Jimi

Arturo Robsy


Cuento



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Pudo haberlo pintado El Greco en un instante de inspiración extravagante, pero Jimi se debía todo él a su padre y a los mil cruces anteriores a su generación. No obstante, la frente más estrecha que el cuello, la cara larga y sin barbilla, el pecho hundido y las piernas telescópicas, recordaban, sin duda, a los caprichos ópticos del Greco.

Jimi nació cuando los Jefes de Recepción se llamaban conserjes de hotel y su infancia, tras el colegio, cargó muchas toallas y sábanas por aquellos pasillos que veían los primeros turistas del siglo.

Los profesores, para que no pudiera echárseles la culpa de nada, advirtieron noblemente al conserje: «su Jaime no vale»

—¿Para qué?

—Para nada.

Lo cual no era exactamente cierto. Jimi disponía, encajonada en su frente angosta, de una memoria portentosa. El padre, cuando la hubo descubierto en una paciente excavación, le sentaba tras el mostrador de recepción. «El número de la panadería». Y Jaime lo soltaba en el acto. Se supo el listín de la provincia en el tiempo que tardó en leerlo.

Y servía, sí, porque no leyó más que cobrando a monedita de dos reales por página: una fortuna si se sitúan los hechos cuando sucedieron, en los años cincuenta.

Jimi no era un comerciante nato a pesar de cobrar por sus servicios: había notado, entre sus compañeros de colegio, cierta humana predilección por sacudirle y, desde la parte de atrás de su cráneo apepinado, le bajo la idea de no ser víctima de una infancia desgraciada.

Con sus ganancias pagaba a dos matones de diez años que iban dos cursos por delante de él. Ambos se sobraban no sólo para protegerle sino para zumbar a quien Jimi tomaba ojeriza. Menos al profesor, por pura discreción, aunque una vez llegó a ser inducido a sentarse sobre un huevo. Órdenes de Jaimito.

«Jimi» quería decir «Jimi el Rápido». Tras la guía, a cincuenta céntimos página, cogió el vicio de la lectura y devoraba novelas de peseta, del oeste: unas historias populares donde forasteros altos y desconocidos enamoraban a la hija del ranchero malo, tenían el caballo más veloz y mataban a todos los demás.

A Jimi, como antes a Alonso Quijano, el Bueno, se le secó el cerebro con aquellas historias y se le agarrotaron buena parte de los mecanismos de percepción de la realidad: distinguía al padre y al profesor por la cuenta que le traía, pero poca cosa más. En los recreos, mientras la masa jugaba al baloncesto y los temerarios se zurraban, él paseaba, contoneándose como los forasteros altos de sus fantasías; por sorpresa, giraba sobre su eje y llevaba a cabo la acción de disparar. Sonreía luego, torciendo la boca y, muy sereno, se soplaba sobre los índices tiesos. Jimi el Rápido en acción.

El padre no supo estar a la altura y separarle de aquellos ejemplos perniciosos. Creía que, leyendo, algo acabaría floreciendo en el interior de Jimi. Algo bueno y razonable, no la calabaza que germinaba en silencio.

A su debido tiempo le metió en la escuela de Maestría Industrial, de donde salieron tantas fortunas acumuladas por fontaneros, electricistas y mecánicos. Jimi, según su método, leyó el primer día todos los textos y jamás falló una pregunta. No sabía lo que decía, pero no se equivocaba. El resto de los cursos lo consumía practicando en el patio con los revólveres de dedo y leyendo sus novelitas por debajo del pupitre:

—Su hijo —le dijeron al padre— se lo sabe todo y hay que aprobarlo, pero no se engañe usted: no tiene ni idea.

Al terminar la Maestría, el mismo Jimi decidió ser abogado. Los abogados solían jugar un buen papel en las novelas, colgando abigeos, organizando el expolio del rancho del padre de la chica o metiéndose a pistoleros vengadores. Quería ser de estos últimos.

Amparado en el anonimato de la colectividad y fiado en su memoria fotográfica, saco la carrera con buenas notas, colgó la orla por encima de las pistolas de plástico con que practicaba en casa y se compró un chaleco floreado, un cordón negro que se ajustaba al cuello con un pasador de plata y un sombrero llamado «Stetson». Con todo ello se hizo tahúr del Mississipí y, a falta de barco fluvial, recalaba en el American Bar donde, mientras no hubo póker organizado, se entregó a las siete y media y al güisqui. Gracias a su memoria, ganaba siempre las primeras partidas, hasta que el alcohol le hacía vacilar y cantar la banda sonora de «Magnolia». Luego, lo desplumaban.

Cuando convenció a otros desesperados para iniciarse juntos en el póker, vivió sus momentos más felices. Se abría la chaqueta, metía un dedo en el bolsillo del chaleco floreado donde colgaban la leontina y el reloj herencia de un abuelo ahorrativo, y se ponía a fumar puros largos y finos. Por supuesto, llevaba las pistolas de plástico al cinto y un «derringer» de imitación pegado a la muñeca con esparadrapo. Oculto.

