Textos de Robert Louis Stevenson

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autor: Robert Louis Stevenson


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Las Desventuras de John Nicholson

Robert Louis Stevenson


Cuento


1. En el que John siembra vientos

John Varey Nicholson era un estúpido, aunque otros que lo son más que él están hoy repantigados en el Parlamento y se jactan de ser los autores de su propia distinción. Ya desde la niñez había tenido tendencia a la obesidad y se inclinaba a ver la vida de forma alegre y superficial, y es posible que esa actitud fuese la causa original de todas sus desdichas. Aparte de esa pista, la filosofía nada nos dice sobre su carrera, y la superstición adelanta la más fácil explicación de que los dioses lo detestaban.

Su padre —ese caballero tan férreo— hacía tiempo que se había entronizado en las alturas de los Principios de la Disrupción. No hay palabras que puedan hacer comprensible el significado de dichos principios (que, a pesar de su torvo nombre, son bastante inocentes) a una inteligencia inglesa sencilla, aunque para los escoceses a menudo resultan ser untuosamente nutritivos, y el señor Nicholson encontró en ellos la leche de los leones. En la época en que las iglesias celebran en Edimburgo sus asambleas anuales, se le veía descender del monte en compañía de varios clérigos pelirrojos, aunque solo contribuía a su elocuencia con proféticos movimientos de cabeza, breves negativas y el austero espectáculo de su fruncido labio superior. Los nombres de Candlish y Begg salían a relucir con frecuencia en aquellas reuniones, y de vez en cuando las conversaciones versaban acerca del Establecimiento Residual y los hechos de un tal Lee. Cualquiera que no estuviese familiarizado con el cerrado reino teológico de Escocia podría haberlas escuchado sin entender una palabra. El señor Nicholson (que no era ningún obtuso) lo sabía y eso le enfurecía. Sabía que el mundo era muy grande y que, para muchos de sus habitantes, los Principios de la Disrupción eran como la cháchara de los monos en lo alto de los árboles.


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Publicado el 1 de marzo de 2017 por Edu Robsy. Visto 1 vez. 71 páginas.

Una Vieja Canción

Robert Louis Stevenson


Cuento


1

El teniente coronel John Falconer rompió con la tradición familiar al alistarse en el ejército y toda su juventud fue onerosa y catastrófica. Estuvo a punto de que lo expulsaran de su regimiento; se vio implicado en un escándalo acerca de los fondos del comedor de oficiales, incurrió en unas deudas espantosas; cuando su tía le envió un panfleto religioso, se lo devolvió con un comentario escrito en un seco estilo militar. Mediante aquellos destellos y reverberaciones su familia iba sabiendo de cuando en cuando de su tormentosa existencia, y, como nunca les escribía, cada carta desde la India equivalía a un nuevo escándalo.

De pronto, cumplidos ya los treinta años, se convirtió durante una reunión evangelista. Desde ese momento fue un hombre distinto. Le gustaba jactarse de que, desde ese día, jamás había omitido o abreviado sus rezos, y para quienes conocían sus hábitos anteriores, semejante afirmación era ciertamente impresionante. Al mismo tiempo que se volvió religioso, adquirió sentido del deber y se transformó en un buen oficial. Falconer pasaba por ser un hombre fiable, Napier ponía la mano en el fuego por él, y sus hombres le admiraban y le temían a partes iguales.

Cuando su padre murió y el coronel pasó a ser el último representante de su familia, aparte de dos sobrinos pequeños, consideró su deber volver a Inglaterra y hacerse cargo de los niños y las fincas. Para él, un deber desagradable era como para otros un placer furtivo: una especie de pasión a la que se consagraría sin dudarlo y que, cuanto más desagradable le resultara, más orgulloso se sentiría de cumplir. Vivir en Grangehead, ocuparse de las fincas, que lo importunaran dos chiquillos traviesos y tener que abandonar su regimiento, era lo mejor que le había ocurrido nunca, el mejor ejemplo de sacrificio imaginable, la imagen misma del martirio, y en su viaje de regreso...


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Publicado el 1 de marzo de 2017 por Edu Robsy. Visto 2 veces. 41 páginas.

