Textos de Gérard de Nerval

Mostrando 1 a 10 de 12 textos encontrados.


Buscador de títulos

autor: Gérard de Nerval


12

Las Hijas del Fuego

Gérard de Nerval


Novela epistolar


A Alexandre Dumas

Le dedico este libro, mi querido maestro, como dediqué Lorely a Jules Janin. Le debía un agradecimiento tanto como a usted. Hace algunos años, me creyeron muerto y él escribió mi biografía. Hace algunos días, me creyeron loco y usted consagró algunas de sus líneas más encantadoras al epitafio de mi inteligencia. Es mucha la gloria que se me depara como adelanto de herencia. ¿Cómo me atrevería, en vida mía, a llevar en la frente esas brillantes coronas? Debo ostentar un aire modesto y rogar al público que descuente mucho de tantos elogios otorgados a mis cenizas, o al vago contenido de esa botella que fui a buscar a la luna imitando a Astolfo, y que hice entrar, espero, en la sede habitual del pensamiento.

Pero, ahora que ya no estoy encima del hipogrifo y que a los ojos de los mortales he recobrado eso que llaman vulgarmente la razón, — razonemos.

He aquí un fragmento de lo que escribía usted sobre mí el 10 de diciembre pasado:

«Es un espíritu encantador y distinguido, como ustedes han podido juzgar, — en el cual, de vez en cuando, se produce cierto fenómeno, que, por fortuna, esperamos, no es seriamente inquietante ni para él, ni para sus amigos; — de vez en cuando, si un trabajo cualquiera le ha preocupado mucho, la imaginación, esa loca de la casa, expulsa de ella momentáneamente a la razón, que no es más que el ama; entonces la primera se queda sola, todopoderosa, en ese cerebro alimentado de sueños y de alucinaciones, ni más ni menos que un fumador de opio del Cairo, o que un comedor de haxix de Argel, y entonces, la vagabunda, que ella es lo lanza a las teorías imposibles, a los libros irrealizables. Ora es el rey de Oriente Salomón, ha vuelto a encontrar el sello que evoca a los espíritus, espera a la reina de Saba; y entonces, créanme, no hay cuento de hadas, o de las Mil y una noches, ...


Leer / Descargar texto

159 págs. / 4 horas, 39 minutos / 198 visitas.
Publicado el 2 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Corilla

Gérard de Nerval


Teatro


Personajes

FABIO
MARCELLI
MAZETTO, mozo de teatro
CORILLA, prima donna

El bulevar de Santa Lucía, en Nápoles, cerca de la Ópera.

Corilla

Fabio, Mazetto

FABIO. Si me engañas, Mazetto, estás haciendo un triste oficio…

MAZETTO. El oficio no es mejor; pero le sirvo fielmente. Vendrá esta noche, le digo; ha recibido sus cartas y sus ramos.

FABIO. ¿Y la cadena de oro, y el broche de piedras finas?

MAZETTO. No debe usted dudar de que le hayan llegado también, y tal vez las reconocerá usted en su cuello y en su cintura; sólo que la forma de esas joyas es tan moderna, que no ha encontrado todavía ningún papel en el que pudiese llevarlas como parte de su traje.

FABIO. Pero ¿me ha visto tan siquiera? ¿Me ha notado en el lugar donde estoy sentado todas las noches para admirarla y aplaudirla, y puedo pensar que mis regalos no serán la única causa de su decisión?

MAZETTO. ¡Bah, señor!, lo que usted ha dado no es nada para una persona de esos vuelos; y en cuanto se conozcan ustedes mejor, le responderá con algún retrato rodeado de perlas que valdrá el doble. Lo mismo digo de los veinte ducados que me ha entregado usted ya, y de los otros veinte que me ha prometido en cuanto tenga usted la seguridad de su primera cita; no es más que dinero prestado, ya se lo he dicho, y le volverán un día con grandes intereses.

FABIO. Hombre, no espero nada de eso.

MAZETTO. No, señor, tiene usted que saber con qué gente trata, y que, lejos de arruinarse, está usted aquí en el verdadero camino de hacer fortuna; sírvase pues hacerme efectiva la suma convenida, porque me veo obligado a ir al teatro para cumplir mis funciones de cada noche.

