El Antidescubrimiento de América

Arturo Robsy


Novela



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Índice

Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39

Capítulo 1

El «famoso» Edward Free se puso en pie y contempló a todos los reunidos en torno a la mesa de trabajo. De arriba abajo. Agitó sobre lu cabeza semitonante el guión y, lleno de desprecio, lo arrojó sobre el centro del tablero.

—Basura. —dijo.

Los presentes estaban de acuerdo. Precisamente por eso se habían puesto en contacto con Joseá, aquel editor de abordaje, y le habían ofrecido un buen pellizco de los beneficios.

Faltaba poco para el VI Centenario del Descubrimiento de América, que se iba a celebrar en Madrid, París, Londres Copenhague, Génova, Nueva York, Atlanta y Tel Aviv. Había que poner en marcha una serie televisiva que explicara el Magno Acontecimiento de un modo que pudiera aceptarse por Europa y por América.

La Comisión Europea para el Sexto Centenario contrató a Jean Lapin. Lapin encargó el guión a Thomas Spenser y Thomas había nombrado asesor al académico J.J. Torceau. El resultado de tantas horas de trabajo era lo que Edward acababa de arrojar sobre la mesa del Consejo Asesor. Todos sospechaban que los guionistas anteriores se entregaban al chisporroteo del anís:

—¡El Descubrimiento de América! —exclamó Free, escandalizado— ¿Es posible que ya no quede imaginación en este continente? Se trata de contar el viaje de Colón y no se les ocurre otra cosa que llamarlo «El Descubrimiento de América».

Los presentes asintieron. Joseá, el editor, dos veces. Por amistad. Todos habían leído el guión histórico y todos, por sus razones, estaban contra él. Así fue como decidieron ponerlo en manos de Edward Free.

Free había hecho tres series, de éxito arrollador, magnificando la Unidad Europea: Neanderthal, Atila y Gengis Kan. Además, era español. Hacía falta un español para desmitificar el 12 de Octubre de 1492 y darle una dimensión de empresa europea.

—Quinientos millones de euros. —pidió Joseá cuando le hicieron las primeras consultas. Free sería capaz de fabricar un éxito político y de público, pero eso costaría quinientos millones. ¿Qué eran para la Comisión del VI Centenario, que estaba construyendo «Ciudades del Descubrimiento» por valor de billones?

Cuando observó un leve titubeo, Joseá atacó a fondo, armado con su moral calvinista todoterreno. De editor de abordarje:

—Y el doce por ciento de los beneficios de la serie.

Edward Free, que estaba en la Muralla China localizando exteriores para su libro «Informe sobre la estupidez», recibió el guión primitivo, lo leyó, sufrió un colapso en la parte alta de la mente, regresó a Madrid y se reunió con los representantes de las fuerzas implicadas en la Superproducción.

—¡Basura! —les dijo— ¡El Descubrimiento de América! ¡Buf!

Fue un buen principio a juicio de todos. El representante de la Coca Cola consideraba que el término «descubrimiento» rebajaba a Estados Unidos: muy especialmente a Atlanta. El Gobernador de España, Sir Walter Twistle, con su Delegado Secretario, Jean Luc Bonnier, siempre adherido, temía que, presentado como gesta, despertara rescoldos nacionalistas muy poco europeos. El Delegado del Gobernador de Portugal exigía una referencia a los años que Colón estuvo al servicio de la monarquía lusa. El delegado del Gobernador de Italia urgía a una mayor presencia de exteriores genoveses y a que Colón se le llamara siempre Colombo. Todo lo más, Columbus. El Delegado del Estado Libre Asociado de Israel, se quejaba del tratamiento que se daba al hecho de ser Colón judío: no italiano. Judío, como la mayor parte de los genios de la humanidad, aunque los franceses dijeran lo contrario. Los demás aportaban otras antiguas disputas pero, en general, coincidían en una cosa: lo de «El Descubrimiento de América» no podía quedarse así.

—¡Naturalmente! —exclamó Edward Free— He leído el guión y he estudiado todas las objeciones que le hacen ustedes. Hubo varios descubrimientos, como todos sabemos. Por otro lado, Colón tuvo muchos orígenes. Posiblemente fue adoptado. A Portugal le arrebataron la empresa las intrigas españolas. La América descubierta por Colón, además, no sólo fue aniquilada sino que se convirtió en el lugar más miserable del mundo, mientras que la colonizada por Inglaterra es, hoy por hoy, una tierra pujante... que ha sabido ser patria de asilo para los judíos perseguidos por el fascismo internacional. España nunca debió descubrir América. Ni la pólvora.

Aquello resumía las más fuertes oposiciones al primitivo guión. Pero aún había más: ninguna mujer viajaba en las carabelas, según su desdichado autor, como si a Colón se le hubiera saltado un cromosoma y le faltara alegría de vivir. Ya sabía que nunca, hasta el siglo pasado, se permitieron mujeres a bordo porque los marineros se ponían en celo y se atizaban con los mangos de los obenques, aunque sospechaba que se hacían muchas trampas. No se puede fabricar una historia sin lindas señoritas: “nada es tan difícil como la nada”. Tampoco hubo ningún marinero que no fuera español. Y otros muchos detalles con los que no se podía hacer un buen argumento.

—El VI Centenario —dijo el Delegado—Secretario del Gobernador de España— es el momento de pedir perdón por los atropellos históricos.

Libre asintió: cuando se entregaba a su trabajo, sabía siempre de qué dirección soplaban los millones. La serie sería también un desagravio. Y un alegato contra la esclavitud y hasta contra la fiebre porcina que, junto con los frailes, diezmó las Antillas. Algo más también, algo secreto, implícito en el título que iba a proponer.

—Pero lo primero es el título. Que contenga la filosofía de la obra; que indique que Europa da marcha atrás.

La gente quedó en silencio, tratando de pensar cada cual con su equipo.

—El Anti—Descubrimiento de América. —dijo, suavemente, el escritor.

—¡Oh! —respondieron

—Contiene el descubrimiento y todo lo contrario. También América, en el desdichado siglo pasado, supo descubrir a Europa. Por un lado, Colón; por el otro Eisenhower con sus tanques, la General Motors, IBM y la Coca Cola. Un toma y daca. Ida y vuelta.

—¡Oh! —volvieron a decir los demás, tratando de hacerse cargo del reflujo de la historia.

—Una partícula. —alabó Joseá— Una sola partícula como «anti» y se transforma todo el mensaje. ¡Eres genial, Eduardo!

—Nosotros, los escritores, fabricamos la mejor realidad. Calidad ante todo.

—¿Y qué pasa con la expulsión de los judíos y con las cámaras de gas de los Reyes Católicos? —preguntó el representante del Estado Libre Asociado de Israel.

Edward también tenía respuesta:

—Cuando Mendizábal, se les extirparon casi todas las propiedades a los frailes y que te toquen la bolsa es más duro que una cámara de gas. Los hebreos fieles a Moisés, en cambio, salieron de España y se les abrió, un mundo nuevo y, desde él, regresaron a Israel. También un toma y daca con final feliz. Los Roosevelt, los Rockefeller, Rousseau, Robespierre... ¡Una epopeya!

—¿Y la cosa histórica? —preguntó Sir Walter.

Edward Free, con palabra más rápida que la vista, metió mano a la metafísica psicológica:

—La Historia es como un libro: cada vez que lo lees parece distinto; significa otra cosa según tu edad y tu formación. La historia y el arte son inestables, como los hombres, y aquí vamos a tratar de lo inestable: la historia que cambia es lo natural ahora que la cabeza está cayendo en el desuso. Fíjense en Galileo, tan reivindicado a principios de siglo: era un asno que confundió la forma con la materia: todo sigue girando en torno a nosotros, en torno a nuestra visión del mundo, o sea, en torno a nuestra conciencia. La realidad es la maquinación de nuestra cabeza.

—¡La cabeza, bah! —exclamó Sir Walter, con ese tradicional desprecio de las clases altas hacia la mente vagabunda. Tomó nota, sin embargo, para que Bonnier le explicara donde vivía el tal Galileo.

—Sólo tenemos que luchar contra un vicio del pueblo que ya conocemos: Gibbon dijo que el hombre tiene tendencia a exaltar el pasado y menospreciar el presente. Nos colimaba. Antes, J. Manrique ya había advertido como “a nuestro parescer”, cualquier tiempo pasado fue mejor. Ese vicio nos obliga a trabajar en el pasado para que el pueblo acepte que el pasado mejor no es el que se imagina.

—Pero sin tocar el maquinismo ¿verdad? —advirtió el Delegado de la Coca Cola mientras el de la General Motors asentía.

—Se trata de arrebatar a la gente la vieja idea de la historia de España, donde el maquinismo no funcionó hasta el siglo pasado, cuando ya no era necesario. Haremos realidad varias sospechas y, desde luego, acabaremos con lo de en Flandes se ha puesto el sol, con las ideas separatistas y hasta con los cervantistas, que siempre bullen y más ahora en que también nos acercamos al V Centenario de la edición de Don Quijote. Romperemos el criterio de esos menudos hijos del amor pequeño.

—¿Todo muy épico, no? —dijo el Delegado del Gobernador de Alemania—. ¿Dónde está Flandes?

—Haremos la Epopeya Europea. Contaremos como nuestro continente fecundó el nuevo y, a la vez, recibió la enseñanza de que los hombres tienen inalienable derecho a la libertad y a la búsqueda de la felicidad.

—Una epopeya. —musitó la concurrencia, admirada. Les vibraba el cociente de inteligencia.

Capítulo 2

Sir Walter Twistle, Ministro Gobernador de España, melancólico y apoltronado, miraba la tetera ya fría. Se le antojaba un objeto escapado de la nada y construido para la penumbra. Quizá Sir Walter se hacía mayor y transmigraba de social—conservador a ultraconservador, justo al borde de proclamar que cualquier mundo pasado fue mejor, como había oído a Edward Free con todo ese asunto volátil de la civilización. Contemplar la tetera hacía que se le ocurrieran rarezas, como “qué lejos están las estrellas” o si le sería posible atar al viento y huir de Madrid en un vuelo de águila conejera.

Desde su sillón de todo estar veía, en este orden, la tetera fría, imagen de la tristeza; la bandeja donde yacían aún tres pastas y unas migas y al Delegado—Secretario Bonnier, tan eficiente como falto de imaginación. Sir Walter dudaba que Bonnier pudiera sintonizar con la sensación de finitud valiéndose de una tetera abandonada. Menos aún podría presentir que el universo corría como un pollo descabezado, sin rumbo. De centenario en centenario. Puro espasmo de la muerte ciega. Nada como un Gobernador europeo para entender de espasmos.

—Bonnier, dígame ¿Qué son “cervantistas”?

El uso de Bonnier le dispensaba del de las enciclopedias o de la presencia corpulenta del comisario Gröss, del Cuerpo de Psicópatas del Estado. El policía de Munich, reciclado en Hamburgo, más partidario de la porra que de la indefensa neurona.

El Delegado respingó, tomado por sorpresa. Había invertido el silencio de Sir Walter en una profunda meditación sobre el te y su mente se había mostrado partidaria continental del café, siempre que no se lo mezclara con grano africano. Comprendía que Sir Walter había recordado, como en sueños, la palabra que pronunció Free en la reunión sobre el descubrimiento de América y la lectura actualizada de los libros:

—Cervantistas son intelectuales y selectos, invertidos en la admiración sacra del Talento de Cervantes. De Don Miguel de Cervantes Saavedra.

—¿Vive en Madrid? Últimamente nadie vivía en Madrid.

Jean Luc Bonnier meditó. Sabía las debilidades del cerebro del Gobernador y su casi absoluta ausencia de curiosidad por la provincia española, pero era un tipo orgulloso al que no se debía menospreciar como intelectual

—Vivía aquí, Sir Walter. Ha muerto ya. Hace algún tiempo.

—Y esos cervantistas…

—Sí, señor. Le admiran.

—Los españoles con sus muertos. Siempre dispuestos a perder el tiempo.

—Lo problemático, Sir Walter, es que no son españoles solamente. Forman como una internacional admirativa. Los hay alemanes, franceses, italianos, algún inglés y muchos, muchísimos norteamericanos. Como un virus multinacional. Creo que hasta hay chinos e israelíes.

—Córcholis. —dijo el Gobernador, como para sí. Aquello parecía un germen político. Los distinguía bien tras años de trato.

—Lo peor de lo peor, Sir Walter. Gente culta y refinada, de importancia, bien colocada en universidades y en museos. Casi todos con bastantes libros publicados. Influyentes. No hacen más que emitir comunicados en que califican a Cervantes como el mejor escritor del mundo y el creador de la novela moderna.

—Pero todos sabemos que el mejor escritor fue Shakespeare. Al menos «entre el cielo y la tierra.» El cisne del Avon, ¿no?, aunque nunca he acertado a adivinar eso de cisne. Los cisnes graznan, Bonnier. Puede darlo por seguro.

—Hay algo más: Cervantes y Shakespeare murieron el mismo día, del mismo mes, del mismo año. Justo en el día del libro.

—Córcholis. —volvió a decirse el Gobernador. Alguien debió informarle a su tiempo. Ahora ya comprendía aquel ir y venir de artículos y de cervantistas y la agitación de los últimos tiempos. Aquella internacional, por motivos desconocidos aún, se había puesto en marcha, seguramente empujada y manipulada por los demoniacos hispanolatinoamericanos. Los manitos, los pelaos y los cuates no tenían otra idea que fraccionar la Unión Europea.

—Dentro de poco también se conmemorará el Quinto Centenario de la primera edición de “El Ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha”. Eso es lo que hace que rebullan.

—¿Don Quixote no era un loco real?

—No parece. Pero Cervantes le dio gran fuerza. Dicen que supo apuntar todos los detalles de un paranoico avanzado. Un viejales como un chivo que por todas partes veía gigantes o al mago Merlín o a un caballo volador.

—Ya me acuerdo, ya. Los arrieros de la época no hacían otra cosa que arrearle, ¿verdad?

—Mientras el clero le quemaba libros.

—Ah, la Inquisición. —suspiró Sir Walter, quizá echándola de menos. Si él, por ejemplo, pudiera quemar lo cervantista, a lo mejor la Unión tendría un problema menos. Dijera lo que dijera la Carta Magna que se mostraba oscura al respecto, es una locura dar ventajas a quien se obstina en destruirte. A ti y al American & European way of life.

—¿Qué sabemos de Cervantes?

Bonnier se introdujo, ordenadamente, en su cargo de Delegado Secretario:

—Era hijo de un barbero cirujano.

—O barbero o cirujano. Un sturgeon no es un barber.

—Ahora no. Pero en tiempos fueron Barbero—Cirujano—Sacamuelas. Hacían sangrías y ponían sanguijuelas en el ano.

Sir Walter se rió flojito e hizo una maldad dialéctica. Aliviaría la contemplación del abismo del tiempo:

—¿Quién se dejaría, hoy, cortar el pelo por un cirujano?

El Ministro Gobernador confiaba en su sarcasmo y se miraba con buenos ojos. Además, los pueblos son para insuflarles algo y estaba seguro de que no se les debía insuflar lo cervantino.

—¿Sólo sabemos eso?

—Mucho más: Sabemos que no sabemos si nació en Alcalá de Henares, pero sabemos que no se educó en la Universidad Complutense. Sabemos que no era poeta aunque hacía versos. Hasta versos cojos. Inteligentes, pero cojos.

Bonnier cerró los ojos. Como los separatistas, todos cervantistas, andaban aumentando el ruido de fondo, previó a su hora que Sir Walter acabaría preguntando por Cervantes Saavedra y memorizó cosas con las que asombrar:

«Soy Rocinante el famo—,

Biznieto del gran Babie—;

Por pecados de flaque—

Fui a poder de un Quijo—, »

—Esto es un embrollo, Bonnier. ¿Seguro que hablamos del mismo Cervantes y que hay locos que le tienen por el mejor escritor de la historia?

—Él mismo se reía de su ingenio. —insistió Bonnier, que se había aprendido algo más.— Esto es de un soneto donde dialogan Babieca y Rocinante.

—¿Quiénes son ésos?

—Dos caballos, sir Walter.

—¿Y ese Cervantes creía que los caballos hablaban?

—Y en verso. —Bonnier se había jurado soltar la memoria y la soltaría:

B ¿Cómo estáis, Rocinante, tan delgado?

R Porque nunca se come, y se trabaja

B Pues ¿qué es de la cebada y de la paja?

R No me deja mi amo ni un bocado.

—¿Qué es todo eso de «B» y de «R»? ¿Y quién es el amo de ese caballo? No es natural que un amo coma cebada y paja. —interrumpió Sir Walter Twistle.

— “B” es Babieca. “R” es Rocinante. Los caballos parlantes. Babieca es famoso desde los años Mil: el corcel de batalla de El Cid Campeador.

—¿El qué campeador? —El Gobernador se preguntaba, a diario, cómo se le ocurrió aceptar el cargo en la provincia de España, tierra llena de misterios.

—El Cid. Viene de «sidi», que en moro significaba señor. El Cid fue un gran héroe de la Reconquista. Dicen que cortaba a los moros en dos. A lo ancho. A lo largo, no.

—Es un mito, claro.

—Unos dicen que no y otros que sí. Cosas de las edades oscuras. Pero hay un poema medieval que cuenta eso, lo del moro cortado a lo ancho: la mitad al suelo y la otra en caballo.

—Estos españoles y su fantasía. No sé cuándo alguien me dijo que habían matado al Príncipe Negro, que vino a enredarse en una guerra doméstica. Mitos por todas partes.

—Se lo conté yo, Sir Walter. Creo que con ello pretendía ilustrar el carácter egocéntrico de los españoles. Quieren ser los mejores. También dicen que mataron a Roldán, el Par de Francia y el más querido por Carlomagno. Y a Nelson.

Sir Walter, que algo sabía del caso Nelson, al que los españoles habían despiezado hasta cargárselo definitivamente en Trafalgar, volvió al asunto principal:

—¿Y Rocinante también era un caballo famoso?

—Entonces, aún no, pero ahora todos los separatistas saben que era el caballo cómico de Don Quijote. Por eso habla y acusa a su amo de comérsele la cebada y la paja. A veces da qué pensar que, al principio de la obra, Cervantes decida burlarse de sus personajes. A no ser…

—¿A no ser qué?

—Que Don Quijote sea la caricatura de alguien conocido entonces y estuviera usando la burla como acicate para el lector.

Sir Walter se preguntó quién sería tan bruto, aunque fuera el Siglo XVI, como para andar comiendo grano y paja y dejando sin combustible a los inocentes caballos. Una voz interior le propuso: “El Estado” y el Gobernador dejó de hacerse preguntas capaces de ser respondidas por su fueron interno.

Bonnier, en cambio, aguardaba para soltar un par de versos que se le habían quedado en la garganta y que manifestaban la pobre idea que Cervantes tenía de la Filosofía y, por ende, de Aristóteles. Creyó llegado el momento:

—«B Metafísico estáis.

—R Es que no como.»

—O sea, un pueblo hambriento es un pueblo metafísico.

—¿Está metafísico? ¿Ha ido ya al médico?

El buen secretario lo dejó correr. No conviene decir a los superiores que hay diferencias entre tísico y metafísico, por ejemplo.

—Basta de caballos por hoy, Bonnier. Me ha dicho que Cervantes era hijo de un barbero, que no estudió en la universidad, que hacía versos con muletas y que era un sarcástico. ¿Hay algo más que deba saber?

—Que pasó a Italia. Los españoles decían “pasar” para significar que viajaban. Pasaban a América, por ejemplo. Quevedo dice que “los godos pasaron la Esfera”. Cervantes pasó a Italia, porque entonces España la tenía casi ocupada del todo.

—¿Conozco a ese Quevedo?

—Es improbable. Fue coetáneo de Cervantes. Más joven, pero coetáneo. Eso sí: todavía cuentan chistes de él. Los separatistas. Además —añadió Bonnier, rebelde por un segundo— no le hubiera gustado, Sir Walter. Escribió este endecasílabo: «escucho con los ojos a los muertos.»

El Gobernador se impresionó. Bastaba con mirar, desde Madrid, para dar con la gente más extravagante. Hasta los aborígenes solían decir «de Madrid al cielo». Si no le habían engañado sus traductores, aquello significaba considerar la ciudad como el camino de la muerte. Qué gente.

—Españoles. —dijo, muy breve. ¿Qué europeo normal podría confiar en ellos, capaces de escuchar con los ojos y, cómo saberlo, quizá hábiles en ver por las narices.

—¿En calidad de qué pasó Cervantes a Italia? Hasta ahora es un genio reducido.

—Como camarero del Cardenal Acuaviva.

Sir Walter respingó. Un camarero, bien lo sabía, era un barman. Ya veía al origen de los cervantistas, sirviendo combinaciones al cardenal y entrambos cantando versos goliardos y tirando el capelo al aire. Era casi soez imaginar aquello.

—Había olvidado que aquellos tipos eran «popist». Siervos del «Pope»

—Parece que “camarero” significaba entonces ayuda de cámara, señor Gobernador. Pero, en cualquier caso, duró poco. Se alistó en los Tercios.

—Ah: Rocroi. Allí aprendería lo que es la vida.

—Algo antes, sir. Se hizo soldado de la compañía del Capitán Diego de Urbina, que pertenecía al Tercio de Infantería de don Miguel de Moncada, con los contingentes que mandaba Marco Antonio Colonna. Apenas dos años después, luchó en la Batalla de Lepanto, embarcado en la galera Marquesa, en el flanco izquierdo de la flota cristiana. Le dieron un arcabuzazo que le dejó seco el brazo izquierdo.

—Así terminan las batallas para los fanáticos. Pero es más preocupante comprobar que los cervantistas admiran a los que atacaron a los turcos: Turquía es Europa y, sin duda, aceptará mal cualquier propaganda que hable de aquella derrota. ¿Qué hizo después de que se le quedara seco el brazo?

—Se curó en el hospital militar de Mesina y, apenas un año después, entró en el Tercio de don Lope de Figueroa por un sueldo de tres escudos de ventaja.

—¿No lo habían escarmentado en Lepanto?

—Quizá, pero no lo dejó escrito. El caso es que con el Tercio de don Lope combatió en Corfú, Navarino, Modón y fue de los que entraron victoriosos en Túnez.

—No será verdad. No lo explican en Oxford y, si no lo hacen, tendrán sus motivos. Aquellos tipos no podían ser tan belicosos.

—Pues no había terminado Cervantes. Dice la leyenda —Bonnier se aseguraba de no presentar más historias como hechos probados— que, a las órdenes del duque de Sessa, combatió en Génova, Sicilia, Nápoles y Palermo. Luego, licenciado para volver a España, embarcó en la galera Sol y, nada más salir de Marsella, fueron atacados por el pirata Arnaute Mamí, y don Miguel fue a parar a las negras manos de Dali Mamí, alias «El Cojo». En los cinco años que estuvo de esclavo en Argel organizó varias fugas con otros, pero le salían mal y le daban tantos palos que, según dicen, «a punto estuvo de quitarse la pelleja».

—Camarero de cardenal, soldado de Infantería de Marina, herido en combate, tozudo luchador y prisionero de guerra que, de acuerdo con la Convención de Ginebra, intenta escaparse una y otra vez. Un self made man. —meditó Sir Walter Twistle— Bonnier: ya no hay duda de que los cervantistas son un movimiento subversivo; una especie de sueño continuo en el Imperio Católico.

—No sé, no sé. Quizá lo mejor, o sea, lo peor, viene después. O, como dicen aquí, “a la vejez, viruelas” que suele ser una versión de aquello de “cuanto más viejo, más burro”.

—¿No se sentó a escribir el Quijote, dejando vagar la vista por el dorado ocaso de Madrid? Los veteranos de guerra hacen cosas así o se meten a laboristas. Según.

—En España Cervantes no paró de entrar y salir de la cárcel.

—Cielos, un presidiario.

Sir Walter se abismó brevemente, con prisa, en la tetera fría.: imagen desolada de otro universo. En las pastas del te, también: habían perdido su halo de tentación universal. Su colorido.

—Esto no marcha. —dijo al fin.— Toda la vida en la administración te da visión infrarroja y algún rayo X. Profundo. Sé que detrás de los cervantistas se agazapa Hispanolatinoamérica. Recuérdelo para lo futuro, Bonnier.

De consuno lo recordaron ambos. Deseaban un mañana lleno de quietud y de langostas Termidor. Los bien pensantes van siempre con retraso. Lo que era revolucionario ayer es hoy la moral dominante. Y lo que es revolucionario hoy mañana será estabilidad. Lo sabían los dos y no les gustaba.

—¿Ha pensado usted, Bonnier, que sólo hay una verdadera fuerza? Ya se la digo: la cadencia. Cadencia de fuego y, en lo político, la cadencia informativa.

Pensó algo más, como sin esfuerzo:

—Tráigame a un experto en separatistas cervantistas. Un poco loco a ser posible.

—Conozco a uno que es quijotesco. De atar.

Capítulo 3

Sobre la cama, la mujer estaba desnuda. No exactamente como vino al mundo porque, a decir de los manuales de arte, el tiempo también pinta y, en el caso de ella, se había esmerado. Era verano y estaba sola en la habitación del hotel, de manera que el pudor y otros convencionalismos no tenían nada que decir. Ni ganas de hacerlo porque los convencionalismos también son sensibles a la belleza.

El sol, fiel a sus viriles hábitos madrugadores, acababa de afeitarse con espuma de nubes después de remojarse la cara en la mar y atisbaba por entre las últimas brumas del alba. Gracias a esa sólida costumbre de madrugar, el sol disfrutaba a veces de visiones tan encantadoras como la de la joven dormida que sonreía, como una niña, hacia el último de sus sueños de madrugada.

El mundo, como hace siempre al alba, se había detenido un momento, tomándose un par de minutos de descanso. Los últimos trasnochadores de la jornada vencidos definitivamente por el «gin tonic», cedieron el campo a un silencio plácido, interrumpido, aquí y allá, por los sugestivos ronquidos del conserje de noche.

Con sólo haber puesto unos cuantos cocoteros en el pasillo, aquel hubiera sido un paisaje paradisíaco, donde no faltaría ni la cacatúa si se contaba con la huésped de la habitación 320.

Pero la Naturaleza es acción y estos momentos de intensa comunión con el universo son siempre el preámbulo del retorno a la agitación de la vida en libertad, así que la puerta de la habitación de la dama se abrió violentamente mientras sus goznes expresaban ruidosa sorpresa.

La joven mujer, vestida sólo de sueños, saltó sobre la cama, separándose unos buenos veinte centímetros de la superficie.

—¿Qué sucede? —gritó, acumulando una importante cantidad de sábanas en torno a sus puntos débiles.

—¿Ha entrado aquí un hombre?

—Dos. —respondió ella, señalándolos. Pongamos que la inocencia de su cara había cedido el paso a una mirada de estilete.— ¿Qué hacen ustedes aquí?

—Buscamos a un hombre. —dijeron, con un fuerte acento español. Diógenes también lo buscaba, pero jamás echó abajo la puerta de una habitación de hotel de cinco estrellas.

Los desconocidos, dotados de extraordinaria fuerza de voluntad, miraban hacia los rincones en vez de a la chica, lo cual indicaba la urgencia de su búsqueda. Uno salió a la terraza por la puerta entreabierta.

—No. —dijo en español.

—Habrá seguido saltando de terraza en terraza.

—¿Me quieren explicar lo que pasa? —Era moderna como cualquiera, pero una mujer en su dormitorio es tan peligrosa como un Presidente de Consejo de Administración en su sillón de la sala de juntas. Para demostrarlo, alargaba el desnudo brazo hacia el teléfono.

Uno de los hombres enseñó, de lejos, un carné magnético. Cuando un documento es magnético, pocos seres humanos dudan de su autenticidad.

—Un peligroso delincuente anda suelto.

—¡Oh! —dijo la chica, frenando el avance de su encantador brazo.

—Ha robado joyas en una habitación de esta misma planta.

Parecía mentira pero, en el Tercer Milenio, le estaban contando la historia de Arsenio Lupin o la de Raffles, a escoger. Un argumento tan tópico siempre es convincente.

La joven mujer saltó de la cama y abrió un neceser de legítimo cuero, autentic leather. Las sábanas, por reflejo condicionado, la acompañaron en su corto viaje, pero en aquel momento no ocupaban su mente:

—¡Menos mal! —dijo, después de concentrarse en las aterciopeladas profundidades del neceser. No era por el dinero, sino porque una mujer que pierde sus joyas enferma con toda seguridad. Asunto de metabolismo.

—Le cogeremos. —dijo uno de los visitantes.

—¡Vaya! —corroboró el otro.

—Cierren la puerta lo mejor que puedan. —les interrumpió la joven.— Y la próxima vez, prueben a coger al ladrón en el hall. Seguro que, allí, los botones les prestarán auxilio.

Ya a solas, la muchacha volvió a la cama. Miró el reloj y, fastidiada por la hora, le dedicó una frase hiriente. Noventa y nueve de cada cien personas despertadas de una forma tan contundente experimentan dificultades para volver a conciliar el sueño: prendió un cigarrillo y se puso a leer el aviso de la Dirección General de Salud Pública Europea «el uso del tabaco es una contribución a la Hacienda del Estado. De la vida por Europa». No podría decirse de la falta de sueño.

—¿Se han ido ya? —dijo entonces una voz humilde, que salía, temblorosa, de bajo la tierra.

La muchacha saltó sobre el colchón de nuevo. Estaba teniendo una mañana parecida a una clase de gimnasia sueca.

—¿Quién está ahí? —miraba, alternativamente, hacia la puerta del baño y hacia la de la terraza, pero no veía almas: las almas no acostumbran a hacerse visibles más que en momentos extremos. Por ejemplo, cuando se desprenden.

Y, cuando las almas no están ni en el baño ni en la terraza, un sexto sentido advierte a la interesada de que se hallan, a buen seguro, bajo la cama.

—¡Salga usted de ahí! —ordenó, alargando la mano hacia el teléfono.

—No puedo. —respondió la voz, más humilde que nunca.

Los ladrones de joyas, vestidos de fraque, con o sin antifaz y chistera, suelen salir, muy cínicos y dicharacheros, abrir una pitillera de plata y decir cosas ingeniosas. Rara vez su orgullo les permite balar por debajo de las camas. La mujer, una vez más, detuvo su hermoso brazo camino del teléfono.

—¿Le remuerde la conciencia?

—No. —dijo la voz, muy lacónica.

—Ajá: no tiene. ¿Cómo le va a remorder?

—No soy un ladrón.

—¿Se ha extraviado dando una vuelta por los pasillos? —en cualquier caso, una mujer no es capaz de temer a los hombres que se niegan a salir de debajo de la cama.

—Es que estoy desnudo. —dijo la voz, entregándose.

—También yo.

—Ya lo sé. —respondieron desde las profundidades.— Pero le juro que entré aquí tan de prisa que no tuve tiempo de fijarme en nada.

—Gracias. Supongo que es usted un caballero.

—No. Soy un escritor. —dijo la voz, desmintiendo la sospecha.— Empezaron a derribar mi puerta y eché a correr de terraza en terraza. Una condenada carrera de vallas.

Amanecer con dos policías que tumban la puerta y con un escritor desnudo debajo de la cama es algo que ejerce un fatal influjo sobre el alma femenina. Ella se alargó boca abajo y echó un vistazo: era un hombre sin afeitar y la parte visible estaba, en efecto, desnuda.

—¿No lleva armas ni joyas?

—Buenos días. —dijo él, cortés.— ¿Le importaría seguir arriba? Sin pantalones, uno no dispone de excesiva presencia de ánimo.

—¿Saldrá si le doy una sábana?

Sobrevino un silencio que ambos invirtieron en envolverse con arreglo a su mejor arte y, por fin, muy despacio, un hombre reptante se hizo visible.

—Gracias. —dijo, una vez que se puso en pie. Aprovechó para mirar en detalle a su huésped forzosa y decidió que valía la pena volver a dar las gracias, esta vez por la emoción estética.— Gracias.

—¿Un cigarrillo?

—Gracias. —repitió. En esta ocasión por el pitillo. Un hombre en sábana suele ansiar fumar y vengarse de sus límpidos pulmones.

—¿Es usted escritor de verdad? —dijo ella, iniciando un clásico paripé, pues le reconocía.

—El famoso Edward Free. —respondió, ya con su aplomo habitual. El hombre, estimulado por la sábana a la romana, se crecía a ojos vistas y parecía haber encontrado algún depósito secreto de talento:

—Estaba durmiendo, más o menos como usted, cuando empujaron la puerta. Como decía Salustio, busqué la salvación en la huida. Guerra de Yugurta.

Ella tiró hacia arriba de la tela. Llevaba bañadores mil veces más escotados, cuando los llevaba, pero reconocía el erotismo innato de las sábanas.

—¿Y por qué iban por usted?

—¿Ah? —respondió él, intrigado.— He empezado un trabajo, pero aún no está a la venta, así que no pueden ser espectadores soliviantados.

—¿Cómo se llama?

—Edward Free. Creo haberlo mencionando.

—No usted sino el trabajo del «famoso» Edward Free.

—El Antidescubrimiento de América. Un gran esfuerzo de investigación sobre el alma humana.

La mocita le observaba con esa intimidad que suele provocar el uso de las sábanas. Había sido contratada para intervenir en el trabajo de Edward y le interesaba. Nunca había conocido a un escritor de verdad: siempre creyó que eran una invención de los editores.

—¿Cómo se deletrea Shakespeare? —preguntó, haciendo la prueba de fuego.

—Stratford Upon Avon. —respondió Edward.— Y ahora que la he convencido con mi agudeza, tengo que pedirle un favor.

Ella enarcó la cejas: favores de madrugada, no.

—¿Quiere vestirse? —rogó él.

Aquello podía tomarse tanto por un piropo como por un desprecio. Ya había oído ella que Edward tenía una especie de alma bífida y se enfangaba en la confusión en cuanto se le daba una oportunidad. El «famoso» Edward Free debió notar cierta decepción, porque se apresuró en añadir:

—Es que le agradecería que fuera a mi habitación, que es la de al lado, y me trajera algo de ropa. Soy hombre osado que no teme más que a ser sorprendido por los pasillos envuelto en una sábana.

—¿Y luego me explicará por qué le perseguían?

—Eso y hasta lo más desconocido del confuso carácter de Colón.

—Ahora que está vestida —dijo él, poco después— veo más porción de usted. Es una paradoja de la vida moderna y, quizá, de estos tirantitos rosa.

