La Tarasca

Alejandro Dumas


Cuento



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El viejo castillo que domina a Beaucaire y que fue famoso en el siglo XII por sus máquinas de guerra y en el siglo XVI por sus cañones, se construyó sobre restos de murallas romanas; sus distintas obras de fortificación se construyeron en los siglos XI, XIII y XIV. De la cumbre de sus murallas se aprecia un espléndido paisaje, con vista de las ciudades de Tarascón y Beaucaire, separadas por el río Ródano y unidas ambas por un puente. Más al fondo, Arles, la primera ciudad romana fundada fuera de Italia.

Descendimos de nuestro viejo castillo, del cual sólo queda una encantadora torre del tiempo de Luis XIII; cruzamos el puente levadizo de unos ciento quince pies y entramos en la iglesia, una construcción del siglo XII, restaurada dos siglos después. Esta iglesia tiene como patrona a santa Marta, la seguidora de Cristo, una mujer piadosa y santa que está muy vinculada a nuestra historia. Historia que la ciencia niega, pero la fe consagra, y en esta lucha del alma que cree y del espíritu que duda, es la ciencia la que pierde.

Marta nació en Jerusalén. Su padre, Syrus, y su madre, Eucharia, eran de sangre real. Tenia un hermano mayor que se llamaba Lázaro y una hermana más pequeña que se llamaba Magdalena.

Lázaro era un jinete muy apuesto, que como no pudo emplearse como guerrero, ya que Octavio había hecho la paz, se dedicaba a la caza y a los placeres. Tenia jóvenes esclavos comprados en Grecia, bonitos caballos árabes y un hermoso coche de cuatro ruedas, adornado de marfil y bronce, en el que más de una vez había cruzado por el camino al hijo de Dios, que con sus pies descalzos caminaba con una multitud de pobres.

Magdalena era una bonita cortesana, con un largo cabello rubio, que un esclavo de Lesbos peinaba todas las mañanas sobre su cabeza y lo adornaba con una cadena de perlas; llevaba un vestido abierto a nivel del cuello, que dejaba ver una gargantilla maravillosa, sostenida por una cadena de oro. Sus túnicas eran de flores de oro y púrpura, que en Roma llamaban patagatia, por el nombre de una enfermedad llamada patagus, que dejaba manchas sobre todo el cuerpo; sus pies eran delicados y perfumados, cubiertos por anillos y pedrerías, como si no se hubieran hecho para caminar, por lo que era transportada en una litera, con cortinas de telas asiáticas. Ahí se hacia llevar como las matronas romanas, por sus esclavos , mientras que un sirviente, en la parte posterior de la litera, extendía entre ella y el sol un gran abanico cubierto de plumas de pavo real. Unos corredores africanos, que iban delante de ella para abrir paso en el camino, más de una vez hicieron esperar ante el paso de la rica cortesana a una pobre mujer llamada Maria , que era la madre del Salvador.

Marta observaba todo esto con dolor, y a menudo intentó reformar la existencia disipada de su hermano y la vida disoluta de su hermana ya que ella había escuchado la palabra de Cristo, y al tratar de trasmitirla a sus hermanos, ellos le habían respondido con risas y burlas. Por fin les propuso venir a escuchar directamente su palabra, que el Salvador tenia siempre a mano para todos los que le seguían. De esa forma escucharon las parábolas del tesoro escondido, la perla de gran precio y la de la red; oyeron la profecía del juicio final y vieron a Jesús andar sobre las aguas. Volvieron pensativos, y esa misma noche Lázaro dijo a Marta:

—Hermana, vende mis bienes y distribúyelos a los pobres.

Al día siguiente, cuando Jesús se encontraba cenando en casa de Simón el fariseo, Magdalena entró en la casa llevando un frasco de alabastro con perfume, y estando detrás de Él a sus pies, llorando, comenzó a regar con lágrimas sus pies, y los enjuagaba con sus cabellos; y besaba sus pies, y los ungía con el perfume.

Cuando vio esto el fariseo que le había invitado, dijo para si: este, si fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que le toca, que es pecadora.

Entonces, respondiendo Jesús, le dijo:

—Simón, una cosa tengo que decirte.

Y él le dijo:

—Di, Maestro.

—Un acreedor tenia dos deudores: el uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta; y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó a ambos. Di, pues, ¿cuál de ellos le amará más?

