
una, luego sobre otra y después sobre unatercera, como si hubiera
sabido el arreglo concreto de ellas, y leyendopara sí el
registro.¡Tal vez era posible que estuviera en posesión de la clave
del problemaque teníamos allí desplegado, y que se estuviese
enterando del secretode Burton Blair, mientras nosotros permanecíamos
ignorándolo!De pronto, el anciano y enjuto marino se enderezó, y,
mirándome,exclamó, con una sonrisa de triunfo:—Mire, señor
Greenwood; aquí hay cuatro palos, ¿no es verdad? Haga laprueba por
orden alfabético: los bastos, copas, espadas y oros. Primerotome
todos los bastos y arréglelos así: rey, ocho, sota, reina,
as,siete, nueve, diez; luego las copas, y después los otros dos
palos. Unavez terminado el arreglo vea lo que puede sacar de
eso.Ayudado por Reginaldo, procedí de nuevo a colocar sobre la mesa
lascartas como me había indicado, y las arreglé, según la extraña
rima, encuatro columnas de ocho cartas cada una, por orden
alfabético.—¡Al fin!—gritó Reginaldo, casi fuera de sí de
gozo.—¡Al fin! ¡Ya latenemos, viejo! ¡Mira! Lee la primera letra
de cada carta hasta abajo,una columna después de otra. ¿Qué es lo
que deletreas?Los tres estábamos sin poder respirar, y aparentemente
el más agitado detodos era el viejo Hales, o, tal vez, nos había
estado extraviando yfingiendo ignorancia. Había arreglado solo la
primera fila, la debastos, pero ya se leía lo
siguiente:
ReyBONTDRNNCROAUITOchoEITYGOJTAENNWNHSotaTNHJENTYNDJOIDEReinaWTESJTHFDTOLLTCAsEWJIWHEOEHNDLHRSieteEHLXHEFUFEEEFEONueveNEEPEFIRERWOIOSDiezTRFARIFJNEINNLS—La
primera columna empieza con la palabra Between
(¡Entre!)—grité,contemplando atónito lo primero comprensible que
había descubierto.—¡Sí, y yo veo otras palabras en las demás
columnas!—exclamóReginaldo, arrebatándome, lleno de agitación,
algunas de las cartas queyo tenía, y ayudándome a arreglar las
otras filas.Aquellos instantes han sido los más agitados, nerviosos
y solemnes de mivida. El gran secreto que había producido toda su
fabulosa riqueza aBurton Blair, iba a quedar revelado para
nosotros.¡Podía convertirme en un millonario, como había sucedido
con su difuntodueño!Una vez arregladas todas las cartas en el orden
correspondiente: lasocho de copas, las ocho de espadas y las ocho de
oros debajo de las ochode bastos, tomé un lápiz y escribí la
primera letra de cada carta.—¡Sí!—grité, casi fuera de mi
razón y presa de la mayorexcitación,—el arreglo es perfecto. ¡El
secreto de Burton Blair estádescubierto!—¡Es una especie de
registro!—exclamó Reginaldo.Y empieza con las palabras: Entre el
Ponte del Diávolo... ¡Este nombrees italiano, y supongo que querrá
decir: ¡Puente del Diablo!—El Puente del Diablo es un antiguo
puente medioeval que hay cerca deLucca—expliqué rápidamente, y
luego recordé la cara grave del monjecapuchino, que vivía en el
silencioso monasterio próximo a dicho paraje.Pero en ese momento
toda mi atención estaba dedicada a aclarar elenigma, y no tenía
tiempo para reflexionar. La letra Y estaba colocadaen algunos puntos
en lugar del espacio, con el fin aparentemente deconfundir, y así
ocultar el secreto de cualquiera solución probable ocasual.Al fin,
después de un cuarto de hora casi, porque algunas de las
letrasestaban bastante borradas, descubrí que el registro cifrado
que habíaestado escribiendo era un extraño documento que contenía
lo siguiente:«Entre el Puente del Diablo y la punta donde el Serchio
se une al Lima,sobre la orilla izquierda, a cuatrocientos cincuenta y
seis pasos desdela base del puente donde el sol brilla sólo una hora
el cinco de abril ydos horas el cinco de mayo, a mediodía, descended
veinticuatroescalones, detrás de los cuales puede un hombre
defenderse decuatrocientos. Hay dos grandes rocas, una a cada lado.
En una de ellasse encontrará grabada una vieja E. Bajad a la mano
derecha y hallaréislo que buscáis. Pero primero encontrad al
anciano que vive en la casa delas Encrucijadas.»—¿Qué
significará todo esto?—observó Reginaldo, y, volviéndose alseñor
Hales, añadió:—La última parte se refiere a usted.—El anciano
serió intencionalmente, y comprendimos que sabía más de los
asuntos deBlair, que lo que quería confesar.—Significa que en ese
estrecho y romántico valle de Serchio se hallaescondido algún
secreto, y estas son las instrucciones paradescubrirlo—dije.—Conozco
el tortuoso río y el punto exacto donde, através de los siglos, el
agua ha conseguido abrirse paso sobre un lechorocalloso y profundo
lleno de peñascos gigantescos, saltos torrentosos yhondas lagunas.
Sobre este puente se cuentan muchas extrañas historiasdel diablo,
asegurándose que fue él en persona quien lo construyó, conla
condición de tomar para sí el primer ser viviente que pasase por
él,y que fue un perro. En realidad—añadí,—el paraje es uno de
los másagrestes y románticos de toda la campiña toscana. Es
extraño, también,que a sólo tres millas del lugar indicado viva en
el monasteriocapuchino fray Antonio.—¿Quién es fray
Antonio?—preguntó Hales, quien contemplaba aún lascartas con toda
atención.Le expliqué, y el anciano se sonrió, pero yo conocí que
en ladescripción del monje había reconocido a uno de los amigos de
Blair, delos años pasados.—¿Quién habrá escrito este
registro?—le interrogué.—Blair no ha sido,eso es
evidente.—No—fue su contestación.—Ahora que legalmente le
pertenece, por donación de nuestro amigo, y que ha conseguido
descifrarlo, puedo,también, contarle algo más sobre eso.—Sí,
hágalo—gritamos ansiosamente los dos.—Bien entonces; voy a
referir cómo fue—explicó el enjuto anciano,apresando el tabaco en
su larga pipa.—Hace varios años que era yo primer piloto del buque
«Annie Curtis», de la matrícula de Liverpool,ocupado en el
comercio de frutas del Mediterráneo y que regularmente hacía sus
viajes entre Nápoles, Esmirna, Barcelona, Argelia y Liverpool.
Nuestra tripulación era mixta, pues se componía de ingleses,
españoles e italianos, y entre estos últimos había un viejo
llamado Bruno. Era un individuo misterioso, originario de la
Calabria, y entre los demás tripulantes se susurraba que había sido
el jefe de una célebre partida de bandidos, que había sembrado el
terror en la parte más al Sud de Italia, la cual había sido
recientemente exterminada por los carabineros. Los otros italianos lo
conocían por el sobrenombre deBaffitone, que, según creo, quiere
decir Bigotudo.Era muy trabajador, casi no bebía, y, al parecer, era
bastante educado,porque hablaba y escribía bien el inglés, y,
además, siempre estaba atormentando a los demás para que le
hicieran enigmas y cifras, a cuya solución se dedicaba en sus
momentos de ocio. Un día, que era la conmemoración de una fiesta
religiosa, lo cual fue motivo de excusa para los italianos, pues lo
aprovecharon como festivo, lo encontré en el castillo de proa
escribiendo algo en un pequeño paquete de cartas. Tratóde ocultarme
lo que estaba haciendo; pero, despertada mi curiosidad,noté en el
acto cómo las había arreglado, y ese hecho mismo me demostró qué
cifra tan notablemente ingeniosa había descubierto. El anciano se
calló un momento, como si vacilara referirnos toda la verdad del
asunto. Al fin, después de encender su pipa con una astilla,reanudó
su relación, diciendo:—Abandoné el mar, volví aquí al lado de
mi esposa y pasaron seis años sin que supiera nada del italiano,
hasta que un día, con aspecto de un hombre de recursos y vestido con
un traje nuevo y sombrero duro, también nuevo, se presentó a verme.
Todavía estaba en el «Annie Curtis», perocomo la barca se hallaba
en dique seco, él, según me dijo, había querido bajar a tierra
para andar de jarana. Permaneció aquí dos días, y con su pequeña
máquina fotográfica, adquisición muy reciente,
evidentemente,anduvo sacando toda clase de vistas, incluyendo la de
esta casa. Antes de ausentarse me hizo depositario de sus secretos y
me declaró que lo que a bordo de la barca se había sospechado era
cierto, pues no eraotro que el célebre Poldo Pensi, el bandido cuya
osadía y ferocidad habían sido años antes narradas en verso y
prosa en Italia. Sin embargo,desde que su partida había sido
totalmente destruida, habíase reformado,y en vez de sacar provecho
de ciertos datos que había adquirido durante su vida de bandolero,
trabajaba para ganarse su subsistencia a bordo deun buque inglés.
Los datos, según me dijo, los había obtenido de uncierto Cardenal
Sannini, del Vaticano, a quien él tuvo secuestrado paraconseguir un
buen rescate, y eran de una índole tal, que podíaconvertirse en
hombre de fortuna el día que quisiera serlo; pero, dadoque el
Gobierno de su país había ofrecido un gran premio por su
captura,había resuelto ocultar su identidad y recorrer los mares.
También memanifestó la noche antes de irse, aquí en esta pieza,
donde estábamossentados fumando, que el secreto estaba archivado en
forma de registrocifrado, pero de una naturaleza tal, que ninguno que
lo descubrierapodría leerlo sin poseer la clave de la
cifra.—¡Entonces fue aquí, en estas cartas, donde le dejó
estampado elsecreto!—grité, interrumpiéndolo.—Justamente. El
secreto del Cardenal Sannini, obtenido por el famoso bandido Poldo
Pensi, cuya terrible partida de bandoleros devastó media Italia hace
veinticinco años, y que obligó al mismo Papa Pío IX apagarle
tributo, está escrito aquí, como usted lo acaba de descifrar.—¿Y
Pensi ha muerto?—pregunté.—¡Oh! sí. Murió y fue enterrado en
el mar, cerca del puerto de Lisboa,antes de que Burton Blair tomara
posesión de las cartas. El secreto,según mis seguros informes, le
fue arrancado a la fuerza al Cardenal Sannini, que, al atravesar la
desierta e inhospitalaria región entre Reggio y Gerace, fue preso
por Pensi y su gavilla, llevado a su baluarte, pequeña aldea de la
montaña, como a tres millas de Micastro,y allí retenido prisionero,
para exigir un gran rescate a la Santa Sede.Por ciertas razones
ignoradas, parece que el astuto y anciano Cardenalno deseaba que el
Vaticano tuviera conocimiento de su captura; por lo tanto, impuso
como condición de su libertad que revelaría un secreto
notabilísimo, el secreto escrito en estas cartas, lo cual hizo, y
Pensilo puso entonces en libertad, cumpliendo el compromiso.—Pero
Sannini era uno de los cardenales más altamente colocados
enRoma—exclamé.—A la muerte de Pío IX se creyó que sería
nombrado su sucesor en el Pontificado.—Es cierto—observó el
anciano, que parecía muy versado en toda lahistoria moderna de San
Pedro, en Roma.—El secreto divulgado por elCardenal, es,
indudablemente, de inmenso valor, y si procedió así, fue para
salvar su reputación, según creo, por lo que me dijo el bandido
italiano, pues ellos habían descubierto que se encontraba en el
extremoSud de la península, contrariando las órdenes del Papa, que
lo había mandado en opuesta dirección, y el objeto de éstos había
sido promover una agitación religiosa, mal intencionada, contra Pío
IX. De aquí que Sannini, en quien tanto confiaba Su Santidad, viose
obligado a todocosto a ocultar la noticia de su captura, la cual
debía permanecer absolutamente ignorada. Pensi me refirió cómo,
antes de soltar alCardenal, se trasladó, con el mayor sigilo, a
cierto paraje de la provincia toscana y se cercioró de que el
secreto que había revelado elgran eclesiástico era una realidad.
Después de eso fue puesto en libertad, y, con una escolta que lo
garantiera, marchó hasta Cosenza,donde tomó el tren para
Roma.—¿Pero cómo vino el secreto a poder de Burton
Blair?—preguntó ansiosamente.—¡Ah!—observó el viejo,
mostrando las palmas de sus manos morenas y endurecidas,—esa es la
cuestión. Sobre esas mismas cartas que usted tiene, sé que Poldo
Pensi, el exbandido de Calabria, inscribió en inglés las
instrucciones del Cardenal. En efecto, notará usted que la
reverberación que su autor ha sido un extranjero. Esas letras
mayúsculas, casiborradas, fueron trazadas por él a bordo del «Annie
Curtis», y conservóseguro su secreto hasta su muerte. Lo que él me
refirió confidencialmente, no lo manifesté jamás a nadie hasta...
vamos, hasta que Burton Blair me obligó a hacerlo esa noche en que
reconoció estacasa por la fotografía sacada por Poldo, y me
encontró de nuevo.—¡Lo obligó!—exclamó Reginaldo.—¿Cómo?
XXIPEOR QUE LA MUERTE
El alto y enjuto anciano me miró con sus ojos pardos y movió la cabeza.—Burton Blair sabía demasiado—contestó evasivamente.—Según parece,después que yo me retiré llegó a ocupar el puesto de primer piloto, yPoldo, el hombre que había tenido en sus manos, para conseguir buenos rescates, a duques, cardenales y otros grandes hombres, trabajó a sus órdenes pacientemente. Algún tiempo después, Poldo cayó enfermo de un grave ataque de fiebre y murió, pero, aun cuando es bastante extraño, le dejó, así lo aseguraba Blair, el paquete de cartas con el secreto.Dick Dawson, sin embargo, que estaba también en el buque como contramaestre, y que la mitad de su vida la ha pasado en bergantines italianos, en el Adriático, declara que esta historia es falsa, y que Blair robó la bolsita que encerraba las cartas de debajo de la almohade Poldo, media hora antes de que éste muriera. Sea esto verdad o mentira, sin embargo, los hechos quedan en pie, yson: que Poldo debió dejar escapar en medio del delirio de la fiebre parte de su secreto, y que Blair vino a ser el dueño de las pequeñas cartas. Tres semanas después de la muerte del italiano, Blair, al desembarcar en Liverpool, llevando consigo las cartas y la instantánea,emprendió ese larguísimo y fatigoso viaje por todos los caminos de Inglaterra, con el fin de encontrarme y conocer por mi intermedio la clave del secreto del famoso bandido, la cual yo poseía.—Y cuándo consiguió encontrarlo, ¿qué sucedió?—Afirmó solemnemente que Bruno se las había dado como un regalo de moribundo, y que la razón que tenía para buscarme era porque el viejo bandido, antes de morir, pidió ver la fotografía que estaba en su cofre de a bordo, y contemplándola un largo rato, le dijo en italiano,reflexivamente: «En esta casa vive el único hombre que conoce mi secreto.»Esa fue la razón que evidentemente tuvo Blair para posesionarse de la fotografía, después de la muerte del italiano. Cuando llegó aquí, me mostró el paquete de cartas, y me prometió mil libras esterlinas si le revelaba las confidencias del italiano. Como éste había fallecido, no hallé razón por qué negarme, y en cambio de la promesa del pago de dicha suma, le dije lo que quería saber, y entre otras cosas, le expliqué el arreglo de las cartas, de modo que pudo descifrarlas. La clave de la cifra la había descubierto ese día defiesta que encontré a Poldo en el castillo de proa escribiendo unmensaje sobre las cartas, evidentemente dedicado para el Cardenal residente en Roma, porque después he sabido que el bandido y eleclesiástico, antes de la muerte de este último, mantenían frecuente pero secreta comunicación.—Pero el tal Dawson debe haber sacado enorme beneficio de la revelaciónhecha por Blair—observé.—Parece que han sido amigos muy íntimos.—Por cierto que ha sacado provecho—respondió Hales.Blair, en posesión de este notable secreto, tenía un terror mortal aDick, que podía declarar, como ya lo había hecho, que se le había robadoal moribundo. Sabía muy bien que Dawson era un marino sin escrúpulos,del peor tipo que puede haber; por lo tanto, consideró muy prudente,supongo yo, entrar en sociedad con él y que le ayudase a explotar elsecreto. Pero el pobre Blair debe haber estado siempre en las manos deDawson, aun cuando es evidente que sus ganancias fueron enormes. Las deDick no han sido menores, a pesar de que éste ha vivido, al parecer, enel más absoluto retiro y obscuridad.—Dawson tenía miedo de venir a Inglaterra—observó Reginaldo.—Sí—contestó el anciano.—Hace algunos años que hubo en Liverpool unfeo incidente, y esa es la razón que ha tenido.—¿Pero no existe ninguna prueba negativa de que el bandido reformado nole haya regalado el paquete de naipes a Blair?—pregunté enérgicamente.—Ninguna. Por mi parte creo que Poldo se lo debió dar a Blair yrecomendarle que volviera a tierra y me buscase, porque él había sido bueno y había tenido para con él muchas pequeñas finezas duranterepetidas enfermedades. Poldo, al abandonar sus malas hazañas, se habíahecho muy religioso y solía asistir a las misiones para los hombres demar cuando estaba en tierra, como también Blair era, según ustedessaben, un hombre muy temeroso de Dios para ser marino. Cuando recuerdotodas las circunstancias, pienso que era muy natural que Poldo entregaseel secreto del Cardenal, muerto, en manos de su mejor amigo.—El lugar indicado es cerca de Lucca, en Toscana—observé.—Usted diceque el tal Poldo Pensi ha estado allí y ha hecho averiguaciones. ¿Quéfue lo que encontró?—Lo que el Cardenal le había dicho que encontraría. Pero jamás meexplicó lo que era. Todo lo que llegó a manifestarme era que el secretoconvertiría a su dueño en un hombre muy rico, lo que ciertamente hasucedido en el caso de Blair.—La conexión que parece existir entre el difunto Cardenal Sannini yfray Antonio, el capuchino de Lucca, es extraña—observé.—¿Estará elmonje en posesión del secreto? cavilo yo. No hay duda de que él tienealgo que ver con este asunto, como lo demuestran sus constantesconsultas con Dawson.—Es indudable—dijo Reginaldo, dando vuelta a las cartas sin objeto.—Ahora tenemos que descubrir la posición exacta de estos dos hombres, y, al mismo tiempo, impedir que el tal Dawson consiga tomar demasiada posesión de la fortuna de Mabel Blair.—Eso déjemelo a mí—exclamé reservadamente.—Por ahora nuestra línea de conducta es bien clara. Debemos investigar el paraje que queda a orillas del Serchio y descubrir lo que está allí escondido.—Después,volviéndose a Hales, añadió:—En el registro he notado que ordena claramente: «Buscad primero al anciano que vive en la casa de las Encrucijadas.» ¿Qué significa esto? ¿Por qué se indica esa dirección?—Porque creo que cuando el registro fue estampado en estas cartas—contestó,—yo era la única persona que sabía algo respecto al secreto del Cardenal; la única, fuera del interesado, que poseía laclave de la cifra.—Pero al principio aparentó usted no conocerla—observé yo, mirando todavía con cierto recelo al anciano.—Porque no estaba seguro de si procedían ustedes de buena fe—dijoriéndose con toda franqueza.—Me tomaron de sorpresa, y no tenía intención de expandirme prematuramente.—¿Pero nos ha referido usted todo lo que sabe realmente?—exclamó Reginaldo.—Sí, no sé nada más—replicó.—En cuanto a lo que hay en el punto que indica el registro, lo ignoro por completo. Recuerden que Blair me pagólo justo, y aun más de lo estipulado; pero, como ustedes lo saben bien,era un hombre sumamente reservado en todo lo concerniente a sus asuntos,y me dejó sin saber nada.