FABIO. ¿Pero por qué no ha dado respuesta, y no ha señalado una cita?

MAZETTO. Porque, como todavía no lo ha visto a ust


Leer / Descargar texto

18 págs. / 32 minutos / 15 visitas.
Publicado el 2 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Isis

Gérard de Nerval


Cuento


I

Antes del establecimiento del ferrocarril de Nápoles a Resina, una excursión a Pompeya era todo un viaje. Se necesitaba una jornada para visitar sucesivamente Herculano, el Vesubio y Pompeya, situada dos millas más allá; incluso, a menudo, se quedaba uno en el lugar hasta el día siguiente, a fin de recorrer Pompeya durante la noche, a la claridad de la luna, y darse así una ilusión completa. Cada uno podía suponer en efecto que, remontando el curso de los siglos, se veía de pronto autorizado a recorrer las calles y las plazas de la ciudad dormida; la luna apacible convenía mejor quizá que el destello del sol a aquellas ruinas, que no excitan al principio la admiración ni la sorpresa, y en las que la Antigüedad se muestra por decirlo así en ropa de casa modesta.

Uno de los embajadores residentes en Nápoles dio, hace algunos años, una fiesta bastante ingeniosa. Provisto de todas las autorizaciones necesarias, hizo vestirse a la antigua a un gran número de personas; los invitados se avinieron a esa disposición, y, durante un día y una noche, se ensayaron diversas representaciones de los usos de la antigua colonia romana. Se comprende que la ciencia había dirigido la mayoría de los detalles de la fiesta; los carros recorrían la ciudad, los mercaderes poblaban las tiendas; las colaciones reunían, a ciertas horas, en las principales casas, a los diversos grupos de los invitados. Aquí, era el edil Pansa, allá Salustio, allá Julia Félix, la opulenta hija de Scaurus, los que recibían a los convidados y los admitían en sus hogares. La casa de las Vestales tenía sus habitantes veladas; la de las Danzarinas no desmentía las promesas de sus graciosos atributos. Los dos teatros ofrecieron representaciones cómicas y trágicas, y bajo las columnatas del Foro unos ciudadanos ociosos intercambiaban las noticias del día, mientras que, en la basílica abierta sobre la...


Leer / Descargar texto

14 págs. / 24 minutos / 24 visitas.
Publicado el 2 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Octavie

Gérard de Nerval


Cuento


Fue en la primavera del año 1835 cuando me entró un vivo deseo de ver Italia. Todos los días al despertarme aspiraba por anticipado el áspero olor de los castaños alpinos; por la noche, la cascada de Terni, la fuente espumosa del Teverone brotaban para mí sólo entre los montantes rasguñados de las bambalinas de un pequeño teatro… Una voz deliciosa, como la de las sirenas, sonaba en mis oídos, como si los juncos de Trasimena hubiesen tomado de pronto una voz… Hubo que partir, dejando en París un amor contrariado, del cual quería escapar mediante la distracción.

Fue en Marsella donde me detuve primero. Todas las mañanas, iba a tomar los baños de mar al Château-Vert, y veía de lejos nadando las islas risueñas del golfo. También todos los días, me encontraba en la bahía azul con una muchacha inglesa, cuyo cuerpo ligero hendía el agua verde cerca de mí. Esa hija de las aguas, que se llamaba Octavie, vino un día hacia mí toda gloriosa de una pesca extraña que había hecho. Llevaba en sus blancas manos un pescado que me dio.

No pude evitar sonreír de semejante regalo. Mientras tanto el cólera reinaba entonces en la ciudad, y para evitar las cuarentenas, me resolví a tomar la ruta terrestre. Vi Niza, Génova y Florencia; admiré el Duomo y el Baptisterio, las obras maestras de Miguel Ángel, la torre inclinada y el Campo Santo de Pisa. Luego, tomando el camino de Spoletto, me detuve diez días en Roma. La cúpula de San Pedro, el Vaticano, el Coliseo se me aparecieron como un sueño. Me apresuré a tomar la posta para Cività-Vecchia, donde debía embarcarme. Durante tres días, el mar furioso retrasó la llegada del barco de vapor. En aquella playa desolada donde paseaba pensativo, estuve a punto un día de ser devorado por los perros. La víspera del día en que salí, daban en el teatro un vodevil francés. Una cabeza rubia y traviesa atrajo mis miradas.