Respondiendo Simón, dijo:

—Pienso que aquel a quien le perdono más.

Y Él le dijo:

—Rectamente has juzgado.

Y vuelto a la mujer, dijo a Simón:

—¿Ves esta mujer? Entré en tu casa y no me distes agua para mis pies; mas ésta ha regado mis pies con lágrimas, y los ha enjuagado con sus cabellos. No me diste beso, mas ésta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. No ungiste mi cabeza con aceite; mas ésta ha ungido con perfume mis pies. Por lo cual te digo que muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama.

Y a ella le dijo:

—Tus pecados te son perdonados.

Y los que estaban sentados a la mesa comenzaron a decir entre si: "¿Quien es este, que también perdona pecados?"

Pero Él le dijo a la mujer:

—Tu fe te ha salvado, ve en paz.

Y algún tiempo después, Jesús, yendo de camino, entró en una aldea; y Marta le recibió en su casa. Su hermana, María Magdalena, se sentó a los pies de Jesús para oír su palabra. Pero Marta se preocupaba con muchos quehaceres, y acercándose, dijo:

—Señor, ¿no te da cuidado que mi hermana me deje servir sola? Dile, pues, que me ayude.

Respondiendo Jesús, le dijo:

—Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. Pero sólo una cosa es necesaria; y Maria ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada.

Tiempo después, Jesús seguía predicando las buenas nuevas y probando su divinidad con milagros y obras, cuando Lázaro, el hermano de Marta y de Maria, cayó enfermo. Enviaron, pues, las hermanas para decir a Jesús:

—Señor, he aquí el que amas, está enfermo.

Al enterarse Jesús, dijo:

—Esta enfermedad no es para muerte, sino para la Gloria de Dios, para que el hijo de Dios sea glorificado por ella.

Y amaba Jesús a Marta, a su hermana y a Lázaro. Pero al enterarse de su enfermedad, se quedo dos días más en el lugar donde estaba. Luego dijo a sus discípulos:

—Vamos a Judea otra vez, nuestro amigo Lázaro duerme y voy a despertarlo.

Dijeron entonces sus discípulos:

—Señor, si duerme, sanará.

Entonces Jesús les dijo claramente:

—Lázaro ha muerto.

Cuando Jesús llegó, encontró que, efectivamente, Lázaro hacia ya cuatro días que estaba en la tumba. Como Betania estaba cerca de Jerusalén, como a quince estadios; muchos judíos habían venido a casa de Marta y Maria para consolarlas por la muerte de su hermano.

Entonces Marta, cuando oyó que Jesús venia, salio a encontrarle; pero Maria se quedó en casa. Y Marta dijo a Jesús:

—Senor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto. Mas también sé ahora que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.

—Tu hermano resucitará.

Marta le dijo:

—Yo sé que resucitará en la resurrección, en el día postrero.

Le dijo Jesús:

—Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mi, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mi, no morirá eternamente. ¿Crees esto?

Le dijo:

—Si, Señor, yo he creído que Tú eres el Cristo, el hijo de Dios, que has venido al mundo.

Habiendo dicho esto, fue y llamó a Maria su hermana, diciéndole en secreto:

—El Maestro esta aquí y te llama.

Ella, cuando lo oyó, se levantó de prisa y vino a Él. Jesús todavía no había entrado en la aldea, sino que estaba en el lugar donde Marta le había encontrado. Entonces los judíos que estaban en casa con ella y la consolaban, cuando vieron que Maria se había levantado de prisa y había salido, la siguieron, diciendo: "Va a la tumba a llorar allí."

Cuando Maria llegó a donde estaba Jesús, se postró a sus pies y le dijo:

—Senor, si hubieses estado aquí, no habría muerto mi hermano.

Entonces Jesús, al verla llorando, y a los judíos que la acompañaban, también llorando, se conmovió y dijo:

—¿Donde le pusiste?

Le dijeron:

—Señor, ven y ve.

Jesús lloró y los judíos decían entre ellos: "Mirad cómo le amaba."

Y algunos de ellos dijeron: "¿No podía este, que abrió los ojos al ciego, haber hecho también que Lázaro no muriera?"

Jesús, profundamente conmovido otra vez, vino a la tumba. Era una cueva, y tenia una piedra puesta encima. Dijo Jesús:

—Quitad la piedra.

Marta, la hermana del que había muerto, le dijo:

—Señor, hiede ya, porque es de cuatro días.