—¿Y no puede darnos más informes sobre este tuerto que parece que hasido socio de Blair en la extraordinaria empresa misteriosa?—Nada más tengo que decir, salvo que es una relación muy poco apetecible. Fue Poldo quien le puso el apodo de «el Ceco».—¿Y el monje que se llama fray Antonio?—Jamás he oído hablar de esa persona; nada sé de él.En la punta de la lengua tuve la pregunta de si tenía un hijo y si su nombre era Herberto, recordando aquella trágica escena nocturna en el parque de la mansión de Mayvill. Sin embargo, supe, por fortuna,contenerme y guardar silencio, prefiriendo ocultar lo que sabía yesperar el desenvolvimiento de los hechos y de aquella extraordinaria situación. Sin embargo, mi corazón rebosaba de indignación y unos feroces y locos celos lo roían. Mabel, la dulce y bondadosa niña que yo tanto amaba, ycuyo porvenir había sido depositado en mis manos, había cometido el grave y triste error, como otras tantas niñas, de enamorarse de unhombre vulgar, torpe y muy inferior a ella. El amor en una cabaña, sobre el que tanto oímos, es muy bueno en teoría, como lo es el engaño de ques e puede tener el corazón alegre aun cuando el bolsillo esté vacío; pero en estos tiempos modernos la mujer habituada a las comodidades y al lujono puede nunca ser feliz en la modesta casa de cuatro piezas, así comono lo es el hombre que se casa valientemente por amor y renuncia a suherencia.No. Cada vez que recordaba las amenazas y menosprecios de ese joven rufián, su arrogancia y su estallido final de pasión criminal, que tancerca había estado de terminar con la vida de mi bien amada, mi sangre hervía de ira y se encendía mi cólera. El bribón había escapado, perodentro de mi ser juraba que no quedaría impune.Y, sin embargo, cuando rememoraba bien toda la escena, parecía que Mabelestaba completa e irresistiblemente bajo el poder de ese hombre, a pesarque había intentado desafiarlo.Permanecimos con Hales y su esposa una hora más, aun cuando pocos datosnuevos obtuvimos, a excepción de algunas palabras que la anciana dejóescapar. Me cercioré de que tenían en efecto un hijo y que se llamabaHerberto, pero que no era de muy buena conducta.—Estaba ocupado en las caballerizas de Belvoir—explicó su madre cuandoyo la interrogué sobre él.—Pero hace como dos años que salió de allí, ydesde entonces no lo hemos vuelto a ver. Algunas veces nos escribe dediferentes puntos y parece que prospera.El tal individuo era, por lo tanto, como yo lo había supuesto por suaspecto, un cuidador de caballos, un caballerizo o algo por el estilo.Eran casi las siete y media cuando llegamos de vuelta a King's Cross, ydespués de una ligera comida en un pequeño restaurant italiano que habíaenfrente de la estación, tomamos un coche y nos encaminamos a la plazaGrosvenor, con el objeto de comunicarle a Mabel nuestro éxito en lasolución del enigma.Carter, que fue quien nos hizo entrar, nos conocía tan bien, que no hizomás que conducirnos directamente arriba y hacernos pasar al salón, tanartísticamente iluminado con sus luces eléctricas sombreadas con lamayor delicadeza y hábilmente colocadas en todos los rinconesimaginables. Sobre la mesa había una gran ponchera antigua, llena deespléndidas rosas Gloise de Dijón, que el jefe de los jardineros enviabatodos los días, junto con la fruta, de la posesión de Mayvill. Suarreglo se debía, como yo bien lo sabía, a las delicadas manos de lamujer que durante años había aprendido a admirar y a amar secretamente.Encima de una mesa lateral había una hermosa fotografía del pobre BurtonBlair colocada en un pesado marco de plata, y en una esquina su hijahabía prendido un moñito de crespón como homenaje a la memoria delmuerto. La gran casa estaba llena de esos delicados rasgos femeninos querevelaban la dulce simpatía de su carácter y la plácida tranquilidad desu vida.De pronto la puerta se abrió, y ambos nos pusimos de pie; pero en vez dela linda joven chispeante y de corazón noble, con voz musical ysemblante alegre y franco, entró el hombre barbudo, de anteojos, arcosde oro, que en un tiempo había sido contramaestre del buque AnnieCurtis, de Liverpool, y después el socio secreto de Burton Blair.—Buenas noches, caballeros—exclamó, saludando con ese aparente yforzado barniz de cortesía que adoptaba algunas veces.—Tengo muchoplacer en agasajar a ustedes en la casa de mi difunto amigo. Comonotarán ustedes, he establecido mi residencia aquí en conformidad a lostérminos del testamento del pobre Blair, y aprovecho con agrado estanueva oportunidad que se me presenta, de volver a encontrarme conustedes.La fina impudencia de este hombre nos tomó de sorpresa. Parecía estarsumamente confiado y seguro de que su posición era inatacable einvencible.—Hemos venido a ver a la señorita Blair—expliqué.—No sabíamos que ibausted a fijar tan pronto su residencia aquí.—¡Oh! es mejor—afirmó.—Los grandes intereses de Blair requiereninmediata atención, pues hay muchos asuntos ligados estrechamente conellos que no se pueden abandonar—y mientras hablaba, la puerta se abrióde nuevo y penetró una joven de unos veintiséis años, de cabellos obscuros y estatura regular, vestida con un traje negro escotado, algoostentoso, pero cuyo rostro era más bien vulgar, aun cuando un tanto imponente.—Mi hija Dolly—explicó el tuerto Dawson.—Permítanme ustedes que los presente,—y ambos le hicimos un saludo frío, porque nos chocabasobremanera el modo de los dos, pues parecía que se habían establecidoallí y tomado en sus manos el manejo de la casa.—Supongo que la señora Percival todavía permanece aquí, ¿no esverdad?—inquirí después de un momento, al recuperar mi calma ytranquilizarme de la impresión que me había hecho el encontrar alaventurero y a su hija en posesión completa de esa espléndida mansiónque medio Londres admiraba y la otra mitad envidiaba; la mansión quehabía aparecido tantas veces descripta y fotografiada en los magazinesy periódicos de las damas.—Sí, la señora Percival está en su gabinete privado. Hace cinco minutosque la dejó allí. Mabel, según parece, salió esta mañana a las once yaun no ha vuelto.—¡No ha vuelto!—exclamé azorado.—¿Por qué?—La señora Percival parece que está trastornada. Creo que abrigatemores de que la haya sucedido alguna cosa.Sin pronunciar ni escuchar una palabra más, bajé corriendo la anchaescalera con su balaustrada de cristal, llamé a la puerta de la piezaque había sido reservada para la señora Percival, dime a conocer, y enel acto fui recibido.Apenas me vio la respetable y repulida viuda, se puso de pie y exclamóterriblemente angustiada:—¡Oh, señor Greenwood, señor Greenwood! ¿Qué podemos hacer? ¿Cómo vamosa tratar a esta gente detestable? La pobre Mabel salió esta mañana y se dirigió en el bróugham a la estación Euston. Allí le entregó estacarta a Peters, dirigida para usted, y luego despachó el carruaje. ¿Qué significará todo esto?Tomé la misiva que me entregaba, y temblando la abrí, encontrando,escritas apresuradamente con lápiz sobre una hoja de papel de esquela,estas pocas líneas:«Estimado señor Greenwood: Indudablemente le causará a usted inmensa sorpresa saber que he abandonado para siempre mi casa. Bien sé queusted abriga por mí tan alta consideración y estima como yo por usted;pero, como mi secreto al fin va a ser conocido, no puedo permanecer haciendo acto de presencia y verme obligada a enfrentarme con usted, quees de todos los hombres al que menos me atrevo a encarar.»Esa gente me perseguirá hasta la muerte; por lo tanto, prefiero viviroculta lejos del alcance de sus burlas y de su venganza, antes que quedarme para ser el blanco de sus desprecios y tengan así la oportunidad de señalarme con su dedo burlón y desdeñoso.»El secreto de mi padre jamás podrá ser suyo, porque sus enemigos sondemasiado ingeniosos y astutos. Han tomado toda clase de precauciones para tenerlo bien asegurado contra sus esfuerzos y empeños. Deconsiguiente, le aconsejo, como verdadera amiga, que es inútil trate deluchar contra la tempestad. ¡Todo es en vano!»¡Exponerme a la situación es peor para mí que la muerte! Créame quesólo la desesperación ha podido arrastrarme a dar este paso, porque los cobardes enemigos de mi padre y míos han triunfado.»Le pido al mismo tiempo olvide completamente que ha existido en elmundo una persona del nombre de la desesperada, afligida e infortunada—Mabel Blair».Quedé parado, con la carta abierta en la mano, manchada en lágrimas,absolutamente mudo y desconsolado.
XXIIEL MISTERIO DE UNA AVENTURA NOCTURNA
—Exponerme a la situación es peor para mí que la muerte—decía en su carta.—¿Qué podría significar eso?La señora Percival adivinó por la expresión de mi semblante la gravedad de aquella carta, y, poniéndose rápidamente de pie, acercose a mí,colocó su mano con cariño sobre mi hombro, y me preguntó:—¿Qué sucede, señor Greenwood, no puedo saberlo?En contestación le di la carta. La leyó velozmente, y después dejó escapar un grito de espanto, comprendiendo que la hija de Burton Blairhabía huido del hogar. Era evidente que ella le temía a Dawson,habiéndose dejado dominar por la creencia aterradora de que su secreto,sea lo que fuere, se haría público ahora, y había huido, según parece,por no volver a encontrarse frente a frente conmigo. ¿Pero por qué? ¿Dequé naturaleza podría ser su secreto para que tanto la avergonzara y la obligara a esconderse?La señora Percival hizo llamar a Crump, el cochero, que había llevado enel bróugham a su joven ama hasta la estación de Euston, y lo interrogó.—La señorita Mabel ordenó el cupé, señora, unos momentos antes de las once—contestó el hombre, saludando.—Llevó su valija de cocodrilo,pero, anoche despachó por Carter Patterson un gran baúl lleno de ropausada, así le dijo la señorita a su doncella. Yo la llevé a Euston, allíbajó y entró en la boletería. Me hizo esperar como cinco minutos,apareciendo después con un mozo de cordel que tomó su valija, y luego ella me entregó la carta dirigida al señor Greenwood para que se ladiera a usted, ordenándome que me retirara. Entonces me volví a casa,señora.—No hay duda, ha partido para el Norte—observé cuando Crump se retiróy la puerta se cerró detrás de él.—Casi parece que su huida hubiese sido premeditada. Anoche mandó su equipaje.Pensaba en ese momento en el arrogante y atrevido caballerizo, en ese impudente joven Hales, y cavilaba si sus renovadas amenazas no habríanconseguido que ella accediera a tener otra entrevista con él. Si eso eraasí, entonces el peligro era terriblemente extraordinario.—La debemos encontrar—dijo con toda resolución la señoraPercival.—¡Ah!—suspiró,—no sé, realmente, lo que irá a suceder,porque la casa está ahora en poder de este hombre odioso y de su hija, yél es un tipo de lo más grosero y mal educado. Se dirige a los sirvientes con toda familiaridad, exactamente como si fuesen susiguales; ¡y hace un momento que cumplimentó a una de las mucamas por su buena presencia! Esto es terrible, señor Greenwood, terrible—exclamó laviuda, inmensamente chocada.—¡Es la exhibición más vergonzosa de su mala educación! Yo no puedo permanecer más tiempo aquí, ciertamente,ahora que Mabel ha creído conveniente abandonar la casa sin siquiera consultarme. Esta tarde vino lady Rainham, pero yo tuve que aparentar que no estaba. ¿Qué puedo decirles a las gentes en estas circunstancias tan angustiosas?Comprendí cuán escandalizada estaba la estimable compañera de Mabel,porque era una viuda sumamente estricta, cuya misma existencia dependía de la etiqueta rigurosa y de las tradiciones de su honorable familia.Cordial y afable con sus iguales, era, sin embargo, muy fría e inflexible con sus inferiores teniendo el hábito de mirarlos a través desus anteojos cuadrados de arcos de oro, y examinarlos como si hubiesen sido extraños seres de diferente carne y sangre. Era esta última idiosincrasia lo que siempre molestaba a Mabel, la cual profesaba esa creencia, tan femenina, de que uno debe ser bondadoso con los inferiores y sólo frío y duro con los enemigos. Sin embargo, bajo el ala protectora y la altiva tutoría de la señora Percival, Mabel había penetrado en el mejor y más elegante círculo social, cuyas puertas están siempre abiertas para la hija del millonario, y había dejado bien sentada sureputación como una de las debutantes más encantadoras de su season.¡Cómo ha cambiado la sociedad en estos últimos diez años! En laactualidad, la llave de oro es el ábrete sésamo de las puertas de lasangre más azul de Inglaterra.Ya no existen los viejos círculos exclusivistas, o, si hay algunos, hanquedado obscurecidos y no tienen importancia. Las damas asisten a lossalones-conciertos y se jactan de concurrir a los clubs nocturnos. Lascomidas en los restaurants, que antes eran consideradas como un motivode rebajamiento, son hoy un gran atractivo. Hace una generación que una dama de alta alcurnia objetaba razonablemente diciendo que no sabía allado de quién podía sentarse; pero, en la actualidad, como sucedía en el teatro antes de la época de Garrick, la fama poco honorable de una partede los concurrentes constituye un incentivo. Cuanto más flagrante es elescándalo respecto a alguna «impropiedad» bien dorada, mayor es elaliciente de comer en su compañía, y, si es posible, a su lado. ¡Tal eshoy la tendencia y el modo de ser de la sociedad de Londres!Por espacio de un cuarto de hora, mientras Reginaldo estaba ocupado conlos Dawson, père et fille, permanecí en consulta con la viuda,tratando de ver si conseguía algún indicio sobre el paradero de Mabel.La señora Percival pensaba que, más pronto de lo que creíamos, nos haríasaber dónde estaba oculta; pero yo, conociendo tan bien la firmeza de sucarácter, no participaba de su opinión. Su carta era la de una mujer quehabía tomado una resolución y estaba dispuesta a sostenerla, costara lo que costara. Temía enfrentarse conmigo, y por esa razón, no hay duda,ocultaría su resistencia. En casa de Cottus tenía a su nombre cuentaseparada, así es que por falta de fondos no se vería obligada a revelar su actual paradero.Ford, el secretario del muerto, hombre joven, como de treinta años,alto, atlético, completamente afeitado, asomó la cabeza, pero como nosencontrara conversando, se retiró en el acto. La señora Percival ya lohabía interrogado, pero ignoraba completamente para dónde había partido Mabel. El tal Dawson había usurpado en la casa la posición de Ford, y este último, lleno de resentimiento, estaba en constante acecho de sus actosy movimientos y dominado de los mayores recelos, como todos lo estábamos. Reginaldo vino por fin a reunirse conmigo, y entró exclamando: «Este hombre es un tipo de lo más original que puede darse, por no decir otracosa. ¡Conque a mí me ha invitado a tomar whisky con soda... en la casade Blair! Considera la huida de Mabel como una broma, habla de ella entono de chanza, asegurando que pronto estará de vuelta, pues no puede permanecer mucho tiempo ausente, y que él la hará volver en el momento que lo quiera o que necesite su presencia aquí. En una palabra, habla ese tipo como si Mabel fuera de cera en sus manos, y él pudiera hacer lo que le plazca con ella.»—Financieramente la puede arruinar, eso es cierto—observé suspirando.—Pero lee esto, viejo—y le di la extraña carta de Mabel.—¡Buen Dios!—tartamudeó cuando la hubo leído,—tiene un terror mortal a esta gente, no puede dudarse. Para escapar de ellos y de ti, ha huido... a Liverpool, para luego embarcarse con rumbo a América, quizá. Recuerda que en su niñez ha viajado mucho, y, por lo tanto, conoce las rutas.—La debemos encontrar, Reginaldo—declaré decisivamente.—Pero lo peor es que ha resuelto dar este paso por escapar de ti—me contestó.—Parece que tiene alguna razón poderosa para proceder así.—Razón que sólo ella conoce—observé con melancolía.—Es, ciertamente,un contratiempo que Mabel haya desaparecido, por su propia voluntad, de esta manera, justamente cuando habíamos conseguido conocer con exactitud el secreto del Cardenal, origen de la fortuna de Blair. Recuerda todo lo que tenemos en juego y arriesgamos. No conocemos quiénes son nuestros amigos o nuestros enemigos. Tenemos que ir los dos a Italia y descubrir el punto indicado en ese registro cifrado, porque, si no lo hacemos,otros se anticiparán, y puede ser que lleguemos demasiado tarde. Convino conmigo en que, perteneciéndome el secreto por haberme sido legado, debía dar inmediatamente los pasos necesarios para hacer valer mis derechos. No pudimos dejar de comprender que Dawson, como socio de Blair y partícipe de su enorme riqueza, debía conocer muy bien el secreto y haber dado ya los pasos convenientes para ocultarme a mí, su legítimo dueño, la verdad. Había que tenerlo muy en cuenta, pues era un hombre siniestro, poseedor de la astucia más insidiosa y del ingenio más diabólico en el arte de los subterfugios. Los informes recogidos en todas partes sobre él, demostraban que éste era su carácter. Poseía es amanera tranquila y fría del hombre que ha vivido a fuerza de aguzar su ingenio, y en este asunto parecía que su ingeniosidad, aguzada aún más por su vida aventurera, iba a tener que enfrentarse y luchar con la mía.La inesperada resolución y repentina desaparición de Mabel eran de enloquecer, y el misterio de su carta, inescrutable. Si, en realidad,temía que pudiera ser revelado algún hecho vergonzoso y desagradable,debía haber tenido suficiente confianza en mí y haberme hecho su confidente. Yo la amaba, aun cuando jamás le había declarado mi pasión;por consiguiente, ignorando la realidad, ella me había tratado como amigo sincero, según había sido mi deseo. Sin embargo, ¿por qué no había buscado mi ayuda? ¡Las mujeres son seres tan extraños, después de todo!—reflexionaba yo.