El pequeño César

William Riley Burnett


Novela, Crimen



PRIMERA PARTE


En una mesa redonda y detrás de Sam Vettori, estaban jugando al póker Otero, apodado el Greco, Tony Passa y Rico, lugarteniente de Sam Vettori. Bajo el reflejo verde de la pantalla, el rostro de Otero naturalmente oscuro parecía cadavérico; por lo demás, tanto si ganaba como si perdía, no se movía ni pronunciaba palabra alguna. Tony, robusto y sonrosado, con veinte años apenas cumplidos, se mostraba muy interesado en la partida, manifestando su gozo cuando la suerte le era favorable y jurando si le era adversa, más por necesidad de excitarse que por ansia de ganar. En cuanto a Rico, tenía el ala del sombrero sobre los ojos, sus facciones estaban contraídas y repiqueteaba nerviosamente con los dedos sobre la mesa: él jugaba para ganar.
Vettori aspiró una bocanada de humo de su cigarrillo, la lanzó al espacio y, levantándose, se puso a pasear arriba y abajo de la estancia.
—¿Dónde estará? —preguntó para sí con los ojos puestos en el techo—. Le he dicho que volviera a las ocho, y ya son casi las ocho y media.
—Joe no suele acordarse de la hora —dijo Tony.
—Es un inútil —gruñó Rico sin levantar la vista de las cartas—; un tipo demasiado blando.
—Es posible —repuso Vettori, el cual se había acercado a la mesa para seguir el juego—; es posible. Sin embargo, la verdad es que le necesitamos. Como tú sabes, tiene una gran facilidad para introducirse en todas partes, sea donde sea. Los hoteles de lujo no le impresionan. Se acerca al gerente y con gran naturalidad le dice: “Un apartamento, por favor”. ¡Un apartamento! Indiscutiblemente, no se puede prescindir de él.
Rico, con el rostro enrojecido, tamborileó con los dedos sobre la mesa.
—No te fíes demasiado, Sam —murmuró—. Un día u otro dará un paso en falso. Ten presente lo que te digo: acabará traicionándonos. Cuando uno es un hombre de verdad no se hace pagar por bailar con las mujeres.
Sam se rió.—Tú no le conoces.
Tony miró fijamente a Rico.
—Joe no se equivoca —aseguró—. Sé lo que me digo. Lo del baile no es más que una excusa. Además, es un tipo afortunado. ¿Acaso se ha dejado atrapar alguna vez?
Rico lanzó con rabia las cartas sobre la mesa. Odiaba a Joe y sabía que Tony y Vettori no lo ignoraban.
—Muy bien, muy bien. Pero no olvidéis lo que he dicho antes: un día u otro dará un traspiés. Cuando uno es un hombre no se hace pagar por bailar con las mujeres —repitió obstinadamente.
—He ganado —anunció Otero.
Rico empujó el dinero hacia él y se levantó.
—Bueno —decidió—, si no ha llegado dentro de diez minutos yo : me iré.
—Tú te quedarás donde estás —pronunció Vettori, con una dura expresión en el rostro.
Tony les miraba fijamente. Otero continuaba contando sus ganan- : cias. Tony se acordó de la expresión que habían tenido los ojos de Rico un día que Vettori había dicho: “Rico, tú te sientes demasiado importante para nosotros”. En los últimos tiempos habían hablado todos del asunto; ciertamente, Rico se creía demasiado grande para ellos. En cierta ocasión, Scabby, el confidente de la banda, le había dicho: “Tony, recuerda lo que te digo. Hay que escoger entre Rico y Sam desde ahora”.
—Esperaré diez minutos —reiteró Rico firmemente.
Vettori se acercó a la ventana y miró instintivamente hacia la calle.
—Doscientos cincuenta —pronunció Otero, recogiendo sus ganancias. ;
—Te los juego —propuso Tony.
—No.
En ese mismo instante se abrió la puerta y Joe Massara apareció en la estancia.
—Bien —dijo Vettori, encarándose con él—, ¿a esto le llamas tú puntualidad?
Antes de contestar, se quitó el impermeable. Debajo llevaba traje de etiqueta. Una raya impecable dividía su cabeza en dos partes negras y brillantes; se sentía orgulloso de su parecido con el difunto Rodolfo Valentino.
—Lo siento —respondió—; el puente del Hudson estaba alzado. | Pero bueno, ¿qué sucede?
—Acercaos todos —ordenó Vettori.
Se reunieron en torno a la mesa, bajo la luz verdosa que difundía! la pantalla. Joe mostraba ostensiblemente sus manos a fin de que pudieran ver sus uñas cuidadas y el anillo que le había regalado la bailarina Olga Stasseff.
—Y ahora —comenzó Vettori—, voy a deciros cuáles son mis planes. Vosotros prestad atención y no digáis nada hasta que haya terminado...
—¿Y cuándo será eso? —le interrumpió Joe sonriendo.
—Calla y escucha —refunfuñó Rico.
—Bueno, bueno —terció Sam en tono conciliador—; no os peleéis. —Y volviéndose hacia Joe, le preguntó—: ¿Has oído hablar alguna vez de la Casa Alvarado?
—Sí, es un lugar importante —respondió Joe, añadiendo—: Uno de los locales de Francis Wood. En una ocasión por poco me atrapan allí.
Rico tendió las manos abiertas hacia adelante.
—¿Ves? Lo conocen. No podrá participar.
—No, no me han visto nunca. Se trataba de un agente.
—Bueno, pues es en ese local donde actuaremos —pronunció Vettori lacónicamente.
Joe había quedado estupefacto. Rico, quitándose el sombrero, sonrió y empezó a peinarse con un pequeño peine de marfil.
—Será un hueso duro de roer —opinó Joe—. ¿Y cuánto crees que lograremos reunir?
—Mucho. Sólo van al banco una vez o dos por semana. Son un poco negligentes porque jamás les han dado ningún susto, ¿comprendes? Precisamente por eso la cosa será fácil.
Joe sacó del bolsillo una pitillera de oro y la abrió con ostentación, ofreciéndole a Sam un cigarrillo.
—Adelante, te escucho.
Vettori rehusó el cigarrillo y echó mano de un grueso cigarro. En el mismo instante, abajo comenzó a sonar una orquesta de jazz y, dominando todos los demás sonidos, las vibraciones del saxofón llegaron hasta ellos.
—Son las nueve —anunció Otero.
Vettori encendió su cigarro y continuó:
—Tienen una caja fuerte que la podría abrir un recién nacido; ni siquiera merece la pena mencionarla. Eso es cosa secundaria. Lo importante es que hay mucho dinero, según me ha informado Scabby. Bueno, Joe, ¿qué te parece?
—Se trata de dejarlo o tomarlo. Nadie te suplica, ya lo sabes —dijo Rico entrometiéndose.
Vettori frunció el entrecejo pero no pronunció palabra.
—Si vosotros estáis de acuerdo, por mí no hay inconveniente —decidió Joe.
—Estupendo:—Vettori se frotó las manos—. Y ahora te toca a ti, Tony. Necesitamos un coche potente. Consíguelo. Que sea grande y rápido. Cuando Steve tenga preparadas las matrículas podéis cogerlo. ¿De acuerdo?
—De acuerdo, Sam.Tony sacó un cigarrillo y trató de encenderlo con firmeza, pero la mano le temblaba ligeramente.
—Vosotros —continuó Vettori volviéndose a Rico y Otero— os encargaréis de manejar las armas, ¿qué os parece?
Rico no contestó, pero Otero sonrió, mostrando sus dientes sucios, y dijo:
—Eso es lo nuestro, ¿verdad, Rico?
—Bueno —añadió Vettori—, yo creo que el asunto está resuelto. Tú, , Joe, nos cubrirás en el interior. Ve de etiqueta, como ahora, y procura . estar allí a medianoche. A esa hora comenzarán a sonar las trompetas, , y como todo el mundo estará borracho, nadie vendrá a interrumpirnos. . ¿Comprendes?
Joe asintió con la cabeza y Vettori prosiguió:
—Deberás estar allí a medianoche. Te acercas al puesto de tabaco y : te entretienes allí con cualquier excusa. A las doce y cinco comenzará la fiesta. Regularemos los relojes por teléfono, porque esa noche no quiero que vengas aquí. Rico y Otero entrarán rápidamente, y puede que Tony les acompañe si le es posible encontrar un sitio seguro para aparcar. De esto se preocupará Rico, puesto que él es quien dirige el asunto.
Este miró a Joe.
—A ti te harán poner las manos en alto —siguió explicando Vettori—, si la cosa va bien. De lo contrario, haz un signo con la cabeza y ellos se largarán. No queremos correr riesgos, porque si no damos el golpe ahora lo daremos más adelante. Desde luego, la noche del Año Nuevo es de las másindicadas. Pero bien. Tú haces como que no los conoces; sin embargo, mientras ellos trabajen deberás tener los ojos bien abiertos. Y si sucede cualquier imprevisto sacad las pistolas pero no las uséis. Esto es muy importante.
Vettori se quitó el cigarro de la boca y lo agitó ante Rico.
—Porque ése es tu gran defecto, Rico —le reprochó—. El jefe no podrá ayudarte en el caso de que se produzca un homicidio. El lo puede arreglar todo, excepto una cosa como esa. Métete bien esto en la cabeza. Eres demasiado rápido apretando el gatillo. Si alguien de la sala muriese, ninguno de nosotros sabría nada, pero...
En aquel momento, todos quedaron sorprendidos a causa de la violenta intervención de Otero:
—No es necesario charlar tanto sobre el tema. Las cosas se harán como se deban hacer. Rico siempre sabe cómo tiene que proceder.
—Está bien, pero cálmate —dijo Vettori, y volviéndose hacia Joe, añadió—: Tú te quedarás con los brazos en alto, pero con los ojos bien abiertos. Si todo va bien, nadie se dará cuenta. Pero si surgiera alguna dificultad, sacas la pistola, y ayudas a escapar a los otros. ¿De acuerdo? Y ahora escuchad lo que tenéis que hacer. Antes que nada, coge- | réis el dinero de la caja registradora. Eso lo primero porque es lo más fácil. Si no se os presenta ninguna complicación, os encargáis de la caja fuerte, que probablemente estará abierta. ¡Ah, otra cosa! No perdáis tiempo desvalijando a los que estén en el vestíbulo. Eso es peligroso y entretenido.
Dicho esto sacó del bolsillo un plano y lo extendió sobre la mesa. Todos se acercaron.
—Entraréis por aquí —dijo, haciendo una señal con un lápiz—. A la derecha está el guardarropa; tú, Joe, vigila a las muchachas de detrás del mostrador. A la izquierda está el puesto de tabaco y la caja registradora. Al fondo del vestíbulo hay una gran puerta que conduce al salón. Si todo se hace correctamente, nadie debe darse cuenta de que el local está siendo asaltado. En último extremo puede ser que haya algún imbécil en el vestíbulo. Con el ruido de la orquesta, casi todo el mundo estará distraído. Pero centrémonos en el caso. A la derecha hay también una puerta que da al despacho del director. Es ahí donde está la caja fuerte. El director es un pobre diablo que no tiene sangre en las venas. Scabby me ha informado detalladamente de todo.
Enrolló el plano, se lo metió en el bolsillo y consultó la hora en su reloj.
—Bien —concluyó—, ¿me habéis comprendido?
Joe hizo girar maquinalmente el anillo en su dedo y miró pensativamente la mesa.
—¿Qué decides, Joe? —preguntó Rico.
—Es un asunto bastante arriesgado. ¿Qué voy a sacar?
— ¡Vete al diablo! —gritó Rico—. No bromees. Incluso un ciego sería capaz de hacer lo que tú tendrás que hacer.
—Quizá sí —replicó Joe—. Pero de todos modos lo que yo te digo es que si me comprometo será por más de cincuenta dólares.
Vettori sonrió:
—Te ofrezco doscientos.
Joe inclinó la cabeza en señal de aprobación.
—De acuerdo, contad conmigo. Y no es necesario ningún anticipo.
Se levantaron todos.
Abajo, la orquesta continuaba con su estrépito, y el sonido del saxofón seguía ahogando a los demás.
—(¿Queréis que nos suban algo para beber? —ofreció Vettori.
—Yo no —respondió Joe—. Me voy a buscar a mi novia.
Otero hizo chasquear los dedos:
— ¡Vaya, te ha atrapado una mujer! —exclamó.
Rico le dio una palmada en la espalda, diciéndole:
—No te burles, que también tú has caído.
Y con la mano trazó en el aire una serie de curvas imaginarias. Joe le observaba con aire de superioridad; la bailarina Olga Stasseff era su novia.
—Es una belleza, ¿verdad, Otero?
—Sí señor.
—Entonces —insistió Vettori—, ¿de verdad no queréis tomar nada?
—Bueno, está bien —consintió Joe—. Para mí ginebra. Rico querrá leche, supongo.
Este no bebía.
—Hace bien en tomar leche —opinó Vettori, dando pruebas de buen humor—. La verdad es que es un muchacho con suerte.
Tony salió de la estancia seguido de Vettori.
—Me voy en busca de mi novia —se despidió Otero.
Joe se rió.
—Hasta la vista —dijo Rico—. Saluda de mi parte a la Foca.
Cuando Otero se hubo ido, Joe preguntó:
— (¿Ha sido capaz la Foca de enganchar a Otero?
—Por supuesto. Claro que no es una belleza, y además tiene un montón de años encima, ¿pero eso qué importa? Se gastan mucho dinero juntos.
Joe no acababa de comprenderle; al parecer no le gustaba soportar a las mujeres.
Rico se acercó a la ventana y permaneció pensativo con los ojos clavados en el rótulo luminoso:
CLUB PALERMO DANCING
Rico y Joe se sentían incómodos cuando se quedaban a solas. Joe sacó su pitillera de oro y encendió un cigarrillo. En el mismo instante, empezaban a caer blancos copos de nieve al otro lado de la ventana.
—¿Ya te vas? —preguntó Rico—. Está nevando.
—Sí —contestó Joe, levantando los ojos maquinalmente—. Y nieva fuerte.
II

Vettori tenía su pequeña oficina en el piso principal. A través de la pared se oía la orquesta, pero no le prestaba atención porque estaba muy acostumbrado a escucharla. El sonido del jazz era para él como el tictac de un reloj. Estaba contento y se sentía bien con una botella de vino y un plato de spaghetti en la mesa. Por otra parte, los asuntos le marchaban perfectamente.
Le agradaba contar con buenos colaboradores. Cada uno era un especialista, y por eso se podía confiar en ellos a la hora de actuar.
Rico era el mejor tirador de la Pequeña Italia, y aunque pronto se le subía la sangre a la cabeza, no resultaba difícil dominarlo. Otero sentía por él tal admiración que le seguía por todas partes y cumplía todas sus Órdenes. Además, sabía manejar bien la pistola, tan bien como se podía esperar de un mejicano.
Bat Carillo, el portero, le avisó de que dos desconocidos buscaban pelea.
Salieron juntos a la sala del Club.
—Son ésos.
Vettori se rió.
— ¿Otra vez esos idiotas irlandeses? —dijo—. Déjalos tranquilos, pero si arman demasiado ruido, échalos.
—Muy bien, patrón.
En el corredor, Vettori se cruzó con los camareros que iban hacia la sala con el rostro bañado en sudor, llevando las bandejas tan cargadas de platos que llegaban a inclinarse. Se frotó las manos con satisfacción, exclamando para sí mismo:
— ¡Los asuntos marchan! ¡Vaya, vaya! No tendremos que ir al hospicio.
Una vez en el despacho, encontró a Scabby, el confidente, que le estaba esperando. Era moreno y de corta estatura, y con la cabeza desproporcionada. Pasaba por ser confidente de la policía, pero en realidad formaba parte de la banda de Vettori. Se dedicaba a un juego peligroso, puesto que espiaba a las bandas rivales. Su vida no valía un céntimo, y por este motivo era nervioso y hábil en el manejo del revólver.
—Hola, Giovanni —le saludó Vettori—. ¿Qué noticias me traes?
—Estoy hambriento —contestó, quitándose el sombrero y poniendo al descubierto su brillante calva.
Vettori llamó al camarero, y le ordenó:
—Trae spaghetti y vino para el señor.
—Eso es hablar —dijo Scabby con aire serio.
No se reía nunca. Su rostro siempre melancólico y sus mejillas arrugadas y blandas le hacían parecer un viejo perro de caza.
— ¿Están listos los muchachos? —preguntó.
—Todos en su puesto —contestó Vettori—. No parece un golpe difícil.
Scabby asintió con la cabeza.
No debe serlo. Pero atención, Sam; métete bien en la cabeza la idea de que no hay que disparar. De todos modos, el patrón se pondrá como una fiera en cuanto sepa lo que estamos tramando.
El rostro de Vettori enrojeció.
—Me lo has dicho más de una vez, Scabby, y ya es suficiente —replicó—. Es una ocasión demasiado buena para dejarla perder.
—Está bien —repuso Scabby—. Yo he dicho lo que tenía que decir. Pero las cosas han cambiado, Sam. El juego va siendo peligroso. Incluso el éxito puede espantar al patrón. Y todo por culpa de aquel maldito periódico que atacó al gangsterismo con grandes titulares en primera plana. Eso es malo.
Permanecieron un instante en silencio. Vettori, absorto, fumaba su cigarro. Finalmente dijo:
—Escucha, Scabby, tú no sabes nada, ¿comprendes? A mí me corresponde tener a los muchachos preparados para la acción. Sobre todo a Joe. Que no se te escape nada cuando estés ante el patrón.
Scabby sacudió vigorosamente la cabeza, negando. Vettori sacó la cartera y le tendió un billete de cincuenta dólares.
—Esto es a cuenta de tu parte. Lo único que te pido es que tengas los ojos bien abiertos.
Scabby guardó el dinero. En el mismo instante entró el camarero con los spaghetti y el vino. Carillo asomó la cabeza por la puerta.
—Reilly, el policía, está aquí —anunció.
Vettori sacudió la cabeza.
—Ese no falla —comentó Vettori—. Dile que se espere, y dentro de media hora hazle pasar.
—Eso es —dijo Scabby irónicamente—; para entonces ya me habré ido de aquí.