Capítulo 4

—Ahora que está usted vestido —dijo ella más tarde—, mejora, porque le veo bastante menos. Supongo que estamos ante otra paradoja de la belleza masculina.

Había penetrado en la habitación de Edward con cautela. La puerta no estaba rota, pero sí abierta, con la cerradura desencajada. La cama mostraba huellas, como si alguien se hubiera echado a volar desde ella, ansioso por cambiar de aires. A la derecha, una maleta había caído de su soporte de madera y su contenido aparecía cuidadosamente desparramado.

De aquel montón, con tesón, la mujer extrajo algunas prendas. ¿Llevaría calzoncillos su huésped o era, como ella, de los que practicaban el nudismo en la intimidad, buscando la ruina al gremio de fabricantes de pijamas?

También había un libro, revuelto entre el género textil: «La gente del Buen Hambre». En la solapa, la foto de su huésped, pero sin sábana. Estaba claro que, al posar, Edward había procurado poner una cara terriblemente inteligente, aunque sin impedir la avidez del gato que contempla una sardina.

La chica había oído que los escritores consistían en ochenta o cien kilos de vanidad aferrados a una pluma, y aquella foto la reafirmaba en sus sospechas. ¿Por qué los hombres creerían que una cara feroz expresaba inteligencia? Claro que los hombres rara vez estaban bien hechos. Algo en el termostato.

—¿Qué podían buscar en su habitación, Edward?

—Las joyas, no. Siempre dejo el collar y los pendientes en la caja del hotel. —el hombre reparó en el libro que llevaba en la mano la muchacha.— ¿Cómo se llama usted, inteligente señorita?

Se llamaba Sandra Duke y el libro lo había agarrado de su habitación.

—Sandra. —E. Free paladeó el nombre para identificar el aroma.— Cosecha del 67 o del 68. En aquella época descendieron sobre las europeas gran cantidad de nombres tomados del siglo pasado.

— Del sesenta y siete. —confirmó Sandra.

—¿Has leído ya el libro?

—Si lo acabo de recoger.

—Mis mejores críticos dijeron: «se puede leer rápidamente y, así, descansar antes». ¿Cómo iba a saber que no habías aplicado el consejo?

—Sólo he mirado la estampa.

—Ya. Yo encarnado de inteligente. Con esa mirada rompía avellanas a veinte pasos, pero seguía poniéndole acento a «antiguo». —meditó:— En la i; no en la u.

Si hubiera habido árboles en las cercanías, en aquellos momentos los pájaros hubieran estado saludando al día desde sus ramas y advirtiendo a los demás mortales que era el momento de ponerse a trabajar.

—¿Qué piensas hacer?

Bien claro está que el hombre prudente, cuando unos desconocidos fuerzan su puerta y le persiguen, debe cambiar de hotel después de echar una mirada altanera al tipo de recepción. Pero Edward Free no era prudente, como demostraba el hecho de escribir libros y programas en lugar de fabricar quesos, zapatos y otras cosas útiles.

—Volver a mi cuarto. Si no regreso —añadió, pulsando la nota trágica—, que alguien sepa que lego mi ordenador al Presidente de la Academia Europea, para que estudien su cerebro. El del ordenador.

Podía burlarse para demostrar a la mujer que era un hombre impávido pero, desde que huyó desnudo por la terraza, no había dejado de analizar la situación: era incapaz de comprender qué había provocado aquel ataque.

—Lo más probable es que esa gente me confundiera con otro. Seguramente se han escapado de una película y vagan por el mundo forzando puertas y ahuyentando a buenos escritores.

Sandra, cosecha del 67, no creía razonable la explicación, pero tampoco tenía otra mejor que lanzar al mercado. Una joven nunca cree que el mundo sea tan confuso como lo es en realidad: imagina que hay lógica en las cosas, a despecho de los anuncios que oye todos los días.

—¿Nos veremos?

Free dejó, por un momento, su apariencia de intelectual privilegiado con un cerebro de grandes proporciones. Bajó de la prosopopeya y cogió las manos de la muchacha:

—Muchas gracias. Me afeito; cojo unos papeles, llamados billetes en tiempos mejores, y seré tu guía en la vida. De paso, podemos agarrar una botella vacía, o arrancar la pata de una silla, y tirársela al conserje al pasar. Los clientes de hotel hemos de defender nuestros privilegios.

La primera parte del proyecto resultó un éxito. Edward Free llegó a su habitación, contempló el desbarajuste; halló intacta su cartera y, también, el tubo de pasta de afeitar. Tampoco la brocha y la maquinilla habían sufrido los rigores de la fortuna.

Se disponía a decirse que Madrid estaba lleno de locos y de quimeras, ambas categorías desquiciadas por la despoblación, cuando creyó oír el gemido de uno de los maltratados goznes de la puerta. «¡Ah! —se dijo en lugar de lo previsto— Tantos años leyendo novelas policiacas y no recordé que el criminal vuelve siempre al lugar de crimen».

Quien no ha visto a un escritor desaparecer bajo una cama, no tiene idea de lo que es un relámpago. En cualquier caso, cuando los dos visitantes llegaron al dormitorio, aquel lugar estaba despoblado.

—Ya te dije que ese tipo no era tan tonto como para regresar aquí. —comentó uno de ellos, expresándose en español.

El «tipo» al que aludían se removió en la oscuridad, reprimiendo un comentario sarcástico. El no era «tan tonto», sino un cliente de hotel que había creído en ciertos folletos que corren por las agencias de viaje.

El otro elemento rebuscó con el pie entre los objetos desparramados.

—Si antes no estaba, no creo que esté ahora. —le desanimó el segundo.

—El de la editorial dijo que tenía el guión.

«Ajá: el editor» —pensó Edward silenciosamente. Conocía precisamente a un editor capaz de vender a su madre: el suyo.

Uno de aquellos hombres curiosos abría cajones al azar. Cuando los cajones no colmaban sus esperanzas, la emprendía con los armarios.

—Dijo que lo tenía.

—Tú le viste salir: no llevaba encima ni los calcetines.

Era una verdad incuestionable: ambos recordaban a aquella especie de gusano de luz brincando y dándose a la fuga.

—Voy a mirar debajo de la cama. —afirmó el curioso.

—¿No te da vergüenza? Además, ya miramos antes.

Edward Free buscó un arma, pero la dirección de aquel hotel no había previsto previsto ciertas emergencias: sólo incluía una arañita contemplando al escritor con sus nueve ojos; los nueve con un brillo maligno.

—¿Y en la cisterna del water?

Cierto. Es sabido que muchos imbéciles esconden cosas en las cisternas de los wáteres. Bien envueltas en plástico.

Los visitantes entraron en el lavabo y de nuevo es forzoso decir que sólo hay algo más rápido que un escritor metiéndose bajo una cama: un escritor saliendo de ella y ganando la terraza como un rayo de luz cegadora. Edward Free no tenía prejuicios contra el combate cuerpo a cuerpo si lo podía ganar. En los demás casos, prefería la estrategia.

Además, conocía el camino de antiguo. Brincar los tabiques de separación de las terrazas no tenía secretos para él y era un maestro filtrándose como una brisa en las habitaciones vecinas.

Sandra debía ser de una extraordinaria pasta, pues tampoco esta vez manifestó sorpresa. Alguien, la Madre Naturaleza quizá, había incluido en el equipo de su cabeza una penetrante intuición:

—Debes haberles dejado a un par de leguas. —dijo.— ¿Te acechaban en la oscuridad?

Edward Free le contó el episodio, usando los principales recursos de su oficio de escritor. Hizo un magnífico apunte de caracteres: el sarcástico y el curioso. Filosofó sobre el desconocido hecho de que los bandidos sienten vergüenza de imitar a los malos de las películas y, por fin, tuvo un largo y brillante período dedicado a demostrar el parentesco entre las hienas y los editores.

—«El de la editorial dijo que lo tenía él». Esas fueron las palabras del curioso. —especificó— Y da la casualidad de que yo conozco a un editor: un ser despreciable que lleva melena del siglo pasado y que se permite el lujo de fumar en pipa.

En opinión de Edward, tales seres sólo eran posibles en este decadente final del Siglo XXI. Griegos y romanos, al unísono, hubieran despeñado al canalla por el Taigeto o por la Roca Tarpeya, pero en esta época la omnicilina mantenía vivos a entes que sólo merecían morir o caer en manos de los seguros de enfermedad.

—¿Has oído hablar de la editorial White Blackbird?

—Sí.

—Pues yo soy el mirlo en cuestión.

Capítulo 5

Gracia del Pozo era el rector de Trapisonda, en parte negocio del editor Joseá, y trabajaba como un castor para restablecer la verdad histórica, valiéndose de la psicología de la Gestalt, de los análisis estocásticos y de la fisiognomonía. Se imaginaba estar haciendo una revolución y era feliz pese al sueldo, creyendo que la Historia es la maestra de la vida. No la televisión.

Había demostrado más de una vez que tenía el soplo del flatus vocis y, como si nada, era capaz de decir en clase cosas, con la osadía de Cervantes, como «La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de vuestra fermosura.», trabacerebros que atrapaba y esterilizaba los del alumnado de Trapisonda.

No fue tan osado cuando recibió recado de Jean Luc Bonnier: el Gobernador de España, Sir Walter Twistle, le convocaba para informarse de un asunto grave.

—Sé por qué. Asesorar al inútil de Twistle sobre si los españolistas son un movimiento subversivo y aprovechar el empuje para que todo Occidente, hasta Vladivostok, sepa de los problemas de descubrir América a gusto de todos..

—La idea no es mala. La cultura española es una gran disolvente de la estupidez, amigo mío. —le dijo Jean Luc Bonnier. ¿Es usted cervantista? Porque Sir Walter sospecha que uno y lo mismo son cervantismo y separatismo.

Introducido en el Santo de los Santos se encontró con el Ministro Gobernador Twistle, con la tetera de meditar y con el propio Edward Free, que también estaba convocado para asesorarse.

—Estamos preparando una obra magna sobre el Descubrimiento de América —dijo el Gobernador— y hay quien piensa que Colón era amigo de Cervantes o Cervantes seguidor de Colón. Se trata de contrastar pareceres para que el señor Free pueda crear a su gusto.

—¿Hay otro modo? Ninguna obra puede crearse sin un contraste de pareceres. Sin contraste, ya ve usted lo que le hacía Lope de Vega a Cervantes. Lo que le llamaba.

—Dos conceptos distintos de España: Lope resaltaba la plenitud y Cervantes anticipaba la decadencia. —advirtió Edward Free—. Cosas así son las que necesito saber. Usted debe llevar siglos pensando en asuntos de esos y yo no puedo ponerme al día tan de prisa. ¿No querrá que me salga un Colón engañoso y perjudicial para España, un simple loco que acometía carabelas y que no percibía la realidad?

—No entiendo muy bien qué puede tener que ver el Quijote con Colón. —dijo Gracia del Pozo.— Quizá la persecución de los sueños. Uno los alcanza y le resultan muy dolorosos y el otro muere cuando sale de su espejismo.

—Don Quijote es el realista y Sancho el iluso. —siguió ante el silencio distraído de Sir Walter—. Sancho cree en la solidez de la realidad banal, del rucio, del aspa, de lo que las aventuras le dejan ver. Don Quijote ve otra cosa: un mundo no ideal sino lleno de trampas. No está loco: la experiencia le hace suspicaz y conoce que las formas que se dejan ver son engaños. Lo que hay en el espejo parece real, pero la imagen está cambiada: lo cierto está detrás de él. Don Quijote se opone a la organización burocrática del mundo; al mundo fácil para consumo del Homo Domesticus y, como en toda decadencia, sabe que la cosa que hoy parece blanca, en minutos puede trastocarse en negra: el Encantador Frestón es también una sospecha sobre la verdad. Sancho cree en las cosas y el Quijote en lo invisible, en la información restringida, en la enemiga contra quienes mantienen ideas claras: o sea, en la conspiración contra los libres.

—Ah, europeo Felipe: esa visión del Quijote ahorrará muchos esfuerzos. No a mí sino al pueblo que quiere entender al Ingenioso Gentleman. Quizá convenga poner una bacía a Colón: es difícil mediando quinientos años entre él y nosotros. La buena gente se ríe —quizá por compromiso— del acometer a los gigantes, de los pellejos de vino y de aquella Maritornes, por la que pregunta el ventero a noche cerrada: ¿Adónde estás, pues?

El europeo Felipe Gracia del Pozo había sido cargado y disparado. Ovidaba a Colón. Si Don Quijote vivía en un mundo de sueños y era realista, Gracia del Pozo vivaqueaba en un universo de ideas y flotaba. Comprende, que algo queda, se decía en los restaurantes, por ejemplo, contemplando a qué llamaban ensalada mixta.

—Para entender a Don Quijote hay que entender a Cervantes primero; recordar que pasa a Italia por una gresca con Sigura y se mete a camarero de cardenal. Aquí está: «Sepades que por los alcaldes de nuestra casa y corte se ha procedido y procedió en rebeldía contra Miguel de Cervantes, ausente, sobre razón de haber dado ciertas heridas a Antonio de Sigura, andante en esta corte, sobre lo cual el dicho Miguel de Cervantes por los dichos nuestros alcaldes fue condenado a que, con vergüenza pública, le fuese cortada la mano derecha, y en destierro de nuestros reinos por tiempo de diez años, y en otras penas contenidas en la dicha sentencia.»

—Tenía genio: menos mal que salvó la mano de escribir porque, si se la llegan a cortar, tras el arcabuzazo de Lepanto no hubiéramos sabido nada de Don Quijote, cercenado por el verdugo.

—Lo que tenía eran veintidós años. Pero es cosa notable: fugitivo de la justicia, soldado, preso en Argel y, tras su rescate, cuatro veces más de cárcel, la última de ellas por una muerte a la puerta de su casa. Un hombre así puede sentirse perseguido y adquirir una mirada cínica que lanzar sobre el universo.

—¿Cree que Cervantes era un resentido? Los que le toman por humorista tendrían que oír estas cosas. Colón, tras su gloria, también se resintió con el asunto de los grilletes.

—Mire, Libre: antes de que desbarre desde el escenario con su estilo de siempre, trate de ver el libro como un sueño dentro de un sueño. Hágase con una visión estocástica sobre las probabilidades de que Cervantes no esté describiendo a un personaje anticuado sino a España, al mismo rey, nuestro señor. Crea un caballero para que se rían de él los que no lo son. En el mandamiento judicial que he leído debe notarse que ni a Cervantes ni a Sigura se les llama “don” y que ambos —vistos desde hoy— son sospechosos de ser cristianos nuevos, como lo era, sin duda, la mujer que, mucho después, le dio una hija natural: Ana Francisca de Rojas, o Roias. También se ha idealizado a Colón como una imagen de España bendecida por Dios. Le han hecho arquetipo de un momento de éxtasis nacional.

—Batallador, inflamable, preso, hijos naturales… Una vida aprovechada. Pongamos que sí, que adquiero esa visión estocástica y percibo —¿es percibir la palabra?— que Cervantes andaba más para iras que para gracias. ¿Cómo se desmuestra eso?

Gracia del Pozo transportó a los presentes al pasado por unos segundos:

—Cervantes no piensa como su época ni cuenta la España que reflejaban los autores de su tiempo. Piense usted en el Patio de Monipodio, o sea, en Rinconete y Cortadillo: ve con más detalle al pueblo bajo y hampón, un pueblo bien dominado aunque siempre rebelde, lejos del concepto de la honra y del brillo imperial de las comedias de Lope. Cervantes anda muy distante del caballero victorioso y altanero y muy cerca del escudero que se hurgaba los dientes con un palillo, a la puerta de casa, fingiendo haber comido cuando fenecía de hambre. Cervantes dedica todo el Ingenioso Hidalgo a una prédica sobre la apariencia.

—Vanitas vanitatis y todo eso. —le animó Eduardo.— Lo digo por lo del “sueño dentro de un sueño que es la existencia”.

—Cervantes no es dócil. Lo demuestran su vida, las peleas, las batallas, los intentos de fuga de Argel, las cárceles de España. Escribe Don Quijote airado en profundidad y muestra como la monarquía española se mete en aventuras sin provecho mientras vive una fantasía: que anda loca para morir cuerda y decaída.

—Cervantes esta vez no escoge a hampones sino que juega a la contra: elige a un hidalgo, el último escalón de los privilegiados, un propietario que está viniendo a menos por no cuidar de su hacienda y por gastar el peculio en patrañas, en increíbles aventuras de caballeros andantes: novelas que, por cierto, ya habían perdido el favor del lector.

—Viene todo muy hilado, Felipe. Con unos pespuntes, quedará verdad bíblica. Aunque no se me ocurre aún cómo trasladar eso a Colón.

—Un hidalgo que, contra la costumbre, es burlado por todos, apaleado. Pasa la vida maltrecho y confiado en pociones como el Bálsamo de Fierabrás. En la nación invencible, en el apogeo del Imperio que Colón destapa, se pinta a un señor que se arma con herrumbres, que a la vieja armadura de los antepasados le pone una celada de cartón, hasta que acaba cambiando el morrión por un bacín o bacía. Antes ya ha recalcado: Adarga antigua. ¿Qué está haciendo en realidad Cervantes? Llamar antiguo al poder. Crea una imagen de España: de la que vive en sueños y de la de sus sueños. La ridiculiza, la golpea, la mata al fin: Don Quijote es la venganza del converso perseguido, exiliado, de genio batallador, manco, cautivo, ladrón, presidiario, funcionario corrupto y hermano de “Las Cervantas”. Hay que pasar a Cervantes por el psicoanálisis.

—¿Funcionario corrupto?

—Cuando huye de España, a los veintidós años, estaba al servicio del concejo madrileño. Luego, en 1587 le nombran comisario de abastos para la Armada, ésa que el mundo conocerá como La Invencible, y las cuentas le salen tan mal que da con sus huesos en la cárcel.

—Verisímil, pero no sé si todo eso me deja margen para crear un Colón Moderno que, a la postre, puede convertirse en bandera de la nueva España que los subversivos necesitan. La similitud entre la dificultades de Cervantes y de Colón es de mucho riesgo.

—¿Qué es el mundo, Libre? ¿Una pelota de piedra y agua? No: un conjunto de teorías, casi todas sin demostrar. El universo rebosa de contenidos sólo humanos. Cervantes, además, escribe muy bien: al cabo de medio milenio aún asombra su ingenio y el uso brillante del idioma. Cualquiera que fuera su motivo, el libro es un prodigio. El Quijote hace pensar —y sentir— que somos extraños, que no tenemos en común sino la crueldad, la falta de compasión y la alucinación del amor falso. Sólo eso podemos esperar en tanto nos llega la muerte. No hay simpatía; no hay empatía. El mismo mundo real y agusanado del Rinconete y Cortadillo; la locura del Licenciado Vidriera, o sea, un universo de malvados y de locos. El Quijote es una clave del juego de la vida y nada hay en él que no sea paradójico ni esté frustrado: la misma Dulcinea, presunta imagen del amor platónico, es una persona vulgar, que huele, disfrazada y adornada por lo que piensa otro de ella. Un trasunto de la España Imperial, también disfrazada por quienes la contemplan desde las fantasías activas.

—Usted lo está contando todo, don Felipe. ¿Qué podré decir yo de una España que no existe y que, a lo mejor, nunca lo hizo y es una fantasía? Cada vez veo con más seguridad que Colón es una metáfora, un epiquerema o un epítome: algo raro en el mundo.

Sir Walter asistía a la conferencia con la boca cerrada. Se abismaba. Todo lo que oía se podía decir de Inglaterra, menos eso de epítome, y, contra su voluntad, comprendía el espíritu de los separatistas. El maldito corazón siempre tirando hacia atrás. O hacia abajo.

—Ejem ¿qué es epítome, Bonnier?

—Un resumen, sir.

—¿Y por qué no dicen resumen?

—Para confundir, Excelencia. Ya sabe: son españoles.

—Al menos estos argumentos satisfarán a los que nos quieren hombres domésticos hijos de un pasado terrible. —siguió Gracia del Pozo, sordo a la lógica del Ministro Gobernador—. Dígales esto mismo: Hace seiscientos años, a bordo de la Santa María, España tampoco era feliz y también era como un sueño, como una apariencia. No será mentir y todo indica que eso mismo era lo que pretendía don Miguel de Cervantes: decirnos que la vida es sueño.

—¿No se estará inventado estas cosas, Felipe? Mire que retorcerlas y hacerlas súper o subreales es trabajo mío.

—Juego limpio. Cervantes estaba amargado y muy descontento con la monarquía, que gastaba sin tino, que despoblaba la Patria y tenía al pueblo con la barbarie puesta como un hábito. Lo fundamental de Don Quijote lo fragua —injusticia, sudor y sangre— bajo Felipe II y lo culmina con Felipe III, rey desde 1598, apoyado en el Duque de Lerma: por entonces ya Quevedo “miraba los muros de su Patria, cansados de la carrera de la edad”: España no ha resistido los sueños y fantasías de la Casa de Austria. Pero en el 1604 Cervantes tiene terminado El Quijote, que se imprime en 1605, el mismo año en que nace quien será Felipe IV, que vivirá a la sombra de la idea española del Conde Duque de Olivares y que, tras la Sublevación General —apoyada por la benéfica Francia— perderá Portugal y deberá hacer la guerra contra sus estados. 1605 sella el destino de España tanto por la aparición del Quijote, que anticipa la mala edad, como por el nacimiento del rey que dejará a España enfrentada y con el imperio malherido.

—¿Todo eso es cervantismo? —murmuró Sir Walter, bajando por un instante del guindo—. ¿No es un universo un poco removido de sus cimientos reales? ¿Qué significa eso de un sueño dentro de un sueño?

—Significa que el hombre sólo ve la parte del mundo que puede comprender y eso no es mucho, gobernador. Recuerde a Platón: no es lo mismo percibir que aprehender. Andamos por la bruma lo sepamos o no. Veamos, Libre: ¿Conoce usted el soneto que hizo Cervantes, llamado “Al túmulo del rey Felipe II en Sevilla”? Dígame qué clase de dolor manifiesta y qué clase de crítica enmascara. Sobre todo cuando el valentón acepta el engaño que se propone Cervantes en los primeros cuartetos. Atienda bien, desde lo que ya sabe:

Voto a Dios que me espanta esta grandeza

y que diera un doblón por describilla,

porque ¿a quién no sorprende y maravilla

esta máquina insigne, esta riqueza?

Por Jesucristo vivo, cada pieza

vale más de un millón y que es mancilla

que esto no dure un siglo, ¡oh, gran Sevilla!

Roma triunfante en ánimo y nobleza.

Apostaré que el ánima del muerto

por gozar este sitio hoy ha dejado

la gloria donde vive eternamente.

—Esto oyó un valentón y dijo: —Es cierto

cuanto dice voacé, seor soldado.

Y el que dijere lo contrario, miente—

Y luego, incontinente,

caló el chapeo, requirió la espada,

Miró al soslayo, fuése, y no hubo nada.

—Visto de este modo, es forzoso reconocer que Felipe II no le caía bien a Cervantes. Tampoco ese rey cae bien al resto de Europa: “El diablo del mediodía” le llaman. Por la cosa de la Inquisición y de la Invencible. —aceptó Sir Walter.

—Repare bien en el desaire casi sacrílego: que el ánima del “muerto”, o sea, del rey, ha dejado la Gloria por gozar de ese sitio en Sevilla, y en la fingida pena que causa que el rico túmulo no dure un siglo. ¿Es el mismo hombre que, siete años después, publicará una novela donde nos cuentan que el propósito es burlarse de la Caballería Andante?

—¿Don Quijote, un trasunto del rey Felipe o del Duque de Lerma?

—Cervantes vive la decadencia y no se sorprende: al contrario, trata de comunicar a la gente lo que sucede y opta por el sistema de que, a buen entendedor, pocas palabras. En 1605, la primera edición del Quijote tiene un éxito tan absoluto que aún en ese mismo año, en los festejos por el nacimiento del que luego será Felipe IV, ya aparece una pareja disfrazada de Don Quijote y de Sancho. Algo portentoso en aquellas fechas.

—El por qué el Ingenioso Hidalgo fue un «bestseller» desde el principio es un misterio que se me escapa. No creo que hoy lo fuera.

—Y contra la opinión de genios como Lope de Vega. ¿Cómo aparece un acuerdo tan general sobre el libro y su venta? Hay que reparar en la portada de esa primera edición, la madrileña de 1605, debida a Juan de la Cuesta. ¿Hay en ella alguna clave, algún aviso del verdadero significado de la novela?

—¿Conozco yo a Lope de Vega, Bonnier?

—Es improbable, señor gobernador.

—¿Publicidad primitiva? —aventuróEdward Free

—No: advertencia de lo que hallará el lector: gran cantidad de sobreentendidos que ya muchos sentían como realidad. Reía la gente al ver confirmadas sus sospechas y los propios reyes, que lo leyeron, lo consideraron un simple libro cómico. Pero lo que hay en la portada, además de la dedicatoria al Duque de Béjar, etcétera (parece que reconocido fugitivo de la lectura), sólo hay señales claras de finitud: la leyenda «Post tenebras spero lucem», que equivale a reconocer que, ya en 1605, España es tierra de oscuridades donde se ha de tener la esperanza del regreso de la luz. Van escritos los latines alrededor de un dibujo: un halcón con capuz, sometido al puño del cetrero: los más agudos ojos no pueden ver; las más rápidas alas no consiguen volar. Debajo, un león echado, dormido quizá. Manso. El famoso león español está cansado y es viejo. No hay ya “mil cachorros sueltos del león Español.”

—Fíjese en lo que cuenta un cervantista de hace un siglo, don Joaquín Aguirre Bellver en “El borrador de Cervantes”. —siguió Gracia del Pozo, paseando por siglos, supersónicos en su memoria—. Es una muestra de la ceguera del poder, que es asunto mucho más habitual de lo que se cree. «Cuentan que Felipe III iba por un parque cuando vio a un estudiante sentado en un banco y riéndose a carcajadas. Dijo el rey: «Ese libro no puede ser otro que el Quijote». Le preguntaron, y, en efecto, la lectura de aquel joven era la novela de Cervantes.»

Gracia del Pozo se encogió de hombros. Nadie podía saber qué pensaba ni si intoxicaba al Gobernador, a Edward Free y a Bonnier con alguna turbiedad propia de su carácter intelectual. «El famoso» Eduardo Libre, como el valentón del soneto, aunque sin calar el chapeo ni requerir la espada, miró al soslayo y fuése. Pero algo había: ¿por qué un fanático, ansioso por reivindicar las glorias españolas, no reparaba en desacreditar a don Miguel de Cervantes ni a su portentosa y loca creación? ¿Qué sacarían los que deseaban romper la Unión Europea, de la destrucción del mayor arquetipo de lo español, ese hidalgo que veía lo que los ojos, siempre realistas, no?

—Alerta, muchacho. —se dijo—. Que no te cambien un Colón por dos Quijotes.

Más en el mundo práctico, o sea, inocente, Sir Walter ordenó a Bonnier:

—Que el profesor asista a las reuniones de trabajo del Antidescubrimiento. Y de paso, Bonnier, dígame qué significa “valentón”.

—Un guapo, sir.

—Oh, ah, claro.

Capítulo 6

La Editorial White Blackbird o Mirlo Blanco, era una gran organización metida en unas oficinas reducidas. Explotaba por igual a ensayistas, novelistas, poetas, cuentistas, programadores, dramaturgos y directores de televisión. Y su dueño estudiaba extender el campo de sus actividades al abuso de los informadores, todavía controlados por el poder político. La libre empresa sabía lo que hacer con el talento: lo vendía con beneficios.

—¿Dónde está el jefe? —preguntó Edward a una chica que se contemplaba las uñas en compañía de su ordenador.

—Está fatal.

—¿Está fatal en su despacho o está fatal en el bar de abajo?

—Ahora tiene nevera—bar con forma de mesa. —dijo la secretaria, orgullosa de pertenecer a una organización moderna.

—¿Dónde? —volvió a preguntar Free, a quien le urgía decir cuatro palabras a su traidor amigo.

—Es su mesa de escritorio. Trabaja a gran escala.

—¿Joseá está debajo de su mesa? —Joseá era Joseph Anthony White o José Antonio Blanco, el editor masivo que descendía de las hienas del desierto.

—La nevera es la mesa entera. Él, sólo a veces. Cuando se sirve.

Entraba dentro del perfil psicológico de Joseá. Una nevera bar, vestida como mesa, evita tener que invitar. El perfil psicológico del editor era muy complejo, como un arquetipo de Molière, pero sin peluca.

Al abrir la puerta de su despacho pudieron contemplar una bella imagen editorial. Joseá, sentado en el borde de su sillón, reposaba de cintura para arriba sobre la mesa, con los brazos en cruz, como si alguien lo hubiera desparramado sobre el tablero para que secara al sol.

—El portero —explicó Free a Sandra— lo tiende ahí para que se le evapore el tósigo de la noche. Hay quien asegura que no entiende inglés hasta pasadas las dos de la tarde.

—Hoy estoy malito. —dijo una voz bien timbrada.— Creo que padezco una superestructura. Me he tenido que sujetar los ojos con alambres porque no hacían más que saltárseme una y otra vez.

Parecía imposible que aquel hombre comerciara con la fantasía y que fabricara volúmenes atestados de héroes, doncellas, hadas, caballeros y sentimientos humanos. Posiblemente escondiera, en un lugar profundo y con estalactitas, un corazón, pero nadie había dado con él sin cometer autopsia.

—¿Qué dirás que me ha sucedido? —le preguntó Edward Free, que siempre empezaba con un prólogo para que la gente tuviera tiempo de ponerse en situación.

—Que alguien ha turbado tu descanso. —dijo Joseá sin incorporarse.— El timbre de tu voz traiciona al hombre que ha sufrido.

—Esta señorita...

—¿Hay una mujer? Yo creí que habías cambiado de masaje de afeitar. —se burló el editor, incorporándose y mostrándose en todo su esplendor. La mancha oscura, al oeste de su rostro, tenía el aspecto de un ojo morado. A la virulé.

—Veo —añadió— que algo en mi apariencia os causa impresión. ¿Es la corbata?

Edward había sumado varios detalles y evacuaba los resultados con exactitud de ordenador:

—Por eso me los enviaste, traidor. No supiste resistir la tortura.

—La resistí divinamente, porque acababa de celebrar una entrevista con míster Walker. Su foto viene en todas las botellas de buen güisqui.

Joseá, al salir para hacer la reglamentaria ronda nocturna de los editores, había conocido a dos elementos cuyo estómago era primo hermano de las esponjas. Hablaban, con fuerte acento español, de arte y de cosas hermosas que sólo se soportan en las barras de los bares. Uno de ellos, posiblemente el depravado, juraba haber leído, con aprovechamiento, las obras completas de Bretón de los Herreros y de J.E. Hartzenbusch.

Aquello debió de ponerle en guardia, porque, con la excepción de una tía anciana, Joseá no conocía a ningún ser vivo capaz de la empresa. Pero, no: les había pagado una ronda.

Unas cosas les llevaron a las otras y, después de haber cantado aceptablemente algo referente a La Sinda, que no tenía más empeño que ir por agua a la fuente porque no tenía novio ni manera de divertirse, notó que uno de sus alegres compañeros le cogía del cuello con un exceso de familiaridad:

—«¿Has oído hablar del Anti—Descubrimiento de América?», me dijo. «Una obra cumbre del pensamiento posmoderno», le respondí. «Pero, dado que el argumento ha sido tomado de modelos aún vivos, mis labios están sellados», añadí.

El estilo de Joseá era descriptivo, pero poco rico:

—«¿Ah, sí?», dijo el otro. «Sí», le aseguré yo: no tenía por qué andarme con tapujos. «¿Ah, sí?», insistió, como si no me hubiera oído. «Sí. Sellados». Pero, en realidad, mis labios estaban cada vez más abiertos porque el constante apretón en el cuello hacía difícil la oxigenación.

—«Lo queremos», dijeron. «¿A mí?», dije. «No seas idiota», dijeron. «Queremos el libro y a ese Eduardo Libre que se hace llamar Edward Free» «Mala pata», dije como pude. «El guión está en poder del autor que va a arreglarlo: le encontré una falta de ortografía en la página 141 y le obligué a rehacerlo entero. Tengo un prestigio que conservar, yo.»

—¡Pero si tú tienes el original y las copias! —exclamó Edward

—No digo la verdad por las buenas. ¿Iba a decirla por las malas? Además, ¿dónde acabaríamos los editores si regalásemos guiones bajo coacción o bajo cualquier otro estímulo?

—Y, entonces, me los enviaste.

—No. Entonces me sacudieron en el estómago. No me creían. «Uf», les dije, pero eran tipos insensibles al dolor humano. El dolor, dicho sea entre paréntesis, no ennoblece. Hay que desmentir ese infundio.

—«¡Uf!», les dije, porque me arrearon otra vez. «Dánoslo» «No lo tengo». A mí no me saca nadie nada. Preguntad a mi secretaria.

—«¿Dónde vive ese escritor», dijeron. «No lo sé», dije. Ya ves, Eduardo, que no hubo traición ninguna.

—¿No?

—No, no. Luego me dieron en el ojo y el golpe debió de aturdirme, porque tengo el vago recuerdo de haber dado el nombre de un hotel y el número de una habitación. Quizá los tuyos. «Del mal, pensé, el menos. Es preferible que destruyan al autor antes que a la obra: tenemos una responsabilidad con el futuro, ¿no?».

—Joseá miró apreciativamente a Free y pareció tener una idea escandalosa:

—¿No pensarás que me arredro ante un ojo morado?

—Ya que lo mencionas, sí.

—Entonces, ¿por qué no lo dije antes de me lo hincharan, eh?

—Sí. ¿Por qué?

—Pensaba. Hay una serie de preguntas en este asunto que hace falta formular sin rebozo: ¿Quiénes eran esos tipos? Sabían por la tele que existía el guión, pero, ¿por qué lo querían? Y, sobre todo, ¿iban a pagar algo por él? ¡Respóndeme a eso! Pues bien: antes de que me arrearan yo intentaba dar con las respuestas. Un puro amor a la verdad, que es el distintivo de nosotros, los filósofos. Ese amor le costó la vida a Sócrates, un camarada.

—Y, entonces, me los echaste encima.

—Para ganar tiempo. Sólo para ganar tiempo. Cuando habéis entrado, meditaba profundamente.

Sandra no pudo ocultar una sonrisa.