Historia de una Mentira

Robert Louis Stevenson


Cuento


1. En el que se presenta al almirante

En el tiempo que pasó en París, Dick Naseby hizo extrañas amistades, pues era de los que tienen oídos para oír y saben emplear los ojos tanto como la inteligencia. Tenía tantas ideas como Stuart Mill, pero su filosofía tenía que ver con los seres de carne y hueso y era tan experimental como su método. Era un cazador prototípico. Despreciaba las piezas menores y las personalidades insignificantes, ya fuese en la forma de duques o viajantes comerciales, y los dejaba pasar de largo como las algas junto al costado de un barco, pero, si veía un rostro enérgico o refinado, si oía una voz penetrante o llorosa, si reparaba en una mirada viva, un gesto apasionado o una sonrisa ambigua y significativa, su imaginación despertaba en el acto. «Érase una vez un hombre y una mujer», parecía decir, y se dedicaba a interpretarlo con el placer de un artista al consagrarse a su arte.

Y la verdad es que, bien pensado, aquel interés suyo no dejaba de ser artístico. El estudio personal de la naturaleza humana no tiene nada de científico. Toda comprensión es creación: la mujer a la que amo es, en parte, obra mía; y el gran amante, como el gran pintor, es aquel que sabe embellecer el objeto de su interés hasta convertirlo en algo más que humano, y tiene la astucia de basar su apoteosis en permitir que la mujer en cuestión siga siendo una mujer auténtica, dándole libertad para ser mezquina, o rencorosa, o para ambicionar los placeres vulgares, y, al mismo tiempo, continuar adorándola sin reparar en la incongruencia. Amar a alguien no es sino una forma heroica de comprenderlo. Cuando amamos, aprehendemos al otro por lo que hay de más noble en nosotros mismos, mediante un método noble o mediante la nobleza propia o ajena. Cuando nos limitamos a estudiar una excentricidad, el método de nuestro estudio no es más que una serie de concesiones.


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Publicado el 1 de marzo de 2017 por Edu Robsy. Visto 1 vez. 62 páginas.

El Pabellón de las Dunas

Robert Louis Stevenson


Cuento


EL PABELLÓN DE LAS DUNAS

Dedicado a D. A. S.
en recuerdo de los días pasados cerca de Fidra

1

En el que se cuenta cómo acampé junto al mar, en el bosque de Graden, y vi una luz en el pabellón

De joven fui un gran solitario. Me enorgullecía quedarme al margen y estar a mi aire, y puede decirse que no tuve ni amigos ni conocidos hasta que conocí a la que acabó convirtiéndose en mi mujer y en la madre de mis hijos. Tan solo con un hombre tuve algún trato: con el caballero R. Northmour, de Graden Easter, en Escocia. Nos habíamos conocido en la universidad y, a pesar de no tener mucho en común ni gozar de demasiada confianza, compartíamos ciertas semejanzas de carácter que nos permitieron relacionarnos sin dificultad. Nos creíamos unos misántropos, aunque luego he pensado que quizá fuéramos solo hoscos. Y apenas podía hablarse de camaradería, sino de coexistencia entre dos seres insociables. El temperamento extraordinariamente violento de Northmour le hacía casi imposible relacionarse con nadie más que yo, e igual que él soportaba mis hábitos taciturnos y me dejaba ir y venir a mi antojo, yo toleraba su presencia sin complicaciones. Creo que nos teníamos por amigos.

Cuando Northmour se licenció y yo decidí dejar la universidad sin hacerlo, me invitó a pasar una larga temporada en Graden Easter, y así fue como llegué por primera vez al escenario de mis aventuras. La mansión Graden ocupaba una franja desolada de terreno a unos cinco kilómetros del mar del Norte. Era tan grande como un cuartel, y, como la habían construido con una piedra blanda y fácil de erosionar por la brisa marina, por dentro era húmeda y propensa a las corrientes de aire y por fuera estaba casi en ruinas. Era imposible que dos jóvenes se alojaran con comodidad en una casa semejante. Sin embargo, en la parte norte de la finca, en medio de un sinfín de colinas...


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Publicado el 28 de febrero de 2017 por Edu Robsy. Visto 1 vez. 61 páginas.