Leer / Descargar texto

8 págs. / 15 minutos / 15 visitas.
Publicado el 2 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Pandora

Gérard de Nerval


Cuento



Dos almas, ay, se reparten mi seno y cada una de ellas quiere separarse de la otra: una, ardiente de amor, se apega al mundo por medio de los órganos del cuerpo; un movimiento sobrenatural arrastra a la otra lejos de las tinieblas, hacia las altas moradas de nuestros ancestros.

Fausto
 

¡La habéis conocido todos, oh amigos míos, a la bella Pandora del teatro de Viena, os ha dejado sin duda como a mí mismo crueles recuerdos! Era en efecto a ella acaso —a ella, en verdad— a quien podía aplicarse el indescifrable enigma grabado sobre la piedra de Boloña: ælia lælia. Nec vir, nec mulier, nec androgyna, etc. «Ni hombre, ni mujer, ni andrógino, ni muchacha, ni joven, ni vieja, ni casta, ni loca, ni púdica, sino todo eso junto…». En fin, la Pandora, con eso todo está dicho, pues no quiero decirlo todo.

[1. Maria-Hilf]

¡Oh Viena la bien guardada!, roca de amor de los paladines —como decía el viejo Menzel—, ¡tú no posees la copa bendita del Santo Grial místico, sino el Stock-im-Eisen de los bravos compañeros! Tu montaña de imán atrae invenciblemente las puntas de las espadas y el magiar celoso, el bohemio intrépido, el lombardo generoso morirían por defenderte a los pies divinos de Maria-Hilf.

Yo mismo he podido plantar el clavo simbólico en el tronco cargado de hierro (Stock-im-Eisen) colocado a la entrada del Graben, a la puerta de un joyero, — pero he vertido mis más dulces lágrimas y las más puras efusiones de mi corazón a lo largo de las plazas y de las calles, en los bastiones, en las avenidas del Augarten y bajo los bosquecillos del Prater. He enternecido con mis cantos de amor a las ciervas tímidas y a los faisanes privados; he paseado mis ensoñaciones sobre las rampas cubiertas de césped de Schoenbrunn. Adoraba las pálidas estatuas de esos jardines que corona la Glorieta de María Teresa...


Leer / Descargar texto

10 págs. / 19 minutos / 21 visitas.
Publicado el 2 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Cuentos y Chanzas

Gérard de Nerval


Cuento


La mano encantada

I. La plaza Dauphine

Nada es tan bello como esas casas del siglo diecisiete de las que la plaza Royale ofrece una reunión tan majestuosa. Cuando sus fachadas de ladrillo, entremezcladas y enmarcadas de cordones y de esquinas de piedra, y cuando sus ventanas altas están inflamadas por los rayos espléndidos del poniente, sentimos en nosotros, viéndolas, la misma veneración que ante una corte de los parlamentos reunida con sus togas rojas forradas de armiño; y, si no fuera una pueril comparación, podría decirse que la larga mesa verde donde esos temibles magistrados están colocados en cuadro figura un poco esa banda de tilos que bordea las cuatro caras de la plaza Royale y completa su grave armonía.

Hay otra plaza en la ciudad de París que no provoca menos satisfacción por su regularidad y su ordenamiento, y que es, en triángulo, poco más o menos la que la otra es en cuadrado. Fue construida bajo el reinado de Enrique el Grande, que la llamó place Dauphine y admiraron entonces el poco tiempo que necesitaron sus construcciones para cubrir todo el baldío de la isla de la Gourdaine. La invasión de esos terrenos fue un cruel disgusto para los clérigos que venían a retozar allí ruidosamente, y para los abogados que venían a meditar sus alegatos: paseo tan verde y florido, al salir del infecto patio del Palacio.

Apenas estuvieron levantadas esas tres filas de casas sobre sus pórticos pesados, cargados y surcados de almohadillados y de repiezos; apenas estuvieron revestidas de sus ladrillos, perforadas con sus ventanales de balaustres, y encapirotadas con sus buhardillas macizas, cuando la nación de la gente de justicia invadió la plaza entera, cada uno según su grado y sus medios, es decir en razón inversa de la elevación de los pisos. Aquello se convirtió en una especie de corte de los milagros encopetada, una truhanería...