—Cuando medito —explicó Joseá, ofendido— sigo las enseñanzas de Vatsiayana y pongo la razón sobre algo sólido. La mesa, por ejemplo. Y, para demostrar la eficacia del método, ya tengo una respuesta. ¿Sabéis lo que querían hacer con el libro? ¡Robarlo!

Capítulo 7

Tras el aire desenvuelto, Joseá tenía la cabeza sobre los hombros cuando la levantaba, ocasionalmente, de la mesa. Era un gran editor asociado a Multipress y, mediante grandes esfuerzos, conseguía que sus autores trabajaran como castores.

Su especialidad eran las historias humanas. Las confesiones de un diputado; las experiencias fornicadoras de una actriz revenida, y cosas así. Había llevado las revistas del corazón al libro en rústica, al vídeo y al programa de ordenador, y eso le permitía, además, editar algunos verdaderamente interesantes.

Otro de sus métodos era crear al escritor y cobrarle, luego, la edición íntegra. «Hombre —decía— tú que acabas de regresar del Senegal, ¿por qué no escribes un libro sobre las amebas? Sería interesantísimo». «Hombre, tú que has pasado cuarenta años en el Ministerio de Servicios, ¿por qué no escribes un libro, algo así como Chanchullos y Rodamientos a Bolas? Con el talentazo que tienes, sería un éxito»

Lo de Edward Free era distinto: Eduardo era un famoso escritor de televisión y de ordenadores que también hacía curiosos libros—reportaje que se vendían bien a causa de sus títulos confusos: La Gente del Buen Hambre hablaba, en principio, de los que pagaban el restaurante con cargo a los presupuestos generales. «El Pelotón de los torpes» demostraba el éxito inusitado que solían tener los últimos de las promociones; la clave, por lo visto, estribaba en decir que sí siempre.

El último, en cambio, era un simple trabajo de corrección de un guión para una serie oficial de televisión llamada a ser famosa. Contra sus hábitos, no insultaba a nadie.

—La primera medida —decía el editor— es poner a salvo el guión. Hay una copia en mi nevera—bar; otra en el archivador, en la carpeta titulada «Hacienda y los Siete Niños de Écija». Y el original está debajo de mi camisa, cerca por igual del corazón y de la cartera.

Se palpó el ojo con delicadeza impropia de un varón español. Aquel ojo, a distancia, podía tomarse por un monóculo de sol. Una idea atractiva y consoladora:

—No podemos descartar la posibilidad de que esos caballeros decidan hacernos una visita aquí.

—¿Y no sería bueno repasar el guión para averiguar qué parte es la que les causa tanto interés? —propuso la muchacha.

—¿Leer yo un libro? —se escandalizó Joseá— El gremio de editores considera que leer libros es pura competencia desleal: «Así, cualquiera», decimos en nuestros reservados cubiles. Editar libros, leyéndolos antes, quita misterio y deportividad al negocio. Nadie, en su sano juicio, editaría libros si los tuviera que leer, mujer. Imagínate que el que vendiera melones se los comiera...

Aquello terminaba con la discusión. Sólo les quedaba aguardar al siguiente paso de los expoliadores, aunque ello significara ennegrecerse algún otro ojo.

Capítulo 8

Edward Free, también conocido en España como Eduardo Libre, era un hombre activo, un auténtico profesional de las letras que no perdía el tiempo en buscar explicaciones a los misterios de la Naturaleza. El episodio de la noche se había borrado de su memoria en poco tiempo y ahora dirigía una sesión de trabajo.

Joseá, motivado por los euros, había reunido a los escritores mejor preparados de su plantilla y Edward Free, tras mirarles a los ojos profundamente, había seleccionado su equipo.

Sentados en un auditórium, les había hecho contemplar un desfile de los diferentes actores. La primera misión consistía en percatarse de la psicología de cada uno de ellos y, con ella bien presente, decidir qué papel podían representar con credibilidad absoluta. Luego, simplemente, se lo escribían a la medida.

El equipo de escritores, en las butacas, observaba a cada cómico y tomaba notas. En ocasiones, le dirigían algunas preguntas significativas:

—¿Es usted feliz?

—¿Ha pasado hambre alguna vez?

Apuntaban las respuestas y se iban haciendo una composición de lugar. Le tocó el turno a Sandra. Había que ver si servía para reina Isabel.

—¿Eres católica? —preguntó Eduardo.

—No, claro.

—¿Te duchas todos los días y te cambias de ropa?

—¿Harías caso de un puñado de frailes y de un tipo que te dijeran que querían viajar a Neptuno?

—¿Eh?

Era evidente que Sandra no podía ser Reina Católica. Al menos, no la Reina Católica que pedirían las masas: Para las multitudes había que hacer personajes ergonómicos y creíbles Un escritor del equipo dijo verla como doncella de palacio a la que Don Fernando perseguiría por los pasillos. O como india de Guanahani. Pero Edward, hombre agradecido, le impuso silencio.

Muy probablemente Sandra sería una joven que seguía a su galán a través del Océano Desconocido. Disfrazada de grumete para aprovechar todas las situaciones confusas que eso desencadenaría en la vida a bordo de un barco pequeño. Un truco que no fallaba nunca y que el público sabía apreciar, sobre todo cuando la mujer debía desnudarse en el sollado, con los demás marineros, y siempre encontraba un sistema para que no la descubrieran.

Luego eligieron a Colón: un joven alto y rubio que lanzaba cálidas miradas. Un galán que había tenido un gran éxito representando al Buen Rey Wenceslao.

Uno de los escritores, sin duda demasiado culto para su profesión, hizo notar que Colón era ya viejo cuando se embarcó. Viejo, reumático y calvo. Eduardo, dolorido, le interrogó:

—Dígame una serie de éxito con un protagonista de ese aspecto.

—Me refería a la fidelidad histórica.

Edward Free lo explicó una vez más: Ellos hacían una serie. «NO» hacían la historia. Había cientos de millones de Europeos y de Norteamericanos deseosos de identificarse con un héroe y no con un viejo. ¿Y las mujeres? ¿Se interesarían más por el rubito o por el calvo?

—Además, ¿cómo explicar que Colón atrajera la atención de la reina si no le ponemos bien plantado?

El escritor sabio lo consideró. Tuvo una sospecha y la expresó con todo respeto:

—¿Haremos ver que eran amantes?

—¿Qué pasa? —preguntó Edward a su vez. Le sacaban de quicio los que se obstinaban en atenerse a la historia.

—Es una idea estupenda. —aplaudió el escritor.— Y lo explica todo. Que ella vendiera sus joyas, por ejemplo.

—Vaya trabajando en eso. —ordenó Edward

Cuando todos los editores de televisión sostenían que Free era un genio, lo era. Daba coherencia a sus historias de un modo natural y atractivo.

Aún así, Joseá tuvo algo que decir:

—Ese actor no da el tipo racial de judío, y ya sabes lo que exige el Estado Libre Asociado de Israel.

Edward, tras meditar unos segundos, se acercó al representante israelí:

—¿Hay judíos guapos? —le preguntó.

—Claro que sí.

—Le pondremos patillas rizadas. —concluyó el «famoso» Eduardo Libre.

Capítulo 9

Felipe Gracia del Pozo no se recuperó bien de la sesión de trabajo de Eduardo Libre. Se había dibujado un esquema de lo que iba siendo el argumento del «Antidescubrimiento de América» y temblaba bajo la presión de sus sentimientos heridos. Quizá no hubiera sido buena idea aceptar la invitación como observador.

Frente a él, el escritor culto, el que había interrumpido varias veces a Edward Free o Eduardo Libre en nombre de la fidelidad histórica, también temblaba a influjo de la misma presión. Había pasado el día reprimiendo sus sentimientos y ahora éstos le traspasaban el corazón.

—Es todo un profesional. Un gran creativo, pero sólo le interesan los euros. —dijo, tratando de hacer un retrato robot de su jefe artístico.— Un verdadero producto de la Educación General Extendida. Cree de verdad que es europeo.

—¿Habla español, al menos? —preguntó Felipe Gracia del Pozo.

—Lo dudo. No se le ha escapado ni una sola palabra. Ni una sola interjección. Y había que ver cómo se plegaba a los disparatados deseos de cada delegado de la Comisión del VI Centenario.

Gracia del Pozo no soportaba a la gente así. ¿No conocían la historia? ¿Es que no podían comprender que los veinte millones de españoles, diluidos entre los seiscientos y pico de europeos, habían dejado de tener voz, opinión y hasta historia? ¿Es que no sufrían cuando se hablaba de la vieja España como de una comunidad cruel y sanguinaria hasta que Europa la absorbió? Parecía que Libre hubiera regresado a España sólo urgido por la fabada. Un materialista más.

Gracia del Pozo era del clandestino Partido Europeo Español, organización minúscula y fuera del parlamento que trabajaba en la oscuridad por recuperar las señas de identidad del pueblo y convencerlo de que no era un error histórico.

El PEE distribuía folletos, conquistaba maestros para que, rebeldes, explicaran la verdad a los estudiantes. Impartía cursillos de español con auxilio de expertos hispanolatinoamericanos. Y, sobre todo, trataba de dar a conocer cómo era España un siglo atrás y cómo se articulaba su democracia: aunque fuera increíble, entonces los españoles escogían sólo a españoles como representantes.

La gente, al enterarse, se admiraba. Una vez, por ejemplo, existió un partido, quizá dos, no más de cinco, sólo para españoles, independientes de las tres grandes internacionales de hoy. España tenía sus leyes, su Parlamento, su Jefe de Estado, su Presidente del Gobierno. Todos españoles. Había justicia y apenas si se pagaban impuestos. Grandes gobernantes independientes.

Si las hemerotecas salvadas no mentían, entonces se respetaban las ancestrales costumbres españolas: la religión por ejemplo. Se cuidaba en extremo el idioma, hasta el punto de que para ser locutor se debía hablar en español. Se justificaban al céntimo los gastos del Estado, que eran muy reducidos. Estaba mal vista la prevaricación. La economía pertenecía solamente a compañías españolas...

Ahora, en cambio, España estaba en manos de un gobernador extranjero, inglés. Y la administración recaía en suecos, franceses, Alemanes, Italianos. Ni siquiera había moneda española ya. Salvo en las colecciones.

Felipe Gracia del Pozo quería que el VI Centenario del Descubrimiento de América sirviera para despertar tantísimas conciencias dormidas. Había que recuperar el orgullo de la gran historia; desmentir la versión europea que arrebataba toda la gloria a sus verdaderos protagonistas. Toda su organización luchaba por ello, pero eran pobres e ilegales y es bien sabido que un partido no es nada sin un banco.

—Ha hecho morcillas con la historia. —se quejó, en español antiguo, el escritor culto.— Es un hombre con talento pero sin raíces. Le criaron en la moral protestante, calvinista quizá. Para él ganar dinero es la demostración de que Dios le bendice. Hará muchísimo daño a la causa con su serie. Lástima que ayer no consiguierais quitarlo del medio.

Gracia del Pozo se estremeció. No aprobaba la violencia; ni siquiera la legítima si ésta pasaba de un par de pescozones:

—Le substituirían. Free—Libre, al menos, es español.

—Libre tiene apellido español, que no es lo mismo. Y lo usa traducido. Se siente europeo y no creo que sepa más allá de tres folios de la historia de España.

Gracia del Pozo meditaba. Era un idealista práctico, una de esas extrañas mezclas que fueron típicas del carácter español. Luchaba, gratis, por recuperar algo de la independencia y de la libertad de España. No recibía dinero de ningún banco. No quería ser gobernador en lugar del gobernador... Una fuerza interior le empujaba y eso era todo. Gracia del Pozo era incapaz de actuar de otra manera.

Pero su carácter le llevaba a imaginar que otros podían moverse por las mismas motivaciones. Creía firmemente no sólo que España seguía existiendo sino que muchos españoles disponían de ideales además de tripas.

—Debiéramos captar a Libre. —dijo al fin.

—Si le pagamos quinientos diez millones será nuestro. —confesó el escritor profesional, más realista.

—Si pudiéramos explicarle la verdadera historia de España y hacerle comprender que la soberanía reside en el pueblo, a lo mejor viera la luz.

El escritor meneó la cabeza compasivamente. Libre—Free tenía toda la luz que necesitaba, pero era europeo. Creía, de verdad, que la Unión era un paso adelante en el progreso. Nunca aceptaría la idea de una España de nuevo independiente.

—¿Para qué? —diría— ¿Para enfrentarnos los unos a los otros, como siempre?

—Aún así. —insistió Gracia del Pozo— Es forzoso corregir la historia de los últimos cien años y, para eso, hemos de volver al pasado, a 1992.

Eran unos románticos y estaban en minoría.

Capítulo 10

—¿Puede creerlo? Un personaje de ficción. Comentaba Sir Walter en su primera inspección al Auditorium.

—No. —dijo Edward Free, escandalizándose de oficio.

—Un simple invento, un fantasma de la razón como quien dice, amenazando la unidad de Europa porque tuvo un alma parecida a la de Colón. Ni que decir tiene que su Colón sí ha de ser un personaje de ficción en nada parecido al Quijote.

Sir Walter no sabía cómo don Quijote rompería la Unión Europea: se limitaba a olfatear y a confiar en su experiencia.

—Al menos —siguió— Enrique III, Macbeth y su Lady, Hamlet y hasta Coriolano eran gente de verdad. Nada como Shakespeare.

—Nada tan europeo como Otelo. —confirmó Edward Free, sin reparar en gastos.

—Eso es, Free.

Comulgaron, por unos segundos, con el espíritu de Otelo y con el de aquella tonta de Desdémona.

—Veamos, Free: ¿qué puede hacer al respecto?

—¿Al respecto del moro?

—No: de los cervantistas. Dirá que soy suspicaz, pero esa multinacional, con su Quixote, apunta hacia el corazón de Europa. Lo huelo. Y todos esos hombres cultos, hechos y derechos, venerando a un presidiario reincidente que vivía en Valladolid con «Las Cervantas», famosas livianas.

—¿Suspicaz? Nada tan contrario al espíritu liberal como los Quijotes. Tengo entendido que no daba de comer a sus animales: el galgo flaco; el caballo, escuálido.

—¿Verdad? Los cervantistas no inventaron ni el Derby ni el Gran National.

—Ni las grandes masas de sabuesos.

—Eso es. ¿Se ha percatado de que los españoles llaman «zorra» al zorro?

—Gente rara, Sir Walter. Sospecho que son totalitarios.

—Y venden automóviles con descuento turístico. Desleales. No podían inventarse el Derby ni la quiniela hípica.

—Ni la carga de la Brigada Ligera.

—Ah. —dijo Sir Walter en alas del recuerdo. Balaclava. Crimea. “Cañones por aquí, cañones por acullá”, si no me equivoco. Buenos tiempos y Rudyard Kipling. Por no decir nada de Azincourt: muchísimos caballos enormes.

—¡Aquellos caballeros! —redondeó Free— ¡Sir Walter Raleig! ¡Sir Francis Drake! Bucaneaban un poco, pero sólo por amor a la Patria.

—Nada como los viejos tiempos. —asintió, soñador, el Gobernador de España.

—¿Y qué sospecha usted, señor, de lo de ahora?

—Que van a usar el VI Centenario para desgarrar Europa. Los separatistas y los cervantistas. Apuesto a que no hay ningún separatista que no haya leído el Quixote. Varias veces, además. Hasta intoxicarse. Hay que desacreditar el libro, el personaje, el autor y, si es necesario, la batalla de Lepanto y la de Clavijo. Que llegue a causar vergüenza sólo mencionar a Cervantes o pensar que Colón descubrió América. Y que Isabel pensó más en la catequesis que en el dinero. “Mobbing”, mucho mobbing. Acóselos moralmente, Free. Cadencia, cadencia, por Júpiter. Es misión de los justos exterminar a los inicuos, ¿no?

—Sí. Hoy mismo he notado que los escritores y los actores no saben lo que se espera de ellos: ignoran el clima intelectual, social y económico de la época de Colón. Será preciso darles un curso acelerado de pesimismo y angustia vital. Que sepan que fuera de nosotros todo es inhóspito. Dentro, confuso.

—¿Eh? —preguntó el Gobernador.

Capítulo 11

Tras el tentempié del mediodía, volvieron al trabajo. Edward ocupaba el escenario y en las butacas se hacinaban escritores, actores y miembros de la Comisión del VI Centenario. Todos se esmeraban en el día de los delegados vivientes.

—La historia comienza en Egipto. —empezó Free— El Faraón Necao construye su pirámide y esclaviza a los israelíes, que gimen entre cadenas y esperan la libertad que Jehová les va a prometer de un momento a otro.

Algunos, muy pocos, notaron que las fechas no coincidían, pero guardaron admirativo silencio. El arte no copia a la historia.

—A Necao, —siguió Free— de repente se le ocurre que su pirámide es una más y que debe hacer algo distinto para pasar a la posteridad y convertir en imperecedero su nombre. Lo consulta con la Faraona, mientras ella se baña en una piscina de mármol, y deciden dar la vuelta al mundo en barco.

—El periplo de Necao. —comentó el mismo escritor de siempre. Llevaba mal camino con tanta ilustración.

—Llaman a los fenicios, se embarcan en las naves, cruzan Gibraltar, y saquean un poco Tartesos. Podemos poner un pulpo gigante y, luego, una tormenta. Con el lío de la tormenta, un barco pierde el rumbo y llega a América.

—¿Del norte o del sur?

—Del norte. A Nueva York. A la isla de Manhattan.

El representante holandés se puso en pie:

—Todo el mundo sabe que los holandeses colonizaron Manhattan.

—Y allí se estableció la primera colonia judía de América del Norte. —advirtió el Israelí.— Los antiguos españoles, con su loco racismo, no dejaban a los sefardíes pasar a las Indias.

Edward se plegó a las exigencias y, de paso, a la verdadera historia de América. Había leído en alguna parte que en Brasil se encontraron inscripciones fenicias. Seguramente una falsificación, pero en eso, en las falsificaciones, consiste el arte:

—Llegan a Brasil. He aquí el primer Descubrimiento de América.

El Delegado del Gobernador de España, Bonnier, se puso en pie:

—Es del todo necesario que la epopeya recaiga, exclusivamente, sobre Europa.

—Todos los fenicios mueren del paludismo, por subdesarrollados. Antes de morir, sin embargo, labran unas inscripciones.

—Pero subsiste el hecho de que llegan los primeros.

Era verdad y Edward no perdía el tiempo enfrentándose a las verdades políticas: quinientos millones de Euros avalaban su postura:

—La historia, entonces, empieza en Jerusalén. Salomón, que es rubio, está escribiendo el Cantar de los Cantares. La reina de Saba está con él, enseñándole sus famosos pechos, únicos por parecerse a dos cabritillas gemelas.

El auditorio guardó silencio. Los escritores tomaron notas. Parecía un principio prometedor. Los genios creadores, cuando no podían sacar partido de Necao, encontraban enseguida a Salomón.

—Ambos, Salomón y la reina de Saba, quieren nuevos tesoros para palacio, de modo que envían una expedición a Tarsis o Tartesos, o sea, a Cádiz o Huelva. Zarpan las naves; se encuentran con el pulpo, el mismo que teníamos para el Periplo de Necao, y, también, con la misma tempestad. Una nave perdida llega a América.

—¿A qué parte? —preguntó el delegado israelí.

—A Manhattan. Y allí enseñan pastoreo y empresariales a los indios; arte que, andando el tiempo, les permitirá vender la isla a los holandeses a pesar de no conocer la propiedad privada.

Edward escrutó a la concurrencia en busca de alguna oposición, pero sólo se oía el ruido de los escritores tomando apuntes.

—El Mediterráneo y el Atlántico se unen. Comienza un flujo secular hacia América que, a lo mejor, alguna vez se llamó Salomonia. Algo muy simbólico: un pueblo que sigue al sol, en sus naves, en busca del oro y sin obligar a convertirse al Buen Salvaje. Es el primer descubrimiento. ¡Existe un nuevo mundo!

Joseá, sin duda víctima de un enfile rosa, no pudo reprimir un aplauso.

—Ahora pasan los años. Salen y entran en la oscuridad del tiempo Grecia, Macedonia, Roma. Los pueblos viejos mueren. Los pueblos jóvenes, impetuosos, continúan la aventura y la matanza. Vemos a Erik el Rojo despidiendo a su hijo en un muelle de Groenlandia, la tierra verde: ya es imaginación.

—De Islandia. —dijo una voz anónima que, sin embargo, Edward reconoció perfectamente.

—De Groenlandia. Los vikingos, emocionados, se quitan la cornamenta. Los esquimales, sus gorros de piel. Las focas van y vienen por la bahía y vemos como un trozo de glaciar se desprende y da origen a un iceberg. Hacia el norte baila una aurora boreal que todo el mundo toma por espíritus luchando en el cielo. O contra el cielo. Es el año Mil.

El delegado Danés afirmó varias veces con la cabeza.. Todos deberían conocer las investigaciones de Torfaeus («Historia Vinlandiae antiquae») que, en 1705, dio la buena nueva al mundo: Vinlandia o Winland, la tierra del vino, era América. En el 1121, Erik Gnupson, obispo de Groenlandia, había viajado hasta allí, seguramente con cargo a sus feligreses.

—Quizá —dijo el delegado danés— usted se refiere a Leif Erikson, o, quizá, a Thorfinn Karlsefni.

—A Erikson, porque es más fácil de pronunciar.

—En Boston le erigieron un monumento en 1887.

—Razón de más. Leif se abraza a Erik. Hace frío, pero el calor familiar lo disipa. Parten hacia Vinlandia, navegan entre el frío y el hambre y, por fin, llegan a América y se la encuentran cubierta de vides. Hacen vino, graban runas y son adorados como dioses por los indios ebrios.

—Es el segundo Descubrimiento. —añadió, tras una pausa efectista.— Se unen, con un lazo místico y espirituoso, las brumas del Mar del Norte y los hielos del Báltico con los pámpanos alegres de Winland.

—¿A qué parte llegan? —preguntó el delegado de la Coca—Cola.

—A Boston, ya que está allí el monumento. Y añadiremos que algunos vikingos se casan con hermosas aborígenes, dando lugar a una tribu de indios blancos que se ponen cuernos de bisonte.

—Eso no se verá bien en USA.

—No importa: Leif Erikson puede haber llevado a una colección de vikingas rubias y ponerlas a criar en Atlanta (Georgia).

Otro problema solucionado. Edward Free, como antaño la infantería española, no reconocía obstáculos cuando se disparaba su genio creador.

—Un poblado en llamas. El avance del ejército del rey Guillermo tras la batalla de la colina de Hastings, hace que algunos sajones boten un barco y se lancen a navegar hacia Occidente. Sajones nobles, por supuesto. Caballeros. Querían ir a Irlanda, pero llegan a Méjico, después del episodio del pulpo y de la tormenta, y los indios, admirados por su apostura y por sus cabellos rubios, dejan por un momento de arrancar en vivo los corazones a sus prisioneros, les nombran dioses y les suplican que dicten leyes. Al jefe de los peregrinos, lord algo, Lord Queezzee por ejemplo, le llaman Quetzacoatl.

Hubo un murmullo de admiración. Lo de Necao, lo de Salomón y lo de Leif era, más o menos, previsible, pero nunca hubieran podido imaginar una expedición británica que acabara convirtiéndose en la dinastía solar de Quetzacoatl. En opinión de los presentes, Edward Free estaba bien pagado: bajo su dirección conseguirían una serie de éxito mundial.

—Lord Queezzee se identifica con su nueva patria: hace leyes benéficas y enseña a los indios a construir pirámides y a drogar a las víctimas antes de arrancarles el corazón con un cuchillo de obsidiana. Un encuentro de culturas en su más noble acepción. ¿Qué tenemos, pues? La llegada de tres importantes influjos civilizadores a América: los siervos de Salomón llevan la banca y el comercio; los vikingos, la industria, aunque sea la vitivinícola. También parece que construyeron un molino por alguna parte. Los británicos, la idea parlamentaria de la ley y la agricultura.

—Pero queda mucho más, honrados delegados: Los chinos, con esos juncos que parecen de marquetería y esas velas que no se sabe si son de tablas o de lona…

—Chinos, no. —avirtió el Delegado de Kamchatka. Y tenía consenso

—Cierto: los chinos no dejaron rastros: ni siquiera una pagoda. Además, no son de la Unión. —aceptó Eduardo, conteniendo su justa ira: no se puede crear a gusto frente a una asamblea de censores. Era un error mostrar en público la intimidad de sus genes.— Pero también hay otra influencia que borra el mito de la codicia europea. ¿Qué pueden decir contra el hecho cierto de que europeos fugitivos llevaran oro a América?

La gente atendió con más intensidad. ¿Quiénes podían ser los locos que iban a vendimiar llevándose uvas de postre? Como ir contra el mecanismo de la Historia y contra la legitimidad de la fiebre del oro.

—Cuando Felipe el Hermoso de Francia empezó a difamarlos y ejecutarlos para meter mano a sus riquezas, algunos monjes templarios, cultos y acomodados, escaparon de París y, tras navegar por el Sena y salir desde El Havre, llegan a América.

—Templarios, no. —intervino el Delegado de Estados Unidos, muy estricto con la moral de los Cabezas de Huevo de Cromwell. —Eran gays. Y el simbolismo que se verá es lo de gais y no lo de aportar oro al continente del oro. Piense en Giles de Rais, aquel demonio.

Free pensó en él y en la señora madre de cada uno de los Delegados. Discriminaban constantemente y, aunque eso convenía a sus planes de reforma de la estructura misma del guión, no aceptaba que le llevaran la contraria tan a menudo.

—Ahora me doy cuenta, bajo esta luz implacable del neón. ¿Le han dicho que la directora del Canal 77 es clavada a usted? El mismo bigote, al menos.

—¿Y a usted que tiene una infección de ideales?

Nunca nadie, ni bajo el influjo de substancias tóxicas, había acusado de idealista a Edward Free.

—¿Conocen la Paradoja de Leiner? —dijo con la intención de extender la debilidad mental de los delegados— Es como la Navaja de Ockam, pero en moderno. «Cuanto más trata de perpetuarse un orden, antes desaparece». Vean a Atila. Vean a Hitler, a Mussolini, a Pol Pot, a Mao, a Cromwell, a Napoleón, a Franco, a la Confederación. Hay que saber manejar con la rienda suelta, señores. “No aprietes los tornillos”, me digo todas las noches al rezar por el día que vendrá. Leiner sostiene que los órdenes estables no se perciben y que los que están cambiando, por el contrario, insisten permanentemente en su existencia, hasta que cansan. Su consejo final —el paradójico—, es natural: «No insistir en lo importante que es un sistema que funciona. Si hay que recordarlo a menudo es que algo va mal en él. De lo que es normal nadie habla».

Los delegados, y hasta los escritores, se concentraron en la masticación de aquella nueva visión. Prometía una digestión confusa.

—Pero —siguió— el ser humano no siempre es tan perfecto como los vikingos, los sajones y los demás visitantes olvidados y ahora a América llegan la guerra y la esclavitud. Los reyes de España están concluyendo una batalla racista contra la minoría musulmana, mientras tienen en la esclavitud, como antaño Necao, al pueblo judío.

—La reina Católica juega al croquet en su palacio de Santa Fe, rodeada por sus doncellas. Todas ríen y comentan cómo los caballeros españoles degüellan, cada día, a un peligroso, aunque civilizado, enemigo sarraceno. En eso se acerca un fraile sarmentoso, Torquemada, acompañado por un apuesto joven, con patillas rizadas, y la reina se queda prendada de él. Es Colón.

—¿Qué pasa con Génova? —preguntó el representante del Gobernador de Italia.

—La reina le pregunta por sus aspiraciones y Colón, como quien no quiere la cosa, se las dice:

Ha navegado por el mar del Norte y sabe que existe Winland. El, heredero de la milenaria sabiduría hebrea, recuerda que unos antepasados que iban a Tarsis se perdieron en el Mar Tenebroso. Algunos regresaron con oro y plumas. De ellos recibió los mapas de Piri Reis.

El delegado italiano pareció impacientarse en silencio.

—Días después, en otra conversación, la reina quiere saber algo de la vida de Colón. Aquí nos vamos a Génova y le vemos paseando por la hermosa ciudad. Discute con un rabino sobre el Nuevo Mundo. Que sí. Que no. Y si existe, Cristóforo, ¿qué falta nos hace? Hay oro. ¿Oro, dices? Y una nueva panorámica de Génova.

—Si saben que eres judío —murmura el sabio rabino— no te dejarán meter mano al oro. Además, el oro ensucia sin ensuciarse él. Tienes que ocultar tu procedencia, porque somos un pueblo perseguido injustamente. Podemos hacer, por realismo, que un príncipe genovés tenga cierto parecido con Hitler: flequillo y bigote de cepillo.

El delegado italiano frunció el ceño: era como si le insinuasen que Atila y Gengis Kan juntos hubieran nacido en Roma.

—¿No podemos olvidar el bigote del príncipe?

—Apuntad: —ordenó Edward a los escritores profesionales— Príncipe afeitado. Tened presente que, en italiano, “la Historia es móvil cual piuma al vento”. Póngase en bonito: La Historia General del Olvido.

Capítulo 12

La maratoniana sesión de trabajo continuaba: actores, escritores y miembros de la Comisión del VI Centenario daban lo mejor de sí mismos, pero la tarea de hacer un buen guión siempre fue difícil, aún contando con la dirección de un autor laureado como Edward Free.

Joseá, fiel a sus principios, se retiró del auditorio. Editaría las copias y hasta un resumen impreso en forma de novela, pero no tenía ningún deseo de conocer la obra. Una obra es, solamente, una cuenta de ingresos y gastos. Cuando los primeros doblan a los segundos, se trata de arte. Al revés, tostón.

Arrastrado por sus puntiagudos instintos, acabó estacionándose ante la barra del bar, donde el Delegado del Gobernador de España también intentaba refrescar sus amígdalas. Jean Luc Bonnier pertenecía al Partido Conservador Progresista, que ostentaba la mayoría en el Parlamento Europeo y ser de la minoría dominante agarrota la amígdalas. Había venido a vivir a España, cumpliendo un penoso deber, en seguimiento del Ministro Gobernador, sir Walter Twistle.

—Vino y siempre vino. —dijo como saludo.

Joseá no tuvo que hacer ningún esfuerzo para descubrir una alma gemela. Cierto que Jean Luc era Conservador, o sea, demasiado avanzado, mientras que Joseá era Social, más próximo a las tradiciones democráticas, pero el amor al vino tendía entre ellos un místico puente.

—¿Qué le parece hoy Edward Free? —preguntó Joseá unos sorbos después.

—Genial. Está imbuido de verdadero espíritu europeo. Entiende que Europa es una unidad, construida entre todos, ante la que hay que deponer las diferencias regionales.

—¿Qué se creía usted?

El Delegado del Gobernador ingirió una dosis más de vino tónico y se sinceró:

—Hay muchos españoles que no sienten lo mismo. Sé que hay un mercado negro de libros de historia del siglo pasado. La gente no sabe que el alma no puede llevarse desnuda: las almas desnudas amenazan la convivencia. Por eso los libros de historia hechos en otras circunstancias, en otra época, son mentiras terribles.

—¡No! —exclamó Joseá, pensando en si sería conveniente editarlos él mismo.

—Como lo oye. Hay gente que, en lugar de avanzar, piensa en retroceder. Ahora que estamos terminando la unidad definitiva con la Europa de Vladivostok, hay personas que desean restablecer las nacionalidades, las Patrias y la Confusión de Lenguas.

—¡Diablos! —gruñó Joseá, reclamando, de paso, la atención del camarero: pagaban los presupuestos de la Comisión.

—Imagínese —siguió Jean Luc— que usted, al editar una película, un libro o un programa, lo hiciera en el viejo español: ¿qué clase de mercado tendría? Apenas cinco millones. Pues eso es lo que buscan algunos ciudadanos. Creo que gritan “muerte al nivel de vida”.

Jean Luc se registró los bolsillos y se sacó un folleto a dos colores. Lo golpeó contra el mostrador, para demostrarle su desprecio, y se lo pasó a Joseá. Estaba escrito en español.

—«La verdad sobre el VI Centenario». —leyó el editor, sin excesiva dificultad: el español era todavía un idioma hablado en las tascas, al amor del vino.

—¿Se da cuenta?

—«España descubrió América. Sólo España» —siguió leyendo en voz alta Joseá— «No fue una empresa Europea sino Española, y trajo consigo la hegemonía de nuestra Patria en el mundo durante doscientos años».

—¿Va comprendiendo usted?

—«Dentro de poco hará un siglo que los españoles —sólo los españoles— conmemoramos el V Centenario con una Exposición Universal. Entonces España era todavía independiente y libre y estaba gobernada por personas elegidas por el pueblo español, es decir, sólo por los europeos nacidos en España».

—Esta clase de basura corre por todas partes. —se quejó Jean Luc— Hay muchos fanáticos y parece ser que consiguen esta propaganda desde Hispanolatinoamérica.

—Allí todavía hablan en español. —confesó Joseá— ¿Cree que hacen las ediciones allí y las pasan de contrabando?

—Ediciones y dinero. Parece ser que consideran la provincia como su zona de influencia... Por eso es tan conveniente que la serie de Edward Free ponga las cosas en su lugar: ellos y sólo ellos son los descendientes de los que cruzaron el Atlántico para matar y esclavizar indios. Los europeos que se quedaron aquí, como usted y como yo, nada tenemos que ver con aquella barbaridad. Teníamos bastante con las nuestras.

Joseá se quedó pensativo:

—¿Ha visto usted mi ojo, buen Delegado?

—No se le ve otra cosa. Colores tornasolados, ¿verdad?

—De calidad extra. Dos individuos, con fuerte acento español, me lo confeccionaron anoche. Querían saber donde estaban Edward Free (llamado por ellos Eduardo Libre) y el guión previo del Antidescubrimiento de América.

—¿Y ahora me lo dice usted? ¡Eran fanáticos! Gente escapada de la Torre de Babel.

—O de la cueva de Cro—Magnon. —puntualizó Joseá, palpándose delicadamente el ojo multicolor—. Gente que tumbaba bisontes de un estacazo.

—¿Cómo podrá haber gente tan sectaria?

Ambos meditaron en silencio sobre aquel misterio. Sectarios por aquí y por allá; unos con folletos en español y otros con puños recién cargados.

—El Gobernador debe enterarse cuanto antes. —dijo, al fin, Jean Luc— Quizá se trate de una conspiración de gran alcance.