III
Recostado en la ventana, Otero estaba absorto en la contemplación del letrero luminoso que brillaba al otro lado de la calle:
CLUB PALERMO DANCING
Más allá de los cristales, el viento arremolinaba los copos de nieve. Estaba fumando un grueso cigarro de veinticinco centavos y canturreaba en voz baja. Siempre lo hacía cuando estaba con la Foca.
— ¡Cuánta nieve! —exclamó de pronto.
—Sí, cuánta nieve —repitió la Foca, que estaba sentada sobre el alféizar de la ventana, con las piernas colgando y fumando un cigarrillo de Otero.
—Parece algodón.
—SÍ.
—En mi país nunca nevaba.
—¿No?
—No, nunca.
La Foca lanzó una nube de humo a través de la estancia.
—¿Y por qué dejaste Méjico, Ramón?
—No lo sé exactamente. —Se rascó la cabeza—. Creo que lo hice sin ninguna razón.
—¿Te querían encarcelar?
—No, no había ningún motivo.
Se alzó y la cogió por el talle.
—Había de por medio una muchacha —bromeó.
La Foca le empujó cariñosamente.
—No te diviertas a mi costa.
—Desde luego que no —sonrió Otero acariciándole la espalda.
De pronto, la Foca se puso seria y le dijo:
—Escúchame, Ramón. Tú eres valiente, pero eres también un bruto. ¿Por qué estás siempre pegado a ese Rico?
—Porque es un gran hombre.
—Grande, pero imprudente. Estoy segura de que no morirá en cama.
Esto era demasiado complicado para él; la miró fijamente, y le preguntó:
— ¿Qué quieres decir?
—Que antes le meterán una bala en el cuerpo. Hace demasiado el gallito.
Otero sacudió la cabeza.
—No, a Rico no lo agarrarán nunca.
—Ya lo veras —insistió la Foca.
—No —se obstinó Otero—. Una vez le aconsejé: “Debes ser prudente”. Y él me contestó: “No me pillarán nunca”.
La Foca abrió la ventana para tirar la colilla a la calle. Una corriente de aire frío renovó la atmósfera demasiado caldeada de la estancia.
—Escúchame —dijo—. Eso son tonterías. Rico no es diferente a los demás. Si tú continúas mucho tiempo con él, te prometo un entierro de primera clase. ¿Por qué no empiezas a hacer contrabando de cerveza? Es un negocio seguro.
—Seguiré con Rico. ¿Qué importa lo que me pueda pasar? No tengo familia. Tenía un hermano, pero lo mataron.
—¿La policía?
—No. Los rurales. Estaba con Pancho Villa.
— ¿Quién diablos es Pancho Villa?
—Un gran hombre, como Rico.
La Foca se levantó y, cogiendo una botella que había sobre una mesita, se sirvió un vaso. Después dijo:
—Será cuestión de ir a dormir, Ramón.
-SÍ.

IVEran casi las dos cuando Tony salió de casa de su amiga. El viento seco soplaba de la parte del lago y la nieve caía en copos que brillaban a la luz de los faroles. Se arropó en el abrigo y bajó el ala de su sombrero. Se sentía cansado y asqueado. En la esquina próxima a su casa, entró en el restaurante de Pete el Siciliano. Tres italianos estaban jugando a las cartas en la salita del fondo del local. En la sala principal, el organillo estaba sonando machaconamente.
—Hola, Tony. ¿Cómo estás, muchacho? —le saludó amigablemente Pete.
—Así, así —contestó.
—Realmente, haces mala cara.
Tony se pasó la mano por el rostro y contempló un instante su imagen en el espejo que adornaba el fondo del mostrador. Se vió pálido y 'con los ojos hundidos.
—Bien, no creo que vaya a morir.
Pete golpeó con ambas manos el mostrador.
— ¡Pues claro que no te morirás! Mañana estarás fresco como una rosa. Tony, hijo mío, cuídate. Yo sé de qué da eso. No ves que también he sido joven en otro tiempo. Sé bien cómo son esas cosas. ¡Vaya silo sé!
—Estoy seguro de que lo sabes —dijo Tony sarcástico.
—Naturalmente. ¿Supones que no sé lo que pasa con la pequeña rubia? Es famosa, hijo. Pero no seas imbécil, muchacho, resérvate para mañana por la noche.
Y lanzando una gran carcajada que le sacudió todo el cuerpo, volvió a golpear el mostrador con ambas manos.
—Pete, ¿se te ha roto el cuello? —preguntó uno de los jugadores que había al fondo de la sala.
—Tú métete en tus cosas. Bueno, bueno, Tony, ¿qué quieres que te sirva?
Tony no sabía qué tomar. Mientras se decidía, Pete fue a servir a uno de los jugadores. El organillo terminó su sonido con una nota falsa. Tony atravesó la estancia y echó una moneda por la ranura.
—Unas salchichas y dos cafés —gritó Pete.
El piano dejó sentir las primeras notas de O sole mia
—Yo también tomaré unas salchichas y una taza de café —dijo Tony.
—Muyy bien. Así son tres cafés y dos platos de salchichas.
— ¿Cómo te van los asuntos, Pete? —inquirió Tony.
—Así, así, como se suele decir. Ni bien, ni mal. Desde luego, aquí nunca me haré rico.
—¿Por qué no te dedicas al contrabando de licores? —sugirió Tony, sonriendo.
Pete alzó de nuevo la mano y la dejó caer con fuerza sobre el mostrador.
—No es mercancía para Pete el Siciliano. ¡Oh, no! Pete es demasiado astuto para dejarse enredar. En este asunto si no caes con la policía, caes con los gángsters. Uno te dice: “Debes comprarme a mí”, y el otro: “No, a mí”. Pero todos son iguales.
Le sirvió las salchichas y el café y limpió el mostrador.
—Tony —dijo, inclinando la cabeza hacia él—, ¿sabes que te pareces a tu viejo como una gota de agua? El otro día, cuando estuviste aquí, le dije a mi mujer: “Fijate en él, ¿no es igual que su padre?”. Bien, bien. Así debe ser. Un hijo debe parecerse a su padre. Esa es buena señal.
—Tú conociste bien a mi padre, ¿verdad, Pete? —preguntó Tony mientras se tomaba el café.
—Desde luego que sí. De joven era como tú. Lleno de energía, siempre detrás de las muchachas. Pero, en cuanto tu madre lo agarró ya no volvió a ser el mismo. Parecía otro. Y poco después murió.
Tony se rió:
—No tienes muy buena opinión de la vieja, ¿eh?
—No —replicó Pete con expresión profundamente inocente en su rostro—. No me comprendes bien, Tony. Lo que quiero decir es que se convirtió en una persona trabajadora, como yo. Trabajo, trabajo y nada más que trabajo. El trabajo es una gran cosa; te impide que te metas en líos, pero no sé...
Se puso una mano en la frente quedándose absorto. Tony echó una moneda sobre el mostrador. El organillo se detuvo lanzando una serie
de notas falsas. —Bueno, me voy a casa —dijo Tony—. Hasta la vista, Pete.
—Buenas noches —contestó con una de sus mejores sonrisas—. Á ver si vuelves pronto.
El viento golpeó las mejillas de Tony cuando salió del local. La calle estaba cubierta de nieve y silenciosa. Se dirigió lentamente hacia su casa cansado y disgustado.
Al entrar en el piso vio una débil luz en la sala principal, y trató de colarse furtivamente en su cuarto, pero su madre le oyó. Se levantó del sillón, como una monstruosa silueta danzando sobre el tenue resplandor que la luz difundía en la sala.
— ¡Bonita hora de volver a casa, Antonio! —le regañó—. ¿Has vuelto a estar con esa pandilla de holgazanes?
—Sí —respondió Tony, nervioso.
—¡Ah, sí! Ni siquiera te molestas en mentir. Muy bien. Si sigues así, dentro de poco ni te molestarás en venir a casa, vagabundo.
—Tú lo has dicho.
—Ahora no quieres escucharme, pero un día u otro te acordarás de lo que te digo. Si dedicas tu tiempo a vagos y delincuentes, ya verás lo que te ocurrirá al final.
—Ya has hablado bastante —replicó Tony entrando en su habitación y cerrando la puerta bruscamente tras de sí.
Su madre se quedó un momento en medio de la sala; después apagó la luz y se puso a llorar en la oscuridad.

V
La muchacha rubia del guardarropa ayudó a Joe a quitarse su pesado abrigo, y luego retuvo un momento la mano sobre su brazo. El le dio un cuarto de dólar de propina y bromeó:
—Con estos veinticinco centavos, podrás divertirte poco.
—Así es, señor —respondió la muchacha.
Le siguió con la mirada mientras atravesaba la pista de baile, avanzando entre las mesas atestadas de gente, excusándose de vez en cuando con alguien que se había tropezado, y desapareció por la puerta de servicio que se hallaba en la pared del fondo. Entonces colocó el número en el abrigo y el sombrero y los colgó.
— ¡Dios mío, qué hombre más apasionado debe ser! —murmuró—. No logro comprender cómo lo ha podido acaparar esa muchacha.
Olga Stasseff estaba terminando de maquillarse. Joe entró en el camarín sigilosamente y se quedó observándola. Ella comenzó a cantar.
—Si cantas por mí —dijo Joe—, puedes callarte.
Olga se volvió.
—¡Ah! ¿Eres tú? ¿Qué haces aquí?
—¿Yo? ¡Vete al diablo!
Dio media vuelta y abandonó el camarín. Olga corrió tras él y le alcanzó cuando ya estaba en la puerta de servicio; él la rechazó bruscamente.
— ¡Bonita manera de recibir a uno! —rezongó—. Por lo visto, crees que soy tu perro.
—Estaba bromeando, Joe —se excusó ella—. Te juro que no lo he dicho en serio. Ha sido una broma.
—¿Una broma? ¿Quién crees que soy? Estoy cansado de esa manera tuya de obrar. Te lo puedes permitir con tus amigos aristócratas
que tienen una mujer fea y buen carácter, pero no conmigo. No tolero que nadie me hable así.
Olga intentó acercarse, pero él volvió a rechazarla.
—Escucha, Joe —le dijo entonces—, tengo una buena noticia que darte; pero primero abandona esos aires de grandeza. Si no voy a poder bromear contigo...
Joe, sin contestar, sacó su pitillera de oro y escogió un cigarrillo. Cuando Olga tenía bastante dinero, él fumaba de la mejor calidád y tenía siempre cigarrillos de varias marcas. Con un gesto estudiado, guardó la pitillera en el bolsillo, y después, adoptando cierto aire de preocupación, colocó el cigarrillo en el dorso de su mano izquierda y, dando un ligero golpe con la derecha, lo hizo saltar hasta su boca. Olga se rió.
—Y ahora —dijo Joe—, venga la buena noticia.
En ese mismo momento, De Voss, el director, abrió la puerta.
—¿Se lo has dicho, Olga? —preguntó.
Joe le dirigió su más amable sonrisa.
— ¿De qué se trata, señor De Voss? ¿Es alguna cosa que yo no sé?
—Exacto —contestó el director—. Los Stransky han roto y yo quiero que vosotros ocupéis su puesto.
Joe hizo una pirueta y dio un traspiés. Olga se rió abiertamente.
—Bueno —dijo Joe acto seguido—. ¿Y cuánto ganaré yo?
—Cien dólares para empezar; después ya veremos.
—De acuerdo. Con eso no podré comprarme un coche de lujo, pero no lo desprecio.
Ambos se estrecharon las manos.
—Ahora —dijo el director— debes saber que ahí afuera hay una muchacha que está deseando bailar contigo.
Joe movió la cabeza.
—No, no me interesa. Esas mujeres se consideran siempre obligadas a pagarte. ¡Y qué diablo, yo no quiero que ninguna mujer pague por bailar conmigo!
Olga hizo un esfuerzo para contener la risa.
—No te preocupes —repuso De Voss—. Le he dicho que eso te ofende, y me ha dado un billete de diez dólares para que te lo entregara de su parte.
Sacó un billete muy arrugado y se lo tendió.
—Ahora, presta atención a lo que voy a decirte —añadió—. Esa muchacha es de la alta sociedad y representa un buen negocio para la casa. Su padre tiene muchos millones de dólares y ella sabe gastárselos, de manera que ya sabes cómo tienes que proceder. ¿Comprendes?
-Sí, claro —respondió Joe—. Yo estoy siempre dispuesto a hacer favores.
De Voss abrió la puerta y le esperó fuera. Olga, cogiéndole por el brazo le advirtió:
—Oye, ten cuidado de no hacer una de las tuyas, ¿eh? Haz tu trabajo y basta. Yo conozco bien a esas muchachas de la alta sociedad.
Joe hizo una nueva pirueta.
— ¡Caramba! —exclamó—. ¿Es que no te fías de mí, pequeña?
Olga se puso las manos en los costados y comenzó a reír. ¿Cómo podía estar seria con un tipo semejante?

VIAnte el espejo, Rico se peinaba cuidadosamente con su pequeño peine de marfil. Estaba orgulloso de su cabello negro y brillante, que formaba tres ondas simétricas.
Era un hombre simple; sólo existían tres cosas en el mundo que merecieran su atención: él mismo, sus cabellos y su revólver... y a las tres les dedicaba un esmerado cuidado.