—¡Tal vez amaba a ese rústico hombre!Pasó una semana ansiosa, febril, y Mabel no daba señales de vida. Un anoche dejé a Reginaldo en el Devonshire, a eso de las once y media, y me encaminé a través de las calles húmedas y nebulosas de Londres hasta que llegué adonde el bullicio del tráfico cesaba, los coches arrastrábanse lentamente y sólo pasaban de cuando en cuando, y las húmedas y fangosas calzadas y aceras quedaron a disposición del policía y del pobre y tembloroso vagabundo sin hogar.En medio de la densa neblina anduve embargado en profunda meditación, ycada vez más y más preocupado por aquel notable encadenamiento de circunstancias que hora por hora parecía enredarse más.Había caminado siempre adelante, sin parar ni ocuparme en qué direcciónme llevaban mis pies, pasando a lo largo de Knightsbridge, orillando elParque y los jardines de Kensington, y cruzaba en ese momento la esquina del camino de Earl's Court, cuando una feliz circunstancia me despertóde mi profundo sueño, y por la primera vez tuve conocimiento de que eraseguido. Sí, sentía distintamente pasos detrás de mí, que se apresurabancuando yo me apresuraba, y aflojaban cuando yo aflojaba. Crucé elcamino, y delante de la elevada y larga muralla del Holland Park, meparé y di vuelta.Mi perseguidor avanzó unos pocos pasos, pero se detuvo súbitamente, ysólo pude distinguir, a la luz del débil farol que penetraba a través dela neblina londinense, una figura alta y descompuesta por la nieblaenceguecedora.Sin embargo, no fue bastante densa para impedirme encontrar mi camino,porque conocía muy bien esa parte de Londres. No era muy agradable,ciertamente, verse seguido con tanta persistencia a semejante hora.Sospeché que algún vagabundo o ladrón que había pasado junto a mí, habíanotado mi distracción y olvido de lo que me rodeaba, y se había vueltopara seguirme con mala intención.Seguí de nuevo adelante, sin retroceder, pero apenas lo hice, sentí lospasos ligeros y suaves, como un eco de los míos, que furtivamente resonaban detrás de mí. Había oído contar curiosas historias sobre locos que rondan de noche las calles de Londres y siguen, sin objeto, a los transeúntes, siendo ésta una de las diferentes clases de insanidad bien conocida por los alienistas.De nuevo crucé el camino, pasé a través de la plaza Edwarde, volviendoasí sobre mis pasos, y tomé en dirección a la calle High, pero elmisterioso individuo me seguía con igual persistencia. Confieso que experimenté cierta inquietud, viéndome en medio de esa espesa neblina,que en esa parte habíase puesto tan densa hasta el grado de obscurecer completamente los faroles.De pronto, al dar vuelta a la esquina para penetrar en los jardines deLexham, en un punto donde la neblina había cubierto todo con su negromanto, sentí que alguien me asaltaba repentinamente, y, al mismo tiempo,una aguda sensación penetrante detrás del hombro derecho. El ataque fue tan recio, que lancé un grito, dándome vuelta en el actopara enfrentarme con mi asaltante, pero tan ágil había sido éste, queantes que pudiera hacerlo, me esquivó el cuerpo y huyó.Oí sus pasos al retroceder corriendo por el camino de Earl's Court, yentonces grité llamando a la policía. Pero nadie me respondió. El dolorde mi hombro se hacía a cada momento más incómodo y mortificante. El desconocido me había herido con un cuchillo, y la sangre brotaba, porque la sentía, húmeda y pegajosa, caer sobre mi mano.Volví a gritar: ¡Policía, policía! hasta que, por fin, oí una voz que me respondió en medio de la neblina y me encaminé en su dirección. Despuésde algunos otros gritos descubrí al vigilante y le referí mi extraña aventura. Acercó a mi espalda su linterna sorda y exclamó:—¡Es indudable, señor; le han dado una puñalada! ¿Qué clase de hombre era?—No lo pude ver bien ninguna vez—fue mi torpe contestación.—Se mantuvo siempre a buena distancia, y únicamente se aproximó en un punto demasiado obscuro para poder distinguir sus facciones.—No he visto a nadie, a excepción de un clérigo que encontré hace un momento por el camino de Earl's Court; por lo menos, si no era clérigo,vi que llevaba un sombrero de anchas alas parecido a los que éstos usan.Pero no pude verle la cara.—¡Un clérigo!—exclamé tartamudeando.—¿Cree usted que podrá haber sido algún sacerdote católico?—porque mis pensamientos se habían concentrado en ese instante en fray Antonio, que era, evidentemente, el guardián del secreto del Cardenal.—¡Ah! no puedo afirmarlo. No pude ver sus facciones. Sólo noté su sombrero.—Me siento muy débil—le dije, al apoderarse de mí un fuerte desvanecimiento y languidez.—Desearía que me trajera un coche. Pienseque lo mejor que puedo hacer es irme directamente a mi casa, que está enla calle Great Russell.—Es un viaje muy largo. ¿No sería más conveniente que fuera primero alHospital West London?—indicó el vigilante.—No—repliqué decidido.—Quiero irme a casa y llamar a mi médico.Luego, me senté en el umbral de una puerta que quedaba al terminar los jardines de Lexham y esperé la llegada del vehículo, pues el vigilante había ido al camino Old Brompton en busca de un hanson.—¿Había sido atacado por algún maniático homicida que me había seguido todo el trayecto andado, o difícilmente había escapado de ser víctima deun infame asesinato? Tales eran mis cavilaciones mientras permanecía allí sentado aguardando. La última suposición era, para mí,decididamente, la más factible. Existía una razón poderosa para que se deseara mi muerte. Blair me había legado el gran secreto y yo acababa de conseguir descifrar el enigma que encerraban las cartas.Este hecho debía haber llegado, probablemente, a conocimiento de nuestros enemigos; de ahí este cobarde atentado contra mi vida.Sin embargo, semejante contingencia era aterradora, porque, si realmente era sabido que había descifrado el registro, entonces nuestros enemigos darían, ciertamente, todos los pasos necesarios en Italia para impedirque descubriéramos el secreto que yacía en ese punto de las orillas deltortuoso, agreste y desierto río Serchio.Al fin llegó el hanson, y, deslizando una buena propina en la mano delpolicía, entré en aquél y partimos, lentamente, a través de la niebla,casi al paso, tal era la dificultad de poder marchar. Había colocadosobre el lado derecho de la espalda mi bufanda de seda, para restañar la sangre que manaba de mi herida. Tan pronto casi como penetré en el hanson sentí fuertes vahídos y una extraña sensación de entorpecimiento que me subía por las piernas. Al mismo tiempo se apoderó de mí una curiosa repugnancia, y, aun cuando felizmente pude detener el derrame de sangre, lo que tendía a demostrar que la herida no era, después de todo, tan seria, mis manos empezaron a encogerse de una manera extraña, a la vez que mis carrillos se vieron atacados de un dolor peculiar, muy semejante al que se sufre cuando empieza un ataque de neuralgia. Me sentía terriblemente enfermo y sin fuerzas. El cochero, que había sido informado de mi herida por el vigilante, abrió la puertecita de la cubierta para preguntarme cómo estaba, pero yo apenas pude articular unas pocas palabras. Si la herida era sólo superficial, ciertamente el efecto que producía en mí era extraño. De las muchas luces nebulosas que vi en la esquina de Hyde Park, tengo un recuerdo claro; pero después de eso mis sentidos parecieron quedar atontados por la neblina y por el dolor que sufría, y no recuerdo nadamás de lo que sucedió, hasta que de nuevo abrí penosamente los ojos y me encontré en mi cama, brillando a través de la ventana la hermosa luz del día, y vi a mi lado a Reginaldo y a nuestro antiguo amigo Tomás Walker,cirujano de la calle Reina Ana, de pie, observándome con profunda gravedad, que en aquel momento me pareció humorística.Sin embargo, debo confesar que había muy poca gracia en la situación.
XXIII QUE ES EN MUCHOS CONCEPTOS ASOMBROSO
Walker
estaba confundido, verdaderamente confundido. Mientras había estado
yo inconsciente, él me había curado la herida, después de haberla
examinado, supongo, e inyectado varios antisépticos. Había mandado
llamar también, para consultar, a sir Carlos Hoare, el muy
distinguido cirujano del Hospital de Charing Cross, y ambos habían
estado grandemente confundidos en presencia de mis síntomas. Cuando,
una hora después, me sentí suficientemente fuerte para poder
hablar, Walker me tomó la muñeca y me preguntó lo que me había
sucedido. Después que le hube explicado, todo lo mejor que pude, me
dijo:—Lo único que puedo decirle, mi querido amigo, es que ha
estado tan cerca de la muerte como ninguna otra persona que yo haya
asistido. Ha sido el suyo un caso de los más expuestos que pueden
darse. CuandoSeton me llamó la primera vez y lo vi, creí que todo
había terminado. Su herida es bien pequeña, más bien dicho,
superficial, y, sin embargo, su estado de decaimiento y postración
ha sido de los más extraordinarios;además, hay ciertos síntomas
tan misteriosos, que a sir Carlos y a mínos han llenado de
confusión.—¿Qué arma ha usado ese hombre? No ha sido un puñal
común, ciertamente. Ha sido, no hay duda, una daga de hoja larga y
delgada, un estilete, muy probablemente. He encontrado en la parte
exterior de la herida, sobre latela de su sobretodo, algo así como
grasa, o, más bien dicho, gorduraanimal. Voy a hacer analizar un
poco, ¿y sabe lo que espero encontrar enella?—No; ¿qué?—Veneno—fue
su contestación.—Sir Carlos está conforme con mi suposición de
que usted ha sido herido con uno de esos pequeños y antiguos puñales
con hojas perforadas, que tanto se usaron en Italia durante el siglo
xv.—¡En Italia!—grité, despertando en mí al solo nombre de ese
país la sospecha de que el atentado debía haber sido cometido por
Dawson o por su íntimo amigo, el monje de Lucca.—Sí; sir Carlos,
que, como probablemente usted lo sabe, posee una gran colección de
armas antiguas, me ha dicho que en la Florencia desacostumbradamente
impregnar la gordura animal con algún veneno muy poderosoy luego
frotaban con esa mezcla la hoja perforada. Al herir a la víctimay
retirar después el arma de la herida, quedaba en su seno una parte
dela materia grasa envenenada, la cual producía un resultado
fatal.—Pero usted, ciertamente, no anticipa que estoy
envenenado—exclamé tartamudeando.—Está envenenado, no hay duda.
Su herida no corresponde a su prolongada insensibilidad ni tampoco a
esas extrañas y lívidas manchas que tiene enel cuerpo. ¡Mire el
revés de sus manos!Hice lo que me decía y me quedé horrorizado de
encontrar en las dos unas manchas pequeñas, obscuras, color cobre,
que se extendían también por las muñecas y los brazos.—No se
alarme mucho, Greenwood—rió el amable y buen doctor;—ya he
conseguido dar vuelta a la peligrosa curva, y todavía no le ha
llegado el tiempo de morirse. La escapada ha sido casi un milagro,
porque el arma era de lo más mortífero que pueda imaginarse; pero,
felizmente,llevaba usted puesto un grueso sobretodo, además de otras
piezas de ropa pesadas, todas las cuales le chuparon la mayor parte
de la sustancia venenosa antes de que pudiese penetrar a la carne. Y
le aseguro que ha sido una suerte para usted, porque, si este ataque
hubiese tenido lugaren verano, cuando las ropas son ligeras, no
habría habido la menor esperanza de salvación.—Pero ¿quién ha
sido el autor de este atentado?—exclamé, enloquecido,con mis ojos
clavados en esas feas manchas que cubrían mi piel, prueba evidente
de que dentro de mi naturaleza se había introducido un veneno
terrible.—Alguien que le tendrá un odio implacable, me imagino—rió
el cirujano, que era mi amigo desde hacía varios años y que tenía
por costumbre asistir algunas veces a las partidas de caza con los
Fitzwilliams.—Pero, vamos, viejo compañero, alégrese; uno o dos
días tendrá que pasar con leche y caldo, dejar curarse la herida y
permanecer muy tranquilo. Ya verá cómo pronto vuelve a recuperar su
salud.—Todo eso está muy bueno—respondí impacientemente,—pero
yo tenía unmundo de cosas que hacer, y algunos asuntos privados que
atender.—Tendrá que dejarlos descansar por un día o dos,
ciertamente.—Sí—insistió Reginaldo;—debes estar tranquilo,
Gilberto. Estoy demasiado contento de que no haya sido tan grave como
al principio creímos. Cuando el cochero te trajo a casa y Glave
corrió a buscar a Walker, yo me imaginé que morirías antes de que
llegase. No sentía palpitar tu corazón, y estabas completamente
helado.—¡No adivino quién puede ser el infame que me ha
herido!—grité.—¡PorJacob! que si lo pillo, me parece que allí
mismo le retuerzo su preciosocuello.—¿Con qué fin te incomodas,
cuando pronto vas a mejorar?—preguntóReginaldo
filosóficamente.Pero yo permanecí callado, reflexionando en la
opinión de sir CarlosHoare, de que la daga empleada para el crimen
frustrado, había sido unavieja arma florentina, envenenada. Este
mismo hecho me hacía sospecharque el cobarde atentado llevado contra
mi persona, había sido obra demis enemigos. Nosotros, por cierto, no
le dijimos nada a Walker sobre nuestra curiosainvestigación, porque
considerábamos en ese momento que el asunto eraestrictamente
confidencial. El hablaba de mi herida de un modo jocoso, declarando
que muy pronto recuperaría mi salud, si es que tenía un pocode
paciencia.Después que se retiró, poco antes de mediodía, Reginaldo
se sentó allado de mi cama, y gravemente nos pusimos a discutir la
situación. Lasdos cuestiones más apremiantes en ese momento eran,
primero, descubrir el paradero de mi bien amada, y, segundo, ir a
Italia a investigar el secreto del Cardenal. Los días iban
transcurriendo pesados, largos y cansados, días sombríos de
principios de primavera, durante los cuales me revolvía en la
cama,impaciente, desesperado e impotente. Ansiaba poderme levantar y
actuar con actividad, pero Walker me lo prohibía. En cambio me traía
libros y diarios, y ordenaba tranquilidad y absoluto descanso.Aunque
Reginaldo y yo teníamos siempre nuestro pequeño pabellón de cazaen
Helpstone, después de la muerte de Blair no habíamos ido ni una
sola vez. Además, aquella estación había sido de extraordinario
movimiento enel comercio de encajes, y Reginaldo parecía más
esclavo que nunca de sucasa de negocio.Por consiguiente, permanecía
solo la mayor parte del día, teniendo a Glave para que cuidase y
supliese mis necesidades. De cuando en cuando venían a verme algunos
amigos, conversando y fumando un rato conmigo. Así pasó el mes de
marzo, siendo mi convalecencia mucho más lenta de lo que Walker
había pensado al principio. En el análisis se había descubierto un
dañosísimo veneno irritante mezclado con la grasa, y parece que mi
naturaleza había absorbido más de lo que en un principio se creyó,
de aquí mi tardío restablecimiento. La señora Percival, que,
debido a nuestro insistente consejo, todavía residía en la mansión
de la plaza Grosvenor, me visitaba algunas veces,trayéndome frutas y
flores de los invernáculos de Mayvill, pero nada sabía sobre Mabel.
Esta última había desaparecido tan completamente comosi la tierra
se hubiera abierto y tragádola. Deseaba con ansia abandonarla casa
de Blair, ahora que estaba ocupada por los usurpadores, pero nosotros
la habíamos llenado de halagos, con el fin de que permaneciese y
pudiese moderar algo los actos de Dawson y su hija. A Ford le habían
causado tanta exasperación las maneras de aquel hombre, que, al
quintodía del nuevo régimen, había protestado, lo cual dio por
resultado que Dawson, tranquilamente, colocara dentro de un sobre el
importe de un año de sueldo, y en el acto lo dispensara de sus
servicios para en adelante,cosa que había tenido intención de hacer
desde un principio, no hayduda. Sin embargo, el exsecretario privado
nos ayudaba, y en ese momentoestaba empeñado en hacer toda clase de
averiguaciones para cerciorarsedónde estaba su joven ama.—La casa
está completamente al revés, todo en ella estátrastornado—declaró
un día la señora Percival, mientras mevisitaba.—Los sirvientes se
hallan rebelados, y la pobre Noble, el amade llaves, pasa, le
aseguro, por momentos terribles. Carter y ochosirvientes más le han
notificado ayer que se retiran de la casa. Estetal Dawson es el tipo
más acabado de la mala educación y pésimosmodales; sin embargo, le
he alcanzado a oír que le decía a su hija, hacedos días, que
estaba pensando seriamente en manifestarse a favor de lareforma y
entrar en el Parlamento. ¡Ah! ¿qué diría la pobre Mabel sisupiese
semejante cosa? La hija, Dolly, como él la llama, esa
muchachavulgar, se ha establecido en el boudoir de Mabel, y está por
hacerlerenovar la decoración, pues quiere que sea de color amarillo,
para quevenga bien a su tez, según creo. Dado lo que dice el señor
Leighton,parece que la fortuna del pobre señor Blair debe pasar
enteramente a sermanejada por este individuo.—¡Es una vergüenza,
una abominable vergüenza!—gritéencolerizado.—Sabemos que este
hombre es un aventurero, y, sin embargo,somos completamente
impotentes para poder proceder—añadí con amargura.—¡Pobre
Mabel!—suspiró la viuda, que realmente era muy apegada
aella.—Sabe, señor Greenwood—dijo, con un inesperado tono
deconfianza,—que más de una vez, después de la muerte de su
padre, hepensado que ella está en posesión de la verdad; que conoce
la razón deeste extraño lazo de amistad que unía al señor Blair
con este hombre sinconciencia, a quien tanto poder sobre ella y su
fortuna le ha sidootorgado. Muchas confesiones reservadas me ha
hecho, y creo que, siahora quisiera manifestarnos la realidad,
podríamos vernos libres deeste demonio. ¿Por qué no lo hace...
para salvarse?—Porque actualmente le teme—contestó en voz dura,
desesperado.—Poseecierto secreto que la hace vivir en constante
terror. Ese es el motivo,creo yo, de su súbita desaparición y del
abandono de su propio hogar. Hadejado a ese hombre en posesión
completa e incontestable de todo. No había olvidado la arrogancia y
la confianza en sí mismo, de que habíahecho gala esa noche que por
primera vez fue a vernos.—Pero, señor Greenwood, ¿tendrá usted,
ahora, la bondad de disculparmepor lo que voy a decirle?—preguntó
la señora Percival, después de unabreve pausa y mirándome
fijamente a la cara.—Tal vez no tenga derechode mezclarme de este
modo en sus asuntos más íntimos, pero confío queusted me perdonará
cuando reflexione que si me atrevo a hacerlo, es porella, por esa
pobre niña.—¡Y bien!—exclamé, algo sorprendido de su
inesperado cambio.Generalmente era en extremo altiva y fría, crítica
terrible que tenía enla punta de los dedos los nombres de las
primas, tías y sobrinos de todoel mundo.—La verdad es
ésta—prosiguió.—Usted podría inducirla a que nosmanifestase la
realidad, tal es mi creencia, porque es la única personaque tiene
alguna influencia sobre ella ahora que su padre no existe,
y,permítame que se lo diga, tengo razones para saber que ella siente
porusted una estimación muy grande.—Sí—observé, no pudiendo
contener un suspiro,—somos amigos... buenosamigos.—Más que
eso—declaró la señora Percival.—Mabel lo ama a usted.—¡Me
ama!—grité, dando un salto y sosteniéndome sobre un
codo.—No,pienso que debe estar usted en error. Ella me considera
más bien como unhermano que como un amante, y ha aprendido, según
creo, desde el primerdía que nos conocimos en tan románticas
condiciones, a mirarme como unaespecie de protector.—No—añadí,
moviendo la cabeza,—existen ciertosobstáculos que deben impedirle
poder amarme, la diferencia de nuestrasedades, de posición y todo lo
demás.—¡Ah! está usted completamente equivocado—exclamó la
viuda, con todafranqueza.—Su padre le dejó a usted su secreto,
según tuve ocasión desaber, para que sacase todo el mayor provecho
posible, como él lo habíahecho, y porque adivinaba la dirección
que iba tomando el camino deMabel.