—«España —leyó Joseá del folleto— descubrió América, pero ahora debe descubrirse a sí misma».

Joseá había visto muchas cosas raras en su vida, y había protagonizado algunas de ellas, pero eso de tener que editar sólo para un mercado de cinco millones hacía que se le revolvieran las madres.

—Tiene usted que cazarlos. —aconsejó, lleno de fraternidad europea.

Capítulo 13

Sandra, la del hermoso racimo, estaba satisfecha de la aventura nocturna del hotel y de todas aquellas carreras en paños menores. Gracias a eso Eduardo Libre había reparado en ella y esto podía significar un buen papel.

Si era cierta la fama de Libre, también podía significar otras cosas. Eduardo era un hombre caprichoso, acostumbrado a salirse con la suya y no solía ocultar jamás lo que esperaba de las mujeres en las que ponía el ojo. No era que las chantajeara, obligándolas a elegir entre él o el trabajo, según costumbre antigua: era que no le llegaba a hacer falta plantear las cosas en esos términos.

Pero Sandra jamás había conseguido un papel gracias a maniobras cameras. Se consideraba una buena profesional y, le gustara o no Eduardo Libre, no estaba dispuesta a practicar esa variante de prostitución que a veces requería su profesión: hecha una vez, se hacía siempre y el público jamás reconocía los méritos de una actriz así. Mira —decía el público como un solo hombre—: ésa es la amante.La de las florecidas tetas.

Claro que el sentido común, siempre alerta, le aconsejaba no romper las buenas relaciones con el escritor: significarían un peldaño muy alto en su carrera si conseguía un papel largo en una serie de éxito asegurado. Tras él podría optar a ser protagonista en una próxima producción.

Después de analizar la situación, empezó a leer rápidamente «La Gente del Buen Hambre», el libro que había recogido en la habitación de Eduardo Libre, alias Edward Free. Calculaba que un hombre de las características de Libre podía ser desviado de la natural inclinación sólo a fuerza de halagar su vanidad. Era más: alimentándosela, establecería con él relaciones más sólidas y duraderas que compartiendo ambos unas noches o unas sábanas.

—Estoy enfadado contigo. —dijo Edward, presentándose en su habitación a la hora de la cena.— ¿Cómo no me dijiste anoche que eras una actriz para el Antidescubrimiento de América?

Sandra no se molestó en contestar. Señaló el libro abierto sobre la cama:

—Estoy terminando «La Gente del Buen Hambre».

El escritor cambió de aspecto, como recién. Hablar de sus libros era el piropo que más impresión le causaba, aunque procurara disimularlo:

—No valía la pena que perdieras el tiempo.

—¿No? No lo he perdido: no sabía que fueras tan idealista.

Eduardo fermentó y se expandió, sonrosado, en todas las direcciones posibles. Pese a sus sueldos y a su instinto práctico, se tenía por un gran idealista. Pensó vagamente: “Si yo te contara”.

Sentía la vorágine de la locuacidad y la delicada pasión de enseñar al que no sabe.

—Dime el nombre de un cuento.

—Blancanieves.

—¿Te has preguntado por su pervivencia? Verás: a la mayoría le encanta que le vuelvan a contar lo que ya ha oído: no quiere sorpresas. Una historia sabida es un lugar confortante, un sitio en el que se siente a salvo. Muy grandes escritores y peliculeros han hecho su fortuna explicando una y otra vez las viejas historias que acompañan a la humanidad en su terror cósmico.

—¿Qué es terror cósmico?

—No es morir sino saber que vamos a morir. Todos buscamos el desahogo ante la sentencia: la codicia, las adicciones al sexo, a la botella, a la jeringuilla, al coleccionismo, a la violencia, el ansia de doninar a otros, las telenovelas, son manisfestaciones de cómo se intenta combatir ese miedo cósmico. Refugios, a veces terribles, como la manía del orden o la coprofagia. El miedo es el motor de la humanidad, lo que la hace correr de un lado para otro y conducir la razón hacia el absurdo.

—Parece que has pensado mucho en ello, Edward. —murmuró Sandra pasándole una dulce mano por la cara dura.

—Es oficio. Un escritor ha de saber qué mueve a los hombres y su tendencia a negar las realidades espantosas. Vivir para la mayoría es buscar refugio y, para los neuróticos, buscar venganza por haber sido lanzados al camino de la muerte. Hace milenios que se usa ese miedo para ordenar al gentío. La pompa de los Faraones, de los Césares, sus escoltas en armas, la magnitud de las pirámides que niegan la finitud de la vida. Todo es lo mismo. La gloria, el heroísmo, la matanza. Luego, como si estuviéramos civilizados, las mil noticias diarias de hambre, sangre, catástrofe, el hilo conductor de la vida, demuestran que la información y el arte deben transmitir miedo para que la gente se resguarde y calle y, a la vez, se distraiga con la turbia atracción de la muerte. Mira la matanza que organiza Hamlet. Mira la extraña muerte del Quijote que, loco, decía verdades, y se vuelve cuerdo al dar con la verdad única: que se muere.

Sandra le pasó la otra mano por la otra cara, por así decir. En sus conversaciones de mujer jóven, portadora de luz y fecundidad, no se hablaba de misterios mortales.

—Por todo eso el escritor entiende que conviene hablar sobre lo que se sabe antes que sobre lo que se ignora y que el buen arte ha de parecer refugio y olvido. Hay que escribir como si todo fuera una broma, como si no hubiera muerte ni dolor ni nada definitivo. La vida es una comedia. Tanto, que cuaquier cosa que se diga sobre ella prende en la imaginación y parece posible. Se justifica. La vida es un sueño, un dolor, una batalla, una derrota, una luz, un camino, una tiniebla, una misión, una forja, un ánimo, una larga prueba, un resplandor, una burla, una insurrección contra la nada. ¿Pero qué es en realidad? Una anónima mota de tiempo cósmico. Mejor aún: una pérdida de tiempo. Por eso, vivamos y que el mañana se cuide de sí mismo.

Palabra y obra, Libre abrazó a Sandra, la del hermoso racimo y dejó ir las manos, los labios, las palabras.

—¿Por qué se llama La Gente del Buen Hambre? —insistió Sandra nada segura de dejarse ir, pero golpeando sobre el hierro al rojo— Antes de leerla creí que sería una novela más sobre inadaptados y marginados sociales. Pero te refieres al hambre de justicia, ¿verdad?

—Ramillete con alas. —citó Eduardo a voleo, moviendo sus brazos como el Gigante Briareo—. Dichoso el mundo sensitivo, porque ese ya no para.

Terminada la fermentación, Eduardo empezó a burbujear. Había conocido a pocas chicas tan profundas, porque, en efecto, sólo había una hambre buena: la de justicia, que limitaba con la sensual verdad. Las otras únicamente indicaban miseria, pero ésta, en cambio, era toda ella elevación.

—¿Quieres callar conmigo durante media hora?

—Sí. —murmuró.

Y callaron juntos. Callar así es poner muros al tiempo.

No se equivocaba Sandra al imaginar que la Gente del Buen Hambre era un estudio sobre el egoísmo de la libertad, con un error de concordancia.*

*Nótese que en español sí hay un error: el hambre es femenina; pero en Inglés no se nota: «The good hunger people», aunque “hunger” también es femenino.

Capítulo 14

—¿Usted quién es? —preguntó Edward desde lo alto del escenario, señalando a Lola Badanger. Eran las siete y media de la mañana y estaban a punto de empezar la sesión de trabajo para perfilar el guión.

—Es periodista. —respondió el escritor sabio que la había introducido— Desea hacerle una entrevista y quiere verle en acción, Edward.

Libre se dulcificó y envió una sonrisa en dirección a Sandra: una mujer capaz de comprenderlo todo y aun de hallar significados en los que él ni siquiera había pensado. Siempre por la mañana las sábanas tienen otro sinificado.

—Habíamos quedado en que Colón iba a batirse con el duque de Alba para salvaguardar el buen nombre de la reina Isabel.

—¡Cielos! —dijo Gracia del Pozo, muy bajito.

—Alba, además, es de los que creen que la tierra es plana y que mejor sería enviar las carabelas a la conquista de Inglaterra. Colón le hiere en el duelo y le obliga a proclamar la inocencia de la reina.

La gente tomó notas. Con recogimiento.

—El principal problema de esta parte de la historia —siguió el famoso Edward Free— es que Colón pasó demasiado tiempo esperando la decisión de los reyes: un tiempo en que no sucedió nada, aparte de las discusiones con los frailes y con los almirantes. Pero no podemos permitir que Colón se haga a la mar sin que le sucedan aventuras: decaería la fuerza de la narración. ¿Alguien tiene una idea?

Él sí la tenía, pero antes debía volver imposible el argumento. Era un hombre con un plan cargado. Era un peje espada de cuidado.

—Podríamos poner un torneo. En la Guerra de Granada se celebraron algunos entre caballeros moros y cristianos.

Edward aceptó la idea sin reservas: era partidario de dar iniciativas a su equipo. No obstante, su imaginación se había sobrecalentado con la sugerencia:

—Durante el torneo Boabdil oye comentar a dos cristianos sobre la extraordinaria locura de Colón. Mucho más culto, cree enseguida en la quimera del genovés y lo manda llamar para que se lo explique en detalle.

Aquel era un filón: decorados arábigos con tules, sedas, huríes cubiertas por tejidos transparentes, fuentes rumorosas y, en medio, Boabdil con su favorita, rodeados de libros miniados.

—Boabdil, impresionado por la historia de Colón, le propone financiarla. El rey moro es un valiente pero no se le oculta que tiene la guerra perdida y se siente tentado por pasar a la historia con un hecho mucho más trascendental: el nuevo descubrimiento de América.

—Colón ya ha podido echar un vistazo a las joyas de la reina Isabel y sabe que son quincalla. De oro, sí, pero labradas con poco arte; las piedras, además, están mal pulidas... Empeñándolas en casa de un compatriota no podrá fletar tres naves.

—No se hable más. —dice Boabdil.— Te haré llegar el dinero suficiente para que vayas a esas lejanas tierras, pero te pongo una condición. Al llegar al Nuevo Mundo, cincela en secreto la media luna del Profeta en una gran piedra.

—No. —dijo el representante de la Coca—Cola.

—No. —dijo el representante del estado Libre Asociado de Israel. Oso vigilante.

Edward despreciaba aquel mundo lleno de conveniencias, pero se abstuvo de manifestarlo. Había tenido el pálpito de que la media luna cincelada no sería aceptada por aclamación. Pero, para su conciencia, hacía constar que el mundo, todos los mundos, eran una fantasía: incluso el real, sometido al imperio de las cabezas duras.

—Vamos a ver. —dijo— Si se trata de desmitificar la gesta, ¿no es importante descubrir que el dinero no lo pusieron los reyes fanáticos españoles?

—Es la media luna. —dijo el israelí.

—En Estados Unidos es una religión que se extiende demasiado entre los morenos. No conviene hacerle propaganda gratuita.

Los ojos de Edward se encontraron con los de Sandra por encima de todas aquellos caletres hirvientes. Leyó en ellos la comprensión que le hacía falta, se relajó y conectó el argumento alternativo:

—Pero te pongo una condición: que te lleves a mi hija contigo. Si se queda aquí será una cautiva y, a lo mejor, la torturan los frailes de la Inquisición. Quiero que viva libre en un mundo nuevo.

Free echó un vistazo a la concurrencia en busca de discrepancias, pero aquella segunda versión parecía satisfacer a los espíritus más rebeldes. Según se desarrollara el argumento, aquel podía ser un papel ideal para Sandra.

Capítulo 15

A Felipe Gracia del Pozo, hombre infectado por ideales, le costó algún tiempo recuperarse de la sesión de trabajo. Lo oído le había sumido en un amargo trance y le había convencido de que Libre era el Anticristo de los españoles. Y no porque desconociera la historia de España: disfrutaba envileciéndola. No escarmentado, procuró asistir a la entrevista de Lola Badanger (antes Malasaña), que era algo separatista. Un español nunca tiene bastante sufrimiento, se dijo.

—He quedado muy impresionada con su método de trabajo. —le dijo, sin mentir del todo.

—Usted es la de la entrevista, ¿verdad?

Lola sacó el micro, emblema de su gremio.

—¿Qué pretende con esta serie, con el «Antidescubrimiento de América»?

—Dar una visión más universal del hecho. —respondió Edward, aparentemente en serio.— A Europa le han perjudicado mucho los protagonismos de sus regiones.

—¿Quiere decir de las antiguas Patrias?

—Quiero decir «de las actuales regiones». España no descubrió América. Ya habían estado allí fenicios y vikingos, que se sepa. Puede que templarios huyendo en Masa de Felipe el Hermoso, el francés.

—Se demostró hace más de cien años que las supuestas pruebas eran burdas falsificaciones.

—¿Es usted quien habla o soy yo?

—Perdone. —dijo Lola, de mala gana.

—Aún sin contar a fenicios y a vikingos, España no fue más que una de las tantas circunstancias del último descubrimiento. Colón no era español. Su práctica atlántica la había hecho en el norte y en Portugal. Incluso había visto la pluma india que la corriente arrojó sobre una playa de la Isla Terceira. O un indio entero. Si el rey portugués hubiera accedido a sus peticiones, España hubiera quedado al margen de la empresa. Ya le digo: España tuvo un papel circunstancial.

Gracia del Pozo, sangrando por sus heridos sentimientos, se abstuvo de intervenir como se lo pedía el cuerpo.

—Pero, aunque no fuera así, —siguió el escritor— hay otro hecho incuestionable: España no existe ya. Tampoco existen el Imperio Austro—Húngaro ni el reino de Borgoña ni el Egipto faraónico. Son historia.

Gracia del Pozo se estremeció de arriba abajo, pero consiguió mantenerse en pie, aun en contra de la ley de la gravedad.

—Ahora —siguió Edward— estamos hablando del futuro. Y el futuro mejor que todos deseamos exige profundizar en los vínculos de unidad entre los europeos. Por eso quiero presentar el viaje de Colón como una empresa de todos: de judíos, de genoveses... En la tripulación irán alemanes, franceses, ingleses, irlandeses, italianos...

—Pero eso no es verdad, señor Free

—Tampoco España ahora es verdad. Y, dígame: ¿qué importa la verdad cuando se alcanza el resultado más necesario? ¿Sabe usted? Nadie podría vivir en una época distinta de la suya. La tal España no está y, si volviera, no podríamos vivir en ella. Ni siquiera resistiríamos volver a vivir como hace veinte años.

—Esa no es una buena postura intelectual.

—Ya lo sé, pero es un buen método político. Además, ¿añora usted la Inquisición? ¿Desea verse embarcado en guerras de religión? ¿Quiere restablecer el comercio de esclavos? ¿Quiere masacrar a millones de indios? ¿Necesita reducir al hambre a los campesinos? ¿Le urge enviar al fondo del mar a flota tras flota? ¿Le excita contagiar la sífilis al viejo mundo? Todo eso fue España, señora mía, más el tabaco y la patata.

Cuando Lola absorbió todas las palabras, se atrevió a replicar:

—Pero éramos libres.

—Para ir a las guerras del rey; para pasar hambre en los estados del rey; para obedecer con toda exactitud a la Iglesia; para trabajar de sol a sol en beneficio de un duque.

—En el resto de Europa...

—¡Por supuesto! Toda Europa estaba así entonces, o peor. Por eso le digo que hemos mejorado. Por eso hago del pasado lo que quiero en mis series: para arreglar el presente. ¿De verdad no lo entiende usted?

—Hace cien años España estaba en paz; los hombres trabajaban sin pasar hambre. Los gobernantes eran benévolos y cultos y los impuestos, ligeros. El pueblo practicaba su religión sin ser obligado. Como ahora, pero éramos libres: elegíamos a nuestros gobernantes.

—Y ahora, también.

—Elegíamos españoles.

—Deme una razón objetiva que demuestre que los españoles son mejores gobernantes que los otros pueblos.

Gracia del Pozo supo, sin dudas ya, que no se podría discutir con Libre. Pertenecían a mundos distintos. Lola, con el mismo sentimiento, apagó el micrófono y sonrió como en un espejismo:

—Gracias, señor «Libre». —acentuó el apellido en español para indicar de lo que carecía Eduardo, pero fue trabajo perdido: Edward se había vuelto y hacía señas a Sandra. Quería proponerle un menú basado en el pescado, con largo beso de postre.

Capítulo 16

Jean Luc Bonnier penetró en el despacho de Joseá mientras éste, bajo la mesa, se suministraba de su nevera.

—¡Ah, señor Delegado del Gobernador! —dijo, asomando unos milímetros de ojo por encima del tablero.— Se me han caído unos lápices rojos, imprescindibles para corregir libros.

Desapareció para apurar su vaso y, restauradas la confianza en el futuro y la alegría de vivir, se hizo definitivamente visible:

—¿Me ha traído más folletos de aquellos? Tuve, en sueños, una idea: se podrían falsificar. La misma portada, los mismos tipos, pero poniendo en ellos todo lo contrario: lo buena que es la unidad europea, o sea, la paz, y lo felices que somos teniendo la capital en París, bien lejos de nosotros.

Jean Luc Bonnier consideró, por unos momentos, la proposición: no era despreciable. Pero había llegado cargado con las fotografías de los elementos separatistas más destacados. Tenía la esperanza de que Joseá reconociera a algunos de ellos.

El editor repasó la colección de rostros. A sus ojos todos parecían autores primerizos tratando de que el talento se les transparentara en la expresión. Debajo de cada uno figuraban el nombre y la dirección.

—¿Reconoce a alguno?

Joseá sí había localizado a uno de los dos que le administraron el tratamiento de choque. Tomó nota mental de los datos de la ficha y puso una de sus conocidas expresiones bobas.

—¿Quiénes son?

—Agitadores. —suspiró Bonnier— Separatistas. Gente que quiere deshacer la Unidad Europea.

—¿Los que se nutren con los folletos que me enseñó ayer?

—Justamente. Hablan entre ellos en español. Se lo enseñan a sus hijos. Disponen de bibliotecas circulantes para leer a los clásicos en versión antigua. La proximidad del VI Centenario los ha vuelto activos. Opinan que el sufragio universal sólo es válido si se practica por regiones.

—Entiendo: un sufragio universal particular.

—¡Tonto contrasentido!

Joseá recordó su ojo morado:

—¿Son peligrosos?

—No ponen bombas ni asesinan, si se refiere usted a eso. Pero opinan. Imaginan que hubo un tiempo mejor y desean volver a él. Quieren gobernantes nacidos en España, o sea, en la provincia que antes fue España.

Jean Luc se estremeció:

—Gente muy rara.

—¿Y reciben dinero de Hispanolatinoamérica? —siguió preguntando Joseá.

—En efecto.

—¿Mucho?

—¿Cómo saberlo? Hispanolatinoamérica lleva años haciendo una campaña de hispanización. Creo que pretenden ampliar sus intereses a esta provincia, con toda esa teoría de los lazos históricos.

—¿Qué lazos? Amarras. —Joseá, aparentemente preocupado, procuró complacer al delegado del Gobernador de España:

—Echaré otra miradita. —dijo, aprovechando para grabarse más profundamente las señas del energúmeno que le había hinchado el ojo.

—¿Qué? —preguntó Jean Luc, ansioso

—¿Qué?

—¿Reconoce a alguno?

—No. Lo siento.

Mientras Jean Luc Bonnier salía del despacho, entristecido, una idea iba germinando en la potente imaginación de Joseá.

—Guapa —dijo al interfono—: que vengan los escritores de novelas policiacas. Todos los que puedas localizar. Diles que voy a pagar los derechos de autor: es la mejor manera.

Capítulo 17

Javier Catalá salió de su domicilio bien entrada la noche. Era un hombre todavía joven y robusto que, en la universidad —facultad de hostelería— se había corrompido con lecturas clandestinas. Él mismo guardaba en casa dos tomos de una Historia de España y conservaba una colección de suplementos de El País de 1992. Hasta los colores de la patria eran mejores que en la actualidad.

Javier Catalá militaba en la resistencia, practicaba el separatismo clandestino y, por amor al arte, soñaba despierto en los tiempos en que los españoles elegían de entre ellos a sus gobernantes. España había sido una gran nación hasta que se disolvió en Europa. Él, sencillamente, quería recuperar raíces, reconstruir los viejos partidos y practicar la democracia doméstica.

Un ciego marginado tocaba el acordeón cerca de su portal. La música captó la atención de Javier Catalá: era «El sitio de Zaragoza».

Cuando depositó un par de Euros en su platillo, el ciego le dijo en español:

—Viva España.

—Viva. —respondió Catalá, automáticamente.

—Hay novedades. —dijo el ciego.— El editor ha reconocido a uno en las fichas. Detrás de la esquina hay una furgoneta. Sube a ella.

—¡Ajá! —dijo Joseá, apuntando a Catalá tan pronto como éste abrió la puerta.— Sube y espárcete.

Catalá, privado temporalmente del habla y, quizá, del raciocinio, obedeció y se sentó entre dos hombres tan sólidos como él: escritores de guiones policíacos que el editor había embarcado en la aventura.

—Pude denunciarte a la policía. —advirtió Joseá, muy cortés— Puedo pegarte un tiro. Estás fichado y pensarían que ha sido un asunto entre vosotros, los fanáticos.

—No soy ningún fanático.

—Casi nadie lo es delante de una pistola, tienes razón. Por eso estoy seguro de que hablarás conmigo.

—No lo haré.

Joseá siguió, como si no hubiera oído al separatista:

—¿Para qué queríais a Eduardo Libre?

Catalá guardó un heroico silencio. Estaba presto al martirio.

—¿Para qué queríais el proyecto de guión del Antidescubrimiento de América?

Catalá estaba convencido de descender de numantinos: apretó los labios y aguantó como un hombre.

—Es que os los puedo vender. A los dos.

—¿Eh?

Aquellos tipos, se dijo Joseá, eran tan fanáticos que ni siquiera habían oído hablar de la ley de la oferta y la demanda. El editor, en cambio, casi no escuchaba otra cosa.

—Es una trampa. —decidió Catalá.

—¿Cómo lo sabes, si aún no has oído el precio?

Javier Catalá volvió a apretar los labios. La policía era muy lista, capaz incluso de disfrazarse de editor codicioso.

A un gesto de Joseá, uno de sus escritores abrió un maletín, dejando ver un conjunto de botellines y de jeringuillas.

—Suero de la verdad. Podría inyectarte y enterarme de todo.

Catalá no había contado con la química. Un negro desánimo circuló por todas sus cañerías.

—Pero, no. Toma mi tarjeta

El fanático la cogió. Sabía perfectamente la dirección y los hábitos del editor, pero la cogió de todos modos.

—Te voy a soltar y no te voy a hacer seguir. Métete en la cabeza sólo una cosa: quiero negociar con vosotros. El escritor y el guión están en venta.

Capítulo 18

Con el maquillaje todavía tierno, a Edward Free le quitaron el babero y le sentaron en un extenso sillón, frente a los focos. Se encendió la luz de aviso y la locutora, radiante, le sonrió:

—Hoy tenemos con nosotros —le dijo, confidencialmente— a un personaje que no necesita presentación.

—Dilo de todos modos. —avisó Edward, impávido.

—Se trata de Edward Free. —obedeció la chica— Todos ustedes le recordarán de cuando dirigía «La extinción de los estúpidos» y, sin duda, han disfrutado con sus más famosas series: Atila, Gengis Kan y tantas otras.

Edward probó a sonreír modestamente, pero no tuvo éxito. Si fuera modesto, no estaría en televisión para hablar de sí mismo.

—Actualmente —volvió a confesarle la locutora— Edward Free trabaja en su más grande superproducción.

—Sí: el Antidescubrimiento de América.

—Hemos oído que es una serie destinada a conmemorar el VI Centenario del descubrimiento de América.

—No va a conmemorar nada de eso.

La locutora, desconcertada, sonrió mientras su ojo izquierdo releía el monitor de las chuletas. Estaba escrito bien claro: Serie para conmemorar el VI Centenario. ¿Qué hacer?

—¿Cómo es eso?

—La serie va a poner las cosas en su lugar. La antigua España, como todos saben, no descubrió América. Antes de Colón, que no era español, llegaron fenicios, israelíes, vikingos, sajones y, probablemente, pescadores bretones y vascos. La diferencia está en que los antiguos españoles se quedaron allí e iniciaron la explotación salvaje de aquel continente.

—Habla usted muy seguro de lo que dice.

—Hay pruebas históricas: se han encontrado inscripciones fenicias, monedas romanas e hispanoárabes y runas escandinavas. Algunos indios americanos usaban formas geométricas muy parecidas a la Estrella de David o Sello de Salomón. Fray Bartolomé de las Casas, español antiguo, relató la mortandad que se causó entre los primitivos habitantes.

—¿Tan grave fue?

— Sí. —dijo Edward sin rebozo.— Europa debe disculpas a toda América. Y, más aún, al norte. Los antiguos españoles construyeron universidades y hospitales en todas partes menos en Estados Unidos y Canadá. Les discriminaron en eso y en muchas otras cosas.

La locutora dijo que sí con una sonrisa.

—La antigua España, como decía antes, no descubrió América: la explotó en su beneficio y, gracias a ello, desencadenó dos siglos de guerras europeas. Hoy Europa está lo bastante civilizada como para disculparse por ello.

—Muchas gracias y...

—Pero —interrumpió Edward—, aunque terrible, aquel falso descubrimiento es una larga novela de aventuras. Recuerde el May Flower, desembarcando puritanos hambrientos. A través de tantos sucesos pretendo dar la verdadera dimensión de hecho. Y, más aún, una palabra mágica: la interacción.

La locutora consultó con su monitor: ni rastro de la mágica «interacción». El guión había saltado, hecho pedazos, cosa que solía suceder en las proximidades de E. Libre.

—Cuando Europa descubre América, no es menos cierto que América descubre Europa. Las viejas culturas amerindias se corrompieron al contacto con los españoles que no dejaban comerse a los cautivos; pero en el norte la más genuina cultura europea acabó por fructificar y, siglos después, sin rencor, los Estados Unidos regresaron a Europa: libraron nuestras últimas guerras endémicas, ayudaron a pacificar este díscolo continente y lo desarrollaron mediante la pólvora y el plástico.

—Gracias a ellos —siguió Free, invitado por el mutismo de la confusa locutora—, hoy la Unión Europea es la segunda potencia mundial, ambas a tremenda distancia de cualquier otra entidad política. De ahí el título: «El Antidescubrimiento de América». Somos lo que somos no porque Europa descubriera el Nuevo Continente, sino porque el Nuevo Continente, tras perdonar, nos descubrió a nosotros.

—Ya han oído ustedes al conocidísimo Edward Free: su nueva serie está patrocinada por la Comisión del VI Centenario y cuenta con el apoyo de los gobiernos Europeo y Americano y con las subvenciones de importantes Entidades Financieras.

—El First Manhattan Bank, la Coca—Cola, General Motors, IBM. —puntualizó Eduardo— Esta serie simbolizará el encuentro de dos superpotencias.

—Estamos seguros de que será otro de los grandes éxitos a los que este extraordinario escritor nos tiene acostumbrados.

—Puedes apostarte las botas. Además, habrá sorpresas.

Capítulo 19

Javier Catalá entró en el coche donde le aguardaba Felipe Gracia del Pozo, máximo dirigente y profesor de la Universidad de Trapisonda. Ambos llevaban una hora vigilando las evoluciones de Joseá que, fiel a sus métodos, recorría los bebederos habituales libando de cuantos cálices caían en su radio de acción.

—Está solo. —informó Catalá— Contempla su copa y le murmura cosas.

—¿Te ha visto?

—No. —Catalá, claro, subestimaba el ángulo en que los ojos de Joseá podían trabajar.

—¿Policía? —volvió a preguntar Gracia del Pozo.

—Ninguna.

Sin embargo, podía ser una trampa. Años de militancia idealista habían escarmentado a Felipe Gracia, pero seguía siendo partidario de arriesgarse por la causa. Le satisfacía la vieja lucha entre David y Goliat.

—¿Quiere un vaso de vino español? —preguntó al editor, nada más sentarse a su lado.

—Apuesto a que usted, viejo cátedro, conoce a alguien que ha visto una pistola hace poco. Ya me parecía a mí, tanto Cervantes, tanto Quijote… Usted se pasa la ley por donde yo. Lo sospechaba al ver sus ojos de conejo.

A pesar de los posibles micrófonos direccionales, Gracia del Pozo se sintió verdaderamente a solas con Joseá:

—¿De verdad están en venta el guión y el escritor?

—Tú no hablar español con mi. —respondió Joseá, exagerando sus trancas y barrancas— Ser bilingüe es una pérdida de tiempo cuando todo el mundo entiende inglés.

Felipe Gracia del Pozo respiró ruidosamente. Su lucha era una batalla perdida, pero le parecía hermoso vivir en una novela de caballerías.

—Acabo de ver las declaraciones de Eduardo Libre en televisión. He hablado con él por la mañana: ¿de verdad cree que eso es lo que hay que decir al mundo?

—No no sé si lo cree, pero le dan quinientos millones por decirlo y le ponen un presupuesto ilimitado. No obstante él, que tiene una sólida moral calvinista, podría aumentar sus beneficios y condescender en incluir algunos detalles sutiles en la serie. Y siempre podemos redondear con el próximo Quinto Centenario del Quijote: yo lo ando cocinando.

—Por dinero. —suspiró Felipe, trasluciendo su decepción.

—Quizá usted no lo haya oído nunca, pero el dinero es el motor del mundo. ¿Quién podría negarlo, incluso bajo el influjo del ideal?

—Somos pobres. Y, además, cuando un pensamiento es de uso común no es un buen pensamiento.

—¿Y Hispanolatinoamérica? ¿No tienen interés en fomentar aquí lo español? Yo mismo he visto folletos hechos en Caracas.

—Los hispanolatinoamericanos no son tan ricos como la Coca—Cola o el Banco Nacional Europeo. Ni como usted.

—Quieren fraccionar la Unidad Europea para conquistar parte del mercado mundial, hombre de Dios. Sus productos, a causa de los excedentes de mano de obra, son más baratos que los nuestros. ¿Cree que Hispanolatinoamérica es una romántica o que busca más dinero, como todos? Sea bienvenido al persistente delirio de la vida. A usted lo han despertado y no sabe como volver a coger el sueño.

Los hispanolatinoamericanos parecían moverse, casi a partes iguales, por los dos motivos: había un componente sentimental, racial casi, y una necesidad de supervivencia ante el mundo anglosajón. Emociones y dinero.

—He visto a Libre en acción. ¿Cómo podría cambiar él ese infecto argumento? ¿Cómo podría, sometido a la Comisión del VI Centenario, demostrar que España es otra cosa y que tiene derecho a la independencia?

Joseá se echó a reír: aquel tipo no conocía los innumerables recursos de Edward Free cuando perseguía un puñado de euros.

—Podría. Créame.

—¿Hasta qué punto?

—Hasta el punto de poner de moda a la facción de usted. Hasta el punto de hacer sospechar a todos los europeos que han perdido un mundo mejor. Usted y yo sabemos que no lo era, pero la gente se lo traga todo. Este vino, por ejemplo.

—¿Cuánto costaría?

—Quinientos millones.

—¿Eh?

—No sea quejica: andan ustedes siempre con su lamento genético. Piense en la alegría de ver como sus enemigos gastaban cientos de millones en hacer una serie a favor de ustedes. Piense en sus hijos pudiendo decir «Libertad o Muerte.» Yo lo veo como una ganga.

—No tengo ese dinero.

—Pero puede conseguirlo. Tengo la sospecha de que ustedes, los fanáticos, no son tan pocos como dice el Gobernador de España. Y está el rubito.

—¿Puedo pensarlo?

—Debe pensarlo. Le estoy ofreciendo una ganga. A lo mejor consiguen esa independencia. Siempre que se den cuanta de que sólo hay hombres, no Historia.

—Y usted, ¿qué gana?

—Oh, yo le robaré lo corriente a Edward. Es una vieja tradición española. Quizá universal.

Gracia del Pozo se puso en pie y de nuevo vigiló el local casi desierto.

—¿Juega limpio usted?

—Por quinientos millones uno hace cualquier clase de esfuerzos.

Capítulo 20

Sandra tenía talento y sueños. Tras seis anuncios, uno de ellos cuando todavía hacía las prácticas universitarias de Animación de Hoteles, había conseguido su primer papel en una serie editada por Joseá. Pequeño pero prometedor: la mujer de un cuadro que, de tanto en tanto, charlaba con el protagonista desde el lienzo. Le daba consejos morales y le servía de conciencia. Algo como “el Antirretrato de Dorian Gray”, que cargaba con la culpa de todo.

Pero aquel personaje no había supuesto su consagración. En tres años y medio sólo había conseguido tres trabajos y, a sus veintidós, corría el peligro de seguir siendo para siempre una del equipo.

Cuando descubrió que, gracias a las inesperadas circunstancias, había conseguido la amistad nada menos que de Eduardo Libre, supo que estaba ante la oportunidad de su vida. Pese a lo ocurrido anoche, no pensaba usar la prostitución profesional, pero tampoco estaba dispuesta a sacrificar su carrera, de manera que llamó a su novio:

—Espero que sepas comprender. —le dijo— Lo nuestro no puede ser.

—¿Hay otro? —Cuando una mujer habla así, siempre hay otro.

—Sólo el trabajo.

—No me lo creo. —gruñó él, que había hecho un curso sobre psicopatología femenina para barmans, o sea, barmen.

A Sandra Eduardo ya le había comentado que el extraño ataque parecían haberlo planeado los separatistas.Y su novio lo era. Como tantos, había contraído la enfermedad en la universidad, viendo al viejo pueblo destinado a la hostelería, a las agencias de viajes, al limpiado de zapatos y, además, leyendo libros de historia en español antiguo.

También había oído Sandra lo que Eduardo Libre opinaba de los separatistas, y, si el escritor descubría que su novio lo era, acabaría sospechando que ella tomó parte en la conjura nocturna.

—Ya que quieres saberlo, es por tus ideas. —dijo, observando como la cara de su novio enrojecía.

—Creí que también eran las tuyas.

—¿Sabes en qué voy a trabajar?

—En una de esas series. Mejor harías volviendo a la publicidad oficial: es tonta pero, como son anuncios de un minuto, no te da tiempo a quedar mal.

Ella observó en la pantalla el rostro de su novio. Así, tan pequeño, le parecía más lejano aún.

—Trabajo en el Antidescubrimiento de América.

—¿Qué?

—Ya lo has oído.