SEGUNDA PARTE
ICon la espalda apoyada contra la pared, Otero tenía los ojos cerrados y fumaba sin decir palabra. Sam Vettori estaba de pie en medio de la estancia. Miró su reloj y dijo:
—Cálmate, Rico; estás muy nervioso.
—Es verdad —aprobó Otero.
Carillo entró sin llamar. Vettori se guardó el reloj en el bolsillo.
— ¿Cómo va eso?
—Todo marcha bien, patrón. Tony está en la callejuela.
Vettori volvió a consultar el reloj.
—Rico, son las once y treinta y cinco. ¿Qué te parece?
—Será mejor que nos vayamos.
Otero se irguió con lentitud, aplastó su colilla, cogió la metralleta que estaba encima de la mesa y la escondió bajo su abrigo. Rico examinó cuidadosamente su revólver.
Carillo salió, cerrando la puerta silenciosamente tras de sí. Otero se aproximó a Rico y le puso la mano en la espalda.
—Ya está todo a punto, ¿verdad Rico?
Este sonrió. Vettori tenía el rostro empapado de sudor y se lo secó con un enorme pañuelo de seda blanca que sacó de su bolsillo.
—Rico —dijo—, desde este momento tú eres el director de la faena. Lo único que te pido es que no dispares. No tengo más que decirte, excepto que todavía no estoy dispuesto a que me pongan una cuerda alrededor del cuello.
Rico no hizo comentario alguno.
Otero se encogió de hombros.
Vettori, que continuaba enjugándose el rostro, abrió una ventana y entró en la estancia una ráfaga de aire fresco,
Rico sacó su pequeño peine de marfil y se lo pasó maquinalmente por el cabello. Después se puso el sombrero y se bajó el ala sobre los ojos.
—Bueno —le dijo a Otero—, vámonos.
Este fue tras él. Vettori le recomendaba encarecidamente:
—Trabaja limpio, Rico. Trabaja limpio.
Descendieron por la escalera de servicio. Carillo les esperaba abajo y tenía abierta la puerta que daba a la calleja. Como estaba oscura, Otero exclamó:
— ¡Caramba!
—Ten cuidado con la metralleta —le aconsejó Rico.
Tony estaba sentado ante el volante de un gran Cadillac descapotable. Arrojó la colilla y preguntó:
—Bueno, ¿listos?
Rico se colocó a su lado sin responder. Otero se sentó detrás.
Carillo siguió mirándoles un instante y después cerró la puerta.
Tony apretó el acelerador.
—Está bien —dijo Rico—, vamos. Pero no corras demasiado; tenemos tiempo de sobra.
Avanzaron tranquilamente. Tony conducía con la misma despreocupación de que hubiera hecho uso en el caso de ir con unos amigos a una fiesta de fin de año. Rico estaba apoyado en el respaldo y fumaba, mirando todos los coches que pasaban. Otero tenía la metralleta en el asiento, a su lado, y estaba tieso como una estaca, con las manos sobre las rodillas. No se acostumbraba a viajar en coche.
Rico se dió vuelta y vió la metralleta.
—Pon eso en el suelo —ordenó.
Otero obedeció.
El tiempo continuaba siendo frío. Ya no hevaba, pero del lago Michigan soplaba un viento glacial. Las calles estaban casi desiertas. Hacia el oeste se oyó un silbido estridente. En seguida escucharon los acordes de una orquesta de jazz.
—Bueno, ya casi hemos llegado —comentó Tony, pero en el mismo momento Rico se inclinó sobre él y le dijo al oído:
— ¡La policía!
Un Packard enorme, que llevaba una ametralladora encapuchada en el asiento trasero, les rebasó. Delante iban dos agentes de paisano y otros dos detrás.
— ¿Qué debo hacer? —preguntó Tony.
Uno de los agentes se inclinó por la portezuela y miró en su dirección.
— ¡Jesús! —exclamó Tony—. Se vuelve.
—Cálmate —le dijo Rico, poniéndole la mano en el brazo.
Otero sacó un cigarrillo del paquete y lo hizo girar entré las palmas de las manos.
El coche de la policía aminoró su marcha. Rico oprimió el brazo de Tony.
—Aquí hay una travesía —le dijo—. Gira.
Tony maniobró tan precipitadamente que no chocó con los coches que allí había aparcados por puro milagro. Otero fue proyectado hacia el otro extremo y el cigarrillo se le cayó al suelo. El zumbido del Cadillac llenó la estrecha calle. Ante ellos sólo podían ver sombras.
—Esto es un callejón sin salida.
—No —replicó Rico—. Conozco esta parte tan bien como mi bolsillo. Cuando llegues al fondo, tuerce a la derecha.
Se inclinó para mirar hacia atrás, y luego se rió:
— ¡Siempre serán los mismos imbéciles! No se ve nada.
Dieron un gran rodeo, y volvieron al Michigan Boulevard. El viento seguía soplando con fuerza, arrastrando pequeños copos de nieve. De todas partes de la ciudad llegaban rumores de fiesta. Rico miró su reloj.
—Son las doce menos cinco. Esto va bien, Tony. Espabílate.
— ¿Qué hora es, Rico? —preguntó Otero.
Se la dijo.
—Bueno, bueno. Esto marcha, ¿no?
Pronto vieron el enorme rótulo luminoso de la Casa Alvarado. Aparte de los coches aparcados en los alrededores del cabaret, la calle estaba casi desierta. Tony redujo la velocidad. Rico se inclinó hacia él:
— ¡Qué suerte! —dijo, señalando un lugar donde podían dejar el coche sin temor de que pudiera ser reconocido—. Escucha, Tony —añadió—; esto no es un juego, así que lo mejor será que nos eches una mano.
Fingiendo que estaba concentrado en la maniobra, Tony no contestó.
—¿Me has comprendido?
Estaba pálido y los labios le temblaban.
—Este no es mi trabajo —observó.
Rico le miró con insistencia. Tony permaneció unos instantes silencioso, y después, bajándose el ala del sombrero, agregó:
—Pero tú eres el que manda.
—Está bien —sonrió Rico—. Y ahora escúchame, Otero. Yo iré delante. Tú me seguirás con la metralleta. Mientras yo inmovilizo al cajero, Tony llenará los sacos. ¿Entendido? —Se sacó del bolsillo tres saquitos cuidadosamente doblados y se los entregó a Tony—. Tú, Otero, quédate a vigilar en la puerta. Si ves que se acerca alguien, lo dejas entrar y después lo colocas contra la pared. Y si la cosa va bien, me cuidaré de la caja fuerte. ¿Entendido?
Miró el reloj, comprobando que pasaban ya tres minutos de las doce.
—Andando.
Otero descendió indolentemente, ocultando el arma bajo el abrigo. Rico se apeó también y Tony le siguió.
—¿Vas armado?
Hizo un signo afirmativo con la cabeza.
—Perfectamente. Guarda el arma en el bolsillo. Seguramente no necesitarás usarla, pero si surge cualquier imbécil que se proponga estorbarnos, sácala.
—Muyy bien —asintió Tony—. Pero, por amor de Dios, no dispares.
Otero replicó:
—Tú deja a Rico. El ya sabe lo que debe hacer.
Por todas partes reinaba un gran bullicio. Avanzaron por la alfombra que había desde la acera hasta la puerta. En el interior resplandecían las luces y sonaba la música. En el vestíbulo sólo se encontraban las dos muchachas del guardarropa, un camarero, el encargado del puesto del tabaco y la cajera, una mujer pálida con una visera verde que la protegía de la luz. Joe Massara, con su grueso abrigo de invierno y el sombrero hongo, se había colocado ante el mostrador del puesto del tabaco, y estaba bromeando con el encargado. Los vió con el rabillo del ojo y les hizo una seña con la cabeza.
Entonces entraron rápidamente. Rico primero, apuntándoles con su automática; un poco después de él, a su izquierda y con la metralleta a la altura de la cadera, Otero, y, por último, Tony, con la mano en el bolsillo del abrigo.
Antes de que Rico tuviera tiempo de decir una sola palabra, Joe se volvió, se apoyó contra el mostrador y puso las manos en alto.
— ¡Dios mío! —exclamó—. ¡Un atraco!
Una de las muchachas del guardarropa lanzó un grito agudo. Al camarero se le doblaron las piernas y estuvo a punto de caerse al suelo. Los demás se quedaron como petrificados.
—Tú lo has dicho: es un atraco —dijo Rico, tratando de intimidarles—. Desde luego no se trata de una fiesta. Meteos esto en la cabeza: esta pistola está cargada y yo tengo el dedo muy ligero. Si a alguno se le ocurre gritar o hacer algo por el estilo, acabaré con todos vosotros. ¡Adelante, Tony!
Este, con el rostro pálido como el de un cádaver, se sacó del bolsillo los saquitos y se aproximó a la cajera, que estaba junto a la caja registradora, con las manos en alto. Cuando lo vio a su lado, hizo una mueca y dijo:
—Lléveselo todo, pero no me toque.
—Está bien, vacíe la caja —ordenó Tony—. Y déjese de cuentos.
Sostuvo los saquitos y la cajera los fue llenando. A medida que iba viendo caer los fajos de billetes, uno tras otro, Tony se sentía mejor.
Rico los miró a ambos, sin perder de vista a los demás, y sus ojos, bajo el ala del sombrero, les intimidaban tanto como la enorme pistola que empuñaba en la mano. Otero estaba un poco impasible, con la metralleta a punto de entrar en acción.
De pronto, el director abrió la puerta de su despacho, contempló la escena estupefacto, vaciló un momento, y después, lanzando un gran suspiro, puso las manos en alto. Era un individuo de color oscuro que poco a poco fue adquiriendo un tono verdoso.
Rico lo miró clavándole los ojos.
— ¡No te muevas! —le ordenó.
—Muy bien, muy bien —balbuceó él.
Joe Massara protestó:
—¿Nos va a tener toda la noche con los brazos en alto? Ya no puedo moverlos.
—¿De veras? —dijo Rico sarcásticamente—. Pues no se te ocurra bajarlos.
— ¡Ya está todo! —anunció Tony.
Ante la puerta, Otero estaba entretenido con un hombre de sómbrero de copa que acababa de llegar. No podía dar crédito a sus ojos y no cesaba de repetir:
—Dios mío, Dios mío.
Otero lo colocó contra la pared.
En el interior del club, al otro lado de las grandes puertas en arco, la orquesta alcanzaba un volumen estrepitoso, las trompetas trepidaban y la gente gritaba sin cesar.
—Muy bien —dijo Rico—,-saca la pistola, Tony. Yo me encargaré de la caja fuerte.
— ¡Santo Dios! —se asustó Tony—. ¡Eso nos llevará mucho tiempo!
Rico le miró fijamente. Entonces él, colocándose los saquitos bajo el brazo izquierdo, sacó su revólver. Rico, satisfecho, se dirigió hacia el director.
—Venga —_le dijo—, muévete. Entra, ábreme la caja y entrégame el dinero. Y ten presente una cosa; si haces un movimiento falso, te volaré la tapa de los sesos.
— ¡Oh! —gimió el director.
Ambos desaparecieron en el interior del despacho. En el vestíbulo reinaba un silencio de muerte. Una de las muchachas del guardarropa rompió a llorar.
— ¡Hermosa fiesta! —trató de bromear Joe.
Nadie dijo ni una palabra.
—Sí —añadió negligentemente—, como fiesta ha sido un verdadero éxito.
Sonrió buscando la complicidad del camarero, quien apartó rápidamente sus ojos para fijarlos en Tony, como diciéndole: “Yo no tengo nada que ver con lo que dice este tipo”.
Entraron otros dos clientes y Otero los fue colocando junto a la pared, al lado del que llevaba el sombrero de copa. Tony empezaba a impacientarse. Tenía la sensación de que el tiempo transcurría muy lentamente.
Apareció el director con la pistola apuntándole la espalda. Rico llevaba los bolsillos repletos de billetes.
— ¡Dios mío! —murmuró Tony—, ¿a dónde iremos a parar?
En aquel momento se abrieron las puertas del salón y aparecieron tres hombres y dos mujeres; todos quedaron inmóviles, como petrificados.
La tensión nerviosa de Rico empezaba a traicionarle; tenía el rostro completamente lívido.
— ¡Manos arriba! —gritó—. Y que nadie se mueva.
Dos de los hombres alzaron las manos, y las mujeres también, pero el tercer hombre, grande y grueso, vaciló un instante.
— ¡Vaya, vaya! —exclamó Joe—. ¡Es Courtney, el policía!
En el mismo instante desapareció en él su aire de indiferencia, bajó rápidamente las manos y se llevó una de ellas al bolsillo para sacar la pistola.
—¡Vámonos, pronto! —gritó Rico a Tony y a Otero.
Y se precipitaron hacia la puerta. Una de las dos mujeres que acompañaban a Courtney se desvaneció y, al desplomarse, su cabeza sonó fuertemente contra el suelo.
—No la toquen —dijo Rico amenazador—, o no respondo de mis actos.
Joe siguió a los otros hacia la salida, cubriendo su retirada con la pistola.
Courtney tenía el rostro morado. Miró a su mujer, que continuaba tendida en el suelo con la cara muy pálida e inmóvil, y la cólera se apoderó de él.
— ¡Canallas! —gritó.
Sacó la pistola, pero Rico, mucho más rápido, disparó primero. Entonces Courtney dio dos pasos hacia él, mirándole fijamente, se tambaleó y cayó pesadamente con los brazos extendidos.
En la puerta, Rico se tropezó con un borracho que entraba en aquel momento. El hombre trató de abrazarlo con todas sus fuerzas, pero para librarse él, le dio un puñetazo y le hizo rodar por tierra.
Rico saltó al estribo del coche y gritó:
— ¡Acelera, Tony! ¿A qué diablos esperas?
Tony estaba trastornado y las lágrimas corrían por sus mejillas, cayéndole en las manos. Joe y Otero permanecían silenciosos en el asiento trasero. Este último hacía girar un cigarrillo entre las palmas de sus manos.
Tony puso el coche a la máxima velocidad, hasta que se inclinó de un lado. El viento se había calmado y de nuevo estaba nevando, una nieve menuda y glacial. Los silbatos sonaban todavía, pero más débilmente, e iban apagándose uno a uno.
—Bueno —dijo Rico—, creo que le he tapado bien la boca.
— ¡Claro que se la has tapado! —repuso Joe—. Yo le he visto caer como un saco de patatas.
—¿Y qué otra cosa podía hacer? —intervino Otero—. ¡Qué imbécil! ¿A quién se le ocurre echar mano a la pistola?
Tony no dijo nada; permanecía inmóvil, con los ojos fijos en la calle por donde avanzaban.
—Esto será nuestra ruina —pronosticó Joe.
Otero encendió el cigarrillo y se encogió de hombros.
— ¿Has perdido el ánimo, Joe? —preguntó.
—¿Yo?
Tony metió el coche en el callejón que había en la parte trasera del Palermo. Rico cogió los saquitos que llevaba debajo del abrigo y saltó a tierra. Otero y Joe le siguieron.
—Tony —dijo Rico—, guarda el coche en lugar seguro y después ven a recoger tu parte. ¿Has oído lo que te he dicho? Guárdalo pronto y ven. Te esperamos.
—Escucha —manifestó Joe—, yo quiero llevarme lo mío en seguida. Debo salir a escena a la una y veinte. No puedo faltar a mi número.
—Muy bien —asintió Rico.
Tony se alejó con el coche. Rico llamó a la puerta y Carillo les hizo entrar.
II
Cuando atravesaron la puerta, Vettori estaba de pie en medio de la estancia y se enjugaba la frente con su enorme pañuelo de seda blanca.
Su rostro grasiento no había cesado de sudar.
Rico puso los saquitos sobre la mesa y empezó a vaciarse los bolsillos.
— ¿Y bien? —preguntó Vettori.
—Este es el botín —anunció Rico—. Parece que ha sido un buen golpe.
Joe se acercó a la mesa y se quedó bajo la luz verde de la lámpara, sin quitarse el sombrero ni el abrigo. Otero sacó la metralleta de debajo de su abrigo.
—Nos atraparán a todos —dijo.
Vettori movió lentamente la cabeza de derecha a izquierda.
—Yo os garantizo que nos apresarán.
Rico comenzó a peinarse el cabello.
—Quizá haríais mejor en ir a entregaros —dijo, y después, abandonando su tono sarcástico, añadió—: Sois la más perfecta cuadrilla de cobardes que jamás he visto.
—No me incluyas en eso —repuso Otero.
Joe trató de sonreír.
—Espera a que aparezcan los periódicos mañana.
Rico se aproximó y se apoyó sobre la mesa.
—¿Acaso los diarios no han hablado siempre de estas cosas? Courtney era el único que hubiera podido reconocernos y ya es tarde. Será
mejor que os calméis. Y repartamos el dinero de una vez.
Pero Vettori parecía inerte enjugándose el sudor. Al cabo de un rato preguntó:
—¿Y Tony?
—Ha ido a guardar el coche —respondió Rico.
—¿Y si lo detienen?
Rico empezó a abrir los saquitos.
—Sería una verdadera lástima —opinó Joe.
Rico se rió.
— ¡Qué hermosa banda de cobardes!
Vettori se puso en pie furioso.
— ¡Cierra la boca, Rico! ¿Tú crees que me voy a dejar colgar porque hayas perdido la cabeza y hayas matado a un hombre sin ninguna razón?
Rico se metió la mano en el bolsillo y replicó:
—Sam, si te empeñas en hacer el tonto conmigo te prometo una bella corona para tu entierro.
—Vamos, vamos, Sam —intervino Joe—. Todos estamos mezclados en el asunto, ¿no? Será mejor que repartáis el dinero aprisa.
Vettori se sentó. Otero se situó a sus espaldas, observándolo de cerca.
Ahora, Sam —dijo Rico con el rostro pálido y las arrugas tirantes—, tú te encargarás de dividir las partes. Pero hazlas todas iguales, ¿comprendes? La tuya también será igual que la de los demás.
Vettori no respondió. Joe estaba rígido, dispuesto a esconderse debajo de la mesa en cuanto la cosa se pusiera demasiado fea. Hacía meses que Scabby había pronosticado este enfrentamiento y ahora había llegado el momento. Vettori y Rico le inspiraban el mismo temor, pero algo le decía que este último sería el vencedor.
Vettori dejó caer la mano sobre la mesa.
—Está bien —consintió—; haremos las partes iguales. Siéntate y dividámoslas.
Pero Rico no se movió.
— (¿Estás armado? —preguntó.
Vettori alzó los ojos hasta él.
—Naturalmente, tengo la pistola.
—Bueno, pues que no se te ocurra hacer uso de ella.
El rostro de Vettori se volvió inexpresivo. Se puso a tamborilear con los dedos sobre la mesa.
Rico —dijo finalmente—, se harán las partes iguales, honestamente.
La victoria de Rico era completa. Joe le miró con admiración. Sam era un individuo duro, pero Rico era todavía más duro que él.
Vettori se levantó, atravesó la estancia y se quedó ante la ventana, mirando hacia la calle.
IIIJoe mostró a Rico una hoja de papel llena de números. Este leyó: 2331.75
—Está bien —dijo—; divídelo entre cinco y después nosotros haremos la parte de Scabby.
Otero apoyaba el respaldo de su silla contra la pared y fumaba un cigarrillo; sus ojos miraban hacia el suelo. Vettori hacía un solitario maldiciendo en voz baja para sí.
Joe miró la hora.
—Es la una y cuarto. Debo irme. Sam, llama a Carillo y dile que vaya a buscarme un taxi, por favor.
Vettori se alzó y llamó a Carillo. Un momento después, el portero entreabrió la puerta y asomó-su rostro.
—Ahí afuera hay tres policías de paisano, patrón —anunció.
— ¿Quiénes son? —pregunto Vettori.
—Flaherty y otros dos que no conozco. Quieren hablar con usted.
Vettori se quedó indeciso mirando al suelo. Carillo se precipitó en el interior de la estancia y cerró la puerta.
— ¡Vienen hacia aquí!
Rico se levantó de un salto, atravesó la sala apresuradamente y se escondió tras una puerta disimulada en la pared.
—Vamos, Joe —dijo—; tú sal por la puerta de servicio. Tú, Otero, quédate donde estás y continúa fumando como si no pasara nada. Carillo, manda el taxi de Joe a la puerta de servicio.
Vettori le preguntó:
— ¿Crees que saben algo, Rico?
—No, a menos que hayan atrapado a Tony. En cualquier caso tú no sabes nada, ¿comprendes? Hazte el tonto. Yo estaré escuchando detrás de la puerta, y si la cosa no va bien, entraré en acción.
Vettori recogió el dinero, lo envolvió en su abrigo y se lo tendió a Rico. Joe atravesó la puerta secreta y Rico lo siguió. En el mismo instante llamaron a la otra puerta.
Vettori hizo un signo de asentimiento con la cabeza y Carillo abrió. Entraron dos policías de paisano e inspeccionaron la estancia con una rápida ojeada. Uno era alto y macizo e iba cubierto con un abrigo muy pesado; el otro era bajo y bastante joven. Los dos tenían la mano derecha metida en el bolsillo del abrigo.
—Está bien, Carillo —dijo Vettori—; eso era todo cuanto tenía que decirte. Ya puedes irte.
—Espera un momento —intervino el policía grueso—. Dile a Flaherty de nuestra parte que dentro de diez minutos estaremos listos y que nos espere.
—De acuerdo —contestó Carillo.
Salió y cerró silenciosamente la puerta.
—¿Desean hablar conmigo? —preguntó Vettori.
—Sí —respondió el grueso, que al parecer era el que llevaba la voz cantante—, sólo dos palabras.
—Bueno, pues adelante.
Otero entreabrió los párpados para examinarlos; luego los volvió a cerrar y continuó fumando.
—Vettori —comenzó el agente—, necesitamos que nos des una información.
—(¿De qué se trata?
Volvió a sentarse ante la mesa y comenzó a mezclar las cartas.
—Hace un rato, un Cadillac ha chocado contra un poste en esta misma calle, a dos manzanas de aquí, y hemos pensados que tal vez tú sepas algo.
Vettori dispuso las cartas para hacer un solitario.
—¿Yo? ¿Y qué es lo que puedo saber? ¿No lleva matrícula?
—Sí, pero es falsa.
— ¿De verdad?
—De verdad. El coche ha sido robado a eso de las ocho de la noche, en la orilla derecha. El individuo que se lo ha llevado ha sido descrito minuciosamente.
—Bueno, ¿y qué? —replicó Vettori—. Mi negocio marcha estupendamente. ¿Por qué diablos había de mezclarme yo en algo tan absurdo?
Se rió y movió la cabeza.
—No me has comprendido —repuso el agente con falsa ingenuidad —. Verás, como el accidente ha ocurrido en la esquina de esta misma calle, yo he pensado que el conductor podía ser algún cliente, quiero decir alguno de esos muchachos que vienen a bailar aquí.
— ¿Y cómo puedo saberlo?
El agente buscó un cigarro en su bolsillo y empezó a triturarlo con los dientes.
—¿No había nadie dentro del coche? —preguntó Otero.
—Sí —respondió el policía—. Había un individuo, pero ha huido.
—Yo no sé nada —insistió Vettori.
—Bien, no es pecado el preguntar —manifestó el policía—. Andando, Mike, vámonos. Está claro que Vettori no sabe nada sobre el asunto.
Los dos se dirigieron hacia la puerta lentamente. Pero, de repente, el grueso se volvió.
—Oye, Vettori, ¿conoces la noticia?
Vettori le miró.
— ¿Qué noticia?
—¿No sabes que un canalla ha matado al capitán Courtney en la Casa Alvarado?
—¿Es cierto? —dijo Vettori—. Hay tipos que usan el plomo sin control. ¡Qué error!
—Celebro que opines así.
El policía joven abrió la puerta.
—Bueno, hasta la vista.
Apenas se cerró la puerta tras ellos, Vettori se levantó y echó el pestillo. Después espió por la mirilla.
Rico salió de su escondite.
—Bueno —dijo Vettori, mirándole—, las cosas no están demasiado tranquilas.
Rico se encogió de hombros.
—No saben nada —afirmó—. Van tanteando el terreno, simplemente. ¿Tienes miedo? Te advierto que debemos estar muy unidos en este asunto.
—Lo sé —contestó Vettori dejándose caer en la silla—. De todos mo-
- dos, nunca había visto ponerse las cosas tan mal.
Rico le tendió un rollo de billetes.
—Esta es tu parte, Sam.
Vettori los cogió y se los metió en el bolsillo. Rico le entregó a
- Otero lo que le correspondía, y éste, después de haberse metido tam- bien el dinero en el bolsillo, se levantó y se puso su abrigo.
—Será mejor que vaya a ver a mi novia.
Cuando se hubo ido, Rico atravesó la sala y se sentó junto a Vettori. . —Escucha, Sam —le dijo—; hace demasiado tiempo que recibo órde- nes de los demás. Ya no las volveré a recibir, ¿comprendes? Pero, de ; todos modos, a ti y a mí nos corresponde solucionar este asunto. Si - hay algún modo de salir adelante, se saldrá. Pero debes comportarte bien. ¿Comprendes lo que quiero decir? Yo tengo ya una cuerda al cuello, y uno no puede ser ahorcado más que una vez. Así que si . alguien tiene la idea de traicionarme, mi pistola hablará por mí.
+ —En este sentido no tienes nada que temer —repuso Vettori.
Se quedaron en silencio. A través del muro, llegaron los acordes - de la orquesta. Vettori comentó:
- —Esextraño que Tony haya chocado.
—Habrá perdido la cabeza —supuso Rico.
— ¿Crees que se dejará ver?
—No antes de mañana, si le queda un poco de sentido común.
- Guarda su parte.
IV
Rico se fue a casa de “mamá” Magdalena, la encubridora. Su negocio de fruta estaba todavía abierto y su hijo Arrigo se hallaba recostado contra un: montón de naranjas.
—Hola —dijo.
—¿Dónde está “mamá”? —preguntó Rico.
Arrigo tiró de un cordón que hizo sonar una campanilla en la trastienda. Al instante apareció “ 4” Magdalena apoyándose en su bastón. Cuando vio a Rico dijo:
—Ah, ¿eres tú? Bien, bien. Pasa, pasa.
—(¿Puedo ir yo también, mamá? —inquirió Arrigo.
—Tú quédate aquí y cuida de la tienda, holgazán —replicó la vieja, amenazándole con el bastón.
Arrigo volvió a recostarse sobre el montón de naranjas.
Rico entró detrás de la mujer hacia el interior. Allí le ofreció una silla, y cuando se hubo sentado, ella puso una botella sobre la mesa.
—Tú hablas y yo bebo —dijo sentándose a su lado y sirviéndose un vaso.
Rico sacó del bolsillo su parte del robo, se quedó algunos billetes y le tendió el resto.
—Tenga, guárdeme esto.
Ella tomó el dinero, lo contó y luego se lo metió en el pecho.
—Veo que te ha ido bien la noche de San Silvestre, ¿eh?
—Sí —contestó Rico—, no ha sido mala. Mañana procuraré divertirme un poco.
—Vaya, vaya —dijo la vieja—; así va el mundo. La gente no piensa más que en divertirse.
Se sirvió otro vaso de vino; luego se inclinó hacia Rico y tocándole con la punta del bastón le dijo:
—Escucha, ¿no has pensado nunca en regalar a una muchacha un anillo con un gran brillante?
—¿Yo? ¡¿Desprenderme del dinero para comprar un brillante a unas faldas? ¿Por quién me ha tomado?
“Mamá” Magdalena se rió con una risa que recordaba un cloqueo y movió la cabeza.
—Eres frío, Rico; no te gusta el alcohol ni te agradan las mujeres. No vales nada.
Rico sonrió.
—Las mujeres me gustan de vez en cuando, pero no hasta el punto de regalarles brillantes.
Al dejar a “mamá” Magdalena, se dirigió hacia el establecimiento de Pete el Siciliano. El viento soplaba con fuerza y, con el cuello del abrigo levantado, se dejó arrastrar por su ímpetu. Eran más de las tres y la calle estaba completamente desierta. Hacia el centro de la ciudad, las luces pintaban el cielo con reflejos rojos.
El organillo sonaba en el local de Pete el Siciliano. Tres italianos y dos muchachas americanas estaban borrachos, sentados ante una mesa en la sala principal lanzándose pedacitos de pan a la cabeza, derramando el café y golpeando los platos con los cuchillos. Pete tenía un aspecto torvo detrás del mostrador.
Cuando entró Rico, le saludó:
—Hola, amigo. ¿Dónde has estado metido durante todo este tiempo?
—Ultimamente, no he salido mucho a divertirme —contestó Rico, y después añadió—: Por lo que veo, tus clientes son muy alborotadores.
Pete se encogió de hombros.
—Son estúpidos. Han bebido ginebra, y ésa no es bebida para los italianos.
Rico sacó un paquete de cigarrillos y le ofreció uno. Ambos empezaron a fumar.
—Pete, ¿puedes echar una ojeada?
—Sí, sí —contestó éste—; echaré una ojeada. Es lo único que puedo hacer. He tenido que estar encerrado aquí toda la noche mientras los - demás se divertían por ahí.
Una muchacha miró a Rico, y éste le guiñó el ojo. Entonces ella se volvió y le dijo a uno de sus compañeros:
—Fíjate en ese tipo; seguramente se cree que es un conquistador.
El hombre le lanzó una mirada hosca. Pete, dándose cuenta, fre-
- nó el brazo de Rico.
: —Por favor, no armes líos, amigo. Aquí abundan demasiado. Pen-
- sándolo bien, creo que me volveré a Italia.
Rico le dio la espalda a la muchacha.
—Está bien.
Mientras Pete le servía una taza de café, entró un vendedor de
- periódicos voceando:
- —¡Edición extra! ¡Edición extra! ¡Con todos los detalles del últi-
- mo atraco!
Rico compró un ejemplar y echó una rápida ojeada a los titulares,
- que decían así:
ATRACO A LA CASA ALVARADO EL DETECTIVE COURTNEY ASESINADO POR LOS BANDIDOS
Rico tendió el diario a Pete y le dijo:
—Otro muerto.
—Sí —respondió Pete—. Matar, matar, eso es todo lo que saben hacer aquí. Quiera Dios que pronto pueda volver a Sicilia. Después de todo, y si la comparas con esto, la mafia no es más que un juego de niños.
Uno de los italianos había comprado también un periódico, y se puso a leer en voz alta los detalles sobre el atraco. Todos pararon de comer para escucharle. Rico les observaba tomándose lentamente el café.