Jesús le dijo:

—¿No te he dicho que si crees, verás la Gloria de Dios?

Entonces quitaron la piedra de donde había sido puesto el muerto. Y Jesús, alzando los ojos a lo alto, dijo:

—Padre, gracias te doy por haberme oído. Yo sabia que siempre me oyes; pero lo dije por causa de la multitud que está alrededor, para que crean que Tú me has enviado.

Y habiendo dicho esto, clamó a gran voz:

—¡Lázaro, ven fuera!

Y el que había muerto salió, atadas las manos y los pies con vendas, y el rostro envuelto en un sudario.  Entonces Jesús les dijo:

—Desatadle, y dejadle ir.

Entonces muchos de los judíos que habían venido para acompañar a Maria, y vieron lo que hizo Jesús, creyeron en Él.

El mismo año, seis días antes de la pascua, vino Jesús a Betania, donde estaba Lázaro, el que había estado muerto, y a quien había resucitado. Y le hicieron allí una cena; Marta servia y Lázaro era uno de los que estaba sentado en la mesa con Él. Entonces Maria tomó una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, y ungió los pies de Jesús, y los enjuagó con sus cabellos; y la casa se llenó del olor del perfume. Y dijo uno de sus discípulos, Judas Iscariote, hijo de Simón, el que le había de traicionar:

—¿Por qué no fue este perfume vendido por trescientos denarios, y dado a los pobres?

Entonces Jesús dijo:

—Déjala, para el día de mi sepultura ha guardado esto. Porque a los pobres siempre los tendréis con vosotros, mas a mi no siempre me tendréis.

Algún tiempo después se cumplía su profecía y Jesús moría en la cruz, legando su madre a san Juan, y el mundo a san Pedro. El primer día de la semana, Maria Magdalena fue de mañana, siendo aun oscuro, al sepulcro de Jesús, y vio quitada la piedra del sepulcro. Se quedó afuera llorando; y mientras lloraba, se inclinó para mirar dentro del sepulcro; y vio a dos ángeles con vestiduras blancas, que estaban sentados el uno a la cabecera, y el otro a los pies, donde el cuerpo de Jesús había sido puesto. Y le dijeron:

—Mujer, ¿por que lloras?

Les dijo:

—Porque se han llevado a mi Señor, y no se dónde le han puesto.

Cuando había dicho esto, se volvió, y vio a Jesús que estaba allí; mas no sabia que era Jesús. Jesús le dijo:

—Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?

Ella, pensando que era el jardinero, le dijo:

—Señor, si úu lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré.

Jesús le dijo:

—¡Maria!

Volviéndose ella, le dijo:

—¡Raboni! —que quiere decir "Maestro".

Jesús le dijo:

—No me toques, porque aún no he subido a mi Padre; mas ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios.

Aquí se detiene la historia contada por los santos Apóstoles y comienza la tradición. Ésta nos relata que los judíos, para castigar a Marta, a Magdalena, a Lázaro y a Maximino por su fidelidad a Cristo más allá de la muerte, los forzaron a entrar en una barca y un día de tormenta los lanzaron al mar, sin vela, sin timón y sin remos. Al ver que la barca flotaba a la deriva, los condenados comenzaron a cantar himnos de gracias al Salvador y pusieron su fe como piloto. El viento se redujo, los mares se calmaron , el cielo se volvió claro y un rayo de sol vino a rodear la barca como una areola de fuego.

La barca se deslizaba sobre el mar como guiada por una mano divina y vino a desembarcar a los obreros de Dios en un lugar de las costa de Marsella, que luego se llamaría Santa Maria de la Mar, cerca de Arles. Estos obreros de Dios, enviados de sus buenas nuevas y apóstoles de su religión, se dispersaron en ese territorio para distribuir a los que tenían hambre la santa comida que traían de Judea.

Mientras Marta estaba en Aix con Magdalena y Maximino, que fue el primer Obispo de esa ciudad, los diputados de la ciudad vecina de Tarascón, atraídos por las historias de los milagros de los siervos de Dios, vinieron a suplicarles que derrotaran a un monstruo que devastaba su territorio. Marta tomó permiso de Magdalena y de Maximino, y siguió a estos hombres.