—¿Cómo
sabe usted esto, señora Percival?—la pregunté, medio inclinadoa
dudar de ella.—Porque el señor Blair, antes de hacer su
testamento, se confió en mí y me preguntó con franqueza si alguna
vez su hija me había hablado deusted de alguna manera significativa
que me hubiese hecho sospecharalgo. Le confesé la verdad de lo que
al respecto sabía, exactamentecomo acabo de referírselo a usted.
Mabel lo ama... Lo ama tiernamente.—Entonces le debo a usted en
gran parte el que el pobre Blair me hayalegado su secreto—observé,
añadiendo algunas palabras de agradecimientoy embargándome luego en
profunda meditación sobre lo que acababa derevelarme.—No hice más
que cumplir con mi deber para con ambos ustedes—fue
surespuesta.—Ella lo ama, como ya se lo he dicho, y, por lo tanto,
estoyconvencida de que con poca persuasión usted podría conseguir
que nosdijese la verdad respecto a Dawson. Ella ha huido, es cierto,
pero máspor temor de lo que pueda usted pensar de ella cuando su
secreto sedivulgue, que por horror a este hombre.
Recuerde—añadió,—que Mabel loama apasionadamente, como muchas
veces me lo ha confesado, pero poralguna razón extraordinaria, que
permanece siendo un misterio, ella seesfuerza en reprimir su cariño.
Teme, creo yo, que de su parte sólo hayaamistad, que sea usted un
soltero decidido, demasiado recalcitrante,para que pueda abrigar por
ella ningún pensamiento de cariño.—¡Oh, señora
Percival!—exclamé, dominado por un súbito estallido depasión—le
aseguro... le confieso que siempre he amado a Mabel... queahora la
amo tierna, apasionadamente, con todo ese vehemente ardor queun
hombre sólo siente una vez en su vida. Ella me ha juzgado mal. He
sido yo el culpable, porque he estado ciego, he procedido neciamente
yjamás he leído el secreto de su corazón.—Entonces es preciso
que ella sepa esto inmediatamente—contestó llenade simpatía la
respetable señora.—Debemos, cueste lo que cueste,encontrarla, y
decirle todo. Sí, hay que tener una reunión, y ella, porsu parte,
debe confesarle a usted sus sentimientos. Sé muy bien
cuánprofundamente lo ama—añadió,—sé cuánto lo admira y cómo,
en la soledadde su habitación, ha llorado muchas veces amarga y
largamente, porquecreía que era usted indiferente y ciego a la
ardiente pasión de sunoble, sincero e inocente corazón.—¿Pero
cómo era posible hacer eso ahora? El paradero de mi bien amadaera un
misterio para todos nosotros, nadie lo conocía. Habíadesaparecido
completamente, con el objeto de eludir la terriblerevelación que
tanto horror le causaba y que ella temía ver divulgada deun momento
a otro.Mientras yo seguía débil e imposibilitado, Ford y Reginaldo
en los díassubsiguientes se ocuparon con toda actividad de sus
investigaciones,pero todo fue en vano. Apelé a Leighton, el abogado,
y le pedí suopinión, pero lo único que se le ocurrió fue insertar
avisos; sinembargo, ambos estuvimos conformes en que ese medio no era
convenienteni adaptable para ella.Aun cuando pueda parecer extraña,
Dorotea Dawson, o Dolly, como la llamaba su padre, la joven de cara
morena, manifestaba también la másviva ansiedad por Mabel. Su madre
había sido italiana, y ella hablaba elinglés con un leve acento
extranjero, como que había vivido siempre enItalia, según decía.
Vino a visitarme una vez, para expresarme susentimiento por mi
enfermedad. Su aparente aspecto vulgar se debíaúnicamente a su
nacionalidad mixta, y aun cuando era una joven muyastuta, que poseía
toda la sutil perspicacia del italiano, Reginaldo había descubierto
que era una compañera viva y entretenida.Sin embargo, todos mis
pensamientos estaban concentrados en un dulceamor perdido, y en ese
arrogante y vulgar individuo que, con susamenazas y desprecios, la
tenía sometida a su irresistible y oculto poder.¿Por qué había
huido aterrorizada de mí? ¿Por qué se había cometido esecobarde e
ingenioso atentado contra mi vida? Había resuelto el secreto del
enigma cifrado sólo para hundirme más profundamente todavía en un
hondo abismo de dudas, desesperación y misterio, pues lo que me
reservaba el libro cerrado del porvenir era,como lo verán ustedes,
enloquecedor y pasmoso. Cuando la luz se hizo, resultó la realidad
de una manera terrible, durae incontestable, pero, sin embargo, fue
tan asombrosa y extraña, que lafe en ella vaciló y la duda pareció
ocupar su lugar.XXIVTERRIBLE REVELACIÓNTranscurrieron varias semanas
tristes y pesadas antes que me sintiese suficientemente mejorado para
salir, y al fin, acompañado por Reginaldo,hice mi primer paseo en
coche.Estábamos a mediados de abril, el tiempo era todavía bastante
frío, y el brillante mundo londinense no había vuelto aún de pasar
el invierno enMonte Carlo, Cairo o Roma.Cada año la sociedad se
convierte en golondrina, volando hacia el Sud enel primer día frío
de otoño, para volver más tarde a la ciudad, y cadaseason de
Londres parece más prolongada que la anterior. Por Piccadilly nos
encaminamos a la esquina de Hyde Park, y luego, dandovueltas a
Constitution Hill, tomamos por la Pall Mall. Una vez aquí, apoderose
de mí el vehemente deseo de descansar un rato y gozar del airede St.
James Park; por lo tanto bajamos del coche, pagamos el pasaje
alconductor, y apoyado en el brazo de Reginaldo, lentamente
emprendimosla marcha por las enarenadas sendas del paseo hasta que
encontramos un asiento conveniente.El esplendor y la belleza de St.
James Park, aun en un día de abril,constituyen siempre un goce para
los verdaderos londinenses. Muchas veces me he asombrado de ver qué
poca gente aprovecha de sus ventajas.Los maravillosos árboles, el
delicioso lago con su sábana de aguaplateada, todos los encantos y
bellezas de los paisajes ruralesingleses, y luego esa sensación que
se experimenta al darse cuenta deque lo rodean los grandes palacios,
departamentos y oficinas del gobierno de nuestro gran imperio; o, en
otras palabras, ese silencio deque se goza en su seno entremezclado
con la vida exterior febril ytumultuosa, hacen que el parque de St.
James sea uno de los más encantadores retiros de
Inglaterra.Reginaldo y yo nos repetimos varias veces esto mismo, y
después, bajo ladeliciosa influencia de aquel medio ambiente, llegó
el momento de lasreflexiones y reminiscencias, hasta que por último
se sucedieron esosgrandes silencios que se producen entre los amigos,
y que son losmejores símbolos de su completa armonía de sentimiento
e ideas.Mientras permanecíamos sentados meditando, advertí que
estábamos justamente en el punto por donde es más seguro ver pasar,
a esa hora, alas figuras políticas más prominentes del día, ya
para sus diferentesoficinas, o ya en camino al parlamento, donde iba
a abrirse la sesión.En rápida sucesión pasaron hacia la puerta
Storey un ministro del gabinete, dos pares del partido liberal, un
conservador y uns ubsecretario. Reginaldo, que tanto interés tomaba
en la política, y a menudo había ocupado un asiento en la galería
de las cámaras, me mostraba los políticos que iban pasando; pero
mis pensamientos estaban en otra parte, habían volado hacia donde se
hallaba mi amor perdido. Ahora que la señora Percival me había
revelado cuáles eran los verdaderossentimientos de Mabel, comprendía
qué necio había sido en tratar defingir indiferencia hacia ella,
aparentando todo lo contrario de lo queen realidad existía en mi
corazón. Había sido un gran tonto, y lo estabapagando cruelmente.
Durante las semanas que había estado confinado en mi dormitorio,
había conseguido hacerme de un buen número de libros, y descubierto
ciertoshechos y datos concernientes al difunto cardenal que en cambio
de sulibertad había tenido que revelar su secreto.Andrea Sannini,
según parece, era natural de Perugia, llegó a arzobispode Bolonia,
y luego se le otorgó el capelo cardenalicio. Pío IX, dequien era
gran favorito, lo designó para varias misiones delicadas
antediferentes potencias, y como demostró en su calidad de
diplomáticoposeer una notable penetración y viveza, el Papa lo hizo
tesorerogeneral, como también director de los museos y galerías de
famauniversal del Vaticano. Fue una de las figuras más distinguidas
ypoderosas del Colegio de cardenales, según parece, y con motivo de
laentrada de las tropas italianas en la Ciudad eterna el año
1870,adquirió una extraordinaria prominencia por la parte que tomó
en ella. Ala muerte de Pío IX, ocho años después, se creyó que
sería designadocomo su sucesor, pero la elección recayó en su
colega, el cardenalPecci, que pasó a ser el Papa León XIII.Estaba
preocupado en todos estos datos que había conseguido después
demuchísimo trabajo y pesada lectura, cuando Reginaldo exclamó de
pronto,en voz baja:—¡Mira, allí viene la hija de Dawson
acompañada por un hombre!Miré rápidamente en la dirección
indicada y vi, cruzando el puente queatraviesa el lago y
aproximándose hacia donde nosotros estábamos, unafigura de mujer
bien vestida, con una chaqueta elegante de pieles y unapreciosa
cofia, y a su lado un hombre alto y delgado, de traje negro.Dolly
Dawson caminaba tranquilamente, conversando y riendo, mientras élde
cuando en cuando se inclinaba a su oído y le hacía
algunasobservaciones. Al levantar la cabeza y extender la mirada a
través dellago, vi asomar sobre su sobretodo un cuello clerical y un
pedacito detela púrpura. Aquel hombre era evidentemente algún
canónigo u otradignidad de la iglesia católica.Sería como de unos
cincuenta y cinco años, de cabellos grises, bienafeitado y llevaba
puesto un sombrero de copa de una forma algoeclesiástica; era en
conjunto un hombre de aspecto más bien agradable, apesar de sus
delgados labios sensitivos y de su cara de una palidezascética.En el
acto se me ocurrió que debían haberse reunido clandestinamente
yandaban por allí para evitar que en la calle los pudieran
reconocer. Elsacerdote parecía tratarla con estudiada cortesía, y
noté sus ligerasgesticulaciones al hablar, lo cual me hizo creer que
era extranjero.Le transmití mi pensamiento a Reginaldo, y éste me
contestó:—Hay que vigilarlos, viejo. No nos deben ver aquí.
Desearía que sedirigiesen por el lado contrario.Los seguimos con la
vista durante un momento, temerosos de que, habiendocruzado el
puente, se dieran vuelta hacia donde nosotros estábamos,
perofelizmente no lo hicieron, pues tomaron a la derecha costeando la
orilladel lago.—Si ese sacerdote es italiano, entonces debe haber
venido expresamentede Italia para entrevistarse con
ella—observé.—Porque desde el momentoque había hablado con fray
Antonio, parecía existir una curiosa conexiónentre el secreto del
cardenal fallecido y la iglesia de Roma.—Es preciso averigüemos y
sepamos lo que hay de verdad—observóReginaldo.—Pero tú no debes
permanecer más tiempo aquí. Se estáponiendo demasiado frío para
ti—añadió, poniéndose de pie de unsalto.—Mientras tú te
vuelves a casa, yo los seguiré.—No—le dije.—Caminaré un poco
contigo. Estoy interesado en estejuego,—y levantándome también,
introduje mi brazo en el suyo y emprendíla marcha apoyado en mi
bastón.Caminaban muy juntos, embargados en una animada conversación.
Por lasrápidas gesticulaciones del sacerdote, la manera cómo
sacudía, primero,sus dedos apretados, y luego alzaba su mano abierta
y tocaba suantebrazo izquierdo, podría haber afirmado que estaba
hablando de algúnsecreto, cuyo poseedor había desaparecido. Si uno
conoce bien elitaliano, puede seguir hasta cierto punto el tema de la
conversación porlos gestos, pues cada uno de éstos tiene su
significado particular.Andando con la mayor rapidez que me fue
posible, conseguimos poco a pocoacercarnos, porque habían acortado
el paso e iban con relativa lentitud.El sacerdote llevaba la palabra
y hablaba con vehemencia, como tratandode persuadir a la hija del
contramaestre del «Annie Curtis», para queprocediese en el sentido
que le indicaba.Ella parecía pensativa, silenciosa e indecisa. Una
vez se encogió dehombros, y se retiró de él, dándose vuelta como
en actitud de desafío,pero en el acto el astuto sacerdote fue todo
sonrisas y disculpas.Hablaban, no había duda, en italiano, para que
así los transeúntes nopudieran entender su conversación. Noté que
sus ropas eran de cortemarcadamente extranjero y que sus zapatos eran
bajos, aun cuando leshabía quitado las brillantes hebillas de
acero.En el momento que aparecieron cruzando el puente, ella venía
riéndosealegremente de alguna observación de su compañero, pero
ahora toda sualegría parecía haber desaparecido por completo y
haberse dado cuentadel verdadero objeto de la misión de aquel
extranjero. La senda quehabían seguido conducía a la Horse Guard's
Parade, y comprendiendo unmomento después que mi debilidad no me
permitiría caminar más, me viobligado a volverme hacia las gradas
de la columna de York, dejando soloa Reginaldo para que observase
todo cuanto pudiese.Volví a casa completamente exhausto y helado,
pues, a pesar de haberllevado puesto mi gran sobretodo de lana, que
usaba para los paseos encoche cuando estaba en Helpstone, no había
podido evitar que se colarael viento frío y cortante. Permanecí dos
horas completas sentado juntoal fuego para reparar lo perdido, hasta
que al fin volvió mi amigo.—Los he seguido por todas
partes—explicó, dejándose caer en un sillónque había enfrente
de mí.—Es evidente que él la ha amenazado, y ella letiene miedo.
Cuando llegaron a Horse Guard's Parade, doblaron otra vezpor Birdcage
Walk y luego cruzaron el parque Green. Después la haacompañado en
coche a una de las tiendas de Fuller en la calle Regent.Parece que el
sacerdote tiene un terror pánico a ser conocido, y antesde abandonar
el parque Green, levantó el cuello de su sobretodo, paraocultar ese
pedacito de púrpura que asomaba.—¿Has descubierto su nombre?—Lo
seguí hasta el Saboya, que es donde para. Allí ha registrado
sunombre como monsignore Galli, de Rimini.Nuestras informaciones al
respecto acababan aquí. Bastaban, sin embargo,para demostrar que el
sacerdote estaba en Londres con un propósito fijo,probablemente para
persuadir a la hija de el Ceco de que le dieraciertos informes que
deseaba conocer vehementemente, y que tenía laintención de obtener
por medio de ciertos datos importantes que poseía.Pasaron varios
días lluviosos y sombríos, y Bloomsbury presentaba suaspecto más
melancólico. No había podido descubrir la menor huella de miamor
desaparecido, ni conseguir ningún otro dato de monsignore,
elsacerdote de blancos cabellos. Parece que éste había abandonado
elSaboya a la tarde siguiente, retornando, no hay duda, al
Continente,pero ignorábamos si había tenido o no éxito en su
misión.Dolly Dawson, con quien Reginaldo había entablado una
especie deagradable amistad, más con el propósito de poderla
observar e interrogarque por otra cosa, vino a vernos para informarse
de mi salud y saber sihabíamos conseguido alguna noticia sobre el
paradero de Mabel. Supadre—nos dijo,—habíase ausentado por
varios días de Londres, y ellaiba a partir para Brighton, a visitar
una tía.¿Sería posible que Dawson, habiendo tenido conocimiento de
mi buenresultado en la solución del enigma cifrado, hubiera partido
para Italiacon el fin de salvar el secreto del cardenal y
arrebatárnoslo? Hora porhora anhelaba recuperar todas mis fuerzas
para poder partir hacia elsitio señalado a orillas del Serchio, pero
me encontraba detenido dentrode aquellas estrechas habitaciones por
mi terrible debilidad.Pasaron cuatro largas y espantosas semanas de
martirio, hasta que llegómediados de mayo, y pude tener suficientes
fuerzas para salir solo acaminar y dar unos cortos paseos por la
calle Oxford y sus alrededores.El testamento de Burton Blair había
sido ya aprobado, y Leighton nosmanifestó, en las varias veces que
nos visitó, el descuido, eindiferencia con que el tal Dawson
manejaba los bienes.Que el aventurero estaba en comunicación secreta
con Mabel lo probaba elhecho de que ciertos cheques firmados por ella
habían pasado por susmanos para ir al Banco; sin embargo, aun cuando
parezca muy extraño,aparentaba completa ignorancia al respecto y
declaraba no saber dónde seencontraba.Dawson estaba ya de vuelta en
la mansión de la plaza Grosvenor, cuandoun día, a eso de las doce,
Glave hizo pasar a mi presencia a Carter.Conocí por su semblante la
agitación que lo dominaba, y apenas entró,después de saludarme
respetuosamente, exclamó:—¡He conseguido descubrir la dirección
de la señorita Mabel, señor!Desde que ella abandonó la casa no he
perdido de vista las cartasenviadas al correo, como el señor Ford me
había indicado que lo hiciera;pero el señor Dawson no le ha escrito
nunca hasta esta mañana, que porcasualidad, creo yo, envió una
carta al correo dirigida a ella, entre unnúmero de otras que entregó
al mensajero. Está en Mill House, ChurchEnstone, cerca de Chipping
Norton.Lleno de alegría, di un salto y me puse en pie; le agradecí
la noticia,ordené a Glave que le diera de beber y partí de Londres
para Owfordshirepor el tren de la una y media.Antes de las cinco
hallé a Mill House, casa sombría y anticuada, quequedaba detrás de
un alto seto de bojes que había en la calle de laaldea en Church
Enstone, sobre el camino real de Aylesburg a Stratford.Delante de la
casa se extendía un pequeño prado, alegre y brillante consus
canteras de tulipanes y fragantes narcisos.Una criada de burdo
lenguaje me abrió la puerta e hízome pasar a unapieza baja, pequeña
y anticuada, donde sorprendí a mi amada sentada enuna gran silla de
brazos, en actitud triste, leyendo.—¡Señor Greenwood!—tartamudeó,
levantándose rápidamente, pálida y sinaliento—¡usted! ¡usted
aquí!—Sí—contesté, cuando la sirvienta hubo cerrado la puerta
y quedamossolos.—¡Al fin la he encontrado, Mabel... al fin!—Y,
avanzando, tométiernamente sus dos manecitas entre las mías.