V
Tony, echado en la cama, y envuelto por las frías sombras de la habitación, no había podido pegar ojo en toda la noche. Estaba bañado en sudor. Apartaba las ropas porque le pesaban en el cuerpo como si fueran de plomo, pero el viento glacial que soplaba del lago y se filtraba por las rendijas de la ventana, le obligaba a taparse de nuevo. En los momentos en que lograba adormecerse un poco, soñaba que era arrastrado a toda velocidad por un coche que daba patinazos; luego se producía el choque doloroso y se despertaba sobresaltado y jadeante.
Esta vez nos cogerán —murmuraba—, estoy seguro de que nos cogerán.
Incapaz de poner freno a su fantasía, se imaginaba los muros infranqueables de la prisión del estado, las pequeñas celdas de los condenados a muerte guarmecidas de enormes barrotes y el patíbulo en el patio de la cárcel. Recordaba el comentario de Rico sobre Red Gus la noche de su ejecución: “Esta vez le pondrán una corbata que no podrá quitarse de encima”. Y, desde luego, así fue.
Agitado por estos recuerdos, no cesaba de fumar un cigarrillo tras otro. En su desesperación, se debatía buscando el modo de cargar a alguien toda la responsabilidad de lo sucedido. Y llegó a la conclusión de que la culpa de todo la tenía Magde, su novia. ¿Acaso no había estado presionándole continuamente para que le diera más dinero y para que la colmara de lujo? ¿Y no era verdad que él había tratado de vivir honestamente haciendo de taxista? Desde luego. Pero Sam Vettori y Rico le habían ofrecido mucho más dinero para que abandonara su puesto y se uniera a ellos con el fin de guiar el coche cuando tenían que dar algún golpe. Y el caso es que cuando uno se mete en una banda, ya no hay modo de salirse de ella.
Se sentó en la cama y dejó vagar la mirada por los tejados que se distinguían desde la ventana. El sol iba saliendo en una fría y ventosa mañana de invierno. De repente, sintió un agudo dolor en el estómago y se acostó otra vez, revolviéndose entre las ropas de la cama; pero el dolor persistía.
Oyó a su madre en el cuarto contiguo. Se estaba vistiendo para ir al trabajo. De pronto, en una sala del otro lado del patio sonó estrepitosamente el despertador de algún vecino seguido de algunas blasfemias y del ruido que hizo una ventana al ser cerrada violentamente.
Empezó a sentir náuseas. Se levantó de la cama y se dirigió apresuradamente al cuarto de baño. Cuando salió, su madre se hallaba encendiendo el fuego y fingió no darse cuenta de su presencia. El se fue hacia su habitación, pero al llegar a la puerta se volvió hacia ella.
—Buenos días, mamá.
Su madre no respondió.
—Di algo. ¿Qué te pasa? —insistió él.
Entonces su madre se giró y le miró fijamente, con las manos en jarras.
—Vuélvete a la cama, holgazán —_le dijo—. Estoy harta de ti. No sirves para nada. Eres como tu padre.
—Escucha, mamá... —empezó Tony.
—No trates de engatusarme le interrumpió ella—. Acuéstate hasta que se te haya pasado la borrachera. ¿Crees que yo no entiendo nada, verdad? Haces lo mismo que tu padre.
—No estoy borracho, sino enfermo, mamá.
Su madre le volvió la espalda y continuó con su tarea. Entonces él entró en su dormitorio, cerró la puerta y se echó en la cama. Se sentía terriblemente deprimido: Lo veía todo negro.
Cuando oyó que su madre se había marchado, se levantó, se vistió y se preparó café y tostadas. De todos modos, pensó mientras desayu-naba, tenía que ir a buscar su parte. > Al dirigirse a casa de Vettori, se cruzó con el reverendo Mac Co¿nagha. Era un individuo grande y grueso, de pálidas facciones, que “Caminaba bamboleándose y tenía un aire un poco arrogante. Tony se
quitó el sombrero. E —Buenos días, reverendo. —Buenos días, Antonio —contestó éste—. ¿Dónde has estado, hijo 10? Hace meses que no te veo. —Trabajo. - —(¿Qué clase de trabajo? —preguntó el reverendo, poniéndole una 'mano en la espalda.
—Soy taxista. El reverendo aprobó con la cabeza. —Ese es un trabajo honesto, Antonio. Este, tratando de evitar su mirada, tenía los ojos fijos en el sombrefro que daba vueltas entre sus manos. El reverendo Mac Conagha le hizo un sermón de unos dos minutos sobre las ventajas de la honradez y los beneficios morales que produce el trabajo decente. Finalmente, se expresó así: . —Tony, tu padre me encargó un día que me ocupara un poco de ti. Tu padre era un hombre bueno, pero débil de carácter. Antonio, acuérdate de venir a verme si alguna vez te encuentras en un apuro. Tony se ruborizó y dijo: —Gracias, reverendo. Cuando éste se alejó, él comenzó a meditar, inquieto. ¿Es que acaso sabía algo? ¿Por qué, precisamente aquella mañana, le había hablado de apuros? Era demasiada casualidad. Desde luego, respetaba y admiraba al reverendo Mac Conagha y sabía que en cualquier monento podía recurrir a él.
A su lado, se había sentido fuerte; pero ahora, cuando ya se había ido, toda la desesperación de la noche anterior volvió a atormentarle. Sacó un cigarrillo y lo encendió con mano temblorosa.
—Estoy seguro de que nos atraparán —murmuró.
Y de nuevo recordó lo que Rico había dicho a propósito de Red Gus.

VI
La Foca no sabía cómo quitarle la borrachera a Otero. Le había dado a comer tomates frescos e incluso le había obligado a tomar un baño de agua fría, pero nada había surtido efecto. El se paseaba por la sala cantando, en un español picaresco, canciones en las que ensalzaba su valentía. En todo el mundo no había más que un hombre que tuviera mayor bravura que la suya: Rico.
A pesar del sueño, la Foca no se atrevía a cerrar los ojos, temerosa de que cometiera algún desatino, como, por ejemplo, disparar desde la ventana contra las farolas de la calle (esto ya lo había hecho una noche), o bien salir a la calle sin abrigarse.
Se sentó, colocó la pistola sobre la mesa, a su lado, y siguió can-tando.
—Escuchad todos —gritaba—, soy Ramón Otero, un hombre valiente. No tengo miedo a nada ni a nadie. Si bebo, todos caen al suelo antes que yo, y no hay quien me gane a disparar. Solamente Rico, y él | es mi amigo. Es un gran hombre, como Pancho Villa, y yo soy un: buen compañero suyo. Yo nunca dispararía contra él, aunque él lo: hiciera contra mí. Rico es mi amigo y yo le quiero mucho.
Luego se levantó, elevó los brazos al aire, hizo unas cuantas casta- ñetas, taconeó y agitó las caderas de tal forma que la Foca estuvo al punto de caerse de la silla de tanto como se reía.
Hacia el amanecer Otero terminó por dormise con la cabeza apoyada sobre la mesa. Entonces ella lo llevó al lecho (sólo pesaba unos; cincuenta kilos), y, demasiado fatigada, se quedó sentada a su lado.

VIIRico compró todos los diarios que hablaban del asunto y se encerró en su habitación para leerlos. Sentado ante la mesa con el ala del sombrero bajada sobre los ojos, fue recortando todos los artículos que mencionaban el atraco y la muerte del detective Courtney. Amontonó los recortes y luego los volvió a leer.
Uno decía: “El bandido que mató al capitán Courtney es un hombre pequeño y pálido, probablemente italiano. Llevaba un abrigo de buena calidad y un sombrero de fieltro claro”.
Otro: “El asesino de Courtney, según un testigo ocular, es un ex-
'tranjero de baja estatura y aspecto enfermizo”.
-— Arrojó con rabia este artículo.
-—¿De dónde diablos han sacado esta historia sobre mi aspecto enfermizo? —murmuró—. No he estado enfermo ni un sólo día en toda de mi vida.


TERCERA PARTEI
Sam Vettori tenía los ojos rojos e hinchados y su rostro moreno parecía más grueso que de costumbre. Ultimamente no dormía bien y bebía demasiado whisky, Puesto que el vino era su bebida favorita, el hecho de que ahora tomara whisky podía interpretarse como un indicio de que su estado de ánimo se hallaba bastante atormentado. Masticaba un cigarro y de vez en cuando tomaba un trago de la botella que tenía a su lado.
Rico hacía un solitario con el ala del sombrero bajada sobre los ojos, como siempre.
Big Boy se hallaba sentado frente a Vettori, con el sombrero hongo inclinado sobre una oreja y sus enormes manos, que en otros tiempos habían manejado el pico, reposando en la mesa.
Movió lentamente la cabeza.
—No hay nada que hacer, Sam —decía—. No puedo ayudarte. Yo creo que has perdido el juicio. Están detrás de mí noche y día, ya lo: sabes. Ni siquiera llego a defenderme yo mismo. Tenías mucha suerte. Los asuntos te iban demasiado bien. Tú creías que yo era el Padre: Eterno. Desgraciadamente, no puedo hacer milagros. Un robo más o menos, no tiene importancia. Pero cuando se trata del asesinato de: alguien como Courtney, la cosa cambia. No, Sam. Lo mejor será que : te aárregles tú solo; durante algún tiempo, convendría que abandona-rais la ciudad, Desde luego, lo esencial es que no pierdas la cabeza. Y,,, sobre todo, vigila que no se asusten los que están en el asunto.
—De eso me encargaré yo —comentó Rico sin alzar los ojos.
—Está bien, Rico —repuso Big Boy—; yo tengo confianza en ti. Pero. procura no perder la calma y en lo sucesivo deja quieta la pistola, si: no quieres que te pongan una cuerda al cuello. No lo olvides. Por: ahora, no más robos. Quedaos tranquilos. Si tenéis necesidad de: dinero, yo os lo proporcionaré. Y ahora es preciso que me vaya. No; me telefoneéis más, porque ya os he dicho que no puedo solucionar ' el problema y la policía podría sospechar.
Se levantó y se inclinó hacia adelante, apoyando sobre la mesa sus dos manos ásperas y velludas.
—Aparte de eso, os felicito por saber actuar con brillantez —agregó—. El director de la Casa Alvarado estaba tan confuso que ha identificado a un agente de paisano como al individuo que estaba acechando en el vestíbulo. ¡Diablo, qué cosa más graciosa! Spike Rieger se puso verde de rabia. Le ha obligado a retractarse, pero ese monigote ha terminado por declarar que los atracadores eran polacos. Y el caso es que han detenido a Steve Gollanezc. Este y su banda acababan de asaltar un banco, y Steve ha creído que tenían pruebas contra él. ¡Cómo me he divertido!
Echó la cabeza hacia atrás y prorrumpió en una carcajada que más bien parecía un rebuzno. Sam Vettori, irritado, tamborileó con los dedos sobre la mesa. ER
—Bueno, ríete.
—Naturalmente que me río —replicó Big Boy—. Si tú hubieras visto la cara de Steve cuando ha sabido de qué le acusaban, se te habrían caído los pantalones de tanto reír.
—Steve no es tonto —opinó Rico.
—Has dicho una gran verdad —asintió Big Boy—. Los engaña siempre que quiere. Bueno, yo me voy. Vosotros quedaos tranquilos y tal vez se arregle. Si se pone feo, informadme por medio de Scabby, y Entonces será mejor que hagáis todos un viajecito de placer. Hasta la vista.
- Cuando hubo salido, le oyeron bajar la escalera armando un gran estrépito.
Rico continuó haciendo su solitario.
—Bueno —dijo Vettori—, tengo la impresión de que no saldremos bien librados de ésta.
—Quisiera tener entre mis manos al que inventó este juego —dijo Rico. Vettori blasfemó contra su indiferencia; después, sirviéndose otro trago, preguntó:
 — ¿Tú crees que podemos fiarnos de Joe?
—Sí —contestó Rico—, siempre que no le detengan y le obliguen a 1blar. No creo que aguantara un interrogatorio. Es un tipo blando. — ¿Y el Greco?
Rico se rió.
—Ese es como una tumba. El único defecto que tiene es que se emorracha con frecuencia, y entonces comete muchas tonterías. Precisaente ayer tuve que despejarlo dándole un baño de agua fría. En to tiene cuatro centavos, pierde la cabeza. Antes de que yo lo evara a Toledo, no había visto nunca más de cinco dólares juntos. pero, aparte de eso, uno se puede fiar de él.
— ¿Y Tony?
Rico se quedó en silencio un minuto; luego recogió las cartas y comenzó a barajarlas.
—De Tony no sabría darte una opinión. 5
Sam Vettori se levantó y se puso a recorrer la sala, enjugándose de vez en cuando el sudor de la frente con su enorme pañuelo de seda blanca. Ñ
—¡Rico, no podemos correr riesgos por él! ' z
Sin inmutarse, éste distribuyó las cartas para el póker y comenzó a jugar una partida imaginaria.
—Deja que me ocupe yo de eso —dijo.
Vettori le puso una mano sobre el hombro.
—Así se habla, Rico.
Se arrellanó en la silla y se sirvió otro whisky, pero Rico, alargando : el brazo sobre la mesa, le dio un manotazo y lo derramó.
—No abuses Sam; no debes perder el control.
Vettori tuvo un impulso de furor, pero se contuvo y bajó los ojos.
—Tienes razón, Rico. Esto no hace bien a nadie.
Tomó la botella y la encerró bajo llave en un armario.
II
Hacia las nueve, Carillo entreabrió la puerta y asomó la cabeza: Abajo, la orquesta acababa de comenzar a tocar.
—¿Qué pasa? —preguntó Vettori levantándose.
—Blackie quiere verle —contestó Carillo.
—Muy bien.
Carillo desapareció.
— ¿Qué querrá? —inquirió Vettori.
Rico, que estaba absorto leyendo una revista con el respaldo de la silla apoyado contra la pared, movió la cabeza sin levantar los ojos ni responder. Leía un reportaje que trataba sobre la aventura de una muchacha de clase alta enamorada de un contrabandista. Le fascinaban esas relaciones porque le parecían irreales. A sus ojos, los hombres de clase alta eran blandos y afeminados, pero en cambio envidiaba a sus mujeres. Las había visto descender de lujosos coches a la puerta de los principales hoteles de la Costa de Oro. Las había visto, magníficamente ataviadas, altivas, inaccesibles, avanzar por las alfombras colo das bajo los toldos, ignorando las obsequiosas inclinaciónes de los porteros. Las odiaba. Eran demasiado arrogantes e independientes, además ignoraban que en el mundo había un personaje llamado Rico.
Blackie Avezzano entró y cerró la puerta tras de sí. Dirigía el garaje de Sam. Era un hombre de corta estatura, con las piernas arqueadas y la piel tan oscura que podía confundírsele con un mulato.
Vettori exclamó con impaciencia:
—Bien, ¿qué tienes que decirme, Blackie?
Rico continuó leyendo la revista. Blackie se sentó junto a la mesa y, por un momento, pareció como si tratara de coordinar sus ideas.
—Vamos, vamos, ¿qué es lo que tienes que decirme?
Blackie hablaba sólo italiano, pero como Rico no lo entendía y Vettori fingía despreciar su lengua natal, resultaba que cada vez que tenía que sostener una conversación con ellos, pasaba grandes apuros.
—Tony está enfermo —dijo al fin—. Pero no sabe lo que tiene. Se ha puesto malo. Yo he ido a verle y su madre me ha mandado llamar al médico. “Escucha”, le ha dicho éste, “tú has bebido. Hazme caso a mí y no vuelvas a beber más”. Pero Tony no bebe. ¡Qué diablo! No sería capaz de tomarse ni siquiera una botella de cerveza. Ha perdido el ánimo. Eso es todo.
Vettori miró a Rico, que continuaba leyendo. = —Rico —dijo.
—Lo he oído —contestó éste—; no soy sordo.
- Blackie se levantó y se quedó de pie, dando vueltas al sombrero entre sus manos. Vettori sacó su cartera y le tendió un billete de diez dólares.
¿ —Blackie —le advirtió—, ten los ojos abiertos, ¿comprendes?
- —Desde luego —respondió él—. Le vigilaré y os mantendré infor¿mados. Tony no vale nada. Bien, estaré atento.
¡Cuando se hubo ido, Rico dijo:
 —Ya empieza a asustarse.
—No podemos correr ningún riesgo —repuso Vettori.
—Le daré de tiempo hasta mañana —pronunció Rico—. No podrá hacer gran cosa si Blackie no descuida su vigilancia. Y... si no recobra el sentido común, ¡adiós, Tony!