El Diamante del Rajá

Robert Louis Stevenson


Cuento


HISTORIA DE LA CAJA DE SOMBREROS

HARRY Hartley había recibido la educación típica de un caballero, primero en una escuela privada hasta los dieciséis años, y luego en una de esas grandes instituciones por las que Inglaterra es, con toda justicia, famosa. En esa época manifestó una notable antipatía por los estudios y, como el único de sus progenitores que seguía con vida era débil e ignorante, le permitió consagrar su tiempo a cuestiones frívolas y puramente mundanas. Dos años más tarde quedó huérfano y casi en la miseria. Tanto por su naturaleza como su formación, Harry era incapaz de dedicarse a ningún propósito activo e industrioso. Sabía cantar cancioncillas románticas con un discreto acompañamiento de piano, era un caballero gentil pero tímido, le gustaba jugar al ajedrez; y la naturaleza lo había arrojado a este mundo con el físico más atractivo que imaginarse pueda. Rubio y sonrosado, con ojos de paloma y una amable sonrisa, tenía un aspecto agradable, tierno y melancólico y unos modales sumisos y acariciadores. Pero, dejando eso aparte, no era el hombre más idóneo para capitanear un ejército o regir los asuntos del Estado.

Un golpe de suerte y el uso de ciertas influencias le valieron a Harry, en aquel luctuoso momento, el puesto de secretario personal del general de división sir Thomas Vandeleur, condecorado con la Orden de Bath. Sir Thomas era un hombre de sesenta años, vocinglero, bullicioso y dominante. Por algún motivo, algún servicio cuya naturaleza había dado mucho que hablar y había sido desmentida muchas veces, el rajá de Kashgar le había regalado a dicho oficial el sexto diamante más grande del mundo. Aquel presente sacó de la pobreza al general Vandeleur, lo convirtió en un hombre rico y le permitió pasar de ser un soldado poco conocido y apreciado a uno de los personajes más celebrados de la sociedad londinense: el propietario...


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Publicado el 28 de febrero de 2017 por Edu Robsy. Visto 2 veces. 84 páginas.

Will el del Molino

Robert Louis Stevenson


Cuento


EL LLANO Y LAS ESTRELLAS

El molino donde vivía Will con sus padres adoptivos estaba en un valle muy hondo entre bosques de abetos y grandes montañas. Por detrás se alzaba una cumbre tras otra, algunas tan altas que en ellas no podían crecer los árboles y se erguían desnudas contra el cielo. Más arriba, había un pueblo largo y gris que parecía un jirón de niebla prendido en la colina boscosa, y, cuando el viento era favorable, el sonido de las campanas de la iglesia bajaba claro y argentino hasta donde estaba Will. Por debajo, la pendiente se volvía más pronunciada y el valle se ensanchaba por ambos lados; y desde un altozano que había cerca del molino, era posible verlo en toda su longitud hasta más allá de la ancha llanura, donde el río se retorcía y brillaba y avanzaba de ciudad en ciudad en su largo viaje hacia el mar. Daba la casualidad de que por aquel valle discurría un paso entre dos reinos vecinos, de manera que, a pesar de ser muy tranquilo y rural, el camino que corría a lo largo del río era, en realidad, una concurrida carretera entre dos sociedades espléndidas y poderosas. Durante todo el verano, los carruajes pasaban junto al molino arrastrándose cuesta arriba o descendiendo bruscamente hacia el valle; aunque, como la ascensión era mucho más fácil por el otro lado, en realidad el sendero solo lo frecuentaban quienes iban en la otra dirección, y, de todos los carruajes que veía pasar Will, solo uno de cada seis trepaba por la pendiente mientras que los otros cinco bajaban a toda prisa hacia el valle. Y aún era más así en el caso de los que viajaban a pie. Tanto los turistas ligeros de equipaje como los buhoneros cargados de extrañas mercancías, todos seguían el curso del río. Pero no acabó ahí la cosa, pues, cuando Will era todavía un niño, estalló una guerra desastrosa en gran parte del mundo. Los periódicos no hablaban más que de victorias...


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Publicado el 28 de febrero de 2017 por Edu Robsy. Visto 1 vez. 31 páginas.