Después, dominado por eléxtasis de aquel momento de placer, la miré
de fijo a los ojos,exclamando:—Ha tratado de huir de mí, pero hoy
la he vuelto aencontrar. He venido, Mabel, a confesarle con
franqueza, a decirle... adecirle, mi queridísima Mabel, que... que
la amo!—¡Que me ama!—gritó, espantada, dando un salto atrás, y
apartándome desu lado con sus dos blancas y pequeñas manos.—¡No!
¡No!—gimió.—Ustedno debe... no puede amarme. ¡Es
imposible!—¿Por qué?—le pregunté rápidamente.—La he amado
desde aquella primeranoche que nos conocimos. Ciertamente que usted
debe haber descubiertohace mucho tiempo el secreto de mi
corazón.—Sí—tartamudeó,—lo he conocido. Pero ¡ay! ¡es
demasiado tarde...demasiado tarde!—¿Demasiado tarde?—exclamé.—¿Por
qué?Quedó callada. Su semblante cubriose de una repentina palidez
mortal yhasta sus labios se pusieron blancos: luego la vi temblar de
pies acabeza.Repetí mi pregunta gravemente, con mis ojos fijos en
ella.—Porque—contestó al fin lentamente, en una voz trémula y
tan baja, queapenas pude oír las fatales palabras que
pronunció—¡porque ya estoycasada!—¡Casada!—exclamé
tartamudeando y quedándome rígido.—¡Y su esposo!¿Cómo se
llama?—¿No adivina usted?—me preguntó.—¿No lo sospecha? El
hombre que ya hatenido oportunidad de conocer: Herberto Hales.Sus
ojos estaban bajos como avergonzados, mientras su barba
finadescansaba abatida sobre su pecho jadeante.XXVEL NOMBRE
SAGRADO¿Qué podía yo decir? ¿Qué habrían dicho ustedes?Me quedé
silencioso. No supe qué palabras emitir. ¡Ese jovencaballerizo, ese
bribón, hijo del respetable y anciano marino que pasabalas tardes de
sus plácidos días sentado a la puerta de su casa de
lasEncrucijadas, era, en efecto, el esposo de la hija del
millonario!Parecía completamente increíble, sin embargo, al
recordar aquella escenade media noche en el parque de Mayvill; en el
acto reconocí cuánimpotente y desamparada se hallaba en las manos
de ese vulgar yarrogante gañán, de ese infame campesino, que, en un
momento de locofrenesí, había cometido aquel desesperado y furioso
atentado contra lavida de Mabel.Reconocí también que hacía mucho
tiempo que el amor, si es que existióalguna vez, había desaparecido
entre ellos, y que la única idea quedominaba en el pensamiento de
ese hombre, era sacar provecho de su unióncon ella, abusar y
explotarla vilmente, como tantas mujeres ricas y deelevada posición
son en este mismo momento víctimas de igualesinfortunios en
Inglaterra. Como un relámpago acudió a mi mente elrecuerdo de su
negativa de perseguir y castigar a este hombre infamepor el cobarde
atentado contra su vida, y la razón se manifestó entoncesclara y
concluyente.¡Era su esposa!El solo pensamiento me produjo un espasmo
de celos, dolor y odio, porquela amaba con toda la pasión sincera y
honrada de que es capaz un hombrede bien. Desde que la señora
Percival me había revelado la realidad,sólo había vivido para
ella, pensando en volverla a encontrar ydeclararle francamente mi
amor.—¿Es esto cierto?—le pregunté al fin en una voz cuya
aspereza no pudereprimir. Tomé su mano fría e inerte entre las mías
y contemplé suhermosa cabeza caída.—¡Ay de mí! desgraciadamente
lo es—fue su débil contestación.—Es miesposo; por consiguiente,
todo amor entre nosotros estáexcluido—añadió.—Ha sido usted
siempre mi amigo, señor Greenwood, peroahora que me ha obligado a
confesarle la realidad, nuestra amistad haterminado.—¿Y su esposo
está aquí con usted?—Ha estado—respondió,—pero se ha
ido.—Supongo que abandonó usted Londres secretamente para reunirse
a él,¿no es así?—observé con amargura y acritud.—Porque me lo
pidió. Deseaba verme.—¿Para obtener dinero a fuerza de amenazas,
como intentó hacerlo esanoche memorable en Mayvill?La pálida y
abatida niña movió afirmativamente la cabeza.—He venido a vivir
en esta casa, pero pagando—explicó.—Isabel Wood,una antigua
condiscípula, vive aquí con su madre. Las dos creen que hehecho un
casamiento secreto, contrariando a los míos, para lo cual hetenido
que fugarme del hogar, y en estos dos últimos años han
sidoextraordinariamente bondadosas conmigo.—¡Entonces hace dos
años que está usted casada!—exclamé lleno desorpresa y
confusión, verdaderamente asombrado de ver la manera cómohabía
sido engañado.—Sí, hace casi dos años. Nos casamos en Wymondham,
en el condado deNorfolk.—Cuénteme toda la historia, Mabel—la
insté, después de una pausaprolongada, esforzándome por conservar
una fingida calma exterior, queno coincidía ciertamente con mis
sentimientos más íntimos y profundos.Su pecho se levantaba y bajaba
jadeante debajo de sus encajes ychiffons, sus grandes ojos
maravillosos brillaban llenos de lágrimas.Durante largos cinco
minutos permaneció dominada por la emoción y sinpoder articular una
palabra. Al fin, en una voz baja, enronquecida,dijo:—No sé lo que
pensará usted de mí, señor Greenwood. Estoy avergonzadade mí
misma, y de la manera cómo lo he engañado. Mi única disculpa
puedeconcentrarse en estas dos palabras: era imperativo. Me casé
obligada poruna terrible cadena de circunstancias, que usted sólo
comprenderá cuandola luz se haga, cuando conozca toda la verdad.—Y
volvió a quedarcallada.—¿Pero no me la dirá usted
ahora?—insistí.—Como su mejor amigo, comoel hombre que la ha
amado sinceramente, creo que tengo derecho aconocerla.Movió la
cabeza con amarga tristeza, y, mirándome a través de suslágrimas,
respondió brevemente:—Ya se la he dicho. Estoy casada. Sólo puedo
pedirle perdón por haberloengañado y manifestarle que me he visto
obligada a hacerlo.—¿Quiere usted decir que se ha visto precisada
a casarse con él?¿obligada por quién?—Por él—tartamudeó.—Hace
dos años que una mañana salí sola de Londresy me reuní con él en
Wymondham, donde previamente había estado parandopor espacio de
quince días, mientras mi padre estaba pescando. Herbertome recibió
en la estación, y nos casamos secretamente, actuando comopadrinos
dos hombres desconocidos, elegidos a la ventura. Después decelebrada
la ceremonia, nos separamos. Me saqué el anillo y volvimea casa. Esa
noche dábamos una comida, y entre los comensales estabausted, lord
Newborough y lady Rainham; después concurrimos al Haymarket.¿No lo
recuerda? Cuando estábamos sentados en el palco, me preguntó porqué
me encontraba tan triste y pensativa, y yo me disculpé diciéndoleque
tenía un fuerte dolor de cabeza. ¡Ah! ¡si hubiera usted
sabido!—Recuerdo esa noche perfectamente—le dije,
compadeciéndola.—¿Fueaquélla entonces la noche de su casamiento?
Pero ¿cómo la obligó a quese casara con él? Las razones que lo
impulsaron, son demasiado claras,por cierto. Quería sacar ventaja,
no hay duda, ya fuera por el hecho deque usted no podría consentir
que se supiera que era la esposa de unhombre vulgar, de un cuidador
de caballos, o ya porque tenía laintención de entrar en posesión
de su dinero a la muerte de su padre.Ciertamente que no es el suyo el
primer casamiento de esta clase que seha celebrado—añadí, con un
sentimiento de espanto y confusión.En el mismo momento en que mis
esperanzas habían llegado al más altogrado y parecían próximas a
ver realizados sus ensueños, debido a ladeclaración de la señora
Percival, había caído el golpe terrible sobreellas, y comprendí en
el acto que era imposible todo amor entrenosotros. Mabel, la mujer a
quien había amado con tanta pasión yternura, era la esposa de un
rústico campesino bruto que con susamenazas la martirizaba hasta la
locura, y que, como ya lo habíademostrado, no vacilaría ante nada
con el fin de conseguir susdespreciables fines.El estado de mi ánimo
y sentimientos era indescriptible. No tengopalabras para poder dar
una idea adecuada de las emociones encontradasque destrozaban mi
corazón, ni cómo lo torturaban cruelmente. Hasta esemomento había
estado bajo mi protección, pero, ahora que ya sabía queera la
esposa de otro, no tenía derecho para ejercer contralor sobre
susactos, no tenía derecho para admirarla, ni tampoco lo tenía para
amarla.¡Ah! si alguna vez se ha sentido un hombre desesperado,
abatido ydesengañado; si ha comprendido cuán inútil y sin objeto
ha sido su vidatriste y solitaria, ese hombre he sido yo.Intenté
persuadirla de que me contara cómo ese rústico campesino lahabía
obligado a que se casara con él, pero las palabras se anudaron enmi
garganta y la emoción me ahogó. Las lágrimas debieron agolparse
enmis ojos, supongo, porque con un impulso de súbita simpatía,
unaexplosión de ternura femenina que vibraba tan fuertemente dentro
de sunoble ser, colocó su mano cariñosamente sobre mi hombro y
dijo, en unavoz tranquila, serena y baja:—No podemos revocar lo
pasado, ¿para qué entonces pensar en ello?Proceda como le pedí en
mi carta que lo hiciera. Perdóneme y olvide.Déjeme con mis penas.
Ahora sé que me ha amado, pero es...No pudo terminar la frase,
porque se bañó en lágrimas.—Sé lo que quiere usted decir—le
dije confundido.—Demasiado tarde...sí, demasiado tarde. Nuestras
dos existencias han sido destruidas por minecedad... porque le oculté
lo que como hombre sincero y honrado debíahabérselo dicho hace ya
mucho tiempo.—No, no, Gilberto—gritó, llamándome por mi nombre
por la primeravez,—no digo eso. La culpa no es suya, sino mía...
mía—y se cubrió lacara con las manos y sollozó fuerte y
melancólicamente.—¿Dónde está su marido... o más bien dicho,
ese hombre que intentómatarla?—le pregunté fieramente pocos
minutos después.—En algún punto del Norte, según creo.—¿Y
cuándo estuvo aquí con usted?—Hace una semana que vino y
permaneció un par de horas.—¡Pero no es posible que siga abusando
de usted de este modo! ¡Si nopuedo seguir siendo su amante, puedo,
sin embargo, ser siempre sucampeón, Mabel!—grité lleno de
decisión.—En adelante tendrá quearreglárselas conmigo.—¡Ah,
no!—tartamudeó, volviéndose hacia mí con recelo y temor.—Nodebe
usted hacer nada. De otra manera podría él...—¿Qué podría él
hacer?Quedó callada, contemplando por la abierta ventana, sin objeto
niinterés, los anchos prados que se extendían delante de su
vista,nebulosos y silenciosos en medio de la obscuridad del
crepúsculo.—¡Puede—dijo en voz baja y cortada,—puede decir al
mundo la verdad!—¿Qué verdad?—La que él sabe... por medio de
la cual me obligó a ser su esposa,—yse llevó la mano al pecho,
como para detener los terribles latidos de sutierno corazón.Intenté
persuadirla de que me revelara el secreto, que confiara en mísus
cuitas, dado que era su más fiel y sincero amigo, pero se
negó.—No—exclamó en voz cortada,—no me lo pregunte, Gilberto,
ahora quepuedo permitirme llamarle así, pues de todos los hombres es
a usted alque no puedo decírselo. A mí sólo me resta callar... y
sufrir.Su cara estaba pálida, muy pálida, y por la expresión de
ella conocíque su resolución era irrevocable.A pesar de la
confianza y estimación que me tenía, comprendí que nohabría poder
en el mundo que la indujera a revelarme esa terribleverdad.—Pero
usted sabe la razón que tuvo su padre para designar a su amigoDawson
administrador de su fortuna—le dije.—Tenía confianza en que
conuna palabra suya se conseguiría hacerle retirarse del puesto que
hoyocupa. No es posible que aparente usted ignorar el misterioso
motivo quetuvo su padre para proceder así.—Ya se lo he dicho. Mi
pobre padre también procedió bajo presión. Elseñor Leighton lo
sabe también.—¿Y conoce usted la razón?Movió la cabeza
afirmativamente.—¿Entonces puede usted contrarrestar los planes de
ese hombre?—Sí, podría—contestó lentamente,—si me atreviera
a hacerlo.—¿Qué teme?—Temo lo que mi padre temía—respondió.—¿Y
qué era eso?—Que cumpliera cierta amenaza que muchas veces había
hecho a mi padre,y más tarde a mí. El día que abandoné mi hogar
me amenazó también...desafiándome a que pronunciara una sola
palabra.Sí, ese tuerto tenía sobre ella un poder absoluto, como se
había jactadodelante de la señora Percival. También conocía ese
hombre el secreto delcardenal, mientras yo lo ignoraba.Permanecimos
sentados en esa pequeña y anticuada habitación hasta que
elcrepúsculo se convirtió en noche profunda, y ella se levantó
penosamentey encendió la lámpara. A la luz noté, sobresaltado,
cómo había cambiadosu dulce rostro. Sus mejillas estaban pálidas y
marchitas, sus ojoshinchados y enrojecidos, y todo su semblante
denotaba una ansiedadprofunda, terrible, ardiente, un terror pánico
de lo desconocido que elporvenir le reservaba.Ciertamente, su
posición era extraña, casi inconcebible: una lindajoven, con una
fortuna de más de dos millones de libras depositada enpoder de sus
banqueros, y sin embargo perseguida, rondada por suscrueles enemigos
que buscaban su ruina, degradación y muerte.La revelación de su
casamiento me había dado un golpe terrible, comopara hacerme
tambalear. Ya no podía ser para ella más que un simpleamigo como
cualquier otro hombre; todos los pensamientos de amor
estabanexcluidos, toda esperanza de felicidad abandonada. Jamás la
había yopretendido por su fortuna, eso puedo confesarlo
honradamente. La habíaamado sólo por lo que ella valía en sí,
porque era dulce y pura, porqueconocía que su corazón era leal y
sincero; que en carácter, fuerza devoluntad, gracia y belleza, era
incomparable.Durante un largo rato retuve su mano entre las mías,
sintiendo ciertasatisfacción, supongo, en repetir de esta manera lo
que tantas veceshabía hecho en otro tiempo, ahora que ya tenía que
despedirme parasiempre de todas mis esperanzas y aspiraciones.Ella
permanecía sentada en silencio, dejando escapar profundos suspirosde
dolor mientras yo hablaba, refiriéndole esa extraña aventura
nocturnade las calles de Kensington, y cuán cerca había estado de
la muerte.—Entonces, sabiendo que ha conseguido usted leer el
secreto escrito enesas cartas, han intentado sellar sus labios para
siempre—exclamó alfin, en una voz dura y mecánica, casi como si
hubiera estado hablandoconsigo misma.—¡Ah! ¿no se lo previne en
mi carta? ¿no le he dicho queel secreto está tan bien e
ingeniosamente guardado, que no conseguiránunca saberlo o sacar
provecho de él?—Pero tengo la intención de perseverar en la
solución del misterio dela fortuna de su padre—declaré, siempre,
con su mano entre las mías,dándole mi adiós triste y amargo.—El
me dejó su secreto, y yo hedecidido partir mañana para Italia, a
buscar el punto indicado y conocerla verdad.—Entonces, es mejor que
se economice esa molestia, señor—exclamó unavoz de hombre vulgar
y sin ninguna educación, que al oírla me sobresaltóy, al darme
vuelta rápidamente, vi que la puerta se había abierto sinruido, y
en el dintel, contemplándonos con aparente satisfacción, estabade
pie el hombre que se interponía entre mi bien amado y yo:
¡elcampesino rústico y brutal que la reclamaba con el derecho de
darle elnombre sagrado de esposa!
XXVIFRENTE
A FRENTE
—¿Me
gustaría saber qué tiene usted que hacer aquí?—preguntome
aquelvulgar individuo, de facciones groseras, cuyo chato sombrero
gris ycalzones cortos le daban un aspecto marcadamente de mozo de
cuadra. Y sequedó de pie en el umbral de la puerta, cruzando los
brazosdesafiadoramente y mirándome a la cara.—El asunto que me ha
traído aquí, sólo a mí atañe—contesté, haciéndolefrente con
repugnancia.—Si le incumbe a mi esposa, yo tengo derecho de
saberlo—insistió.—¡Su esposa!—grité, avanzando hacia él y
dominando con dificultad elpoderoso impulso que sentía de golpear y
arrojar al suelo a ese jovenrufián.—¡No la llame su esposa,
hombre! ¡Llámela por su verdaderonombre: su víctima!—¿Me dice
usted eso como insulto?—dijo rápidamente, poniéndose blancasu
cara de súbita ira. Mabel, al ver su actitud amenazadora, de un
saltose interpuso entre nosotros y me suplicó que conservara mi
calma.—Hay algunos hombres para quienes no pueden ser insulto las
palabras,por duras que sean—contesté violentándome,—y usted es
uno de ellos.—¿Qué quiere usted decir?—gritó.—¿Desea usted
pelear?—y avanzó conlos puños cerrados.—No deseo pelear—fue
mi rápida respuesta.—Lo único que le ordeno esque deje en paz a
esta dama. Puede legalmente ser su esposa, pero yoasumiré el papel
de su protector.—¡Oh!—exclamó, encogiendo el labio con
burla.—¿Querría saber con quéderecho interviene usted entre
nosotros?—Con el derecho que todo hombre tiene de proteger a una
mujerdesamparada y perseguida—contesté con toda firmeza.—Le
conozco, yestoy bien al tanto de su ignominioso pasado. Ya que se
atreve adesafiarme, ¿tendré acaso que recordarle un incidente que
parece haberolvidado muy cómodamente? ¿No recuerda de cierta noche,
no muy lejana,en el parque de Mayvill, cuando intentó usted cometer
un crimen infame ybrutal, no recuerda?Dio un salto sobresaltado,
luego me miró iracundo, brillando en sus ojosel fuego del odio
criminal.—¡Ella se lo ha dicho! ¡Maldita sea! ¡Me ha
vendido!—exclamó lanzandoa su temblorosa y aterrada mujer una
mirada de profundo desdén.—No, ella no me lo ha
dicho—respondí.—Por casualidad me tocó sertestigo de su cobarde
atentado. Yo fui quien la sacó con vida del ríohelado, adonde usted
la arrojó criminalmente. Por ese acto que cometióentonces, va a
responderme ahora.—¿Qué es lo que quiere usted
significar?—preguntó, y por las líneas desu semblante conocí que
mi actitud y palabras le habían producido unainmensa
inquietud.—Quiero significar que no es a usted a quien le toca
atreverse adesafiar, teniendo en vista el hecho de que, si no hubiera
sido por lafeliz circunstancia de haberme encontrado presente esa
noche en elparque, hoy sería usted un asesino convicto.Al oír las
últimas palabras, se contrajo aterrado. Como todos los de suclase,
era arrogante y tirano con el débil, pero tan fácil de dominarcon
firmeza como un perro que se somete a la voz de su amo.—Y
ahora—continué,—puedo añadir también que esa misma noche en
quecasi mató a esta pobre niña que es su víctima, oí sus
exigencias. Esusted un vil explotador, el tipo más despreciable y
ruin del criminal, yparece haber olvidado que para delitos como los
suyos hay leyes severasque castigan.Usted exige dinero valiéndose de
amenaza, y en presencia de una negativacomete un atentado desesperado
contra la vida de su esposa. Las pruebasque yo podría presentar
contra usted en el tribunal de Asises, lo haríancondenar a trabajos
forzados por un término de años, ¿me comprende? Voy,por lo tanto,
a hacer un convenio con usted: si me promete no molestarmás a su
esposa, yo guardaré silencio.—¡Y me hace el favor de decirme
quién demonios es usted para que mehable de esta manera... vamos,
como un capellán de cárcel en su visitasemanal a las celdas!—Mejor
es que sepa contener su lengua, hombre, y reflexione bien en
mispalabras,—le dije.—No soy persona de entrar en argumentos.