III
Hasta el momento, Tony demostraba tener un carácter más bien dúctil y sabía tomar las cosas como venían. Sin embargo, era bastante inconstante; pasaba sin transición de la cólera a la alegría, y sólo staba melancólico el tiempo justo que tardaba en darse cuenta de que había caído en este estado de ánimo. No, jamás había conocido la depresión que se deriva de una desesperación sin límites. Pero ahora la experimentaba y comprendía que no podría soportarla. Pen-saba en el pasado como en una época mítica en que disfrutaba de tranquilidad de espíritu.
No era capaz de disfrutar con nada. El temor de ser arrestado le perseguía incluso en el cine, que en otro tiempo había sido su mayor diversión. Magde, su novia, le veía tan distinto que terminó por creerle: enamorado de otra muchacha, y le trató en consecuencia. No se calmaba ni siquiera con la presencia de su madre, la cual había advertido: que le pasaba algo. Bebía, jugaba al billar, daba vueltas en coche. pero el miedo le acosaba y no le daba reposo. Después empezó a sentir fuertes dolores de estómago, y el mal se intensificó de tal forma que la: presencia de alimentos le producía náuseas. Así fue que adelgazós rápidamente.
No veía cómo salir de aquello; en realidad, no había salida. Pero. poco a poco, se fue abriendo camino a través de su espíritu la idea des acudir al reverendo Mac Conagha para pedirle consejo. No era bastante: inteligente para comprender que necesitaba una persona a la ques confiarse, pero, inconscientemente, llegó a esta conclusión.
Las atenciones que Blackie tenía para con él le reconfortaban algo. Venía a verle todas las tardes, y se encargó de avisar al médico un día que su dolor de estómago fue más agudo que de costumbre.
En otra ocasión, su madre le palmeó la espalda para animarle.
—Antonio —dijo—, voy a ver cómo está la señora Mangia. Está a punto de dar a luz un nuevo hijo. ¡Piensa un poco! Con éste serán doce.
Tony trató de sonreír.
—¡Doce! —añadió su madre, moviendo lentamente la cabeza—. pensar que con uno hay más que suficiente.
—Sobre todo si es tan malo como yo.
—Tú no eres malo, Antonio —replicó su madre—; solamente eres u poco perezoso.
Tony se calló.
—Escucha, Antonio —prosiguió su madre—. He dejado spaghetti eN el hornillo. Si te apetecen, cómetelos. Tienes que recuperarte.
—De acuerdo.
Su madre se marchó. Cuando apenas había salido, Tony se fue a sul cuarto. El miedo se apoderó de él nuevamente. Un simple ruido dd pasos en el corredor le puso la piel de gallina y su frente se bañó da sudor, Se puso de pie y comenzó a recorrer agitadamente la estanci Estaba iracundo y comenzó a maldecir en voz alta a Rico y a A Después su ira se apagó y el terror le invadió otra vez.
De pronto, Blackie entreabrió la puerta.
— ¿Cómo te sientes, Tony? —preguntó.
—Hola, Blackie —contestó—. Entra y fuma un cigarrillo.
Blackie tomó uno del paquete que le ofrecía y se sentó. Mientras fumaba, no apartaba la vista de él.
—¿Qué te pasa, Tony? —inquirió—. No haces muy buena cara.
Tony le miró y después se puso a temblar como una hoja.
—¡Ya no puedo más! No hay duda de que nos atraparán. ¿No has leído los periódicos de la tarde?
Blackie se encogió de hombros.
—No sé leer.
—Nos ha llegado el final —se lamentó Tony—. Dios mío, no puedo comprender cómo puede aguantar Rico.
—No tiene miedo.
—Pues debiera tenerlo. El es el responsable de todo.
Blackie volvió a encogerse de hombros.
—No podía hacer otra cosa: Courtney trató de sacar la pistola.
- De repente, Tony se quedó lívido como un muerto. Había oído de- tenerse un automóvil a la puerta de la casa. Corrió a la ventana y
miró a la calle; después dijo: + —Me parece que es la policía.
—Escucha —repuso Blackie—, harías mejor en calmarte. Lo que te
j "pasa es que no tienes valor. Rico dice que hay que ser hombre. Eso - está bien. Hay que ser hombre. Deberías tratar de calmarte. = —¡Que se vaya al diablo Rico! —replicó Tony. 2 Blackie se encogió de hombros nuevamente. ¿Tony permaneció unos momentos en pie en medio de la estancia, “mirando el suelo; luego, decidiéndose de improviso, se dirigió a la percha y cogió el sombrero. - —¿Dónde vas? —interrogó Blackie.
Tony dudó.
—Yo voy contigo —añadió Blackie.
—No —se opuso Tony—. Vete a casa. —Y mirándole con firmeza «declaró: Me voy a San Domenico a ver al reverendo Mac Conagha.
¿ —¿Qué dices? —gritó Blackie alarmado—. No pretenderás contárselo todo, ¿verdad?
—Haré lo que me parezca —manifestó Tony con vehemencia.
Blackie le agarró por un brazo.
—Tony, muchacho, quédate aquí. Escucha, Tony. Tú estás enfer-
mo. Pórtate como un hombre; atiende lo que te digo: sé hombre.
Tony le rechazó con violencia.
—Vete a casa, Blackie.
Acto seguido, salió. Blackie le oyó andar lentamente por el corredor. Cuando ya no se oían sus pasos, se levantó de un salto, abrió una ventana que daba al patio, bajó por la escalera de seguridad y tomó un atajo por las callejas que le condujo en pocos minutos al Palermo. Llamó en la puerta de servicio, y Carillo le hizo entrar.

IV
Vettori miró a Rico, que no decía nada.
—¡Loco, loco! —exclamó Blackie—. Yo le he dicho: “Debes ser hombre, ser hombre”. Pero él ha respondido: “Haré lo que me parezca”.
Rico se puso el abrigo rápidamente.
—Bueno, yo creo que es suficiente —dijo Sam Vettori.
—Sí —contestó Rico—; estamos de acuerdo. Ahora, procúrate un coche, Sam, y vámonos. No hay tiempo que perder.
Vettori se pasó la mano por el rostro.
—Yo no voy —declaró.
Rico le miró.
—Llévate a Blackie —añadió Vettori.
Este le miró con ojos de súplica.
—Blackie no me sirve —replicó Rico.
—No —asintió él—; yo no sirvo.
En ese momento, Carillo asomó la cabeza por la puerta.
—Reilley está abajo, patrón.
—Toma a Carillo.
Este les miró con aire suspicaz. Rico atravesó la estancia y le cogió por el brazo.
—Escucha, Carillo; ¿sabes conducir?
—Desde luego.
—¿Eres capaz de lanzarlo a toda atea cuando yo te indique?
—Naturalmente que sí.
—Bueno, pues entonces vámonos.
—Coge el coche negro —le dijo Vettori—; pero procura no hacerlo pedazos.
Carillo salió apresuradamente, dejando la puerta abierta. Rico se encargó de cerrarla. Después, se expresó así:
—Sam, tienes menos sangre en las venas que Tony. Y ahora, escucha. Baja y habla de negocios con Reilley. Intenta aparentar calma. Dios mío, llegará el momento en que tendré que hacerlo todo yo.
Vettori le miró con odio pero se limitó a decir:
—Ahora, tú eres el jefe, Rico.
Este salió. Blackie exclamó:
— ¡Adiós, Tony!
Carillo esperaba en la callejuela al volante del coche negro. Rico saltó al interior y el vehículo salió disparado. Carillo dio la vuelta a la esquina a toda marcha.
— ¿Estás seguro de haber tomado el camino más corto? —preguntó
—Por supuesto —contestó Carillo—; yo no hago nunca las cosas a ciegas.
/— —Está bien —repuso Rico—. ¡Adelante!
Empezaba a soplar fuerte el viento y a nevar en grandes copos que se veían a la luz de los faroles y de los escaparates iluminados. El suelo quedó blanco en pocos minutos.
Carillo había tomado el camino más corto, y Rico, que había colocado la pistola automática en el asiento, a su lado, aguzaba sus ojos en vano. No se veía ni el menor rastro de Tony.
—Si no lo encontramos, Blackie lo pagará caro —masculló.
—No se sulfure, jefe —dijo Carillo.
Las altas torres de la catedral de San Domenico se alzaban al final de la calle desierta. Ahora, Carillo conducía lentamente. De pronto, señaló con el dedo algo, al pie-de la escalinata.
—Allí hay alguien.
Rico se inclinó para mirar.
—Acelera —ordenó—. Me parece que es Tony.
Carillo cumplió la orden. Bajo la nieve, una forma indistinta se fue precisando poco a poco. El hombre se detuvo y alzó los ojos. Cuando el coche estuvo a su altura, se volvió.
— ¡Tony! —llamó Rico.
—Sí —respondió—. ¿Quién es?
Rico disparó. Una lengua de fuego iluminó la oscuridad. Rico vació todo el cargador. Tony se desplomó sin proferir ni siquiera un lamento.
—Ya hemos terminado, Carillo. ¡Acelera!
V
Joe y Olga estaban sentados en una tranquila esquina del comedor de un hotel de la Costa de Oro. Estaban esperando el postre. Joe, lleno «de satisfacción, se sentía inclinado a la amabilidad y miraba a Olga en silencio. Era la mujer que más amaba. Naturalmente, cuando ella estaba ocupada salía con otras muchachas, pero esto carecía de importancia. Olga era la mujer que más quería, su novia. Los demás hombres tampoco contaban para ella; estaban muy unidos. Ahora, la examinaba en silencio. Estaba allí enfrente, con el rostro redondo y aceitunado, pómulos ligeramente salientes y grandes ojos negros sombreados por un sabio maquillaje. Sus largos dedos cubiertos de joyas le fascinaban. Su elegancia y su fragilidad le despertaban sentimientos de protección y virilidad.
—Bien —dijo ella—, ¿me has mirado bastante?
—Escucha, criatura —contestó—; eres una perla. No es broma. Tienes muchas cualidades. Te aseguro que en todo Chicago no hay una mujer capaz de rivalizar contigo. A tu lado, todas las demás no existen.
Olga alargó la mano a través de la mesa y le acarició.
—No creo una palabra, pero repítelo. Me agrada oírtelo decir.
—No es broma.
— ¡Qué hombre!
El camarero llegó con los postres.
—Escucha —dijo Olga mirando su reloj de pulsera—, vámonos al cine. Tengo tiempo.
A Joe no le atraía el cine, con todos sus melindres sentimentales. * Pero quería contentar a Olga, y accedió:
—Está bien. ¿A cuál vamos?
Olga se dirigió al camarero.
— ¿Quiere traer un periódico, por favor?
El camarero se lo entregó a Joe. Este lo desplegó con intención de mirar la cartelera de espectáculos, pero su mirada se detuvo en la primera página y se puso a leer con gran atención la noticia que venía en ella.
Olga se dio cuenta de que la volvía a leer. Cuando por fin alzó la mirada, tenía una expresión de estupor en los ojos y su rostro se había quedado pálido.
— ¿Qué ha sucedido? —preguntó ella.
Contestó:
—Han quitado a Tony de en medio.
— ¿Quién?
—No lo sé. Supongo que Rico. Al parecer, ha debido intentar traicionarnos.
Se pasó una mano por la frente; después sacó su pitillera de oro, pero sin ninguna ostentación esta vez, tomó un cigarrillo y lo encendió. Olga le cogió el periódico y leyó:
LA LUCHA ENTRE LAS BANDAS RIVALES CONTINUA, UNA NUEVA VICTIMA
“Antonio Passalacqua, conocido con el nombre de Tony Passa, y que al parecer formaba parte de la banda de Sam Vettori, ha sido encontrado muerto cerca de la escalinata de la catedral de San Domenico... Según las informaciones de la policía, hasta el momento no se han encontrado testigos... Interrogado Sam Vettori sobre el asesinato, ha declarado no saber nada del asunto, pero ha sugerido que la muerte podría ser obra de una banda rival. La policía considera la hipótesis como probable”.
— ¡Caramba! —exclamó Joe.
Olga pasó rápidamente a la página teatral.
—Joe, tesoro —dijo—, en el Oriental hay una buena película cómica. ¿Qué te parece?
Joe dejó su cigarrillo a medio consumir, aplastado en el cenicero.
—Rico no ha perdido el tiempo.
—Joe, ¿quieres ir a ver esa película cómica? —insistió Olga.
—Claro que sí —contestó—. Vámonos.
En el taxi, durante todo el recorrido que hicieron hasta el cine, no dijeron una sola palabra. Solamente al descender, comentó:
— ¡Diablo, ese Rico maneja la pistola con demasiada desenvoltura!
—No pienses más en ello, amor mío —le aconsejó Olga.
VI


