Las Caricias

Guy de Maupassant


Cuento



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No, amigo mío, no piense usted más en ello. Lo que me pide es una cosa que me subleva y me repugna. Diríase que Dios..., porque yo creo en Dios..., se propuso estropear cuanto había hecho de bueno, agregándole algo que fuese horrible. Nos hizo el don del amor, que es la cosa más agradable que existe en el mundo; pero, pareciéndole demasiado hermoso y demasiado puro para nosotros, inventó los sentidos, esa cosa innoble, sucia, indignante, brutal: los sentidos; disponiéndolos de tal manera que pareciesen una burla, entremezclándolos con las inmundicias del cuerpo, para que no podamos pensar en ellos sin sonrojamos, ni hablar de ellos sino en voz baja. La horrible función de los sentidos está toda ella envuelta en vergüenza. Se esconde, subleva el alma, lastima los ojos y, desterrada por la moral, perseguida por la ley, no se realiza sino en la oscuridad, como si fuese un crimen.

¡No me hable usted jamás de cosa semejante, jamás!...

Ignoro si lo amo a usted, pero sí sé que me agrada estar a su lado, que su mirada es para mí una dulzura y que el timbre de la voz de usted me acaricia el corazón. Desde el instante mismo en que consiguiese usted de mi debilidad lo que desea, me resultaría usted odioso. Se quebraría el lazo delicado que hoy nos une a los dos. Se abriría entre nosotros un abismo de infamias.

Sigamos siendo lo que somos. Y... ámeme usted, si ése es su gusto; yo se lo permito.

Su amiga,

Genoveva.

¿Me permite usted, señora, que yo, a mi vez, le hable brutalmente, sin miramientos galantes, lo mismo que hablaría a un amigo que me declarase su propósito de pronunciar los votos perpetuos?

Yo no sé tampoco si estoy enamorado de usted. Únicamente lo sabría después de esa cosa que de tal modo la subleva. ¿Ha olvidado usted los versos de Musset?

Recuerdo aun el impetuoso espasmo,
los besos húmedos, los fogosos músculos,
la palidez, el apretar los dientes
de aquel ser, todo absorto. Son instantes
atroces, si no fueran tan divinos.

También experimentamos esta sensación de horror y de invencible repugnancia cuando, arrastrados por la impetuosidad de la sangre, nos abandonamos a ciertos apareamientos de ocasión. Pero cuando se trata de una mujer que es lo que usted es para mí, el ser elegido, de encanto perdurable, de seducción infinita, la caricia llega a ser la felicidad más ardiente, la más completa, la más sublime.

La caricia, señora, es el contraste del amor. Si después del abrazo se apaga nuestro ardor, quiere decir que nos habíamos equivocado. Cuando ese ardor aumenta, es que nos amamos.

Cierto filósofo, que no practicaba estas doctrinas, nos dio el alerta contra esa trampa de la Naturaleza. La Naturaleza busca que nazcan seres —dice—, y para forzarnos a crearlos ha colocado cerca de la trampa el doble cebo del amor y de la voluptuosidad. Y agrega: «En cuanto nos hemos dejado engañar, así que ha pasado la locura del momento, se apodera de nosotros una inmensa tristeza, porque nos damos cuenta del ardid que ha servido para hacernos caer; vemos, sentimos, palpamos la razón secreta y oculta que nos ha empujado a pesar nuestro.»

Con frecuencia, con mucha frecuencia, esto resulta cierto. Entonces nos volvemos a poner en pie, descorazonados. La Naturaleza nos ha vencido, nos ha precipitado, a su capricho, en unos brazos que se abrían, porque es voluntad suya que haya brazos que se abren.

Sí, yo sé de besos fríos y violentos sobre labios desconocidos, de miradas intensas y ardientes en ojos no vistos antes y que no volverán a verse jamás, y tantas cosas que yo no puedo decir, tantas cosas que nos dejan en el alma una amarga melancolía...

Pero cuando esa especie de nube que se llama el amor ha envuelto a dos seres, cuando éstos han pensado el uno en el otro durante largo tiempo, siempre, cuando durante las ausencias vela siempre el recuerdo, de día, de noche, presentando al alma los rasgos de la cara, la sonrisa y el timbre de la voz; cuando se ha vivido obsesionado, poseído por la forma ausente y siempre visible, ¿no es natural que los brazos se abran al fin, que se unan los labios y que se mezclen los cuerpos?

¿No ha sentido usted jamás el deseo de besar?