Sí: el rostro pequeño y lejano se había vuelto púrpura:

—Tú, no. —dijo, al fin, el hombre. Su honor, mancillado.

—¿Entiendes ahora por qué es mejor que lo dejemos? No me lo perdonarás, ¿verdad? Pensarás siempre que soy una traidora o tratarás de que abandone el trabajo. Y puede ser el papel de mi vida.

Él la miró. Triste además de mancillado:

—Hubiera preferido que fuera otro hombre: amor al menos. Pero es ambición.

Sandra tenía muchas cosas qué decir. Desmentir lo de la ambición, por ejemplo. Explicar a aquel joven que ya iba siendo hora de madurar, de salir de los sueños y de atenerse a la realidad. Pero no quiso perder el tiempo. Dijera lo que dijera, él pensaría lo mismo de ella.

—Cúidate. —murmuró. Y colgó. Ahorcamiento a larga distancia.

Capítulo 21

Tras el rudo amanecer, ese en que la Aurora tiende su manto y hay que saltar de la cama, todos se fueron reuniendo en el salón sobre cuyo escenario Edward Free les contemplaba desde lo alto de los siglos. Su misión de la mañana: enseñarles que la vida no es un lecho de flores y que unos buenos escritores y actores deben sospechar que la negra muerte les anda cerca.

—He leído los primeros borradores de los escritores de diálogos, de ambiente, de paisajes y de meditaciones. Algo falla. No hay brillo, no hay comprensión de la época. Así que les voy a dar un curso rápido de Psicohistoria porque necesitan saber los pensamientos de entonces para falsificarlos mejor. Aprenderán —dijo como un oráculo— lo que es común al hombre de todas las edades: que muere, no es feliz y le gusta herir a los débiles. La Historia es un accidente y, como el hombre se repite a través de los tiempos, no cambia nunca el argumento de nuestra vida: abuso, engaño, ambición, sangre, codicia, envidia, desamor, guerra y muerte. Les voy a motivar hacia la justa valoración de lo permanente. Lo permanente es instintivo, aunque siempre hay superdotados que salen del sueño de los instintos para dar en el sueño de la razón. La vida, amiguitos, no va de broma.

Se oía el ruído que metían tomando notas. Joseá, no. Bonnier, tampoco. Sabían lo suficiente para abstenerse de creer nada que dijera Edward Free, escritor mercenario, sofista y ciudadano desgastado por el uso. Pero Joseá, sabía, además, el final: estaba a punto de provocarlo.

Un rapsoda, que haría en la serie el papel de Fray Gerundio —sí, un Fray Gerundio antiguo, pensado para hablar medios latines afrancesados a los indios analfabetos— ocupó los medios del escenario, donde se baten los valientes. Eduardo previno a la masa de intelectos:

—Se han ganado ustedes el correctivo de la poesía, que ya saben que es un no sé qué. Fray Gerundio les va a recitar, con voz especialmente engolada para la ocasión, unos versos de Calderón de la Barca. En ellos está el concepto de vida que ya tenían los Reyes Católicos y que Colón aceptaba como cierto. No lo olviden: La vida es un sueño dentro de un sueño y un tiempo común que no vuelve.

—Los que no entiendan español —comenzó el rapsoda con sentimiento y voz florida— encontrarán bajo sus asientos una traducción. Segismundo: Es verdad; pues reprimamos esta fiera condición, esta furia, esta ambición, por si alguna vez soñamos; y sí haremos, pues estamos en mundo tan singular, que el vivir sólo es soñar; y la experiencia me enseña que el hombre que vive sueña lo que es, hasta dispertar.

—Ya comprenderán —advirtió Eduardo Libre, que Colón pensaba eso, pero no en verso. Ustedes, en cambio, comprendan que hoy nos morimos entre pequeñeces respecto a entonces. Nos tiene atrapados lo pequeño. Sufrimos bajo la tiranía de lo inútil.

—Sueña el rey que es rey, y vive con este engaño mandando, disponiendo y gobernando; y este aplauso, que recibe prestado, en el viento escribe; y en cenizas le convierte la muerte (¡desdicha fuerte!): ¿Qué hay quien intente reinar, viendo que ha de dispertar en el sueño de la muerte?

—¿No le parece, Whait, que esto es muy subversivo, aunque sea tan antiguo? —preguntó Bonnier

—Es para flagelar las mentes. Que padezcan de visones nuevas: se van con aspirina. No saldrá en la producción. No nos gusta dar ideas, a nosotros. Pero a los autores no hay que escatimarles ni la reciedumbre de la verdad ni que el hombre, en su nebuloso pasado, quiso un mundo limpio y pulcro. Muy preindustrial.

—Sueña el rico en su riqueza, que más cuidados le ofrece; sueña el pobre que padece su miseria y su pobreza; sueña el que a medrar empieza, sueña el que afana y pretende, sueña el que agravia y ofende, y en el mundo, en conclusión, todos sueñan lo que son, aunque ninguno lo entiende.

—¿Qué le diré a Sir Walter si se entera? Lo que dice el fraile es subversivo y revolucionario.

—Dígale que son textos de Shakespeare. Ya sabe que Shakespeare no puede equivorcarse, ¿no? Aquellos hombres, rostros de seco pergamino, confundían la luz de sus ojos con la del alba. Alba de América, dijo alguien: un alba anterior al descubrimiento. Aún hoy uno sueña lo que es y no logra ser lo que sueña

—Yo sueño que estoy aquí, destas prisiones cargado, —dijo el presunto Fray Gerundio, más solemne aún.— y soñé que en otro estado más lisonjero, me vi. ¿Qué es la vida?, una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.

Los delegados, que habían suspendido sus funciones nobles al empezar a percatarse de lo que significaba aquel lío de los sueños, revivieron y comenzaron a dar muestras liberales. El de la Coca—Cola ganó por una nariz al del First Manhattan y su voz explotó como una carga de la caballería confederada.

—Esto va contra el libre tráfico de lo que sea. Si la gente piensa que está soñando, soñará que se compra algo pero no lo hará.

—Sueña, que algo queda. Por eso mismo la época de Colón era tan pobre y poco emprendedora en comercio. Justamente el Almirante de la Mar Océana, empezó a cambiar el concepto mecantil: hubo un gran intercambio de oro y de esas cosas y un gran avance en las opas hostiles mediante el uso británico de los corsarios.

—Entonces —dijo el del First—, ¿no somos un sueño?

—Todo lo más un analgésico tomado con forma de supositorio.

—No es bueno que la gente sueñe. —dijo el delegado de Sajalín, que nunca había intervenido. Se daba pote.

—El mayor sueño de la humanidad fue la misericordia. Y la caballería andante. Cosas antieuropeas. —advirtió el delegado de la ONU— ¿Es usted comunista? Ese Calderón es antiliberal y antidemócrata. No cree en ninguna ideología porque cree en Dios.

—Fue hace mucho. —retrocedió Free con cautela: era muy grave ser antiliberal: se ganaba menos dinero si te hacían el vacío—. ¿Qué parte es comunista?

—La del rey, que sólo se imagina que es rey. Rompe el principio de autoridad.

—Pero ahora no hay rey. ¿Qué puede importar?

—Pero hay empresarios, que es lo mismo. Y magníficas Corporaciones. ¿Va a decir que esos sueñan lo que son y que ninguno no entiende?

—Yo no lo entiendo y mire que tengo fantasía. Pero sé que no son sueños sino dólares. Tengan en cuenta los señores delegados que esta poesía antigua la usamos para elevar la confusión de los escritores y actores y que no sepan en qué mundo se andan. Sólo así se arrancarán de la cabeza la poca historia que saben. Para hacer una creación perfecta conviene colocarse, previamente, en un estado de vacuidad. El vacío de la mente consigue que la asalten ideas, porque la Naturaleza odia los huecos. Horror Vacui.

—Si es así… —murmuró el Delegado de la ONU, que cedía ante el latín desde que descubrió lo que significaba “Semper Fidelis”.— Si es un asunto instrumental, una treta psicológica llena de mala fe, continúe. Siempre podremos presentar el veto.

—Es más —remató Eduardo Libre—: Se trata de demostrar que si eres rico, tienes razón. Toda. De ahí que los ricos puedan escribir la historia a su gusto y dar un coscorrón a D. Cristóbal. Un comerciante todavía tocado por la luz de los poetas. Tan tocado que no llegó a comerciar.

Capítulo 22

Mientras el auditorio, abrumado por Calderón, meditaba sobre lo pantanoso de la realidad, o sea, de la verdad tocable y comestible, Jean Luc Bonnier y Joseá, en un descuido, se habían transportado a los taburetes del bar. Tras seleccionar un cariñena que no era un sueño pero podía provocarlo, observaban el mundo a través de la nueva bruma desencadenada por Eduardo Libre.

—En este mundo traidor nada es verdad ni mentira. Todo es según el color del banquero que lo mira. —recitaba Joseá, sediento místico.

—¿Eh? —Bonnier andaba abismado y se preguntaba si, siendo todo un sueño, su mujer no sería un marinero escandinavo.

—Que todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es callar. —insistió el editor, cambiando de plagio.

Jean Luc, aun con el auxilio del cariñena, estaba deprimido. Grandes dosis de Edward obraban terribles efectos:

—Si pudiera juntar a todos los separatistas y que Free les diera una ración de duda metódica…

—Claro —afirmó Joseá, siempre atento a la dirección del dólar.— Por un dinero extra, casi simbólico, permitiría que ustedes declarasen a Libre como arma letal y le organizaría un circuito de conferencias por Hispanolatinoamérica, dando de firme con “la vida es sueño”. Sólo quedarían tierras devastadas por la esquizofrenía de la doble o triple realidad y eremitas comiendo saltamontes y recitando «Pues ¿tan parecidas a los sueños son las glorias, que las verdaderas son tenidas por mentirosas y las fingidas por ciertas?». Hay un trozo descorazonador en que Segismundo, “destas prisiones cargado”, se compara, con desventaja, al pez: “nace el pez que no respira, aborto de ovas y lamas, y apenas bajel de escamas sobre las aguas se mira cuando a todas partes gira midiendo la inmensidad de tanta capacidad como le da el centro frío”. Y Segismundo, que es clasista, se enfada: “¿Y yo, con más albedrío, tengo menos libertad?” ¿Se da cuenta, Bonnier? Un bacalao más libre que un hombre.

—¿Qué somos, señor editor? Sin alma yo vivía muy bien: todo era comprensible.

—Somos cráneo, Bonnier. Un desalmado lo ve todo sencillo, pero basta con arrimarle a Calderón para que sus versos le embutan el alma antigua hasta las médulas y venga en preguntarse, a todas horas, que quién es y adónde va y para hacer qué. Menudee del cariñena: hace visible el ánima con mucho tintineo de neuronas.

—Sí: esto es sólido.

—Líquido, con perdón. Se adapta a la forma de su contenedor, ya sea botella, vaso o espíritu. Ahora sólo nos falta un plato contundente, sacado del viejo recetario de Arguiñánigo, para alcanzar la paz y la iluminación. —Joseá, voló rasante en alas de sus recuerdos—. Mi tío, un santo devoto del jumilla, me decía “la iluminación entra por la boca” y yo le respondía “Iluminas como una bombilla de 200 W”. Él, a menudo, añadía “Dar luz es la misión del hombre bueno. Paga la próxima ronda”.

—Sabios tíos. Oncles les llamamos nosotros. Suelen ser ovejas negras.

—Pero volvamos a la realidad que tengamos más a mano. Avivemos el seso y hablemos del «Antidescubrimiento». Y de la promoción.

Bonnier descendió de su alma por larga escalera, aunque con quejas. Artritis del ánimo:

—Maldito «Antidescubrimiento». Quede entre nosotros, buen editor: mucho hablar, mucho hablar, pero Free sólo ha desorbitado un poco el guión de Jean Lapin, Thomas Spenser y J.J. Torceau, aquella banda de historiadores. Creo que desfilaban marchas militares por toda su biblioteca. Borrachos como lores. Free sólo ha añadido anécdotas y visiones irreverentes. ¿Cree posible quellegaran a hacer sopa con los cueros de sus cinturones?

—Ahí quería llegar, camarada Delegado. ¿Sabe por qué se le ocurrió el título? Me dijo, antes de aceptar el encargo, “Llevo otra idea en la cabeza. Al fondo a la derecha.” “¿Y por qué no la expones?” “Para no desbandarlos. Primero, asustarlos con lo que sale removiendo la Historia. De ella pueden emerger las más bobas ridiculeces, como el pulpo que tenemos abonado para el Atlántico”. Le advertí: “La historia acaba en efemérides. Tú mismo estás haciendo la efemérides del día doce de octubre de mil cuatrocientos noventa y dos”.

—¿Qué fecha es esa? —preguntó Bonnier, algo turbado por el tanino del bermejo vino.

—La de un grito nada más. Lo dio Rodrigo de Triana porque ofrecían recompensa. Gritó “¡Tierra!” y así se inventaron el Imperio Español y los Estados Unidos, Dios los bendiga. Pero ese día no se descubrió América sino las Bermudas. Una isla pequeña llamada Guanahani y, luego, San Salvador hasta que los piratas la dejaron en Wattling. Tome nota porque pocos lo saben.

Bonnier, aunque ligeramente tostado, se mantenía bien asido en la realidad:

—¿Qué es eso de no desbandar a los delegados? ¿Planea una de sus jugarretas?

—Lo mismo le dije. “¿Planeas jugarreta?”. “No. Sólo una gran obra”. “¿De cuántas páginas?”. Ya sabe, Jean Luc, que a los editores nos llama la atención el grosor. Un libro gordo se vende mal, porque asusta. “¿Cómo voy a enterarme de lo que dice aquí sin perder el tiempo?. Esperaré a la película”. Con las series televisadas, si tienen más de doce capítulos, la gente se dice “Esperaré a que salga en el Digesto de lecturas”.

—“Piensa — le advertí— que la gente quiere los hechos desnudos y las palabras escuetas. O viceversa”. “Yo soy un viceversa del demonio. —respondió—. Pero una idea nueva no se puede presentar de golpe a una cuadrilla de funcionarios”. “¿Pero les darás Centenario puro o mezclado? En esto soy muy mirado y, además, ya tengo una portada de Colón, con sus ropones, traspasando a un indio caribe para arrancarle el pendiente de nariz”. «Pirsing» antiguo. ¿Ya sabe que los romanos, cuando decaían como sumerios, se dejaban la barba, el pelo largo y los pendientes? Siempre se repite la parte mala de la Historia.

—Me sorprendió que Free dijera en televisión que habrá sorpresas.

—Y debe haberlas. Las sorpresas se llaman promoción. ¿No ha notado ya que los noticieros han perdido interés por la construcción y carpintería del Antidescubrimiento. “Sólo unos tíos habla que te habla en un teatro y ni un muerto. Nadie herido por una bala confusa. Ni siquiera un incendio devastador ni una alarma de bomba”. Eso es lo que se dicen los noticieros entre ellos, mi buen Jean Luc. Entre él también se lo dice Edward Free: “Aquí hace falta un naufragio con pulpo”. Cree que seguimos el camino del fracaso. “En este mundo del arte de la palabra y del ensueño, Joseá —me dijo mientras absorbíamos el organismo de una langosta—, habrás reparado en que, desde hace un siglo, todo sucede en Estados Unidos”. “He reparado, Eduardo. Si no hay americanos mezclados, es como si no pasasen los argumentos. Una vez caí en la tentación y leí un libro en que se encontraba una iglesia templaria en Nueva York”. “En efecto: lo que pasa en Nueva York es universal; lo que no, provinciano. Hasta los fantasmas está ahora allí en lugar de en los castillos ingleses donde antes se fabricaban”. Eso es lo que hay, Bonnier: debemos fabricar noticias en torno al Antidescubrimiento, como si se estuviera confeccionando en el Bronx, rodeados de pistoleros negros y de policías corruptos, con un concejal despiadado que se está haciendo el propietario del barrio.

—¿Y qué hay que hacer, Mr. White?

—Prestarme al comisario “Gröss” y su sabiduría hamburgesa.

—Huy, huy, huy. —profetizó Jean Luc Bonier, porque conocía los retortijones cerebrales de Joseá y la eficiencia de Gröss al aplicar la violencia manual—. Asegúreme que nadie saldrá herido.

—Sólo de alma, amigo mío, y el alma, como ambos sabemos, sólo es un sueño muy enredoso y caro. Lo que no es alma o es sorpresa o es dinero.

Capítulo 23

Sir Walter Twistle era Ministro Gobernador de España desde hacía año y medio. Pertenecía a la mayoría Conservadora Progresista desde su más remota juventud y, después de años de entrega y de haber ocupado cargos de relieve, incluso el Ministerio de Publicidad e Ideología, le habían echado al apartadero.

En el congreso de la internacional, cuando se estudiaba la estrategia para ganar las elecciones, el Presidente le había pedido su último acto de servicio:

—Hay que ir renovando a los diputados, Sir Walter. recuerde que usted mismo ganó su escaño a los veinticuatro, con la calabaza apenas desarrollada. ¿Se ha preguntado quién le hizo sitio a usted?

—Geoffrey Hole. —respondió Sir Walter en alas de sus memorias.— Se partió la cabeza al adelantar a un camión.

Geoffrey Hole, difunto, jamás hubiera dejado su poltrona para que la ocupara un jovencito. Opinaba que la juventud era inexperta: como Sir Walter ahora.

—No obstante —siguió el Presidente— no podemos prescindir de su extraordinaria experiencia y espero que no se niegue usted, Sir Walter, a ocupar un cargo relevante donde hacen falta sus extraordinarias dotes de organizador.

Sir Walter, en efecto, no se negó. Ni siquiera cuando supo que el cargo de relevancia era el Gobierno Delegado de la provincia de España, una de las regiones de menor importancia socioeconómica. Como si le nombrarán, a la vez, director de un parque de atracciones y de una residencia de ancianos, o geriátrica.

¿Qué otra cosa hacía la gente en España? Acudía a las playas, a los hoteles, a los espectáculos y a los asilos. Era cálida y no estaba superpoblada; dada su escasa industria, apenas tenía contaminación. Grandes hoteles, grandes aeropuertos, grandes carreteras, grandes cementerios y camellos de alquiler vagando por los desiertos. De España, al retiro definitivo.

—No lo crea usted. —advirtió entonces el Presidente a Sir Walter.— Necesitamos allí a un hombre experto. En breve se celebrará el VI Centenario del Descubrimiento de América, que ha de ser una conmemoración europea, pero en España se vienen detectando focos de separatismo.

—¿Eh?

—Hay españoles que no se sienten europeos.

—¿Después de tanto tiempo? —Sir Walter no se extrañó: había oído que quedaban algunos escoceses y algunos irlandeses que pensaban igual. Gente tozuda.

—Parece ser —siguió el Presidente— que los hispanolatinoamericanos alientan esa forma de pensar. Hispanolatinoamérica quiere cambiar el equilibrio de fuerzas en Europa para hacerse con algunos de nuestros mercados. Si no consigue otros nuevos —añadió—, no tiene forma de aumentar su producción y continuar con su desarrollo.

—Entre nosotros y los americanos los hemos ahogado, ya sé.

Y en Madrid estaba, desde poco después, Sir Walter Twistle, viendo acercarse la fecha del centenario y oyendo hablar de los separatistas a sus oficiales de policía. Aunque la añoranza del tiempo pasado no estuviera prohibida, era aconsejable cazarlos como a conejos. En cualquier caso, lo anticonstitucional era no aceptar la Unidad Europea. «Europa —decía la Constitución— es el país único e indivisible de todos los europeos». En otro artículo se definía quiénes eran europeos y los españoles entraban en la categoría (menos los canarios y los de Ceuta y Melilla) aunque su provincia careciera de industria y hubiera sido apartada del comercio internacional.

Jean Luc Bonnier, su Delegado en la Comisión del VI Centenario, le estaba dando malas noticias:

—Los separatistas se están acercando a Edward Free. Edward Free —añadió— es el nuevo escritor que está arreglando la serie mundial sobre el descubrimiento de América. El guión anterior era... demasiado histórico.

Sir Walter lo recordó vagamente: Jean Lapin, Thomas Spenser y J.J. Torceau, buenos estudiosos, no habían sabido desprenderse de los clisés habituales y, una vez más, España, no Europa, había descubierto América, en contra de los intereses contrastados por el uso.

—Es que fue España. —le respondieron, cuando les llamó la atención sobre el error—. Todos eran españoles. Los barcos estaban construidos en España. El dinero era español...

—Colón no era español. —rebatió Sir Walter, implacable

—Verá...

—¿No me dirán, a estas alturas, que lo era?

—Pudo serlo. Lo de Génova es una versión. También se le ha considerado extremeño, catalán, balear y aristócrata, quizá emparentado con el Príncipe de Viana... Lo cierto es que varios años antes de 1492 ya era tan español que las notas para sí mismo las tomaba en castellano. Y, luego, título del Reino: Almirante de la Mar Océana, Duque de Veragua.

Aquella fue una de las pocas veces en que Sir Walter perdió su reconocida paciencia. Llamó a Jean Luc Bonnier y le encargó un nuevo guionista. «Alguien capaz de hacer que el Descubrimiento fuera lo que debía ser», sin absurdas lecturas de los viejos libros de historia.

—Edward Free es, además de español, un mercenario descuidero.

—Pues ése.

—Y su editor, otro.

—Pues ésos. —insistió Sir Walter.

—Libre lo está haciendo muy bien —siguió Bonnier con su informe al Gobernador—. Colón llevará una tripulación de todas las provincias europeas. Y, antes, demostrará que muchos otros europeos, incluidos los judíos, habían descubierto América y que lo que hizo la antigua España fue explotarla.

—¿Y lo de la matanza de los pobres indios?

—También. El editor ya tiene una portada con D. Cristóbal traspasando a un indio. Por el oro, ya sabe. Además cuenta que Quetzacoatl era sajón. Lo dice todo. Por eso los separatistas intentaron raptarlo en su hotel hace un par de noches y agredieron a su editor para conseguir información. Por su parte, Edward Free advierte que dará sorpresas.

—Eso es muy grave. Las sorpresas no gustan a nadie: a lo mejor Colón muere en el motín antes de descubrir América. —opinó Sir Walter, animado. Por fin empezaban a suceder cosas en la provincia. Estaba cansado de los acostumbrados problemas de overbooking en los hoteles, de la congestión del tráfico aéreo y de inaugurar residencias para retirados.

—Es muy grave, pero esperanzador. Si los separatistas no han renunciado a impedir la serie, que lo dudo, volverán a intentar raptar a Edward Free. He pensado que, vigilándolo discretamente...

—¿Gröss? —preguntó Sir Walter.

—Gröss precisamente.

—Ya: un cebo. Si nuestros peces tratan de picar, serán atrapados. — Twistle hizo una pausa reflexiva— Pero que no le pase nada a ese escritor. Sobre todo, ningún golpe en la cabeza. Al comisario le gusta especialmente la cabeza, ya sabe. Ha abierto cientos de ellas en Hamburgo, entre el gremio de marineros.

Capítulo 24

Roderico Valdés Battle era rubio y mejicano. Lo de Roderico había sido una exigencia de su madre, norteamericana y anabaptista: «O se llama Roderick, Roddy, o no lo bautizan los papistas». Roderico se quedó, aunque su hermano siguiente se llamó Hermógenes, como el abuelo paterno.

Roderico Valdés era, oficialmente, delegado de Aeroméjico y canalizaba el turismo hispanoamericano a la antigua España y el europeo a Méjico. Era, además, el cónsul secreto de su nación en la Madre Patria. Méjico, como las otras repúblicas españolas, sólo podía tener un embajador, en París, y por eso Roderico parecía solamente el delegado de una agencia de viajes. Pero pertenecía al cuerpo diplomático.

Además, promocionaba en serio, con empeño, el turismo de los españoles hacia Méjico. Allí, en lugar de enseñarles las pirámides o darles vueltas por las ciudades en ruinas del Yucatán, les mostraban la arquitectura española, les llevaban a rezar a la Virgen de Guadalupe, les invitaban a espectáculos hablados y cantados en español. Trataban, en suma, de despertar en los turistas el viejo recuerdo de lo que fue su desaparecida Patria. Aquel lugar nebuloso y nunca acabado.

Méjico, fronterizo con USA, era la punta de lanza de la ofensiva hispánica. Más del cincuenta por ciento de la población norteamericana hablaba en español, pese a los esfuerzos de las autoridades federales. Y, por debajo del río Bravo, vivían casi dos mil millones de hispanohablantes.

Pese al tratado comercial, extraordinariamente duro, y a la más deficiente industrialización mejicana, el gran negocio del país estaba en la exportación de libros a los Estados Unidos: un mercado de casi doscientos millones. Las empresas de televisión hacían también emisiones españolas para USA y vivían de la publicidad de las grandes empresas americanas: en EE.UU estaban prohibidos los canales en Español, pero no había modo de impedir que la población hispanohablante conectara con las emisiones mejicanas.

Roderico, al margen de sus otras prendas, había sido escogido para el servicio en Europa por rubio. Las repúblicas españolas preferían para su diplomacia a personas con apariencia anglosajona típica y buenos conocedores del Inglés. Por alguna razón, de su exclusiva competencia, americanos y europeos respetaban más a los hispanoamericanos rubios, de modo que Roderico y otros tantos como él ejercían una benéfica acción de relaciones públicas. A él, por ejemplo, nadie había intentado llamarle «manito» o «pelao». Al Presidente de su república, sí.

Con un calzón corto y una cámara al cuello, penetró en el Museo del Prado, sonriendo, admirado, hacia los cuatro puntos cardinales más importantes. Era otro de los miles de turistas europeos que visitaban la instalación.

Aparentemente a la deriva, llegó hasta «Los fusilamientos de La Moncloa» que, dada su temática, no había sido enviado al Louvre, actual pinacoteca de Europa. Felipe Gracia del Pozo insistía en tener allí sus encuentros clandestinos. Le inspiraban aquellos patriotas gritándole algo a la muerte: Goya no recogió las palabras, pero debieron ser gruesas.

—Es demasiado patente —protestó una vez Roderico— Acabarán por descubrirnos. ¿Por qué no vamos ante el Tiziano de Carlos V en la batalla de Mülberg?

Aquel Tiziano, también por motivos de contenido imperial, tampoco había ido a dar con sus bastidores en el Louvre, donde imperaba Francisco I.

—Carlos Primero.—advirtió Felipe.— Carlos Primero de España. Y, mira: me siento más orgulloso de estos que morían llenos de rabia que del Emperador.

Roderico, consciente de rozar un delicado asunto, se abstuvo de nuevos comentarios y pasó directamente a la acción principal:

—¿Qué es eso tan urgente?

—¿Has visto a Eduardo Libre en la televisión?

Roddy tuvo un estremecimiento. Lo había visto y lo había maldecido. ¿Cómo un escritor, por bien pagado que estuviese, podía concebir, sin ayuda de la droga, algo como el Antidescubrimiento de América?

—Pues está en venta

Roderico procedía de una nación católica aún, pero ya se había acostumbrado al espíritu mercantil y calvinista de la Unión Europea. Comprendió sin necesidad de nuevas explicaciones:

—¿Cuánto?

—Quinientos millones. Euros, no pesos.

El mejicano rubio contempló al pelotón de ejecución francés y se sintió, de repente, frente a sus bocas de fuego.

—Eso es una fortuna. ¿Qué ofrece a cambio?

—Algo muy español, si no miente la historia: darle la vuelta a la tortilla.

El cónsul secreto fingió sacar algunas tomas del cuadro. Meditaba. Si arriesgaba quinientos millones, debía obtener garantías de éxito.

—El tipo pasa por ser el mejor en su profesión. —explicó Gracia del Pozo.

—Y uno de los más exaltados europeístas. Una vez que coja el dinero, ¿quién nos garantiza que no se olvida del acuerdo?

—Nadie. —reconoció Felipe Gracia del Pozo. No habría tribunales ante los que reclamar.

—¡Hum! —meditó Roderico.— Vamos a ver a Carlos Primero. Me pregunto qué hubiera hecho él si le hubieran ofrecido la posibilidad de que Lutero escribiera otra nueva Biblia, renunciando a sus errores.

—Carlos era un hombre del Renacimiento: hubiera pagado.

Capítulo 25

Eduardo Libre, el del seso florido, estaba, rampante, en el escenario. Llevaba en el bolsillo La Sorpresa y se la iba a injertar a escritores y delegados. La única solución, les diría. Como un amanecer de la inteligencia somnolienta. Su método paranoico era sencillo: nunca cuentes de una vez el argumento; primero haz que sea necesario.

—Señorita: ¿dónde quedamos? —preguntó con acento exclusivamente profesional.

—Los Pinzón —leyó ella—, en compañía de un fraile, descubren adornos de oro entre los indios y empiezan a torturarlos para que les revelen donde está la mina...

Edward meneó la cabeza: negaba. Su auditorio quedó en suspenso, preocupado también al comprender que algo hervía en la cabeza del genio.

—No. —dijo Free, al fin.

—He repasado los borradores que han confeccionado después de conocer que la vida es un sueño dentro de un sueño.

Los escritores rebulleron esperando una ligera alabanza. Colón, de joven, había ingresado en el mundo de los sueños y no paró de insistir hasta que descubrió América, o sea, un sueño cumplido dentro de otro sueño: Europa. La Madre Europa.

—No han comprendido ustedes ni la época ni el mecanismo del Descubrimiento. La idea “Descubrimiento” ha calado tanto porque, en resumen, es la historia de un viaje iniciático. El Quijote, también. Los personajes en movimiento captan la atención. Además, el irse de un lugar a otro, con la intención de volver, contiene una tragedia terrible, de las que sólo se combatían con aguardiente: lo que dejo atrás ya nunca volverá a ser igual. Cuando regresas, has cambiado y también el mundo que abandonaste. Lo que las cosas son cuando partes, se desvanece. Cada movimiento es un fin del mundo. Cada cambio.

Los escuchas parpadeaban al esforzarse en alcanzar el grado tres de la abstracción, según Aristóteles. Los delegados, además de esforzarse, encendía pitillos: prohibidos pero eficaces.

—El tiempo nos dispersa y nos despuebla el universo. De ahí el viaje iniciático: sirve para alcanzar la madurez. Véase al ingenioso Odiseo, el de los pies ligeros y la cabeza grande. Personaliza la iniciación en la antigüedad. Los viajes de Colón, por mar como los de Ulises, el de las manos largas, son la iniciación de la Edad Moderna: Sale vencedor de almirantes quisquillosos y de frailes numantinos, pero regresa vencido y con grilletes: Su mundo se ha desvanecido con su sueño realizado. ¿Lo entienden?

No, desde luego. Que les quitaran las dietas si entendían todas esas cosas de la iniciación. Cosa de tribus salvajes y tatuajes con o sin prepucio retajado.

—Es bien sencillo: si el de Colón fue el viaje iniciático de la Edad Moderna, no podemos presentarlo para la iniciación en la actualidad. Se ha quedado traspuesto, transculturizado. Esta Era, para sacarle la pasta, necesita una iniciación propia. Los borradores de los escritores me han demostrado que no estamos capacitados para ponernos la piel del pasado… Para escribir uno ha de enmascararse, ponerse la careta del momento. El atifaz que da libertad, pero no podemos porque lo hemos perdido. Caminamos sobre el pasado pero no lo pastamos más que si nos lo dan predigerido.

—No entiendo nada y, por lo tanto, sospecho. —dijo el Delegado del Estado Libre Asociado de Israel.

—Hagamos una parábola, porque las dimensiones de este mundo nuestro están cruzadas. En su tierna niñez a ustedes les convencieron de que Freud fue el inventor de psicoanálisis, que consiste en poner la oreja y convencer a los chalados leves de que todos sus males vienen de la primera edad, de la primavera de su vida. Y de un tal Edipo. Pues en el Siglo IV (antes de Cristo, o sea, B.C.) un sofista elocuente llamado Antifón, escapado de la libre Atenas sin coger su dinero por la prisa, abrió en Corinto, ciudad de perdición y artesanos, una tienda de “consuelos”. Escuchaba las amarguras de los clientes y los remediaba con un discurso vibrante hecho a la medida. Opinaba Antifón que su éxito se debía a que les daba aquello de lo que carecían. Lo cuenta Jacob Burckhart, aunque ustedes no pueden estar seguros ni de que Burckhart no se lo inventara ni de que yo no me imagine al tal Burckhart.

La gente vacilaba apoyada en sus grandes nalgas. El fastasma de Berkeley, el obispo que negaba la materia y el conocimiento, rodeado por angelotes del liberalismo, mofletudos como Churchill, planeaba sobre las espesas almas.

—Darwin —siguió Edward Free, implacable con los sobreentendidos— Soporta sobre sus espaldas de mamífero todo el constructo del mundo actual: el devenir de las especies, el triunfo de lo relativo, los procesos dialécticos y el misterio del eslabón perdido, que no es otro que el de cuándo se nos insufló el alma. ¿Pero saben que Anaximandro, de la cuadrilla de Tales de Mileto, casi quinientos años antes de Jesucristo (B.C.), creó ya una teoría de la evolución por la que los seres y cosas se iban decantando, primero los más elementales y después los más complejos, de un principio indeterminado llamado “To Apeiron”? Claro que Anaximandro era jónico y podía estar tirándose un farol. Los jonios, en su momento, enredaban tanto como los moros de la Escuela de Traductores.

—Todo está confundido. —se quejó el delegado del Gobernador de Grecia que, por su educación estricta, nunca se fió de los sofistas. Eran marrulleros.

—No. Sólo hay algo confundido: el hombre. Anda siempre piensa que te piensa y se lo cree todo, termodinámica incluida.

El público, aún con la mente dispersada por las complicaciones de Free, había comprendido ya el espíritu de la Historia según Eduardo. No existía verdaderamente. Consistía en fantasías de vaivén y era un botín para los osados. Así que, puesto que no era nada, ¿por qué no comerciar con ella?

—Asimilen las contradicciones y se entenderán. A finales del Siglo XVIII las buenas gentes, y los obispos anglicanos, creían que Dios creó el mundo y a Adán y Eva en el año 4004. A mediodía del domingo. Aparecieron luego los fósiles y Darwin. Ambos dijeron que nuestra especie se remontaba a cien mil años. Más tarde, a seiscientos mil, a un millón y, después, a dos. Si de verdad era tan antiguo, ¿qué estuvo haciendo el humano hasta que “la historia empezó en Sumer”? ¿Vagueaba en el paraíso terrenal y se entretenía poniendo motes a cada cosa de la creación? Tú eres hipopótamo; tú, rinoceronte; tú, ánade silbón o canario flauta.

