La Llave del Dolor

Robert Chambers


Cuento



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Índice

La Llave del Dolor
I
II
III
IV
V
VI

El halcón salvaje al cielo que el viento barre,
El ciervo al salutífero monte,
Y el corazón del hombre al corazón de la joven,

KIPLING

I

Estaba haciendo muy mal su trabajo. Le rodearon el cuello con la cuerda y le ataron las muñecas con juncos, pero de nuevo cayó esparrancado, revolviéndose, retorciéndose sobre las hojas, desgarrándolo todo a su alrededor, como una pantera atrapada.

Les arrancó la cuerda; se aferró de ella con puños sangrantes; le clavó sus blancos dientes hasta que las hebras de yute se aflojaron, se deshicieron y se rompieron roídas por sus blancos dientes.

Dos veces Tully lo golpeó con una porra de goma. Los pesados golpes dieron contra una carne rígida como la piedra.

Jadeante, sucio de tierra y hojas podridas, con las manos y la cara ensangrentadas, estaba sentado en el suelo mirando al círculo de hombres que lo rodeaban.

—¡Disparadle! —exclamó Tully jadeante, enjugándose el sudor de la frente bronceada; y Bates, respirando pesadamente, se sentó en un leño y sacó un revólver de su bolsillo trasero. El hombre echado por tierra lo observaba; tenía espuma en la comisura de los labios.

—¡Retroceded! —susurró Bates, pero la voz y la mano le temblaban—. Kent —tartamudeó— ¿no dejarás que te colguemos?

El hombre por tierra lo miró con ojos refulgentes.

—Tienes que morir, Kent —lo instó—; todos lo dicen. Pregúntaselo a Zurdo Sawyer; pregúntaselo a Dyce; pregúntaselo a Carrots. Tienes que columpiarte por lo que hiciste ¿no es cierto, Tully? Kent, por amor de Dios ¡cuelga! ¡Hazlo por esta gente!

El hombre por tierra jadeaba: sus ojos brillantes estaban inmóviles.

Al cabo de un momento, Tully saltó sobre él otra vez. Hubo un crujir de hojas, ruido de ramas quebradas, un jadeo, un gruñido y luego el ruido de dos cuerpos que se retorcían entre las malezas. Dyce y Carrots saltaron sobre los hombres en el suelo Zurdo Sawyer cogió la cuerda nuevamente, pero las hebras de yute cedieron y él se cayó. Tully empezó a gritar:

—¡Me está ahogando!

Dyce se alejó con paso vacilante gimiendo con la muñeca rota.

—¡Dispara! —gritó Zurdo Sawyer, y arrastró a Tully a un lado—. ¡Dispara, Jim Bates! ¡Dispara en seguida, por Dios!

—¡Retroceded! —dijo jadeante Bates, poniéndose en pie.

La multitud se apartó a derecha e izquierda; resonó un rápido estampido… y otro… y otro. Luego desde el remolino de humo surgió vacilante una alta forma que asestaba golpes… golpes que sonaban duros como el chasquido de un látigo.

—¡Se ha soltado! ¡Disparad! —gritaron.

Hubo un galope de pesadas botas en los bosques, Bates, débil y atontado, volvió la cabeza.

—¡Dispara! —chilló Tully.

Pero Bates se sentía enfermo; su revolver humeante cayó por tierra; su rostro blanco y sus ojos pálidos se le contrajeron. Sólo duró un momento; en seguida fue en pos de los otros abriéndose camino trabajosamente entre malezas mimbreras y cicuta.

A lo lejos oía a Kent que se precipitaba como un alce joven en noviembre, y supo que se dirigía a la costa. Los demás lo supieron también. Ya el resplandor gris del mar trazaba una línea recta a lo largo del borde del bosque; ya el suave golpeteo de las olas sobre las rocas irrumpía débilmente en el silencio del bosque.

—¡Tiene una canoa allí! —bramó Tully—. ¡Se escapará!

Y se había subido a ella, arrodillado en la proa, cogiendo el canalete. El sol que salía resplandecía como un relámpago rojo en él; la canoa se disparó en la cresta de una ola, se mantuvo suspendida con la proa goteante al viento, se hundió en las profundidades, se deslizó, se ladeó, se meció, se disparó hacia arriba otra vez, vaciló, y avanzó.

Tully se dirigió corriendo a la ensenada; el agua le bañó el pecho, desnudo y sudoroso. Bates se sentó en una desgastada roca negra y observó distraídamente la canoa.

