Texto: La Fierecilla Domada

William Shakespeare


Teatro, comedia


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La Fierecilla Domada

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Fragmento de La Fierecilla Domada

GREMIO. No sé. Yo preferiría aceptar su dote con esta condición: que me azotaran cada mañana en la plaza del mercado.

HORTENSIO. Sí, como decís, poco se puede elegir entre manzanas podridas. Pero mirad: ya que este impedimento legal nos hace amigos, seamos amigos hasta que, después de ayudar a encontrar marido a la hija mayor de Battista, dejemos a la menor para encontrar marido, y después volvemos a luchar. ¡Dulce Bianca! Feliz quien te gane. Que se quede el anillo quien corra más rápido. ¿Estáis de acuerdo, signior Gremio?

GREMIO. De acuerdo, sí. Daré mi mejor caballo a quien, en Padua, empiece a cortejar a la mayor, la corteje hasta el final, la despose, la encame y libre de ella a la casa. ¡Vamos!

Salen GREMIO y HORTENSIO. TRANIO y LUCENZIO se quedan.

TRANIO.
Os lo ruego, señor, decidme si es posible
que el amor de repente tenga tanta fuerza.

LUCENZIO.
Ah, Tranio, hasta que vi que era verdad,
nunca creí que fuera posible ni probable.
Escucha, mientras yo, indolente, la miraba
sentí en mi indolencia los efectos del amor.
Y ahora, con franqueza te confieso
a ti, que eres tan íntimo y querido,
como lo fue Ana para la reina de Cartago,
que ardo, me consumo y muero por ganar,
buen Tranio, el amor de esta chica tan modesta.
Aconséjame, Tranio; sé que puedes;
ayúdame, Tranio; sé que lo harás.


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65 págs. / 1 hora, 54 minutos / 159 visitas.
Publicado el 8 de marzo de 2018 por Edu Robsy.