Era un buen asunto. ¿Qué habían hecho los viejos abuelos durante dos millones de años, hasta que se les ocurrió afilar el pedernal para matarse con más comodidad? ¿En qué andaban pensando, todo el día metidos en la caverna y untados con grase de oso?

—Ahora consideremos a los negros australianos y a la Deriva Continental de Wegener, que sacudió al perezoso continente que flotaba, adormecido y sin evolución, sobre el magma del planeta. Respondía al nombre de Pangea.

—Este hombre es un sabio dislocado. —murmuró el escritor sabihondo

—Se le ha concedido el don de destruir culturas. Por dinero, claro. —asintió Gracia del Pozo.

—Está usted negando el orden universal. —dijo el delegado de la Sorbona, a punto de quedar todo él fuera de sí, de su soporte orgánico.

—Parece que un día, bajo la ligera luz de la mañana, Pangea despertó. Se le había inflamado la placa continental y, al desperezarse, las tierras comenzaron a vagar a la deriva, por medio del mar. Algo como lo de Colón, pero más lento y abundante.

“Deriva Continental, de Wegener, paradigma del mito de Colón”. —escribieron los guionistas y redactores de diálogos y paisajes.— “Pangea concebida como una tierra que sueña, encantada”.

—Sabemos que la India se desgajó del sur, de lo que ahora es la Antártida, y fue a chocar contra Asia, creando los famosos Himalayas y al hombre de las nieves. Sabemos que América se desprendió de Europa y África y el cono afilado del sur, de la Antártida. Lo dice cualquier Herr Professor.

—¿Y qué tiene que ver tanta geología bailona con el hombre? ¿Eh? Pues el hecho de que en América del Sur se descubren cada día fósiles de hombres australianos. Que en la India, rodeados por blancos y amarillos, hay negros primitivos llamados drávidas. Más los propios australianos. Esto significa que cuando empezó la deriva continental, hace mil millones de años, ya existía el hombre y vivía en la Antártida, unida a África, la India, América y Australia.

—Eso va contra el orden evolutivo, señor. —se quejó el Delegado de las Naciones Unidas. No le parecía útil descalaverar la cosmología de los últimos dos siglos ni convertir la ciencia en ficción tan a las claras. Además, no se le ocurría qué pudo estar haciendo el hombre durante más de mil millones de años.

Free se encogió de hombros para repetir:

—La Historia es el botín del inteligente. No conozco a ningún sabio que no la haya saqueado. Usted, señor Delegado de las NU, piense que la apoplejía acecha a los conservadores obstinados, relájese y recuerde que estamos evaluando cómo debiera ser la conmemoración del VI Centenario del Descubrimiento, o sea, el verdadero Antidescubrimiento. Piense en las nubes, que no son, que sólo pasan. Grises.

[ Joseá salió del pandemonium. El médico le había recetado un refresco cada veinte minutos, poco más o menos como a Bonnier. En su aguda opinión Edward Free, obsesionado por la vaselina, estaba yendo muy despacio. Hubiera bastado con decir: Ha quedado demostrado que, si somos históricos aunque licenciosos, nos saldrá una piltrafa de Serie, una risa analfabeta; así que, desde ahora el verdadero Antidescubrimiento consistirá en que Colón no va a América. Ya está. Nada de paños calientes para las mentes oprimidas por el hábito. Desvinculemos América de Colón.

—No me dijo usted que Free iba a ser más subversivo que los separatistas. Está descuartizando el mundo que conocemos y que funciona bien. —se le quejó Jean Luc Bonnier, el famoso delegado apegado al burdeos y al jumilla.

—No me advirtió. Le dije “¿Seguro que no descuartizas?” “Recompongo: puedes apostarte las botas”. “¿Y por qué tienes que soltar por ahí a Darwin, a Freud y a Wegener, eh?” “Por asustar. ¿Sabes lo feos que eran todos? Aquí en España todavía se fabrica un anís, Del Mono, con un primate en la etiqueta que tiene toda la cara y las patillas de Darwin y la gente cree que se trata de un orangután extraordinariamente desfavorecido”.

—Temo que no le sigo, White. No acierto con la relación entre Colón y Darwin.

—Yo tampoco, pero las cosas son así, inconexas. Estamos en el negocio de la suavización de la verdad y de sus afilados cantos. A la noticia, al poema, a la novela, se les aplican las relaciones públicas y, cuando llegan, van transformados ya y con una valoración. No hay géneros literarios sino opiniones. Edward suele decir que la Historia es una contaminación. Lo pasado enferma lo futuro.

—¿No es posible que ustedes dos compliquen demasiado algo tan sencillo como un argumento?

—Eso mismo le indiqué a Edward: “Lo que importa de un argumento es lo que te pagan por él”. “Cierto, pero para que te lo paguen hay que tener en cuenta muchas variables, como que el hombre es un ser aterrorizado y soñador. Vivimos un año supersónico permanente”. “A mi modo de ver, Colón se va a hacer las Américas y le pasan cosas. Ya está. No hay más”. “Eres un alma desnatada, editor. —me regañó— La gente con miedo busca aliviarse con otras vidas, porque el hombre es el gran espectáculo del hombre y hay que tener en cuenta al consumidor: el mundo está lleno de personas que no luchan por nada. Ni por el dinero”. “Por eso no lo tienen y necesitan consuelo. Ya comprendo.” Pero no lo entendía, Bonnier: era un farol de editor. Los editores sufrimos mucho con tipos complejos como Free, que te dicen, a bocajarro, que estamos entrando en otra edad sombría y que no hay donde ocultarse: fuera de Occidente eres el enemigo. Dentro, la víctima. Eso no se puede decir a la gente sin prepararla con tósigos. “Separemos —dije como resumen— las palabras de las cosas”.

—Lo que importa es que Edward Free va a cambiar la orientación del libro. Y que, para que los delegados acepten que Colón no irá a América, necesita usted promoción y el auxilio del talento del comisario Gröss. No obstante, qué puede hacer Colón si no va al Nuevo Mundo?

—Venir de él. Colón viene de América, Bonnier. ¿Acaso no viene de América casi todo el mundo moderno? Que todos hemos sido creados libres e iguales y que tenemos derecho a la felicidad; la bombilla, que arrojó la luz y ahorró en taquígrafos; el automóvil, famoso impuesto que creó los fines de semana y aceleró la forma de vivir mal; el cinematógrafo que nos enseñó mundos dignos de ser imitados; la televisión, que nos educó en las costumbres; el “Monopoly” que nos enseñó la avaricia; el teléfono, que nos permite dar la lata a los antípodas, si es nuestro gusto, o conectar con la CIA. Los ordenadores. Las redes virtuales. La información masiva que hace que nadie sepa nada, ni recuerde. No es por desanimarle, Bonnier, pero todos somos americanos. Menos los de Hispanolatinoamérica. La aventura de los últimos tres siglos, épica sin relatar, es que América descubrió Europa. Por eso Free quiere inventarse un Colón simbólico que explique la civilización moderna, los rascacielos, el síncope de la música y la costumbre de los tiroteos. La idea es genial, además de lógica. Que la gente sepa de donde procede su vida y su batidora.

A Jean Luc Bonnier nunca se le habría ocurrido aquello. Era un toma y daca de la Historia. Incluso comprendía con facilidad por qué Free había elegido un título como «El Antidescribrimiento». No podía ser de otra forma. Pero, en algún lugar profundo y con murciélagos, su mente europea se acongojaba. Era como un desánimo, como una pérdida de esperanza y empuje.

—Me pregunto si será positivo que la gente de los hipermercados vea nuestro mundo desde esa óptica.

—También yo lo presentí, camarada. “¿No es mejor vivir en un sueño dentro de un sueño que darse cuenta de que eres americano, Edward?” “¿Qué hay de malo?” —me respondió. “Que la gente puede deprimirse. Ya sabes que de las confusiones vienen las revoluciones”. “¿Y qué? La historia son muchísimos muertos, muchísimos dolores, muchísimos fantasmas. Pero las ideas ya no hacen revoluciones. Los modernos no nos ponemos atónitos más que ante facturas ni creemos en nada lo bastante como para jugarnos el cuello. Cada nuevo invento es una revolución y no solemos enterarnos de ella.” “¿Conque sí? Dime un ejemplo”. “La bombilla.” “Demasiado antigua. No vale.” “La ametralladora, el bolígrafo, la píldora, la bomba de hidrógeno, la hamburguesa, el simple horario laboral acaba con la cultura.” ¿Se da cuenta, Bonnier? Las cosas nos cambian. Piense en la comida congelada, en la nevera, en los plásticos y en la sacarina. Vivimos en un mundo inevitable, que no es el mejor de los posibles, pero sí el más caro. Son las cosas las que nos explotan. Oh, là, là. —añadió en homenaje a Francia.

Bonnier estaba a punto de tomar en consideración que un buen razonamiento, como un buen gobierno, ha de ser disparatado y confuso, cuando llegó el Comisario Gröss, llamado afectuosamente “Gomisario”.

Llevaba un estuche de violín y una expresión parca. Castellana. El policía siempre se decantó por lo clásico: después de tanto verse en tele ¿quién sospecharía que un comisario llevaba las armas en funda tan desacreditada? Donde hubiera, por ejemplo, una buena tubería de plomo, que se quitaran las “tonfas”, esas porras con asa. Se cogía la tubería, se envolvía en un periódico y se sembraba el terror entre los marineros de Hamburgo, gente brava pero mal adiestrada.

—He estudiado los planos y creo que el mejor sitio es la vieja cabina de proyección. No se usa y casi nadie la recuerda. —dijo por derecho.— Y luego puedo salir y buscar al culpable mientras impongo el orden público en la estampida..

—Ya sabe, Gröss: bien cerquita.

—¿Y un poquito de explosivo? —preguntó el alemán, esperanzado.

Joseá sonreía. Se tenía por magnífico intrigante, especialmente en presencia de millones de euros, y se imaginaba la sorpresa de Eduardo Libre, ese que decía que los modernos ya no se ponen atónitos.

]Luego, cambiar el argumento a favor de Gracia del Pozo y D. Roderico sería un juego de niños.

Capítulo 26

—Se ha demostrado —decía Edward Free— que las costumbres de nuestro tiempo son una barrera insalvable. Las comodidades, otra. Ni por todo el oro del mundo viviría como adulto en la época de mi infancia. Me sería imposible amar —o engatusar— a las jóvenes de aquel tiempo y no sabría claramente de qué burlarme. A ninguno de nosotros le gustaría vivir cuando la Unión Europea sólo contaba con quince miembros y los mahometanos pensaban que éramos las flores del mal. ¿Quién se acostumbraría a un mundo sin televisión o a otro sin luz eléctrica y sin cuartos de baño para cada habitación?

Eduardo Libre seguía en alas de su arte, a no menos de treinta centímetros por encima del escenario. Su espíritu exaltado se cernía sobre los concurrentes como el de Dios sobre las aguas cuando decidió crear la tierra.

Había abandonado ya la sección de viajes iniciáticos y entraba en el apartado de lo «anti». ¿Acaso no era luminoso el prefijo? Lo contrario de. Y lo contrario del Descubrimiento no era no descubrir sino regresar de lo descubierto. Desandar el camino, si sabían a lo que se refería, era el desagravio perfecto hacia los aliados. Si una vez los españoles habían llegado, a sangre y fuego, con caballos, extremeños, armaduras, frailes e instrumentos conocidos como retacos…

—Perdone, pero creo que los retacos son bastante más recientes que el Descubrimiento. —dijo el sabihondo escritor de siempre antes de que Gracia del Pozo se lo impidiera.

—A callar. —mandó Eduardo con mucha cortesía.

—…Llegaron con frailes, abalorios y pólvora, o sea, polvo, sudor y hierro, con la idea fija de quitar el oro de la boca de la viuda y del huérfano. Era de justicia que ahora los americanos arribaran a Europa con carros de combate y productos de Hollywood. O sea, que la descubrieran y la incorporaran a la civilización.

—¿Qué americanos? —preguntó el Delegado de los Estados Unidos. Imaginaba una respuesta y la conjuraba—. ¿Los aztecas?

—No: buena gente de Boston y de Chatanooga. Quizá alguno de Zincinati, que fue un gran y leal romano. O sea, ustedes.

—¿Y cómo se consigue eso?

—Sencillo. Poco después de que la Gran Bretaña enviara los primeros contingentes de presidiarios y piratas, las placas continentales se deslizaron. Se deslizaron muchísimo, aunque aún ahora no hacen otra cosa. Siguió un siglo de maremotos que hicieron imposible cruzar el Océano Tenebroso y que, de paso, hundieron la Armada Invencible.

—Es verosímil. —reconoció el delegado de la General Motors, geólogo aficionado que salía, en vacaciones, con una pala, a buscar fósiles de triceratops, la vaca dinosauria.

—Entre masacrar a los mohicanos y a los crows se les pasó el tiempo en un vuelo, sobre todo porque los momentos de paz los aprovechaban para exterminar los bisontes y robar los caballos de los asentamientos españoles. Como sin darse cuenta, olvidaron aquel pozo de perversión de la Europa del Siglo XVI que, por su parte, andaba muy atareada con Lutero y la Contrarreforma. Todos se mataban por Dios y otros asuntos como un palmo más de tierra que les hacía mover ciega guerra y, sin los negocios ultramarinos ni las grandes empresas de navegación, cayeron en la estabilidad casi medieval y no llegaron a inventar ni las guerras mundiales ni el papel moneda. Consigna: sólo pozos profundos.

—Oiga, oiga. —dijo el Delegado del gobernador del Reino Unido. —¿Cómo es eso? ¿Cómo quitar a Inglaterra la paternidad de las Trece Colonias?

—Por el poder de la mente. La mente no repara en cosas como la realidad, justo como los siglos o la decadencia de Europa. ¿Quién les iba a decir a los romanos que les pasaría lo de Odoacro y a los europeos lo de la filosofía de Hegel?

(En una penumbra cuidada que fuera antaño cabina de proyección, el Comisario Gröss se aburría, lo que le sentaba bien a su mente germana, nostálgica de Hamburgo.)

Era el forcejeo final con los delegados: Europa, en aras de la justicia histórica y de la fortaleza del dólar, tenía que ser invadida por los Estados Unidos y civilizada, o sea, apartada de las brumas causadas por las naciones y las catedrales que tanto espacio desperdiciaban.

—Además, ¿por qué las quejas? No es más que una fantasía, un vuelo de los sueños justicieros. En la mente del espectador nada significa algo. O sea, nada significa nada, si puedo expresarme así.

—¿Un sueño dentro de un sueño? —preguntó el Delegado del gobernador de Francia con carolingio o merovingio sarcasmo.

—¿Tal vez otro viaje iniciático? —insistió el de Inglaterra, con ironía normanda.

—Quizá, pero esa visión del Antidescubrimiento aumentará en “States”el turismo, la llegada de empresas, el amor a las fotos del relevo de la guardia de Windsor y a las “vistas” en general. De ser hijos y rezongar, pasarán a sentirse padres protectores.

No era una idea mala. Además, las élites europeas llevaban un siglo educándose en Estados Unidos.

Eduardo Libre volvió a desatar la vehemencia, ese don de los que atisban, en lontananza, quinientos millones.

—Veo, como en una revelación, un tráfico intercontinental como jamás lo ha habido. Cientos de cargueros, blancos como gaviotas, llevando a América miles de toneladas de cheddar, de salchichas, de ravioli y de cavernet. Veo —insistió mirando a lo profundo de Sir Walter—un Don Quijote nacido en Boston. Cuando hay fe todo es posible y ya hemos comprobado que no sabemos llegar a la verdad cotidiana del Siglo XV y que Colón nos cae lejos: las costumbres del tiempo son una barrera más eficaz que las de acero. No queda más solución que acercarlo a nuestro tiempo.

Eduardo Libre tampoco podía imaginar el Siglo XV, tan lleno de sayas, sin esas chicas, de piernas como sueños, patinando entre la música y el hielo.

—Háganse una idea: Se ve a un hombre fuerte, hermoso y rubio, siempre como recién duchado —miró al joven Colón de las guedejas—, pero con una cierta debilidad estructural en la napia. Está rodeado de libros: las paredes, la mesa, el suelo. No hay duda: es un intelectual que no sólo piensa en esas cosas que piensan, sino que investiga. Es profesor de Geografía Psicológica en la Universidad de Yale. Un tipo con gran tracción cerebral. He aquí a Chris Palumbo.

—En “Estates” tenemos los Caballeros de Columbo. —advirtió, suavemente, el Delegado del First.

—Palumbo significa lo mismo, “palomo” y no conviene reiterar: ya hemos gastado mucho el nombre de Colón.

—Pero eso es lo que hay —apoyó el Delegado de la IBM—. “Palumbo” no dirá nada al público americano. Quedará desconcertado, como cuando ve un pezón en la tele y no lo reconoce.

—Chris Columbo, profesor de Geografía Psicológica en Yale, autor de varios libros y de un poema que empieza “Quisiera decir la vida /, quisiera decir el tiempo”. Aunque con alguna debilidad estructural en la nariz, porque nadie es perfecto, ha investigado las viejas leyendas sobre la Atlántida, el continente perdido que está hacia el sol naciente: una sociedad rica y belicosa que fue castigada con la disipación.

—Los europeos no somos disipados sino morales. —dijo el Delegado del Presidente de la Unión Europea.

—Los franceses, sí. —pontificó el Delegado de la Coca Cola—. Eso lo sabemos todos los americanos y les guiñamos un ojo. Mire Nueva Orleans.

—Disipado en el sentido de desvanecido. Un continente borroso y volátil, apenas entrevisto entre la bruma del tiempo. Algo legendario en lo que se cree por tradición oral. Un mito que acaricia y estimula el intelecto en la intimidad del cráneo.

La buena gente se aplacó: Continente desvanecido, sí; disipado, no. Sin mencionar a Francia, desvergonzada inventora del menage a trois.

—Mediante el método de la Geografía Psicológica, Chris Columbo ha concluido que la Atlántida existe al otro lado del tempestuoso y negro océano en el que no se adentral los corvos barcos. Lo demuestra, mediante la lógica geológica, en un artículo en el Washington Post.

Silencio en las esferas. El Post era un periódico metomentodo y poderoso y a veces revelaba cosas increibles que sus lectores sí se tragaban. Nada que decir. Pero lo de la lógica geológica era discutible, a pesar de ser tan eufónica. ¿Dónde estaría este universo si se usara la lógica, sobre todo en los grandes almacenes y en los hiper. Eduardo Libre, cuya mente parecía una ardilla, tuvo que puntualizar:

—No es la lógica verdadera de Aristóteles y de Bertrand Russell, sino una de fantasía. Para la ocasión. No olvidemos que planteamos el inicio desde una visión mítica. Chris Columbo, catedrático de Yale, lo que hace es enfangarse en Parménides, cuya obra él mismo decía que había sido dictada por una diosa o una yegua, —no está claro— que se le apareció y se le llevó en un viaje astral. De la mente. Todo muy místico. La boira de los siglos.

—Si es así… —aceptó Bonnier.

—Así es: por eso le hemos visto rodeado de libros. Es la puesta en escena. Entra una estudiante preciosa, una de esas mujeres de rostro apacible y cuerpo bien alimentado que justifica la minifalda. “Profesor: tengo dudas sobre la inmortalidad”. “¿Cómo?” “La Inmortalidad, profe. El segundo uso”. “Pues has de pensar que Parménides dice y demuestra que uno y lo mismo es ser y pensar”. “Me tranquiliza”. “Lo que es, se puede pensar. Lo que no—es, como es la nada, ni se puede imaginar. Si nosotros somos capaces de pensar y de hablar de la inmortalidad, o sea, de concebirla, es que somos inmortales, niña”.

—¿No será demasiado duro para la sensibilidad moderna?

—De eso se trata. Que todos sientan que Chris Columbo es un iluminado, un místico a la antigua, un lógico con zumbido de oídos. “Verás, alumna: lo que no es, no existe y no cabe en la cabeza. Por ejemplo: si somos capaces de hablar de la Atlántida, de imaginar sus tierras, sus ríos y sus montañas, es que existe”. “¿Y cómo se sabe si es verdad?” “Porque tenemos el nous (o nóos), que es una percepción extrasensorial que nos ayuda a identificar, sin duda, los Universales”.

—Sigo pensando que eso es demasiado duro para la mente moderna. No creo que haya ningún americano capaz de dar la matraca con el nous.

—Si se puede pensar, existe. Usted no conoce a esos chalados de Yale. —contradijo el Delegado de la General Motors, más próximo al concepto de la rueda cósmica—. En lugar de fabricar ingenieros y otras cosas útiles, empapan a los estudiantes de “logos” y de “nous”. En América tenemos de todo. La Nada la contamos por quintales.

—“El nous —sigue Chris Colombo entonces— es la parte inmortal de nuestro espíritu”. “¿Cómo la Atlántida, don Chris?” “No exactamente. El propio Aristóteles cree que es un tipo de alma; exactamente «lo eterno de lo perecedero»”. “¿Cómo la intuición femenina?” “Algo así, pero más potente. El nous es constante y anda sumergido en el «Aither», lo inmortal”. “Eso quiere decir éter. ¿Es que el nous está dormido y anestesiado?” “No, pero está quieto. El ser, «to esti», siempre está inmóvil, porque ni cambia y es inmune al triste devenir del tiempo. Otros llaman al Ser, con premeditación, «lo que es», o sea, «το έόν». Pero lo que importa es que el ser inmutable es el órgano extrasensorial que confiere la facultad de conocer lo invisible, la facultad del conocimiento, o sea «γνώμη». Sólo cuando conocemos tenemos verdaderamente un nombre”.

—Eso es crueldad con la parte abstracta de la mente.

—Por eso le tienen en el claustro de Yale, donde apenas llega la luz y nunca los oídos. Es imprescindible dar la apariencia de ciencia compleja a lo que va a ser el Descubrimiento de Europa. Como si estuviera profetizado. El tío tiene una idea rara y la sigue, o sea, igual que Colón, que también pensaba raro con todo aquello de Cipango y Catay: no los había visto pero creía en ellos por una iluminación de su nous. Además, puliremos el diálogo para darle agilidad. La chica, por ejemplo, puede enseñar los tersos muslos y decir, al menos una vez, «fock off», como homenaje al principio del siglo que ya declina. O shit, que es más corto.

—Pero lo importante es el artículo del Post. El Presidente Ferdinand Wayne Lincoln…

—No bromee, muchacho. —advirtió el Delegado de los Estados Unidos—. Quedan cosas serias.

—Buscaba un simbolismo, que se ha torcido. ¿Qué tal Ferdinand First. Pues el Presidente First lee un resumen del artículo y se lo muestra a la Primera Dama, Elisabeth Castle, o sea, Isabel de Castilla, la de los ojos de ligera brisa. “¿Y si está ahí, tras la ondulada línea del horizonte y tras la quebrada angustia del olvido?” “Sí: todos presentimos que existe. Se impone atravesar el océano”. Cuando lleguemos a la travesía, recuérdenme que ya tenemos la tempestad y el pulpo que preparamos para los fenicios, pero esta vez el bicho saldrá arponeado.

(En una penumbra cuidada que fuera antaño cabina de proyección, el Comisario Gröss se aburría, lo que le sentaba bien a su mente germana, nostálgica de Hamburgo. Pensó vagamente en el vaivén de los días, la carrera de las lunas, en el temblor de la luz. Miró las cosas desde el ventanuco que dominaba el salón. Todos ven el mundo desde un boquete del alma, pero sólo hay palabras, palabras, palabras y el mundo aturdido. Palabras, palabras, palabras y el hombre ciego. El vaivén de los días. El temblor de la luz.)

—Pero, mientras se navega o no, surge un problema. Burocrático, como suelen ser todos. “Querida —dice el Presidente First—. No tengo ninguna partida del presupuesto que pueda gastarse en exploración. No podría ni enviar una gaviota a echar un vistazo al océano”. “No te preocupes, querido, porque venderá mis acciones de…”

Edward Free contempló los rostros de los delegados de las corporaciones mundiales. Acechaban. Si la Presidente Elisabeth vendía valores de alguna de sus compañías, caería el veto.

—“Venderé —se corrigió— todos esos bonos que dejó mi inocente padre”. Ya ven ustedes que hay que meter mucho diálogo, mucha acción, porque América es un país de gente dinámica y emprendedora. También algún pulpo y algún maremoto: al lector y espectador no hay que dejarle tiempo para que piense, como sabemos los publicitarios. El pensamiento erosiona nuestra fantasía y ya saben de sobra que nuestra realidad es un sueño: por eso a algunos les parece grotesca.

—Disiento. —cortó Bonnier, que siempre discrepó con Calderón de la Barca—. La verdad es la realidad y lo de hoy es cierto porque es legal. Sospechar de la realidad es sospechar de la Unión.

—Verdad, verdad. Además, nuestros sueños, antaño palomas blancas, suelen proceder de hipnóticos y barbitúricos y son más sopor que fantasía. De hecho, Chris Columbo, como intelectual que es, se duerme con específicos que le aplacan el intenso tráfico eléctrico de las neuronas. Un joven profesor, dominado por la química, con una idea hipnotizada. A partir de aquí los escritores de ambiente pueden meter paja: las hamburgueserías como palacios de cristal; los coches, de ocho metros; mujeres como huríes…

—¿Huríes? No, no, no. Son caricaturas de hermosura que aguardan en el seno de Alá para someterse a los caprichos de los fieles, entre surtidores y jardines lujosos.

—Pongamos walkirias, muy saludables y rubias, nada sumisas y dispuestas a dar a la gente con sus espadones. Es más nuestro. Que los escritores tomen nota mientras seguimos con Don Chris: “Traeré de la Atlántida oro, incienso y mirra”, promete Columbo, “Haré de los States una fuerza intercontinental donde nunca se ponga el sol”. “En algún momento tendrá que descansar”, dice el Presidente First, muy sensato. La Primera Dama hace una frase que delata su legendaria cultura: eso siempre gusta. “La noche aspira a la luz y el día a la sombra”.

—Cielos. —exclamó, muy bajito, el escritor sabihondo.

—A no ser que…

—¿Qué? —preguntó el Delegado de los Estados Unidos como un escopetazo.

—A no ser que las tripulaciones sean de hispanos, o sea, de latinos. Sería simbólico que el primero en avistar Europa se llamara Rodrigo. Del Bronx, por supuesto. Hijo de la sociedad multicultural. “¡Tierra!”, grita Rodrigo de Triana. Suena un altísimo clarín y vemos las nubes de la aurora.

Ni Felipe Gracia del Pozo ni el escritor sabidillo conseguían imaginar qué saldría de aquella cabeza hirviente y más cuando había acuerdo en firme para que el argumento del Antidescubrimiento favoreciera la causa de los separatistas. Eduardo Libre era uno de los grandes enigmas de la humanidad: los secretos de la Gran Pirámide; la crítica de la razón pura; el pensamiento de Free; el holandés errante; la existencia de Apolonio de Tiana; los náufragos del María Celeste. Cosas así.

—En conclusión…

(El comisario Gröss enfocó la mira telescópica)

—…Los States vienen a liberarnos de las monarquías aún medievales, de la Ilustración despótica y del pensamiento pre—industrial.

(Gröss apretó el gatillo secundario para dejar el arma “al pelo”. Feliz el tirador que puede librarse de los dos tiempos del disparo: suyo es el blanco.)

—Darán a luz a una Europa Occidental, como Europa alumbró una América progresista. Ya saben que las paradojas gustan mucho desde hace cuatro años.

(Gröss, con precisión teutona, voló el micro.)

Edward Free, como luego se dijo con admiración, se quedó en pie, quieto, impasible, mientras una avalancha de personalidades buscaban la salvación bajo sus butacas. En digno silencio, eso sí. “Te juro que me convertí en estatua; quizá de sal. —confesó a Joseá minutos después—. “Ya sé lo que siente la piedra aunque sea material inerte. El susto produce carrera o parálisis. Según te pilla”. “¿Pensaste algo hermoso para incluir en tus memorias? El resplandor de la bala me hizo sentir el peso del mundo equivocado, o algo así”.

El segundo disparo arrancó a Eduardo el borrador del guión que aguardaba acontecimientos en su mano izquierda.

(Gröss suspiró. Sin explosivos esas cosas no quedaban redondas. Guardó el fusil. Se frotó el lumbago.)

Free siguió quieto. Abismado en su alma. La estrechaba la mano en señal de despedida. Hasta la resurrección de la carne, compañera.

Capítulo 27

Joseá, propietario de la Ediorial White Blackbird, Mirlo Blanco, y benefactor de la Universidad de Trapisonda, mantenía sobre la mesa del despacho la mayor parte de su tronco y el tierno corcho de la cabeza empresarial. Sólo de tanto en tanto desaparecía bajo el tablero y menudeaba de su bar mimetizado.

—Joseá. —dijo Eduardo Libre, penetrando en el cubil como un rayo de sol optimista y viendo el menudeo. Se apuntaba a él porque por el camino, como sucedía desde el episodio del salón de actos, le habían disparado. Lo probaba su agujereado portafolios. El tiro al Eduardo podía convertirse en tradición madrileña.— No sé cómo, pero acertaste cuando profetizaste que el Gobernador Twistle me encargaría una vigilancia extrema del Quijote. Le has metido en la cabeza que Colón y Don Quijote son el mismo arquetipo y que eso excita el separatismo.

—Seiscientos años ya. ¡Cómo pasa el tiempo! Lo de Twistle no fue profecía sino simple y sólida transmisión de pensamiento. Ya sabes: haces así, así, con las cejas, y funcionas como un lector láser.

—Que nos conocemos, Joseá. Algo te traes, pero no sé cómo has influido en Sir Walter ni qué esperas sacar del asunto de mezclar y confundir a Colón con Don Quijote.

—La comisión normal y alguna gabela. Más lo que me afane. Porque con la cosa del VI Centenario del Descubrimiento a todos se os olvida que dentro de trece años es el medio milenio de la primera edición del Quijote. Si le cogen miedo y lo relacionan con el separatismo, nos aseguramos otra serie de quinientos o seiscientos millones.

—Eres una ruleta rusa con bar en la planta baja, de modo que estoy seguro de que también negocias con los separatistas y con ese mejicano rubito… ¿Roddy?

Joseá levantó el corcho cerebral del tablero y se dispuso a razonar con el depósito de reserva:

—Cuando leí en el libro de efemérides que en el 2105 era ese aniversario, me dije “tate”.

—¿Tate?

—Cosas que se dicen en el calor de la emoción. A veces prefiero «zape» o «tomá». Pero aquella vez dije “tate” y me pregunté, muy conciso y ceñido al asunto: “¿Qué va a hacer Europa ante el acontecimiento, o sea, «la más alta ocasión que vieron los siglos de las letras»?” “Nada”, me respondí, “estos animales ni se enterarán”. —seguí respondiéndome.

—¿Y lo del Gobernador Twistle?

—No corras. Antes había que hablar con los separatistas y los hispanolatinoamericanos, que quieren meter mano a un mercado de casi trescientos millones de turistas ahorrativos. “¿Qué me daréis si os entrego el VI Centenario del Descubrimiento, esparcido por toda la Unión?” “Treinta monedas —les advertí— son pocas”.

—Te juro que las orejas de Gracia del Pozo vibraban. “Le vibran las orejas”, recuerdo haberle advertido. “Recalentamiento emotivo”. “Ándele” —azucé a Roddy Valdés Battle. “No hay publicidad mala”. Se lo razoné. “Que hablen de nosotros aunque sea bien”.

—Traidor. Sabías que iba a cambiar el guión por sorpresa. “Y, ya metido en cambios”, habrás pensado. Júrame que no tienes que ver con los tiros.

—Te lo juro. La misión de Joseá era complacer y jurar salía gratis.

—Tú estás loco.

—No estoy loco: soy un hombre con una cuenta en el banco. Cuatrocientos para ti y cien para mí. Sin contar los quinientos que te paga el gobierno: ochocientos millones netos, la mitad libres de impuestos.

Los ideales de Edward, dondequiera que estuviesen, vacilaron un instante bajo el peso de tantísimos euros. Sometidos sus sentimientos a tal gravitación, sólo le quedaba todavía la fuerza de la razón y el recuerdo de los tiros:

—Pero, ¿cómo puedo conseguir que el Antidescubrimiento favorezca a los separatistas? Además, los tíos disparan.

Joseá se extendió sobre la mesa: necesitaba poner la cabeza sobre algo más sólido que sus propios hombros:

—Tú eres el genio. Yo, un humilde explotador del talento ajeno.

Eduardo puso la cara que solía aparecer en las solapas de sus más celebrados libros. Era una forma de conjurar a la inteligencia: le daba dos minutos para manifestarse.

—¿Qué? —preguntó Joseá, pasado el tiempo.

—Nada.

—Anda, hombre. Tú puedes. —Joseá desapareció bajo la mesa para consultar con su nevera bar. Emergió, segundos después, con dos vasos de tamaño extravagante:

—Prueba ahí dentro. —animó—. Ya sabes lo bien que entran los licores fríos.

Free buceó en el recipiente. En sus pesquisas, bien pronto llegó hasta el fondo. Inútilmente. La inspiración, a veces, se le resistía. Cuando había estampidos, más.

—¿No me digas —le azuzó Joseá— que te ves incapaz de embolicar a la Comisión del Centenario? Sólo hace dos días que les hiciste cambiar de opinión y les convenciste de las ventajas comerciales de pregonar que todos somos americanos.

Edward había empezado su fulgurante carrera creativa como escritor de anuncios oficiales. Los grandes editores comerciales repararon en él cuando, tras su campaña de promoción del ejército, se presentaron a filas cien mil voluntarios más de los previstos, sugestionados todos por las torcidas argumentaciones de Free.

—¿Has perdido tu sagaz visión de los problemas de la humanidad? —insistió Joseá.

«Los problemas de la humanidad» era el título de un libro serio de Edward Free. La Humanidad —resumía— sólo tiene dos problemas fundamentales: decir que sí y decir que no. Le cuesta pronunciar esas palabras y, sobre todo, hacerlo en el momento justo. El hombre que conoce profundamente el espíritu, es capaz de conseguir que nunca le digan que no. Sandra, la del hermoso racimo, era la última testigo.

—No sale nada. —confesó Eduardo, tras su final y dolorosa concentración.— La Comisión del VI Centenario quiere que el Descubrimiento sea una empresa Occidental y, de paso, contraespañola. ¿Cómo voy a darles lo contrario sin que sospechen?