La canoa menguó hasta convertirse en una mancha gris y plateada; y cuando Carrots, que había ido corriendo al campamento en busca de un rifle, volvió. Habría sido más fácil darle a la mancha en el agua que a la cabeza de un somorgujo en el crepúsculo. De modo que Carrots, que era ahorrativo por naturaleza, disparó una vez y se satisfizo con conservar el resto de los cartuchos para mejor ocasión. La canoa era todavía visible y se dirigía a mar abierto. En algún lugar más allá del horizonte se encontraban las llaves, una cadena de rocas desnudas como cráneos, negras y lodosas donde el mar cortaba su base, blanqueadas en la parte superior por el excremento de las aves marinas.

—¡Se dirige a la Llave del Dolor! —le susurró Bates a Dyce.

Dyce, gimiendo y palpándose la muñeca quebrada, volvió la cara enferma hacia el mar.

La última roca hacia el mar era la Llave del Dolor, un pináculo quebrado pulido por las aguas. Desde la Llave del Dolor, a un día de remo mar adentro si se era lo bastante osado, había una larga isla boscosa en el océano conocida como Dolor en las cartas de la lóbrega costa.

En la historia de la costa, dos hombres habían hecho el viaje hasta la Llave del Dolor y, desde allí, hasta la isla. Uno de ellos había sido un cazador de pieles enloquecido por el alcohol, que sobrevivió y retornó; el otro, un joven estudiante universitario; encontraron su canoa destruida en el mar, y un día más tarde su destruido cuerpo fue devuelto a la costa.

De modo que cuando Bates le habló en voz baja a Dyce y cuando Dados llamó a los demás, supieron que el fin de Kent y de su canoa no estaban lejos; y volvieron al bosque, malhumorados, pero satisfechos de que Kent recibiría su merecido cuando el diablo recibiera el suyo.

Zurdo habló vagamente de la cosecha del pecado. Carrots, que nunca olvidaba la propiedad, sugirió un plan para una división equitativa de las posesiones de Kent.

Cuando llegaron al campamento, apilaron los efectos personales de Kent sobre una manta.

Carrots hizo el inventario: un revólver, dos porras de goma, una gorra de piel, un reloj de níquel, una pipa, una baraja nueva, un saco de goma, cuarenta libras de goma de abeto y una sartén.

Carrots barajó los naipes, cogió el comodín y lo arrojó pensativo al fuego. Luego repartió la baraja.

Cuando los bienes de su difunto compañero hubieron sido divididos por azar —pues no había posibilidades de hacer trampas— alguien se acordó de Tully.

—Está allí en la costa vigilando la canoa —dijo Bates con voz ronca.

Se puso en pie y se acercó a un montón sobre el suelo cubierto por una manta. Empezó a levantar la manta, vaciló y, finalmente, se alejó. Bajo la manta yacía el hermano de Tully, a quien la noche antes Kent había matado de un tiro.

—Creo que es mejor que esperemos hasta que Tully vuelva —dijo Carrots intranquilo. Bates y Kent habían sido compañeros de tienda. Una hora más tarde, Tully volvió al campamento.

Ese día no le dirigió la palabra a nadie. Bates lo encontró en la costa cavando, y le dijo:

—¡Hola, Tully! Parece que no pudimos lincharlo.

—No —dijo Tully—. Consigue una pala.

—¿Lo enterrarás aquí?

—Sí.

—¿Dónde pueda escuchar el sonido de las olas?

—Bonito sitio.

—Sí.

—¿Hacia qué lado mirará?

—¡Hacia donde pueda ver esa maldita canoa! —gritó Tully con firmeza.

—No… no puede ser —aventuró Bates intranquilo—. Está muerto ¿no es así?

—Levantará la arena cuando la canoa regrese. ¡Y lo oiré! ¡Y estaré aquí! Y viviremos para ver colgado a Bud Kent.

A la hora del crepúsculo enterraron al hermano de Tully de cara al mar.

II

Las verdes olas bañan todo el día la Llave del Dolor. Blancas arriba, negras en la base, las rocas erguidas mantienen pináculos oblicuos como boyas acanaladas. Sobre los pulidos pilares empollan las aves marinas de alas blancas y ojos brillantes, que anidan y se recomponen las plumas y aletean y hacen resonar sus picos anaranjados cuando la espuma volátil avanza y retrocede por los riscos.

Cuando salió el sol pintando franjas carmesíes sobre las aguas, las aves marinas, unas junto a las otras, dormitaban en el sueño del alba.

