Nostalgia del Cuartel

Alphonse Daudet


Cuento



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Esta madrugada, cuando empezaba a alborear, me despierta con sobresalto un tremendo redoble de tambor… ¡Rataplán, rataplán!…

¿Qué es esto? ¡Un tambor en mis pinos, y a tales horas!… ¡Qué cosa más extraña!

Pronto, a prisa, me levanto y corro a abrir la puerta.

¡No veo a nadie! Cesó el ruido… De entre unas labruscas húmedas, vuelan dos o tres chorlitos sacudiéndose las alas. Entre los árboles se mece una suave brisa… Hacia el Oriente, sobre la aguda cresta de los Alpilles, amontónase un polvo de oro, de donde surge lentamente el sol… El primer rayo roza ya la techumbre del molino. En el mismo instante, el invisible tambor vuelve a redoblar en el campo bajo la espesura… ¡Rataplán, rataplán!…

¡El demonio llévese la piel de asno! Ya lo había olvidado. Pero, en fin, ¿quién será el bruto que saluda a la aurora en el fondo de los bosques con un tambor?… Aunque miro, no veo a nadie… no diviso nada más que las matas de alhucema y los pinos que se precipitan cuesta abajo hasta el camino… Quizá se oculta en la espesura algún duende, resuelto a burlarse de mí… Sin duda, es Ariel o maese Puck. El pícaro habrá pensado, al pasar por delante de mi molino:

—Ese parisiense está muy tranquilo ahí dentro; vamos a darle la alborada.

Y seguramente habrá tomado un bombo, y… ¡rataplán!… ¡rataplán!…

—¿Quieres callarte, pícaro Puck? Vas a despertarme a las cigarras.

* * *

Pero no era Puck.

Era Gouguet François, alias Pistolete, tambor del regimiento 31 de infantería, a la sazón con licencia semestral. Pistolete está aburrido en el país, siente nostalgias, y cuando le prestan el instrumento del cabildo municipal, se marcha melancólico a los bosques a tocar el tambor, soñando con el cuartel del Príncipe Eugenio.

Esta mañana ha venido a soñar a mi verde colinita… Allí está de pie, recostado contra un pino, con el tambor entre las piernas, tocando si Dios tiene qué… Bandas de perdigones espantados corren a sus pies sin que lo note. Las hierbas aromáticas perfuman el aire en torno suyo, sin que él las huela.

No ve tampoco las sutiles telarañas que tiemblan al sol entre el ramaje, ni las agujas de pino que caen sobre su tambor. Absorto en su sueño y en su música, mira con amor moverse ligeros los palillos, y su caraza estúpida se ensancha de placer a cada redoble.

¡Rataplán! ¡Rataplán!…

—¡Es muy hermoso el gran cuartel, con sus patios de anchas losas, sus ventanas bien alineadas, su población con gorra cuartelera, y sus galerías, bajo cuyos arcos se oye constantemente el ruido de las tarteras!…

¡Rataplán! ¡Rataplán!…

—¡Oh, la sonora escalera, los corredores enlucidos con cal, la oliente cuadra, los correajes que se lustran, la tabla del pan, las cajas de betún, los camastros de hierro con manta gris, los fusiles que brillan en el armero!…

¡Rataplán! ¡Rataplán!…

¡Rataplán! ¡Rataplán!…

—¡Oh, qué días más hermosos los vividos en el cuerpo de guardia; los naipes que ensucian los dedos y se pegan como pez, la sota de espadas horrible con adornos a pluma, el incompleto tomo de una vieja novela de Pigault—Lebrun arrojado encima de la cama de campaña!…

¡Rataplán! ¡Rataplán!…

—¡Oh, las interminables noches de centinela en la puerta de los ministerios, la garita vieja donde entra la lluvia y en que los pies se hielan!… ¡Los coches de lujo, que salpican de barro cuando pasan!… ¡Oh, el trabajo suplementario, los días de limpieza general, el cubo pestífero, la cabecera de tabla, la fría diana en las mañanas lluviosas, la retreta entre niebla a la hora de encender el gas, la lista por la tarde, a la cual se llega arrojando el bofe!…

¡Rataplán! ¡Rataplán!…

—¡Oh, el bosque de Vincennes, los vastos guantes de algodón blanco, los paseos por las fortificaciones, la barrera de la Estrella, el cornetín de pistón de la sala de Marte, la bebida en las afueras, las confidencias entre los hipos, los útiles de encender que se desenvainan, la romanza sentimental que se canta con una mano puesta en el corazón!…

* * *

¡Sueña, sueña, hombre infeliz, que no he de ir yo a impedírtelo!… Golpea de firme en el tambor, toca haciendo un remolino con los brazos. No puedes parecerme ridículo.

Si sientes la nostalgia de tu cuartel, ¿no experimento yo la nostalgia del mío?

A mí me persigue mi París hasta aquí como el tuyo. Tú tocas el tambor bajo los pinos. Yo emborrono cuartillas… ¡Somos los dos unos provenzales! Allá, en los cuarteles de París, echábamos de menos nuestros Alpilles azules y el silvestre olor del tomillo; ahora, aquí, en plena Provenza, nos falta el cuartel, y amamos todo cuanto nos lo hace recordar…

* * *

Las ocho suenan en la aldea. Pistolete, sin dejar sosegar los palillos, ha decidido regresar… Oyesele bajar por el bosque, siempre tocando… Y yo, tumbado sobre la hierba, enfermo de nostalgia, al oír el ruido del tambor que se aleja, creo ver desfilar entre los pinos a todo mi París…

¡Ah, París!… ¡París!… ¡París siempre!


Publicado el 14 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.
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