Procedo.—Pues, proceda como mejor le plazca. Yo haré lo que crea
másconveniente, ¿me oye?—¿Y desafiará el peligro? ¿Se expondrá
a todo? Muybien—repliqué.—Usted conoce lo peor: el presidio.—Y
usted no—rió.—Si así no fuera, no hablaría como un
verdaderoidiota. Mabel es mi esposa, y nada tiene usted que hacer en
el asunto,de manera que ya con esto es suficiente—añadió
insolentemente.—En vezde tratar de amenazarme, soy yo quien tiene
derecho de preguntarle porqué le encuentro a usted aquí... con
ella.—¡Voy a decírselo!—grité encolerizado, ardiéndome las
manos de deseode darle a ese imprudente bribón una buena y merecida
lección.—Estoyaquí para protegerla, porque temo por su vida. Y
permaneceré aquí hastaque usted se vaya.—Pero yo soy su marido, y
por consiguiente me quedaré—exclamó elindividuo, completamente
inalterable.—Entonces ella se irá conmigo—exclamé con
decisión.—Yo no permitiré eso.—Usted procederá como yo lo crea
conveniente—le dije. Después,volviéndome a Mabel, que había
permanecido callada, temblando y pálida,por temor de que nos
fuéramos a las manos, añadí:—Póngase su saco ysombrero en el
acto, porque se debe volver a Londres, conmigo.—¡No lo
hará!—gritó, sin ceder.—Si mis maldiciones y
juramentosconsiguen irritarla, los tendrá gruesos y en
abundancia.—Mabel—le dije, sin poner atención en las palabras
del rufián, peroretrocediendo para permitirle que pasara,—póngase
su saco, hágame elfavor. Afuera me espera una volanta.El bribón
intentó hacer un movimiento para impedirle salir de lahabitación,
pero en el acto mi mano cayó pesadamente sobre su hombro, yen mi
cara leyó mi determinación.—¡Usted se arrepentirá de
esto!—silbó amenazadoramente, pronunciandoentre dientes una
maldición.—Ya sé lo que anda usted buscando...pero—y se
rió,—pero jamás obtendrá el secreto que le dio los millonesa
Blair. Usted cree tener en su mano el hilo que le descubrirá
elmisterio, pero pronto se dará cuenta de su error.—¿Y cuál es
mi error?—No asociarse a mí, en vez de insultarme.—No tengo
necesidad de la ayuda de un hombre que atenta contra la vidade una
pobre mujer desamparada—le respondí.—Tenga presente que
enadelante debe permanecer alejado de ella, o ¡por Job! le aseguro
que sinmás acá ni más allá, pediré la cooperación de la
policía, y su historiapasada demostrará la perversidad de su
carácter.—Haga lo que guste—rió de nuevo
desafiadoramente.—Entregándome a lapolicía le hará a ella el
peor de los males. Si duda de lo que digo,pregúnteselo. Tenga
cuidado de cómo procede antes de ponerse en ridículoy hacerla
víctima a ella.Y con esta vana y áspera insolencia se dejó caer en
el sillón y colocósus pies sobre el enrejado de la chimenea,
asumiendo una actitudindolente y encendiendo tranquilamente un
cigarro ordinario y dedesagradable olor.—No tema, será uno solo el
que saldrá perdiendo—respondísignificativamente.—Y ese será
usted.—Está bien—exclamó,—ya veremos.Salí de la pieza y me
reuní a Mabel, que me esperaba vestida en elvestíbulo. Después de
despedirse rápidamente de Isabel Wood, su antiguacondiscípula, la
saqué de allí, la hice subir a la volanta y con ella mevolví a
Chipping Norton.Aun cuando, reflexionando con espíritu más sereno,
no podía comprenderla posición exacta que ocupaba este joven rufián
que se llamaba HerbertoHales, o el significado verdadero de sus
ominosas palabras finales defranco desafío, había conseguido, por
lo pronto, arrebatar a mi amada delas garras de ese impudente,
descorazonado y arrogante bruto yexplotador, pero no me atrevía a
prever por cuánto tiempo sería. Miposición era insegura e
incierta, como que no podía afrontarabiertamente la situación.
Amaba a Mabel, pero no tenía derecho ahacerlo. Era,
desgraciadamente, la esposa, ¡ay! la víctima, mejor dicho,de un
hombre de tipo vulgar e instintos criminales.Nuestro viaje hasta la
estación de Paddington fue sin novedad, y en elmás completo
silencio casi. Nuestros corazones, que palpitabantristemente,
rebosaban de pena y dolor, sin alientos para poderpronunciar las más
simples palabras. Una barrera insuperable se habíainterpuesto entre
nosotros; ambos estábamos abatidos y enfermos depesar. El pasado,
lleno de esperanzas, había terminado; teníamos pordelante el
porvenir sombrío, melancólico y desesperante.Cuando llegamos a
Londres, me manifestó el deseo de ver a la señoraPercival, y como
se negara a volver a vivir bajo el mismo techo conDawson, la conduje
al York Hotel, en la calle Albemarle; después, en elmismo coche, me
encaminé a la plaza Grosvenor, informando a la señoraPercival dónde
estaba mi amada.La viuda no perdió un minuto en ir a su lado, y, a
media noche,acompañado por Reginaldo, fui otra vez al hotel, porque
quería darleciertas instrucciones sobre su esposo, recomendándole
que se negara averlo, si llegaba a encontrarla, y también despedirme
de ella, pues alas nueve de la mañana siguiente partíamos de
Charing Cross, con rumbo aItalia.Había resuelto, con Reginaldo, que
no debíamos perder un momento más detiempo, ahora que me sentía
suficientemente mejorado y fuerte paraviajar, y que era preciso
marchar para Toscana, con el fin de averiguarla realidad de aquel
misterioso registro cifrado.Se despidió cariñosamente de los dos, e
insistió en que no nosafligiéramos más por ella, a pesar de lo
cual no pudimos dejar de notarcuán grande era su ansiedad respecto
al resultado de mi desafío a suinfame marido. Nos deseó buena
suerte, rapidez en la peligrosa empresaque íbamos a emprender, éxito
completo y pronto y feliz retorno a lapatria.
XXVIILAS
INSTRUCCIONES DE SU EMINENCIA
El
verde y tortuoso valle de Serchio presentaba su más alegre y
belloaspecto en el mes de mayo, la época de las flores en la vieja
Italia.Alejado, bien alejado, de las grandes rutas por donde en
invierno cruzanlos numerosos turistas ingleses, americanos y
alemanes, solitario einexplorado, visitado sólo por los sencillos
contadini de lasmontañas, el rumoroso río serpentea formando
tortuosas curvas ycaprichosos recodos, alrededor de ángulos
puntiagudos, y bajo inmensosárboles con sus copas inclinadas, en
torno de grandes peñascos y piedrasenormes, gastadas y suavizadas
por la acción del agua a través de lossiglos.En estos parajes
solitarios del río, cuando se lanza impetuosamentedesde los
gigantescos Apeninos hacia el mar, moran, tranquilos ycontentos, sin
que el ser humano perturbe su plácida existencia, elbrillante martín
pescador y la majestuosa garza, sintiéndose dueñosabsolutos de
él.Cuando echamos a andar, habiendo dejado el coche que nos había
llevadode Lucca al extraño puente medioeval llamado Puente del
Diablo, lapintoresca, serena y solitaria belleza campestre del
paisaje nosimpresionó. El silencio era profundo, no se oía el menor
ruido, aexcepción del zumbido de los millares de insectos que
pululaban al sol,y el suave rumor musical del agua, que en ese paraje
se deslizatranquila sobre su lecho rocalloso.Mi primer impulso cuando
llegamos al Universo, en Lucca, fue subir alMonasterio y visitar a
fray Antonio. Sin embargo, me parecía tan íntimasu relación con el
socio de Blair, el excontramaestre Dawson, queresolvimos explorar
primero el punto señalado y hacer algunasobservaciones. Por lo
tanto, a las ocho de esa mañana subimos a uno deesos viejos y
polvorientos coches toscanos de camino, cuyos caballosllevan de
adorno ruidosas campanillas, y cerca del mediodía nosencontramos en
la orilla izquierda del río, contando los cuatrocientoscincuenta y
seis pasos, como indicaba el registro secreto inscripto enlas
cartas.Le ordenamos a nuestro conductor que se volviera a esperarnos
en lapequeña posada, o bodegón, que había junto al camino y por
delante delcual acabábamos de pasar; y para evitar que nos observara
de lejos,porque sabíamos que trataría de espiar furtivamente
nuestrosmovimientos, nos vimos obligados, en vista de no haber una
senda, a daruna vuelta por el centro de un bosquecillo, saliendo de
nuevo a laorilla del río un poco más arriba.Cuando estuvimos junto
al agua, de pie en medio de los altos matorralesque crecían sobre
las márgenes, sólo pudimos volver la mirada hacia elpuente y
calcular que estábamos como a unos cien pasos de él.Después,
marchando adelante en fila, nos abrimos camino con dificultad através
de las altas malezas, pastizales, gigantes helechos y
enmarañadastrepadoras, avanzando lentamente hacia el puente
señalado. En ciertosparajes los árboles entrelazaban sus copas, y
el brillante sol penetrabapor entre el follaje, yendo a reflejarse
sus rayos sobre las rumorosas yagitadas aguas, produciendo un lindo
efecto.Según el registro, el lugar debía quedar en campo abierto,
puesto que elsol brillaba sobre él durante una hora del mediodía,
el cinco de abril ydos horas el cinco de mayo. Estábamos en ese
momento a diecinueve demayo, y, por lo tanto, la duración del sol
sería, calculandoaproximadamente, como de un cuarto de hora más.En
ciertos sitios el río quedaba despejado y libre para recibir el
sol,mientras en otros la luz no debía poder penetrar nunca allí,
pues susorillas eran tan altas y encajonadas que lo impedían. De las
grietas delas rocas surgían pinos de montaña y otros árboles que
habían echadoraíces y crecido enormemente, doblándose sobre el río
hasta casi tocarel agua con sus ramas; de consiguiente, nuestro
avance era cada vez máslento y difícil, por las escabrosidades de
la ribera, la enmarañadavegetación silvestre y los pastizales.Un
hecho estaba demostrado: hacía mucho que nadie se había aproximado
alpunto indicado, porque no encontramos la menor huella que diera
aconocer que las plantas de algunos intrusos hubiesen hollado una
hoja odestruido una sola varita.Al fin, después que subimos a lo
largo de un escarpado peñasco quedescendía abruptamente al agua, y
hubimos calculado que nos hallábamos acuatrocientos veinte pasos del
viejo puente, dimos vuelta de pronto a unrecodo del río y salimos a
un espacio en donde éste se ensanchaba, auncuando siempre se
deslizaba a cien pies o más de profundidad, de modoque corría
despejado con un ancho de cuarenta yardas, por lo menos,mirando hacia
el firmamento.—¡Aquí debe ser!—grité con ansiosa anticipación,
parándome einspeccionando rápidamente el paraje.—En las
instrucciones dice que hayque bajar veinticuatro escalones. Supongo
que debe querer significarescalones hechos en la roca; es preciso que
los encontremos.Y ambos empezamos a buscarlos con todo interés, pero
no pudimosdescubrir ninguna huella en medio de aquella enmarañada
vegetación.—El registro dice que hay que descender hasta el punto
detrás del cualun hombre puede defenderse de cuatrocientos—exclamó
Reginaldo, leyendouna copia del original que sacó del bolsillo.—Esto
parece indicar quela entrada está en alguna estrecha grieta entre
dos rocas. ¿No ves túalgo parecido?Miré con ansiedad en derredor,
pero me vi obligado a confesar que nodistinguía nada que coincidiera
con la descripción.Tan abrupto era el obscuro peñasco de piedra
caliza que bajaba hasta elagua, que me aproximé a su borde con gran
precaución, y después,echándome de bruces, me arrastré y miré
por sobre su peligrosa orilla.Al hacerlo, se aflojó un enorme pedazo
de roca y cayó al río con granestrépito.Observé todo con mucho
cuidado, pero no pude ver nada, absolutamentenada, que estuviera en
conformidad con lo que el antiguo bandido PoldoPensi había dejado
registrado.Durante media hora larga anduvimos escudriñando en vano,
hasta quecomprendimos, alarmados, que, como no habíamos medido con
exactitud lospasos señalados desde el Puente del Diablo, no
estábamos en el puntopreciso. Retrocedimos el camino andado, lenta y
trabajosamente,volviendo a tener que pasar por entre las malezas casi
impenetrables,desgarrando nuestras ropas e hiriéndonos, y una vez
que llegamos alpuente, que era el punto de partida, emprendimos de
nuevo la marcha.Tan equivocado había sido nuestro cálculo, que a
los trescientos ochentay siete pasos de la segunda exploración
pasamos por el lugar que contanta minuciosidad habíamos escudriñado
momentos antes, y continuandonuestro camino, siempre adelante, nos
paramos al llegar a loscuatrocientos cincuenta y seis pasos, sobre la
cima de un alto campo muysimilar al otro, aun cuando más agreste y
todavía más inaccesible.—Aquí no parece haber nada—observó
Reginaldo, cuya cara estaba todalastimada por las malezas espinosas y
chorreaba sangre.Miré en contorno y tuve, con disgusto, que
ratificar sus palabras. Losárboles eran grandes y sombríos donde
estábamos parados, inclinándosealgunos de ellos sobre la profunda
quebrada por donde el ríoserpenteaba. Cautelosamente nos arrastramos
de bruces hasta el borde dela roca, usando esta precaución, porque
no sabíamos si la orilla estabapodrida, e inspeccionamos el punto
con mirada penetrante.—¡Mira!—gritó mi amigo señalando un
lugar que había hacia el fondo delpeñasco, a mitad de camino del
profundo río, después que daba la abruptavuelta,—allí hay unos
escalones y una senda estrecha que conduce másabajo. ¿Y qué es
aquello?
XXVIIIDESCRIPCIÓN
DE UN DESCUBRIMIENTO ASOMBROSO
Miré
y vi, sobre una especie de plataforma natural hecha en la roca,
unapequeña choza de piedra, cuyo obscuro techo de teja
contemplábamos desdela altura.—Sí—exclamé,—allí están los
veinticuatro escalones de que habla elregistro, no hay duda. ¿Vivirá
alguien dentro de esa choza?—Bajemos e investiguemos—indicó
Reginaldo ansiosamente, y pocosminutos después descubríamos una
estrecha huella que conducía del bosquede castaños directamente a
los toscos escalones, los cuales bajabanhasta una angosta abertura
entre dos rocas. Sobre la que quedaba a laderecha vimos,
profundamente grabada en la piedra, una anticuada Emayúscula, como
de un pie de largo, y pasando por junto de ella, nosencontramos con
un cangilón peligroso y lleno de escabrosidades, que,haciendo
ziszases, conducía a la pequeña choza. La puerta cerrada y
laventanita de hierro de aquella solitaria cabaña despertaron
nuestracuriosidad.Un momento después, sin embargo, el misterio quedó
descubierto. Elfrente de la choza era ojival, y sobre la clave había
una pequeña cruzde piedra.Era una celda de ermitaño, como tantos
otros sitios antiguos de retiro ycontemplación que hay en la vieja
Italia, y acto continuo, al pasar pordelante de las rocas y descender
cautelosamente por la senda, abriose lapuerta, y salió de la ermita
un monje, en el que reconocí, con gransorpresa mía, al corpulento y
barbudo capuchino, fray Antonio.—Caballeros—exclamó en italiano,
saludándonos,—éste es un inesperadoencuentro, ciertamente.—y
nos señaló el banco de piedra que había fuerade la pequeña y baja
choza, el cual noté que estaba hábilmente ocultopor los grandes
árboles, cuyas copas se inclinaban sobre el río, demanera que
quedaba invisible de ambas márgenes del Serchio.Cuando nos sentamos
aceptando su invitación, él recogió su desteñidohábito carmesí
y se sentó a nuestro lado.Le manifesté la sorpresa que me causaba
encontrarlo allí, pero él sesonrió, y dijo:—¿Está usted
decepcionado por no haber descubierto otra cosa?—Esperamos conocer
el secreto del cardenal Sannini—fue mi francarespuesta, sabiendo
bien que él estaba en posesión de la verdad, ysospechando que,
junto con el inglés tuerto, había sido también socio deBlair.Las
facciones, toscas y tostadas por el sol, del monje asumieron
unaexpresión enigmática y confusa, porque comprendió que algo
habíamosconseguido saber, pero sin embargo vaciló interrogarnos por
temor dedescubrirse a sí mismo. Los capuchinos, como los jesuitas,
sonadmirables diplomáticos. Indudablemente la fascinación personal
queejercía el monje, se debía en parte a su espléndida presencia.
Su caraera hermosa, despejada, con facciones bien delineadas y
enérgicas,dulcificadas por unos ojos en que parecía brillar la luz
de la perpetuajuventud, con una cándida expresión modesta.—Entonces
ha recuperado usted el registro—observó al fin, mirándomefijamente
a la cara.—Sí, y como lo he leído—contesté,—he venido aquí
a investigarlo yreclamar el secreto que me ha sido legado.Respiró
con fuerza, nos miró un momento a los dos, y sus negras
cejascargadas se contrajeron. Hacía calor donde estábamos sentados,
porque elbrillante sol italiano caía de plano sobre nosotros; por lo
tanto, sinresponderme, se levantó y nos invitó a entrar en su
pequeña celdafresca, pieza cuadrada y desnuda, con piso de tabla,
cuyo mobiliario secomponía de una cama de madera, baja y anticuada,
con un pedazo de unavieja colcha obscura por cobertor, un priedieu
Renacimiento, de robleantiguo tallado, ennegrecido por el uso y el
tiempo, una silla, unalámpara de colgar, y en la pared un gran
crucifijo.—¿Y el señor Dawson?—preguntó al fin, cuando
Reginaldo se hubo sentadoen la orilla de la cama y yo en la
silla.—¿Qué es lo que él dice?—No tengo necesidad de pedirle
su opinión—repliqué rápidamente.—Porla ley el secreto del
cardenal es mío, y nadie puede disputármelo.—Salvo su actual
poseedor—fue su tranquila observación.—Su actual poseedor no
tiene derecho sobre él. Burton Blair me lo haregalado, y por
consiguiente es mío—declaré.—Yo no disputo eso—contestó el
monje.—Pero como guardián del secretodel cardenal, tengo derecho
de saber cómo ha venido a sus manos elregistro inscripto en las
cartas, y cómo ha conseguido usted la clave dela cifra.Le referí
exactamente todo lo que deseaba saber, y cuando se hubocerciorado,
exclamó:—Ha conseguido usted triunfar ciertamente en lo que yo le
predije quefracasaría, y su presencia aquí me llena de sorpresa.