Donde el sol de mediodía bruñía el mar, avanzó una ola opalina, distraída, sin ruido; un ave marina estiró un ala indiferente.

Y por el silencio de las aguas se deslizaba una canoa bronceada por la luz del sol, enjoyada por las gotas saladas que la cubrían de un lado al otro, con una estela de algas con diamantino esplendor, y en la proa un hombre bañado de sudor.

Arriba volaban las gaviotas en círculo, yendo de las rocas al mar, y su clamor llenaba el cielo despertando pequeños ecos en los peñascos.

La canoa rozó contra un oscuro bajío; las algas se mecieron y flotaron; los pequeños cangrejos marinos se internaron oblicuos en la límpida profundidad de las más verdes sombras. Así fue la llegada de Bud Kent a la Llave del Dolor.

Arrastró la canoa hasta mitad del camino por el bajío de roca y se sentó respirando pesadamente, con un brazo oscuro sobre la frente. Durante una hora se estuvo allí sentado. El sudor se le secó bajo los ojos. Las aves marinas regresaron, llenando el aire con suaves notas plañideras.

En torno al cuello tenía una marca lívida, un rojo círculo en carne viva. El viento salado hacía que le ardiera. Se lo tocaba a veces; se lo lavó con agua salada fría.

Lejos hacia el norte colgaba sobre el mar una cortina de niebla, densa, inmóvil como la neblina de las Grandes Costas. Ni una vez apartó la mirada de ella; sabía lo que era. Por detrás estaba la isla del Dolor.

Durante todo el año la isla del Dolor se oculta tras la neblina, muros de blanca niebla muerta que la rodean por todas partes. Los barcos le conceden amplio espacio para bornear. Algunos dicen que hay en la isla fuentes de aguas cálidas cuyas aguas fluyen al mar, levantando eternos vapores.

El cazador de pieles había vuelto con historias de bosques y ciervos y flores por todas partes; pero había estado bebiendo mucho y mucho era lo que se le perdonaba.

El cuerpo del joven estudiante devuelto a la costa estaba dañado al punto de que no era posible reconocerlo; pero dijeron algunos cuando lo hallaron que tenía asida en la mano una flor carmesí medio marchita, pero grande como un sapán.

De modo que Kent se mantenía inmóvil junto a la canoa, quemado por la sed; cada uno de los nervios le vibraba mientras pensaba en estas cosas. No era el miedo lo que le blanqueaba la carne firme bajo la piel tostada; era el miedo del miedo. No debía pensar; debía asfixiar el temor; sus ojos no debían desfallecer, su cabeza nunca apartarse del muro de niebla al otro lado del mar. Con las mandíbulas apretadas rechazaba el terror; con ojos refulgentes miraba los ojos huecos del espanto. Y de ese modo venció el miedo.

Se puso en pie. Las aves marinas giraban en el cielo precipitándose, elevándose, chillando, hasta que el áspero aleteo despertó ecos entre las rocas.

Bajo la proa aguda de la canoa, las algas se mecían, se sumergían, se separaban; las olas iluminadas por el sol avanzaban resplandecientes, danzantes, bañando una y otra vez proa y popa. Y entonces se arrodilló de nuevo, y el pulido canalete se columpió y se hundió, y se arrastró y se columpió y se hundió otra vez.

A lo lejos tras él, el clamor de las aves marinas se demoraba en los oídos, hasta que el suave hundirse del canalete ahogó todo otro sonido y el mar fue un mar de silencio.

No soplaba viento que le refrescara el sudor sobre las mejillas y el pecho. El sol encendía un sendero de flama ante él, y avanzó por un desierto de agua. El océano inmóvil se dividía ante la proa y se rizaba inocentemente a cada lado, resonando, espumado, chisporroteando como la corriente de un arroyo en un bosque. Miró a su alrededor el mundo de aguas planas, y el miedo del miedo lo asaltó otra vez y lo asió por la garganta. Entonces bajó la cabeza como un toro torturado y se sacudió el miedo del miedo de la garganta, y hundió el canalete en el mar como apuñala un carnicero hasta la empuñadura.

Así, por fin, llegó al muro de niebla. Era delgado en un principio, delgado y frío, pero fue espesándose y volviéndose más cálido, y el miedo del miedo se arrastraba tras él, pero no miraba atrás.