Cuando entró Rico, la Foca estaba sentada en el alféizar de la ventana y Otero se hallaba tendido en el lecho y cantaba a voz en cuello. Rico atravesó la sala y puso la mano en la espalda de la mujer.
 —Si no recuerdo mal, tú habías prometido vigilar a Otero, ¿no? -—dijo.
No puedo con él —contestó la Foca.
Rico se aproximó al lecho y miró a Otero. 
—Señor Rico —gritó—, escucha lo que te voy a cantar. Rico se volvió. 
—Foca —dijo—, este tipo terminará por cantar más de la cuenta si -tú no consigues quitarle la borrachera.  
—Yo no soy enfermera —replicó ella—. Un hombre debe saber lo -que se hace. Además, ¿qué quieres que haga? No me es posible despejarlo. , Lo que ocurre es que tú no tienes el más mínimo sentido común dijo Rico. —Muy bien, sabelotodo. Ya veremos qué erez capaz de hacer tú.
— ¿Tienes hielo?
—Sí —contestó la Foca sin moverse.
-—Entonces, ¿por qué demonios no vas por él?
La Foca le temía, pero no quería darlo a entender. Se levantó con toda calma, y cogió uno de los gruesos cigarros de Otero, lo encendió y expulsó una bocanada de humo. Después, habiéndole demostrado de este modo que no la asustaba, se fue a la cocina a buscar el hielo. Rico se sentó en la cama.
—Otero —preguntó—, ¿tienes a mano algo para beber?
—Yo no quiero beber —balbuceó Otero—. Quiero cantar para ti.
Rico le dió un bofetón.
—¡Con qué gentuza tengo que tratar yo!
Otero le miró asombrado.
— ¿Qué tienes contra mí?
—Eres un puerco y vil cobarde.
—Yo no soy cobarde —gritó Otero tratando de levantarse.
Rico le golpeó de nuevo, esta vez mucho más fuerte, haciéndole caer en la cama. Otero se llevó la mano a la cara y fijó los ojos en él.
—Si todavía te queda algo de bebida, será mejor que me digas dónde la tienes.
Otero sacó una botella medio llena de debajo de la almohada. Rico se la guardó en el bolsillo.
—Devuélveme esa botella —dijo Otero, rojo de ira.
Intentó nuevamente ponerse en pie, pero Rico le pegó en el mentón y se desplomó. En ese mismo instante apareció la Foca con unos cubitos de hielo envueltos en una toalla.
—(¿Por qué diablos le pegas? —protestó.
—Quiero quitarle la borrachera y que no le queden ganas de coger otra.
—Bien, aquí tienes esto.
Rico tomó un pedazo de hielo en cada mano y comenzó a frotar el rostro y el pecho de Otero. Frotaba con fuerza y le hacía daño, obligándole a debatirse.
—Rico, ¿qué te he hecho yo? —se lamentó—. Tú eres mi amigo. ¿Por qué me tratas de este modo?
—Dentro de poco se pondrá a llorar —dijo la Foca.
De pronto, Otero se enfureció y se puso a forcejear con tal ímpetu que rechazó a Rico y saltó del lecho. El hielo quedó machacado por el suelo. Rico se aproximó y se preparaba para descargarle un puñetazo cuando la Foca lo cogió por un brazo.
— ¡Por favor, déjalo tranquilo! —gritó—. ¿No tiene ya bastante con su mal estado?
Rico montó en cólera y la golpeó con la mano que le quedaba libre.
— ¡Maldita sea! —barbotó—. ¡Vaya cuadrilla de cobardes y llorones que me ha caído en suerte! Escucha, estúpida, ¿acaso no es él quien te mantiene? ¿Y qué quieres? ¿Que venga a prenderlo el coche celular?
Otero atravesó la sala tambaleándose. De un salto, Rico le alcanzó y le golpeó, haciéndole caer al suelo. Otero alzó la cabeza y le miró débilmente.
—Rico —gimió—, ¿qué te he hecho yo?
Este recogió el hielo, e inclinándoses sobre él, empezó a frotarle con más fuerza que al principio. Otero se quedó sin aliento.
—Escucha —le dijo Rico—, debo despejarte la borrachera. Yo soy tu amigo, Otero, y no quiero que por tu culpa nos ahorquen a todos. ¿Me oyes? ¿Comprendes lo que te estoy diciendo? Debes despejarte y no beber más.
Las lágrimas corrían por las mejillas de Otero.
—Está bien, Rico —asintió.
Tardó aproximadamente media hora en hacerle desaparecer los efectos del alcohol. La Foca estaba sentada con los pies colgando y fumaba uno de los gruesos cigarros de Otero, que, pálido y agitado, miraba a Rico.
—Bueno, gran hombre —dijo la Foca—, debo rendirte homenaje. Lo has conseguido.
Rico sonrió. Y sacó un billete de diez dólares de la cartera.
—Esto es un regalito para ti. ¿No te habrás ofendido porque te haya pegado? Cuando lo he hecho, estaba ofuscado.
—No me has pegado fuerte —repuso la Foca—; pero, desde luego, estos diez dólares me los he ganado.
Otero no tenía gran cosa que decir y, avergonzado, se limitaba a mirar el suelo.
—¿Cómo te sientes? —le preguntó Rico.
—¿Yo? Un poco mejor —contestó.
— ¿Quieres un traguito?
Le miró, sin decidirse a creerle. Después asintió con la cabeza. Rico le entregó la botella.
—He dicho un traguito —le recordó.
Otero bebió un sorbo y luego dejó la botella.
—Ahora —dijo Rico—, arréglate. Tenemos que ir a ver a Tony.
VII
En la Pequeña Italia se especulaba sobre la decadencia de Sam Vettori. Naturalmente, nadie sabía la verdad completa, pero los - hechos principales se conocían en general. Se decía que su estrella empezaba a declinar y que, en cambio, la de Rico empezaba a cobrar brillo. Este siempre había tenido suerte, y nadie lo dudaba. Por lo demás, en todo momento había inspirado miedo. Y ahora, como probable jefe de una de las bandas más importantes, cuyas actividades eran muy diversas y las ganancias enormes, había conseguido un considerable prestigio y todo el mundo procuraba tratarle con respeto.
Cuando entró en casa de Tony, algunos miembros de la banda de Vettori que estaban sentados cerca de la puerta se levantaron y le ofrecieron sus sillas. El declinó el ofrecimiento con un gesto de la cabeza y se acercó a Sam. Otero, que había entrado también, se detuvo a hablar con Blackie Avezzano.
Carillo le acercó una silla a Rico, y éste se sentó al lado de Vettori, el cual murmuró:
—Le haremos un buen entierro al muchacho. Eso causará impresión.
Rico miró hacia el otro extremo de la estancia, donde había una gran corona en forma de herradura, en cuya cinta se podía leer una sola palabra: Tony. Era él quien la había enviado.
—Cierto —dijo.
Estaba un poco inquieto. Y no porque sintiera ningún remordimiento. Lo que había hecho lo consideraba simplemente como un acto defensivo. Según su opinión, el que se comprometía debía mostrarse valiente. Si alguien se desmoralizaba, no tenía remedio. Rico jamás se mostraba dispuesto a dejarse ganar por el arrepentimiento. Eran todas aquellas flores con su perfume intenso las que le producían un ligero malestar.
—Desde luego lo han arreglado muy bien —comentó Vettori, indicando el ataúd con un movimiento de cabeza—. Nadie diría que está muerto. Parece que duerma.
—¿Sí? —dijo Rico.
—No consigo comprender cómo lo hacen... —añadió Vettori.
Carillo atravesó la sala y bisbiseó algo en los oídos de Rico.
—En el vestíbulo hay dos policías.
—¿Entrarán? —preguntó Rico.
—No lo creo.
—Muy bien.
Hubo un cierto movimiento en la puerta. La señora Passalacqua apareció con dos amigas. Venía de rezar por Tony en San Domenico. Rico se levantó y le ofreció su silla. Ella se sentó. Una de las mujeres la ayudó a quitarse el sombrero. Tenía el cabello gris dividido en dos bandas lisas por una raya central y en la cara mostraba una palidez de muerte. Llevaba un sencillo vestido negro, y permanecía con las manos en el regazo, con los ojos fijos en el féretro.
Rico se acercó para mirar a Tony. A la cabecera del ataúd habían colocado dos gruesos cirios, uno de los cuales estaba un poco inclinado y lagrimeaba. Tony se hallaba postrado y con las manos unidas sobre el pecho. Rico apartó su mirada. Tal vez esperaba que Tony hubiera cambiado, pero no era así. Tenía la misma expresión de cuando jugaba al póker con tanto ardor. Sí, el mismo... sólo que ahora estaba muerto. Observó la rigidez de su cara, la piel apergaminada, y se quedó fascinado mirándolo.
Carillo le puso una mano sobre la espalda.
—Patrón, los policías quieren hablar con usted.
Rico asintió con la cabeza.
—Dicen que salga al vestíbulo —añadió Carillo.
—Esta bien —dijo Rico, volviéndose de espaldas al féretro—. Llama a Otero.
Este se acercó y se puso a mirar a Tony.
—Escucha —le habló Rico—, puede ser que vengan a arrestarme. No lo sé. Si es así, me dejaré coger. No tienen pruebas contra mí. Pero si las cosas se pusieran mal, Scabby te informaría. Mi dinero lo tiene “mamá” Magdalena. ¿Comprendes?
—Sí.
Rico atravesó la sala y Otero le siguió. Antes que aquél hubiera alcanzado la puerta, la madre de Tony se llevó de improviso las manos a la cara y se puso a sollozar sin reprimirse.
—¡Oh, Tony, Tony! —gritó.
Sus amigas trataron de calmarla, pero las rechazó y, levantándose, se acercó al ataúd y miró el cadáver. Después, sin cesar de llorar, se dejó conducir por las dos mujeres al cuarto vecino.
— ¡Ah, las mujeres, las mujeres! —dijo Rico.
Otero se encogió de hombros.
—Después de todo era su hijo —observó.
Algunos italianos de aspecto miserable ocupaban el vestíbulo. No conocían a la Passalacqua, pero habían venido a curiosear. Estaban en silencio, esforzándose en echar una ojeada en el interior a través de la - puerta entreabierta. Había mujeres con vestidos sencillos medio rotos, con niños en brazos y agarrados al cuello, mujeres encinta; viejos con cabellos blancos y rostros morenos y arrugados; muchachas que trataban de imitar la moda americana. Cuando Rico salió, todos fijaron los Ojos en él.
Flaherty lo cogió por el brazo. —Rico —le dijo—, ven conmigo al otro lado del vestíbulo. Tengo que hablar un momento contigo.
— ¿Han venido para arrestarme? —preguntó. Flaherty sonrió. — ¿Es qué acaso tienes la conciencia sucia? Desde luego, no me sorprendería.
Rico se dio cuenta de que el otro agente, a quien veía por primera vez, le examinaba detenidamente. Se plantó ante él, y lo miró con insolencia.
— ¿Qué significa esto, Flaherty? —inquirió.
—Escucha —respondió éste—: tranquilízate, que no hemos venido a arrestarte. Ya lo sabes. Debieras estar detenido, pero no es así, Bueno, ¿Vienes conmigo o no?
—Con mucho gusto.
Otero salió. al vestíbulo y se detuvo a mirarlo. Rico se dirigió al rincón con los dos agentes. Algunos italianos los siguieron impulsados por la curiosidad, y se pararon ante ellos con la boca abierta, pero Flaherty los hizo alejarse agitando los brazos, como si fueran gallinas a las que estuviera espantando.
—Fuera, fuera —dijo—, ocupaos de vuestros asuntos.
Se retiraron lentamente, mirando hacia el rincón.
—Muy bien —pronunció Rico—, vamos al grano.
Flaherty sacó un grueso cigarro y comenzó a mordisquear una de sus puntas. El otro policía continuaba examinando a Rico, que se preguntaba el significado de aquello. De pronto, se dio cuenta de que aquel rincón del vestíbulo estaba más iluminado que los otros. ¿Acaso trataban de identificarle? Bueno, ¡pues que lo vieran bien!
—Oye, Rico —dijo Flaherty—, túme caes bien y quiero darte un consejo. De ahora en adelante, las cosas se pondrán difíciles para ti y tus amigos. El viejo nos-lo ha impuesto como un deber. Piensa en ello. De modo que si tienes algo sobre tu conciencia, será mejor que lo sueltes. —Se interrumpió para encender el cigarro. El otro agente no cesaba de observarle. Flaherty añadió—: El que confiese, no se arrepentirá. En cambio, los otros tendrán que contar con la ayuda de Dios.
En los labios de Rico se insinuó una ligera sonrisa.
—Deje de hacer comedia.
Flaherty echó una ojeada a su acompañante, pero éste movió negativamente la cabeza. Entonces Flaherty se expresó así:
—Bien, yo sólo te doy un consejo de amigo.
—Sí, claro —repuso Rico irónicamente—. Ustedes, los de la policía, resultan unos amigos muy raros. Una vez estuve dos años pensando en esa clase de amistad. Encerrado, ¿sabe? Desde luego, no tengo nada que decirle. Supongo que no se enfadará por eso. ¿Acaso cree que soy tonto? ¿Cuándo me ha visto ir con cuentos a la policía?
Flaherty se rió:
—Alguna vez tendrás que empezar. Está bien, Rico; puedes marcharte.
Los dos policías se abrieron paso a través de la gente y desaparecieron. Rico volvio al lugar donde estaba el cadáver de Tony Otero y Sam Vettori le esperaban. Este último se enjugaba el rostro con su gran pañuelo de seda blanca.
—¿Y bien? —preguntó.
Rico se encogió de hombros.
—Están tanteando el terreno.
—¿Qué querían?
—Creo que Flaherty pretendía que el otro individuo que le acompañaba me reconociera.
—Tengo la impresión de que las cosas se están complicando.

CUARTA PARTEIHacía tres o cuatro años que Carillo (en sus buenos tiempos campeón de tercera categoría de pesos semipesados) era el jefe de una de las bandas de máquinas tragamonedas que dirigía Vettori. Los miembros de esta banda estaban especializados en acciones violentas de intimidación: lanzaban bombas y destruían los bares y los cabarets de las bandas rivales. Eran, en otras palabras, la tropa de asalto de Vettori. Carillo era un buen lugarteniente porque cumplía las órdenes al pie de la letra y porque tenía un carácter apocado que le impedía creerse capaz de dirigir las cosas por cuenta propia. Vettori confiaba en él y lo consideraba un subalterno bueno y honesto, sin ambiciones.
No obstante, desde la muerte de Courtney, Vettori veía en la actitud de Carillo la señal de su propia decadencia. Observó que se había inclinado hacia Rico y le llamaba “patrón”. Desde luego, no usaba a la ligera el título de “patrón”, ya que no era para él un término convencional. Cuando le decía a alguien “patrón”, es que lo consideraba como tal.
Vettori, realmente preocupado, comenzó a observar idénticos indicios en torno suyo: en Blackie Avezzano, en Pepi el Asesino, y así en uno tras otro. Por su parte, nunca había podido ver a Rico, pero ahora lo odiaba. En otra época, si Carillo, o Pepi el Asesino, hubieran dejado de serle fieles, los habría liquidado sin preocuparse de las consecuencias. Pero ahora, eso ya no tenía sentido. Se sabía vencido y reconocía la necesidad de llegar a un acuerdo. El patíbulo se delineaba sobre
el horizonte, pero la pistola de Rico prometía una muerte todavía más insoslayable. No había repartido jamás sus ganancias con nadie. Se había guardado el máximo y repartía lo menos posible. Sin embargo, en estos momentos se trataba de repartir o morir, y la verdad es que no encontraba ningún placer en la idea de que la muerte pudiera llegarle. Por consiguiente, mandó llamar a Rico.
Este se presentó totalmente transformado, seguido de Otero, Carillo y Pepi el Asesino. Llevaba un grueso abrigo y un sombrero hongo similar al de Joe. Lucía polainas color tórtola sobre los zapatos de charol, y un alfiler de brillantes, en forma de herradura, lanzaba destellos sobre su corbata a rayas blancas, rojas y verdes.
Vettori lo contempló de pies a cabeza, y guiñó un ojo a Pepi el Asesino, pero el rostro de éste parecía de mármol. Carillo le acercó una silla a Rico.
—¿Qué quieres decirme, Sam? —preguntó sentándose, y desabrochándose el abrigo estiró sus pantalones para preservar la raya.
Vettori dudó.
—Me gustaría hablarte a solas, Rico.
—No —se opuso éste—. Te conozco bien, Sam, y quiero que estos muchachos lo oigan todo. Vamos, habla.
Vettori empezó a sudar. Pepi el Asesino dijo:
—Sabemos bien lo que te ocurre.
—Vosotros lo sabéis todo, ¿verdad? —replicó Vettori.
—Naturalmente que sí.
Nadie respiró. Rico se quitó el sombrero y empezó a peinarse. Vettori sacó las cartas y las dispuso para hacer un solitario.
Pepi añadió:
—Sabemos que te asustaste, Sam, cuando Tony perdió la cabeza y se fue a ver al reverendo Mac Conagha. ¡Oh, nos dimos cuenta!
Vettori levantó los ojos y le miró.
—Bueno, ¿y qué? ¿Qué debería haber hecho? Además, ¿quién es el que os paga?
Rico dejó de peinarse.
—No te vuelvas malo, Sam.
Pepi el Asesino cruzó la sala y apoyó la espalda contra la puerta. Otero se sentó junto a Vettori.
—Bueno —agregó Rico—, si quieres hablarme, empieza ya, pues no tengo la intención de perder toda la noche.
Vettori suspiró profundamente, después puso las cartas sobre la mesa y miró a los hombres que estaban a su alrededor, comprobando en todos los rostros una expresión hostil.
—Está bien —accedió—, hablaré. Pero, ¿por qué recurrir a la violencia? Sentaos, muchachos; haré que nos sirvan alguna bebida.
Los tres miraron a Rico.
—De acuerdo —decidió éste—. Ve y trae algo para beber, Carillo.
El aludido se levantó y abandonó la estancia. Nadie dijo una sola palabra. Fuera, iba extendiéndose el crepúsculo invernal, y el gran rótulo luminoso se veía a través de la ventana. Todos se fijaron en él:
CLUB PALERMO DANCING
Carillo trajo la bebida y entonces todos se sentaron en torno a la mesa, bajo la lámpara verde. Como era habitual, Otero, Carillo y Pepi el Asesino bebían whisky, Vettori vino y Rico gaseosa.
Vettori puso el vaso sobre la mesa.
—Ahora, Rico —dijo—, debo hacerte una proposición.
—Está bien —asintió éste—; habla.
Siento que estoy envejeciendo. He cumplido cuarenta y cinco años, y a esas alturas de la vida ya no se pueden hacer grandes cosas.
—No es cierto que estés envejeciendo, Sam —le interrumpió Rico—. Lo que pasa es que no tienes valor.
Pepi el Asesino soltó una estrepitosa carcajada y dio un puñetazo sobre la mesa. Pero Vettori se tragó el insulto.
—Está bien, Rico —siguió pausadamente—; tú lo crees así. Sea como sea, el caso es que necesito un socio. Tú eres joven, y el valor no te falta. Todos los compañeros te queremos bien y cumpliremos tus órdenes. Yo estoy llegando al final de mi carrera, y a ti se te presenta ahora una buena ocasión de abrirte camino. Eso, ésta será una buena - ocasión, ¿no te parece?...
Pareció meditar unos instantes y luego agregó:
—...En cuanto a las ganancias, iremos a medias.
Carillo y Pepi cruzaron una mirada. Otero empezó a canturrear - para sí. Rico replicó:
—Me lo pensaré.
Vettori comenzó a sudar nuevamente. ¿Intentaría Rico desembarazarse de él?
—Bueno —repuso, con un ligero temblor en la voz—, no se trata de dejarlo o tomarlo. Te tengo simpatía, Rico, y quiero favorecerte. ¿Quién es el que tiene el capital? ¿Y las relaciones? ¿Qué diablos van - a hacer tus muchachos si no cuentan con Big Boy para que los saque de - los embrollos en que se metan?
—Yo me las entiendo muy bien con él —respondió Rico—. Precisa-
mente esta mañana ha venido a buscarme.
—Sí —confirmó Pepi—;lo he acompañado yo.
Vettori preparó las cartas para otro solitario.
—Las cosas son como son, Sam —dijo Rico—. Tú estás buscando el modo de aprovecharte. ¿Crees que somos estúpidos? Tú pretendes que - las fatigas me correspondan a mí y, mientras tanto, tú vivir cómoda- mente. ¿A eso le llamas ir a medias? ¿Sabes qué te digo? Yo por partes iguales entiendo algo muy diferente.
—En todo caso, no pretendo darte limosna —arguyó Vettori, que empezaba a impacientarse.
Rico se levantó, abrochándose el abrigo.
—Como quieras, Sam.
Este lanzó las cartas violentamente sobre la mesa.
—¿Qué pensáis vosotros, muchachos? —preguntó, dirigiéndose a Carillo, a Pepi y a Otero.
Los tres se limitaron a mirarle sin responder.
—¿No os parece justa mi proposición?
—_No —contestó Rico—. Estoy seguro de que tú y yo no haremos negocios juntos.
Se caló el sombrero y se dirigió hacia la puerta; los otros tres se levantaron y le siguieron. Vettori también se puso en pie. Tenía el rostro palidísimo.
—FEscucha, escucha —pidió con vehemencia—. No harás que me marche de aquí, ¿verdad?
Estaba dominado por el pánico. Rico, parado ante la puerta, le miraba fijamente.
—Simplemente, se me ha ocurrido abrir un local aquí al lado —dijo.
Vettori sabía que esto significaba su fin. Había participado en media docena de combates contra bandas rivales, pero de eso hacía bastante tiempo. Ahora había por lo menos cinco bandas distintas en la vecindad; sin embargo, desde hacía tres años reinaba una relativa tranquilidad. Pensando en ello, deploraba amargamente el pasado. Lamentaba haber conocido a-Rico, en aquella época un desconocido italiano de Youngstown. Pero esto ya no tenía remedio.
—Bueno, Rico —dijo—, tú eres joven y no tienes mucha experiencia. ¡Qué diablo! Tal como van las cosas, no duraremos ni un mes si nos enfrentamos. Escucha, Rico, ¿qué entiendes tú por reparto equitativo?
Rico se quitó el sombrero y se rascó la cabeza, con delicadeza, para no despeinarse.
—Yo reconozco que tienes relaciones importantes, Sam, y por ese lado me conviene asociarme contigo. Pero debes tener el suficiente cerebro para comprender que no puede haber dos jefes. En cuanto a repartir los beneficios por partes iguales, estoy de acuerdo. Solamente debo advertirte una cosa: no debes olvidarte nunca de que yo soy el jefe.
Vettori miró a los otros.
—¿Qué decís, muchachos?
—Estamos de acuerdo con Rico —contestó Pepi.
Otero y Carillo asintieron con la cabeza. Vettori dejó caer la mano sobre la mesa.
— ¡Perfecto!
II
La banda ofreció un banquete de homenaje a Rico en una de las grandes salas del Palermo. La mesa era muy larga y estaba cubierta con un hermoso mantel blanco. Banderolas blancas, rojas y verdes adornaban las lámparas, y en las paredes se entrecruzaban banderas americanas e italianas.
A las once comenzaron a reunirse los personajes más importantes. Pepi el Asesino vestido “con un elegante traje azul y cubierto con sombrero hongo, iba acompañado por su amiga Urraca Azul; Joe Sansone, pistolero profesional y antiguo boxeador de peso ligero, apareció vestido de smoking y seguido de Kid Bean, un siciliano de pelo oscuro y ensortijado como el de un negro, que parecía su sombra. Después, Octavio Vettori, primo de Sam, quien no contaba todavía veintiún años y ya era famoso como pistolero y estaba considerado como un futuro jefe de banda. A continuación Otero, Blackie Avezzano y Carillo entraron acompañados de sus respectivas amigas.
Se quedaron de pie, un poco envarados en sus trajes de etiqueta, y trataron de iniciar una conversación. Los hombres, como ocurre habitualmente, hablaban de sus asuntos. Octavio opinaba que los policías eran una cuadrilla de granujas. Joe Sansone creía que los policías federales tampoco valían gran cosa, y además estaban más corrompidos. Octavio Vettori no compartía este criterio. Manifestó que los policías federales eran unos estúpidos y que, por lo tanto, resultaba más difícil sobornarlos. De este modo se inició una discusión.
Cuando entró Sam Vettori, todos ellos estaban gritando como energúmenos.
—¿Qué diablos sucede? —preguntó—. ¡Vaya modo más educado de comportarse en un banquete! Parecéis un grupo de irlandeses en un comicio. ¡Silencio!
Octavio baló como un cordero:
—Bé, bé.
Todos se echaron a reír. Otero sacó del bolsillo una botella de whis-
E ky, bebió un trago y se la pasó a la Foca; ésta no bebió pero se la entregó a Octavio para que corriera. Así, la botella dio la vuelta en torno a la sala y regresó a su punto de partida. —Sí que habéis tomado precauciones, muchachos —dijo Vettori—.
Alguno de vosotros, ¿no ha traído la merienda por casualidad?
—Bé, bé —volvió a balar Octavio.
— ¡Qué gracioso! —se rió Urraca Azul.
— ¡Bah! Eso no es nada —replicó éste—. Escucha.
Metiéndose tres dedos en la boca, lanzó un silbido capaz de romperle el tímpano a alguien.
— ¡Dios mío...! —exclamó Octavio—. ¡La policía! Bé, bé.
Entraron tres camareros trayendo algunas botellas de whisky. Las dejaron sobre la mesa y después salieron.
—Esto es para abrir el apetito —dijo Sam.
—Es un aperitivo —le corrigió Joe Sansone.
Octavio le golpeó en la espalda.
—¿Qué demonios has dicho? ¿Qué clase de idioma hablas?
Joe le separó dándole un empujón.
—Vosotros, idiotas, no sabéis nada. La gente elegante dice un aperitivo.
—Claro que lo dicen así. Ya sé que tú estás al día. ¿No eres el mozo del Blackstone?
Todos se echaron a reír nuevamente. Pepi el Asesino silbó otra vez metiéndose los dedos en la boca. Su amiga le miró admirada.
— ¿Cómo has aprendido a hacerlo?
— ¡Bah, esto no es nada!
Carillo preguntó:
—Oye, Sam, ¿cuándo empezaremos a cenar?
—Cuando llegue el patrón —contestó Pepi.
—Pues será mejor que se dé prisa porque yo tengo tanta hambre que sería capaz de comer dinamita —terció Octavio.
—No te agites —le aconsejó Pepi.
—¿No guardarás en el bolsillo algún trozo de pan duro untado de mantequilla? —volvió a decir Octavio.
Todos rieron. Octavio era el gracioso de la banda de Vettori. Con que abriera la boca, ya había más que suficiente para que todo el mundo se echara a reír en seguida.
Vettori tomó una de las botellas de la mesa y la hizo circular por la sala. Cuando volvió a sus manos ya estaba vacía.
—¿Por qué se retrasa tanto Rico? —inquirió Carillo.
—Tranquilízate —le recomendó Pepi.
—Me voy a ver qué pasa —anunció Otero.
En el mismo momento en que él salía, se cruzó con Big Boy. Llevaba una voluminosa pelliza con cuello de piel de castor y el sombrero hongo inclinado sobre la oreja. Sam Vettori corrió a su encuentro y le tendió la mano.
—¿A qué se debe tu visita? —preguntó.
—He venido a divertirme un poco. Las cosas van bien, Sam, muy bien. Me parece que ya no hay por qué preocuparse.
Vettori dejó escapar una sonrisa de alivio y luego le sirvió un vaso de whisky a Big Boy. Se sentía satisfecho. Si el asunto de Courtney se resolvía, no podía quejarse. Bien considerado, incluso tendría que alegrarse de estar en tan buena posición. Uno tras otro, había visto a los demás jefes de banda ceder el paso a gente más joven. Pero él todavía no había cedido y además tenía derecho al cincuenta por ciento de los beneficios sin correr riesgos. Rico era un tipo con suerte. Maldito él y todos los que se le pareciesen, pero de todos modos era un tipo con suerte.
—Sí —continuó Big Boy—. Os habéis ganado al viejo y ya está pensando en trasladar a Flaherty. Todo terminará en una pompa de jabón, ya lo verás. Te lo digo porque estoy seguro de ello. Y ahora quiero hablar.con Rico.
—No ha llegado aún —contestó Sam.
—Desde luego es un muchacho con mucha suerte —opinó Big Boy.
—Cierto —asintió Vettori ofreciéndole el segundo vaso de whisky-—. Pero todavía es joven y no haría mal en dejarse orientar por mí, que tengo más experiencia que él.
Big Boy no respondió nada. Simplemente se limitó a mirarle fijamente.
Otero entró en el comedor a toda prisa, seguido por dos camareros, uno de los cuales llevaba un grueso abrigo y un sombrero hongo, y el otro un abrigo de mujer, de piel.
— ¡Ya ha llegado! —gritó Otero.
Kid Bean, que había reunido un cerco de personas en medio de la sala y que por divertir a los otros caminaba cabeza abajo, apoyándose en las manos (en otro tiempo-había sido acróbata de circo), dio un salto y se puso en la posición correcta, apoyándose en la pared. El grupo que estaba en torno suyo le siguió. Pepi dijo:
—Atención. Cuando él entre, aclamadlo con todas vuestras fuerzas.
Rico apareció caminando lentamente, charlando con la Bella Rubia, la muchacha más bonita de toda la Pequeña Italia; una hermosa italiana de perfil clásico. Tenía la piel morena y los ojos negros, y su cabello naturalmente oscuro pero oxigenado, le daba un aspecto irreal y en cierto modo formidable.
Rico fue saludado con una gran ovación, en la que destacó el agudo silbido de Pepi el Asesino. Big Boy se fue a su encuentro y le estrechó la mano. Sam Vettori sonreía y le saludó con un amable gesto de cabeza; después salió para ordenar que fuera servida la cena. Big Boy le dijo a la Bella Rubia:
—Has cazado un verdadero hombre, ¿eh?
Ella apretó el brazo de Rico y contestó:
—Desde luego.
Big Boy prorrumpió en una carcajada.
— ¿Y qué has hecho con el Pequeño Arnie?
Rico sacó un cigarro y le arrancó una de las puntas con los dientes.
—Lo he plantado —respondió la Bella Rubia.
Big Boy se puso a reflexionar. Durante mucho tiempo, la Bella Rubia había sido novia del Pequeño Arnie, propietario de la casa de juego más importante del North Side, pero durante los dos últimos años empezaba a decaer. Era un tipo desleal, del que nadie podía fiarse.
—¿Y cómo se lo ha tomado? —preguntó.
—Pues como un hombre —respondió ella.
— ¿Y qué otra cosa podía hacer? —repuso Rico.
Pepi el Asesino, Octavio Vettori y Joe Sansone, como los componentes más importantes de la banda después de Vettori, acudieron a estrechar la mano de Rico.
—Si hay alguien más elegante que tú, patrón, le regalo un millón de dólares —dijo Pepi, contemplándole verdaderamente admirado.
Llevaba un traje llamativo a grandes rayas y una corbata roja. Cubría sus manos con guantes de gamuza amarilla de los cuales se sentía muy orgulloso; el alfiler de corbata en forma de herradura lo había sustituido por un grueso rubí rodeado de diamantes. Octavio le envidiaba los guantes. En cambio, Joe Sansone no estaba impresionado, porque tenía mejor gusto vistiendo.
—Sí, señor —exclamó Octavio—. Tú eres el más elegante, patrón.
—¿No has visto al Medio Cartucho? —dijo Pepi colocando ante él a Joe Sansone.
Este estrechó la mano de Rico.
—El Medio Cartucho —intervino Octavio— es un tipo valiente, pero él y el señorito Joe son demasiado presumidos.
Rico miró alrededor de la sala.
— ¿Dónde está Joe Massara?
—No ha venido —respondió Pepi.
—No sé si podrá venir —terció Joe Sansone—; está muy ocupado.
Rico no hizo comentario alguno. La Bella Rubia le cogió por el brazo.
—Quiero beber.
Rico miró a Pepi.
—Tráele de beber —le ordenó.
Big Boy le llevó aparte y le dijo:
—Desearía hablar un momento contigo, Rico.
Este se expresó así:
—Escucha, si mañana ves a Joe Massara, dile que venga a verme. Tengo que decirle un par de cosas a ese jovencito.
—Quizá lo vea —repuso Big Boy—. Mañana por la mañana estoy citado con su patrón. Precisamente, De Voss es lo que se dice un buen tipo. No hace falta ir dos veces a visitarle para sacarle el dinero.
—¿De verdad? Bien, será preciso que yo me moleste en ir a verle para decirle lo que se merece.
—Mejor será que no te acerques por aquella parte de fa ciudad, Rico —le aconsejó Big Boy.
—No tengo miedo; no me pasará nada.
Sam Vettori entró seguido de tres camareros que llevaban las soperas.
—Bueno, bueno —dijo—; ya está todo listo.
Rico se sentó a la cabecera de la mesa. Big Boy a su derecha y la Bella Rubia a la izquierda. Los demás se fueron colocando con arreglo
a la categoría de cada uno. A Blackie Avezzano le correspondía el último lugar.