Leer / Descargar texto

99 págs. / 2 horas, 54 minutos / 24 visitas.
Publicado el 2 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Los Iluminados

Gérard de Nerval


Cuento


La biblioteca de mi tío

No a todo el mundo le es dado escribir el Elogio de la locura—, pero sin ser Erasmo —o Saint-Évremond—, puede uno encontrarle el gusto a sacar del batiburrillo de los siglos alguna figura singular que se esforzará uno en vestir ingeniosamente — a restaurar viejos lienzos, cuya composición extraña y cuya pintura rayada hacen sonreír al aficionado vulgar.

En estos tiempos en que los retratos literarios tienen algún éxito, he querido retratar a algunos excéntricos de la filosofía. Lejos de mí la idea de atacar a aquellos de sus sucesores que sufren hoy por haber intentado demasiado locamente o demasiado pronto la realización de sus sueños. — Estos análisis, estas biografías fueron escritos en diferentes épocas, aunque debían pertenecer a la misma serie.

Yo me crié en la provincia, en casa de un viejo tío que poseía una biblioteca formada en parte en la época de la antigua revolución. Había relegado desde entonces en su desván una multitud de obras — publicadas en su mayoría sin nombre de autor bajo la Monarquía, o que, en la época revolucionaria, no fueron depositadas en las bibliotecas públicas. Cierta tendencia al misticismo, en un momento en que la religión oficial ya no existía, había guiado sin duda a mi pariente en la elección de esa clase de escritos: parecía haber cambiado de ideas más tarde, y se contentaba, para su conciencia, con un deísmo mitigado.

Habiendo hurgado en su casa hasta descubrir la masa enorme de libros amontonados y olvidados en el desván —en su mayoría atacados por las ratas, podridos o mojados con las aguas pluviales que pasaban por las rendijas de las tejas—, absorbí siendo muy joven mucho de ese alimento indigesto o malsano para el alma; e incluso más tarde mi juicio ha tenido que defenderse contra esas impresiones primitivas.


Leer / Descargar texto

320 págs. / 9 horas, 21 minutos / 43 visitas.
Publicado el 2 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Dos Cuentos Orientales

Gérard de Nerval


Cuento


Historia del califa Hakem

(En El Cairo, las vicisitudes de una intriga galante llevan a Nerval a visitar al padre de la muchacha en la que está interesado, un jeque druso que el pacha ha mandado detener, o más bien poner en lo que hoy llamaríamos «arresto domiciliario». La curiosidad por la religión drusa le lleva a repetir las visitas).

Preámbulo

Creo por cierto que esta vez me tomó por un misionero, pero no dio de ello ningún signo exterior, y me exhortó vivamente a regresar a verlo, puesto que eso me daba tanto gusto.

No puedo darte aquí más que un resumen de las conversaciones que tuve con el jeque druso, y en las que tuvo a bien rectificar las ideas que yo me había formado de su religión según algunos fragmentos de libros árabes, traducidos al azar y comentados por los sabios de Europa. Antiguamente esas cosas eran secretas para los extranjeros, y los drusos escondían sus libros con cuidado en los lugares más retirados de sus casas y de sus templos.

Fue durante las guerras que hubieron de sostener, ya sea contra los turcos, ya sea contra los maronitas, cuando se logró reunir gran número de esos manuscritos y sacar una idea del conjunto del dogma; pero era imposible que una religión establecida desde hacía ocho siglos no hubiera producido un amasijo de disertaciones contradictorias, obra de las sectas diversas y de las fases sucesivas acarreadas por los tiempos. Ciertos escritores han visto pues en ella un monumento de los más complicados de la extravagancia humana; otros han exaltado la relación que existe entre la religión drusa y la doctrina de las iniciaciones antiguas. Los drusos han sido comparados a los pitagóricos, a los esenios, a los gnósticos, y parece también que los templarios, los rosacruces y los francmasones modernos han tomado de ellos muchas ideas. No puede dudarse de que los escritores de las cruzadas...


Leer / Descargar texto

165 págs. / 4 horas, 49 minutos / 81 visitas.
Publicado el 2 de julio de 2018 por Edu Robsy.