Aparentemente havencido todos los obstáculos que se le han
presentado, y hoy viene areclamar de mí lo que por derecho es suyo,
sin duda alguna.Parecía hablar con sinceridad, pero debo confesar
que yo no teníaconfianza en él y que todavía abrigaba
recelos.—Antes de que pasemos adelante, sin embargo—continuó, de
pie, con susmanos metidas dentro de las anchas mangas de su
hábito,—voy apreguntarle si tiene usted la intención de observar
los mismos métodosque puso en práctica el señor Blair, el cual
adjudicaba una octava partedel dinero derivado del secreto a nuestra
orden de capuchinos.—Ciertamente que sí—repliqué, algo
sorprendido.—Mi deseo es respetaren todos conceptos las
obligaciones de mi difunto amigo.—Esa es una promesa que hace
usted—dijo con cierta ansiedad.—Espreciso que la haga
solemnemente... vamos, que jure. ¿Quiere repetirla?¡Levante su
mano—Y señaló el gran crucifijo que había en la
blancapared.Levanté mi mano y exclamé:—Juro proceder como Burton
Blair ha procedido.—Muy bien—replicó el monje, al parecer
satisfecho de que era un hombrede honor.—Supongo entonces que ha
llegado el momento de revelarle elsecreto, aunque no dudo que le
causará indecible sorpresa. Piense,señor, que es usted todavía un
hombre relativamente pobre, pero quedentro de media hora será más
rico de lo que se ha forjado en sus másextravagantes sueños... que
tendrá millones, como sucedió con BurtonBlair.Le atendía atónito,
dando apenas crédito a lo que mis oídos escuchaban.Sin embargo,
¿para qué me servía poseer riquezas fabulosas, ahora quehabía
perdido a mi amor?De una pequeña alacena sacó una vieja linterna
herrumbrosa, y laencendió cuidadosamente, mientras nosotros dos la
mirábamos llenos deinterés y faltos de aliento. Después echó
llave a la puerta y la asegurócon una barra de hierro, cerró los
postigos de la ventana, y quedamos entinieblas.¿Iríamos a ver acaso
alguna ilusión sobrenatural? Quedamos de pieesperando, ávidos y
extáticos, sin darnos cuenta ni adivinar lo que ibaa suceder.Un
momento después corrió su pesada cama, retirándola del rincón
dondeestaba, y vimos en el suelo, hábilmente oculta, una especie de
puerta,que al abrirla dejó al descubierto un pozo profundo y
obscuro.—Tengan cuidado—nos advirtió,—porque los escalones son
algoescabrosos y difíciles en ciertas partes,—y sosteniendo la
linterna enalto, desapareció pronto de la vista, dejándonos detrás
para que losiguiéramos por esos toscos escalones hechos en la piedra
viva y luegoen la sólida roca, escalones húmedos y pegajosos donde
el agua sefiltraba y caía en sonoras gotas.—¡Agáchense!—ordenó
nuestro guía, y vimos el débil bulto de su luziluminando nuestro
camino a lo largo de una senda estrecha y tortuosa,que se extendía
hasta el mismo corazón del enorme peñasco. Por ciertospuntos
cruzábamos entre lodazales de barro y moho pegajoso, mientras elaire
allí detenido despedía un olor desagradable, sucio y malsano.De
pronto salimos a un gran espacio abierto cuyas dimensiones no
pudimoscalcular a la débil luz de aquella pobre linterna.—Estas
cavernas se dilatan millas—explicó el monje.—Las galeríascorren
en todas direcciones y van directamente a parar debajo de laciudad de
Lucca y hacia el Arno. Jamás han sido exploradas. ¡Escuchen!En
medio de la extraña obscuridad oímos el distante rugido de
lejanasaguas que caían estrepitosamente.—Ese es el río
subterráneo, el río que separa el secreto de todos loshombres, a
excepción de usted—dijo.—Después siguió adelante, siemprea lo
largo de un costado de la gigantesca caverna que cruzábamos,
ynosotros lo seguimos, acercándonos cada vez más a esas ruidosas
aguas,hasta que al fin nos ordenó pasar, y se puso a examinar las
toscas yescabrosas murallas sobre las cuales resplandecían grandes
estalactitasbrillantes. Por fin encontró una gran señal blanca,
igual a la letra Eque había grabada en la roca a un lado de la
entrada del enorme peñasco,y puso en el suelo su linterna.—No
avancen un paso más—exclamó.—Entonces hizo salir de un
hueco,donde parecía estar bien escondido, un largo y tosco puente,
queconsistía en un solo tablón, con débiles barandillas a ambos
lados. Loempujó hacia adelante mientras yo sostenía en alto la luz,
hasta quellegó al borde del profundo abismo, y lo atravesó, para
que pudiéramospasar.Cuando estuvimos en medio de él, levantó más
la linterna, y nosestremecimos al ver, allá en el fondo, como a cien
pies de nosotros, unaespecie de cañada, por la cual corrían
impetuosas masas de agua negra,rugiendo furibundas al perderse en las
entrañas de la tierra, y formandouna terrible trampa para aquellos
que se aventuraran a explorar aquelextraño, curioso y húmedo
lugar.Después que pasamos el puente, volvimos a orillar una nueva
murallarocallosa que había a la derecha, atravesamos luego un túnel
largo yangosto, y al fin salimos a otro espacio abierto, cuyas
dimensionestampoco nos fue posible calcular.El monje colocó entonces
su linterna en un nicho, en cuyo seno habíavarias velas puestas
sobre toscas tablas y aseguradas entre tresclavos. Cuando las
encendió y nuestros ojos se acostumbraron a la luz,vimos que
estábamos en una especie de pieza, no muy grande, pero sílarga,
angosta y más seca que las otras partes de la
caverna.—¡Mire!—exclamó el capuchino, haciendo un movimiento
con lamano.—Aquí está todo, señor Greenwood, y todo es
suyo.Entonces comprendí, azorado y atónito, que alrededor de las
murallas deesa pieza había, formando altas pilas, unos sobre otros,
una inmensidadde sacos de cuero llenos hasta casi reventar. Toqué
una pila que habíaal alcance de mi mano, y vi que lo que dentro se
encerraba, era duro yangular y no cedía a la presión. También
había varios cofres pequeños yanticuados, que, por su seguro
aspecto, con sus fajas de hierroherrumbroso y tachonados de clavos,
debían contener, pensé yo, lasmisteriosas riquezas que habían
convertido en millonario a Burton Blair,cuando pocos días antes era
un pobre caminante sin hogar.—¡Qué!—grité azorado;—¡este es
un inmenso tesoro escondido!—Sí—contestó fray Antonio en su voz
baja, profunda.—El tesoroescondido del Vaticano. Vea—añadió,—todo
está aquí, a excepción de laparte que sacó el señor Blair,—y
abriendo uno de los macizos cofres,sostuvo en alto la linterna y
desplegó ante mis ojos una colección tanvariada de cálices,
patenas y custodias de oro, vestiduras recubiertasde joyas y pedrería
y magníficas alhajas, como nunca antes había vistoigual.Reginaldo y
yo nos habíamos quedado completamente confundidos y mudos
enpresencia de aquello. Al principio creí que estaba viviendo en un
mundoencantado de leyendas y romances, pero cuando un momento después
eláspero capuchino me recordó lo pasado, mi asombro fue
ilimitado.¡El secreto de Burton Blair estaba descubierto... y era
mío!—¡Ah!—exclamó el monje, riendo;—esta revelación lo ha
dejadoofuscado, no hay duda. Pero ¿no le prometí que dentro de
media horasería usted varias veces millonario?—Sí, pero refiérame
la historia de toda esta gran riqueza—le dije coninstancia, porque
había cortado uno o dos de los sacos de cuero ydescubierto que cada
uno de ellos rebosaba de oro y piedras preciosas,incrustadas en su
mayoría en crucifijos y ornamentos eclesiásticos.
XXIX
EN EL QUE SE REFIERE UNA HISTORIA EXTRAÑA
—Creo
justo que conozca ahora la verdad, aun cuando se han hecho losmayores
esfuerzos para ocultársela—observó el monje, como hablandoconsigo
mismo.—Bien, hela aquí. Usted, como protestante, tal vez sabeque
los tesoros encerrados en el Vaticano, en Roma, son los más
grandesdel mundo, y también que cada Papa, con motivo de su jubileo
o de algún otro notable aniversario, recibe un enorme número de
regalos, mientras la iglesia de San Pedro, por su parte,
constantemente recibe numerosos ornamentos y joyas como ofertas
votivas. Todo esto se guarda en el tesoro del Vaticano, y constituye
una colección de riquezas no igualadas por todos los millones de los
modernos millonarios. A principios del año 1870 el Papa Pío IX
recibió, por medio de las maravillosas vías diplomáticas que posee
nuestra Santa Iglesia, informes secretos anunciándole que las tropas
italianas tenían la intención de bombardear y entrar a Roma, como
también saquear el palacio del Vaticano. Su Santidad confió sus
temores al gran cardenal Sannini, su favorito, que era entonces el
tesorero general. Este sabía que existía aquí un seguro escondite,
pues había vivido en este distrito siendo joven campesino; por lo
tanto consiguió, en los meses de junio, julio y agosto de 1870,
trasladar secretamente una gran cantidad del tesoro del Vaticano y
guardarlo en este lugar, con el fin de salvarlo de las manos del
enemigo. Conforme a los temores de Su Santidad, el 20 de septiembre
las tropas italianas, después de cinco días de bombardeo, entraron
a Roma, pero,felizmente, no llevaron un recio ataque al Vaticano.
Desde entonces permanece aquí el tesoro arrancado de su seno. El
cardenal Sannini fue,según parece, traidor a la Iglesia, pues aun
cuando indujo a Pío IX aque permitiera sacar el tesoro secretamente,
jamás le dijo el punto exacto donde estaba oculto; y es extraño que
los dos guardias suizos quele ayudaron en su obra al cardenal, y que,
fuera de él, eran los únicos poseedores del secreto, desaparecieran
tan completamente. Es muy probable, pienso yo, que hayan sido
precipitados al fondo de ese río subterráneo que acabamos de
cruzar. La pequeña entrada a estas galerías estaba antes oculta por
sólo malezas y zarzas, pero después que el tesoro quedó guardado
aquí, Su Eminencia descubrió que el paraje era muy adaptable para
construir una ermita, e hizo construir esta pequeña choza que han
visto ustedes sobre la pequeña abertura de la roca, al costado del
enorme peñasco, con el objeto de ocultarla. Para que los albañiles
no descubrieran la entrada, cerró primero, con sus propias manos, el
agujero. Por espacio de varios meses, durante la lucha entre el
Gobierno italiano y la Santa Sede, abandonó su vestidura purpúrea y
llevó una vida de ermitaño en esta celda, pero no tuvo otro objeto
al hacer esto que cuidar el enorme tesoro tan hábilmente asegurado.
Como usted sabe, fue,en cierta ocasión capturado por el terrible
Poldo Pensi, tan temido en la Calabria, y obligado, con el fin de
salvar su vida y reputación, a descubrir la existencia de su tesoro.
Pensi, en vista de esto, vino aquí secretamente, vio el tesoro, pero
como era en extremo supersticioso,cual lo son todos los de su
condición, no se atrevió a tocar ni un solo objeto. Buscó un
hombre que en un tiempo había formado parte de su partida y que
después entró, arrepentido, en nuestro Monasterio, un tal fray
Horacio, y le entregó la ermita para que la cuidara, pero sindecirle
nada sobre el túnel secreto y sus cavernas subterráneas. Sanniniy
el Papa murieron, mientras fray Horacio, ignorando por completo el
hecho de que residía sobre una verdadera mina de fabulosa
riqueza,continuó viviendo aquí por espacio de dieciséis años,
hasta que murió, yyo le sucedí en la ocupación de la celda, donde
paso casi seis meses todos los años en meditación y orando.
Mientras tanto, el secreto de Su Eminencia, inscripto en la cifra
secreta usada por el Vaticano en el siglo xvii, pasó, según parece,
delas manos de Poldo Pensi a las de Burton Blair, su compañero de
mar e íntimo amigo.Hace unos cinco años, más o menos, que yo supe
esto por primera vez. Mitranquilidad se vio turbada un día por la
visita de dos ingleses, Blairy Dawson, los cuales me contaron una
historia extraña sobre el secretoque les había sido dado, pero al
principio yo no quise creer que hubieranada de cierto en este cuento
del tesoro escondido. Sin embargo,investigamos, y después de una
exploración muy larga, difícil ypeligrosa, conseguimos descubrir la
realidad.—¿Entonces Dawson participó del secreto, como también
de losbeneficios?—observé atónito ante la asombrosa verdad.—Sí,
nosotros tres éramos los únicos que conocíamos el secreto,
yentonces convinimos en que Blair tendría la mayor parte, dado que
elexbandido se lo había regalado a él, mientras Dawson, a quien
Pensi,según parece, dio a conocer algunos datos concernientes al
tesoro, antesde morir, participaría de una cuarta parte del producto
anual, y yo,nombrado guardián de la casa del tesoro, de una octava,
o, mejor dicho,mi comunidad, para cuyo beneficio era. No se me
pagaría directamente amí, porque eso habría despertado sospechas,
sino al vicario general dela Orden de Capuchinos, residente en Roma,
siendo los encargados de estamisión los banqueros de Blair, de
Londres.Este convenio ha sido cumplido durante cinco años. Una vez
cada seismeses entrábamos en este sitio todos juntos y elegíamos
una ciertacantidad de joyas y otros artículos de valor, los cuales
eran enviados,por diferentes vías, a los puntos convenientes: las
joyas a Amsterdam,para ser vendidas, y los demás artículos a las
grandes casas de rematesde París, Bruselas y Londres, mientras otros
objetos iban a parar a lasmanos de famosos comerciantes y
coleccionistas de antigüedades.
Como
puede usted ver, esta colección de joyas es inacabable. Tres rubíes
solamente produjeron, el año pasado, en París, la cantidad de
sesenta ycinco mil libras esterlinas, mientras que algunas de las
esmeraldas sehan vendido por sumas enormes. Sin embargo, tan
ingeniosamente arreglaron los señores Dawson y Blair las diferentes
vías por las cuales colocaban las alhajas en el mercado universal,
que nadie abrigó jamás la menor sospecha.—Pero todo esto,
hablando con honradez, pertenece a la Iglesia de Roma—observó
Reginaldo.—No—contestó el gran monje, hablando en inglés;—según
el cardenal Sannini, Su Santidad, después de la paz con Italia, se
lo regaló comprueba de consideración, y teniendo en cuenta también
que, con la ocupación de Roma por las tropas italianas, sería
difícil, sin excitar grandes sospechas, volver a traer al tesoro del
Vaticano la gran colección de joyas.—¡Entonces todo esto es
mío!—exclamé no pudiendo todavía dar completo crédito a la
verdad.—Todo—respondió el capuchino,—salvo la parte mía, o,
más bien dicho,de mi Orden, para distribuirla entre los pobres, como
pago de su misión protectora aquí, y la del señor Dawson, también,
junto... con alguna concesión de recompensa,—y se dio vuelta hacia
Reginaldo—a vuestro amigo, aquí presente. Por lo menos, es lo que
yo supongo. En cierta ocasión lo puse en guardia contra
él—añadió,—pero fue debido a lo queme dijo Dawson, que no eran
sino mentiras.—Ya he jurado proceder con vuestra Orden como lo hizo
Burton Blair. En cuanto a lo que se refiere a Dawson, ese es otro
asunto distinto; pero mi amigo Seton no será, tenedlo por seguro,
olvidado, ni vos tampoco personalmente, como fiel poseedor del
secreto.—Toda recompensa o regalo que se me pueda hacer es para mi
Orden—fuela tranquila respuesta del varonil monje.—A nosotros nos
está prohibido poseer dinero, pues nuestras pequeñas necesidades
personales son suplidas por el padre superior, y de las riquezas de
este mundo nada deseamos, salvo aquello necesario para socorrer a los
pobres y aliviar alos afligidos.—No tema usted—le dije
riendo,—tendrá una suma para ese objeto. Después, como el aire,
agotado por las luces, parecía ponerse cada vez más impuro,
decidimos volvernos a la celda tan hábilmente construida en la
entrada de la estrecha galería exterior. Habíamos llegado a la
orilla de ese terrible abismo, donde en lo profundo rugía el agua en
impetuosa corriente, y ya había yo cruzado el estrecho puente y
pisado la orilla opuesta, cuando, inesperadamente, un par de brazos
férreos me oprimieron en la obscuridad, y casi antes de que pudiera
lanzar un grito, fui empujado con violencia hacia el borde del
espantoso precipicio. Las manos que me habían aprisionado
apretábanme con dedos de acero en la garganta y brazo, y tan
repentino fue el ataque, que al principio creí que era una broma de
Reginaldo, pues era éste muy amigo de chanzas cuando estaba de buen
humor.—¡Dios mío!—le oí gritar un segundo después, al
iluminar la oscilante luz de la linterna el rostro de mi
asaltante.—¡Es Dawson!La conciencia de la terrible realidad y el
sentirme aferrado por mi peor enemigo, el cual, no hay duda, nos
había seguido, pues conocía bien el paraje, despertó en mí una
fuerza sobrehumana, y me empeñé en una terrible lucha de muerte con
mi adversario. Antes que mis dos compañeros pudieran acudir en mi
auxilio, los dos nos debatíamos, cuerpo a cuerpo,en medio de la
profunda obscuridad, sobre el mismo borde del abismo, a cuyo seno era
su intención arrojarme para que pereciera como los dos guardias
suizos, los cuales debieron ser impelidos al fondo del precipicio por
el astuto cardenal. Comprendí su criminal designio, pero no tan
pronto que no tuviera el
tiempo de murmurar jadeante, lanzando un terrible juramento:—¡Esta
vez no se escapará! El golpe que le di en medio de la neblina no
produjo el efecto deseado; pero aquí, una vez caído abajo, no podrá
volver a meterse en mis asuntos. ¡Abajo con usted!Sentí disminuirse
mis fuerzas al hacerme retroceder unos pocos pasos más, dándonos el
abrazo de muerte. En las tinieblas sentime asido por uno de mis
compañeros y salvado, pero en ese mismo momento había recurrido a
una vieja treta escolar, y girando súbitamente, de modo que mi
adversario viniera a quedar en mi lugar, lo empujé hacia
atrás,soltándome, al mismo tiempo, de sus garras. Fue todo obra de
un segundo. A la luz oscilante de la lámpara lo vi vacilar, quererse
asir enloquecido del vacío, y con un espantoso grito de ira y
desesperación, caer al fondo de aquel negro abismo, donde las
impetuosas aguas lo arrastraran hacia regiones
subterráneas,desconocidas e inexploradas. Sin duda alguna, mi
escapada de la muerte ha sido la más difícil y terrible que haya un
hombre conocido, y después de aquel esfuerzo violento quedé allí
parado, sin aliento, jadeante y atontado, hasta que Reginaldo me tomó
de un brazo y me sacó de aquella obscura caverna, en medio de un
silencio más impresionante que todas las palabras.