En la niebla la canoa se precipitó; las aguas grises corrían junto a él, altas como la borda, aceitosas, silenciosas. Se agitaban formas junto a proa, pilares de neblina sobre las aguas, vestidas en películas de desgarradas sombras. Formas gigantescas se alzaban a alturas que daban vértigo sobre él, rompiendo las mortajas harapientas de las nubes. Los vastos tapices de la niebla se estremecían y colgaban y temblaban cuando él los rozaba; el blanco crepúsculo hízose más profundo hasta adquirir sombría lobreguez. Y luego se hizo más delgado; la niebla se convirtió en neblina y la neblina en vapor y el vapor se alejó flotando y se desvaneció en el azul del cielo.

Todo a su alrededor había un mar de perla y zafiro que bañaba un bajío de plata.

Así llegó a la isla del Dolor.

III

Las olas bañaban una y otra vez el bajío de plata, rompiendo como ópalos quebrados donde las arenas cantaban con la espuma sonora.

Bandadas de pequeños pájaros costeros, vadeando en el bajío, sacudían sus alas teñidas por el sol y se escurrían isla adentro, donde, moteada de sombra desde el bosque circundante, se extendía la blanca playa de la isla.

El agua en torno era poco profunda y límpida como el cristal, y veía la arena ondulada y brillante en el fondo, donde flotaban algas purpúreas, y delicadas criaturas marinas se lanzaban como dardos, se agrupaban y se esparcían otra vez al hundir en el canalete.

Como terciopelo frotado contra terciopelo la canoa rozó la arena. Se puso con diflcultad en pie, salió tambaleante a tierra, arrastró la canoa bajo los árboles, la dio vuelta y se hundió junto a ella de cara contra la arena. El sueño ahuyentó el miedo del miedo, pero el hambre, la sed y la fiebre lucharon contra el sueño, y soñó… soñó con una cuerda que le cortaba el cuello, con la pelea en el bosque y los disparos. Soñó también con el campamento, con sus cuarenta libras de goma de abeto, con Tully, con Bates. Soñó con el fuego y la olla ennegrecida por el humo, con el inmundo olor del lecho mohoso, con las barajas grasientas y su propio nuevo juego, atesorado durante semanas para complacer a los otros. Todo esto soñó boca abajo en la arena; pero no soñó con el rostro de la muerte.

La sombra de las hojas se movían sobre su rubia cabeza, crespa con rizos cortados cortos. Una mariposa revoloteaba a su alrededor, posándose ora en sus piernas, ora en el dorso de sus manos bronceadas. Toda la tarde las abejas zumbaron entre las flores del bosque; las hojas arriba apenas susurraban; las aves costeras empollaban junto al borde cristalino del agua; la delgada marea, dormida sobre la arena, espejaba el cielo.

El crepúsculo empalideció el cenit; una brisa sopló en las profundidades del bosque; una estrella refulgió, se apagó, refulgió otra vez, se desvaneció y refulgió.

Llegó la noche. Una mariposa nocturna revoloteaba de un lado al otro bajo los árboles: un escarabajo zumbaba alrededor de un montón de algas marinas y cayó pataleando en la arena. En algún sitio entre los árboles, un sonido habíase hecho distinto: la canción de un arroyuelo, melodiosa, interminable. La escuchó en su sueño; entretejía todos sus sueños como una aguja de plata, y como una aguja lo pinchó: pinchó su garganta seca y sus labios resquebrajados. No pudo despertarlo; la noche fresca lo vendaba desde la cabeza hasta los pies.

Al acercarse el alba, un pájaro despertó y cantó. Otros pájaros se agitaron inquietos, a medias despiertos; una gaviota extendió un ala acalambrada en la costa, reacomodó sus plumar, se rascó el cuello empenachado y avanzó dos pasos somnolientos hacia el mar.

La brisa marina se estremeció tras la orilla neblinosa; agitó las plumas de las gaviotas dormidas; despertó el murmullo de las hojas. Una rana resonó, se quebró y cayó. Kent se agitó, suspiró, tembló y despertó.

Lo primero que oyó fue la canción del arroyo y se dirigió con paso tembloroso directamente al bosque. Allí estaba, una delgada corriente profunda a la luz grisácea de la mañana, y se extendió junto a él y metió en él su mejilla. También un pájaro bebía del estanque: un pajarillo de abultado plumaje, ojos vivaces y sin miedo.

Sus rodillas estaban más firmes cuando por último se puso de pie, sin hacer caso de las gotas que le perlaban los labios y la barbilla. Con el cuchillo excavó y raspó unas raíces blancas que crecían a la orilla del arroyo, y después de lavarlas en el estanque, se las comió.