III

Cuando terminaron de cenar, Big Boy le pidió a Rico que pronunciara un discurso. Estalló una prolongada ovación. Rico se levantó y se expresó así:
—Está bien, si queréis un discurso, aquí lo tenéis: os estoy agradecido por el banquete. Ha sido magnífico. Me han dicho que el vino ha sido bueno; yo no lo sé porque no bebo. Y en cuanto a la comida, no se le podía exigir más. Creo que todos lo hemos pasado bien, y ciertamente es estupendo que nos hayamos reunido todos aquí. Y ahora no tengo más que deciros, sólo recomendaros que no os emborrachéis, porque es como acaban siempre mal las cosas.
Se sentó. Los aplausos duraron más de un minuto. Después, Octavio se pusó en pie con una botella en la mano y propuso:
— ¡Un brindis por Rico, la Bella Rubia y Big Boy!
Todos se descontrolaron y cogieron botellas y vasos. Blackie Avezzano se cayó bajo la mesa y se quedó con el rostro pegado al suelo. Al instante, Pepi el Asesino y Kid Bean iniciaron una pelea. Este cogió un plato y se lo tiró; Pepi le arrojó una botella y no le golpeó con ella de milagro.
Rico dio un puñetazo sobre la mesa.
—i¡Sentaos, estúpidos! —gritó—. Y aprended a comportaros de una vez.
Pepi y Kid se estrecharon la mano y brindaron haciendo chocar sus vasos.
Entró un camarero y se acercó a Rico.
—Abajo hay dos periodistas, patrón. Quieren hacerle una fotografía.
—¿Qué significa eso? —preguntó Big Boy.
— ¡Van a retratarnos! —gritó la Bella Rubia.
— (¿Qué significa eso? —repitió Big Boy.
—No te preocupes, hombre —repuso Rico—. No tenemos nada que esconder. —Y volviéndose al camarero, le ordenó—: que suban.
El camarero apareció de nuevo, seguido esta vez por los dos periodistas, uno de los cuales llevaba una gran cámara fotográfica. Rico les hizo una seña para que se acercaran.
— ¡Quién os ha mandado? —inquirió.
Entró Vettori y se inclinó sobre él.
—Son de confianza —le dijo—. Ya han estado aquí en otras ocasiones.
—Desde luego que somos de confianza —aseguró el fotógrafo, un poco incómodo por la brusquedad de Rico. ,
—Muy bien, hablad —les ordenó éste—. ¿Por qué queréis hacer esa fotografía?
—Verá —le explicó el fotógrafo—. Cada domingo aparece en nuestro periódico una página ilustrada con reportajes que tratan sobre las personas que viven en los distintos ambientes de Chicago. ¿Comprende? La semana pasada el artículo versó sobre Lake Forest, con fotografías de personajes de la alta sociedad y las casas en que residen. El próximo domingo le corresponde el turno a la Pequeña Italia. Como habíamos oído hablar de este banquete dado en su honor, nosotros hemos pensado...
—Está bien —le interrumpió Rico—. Apresuraos, porque no nos gusta perder el tiempo.
—Yo no saldré en esa fotografía —dijo Big Boy levantándose y dirigiéndose hacia la puerta.
Sam Vettori ocupó su puesto.
Después de haber preparado la máquina, el fotógrafo buscó el ángulo más adecuado. Finalmente, alzó la lámpara de magnesio.
— ¡Atención! —advirtió.
Rico puso los pulgares en las sisas del chaleco y tomó un aire rudo. Se produjo un resplandor súbito y casi simultáneamente, Octavio dio un salto, gritando:
— ¡Dios mío, me han matado! —y dejó caer el rostro sobre la mesa.
Todos rieron.
Cuando los periodistas se hubieron marchado, Big Boy entró y puso la mano en el brazo de Rico comentándole:
—Con esto pueden llegar a atraparte.
— ¿Por qué?
—Tú no sabes en qué manos puede caer. —Movió la cabeza—. No ha sido una idea acertada.
Rico se rió.
—Si me cogen, tengo tantas coartadas que no lo podrán resistir.
Una vez terminado el banquete, Rico le encargó a Otero que le buscara un taxi. La Bella Rubia había bebido más de la cuenta y tenía que sostenerla por el brazo al bajar la escalera. Como pesaba diez kilos más que él, no era tarea fácil aguantarla. Cuando salían a la calle por una de las dos puertas laterales, Flaherty, que se hallaba sentado en una de las salas de abajo, se levantó y se acercó a ellos, poniendo su 'mano sobre la espalda de Rico.
—Estás haciendo carrera, ¿eh, Rico?
Este le miró sorprendido.
—¿No reconoces a tu viejo amigo Jim Flaherty?
—Claro que le conozco. ¿Qué es lo que quiere ahora?
—Quizá quiere rascarte la sarna —intervino la Bella Rubia—. De estos policías se puede esperar todo. A mí se me revuelve el estómago cuando veo a uno de ellos.
—Hola —e sonrió Flaherty, volviéndose hacia ella—. Tú y Rico os habéis hecho amigos, ¿eh? No está mal. Lo celebro. Rico es un buen muchacho, aunque joven. Si no lo meten tras los barrotes terminará por hacer carrera.
—¿Qué pretende dar a entender? —preguntó Rico.
—Nada. Solamente que no quiero que te olvides que soy tu amigo. Tengo los ojos puestos sobre ti, Rico. Me complace que subas de categoría.
—¿De verdad? —se burló Rico.
—De verdad.
El taxi esperaba junto a la puerta. Uno de los camareros salió y abrió la portezuela. Rico ayudó a subir a la Bella Rubia. Flaherty les vio partir.
— ¡Menudo sinvergilenza es ese irlandés! —exclamó la Bella Rubia.
Pero Rico se había olvidado de Flaherty. Estaba pensando en Joe Massara. ¿Por qué no se había dignado venir el señorito Joe al banquete? Lo más probable es que empezara a acobardarse, y eso no le agradaba. e
—Bien, puede que no —murmuró,