—Pensando en esos millones que están ahí, aguardándote.

—Tú estás loco.

—Je. —se burló Joseá—. Te cuento lo demás que pasó en la entrevista. Lo escuchas, te escandalizas, se te va el miedo y arreglas el guión. Has de saber que Roddy se emociona menos que Felipe Gracia del Pozo: debe impedírselo ese vicio por los beneficios marginales y que aún no ha entrado en la edad sentimental. “¿Y qué podemos sacar los de la Confederación Hispanolatinoamericana con tanto euro?” “Pues que venga más gente a España y que compren más cochecillos de ésos y más ordenadores automáticos.” “Eso es poco.” “No es poco.” “Sí.”, insistió. “No, porque Colón es una sinfonía española: habla de lealtad, y el Quijote de entuertos desfechos y enderezados, de enfrentarse con desprecio al poderoso. Eso siempre debilita la confianza de las pécoras en el rebaño y se dicen, las unas a las otras, reunión de rabadanes, cordero muerto”. Se trata de un refrán, Edward. “Total —calculé— quinientos por Colón y por Don Quijote seiscientos millones. A su debido tiempo”. Roddy hacía números, pero le tenía acorralado. La moral de victoria estaba aniquilada.

—¿Y Sir Walter?

—Le fui a ver como colaboracionista, con la excusa de enseñarle el «mate del pastor» aplicado a las relaciones con Hispanolatinoamérica. Creo que entonces se me escapó algo. “Por ejemplo —dije— ¿qué piensa hacer respecto al Medio Milenio del Quijote dentro de trece años y con lo que andan preparando los cervantistas?”

—¿Qué preparan?

—¿Cómo voy a saberlo? Sólo soy editor de postín. Mencioné que estaban por todas partes, bien instalados en bibliotecas y museos, y que el único modo de impedir que actuaran como los fanáticos que son era que la Unión se adelantara y desatara una producción universal destinada a desmentir que Cervantes sea un genio y a insistir en que Don Quijote es un simple vejete locuelo y no un arquetipo del hombre libre y leal a su palabra. Sospeché que Bonnier, con ese espíritu de carcoma francesa, haría el resto. Los franceses no tienen ningún Quijote y no les gusta conformarse sólo con un Cirano narizotas o con el avaro de Molière. Eso les raya.

—Dos barajas, como siempre. Desde que empezamos tenías pensado venderme a los hispanolatinoamericanos.

—Esa idea pasó por mi mente. Lo de las dos barajas, o dos paños no es cierto, porque siempre juego a favor. Además, piensa que ahora nosotros somos españoles que luchamos por la independencia. Me debieran dar una medalla por rescatar la memoria de Don Quijote y estar organizando ya su Quinto Centenario.

—¿Seremos capaces de embolsarnos mil cien millones antes del tres mil cinco?

—Me alegra verte la codicia de nuevo: Esa chica creo que te ha vuelto ligero de alma. Te la va a desprender.

Capítulo 28

Ciertamente, la inteligencia de Eduardo pasaba por un momento de eclipse parcial o quizá anular. Conservaba la suficiente para dar forma al nuevo guión americano del Antidescubrimiento, porque sólo requería desarrollar un puñado de tópicos. Pero no podía concentrarse profundamente en un verdadero trabajo creativo a causa de su psicología dolorida.

Horas antes de viajar a Madrid para hacerse cargo del guión sobre el VI Centenario, en París todavía, había acudido a contarle las buenas noticias a su ex—mujer. Aunque el vínculo matrimonial había quedado roto mucho antes, Eduardo pasaba días o semanas con ella. A todo estar.

Era una mujer cómoda, es decir, conocida. Desde que ella sabía que no tenía ningún poder sobre él, se portaba espléndidamente. Eduardo estaba convencido de que seguía enamorada y la consideraba como una especie de buen puerto en el que fondear entre singladura y singladura.

Aquella tarde llegó a casa de Madelaine, dispuesto a representar su propia versión del reposo del guerrero. Venía de la Gran Muralla China y partía hacia Madrid, a embolsarse quinientos millones. Mientras estudiaba las frases con las que transmitiría la noticia, abrió la puerta de la casa y llamó varias veces.

Siguió avanzando, sin dejar de emitir su canto de macho en celo. Iba a franquear la puerta del dormitorio cuando sonó la voz de Madelaine:

—No entres.

Edward Free permaneció algunos segundos en la acción de llevar la mano al tirador. No era ningún tonto, pero jamás había pasado por su cabeza aquella posibilidad: él, congelado, y Madelaine diciéndole «no entres». Ni pensar en los quinientos millones le ayudaba a entrar en calor.

Una vocecita interior, muy aguda, aprovechó para recordarle que él era un europeo civilizado además de divorciado. No estaba en su casa —argumentaba la voz— y, si no pensó antes en que las mujeres divorciadas tienen su propia vida, se debió, sin duda, a un lapsus cerebral.

—¡Oh! —dijo al fin, dando varios pasos hacia atrás.

Madelaine salió en albornoz. Sonreía como una actriz en día de riesgos sin dobles.

Free cogió aire. Pensaba decir «¿estás acompañada?», pero era una tontería. Cualquier cosa que dijera lo sería.

—Estoy de paso. Salgo hacia Madrid. Voy a hacer la serie sobre el VI Centenario. —telegrafió.

—¿De la Revolución Francesa?

—Del Descubrimiento de América.

—¡Ah! —dijo ella.

Edward aprovechó para retorcerse un poco, víctima de sus amordazados sentimientos..

—Un mal momento, ¿verdad? —preguntó.

—Sí

Volvió la espalda y avanzó hacia la salida.

—Llámame. —le pidió Madelaine.

—Sí, sí... —murmuró Edward en su interior, que era español— Sí, sí.

Pero no había conseguido extirparse aquel recuerdo desde la llegada a Madrid. ¿A quién tenía Madelaine en el dormitorio y, sobre todo, por qué? Cuanto más lo pensaba más sufría su cociente de inteligencia y menos capaz de hacer su trabajo estaba.

Madelaine le había telefoneado ya tres veces. Una al hotel y dos a los ensayos. Edward no se había puesto.

—Dígale que no puedo suspender la sesión.

—¿Madelaine es tu ex—mujer? —le había preguntado Sandra, que bebía una ginebra sin a su lado.

Edward burbujeó antes de confesar que sí. Pero que lo malo era que seguía siendo mujer.

—Esa reacción de no querer hablar con ella hace pensar que la quieres. —filosofó Sandra, mostrando inquietud a destiempo.

Edward, indefenso ante la acusación, le contó la historia, pero desmintió el principal argumento, porque pensaba en la noche:

—Y lo peor de todo es que no la quiero.

Sandra procuró hacerse cargo de la situación. Sabía lo suficiente de hombres como para comprender que eran criaturas imprevisibles. En el caso de Eduardo, se dijo, o el orgullo y la vanidad estaban por encima del amor, o se trataba de algo mucho más morboso.

—Pues habla con ella. —aconsejó al fin.

—¿Para que me explique lo que hacía con otro hombre?

—Lo sabes de sobra, así que no seas infantil.

—No me he expresado bien: ¿ Por qué estaba con otro hombre?

—¿A ti qué te parece?

Edward fingió pensar:

—¿Crees que, a lo mejor, le quiere?

«Qué tonto es este hombre tan listo», murmuró Sandra para su coleto.

Pero Madelaine recibió, horas después, una llamada desde Madrid.

—Madelaine, ¿querías algo de mí?

—Sabes como...

—Cariño... —dijo una tercera voz, femenina, algo alejada.

—¡Chis! —dijo Edward, también alejado.— Déjame hablar.

—Sabes como siento la forma que tuvimos de despedirnos. —insistió Madelaine.

—¿Cómo dices? —preguntó Edward. Luego, se le entendió perfectamente, a pesar de que el teléfono parecía tapado por su mano:— Deja eso. ¡Ay! Deja eso ahora.

—Entiendo. —suspiró Madelaine.

—Cariño... —volvió a decir la voz femenina.

—Madelaine: ahora no puedo seguir porque estoy... revisando parte de guión. ¿Era algo urgente?

—No.

—Llámame otro día, guapa.

El teléfono hizo clic, siempre con la pantalla apagada y los ojos de Eduardo Libre refulgieron como en los viejos tiempos: sacarse una espina siempre le causaba el mismo efecto euforizante.

—Lo has hecho muy bien, Sandra.

—No sé si eres vengativo o sentimental. —dijo ella, mirándole con curiosidad.— ¿Se puede saber qué esperas conseguir con esto?

Edward se desperezó como un gato:

—Lo que todos: que piensen en mí. Tú, que eres una mujer muy despierta, debes comprenderlo.

—Además —confesó al cabo de un minuto—, necesitaba limpiar mi conciencia.

—¿Con una mala acción?

—Cada cual limpia con lo que tiene más a mano.

Refulgía mientras presentía que ya estaba dispuesto para dar otro vuelco al guión. Y al mundo.

Capítulo 29

El Comisario Gröss era europeo de Munich y llevaba ocho meses destinado en Madrid: los suficientes para añorar su antigua vida de aventuras. Madrid, en otro tiempo, había sido una gran ciudad, industrial, con una activa delincuencia, rodeada por gigantescos suburbios dormitorios, y los comisarios de policía saben que es en sitios así donde está la acción.

Pero ahora Madrid era una ciudad administrativa: agencias de viajes, hoteles, sucursales bancarias, residencias de jubilados, parques de atracciones, restaurantes y bares. Gröss, como si hubiera sido castigado, se dedicaba a recoger borrachos, a ayudar a ancianos retirados a cruzar la calle, y a cuidar del orden en las piscinas.

Su inteligencia, preclara en otro tiempo, se oxidaba. Un hombre que había prestado servicio en Hamburgo, en Amsterdam y en Londres, se encontraba varado en una ciudad de apenas un millón de habitantes, de los que al menos la mitad superaba los sesenta años. Un quinquenio de profundos estudios sobre criminología en la universidad se oxidaba con él.

Cuando Jean Luc Bonnier le encargó un trabajo ruidoso creyó revivir. ¡Por fin algo de misterio! Coger coches y metros, mirar por las cerraduras, usar micrófonos, disparar a menudo sobre un escritor que se movía ya como un conejo, o rondar en la oscuridad: qué buena forma de salir de la rutina y dejar de ayudar a los ancianos a buscar sus extraviadas tarjetas de crédito.

Eso creyó, infeliz de él. A los dos días de iniciar su fogosa actividad estaba en el mismo punto donde la empezó: en ninguna parte.

—¿Nadie acecha a Edward Free? —preguntaba Bonnier

—Salvo nosotros. O sea, sólo yo.

—¿Nadie se ha puesto en contacto con él?

Gröss titubeó:

—Verá: siempre está rodeado de escritores y de actores. Come y cena con una actriz. Ayer visitó, a solas, a su editor. Cosas así. Desde luego, ningún desconocido se le ha acercado a cien metros.

Bonnier chascó la lengua y Gröss se apresuró en imitarlo. Era un sonido descriptivo.

—Estoy seguro de que los separatistas intentarán algo contra él.

Gröss sólo había oído hablar de separatistas a los políticos. Eran como el coco: sólo infestaban la imaginación. Cierto que había panfletos y pintadas en las paredes, pero la Constitución permitía la libertad de expresión. Si alguien quería hablar en español o en gaélico o en provenzal, como si prefería el latín, ¿qué mal hacía? Allí el único que se arrimaba a Free con malas intenciones era él.

—La Unión Europea no tiene todavía un siglo. —le explicó Bonnier— Es reciente, lo mismo que sus instituciones políticas. Aún hay pueblos que siguen considerándose pueblos, que conservan estúpidas tradiciones y que se sienten disminuidos por la unidad.

—Qué tontería, ¿no?

—¿Tontería? —preguntó Bonnier, escandalizado— ¿Sabe lo que celebramos este año?

Gröss rebuscó entre el laberinto de sus neuronas policíacas:

—El Tercer centenario de la Revolución Francesa

—En un principio tenía que llamarse la Revolución Europea, el momento auroral en que las burguesías empiezan a ser protagonistas de la historia. ¿Qué otra cosa es hoy Europa más que una burguesía, un patrón, junto con Estados Unidos, del resto de la humanidad?

—Ah. —dijo Gröss, que jamás hubiera reparado en que las cosas fueran así de dialécticas.

—Pues hubo presiones. La revolución Francesa era un hito en la historia universal y no debíamos cambiarle el nombre. Las diferentes provincias que fueron Francia hasta hace un siglo, empezaron a resucitar su pasado. Y ya ve usted: para que se entere, conmemoramos, hace tres años, la Revolución Francesa, en contra de la idea de la unidad.

—¿Y los españoles quieren lo mismo con el VI Centenario del Descubrimiento de América?

—Eso parece. Pero esta vez la Unidad Europea no va a ceder. Nuestro Parlamento no es una cámara territorial. Cada europeo vota a los candidatos de su ideología preferida y el Parlamento es una representación de ideas: ¿Hay algo más noble? El conservador progresista de Estocolmo y el de Madrid votan a los mismos candidatos. Los social progresistas hacen igual, como los liberal progresistas. Ideas. —remachó.

—Ideas. —repitió Gröss, demostrando haber comprendido.

—¿Cambia usted de forma de pensar si está aquí o en Hamburgo?

—Sí. —dijo Gröss sin percatarse del problema.— En Hamburgo hay acción.

—Quiero decir que si usted cambia de ideas políticas en virtud de su lugar de residencia.

Gröss no tenía ideas políticas. Toda su germánica cabeza estaba ocupada por ideas policiales y por potentes técnicas criminológicas.

—Oh, no.

—Pues los separatistas creen que, por haber nacido en un lugar, deben pensar de un modo distinto. Por supuesto, el Banco Europeo no les da crédito para organizar su internacional política y, por lo tanto, no pueden acudir a las elecciones ni conseguir escaños. Pero quieren romper la Unidad Europea.

—¿Sin dinero? —preguntó Gröss, incrédulo.

—A los separatistas de aquí se lo facilitan las repúblicas hispanolatinoamericanas. Los hispanolatinoamericanos cada vez nos venden menos materias primas y pretenden, en cambio, colocarnos bienes terminados. Los hacen más baratos. Si Europa entra en crisis, para ellos será el momento de arrebatarnos los mercados extranjeros.

—¿Por qué esos extranjeros compran nuestros productos, si son más caros?

—Porque nos deben dinero. Con cada préstamo se comprometen a seguir comprándonos más y más. Así es como funciona el mundo, Gröss.

—¿Y Free?

—Free hace propaganda de Europa y es muy bueno en su especialidad. La información controla a los pueblos, ya sabe usted. Y si le quitan de en medio la propaganda no será tan buena.

—Comprendo. —dijo Gröss al fin— A Edward Free no debe pasarle nada para que la libertad del pueblo sea la que debe ser. Ya cuido yo de no tirar a dar.

—Por el bien de Europa. —confirmó Bonnier.

Capítulo 30

—¿Cómo lo hará? —preguntó Felipe Gracia del Pozo. Sus palabras apenas fueron un murmullo, una leve vibración en el aire agitado de la tasca donde Joseá se refrescaba después de la intensa jornada laboral.

—Con psicología. —dijo Joseá sin comprometerse.— Eduardo dará la vuelta al argumento como si fuera un calcetín.

—Sí, ¿pero, cómo?

Parecían haber llegado a un callejón sin salida. Gracia del Pozo tenía los quinientos millones aunque, antes de soltarlos, pretendía obtener un poco más de información. En una operación clandestina, además de subversiva, hacían falta ciertas garantías.

—¿Desconfía usted de mí? —preguntó Joseá.

—He oído hablar de usted. —respondió Gracia del Pozo con poca delicadeza.

—¡Ah, la fama! —suspiró el editor con deje de amargura.

—Es mucho dinero. —insistió el separatista en jefe— Y ni siquiera sabemos para qué nos va a servir.

Mientras pensaba en una respuesta, Joseá desvió la conversación:

—¿Y por qué no hacen ustedes un partido y se presentan a las elecciones?

Había tocado una herida sangrante en el corazón de Gracia del Pozo:

—No tenemos dinero ni crédito. Ya sé, ya sé: usted quiere preguntarme por qué no nos lo dan los hispanoamericanos. Pues porque las leyes sólo permiten la importación de capitales norteamericanos y canadienses: a fin de cuentas son el mismo capital que el europeo.

Joseá lo sabía: él era cliente del First Manhattan Bank en la calle de Alcalá.

—Pero aún hay más: aunque consiguiésemos que todos los españoles nos votaran, veinte millones, catorce con derecho a voto, no alcanzaríamos el diez por ciento necesario para tener representación en el Parlamento. No es previsible que franceses, alemanes, ingleses e italianos apoyaran la independencia de España.

—Esa es la democracia, ¿no?

Gracia del Pozo emitió un grueso haz de rayos por los ojos:

—Esa, señor mío, es la tiranía. Todas las naciones europeas están condenadas al silencio. No hay viagra para la impotencia ante el mundo.

Joseá consideró los argumentos. Nunca había entendido las dificultades de algunos especímenes para adaptarse al medio. Si la idea de Felipe Gracia del Pozo no era posible, ¿por qué se aferraba a ella contra viento y marea? ¿Por qué pretendía gastarse quinientos millones en nada?

—No puedo dárselos hasta que sepa qué compro con ellos. —dijo el separatista como si le leyera el pensamiento.

—Compra usted el mayor talento europeo.

—¿Y qué hará ese talento?

De nuevo el callejón sin salida.

—Mire: ya le ha visto dejar atrás todo aquel barullo de Salomón, los pulpos y el duelo con el Duque de Alba. Colón no va a América sino que viene de ella. Es una buena faena, sólo por debajo de la Universidad de Trapisonda. —añadió como advertencia, no en vano Felipe Gracia del Pozo trabajaba allí y Joseá era el inversor mayoritario.

—Sí, pero… —el dinero es siempre suspicaz.

—Mañana acuda al salón de conferencias, como siempre. Free le dará un anticipo, o sea, una ración. Y usted me dará otro a mí.

Gracia del Pozo se estremeció, recordando la última sesión de trabajo argumental, con tanto estampido. Las madres se le habían revuelto en aquella ocasión y necesitó varias tomas de enzimas digestivos para recuperar la normalidad.

—Vengan esos cinco.. —dijo heroicamente. En español antiguo.

Capítulo 31

Gröss, sentado en el hall del hotel, y vestido con la ropa multicolor del europeo en vacaciones, sin ninguna prevención, vio pasar a Joseá. Conocedor de los hábitos de los editores, le supuso ocupado rastreando algún puñado de dinero.

Edward Free, junto con su actriz favorita, se encontraba en el bar, vaciando una botella de champán. La camarera rubia y abundante que les servía, era del cuerpo y mantenía contacto radiofónico con Gröss.

—Nada. —le decía de tanto en tanto.— Hablan. Desde hace cinco minutos le coge de las manos y, a veces, le roza la barbilla. Supongo que al salir de aquí irán directamente a una sola habitación: a la de él o a la de ella.

—¿Síntomas claros?

—Ella bebe. —respondió la camarera que, dado su sexo, conocía los efectos del champán sobre la líbido femenina.— Es decente, pero bebe. Él, en cambio, no es decente y tampoco bebe.

—Se reserva, claro. —comentó Gröss que, también dado su sexo, conocía las incompatibilidades entre la virilidad y las burbujas.

Camarera y comisario sumaban dos y dos, con todo respeto a la lógica, y daban por hecho el resultado. Actrices, escritores y otras gentes del negocio de la imaginación, no solían atenerse a las convenciones morales. Gröss, a pesar de lo mucho visto en los ambientes criminales, no era capaz de disculpar la promiscuidad. La promiscuidad, apenas noventa años antes, estuvo a punto de acabar con el mundo civilizado: Sodoma y Gomorra, por ejemplo, nunca fueron capaces de crear una sociedad postindustrial.

—Se levantan. —transmitió la camarera, algo después.— Van cogidos de la cintura, sonríen y se miran a los ojos.

Aunque no lo viera, Gröss estuvo seguro de que la camarera fruncía el ceño ante tan lamentable espectáculo. De poder, hubiera llamado la atención a la pareja: modérense, les hubiera dicho.

Edward Free era importante, de modo que consiguió llegar hasta la puerta de la habitación de Sandra todavía cogido a su cintura sin recibir consejos morales. La muchacha era una gloria, a causa de su inteligencia y de sus dorados muslos. Entre palabras y carías, no había descuidado fijarse en algunos de sus evidentes detalles orgánicos. Y se encontraba tan solo...

—¿Pasas a mi habitación, como una buena vecina?

—Edward... —empezó ella, a punto de decir que no, que todo iba demasiado rápido, o sea, como en las películas. Se detuvo: estaba aún el papel de hija viajera del Presidente First. La primera mujer que viajó de regreso a la Atlántida.

—No es una proposición deshonesta solamente. —dijo el pérfido Free.— Quiero darte «El peso ligero». ¿Lo has leído? Me interesaría tu opinión sobre ese libro, porque quiero hacer una nueva edición.

Probablemente «El peso ligero» se encontrara en la habitación de Edward, pero, al abrir la puerta, la presencia de Joseá fue mucho más evidente que la del libro: echado sobre la cama, contemplaba una emisión comercial destinada a convencer al público de las excelencias de las playas mediterráneas: un mar azul y unas costumbres verdes; moderadamente verdes. Él había editado el programa.

—Tumbado —les saludó— se está mejor que de pie.

De vez en cuando le gustaba sorprender a su auditorio con verdades incuestionables.

—¿Qué quieres? —preguntó Libre sin excesiva cortesía.

—Jerez, gracias.

—¿Por qué estás aquí?

Joseá giró los ojos hacia Sandra. Era evidente que no contaba con ella para sus confidencias.

—Acabo de tener una conversación de negocios.

—Me voy. —dijo Sandra.— Ya me darás mañana «El peso ligero»

Eduardo, de mala gana, la acompañó hasta la puerta y le depositó un beso fugitivo. Al cerrarla, expresó claramente sus sentimientos, valiéndose del español por primera vez en mucho tiempo:

—Eres un cabrón.

Los editores soportan cualquier cosa sin un parpadeo y más cuando persiguen un dorado objetivo:

—Los quinientos millones están listos, muchacho. Pero quieren señales. Mañana el pagano asistirá a la sesión de trabajo. Tienes que convencerle, ¿entiendes? Tienes que hacerlo.

—¿El qué?

—He prometido que le darías la vuelta al guión como a un calcetín.

—¿Estás loco?

Joseá consideró llegado el momento de emplear sus variados recursos psicológicos:

—¿Loco por tener una ilimitada confianza en tu talento? ¿Loco por estar seguro de que no hay nada imposible para ti? ¿Loco por tratar de hacerte ganar cuatrocientos millones, libres de impuestos? Además, siempre me dices lo mismo.

Parecía una esposa.

—Para. ¿Dices que mañana?

—Por la mañana.

—¿No sabes que viene el Gobernador de España para presenciar la sesión?

—Pues eso: si lo convences a él, ningún delegado, ni siquiera el de la Coca Cola, se atreverá a poner objeciones.

—Pero no he pensado nada aún, Joseá.

—Venga, venga: tú y yo sabemos que no hace falta pensar gran cosa para escribir. ¿Sigues bloqueado?

Edward dijo que quizá, aunque creía ver una lucecita en la distancia:

—Nada definitivo.

—Pues le llevas ese libro a tu vecinita, te desbloqueas como mejor te lo permita ella y mañana nos das una exhibición de arte creativo.

Cinco minutos después Free llamaba a la puerta de Sandra:

—He venido a traerte el ejemplar.

—Gracias.

—Y, además, quiero consultarte algo. Quiero hacerte una pregunta y espero una respuesta sincera.

Ella miró hacia la cama y pensó «no». De todas formas, se mostró cortés.

—¿Qué opinas tú, Sandra, del guión del Antidescubrimiento?

La muchacha no se esperaba aquello. Era de verdad una consulta:

—Creo —dijo al fin— que es muy bueno.

Lo creía. En aquellos momentos la política le importaba poco ya y eso le permitía ver una serie de papeles que darían mucho de sí en cuanto los escribieran los especialistas en los diferentes diálogos.

Edward Free se desplazó por la habitación, detectó el sillón más cómodo y se instaló.

—Yo no estoy satisfecho. Cada mañana, al subirme al escenario, me digo «falta algo». La chispa. Estamos siguiendo el camino trillado. Estamos haciendo exactamente lo que se espera de nosotros, como si no tuviéramos imaginación.

Sandra se sentó en la cama, frente a él, y encendió un cigarrillo: era mujer secretamente entregada al fumeque. Siempre supo que Free era un perfeccionista, un escritor incapaz de conformarse con los resultados del primer intento. Ni del segundo.

—¿Y sabes lo que acabo de comprender? —siguió Free

No respondió a la pregunta retórica. Se limitó a levantar las cejas entre el tumulto del humo.

—Pues que falta intriga. No importa que saquemos a judíos de los tiempos de Salomón o a vikingos y ahora a gangsters y hamburgueseros. Todo el mundo sabe que acabaremos llegando al nuevo Colón y a Europa. No hacemos dudar al espectador.

—¿No?

—Ni un pelo. Desde el primer capítulo se encogerá de hombros. Haced lo que queráis —dirá— que acabaréis sojuzgando a alguien de todas formas. Si hubieras escrito tantas series como yo, sabrías que sin dudas no hay éxito. La única forma de triunfar es hacer lo inesperado.

Ella se plegó ante una superior sabiduría.

—Sin embargo, ¿es posible que en la serie Colón no descubra América o Europa, y que llegue allí y no esté el continente? —preguntó.

—Tiene que llegar y tiene que encontrar tierra: Guanahani, Wattling o Tolón. Pero no podemos hacer una serie histórica. ¿A quién le interesa la historia? ¿A quién le gustan esos ropajes incómodos y, por si fuera poco, las pelucas?

Sandra pensó, furtivamente, en la hija del rey Boabdil y reprimió un gesto de desencanto.

—La pregunta es esta, Sandra: ¿Es posible contar el descubrimiento de América sin salir para nada del presente, sin barcos ni vikingos ni reyes del petróleo? ¡Ese es el desafío!

Una aureola de inteligencia resplandeciente envolvía la cabeza de Eduardo Libre, el español. Era una cerilla encendida. Como en sus mejores momentos, se planteaba la serie como una dificultad en lugar de como una excursión al pasado.

—Será mucho más difícil. —murmuró Sandra, sabiendo que eso era un halago para el escritor.

—¡Muchísimo más! —dijo Edward, extasiado.— Creo que nadie ha contado un hecho histórico sin regresar a la época en que sucedió. ¡Nadie en la historia de la literatura mundial resumida! O, quizá sí, pero yo no lo recuerdo.

—Tú podrás.

Edward paladeó la frase:

—Repítemelo. Para concienciarme.

—Tú podrás.

—¡Ah! —confesó Edward— ¡Qué mujer tan lista!

Madre luz. Hermana tierra.

Capítulo 32

El Gobernador de España (Ministro Gobernador General era el cargo) llegó a la hora prevista: tenía garantías de que no había cervantistas en las proximidades. Peste de intelectuales. Tras él, según orden dictado por el protocolo, avanzaron los diferentes miembros de la Comisión del VI Centenario del descubrimiento y los distintos delegados de organismos y provincias.

Jean Luc Bonnier, junto a Free y a Joseá, les daba la bienvenida más efusiva y les prometía, de uno en uno, una hermosa e inteligente sesión de trabajo.

Edward Free sonreía, lleno de confianza, mientras Joseá se removía inquieto. A sus espaldas, confundido entre la multitud de escritores y actores, Felipe Gracia del Pozo aguardaba una prueba que le decidiera a desprenderse de sus quinientos millones mejicanos.

—¿Tienes ya alguna idea, Edward?

Eduardo se limitaba a seguir sonriendo y permitía que la inseguridad royera las vísceras cuasi torrijas de Joseá.

—He oído cosas muy buenas del trabajo. —le dijo el Gobernador de España.— Jean Luc Bonnier me ha contado que su guión es desmitificador en extremo.

—¡Oh! —exclamó Eduardo— Verá: he pasado la noche en vela precisamente porque el guión no es lo suficientemente convincente. Hay que desmitificar más todavía.

—¿De veras? No abuse usted de la cabeza, amigo mío.

—Señor Gobernador: si contamos una historia, aunque lo hagamos a nuestro aire, recordamos un suceso.

—Sí, es cierto. Pero, en el fondo, conmemoramos el VI Centenario, ¿no?

—Sí: conmemoramos un día del 2.092. Ha de suceder todo en el 2.092, sin permitir que la imaginación vuele al pasado. El protagonismo ha de estar en lo que hacemos hoy, en nuestra eficiente realidad, y no en el final de la Edad Media.

—¿Cree usted? —repitió Sir Walter.

—Para la realidad actual la Historia es demasiado dura. Deslenguada. Fastidiosa.

—¿Podrá hacer algo por ella?

Capítulo 33

Cuando trabajadores y autoridades invitadas estuvieron sentados, Edward cruzó el escenario y se situó tras el atril, siendo calurosamente aplaudido. Inasequible a los halagos, se volvió hacia la muchacha de la estenotipia, presta a laborar en el lateral.

—Señorita: ¿dónde quedamos? —preguntó con acento seco y profesional. No de poeta.

—Chris Colón —leyó ella—, en compañía del Séptimo de caballería, destruye en Clavijo al ejército español mediante el uso de la ametralladora. Pero prohíbe cortar cabelleras.

Edward meneó la cabeza: negaba. Su auditorio quedó en suspenso, preocupado también al comprender que algo hervía en la cabeza del genio.

—No. —dijo Free, al fin. Igual que cuando decidió redescubrir Europa.

La expectación subió unos cuantos enteros. Las orejas del Gobernador Twistle, tan sensibles, se agitaron, empujadas por el viento de la curiosidad.

—No sirve. He estado equivocado todo este tiempo. El guión es malo. —hizo una pausa.— Muy malo. Tópico. Trillado.

Su público hizo que no con la cabeza. A ellos les gustaba. A ellos les parecía soberbio.

—Le falta intriga. —insistió Edward.— Todos saben el final: Columbo pone el pie en Tolón y sojuzga. O sea, empieza a civilizar Europa. ¿A quién le interesa ver lo que se sabe de memoria, aunque Columbo sea genovés y rubio y lleve consigo a la hija de un Presidente?

Los presentes consumieron un tiempo precioso meditando sobre aquella cuestión.

—¿Es posible contar el descubrimiento de América sin salir para nada del presente?

El futuro Cristóbal Columbo rubio insistió bravamente en que no: a él le sentaban muy bien los ropajes de cualquier época y le gustaba salir entre metralletas y europeos que no hacían más que construir catedrales. Edward no reparó en sus quejas.

—Durante mi primera noche de estancia en Madrid fui atacado en mi habitación por dos individuos peligrosos y tuve que huir por los balcones del hotel.

Gracia del Pozo atendió, muy preocupado. ¿Iba Eduardo Libre a traicionar el pacto?

—Luego supe que se trataba de dos separatistas. Sí: por aquí hay una extraña especie de hombres que quieren volver al pasado, a la división en naciones, a las terribles luchas internas entre europeos.

Gracia del Pozo renunció a fruncir aún más el ceño: no llegaba más abajo.

—Antesdeayer —siguió el escritor— se volvieron a poner en contacto conmigo. Esta vez de un modo mucho más civilizado. Me ofrecieron cien millones de Euros por modificar «convenientemente» el argumento.

Gracia del Pozo dio un respingo y empezó a buscar con los ojos la salida más próxima. Sir Walter miró a Bonnier y éste al comisario Gröss. Coincidían ambos en su mensaje: ¿No decía usted que nadie se había acercado a Edward Free? Gröss enarcó las cejas y se encogió de hombros: ¿Y si le hubieran hablado por teléfono, eh?

Joseá, sobresaltado, murmuraba una secreta plegaria que hacía referencia a rayos justicieros que caían sobre cabezas de escritores boquirrubios. Su fichaje estrella acababa de tirar quinientos millones: hombres más enteros que el editor se hubieran desvanecido por menos.

—Fíjense dónde está la actualidad del VI Centenario, lo que puede interesar al público de hoy: en lo que trae consigo la fecha del 2.092 y no en la de 1.492.

Si él lo decía…

—El 2.092 es la historia en sí. No vamos a sacar a Colón ni a los reyes Católicos, ni a Columbo con su crucero atómico. Vamos a construir una intriga en torno a la celebración del VI Centenario; a los problemas que genera, hoy, el recuerdo de Colón y del Descubrimiento. Hablaremos de una época que la gente entiende. Más o menos, pero la entiende.

El personal allí reunido pareció comprender, por fin, la idea, aunque todavía no se decidió a aplaudirla.

—Mostraremos como todavía hoy quedan personas decididas a cambiar la historia irreversible. Les presentaremos como guerrilleros metidos en una guerra secreta contra Europa.

Edward observó un gesto de duda en Sir Walter Twistle y se apresuró:

—Les dejaremos mal. Fatal. Los espectadores comprenderán que los separatistas luchan por un imposible. El VI Centenario simbolizará la batalla victoriosa de la lógica contra el sentimentalismo.

Gracia del Pozo soltó el aire que venía reteniendo desde minutos antes. Joseá sonrió, tímidamente todavía.

—Un famoso escritor —empezó Edward su nuevo argumento— ha sido llamado para reformar un guión sobre el descubrimiento de América. Un guión desmitificador. Quienes le piden ayuda temen que los anteriores escritores estuvieran pagados por el separatismo. Está dormido, enfundado en un pijama verde, cuando la puerta de su habitación salta en pedazos y...

Capítulo 34

—¡Jesús! ¡Qué trago me ha hecho pasar! —confesó Joseá, con la nariz profundamente metida en el interior de su vaso.— Si tuviera pulso, le enseñaría cómo me tiembla. Dios bendiga mi cerebro.

Gracia del Pozo todavía tenía pulso y, en consecuencia, le temblaba. Por una vez, lo combatía con los mismos métodos que Joseá, pero sentía menos deseos de hablar que el editor.

.¿No le dije que, por quinientos millones, Free sería capaz de dar la vuelta al argumento? Se ha ganado el sueldo, ¿verdad? Será un rico de larga duración.

Felipe Gracia del Pozo dudaba todavía:

—No sé...... Parece que nos fuera a presentar como terroristas.

—¿Terroristas? Les va a convertir en héroes románticos que luchan por la libertad, que llegan al cuerpo a cuerpo en defensa de la verdad histórica.