El sol teñía el cielo cuando volvió a la canoa, pero la eterna cortina de niebla, mar adentro, impedía aún su visión.

Levantó la canoa, con el fondo hacia arriba, sobre su cabeza y, con el remo y la pértiga en cada mano, la llevó al bosque.

Después que la puso en tierra, se estuvo erguido un momento abriendo y cerrando su navaja. Luego miró los árboles. Había aves allí, si pudiera echarles mano. Miró el arroyo. Las huellas de sus dedos estaban en la arena; había también las huellas de algo más: el casco puntiagudo de un ciervo.

No tenía sino su navaja. Volvió a abrirla y la miró.

Ese día excavó almejas y se las comió crudas. También vadeó las orillas y trató de ensartar peces con la pértiga, pero sólo cogió un cangrejo amarillo.

Lo que necesitaba era fuego. Quebró y afiló piedras con aspecto de pedernal y raspó yesca de una rama secada al sol. Los nudillos le sangraron, pero no obtuvo fuego.

Esa noche oyó ciervos en los bosques y no le fue posible dormir de tanto pensar, hasta que llegó el alba tras el muro de niebla y se levantó con ella para beber y arrancar almejas con sus blancos dientes. Una vez más luchó por conseguir fuego, anhelándolo como nunca había anhelado el agua, pero los nudillos le sangraron y su cuchillo raspó el pedernal en vano.

La mente, quizá, se le había alterado un tanto La blanca playa parecía levantarse y caer como una alfombra blanca en un hogar con corrientes de aire. También las aves que correteaban por la arena parecían grandes y jugosas como perdices; las persiguió arrojándoles conchillas y ramas hasta que apenas pudo sostenerse en pie sobre las arenas ascendente y descendente… o alfombra, lo que fuere. Esa noche los ciervos lo despertaron a intervalos. Los oyó salpicar, bramar y quebrar ramillas a lo largo del arroyo. En una oportunidad fue furtivo tras ellos navaja en mano, hasta que un paso en falso dentro del arroyo lo despertó de su locura, y volvió a tientas a la canoa temblando.

Llegó la mañana y nuevamente bebió en el arroyo, tendiéndose sobre la arena donde incontables cascos en forma de corazón habían dejado claras huellas; y otra vez arrancó almejas crudas de sus conchas y se las tragó gimiendo.

Durante todo el día la blanca playa ascendió y descendió, se alzó y se aplastó ante sus brillantes ojos secos. En ocasiones persiguió a la aves costeras, hasta que la playa inestable hizo que tropezara y cayó cuan largo era sobre la arena. Entonces se levantaba quejumbroso y se arrastraba a la sombra del bosque y observaba los pájaros canoros en las ramas, quejumbroso, siempre quejumbroso.

Sus manos, pegajosas de sangre, golpeaban el hierro contra el pedernal, pero tan débilmente que ahora ya ni siquiera brotaban frías chispas.

Empezó a temer la noche que se acercaba; temía oír en la espesura a los grandes ciervos cálidos. El miedo lo ganó de súbito, y bajó la cabeza, apretó los dientes y se arrancó otra vez el miedo de la garganta.

Entonces erró sin rumbo por el bosque pasando entre malezas, raspándose contra los árboles, pisando musgo, ramas y lodo, meciendo las manos magulladas al andar, siempre meciendo las manos.

El sol se ponía en la niebla al salir del bosque a otra playa: una playa cálida, suave, teñida de carmesí por el fulgor de las nubes de la tarde.

Y sobre la arena a sus pies yacía una joven dormida, envuelta en el vestido sedoso de sus propios negros cabellos, de miembros redondeados, morenos, suaves como la flor de la playa atezada.

Una gaviota revoloteó en lo alto chillando. Sus ojos, más profundos que la noche, se abrieron. Entonces sus labios se separaron para dar salida a un grito, dulcificado por el sueño:

—¡Ihó!

Se puso en pie frotándose los aterciopelados ojos.

—¡Ihó! —gritó maravillada—. ¡Inâh!

La arena dorada rodeaba sus piececitos. Las mejillas se le enrojecieron.

—¡E-hó! ¡E-hó! —susurró y escondió la cara en sus cabellos.

IV

El puente de las estrellas abarca los mares del cielo; el sol y la luna son los viajeros que lo recorren. Esto se sabía también en la morada de los Isantee hace centenares de años atrás. Chaské se lo dijo a Hârpam, y cuando Hârpam, lo supo, se lo dijo a Hapéda; y así el conocimiento se difundió hasta Hârka, y desde Winona a Wehârka, de arriba a abajo, de un extremo al otro y siempre más allá, por todos los hilos de la trama, hasta que llegó a la isla del Dolor. ¿Cómo? ¡Sólo Dios lo sabe!