El Tesoro de Blanchard

Robert Louis Stevenson


Cuento


1. Junto al saltimbanqui moribundo

Habían mandado llamar al médico de Bourron poco antes de las seis. Hacia las ocho llegaron los primeros lugareños para asistir a la función y se les explicó lo que ocurría. A muchos les pareció una falta de consideración que un saltimbanqui se pusiera enfermo como hacía la gente normal y se marcharon refunfuñando. A las diez, madame Tentaillon estaba tan preocupada que había enviado a buscar al doctor Desprez al otro lado de la calle.

El médico estaba repasando sus manuscritos en un rincón del minúsculo comedor y su mujer dormitaba junto al fuego cuando llegó el mensajero.

—¡Caramba! —dijo el médico—, deberían haberme llamado antes, si se trata de un caso tan urgente.

Y siguió al mensajero tal como estaba, en zapatillas y con gorro de dormir.

La fonda distaba menos de treinta metros, pero el mensajero no se detuvo allí. Entró por una puerta y salió por otra que conducía al patio, y luego lo condujo por un tramo de escaleras que había junto al establo hasta la habitación donde yacía enfermo el saltimbanqui. El doctor Desprez no olvidaría su llegada a aquella sala aunque viviese mil años, pues la escena no solo resultaba pintoresca, sino que el momento marcó un hito en su existencia. Ignoro por qué calculamos nuestras vidas a partir de la fecha de nuestra primera lamentable aparición en sociedad, en lugar de considerarla la primera humillación, pues ningún actor puede entrar en escena con menos gracia. Por no remontarnos más, y arriesgarnos a que se nos tilde de excesivamente curiosos, hay muchos accidentes en la vida de cualquiera que resultan conmovedores y decisivos y que constituirían una fecha inicial tan lógica como la del nacimiento. Y en este caso, por ejemplo, el doctor Desprez, un hombre de más de cuarenta años, que había fracasado en todo en la vida, y que además estaba casado, se encontró...


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Publicado el 28 de febrero de 2017 por Edu Robsy. Visto 2 veces. 67 páginas.

Olalla

Robert Louis Stevenson


Cuento


—Bueno —dijo el médico—, yo ya he terminado, y puedo añadir con orgullo que no sin éxito. Ya solo falta sacarle a usted de esta ciudad fría y perjudicial, y proporcionarle un par de meses de aire puro y paz de espíritu. Lo último es cosa suya. En lo primero creo que puedo ayudarle. No imagina usted qué casualidad: precisamente el otro día vino el cura del pueblo, y como ambos somos viejos amigos, aunque profesemos una fe diferente, me consultó respecto a cierto asunto que preocupaba a algunos de sus feligreses. Se trata de la familia…, aunque usted no conoce España y no deben de sonarle ni siquiera los nombres de nuestros grandes, baste con decir que en otro tiempo fueron personas muy distinguidas y que hoy están al borde de la miseria. No les queda nada, salvo una casa solariega y algunas leguas de terreno desértico y montañoso donde no podría sobrevivir ni una cabra. Sin embargo, la casa es muy hermosa y antigua y está en lo alto de las montañas, por lo que resulta muy saludable. En cuanto mi amigo me contó el caso, me acordé de usted. Le expliqué que había atendido a un oficial herido, herido por la buena causa, que necesitaba un cambio de aires, y le propuse que sus amigos lo recibiesen a usted como huésped. En el acto, el cura se puso muy serio, tal como yo me había maliciado, y afirmó que esa posibilidad estaba descartada. «Pues por mí ya se pueden morir de hambre», respondí, «porque si hay algo que no soporto es el orgullo en los necesitados». El caso es que nos despedimos algo enfadados; no obstante, ayer, para mi sorpresa, el cura vino a verme y rectificó: las reticencias con que se había encontrado, me explicó, habían sido menores de las que se temía, o, en otras palabras, aquella gente tan altiva había preferido tragarse su orgullo. Así que cerré el trato y, si usted acepta, dispone de una habitación reservada en la casa.


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Publicado el 28 de febrero de 2017 por Edu Robsy. Visto 3 veces. 52 páginas.