XXX
EL MÓVIL Y LA MORAL
A
la noche siguiente nos despedimos del vigoroso monje capuchino en la
plataforma de la estación de Lucca, y subimos al tren, en el
cualdebíamos recorrer la primera parte de nuestro viaje de vuelta a
Inglaterra. El tenía que retornar en el acto a su celda de
ermitaño,situada sobre el tortuoso Serchio, y seguir siendo, como lo
había sido antes, el guardián silencioso del gran secreto que, de
haber sido revelado, hubiera asombrado al mundo. La ansiedad nos
consumía, pues no sabíamos lo que le habría sucedido a Mabel. Sin
embargo, con la conciencia de que la maligna y venenosa influencia
del aventurero Dawson había desaparecido, volvimos a la patria algo
más tranquilos. Era tan rico como no lo había soñado nunca, pues
en medio de mis más locas fantasías no me había imaginado
semejante prodigio; sin embargo,la esperanza de que Mabel llegara a
ser mi esposa, ilusión que había sido mi ideal, el verdadero deseo
de mi existencia, había quedado destruida, y durante esas largas
horas de viaje, melancólicas y silenciosas, mientras el
coche-dormitorio del expreso avanzaba hacia el Norte atravesando las
planicies de la Lombardía y luego la Suiza y la Francia, mis
desesperados pensamientos estaban concentrados en ella y en su
porvenir. Un coche nos llevó directamente de Charing Cross a la
calle Great Russell, donde encontré una esquela de Mabel fechada en
la mansión de la plaza Grosvenor, pidiéndome fuera allí en el acto
que volviéramos de nuestro viaje. Apenas me lavé y arreglé un
poco, lo hice, y Carter me condujo, sin ceremonia alguna e
inmediatamente, al gran salón blanco y oro que tan familiar me era.
Un momento después entró ella, encantadora y bella en su traje de
luto,con una dulce sonrisa en sus labios y su mano tendida hacia mí,
llena degusto y placer al volverme a ver. Su cara me pareció que
expresaba un aviva ansiedad, y la palidez de sus mejillas demostraba
cuán cruelmente había sido destrozado su corazón por el terror y
las penas.—Sí, Mabel, otra vez estamos de vuelta—le dije,
estrechando su mano entre las mías y mirándola a los ojos.—¡He
descubierto el secreto de su padre!—¿Qué?—gritó con ansiosa
sorpresa,—¿lo ha descubierto? Dígame lo que es...
dígamelo—insistió sin aliento. Primero obtuve de ella la promesa
de guardar el más absoluto silencio sobre lo que le revelase, y
luego le referí nuestra visita a la celda del ermitaño, el
recibimiento que nos había hecho fray Antonio y nuestros
descubrimientos. Ella escuchó, con el más grande asombro, toda la
historia del tesoro oculto del Vaticano, hasta que llegó el momento
de describirle el atentado de Dawson contra mi vida y su trágico
fin; entonces exclamó con vehemencia:—¡Si ese hombre está
muerto... realmente muerto... yo, entonces, estoy libre!—¿Cómo?
¡Explíquese!—le dije.—Ahora que las circunstancias se han
combinado para libertarme de este modo, voy a confesarle
todo—respondió después de una breve pausa. Su cara habíase
puesto carmesí, y, mirando hacia la puerta, se cercioró primero de
que estaba cerrada. Luego, en una voz profunda e intensa,fijando en
mí sus maravillosos ojos, empezó:—He sido víctima de un complot
infame y vil, y usted podrá juzgar,cuando conozca toda la verdad,
cuánto he sufrido, y si no he procedido guiada por un alto
sentimiento de deber y de rectitud. Como usted verá,la conspiración
fraguada contra mí no tiene igual por lo ingeniosa y realmente
astuta. Acabo de conseguir descubrir la verdad y conocer el móvil
profundamente escondido detrás de todo ello. Mi primer encuentro con
Herberto Hales fue aparentemente casual y tuvo lugar en la calle
Widemarsh, en Hereford. Era entonces una niña de colegio que estaba
terminando mis estudios, y tan llena de ideas románticas sobre los
hombres como les sucede a todas las niñas en esa edad. Lo veía a
menudo, y aun cuando sabía que llevaba una vida precaria cuidando
caballos de carrera, le dejé que me festejara. Al principio, lo
confieso, me enamoré de él, cosa que no pasó inadvertida para
Herberto Hales, y durante ese verano en Mayvill, al caer la
noche,tuve muchas entrevistas secretas con él en el parque. Hacía
ya como tres meses que nos conocíamos, cuando una noche me indicó
que debíamos casarnos; pero, como yo había descubierto, entretanto,
que su amor por mí era sólo fingido, me negué. Noche tras noche
nos seguimos viendo, pero yo firmemente rehusaba casarme con él,
hasta que, en una de ellas, se dio a conocer bajo su verdadera faz,
diciéndome, con gran espanto mío, que él estaba bien al tanto de
la historia de la vida de mi padre, y después hizo alusión a la
existencia de un hecho deshonroso enque, según él, había tomado
parte. Me refirió que mi padre, con el fin de posesionarse del
secreto que le dio luego la fortuna, había asesinado al marinero
italiano Pensi, a bordo del «Annie Curtis», cuando se alejaron de
la costa de España. Yo me negué a escuchar tan terrible acusación,
pero mi sorpresa fue grande al ver que me hizo tener una entrevista
con el amigo de mi padre, el tal Dawson, en la que éste declaró que
él había sido testigo del hecho. Cuando nos quedamos solos esa
misma noche y nos paseábamos por una senda extraviada del parque, me
manifestó claramente sus intenciones, y me impuso la obligación de
aceptarlo como esposo, obligándome a que me casara secretamente, sin
que mi padre lo supiera. Me amenazaba con poner en conocimiento de la
policía el pretendido crimen, si no aceptaba sus
condiciones.—¡Bribón! ¡Infame!—grité indignado.—Me hizo
notar marcadamente—continuó,—cómo Dawson, el más íntimo amigo
de mi padre, había sido testigo del crimen, y me encontré tan
completamente perdida en sus poco escrupulosas manos, como también
vi comprometida la reputación del autor de mis días, que, después
de una semana de inútil resistencia, me vi obligada a aceptar las
condiciones impuestas y consentir en ese odioso casamiento. Desde ese
momento, aun cuando en el acto que concluyó la ceremonia nupcial, me
volví a casa,quedé completamente bajo su poder, y a cada nueva
exigencia tenía quedarle dinero, dinero que arrancaba por medio de
amenazas. Después que consiguió asegurarme como su víctima, se
revelaron casi instantáneamente sus verdaderos instintos, que eran
los de un hombre que vive a fuerza de sus infamias y para quien el
corazón de una mujer no tiene valor alguno,y desde entonces hasta
ahora, aunque el mundo creía que era soltera, y asistía como niña
a todas las fiestas y reuniones del más brillante círculo de
Londres, he vivido, sin embargo, constantemente presa de un terror
pánico del hombre que por la ley era mi esposo. Se calló para poder
respirar y tomar aliento, y noté que hasta sus labios estaban
blancos y temblaba de pies a cabeza.—Felizmente—continuó al
fin,—pudo usted salvarme; de otro modo, el complot habría tenido
éxito en todos conceptos. Hasta ayer ignoraba por completo el
verdadero móvil que había existido para obligarme a este
casamiento, pero, ahora que lo he descubierto, veo cuán hábil y
astuta ha sido la mente que lo ingenió. Herberto me buscó desde un
principio, según parece, porque había oído al anciano señor Hales
hacer una observación casual sobre la misteriosa y gran fortuna de
mi padre. Como era un aventurero, calculó que podía contraer enlace
conmigo, teniendo en cuenta que era la única heredera de esas
grandes riquezas. Hacía un mes que nos conocíamos, cuando,
inesperadamente, llegó Dawsonde Italia, parando con nosotros en
Mayvill, durante unos pocos días, y una tarde que andaba cazando
pichones silvestres, nos vio paseando juntos por la orilla del bosque
que rodea el parque. En el acto que nos vio, trazó su diabólico
plan, y al día siguiente se entregó a hacer investigaciones sobre
Hales, y cuando se hubo cerciorado del carácter y condiciones del
individuo, se vio con él e hizo un curioso pacto, dando por
resultado que, si Dawson arreglaba los asuntos de tal manera que se
efectuara un casamiento secreto entre Hales y yo,recibiría, en caso
de la muerte de mi padre la suma de dos mil libras al año, en lugar
de presentarse reclamando derechos en los bienes dejados a favor de
su esposa. Le hizo notar a Hales que por medio del casamiento secreto
conmigo,tendría una fuente de constantes recursos, como que yo no me
negaría a satisfacer sus exigencias de dinero, porque, si yo
revelaba el secreto de nuestra unión para acabar de una vez con sus
exigencias, él,entonces, podría ocupar en el acto su lugar
verdadero como esposo legal de la hija del millonario. Después de
combinado este plan, le refirió a Hales muchos hechos ciertos sobre
la vida de mi padre en el mar, con el fin de confundirme y engañarme
mejor, pero agregó esa acusación falsa que yo, al verla corroborada
por él, tuve la desgracia de creer, es decir, que mi padre había
cometido un asesinato para obtener ese pequeño paquete de cartas con
el secreto cifrado. Dawson, que rápidamente conoció la clase de
hombre que era Hales, le ayudó ocultamente a tenerme bajo su poder,
cosa que yo ignoraba por cierto. El móvil que tuvo para hacer este
casamiento, en tan terribles circunstancias para mí, fue de largo
alcance y previsión. Comprendió que, si me unía al hombre que
amaba, mi esposo, a la muerte de mi padre, se preocuparía de
asegurar mis derechos como heredera y cuidar de mis intereses,
mientras que, siendo la esposa de Hales, yo me aterraría a la sola
idea de que se pudiera saber mi mésalliance matrimonial, y, como a
su vez lo tenía completamente dominado por este convenio, él
obtendría, al fin, el objeto que perseguía: la posesión de toda la
fortuna de mi padre. Sabía muy bien, por cierto, que siendo uno de
los conocedores del secreto, el cual sabemos hoy que lo constituye el
tesoro del Vaticano,era indispensable que mi padre dejara en sus
manos la administración de mis bienes, y, por lo tanto, tomó todas
las precauciones para asegurar,a su muerte, la completa posesión de
ellos. La manera ingeniosa de que se valió para informar
secretamente a Hales de ciertos datos que creí aque sólo mi padre y
yo conocíamos, el modo perspicaz y sutil cómo corroboró su propia
invención, afirmando que mi padre era culpable de un crimen, y la
reserva y sigilo con que ayudó a Hales para que se casara conmigo
ejerciendo presión en mi ánimo, han sido verdaderas
maravillas, según veo ahora, de una hábil conspiración infame. Yo
temía, no, estaba convencida de que el terrible secreto de mi padre
que conocía Hales, era una espantosa verdad, y sólo anteayer he
conseguido, con la ayuda del anciano señor Hales, descubrir, en una
calle del bajo de Grimsby, a un hombre de apellido Palmer, ex
marinero del buque «Annie Curtis», el cual estuvo presente cuando
murió el italiano. Me ha dicho que la acusación contra mi padre es
absolutamente falsa; que, al contrario, fue el más bondadoso y mejor
amigo de ese hombre, y que, en reconocimiento de esto, el italiano le
regaló la pequeña bolsita de gamuza con las cartas cifradas. Mis
recelos y temores de que el secreto había sido obtenido por medios
infames, han quedado, al fin, enteramente disipados; y la mancha que
pesaba sobre la memoria de mi pobre padre ha desaparecido.—¿Y el
misterio de su muerte?—le dije, asombrado de esta notable
revelación de estratagemas y de engaños.—¡Ah!—suspiró,—he
cambiado de opinión. Murió de causas naturales,pero justamente en
el momento en que se iba a llevar a cabo un atentado secreto contra
su vida. Herberto Hales, a quien mi padre no conoció, y Dawson, se
embarcaron en el mismo tren en que él partió para Manchester,y no
tengo la menor duda de que tenían intención, si la oportunidad se
les presentaba, de herirlo con el mismo cuchillo fatal con que más
tarde se llevó a cabo el atentado contra usted. La muerte, sin
embargo, les arrebató su víctima.—Pero, ¿qué es de ese bribón
que la cruel suerte le deparó como esposo?—El Juicio Divino lo ha
juzgado—fue su contestación casi mecánica.—¡Qué!—balbucí
lleno de ansiedad.—¿Ha muerto?—La noche que usted partió de
Londres tuvo una cuestión con Dawson, y otra vez el tuerto demostró
su notable astucia, porque, con el fin delibrarse de Hales y hacer
desaparecer los hechos deshonrosos que éste conocía, parece que
informó confidencialmente a la policía de un robo cometido después
de las carreras en Kempton Park, hace cerca de un año y que dio por
resultado la muerte del damnificado, pues para robarle una gran suma
de dinero que llevaba consigo, fue gravemente herido. Dos detectives
se trasladaron a las habitaciones de Hales, en la calle Lomer
Seymour, como a las dos de la mañana, pero él, comprendiendo que
Dawson había cumplido su amenaza, se encerró y aseguró bien las
puertas. Cuando, al fin, consiguieron echar una abajo, lo encontraron
tendido en
el
suelo, completamente muerto, con un revólver a un lado.—¡Entonces,
es usted libre, Mabel, libre para casarse conmigo!—grité,casi
fuera de mí de alegría. Ella bajó la cabeza y contestó, en una
voz apenas perceptible:—No, Gilberto, no lo merezco; soy indigna de
eso. Lo he engañado.—Lo pasado ha pasado, y está todo
olvidado—exclamé, tomando su mano y agachándome hasta que mis
ardientes y apasionados labios tocaron los suyos.—¡Es usted mía...
sólo mía, Mabel!—grité.—Esto es, por cierto,si se atreve a
depositar su porvenir en mis manos.—¡Si me atrevo!—repitió,
sonriéndose a través de las lágrimas, que llenaban sus ojos.—¿No
he confiado en usted en estos cinco años? ¿No ha sido usted, acaso,
mi mejor amigo desde la noche en que por primera vez nos conocimos,
hasta este momento?—¿Pero siente usted por mí, queridísima
Mabel, suficiente estimación?—le pregunté, profundamente
conmovido por sus palabras.—Quiero decir, ¿me ama?—Sí,
Gilberto, le amo—balbució, bajando los ojos modestamente.—Es
alúnico hombre que he amado en toda mi vida. Entonces la estreché
contra mi pecho, y en esos momentos de éxtasis le repetí a mi amada
la vieja historia de amor tantas veces referida, y que todo hombre en
el mundo repite a la elegida de su corazón, a la mujer ante quien se
postra en adoración.—¿Y qué más necesito decir? Una deliciosa
sensación de placer hacía palpitar mi corazón. ¡Era mía, mía
para siempre! Estaba convencido seque durante todos los terribles
sufrimientos por que había pasado, me había sido siempre sincera y
leal. Ella, ¡pobrecita! había sido, como su padre, la inocente
víctima del ingenioso aventurero Dawson y del joven bribón y sin
escrúpulos que había sido su instrumento, los cuales la habían
persuadido, por medio de engaños y de amenazas, a que consintiera en
ese fatal casamiento, con el fin de poseer, después, toda la enorme
fortuna de Blair. La suerte, sin embargo, les fue adversa, y en vez
de triunfar, su propia avaricia e ingenio les dio por resultado verse
derrotados, y, al mismo tiempo, me colocó a mí en la posición que
ellos habían tenido la intención de ocupar.
CONCLUSIÓN
Mabel
y yo estamos ya casados, y no hay, ciertamente, en todo Londres,una
pareja tan verdaderamente feliz como nosotros. Después de las
tempestades y embates de la vida nos ha sido concedida una
tranquilidad plácida y dichosa. El fiel Ford ha vuelto a nuestro
lado, como mi secretario, y frecuentemente nos burlamos de
Reginaldo,que ha vendido su negocio de encajes, por su profunda
admiración por Dolly Dawson, la que, a pesar de ser hija de un
aventurero, es una niña muy encantadora y modesta, me veo obligado a
confesarlo, y estoy seguro de que será una excelente compañera para
mi antiguo condiscípulo y viejo amigo. El otro día le preguntó,
con la mayor reserva, a la señora Percival, que reside con nosotros
en Mayvill, si creía que Mabel tomaría a mal que él se declarara a
Dolly. Se ve, pues, que sus pensamientos se encaminan, evidentemente,
a las sendas matrimoniales. El anciano Hales vive siempre en las
Encrucijadas de Owston, y hace poco que vino a Londres, acompañado
de su esposa, a hacernos una larga visita. En cuanto al secreto del
cardenal, hasta hoy no se ha traslucido nada,el público no lo
conoce, pues está demasiado bien guardado por nosotros. Delante de
la entrada del gran depósito de las fabulosas riquezas vive aún el
grave monje de barba negra, hábito desteñido y usado, fray Antonio,
el amigo de los pobres de Lucca, dividiendo su vida solitaria entre
la meditación y atender las necesidades de los desamparados de la
fortuna de esa populosa ciudad que se levanta en el verde valle
toscano.La iglesia de Roma tiene buena memoria. Durante años ha dado
toda cl asede pasos, según parece, para ver de descubrir y recuperar
el gran teso roque Pío IX le dio a Sannini, su favorito. La
presencia de monseñor Galli, de Rimini, su entrevista clandestina
con Dolly, fue, como hemos sabido después por propia confesión de
ella, para ver de cerciorarse de algunos datos concernientes a los
últimos actos y movimientos de su padre, pues se había sabido que
pocos meses antes había vendido en París, a un comerciante en el
ramo, el histórico crucifijo de piedras preciosas usado por Clemente
VIII, que fue depositado en el tesoro del Vaticano después de su
muerte, el año 1665.Muchos hombres de la City están al tanto de la
gran fortuna que ha venido a mis manos, y es probable que muchos de
los que lean esta historia conozcan también la blanca fachada de una
de las grandes mansiones de la plaza Grosvenor; pero, ciertamente,
nadie conoce los extraños hechos que por primera vez he estampado en
letras de molde. Hace como un mes que me hallaba sentado en la
silenciosa y pequeña celda que tan hábilmente oculta la vasta
riqueza de la cual soy hoy el único dueño y que me ha colocado
entre los millonarios de Inglaterra, relatándole a fray Antonio los
detalles de la trágica historia de Mabely cuán cruelmente había
sido víctima de tanta infamia, y al hacerlo, di rienda suelta a mis
pensamientos, expresándome con franqueza sobre la acción cobarde
del hombre que se había hundido en las profundidades del río
subterráneo; pero el bondadoso monje, de rostro curtido y
arrugado,levantó su mano, y, señalándome el gran crucifijo que
había colgado en la pared me dijo con su voz tranquila:—No, no,
señor Greenwood. El odio ni la malicia no deben albergarse enel
corazón del hombre honrado. Recordemos más bien esas palabras
divinas: «Perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos
a nuestros deudores.» ¡Cómo nosotros perdonamos! Por lo tanto,
perdonemos al inglés tuerto, al hombre que tanto mal hizo, pero que
ya no existe.
FIN