El Monstruo Verde

Gérard de Nerval


Cuento


I. El Castillo del Diablo

Hablaré de uno de los más antiguos habitantes de París; antaño lo llamaban el diablo Vauvert.

De ahí nació el proverbio: «Eso queda en lo del diablo Vauvert. ¡Váyase al diablo Vauvert!». Es decir: «Vaya a… tomar el fresco en los Campos Elíseos».

Los porteros suelen decir: «Eso queda en lo del diablo de los gusanos», cuando quieren designar un sitio muy alejado. Y la expresión significa que habrá que pagarles en buen dinero la comisión que se les encarga. Pero se trata además de una locución viciosa y corrupta, como muchas otras con las que están familiarizados los parisienses.

El diablo Vauvert es esencialmente un habitante de París, donde vive desde hace muchos siglos, si hemos de creer a los historiadores. Sauval, Félibien, Sainte-Foix y Dulaure han referido extensamente sus hazañas.

Parece que en los primeros tiempos habitó el castillo de Vauvert, que estaba situado en el lugar ocupado actualmente por el alegre salón de baile de la Chartreuse, al extremo del Luxemburgo y frente a las avenidas del Observatorio, en la Rue d’Enfer.

Ese castillo, de triste celebridad, fue demolido en parte, y las ruinas se convirtieron en una dependencia de un convento de cartujos, donde murió en 1313 Jean de la Lune, sobrino del antipapa Benedicto XIII.

Jean de la Lune había sido sospechado de tener relaciones con cierto demonio, que quizá fuese el espíritu familiar del antiguo castillo de Vauvert, pues, como se sabe, cada uno de esos edificios feudales tenía el suyo.

El diablo Vauvert dio que hablar nuevamente en la época de Luis XIII.

Durante muchísimo tiempo se había oído, todas las noches, un gran ruido en una casa construida con escombros del antiguo convento y cuyos propietarios estaban ausentes desde hacía varios años. Y esto aterrorizaba bastante a los vecinos.


Leer / Descargar texto

5 págs. / 8 minutos / 50 visitas.
Publicado el 27 de junio de 2018 por Edu Robsy.

La Mano Encantada

Gérard de Nerval


Cuento


I. La plaza de la delfina

Nada hay tan hermoso como esos caserones del siglo XVII que la plaza Real nos ofrece en majestuoso conjunto. Cuando sus fachadas de ladrillos bien trabados y enmarcados por molduras y cantos de piedra, y sus ventanas altas se encienden con los resplandores espléndidos del sol del atardecer, siente uno al contemplarlas la misma veneración que ante un tribunal de magistrados vestidos con togas rojas forradas de armiño; y si no fuese una pueril comparación, podría decirse que la larga mesa verde alrededor de la cual esos temibles magistrados se sientan formando un cuadrado se parece un poco a esa diadema de tilos que bordea las cuatro caras de la plaza Real, completando su austera armonía.

Hay otra plaza en París que no es menos agradable por su regular y normal estilo; así como la plaza Real tiene la forma de un cuadrado, ésta, aproximadamente, ofrece la de un triángulo. Fue construida en el reinado de Enrique el Grande, que la llamó plaza de la Delfina; admiró a las gentes de entonces el tiempo escaso que precisaron sus edificios para cubrir todo el terreno inculto de la isla de la Gourdaine. Fue un dolor cruel la invasión de este terreno para los curiales, que iban allí a divertirse ruidosamente, y para los abogados, que meditaban en él sus alegatos: ¡un paseo tan verde y florido al salir de la infecta audiencia del palacio!

Apenas se edificaron esas tres hileras de casas erguidas sobre sus pórticos pesados llenos de almohadillas y surcados de frisos; apenas fueron revestidas de sus ladrillos y se les abrieron sus ventanas con balaustres y se las tocó con sus techumbres macizas, aquel pueblo de gentes curiales invadió toda la plaza, estableciéndose cada uno en ella según su categoría y sus medios, es decir, en razón inversa a la altura de los pisos. La plaza se convirtió en una especie de Corte de los Milagros de alto...


Leer / Descargar texto

42 págs. / 1 hora, 14 minutos / 58 visitas.
Publicado el 23 de febrero de 2018 por Edu Robsy.

12