—¿Dirá todo eso? ´Felipe siempre pensó que el hispánico era un mundo sentimental.

—No de golpe, pero lo dirá. Y usted podrá olvidarse de vikingos y de frailes genocidas, ¿no le parece? Atraerá sobre sus cosas raras la atención mundial. Hasta los niños de biberón sabrán que existen y que hubo una época, no lejana, en que los hombres soportaban la división en naciones, como en el Tercer Mundo.

—No la soportaban.

—Como usted diga: la disfrutaban. Se lo comunicaré a Edward Free. Ustedes ganarán adeptos. Quizá hasta consigan salirse con la suya: sabe bien que, hoy, la verdad es lo que se ve en la pantalla.

Gracia del Pozo miró seriamente a Joseá:

—Ni usted ni Eduardo Libre creen en nosotros, ¿verdad?

—¿También hemos de creer en ustedes? Tenga en cuenta que soy un editor.

—Están convencidos de que la nuestra es una causa perdida. No tienen problemas morales con ayudarnos porque imaginan saber que, aún con su esfuerzo, Europa no se fraccionará ni España recuperará su libertad.

Joseá carraspeó e hizo señas urgentes al camarero, encargándole un brebaje capaz de producir alivio inmediato. No era la primera vez que le acusaban de deshonesto, pero sí la primera en que alguien le suponía capaz de tener problemas morales.

—¿Y por qué no van a ganar, hombre de Dios? No sea pesimista

Gracia del Pozo era un idealista inocente, pero seguía sin fiarse:

—La Unidad Europea es artificial: un negocio de los poderosos, de las multinacionales y de las internacionales políticas.

—Claro. —le animó Joseá, sin reparos.— Naturalmente. Ya sabe que el dinero es lo que más libertad da.

—Las Patrias son una necesidad del ser humano: la mayor Unidad de Convivencia posible.

—Me lo repito continuamente.

Gracia del Pozo tomó aire y redondeó su místico pensamiento:

—Vivimos en una dictadura financiera.

—Lo haremos constar así en el guión. —Joseá consideró que su cliente estaba ya a punto— Y, hablando de finanzas, los quinientos millones...

—No los llevo encima.

—Por supuesto, pero, ¿cuándo me los pasa?

—Quiero hablar con Libre. Quiero cerciorarme de sus intenciones. ¿Le puedo ver esta misma noche?

Joseá dijo que sí, que cómo no. Siempre y cuando fuera para hacerle entrega del género.

—¿Dónde? —preguntó Gracia del Pozo, contagiado por el espíritu realista del editor.

—En la habitación de su hotel. Y tenga cuidado: un tal comisario Gröss parece que quiere pillarles.

Capítulo 35

Roderico Valdés Battle, embajador secreto de Méjico en España, escuchó con creciente interés el relato de Felipe Gracia del Pozo, que le informaba, frente a «Los fusilamientos de La Moncloa», del extraordinario cambio del guión del Antidescubrimiento de América.

—Parecía imposible, pero de un solo golpe ha hecho desaparecer a los vikingos, a Colón y a Isabel convertida en su amante. Hay que reconocer que ese Eduardo Libre tiene talento. Nos convierte en los protagonistas de la serie. Todos nos conocerán y comprenderán nuestra causa.

—¿Para admirarnos o para despreciarnos?

Gracia del Pozo descendió de su éxtasis. Había estado en estado atávico:

—Creo que para admirarnos. Al menos, cientos de millones oirán hablar del mensaje nacional.

Roderico fingió retirarse del cuadro para enmarcarlo en su cámara.

—Por lo menos hemos evitado el agravio histórico que iba a ser esa serie. —dijo— Pero, puesto que pagamos bien, convendría pensar en otro tipo de utilidad. La información es poder.

Gracia del Pozo, sintiéndolo mucho, no entendía.

—¿Qué es la Unión Europea? —le preguntó el mejicano, para iluminar su mente.

—Un mercado.

—Ajá. Un mercado protegido. Los europeos, tan libres como sois, pagáis por los productos más del doble de lo que cuestan los nuestros. Lo mismo hacen los países que os deben dinero: reciben créditos y aplazamientos a cambio de pagar el doble por los productos europeos y americanos.

—Sí, ya sé.

—No, no sabes. Crees que el poder mundial de la Unión Europea y de los Estados Unidos se basa en que son los mayores usureros del planeta, y sólo es una parte de la verdad. Lo fundamental es que ellos mismos son un mercado: su unidad se basa en la unidad de mercado y en una férrea política contra las importaciones.

—Bueno.

—Pues para romper la unidad de un mercado, amigo mío, no bastan las ideas: hacen falta productos que compitan en él.

Hispanolatinoamérica hacía muchos años que dejó de vender materias primas a Europa y Europa había cerrado su mercado a los productos hispanoamericanos. Unos y otros trataban ahora de hacerse con los de Asia y Africa.

—Pero el verdadero triunfo sería inundar la Unión Europea con nuestras manufacturas a la mitad de los precios. Desarticularía a la Unión, que se asienta en la hegemonía de unas cuantas compañías y de unos pocos bancos.

—¿Y qué tiene que hacer Eduardo Libre en esta guerra comercial?

El embajador secreto de Méjico no tenía respuesta.

—No lo sé aún. Quizá mostrar a los «separatistas» disfrutando de una gran abundancia de bienes económicos: para los «separatistas» el dinero se convierte en el doble porque compran productos mejicanos. Viven como millonarios... Publicidad, ¿me entiendes?

—Yo creí que lo importante era la idea. La Patria. —suspiró Gracia del Pozo, a punto de desgastarse un poco más.

—Y lo es, pero las ideas se pagan. Nosotros os podemos ayudar porque tenemos una economía próspera, ¿no es así?

Era así, pero tenía un sonido turbio.

Capítulo 36

Al terminar la sesión de trabajo Eduardo estaba agotado, pero resplandecía como un fanal. Ahora sí daba lo mejor de sí mismo: una verdadera intriga capaz de despertar el interés de cualquier espectador. Nada de poner en la pantalla estampas antiguas, señores con peluca y diálogos entre gente que se trataba de vos. El estaba haciendo el retrato del atribulado fin del Siglo XXI.

Sandra se le acercó sin poder reprimirse:

—¡Maravilloso! —le dijo— Tienes un gran talento.

—¿Te refieres a la escena en que la chica desnuda descubre que hay un escritor bajo su cama? No hay nada como la imaginación.

Sandra se rió, con la nariz baja:

—Me refiero a la idea de hacer algo que sucede en torno al VI Centenario, en lugar de limitarse a contar, con más o menos ritmo, la historia que todos conocen. ¿Cómo se te ocurrió?

Edward, ladino, escurrió el bulto:

—Una idea repentina, sacada de la realidad. ¿Qué te parece el papel de la chica?

—No está mal pero, hasta la fecha, es una mera acompañante del escritor, un adorno de la escena.

Edward reconoció lo justo de la observación.

—Es verdad, pero una larga tradición literaria exige que la mujer, para ser un elemento activo del argumento, ha de enamorar al protagonista.

—¿Y luego? —preguntó Sandra, mirándole a los ojos.

—Suele haber dos caminos: entregarse a él en cuerpo y alma, generalmente cerca del fin, o darle achares, hasta que se le entrega, también cerca del fin.

—Oh.

—Pero, un creador como yo, puede hacer que todo eso suceda antes, en plena trama, varias millas por delante del «nudo». Al «nudo» le llamo crisis. Toda historia tiene una crisis: es lo que la salva o lo que la mata. Y lo que causa los divorcios.

—Me parece una forma muy fea de infravalorar a un personaje. Asignarle un simple papel de compañía sentimental.

Edward la condujo a un taxi y dio la dirección del hotel, todo ello sin dejar de desarrollar el argumento:

—Es cierto: ya que tenemos una chica, debemos aprovechar todos sus recursos. Una columna salomónica, curvilínea, es hermosa, pero, además, puede incluso sostener un edificio. Una posibilidad es que ella sea un «gancho»

—¿Eh?

—Una espía. Una separatista que está ahí para cerciorarse de que el escritor hace lo que los separatistas quieren. Cada vez que él manifiesta un síntoma de voluntad propia, ella lo besa y ahoga en flor cualquier debate. ¿Qué te parece?

Sandra se había quedado pensativa. Toda la conversación era un doble sentido y estaba claro que no hablaban del argumento sino de ellos mismos, pero la mención de las conexiones entre ella y los separatistas había despertado ciertos temores en la muchacha. ¿Averiguó algo Edward Free? Quienes lo conocían bien solían compararlo con un oso blanco: sus ojos jamás traicionaban lo que pasaba por su imaginación ni cuándo soltaría la garra.

Edward, inocente como un niño, se la quedó mirando, extrañado.

—¿He dicho algo gracioso?

—¿Qué sabes tú del separatismo?

—Que me ha hecho huir, en cueros, por los balcones del hotel y que aún me tirotea. Yo no fui a ninguna universidad de por aquí y eso me ha mantenido puro hasta la fecha.

Volvió a mirarla con detenimiento. Satisfecho, sin duda, se echó a reír y le cogió una mano:

—Ea, ea. Ser separatista no es tan malo, sobre todo si se tiene una cara bonita, Sandra. Y estoy seguro de que nadie te ha puesto a mi lado. Ha sido una coincidencia argumental.

—¿No te molesta? Te oí en televisión y pensé que eras un enemigo de esas ideas.

Edward Free se puso a tararear una musiquilla insistente. Cuando de verdad pensaba en lugar de decir lo primero que se le venía a la cabeza, emitía verdaderas sinfonías.

—Uno es escritor —dijo al fin— porque puede ser cualquier cosa. Un asesino, una señora de la limpieza, un lobo estepario o un cajero mecánico del First. Puedo ser, en televisión, defensor de la Unidad Europea que, a fin de cuentas, me lo paga muy bien.

Ella notó que, por primera vez en mucho tiempo, Edward parecía hablar con el corazón en la mano: en cuanto la abriera se lo vería en la palma, latiendo suavemente.

—La realidad y la fantasía a veces son la misma cosa en mi cabeza. No siempre las distingo y no siempre tengo necesidad de hacerlo. Sólo hay una verdad insustituible. Dos, quizá.

Ella levantó las cejas.

—Me refiero a la muerte. También me refiero a la otra vida.

—¿Eres católico?

—Y tú, separatista, mira ésta. Las demás verdades son cuentos. Unos los invento yo; otros, los demás. El hombre es para la muerte y la muerte es para la vida. Eres lo bastante lista para entenderme.

Ella le miraba bajo otra luz. Un foco se había encendido sobre la cabeza de Eduardo, como la otra noche, y Sandra veía detalles hasta ahora desapercibidos. Libre, no era el cínico que todos daban por hecho. O, simplemente, estaba bajo el influjo de un nuevo papel. ¿Cómo saberlo?

Cuando aquel potente foco dejó de deslumbrarla, se encontró sentada en las habitaciones de Edward Libre y respondiendo a preguntas profesionales y a besos.

—¿Qué es exactamente el separatismo, Sandra?

—Nosotros —dijo— no nos vemos como separatistas, sino como colonizados. Una antigua y orgullosa nación, ahora invadida y privada de libertad.

Edward tomó una escueta nota en su cuaderno de tapas de cuero: «Libertad e independencia». Remember to Alamo.

—He de conocer al enemigo. Dime: ¿Qué te hace suponer que la antigua España sería mejor para nosotros? Mientras existió, provocó enfrentamientos entre muchos pueblos y, cuando fue demasiado débil para luchar contra los otros, hizo que los españoles se enfrentaran una y otra vez.

—Durante dos siglos fuimos la nación más poderosa de la tierra. ¿Has leído a Quevedo?

Cerró los ojos y recitó, en español:

«Y es más fácil, ¡Oh España!, en muchos modos,

que lo que a todos les quitaste sola

te puedan a ti sola quitar todos.»

—Y lo hicieron. Tardaron dos siglos pero lo hicieron. Ya no existe nada político llamado España, pero España existe.

Eduardo escribió: «Quevedo: todos le quitaron todo.»

—Amar a España. —se extrañó Libre.— ¿Se puede amar algo así? Apenas aire tibio de la voz. ¿Qué era España?

—Éramos nosotros y nuestros muertos. Nosotros solos decidiendo sobre nosotros. eso se llama independencia. Sólo si hay independencia hay libertad.

—Tenemos derechos. Todos. Los mismos que cualquiera.

—Pero nosotros no somos iguales que cualquiera. Sólo hay derechos cuando son tuyos, cuando te los das tú.

Nadie podría decir si Edward Free sentía algo o si solamente tomaba notas para completar su guión con detalles realistas. En cualquier caso, sabía parecer muy interesado.

Sandra no conocía muy bien la historia, la verdadera historia, no la escrita como demostración de la Unión Europea. Cien años antes, apenas cien años atrás, España todavía era España. Tenía instituciones manejadas sólo por españoles. Había un rey español, nacido en España.

Los españoles eran sus dueños. Tenían su propia moneda, la peseta, con gran valor. Sandra había leído trozos de periódicos de la época: «La peseta, cada día más fuerte», decían.

Los recuerdos que Sandra conservaba de las lecturas subversivas en la universidad, eran nebulosos, pero mantenían un calor de humanidad y un dulce perfume.

¿Podía imaginarse Eduardo que los partidos políticos que se disputaban el gobierno eran sólo españoles? Eran como los de ahora: conservadores progresistas, sociales progresistas, liberales progresistas, comunistas progresistas... Pero todos españoles. Ninguno era internacional. Nadie, desde fuera de la antigua España, les decía lo que tenían que hacer.

—¿Estás segura de eso? —preguntó el escritor, sorprendido— Las internacionales existen desde el Siglo XIX. Hemos conmemorado ya el bicentenario de algunas.

—Pues en España, no. He leído periódicos de entonces.

¿Sabía Eduardo que, una vez, acusaron de eso a un presidente español, de recibir dinero de Europa? Y se demostró que no. La economía era pujante: los bancos sólo eran españoles, se concentraban y manejaban capital español únicamente. Las industrias habían sido reconvertidas, lo que las hacía más competitivas. Se creaban mil o dos mil puestos de trabajo diarios. Más que en China. Eso significaba el bienestar de todos, ¿no?

¿Y qué decir de la libertad? Cualquiera se podía presentar a los cargos elegibles. Sin más. Un español tenía una idea, algo lógico y razonable para mejorar la vida de todos, la explicaba y la gente decidía si la prefería a otra idea. Ahora, bien lo sabía Eduardo Libre, un político enseña los dientes a todas horas, lleno de maquillaje. Y no piensa: lo hace su equipo de publicidad. Gana por como se coge la barbilla o por como entorna los ojos. Y gasta cientos de millones para conseguir su cargo. ¿Quién se los da y a cambio de qué?

—¡Uf! —dijo el escritor.— Parece que hay que creer en muchas cosas para ser separatista. Si todo iba tan bien, ¿qué pasó?

—El Mercado Común. Engañaron a los españoles de entonces. Les dijeron «Europa es mejor para vosotros. Juntos seremos más fuertes». Pues bien: juntos somos menos, porque no somos ni unos ni otros. Árboles sin raíces.

Eduardo se miró los pies, sin duda en busca de alguna raíz. No las tenía y eso parecía confirmar la teoría de Sandra. Ella aprovechó el momento de debilidad para recordar de nuevo a Quevedo:

«Nadie contaba cuánta edad vivía,

sino de qué manera: ni aun un hora

lograba sin afán su valentía».

El escritor, con los ojos brillantes, volvió a estrechar su mano:

—Es otro mundo. —dijo— Me hablas de otro mundo. De una vieja sepultura. —Romántico mortuorio, miraba al dormitorio, muy emotivo.

—¿No decías que la muerte es la única verdad?

Iban entregando el corazón a la brisa.

Capítulo 37

Sir Walter Twistle, Gobernador General de España, hacía lenta y gozosamente la digestión de la cena que le había dado la Comisión para el VI Centenario. El nombre de Edward iba y venía, perezosamente, por entre las volutas de humo de los puros.

—No puedo imaginarme cuándo los separatistas contactaron con él para intentar sobornarle. —dijo Bonnier.

—El caso es que le dieron una buena idea. Nos han ayudado. Ahora ya no hará falta reconstruir toda esa historia de Colón: hablará directamente del VI Centenario, del 2.092 y de los problemas actuales, mientras descalifica a los retrógrados.

Sir Walter refulgía, colorado y satisfecho:

—Una gran jugada. Tiene talento ese hombre. Dejará bien claro que, aunque no tenemos un pasado común, gozamos de un presente único. Todos deberán convencerse de que la Unidad Europea es irreversible.

El delegado del estado Asociado de Israel, más desconfiado, expresó unas cuantas dudas:

—¿Y eso no servirá para que la gente conozca la existencia de los separatistas? ¿No puede servir la serie para construir en torno a ellos una leyenda romántica? ¿Qué hay de la «Paradoja de Leiner?

Bonnier se apresuró en tranquilizarle:

—Nadie es verdaderamente romántico. ¿Quién quiere pasar calamidades, ser un marginado y, sobre todo, trabajar a cambio de nada? ¿Quién, en su sano juicio, se sacrifica por una idea o por un recuerdo?

Los políticos quedaron convencidos. En efecto: ¿Qué europeo o americano era capaz de trabajar sin la honrada aspiración de conseguir beneficios? La visión de los separatistas haciendo el tonto sólo desataría burlas y comentarios sobre su salud mental.

—Pero, de esta forma, no se desmitificará la historia de la antigua España, tan nefasta. —advirtió, de nuevo, el delegado israelí. Para él se trataba del VI Centenario de la expulsión de Sefarad.

—Ya oyeron a Free. —intervino el representante de la Coca Cola— El escritor va planeando el guión y en él se habla de todos los tópicos que nos interesan: los vikingos, los frailes españoles, la tiránica reina católica... Puede, perfectamente, incluirse la escandalosa expulsión del pueblo de Israel, hecho único...

—No. —dijo el israelí.— Cuando los antiguos españoles nos expulsaron, ya lo habían hecho los ingleses, los franceses, los alemanes... Toda Europa. Por eso Europa entera está en deuda con nosotros.

Sir Walter sintió como empezaban a pisar terreno resbaladizo:

—No todo es la serie. —dijo— ¿No es fabulosa la idea de remolcar las tres carabelas que se construyeron para el V Centenario y prenderles fuego en el centro del Atlántico, a mitad de camino? En un hermoso simbolismo, Europa renuncia al descubrimiento y abre los brazos a América.

—A Norteamérica. —avisó el representante de Coca Cola.

—Por supuesto. —se corrigió Sir Walter.— Me refería a la... Civilización Occidental solamente.

Capítulo 38

El mundo, con arreglo a la alternancia de los siglos, pasaba por una época de calma y corrección en las relaciones entre hombre y mujer. Los siglos XVIII y XX estuvieron por la exageración sexual pública. Los siglos XIX y XXI, por el pudor público.

Hombres y mujeres, sin embargo, seguían estando construidos con arreglo a los mismos sistemas y entre ellos, de tanto en tanto, surgía el dulce soplo. Sandra, por ejemplo, acababa de ver a Eduardo Libre bajo otra luz y, a su resplandor, el escritor había crecido en atractivos. Le tuvo por un cínico hasta horas antes pero, de repente, había adquirido un perfil extraordinariamente humano. De padre de sus hijos.

No era, pues, de extrañar que, dentro de la más estricta decencia, Eduardo y Sandra, en una pausa de la conversación, se miraran a los ojos y vieran paraísos artificiales, costumbre de la especie que se reproduce en momentos de cierta intimidad; efectos de las leyes biológicas y, también, de las nuevas luces que habían caído sobre ambos, capaces de transparentar el alma.

Así estaban las cosas, cociéndose lentamente en el recipiente de los sentimientos, cuando llamaron a la puerta y Edward, en defensa de la reputación de la mujer, le aconsejó que pasara al lavabo.

—Gracias. —dijo ella, todavía emocionada. Vivía la primavera del alma.

Joseá, rodeado de sonrisas, penetró en compañía de Gracia del Pozo. No había olvidado avisar a Libre de la visita del representante de los separatistas: había evitado hacerlo para ahorrarse inútiles negativas del escritor.

—¿Qué pasa a estas horas? —preguntó Edward Free con el faldón por fuera.

—¡Vaya memoria! —exclamó el editor, después de pisarle, cuidadosamente, los dedos del pie.— ¿No recuerdas que habíamos quedado con este patriota para concretar algunos aspectos del guión?

—El cátedro de Trapisonda.

—Unas veces, si, y otras, no. Ahora es un Productor Asociado.

Edward se rebulló. Le constaba que Sandra, a pocos metros, era testigo secreto del encuentro y que la muchacha, por el momento, le suponía un aprendiz de sentimental. Gracias a Joseá sus juveniles sueños se desvanecerían.

—¿Va a presentarnos usted como terroristas? —preguntó escuetamente Gracia del Pozo.

—Han estallado algunas bombas aquí y allá. —advirtió Edward.— En lugares relacionados con los preparativos del VI Centenario. Y a mí me disparan.

—Sin embargo —añadió el editor rápidamente— Edward, perdón: Eduardo, sabe que su movimiento es estrictamente intelectual. O sea, del intelecto. Una especie de estado primordial de la mente.

—Estrictamente. —admitió Gracia del Pozo. Verdaderamente no tenía idea de quién podía andar poniendo las bombas y tirando sobre el escritor: no hacía ningún favor a los auténticos patriotas.

Edward se sentó e invitó a los demás a hacerlo:

—Me propongo contar, con la excusa de la celebración del VI Centenario, el hecho de que muchos europeos añoran otros tiempos. Y de que nadie sabe restaurarlos en su alma.

—Otros tiempos mejores. —apuntó Gracia del Pozo.

—Muchísimo mejores. —corroboró Joseá.— Y con almas restauradoras, muy escogidas.

—El escritor protagonista, —siguió Edward— será perseguido por los separatistas y, poco a poco, irá averiguando las razones de la existencia del movimiento.

—Y se hará uno de sus miembros más activos. —ayudó el editor.

—No puede ser. No lo aceptaría la Comisión del Centenario. Lo que hará el escritor, además de escuchar las razones de los separatistas, será descubrir que ellos pretendían robar las tres carabelas para que no sean hundidas en el centro del Atlántico.

Gracia del Pozo se apretó el puente de la nariz. Respetaba el talento del escritor, pero tenía tras él la fuerza de quinientos millones:

—No. —dijo

Edward, a causa del respingo que dio, se separó varios centímetros del propio organismo.

—¿Eh? Creo haber oído que no. Será la acústica de la habitación.

—No. —insistió el separatista, tímida pero firmemente.— ¿Quién lucharía para robar unos cascarones que sólo tienen un siglo?

—Ustedes. —propuso Joseá, tratando de llegar a un acuerdo.

Edward, mientras tanto, invertía su tiempo en volverse púrpura, aunque todavía conservaba la esperanza de haber tenido una alucinación auditiva.

—Estoy de acuerdo en el planteamiento de un escritor que es influido por los patriotas para que recapacite sobre un guión nefasto, lleno de falsedades y de mala intención. Hablando unos con otros se descubre la verdad: la grandeza de España y de su epopeya.

—¡Hum! —dijo Edward.

—También estoy de acuerdo en que se presente a los patriotas como a personas fuera de la ley, perseguidas. En este paraíso de las libertades individuales, no somos libres para ser lo que de verdad más somos: un pueblo heredero de una historia.

—Pero un patriota no lucha por unos barquichuelos, aunque con ellos se pretenda humillar a su Patria.. —siguió.

—¿No? —preguntó Free— ¿Por qué luchan ahora? Por un guión, nada más que por un guión.

Era una verdad difícil de disimular. Felipe Gracia del Pozo la aceptó con una sonrisa amarga. Luchaban por un guión, sí; pero lo hacían porque no podían batallar aún por otra cosa.

—Por la independencia. Por eso su historia debe ser la que nosotros soñamos y no esta actual, tan vulgar. ¿Sabe usted como empezó la Guerra de la Independencia, en el Siglo XIX?

—Por unos barcos cargados de te, en Filadelfia.

—Eso fue en el Siglo XVIII y en Norteamérica. En España también hubo una Guerra de la Independencia. Contra los franceses y, más aún, contra las ideas burguesas y liberales.

Edward hizo memoria y el esfuerzo le obligó a sentarse. En realidad, su instinto de escritor volvía a estar alerta y quería atender más cómodamente.

—Una vieja vio como salían de Palacio los últimos miembros de la familia real y gritó: «¡Que se los llevan!» El pueblo no resistió esta última humillación. El alcalde de una aldea muy pequeña fue quien declaró la guerra al imperio mayor de la época: «La Patria está en peligro: ¡Acudid a salvarla!»

—Ahora no hay Patria. —comentó Edward.

—Claro que la hay: lo que sucede es que está prohibida. Está invadida y colonizada. Su argumento debe de ser igual: los extranjeros con sus ideas extranjeras se llevan la última brizna de España, quizá las banderas heroicas del Museo Militar. Los españoles gritan: ¡Qué se las llevan!, y el alcalde de una ciudad turística declara la independencia.

—¡Qué locura!

Gracia del Pozo bajó la cabeza:

—La locura es no hacerlo. No haber tenido coraje para hacerlo en los últimos cien años.

—Sin armas, sin ejército, sin dinero... —empezó Edward

—Como tiene que ser: sin otra cosa más que dignidad.

El patriota parecía oír clarines llamándole a la batalla y cabeceaba como un caballo con la rienda tascada, pero consiguió salir de su sueño:

—Lo demás es sencillo: la rebelión es vencida y ahogada en sangre. Sólo queda la muerte. ¿Conoce usted la historia de Numancia?

—Sí. —respondió Free, con brevedad.

—Pues Numancia. Los españoles que, en otro tiempo, descubrieron América, desaparecen definitivamente en el VI Centenario. España ha muerto, pero con decencia.

—Hum. —volvió a decir Eduardo. —¿Y eso va a favorecer a su causa?

—Hará meditar. Hay fuegos que nunca se apagan:

«Y aquella libertad esclarecida

que en donde supo hallar honrada muerte

nunca quiso tener más larga vida.»

—No me lo diga: Quevedo.

—Eso fuimos, ¿sabe usted? Y ahora estamos mudos. Usted cobrará quinientos millones por escribir nuestro epitafio.

—¿Lo harás así? —preguntó Joseá, siempre atento a los negocios.

Eduardo Libre, en español, dio tiempo a que sus sentimientos se desenredaran. Algo le había tocado el corazón y la sensación era fastidiosa.

—Lo haré. —dijo al fin.— Los separatistas morirán luchando, como desean. Un escarmiento para los que quieran seguir sus pasos.

Felipe Gracia del Pozo abrió el maletín:

—Tenga sus millones.

Sandra salió del cuarto de baño con los ojos como lagos bajo la lluvia. Miraba a Eduardo y Eduardo no quería verla. Alma de espiga; canto lejano.

—Había llegado a creer otra cosa. —dijo.

Él estuvo a punto de decir algo, quizá una disculpa. No lo hizo. La vio salir guardando un silencio espeso. Incapaz de atar la luz a la palabra. Cuando la muchacha cerró, se encaró con Felipe:

—Necesitaré un asesor. ¿Podrá usted?

—¿Qué quiere saber?

—¿Qué era España? ¿Qué le pasó?

Gracia del Pozo volvió a sonreír con amargura:

—Quizá, que descubrió América.

Capítulo 39

Roderico Valdés Battle, el embajador secreto de Méjico en la antigua España y representante oficial de las Aerolíneas Mejicanas, era hombre que llevaba una agitada vida social. Unas veces, disfrazado de turista norteuropeo, conferenciaba ante los Fusilamientos del 3 de Mayo en la Moncloa, y, otras, llevaba a cabo inspiradas operaciones financieras.

Para estas últimas operaciones usaba el despacho del director de la sucursal madrileña del First Miami Bank. El First Miami Bank, fundado en 1990 con capitales que procedían del tráfico de la droga suramericana, era, legalmente, un banco norteamericano y, como tal, operaba en toda la Unión Europea

Pero en realidad era una unidad del ejército de las Repúblicas Hispanoamericanas y, desde hacía ya largos años, cambiaba dólares por euros: billones de ellos habían sido retirados de la circulación con grandes esfuerzos, contribuyendo a reducir ficticiamente la inflación europea. Probablemente el First Miami Bank almacenaba más euros que el diligente Banco Europeo Central.

El agonizante Siglo XXI había sido el del poder financiero. El producto por excelencia era el dinero. No como efectivo sino como crédito o capacidad de endeudamiento. Las grandes corporaciones bancarias fabricaban, literalmente, el dinero y, luego, lo vendían con saneados beneficios.

Las repúblicas Hispanoamericanas, con clara visión del mercado, habían hecho el mayor sacrificio de su historia inmovilizando en euros la mayor parte de sus excedentes monetarios. A través del First Miami Bank no sólo compraban moneda europea, sino que habían creado un mercado negro de euros y una red de contrabando de productos manufacturados por Hispanoamérica que, vendidos a mitad de precio, significaban millonarias pérdidas para el protegidísimo mercado europeo.

Las singulares actividades estaban llegando a su fin, pues el banco disponía de unas reservas en euros superiores a los setenta y dos billones, algo más que el presupuesto anual de la Unión Europea. Una verdadera bomba.

En la sucursal madrileña, Roddy y otros muchos rubitos suramericanos ultimaban los detalles: cuando se pusieran a la venta, en las bolsas internacionales, los setenta y dos billones de Euros, la moneda europea caería hasta límites insospechados. En un principio, Estados Unidos compraría para sostener el euro, pero no podría frenar la caída sin arrastrar al dólar con ella. Todo dependía de que Japón, también reducido a mercados de segunda, apoyara el proyecto y vendiera masivamente sus dólares.

Las naciones deudoras, valiéndose de la drástica bajada, saldarían sus deudas con la ayuda hispanoamericana, abriéndose, acto seguido, al comercio internacional con América del Sur, cuyos productos eran sensiblemente más baratos. Los euros que devolvieran las naciones tercermundistas acabarían de sembrar el caos financiero y la Unión Europea podría encontrarse, a la vez, con una hiperinflación y con una moneda sin valor.

Una catástrofe financiera de tales dimensiones podía, sin embargo, poner en peligro a la misma Hispanoamérica, al Japón y a las otras naciones industrializadas de Asia. Roderico y los demás se habían reunido para analizar hasta qué punto era conveniente llegar a los extremos.

Una parte de ellos consideraba que había que ir hasta el final. Otros, menos pasionales, sostenían que nada sacarían del hundimiento de la Unión Europea. Preferían chantajearla con la amenaza y obligarla a aceptar una serie importante de condiciones. Roddy era de estos últimos:

—No será difícil obtener algunas concesiones sobre la antigua España. No es una región productiva. La Unión la destinó, desde hace casi cien años, a colonia de vacaciones y a zona de residencia de la tercera edad. Por España pasan doscientos millones de europeos al año: es el sitio ideal para empezar a vender nuestros productos económicos.

—Cierto. —dijo otro de los moderados.— No haría falta una gran red de distribución: los mismos europeos vendrían a quitarnos los bienes de las manos.

—Un mercado de doscientos millones de consumidores, encantados de poder llevarse a casa productos a la mitad de los precios.

Los diferentes representantes hispanoamericanos guardaron un pensativo silencio en el que podía oírse el trabajo de sus engranajes cerebrales, sometidos a gran presión.

Roderico se echó a reír para romper la tensión:

—Me estoy acordando del título de la serie con que estos chalados europeos quieren desvirtuar el VI Centenario. ¡El Antidescubrimiento de América! De eso se trata: ahora somos nosotros los que vamos a desembarcar en España y los que les vamos a vender baratijas mientras ellos nos hacen propaganda.

Los demás también rieron. Sería, en efecto, el proceso inverso. Las ventas masivas en Europa crearían millones de nuevos puestos de trabajo en Hispanolatinoamérica. Las tornas, tan difíciles desde mediados del Siglo XIX, desde el éxito de Bolívar y la invasión económica de Inglaterra y los Estados Unidos, iban a volver a cambiar.

—¿Y los patriotas españoles?

Los hispanolatinoamericanos, aún los expertos en finanzas, sentían un gran respeto por ellos. Eran hijos del mismo tronco cultural, sólo que los españoles europeos habían caído en la más negra decadencia, hasta el punto de dejar de ser.

—Podrán reindustrializarse bajo nuestra tutela. Si España vuelve a ser una zona productiva, es probable que recupere cierta influencia europea. Al menos, los pobres españoles de acá dejarán de ser un pueblo de camareros y empleados.

Aquella gente se dolía de la ínfima condición de los apenas veinte millones de españoles, cuyos votos siquiera servían para elegir a quince parlamentarios de los quinientos de la Cámara Europea.

—Pero los separatistas, a quienes ayudamos, quieren la independencia. —dijo el representante argentino.

Roddy, transido de justicia poética, recordó como Inglaterra y Francia habían ayudado a los criollos americanos a ganar la independencia de España en el Siglo XIX y cómo eso había servido para que las repúblicas hermanas cayeran en más de siglo y medio de explotación económica. Ahora ellos podían hacer en Europa el mismo papel, aunque no se sintieran especialmente rapaces.

—Quizá nos convenga ser realistas. —dijo— España es nuestro puente a Europa: si deja de estar integrada en la Unión Europea, ¿qué habremos conseguido? ¿Por dónde meteremos nuestros productos si a ella le vuelven a aplicar fronteras y aranceles?

—¿Abandonaremos, entonces, a los patriotas? —preguntó el venezolano.

—Nosotros somos los descendientes de los españoles que descubrieron y civilizaron América. Ellos, en cambio, lo son de los que se dejaron quitar la libertad.— advirtió Roderico Valdés Battle—. No discuto que tengamos obligaciones con ellos, pero el único camino para la vieja España no es la independencia sino la conquista. Si les damos, de nuevo, una fuerza industrial y el dinero para crear y sostener un gran partido, deben intentar gobernar en Europa y no ser gobernados por ella.

Alguien abrió la puerta, tras unos toques enérgicos:

—Ha llegado el representante japonés. —avisó.

La suerte estaba a punto de echarse. Y no a dormir.

 

Laus Deo.

Este libro, de naturaleza bondadosa, le advierte que fumar es muy perjudicial para el bolsillo. No obstante, y en aras de la libertad, puede usted fumar mientras lo lee otra vez.


Publicado el 8 de mayo de 2016 por Edu Robsy.
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