Wehârka, charlando entre los tules, pudo habérselo dicho a Ne-kâ; y Ne-kâ, alto entre las nubes de noviembre, pudo habérselo dicho a Kay-óshk, quien se lo dijo a Shinge-bis, quien se lo dijo a Skeé-skah, quien se lo dijo a Sé só-Kah.

¡Ihó! ¡Inâh! ¡Ved que maravilla! Y este es el hado de todo conocimiento que llega a la isla del Dolor.

 

Cuando el fulgor rojo murió en el cielo y las arenas nadaron en las sombras, la joven apartó las cortinas de seda de sus cabellos y lo miró.

—¡Ehó! —susurró nuevamente con dulce deleite.

Porque le era ahora evidente que él era el sol. ¡Había cruzado el puente de estrellas en el crepúsculo azul! ¡Había venido!

—¡E-tó!

Se le acercó estremecida, debilitada por el éxtasis de este santo milagro obrado ante ella.

¡É1 era el sol! Su sangre listaba el cielo al amanecer; su sangre teñía las nubes a la tarde. En sus ojos se demoraba todavía el azul del cielo ahogando dos estrellas azules; y su cuerpo era tan blanco como el pecho de la luna.

Ella abrió los dos brazos, con las manos tímidamente extendidas y la palma hacia arriba. Su cara se alzaba hacia la de él, cerrando suavemente los ojos; los párpados de densas pestañas le temblaban.

Se erguía como una joven sacerdotisa, inmóvil salvo por el súbito estremecimiento de un miembro, un breve aleteo del pulso en la garganta redondeada. Y así lo veneró, desnuda y sin vergüenza, aun después que él, flaqueando, cayó pesadamente sobre su rostro; aun cuando la brisa del crepúsculo sobre las arenas, agitó sus cortos rizos como el viento agita la piel de un animal muerto en el polvo.

 

Cuando el sol de la mañana se asomó por sobre el muro de niebla, y ella vio que era el sol, y lo vio a él caído en la arena a sus pies, se dio cuenta entonces de que era un hombre, sólo un hombre, pálido como la muerte y manchado de sangre.

Y, sin embargo —¡milagro de milagros!— el divino asombro en sus ojos se hizo más profundo todavía, y le pareció que se le desmayaba el cuerpo, y caer temblando, y desmayarse nuevamente.

Porque, aunque no era más que un hombre lo que yacía a sus pies, le había sido más fácil contemplar a un dios.

El soñó que respiraba fuego… fuego que había anhelado más que el agua. Loco de delirio, se arrodilló delante de las llamas, frotando sus manos desgarradas, lavándoselas en las llamas de aroma carmesí. Tenía agua también, agua de fresco aroma, que salpicaba su carne quemada, que le lavaba los ojos, los cabellos, la garganta. Luego llegó el hambre, una desgarradora y feroz agonía que le quemaba, le apretaba y le desgarraba las entrañas; pero también eso se desvaneció y soñó que había comido y que toda su carne estaba tibia. Luego soñó que dormía; y cuando se durmió ya no siguió soñando.

Un día despertó y la encontró tendida a su lado, estrechamente cerradas las suaves palmas, sonriente, dormida.

V

Ahora los días empezaron a pasar más rápidamente que la marea por la atezada playa; y las noches, polvoreadas de estrellas y azules, llegaban y se desvanecían y retornaban, sólo para oler al alba como el perfume de una violeta.

Contaban las horas como contaban las burbujas doradas que guiñaban con un millón de ojos a lo largo de la costa moteada de espuma; y las horas terminaban, y empezaban, y resplandecían iridiscentes, y terminaban como terminan las burbujas en el vaho de un minúsculo arco iris.

Había todavía fuego en el mundo; flameaba al taco de ella y donde ella lo decidiera. Un arco tenso con una hebra de sus propios cabellos, una flecha alada como un ave marina con punta de concha, una línea obtenida del tendón de plata de un ciervo, un anzuelo de hueso pulido: estos fueron los misterios que él aprendió, y los aprendió riendo, la sedosa cabeza de ella inclinada junto a la suya.