Al llegar a las puertas de la ciudad todo el pueblo los estaban esperando, pero al verla a ella sola muchos le dijeron que no tenían esperanza de que una sola mujer pudiera vencer a ese poderoso monstruo. Ella sólo respondió preguntando dónde se encontraba ese famoso dragón. Entonces se le mostró un pequeño bosque cercano a la ciudad, y ella se dirigió allí enseguida y sin ninguna defensa.

Luego se escucharon algunos rugidos, y todos en el pueblo temblaron y se compadecían de esa pobre mujer, que había emprendido un trabajo en vano, sin armas, y a un lugar en donde ningún hombre armado del pueblo se atrevía a ir. Pero pronto los rugidos cesaron, y Marta reapareció, portando una pequeña cruz de madera en una mano, y en la otra al monstruo, atado a una cinta que ella había tomado de sus vestiduras. Así avanzó en medio de la ciudad, glorificando el nombre del Salvador y entregando al pueblo al dragón, como si fuera un juguete y aun ensangrentado de su ultima victima.

En esta leyenda descansa la veneración que dedicaron a santa Marta los habitantes de Tarascón. Una fiesta anual perpetúa el recuerdo de la victoria de la santa sobre la Tarasca, ya que el dragón tomó el nombre de la ciudad afectada por él. La víspera de este día solemne, el alcalde de la ciudad, al sonido de las trompetas, hace publicar que todos los habitantes quedan prevenidos de la salida del dragón, y que no se hace responsable de ningún herido ni de daños provocados por él. Al siguiente día toda la ciudad está en las calles a la espera de la salida de la Tarasca.

La Tarasca, un animal representado de manera repulsiva, para recordar al dragón de la antigüedad, podía tener hasta veinte pies de longitud, una enorme cabeza redonda, una inmensa boca, que se abre y cierra con un resorte, unos ojos brillantes, un cuello que entra y se alarga en el cuerpo gigantesco, que está destinado a contener las personas que lo hacen mover; y por último una larga cola que se mueve a doquier y que podía provocar heridas a los que se le acercaban.

El segundo día de la fiesta de Pentecostés, a las seis de la mañana, treinta caballeros del tarasque, vestidos con túnicas y adornos instituidos por el rey, vienen a recoger al animal a su guarida. Doce caballeros entran es su vientre y le imparten el movimiento, mientras que una joven vestida como santa Marta le ata una cinta azul al cuello y se ponen en marcha bajo los gritos de la multitud. Si algún curioso pasa demasiado cerca, la Tarasca alarga el cuello y lo toma con su boca por el calzón, manteniéndolo sujeto hasta lanzarlo a la multitud.

Si algún imprudente se aventura detrás de ella, la Tarasca, de un golpe de cola, lo lanza nuevamente. Cuando se siente muy asediado, sus ojos lanzan llamas, que llegan a setenta y cinco pies y que que queman todo lo que se encuentra a su paso. Por otra parte, si el dragón, en su camino, advierte algún personaje importante de la ciudad, va hacia él con mucha amabilidad, envuelve su cola de alegría y abre su boca en señal de hambre, y el individuo agraciado, que sabe lo que quiere decir, le lanza una moneda, que al final viene a parar a los caballeros que lleva en el vientre.

Cuando la guerra entre Arles y Tarascón, los de Tarascón se rindieron al ser tomado el pueblo. Los de Arles no encontraron mejor forma de humillar a los vencidos, que quemar a la Tarasca en un lugar publico. Era un dragón de gran valor, con unos mecanismos muy sofisticados y que había costado en aquella época unos veinte mil francos en su construcción.

Desde aquel tiempo, en Tarascón nunca se ha podido sustituir una Tarasca como aquella. Ahora tienen una más pequeña y pobre en comparación con la que fue quemada, y es la que visitamos, y que nos pareció, a pesar de los lamentos de nuestro guía, de un aspecto bastante bueno.

Ahora, como en toda tradición hay una parte de historia, y en todo milagro un punto que puede explicarse, es probable que un cocodrilo venido de Egipto, como el que se mató en el Ródano y cuya piel se conservó hasta la Revolución en el Hotel de Lyon, hubiera establecido su guarida en los alrededores de Tarascón, y que Marta, que había aprendido cómo se atacaba a estos animales con personas que habían vivido a la orilla del Nilo, llegó a vencer a este monstruo en la ciudad, donde su recuerdo se guarda con tan grande honor.


Publicado el 23 de junio de 2016 por Edu Robsy.
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