IV

La música de la pianola despertó a Rico. Se sentó en la cama y “ miró su reloj. Eran las dos de la tarde. Lo cual significaba que había - dormido doce horas seguidas. ; Vivía en una tensión continua. Sus nervios estaban tan a flor de piel que no tenía nunca sueño ni sentía jamás el deseo de reposar; estaba siempre totalmente despejado. Habitualmente, no dormía más de cinco horas, y apenas abría los ojos ya estaba dispuesto a entrar en - actividad. Cuando se levantaba, no distendía nunca las piernas ni se desperezaba; no tenía necesidad de ello. Comía, caminaba, se divertía siempre en el máximo grado de lucidez. Lo que le distinguía de sus compañeros era la incapacidad que tenía para vivir solamente en el - momento presente. Parecía un individuo que estuviera haciendo un largo viaje en tren hacia la tierra prometida. El presente era una simple e insignificante estación ferroviaria del trayecto; su mirada estaba fija en el término del viaje. Tal es la mentalidad de los hombres que desean triunfar. Pero el resultado de tal carácter tenía sus inconvenientes; estaba sujeto a depresiones periódicas.
La Bella Rubia manipuló en la pianola.
—Es un fragmento de Ópera —dijo.
—¿De verdad? ¿Te falta algún sentido acaso?
La Bella Rubia le miró. Tenía ciertas pretensiones intelectuales.
Hacía diez años había servido en casa de una familia distinguida, y por eso se creía en posesión de una determinada cultura. Una vez, incluso le pidió al Pequeño Arnie que la llevara al teatro de Ravinia Park a escuchar Ópera. En aquella ocasión había quedado impresionada por el canto potente de la soprano y las piernas del tenor. 
—Oyéndote, cualquiera creería que yo soy un verdadero italiano —añíadió Rico—. Acuérdate, por favor, que nací en Youngstown y que no sé ni una palabra de italiano. -
—Bien, ¿y acaso crees que yo vine al mundo en Europa? —replicó ella.
Puso otro rollo en la pianola y Rico empezó a fumar mientras ella tocaba. Rico tenía tan mal oído para la música, que no era capaz de distinguir un aria de otra. En cambio, en el jazz hallaba algo primitivo y directo capaz de suscitar en su interior una impresión semejante a una sacudida.
—Esto es bonito —dijo, cuando el rollo llegó al final.
— ¿Quieres escuchar otro? —inquirió la Bella Rubia.
—No, debo irme.
Se levantó y se dirigió hacia el armario para coger el abrigo, pero ella le hizo detenerse diciéndole:
—Escucha, antes de que te vayas quiero decirte algo.
—¿Qué es?
—Se trata del Pequeño Arnie.
Rico la miró,
—¡Vaya idea! ¡Qué me importa a mí el Pequeño Arnie! Desde el momento en que te deja tranquila, lo demás ya no me interesa.
—El no deja tranquilo a nadie.
Volvió a mirarla sin decir nada.
El Pequeño Arnie había calculado mal su juego. Al principio no le importó la pérdida de la Bella Rubia, ya que le costaba muy cara, le aburría y además le sacaba de quicio. Pero después todo el mundo se burlaba de él sin consideración a causa de esa historia, y como no tenía demasiado sentido del humor y era extremadamente puntilloso en todo lo que se refería a su vida, las mofas habían terminado por enfurecerle. Para vengarse, había hablado mal de su ex novia. Explicó a todos los que quisieron oírle que la Bella Rubia era embustera y embrollona. Pepi el Asesino formaba parte del auditorio, y se apresuró a contarle a su amiga todo cuanto le había oído decir. La Urraca Azul inmediatamente fue a informar a la Bella Rubia. Sí, el Pequeño Arnie, que era más que medio idiota, se había equivocado.
La Bella Rubia encendió un cigarrillo y se tumbó en un gran diván.
—Ven, siéntate aquí a mi lado. Tengo que contarte algunas cosas.
—No dispongo de tiempo —contestó Rico.
La Bella Rubia exhaló una nube de humo.
—Arnie se está burlando de ti; te está engañando.
Rico arrugó el ceño.
— ¿Qué quieres decir? ¡Habla de una vez!
—De acuerdo —asintió ella—. Arnie te da una parte de las ganancias del garito, ¿no es cierto?
—SÍ.
— ¿Y qué parte te da?
—El treinta por ciento.
—¿Cómo sabes tú que no te engaña?
—Mirando los libros.
La Bella Rubia se rió.
—Esos libros son falsos.
—¿Estás segura de ello? —preguntó Rico con una expresión dura en el rostro.
—Naturalmente —afirmó ella—. Yo no quería decírtelo porque, después de todo, no es asunto mío. Pero Arnie ha estado diciendo por ahí una serie de tonterías sobre mí y no estoy dispuesta a tolerárselo.
—Muy bien —dijo Rico—. Ya que sabes tantas cosas, ¿cómo puedes probar que son ciertas?
—Es fácil —respondió la Bella Rubia—. Ofrécele algo a Joe Peeper, el oficinista de Arnie, y ése te dirá todo lo que sabe. Odia a Arnie, ¿comprendes?
—De acuerdo —pronunció Rico, dando un puñetazo sobre la mesa—, expulsaré a Arnie de la ciudad y a ti te haré participar en las ganancias. Tienes la cabeza bien asentada sobre los hombros.
Ella le miró.
—Quédate conmigo, muchacho, y la ciudad será nuestra.
—¡No te entusiasmes! —replicó Rico—. Procura que la suerte de saber algo no se te vaya a subir a la cabeza.
j A la Bella Rubia era precisamente esto lo que le agradaba de él: - nose dejaba impresionar fácilmente.
— ¿Así es como me lo agradeces? —protestó.
—No esperes agradecimiento —repuso Rico, con la mente llena de proyectos—. Te prometo algo mucho más interesante que todo eso.
Se acercó al armario y cogió el abrigo.
—Espera un momento, Rico. Todavía no te lo he dicho todo. Como su local vale mucho dinero, no creo que te lo vaya a dejar fácilmente. Luchará.
— ¡Bah! Es un cobarde.
—Desde luego, pero también es un traidor. Atiende. Si no te pones de acuerdo con Joe Peeper, yo sé de otro a quien podrás recurrir. ¿Te acuerdas de John el Cojo?
—Sí —contestó Rico—. Lo mataron.
— ¿Quién?
—Los policías.
La Bella Rubia se rió.
—Eso es lo que ellos creen, seguramente. Pero yo sé que lo mató Arnie.
Rico sonrió.
—Comprendo.
Se puso el abrigo.
—¿Vendrás esta noche? —preguntó ella.
—No. Voy a estar ocupado.
— ¡Un cuerno estarás ocupado!
—He de ir al otro lado de la ciudad. Te llamaré mañana.
La Bella Rubia volvió a tumbarse en el diván.
—No quiero pasarme la vida esperándote.
—Recobraremos el tiempo perdido —prometió Rico.
Cuando éste se hubo ido, ella hizo sonar un poco la pianola; después se bebió un vaso de whisky y volvió al diván.
VRico encontró la puerta de su piso abierta. Antes de entrar, se abrochó el abrigo y sacó la pistola. Aparte de él mismo, no había más que una persona que tuviera llave del piso: Otero. Si el que estaba dentro no era él, pasaría un mal rato. Empujó la puerta silenciosamente. Otero, sentado en una silla cuyo respaldo se apoyaba en la pared, fumaba soñolientamente.
— ¡Otero!
Al sentirse llamado, abrió los ojos.
— (¿Eres tú, patrón?
Rico cerró la puerta.
—Escucha, te he dicho que quiero la puerta cerrada cada vez que vengas a verme.
—Se me ha olvidado, Rico.
Este se quitó el sombrero y el abrigo.
—Será mejor que hagas funcionar un poco el cerebro, hijo mío, si no quieres que te rompan el cuello —le aconsejó—. Por otra parte, ¿puedes decirme qué haces aquí?
Otero se levantó de la silla e hizo girar el sombrero entre sus manos, con un aire embarazado.
—Necesito dinero —contestó.
Rico le miró.
—Estoy sin blanca, patrón. No tengo ni un centavo.
Rico se rió al ver la expresión desesperada de su rostro.
—¿Quieres decir que ya no te queda nada de tu parte del golpe a la Casa Alvarado?
Otero se encogió de hombros.
—¿En qué diablos te lo has gastado?
—Verás, la Foca gasta y gasta sin parar, y yo voy sacando dinero de mi bolsillo hasta que ya no queda nada.
Volvió a encogerse de hombros y luego hizo girar un cigarrillo entre las palmas de sus manos.
Rico sacó su cartera y le tendió un billete de cincuenta dólares.
—Toma. Pero ten presente que te lo descontaré de la parte que te corresponda en el próximo golpe.
Otero sonrió.
—A mí me da lo mismo, patrón.
Decía la verdad. No tenía la más mínima idea del valor del dinero. Se lo iba gastando hasta que se terminaba, y después venía a pedírselo a Rico.
Este movió la cabeza.
—Escucha, Otero, ¿cuándo vas a tener juicio? En el golpe a la Casa - Alvarado ganaste más de mil quinientos dólares, y ya no tienes ni - uno. ¿No has pensado que mucha gente tiene que trabajar todo un - año para ganar mucho menos que eso?
Otero se encogió de hombros nuevamente.
—Yo he trabajado por dos pesos a la semana.
Rico sacó del bolsillo algunas monedas y se las entregó.
—Baja a la esquina y cómprame dos números de la Tribuna. Espera. - Mejor será que compres tres.
— ¿Tres números del mismo periódico? —se asombró Otero.
—Eso es lo que he dicho, ¿no?
Otero salió. Rico abrió un poco la ventana y se sentó junto a ella. En el aire había un soplo de primavera que le ponía al borde - de la inquietud. Necesitaba entrar en actividad. Dentro de una - semana, o quizá antes, el negocio de Arnie pasaría a ser suyo. Esto significaba dinero, mucho dinero. A Vettori le pondría al frente de la casa de juego, y de este modo le mantendría ocupado. Después, trataría de abrirse camino en el North Side, aunque esto ya era más difícil, porque allí mandaba Pete Montana, un tipo astuto que sabía lo que se traía entre manos. Aunque tal vez Big Boy podría ayudarle. Trataría el asunto con él.
Se levantó y comenzó a pasearse por la estancia.
Otero entró con los periódicos. Se los arrebató al instante y se puso a buscar la Magazine Section, donde pudo leer un gran titular:
BANQUETE EN HONOR DE UN JEFE DE BANDA
Otero, que miraba por encima del hombro de Rico, vio la fotografía. Excitado, le apartó de un empujón y, poniendo el dedo en un punto del retrato, gritó:
— ¡Aquí estoy yo!
Rico tomó los otros dos ejemplares y separó las páginas ilustradas. Luego comparó las fotografías.
—Todas están muy oscuras —dijo.
Sin embargo, después de haber escogido la que le pareció más clara, la recortó.
—Yo quiero una también —dijo Otero.
—Está bien —consintió Rico—. Cógela.

VIDe Voss estaba en el vestíbulo cuando llegó Rico. Le echó una ojeada y comprendió que se encontraba como un pez fuera del agua, en un ambiente tan refinado como el del Bronze Peacock. Y no era problema de que Rico fuera mal vestido. Por el contrario, iba mejor ataviado que de costumbre, con el sombrero hongo de último modelo y las polainas color tórtola. El abrigo cubría el vistoso traje a rayas, y una bufanda oscura ocultaba la llamativa corbata. Así pues, por su atuendo podía ser admitido tranquilamente en el Bronze Peacock. Pero había en él algo vulgar e inquietante que no pasó desapercibido a De Voss.
—Es un tipejo —se dijo.
Rico echó una ojeada al vestíbulo, observando escrupulosamente todos los detalles. La disposición del local no era muy favorable para dar un golpe, pero, en un momento dado, se podría intentar. No es que tuviera ni la menor intención de hacerlo, pero pensó que nunca se sabe lo que puede llegar a suceder.
Se acercó a De Voss y le preguntó:
—Perdón, ¿sabe dónde podría encontrar al director del local?
De Voss cambió inmediatamente de actitud.
—Yo soy el director —contestó.
Rico sonrió.
—En ese caso, creo que tenemos un amigo común. Big Boy me ha dicho que tienen ustedes algunos negocios juntos.
De Voss mostró una actitud más abierta.
—Sí, es verdad —asintió—. Y usted, ¿es uno de sus amigos?
— ¿En qué puedo servirle?
—Deseo hablar con Joe Massara.
—Eso es fácil. Está en su camarín. Yo le acompañaré.
Rico le siguió a través del vestíbulo y ambos descendieron una gran escalera que les llevó a la gran sala del club. En aquellos momentos sólo había algunos electricistas que trabajaban en los proyectores de la pista.
—Así, ¿es usted amigo de Big Boy? —preguntó De Voss con marcada curiosidad.
—Yo soy Rico.
De Voss le miró sorprendido.
— ¡Ah! —exclamó—. Usted es Rico.
Mientras avanzaban por el corredor le observó de reojo. Uno de los hombres del Pequeño Arnie le había hablado del nuevo capitán de la banda de Vettori. ¡Era peligroso como la dinamita! Se congratuló de haberlo olfateado tan pronto como había pisado el local. “Dios mío”, se repetía para sí, “no me ha costado nada darme cuenta de que era un tipo peligroso”.
Llamó a la puerta del camarín. Una voz respondió:
—Adelante.
De Voss abrió y Rico entró detrás de él. Joe estaba sentado en una butaca, en mangas de camisa y sin chaleco, exhibiendo unos tirantes de fantasía (Rico se fijó en los tirantes. Personalmente, prefería los
- elásticos, porque podía meter las manos a través de ellos, pero puesto
que un tipo como Joe llevaba tirantes de fantasía, también él se compraría unos). Olga Stassoff, con un quimono japonés negro, rojo y dorado, estaba reclinada en un diván con un diminuto perro pequinés
- que le lamía la cara entre sus brazos. Un hombre alto, vestido de frac,
- seencontraba de espaldas a la puerta, obstruyendo el paso.
Cuando Joe vio a Rico se levantó y se quedó de pie en medio de la estancia, sonriendo un poco azorado. El hombre alto se volvió hacia ellos.
—El señor Rico desea verte, Joe —dijo De Voss. Después puso una mano en el brazo de Rico y añadió—: Cuando haya terminado, pase a mi oficina y tomaremos algo.
—Se lo agradezco —respondió Rico—, pero no bebo.
De Voss arqueó las cejas.
— ¿De verdad no bebe? —se asombró.
—Solamente leche —dijo Joe tratando de hacerse el gracioso.
Rico ni siquiera sonrió.
—Sí —reconoció—, a veces tomo leche.
—Bien, en cualquier caso pase a verme —repuso De Voss, y cerró la puerta tras de sí.
Rico se dio cuenta de que la muchacha con el quimono japonés le mi raba fijamente. No le pareció gran cosa: no era más que un saco de huesos y piel. Pero de todos modos la miró con insolencia.
El hombre alto dijo:
—Supongo que no tiene sentido ofrecerle una copa, ¿verdad?
Sí.
Joe tomó por el brazo a Rico.
—Olga, te presento a Rico. Rico, ésta es Olga Stassoff.
—Mucho gusto en conocerla —dijo Rico.
Olga se levantó e intentó sonreír, pero sólo llegó a hacer una mueca. Rico le repugnaba, sobre todo porque estaba segura de que había matado a Tony, el amigo de Joe. Y también porque la miraba con demasiada insolencia con sus ojos pequeños y claros.
—Este —añadió Joe, tomando familiarmente por el brazo al hombre alto— es el señor Willoughby, el millonario.
—¿Por qué hablar de eso? —replicó modestamente el aludido.
Rico tenía un respeto instintivo por la riqueza. Para él, el dinero era sinónimo de poder. Y por eso sonrió amablemente al señor Willoughby.
—Encantado —_le dijo, tendiéndole la mano.
Willoughby se la estrechó con fuerza.
— ¿Desea hablar a solas con Joe? —preguntó.
—Sí, pero no tengo ninguna prisa —contestó Rico.
—No, no. Nosotros no queremos molestarle —repuso el millonario—. Olga y yo nos iremos a la estancia contigua.
Joe le miró asombrado.
—Te estás volviendo elegante, ¿eh, Rico?
Este asintió con la cabeza.
—Sí, he pensado que de ahora en adelante debo ocuparme un poco más de mi aspecto externo.
—Me han dicho que has suplantado a Sam.
Rico le miró.
—¿Y no te ha llegado a oídos que mis amigos han dado un banquete en mi honor?
—Sí, me lo dijeron —respondió Joe apresuradamente—, pero fue en un momento en que yo no podía ir.
Rico sacó un cigarro y le quitó la punta con los dientes.
—Después de lo de la Casa Alvarado no te he vuelto a ver más —observó.
—No —contestó Joe, mirando al suelo—. He estado un poco retirado. Me siento inquieto.
Rico dio un puñetazo contra el brazo del sillón.
— ¡Joe! —gritó— ¿Qué quieres decir con eso?
Joe parecía anonadado. Permanecía silencioso y, de vez en cuando, levantaba los ojos para mirar a Rico, que le examinaba atentamente.
—Vamos, dilo.Por fin empezó a hablar.
—Verás, Rico, yo he pensado que el baile puede ser mi porvenir. Olga y yo hacemos un número que ha alcanzado gran éxito. Nos han propuesto que bailemos en una revista. Escucha, yo quiero abandonar la vida que llevaba. El último golpe estuvo a punto de ser nuestra perdición, pero afortunadamente no ha sucedido nada.
—Aún no estamos fuera del asunto —precisó Rico—; y no queremos cobardes que puedan complicar las cosas.
Ambos se miraron a los ojos por unos momentos. Joe se quedó pálido.
—Tú no eres tonto, ¡qué diablo! —volvió a decir Rico—. No creo que digas en serio que tienes la intención de cambiar de vida. Pero, ¿es que acaso crees que existe alguna otra que merezca la pena? No la hay, te lo aseguro yo. Además, debes saber que dentro de quince días el local de Arnie me pertenecerá. Incluso Big Boy quiere ser mi socio. Escucha, Joe; tú eres un muchacho inteligente y me puedes ser útil. ¡Al diablo el baile! Esto está bien para distraerse, pero ningún hombre que se precie de tal se mostrará dispuesto a vivir de este modo.
Joe se dejó caer en el sillón, hundiéndose en él.
—Yo sé lo que te pasa —continuó Rico—. Todas estas ideas se deben
- a. esas malditas faldas. Te estás volviendo blando, Joe.
: — ¡Dios mío! —exclamó éste—. ¿Es que no tengo derecho a reti-
: rarme? Te prometo que no diré nada. ¿Crees que quiero aparecer un
buen día con el cuello roto?
Rico movió la cabeza.
—Escucha, escucha. Fíjate en Tony. Se dejó apoderar por el miedo, ¿y qué le pasó? Recibió unos cuantos balazos. Un cobarde es un inú-
- til en este mundo. Piensa en el caso de Humy. Este traicionó a Red
Gus y declaró como testigo contra él. ¿Y a quién ahorcaron? A Red
- Gus, por supuesto. A él le condenaron a quince años de prisión, pero
- desde luego no llegará a cumplir ni la mitad.
Joe se hundió todavía más en el sillón.
—Rico, tú sabes bien que yo no soy un traidor.
—Muy bien —dijo éste—, si es así puedes ayudarme. Octavio y yo
- tenemos una idea de montar una pequeña empresa, que creo tendrá
muy buenos resultados, pero te necesito. Por mal que nos vaya, yo te
garantizo que cada uno de nosotros podremos ganar por lo menos dos
mil dólares.
Alguien llamó a la puerta.
—Adelante —dijo Joe.
Era De Voss. Se aproximó a Rico y le habló así:
—Señor Rico, en el vestíbulo hay dos policías. Les he preguntado qué deseaban y me han contestado que venían solamente a echar una ojeada rutinaria.
—Me parece que es Flaherty —comentó Rico—. Está bien, señor De Voss. Gracias.
Este se fue. Entonces Joe se levantó y dirigió a Rico una mirada cargada de angustia.
— ¿Por qué has tenido que venir? —se lamentó—. ¿Es que no puedes olvidarme?
Pero Rico no le escuchó.
—Conozco a un irlandés que no morirá de viejo —pronosticó ferozmente.
—Rico, por Dios, no vuelvas más por aquí —le rogó Joe—. No quiero tener a los policías tras mis talones.
—Escúchame —replicó Rico con los ojos fulgurantes de ira—, si te vuelvo a oír hablar de ese modo, te aseguro que no volveré aquí más que una vez, y ya te puedes figurar para qué. Ya lo sabes: no me gustan los cobardes.
Willoughby y Olga entraron en ese momento.
—¿No nos han llamado? —preguntó aquél.
—No, es que ha venido De Voss —contestó Rico—. Pero es lo mismo; ya hemos terminado. Escúcheme, señor Willoughby, le agradezco mucho la invitación que me ha hecho antes, pero no me es posible aceptarla. Hay dos señores esperándome para hablar de cosas muy importantes.
—Lo sentimos —repuso Willoughby.
—Sí, lo sentimos —repitió Olga, tratando de hacerse la amable para ayudar a Joe.
Rico estrechó la mano de éste.
—Y a nos veremos.
—Está bien, Rico.
Al salir del camarín, vio a De Voss que se acercaba por el corredor. Parecía muy agitado.
—Creo que vienen a buscarle a usted, señor Rico. Pero, por favor, no organice un escándalo en mi local.
Rico se rió. :
—No se preocupe; todo seguirá tranquilo a menos que ese par de cretinos armen jaleo.
Atravesó el club caminando delante de De Voss. Los músicos afinaban sus instrumentos, y los primeros clientes estaban empezando a ocupar las mesas, Cuando llegaron al vestíbulo, vieron a Flaherty y a otro policía. Aquél se acercó.
—Hola, Rico —dijo—. Estás un poco alejado de tu zona, ¿no te parece?
— ¿Y a usted qué le importa?
Se abotonó el abrigo y se ajustó cuidadosamente la bufanda.
—No te pongas a la defensiva, hombre. No te quiero decir nada. Pero ya te advertí que no te perdería la pista. Me intereso mucho por los jóvenes que quieren hacer carrera.
— ¡Oh, qué charlatán!
Observó que empezaba a venir más gente. La orquesta comenzó a sonar. De pronto, se acordó de lo que Big Boy le había dicho sobre De Voss, y se expresó así:
—Vámonos de aquí; no es necesario que le causemos molestias a De Voss. Ustedes los policías son pocos considerados con los demás.
- Tú, a veces, eres muy cortés, ¿eh, Rico? —se rió Flaherty.
Al salir, Rico saludó a De Voss con un movimiento de cabeza. Flaherty y el otro agente le siguieron. Rico les esperó en la acera, bajo la marquesina. Cuando ambos se acercaron, le dijo a Flaherty:
—¿No ha pensado nunca que estaría hermoso con un lirio en la mano? a
—No —contestó Flaherty haciendo un guiño—. Llevo veinticinco años en el oficio y he hecho ahorcar a tipos con más suerte que tú, y eso sin recibir ni un arañazo.
Rico encendió un cigarro. Un taxi se detuvo junto a la acera.
—Bueno, yo me voy. ¿Quiere venir de paseo en coche?
—No, gracias —respondió Flaherty—. Daremos ese paseo cuando te hayamos puesto las esposas.
—Ningún irlandés le pondrá las esposas a Rico —replicó éste.
Flaherty enrojeció, pero se volvió y ya se iba a marchar cuando Rico volvió a decir:
—Se me olvidaba, Flaherty. Hasta ahora usted había estado correcto conmigo, pero las cosas han cambiado. No hay ninguna razón para que me siga a todas partes. Así pues, acepte un consejo de amigo: Sam y yo estamos hartos de oírle subir la escalera. El primer piso está abierto para todo el mundo; en él pueden entrar incluso los policías; pero el piso de arriba está reservado.
-—¿De verdad? —dijo Flaherty, que finalmente había conseguido controlar su ira.
—De verdad —repuso Rico—. Yo le aseguro que un día u otro alguno de ustedes bajará la escalera rodando.
—Estás creándote una posición, ¿eh, Rico” ¿Por qué no te presentas a las elecciones para alcalde?
Rico, sin responder, cerró la portezuela del taxi, y éste arrancó. Entonces Flaherty se volvió al agente que le acompañaba y le dijo:
—Atraparé a este presumido italiano, aunque sea lo último que haga.

Publicado el 27 de enero de 2026 por Fernando Guzmán.
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