La primera noche en que fue construido el arco y afinada la sedosa cuerda, ella se deslizó por el bosque iluminado por la luna hasta el arroyo; y allí se quedaron al acecho, susurrando, escuchando y susurrando, aunque ninguno entendía la voz que amaba.

En la profundidad del bosque, Kaug, el puercoespín, rascaba y husmeaba. Oían a Wabóse, el conejo, pit-a-pat, pit-a-pat, que saltaba por entre las hojas muertas a la luz de la luna. Skeé-skah, el pato silvestre, pasaba volando sin ruido, esplendoroso como un capullo flotante.

A lo lejos, en la argentina placidez del océano, Shinge-bis, el somorgujo, sacudía el perfumado silencio con su risa ociosa, hasta que Kay-óshk, la gaviota gris, se agitaba en sueños. Se producía una súbita ondulación en la corriente, una suave salpicadura, un dulce sonido en la arena.

—¡Ihó! ¡Mira!

—No veo nada.

La amada voz era para ella sólo una melodía sin palabras.

—¡Ihó! ¡Ta-hinca, la hembra del ciervo rojo! ¡E-hó! El macho vendrá detrás!

—Ta-hinca —repetía él preparando la flecha.

—¡E-tó! ¡Ta-mdóka!

De modo que él apuntaba la flecha a la cabeza, y las plumas grises de la gaviota le rozaban la oreja y en la oscuridad vibraba la armonía de la cuerda canora.

Así murió Ta-mdóka, el ciervo de siete puntas en las astas.

VI

Como una manzana lanzada en giro al aire, así giraba el mundo por sobre la mano que lo había arrojado al espacio.

Y un día a principios de primavera, Sé-só-Kah, el petirrojo, despertó al amanecer y vio a una joven al pie del árbol florecido que sostenía a un bebé acunado entre las sedosas sábanas de sus cabellos.

Al oír su débil gemido, Kaug, el puercoespín, levantó su cabeza cubierta de púas, Wabóse, el conejo se quedó inmóvil con flancos palpitantes. Kay-óshk, la gaviota gris, avanzó de puntillas por la playa.

Kent se arrodilló rodeándolos a ambos con su brazo bronceado.

—¡Ihó! ¡Inâh! —susurró la joven, y sostuvo al bebé en las flamas rosadas del alba.

Pero Kent tembló al mirar, y sus ojos se anegaron. Sobre el pálido musgo verde se extendían sus sombras: tres sombras. Pero la sombra del bebé era blanca como la espuma.

Como era el primogénito, lo llamaron Chaské; y la joven cantaba mientras lo acunaba en las sedosas vestiduras de sus cabellos durante todo el día a la luz del sol cantaba:

Wâ wa, wâ-wa, wâ-we… yeá;
Kah wéen, nee-zhéka Ke-diaus-âi,
Ke-gâh nau-wái, ne-mé-go S'wéen,
Ne-bâun, ne-bâún, ne dâun-is âis.
E-we wâ-wa, wâ-we… yeá;
E we wâ-wa, wâ we… yeá.

Mar adentro, Shinge-bis, el somorgujo, escuchaba reacomodándose las plumas satinadas del pecho. En el bosque, Ta-hinca, el ciervo rojo, volvió su delicada cabeza al viento.

Esa noche Kent pensó en el muerto por primera vez desde que llegara a la Llave del Dolor.

—¡Aké-u! ¡Aké-u! —gorjeó Sé-só-Kah, el petirrojo. Pero los muertos nunca vuelven.

—Amado, siéntate junto a nosotros —susurró la joven viendo la perturbación que había en su mirada—. Ma-cânte maséca.

Pero él miró al bebé y a su blanca sombra sobre el musgo, y se limitó a suspirar:

—¡Ma-cânte maséca, amada! La Muerte nos vigila desde el otro lado del mar.

Ahora por primera vez conoció algo más que el miedo al miedo: conoció el miedo. Y con el miedo llegó el dolor.

Nunca antes había sabido que el dolor yacía oculto en el bosque. Ahora lo sabía. Sin embargo, esa felicidad, eternamente renacida cuando dos manecillas le rodean a uno el cuello, cuando débiles dedos lo cogen a uno de la mano, esa felicidad que Sé-só-Kah comprendía mientras gorjeaba para su compañera de nido, que Ta-mdóka conocía mientras lamía a sus cervatos moteados, esa felicidad le dio ánimos para salir al encuentro del dolor con calma, en sueños o en las profundidades del bosque, y lo ayudó a mirar del frente las cuencas vacías del miedo.