Los Juerguistas

Robert Louis Stevenson


Cuento


1. Eilean Aros

Hacía una hermosa mañana de finales de julio cuando emprendí a pie por última vez el camino de Aros. La noche anterior un bote me había dejado en Grisapol. Desayuné lo poco que me pudo ofrecer la pequeña posada donde me hospedaba, dejé allí todo mi equipaje hasta que llegase la ocasión de ir a recogerlo por mar y emprendí la marcha a través del promontorio con el corazón animoso.

No era ni mucho menos nativo de aquel lugar, sino que procedía de una estirpe sin mezcla de las tierras bajas escocesas. Pero un tío mío, Gordon Darnaway, después de pasar una juventud pobre y ruda y varios años en el mar, se había casado con una joven de las islas llamada Mary Maclean, que era la última superviviente de su familia. Cuando murió al dar a luz a una niña, Aros, la granja rodeada por el mar, pasó a manos de mi tío. Yo sabía muy bien que apenas le proporcionaba lo justo para vivir, pero era un hombre en quien se había cebado la desdicha y, agobiado como estaba ahora con la carga de la niña, temía emprender una vida nueva, por lo que se había quedado en Aros lamentándose de su destino. Los años fueron pasando en aquellas soledades sin depararle ayuda ni satisfacciones. Entretanto, nuestra familia agonizaba en las tierras bajas: los de esa raza no tenemos mucha suerte, y tal vez se contara mi padre entre los más afortunados, pues no solo fue de los últimos en morir, sino que dejó un hijo que llevase su apellido y un poco de dinero para mantenerlo. Yo estudiaba en la Universidad de Edimburgo y vivía bastante bien a mis expensas, aunque sin parientes ni amigos, cuando mi tío Gordon oyó hablar de mí en el monte Ross, en Grisapol. Y, como para él los lazos de sangre tenían mucha importancia, me escribió el mismo día que supo de mi existencia y me pidió que considerase Aros mi propia casa. Así fue como empecé a pasar las vacaciones en dicha parte del país, lejos de cualquier compañía y comodidad, entre urogallos y bacalaos.


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Publicado el 28 de febrero de 2017 por Edu Robsy. Visto 1 vez. 59 páginas.

La Isla de las Voces

Robert Louis Stevenson


Cuento


Keola, que estaba casado con Lehua, hija de Kalamake, vivía con su suegro, el hombre sabio de Molokai. No había nadie en la isla más astuto que aquel profeta; leía los astros y adivinaba las cosas futuras mediante los cadáveres y las criaturas malignas: iba solo a las partes más altas de la montaña, a la región de los duendes, y allí preparaba trampas para capturar a los espíritus de los antiguos.

Todo esto hacía que no hubiera nadie más consultado en todo el reino de Hawaii. Las personas sensatas compraban, vendían, contraían matrimonio y organizaban su vida de acuerdo con sus consejos; y el rey le llamó dos veces a Kona para buscar los tesoros de Kamehameha. Tampoco había otro hombre más temido: entre sus enemigos, unos se habían consumido en la enfermedad por el poder de sus encantamientos, y otros se habían esfumado en cuerpo y alma, hasta el punto de que la gente buscaba en vano el más mínimo resto suyo. Se rumoreaba que poseía el arte y el don de los antiguos héroes. Se le había visto de noche en las montañas, caminando sobre los riscos; se le había visto atravesar los bosques donde crecían los árboles más altos, y su cabeza y sus hombros sobresalían por encima de sus copas.

Este Kalamake era un hombre de extraña apariencia. Procedía de las mejores estirpes de Molokai y Maui, sin mezcla de ninguna clase, y sin embargo tenía la piel más blanca que ningún extranjero; su cabello era del color de la hierba seca, y sus ojos, enrojecidos, estaban casi ciegos, de manera que “ciego como Kalamake, que ve más allá del mañana”, era una de las expresiones favoritas de las islas.

De todas estas actividades de su suegro, Keola sabía un poco porque era del dominio público, otro poco porque se lo imaginaba y el resto lo ignoraba por completo. Pero había una cosa que le preocupaba. Kalamake era un hombre que no regateaba en nada, tanto si se trataba de...


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Publicado el 27 de febrero de 2017 por Edu Robsy. Visto 3 veces. 27 páginas.

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