Contaba todas las cartas que se veían y, como sumar sí sabía, limpiaba a la concurrencia una y otra vez. Ni siquiera fallaba al influjo del güisqui, porque el póker no es las siete y media. El licor, eso sí, seguía empujándole a cantar y no lo hacía mal del todo, aunque su prosodia inglesa dejara que desear.

Su vida dio un cambio brusco cuando se metió en un cine club que daba un ciclo dedicado a Gardel. Jimi, con su habitual concentración en lo inútil, descubrió que el tango se adaptaba mejor a su voz de bajo. De inmediato empezó a pagar fortunas por discos antiguos y, al año, conocía letra y música de 2.736. Más, no, porque no caían en sus manos.

Cambió el «stetson» por una gorra ladeada; el chaleco, por un pañuelo al cuello y, abandonando el póker, empezó a hacerse habitual de las casas de pindongas, donde pagaba bien por bailar el tango con cualquier arrastrada. Eso sí, con la obligación de «matear» en los descansos. Al cuarto o quinto mate, cantaba su favorita: «Sola, fané y escangayada la vi esta madrugada salir del cabaréee». Los gastos los sufragaba añadiéndose a las timbas que encontraba.

Los jugadores, viéndolo con aquella cara larga de asistente al entierro del Conde de Orgaz, le tomaban las medidas con exactitud: un tonto, se decían. Pero el tonto seguía contando con su excepcional memoria y con muchos años de práctica. Siempre abandonaba la mesa con los bolsillos llenos.

Un día, por ley de vida o por puro cansancio, el padre murió. Jimi se enteró cuando su hermana —normal dentro de lo posible— le localizó en una de aquellas casas donde se reunían las solas, fanés y escangayadas con el cuero «picoteao».

Silencioso por primera vez en su vida, lavó y amortajó al padre. Lo metió él mismo en la caja, apartando a los empleados de pompas fúnebres y, tras la corona, se obstinó en bajar él solo el ataúd por las escaleras.

Alto, pero escuálido, nadie creyó posible la hazaña, pero Jimi echaba lumbre por los ojos y era fama que, con sus ahorros de tahúr, se había comprado revólveres de verdad. De contrabando, pero de verdad.

—Cuando me agache —dijo a los de las pompas— me lo ponen a la espalda de modo que pueda agarrar una de las asas por encima del hombro.

Hecha la operación, se incorporó y, con piernas que flaqueaban, cruzó el pasillo, salió al rellano y descendió el primer peldaño. Llegó al descansillo siguiente según lo previsto: rodando. Y el ataúd le cayó encima. De allí salieron el padre hacia la iglesia y Jimi hacia el hospital donde, sin necesidad de rayos X, le apreciaron conmoción cerebral y fracturas de clavícula, húmero, cúbito y radio. Todo era verdad menos lo de la conmoción: sencillamente es que el médico de urgencias no había visto nunca el estado natural de su cerebro.

—¡Ay! —dijo la madre, cuando bajaban al difunto a la tumba.— Jaime sentirá toda la vida no estar aquí.

Sí. —respondió la hermana. Sin poderlo evitar, veía a Jimi organizando una partida de póker con el personal de urgencias y ganándoles las camillas.

Cerraban ya las losas cuando una voz se alzó por encima de los cipreses, desplazando al aire quieto. Grave y desgarrada, clamaba al cielo con palabras porteñas:

«Adiós, muchacho, compañero de mi vida», decía sin música de fondo.

Jimi, en una silla de ruedas, con no menos de tres kilos de escayola en el cuerpo y veinte puntos de sutura en la frente, tributaba el último homenaje al padre que jamás consintió que lo encerraran en una institución.

«... hundiéndome en el llanto, se lo llevó»., terminó Jimi que, valiéndose del brazo intacto, empuñó el revolver escondido y disparó tres veces al cielo. Quizá salvas, quizá desafío a lo alto.

Mientras Dios le dio vida, recitó sin descanso la guía telefónica de 1959. En una institución de la Diputación, de la que se proclamó, año tras año, campeón de chinos.

Cuando murió, todavía joven, hizo una seña a la enfermera que aguardaba el desenlace:

—Esta noche me emborracho bien —dijo, cantando con un hilo de voz—, me mamo bien mamao...

Hubo una pausa quieta y fría que hizo temer que la muerte había hecho su efecto. Pero Jimi todavía tuvo ánimos para sonreír como si ya no fuera un tahúr del Mississipí. Parecía aliviado al exhalar el alma junto con los últimos compases del postrer tango:

—...pa no pensar.


Publicado el 21 de abril de 2016 por Edu Robsy.
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