Ahora pensaba a menudo en el campamento; en Bates, su compañero de tienda; en Dyce, cuya muñeca había quebrado de un golpe; en Tully, a cuyo hermano había matado. Aun le parecía oír el disparo, el súbito estruendo entre las cicutas; otra vez veía el vaho del humo, la alta figura que caía entre las malezas.

Recordaba el mínimo detalle del juicio: la mano de Bates sobre su hombro; Tully, de roja barba y ojos feroces que exigía su muerte; mientras que Dyce escupía y escupía y fumaba y pateaba los leños ennegrecidos que sobresalían del fuego. También recordaba el veredicto, la terrible risa de Tully; y la nueva cuerda de yute que sacaron de los paquetes del mercado.

A veces pensaba en estas cosas mientras vadeaba en el bajío con la lanza de punta de concha pronta; en esas ocasiones a veces mientras se estaba arrodillado a la orilla del arroyo del bosque a la espera de la salpicadura de Ta-hinca entre los berros: en esos momentos la flecha emplumada silbaba lejos de su blanco, y Ta-mdóka pateaba y bufaba hasta que aun la marta blanca, extendida sobre un tronco podrido, fruncía el hocico y se alejaba furtiva hacia las más negras profundidades del bosque.

Cuando el niño tuvo un año, hora tras hora registrada con una muesca al ponerse el sol y al amanecer, charlaba con los pájaros y llamaba a Ne-Kâ el ganso salvaje, que llamaba a su vez al niño desde el cielo:

—¡Hacia el norte! ¡Hacia el norte, amado!

Cuando llegó el invierno —no hay escarcha en la isla del Dolor—, Ne-kâ, el ganso salvaje, muy alto entre las nubes, clamaba:

—¡Hacia el sur! ¡Hacia el sur, amado!

Y el niño contestaba con un suave susurro en una lengua desconocida, hasta que su madre se estremecía y lo cubría con sus cabellos de seda.

—¡Oh, amado! —decía la joven—. Chaské habla con todas las criaturas vivientes… con Kaug, el puercoespín, con Wabóse, con Kay-óshk, la gaviota gris… él les habla y ellos lo comprenden.

Kent se inclinó y la miró en los ojos.

—Calla, amada; no es eso lo que temo.

—¿Entonces, qué, amado?

—Su sombra. Es blanca como la espuma de las olas. Y por la noche… he visto…

—¡Oh! ¿Qué?

—El aire a su alrededor brillar como una rosa pálida.

—Ma cânté maséca. Sólo la tierra dura. Hablo como quien se está muriendo ¡oh, amado!

Su voz se apagó como el viento del verano.

—¡Amada! —gritó él.

Pero allí, ante sus ojos ella estaba cambiando; el aire se volvió neblinoso, y su cabello ondulaba como jirones de niebla, y su esbelta forma se mecía, se desvanecía, y viraba como la bruma sobre un estanque.

En sus brazos el niño era una figura de bruma, rosada, vaga como el aliento en un espejo.

—Sólo la tierra dura. ¡Inâh! Es el fin ¡oh, amado!

Las palabras llegaron desde la niebla, una niebla tan informe como el éter, una niebla que avanzaba y lo cubría, que venía del mar, de las nubes, de la tierra a sus pies. Débil de terror, avanzó con dificultad gritando:

—¡Amada! Y tú, Chaské ¡oh, amado! ¡Aké u! ¡Aké u!

A la distancia sobre el mar, una estrella rosada brilló un instante y se apagó.

Un ave marina chilló elevándose sobre el desierto de aguas ahogadas en la niebla. Otra vez vio la estrella rosada; se acercaba; su reflejo refulgía en el agua.

—¡Chaské! —gritó él.

Oyó una voz, opacada en la densa niebla.

—¡Oh, amada, estoy aquí! —volvió a gritar.

Hubo un sonido en el bajío, un resplandor en la niebla, el brillo de una antorcha, una cara blanca, lívida, terrible… la cara del muerto.

Cayó de rodillas; cerró los ojos y los abrió. Tully estaba de pie junto a él con una cuerda enrollada.

—¡Ihó! ¡Contempla el fin! Sólo la tierra dura. La arena, la ola opalina sobre la playa dorada, el mar de zafiro, la luz de las estrellas, el viento y el amor morirán. También la Muerte morirá y yacerá sobre las costas de los cielos como la calavera blanqueada allí en la Llave del Dolor, pulida, vacía, con sus dientes hundidos en la arena.


Publicado el 3 de enero de 2017 por Edu Robsy.
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