¿Nunca ha sentido usted, señora, el deseo de besar? ¿No es cierto que los labios atraen a los labios y que la mirada brillante que parece filtrarse en las venas enciende ardores furiosos, irresistibles?

Naturalmente, dice usted; ésa es la trampa, la trampa inmunda. ¿Qué importa? Ya lo sé; caigo en ella, la adoro. La Naturaleza nos otorga el don de la caricia para ocultarnos su ardid, para obligarnos a eternizar las generaciones, aun a pesar nuestro. Pues bien: robémosela, hagámosla nuestra, refinémosla, transformémosla, idealicémosla, si quiere usted. Engañemos a nuestra vez a la engañadora Naturaleza. Vayamos más allá de lo que ella quiso, más allá de lo que pudo o se atrevió a enseñarnos. Hagamos de la caricia una materia preciosa que ha salido en bruto de la tierra; apoderémonos de ella para trabajarla y perfeccionarla, despreocupándonos de las finalidades primitivas, de lo que fue la voluntad disimulada de eso que usted llama Dios. Y como el pensamiento es lo que poetiza todo, poeticémosla, señora, hasta en sus brutalidades terribles, en sus combinaciones más impuras, hasta en sus hallazgos más monstruosos.

Amemos la caricia sabrosa como amamos el vino que embriaga, la fruta en sazón que perfuma la boca, como todo lo que impregna de dicha nuestro cuerpo. Amemos la carne porque es bella, porque es blanca y tersa, mórbida y suave, delicia de los labios y de las manos.

Cuando los artistas buscaron la forma más rara y más pura para dársela a las copas en que el arte había de beber la embriaguez, eligieron la curva de los senos, que a flor de piel parecen rosas.

En un libro erudito, que se titula Diccionario de ciencias médicas, he leído yo esta definición de la garganta de las mujeres, que se diría ideada por el señor Prud'homme, convertido en doctor de Medicina:

«El seno en la mujer puede ser considerado como un objeto de utilidad y de placer al mismo tiempo.»

Suprimamos, si le parece, la utilidad, y quedémonos con el placer. Si sólo estuviese destinado a suministrar alimento a los niños, ¿tendría esa forma encantadora que invita irresistible a la caricia?

Señora, dejemos que los moralistas nos prediquen el pudor, y los médicos la prudencia; dejemos que los poetas..., engañadores —engañados siempre— canten la unión casta de las almas y la dicha inmaterial; dejemos a las mujeres feas entregadas a sus deberes, y a los hombres razonables entregados a sus ocupaciones inútiles. Dejemos a los doctrinarios entregados a sus doctrinas, a sacerdotes entregados a sus mandamientos, y amemos nosotros por encima de todo la caricia que embriaga, enloquece, enerva, agota y reconforta; es más suave que los perfumes, más ingrávida que la brisa, más penetrante que una herida, rápida y devoradora, que nos hace rezar, llorar, gemir, gritar; que es capaz de empujar a todos los crímenes y a todos los heroísmos.

Amémosla; pero no tranquila, normal, legal, sino violenta, furiosa, desatada. Busquémosla como se busca el oro y el diamante, porque vale más que ellos, puesto que es inestimable y pasajera. Persigámosla sin cesar, y muramos por ella y de ella.

Voy a decirle, señora, una verdad que no encontrará en ningún libro, o a lo menos así lo creo yo, y es que las únicas mujeres felices que hay sobre la faz de la tierra son aquellas que no se han privado de ninguna caricia. Éstas son las que viven sin ningún cuidado, sin pensamientos torturadores, sin otro anhelo que el del beso próximo, que ha de resultarles tan delicioso y aplacador como el último que dieron.

Las demás mujeres, aquellas que reciben las caricias con tasa, incompletas, poco frecuentes, viven acosadas por mil inquietudes miserables, por anhelos de dinero o de vanidad, y por todas las realidades que se truecan en pesares.

En cambio, las mujeres acariciadas hasta la saciedad no sienten necesidad de nada, no desean nada, no echan en falta nada. Ensueñan, tranquilas y sonrientes, y lo que para las otras serían catástrofes irreparables, apenas si las rozan a ellas, porque la caricia sustituye a todo, lo cura todo, consuela de todo.

¡Tantas cosas más tendría que decirle!...

Enrique

Estas dos cartas, escritas en papel japonés de paja de arroz, fueron encontradas ayer, domingo, después de la misa de una, dentro de una carterita de piel de Rusia, debajo de un reclinatorio de la iglesia de la Magdalena por

MAUFRIGNEUSE


Publicado el 17 de junio de 2016 por Edu Robsy.
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